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jueves, 13 de febrero de 2014

Cambio de manos (y III)


-¿Está segura de que esto es una buena idea? -murmuró Ghent mientras caminaban hacia las amortiguadas luces de la puerta suroeste del palacio.
-Todo irá bien -le aseguró Mara, tratando de sonar como si lo dijera en serio. El plan había sonado fabuloso en su camino de regreso al hotel. Había sonado igual de bueno cuando se lo explicó a Ghent, con su cabello aún más alborotado recién salido de la ducha mientras trataba de enrollar las mangas del mono de repuesto que había tomado del armario de Mara.
Pero ahora, mientras caminaban realmente hacia el palacio, de repente ya no parecía tan infalible.
Sobre todo porque tenía la fuerte sospecha de que los amigos rebeldes de Markko estaban avanzando para llenar las sombras detrás de ellos. Si no podía convencer al gobernador Egron de que ella y Ghent estaban de su lado, una salida rápida podría ser difícil.
Los guardias de la puerta la abrieron sin preguntas ni comentarios. En el interior, encontraron a Markko esperándoles, con media docena de soldados de asalto a su espalda. Saludó en silencio a Ghent con un gesto de cabeza, luego miró a Mara.
-Seguidme -fue todo lo que dijo.
Así lo hicieron. Los soldados de asalto, observó Mara sin sorprenderse en absoluto, comenzaron a andar tras ellos.
Markko abrió la marcha a través de un laberinto de pasillos con poca luz, cambiando de dirección cada dos esquinas. Probablemente no era la ruta más directa a su destino, sino que estaba cuidadosamente diseñada para confundirles en cuanto a dónde se encontraban exactamente, y -más importante- en qué dirección estaba la salida.
Finalmente, llegaron a una serie de puertas sin marcar. Markko las abrió de un empujón, y el grupo entró.
La habitación era mucho más grande de lo que el tamaño de las puertas habría sugerido. Estaba construida en el mismo estilo que la sala de recepción en la que había hablado antes con Markko, con un techo alto en forma de cúpula sostenida por arcos decorativos que se levantaban desde el suelo. Esta parecía estar diseñada como una sala de audiencias o de asambleas, con una plataforma elevada cerca del extremo opuesto, y una silla que parecía un trono descansando sobre ella. Grandes pinturas y tapices antiguos se alineaban en las paredes de piedra tallada, con esculturas colocadas en nichos o en pequeños pedestales esparcidos alrededor. Era una habitación claramente diseñada para impresionar a los visitantes con la riqueza, la posición y la cultura del Gobernador Egron.
Y en el centro de la sala, justo en frente del trono, estaba el sistema de ordenadores capturado.
Era más grande de lo que Mara había esperado por la descripción anterior de Markko. O tal vez eso fuera sólo una ilusión creada por las estanterías, las mesas de examen y los equipos análisis que habían sido dispuestos en un amplio anillo a su alrededor, todo ello conectado a la computadora con marañas de cables de diferentes colores. Markko y sus amigos no se habían quedado sentados a esperar que apareciera Ghent e hiciera el trabajo por ellos. Habían hecho todo lo posible para abrir esta particular nuez damak antes de darse por vencidos.
Lo que significaba que ella y Ghent realmente los tenían a su merced. Si hubiera duplicado su tarifa, era muy probable que Markko todavía hubiera acabado aceptando.
Miró a Ghent, preguntándose si él estaría siguiendo la misma línea de pensamiento. Pero no. Estaba mirando a la computadora del modo en que un experto en arte miraría alguna de las pinturas o esculturas de la habitación. La idea del dinero probablemente ni siquiera había pasado todavía por su cabeza.
-Ahí está -dijo una voz profunda detrás de ellos.
Mara se volvió para ver cómo un hombre mayor con el rostro lleno de arrugas entraba en la habitación pasando junto al grupo de soldados de asalto que se encontraba ahora reunido junto a la puerta.
-Ese es Ghent, supongo -añadió el hombre, estudiando al chico con obvias dudas.
-Lo es -dijo Mara con calma. Nunca había conocido a este funcionario en particular, pero su rostro estaba entre los archivos que el Emperador le había hecho memorizar hace años-. Y usted, si no me equivoco, es el gobernador Egron.
Egron la miró como si contemplara un plato que no había ordenado.
-¿Markko? -preguntó.
-Una amiga de Ghent -explicó Markko-. Se encarga de gestionar las negociaciones por su servicio.
Egron le envió una mirada penetrante.
-¿Negociaciones?
-No pasa nada -dijo Markko, levantando una mano para calmarlo-. Está bajo control. Muy bien, Ghent, ahí está el ordenador. Ponte a trabajar.
Sin decir palabra, con los ojos todavía brillando, Ghent cruzó la sala hacia la computadora. Durante un minuto o dos, siguió contemplándola, trazando con la mirada algunas de las conexiones de los cables. Entonces, sin decir nada todavía, se sentó frente a la consola principal de análisis. Lentamente al principio, y tomando más y más velocidad después, sus dedos empezaron a acariciar las teclas.
-Así que tú eres su representante de negocios, ¿verdad? -dijo la voz de Egron al oído de Mara.
-Extraoficialmente -dijo Mara, volviéndose hacia él-. Es un trabajo temporal, pero espero que sea muy rentable.
Egron resopló.
-Tratar de extorsionar a un gobernador Imperial es una propuesta arriesgada.
-Eso no es en realidad lo que tenía en mente -dijo Mara, mirando disimuladamente a su alrededor. Markko estaba de pie a una distancia respetuosa detrás de Ghent, viéndolo trabajar, y ninguno de los soldados de asalto estaba tan cerca como para oírles. Esta era su oportunidad de contárselo todo-. Dígame, Gobernador...
-¿Gobernador? -llamó suavemente Markko-. ¿Podría acercarse, por favor?
-Por supuesto.
Egron hizo un gesto con la cabeza a Mara, y luego pasó a su lado para dirigirse junto a Markko. Markko murmuró algo, y un momento después ambos se enfrascaron en una profunda conversación.
Mara se dio la vuelta, con una alarma silenciosa empezando a sonar en el fondo de su mente. ¿Acaso Markko sospechaba que planeaba traicionarles a él y a sus amigos rebeldes? Si era así, trataría de arreglárselas para evitar que lograra estar a solas con Egron, al menos hasta que pudiera presentar al gobernador una historia diseñada para minar su credibilidad.
Cosa que muy bien podría estar haciendo en ese momento, de hecho. Y por lo que recordaba del expediente de Egron, el gobernador perfectamente podría optar por creer a su supuesto amigo en lugar de a los códigos de reconocimiento imperiales de Mara.
Miró hacia la puerta. Y todo ello teniendo lugar en una habitación sin salida, excepto a través de seis soldados de asalto.
Hora de encontrar una salida alternativa.
Comenzó a dar vueltas por la sala de audiencias, pretendiendo estudiar las obras de arte. La oficina privada y los aposentos de Egron sin duda incluirían salidas secretas, pero una sala de reunión pública como ésta probablemente no las tendría. Su mejor esperanza era una puerta trasera que hubiera sido cubierta por uno de los tapices y luego olvidada.
-¿Arica? –la llamó Markko.
Ella se dio la vuelta. Markko todavía estaba de pie detrás de Ghent, haciendo gestos a Mara para que se reuniera con él; el gobernador se había apartado y estaba rondando los bordes de los equipos informáticos como un wrix hambriento en busca de la forma de entrar en un corral de banthas.
Mara se acercó a Markko, manteniendo un ojo en las tropas de asalto mientras lo hacía. Hasta el momento, no había indicios de que le prestasen una especial atención.
-¿Sí?
-El gobernador ha aceptado su petición -le dijo Markko-. Dos mil a la hora. Supongo que aceptará la divisa imperial estándar.
-Desde luego -dijo Mara-. Y ahora, hablemos de lo que nos vas a pagar.
Él frunció el ceño.
-¿De qué está hablando? Acabo de decir...
-Ha dicho que el gobernador va a pagar dos mil -lo interrumpió Mara-. Pero usted tiene su propia agenda, ¿no es así? ¿Por qué deberías obtener un viaje gratis a su costa?
Markko exhaló ruidosamente.
-No me lo puedo creer –gruñó-. Aún se atreve a... –Se atragantó con las palabras-. Está bien. Lo que usted quiera.
Girando con una media vuelta perfecta, se alejó.
-Lo que usted diga -murmuró Mara tras él, asegurándose de que su satisfacción no asomase en su voz. Cómo interrumpir una conversación que no quieres tener, en una fácil lección: empieza a hablar de dinero.
Volviendo la espalda al furioso Markko, Mara se puso al lado de Ghent.
-¿Cómo te va? -preguntó.
No hubo respuesta.
-¿Ghent? -intentó de nuevo.
Esta vez, él la miró.
-¿Decía usted algo? -preguntó vagamente.
-Te he preguntado cómo vas –repitió-. ¿Estás haciendo algún progreso?
-Alguno –dijo-. Va un poco lento. Nunca antes me había encontrado con estas encriptaciones.
-Estoy segura de que lo conseguirás -dijo con tono alentador.
-Oh, lo sé -dijo distraídamente, volviendo a bajar la mirada hacia la consola.
-Hazme saber cuando te estés acercando -añadió Mara en voz baja-. Sólo a mí. ¿Entiendes?
-Claro –dijo-. Oiga, ¿quiere ver algo realmente chulo? Mire esto.
Pulsó unas cuantas teclas y las líneas de galimatías de una de sus pantallas fueron reemplazadas por un logotipo curvado de color rojo y azul que se retorcía y giraba como una serpiente aérea interpretando un ballet. Debajo de la danza, un conjunto de números y letras se balanceaba hacia atrás y hacia delante, como si fueran espectadores que disfrutaban del espectáculo.
-¿No es genial? -dijo Ghent-. ¿Alguna vez ha visto algo así?
-Sí -dijo Mara con sus labios repentinamente rígidos. Sí, efectivamente había visto antes ese logotipo. Era el emblema de la Corporación de Susurradores Shasstariss, una empresa pequeña, de gestión familiar, contratada por el Imperio para crear ciertas encriptaciones militares especializadas. Y por el número de código que aparecía debajo del logo...
Miró el ordenador, sintiendo escalofríos en la nuca. Eso no era un ordenador capturado a los rebeldes, ni de nivel de Mando de Sector ni de ningún otro tipo.
Era el nodo de control primario de un Destructor Estelar Imperial.
Y con eso, todo el asunto encajó de repente en su cabeza. Markko no estaba tratando de hacer desaparecer alguna base de datos rebelde antes de que la información pudiera ser interceptada. Lo que trataba de conseguir ahí era nada menos que un conjunto completo de matrices de control, patrones de transmisión, y cifrados militares de un Destructor Estelar.
Echó una rápida mirada a Markko por el rabillo del ojo. No era de extrañar que creyera necesario tratar de exprimir a Ghent tan fuerte como pudiera para asegurarse que el chico hacía el trabajo. Un golpe así para sus amigos rebeldes probablemente le supondría un ascenso de varios niveles en el acto. Y justo delante de las narices de un gobernador Imperial, además.
Un gélido agarre pareció asentarse en torno a su garganta. Antes, en su guarida rebelde, recordó Mara tardíamente, Markko había mencionado haber entrado en los ordenadores de palacio para buscar su alias Arica Pradeux. Y no habría tenido más que unos pocos minutos para hacerlo entre el momento en que ella salió del palacio y el momento en que se encontraron en la casa de encuentros rebelde.
Y, sin embargo, según él mismo había admitido, él sólo era rebanador medianamente competente. ¿Cómo podía haber llegado tan rápido a los archivos de personal a través de los cifrados especializados?
Respuesta: no lo había hecho, porque alguien lo había hecho por él. Alguien que no necesitaba piratear el sistema, porque ese alguien ya tenía los métodos de desencriptado necesarios.
O en otras palabras, el gobernador Egron.
Miró a Egron, que aún paseaba inquieto en círculos por la habitación, y la mano invisible alrededor de su garganta apretó un poco más fuerte. No había ninguna razón para que un gobernador Imperial necesitara o quisiera encriptaciones militares. Ciertamente no había ninguna razón para que quisiera nada del resto de la información almacenada en el ordenador de un Destructor Estelar.
A menos, por supuesto, que tuviera la intención de venderla.
Ella respiró hondo. Así que era eso. Markko no estaba haciendo su jugada delante de las narices de un Egron desprevenido. El gobernador había visto en qué dirección soplaba el viento en el Imperio, y había hecho un trato con la Rebelión para obtener una jubilación anticipada.
De hecho, con toda probabilidad era Egron quien lo había arreglado todo. Todo, desde contactar con Markko para asegurar el ordenador hasta localizar a un rebanador que pudiera desentrañar sus secretos sin que nadie se diera cuenta.
De hecho, tal vez esa era la verdadera razón por la que lo habían mantenido viviendo en la calle durante una semana. Al no tratar de ponerse en contacto con nadie durante sus penurias, había demostrado que efectivamente no tenía a nadie a quien pudiera llamar. Lo que significaba que, una vez que hubiera servido a su propósito, podría desaparecer silenciosamente sin que nadie lo advirtiera o le importase.
Y si estaba programada la desaparición de Ghent, cualquier persona que supiera de él estaba sin duda enrolada para el mismo viaje sin retorno. Incluso alguien que conociera los códigos de reconocimiento imperiales.
Especialmente alguien que conociera los códigos de reconocimiento imperiales.
-¿No es genial? -dijo Ghent de nuevo-. Me gusta mucho la forma en que...
-Está bien, eso es suficiente -dijo Mara, dejando caer una mano sobre su hombro a modo de advertencia.
Debía de haber transmitido algo en su voz o en el toque, ya que milagrosamente él recibió el mensaje.
-¿Algo va mal? –preguntó Ghent.
-En este momento, todo va mal -le dijo con gravedad-. Estamos rodeados de enemigos, Ghent. Necesito encontrar una forma de que escapemos, y rápido.
Por un segundo pensó que había cometido un error al decir nada. La boca del muchacho se abrió, sus ojos se abrieron en estado de shock, y Mara se preparó para la exclamación que traería toda la multitud corriendo para ver lo que estaba pasando.
Pero sus instintos no le habían fallado. La boca se cerró, los ojos volvieron de nuevo al tamaño normal, e inclinó la cabeza de forma microscópica.
-Está bien –dijo-. ¿Qué quiere que haga?
-Lo que más necesito es tiempo –dijo-. ¿Puedes ralentizar un poco esta operación?
Él se encogió de hombros.
-Claro. Probablemente iba a costarme otra media hora o así de todos modos.
-Que sea una hora -dijo Mara, mirando a su alrededor en busca de inspiración. Soldados de asalto reunidos alrededor de la puerta, Egron y Markko deambulando con impaciencia...
En una habitación con paredes de piedra, vigas de soporte en forma de arco, y obras de arte colgadas.
Sería arriesgado, por lo menos en dos niveles diferentes. Pero en ese momento no tenía muchas opciones.
-¿Hay alguna manera de conseguir que este equipo haga ruido? –preguntó-. Nada demasiado fuerte, sino algo como un zumbido, un chirrido, o algo así.
-Uh... –Ghent miró a su alrededor-. Sí, creo que sí. ¿Se refiere a algo realmente irritante?
-Sólo algo para encubrir otros ruidos razonablemente suaves -le dijo ella-. Dame unos cinco minutos, y luego ponlo en marcha.
-Está bien –dijo el-. Y luego, ¿qué?
Ella le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
-No te preocupes. Cuando vayamos, iremos juntos.
Dándole otro apretón el hombro, Mara dio un paso atrás y se dirigió hacia donde Egron estaba caminando en círculos. Él la vio venir y se detuvo.
-¿Está hecho?
-No, pero tiene hambre -le dijo Mara-. Me gustaría ir a buscarle algo de comer.
-Podrá comer cuando haya acabado –indicó Markko, uniéndose a la conversación.
-Los rebanadores hambrientos no trabajan tan bien como los felices y bien alimentados -replicó Mara-. Ni tan rápido, tampoco. -Se encogió de hombros-. Pero, bueno, ustedes son los que pagan la factura. Si no les importa que esto dure un par de horas extra, por mí bien. No me esperan en ninguna otra parte.
Markko y Egron se miraron. Mara captó un ligero movimiento de cabeza de Markko...
-Muy bien -dijo el gobernador-. Pero usted no va a marcharse. Haré que nos envíen algo.
Se volvió y se acercó a los soldados de asalto. Unas cuantas palabras, y dos de los seis dieron media vuelta y desaparecieron por la puerta. Markko ya se había alejado. Mara también lo hizo en ese momento, regresando junto a la pared a su anterior estudio de las obras de arte colgadas. Sólo quedaban cuatro soldados de asalto a los que enfrentarse, siempre que estuviera lista para hacer su movimiento antes de que regresaran los otros.
Y eso iba a depender de Ghent. Si el chico estaba tan absorto en su trabajo que se había olvidado de poner el ruido de fondo que le había pedido...
Estaba a mitad de camino alrededor de la habitación, estudiando un lienzo triangular con bultos de pintura y un aspecto vagamente rodiano, cuando se dio cuenta del tenue zumbido.
Comenzó muy suave, como un insecto deambulando en la distancia. Pero casi de inmediato el nivel de ruido comenzó a aumentar. Miró a su alrededor, fingiendo estar buscando su origen, y se las arregló estar mirando otra vez a Ghent cuando Markko y Egron llegaban junto a él.
-¿Qué es ese ruido? -preguntó el gobernador-. ¿Algo va mal?
-No, no pasa nada -les aseguró Ghent-. Es un círculo de retroalimentación de Periandro. Un montón de sistemas de seguridad los llevan integrados. Se escucha ruido cuando alguien intenta piratearlos.
-¿No puedes apagarlo? -preguntó Markko, inclinándose sobre el hombro de Ghent mientras estudiaba las pantallas.
-¿Apagarlo? -repitió Ghent, mirándolo con asombro-. No, no. Les interesa que esto continúe.
-¿Por qué? -gruñó Markko.
-Porque es útil -dijo Ghent pacientemente-. El ruido te dice qué tal vas con el pirateo. Mire, si sube o baja de tono...
Se lanzó a una discusión técnica, pero Mara no necesitaba oír nada más. Apartándose de nuevo, sacó su sable de luz de su bolsillo oculto, escondiéndolo bajo el borde de su chaqueta. Ghent había hecho su parte. Era el momento de que ella hiciera la suya.
Se acercó a una de las pinturas, y levantó la mano izquierda para tocar el borde del marco con sus dedos, como lo sostuviera para examinarlo mejor. Cambiando ligeramente la posición de su cuerpo para bloquear la visión desde la puerta y los equipos informáticos, colocó la punta de su sable de luz contra la pared y lo encendió.
El siseo sonó diez veces más fuerte que de costumbre. Se tensó, con los sentidos alerta en busca de cualquier señal de que alguien más lo hubiera oído.
Pero entre la animada explicación de Ghent y el chirrido cada vez más molesto de su equipo, el sonido aparentemente había pasado desapercibido. Manteniendo el mango contra la pared para que no fuera visible nada de la hoja resplandeciente, deslizó la espada de luz hacia arriba, cortando cuidadosamente la piedra en bisel. El corte cruzado Paparak era una técnica de ingeniería un poco peculiar, una de las muchas que el Emperador le había enseñado en los últimos años, diseñada para debilitar una pared de carga de tal manera que aguantaría en pie el tiempo suficiente para que el saboteador se pusiera a salvo del colapso resultante.
Terminó su corte y apagó el sable de luz. El siguiente corte, calculó, tenía que estar cerca de la base de la columna de soporte a tres metros a su derecha. Ocultando el arma de nuevo, pasó con aire casual hacia el siguiente cuadro.
Un corte cruzado Paparak para una sala de ese tamaño normalmente no tomaría más de cinco minutos en prepararse. Con la necesidad de no llamar la atención sobre lo que estaba haciendo, sin embargo, pasaron cerca de veinte minutos hasta que casi hubo terminado.
Faltaba realizar un último conjunto de cortes. Justo a la derecha de un cuadro particularmente interesante al fondo de la sala, talló sigilosamente una abertura triangular que, una vez apartada la piedra de una patada, serviría como una rápida salida.
Y era hora de irse.
Devolvió el sable de luz a su bolsillo y comenzó avanzar de nuevo hacia Ghent, deambulando todavía como una representante comercial aburrida haciendo tiempo hasta poder contar el dinero. El gobernador Egron seguía rondando, pero Markko parecía haber tomado una posición permanente detrás del hombro de Ghent.
Habría que ocuparse de eso. Afortunadamente, tenía una idea bastante buena de cómo hacerlo.
Markko la miró mientras se detenía detrás del otro hombro de Ghent.
-¿Disfrutando de la colección de arte del gobernador? -le preguntó.
-No está mal del todo -dijo Mara, mirando las pantallas de Ghent-. Dígame, Markko, ¿hasta qué punto conoce realmente al gobernador Egron?
-¿Qué quiere decir?
-Quiero decir que si hay alguna posibilidad de que sepa quién es usted en realidad.
Durante un largo rato se quedó callado. Ghent, como era previsible, siguió trabajando, al parecer completamente ajeno a la conversación.
-¿Por qué lo pregunta? -dijo Markko al fin.
-Por uno de los cuadros de allí -dijo Mara, señalando con la cabeza el que estaba junto al agujero que había tallado en la pared-. ¿Ha oído hablar del gas cantrosh?
-¿Qué es esto, la academia militar? -gruñó Markko.
-No, la academia de supervivencia -replicó Mara-. ¿Sabe lo que es, o no?
Markko silbó entre dientes.
-Es un gas de guerra. Se extiende rápidamente; altamente venenoso para la mayoría de las especies.
-Muy bien -dijo Mara-. Bueno, el marco de ese cuadro en particular está hecho de una matriz de óxido cantrosh. Por un crédito extra, ¿le importaría decirme qué pasa si una matriz de óxido recibe el impacto, digamos, de un disparo de bláster?
Markko miró al gobernador.
-No sería capaz.
-¿Por qué no? -replicó Mara-. No mientras él esté en la sala, por supuesto, a menos que tenga una máscara de respiración consigo o escondida en ese trono. Y, por supuesto, los sistemas de filtrado de los soldados de asalto les protegerán perfectamente. Así que volvemos a la pregunta original: ¿Hay alguna posibilidad de que sepa quién es usted en realidad?
Markko era realmente muy bueno consiguiendo que sus emociones y sus procesos de pensamiento no se mostraran en su rostro. Pero, de nuevo, se filtró lo suficientemente para que Mara pudiera ver que había dado en el blanco. Después de todo, un gobernador imperial que podría convertirse en traidor a su propio gobierno difícilmente perdería el sueño por hacer lo mismo con otro aliado.
-Usted parece ser la experta con estas cosas -dijo al fin-. ¿Qué me recomienda?
-Le recomiendo que lo saquemos de aquí, ni más ni menos -dijo Mara con aspereza-. Desenganchamos el cuadro de la pared, lo llevamos al otro lado de la sala, y le decimos a Egron que o se va el cuadro o nos vamos nosotros.
-¿Y cree que lo aceptará sin más?
-¿Con todos esos preciosos datos aún encerrados donde no puede acceder a ellos? -le recordó Mara-. ¿Qué otra cosa puede hacer? ¿Ghent? Vamos, Ghent, reacciona.
Ghent parpadeó al volver al mundo real.
-¿Qué?
-Vamos a dar un paseo -le dijo Mara, tirando de la silla hacia atrás-. Vamos, levántate.
-Espera un segundo -dijo Markko mientras Mara levantaba a Ghent casi a pulso-. ¿Él viene con nosotros?
-Digamos que es una pausa para estirar las piernas -dijo Mara-. Además, Egron podría adelantársenos y hacer que los soldados de asalto disparen si sólo estamos usted y yo, suponiendo que fuéramos lo bastante rápidos para llevarnos a Ghent con nosotros antes de que el gas se extendiera por la habitación hasta aquí.
-¿Gas? -repitió Ghent, boquiabierto-. ¿Qué gas?
-No pasa nada -dijo Mara, tomándolo del brazo-. Está todo controlado. Ven con nosotros.
Comenzaron a cruzar la sala.
-¿A dónde vais? -preguntó Egron, deteniendo repentinamente su marcha circular.
-Tiene que estirar las piernas -exclamó Mara como respuesta-. Si quiere ser de utilidad, ¿por qué no va a ver por qué se retrasa esa comida?
Egron murmuró algo entre dientes y les dio la espalda.
-Espere un segundo -murmuró Markko-. No nos interesa que salga de la habitación.
-No va a arriesgar la vida de Ghent -le recordó Mara, sin romper el ritmo-. Eche un vistazo a ese trono y mire a ver si puede encontrar una máscara de respiración escondida en alguna parte.
Mara sabía que si Markko hubiera tenido tiempo de pensar en ello, nunca habría dejado que ella y Ghent se alejaran de él, ni siquiera unos pocos pasos. Pero él claramente era un hombre acostumbrado a obedecer órdenes, y sin siquiera un murmullo de protesta cambió de dirección y se dirigió hacia el trono. Mara siguió su camino, deseando poder mirar por encima de su hombro y ver lo que estaban haciendo Egron y los soldados de asalto, pero sabiendo que no se atrevía. Diez pasos más... cinco...
Y entonces llegaron junto a la pared.
-Prepárate -murmuró, volviéndose a medias para colocarse de costado junto a su corte triangular. Lanzando una mirada al otro lado de la habitación para asegurarse de que no había rifles de los soldados de asalto apuntándoles, levantó la pierna derecha y lanzó contra la piedra una patada lateral tan fuerte como pudo.
Y con un crujido horrible, el triángulo se rompió en un montón de escombros.
-¡Ahora! -ordenó, empujando a Ghent a través de la abertura y girando ahora completamente para hacer frente a sus oponentes. Egron se había quedado clavado en el suelo, boquiabierto por el desconcierto; en un acto casi reflejo, los soldados de asalto se estaban acuclillando para colocarse en posición de disparo mientras levantaban sus armas para apuntar...
Y Markko tenía el horrible y desquiciado aspecto de un hombre que acaba de darse cuenta de que había sido engañado.
Y cuando Mara se metió por el agujero detrás de Ghent, hubo una orden entrecortada, y la pared a su alrededor comenzó a estallar con destellos de fuego bláster. Eso fue un error. Con la integridad estructural ya debilitada por el daño calculado del sable de luz de Mara, los disparos bláster fueron todo lo que hizo falta para rebasar el límite. Justo cuando Mara agarró el brazo de Gante, toda la pared comenzó a derrumbarse.
-¡Corre! -exclamó Mara, tirando del muchacho por el pasillo de servicio en el que se encontraban ahora. Trozos de piedra caían a su alrededor, llenando el pasillo con escombros y asfixiante polvo de roca, y por el sonido supuso que el resto de la cámara también se estaba derrumbando. Con suerte, aplastaría el ordenador del Destructor Estelar en el proceso; pero ahora ya no había nada más que pudiera hacer al respecto.
Avanzaron tosiendo hasta el final del pasillo, sólo para descubrir que era un callejón sin salida.
-¿Y ahora qué? –consiguió preguntar Ghent entre toses.
-Prepárate para salir corriendo –le dijo Mara, sacando su sable de luz y encendiéndolo. Dos rápidos tajos y una patada, y atravesaron la pared. La sala al otro lado estaba desierta, pero a través del decreciente sonido de la mampostería derrumbándose tras ellos pudo escuchar gritos y órdenes y algún grito distante ocasional.
Cruzaron la sala hacia la puerta, y Mara se asomó cautelosa a un pasillo igualmente desierto.
-Rápido y en silencio –dijo a Ghent en un susurro mientras apagaba el sable de luz. Si el resto de gente de palacio se limitaba a concentrarse en la escena del desastre y les dejaban tranquilos...
Avanzaron dos pasillos más antes de que se les acabase la suerte. Y se les acabó en la forma de una escuadra de cuatro soldados de asalto haciendo la ronda.
-Alto –ladró el jefe de la escuadra, blandiendo su rifle bláster hacia ellos-. Identifíquense.
Mara dudó. Tenía el sable de luz medio oculto contra su costado, cubriendo el extremo inferior con su mano derecha. En los estrechos confines del pasillo no tardaría nada en abatir a los cuatro antes de que se dieran cuenta de lo que estaba pasando.
Pero eran soldados imperiales, miembros del orden del que había formado parte orgullosamente. Y aunque sirvieran a un gobernador traidor, ellos no habían hecho personalmente nada que mereciera la muerte.
-Agente imperial en asunto oficial –dijo en cambio-. Código de reconocimiento Besh-Senth-Isk-Doce.
Los soldados de asalto adoptaron una postura notablemente más rígida y erguida.
-¿Patrón Nen-Peth? –preguntó su líder.
-Uno-tres-siete-siete –dijo Mara.
-Confirmado –dijo el líder, alzando su rifle-. Pueden pasar.
Ghent se quedó mirando a los soldados de asalto con aire de estupefacta incredulidad. Mara le dio un empujón, devolviéndolo al mundo real con un sobresalto, y ambos avanzaron más allá de la escuadra.
-Guau –dijo Ghent con un suspiro cuando doblaron otra esquina hacia otro pasillo desierto más-. ¿Dónde aprendió esas cosas? –De pronto la miró aún más estupefacto-. ¿Es usted una Jedi?
-En absoluto –le aseguró Mara sombríamente. El único Jedi en activo en esos días era...-. Vamos –dijo, negándose a volver a pensar siquiera en ese nombre en lo que quedaba de día-. La puerta por la que entramos debería estar muy cerca.
En ese momento, se dio cuenta de que tendrían que superar al grupo de rebeldes de Markko. Pero no tenía sentido adelantarse tanto a los acontecimientos. Claramente, los soldados de asalto que hacían la ronda no habían escuchado que Mara y Ghent estaban siendo perseguidos, pero los guardias de la puerta exterior podrían estar en un canal de comunicaciones distinto. Si lo estaban, y si habían recibido el mensaje, el engaño del negocio oficial no iba a funcionar por segunda vez.
Delante de ellos pudo ver la puerta de salida, sin nadie a la vista. O bien los guardias estaban todos fuera, o bien habían sido llamados a la escena del hundimiento de la sala de audiencias. Respirando un poco más tranquila, se dirigió hacia ella...
-No tan rápido, traidora...
Quedó congelada en su lugar. La voz procedía de su espalda... y aunque estaba deformada por la furia, no tuvo problemas en reconocerla. Lentamente, manteniendo las manos a la vista, se dio la vuelta.
-Hola, gobernador –le saludó-. Tiene buen aspecto.
-¿Quiere decir que sigo vivo? –bufó-. Sí, estoy vivo. Lamento mucho haber estropeado su plan.
-En realidad, no lo ha hecho –le aseguró Mara, examinándolo con más detenimiento. Tenía el rostro pálido y demacrado, sus ropas estaban tan cubiertas de polvo como las de Ghent y ella, y la sangre se mezclaba con el polvo, saliendo de diversos pequeños cortes y arañazos.
Pero el bláster con el que les estaba apuntando estaba firme como una roca.
-Por cierto, ¿dónde está su amigo Markko? –preguntó Mara, sólo por decir algo-. ¿Estaba demasiado lejos de la puerta?
-Ni lo sueñe –dijo Markko, apareciendo desde un pasillo lateral que conectaba con el pasillo unos pocos pasos más cerca de la salida. Tenía aún peor aspecto que Egron, y el bláster de su mano mostraba el inestable temblor de una serpiente borracha tratando de parecer sobria.
Pero lo que le faltaba de estabilidad, lo compensaba de sobra con su determinación. Pese a tener que arrastrar pesadamente su pierna izquierda, avanzó cojeando hacia ellos, sin detenerse, haciendo muecas de dolor a cada paso.
-Han malinterpretado mi objetivo –le dijo Mara, manteniendo un tono calmado de voz mientras se apartaba de Ghent dirigiéndose hacia la pared del pasillo tras ella. Dos blásters les apuntaban; pero la mano temblorosa de Markko era claramente el peligro menor, al menos hasta que se acercara más-. No tengo ningún interés particular en matar a ninguno de los dos –añadió-. Ni siquiera en hacerles daño, de hecho. –Volvió la mirada hacia Egron-. Todo lo que quería era el ordenador –dijo, haciendo ondear su mano izquierda en la dirección de la sala derrumbada, y aprovechando la distracción generada por el gesto para retroceder otro paso. Su sable de luz aún estaba en equilibrio medio oculto en su mano derecha, y su pequeño bláster descansaba preparada en su antebrazo izquierdo, oculto bajo la manga-. No necesita cifrados militares, gobernador. Ni tiene derecho a tenerlos.
-Eso ahora carece de importancia, ¿no le parece? –replicó agriamente Egron-. Ya se ha encargado de eso. Todo el techo se desplomó... grandes pedazos de roca han caído por todas partes, el ordenador está completamente destrozado.
-Bien –dijo Mara-. Espero que al menos los soldados de asalto...
Y justo a mitad de la frase, trazó un arco hacia arriba con su sable de luz, encendiéndolo en el mismo movimiento, y lo lanzó directamente hacia el gobernador.
Egron lanzó un alarido y, mientras se agachaba presa del pánico para huir del sable de luz volador, disparó en un acto reflejo. El disparo falló por mucho. Mara se agachó, liberando el bláster de su manga mientras Ghent también gritaba a su vez. Egron volvió a disparar, y su disparó salió aún más desviado que el primero.
El disparo de Mara dio justo en su objetivo.
-¡Quieta! –dijo la áspera voz de Markko.
Cautelosamente, Mara volvió la cabeza, con su arma aún apuntando al cuerpo inmóvil de Egron, y su mente oscurecida por la desazón. El grito que Ghent había lanzado un segundo antes no había sido de sorpresa, como había supuesto, sino por la impresión de tener súbitamente el brazo de Markko rodeándole la garganta.
El brazo seguía allí, manteniéndolo pegado al cuerpo de Markko.
Y el bláster de Markko estaba presionado muy firmemente contra su sien.
-¿Se da cuenta? –dijo Markko entre dientes-. Yo también puedo ser listo. Suelte el arma.
-Estoy impresionada –dijo Mara, sin hacer el menor asomo de querer obedecer-. La cojera, el arma temblorosa... muy bien representado.
-Gracias –dijo Markko-. Supuse que al enfrentarse a una elección de objetivos, iría primero a por el más amenazador.
-Desde luego –dijo Mara, comenzando a sentirse bastante extraña acerca de la dirección que estaba tomando esa conversación. Era como si fueran dos profesionales hablando del oficio.
Tal vez lo fueran.
-Veo que usted también ha recibido entrenamiento –dijo ella-. Tal vez casi tan bueno como el mío.
-Puede que mejor –sugirió él.
-Puede –dijo Mara-. Pero ha cometido un error.
-¿Ah, sí? ¿Y cuál es?
Mara hizo un ligero gesto señalando el arma que sostenía Markko.
-Está apuntando a la persona equivocada.
-No, no lo creo –dijo Markko-. Usted parece preocuparse por este muchacho. No creo que quiera verlo morir.
Ghent emitió un ligero gorgoteo desde el fondo de la garganta. Los ojos se le salían de las cuencas, pidiendo ayuda a Mara sin palabras.
Pero Ghent no sabía cómo pensar en esas situaciones. Mara sí. O eso esperaba.
-No, no demasiado –concedió-. Pero no menos de lo querría ver morir a cualquier transeúnte inocente sin una razón importante. El hecho es, Markko, que ni siquiera conocía a Ghent antes de esta noche. No es que seamos viejos amigos ni nada parecido.
Markko la estudió por un instante.
-En ese caso –dijo finalmente-, parece que estamos en una especie de punto muerto.
-Eso me temo –convino Mara-. Si dispara a Ghent, pierde su escudo. Aún más, nunca tendrá tiempo de girar su bláster para apuntarme antes de que le derribe. Tiene mi palabra.
-Le creo –dijo Markko con voz tensa-. ¿Y si decido apuntarle ahora...?
-Ocurrirá lo mismo –le dijo Mara-. Debería haberme disparado inmediatamente en lugar de tratar de tomar un rehén.
-Sí –murmuró Markko-. Estoy de acuerdo: un auténtico error. Pero quería averiguar quién y qué era usted.
-Eso es muy fácil –dijo Mara-. Soy la justicia. –Señaló con la cabeza el cuerpo de Egron-. Él intentó traicionar al Imperio. Yo le declaré culpable y le ejecuté.
-¿Así sin más?
-Así sin más –confirmó Mara.
Markko frunció los labios.
-Veo que estoy en serios problemas.
Mara miró el rostro aterrorizado de Ghent. Un operativo rebelde, un enemigo del Imperio y de todo en lo que creía... y un civil asustado. Un muchacho, atrapado en un problema que no era culpa suya.
¿Dónde residía su deber?
Antes, habría sabido responder a esa pregunta. Ahora, todas las líneas estaban borrosas.
Pero Ghent había venido hasta aquí confiando en ella. Confiando en ella.
Y con el Emperador muerto, y el Imperio actualmente en manos de gente como Isard, tal vez eso era todo lo que importaba.
-No necesariamente –dijo a Markko-. He cumplido mi deber ejecutando a un traidor. No tengo ninguna querella en particular contra usted.
Markko soltó un bufido.
-Claro que no. Un agente rebelde, ¿y alguien que se define a sí misma como la justicia imperial no tiene querellas conmigo?
-Deje que lo exprese de otro modo –dijo Mara-. Le ofrezco un trato. Deje que Ghent se marche y aparte su bláster, y los tres salimos caminando de aquí, vivos y libres. Insista en jugar al héroe rebelde... y yo soy la única que camina.
Los ojos de Markko miraron fugazmente a Egron y luego volvieron a Mara.
-¿Por qué debería confiar en usted?
Mara se encogió de hombros.
-¿Por qué no? Ya tengo lo que quería: un traidor muerto, y los cifrados militares a salvo de las manos rebeldes. Puedo permitirme ser generosa. –Alzó las cejas-. Y como he dicho, no me gusta especialmente ver morir a viandantes inocentes. Especialmente cuando sólo son unos muchachos.
Durante un largo instante Markko se limitó a mirarla fijamente. Mara mantuvo su posición, con el corazón latiéndole con fuerza en la garganta, observando sus ojos por esa fracción de segundo de advertencia que sería todo lo que tendría si Markko decidía que su orgullo valía más que su vida.
Y entonces, lentamente, él apartó el bláster de la cabeza de Ghent, mientras el otro brazo aflojaba la presión sobre el cuello del muchacho. Ghent soltó otro jadeo y cayó como un saco ligero de rodillas al suelo. Durante otro largo instante Markko se limitó a quedarse quieto, con el arma apuntando al techo y los ojos fijos en Mara, invitándola silenciosamente a incumplir su promesa.
Pero Mara no se movió; y con una respiración profunda, Markko hizo girar su bláster y volvió a deslizarlo bajo su abrigo.
-Hasta la próxima vez –dijo, con una ligera reverencia. Dándoles la espalda, se dirigió al pasillo lateral por el que había aparecido y desapareció por él.
Mara escuchó durante unos instantes el sonido de sus pasos al alejarse, y luego se levantó. Con el bláster todavía en la mano, pasó junto al cadáver de Egron y recuperó su sable de luz.
-Vamos, Ghent –dijo, apagándolo y deslizándolo de nuevo en su bolsillo-. La puerta está justo ahí. Salgamos.

***

Estaban a tres manzanas del palacio, y el sonido de las sirenas de los vehículos de emergencia comenzaba a desvanecerse tras ellos, antes de que Ghent hablase finalmente.
-¿Realmente habría dejado que me matara? –preguntó.
-Sí él realmente quería matarte, no había nada que yo pudiera haber hecho para detenerle –le dijo Mara-. Lo siento, pero la situación era esa. Todo lo que podía hacer era tratar de persuadirle de que no significabas nada para mí, para que no pudiera utilizarte a su favor.
-¿Pero realmente es usted una agente imperial?
Mara tragó saliva.
-Lo fui una vez –admitió-. Ahora... digamos simplemente que ya no tengo hogar.
Ghent pareció asimilar eso.
-Entonces, ¿qué hacemos ahora?
-Salimos de aquí –dijo Mara-. Hay mucha gente que nos vio allí. Una vez que empiecen a encajar las piezas, nos buscarán a ambos. ¿Qué necesitas para volver a casa?
-No lo sé –dijo Ghent-. Suficiente dinero para comprar un billete, supongo. ¿Tenemos tiempo para volver a su hotel a recuperar mi mochila?
-Esa podría no ser una buena idea –dijo Mara, meneando la cabeza-. Antes no creía que la gente de Markko me hubiera seguido hasta allí. Pero ahora sé que Markko es más listo de lo que pensaba.
Miró por encima de su hombro y frunció el ceño. Ahora que pensaba en ello, ¿qué había pasado con el grupo de rebeldes que creía que se estaba reuniendo en el exterior del palacio cuando ella y Ghent entraron? No habían visto ni rastro de ellos al salir; ciertamente no había habido ningún impedimento a su fuga. ¿Habrían salido huyendo cuando sonó la alarma?
¿O simplemente se habían reunido en el exterior del hotel de Mara buscando una venganza tardía?
-No, definitivamente no es una buena idea –decidió-. Lo siento.
-No pasa nada –dijo Ghent con un suspiro-. Supongo que en realidad ya me lo esperaba.
-Por si sirve de algo, yo también voy a tener que abandonar allí casi todo lo que poseo –dijo Mara, rebuscando en sus bolsillos-. ¿Tienes idea de cuánto puede costar un billete de vuelta a Sibisime?
-Eh... no, en realidad no –dijo-. Supongo que ochocientos. Puede que novecientos.
Mara hizo una mueca. En otras palabras, casi todo lo que tenía. De vuelta a la casilla de salida, al parecer.
-Toma –dijo, ofreciéndole los créditos-. Espero que esto sea suficiente.
-Pero no puedo aceptar su dinero –protestó él.
-Tómalo –ordenó Mara, sin humor para discutir-. Yo me las arreglaré para salir de esta roca. Vete a tu casa, ¿de acuerdo?
Reticente, el aceptó los créditos.
-¿Pero cómo puedo compensarle?
-No te preocupes por eso –le dijo, volviendo a mirar detrás de ellos. Aún no había signos de persecución-. Tal vez volvamos a encontrarnos algún día. Mientras tanto... –Señaló delante de ellos-. El espaciopuerto está por ahí. ¿Crees que podrás encontrarlo tú solo?
-Claro –dijo-. ¿Qué hay de usted?
Ella señaló a la derecha.
-Bajando esa calle está la oficina del gremio que se encarga de contratar mano de obra. Cuídate, ¿vale?
-Claro –dijo-. Y usted también.
Durante un instante pareció que iba a tratar de abrazarla. Pero Mara simplemente dio la vuelta y se alejó caminando. Sabía que al muchacho le iría bien. Esperaba que al muchacho le fuera bien.

***

El muchacho había avanzado un par de manzanas más hacia el espaciopuerto, y hacía un buen rato que había desaparecido la misteriosa mujer, cuando Talon Karrde decidió que era seguro acercarse.
-Disculpa –dijo, saliendo de las sombras donde había estado esperándole-. ¿Eres Ghent?
El chico quedó inmóvil.
-Sí –dijo, nervioso-. ¿Quién es usted?
-Me llamo Talon Karrde –se presentó Karrde-. No te preocupes, no voy a hacerte daño. Estoy aquí para ofrecerte un trabajo.
Ghent resopló.
-Ya he tenido bastantes ofertas de trabajo para una temporada, gracias. –De pronto, frunció el ceño-. ¿Es usted el que me envió el billete?
-No –le aseguró Karrde-. Aunque debo admitir que tu súbita desaparición me hizo perderte la pista durante unos días. Estaba preparándome para acercarme a ti en Sibisime cuando te marchaste de pronto.
-De acuerdo –dijo Ghent, ya más tranquilo pero todavía extrañado-. ¿Entonces qué quiere?
-Como he dicho, ofrecerte un trabajo –dijo Karrde-. Tengo una modesta organización de cierto tamaño que se dedica a mover mercancía e información de un sitio a otro.
-¿Contrabandistas?
Karrde se encogió de hombros.
-Más o menos. Ahora mismo necesitamos un buen rebanador; nuestras fuentes indican que eres uno de los mejores. –Señaló en dirección al espaciopuerto-. Si te apetece hablar de ello, mi nave está atracada cerca. No tienes por qué hacerlo, por supuesto.
-Bueno... –Ghent miró por encima de su hombro-. No sé. Hay cierta gente que me anda buscando. Imperiales, y otro grupo. Ella dijo que puede que aún me estén buscando.
-El segundo grupo eran miembros de la Alianza Rebelde –le dijo Karrde-. Y sí, ambos grupos parecen estar dedicando esfuerzos para seguirte.
Ghent volvió a mirar por encima de su hombro.
-¿Quiere decir que siguen ahí detrás?
-Ya no –le aseguró Karrde con una sonrisa mordaz-. Mi gente se ha ocupado de ambos grupos.
Ghent parpadeó.
-¿Entonces sería seguro volver al hotel y recoger mis cosas? Ella dijo que tendríamos que abandonarlo todo.
-Podemos ir donde quieras –le aseguró Karrde-. ¿Hago que nos recoja un deslizador terrestre?
-No, no está lejos –dijo Ghent-. Podemos ir andando. Es por ahí.
-Hablando de la mujer –dijo Karrde cuando comenzaron la marcha-. Estaba demasiado lejos para que pudiera verla bien. ¿Quién era, de todas formas?
-No lo sé –dijo Ghent-. Nunca me dijo su nombre. Todo lo que dijo es que una vez trabajó para el Imperio, pero ya no.
-Interesante –dijo Karrde, pensativo-. ¿Y dices que dejó algunas cosas en tu habitación?
-Sí, pero no creo que podamos hacérselas llegar –dijo Ghent-. Me dijo que iba a conseguir trabajo en alguna nave. No sé en cual.
-Lástima –murmuró Karrde-. Pero bueno, nunca se sabe. Puede que algún día volvamos a encontrarnos con ella.
-Eso es lo que dijo ella –dijo Ghent-. Y, ¿sabe? Tenía un sable de luz. ¿Cree que podría ser un Jedi o algo?
-Nunca se sabe –volvió a decir Karrde.
E incluso si sus caminos no volvían a cruzarse nunca, pensó para sí, podría haber algo entre sus pertenencias abandonadas que le diera una pista de su identidad.
Eso podría serle de utilidad algún día. Nunca se sabe.
Haciendo una señal a sus silenciosos guardaespaldas para que se acercasen, Karrde y Ghent se adentraron en la noche.

martes, 11 de febrero de 2014

Cambio de manos (II)


Con los soldados de asalto probablemente peinando la zona de los teatros, no parecía muy buena entrar a una cantina o un tapcafé, y todo lo que tenía en su habitación eran un par de piezas de fruta un poco rancias y un paquete de raciones de emergencia de nave estelar.
Pero el chico no era exigente. Dio cuenta de la frugal cena como si no hubiera visto comida en una semana. Estudiando sus mejillas hundidas mientras comía, Mara decidió que muy posiblemente no lo había hecho.
Después de ambas piezas de fruta y tres barras de raciones, finalmente se detuvo.
-Gracias -dijo, vaciando su quinto vaso de agua-. Lo siento. Supongo que estaba más hambriento de lo que pensaba.
-Está bien -le tranquilizó Mara-. Bueno. ¿De qué iba todo eso en la sala de conciertos?
Él meneó la cabeza.
-No sé- Todo lo que sé es que se suponía que tenía que encontrarme con alguien, y que nunca apareció, y que no puedo volver a casa...
-Eh, frena un poco -dijo Mara, levantando una mano-. Vamos a empezar desde el principio. ¿De dónde eres?
-De Ciudad Saraban -le dijo-. Está en Sibisime. Yo estaba, bueno, más o menos trabajando allí cuando un hombre vino a verme. Dijo que si yo venía aquí a Chibias, él tendría un muy buen trabajo para mí en el palacio del gobernador. Aquí es donde vive el gobernador, ¿no es así?
-Está justo ahí, bajo todas esas cúpulas y torres -dijo Mara secamente, señalando con la cabeza hacia la ventana, desde donde podía verse el palacio del gobernador a una docena de manzanas de distancia.
El chico miró de soslayo.
-Oh. Sí. En cualquier caso, yo llegué aquí hace una semana. Me había dado un billete para un transporte de línea espacial, pero no estaba en el espaciopuerto para reunirse conmigo. La dirección donde me dijo que me reuniera con él no era un lugar real... por eso pensé que esta podría no ser la ciudad correcta. Yo sólo tenía un billete de ida, y no tenía dinero suficiente para volver a casa, y todo lo que tenía se acabó hace un par de días de todos modos.
-¿Dónde has estado viviendo? -preguntó Mara.
-Por ahí -dijo, señalando vagamente la ventana.
-Entiendo –dijo Mara-. ¿Qué te hizo ir al concierto? ¿Y cómo entraste sin dinero?
-Oh, yo ya tenía una entrada -dijo el muchacho-. Estaba en el paquete que me dio con mi billete del transporte de línea. Pensé que tal vez él planeaba aparecer por allí. -Se encogió de hombros-. Si no, al menos podría conseguir un par de horas de sueño. -Se pasó una mano por el pelo ligeramente graso-. Supongo que ahora nunca lo sabré.
-Oh, creo que él estaba allí -le aseguró Mara, recogiendo la mochila del chico-. Por lo menos en espíritu. Te tendieron una trampa.
-¿Trampa? -repitió él, frunciendo el ceño-. ¿Qué quiere decir?
-Quiero decir que alguien que te atrajo aquí, te dejó confuso y hambriento, y luego intentó meterte en serios problemas. -Levantó la tarjeta de datos que el consejero Raines le había deslizado en la mochila-. Con esto.
El muchacho frunció el ceño aún más. O tal vez sólo estaba tratando de leer la etiqueta.
-¿Qué es eso?
-No lo sé -dijo Mara, estudiando las marcas-. Pero tiene el sello oficial del gobernador Egron, más lo que parece una clasificación de Secreto de Nivel Dos.
Él abrió unos ojos como platos.
-¿El sello del gobernador?
-En efecto. -Mara le arrojó la tarjeta de datos y se levantó-. Te estaban tendiendo una trampa para que te atraparan con secretos robados del gobierno.
Se acercó a la computadora de la sala y la encendió.
-Pero eso es una locura -protestó el chico detrás de ella-. ¿Qué podría...? Quiero decir, ¿por qué? ¿Por qué yo?
-En casos como este, la respuesta es siempre la misma -dijo Mara, abriendo un enlace a la Holored. Eso todavía no tenía ningún sentido, pero al menos ahora tenía un lugar donde empezar a buscar a su misterioso aspirante a chantajista-. Concretamente, tienes algo que ellos quieren.
-Eso tiene aún menos sentido –insistió él-. Yo no tengo nada. Ni familia, ni dinero. Ni amigos.
Mara sintió que su labio temblaba. Igual que ella.
-¿Y qué hay de habilidades o capacidades? -sugirió. La Holored se abrió, y tecleó uno de sus códigos de acceso especiales-. ¿Algo que pueda ser de utilidad a alguien? Maldición.
-¿Qué pasa? –preguntó él, levantándose de la silla y acercándose para colocarse detrás de ella.
-Tenía la esperanza de colarme en el ordenador de palacio y tratar de localizar a ese consejero Raines -dijo ella, probando otro código. Ese tampoco funcionó-. Sé algunas claves de acceso de alto nivel, pero parece que la gente del gobernador ha entrado y las ha cambiado.
-Oh -dijo el muchacho-. ¿Puedo probar?
Mara le miró frunciendo el ceño. Pero el chico parecía perfectamente serio.
-¿Qué, sabes algunos códigos de acceso Imperial? -preguntó con sarcasmo.
-Bueno, no –admitió-. Pero soy muy bueno con los ordenadores.
Mara vaciló. Una pérdida de tiempo, pero por otro lado, no tenía una idea mejor en ese momento. Ya había bloqueado cualquier sonda inversa que pudieran intentar, por lo que no haría ningún daño que le dejara jugar si quería-. Está bien, claro -dijo ella, poniéndose de pie y dejándole la silla. Su estómago rugió, recordándole que no había comido desde el almuerzo, y se acercó al paquete abierto de barras de raciones que el chico había devastado. Tal vez algo de comida le ayudaría a pensar. Eligió una de las barras y desprendió el envoltorio.
-Ya está –exclamó el chico.
-Ya está, ¿qué? -preguntó Mara, tomando un bocado.
-Estoy dentro –dijo-. ¿Qué era lo que estábamos buscando?
Mara volvió junto a él, con un escalofrío recorriéndole la espalda. Un cifrado de Gobernador/Diplomático Imperial de Nivel Tres... ¿y este chico de la calle lo había atravesado como si no estuviera allí?-. Estamos buscando al hombre de la sala de conciertos -dijo ella con los labios rígidos-. Dudo que Raines sea su verdadero nombre, por lo que probablemente tengas que mostrar una lista de fotos de personal.
-Oh, de acuerdo -dijo el chico, pulsando delicadamente las teclas con sus dedos. Apareció el primer grupo de expedientes de personal, y se inclinó hacia adelante para estudiar la pantalla del ordenador-. Veamos...
-No está ahí -dijo Mara-. Continúa.
El chico la miró.
-Pero no he tenido tiempo de mirar.
-Yo sí -le dijo Mara, apropiándose de un segundo asiento y sentándose en él junto al chico-. No está ahí.
-Pero...
-Hey, confía en mí -le interrumpió suavemente Mara, con una sonrisa forzada. Este chico era todavía un enigma, pero al menos ahora sabía por qué valía la pena hacerle cruzar medio sector para tenderle una trampa-. Eres bueno con los ordenadores. Yo soy buena en esto.
-Oh. Bien. -Todavía parecía desconcertado, pero de todas formas volvió de nuevo a la computadora y mostró el siguiente conjunto de archivos.
Era un palacio de buen tamaño, y el gobernador Egron parecía tener sirvientes, funcionarios, asesores y empleados de todo tipo de sobra, todos ellos alimentándose del canal gubernamental. Incluso con el ojo entrenado y la mente disciplinada de Mara, tardaron más de dos horas en examinar los archivos.
Al final, no consiguieron nada.
-Supongo que no está conectado con el gobernador, después de todo -dijo el chico, echándose hacia atrás en su silla y frotándose los dedos.
-Oh, está conectado, desde luego -dijo Mara-. De lo contrario, ¿de dónde sacó esa tarjeta de datos? Es sólo que no está conectado oficialmente.
El muchacho pareció asimilar eso.
-Entonces, ¿qué hacemos?
-Lo que tú vas a hacer es permanecer aquí -dijo Mara, levantándose y yendo junto a la cama. Sacando de debajo su bolsa de viaje, extrajo la funda de bláster que solía ocultar bajo su manga y la ató en su antebrazo izquierdo. Tomando el desintegrador en sí de debajo de su almohada, lo metió en su funda. Luego, cruzando la habitación hacia el pequeño armario junto a la puerta, sacó una chaqueta modesta pero de aspecto caro.
El muchacho no se había perdido un movimiento.
-¿Es usted policía? -preguntó, sonando más asombrado que preocupado-. ¿O un detector?
-Ninguna de las dos cosas -dijo Mara, sintiendo otra punzada de pérdida por la vida que una vez había tenido-. Volveré pronto -le dijo, poniéndose la chaqueta y asegurándose de que la manga izquierda estaba preparada para poder desenfundar rápidamente-. No llames a nadie, no respondas a tu comunicador, y no abras la puerta. Sólo finge que no estás aquí. Dúchate o duerme si quieres. Volveré tan pronto como pueda.
-¿A dónde va?
-Alguien de palacio está involucrado -le contó Mara-. Ese mismo alguien estaba esperando que Raines te llevara consigo en la sala de conciertos. Es probable que en estos momentos esté preocupado, preguntándose dónde se encuentra y qué ha salido mal con el plan. -Sonrió con fuerza-. Cuando un árbol ya está temblando, es mucho más fácil hacer que caiga el fruto.
-Oh –dijo-. Entiendo.
-Muy bien -dijo Mara-. Así que limítate a quedarte aquí quieto. -Se detuvo en la puerta cuando un pensamiento la asaltó de repente-. Por cierto, todavía no sé tu nombre.
Él se encogió de hombros.
-Me llaman Ghent.
-¿Ghent qué más?
Él parecía confundido.
-Sólo Ghent. Quiero decir, solía tener... pero en realidad ya nadie lo utiliza, y...
-Bueno, está bien -le interrumpió ella-. Te veré más tarde.
Salió, asegurándose de que la puerta quedaba sellada detrás de ella. Si Ghent estaba tan impresionado con una simple pistola oculta en la manga, pensó con ironía, era una suerte que no hubiera visto lo que estaba escondido en el largo bolsillo bajo el brazo izquierdo.
Metiendo la mano en el bolsillo, se aseguró de que su sable de luz viajaba suelto y listo, y se dirigió hacia la noche.

***

-Me llamo Arica Pradeux -dijo Mara secamente por tercera vez en la noche, esta vez para el capitán de la guardia que esperaba justo en el vestíbulo de entrada del palacio-. El código de reconocimiento es Hapspir Barrini. Informe al Gobernador Egron que quiero verlo de inmediato.
La boca del capitán se estremeció.
-Volved a vuestras tareas -ordenó a los soldados de asalto que habían escoltado a Mara desde la puerta del palacio-. Usted: venga conmigo.
Abrió la marcha por el vestíbulo y a través de un conjunto de altas puertas dobles que se abrieron cuando murmuró unas palabras. Al otro lado había una sala de recepción privada, más pequeña que el vestíbulo pero con decoración más elaborada. Tenía forma de cúpula, con dos pisos de altura, columnas de soporte curvadas y un balcón con barandilla que recorría la habitación a la altura del segundo piso.
-Así que está usted aquí en nombre de un gran moff, ¿verdad? -comentó el capitán cuando las puertas se cerraron tras ellos.
¿Una prueba? Obviamente.
-Su tableta de datos debe de estar cortocircuitada -dijo Mara-. El código de reconocimiento que le he dado es el de un enviado de un gran almirante.
El capitán estudió su rostro.
-No del todo –dijo-. Tengo entendido que hay otra palabra en el código.
-Eso es correcto -reconoció Mara-. Diré esa palabra al gobernador. A nadie más.
El capitán asintió lentamente con la cabeza.
-Por supuesto –dijo-. Espere aquí.
Cruzó la habitación y salió por una de las puertas que había allí. Mara miró a su alrededor, observando los detalles de la habitación.
-Tal vez pueda serle de ayuda -exclamó desde lo alto una voz familiar.
Mara miró hacia arriba. El hombre que se hacía llamar consejero Raines estaba justo encima de ella, apoyado en la barandilla mientras miraba hacia abajo.
-Tal vez pueda -convino Mara-. ¿Hablamos?
Él sonrió ligeramente al incorporarse y comenzó a caminar rodeando la sala. Unos pasos delante de él, una escalera de caracol comenzaba a descender como un sacacorchos hasta el nivel de Mara. Mara vio cómo descendía la escalera, buscando pistas sobre su identidad o posición en su postura y su forma de andar. No es militar, decidió, o al menos no de alto rango. Pero no es un político de carrera, tampoco. ¿Fuerzas especiales? Es posible.
Él llegó a la planta baja y se dirigió hacia ella.
-Soy el consejero Raines –dijo-. No creo que fuéramos debidamente presentados en la sala de conciertos.
-No, no lo fuimos -aceptó Mara. Se dio cuenta de que el hombre tenía un hematoma reciente en la frente. Al parecer, él había sido quien se lanzaba a la carga cuando ella lanzó a Jayx contra la puerta de la sala de conciertos-. De hecho, tampoco lo hemos sido ahora –añadió-. No existe ningún consejero Raines.
Él apretó los labios en una sonrisa irónica.
-Así que ya ha entrado en los archivos del gobernador, ¿verdad? -Se encogió de hombros, concediendo el punto-. Muy bien. Llámeme Markko. Estoy ligado al gobernador Egron, digamos, extraoficialmente.
-¿Extraoficialmente, cómo? -preguntó Mara.
Markko sonrió de nuevo, con un tono más irónico esta vez.
-En otras partes del Imperio, probablemente dirían que soy un amigo –dijo-. Pero como usted sabe, a los funcionarios de alto rango no se les permite tener amigos.
Mara luchó por mantener el rostro inexpresivo. Pero algo debía de haberse filtrado en él de todos modos, porque pudo ver la mueca con la que Markko respondió.
-Hablando de amigos -agregó suavemente-, ¿qué tal está el suyo?
-Escondido a salvo -dijo Mara, molesta por haber perdido ya un punto en este pequeño juego-. Aunque está bastante confuso. ¿Por qué no me ilustra usted?
-¿Realmente le envía un gran almirante? -preguntó Markko sin rodeos.
-He actuado como mensajera para ellos en alguna ocasión -le dijo Mara, lo que resultaba ser cierto-. Por el momento, estoy entre trabajos.
-¿Entonces no se trata de una investigación oficial?
-Digamos que la situación ha despertado mi interés -dijo Mara-. ¿Qué ha hecho Ghent para que se molesten en jugar con él de esta manera?
Markko se encogió de hombros.
-El gobernador tiene un trabajo que requiere su ayuda. Me ofrecí para obtenerla.
-¿Chantajeándolo con una tarjeta de datos robada? ¿Por qué no le contrata sin más?
Markko resopló.
-¿Qué, a un sucio rebanador de poca monta?
-Un sucio rebanador de poca monta cuya ayuda necesita –replicó Mara-. Muy bien. ¿Qué me ofrece?
Markko parecía desconcertado.
-¿Qué?
-Ya me ha oído -dijo Mara-. Usted necesita a Ghent. Yo lo tengo. ¿Tengo que hablar más claro?
-¿Va a venderle? -preguntó Markko con suspicacia-. Pensé que era su amiga.
-Fue usted quien dijo que era mi amigo, no yo -señaló Mara-. Pero eso no me refería a eso. Le estoy ofreciendo alquilar sus servicios. -Levantó ligeramente las cejas-. Y después de lo que le ha hecho pasar, no espere que sea barato.
El rostro de Markko había adquirido una mirada de complicidad.
-Ajá–dijo-. Y como agente suyo, supongo que usted se quedará con el acostumbrado diez por ciento.
-Veinte –corrigió Mara-. Porque también soy su garante.
-¿Garante de qué?
-De su seguridad -dijo Mara con suavidad-. Si es un rebanador tan buena como insinúa, el Imperio podría encontrar otros usos para él. No quiero que encuentre ningún tropiezo desagradable al salir por la puerta de palacio.
Markko sonrió.
-Por supuesto –dijo-. Está bien, jugaré. ¿Cuánto quiere?
Mara hizo un rápido cálculo mental. Un experto en informática superior podía cobrar quinientos o seiscientos a la hora en una empresa legítima. Era hora de ver cuánto deseaba Markko la ayuda de Ghent.
-Dos mil -dijo.
Markko abrió los ojos como platos.
-¿Dos mil?
-Sí -dijo Mara-. A la hora, por supuesto.
Markko negó con la cabeza.
-Está loca.
-Y usted está desesperado -le recordó-. Porque el gobernador Egron no le pidió en absoluto que contratara a Ghent, ¿verdad? Ningún gobernador Imperial sugeriría contratar a un rebanador ilegal para hacer un trabajo para él. –Le señaló con un dedo-. No, Markko. Es usted a quien Egron ha contratado para hacer el trabajo. Sólo que no es un rebanador lo bastante bueno como para manejar la situación, ¿verdad?
Esta vez fue la reacción microscópica del hombreo lo que le indica que el golpe había dado de lleno en el clavo. Y como ella había hecho antes, él también reconoció que había perdido ese punto.
-Muy inteligente -dijo con amargura-. ¿Para qué gran almirante dijo que estaba trabajando?
-Dije que estaba entre trabajos -contestó Mara-. ¿Qué necesita qué haga Ghent?
Los músculos de las mejillas de Markko se tensaron ligeramente.
-Tenemos un sistema informático rebelde -dijo, en voz muy baja-. No un simple equipo de línea, sino uno capturado en un centro de mando del sector. Si podemos acceder a él, podemos limpiar de esas alimañas toda esta región del espacio.
Mara respiró hondo, con su mano queriendo empuñar su sable de luz. Una oportunidad de devolver el golpe a los amigos rebeldes de Skywalker.
-¿Y usted no puede encargarse de ello?
Markko hizo una mueca.
-Soy un rebanador bastante bueno –dijo-. Pero esto definitivamente está fuera de mi alcance.
-Qué incómodo para usted -murmuró Mara. El rostro de Skywalker flotaba delante de sus ojos...
-Le ofrezco ochocientos por él -sugirió Markko.
Con un esfuerzo, Mara sacudió a Skywalker de sus pensamientos.
-El trato es dos mil.
-Esto es ridículo -explotó Markko-. Mil, entonces. Eso es el doble de lo que podría ganar en cualquier empresa legal.
-Las empresas legítimas no te hacen dormir en la calle durante dos días y luego tratan de chantajearte -dijo Mara-. Dos mil. Lo toma o lo deja.
Markko tomó una respiración entrecortada.
-Lo tomo -dijo con los dientes apretados-. ¿Cuándo?
-Oh, no lo sé. -Mara miró a un crono ornamentado que colgaba de la pared-. La noche aún es joven. Estaremos aquí en dos horas.
-¿Esta noche? -Markko parecía asustado.
-¿Por qué no? -preguntó Mara-. Si quiere que se piratee ese equipo, vamos a piratearlo. ¿Qué entrada debemos utilizar?
Markko frunció los labios.
-Puerta suroeste –dijo-. Estaré esperándoles para dejarles entrar.
-Allí estaremos -prometió Mara-. Sólo asegúrese de tener preparado el dinero.
La ciudad todavía bullía de vehículos y peatones mientras era escoltada hasta la puerta exterior del palacio. Consideró llamar a un transporte, decidió no hacerlo, y en lugar de eso se fue caminando. Ghent, supuso, estaría entusiasmado con el acuerdo que acababa de conseguir. Suponiendo, claro, que decidiera contárselo. Porque había algo en la historia de Markko que le molestaba. Algo que no acababa de encajar del todo.
¿Por qué Markko sentía que tenía que chantajear o -ahora- contratar a Ghent para que hiciera este trabajo por él? Aún más, ¿por qué el gobernador Egron había contratado a Markko en primer lugar? El Imperio tenía innumerables expertos en informática competentes; tal vez no tan buenos o tan rápidos como Ghent, pero competentes al fin y al cabo. ¿Por qué no se estaba ocupando del trabajo ninguno de ellos?
Podía ser que ya lo estuvieran, y simplemente se habían quedado estancados. Pero entonces, ¿por qué dejar a Ghent vagabundear durante una semana? ¿Por qué no llevarle inmediatamente al palacio y ordenarle que hiciera el trabajo? El gobernador Egron era el Imperio, después de todo, al menos en ese sector. Podía requisar a cualquier persona o cosa que quisiera.
No, había algo más en juego ahí. Algo digno de una gran cantidad de subterfugios, y de una gran cantidad de dinero.
Y, al parecer, algo digno de hacer que la siguieran.
Lo había descubierto en el primer bloque de edificios: un hombre anodino más bien pequeño, deambulando detrás de ella como si acabara de llegar de una granja a experimentar las vistas y sonidos de la gran ciudad. No lo hacía mal, pero no lo suficientemente bien para alguien con la formación que tenía ella. Obviamente, Markko no confiaba que ella apareciera como había prometido.
Obviamente, también, la había subestimado.
Eso abría posibilidades.
Mantuvo su ritmo, siguiendo recta en la dirección que había tomado inicialmente, manteniendo un ojo en el hombre que seguía su estela. Más adelante, en la siguiente esquina, estaban las entradas a dos de los teatros más pequeños de la ciudad.
La gente debería estar saliendo en ese mismo momento de al menos uno de ellos. Dobló la esquina, dejándola temporalmente fuera de la vista de su perseguidor. Estacionados a lo largo de ambos lados de la calzada, tal como esperaba, había filas de deslizadores terrestres; y los humanos y alienígenas de la fauna nocturna fluían al exterior por las puertas del teatro al otro lado de la calle.
Perfecto.
Mirando hacia atrás una vez para asegurarse de que la esquina del edificio la seguía ocultando de su perseguidor, se lanzó cuan larga era sobre la acera y rodó debajo de uno de los vehículos estacionados. En cierto modo, era una maniobra obvia, pero los instructores del Emperador le habían asegurado que la mayoría de la gente, incluso los profesionales, simplemente no pensaba en ello.
Sobre todo cuando otras posibilidades eran mucho más probables. A lo largo de toda la calle, los vehículos estaban comenzando a ponerse en marcha y salir de sus plazas de aparcamiento conforme los aficionados que salían del teatro se dirigían a sus casas. Mantuvo la atención en la esquina, y poco segundos después aparecieron un par de botas bajas. El hombre se detuvo, y luego comenzó a correr.
Pero su misión estaba condenada, y lo sabía. Demasiados vehículos, demasiada gente, y demasiada poca luz. Fue a un par de deslizadores terrestres más allá del escondite de Mara y luego se rindió, ralentizando su paso hasta detenerse de mala gana. Soltando una maldición que pudo oírse incluso sobre el ruido de los vehículos que se marchaban, se dio la vuelta.
Justo estaba pasando de nuevo junto al deslizador terrestre de Mara cuando otro par de botas se unió a él doblando la esquina.
-¿Qué estás haciendo? –siseó una voz de hombre, apenas audible sobre el bullicio del gentío- ¿Dónde está?
Interesante, pensó Mara, acercándose al borde del vehículo tanto como pudo atreverse. Así que había habido un segundo perseguidor, uno preparado para encargarse de la caza cuando Mara lograra despistar al primero, más evidente. Tal vez Markko no le había subestimado tanto como había pensado.
-¿Dónde crees que está? –replicó el primer perseguidor-. Aquí, en alguna parte, o en cualquier otra parte.
El recién llegado soltó una maldición, menos imaginativa que la de su socio.
-Será mejor que informemos. A Markko no le va a gustar esto.
-A Markko no le va a gustar esto –imitó con sarcasmo el primer perseguidor-. No me digas.
El informe fue breve y conciso. Mara no pudo distinguir las palabras que salían del comunicador, pero a juzgar por su lado de la conversación estaba claro que a Markko eso no le había gustado en absoluto. Los dos hombres dieron la vuelta y salieron corriendo doblando la esquina en la dirección por la que habían venido.
Mara contó hasta treinta para darles tiempo a que se alejaran lo suficiente.
Luego, rodando de debajo del deslizador, se sacudió la mayor parte del polvo de su túnica y salió en su persecución.
La habían seguido. Era justo que les devolviera el favor. Y, tal vez, demostrarles cómo debían hacerse los seguimientos.

***

Ella esperaba que los dos hombres  volvieran al palacio, donde prácticamente todo lo que podría ver sería si era Markko u otra persona quien los recibía en la puerta. Para su sorpresa, en lugar de eso giraron en una calle lateral dos manzanas antes del palacio. Un minuto más tarde, desaparecieron por la puerta principal de una gran casa privada a media manzana.
Mara continuó hacia la parte de atrás de la casa, manteniéndose en el lado opuesto de la calle y tratando de resolver este inesperado giro de los acontecimientos mientras llegaba a la parte posterior. ¿Por qué Markko los enviaría a un lugar fuera del palacio? ¿Simplemente estaban volviendo a su casa? Pero, ¿por qué iba a dejar que hicieran eso sin obtener antes un informe completo?
¿O era este el hogar de Markko? Pero, una vez más, ¿por qué no escuchar su informe en el palacio?
La puerta trasera estaba cerrada con llave, pero no lo suficiente como para ser un problema. La parte trasera de la casa estaba a oscuras y en silencio, pero conforme avanzaba a lo largo de un pasillo sombrío podía ver luz difusa y oír voces suaves procedentes de algún lugar por delante de ella. La luz y el sonido comenzaron a acentuarse al pasar a través de un comedor informal, una sala de juegos y una sala de meditación que parecía diseñada más para el entretenimiento que para la soledad.
Y entonces, al girar en una última esquina, allí estaba.
La habitación estaba continuando el pasillo, a unos cinco metros, y la puerta abierta derramaba la luz y la tensa conversación. Reconoció dos de las voces: sus dos antiguos perseguidores. Había al menos tres voces, aunque la de Markko de parecía ser ninguna de ellas. Aguzó el oído, tratando de distinguir las palabras.
-Mantén las manos donde pueda verlas -dijo Markko con vos tranquila detrás de ella.
Mara reprimió entre dientes una maldición. Tan concentrada en la conversación, se había olvidado por completo de mantener un ojo sobre su propia espalda.
Pero antes, en días pasados, no lo había necesitado. La Fuerza siempre le había dado sutiles toques y advertencias de cosas que sus ojos y sus oídos aún no habían captado, dándole ese punto extra de alerta y esa capa adicional de defensa.
Pero la Fuerza, al parecer, ya no estaba con ella.
¿Por qué no? ¿Se había olvidado de cómo alcanzarla a raíz de la repentina muerte del Emperador? ¿O es que el trauma de ese evento había cerrado su mente a la Fuerza, bloqueando su camino normal a ella? ¿O es que la Fuerza realmente nunca estado con ella? ¿Había sido simplemente el Emperador, a través de ella, quien había tenido esa habilidad?
Pero ese era un tema para examinar otro día. En ese momento, tenía problemas más inmediatos en sus manos.
-Aquí está -dijo con calma, dándose la vuelta, asegurándose de mantener sus manos lejos de su cuerpo. Markko estaba de pie en la puerta abierta de un armario a unos tres metros detrás de ella, con un pequeño bláster en la mano-. Sabe, habría sido mucho más simple si me hubiera invitado a esta fiesta desde el principio.
-Muy gracioso -gruñó Markko, haciendo un gesto con su bláster-. Entre. No intente nada.
-¿Yo? -respondió Mara, volviéndose y dirigiéndose a la habitación iluminada-. Es usted el que está jugando. Pensé que teníamos un acuerdo.
En algún momento de los últimos segundos, la conversación de la habitación había cesado. Mara cruzó la puerta para encontrar un anillo de ocho personas sentadas rígidamente en sillas o sofás, y todos ellos se volvieron en ese momento para mirarla. Tres de los hombres tenían las manos dentro de sus abrigos, obviamente sosteniendo blásters ocultos.
-Hola -les saludó Mara-. Bienvenidos a la partida semanal de Markko de Seguir al Líder.
El primer perseguidor resopló.
-Muy gracioso -gruñó.
-Me llamo Arica -continuó Mara-. Yo soy el líder. -Miró a Markko cuando entró en la habitación detrás de ella-. ¿Qué tal si nos presentamos todos de nuevo, Markko? Comenzando con usted.
-Usted es el líder -le recordó Markko secamente-. ¿Por qué no empieza usted? -Levantó su bláster para reforzar sus palabras-. Y antes de contestar, debo decir que he comprobado los archivos del ordenador de palacio después de que se fuera. No hay ningún registro de ninguna Arica Pradeux.
-Pradeux -murmuró uno de los otros hombres-. Había un Alec Pradeux entre los asesores de Palpatine.
-No hay parentesco -le aseguró Mara-. Yo sólo tomo prestado su apellido a veces. Resulta útil para abrirte puertas.
-Entonces, ¿quién es usted? -preguntó Markko-. ¿Y de qué lado de la guerra está?
Mara se encogió de hombros, esforzándose por leer el ambiente de la habitación mientras lanzaba mentalmente una moneda al aire. Una reunión fuera del palacio, sin duda implicaba una reunión anti- imperial. Por otro lado, si Egron tenía enemigos dentro del palacio -¿y qué gobernador no los tenía?-, esto fácilmente podría ser un grupo pro-imperial al que hubiera sancionado.
La moneda lanzada aterrizó de canto.
-Por el momento, de ninguno -dijo a Markko-. Soy estrictamente un contratista independiente.
-¿Trabaja con Talon Karrde? -preguntó alguien con suspicacia.
Mara negó con la cabeza.
-Nunca he oído hablar de él. ¿Quién es?
-Un aspirante a caudillo contrabandista -dijo otro hombre con un resoplido-. Uno más del centenar que lucha por aprovechar el agujero que dejó Jabba cuando le estrujaron su gordo gaznate.
Mara sintió un nudo en su propia garganta. Jabba el hutt. Asesinado en Tatooine a manos de -¿quién si no?- Luke Skywalker. No importaba lo que hiciera, parecía no poder alejarse nunca de él.
-¿Qué tiene que ver Karrde con esto?
-Absolutamente nada -dijo Markko-. Así que usted no tiene ninguna tendencia política en absoluto, ¿verdad? Creía que sólo las babosas sin cerebro se negaban a tener opiniones. Las babosas, o los cobardes.
-Las opiniones políticas son un lujo que nunca me he podido permitir -respondió Mara con entonación uniforme. Ya conocía sus técnicas de combate verbal, y no estaba dispuesta a dejarse llevar por el desafío de su tono-. Sobre todo, me he mantenido ocupada siguiendo con vida. Dónde me sitúe depende de quién ofrezca el mejor precio. O de quién sostenga el bláster en mi espalda.
-Ahora mismo el bláster en su espalda es el mío -le recordó Markko, levantando el arma para dar énfasis-. ¿Eso quiere decir que ahora trabaja para mí?
Mara se encogió de hombros.
-Usted tiene el bláster. Yo tengo a Ghent. Y todavía estoy esperando esas presentaciones.
Durante un largo momento, Markko la estudió.
-Muy bien –dijo-. Mi nombre es Markko. Soy un agente de la Alianza Rebelde.
La Alianza Rebelde. Pese a estar más o menos preparada para ello, la revelación todavía fue un shock de alguna manera.
-Ya veo -dijo Mara, tratando de no dejar que asomara el desprecio que sentía. Estas eran las personas que habían destruido su vida...-. ¿Y el sistema informático? -preguntó ella-. ¿Vuestro, supongo?
-Sí, de otro grupo -dijo Markko, asintiendo con la cabeza-. Me contrataron para encontrar la forma de infiltrarme entre los confidentes de Egron para poder estar allí cuando lo descifrasen. Una vez que yo neutralizara la información más crítica, podrían quedarse con lo que quede.
-Muy generoso de tu parte. -Mara señaló el corro de los demás rostros-. ¿Y estos dónde entran?
-Son la célula local. -Markko le dirigió una sonrisa irónica-. Su trabajo consistía en asegurarse de que usted entregaba a Ghent según lo prometido.
-Bien -dijo Mara-. Considere su trabajo terminado. -Se volvió hacia la puerta.
-¿A dónde va? -preguntó uno de los otros.
-Estaré en la puerta suroeste con Ghent dentro de hora y media -dijo a Markko, haciendo caso omiso de la pregunta-. No llegue tarde, y tenga listo el dinero. -Envió un vistazo a los otros rebeldes por encima de su hombro-. Y no traten de seguirme –agregó-. La próxima vez que tenga que perder una sombra, probablemente la pierda de forma un poco más permanente.
Sin esperar respuesta, salió de la habitación.
Nadie trató de detenerla. Nadie trató de seguirla, tampoco.
Un minuto más tarde estaba de nuevo en el aire fresco de la noche, dando vueltas a la cabeza con las posibilidades. Un ordenador rebelde capturado. Una célula rebelde completa.
Y un agente rebelde de alto nivel traído para la ocasión. Podía hacerlo. Sabía que podía. Ellos confiaban en ella, o al menos se daban cuenta de que no tenían ninguna otra elección en ese asunto. Podía llevar a Ghent al palacio, piratear la computadora, y luego ofrecer las dos cosas –el ordenador y Markko- al gobernador Egron.
Tal vez sería suficiente para conseguir un puesto de trabajo en el Departamento de Inteligencia local del gobernador. Probablemente no uno muy importante, pero al menos lo suficiente como para permitirle unirse a la lucha contra la rebelión. Sería una oportunidad para empezar a construirse una vida de nuevo. Tal vez incluso la oportunidad de quitarse a Isard de las espaldas.
Sí, esto iba a funcionar. Y todo porque había decidido permanecer en Chibias lo suficiente para escuchar un concierto.
Tal vez la Fuerza no la había abandonado del todo, después de todo. De todas formas, tomó una ruta larga y tortuosa de regreso a su hotel, vigilando la calle detrás de ella todo el camino.