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viernes, 25 de octubre de 2013

Risas al caer la noche (y IV)

Mirando la acumulación de polvo y piel muerta bajo sus uñas, Ross usó el borde de su cuchillo para limpiarse la suciedad. Se recostó contra el respaldo acolchado de la silla de control, soplando los fragmentos de suciedad conforme iban saliendo. Plegando de nuevo la navaja, la guardó en su bolsillo y suspiró, frotándose la frente para liberar la tensión. Sobre él, en algún lugar en el perímetro de la base rebelde oculta, sonó una explosión. Una sombra apareció en la puerta, y el contrabandista se incorporó en su asiento, mirando en esa dirección.

-¿Qué te ha hecho tardar tanto?

-Tuve que esquivar a los centinelas. –El rostro de Trep estaba ensombrecido por la decepción-. Todo lo que tenían era este t’ssolok. –Extrajo la botella tallada de su abrigo, agitando en su interior el viscoso líquido azul hasta que tiñó todas las paredes de cristal del recipiente-. El cocinero dice que lo bueno está bajo llave en los aposentos de los oficiales. ¿Te esperabas eso? –Se sentó a horcajadas en otra silla de control, frente a Ross-. Uno no puede conseguir un buen trago hoy en día. No importa en qué ejército sea. –Olisqueó con desdén el fuerte aroma del t’ssolok-. ¿Realmente vas a beber esto?

Ross le arrebató la botella.

-¿Tienes algo mejor que hacer?

-Sí, pero está al menos a 50 años luz de este sitio. –Una explosión distante envió una onda de choque por la desierta sala de la estación-. Y es mucho más silencioso. –Observó cómo Ross tomaba un trago de la botella, y luego se atrevió valientemente a tomar otro él mismo-. Eh, no está mal. –De pronto comenzaron a formarse lágrimas en sus ojos e hizo una mueca en respuesta al cáustico sabor que le quemaba los labios y la lengua. Trep jadeó cuando el licor inflamó su garganta, lanzando vapores especiados por sus fosas nasales.

-No es el sabor de lo que tienes que preocuparte –dijo Ross con una sonrisa, tomando la botella de las temblorosas manos de Trep-. Es el regusto el que pega.

Otra explosión sacudió la sala de control, haciendo oscilas las vigas del techo. Las luces parpadearon.

-Guau –dijo Trep con voz ronca, masajeándose la garganta-. Esa ha estado cerca.

-No parece les esté yendo demasiado bien a los amigos rebeldes de Saahir. –Ross echó la cabeza hacia atrás para tomar otro trago, cerrando los ojos cuando el intenso sabor asaltó sus sentidos.

-Así es. –Saahir estaba de pie en la puerta, las gráciles curvas de su esbelto cuerpo eran una oscura silueta contra las brillantes luces del pasillo.

-Tal vez necesiten un poco de apoyo moral –dijo Ross-. ¿Por qué les tarareas unos cuantos compases patrióticos por el comunicador? Eso les calentará el ánimo. –Soltó una suave risa y miró a Trep para que le acompañara e su frío sentido del humor, pero el contrabandista no quiso tener nada que ver con ello.

-¿Qué hay de nuestro pequeño cargamento de municiones? –preguntó Trep con seriedad-. Sin duda igualó un poco las tornas.

-¿De qué sirven 500 rifles si sólo hay 100 hombres para utilizarlos?

-Ya se ha hecho otras veces. ¿Dónde está Marbra?

-Ahí fuera. Con sus hombres –susurró ella, con lágrimas en la voz-. Ahora voy a unirme a él. Me he detenido con la esperanza de que vinierais conmigo.

-No cuentes conmigo –dijo Ross con desdén-. No voy a ninguna parte por nadie. –Puso las piernas sobre la consola, apoyando la nuca en sus manos-. Ya he hecho más de lo que me correspondía.

-Eso es lo que me imaginé que dirías. –Saahir entró más en la sala, cruzando las manos a la espalda mientras se colocaba junto a Ross, bajando la vista para mirarle-. Hay un viejo dicho twi’lek: Es más fácil perdonar a un enemigo que perdonar a un amigo que te traiciona. Te he hecho daño, Ross. Lo sé, y creo que lo lamentaré por el resto de mi vida. –Se volvió, alejándose de él, con un brillo de lágrimas en las mejillas. En la puerta, la twi’lek se detuvo, volviendo la mirada hacia él-. Sólo espero que un día, recuerdes todas las cosas buenas que ocurrieron entre nosotros y encuentres la fuerza en tu corazón para perdonarme.

Trep tomó aire profundamente, mirándola mientras permanecía quieta en la puerta.

-¿Ross?

-Cállate, Winterrs. No voy a picar. –Ross tomó otro trago del t’ssolok, furioso por la debilidad que Saahir siempre conseguía hacer salir a flote. Sintió el afilado aguijón del licor barriendo todo los remordimientos que pudiera tener por rechazarla.

-Cielos despejados, Ross –dijo Saahir en voz baja, y se alejó por el pasillo.

Trep observó cómo la Twi’lek iba desapareciendo de su vista.

-¿Ross?

-¡He dicho que te calles, Trep!

Una violenta explosión y sacudidas secundarias golpearon de pronto con suficiente fuerza para arrojar a ambos hombres fuera de sus asientos. Rodando bajo la consola, observaron horrorizados cómo los refuerzos del techo se doblaban bajo la explosión, permitiendo que los muros interiores se agrietaran y cayeran por las sacudidas. Partículas de polvo y escombros evaporados por el calor de la explosión atravesaron la puerta y entraron en la sala de control. Al contrario que las explosiones anteriores, esta iba acompañada por fuego bláster que resonaba en el pasillo.

Ese familiar y asfixiante nudo regresó a la garganta de Ross.

-¡Saahir! –gritó.

Quitándose los escombros de encima, avanzó tropezando sobre las ruinas de la sala, mientras escuchaba a Trep caminando tras él. En la puerta, las voces creaban un somero pozo de ecos e interferencias, entremezcladas con la estática de las órdenes gritadas por los comunicadores. Un trio de soldados rebeldes cruzó corriendo la puerta, disparando al azar hacia el pasillo oscuro, donde se estaban formando crecientes nubes de polvo blanco. Uno de ellos recibió el impacto de los disparos que surgieron como respuesta, y se derrumbó en el suelo de la guarnición en ruinas. Las inconfundibles siluetas de los soldados de asalto comenzaron a hacerse visibles en la niebla.

Ross extrajo su bláster y saltó al pasillo, disparando aleatoriamente a los soldados de asalto que se acercaban a su posición.

-¡Saahir! –gritó, de pie junto a su cuerpo retorcido-. ¡Trep!

-¡Estoy contigo, socio! –Enrollándose la correa del rifle bláster imperial en el antebrazo, Trep disparó a la hilera de soldados de asalto. Sus primeros disparos causaron una impresión permanente en el equipo de avance de los soldados imperiales. Al ver a Saahir en el suelo junto a Ross, hizo un gesto a los cansados luchadores por la libertad, que se habían detenido para reagruparse tras ellos-. Sácala de aquí, Ross. ¡Te cubrimos las espaldas!

Tomando el ligero peso de Saahir en sus brazos, Ross se quedó espantado ante la gravedad de las heridas causadas por la metralla de la explosión. La acunó contra su pecho y corrió por el pasillo más allá de la sala de control, escuchando cómo Trep gritaba órdenes a los dos rebeldes supervivientes.

-Tú y tú, ¿queréis vivir? ¡Venid conmigo y haced exactamente lo mismo que yo!

Mientras el sonido de los disparos bláster estallaba tras él, salpicado por salvajes exabruptos de su socio, Ross continuó su desesperada huida al final del pasillo. La explosión había arrancado las puertas presurizadas del canal interior, dejando un portal oscuro al frío aire nocturno. Mientras se abría paso entre las puertas de metal retorcido, escuchó el chasquido de blásters apuntando a su espalda y se dio la vuelta, cegado por una batería de luces brillantes.

-¡No disparéis! ¡Es Lady Saahir y su amigo contrabandista!

Protegiéndose los ojos del resplandor, Ross obedeció al tirón que sintió en la manga cuando un líder de escuadrón de cabello canoso le condujo apresuradamente lejos de la puerta.

-Mi socio está de camino con dos de vuestros hombres –dijo Ross.

Los dos rebeldes aparecieron en la puerta, deslizándose a través de las ruinas. Uno de ellos se tumbó sobre su estómago, disparando fuego de cobertura por el pasillo mientras Trep les seguía de cerca.

-Eso es, muchachos. De izquierda a derecha, y luego cambiad el patrón. ¡No sabrán lo que les ha golpeado!

El sargento activó una tenue fuente de luz dentro del refugio médico abandonado y rápidamente despejó una mesa para que Ross pudiera colocar cómodamente a la twi’lek herida.

-Nuestros refuerzos se están retirando, hijo. No tenemos mucho tiempo. Puedes quedarte aquí con ella; pero necesitaremos todas las manos que podamos encontrar para retenerlos hasta que lleguen los equipos de evacuación.

-¡Si no me quedo, ella morirá! –gritó Ross. Mirando el rostro ensangrentado de Saahir, le agarró las manos con más fuerza, como si sujetara su frágil vida entre sus dedos-. ¿Dónde está el médico?

-Muerto.

-¿Muerto? ¿No hay nadie...?

-La única opción de ayuda médica murió con él. –Los rasgos del sargento se suavizaron-. No puedo prometerte nada, hijo. Pero puede que haya una fragata médica en órbita al otro lado del planeta. –Señaló los cielos nocturnos sobre su cabeza. Un escuadrón de alas-X pasó disparado, disparando sobre objetivos al otro lado de la destrozada base-. Estos cazas acaban de llegar desde allí. Los imperiales nos tienen dominados y estamos evacuando toda la base, pero los refuerzos no llegarán a nosotros hasta dentro de una hora, tal vez dos. Si tienes una nave...

-¡Trep! –bramó Ross.

-¡Estoy en ello! –Desapareció en la oscuridad del exterior del refugio.

-¿A dónde...?

-Ha ido a por mi nave –dijo Ross-. Está oculta en una cueva no lejos de aquí.

El sargento asintió, indicando a los soldados que salieran de la tienda.

-Los retendremos tanto tiempo como podamos, hijo. Quédate ahora con ella. Veré si alguno de mis hombres puede localizar esa fragata. –El rebelde se marchó, dejándole en la oscuridad a solas con Saahir.

-¿Ross?

Apenas era un suspiro, pero lo escuchó. Sosteniendo con fuerza los temblorosos dedos de la twi’lek, Ross se inclinó sobre ella.

-Estoy aquí. Estoy aquí –fue todo lo que fue capaz de decir.

-Hace mucho frío.

Ross se quitó la chaqueta y rápidamente la cubrió con ella. Registró el refugio en busca de una manta, y tomó una de una mesa cercana. La tela ensangrentada se agitó en el aire, y el rígido cadáver del comandante Marbra quedó al descubierto. Horrorizado, el contrabandista volvió a arrojar la manta sobre el cuerpo, ocultándolo de la vista de Saahir, y luego volvió rápidamente a su lado.

-¿Mejor? –preguntó, subiéndole el cuello de la chaqueta hasta debajo de la barbilla. Usó un paño húmedo para limpiarle los restos y la piel quemada de alrededor de los ojos.

-No puedo ver nada.

-Quemaduras por destello, eso es todo. Estarás bien en uno o dos días. –Se mordió los labios para reprimir la ráfaga de emoción.

-Tengo miedo. –Se estremeció de pronto cuando el fuego bláster más allá de ellos se intensificó, puntuado por los gritos moribundos de alguien atrapado en el tiroteo-. Está tan oscuro.

-No pasa nada –susurró Ross-. Sigo aquí. –La abrazó suavemente, manteniendo su cara cerca de ella para que ella pudiera sentirle.

-Ross, ¿cómo lo haces?

Ross frunció el ceño, confundido por su pregunta.

-¿Hacer qué?

-Nunca tienes miedo, nunca te asustas. –Saahir tembló de repente, tendiéndole las manos-. ¿Cómo lo haces?

Exasperado por no tener una respuesta, le sonrió, acariciándole las mejillas y la frente.

-Simplemente no pienso en ello. Que es exactamente lo que deberías estar haciendo tú. No pensar. Trep estará aquí en cualquier momento, y te llevaremos a esa fragata médica.

Saahir le apretó las manos con más fuerza, sintiendo su calor deslizándose por la punta de sus dedos.

-Tengo tanto miedo, tanto miedo... –Tragó saliva convulsivamente-. Me lo merezco. Después de todo lo que te he hecho, me lo merezco.

-No, nadie merece...

-Pero te hice daño –sollozó, tomando la mano de Ross y llevándosela a su mejilla-. Te hice daño; y esa es la última cosa que quisiera haber hecho, Ross. Tienes que creerme.

-Te creo. –Le apretó ambas manos, sintiendo que la twi’lek ansiaba notar su tacto.

-Siempre te he amado, Ross. Siempre. No eras como ninguno de los demás. Realmente te he amado; pero nunca pude llegar a creer que tú pudieras amarme del mismo modo... hasta que vi cómo te hice daño al presentar a Juri como mi prometido. –Con labios temblorosos, Saahir inclinó la cabeza hacia él, con lágrimas cayendo por los costados de su rostro magullado-. Lo siento, lo siento mucho. –Sus ojos quedaron súbitamente vacíos, inmóviles, desprovistos de expresión. Una inquietante quietud se asentó en su cuerpo.

-¡Saahir! –gritó Ross con pánico creciente-. ¡Saahir, por favor!

La twi’lek jadeó de pronto, suavemente, con su pecho ascendiendo y descendiendo con ritmo lento.

-¿Recuerdas Isamu, esa pequeña luna del sistema Birjis? –Su voz era apenas audible-. No me creíste cuando te dije que allí los árboles hacían el amor cada noche. Pero entonces lo viste por ti mismo, ¿verdad? Lo viste.

Ross inclinó la cabeza, apoyándola junto al cuello de Saahir, luchando contra las lágrimas que aguijoneaban sus ojos. Asintiendo lentamente con la cabeza pegada a ella, susurró:

-Lo vi.

-No te dije que era simplemente un truco de sombras. En Isamu, los árboles crecen en parejas y, por la noche, parecen amantes besándose bajo la luz de la luna. –Moviéndose con la lenta y elegante gracia que le caracterizaba, Saahir apartó su mano de la de Ross y se quitó el anillo de su dedo. Deslizó la fría sortija en el dedo meñique de Ross y sonrió.

-¿Qué estás...? –Ross ignoró el cálido torrente de lágrimas que manaba de sus ojos-. Saahir, no.

-Quiero que vuelvas allá, Ross, que vuelvas a Isamu a esa arboleda que descubrimos. Quiero que vuelvas allá, y quiero que me perdones por todas las cosas dolorosas que te he hecho. –Sus ojos eran joyas vítreas en la penumbra, y a cada momento que pasaba, su brillo se iba apagando.

-¡Pero ya te he perdonado!

-Quiero que vayas allí con alguien que sea especial para ti.

-No hay nadie más, Saahir. ¡Nadie!

Saahir comenzó a sufrir convulsiones en un ataque de terrible dolor. Comenzó a cantar.

-Antes la oscuridad solía asustarme tanto... antes solía pasarme la vida persiguiendo al sol. Conozco demasiado bien los miedos de la noche. Contigo, sólo había risas, risas al caer la noche. –Soltó una suave risa.

Ross sonrió, pensando que estaba luchando contra sus heridas.

-¿De qué te ríes?

-No hay nada de verdad en esa canción, Ross. No hay risas al caer la noche... sólo silencio.


***


En la atmósfera rancia y estancada del Malecón de Reuther, Ross se recostó contra el inclinado respaldo de su silla, ocultando sus emociones en la comodidad de las sombras. Apartando la botella de t’ssolok vacía, miró fijamente el peculiar cristal, sintiéndose tan hueco y transparente como el vidrio tallado. Para tranquilizar el temblor de sus labios y su barbilla, el contrabandista se limpió nerviosamente las comisuras de la boca, suspirando cuando la realidad de siete torturados años se hundía profundamente en su intranquilo espíritu.

-Murió –dijo con voz rota-. Justo en mis brazos. Y no hubo nada que pudiera hacer.

Reuther apuró su último sorbo de t’ssolok, deseando que el fuerte regusto del licor fermentado pudiera desatar el nudo que crecía en el fondo de su garganta.

-Ese es un vector muy difícil de calcular, Ross. Nunca me imaginé que llevaras contigo ese tipo de carga. Un peso semejante mataría a un hombre normal. –Meneó la cabeza un instante, tragando saliva ante su propio dolor-. Sé cómo te sientes. Cuando el Imperio comenzó a colonizar este sector, mi gente tomó para sí la responsabilidad de enfrentarse a ellos. De mostrar a esos igaluus invasores que no éramos una raza con la que se pudiera jugar. –Frunció los labios con gesto pensativo, cruzando las piernas bajo la mesa-. Perdí mi mujer, mis tres hijas, y mi ánimo por el castigo que siguió a nuestra insolencia. –Reuther miró fijamente a los ojos del corelliano, tamborileando ligeramente en la mesa con los dedos-. Necesitas volver a esa luna, Ross.

Ross se encogió ligeramente.

-¿Cómo sabes que no he estado ya allí?

-Porque aún no la has perdonado. O a ti mismo. Si lo hubieras hecho, no estarías aquí. Estarías ahí arriba bajo la luz de la luna. Hasta que no vayas, no podrás recuperarte por completo.

Mirándose las manos, Ross tomó aire profundamente.

-¿Alguna vez te recuperaste? –preguntó, pensando en la familia de Reuther.

-¿Por qué crees que tengo un bar? Mientras tenga clientes –dijo, señalando con la cabeza a un trío de rodianos que entraba por las puertas-, no tengo que preocuparme por mis problemas. –El najib saludó marcialmente al contrabandista antes de excusarse y alejarse de la mesa.

Ross se frotó pensativo la barba que comenzaba a crecer en su barbilla, escuchando el áspero sonido mientras le raspaba la punta de los dedos. Se puso en pie, dejó unos cuantos créditos sobre la mesa, y comenzó a caminar hacia la puerta. En la entrada, se detuvo brevemente para mirar a Reuther, sonriendo a su pesar cuando el camarero le guiñó un ojo desde donde estaba. Ajustándose el cuello de su camisa, salió a las calles desiertas y se llevó el comunicador a la mejilla.

-194.

-Te recibo, Ross. ¿Qué pasa?

-Establece un curso al sistema Birjis. A Isamu. –Avanzó por el espaciopuerto hasta el patio exterior tras el hangar principal, caminando con suave fluidez inducida por el efecto del t’ssolok.

-¿Qué haremos cuando lleguemos allí? –preguntó Kierra.

Ross se detuvo para mirar al cielo por encima de su hombro. Las lluvias habían parado, dejando un suave brillo fresco y limpio sobre los terrenos y los edificios del espaciopuerto. Más allá del denso manto de las nubes de tormenta, pudo ver romper el alba, abriéndose camino por los niveles superiores de oscuridad para alejar las sombras de la noche.

-Ross –gimoteó Kierra-, ¿qué vamos a hacer en Isamu?

Ross subió la rampa, pulsando el teclado para cerrar la escotilla.

-Vamos a dar descanso a unas cuantas almas.


***


Un gélido viento otoñal sopló desde las tierras altas, empujando una fina capa de niebla en la superficie del lago de la montaña. Ross sintió los suaves dedos de la brisa moviéndose entre sus mechones rubios y sonrió cuando su cuerpo se estremeció bajo el abrazo del frío. Después de siete años hibernando para evitar vivir, vivir de verdad, era confortante experimentar de nuevo las sensaciones del mundo.

Rodeado por las sombras entrelazadas de los árboles mu, sonrió cuando las sombras a su alrededor mezcladas con la luz azul que emitía la estrella primaria de Isamu se asemejaron a una docena o más de amantes, que se hubieran reunido con él a la orilla del lago para celebrar la más preciada de todas las emociones. Doblando el brazo debajo de la cabeza, Ross miró la negra extensión de la atmósfera, dándose el capricho de ponerse a contar todas las estrellas de un sector del cielo nocturno.

-Ross, ¿por qué no me has hablado nunca de este sitio?

Sintiendo un punto de molestia en la voz de la inteligencia droide, Ross se incorporó a regañadientes sobre sus codos.

-No te preocupes, Kierra, no vamos a quedarnos mucho tiempo.

-Oh, no, no, no. No me importa. Es bastante romántico. Me entran ganas de, de...

Ross miró por encima de su hombro hacia donde el YT-1300 estaba posado sobre una extensa formación rocosa.

-¿De qué, Kierra?

-De... –Una risita avergonzada sonó por el comunicador-... de cantar.

Ross sonrió, hundiéndose de nuevo en la hierba.

-Nada te impide hacerlo, querida.

Tras unos instantes, pudo escucharse un suave tarareo. Reconoció los primeros compases de la canción de Saahir, “Risas al caer la noche”. Se tomó el cordón de cuero que llevaba al cuello y soltó el nudo mientras sostenía el anillo metálico que colgaba en un extremo. Estaba caliente por tenerlo tan cerca de la piel.

Sujetando la sortija en el hueco de su mano, volvió a cruzar los brazos bajo su cabeza y suspiró cuando una tranquila paz le invadió. Cerca, la luz reflejada por el planeta que asomaba en el horizonte recortó la silueta de un árbol mu solitario. La enfermedad o el desastre natural habían marchitado a su gemelo, y se alzaba solitario al borde de la orilla del lago, rodeado por parejas reunidas. Sin lamentar su pérdida, el árbol era el único de la zona inmediata que mostraba varias ramas llenas de brotes de otoño tardío.

Ross cerró los ojos, escuchando la melodía de la voz de Kierra, y la del viento. Visualizó detrás de sus párpados al árbol mu, que continuaba creciendo, sin un compañero, que continuaba sobreviviendo, y cayó profundamente en un placentero y muy merecido sueño.

jueves, 24 de octubre de 2013

Risas al caer la noche (III)

 
Ross esperó hasta que la fuga de vapor hidráulico presurizado se disipara antes de colocarse bajo la junta del puntal para volver a conectar la manguera. Agachándose bajo la válvula defectuosa, se quemó la punta de los dedos intentando volver a sellar el conducto. Soltó un vehemente juramento corelliano y se puso rápidamente los guantes, consiguiendo asegurar la unidad dañada. El puntal de apoyo bajó del casco y aseguró su pie de atraque sobre el suelo del muelle. Con la suspicacia activada por su instinto de contrabandista, soltó cautelosamente el seguro de su pistolera, sujetado el bláster pesado contra su costado. Entonces, con fingido interés en el puntal, observó desde un lado cómo el comisario del puerto y un equipo de siete hombres se acercaba a él desde la terminal del puerto.

-¿Es usted Ross? –preguntó el jefe del equipo. Era un hombre corpulento, vestido con el mono de trabajo naranja y gris de la terminal de carga, sujeto con un cinturón de herramientas que apenas lograba rodear la mole de su amplio estómago.

-Tal vez. –Ross se apoyó en una barra de integridad estructural, inclinando ligeramente la cadera para mostrar el bláster desenfundado-. ¿Quién quiere saberlo?

El hombre de más edad sonrió con sorna.

-Eso no es necesario, capitán Ross. Me llamo Hante. –Mirando por encima de su hombro, hizo un gesto a uno de los trabajadores que estaba tras él. El joven larguirucho avanzó hacia el carguero-. La torre nos dio instrucciones de traerle la carga tan pronto como llegase.

Las contraseñas necesarias fueron suficientes para tranquilizar las sospechas de Ross, pero antes de poder avisar a Winterrs, uno de los hombres del equipo estaba subiendo la rampa hacia la nave.

-Mala idea –escuchó decir a Trep en el pasillo-. No te he escuchado pedirlo educadamente.

Un momento después, el trabajador reapareció en la rampa con el bláster de Trep apuntándole directamente a la nariz. Ross dejó caer la cabeza y se rio en silencio.

-Sigue avanzando –gruñó Trep, presionando el cañón contra la nariz del aterrorizado estibador. En la parte inferior de la rampa, se detuvo para activar la escotilla, cerrando y asegurando la entrada de la nave.

Ross activó su comunicador con una sonrisa.

-¿194?

-Te recibo, Ross.

-Kierra, ¿está asegurado el pasillo interior de la bodega?

-Tal y como querías.

-Abre las puertas de la bodega de carga para los caballeros.

Hante hizo una señal a su equipo y observó cómo acercaban una carretilla repulsoelevadora hasta las puertas de carga del carguero, que comenzaban a abrirse. Mientras sus hombres se reunían al borde del transporte, devolvió su atención a Ross, tendiendo su mano al contrabandista.

-Me dijeron que le diera esto tan pronto como llegase al planeta.

Ross tomó los pequeños papeles plateados y alargados, observando la inscripción y los sellos.

-¿Entradas?

-Lady Saahir está dando una actuación en el Cruce de Merich. No quedan asientos libres, según creo. –Hante se detuvo para acusar recibo de la señal que le hacía con la mano uno de sus hombres-. Si se da prisa, puede que alcance a ver los últimos minutos del espectáculo.

-Puede que lo haga. –Ross sintió que la sombra de Trep caía sobre sus hombros y comenzó a avanzar hacia las puertas del hangar.

Una tormenta a última hora de la tarde había dejado la ciudad de Ifeoma sumida en nieblas y rocíos nocturnos. En las calles desiertas, la música de la Taberna del Cruce de Merich causaba una ligera vibración en la multitud de charcos que quedaron tras la tormenta. Ross sonrió, ansioso por reunirse con Saahir.

-Al menos uno de nosotros tiene algo por lo que sonreír –se quejó Trep. Con las manos metidas profundamente en los bolsillos de su chaqueta, observaba las calles como si esperase problemas.

-¿Qué te reconcome?

-Algo apesta en este trato, Ross. ¿Viste cómo se alinearon esos tipos en la rampa de carga? Esa formación la usan equipos de carga de estilo militar, unidades de carga militares altamente entrenadas. No me gusta.

-Así que están usando una técnica militar. Muchos espaciopuertos han optado por usar esa clase de eficiencia.

-No lo entiendes. Puedo oler a un rebelde a medio kilómetro de distancia, y este lugar apesta, Ross, te lo digo yo. Creo que Saahir está intentando uno de sus trucos.

Ross se encogió de hombros restando importancia a las preocupaciones de su socio, ignorando, sus propias persistentes sospechas. Cruzó las puertas dobles de la taberna y fue engullido por un latido resonante de música y ruido de fondo. Por la densidad de cuerpos y humo en la sala principal, se dio cuenta de que Hante no estaba exagerando acerca de la cantidad de gente, y se encontró abriéndose camino a codazos entre la abarrotada audiencia.

Rodeando un grupo de ithorianos fascinados, Ross echó un rápido vistazo al escenario central. Sonrió al ver brillar el vestido de Saahir bajo el bombardeo de los focos. Conforme su voz se desvanecía al mismo tiempo que la música, se volvió hacia un hombre humano de cabello muy corto y elegantemente vestido que se encontraba de pie junto al escenario, y le lanzó un beso. Ross se detuvo, luchando contra una súbita oleada de celos. Ignorando a Trep, que le tiraba juguetonamente de la manga, permaneció inmóvil, observando cómo el hombre caminaba al escenario y entregaba a Saahir un gran ramo de alguna clase de flores exóticas. Aunque de entrada la acción no parecía fuera de lugar, la reacción de Saahir lanzó escalofríos por todo el cuerpo de Ross.

Ante la horrorizada mirada de Ross, la radiante twi’lek rodeó al extraño con sus esbeltos brazos y le besó. No era un beso juguetón y coqueto como el que había usado para enamorarle en una actuación similar, mucho tiempo atrás. No era el beso de unos amigos que acababan de conocerse, ni de unos viejos y queridos amigos que se reencontraban. Era un alarde de pasión, como solía besarle a él, como solía abrazarle durante su relación de tres años. Era el modo en que le había abrazado y besado la noche anterior, lo que sugería su intimidad con ese extraño.

Un extraño nudo se formó en su garganta. Su mano voló hacia su bláster mientras avanzaba entre la multitud.

-No, no hagas eso –gruñó Trep, agarrando a Ross de la manga y tirando de él-. Déjalo. –Señaló a tres jawas que estaban sentados en un reservado hacia el centro de la sala. Las diminutas criaturas se levantaron y se deslizaron entre la multitud-. Parece que te vendría bien un trago. –Trep sentó a Ross en una de las sillas e hizo un gesto llamando a la camarera.

-No tengo sed. –Ross permitió que la cruda emoción le invadiera, insuflando vida a su rabia. Lanzó una furiosa mirada a Saahir, deseando que la Twi’lek le mirase. Un momento después, lo hizo, pero la mirada fue fugaz. Al reconocerle en la sala principal, se volvió al humano que estaba a su lado y le dio un golpecito en el hombro, señalando hacia donde Ross y Trep estaban sentados. Él hizo un gesto con la cabeza a un compañero cercano y luego la siguió fuera del escenario.

-¡Lo lograste! –dijo Saahir efusivamente. Con los brazos rodeando la cintura del humano, permaneció dubitativa al borde de la mesa, encogiéndose ligeramente bajo la feroz mirada de Ross. Echando la cabeza atrás en un gesto desafiante, la twi’lek tomó aire ensanchando los agujeros de la nariz, como retando al contrabandista a cuestionar su relación con el humano que estaba a su lado-. Juri, estos son el capitán Thaddeus Ross y su socio, Trep Winterrs-. Mirando fijamente a Ross, se inclinó hacia la pareja y susurró, apenas audible sobre los ruidos de la multitud-: Chicos, este es Juri Marbra, mi prometido.

Trep gimió, posando previsoramente la mano sobre el bláster de Ross para evitar lo impensable.

Saahir se sentó en la silla que Marbra le ofreció.

-¡Deja de mirarme de ese modo! –siseó, manteniendo un volumen bajo en su voz para no atraer atención indeseada.

-¿Y cómo debería mirarte? –gruñó Ross-. ¡Después de tres años juntos, nunca –dijo, dando un puñetazo al tablero de la mesa-, jamás me habría figurado que eras una simpatizante rebelde!

-No trates de negar la evidencia, guapito –dijo Trep con tono imparcial-. Lo tienes escrito por toda la cara.

-¿No se lo dijiste? –susurró Marbra al oído de Saahir.

-Decidí no hacerlo –respondió Saahir, sin ser tan discreta-. Como puedes ver, eso hubiera complicado las cosas.

-No puedo creer que me involucraras en esto, sabiendo lo que pienso de las causas perdidas.

-¿Y qué es lo que usted considera una causa perdida, capitán Ross? –preguntó Marbra, con la voz brusca de quien está acostumbrado a dar órdenes.

Ross lanzó una furiosa mirada a Saahir, respondiendo a la pregunta sin necesidad de palabras. Fue recompensado con el brillo de unas lágrimas que asomaron a los ojos de la twi’lek.

-Antes o después, todos nos vemos involucrados –comentó Marbra-. Hoy en día ya no existen espectadores desinteresados.

-¿Ah, no?

-La mayoría están muertos. –Marbra parecía incómodo mientras su mirada pasaba de Ross a Saahir y luego de nuevo a Ross. Luego, la ensayada expresión neutral de un militar regresó a su rostro-. ¿Comprobamos nuestra carga?

Cuando las primeras lágrimas rodaron por sus mejillas, Saahir se levantó.

-Tengo que cambiarme –susurró, secándose diestramente los ojos. Después de dar un beso a Marbra en la frente, se volvió para mirar fijamente a Ross, y luego se retiró a la seguridad de las sombras.

Dejando que Trep le guardase las espaldas, Ross salió rápidamente del bar, avanzando delante de ellos con largas y furiosas zancadas. El nudo de su garganta estaba expandiéndose, dejando paso a emociones que preferiría haber evitado. Ross rodeó con la mano la fría culata de su bláster, preparándose para un enfrentamiento cuando entraron en la zona principal del hangar a través de las puertas del espaciopuerto. Furioso por la traición de Saahir y por ser un peón involuntario de la Alianza Rebelde, estaba preparado para llevarse por delante a cualquiera que se enfrentara a él.

Fingiendo desinterés, un trío de guardias de seguridad armados vigilaba desde unos cuantos muelles de distancia del Kierra. Como grupos separados –el equipo de carga, los guardias, los oficiales de aduanas-, los rebeldes podrían engañar incluso al oficial imperial más suspicaz; pero vistos en conjunto, no podían engañarle a él. Ross se dio cuenta de que todos estaban cortados con el mismo patrón militar y profesional, y mostraban la misma actitud de equipo de precisión, asegurando a su sentido de contrabandista que todos formaban parte de un mismo elaborado esquema. El hecho de que ellos supieran más que él sólo servía para enojarle aún más.

En un intento de agitar su actitud tranquila, Ross caminó directamente a la parte trasera de su carguero y entró en la bodega de carga, donde se habían cargado varias pilas de cajas. Mirando el documento de escaneo de algunas de las cajas, no reconoció la codificación y parpadeó horrorizado cuando el documento de escaneo cambió de repente, mudando y degradándose ante sus ojos.

-¿Puedes entender esto?

-No necesitas leer el documento para saber lo que hay en la caja, Rosco –dijo Trep con un bufido. Arrodillándose junto a la caja, señaló el sello imperial estampado-. Esta es la marca imperial del jefe de municiones del sector.

-¿Armas? ¿Municiones?

-Armas, municiones, y más cosas de acuerdo con la etiqueta -dijo Trep con una media sonrisa, apoyándose en la caja-. Todo el material que hace divertida la guerra.

-Ojalá pudiera compartir tu punto de vista –dijo Marbra con voz uniforme, mirando a Trep. Luego apuntó a Ross con su mirada crítica e hizo un gesto a sus hombres, indicándoles que salieran del lugar-. ¿Sabe, capitán? –su voz resonó en el espacioso compartimento-, ha sido bastante duro con Saahir. No era necesario.

Ross se enderezó de golpe, cerrando con fuerza los puños. Trep se interpuso entre él y el rebelde, preparado para mantener una apariencia de paz.

-¿Y usted dónde cree que pasó ella la noche pasada? Mientras usted reunía su carga...

-Estaba con usted. –Marbra sonreía con placer inesperado, divertido por la sorpresa del corelliano-. Saahir es una mujer, capitán Ross, una mujer de métodos mundanos. Pero, ya ve, la amo, y porque la amo, no espero que cambie de la noche a la mañana. Le hicieron falta años para aprender a sobrevivir en este promiscuo estilo de vida, y le costará años superarlo y olvidarlo. Y estoy preparado para esperar y ayudarle de cualquier modo posible. Además, usted la necesitaba y ella le necesitaba a usted para nuestro cargamento. Sólo hizo lo que hizo para asegurarse su cooperación. Pero si todavía quiere un pago en metálico –Marbra extrajo un vale de crédito del bolsillo de su pecho-, puedo complacerle.

-¡Es hombre muerto! –gritó Ross, tratando de liberarse del agarre de Trep.

-¡Ross! –gritó Trep-. No sé lo que estabas esperando, colega. La misma Saahir de siempre, haciendo trucos para las masas de clase alta. Cálmate. –Mientras mantenía al corelliano a raya, echó un vistazo al vale-. Son 10.000 créditos. –Se lo enseñó a Ross, esperando que la visión de las riquezas hiciera que el contrabandista se comportase.

Ross ignoró el dinero, luchando con el frenético impulso de desenfundar su bláster y disparar al líder rebelde.

-¿Cuál es el trato?

-Estamos entre el bláster y la pared, capitán Ross –comenzó a decir Marbra-. La gente para la que hemos obtenido estas armas está en problemas. Necesitaremos un piloto experimentado y hábil con las armas para llegar hasta ellos. Saahir me asegura que sólo podemos confiar en sus habilidades. –Sonrió a Trep-. Pero un renegado del ejército imperial será más que bienvenido, si es de ayuda.

Trep se alisó la chaqueta de vuelo, alzando una ceja a Marbra.

-Con el dinero extra, son 2.500 para cada uno por nuestra ayuda.

-¿Y si dijera que no es suficiente?

-¿Qué? –jadeó Trep-. Ross, es tres veces...

Marbra sacó una ficha más de su bolsillo.

-¿Podrían 5.000 créditos adicionales asegurar sus servicios?

Ross asintió y Trep recogió la ficha. Luego dio la espalda a Marbra y cruzó la puerta que daba al pasillo.

-Vamos, acabemos con esto.
 

miércoles, 23 de octubre de 2013

Risas al caer la noche (II)


-¿Saahir?
Ross alzó la cabeza de la almohada, aspirando el perfume de Saahir. Tenía la espalda pegada a la pared del casco, dejando suficiente espacio para otro cuerpo a su lado; pero la twi’lek no estaba allí y las sábanas estaban frías. Se había ido hace un buen rato.
-¿Saahir? –volvió a decir. Pensando que su ausencia podría deberse a un trasnochado juego del escondite, se agarró del soporte de la litera superior y se puso en pie, agarrándose el costado herido.
Ross encontró un par de pantalones y una camisa, planchados y doblados sobre el respaldo de la silla de su camarote. Rígido por las secuelas de su herida y la prolongada estancia en cama, el corelliano se vistió, introduciendo con cuidado los pies y los tobillos en sus botas. Abrochándose la parte superior de cuero, se alisó los mechones rubios y miró el pasillo oscuro. La fragancia de su perfume estaba por todas partes, en su piel, en sus ropas, incluso en el pasillo, haciendo difícil precisar si había estado ahí recientemente. Sin embargo, había cierta atmósfera mustia en el aroma que sugería que la cantante se había marchado hace tiempo de esa zona de la nave.
Cruzando la estrecha puerta a la cabina de vuelo, Ross echó un rápido vistazo en busca de una señal cierta de la twi’lek. No encontró ninguna. A su lado, acurrucado bajo su chaqueta de vuelo y una manta, Trep Winterrs estaba profundamente dormido en la estación del navegante, ajeno a su presencia. Ross sonrió, dejando dormir al exhausto contrabandista, y avanzó a la consola de mando principal.
-Kierra, ¿ha salido Saahir de la nave? –Encendió as pantallas de los monitores, escaneando varios informes sobre el estado funcional actual de su carguero-. Kierra –dijo levantando la voz-. ¿Saahir todavía está a bordo con nosotros?
-Sí y no –fue la lacónica respuesta.
Picado por la inesperada acritud en la voz de la inteligencia droide, Ross se recostó en la silla de aceleración, mirando fijamente a uno de sus orbes ópticos.
-¿A qué te refieres con sí y no?
-Has hecho dos preguntas. Te he dado dos respuestas –dijo Kierra con suficiencia-. Sí, ha salido de la nave. No, no está a bordo.
Aunque Kierra tenía cierta tendencia a ser combativa y difícil, Ross sabía que había un preciado lazo de unión entre ellos. Sorprendido por la peculiar conducta de la inteligencia droide, lentamente filtró el tono cáustico de su voz y detecto los celos que estaban detrás. Al recordar los eventos de la noche anterior, dejó caer la cabeza mientras un cálido azoramiento recorría sus mejillas y su nuca.
-Kierra, con respecto a la noche pasada –comenzó a decir pensativamente, dándose cuenta de que la inteligencia droide había visto y escuchado todo el asunto-. No era mi intención que vieras... Quiero decir... –Lanzó las manos al cielo, exasperado por una necesidad de explicarse-. No estaba pensando con claridad. Nunca te haría daño intencionadamente... –Ross se detuvo, luchando por encontrar una justificación para sus actos-. ¿Kierra?
-Ha sido duro, ¿sabes? –dijo Kierra finalmente, sus altavoces apenas audibles en el silencio de la cabina-. No nos conocemos demasiado bien, y sospecho que harán falta muchos ajustes más, para ambos. –Sonó un suspiro sobre la estática del receptor-. Lo entiendo, Thadd, realmente lo entiendo. No he sido exactamente la mejor compañera para ti, especialmente en los últimos meses. –El suspiro se convirtió en un ligero lloriqueo, resonando por el canal de comunicaciones-. Y además están mis cambios de humor, mis estallidos emocionales, mis hinchazones hidráulicas, mi ganancia de peso... Todo eso pasa factura, Thadd, de modos que no puedes ni empezar a imaginar. Y, por supuesto, no puedo ofrecerte esa satisfacción físi...
-¡Déjalo ya! –saltó Ross, viendo a través del dramatismo de la inteligencia droide. Al escuchar un bufido y una risita a su espalda, Ross se volvió hacia Winterrs-. Y eso también va por ti. Siempre siguiéndole la corriente.
Cambiando de postura perezosamente en la silla aceleradora, Trep sonrió socarronamente.
-Eh, no la pagues conmigo, Rosco. Eres tú quien hace que los contrabandistas tengan fama de engreídos.1 –Puso los ojos en blanco con fingida indignación-. Cortejando a dos hermosas damas al mismo tiempo. Ya sabes el viejo dicho, colega. Si tiene un buen par de caderas o de servomotores, va a causarte problemas. –Winterrs arrojó una tableta de datos al irritado contrabandista.
-¿Qué es esto?
-Esa pista que estabas buscando. Saahir me lo dio antes de salir disparada. Coordenadas, contactos, contraseñas, toda la pesca.
Ross examinó brevemente la información conforme iba apareciendo en pantalla.
-El sistema Aurea. No está demasiado lejos.
-A sólo media hora por el hiperespacio. –Trep se puso en pie y se desperezó, haciendo crujir y saltar sus articulaciones por toda la longitud de su delgado cuerpo-. Tomamos tierra en el Cruce de Merich, en el lado más alejado de la tercera luna de Aurea. Allí es donde recogemos la mercancía.
-Bueno –dijo Ross con una media sonrisa. Comenzó a pulsar botones e interruptores, activando los motores iónicos del Kierra-. No podemos hacer esperar a la dama. Kierra, contacta con Control de Tráfico y solicita permiso de despegue.


1 En el original, realiza un juego de palabras con smug (engreído, petulante) y smuggler (contrabandista). (N. del T.)

martes, 22 de octubre de 2013

Risas al caer la noche (I)

Risas al caer la noche
Patricia A. Jackson

Inclinando la cabeza bajo los chorros de los secadores, Thaddeus Ross permanecía de pie en el oscuro cubículo mientras el frío mordiente de la lluvia de Najiba se evaporaba de su cabello rubio cortado muy corto. Aún empapado por su breve excursión bajo la tormenta, tenía el cuello caliente por las tórridas ráfagas de aire que se derramaban sobre él, y sintió un ligero escalofrío. Cuando las puertas se abrieron, admitiéndole en la sala más interna del Malecón de Reuther, alzó la cabeza y entró dentro.
Sin humor para enfrentamientos, el corelliano apartó de su cadera derecha el faldón de su gabardina, mostrando la infame silueta de su bláster pesado Caelli-Merced, que colgaba bajo en su funda. Había pocos parroquianos que pudieran fijarse en el contrabandista o en su arma mientras caminaba por el bar desierto. Rebuscó en sus bolsillos buscando un crédito, entrecerrando los ojos ante la espesa neblina de licor rancio y humo de especia. Mientras sostenía la estrecha moneda contra la palma de su mano, hizo brevemente contacto visual con Reuther, el camarero najib, quien le saludó con una ligera inclinación de cabeza y una mirada de perpleja preocupación.
Ross continuó hasta el fondo del establecimiento, deteniéndose en la esquina del extremo derecho junto a la máquina de archivos sonoros. La gastada caja de música había tenido años mejores. Su cúpula acristalada con forma de burbuja estaba sucia por capas de polvo y ennegrecida por partículas de humo acumuladas. Abollada y arañada por los borrachos o las peleas, la antigua unidad de entretenimiento estaba apoyada en una pieza de metal cortada a medida para sustituir una de sus patas, que se había roto. Dentro de la fina cúpula de plastiacero, el selector mostraba una colección de archivos sonoros y mini-holovídeos, esperando que algún interesado programase una petición.
Ross dejó caer la moneda de un crédito en la oxidada ranura y pulsó su selección. Tras un instante de estática y un zumbido grave, el holoproyector iluminó tenuemente la zona sobre el tubo proyector invertido, creando la esbelta imagen de una mujer twi’lek. Estaba vestida con una toga escarlata que acentuaba sus caderas y su delgado torso. Entre una línea escalonada de brillantes botones de cristal, su piel caoba asomaba en varios lugares, exponiendo suaves fragmentos de su cuerpo escultural desde el hombro desnudo hasta los muslos.
Con un mohín en sus labios carnosos, la seductora imagen le saludó con una leve inclinación de cabeza. “Antes la oscuridad solía asustarme tanto... antes solía pasarme la vida persiguiendo al sol.”
Ross tragó saliva para liberar el nudo en su garganta y se apartó del holo-fantasma. El corelliano se sentó en una mesa cercana y cerró los ojos, resistiendo la insistente protesta de sus tensos músculos.
“Conozco demasiado bien los miedos de la noche... pero contigo, sólo hay risas... risas al caer la noche.”
Llevando en la mano una botella con un intrincado diseño y un vaso, Reuther se acercó a la mesa de Ross. Vestido con su sucia túnica de trabajo y su delantal, el camarero arrastró una silla por el arañado suelo de su bar y se sentó. A pesar de la profundidad de las sombras, sus ojos destellaban con un brillo interior, llevando una chispa de optimismo al solitario rincón del fondo de la taberna. Su cabello blanco y áspero estaba trenzado con fuerza contra su cráneo, uniéndose a una única y gruesa trenza que le colgaba recorriéndole toda la espalda. Se aclaró la garganta, empujando el vaso sobre la mesa hacia el contrabandista.
-¿Cuánto hace que nos conocemos, Ross? ¿Siete, tal vez ocho años?
Aletargadamente, como en trance, Ross quitó el tapón de la botella y olisqueó el penetrante aroma del líquido del interior.
-Unos siete años, supongo –respondió en voz baja.
-En todo ese tiempo, uno llega a conocer a sus amigos, especialmente a un socio. –Reuther soltó un bufido de desdén, pasándose un trapo por el ancho puente de su nariz-. Te conozco mejor de lo que crees.
-No estoy de humor para una evaluación siquiátrica, Reuther. Suelta lo que tengas que decir.
Reuther se recostó en su silla, acariciándose pensativo la barba incipiente que cubría su barbilla.
-¿Qué te pasa, muchacho? Podría tomarte como referencia para organizar mi catálogo de pedidos. Una vez al año, y sólo una vez al año, pido este t’ssolok twi’lek –dijo señalando la botella esculpida-, y tengo la garantía de que en el plazo de dos o tres días tú apareces a mi puerta, con un aspecto que parece que el primer oficial de la Muerte te acabara de disparar. –El najib soltó un bufido, inclinándose sobre el borde de la mesa-. Vienes aquí, pones esa misma canción. Bebes hasta que la vista se te emborrona. Luego te vas sin decir palabra acerca de lo que te preocupa. No soy ningún loquero, Ross, nunca he pretendido serlo. Pero soy lo más parecido que puedas encontrar.
Reuther tomó la botella de manos de Ross y vertió una generosa dosis en el vaso que aguardaba.
“A menudo he soñado con un mundo perfecto”, continuaba la canción, “de ámbar transparente y blanca luz.”
Ross tomó un sorbo del vaso, pensativo, haciendo una mueca ante el regusto agridulce.
-Nunca te he hablado de mis pequeñas aventuras con Trep Winterrs, ¿verdad?
-Has mencionado a Trep algunas veces.
-¿Alguna vez he mencionado a Saahir? ¿Saahir Ru’luv?
Reuther se volvió lentamente a mirar la caja de música, y luego miró de nuevo al contrabandista con un destello de desconfianza en la mirada.
-¿La cantante? ¿La conociste?
-Hace unos siete años, poco antes de conocerte, Trep y yo nos encontramos en el lado equivocado de un timo de protección elomin que salió mal...

***

El disparo golpeó contra su chaleco blindado. Ross jadeó cuando la descarga a quemarropa hizo salir violentamente el aire de sus pulmones. Pese a estar desorientado, apretó el gatillo de su rifle bláster, disparando al asesino elomin. El reptiliano salió despedido hacia atrás varios metros, con marcas de impacto humeando en su pecho y abdomen. Contrayendo involuntariamente los músculos, el elomin devolvió fuego aleatoriamente a su agresor.
Los disparos siguientes fueron absorbidos por el chaleco; pero Ross sintió el doloroso impacto de cada uno. Apretó los dientes con fuerza cuando su cuerpo terminó golpeando los duros y pulidos suelos del vestíbulo de la embajada. Aturdido por el impacto inicial, abrió los ojos y miró fijamente la vara luminosa que colgaba precariamente sobre él, preguntándose cuándo llegaría el momento final, el último aliento.
-¿Ross? –Pudo notar la preocupación en la voz de su socio.
Trep Winterrs se apartó del hombro su largo cabello negro mientras entraba en el campo visual de Ross y se inclinaba para mirar al contrabandista caído. Sus hermosas facciones estaban enterradas bajo capas de sudor y suciedad. Meneó la cabeza mientras una ancha sonrisa asomaba en su rostro.
-No puedo creer que hayas recibido ese disparo por mí.
-¿Qué se suponía que debía hacer? –Ross pretendía haber soltado una risa sarcástica, pero su respuesta fue más bien un gemido. Estaba luchando en su interior, agarrándose desesperadamente a los últimos fragmentos de su consciencia. Rodó hacia un lado en un frenético intento de incorporarse, pero fracasó-. ¿Quedarme ahí quieto y ver cómo te disparaban por la espalda?
Trep tomó el rifle bláster de manos de Ross y comprobó su célula de potencia.
-El trato ha salido mal, colega. El viejo embajador se enfría mientras hablamos. No voy a dejar que te pase a ti lo mismo. ¿Puedes disparar?
-Me las apañaré. –Ross cerró los ojos con fuerza cuando el dolor recorrió su cuerpo. Obligó a su cuerpo a reaccionar y responder mientras Trep le ayudaba a ponerse en pie.
Esquivando un disparo procedente del pasillo lejano, Trep se volvió para que Ross pudiera devolver el fuego. El disparo rebotó en el brillo pulido de la pared y derribó a uno de los intrusos.
-Todo se está desmoronando –se quejó Trep. Tiró de Ross para pegarlo a su espalda y se agachó, soportando todo el peso del contrabandista.
Ross luchaba por mantener los ojos abiertos.
-¿De quién fue la idea de poner a un gamorreano a cargo de un equipo diplomático de seguridad?
-Se lo habían prometido a Ishenn. Además, si tú no ibas a hacerlo, y yo tampoco, ¿quién lo haría si no? ¿Ese pequeño chadra-fan con el parche en el ojo?
Sonaron explosiones en el interior del edificio de la embajada, esparciendo escombros en las desiertas calles de Elos, una de las varias ciudades importantes que cubren la superficie del mundo natal elomin. Una sirena aullaba en la distancia, avisando de que los refuerzos estaban de camino. Con prisas para desaparecer antes de que pudieran hacerse preguntas, Trep se escabulló hasta un deslizador terrestre abandonado y dejó suavemente a Ross en el asiento del pasajero.
-Aguanta, colega –dijo, saltando por encima de Ross al asiento del conductor.
Trep soltó el sistema de guiado y agarró rápidamente los cables y clavijas de conexión. Ross observaba desde lo que parecía una gran distancia.
-El cable rojo primero –dijo arrastrando las palabras, derrumbado contra el respaldo del asiento-. Siempre el cable rojo primero.
El contrabandista recableó el filamento rojo tal y como decía Ross. Sorprendido cuando una chispa saltó de la conexión, pisó el acelerador, haciendo que el motor fío cobrase vida. Bajo su dirección, el deslizador terrestre salió disparado hacia delante por las calles, virando en un amplio arco cuando un transporte de tropas giró al bulevar. Trep giró la palanca de dirección a un lado y logró controlar el deslizador en un giro de 180 grados. Se retiró rápidamente, revolucionando el motor mientras entraban a toda velocidad en las plataformas de aterrizaje del espaciopuerto justo fuera del perímetro de los patios de la embajada.
El deslizador terrestre se sacudió cuando Trep saltó la separación que delimitaba los muelles de vuelo exteriores y las bahías de atraque interiores. Ross pudo ver la silueta de su nave, el Kierra, reposando justo al otro lado del edificio principal del puerto. A pesar de su menguante visión, podía ver con claridad las luces centinelas amarillas destellando bajo la nave, señalando que los sistemas de preservación del carguero estaban activos.
-¿Ross? –Trep empujó suavemente al contrabandista en su asiento-. Ross, quédate conmigo. ¿Me oyes?
-No voy a irme a ninguna parte. –Un entumecedor escalofrío recorrió su espalda; pero Ross estaba demasiado agotado incluso para temblar por él. Se encogió de hombros con indiferencia y se permitió desvanecerse silenciosamente en el olvido de la inconsciencia.

***

-¡Kierra, abre la escotilla!
-Está abierta –respondió la inteligencia droide-. ¿Por qué? ¿Esperas visita?
Ross trató de tragar saliva en su boca seca y luchó por incorporarse. Las familiares vistas de su cabina personal giraron en un borrón a su alrededor. Un dolor penetrante recorrió su cuerpo, haciendo que el sudor manara de su febril piel. Derrumbándose de nuevo en el camastro, cerró los ojos, recomponiéndose a sí mismo y al caos de sus recuerdos inconexos.
Se escuchó un ligero zumbido electrónico cuando la inteligencia droide atrapada en la nave de Ross –y que recibió el nombre del carguero- enfocó sus lentes ópticas sobre la cama y comenzó a tomar lecturas de sensores.
-Ross –dijo, con pánico creciente en su voz-, tu ritmo cardiaco y tu presión sanguínea están peligrosamente bajos. ¡Algunas constantes vitales ni siquiera aparecen! ¡Trep, haz algo! ¡Sus sistemas críticos están fallando!
Ross logró emitir un breve y doloroso bufido que pretendía ser una risa.
-No voy a irme a ninguna parte, querida. No te preocupes por eso. –Aunque estaba bastante quieto, se sentía dolorido y magullado por todo su ser, y tomó una profunda y cautelosa respiración para aplacar su corazón desbocado-. Kierra, si usas tus sensores hidráulicos para medir mis constantes vitales, siempre pareceré estar al borde de la muerte. No son lo bastante sensibles.
-Lo sé, pero me siento tan inútil. –Las enérgicas maneras de la inteligencia droide estaban superadas por la preocupación, y eso tocó una fibra sensible en el corazón del contrabandista-. Permanece quieto y tumbado, ¿de acuerdo? Ahora viene Trep.
-¡Vaya, vaya! ¡O soy un mono kowakiano, o está vivo! –Trep irrumpió en el camarote, sonriendo de oreja a oreja.
-¿Dónde estamos?
-Estaba realmente preocupado por ti, ¿sabes? No tengo ni idea de primeros auxilios, Rosco.
-He preguntado que dónde estamos, Trep.
Trep se frotó las manos en su túnica de trabajo y sonrió aún más abiertamente, reteniendo a propósito la información.
-Deberías haber visto tu cara cuando ese disparo golpeó tu chaleco.
Agarrando a Trep de la manga, Ross apretó los dientes luchando contra el dolor y tiró del contrabandista hacia el costado del catre.
-¡Te lo preguntaré una vez más! ¿Dónde estamos?
Trep se zafó fácilmente de la mano del contrabandista.
-Estás en casa, colega. Corellia. Muelle 52.
-¡Muelle 52! –La referencia cruzó rápidamente su mente-. ¿El muelle de atraque privado de la Taberna de la Dama Naranja?
-No tienes mala memoria para ser un hombre que ha estado técnicamente muerto durante cinco días.
-¿Muerto? ¡Cinco días! –La habitación comenzó a girar a su alrededor y Ross osciló de nuevo al borde de la inconsciencia. Cerró los ojos y se desplomó en el catre.
-¡Saahir! –exclamó Trep-. Saahir, creo que ha vuelto a desvanecerse.
-¿Saahir? –Ross susurró el nombre, sintiendo que sus latidos se fortalecían mientras su mente vagaba con las complicaciones emocionadas asociadas a él. Por un momento, su cuerpo se acomodó en un seguro y cálido regazo de amor, felicidad y una sensación de pertenencia, pero a medida que esa sensación maduraba, iba oscureciéndose con la carga de compromisos no cumplidos, separación, y soledad.
Ross luchó por recuperar la lucidez mientras sentía unos suaves golpes metálicos resonando en la habitación. El sonido se detuvo un instante y, en un frustrado momento de rabia, cayó presa del pánico, cayendo de nuevo en la oscuridad. Cuando sintió el suave toque de unos dedos en su barbilla, Ross abrió los ojos, mirando a la mujer twi’lek que le sonreía desde un pedestal olvidado hacía mucho tiempo.
-¿Cómo te sientes, héroe? –Su boca se curvó en una sonrisa casi amenazadora mientras le apartaba un mechón de pelo suelto.
Ross le agarró la mano para asegurarse de que no era ningún fantasma.
-No lo sé. ¿Por qué no me lo dices tú? –Se incorporó lentamente sobre un codo y le acarició una de sus suaves mejillas.
Saahir llevaba un chaleco marrón ajustado, su prenda exterior favorita, y una blusa escotada con mangas abiertas que acentuaban sus esbeltos brazos. Unos ceñidos pantalones negros revelaban cada curva de sus piernas y caderas. En la plácida iluminación de las luces del camarote, sus tentáculos craneales tenían un misterioso tono negro, en lugar del marrón tierra de su rostro moreno.
-No hace falta mucho para ponerte de buen humor, ¿verdad? –dijo en tono seductor, haciendo que su atención volviera a recaer en su rostro-. ¿Sabes, Ross? –dijo, jugueteando con un anillo de plata en el dedo medio de su mano izquierda-. El éxito de mis pociones mágicas está garantizado, pero tiene un precio.
-¿Me has envenenado? –exclamó Ross. Recordaba que el anillo escondía una pequeña aguja para inyectar a un sujeto desprevenido con extracto de t’ssolok, un peligroso veneno paralizante que siempre era letal sin el antídoto necesario.
-Alguien tenía que detenerte –respondió Saahir, vertiendo una extraña solución azul en una copa-. Estabas corriendo hacia el Otroespacio, piloto. Casi estabas con un pie allí. –Se sentó y sonrió, sosteniendo la copa en la mano-. No podía permitir que eso ocurriera. Al menos, no sin decirte adiós.
Le llevó la copa a los labios, alzándole la cabeza ligeramente, y le permitió beber una variante mezclada del antídoto.
-¿Sabes, Ross? Una vez que has caído bajo uno de mis hechizos, eres mío para siempre, en cuerpo y alma. –La twi’lek dejó a un lado la copa vacía, sonriendo con tristeza-. Ojalá eso fuera verdad, ¿eh?
-¿Puedes ocuparte de él tú sola, o me quedo? –Trep cruzó los brazos sobre su pecho, apoyándose en la pared del casco.
-Erbus tiene un menú esperándote en la cocina –dijo Saahir-. Sugiero que lo aproveches antes de que tenga demasiado trabajo. Esta noche actúo, y seguro que el local va a estar lleno a rebosar.
Mientras Trep les dejaba solos, Ross consiguió cuidadosamente colocar un brazo bajo su cabeza.
-¿Así que sigues cantando?
-Eso, y salvando tu lamentable choobie. Las dos cosas que mejor hago. –Saahir acercó el kit médico al lateral de la cama y se inclinó sobre él, comprobando las gasas húmedas sobre la herida de bláster-. Hay que cambiar el vendaje. –Tiró suavemente de la cinta, deteniéndose brevemente cuando el contrabandista se estremeció bajo su somero toque-. ¿Quieres hacer el favor de mirarte? –se burló-. Deja de portarte como un bebé y estate quieto.
Ross cerró los ojos y trató de concentrarse en otra cosa que no fueran los pelos del pecho que la twi’lek le estaba arrancando con el esparadrapo. Incapaz de soportar cómo cada pelo iba siendo arrancado lentamente de su piel, hizo una dramática mueca.
-¿Sabes? Podrías ir un poco más despacio y vengarte realmente de mí por todos estos años.
-O podría simplemente dar un rápido tirón. –Saahir arrancó la cinta en un único y brusco movimiento-. Y  vengarme de ti igualmente. –Le atravesó con la mirada mientras él abría los ojos. Con una sonrisa sardónica, comprobó la herida, complacida por su progreso-. Ya sé que mi opinión no te importa demasiado –dijo mientras colocaba con cuidado un nuevo vendaje alrededor de la herida-, pero creo que deberías permanecer en cama unos cuantos días más. –La twi’lek le cubrió el pecho y los hombros con la manta y le levantó, dejando que el medipac colgara de su hombro-. Volveré por la mañana.
-¿Volver? –Ross la agarró por la cintura. Hizo una gran mueca cuando el movimiento causó que otra ráfaga de dolor le atravesara-. ¿Volver de dónde?
-Ross, túmbate –le reprendió Saahir, empujándole suavemente hacia abajo. Frunció los labios, meneando la cabeza severamente-. Ya es un poco tarde para que comiences a actuar como un marido, ¿no crees?
-No me refería a eso –replicó Ross-. Es sólo –dijo, evitando sus ojos fríos- que acabamos de encontrarnos y ahora te vas a toda prisa.
Inclinando la cabeza a un lado, Saahir sonrió, mostrando una ordenada fila de dientes blancos.
-Bueno, si necesitas saberlo, piloto, tengo un asunto de negocios esperándome fuera del planeta.
-¿Quién va a pilotar?
-Yo, por supuesto. Dado que no tengo mi propio piloto privado, he tenido que hacerlo yo misma.
-¿Tú? ¿Desde cuándo has comenzado a transportar mercancía?
-Aún no lo he hecho nunca. Esta será mi primera vez, pero debido a los plazos no puede evitarse. –Sus labios cayeron en un leve mohín.
Absorbido por el gesto, Ross sintió una oleada de culpa, complicada con una pizca de celos.
-¿Cuál es la carga?
-Cuanto menos sepas mejor.
-Oh, una de esas. Ya entiendo. –La miró fijamente, acariciando con suavidad sus largos dedos-. Mira, Saahir, te debo una, y...
-¿La transportarías por mí? –preguntó ella, agudizando cuidadosamente el tono de su voz.
-No he dicho eso. He dicho que te debía una.
-Entonces eso significa que transportarás el cargamento por mí, ¿verdad? –Saahir comenzó a acariciar juguetonamente el cabello en la nuca de Ross. Observó con deleite cómo el contrabandista se estremecía, sonrojándose por el gesto.
-Sabes que odio cuando haces eso.
-Mentiroso –susurró ella con voz ronca-. Te encanta, siempre te ha encantado.
Aceptando a regañadientes la calidez que se extendía por su cuerpo, Ross apretó los dientes.
-¿Cuánto?
-Puedo garantizarte cinco mil créditos por adelantado. –Saahir intensificó sus esfuerzos-. Puede haber más, dependiendo el papel que juegues.
-¿Qué quieres decir con “dependiendo el papel que juegue”?
-Podemos hablar de eso más tarde. –Antes de que él pudiera protestar, la twi’lek frunció el ceño, examinándole la frente-. Oh, mira. Me he dejado un arañazo. –Se agachó y le besó suavemente la frente-. Y ahí hay otro. –Le besó sobre el ojo derecho.
-Está bien, está bien. Lo haré. –Sujetándole la esbelta cintura, sonrió mientras tiraba de ella hacia la cama-. Y ahora, sea franco con migo, doctora. ¿Sobreviviré?
-No te preocupes. –Saahir se quitó el chaleco mientras él le desabrochaba la blusa-. Bajo mis cuidados, piloto, te aseguro una recuperación completa.