viernes, 23 de julio de 2010

La tribu perdida de los Sith #4: Salvadora (II)

Capítulo Dos
Korsin reconoció el sonido de inmediato. Sables de luz chocaban en la galería de la capital, justo en el exterior del vestíbulo de su oficina.
Girando como un torbellino por el suelo brillante, Jariad embestía a tres atacantes vestidos con las ropas negras de los Sables. Sus hojas no trazaban inocuos recorridos en el aire esta vez. Los asaltantes de Jariad arremetían con fuerza contra él, sólo para retroceder antes su furiosa respuesta.
Uno tras otro, Jariad superó a sus oponentes... dirigiendo a uno bajo una estatua desplomada, lanzando a otro a través de una flamante vidriera. El tercero vio como su sable de luz rebotaba por un pasillo cuando Jariad separó su mano enguantada de su muñeca.
Korsin salió del vestíbulo, sosteniendo el sable de luz... y la mano amputada.
-¿Seguro que quieres llamar los Sables a este grupo tuyo? No parece que los tengan.
Jariad desactivó su arma y soltó el aire.
-Esto es lo que quería mostrarte, Gran Señor. Han sido desarmados demasiado rápido.
-No deberías desarmarlos de forma tan tajante, hijo -dijo Korsin, lanzando la mano a su propietario, que se retorcía de dolor en el suelo-. No es que tengamos aquí un laboratorio médico excesivamente moderno.
-¡No hay lugar para la incompetencia!
-Se trataba de un ejercicio, Jariad, no del Gran Cisma. Tómate un respiro y acompáñame fuera -dijo Korsin con un suspiro. A pesar de sus sentimientos hacia su antiguo hermanastro, había tratado de ser un guía para Jariad. Pero no estaba funcionando. Jariad tenía demasiados de los mismos defectos egoístas que habían arruinado a Devore. O no hacía nada en absoluto... o se pasaba de la raya. Menos mal que no hay ningún estupefaciente en Kesh, pensó Korsin; Jariad habría continuado donde su padre lo dejó.
Korsin salió al exterior bajo el débil sol. El volcán había arruinado últimamente muchos días bonitos. Un criado keshiri apareció, portando refrescos.
-Las cosas no están bien aquí -dijo Jariad, apareciendo de golpe-. Hay demasiadas distracciones aquí en esta ciudad.
-Desvían la atención -dijo Korsin, echando un vistazo al patio. Adari Vaal había llegado.
Jariad la ignoró.
-Gran Señor, solicito permiso para conducir a los Sables a un retiro al Extremo del Norte para una misión de entrenamiento. Allí, pueden concentrarse.
-¿Hmm? -Korsin volvió a mirar a su sobrino-. Oh, claro. -Tomó la segunda copa de la bandeja-. Discúlpame.
Korsin pensó que Adari le estaba mirando. Al unirse a ella en el jardín, descubrió que realmente estaba mirando a un relieve que estaban tallando en un frontón triangular en el edificio sobre ellos.
-¿Qué... qué es eso? -preguntó.
Korsin entrecerró los ojos.
-Si no me equivoco, es una representación de mi propio nacimiento. -Tomó un sorbo-. No estoy seguro de cómo el sol y las estrellas están involucrados. -Mirase donde mirase en ese palacio, los keshiri habían esculpido algo representando su divinidad. Río para sí mismo. Lo hemos vendido realmente bien-. No te esperaba hoy.
-Ahora somos vecinos -dijo ella, tomando ociosamente la copa.
-Con una casa de este tamaño, somos vecinos de la mitad de Kesh.
-Y la otra mitad está dentro de la casa, limpiando el suelo... -Adari se detuvo de golpe y le miró a los ojos. Muy a menudo, ella flirteaba con la idea de cruzar la línea. Korsin rió con ganas. Ella siempre le hacía reír.
Pero cuando unas alas curtidas se agitaron sobre ellos, Korsin vio el motivo real de la visita de Adari. Tona, el hijo que le quedaba, salió corriendo de una adornada estructura exterior para tomar las riendas del uvak que estaba aterrizando. Nida Korsin había regresado de su paseo matinal.
Korsin había nombrado a Tona jefe de establos de viaje del grupo de Nida justo después de su fundación. El joven parecía bastante afable, aunque no especialmente agudo. Y Nida parecía haberse encariñado con él. Adari se llevó a su hijo aparte e intercambiaron unas silenciosas palabras.
Luego, Adari volvió hacia Korsin.
-Lo siento, pero tengo cosas que hacer en la ciudad.
-¿Volveré a verte?
-¿Cuándo, hoy?
-No, quiero decir alguna vez -Korsin volvió a reírse. Está intranquila, pensó. Se preguntó por qué-. Claro que hoy. Ahora estamos en la misma cuidad, ¿no es así?
Adari puso los ojos en blanco ante el colosal edificio que se alzaba tras ellos.
-Ese es un esfuerzo colosal sólo para tenerme más tiempo cerca -Consiguió mostrar una sonrisa.
-Bueno, que sepas que yo no estaré aquí mañana -dijo Korsin-. El centro médico de Seelah se va a trasladar aquí desde el templo. Subiré allí por la mañana para inspeccionar todo el lugar antes de cerrarlo por completo. Sólo será un día.
Absorbiendo sus palabras, Adari le rozó la mano.
-Debería irme ya.
Conforme ella se alejaba, Korsin volvió a mirar a su hija, al otro lado del patio. Nida se había detenido para mirar como Jariad y sus humillados combatientes marchaban decididos hacia sus propias monturas.
Y pudo ver cómo Tona la observaba.
-Tu hijo debería tener cuidado, Adari -dijo Korsin-. Ha estado pasando mucho tiempo con Nida. -Sonrió ligeramente-. Parece que el encanto de los Korsin os mantiene a los Vaals cerca.
-Bueno, hoy no, Su Gran Señoría -dijo Adari, haciendo un gesto a su hijo que se acercaba-. Tona viene hoy conmigo. Asuntos de familia.
-Comprendo -dijo Korsin. Asuntos de familia. Al observar cómo Jariad se alejaba volando hacia el norte, pensó que ojalá él mismo tuviera menos de esos asuntos.


Años atrás, Izri Dazh había sido su atormentador. Inquisidor de los Neshtovar, Dazh había tachado a Adari Vaal de hereje por no comulgar con las leyendas acerca de la creación de Kesh... y con el papel jugado en ellas por sus dioses de lo alto, los Celestiales.
Dazh llevaba mucho tiempo muerto. Pero ahora sus hijos y nietos estaban sentados en silencio frente a Adari en el salón de los Dazh, a la luz de las velas. El movimiento de resistencia de Adari se había reunido en diversos lugares a lo largo de los años, desde debajo de un acueducto hasta la parte trasera de un establo de uvak que Tona regentaba en Tahv. Pero raramente se habían reunido en un lugar tan lujoso... o que habría considerado lujoso, antes de que Adari introdujera entre su gente a unas personas que decían ser los Celestiales y reformaron los estándares keshiri. Ahora, en la morada que una vez albergó temporalmente al propio Gran Señor Korsin, los Neshtovar y la hereje decidían juntos el destino del pueblo keshiri.
-Esto funcionará –dijo ella-. Lo que me habéis enseñado acerca de los uvak... lo que hemos acordado que haga tu gente. Funcionará.
-Más vale –murmuró el mayor de los hombres-. Estamos renunciando a mucho.
-Ya habéis renunciado a mucho. Esta es la única forma de volver a como estaban las cosas antes.
Adari sabía que había corrido un gran riesgo al llevar a miembros de los Neshtovar dentro de su círculo. Pero debía hacerse, ya que los Neshtovar más mayores aún recordaban lo que los Sith les habían arrebatado. El recuerdo de los beneficios que la antigua sociedad había proporcionado injustamente a los pilotos de uvak había logrado ahora su cooperación.
Adari había descubierto recientemente que los uvak eran la clave. Los Sith eran poderosos; uno, actuando solo, podía mantener a docenas de keshiri a raya, tal vez a un pueblo entero. Pero tenían que llegar antes al pueblo. Y ahí Kesh, con sus grandes extensiones de tierra, jugaba en su contra.
Los Sith eran ahora cerca de seiscientos; casi el doble de los que eran cuando llegaron. Pero los pueblos de Kesh seguían siendo más numerosos. Mantener el orden requería que los Sith volaran frecuentemente con sus uvak hacia el interior. Los jinetes Neshtovar de otras épocas habían unido el continente sobrevolando las numerosas barreras naturales. Ahora los Sith usaban la misma estrategia, despachando jinetes que iban recorriendo el terreno, apareciendo en los lugares y consultando con las burocracias locales, en su mayoría compuestas por antiguos miembros de los Neshtovar.
Pero, siendo los lugartenientes de los Sith en tierra, ahora los Neshtovar también estaban confinados a la tierra. Aunque los Sith habían tomado los uvak más fuertes para ellos poco después de su llegada, eso aún dejaba muchos miles de bestias domesticadas para los keshiri. Muchas se habían usado como animales de labor, pero inicialmente aún se permitía que los Neshtovar volaran en uvak para visitar el retiro Sith de la montaña, entre otras tareas administrativas.
Eso terminó tras el desastre de los lagos. Los jinetes de uvak eran tradicionalmente los mensajeros de noticias de los keshiri, pero los Sith no querían que se expandiera más voz que la suya. Los antiguos jinetes que no fueron reducidos a trabajos policiales, se dedicaban ahora a cuidar los establos, alimentando a criaturas que nunca se les permitiría montar. Sus uvak pertenecían a Sith que probablemente aún estarían en la guardería. Adari había sido autorizada a conservar a Nink para que pudiera seguir visitando a Korsin, pero era la única.
-Korsin va a ir mañana al templo de la montaña –dijo-. Seelah está allí... y Jariad ha partido hacia el norte.
Los hombres Neshtovar se miraron entre ellos asintiendo.
-Muy bien –dijo el mayor-. Tenemos suficientes personas colocadas en todas partes, si tus cálculos son correctos.
-Lo son. –Su movimiento incluía a keshiri que servían como ayudantes a muchos de los Sith más importantes. Tilden Kaah había estado reclutando gente entre el séquito de Seelah; también tenía otra gente cercana a Korsin y Jariad. Su propio hijo estaba controlando al grupo de jinetes de Nida-. Mañana a mediodía. Esto funcionará.
Pensó en Korsin al salir al callejón iluminado por antorchas detrás de la morada. AL ser convocado a ir al templo -¿por Seelah?-, Korsin no iría sólo por muy mundano que fuera el motivo. Comprobó otra vez las cifras que tenía escritas en la mano. Sí, tenía allí suficiente gente, entre los mozos de cuadra que estaban desmontando el lugar.
Tona apareció desde la oscuridad.
-Te he estado esperando.
-Lo siento –dijo Adari, alzando la mirada-. Querían repasarlo todo de nuevo.
Pudo ver un parpadeo de disgusto en su hijo cuando este salió a la luz. Siempre había pensado que sus dos hijos habían salido a su padre; ahora, cerca de los treinta años, Tona la sorprendía por lo mucho que se parecía a ella.
-Debería haber estado contigo, madre. Yo también soy de los Neshtovar.
-Sólo están siendo cuidadosos, Tona. Cuanta menos gente conozca los detalles, mejor.
-Quiero volar contigo mañana –dijo Tona.
-Tienes un trabajo que hacer aquí –dijo Adari-. Y me verás cuando lo hayas completado. –Le acarició la mejilla-. No deberías alejarte tanto tiempo de Nida y su gente. Mañana estaremos ocupados. Ve a dormir un poco.
Adari lo observó perderse en la noche. El dulce y simple Tona. No le había contado todo... ¿pero cómo podría hacerlo? Su difunta madre nunca había entendido su herejía... ni su canonización. ¿Cómo podría su hijo aceptar su martirio?


La edad dorada había comenzado, pensó Seelah al comprobar su sala de oficiales vacía. Y ella era la responsable.
Habían hecho un buen trabajo allí durante los años que ella había dirigido la plantilla médica de la Tribu. Todas las enfermedades locales habían sido identificadas y controladas. Con ayuda de los keshiri, los biólogos de Seelah habían peinado los campos, clasificando remedios botánicos útiles para los humanos. La habilidad curativa mediante la Fuerza de su plantilla, lejos de atrofiarse, se había incrementado. Al igual que la tasa de supervivencia de los amputados.
La tribu era un pueblo más puro, también... gracias a su atención a la eugenesia. No pasarían demasiadas generaciones antes de que la sangre de los Sith en Kesh fuera completamente humana. Sólo lamentaba que no estaría viva para verlo.
¿O sí lo estaría? Un pensamiento placentero.
Pero los Sith ya eran más atractivos a la vista. Había instigado en los jóvenes el respeto a sus cuerpos, el anhelo de la perfección física. Los Señores Sith que habían dejado atrás eran unos modelos de conducta atroces: la mayoría de ellos llenos de colgantes y baratijas bárbaras y pinturas de guerra. La Tribu de Seelah no tendría nada de eso. Los tatuajes eran etiquetas para esclavos. Un Sith de Kesh ya era una obra de arte nata.
Y después de las pérdidas en la purga, los números de la Tribu habían comenzado a crecer rápidamente en los últimos años. La perspectiva de un hogar cálido cerca del nivel del mar era suficiente para plantar la idea de crear una familia en la mente del Sith más independiente. Fuera, en el patio, Seelah vio a la mayor hedonista de toda la Tribu, Orlenda, luciendo un embarazo muy avanzado. Nunca dejaba de asombrarse.
-Eso es todo -dijo Orlenda, apoyándose contra un carro de suministros que estaba a punto de marchar hacia Tahv. La mujer más joven bajó la mirada con nerviosismo; Korsin podía llegar en cualquier instante-. ¿Quieres... quieres que me quede? No puedo volar, pero puedo bajar montada en este carro con los objetos frágiles.
Seelah se mordió el labio. Ver a Orlenda junto a Seelah cuando llegase tranquilizaría a Korsin. Pero si algo iba mal, Orlenda podía asegurarse de que las políticas de Seelah continuasen.
-Vete -le dijo con un suspiro-. Pero date prisa. Están a punto de llegar.
Orlenda salió andando tras los porteadores keshiri. Aparte de los uvak, eran las únicas bestias de carga de Kesh.
Ya era hora. Seelah salió corriendo hacia la plaza formada por las viviendas y el santuario del Presagio. La comitiva de Korsin había aterrizado en el otro extremo. Justo según lo previsto, para variar. Los cuatro guardaespaldas de Korsin y Gloyd ocuparon sus posiciones mientras los sirvientes keshiri apartaban los uvak. Sus establos serían lo último que se cerrase.
Korsin estudio la plaza a su alrededor.
-Ah, Seelah. Estás aquí. -Caminó hacia ella. Hacia el espacio abierto.
-Sí. Aquí estás. -Ella cerró los ojos y se concentró. ¡Ahora, Jariad!

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