Mostrando entradas con la etiqueta Walter Jon Williams. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Walter Jon Williams. Mostrar todas las entradas

domingo, 16 de mayo de 2010

Ylesia (y XXI)

Thrackan Sal-Solo caminaba entre las murallas de duracero del patio de ejercicio de la prisión, con su mente bullendo de planes.
Mañana, le habían dicho, sería transferido a Corellia donde sería sometido a juicio por traición contra su planeta natal.
Él aceptaría el traslado apaciblemente, y se comportaría como un prisionero ejemplar durante la mayor parte del camino a casa. Pero eso sólo sería para apaciguar a sus guardias.
Él los tomaría por sorpresa, y les golpearía en la cabeza con algún arma improvisada... aún no sabía qué exactamente, ya pensaría en eso después. Luego tomaría el mando de la nave... esperaba que fuera un modelo de Incom, era capaz de pilotar cualquier cosa que Incom fabricase. Estrellaría la nave en una zona remota de Corellia y haría parecer que había muerto entre las llamas.
Entonces contactaría con algunas de las personas en Corellia en las que todavía podía confiar. Reorganizaría el Partido de Centralia, daría un golpe de estado, y se haría con el poder. ¡Él gobernaría el mundo! No, cinco mundos.
Era su destino, y nada podría detenerlo. El destino de Thrackan Sal-Solo no era ser condenado a una vida miserable en un planeta prisión.
Bueno. No más de una vez, al menos.

Ylesia (XX)

—No quiero volver a hacer algo así nunca más —dijo Jaina. Se encontraba en el salón de oficiales del Starsider, sentada en una silla con una taza de té en su mano. Se había quitado sus botas, y sus pies enfundados en medias descansaban en el regazo de Jag Fel.
—Ylesia ha sido como golpear tu cabeza una y otra vez contra un muro de ladrillo —continuó—. Un problema táctico tras otro, y la solución a cada uno era un ataque directo contra el enemigo, o una huida directa con el enemigo persiguiéndote. —Suspiró cuando los dedos de Jag masajearon una zona particularmente sensible de su pie derecho—. Estaba más cómoda cuando podía ser Yun-Harla la Mentirosa —dijo—. No cuando juego al juego del enemigo, sino cuando puedo hacer que el enemigo juegue al mío.
—Te refieres al sabacc, supongo —dijo Jag, un poco agriamente.
Jaina miró a Jacen, sentado frente a ella y bebiendo a sorbos un vaso de cerveza Gizer.
—¿Vas a aceptar la oferta de Kre'fey de dirigir un escuadrón?
Jacen inhaló el olor almizclado de la cerveza mientras consideraba su respuesta.
—Creo que puedo prestar mejor servicio en el puente de Ralroost —dijo finalmente, y pensó en su dedo flotando en la holopantalla de Kre'fey, apuntando a la flota enemiga que no estaba allí.
—Ylesia —continuó— ha mostrado que mis talentos parecen ser más espaciales y, eh, coordinativos. ¿Coordinativo es una palabra?
—Espero que no —dijo Jag.
Jacen sintió remordimientos al pensar en dejar los cazas por completo. Se había unido a la flota de Kre'fey para guardar las espaldas a su hermana, y quizás podría hacer eso mejor volando junto a ella en un ala-X. Pero sospechaba que podría ser de más ayuda si permanecía fuera de la cabina de un caza, y en lugar de eso usar la fusión Jedi para dar forma al modo en que los demás lucharían.
—Mirad —señaló Jag—, Jaina lo ha entendido mal. Ylesia no ha sido una derrota. Los pilotos caídos de Jaina fueron rescatados, al igual que los míos. Herimos al enemigo mucho más de lo que ellos nos hirieron a nosotros, gracias en parte al Señor Espectral de la Fusión Mental, aquí presente. —Señaló con la cabeza a Jacen—. Destruimos una flota de colaboracionistas y capturamos a bastantes miembros de los escalafones superiores de la Brigada de la Paz como para proporcionar docenas de juicios notorios. Los medios de comunicación estarán ocupados durante meses.
—No lo sentí como una victoria —dijo Jaina—. Lo sentí como si hubiéramos salvado el pellejo por los pelos.
—Eso sólo es porque no tienes una perspectiva suficientemente apartada —dijo seriamente Jag.
La mención de la Brigada de la Paz había puesto a la mente de Jacen a pensar por otros derroteros. Miró a Jaina.
—¿Crees que Thrackan es realmente inocente?
Jaina se sobresaltó.
—¿Inocente de qué?
—De colaboración. ¿Crees que la historia que contó acerca de verse obligado a aceptar la presidencia podría ser verdad?
Jaina soltó una risa de incredulidad.
—Demasiado absurdo.
—No, en serio. Él es un completo chovinista humano. Sé que es un mal sujeto y que nos mantuvo prisioneros y que quiere gobernar Corellia como diktat, pero odia a los alienígenas tanto que no puedo creer que trabajase voluntariamente con los yuuzhan vong.
Jaina inclinó pensativa la cabeza. El masaje que Jag le estaba dando en el pie había puesto una expresión beatífica en su cara.
—Bueno, llamó a Pwoe Cabeza de Calamar. Eso es un punto a su favor.
—Si Sal-Solo desea demostrar su inocencia —dijo Jag—, sólo necesita ofrecerse voluntario para un interrogatorio con suero de la verdad. Si su colaboración fue involuntaria, las drogas lo revelarían. —Un gesto de sombría diversión cruzó por sus rasgos con cicatrices—. Pero yo pienso que tiene miedo de que un interrogatorio semejante revelaría cómo llegó a estar en manos de los yuuzhan vong en primer lugar. Eso es lo que lo condenaría de verdad.
—Ahh —dijo Jaina. Jacen no podía decir si había caído en la cuenta de algo o si, debido al masaje en el pie, había caído en alguna forma de éxtasis.
Jacen, bebiendo a sorbos su cerveza, decidió que fuera cual fuese la verdad al respecto, no era en absoluto asunto suyo.

Ylesia (XIX)

Jacen estaba de pie en silencio y mantenía la fusión Jedi en su mente. Los últimos del grupo de desembarco estaban abandonando Ylesia, con Jaina y Lowbacca, y el comandante enemigo todavía no había hecho su movimiento. En cambio, continuaba extendiendo su flanco, desplazando un goteo constante de naves al vacío. El almirante Kre'fey emparejó cada despliegue enemigo con uno propio. Ahora, ambas líneas estaban atenuadas, demasiado dispersas para ser útiles como línea de batalla real.
¿Pero por qué? ¿Por qué el comandante enemigo se había perjudicado de esta manera, separando sus fuerzas hasta que ya no fueran capaces de luchar coherentemente? Había perjudicado de igual modo a Kre'fey, eso era cierto, pero no estaba en posición de sacar partido de ello. Lo que debería haber hecho era atacar inmediatamente e intentar atrapar a las fuerzas de tierra en Ylesia.
En la mente de Jacen podía sentir a los pilotos Jedi en sus naves de patrulla, dispersos por encima y por debajo de la delgada línea enemiga. Sentía sus percepciones superpuestas con las suyas propias, de modo que también conocía las posiciones de la mayor parte de la flota. Y a través de su concentración unificada en sus propias pantallas, podía averiguar donde se encontraban en relación con el enemigo.
¿Por qué? ¿Por qué el comandante yuuzhan vong estaba maniobrando de esta manera? Casi era como si faltase una pieza.
Una pieza que faltaba. La pieza encajó en su lugar con un chasquido que Jacen sintió estremeciéndose en sus nervios. Con un poco de renuencia abandonó la Fuerza y la comodidad de la fusión su mente, y llamó a su sentido vong, la extraña telepatía que había desarrollado con las forma de vida yuuzhan vong durante su cautividad.
Una sensación de existencia inmensamente alienígena llenó sus pensamientos. Podía sentir la flota enemiga extendiendo sus alas allá fuera, en el espacio, la hostilidad implacable de cada uno de sus seres, desde las naves vivientes hasta los yuuzhan vong que respiraban, pasando por los grutchins que esperaban compactados en los misiles yuuzhan vong...
Jacen luchó por extender su mente, extender sus sentidos en la profundidad del espacio, en el vacío que rodeaba el sistema de Ylesia.
Y allí encontró lo que buscaba, un microcosmo alienígena lleno de bárbaras intenciones.
Abrió los ojos y miró fijamente a Kre'fey, que estaba de pie en medio de su silencioso personal, estudiando las pantallas.
—¡Almirante! —dijo Jacen—. ¡Hay otra flota vong de camino! —Marchó con paso firme entre los oficiales del personal y apuntó decididamente con un dedo a la pantalla holográfica—. Va a aparecer justo aquí. Justo detrás de nuestra ala extendida, donde pueden golpearnos contra la otra fuerza yuuzhan vong.
Kre'fey miró fijamente a Jacen con sus ojos de color de violeta con motas doradas.
—¿Estás seguro?
Jacen devolvió la mirada fija de Kre'fey.
—Absolutamente, almirante. Tenemos que sacar a nuestra gente de allí.
Kre'fey volvió a mirar la pantalla, a los modelos de interferencia que brillaban débilmente corriendo sobre el dedo con el que Jacen estaba apuntando.
—Sí —dijo—. Sí, eso tiene que ser la explicación. —Se volvió a su personal—. Ordenen al ala extendida que se repliegue.
Un grupo de especialistas de comunicaciones se puso muy ocupado con sus micrófonos. Kre'fey continuó mirando fijamente al dedo señalador de Jacen, y entonces asintió para sí mismo.
—Que el ala extendida dispare una barrera de misiles aquí —dijo Kre'fey, y dio las coordenadas indicadas por el dedo de Jacen.
Las naves capitales del ala desplegada disparó una gigantesca barrera de misiles, dirigida aparentemente al espacio vacío, y se apresuraron a retroceder a la seguridad del cuerpo principal. Cuando los refuerzos yuuzhan vong aparecieron en el espacio real, los proyectiles ya estaban en medio de ellos, y los recién llegados aún no habían configurado sus naves para la defensa, ni lanzado un solo coralita.
En las pantallas, Jacen observó los estragos que los misiles causaron en el sobresaltado enemigo. Casi todas las naves fueron alcanzadas, y algunas quedaron destruidas.
Kre'fey soltó un grito de victoria.
¿Qué puedo hacer hoy para hacer daño a los yuuzhan vong? Hemos contestado esa pregunta, ¿no es cierto?
Uno de sus oficiales de personal sonrió triunfante.
—Las naves de transporte de tropas informan de que el grupo de desembarco ha sido recuperado, almirante.
—Ya era hora —murmuró alguien.
Dado que el ala se estaba dirigiendo hacia el centro de la formación de todos modos, Kre'fey hizo que toda la flota se moviera en la misma dirección. Los yuuzhan vong recién llegados estaban demasiado desorganizados, y demasiado fuera de posición, como para hacer una persecución eficaz. Las que habían llegado primero comenzaron a perseguir a Kre'fey, pero estaban dispersos mientras que las fuerzas de Kre'fey estaban concentrándose, y su intervención no tenía la menor esperanza de ser decisiva.
Pero aunque Kre'fey había asegurado el escape de sus fuerzas, la batalla estaba lejos de haber terminado. El comandante yuuzhan vong estaba enfadado y sus guerreros todavía poseían la valentía suicida que caracterizaba a su raza. Las naves fueron duramente golpeadas, y se vaporizaron cazas, y cascos de naves quedaron varados dando vueltas a través del frío vacío del espacio ylesiano, antes de que la flota saliera de la sombra de masa de la capital traidora y efectuase el salto hiperespacial hasta Kashyyyk.

Ylesia (XVIII)

Unas manos retiraron los cascotes de encima de él, y Maal Lah vio el cielo cuando ya había pensado que nunca volvería a ver el cielo libre. Jadeó y tosió el polvo fuera de sus pulmones.
—¡Es el comandante! —exclamó alguien, y una multitud de manos se unió para retirar los cascotes restantes, y luego sacaron a Maal Lah de las ruinas.
Maal Lah dio un respingo ante una súbita, nauseabunda ola de dolor, pero apretó los dientes y dijo:
—¡Subalterno! ¡Informe!
—Los infieles lograron escapar después del bombardeo, Sumo Comandante. Pero han dejado cientos de muertos tras ellos. —El subalterno dudó—. Muchos de ellos de nuestros aliados de la Brigada de la Paz.
El dolor hizo gruñir a Maal Lah, pero él convirtió el gruñido en uno de triunfo.
—¡Los infieles traicioneros merecieron su destino! ¡Ellos debieron haber muerto luchando, pero en cambio se rindieron y nos dejaron a nosotros darles una muerte honorable! —Consiguió convertir otra mueca de dolor en una risa—. ¡Los invasores nos temieron, subalterno! ¡Huyeron de Ylesia en cuanto sintieron nuestra aguijón!
—El Sumo Comandante es sabio —dijo el subalterno. El polvo manchaba los tatuajes del subalterno, y su armadura estaba abollada. Sus ojos viajaron a lo largo del cuerpo de Maal Lah—. Lamento decirle, Sumo Comandante Supremo —dijo despacio—, que su pierna está destrozada. Me temo que va a perderla.
Maal Lah gruñó de nuevo. Como si necesitara que un subalterno, un infante joven, le dijera tal una cosa. Él había visto la viga de duraleación caer como un cuchillo, y había sentido la agonía en los largos minutos desde entonces...
—Los cuidadores me darán una pierna mejor, si los dioses así lo desean —dijo Maal Lah.
Volvió la cabeza hacia una serie de estampidos sónicos: los equipos de aterrizaje infieles que saltaban hacia el cielo desde su campo de aterrizaje.
—Ellos piensan que han escapado, subalterno —dijo Maal Lah—. Pero yo sé que no lo han hecho.
Antes de que el fuego enemigo derrumbara el edificio encima de él, había estado en contacto con sus comandantes en el espacio, y diseñó una estrategia que le daría otra sorpresa al enemigo.
¿Era posible morirse de sorpresa?, se preguntó.
Como táctico, él sabía que era posible.

Ylesia (XVII)

Pwoe y Thrackan Sal-Solo, esposados, se estaban haciendo compañía en la parte trasera del deslizador. Ninguno de los ilusorios presidentes parecía tener mucho que decir al otro, o a nadie más, al menos no desde que Thrackan murmurase “¿Realmente tengo que sentarme con el cabeza de calamar?” cuando Pwoe fue conducido al vehículo.
Resultó que no había espacio para que Thrackan o cualquier otro se sentase. Los deslizadores sólo tenían espacio para estar de pie, repletos de soldados, prisioneros, y refugiados.
Los vehículos se acercaron tan rápido como les fue posible a la zona de desembarco, aunque estaban siendo frenados por muchedumbres de refugiados, esclavos, y otros obreros forzosos que rogaban pidiendo un transporte fuera del planeta. Tantos como fue posible encajar en los deslizadores fueron subidos a bordo. En su retirada a la zona de desembarco los deslizadores no se habían puesto en camino en ningún orden particular, y el deslizador que Jaina compartía con Lowbacca, Thrackan y Pwoe estaba más o menos en el medio de la columna.
La columna había alcanzado las afueras de la ciudad, que a estas alturas consistía en una tira de edificios a ambos lados del camino principal, todo ello rodeado por terreno salvaje, inalterado.
Jaina se volvió al sonido de una explosión detrás de ella, una conmoción seguida por una onda de choque que ella pudo sentir en su interior. El humo y los escombros salió volando por los aires sobre los edificios circundantes. Los ingenieros acababan de destruir el búnker de los brigadistas, junto con el Palacio de la Paz y otros edificios públicos.
Jaina volvió a mirar al frente justo cuando una bestia gigante del color del liquen salió desde detrás de un edificio al camino delante de la columna. El corazón de Jaina latió con fuerza cuando el deslizador que iba en cabeza chocó contra el animal, enfureciendo la bestia aunque los amortiguadores inerciales de la máquina salvaron a la tripulación y los pasajeros. Otro deslizador chocó contra la parte trasera del primero, impidiéndole retroceder. La bestia se puso en pie sobre sus patas posteriores, y Jaina vio guerreros yuuzhan vong aferrándose para salvar su vida a su cesto en el lomo de la bestia. Los escudos chisporrotearon y fallaron cuando las cuatro patas delanteras del quednak cayeron con fuerza sobre el deslizador. Jaina pudo oír los gritos de los pasajeros al morir.
Jaina hizo un gesto para alcanzar su sable de luz, luego su bláster, y luego dudó. Ninguna de sus armas podría matar ese animal.
Las armas montadas en los vehículos hendieron el aire cuando dispararon contra la bestia de carga. El quednak gritó y cargó contra ellos, aplastando la parta delantera de un segundo deslizador y apartando a un tercero a un lado. Uno de sus jinetes salió lanzado de su asiento y voló, agitando los brazos, chocando contra un edificio cercano.
—¡Atrás! ¡Atrás! ¡Salgamos de aquí por una calle lateral!
El oficial al mando del deslizador ladró esa y otras órdenes al conductor. Y entonces Jaina sintió que una sombra caía sobre ella, y se volvió.
Estaban dirigiendo otra bestia de carga al camino, detrás del deslizador de Jaina. Su sable de luz llegó volando a su mano y dio tres largos saltos a la parte de atrás del deslizador, lanzándose contra los jinetes en el lomo del quednak.
La Fuerza pareció sujetarla por la columna vertebral y llevarla flotando sobre el lomo de la criatura, y dio agradeció en silencio a Lowbacca su ayuda cuando aterrizó en las anchas y llanas caderas. Se encontraba posada sobre el par central de patas, su equilibrio inestable con el movimiento oscilante de la criatura al andar. Los dos jinetes se sentaban adelante, en una caja con forma de concha. Jaina encendió su sable de luz y atacó, buscando tracción con sus botas en la superficie cubierta de musgo de las escamas de la bestia.
Uno de los yuuzhan vong en la caja saltó fuera para enfrentarse a ella mientras el otro continuaba dirigiendo la bestia. El aire apestaba al hedor del quednak. Los deslizadores maniobraban bajo sus patas con garras. Artilleros presa del pánico al final de la columna abrían fuego, chamuscando los macizos costados de la criatura, pero el quednak permanecía bajo el mando de su conductor.
El oponente de Jaina extrajo su anfibastón, con su cabeza escupiendo veneno. Jaina apartó en el aire el veneno con un viento generado por la Fuerza, y saltó hacia delante para enfrentarse a él, apuntando directamente a la cara tatuada del yuuzhan vong. Su bloqueo circular casi arrancó el sable de luz de sus dedos, pero ella consiguió parar su ataque a tiempo, y entonces emprendió un ataque menos impulsivo.
La hoja color violeta de Jaina golpeó una y otra vez, pero el yuuzhan vong los paró todos, con una mirada decidida bajo el borde del casco de cangrejo vonduun. Estaba concentrándose solamente en la defensa, en mantenerla alejada del conductor hasta que pudiera pisotear el máximo número de deslizadores bajo las garras de la bestia. La frustración creció en ella cuando reduplicó su ataque, creando un patrón con la hoja de color violeta que conseguiría que el anfibastón quedase fuera del camino, dejando al yuuzhan vong indefenso ante un ataque final.
Inesperadamente, Jaina se tiró cuan larga era en el lomo del quednak. Una luminosa saeta rojoanaranjada de un cañón bláster rasgó el aire donde ella había estado medio segundo antes. El yuuzhan vong dudó, parpadeando, deslumbrado por la llamarada, y entonces Jaina se alzó sobre una sola mano y lanzó un pie hacia delante, barriendo los pies del guerrero. Este soltó un grito de pura rabia mientras caía dando volteretas del costado de la criatura.
Jaina se lanzó contra el conductor en su caja, pero otro cañón abrió fuego, y la caja desapareció en un estallido de llamas, chamuscándose la cara por el calor. Buscó frenéticamente una manera de controlar la criatura. El quednak emitió un grito de furia absoluta y empezó a retroceder, intentando volverse para llegar a la fuente de los disparos bláster que estaban atormentándolo.
Una ráfaga de disparos golpeó de lleno en la bestia y lanzó a Jaina volando fuera del lomo de la criatura. Fue dando volteretas, convocando la Fuerza para amortiguar su caída sobre el duracemento. Aun así el impacto dejó sus pulmones sin aliento, y sus dientes se entrechocaron con fuerza por el impacto. Desde su posición en tierra vio a Lowie arrastrando a los civiles heridos de un deslizador destrozado, otros deslizadores intactos maniobrando en medio de un enjambre de refugiados desconcertados y prisioneros aturdidos, y las agonías de muerte del otro quednak, que había sucumbido finalmente al fuego de las armas pesadas.
Entonces la segunda bestia, en la que ella había montado, recibió un disparo de cañón en la cabeza, y se encabritó cuando empezó a morirse. Jaina vio el gigantesco ijar de la bestia comenzar su su caída, y retrocedió como un cangrejo fuera del alcance de la criatura cuando esta cayó en una oleada de hedor y sangre. Un agonizante azote de su cola lanzó un par de deslizadores contra una pared, y entonces el reptiloide gigante murió.
Ahora, las bestias de carga muertas bloqueaban el camino a ambos lados, atrapando la columna entre las filas de edificios. Sobre sus cabezas llegaron un par de voladores veloces, análogos a barredoras, que se lanzaron sobre la calle disparando sus cañones de plasma. Jaina rodó apartándose del fuego y las astillas volantes cuando el plasma supercalentado rasgó el duracemento cerca de ella.
Sin embargo, la peor amenaza de los análogos de las barredoras no eran sus cañones. Cada uno tenía una unidad dovin basal de propulsión en su morro, y estas singularidades vivientes se extendían para atrapar los escudos de los deslizadores, sobrecargándolos y haciéndolos fallar en una llamarada de energía frustrada.
Jaina se puso en pie, su mente naufragada en la magnitud del desastre. No había nada que pudiera hacer contra las naves sin su ala-X, de modo que corrió como pudo por el duracemento para ayudar Lowbacca a auxiliar a los civiles heridos. Con la Fuerza, alzó unos cascotes de encima de un rodiano herido.
El fuego concentrado de los soldados hizo que uno de los análogos de barredora estallase en pedazos. El piloto del otro, que soltaba una estela de fuego, hizo chocar deliberadamente su volador contra un deslizador, y ambas naves quedaron destruidas en una erupción de llamas.
Fue entonces cuando Jaina escuchó el ominoso y súbito zumbido, y sus nervios estaban de punta ante el peligro cuando se giró para enfrentarse al sonido, con su sable de luz a punto.
Un enjambre de insectos aturdidores y cortadores venía volando a toda velocidad, acercándose a sus objetivos... y entonces guerreros yuuzhan vong salieron en tropel de los edificios de oficinas del lado sur de la calle, mientras que de ambos extremos de la calle también llegaban, derramándose como una ola sobre los cuerpos de las bestias de carga muertas. De quinientas gargantas salió un grito de batalla pronunciado a coro:
¡Do-ro'ik vong pratte!
Hubo gritos cuando decenas de personas cayeron bajo la oleada voladora de insectos mortales. Jaina golpeó un insecto aturdidor con su sable de luz, y partió pulcramente en dos un insectocortador que se dirigía a la cabeza de Lowie. Los guerreros yuuzhan vong golpearon con un impacto audible a la aturdida multitud que pululaba por la calle. Los soldados de la Nueva República estaban tan estorbados por los enjambres de no combatientes que apenas podían disparar en su propia defensa. Los yuuzhan vong saltaron a bordo de los deslizadores que habían sufrido la pérdida de sus escudos, abriéndose paso a cuchilladas a través de los civiles y prisioneros para poder alcanzar a unos soldados tan herméticamente agrupados que ni siquiera podían levantar un arma.
Jaina bloqueó y apartó un anfibastón que había sido blandido contra su cabeza, y permitió que Lowie, saltando por encima de su hombro, se ocupase del guerrero que lo manejaba. El siguiente guerrero cayó ante un par de sables de luz, girando uno por arriba, lanzando una estocada por debajo el otro. Jaina preparó un tajo contra una figura que caminaba tambaleándose hacia ella, pero luego se dio cuenta de que era uno de los guardias personales de Thrackan con su absurda armadura falsa. Una hembra humana que no paraba de gritar, ensangrentada por un corte de insectocortador y desvalida con sus manos esposadas, cayó sobre los brazos de Jaina, y murió por la estocada del guerrero yuuzhan vong que, gruñendo, estaba tratando de atravesarla para alcanzar a Jaina. Jaina se apartó a tiempo de la estocada, y entonces, antes de que el guerrero pudiera extraer su arma de su víctima, ella le alcanzó con la suya en la garganta.
Las dos mitades de un insectocortador, partido pulcramente por la mitad por el sable de luz de Lowie, cayeron a ambos lados de Jaina. Ella y Lowbacca podían protegerse contra el horror zumbante, y los soldados al menos iban acorazados, pero los civiles no tenían ninguna defensa y estaban siendo rasgados a tiras. Los prisioneros esposados estaban más aun desvalidos.
—¡Tenemos que introducir a esas personas en los edificios donde podamos protegerlos! —gritó Jaina a cualquiera que pudiera oírla—. ¡En marcha!
Con gritos y gestos, Jaina y Lowie reunieron un grupo de soldados que ayudaron a conducir a los civiles a los edificios del lado norte de la calle. Esto dio a otros soldados, y a los pocos deslizadores que todavía estaban en funcionamiento, un campo de fuego más claro, y los yuuzhan vong comenzaron a recibir más bajas.
En medio de la confusión, Jaina vio al general Jamira tambaleándose en retirada con un grupo de sus soldados a su alrededor. Todos ellos parecían heridos; una escuadra de yuuzhan vong los perseguían, haciendo subir y bajar sus anfibastones en un ritmo mortal, urgente.
—¡Lowie! ¡Es el general!
Los Jedi atacaron, girando sus sables de luz. Jaina desjarretó a un guerrero enemigo, luego se agachó ante la estocada de otro para conducir su sable de luz a través del sobaco, una de las pocas partes desprotegidas por la armadura. Un tercer yuuzhan vong cayó de rodillas por una patada doble ayudada por la Fuerza, después de la cual uno de los soldados de Jamira le disparó un tiro de bláster a quema ropa.
Dos de los soldados agarraron a Jamira por debajo delos brazos y lo empujaron a uno de los edificios del lado norte de la calle, un restaurante con mesas en las ventanas y una barra contra la pared del fondo. Allí, otros soldados que disparaban desde las ventanas tenían campos de fuego claros y podían alcanzar con sus disparos a cualquier perseguidor. Lowie y Jaina cubrieron la retirada, bloqueando un disparo tras otro con sus sables de luz antes de entrar con un salto mortal hacia atrás por las ventanas.
La sala estaba llena de las personas aturdidas, la mayoría de ellos civiles tendidos sobre las mesas. Jaina reconoció a Pwoe sobresaliendo de pie entre ellos, con el rostro ensangrentado y un tentáculo rebanado pulcramente por un insectocortador.
Los yuuzhan vong todavía estaban luchando, intentando entrar en los edificios. Jaina y Lowbacca escogieron cada uno un ventanal, lanzando tajos y bloqueos a través de la apertura mientras los soldados disparaban continuamente a los asaltantes.
Fue el fuego de los flancos lo que terminó ahuyentando a los asaltantes. Los yuuzhan vong habían emboscado sólo a la primera mitad del convoy de regreso. La parte trasera de la columna estaba en su mayoría intacta, aunque incapaz de maniobrar con sus deslizadores por encima de la bestia de carga muerta que bloqueaba el camino. En lugar de eso, el coronel Tosh, a cargo de la retaguardia, hizo salir a sus soldados de los deslizadores y los envió subiendo al ijar macizo del quednak muerto. Desde su cúspide los soldados comenzaron a descargar una densa ráfaga de fuego hacia la calle, un fuego lo bastante intenso para causar que los yuuzhan vong retrocedieran a los edificios del lado sur de la calle.
Jaina apagó su sable de luz y tomó una profunda bocanada de aire. Estaba asombrada de lo rápido que se habían torcido las cosas.
El tiempo se estaba agotando. Y con él, se perdían vidas.
El general Jamira se puso en pie, jadeando en busca de aliento, apoyándose con un brazo contra una pared mientras hablaba en su unidad de comunicaciones. La sangre manchaba su armadura corporal blanca. Alzó la vista.
—¿Qué hay detrás de nosotros? —dijo—. ¿Podemos volver hacia el norte, y luego reunirnos con los deslizadores?
Uno de los soldados hizo un chequeo rápido, y luego regresó.
—Es arbolado espeso, señor —informó—. Los deslizadores no podrán atravesarlo, pero nosotros podríamos avanzar por él a pie.
—Negativo. —Jamira negó con la cabeza—. Perderíamos toda nuestra cohesión en el bosque y los vong nos darían caza fácilmente. —Se volvió para mirar al exterior por el destrozado ventanal delantero—. Tenemos que volver de algún modo a los deslizadores, y entonces tomar otra ruta para rodear la barricada. —Tenía mal aspecto, y presionaba con su mano una herida en el muslo—. Dígale al coronel Tosh que tiene que darnos fuego de cobertura cuando salgamos. Pero de todas formas perderemos muchos hombres cuando todo el mundo salga a la calle.
Jaina se dio cuenta de que su comunicador estaba pitando reclamando su atención. Contestó.
—Aquí Solo.
—Al habla el coronel Fel. ¿Estás en dificultades? Los demás Jedi parecen pensar que sí.
El alivio vibró a través de Jaina al escuchar el sonido de la voz de Jag, aunque al alivio le siguió inmediatamente la turbación ante su intensidad. Ella se esforzó por mantener la voz calmada y marcial al contestar.
—La columna ha caído en una emboscada y ha sido diezmada —dijo—. ¿Cuál es tu situación?
—Estoy en órbita con el Escuadrón Soles Gemelos. Estamos en estado de espera, esperando a que tú y Lowbacca os reunáis con nosotros. Ha aparecido una flota enemiga y la situación se ha puesto seria. Es indispensable que la fuerza de desembarco regrese a órbita lo más pronto posible.
—No me digas —soltó Jaina, su alivio desvaneciéndose ante el molesto tono pomposo de Jag.
—Permaneced a la espera —dijo Jag—. Dirigiré a los escuadrones en un pase de bombardeo y con nuestro fuego os abriremos un camino de salida de allí.
—Negativo —dijo Jaina—. Los vong están justo al otro lado de la calle, demasiado cerca. Vuestro fuego nos alcanzaría, y tenemos civiles aquí.
—Aún puedo ser capaz de ayudar. Permaneced a la espera.
—¡Jag —dijo Jaina—, tienes demasiados novatos! ¡No serán capaces de mantener el blanco! ¡Van a acabar con cientos de civiles, por no mencionar al resto de nosotros!
—Manténgase a la espera, Líder Gemelo —dijo Jag, insistente.
La molestia ganó finalmente al alivio. Jaina miró exasperada al general Jamira.
—¿Ha oído usted eso, señor?
Jamira asintió.
—Aun cuando no pueda realizar una pasada abriendo fuego, los cazas mantendrán a raya a los vong. Esperaremos.
—¡General! —la imponente voz de Pwoe resonó desde el fondo de la sala—. ¡Esto es una absoluta locura! ¡Exijo que usted me permita negociar una rendición para estas personas antes de que esos pilotos de gatillo fácil nos vuelen a todos en pedazos!
El quarren avanzó cojeando. Jamira se enfrentó a a él, irguiéndose, e hizo una mueca de dolor al cargar el peso sobre su pierna herida.
—Senador —dijo. Me haría usted un favor si permaneciera en silencio. Usted no está al mando aquí.
—Usted tampoco, según parece —dijo Pwoe—. Su única esperanza, y la esperanza de todos bajo su mando —con sus manos esposadas hizo un gesto que abarcaba a los soldados, los civiles, y los prisioneros— es una rendición táctica. Yo emprendería las negociaciones completamente bajo mi propio riesgo.
Una rendición táctica.
Jaina quedó sorprendida por la voz sarcástica de Thrackan proviniendo del fondo de la sala. Su primo se levantó de la silla que ocupaba y avanzó cojeando. Pudo ver que los grandes músculos de su espalda también habían sido abiertos por un insectocortador.
—Hasta ahora había pensado que los Jedi eran los sacos de gas más pomposos y molestos de la creación —dijo Thrackan—. Pero eso era antes de conocerle a usted. Usted se lleva el premio al fiasco más absurdo, vanidoso y prolijo que yo jamás haya visto. Y por encima de eso... —Miró fijamente y de cerca a los indignados ojos de Pwoe—. ¡Por encima de eso, señor, es usted un pez! ¡Así que siéntese y cállese, antes de que le lance un arpón!
Pwoe se puso en pie, tenso.
—Su despliegue de groseros prejuicios es...
Thrackan le hizo callar ondeando su mano.
—Ahórreselo, Jefe. Nadie está escuchando ahora sus discursos. Ni lo volverán a hacer jamás, creo yo.
Pwoe devolvió la intensa mirada de Thrackan por un largo momento, y entonces su mirada cayó, y se retiró. Entonces Thrackan volvió su rostro ceñudo a los demás: Jaina, Jamira, y el resto.
—Yo no soy un colaboracionista vong, no importa lo todos ustedes piensen. Y no estoy dispuesto a permitir que un imbécil subacuático nos venda al enemigo.
Con un aire de doloroso triunfo, Thrackan se arrastró a su asiento.
Desde lo alto llegó el peculiar rugido chasqueante de un caza desgarrador, pasando lentamente sobre ellos. Jaina podía imaginar a Jag en el asiento del piloto, volando con el desgarrador invertido para conseguir una vista buena de la escena que tenía debajo. Cuando la voz de Jag volvió, parecía pensativa.
—¿Nuestras fuerzas están en el lado norte?
—Sí, pero...
—Los yuuzhan vong se están reagrupando... lanzarán otro ataque dentro de unos minutos. Comenzaré una pasada de bombardeo con nuestros dos escuadrones para romper el ataque. Dile a tu gente que permanezca a cubierto, y que esté lista para correr.
—¡No! —dijo Jaina—. ¡Conozco a mis pilotos novatos! ¡No tienen la experiencia necesaria!
—Mantente a la espera, Líder Gemelo. Y diles a esos soldados que están de pie sobre el animal muerto que se pongan a cubierto.
Jaina casi tiró el comunicador al suelo por la frustración. En lugar de eso, lanzó una mirada desesperada al general Jamira, que la estaba mirando con expresión ceñuda, pensativa. Jamira se llevó su propio comunicador a los labios.
—Los cazas están a punto de dar una pasada. Todo el mundo debe buscar refugio seguro, y prepararse para correr hacia los deslizadores a mi orden. Tosh, saque a su gente de esa criatura y regrese bajo los escudos de los deslizadores.
Y entonces, con dignidad cansada, silenciosa, general Jamira tomó refugio bajo una mesa. Los demás en la sala hicieron lo que pudieron para imitarle.
El rugido de los cazas flotó a través de los ventanales rotos. Jaina, que permanecía en pie, caminó al ventanal y echó una rápida mirada al exterior.
Negro contra el cielo occidental, podía verse el escuadrón Chiss, con sus naves volando casi tocándose las alas, escalonadas detrás del líder en una especie de media cuña.
Por supuesto, pensó Jaina con admiración. Jag Fel estaría en cabeza, volando a lo largo de una línea invisible por el campo de batalla entre los yuuzhan vong y las tropas de la Nueva República. Los otros estaban escalonados hacia el lado vong de la línea; mientras mantuvieran su alineación con respecto al líder, su fuego no podría alcanzar fuerzas aliadas.
Los cañones láser del líder Chiss empezaron a destellar, y luego los de los otros. Los disparos cayeron sobre la calle y los tejados de los edificios del otro lado, un martilleo de lluvia de alta energía. Jaina se agachó bajo la mesa más cercana y encontró que Lowie ya ocupaba la mayoría del espacio.
—¿Sabes? —dijo ella—, a veces Jag realmente es...
Su pensamiento quedó inconcluso. La primera oleada pareció chupar el aire de los pulmones de Jaina, y luego lo transformó en luz y calor que Jaina pudo sentir en sus huesos largos, su hígado, bazo e intestino.
Veintiuna detonaciones más siguieron a la primera conforme los Chiss descargaban. Lo que podía quedar de los ventanales del restaurante explotó hacia dentro. Tormentas de polvo entraron en tromba desde la calle, junto con pedazos de ruinas. Y entonces hubo un silencio roto sólo por el zumbido en las orejas de Jaina.
Lentamente se dio cuenta de que su comunicador le estaba hablando. Se lo llevó a los labios.
—¿Puede repetir?
—Mantened vuestras posiciones —dijo la débil voz—. Ahora vienen los Soles Gemelos.
Tesar estaría en la posición del líder, con resto escalonado en la misma formación que Jag había usado. Jaina no tenía miedo de que ningún disparo saliera desviado.
—¡Mantened vuestras posiciones! —ordenó Jaina—. ¡Viene otra oleada!
Esta vez hubo dieciséis pasadas, dos de cada uno de los alas-X restantes. Jaina tosió cuando oleada tras oleada de polvo entraba por los ventanales.
De nuevo se hizo el silencio, roto sólo por el sonido de cascotes cayendo de los edificios de enfrente. Mientras pestañeaba para quitarse el polvo de las pestañas, Jaina pudo ver al general Jamira alzarse dolorosamente de su posición bajo una de las mesas, y entonces llevarse el comunicador a los labios.
—¡Soldados, tomad posiciones para cubrir a los civiles! ¡Todos los no combatientes a los deslizadores... y que el resto de nosotros los sigan!

sábado, 8 de mayo de 2010

Ylesia (XVI)

Jacen llegó jadeante al puente del Ralroost para encontrar al almirante Kre'fey realizando ya sus movimientos de apertura. Una flota enemiga había saltado del hiperespacio, y Kre'fey estaba poniendo sus propias naves entre los yuuzhan vong y las fuerzas de tierra en Ylesia.
—Bienvenido, Jacen —dijo el bothano de pelaje blanco, con sus ojos aún fijos en la pantalla holográfica que mostraba las posiciones relativas de las flotas—. Ya veo que has descubierto que hay una nueva complicación.
—¿Cuántos? —dijo Jacen.
—Sus fuerzas son aproximadamente iguales a las nuestras. Pero demasiado de nuestro personal es inexperto, y preferiría no entablar combate. —Levantó sus ojos de la pantalla—. Afortunadamente mi adversario parece no tener ninguna prisa para empezar una lucha.
Realmente éste era el caso. Los yuuzhan vong no se estaban moviendo para atacar, sino que en lugar de eso simplemente estaba flotando fuera la sombra de masa de Ylesia.
—¿Puede darme un caza —preguntó Jacen.
—Me temo que no. Nuestros hangares de cazas sólo transportan naves operativas, con sus pilotos... no llevamos naves de repuesto.
La frustración inundó a Jacen cuando la atención de Kre'fey volvió de nuevo a la pantalla.
—Ah —dijo el almirante—. Mi adversario está realizando un movimiento.
Los yuuzhan vong habían destacado una parte de sus fuerzas y las estaban extendiendo por un flanco, tal vez intentando una maniobra envolvente parcial.
—Fácilmente contrarrestable —dijo Kre'fey, y pidió a una de sus propias divisiones que se extendiera por su propio flanco, imitando con precisión el movimiento enemigo.
Jacen daba vueltas por la sala en un pequeño círculo, enfadado con su propia inutilidad. Consideró la posibilidad de volver a su ala-X y volar a Ylesia para ayudar a Jaina, y entonces recordó que su nave herida no sería un recurso, sino un impedimento; ella tendría que destacar pilotos para cuidarlo, pilotos que tendrían usos mucho mejores en un enfrentamiento que escoltar a una nave lisiada.
Finalmente se rindió al hecho de que iba a pasar el resto de la batalla a bordo del Ralroost.
Jacen encontró una esquina del puente fuera del camino del resto de la gente y permitió que la fusión Jedi reflotase a la superficie de su mente. Si no podía ser directamente de utilidad en la batalla que se avecinaba, al menos podría enviar fuerzas y apoyo a sus camaradas.
Jaina y Lowbacca, pudo notarlo, estaban en movimiento, corriendo hacia sus cazas. Los otros Jedi estaban esperando en sus cabinas, esperando a que la batalla empezase. Jacen podía sentirlos relacionándose entre si, una serie de mentes resueltas enfocadas en el enemigo.
A través de la fusión, sintió que la flota de los yuuzhan vong hacía otro movimiento, otra división que se desplazaba hacia el flanco, extendiéndose más lejos en el espacio. Sólo medio minuto después escuchó al personal de Kre'fey anunciar el movimiento, seguido por la réplica del almirante bothano.
Los yuuzhan vong seguían moviéndose hacia el flanco. Y Jacen empezó a preguntarse por qué.

viernes, 7 de mayo de 2010

Ylesia (XV)

Maal Lah soltó un rugido de triunfo cuando los cazas que patrullaban aceleraron súbitamente y apuntaron con sus morros al cielo. La llegada de una flota yuuzhan vong les había dado a los infieles cosas mejores que hacer que el surcar el aire sobre la Ciudad de la Paz.
Era tiempo para enfrentarse al enemigo, pero Maal Lah sabía que la batalla estaba perdida en el centro de la ciudad. No serviría de nada reforzar el fracaso de la Brigada de la Paz.
Otro curso de acción era recomendable. El comandante también sabía donde estaban actualmente las fuerzas de la Nueva República. Sabía que, eventualmente, tendrían que retirarse a sus de desembarco fuera de la ciudad.
Haría su matanza entre estos dos lugares. Y, convenientemente, los establos de los quednak estaban cercanos.
Llamó a través del villip de hombro que comunicaba con sus guerreros.
—¡Nuestra hora ha llegado! —dijo—. ¡Avanzaremos para enfrentarnos al enemigo!

jueves, 6 de mayo de 2010

Ylesia (XIV)

Los grandes rayos cortantes de los láseres de los ingenieros estaban cortando en pedazos la puerta de la bóveda. Jaina se encogió protegiéndose de la fuerte luz y el calor. Podía sentir el pánico al otro lado de las puertas de la bóveda, pánico y llamaradas de desesperada preparación de aquellos que se aprestaban para una resistencia sin esperanza. Unos cuantos disparos de bláster salieron desde el interior de la bóveda desgarrada, pero los láseres estaban escudados y los blásteres no les hicieron el menor daño.
Jaina miró a los soldados preparados para atacar el búnker del Senado, y pensó que ésa era mucha potencia de fuego para dominar a un grupo que podría no estar más preparado para resistirse a la captura que su ejército o su flota. Encontró al general Jamira y le saludó marcialmente.
—Señor, me gustaría ser la primera en entrar en la bóveda. Creo que puedo conseguir que se rindan.
Jamira apenas tardó un segundo en considerar la demanda.
—No voy a decirle a un Jedi que no puede ser el primero en entrar a una situación delicada —dijo—. He visto lo que vuestra gente puede hacer. —Asintió con la cabeza—. Pero asegúrate de pedir ayuda si la necesitas.
—Lo haré, señor.
Se cuadró ante el general un saludo y retrocedió a paso ligero hasta la puerta de la bóveda. Casi habían acabado de cortarla. La duraleación fundida se había solidificado en el suelo de la antesala formando una especie de cascada. Jaina estaba de pie junto a Lowbacca, quien le miró significativamente mientras desenganchaba su sable de luz. Jaina sonrió abiertamente. Sin decir una palabra, él había mostrado que entendía su plan, y que lo aceptaba.
Jaina encendió su propio sable de luz en cuanto el láser terminó su corte final. Con un empujón de la Fuerza, empujó el último pedazo corto y grueso de la puerta de la bóveda hacia el interior, dónde cayó resonando en el suelo. Del agujero surgieron brillantes disparos de bláster, y alguien de dentro gritó:
¡Fuera, márchense!
Jaina saltó a través de la puerta de cabeza, giró sobre sí misma en un salto mortal, y cayó de pie. Los disparos de bláster salieron chispeando hacia ella, permitiéndole a Lowbacca seguirla por el agujero sin que le apuntasen.
El cuarto era de duracemento desnudo, sin mobiliario y con pocos adornos: los senadores de la Brigada de la Paz estaban agrupados en las esquinas, protegiéndose de aquellos que estaban determinados a luchar por su libertad. Las saetas de bláster vinieron a Jaina rápidas y en gran cantidad. Ella saltó hacia el tirador más cercano, parando el disparo de bláster con su sable de luz. Las saetas rebotaron contra las duras paredes y el techo, y alguien gritó al ser alcanzado. El tirador era un gran jenet, y gruñó a Jaina cuando ella se acercó a él.
Ella rebanó el bláster en dos pedazos con su sable de luz, y luego dio un puntapié al jenet en los dientes con una patada ascendente. Continuó con un gancho de talón que hizo caer al jenet al suelo.
Ella vio a Lowbacca agarrar a otro par de tiradores, una pareja de ganks que luchaba por liberarse, e hizo chocar sus cabezas entre sí. Los senadores de la Brigada de la Paz se escabulleron y se agruparon buscando cobertura. Surgieron nuevos disparos de bláster, y Jaina rechazó la saeta, enviándola de vuelta a la rodilla de la tiradora. La Fuerza impulsó en un salto para cubrir la distancia de seis metros que la separaba de la tiradora ishi tib, y entonces le arrancó el bláster de la mano de una patada; luego la Fuerza asió el bláster y lo aplastó contra la cara de otro tirador. Su propio disparo salió fuera de control hacia la muchedumbre de senadores, y se escuchó un grito. Lowbacca saltó sobre él desde atrás y le golpeó en la cabeza con una maciza mano peluda.
Se hizo el silencio, excepto por los sollozos de uno de los heridos. El cuarto apestaba a la descarga de ozono de las armas. Soldados acorazados de la Nueva República empezaron a entrar en el cuarto, con sus armas dirigidas hacia los brigadistas.
Jaina blandió su sable de luz por encima del grupo que se agazapaba, con su fuerte zumbido resonando en la pequeña sala, y exclamó:
—¡Ríndanse! ¡En nombre de la Nueva República!
—Al contrario —dijo una voz imponente—. En nombre de la Nueva República, yo le ordeno a usted que se rinda.
Jaina miró con sorpresa a la figura alta y cubierta con una capucha que se alzó de un grupo apretado de brigadistas, a la cabeza en forma de flecha y los tentáculos faciales que se retorcían.
—¿Senador Pwoe? —dijo con sorpresa.
Jefe de Estado Pwoe —corrigió el quarren—. Cabeza de la Nueva República. Estoy presente en Ylesia para negociar un tratado de amistad y ayuda mutua con la República Ylesiana. Ordeno a las fuerzas de la Nueva República cesar estos actos de agresión contra un régimen aliado amistoso.
Eso le había tomado a Jaina tan desprevenida que soltó una risa de sorpresa. Pwoe, un enemigo confeso de los Jedi, había sido un miembro del Consejo Asesor de Borsk Fey'lya. Cuando Fey'lya murió en la derrota de Coruscant, Pwoe se había declarado Jefe de Estado y había empezado a emitir órdenes al gobierno y el ejército de la Nueva República.
Podría haber seguido con ello no se hubiera sobrepasado con su juego. Cuando el Senado se reconstituyó en Mon Calamari —irónicamente, el mundo natal de Pwoe—, este emitió una orden en solicitando a Pwoe y los demás senadores que se unieran con ellos. En lugar de obedecer, Pwoe había emitido una orden al Senado requiriéndole unirse a él en Kuat.
El Senado se sintió ofendido, privó formalmente a Pwoe de cualquier poder, y dirigió su propia elección para Jefe de Estado. Posteriormente —y después de buena cantidad de los tejemanejes usuales—, fue elegido el pro-Jedi Cal Omas. Desde entonces, Pwoe había estado viajando de una parte de la galaxia a otra, intentando reunir su cada vez menos numeroso grupo de partidarios.
—Este tratado de paz es vital para los intereses de la Nueva República —siguió Pwoe—. Esta típica violencia Jedi está a punto de estropearlo todo.
La sonrisa de Jaina se ensanchó. Al parecer Pwoe se había vuelto tan desesperado que había decidido que sólo podría recobrar su prestigio y sus seguidores si regresaba a Mon Calamari ondeando un acuerdo de paz.
—Lamento mucho perturbar cualquier tratado importante —dijo ella—. ¿Tal vez preferiría caminar fuera y hablar con el general Jamira?
—Eso no será necesario. Yo ordeno al general y al resto de ustedes que abandonen Ylesia de inmediato.
La ishi tib, yaciendo a los pies de Jaina, comenzó a moverse gradualmente tratando de liberar un arma oculta en algún lugar de sus ropajes. Jaina le pisó la mano. El movimiento cesó.
—Creo que debería hablar con el general —dijo ella, y se volvió a la docena de soldados que habían estado entrando calladamente en el cuarto en el transcurso de esta conversación—. Por favor, escolten al senador Pwoe junto al general.
Dos soldados acorazados avanzaron, uno a cada lado de Pwoe, le asieron de los brazos, y comenzaron a llevarle hacia la puerta de la bóveda.
—¡Quítenme las manos de encima! —bramó—. ¡Yo soy su Jefe de Estado!
Jaina miró como Pwoe era llevado aparte. Entonces se agachó para incautar a la ishi tib su bláster oculto, y se alzó para dirigirse al resto de los brigadistas.
Y en cuanto al resto de ustedes —levantó la voz—, salgan de la sala en fila de a uno, con las manos a la vista.
Los soldados registraron y examinaron a los brigadistas, y luego los esposaron, antes de permitirles salir de la bóveda. Los ingenieros entraron y empezaron a preparar explosivos para destruir el búnker una vez hubiera sido evacuado. Jaina y Lowbacca esperaron en el cuarto desnudo conforme los brigadistas iban saliendo lentamente.
Los dos notaron al mismo tiempo el cambio en la fusión Jedi, la inmensa y súbita sorpresa ante la aparición de un nuevo enemigo.
Ahora es cuando todo sale mal. El pensamiento resonó en el fondo de la mente de Jaina.
Miró a Lowbacca, y supo que el wookiee compartía el conocimiento de que su tiempo en tierra había acabado.

lunes, 3 de mayo de 2010

Ylesia (XIII)

Jacen y Vale llevaron sus renqueantes alas-X a bordo del Ralroost, el buque insignia de Kre'fey. Para cuando Jacen desactivó la potencia del caza, ya sabía que las fuerzas de la Brigada de la Paz habían caído como un castillo de naipes, tanto en el espacio como en la tierra, y que las fuerzas de la Nueva República estaban extrayendo a los últimos de sus líderes fuera de su búnker.
Aquellos que no tenían nada en común salvo la traición, pensó, no tenían ninguna razón para confiar entre sí o luchar en nombre de los otros. No había ninguna ideología unificadora salvo la codicia y el oportunismo. No era probable que ninguna de esas dos cosas creara solidaridad.
Se dejó caer en la cubierta, respirando aliviado por que la incursión había sido un éxito. Había sido idea suya capturar a las cabezas del gobierno ylesiano, y culpa suya que Jaina se hubiera ofrecido voluntaria para ir con las fuerzas de tierra. Si la misión hubiera salido mal, él habría sido doblemente responsable.
Jacen primero comprobó a Vale para asegurarse de que ella estuviera bien, y luego inspeccionó sus alas-X. Los dos requerirían tiempo en una bahía de mantenimiento antes de que pudieran volar de nuevo.
—¿Jacen Solo? —Un oficial bothano, de grado inferior, se acercó y saludó—. El almirante Kre'fey pide su presencia en el puente.
Jacen miró a Vale, y luego volvió a mirar al oficial.
—Desde luego —dijo—. ¿Puede la teniente Vale unirse a nosotros?
El bothano consideró la pregunta, pero Vale se apresuró a dar su propia respuesta.
—Eso no es necesario —dijo—. Los almirantes me ponen nerviosa.
Jacen asintió, luego siguió al bothano fuera de la bahía de atraque hacia la parte delantera de la nave.
Y entonces sintió que el universo se retardaba como si el mismo tiempo hubiera sido alterado. Era consciente del mucho tiempo que le parecía costar a su pie para alcanzar el suelo, consciente del largo espacio entre los latidos de su corazón.
Algo acababa de cambiar. Jacen permitió que la fusión Jedi que había estado calladamente asentada en algún cuarto trasero de su mente volviera al frente, y sintió sorpresa y consternación en las mentes de los otros Jedi, una confusión que pronto fue reemplazada por austera resolución y cálculo frenético.
El pie de Jacen tocó cubierta. Él tomó una respiración. Era consciente de que una flota yuuzhan vong acababa de entrar en el sistema, y que su plan para la Batalla de Ylesia acababa de fallar terriblemente.
—Creo que será mejor que nos demos prisa —le dijo al sobresaltado teniente bothano, y empezó a correr.

Ylesia (XII)

Maal Lah reprimió el instinto de agacharse cuando otro vuelo de cazas enemigos pasó rugiendo sobre su cabeza. El villip que tenía en las manos conservaba la tétrica imagen del ejecutor muerto que había usado para intentar tomar el mando de los inútiles guardaespaldas del presidente Sal-Solo, y al que la Guardia Presidencial había asesinado en lugar de obedecerle.
Los cobardes serían arrojados a un pozo y aplastados por bestias de carga, se prometió.
El damutek criado en las afueras de la capital para albergar sus tropas había sido destruido al comienzo del ataque, por suerte después de haber evacuado sus guerreros. Pero desde entonces se habían visto obligados a permanecer a cubierto, arrinconados por los malditos cazas que patrullaban sobre ellos a escasa altitud. La cobertura de cazas había sido tan pesada que Maal Lah había sido incapaz de enviar siquiera algunos de sus guerreros hacia el centro de la ciudad para defender el gobierno de la Brigada de la Paz.
Había recibido noticias de que la flota se había rendido; más candidatos para el pozo y las bestias de carga, pensó Maal Lah. Su propia pequeña fuerza aérea al menos había caído luchando. Y ahora, sospechaba que el gobierno de Ylesia estaba a punto de caer en manos del enemigo.
Pero incluso considerando esas circunstancias, Maal Lah se encontraba satisfecho. Sabía que las fuerzas de la Nueva República estaban a punto de encontrarse con una sorpresa, y que la sorpresa debería acabar con la pesada cobertura de cazas.
Y una vez que pudiera mover con seguridad a sus guerreros, habría más sorpresas esperando a los invasores de la Nueva República.
Y muchos sacrificios de sangre para los dioses de los yuuzhan vong.

domingo, 2 de mayo de 2010

Ylesia (XI)

—Me pregunto si puedes recordar cuando me tuviste prisionera a mí —dijo Jaina alegremente.
Thrackan Sal-Solo intentó formar una sonrisa.
—Eso fue todo un malentendido. Y hace tiempo.
—¿Sabes qué...? —Jaina inclinó su cabeza y fingió estudiarlo—. Creo que pareces más joven sin la barba.
El general Tigran Jamira, el comandante de la fuerza de desembarco, llegó rápidamente en su vehículo de mando, se alzó de su asiento, y miró cuidadosamente a Thrackan.
—¿Dices que éste es el presidente de la Brigada de la Paz? —preguntó.
—Éste es Thrackan, desde luego. —Jaina miró a la mujer de cabello negro que había estado con Thrackan—. No sé quién es ella. Su novia, quizá.
Thrackan pareció un poco indignado.
—Es la taquígrafa que el gobierno me asignó.
Jaina miró a la mujer y su fría mirada y sus luminosos dientes blancos, y pensó que los ayudantes administrativos parecían ciertamente carnívoros estos días.
Thrackan se acercó al general y adoptó un tono dolido.
—Aquí se está consumando una venganza familiar, ¿sabe? —Señaló a Jaina—. Se me está echando encima por algo que pasó hace años.
El general Jamira miró fríamente a Thrackan.
—¿De modo que usted no es el presidente de la Brigada de la Paz?
Thrackan abrió los brazos.
—¡Yo no me ofrecí para el trabajo! ¡Fui secuestrado! ¡Los Vong se estaban desquitando conmigo por matar a tantos de ellos en Fondor!
Lowbacca, que había estado escuchando, emitió una compleja serie de gemidos y aullidos, y Jaina tradujo.
—Dice "¿Se vengaron haciéndote presidente? Si hubieras matado más de ellos, ¿te habrían hecho emperador?"
—Son diabólicos —dijo Thrackan—. ¡Es una venganza muy elaborada! —Señaló con un dedo la parte baja de su espalda—. ¡Me destrozaron el riñón! Aún está magullado... ¿queréis verlo? —dijo, comenzando a sacarse la camisa.
Jaina se volvió al comandante.
—General —dijo—, yo pondría a Thrackan en el primer deslizador que vaya a la ciudad. Él puede guiarnos a nuestros objetivos. —Se volvió a su primo y parpadeó—. Querrás ayudarnos, ¿verdad? Dado que no eres miembro de la Brigada de Paz después de todo.
—¡Soy un ciudadano de Corellia! —insistió Thrackan—. ¡Exijo protección de mi gobierno!
—Realmente ya no eres un ciudadano —dijo Jaina—. Cuando el Partido de Centralia supo que habías desertado, te expulsaron y te sentenciaron en tu ausencia, y confiscaron tus propiedades y...
—¡Pero yo no deserté! Yo...
—De acuerdo —dijo el general Jamira—. Irá en el primer deslizador. —Miró a la compañera de Thrackan—. ¿Qué hacemos con la mujer?
Jaina la miró, reflexionó por un instante, y actuó. En un par de segundos tenía la muñeca de la mujer perfectamente sujeta y le había confiscado su bláster oculto.
—Yo le pondría grilletes aturdidores —dijo Jaina, y le dio el bláster al general Jamira.
—¿Cómo supiste que estaba armada?
Jaina miró a Dagga Marl, pensó acerca de por qué había tomado esa decisión.
—Porque estaba de pie como una mujer que tenía un bláster oculto —decidió.
Dagga, con la muñeca sujeta y el codo alzado sobre la cabeza, gruñó a Jaina desde debajo de su brazo. Unos soldados vinieron para esposarla y ponerla bajo custodia.
—Pongámonos en marcha —dijo Jamira.
Jaina dirigió a Thrackan al primer deslizador y lo sentó delante, al lado del chófer. Ella desplegó un asiento supletorio y se sentó directamente detrás de él.
La operación estaba yendo mejor de lo que ella había esperado. Jamira había hecho aterrizar allí a la mayor parte de sus fuerzas, para dirigirse desde allí a la Ciudad de la Paz, pero había estacionado fuerzas de bloqueo en todas las rutas de salida de la capital para atrapar a cualquier brigadista que intentase huir. La lucha en la atmósfera había retrasado las cosas un poco, pero también servido para deshacerse de las únicas naves yuuzhan vong del sistema. Sin embargo, una punzada de alerta seguía recorriendo los nervios de Jaina. Todabía había cantidad de cosas que podrían salir mal.
Se volvió a Thrackan.
—Ahora, pórtate bien y haznos saber dónde va a ser la primera emboscada por vuestra parte —dijo.
Thrackan no se molestó en devolverle la mirada.
—Claro. Como si me lo hubieran dicho.
La primera emboscada tuvo lugar llegando al centro de la ciudad, soldados de la Brigada de la Paz disparando desde lo alto de los edificios de techo plano sobre los deslizadores que pasaban por debajo. Disparos de blaster y proyectiles de lanzacohetes portátil levantaron chispas contra los escudos de los deslizadores, y los soldados de a bordo devolvieron el fuego con las armas pesadas montadas en los vehículos.
Jaina, agachada detrás de la cobertura por si acaso algo conseguía atravesar los escudos, miró a su primo, que estaba agachado igualmente, y dijo:
—¿Quiere ordenarles que se rindan, Presidente?
—Oh, cállate.
Jaina encendió su sable de luz y corrió a toda velocidad al edificio más cercano, un bloque de oficinas de dos pisos. Lowbacca le seguía los talones. En lugar de irrumpir por una puerta, que era lo que los defensores estarían esperando, Jaina abrió de un tajo un ventanal destrozado y se lanzó a través del hueco.
No había Brigadistas de la Paz, pero había una mina preparada para destruir a cualquiera que entrase a través de la puerta. Jaina la desarmó pulsando un botón, y luego cortó el alambre que la conectaba a la puerta, para mayor seguridad.
Lowbacca ya estaba rugiendo mientras subía los escalones, con su sable de luz como un brillante destello en las oscuras escaleras. Jaina lo siguió a la salida del tejado, que él abrió de un golpe con un gran hombro peludo.
Fuera lo que fuese lo que la docena de defensores en el tejado estuviera esperando, no era un Jedi Wookiee. Le dispararon unos cuantos disparos, que él desvió con su sable de luz, y entonces, antes de que Jaina apareciese siquiera, huyeron, dejando caer sus armas y amontonándose en el andamiaje de madera que soportaba una parte del edificio que estaba siendo reforzada. Lowbacca y Jaina cargaron contra ellos y fueron recompensados con la visión de algunos de los enemigo cayéndose simplemente del edificio en su prisa por escapar. Cuando Jaina y Lowbacca alcanzaron el andamiaje, con los ocho o nueve soldados que todavía se aferraban a él y bajaban a la calle, Jaina miraba Lowbacca y sonrió abiertamente, y supo por su sonriente respuesta que él compartía su idea.
Rápidamente los dos rebanaron las ataduras que sostenían el andamio al edificio, y entonces —con los músculos de Wookiee de Lowbacca y un poco de ayuda de la Fuerza— empujaron para hacer caer el andamiaje. Los brigadostas cayeron a tierra en mitad de un estallido de madera astillada y fueron rápidamente rodeados por más de los soldados de Jamira, que se habían apresurado a rodear la emboscada para flanquearlos.
Jaina alzó la mirada. El enemigo en el tejado contiguo todavía estaba disparando a los deslizadores de debajo, ignorantes de que sus camaradas habían sido capturados.
Ella y Lowbacca habían trabajado juntos tanto tiempo que no necesitaban hablar. Retrocedieron diez pasos desde el borde, se volvieron, y corrieron a toda velocidad hacia el parapeto. Jaina puso un pie en el borde y saltó, ayudándose con la Fuerza para lograr un aterrizaje silencioso en el tejado.
La escuadra de brigadistas les estaba dando la espalda, mientras seguía disparando a la calle de debajo. Jaina agarró a uno por los tobillos y lo arrojó por encima del borde, y Lowbacca empujó a otro por encima del parapeto de un simple puntapié. Jaina se volvió al más cercano cuando este comenzaba a reaccionar, cortó por la mitad su rifle bláster con su sable de luz, y luego le golpeó en la cara con la empuñadura de su arma. Él se desplomó inconsciente sobre el parapeto. Lowbacca desvió un disparo que apuntaba a Jaina, y luego tomó el rifle con la punta de su sable de luz y lo lanzó por los aires. Jaina usó la Fuerza para guiar el rifle volante en un rumbo de colisión con la nariz de otro brigadista, lo que dio a Lowbacca tiempo para arrojar a su enemigo desarmado a la calle de debajo.
Esó calmó sus ardores de combate, y el resto se rindió. Jaina y Lowbacca arrojaron las armas incautadas a la calle y se volvieron hacia un escuadrón de soldados de la Nueva República que llegó en tropel subiendo las escaleras.
El tiroteo había acabado. Jaina miró al frente para ver los grandes y nuevos edificios del centro de la ciudad. No veía ningún motivo para regresar al deslizador; podría guiar a los milittares a sus objetivos desde su posición ventajosa en los tejados. Se inclinó sobre el parapeto e hizo una señal al general Jamira de que seguiría avanzando por los tejados. Él asintió, mostrando que lo había comprendido.
Jaina y Lowbacca volvieron a tomar carrerilla y saltaron al siguiente tejado, comprobando el edificio por todos los lados para estar seguros de que no había ninguna emboscada acechando en las sombras. Luego saltaron al siguiente edificio, y luego al siguiente.
Al otro lado de este último se encontraba lo que probablemente pretendía ser una ancha e impresionante avenida, pero que por el momento consistía en una embarrada excavación medio llena de agua. El aire olía como una charca estancada. Más allá de algunos grandes edificios que serían suntuosos una vez acabados, Jaina sabía por la información de su misión que un gigantesco refugio había sido excavado tras el mayor de los edificios, la sede del Senado, y posteriormente cubierto por la vegetación de lo que se suponía que era un parque.
Toda la extensión estaba desierta. De varias zonas del horizonte subían columnas de humo. Jaina invocó a la Fuerza en su mente y sondeó el espacio ante ella. Los demás en la fusión de la Fuerza, sintiendo sus intenciones, le enviaron energía y la ayudaron en la percepción.
La distante calidez de otras vidas brilló en la mente de Jaina. En el edificio del Senado había realmente defensores, aunque se mantenían fuera de la vista.
Enviando agradecimientos a los demás en la fusión de la Fuerza, Jaina enganchó su sable de luz en el cinturón, se lanzó fuera del edificio, y permitió que la Fuerza acolchase su caída sobre el duracero de abajo. Lowbacca la siguió. Volvieron a paso ligero hacia el deslizador de mando del general Jamira. Allí encontraron al general conferenciando con lo que parecía ser un grupo de civiles. Sólo al aproximarse pudo Jaina reconocer a Lilla Dade, una veterana de los Comandos de Page que se había presentado voluntaria para dirigir un pequeño grupo de infiltración en Ylesia a continuación de la batalla y establecer una célula clandestina en la capital enemiga.
—Esta es tu oportunidad —le dijo Jamira.
—Muy bien, señor. —Ella le ofreció un saludo y dirigió a Jaina una sonrisa mientras conducía a su grupo hacia la cercana ciudad desierta.
Jamira se volvió hacia Jaina, que le saludó marcialmente.
—Hay defensores en el edificio del Senado, señor —le informó—. Un par de cientos, creo.
—Tengo suficiente potencia de fuego para volar el Palacio de la Paz a su alrededor —dijo Jamira—, pero preferiría no hacerlo. Podrías ver si puedes conseguir que tu primo hable con ellos para que se rindan.
—Lo haré, señor. —Jaina se cuadró y regresó a paso ligero al deslizador que abría la marcha—. El general tiene un trabajo para ti, primo Thrackan —dijo.
Thrackan le devolvió una agria mirada.
—Haré el mejor uso que pueda de mis dotes diplomáticas —afirmó él—, pero no creo que Shimrra vaya a devolveros Coruscant.
—Ja ja —dijo Jaina, y saltó a bordo del deslizador.
Las fuerzas de Jamira avanzaron al centro de gobierno en un amplio frente, con los repulsoelevadores conduciéndoles sobre la tierra cienagosa y quebrada, y sus armas pesadas apuntando a los edificios a medio terminar. Los cazas cortaban el cielo sobre ellos.
Los deslizadores se detuvieron a doscientos metros del edificio. Jaina miró a lo que le pareció una lona impermeabilizada que cubría un trabajo de construcción, y entonces se dio cuenta de que era el fláccido pellejo de un inmenso hutt. Le dio a Thrackan un golpecito con el codo.
—¿Algún amigo tuyo?
—Nunca lo había visto —dijo Thrackan rápidamente. Según las instrucciones de Jaina, se puso en pie y tomó el micrófono que el comandante del deslizador le ofrecía.
—Al habla el Presidente Sal-Solo —dijo—. Las hostilidades han terminado. Deponed vuestras armas y salid del edificio con las manos a la vista.
Hubo un largo silencio. Thrackan se giró a Jaina y extendió los brazos.
—¿Qué esperabas?
Y entonces se escuchó un súbito tumulto proveniente del edificio del Senado, una serie de gritos y golpes. Jaina sintió que los soldados que la rodeaban agarraban con más fuerza sus armas.
—Repite el mensaje —dijo a Thrackan.
Thrackan se encogió de hombros y comenzó de nuevo. Antes de que hubiera terminado la mitad del mensaje, las puertas se abrieron bruscamente y un enjambre de soldados con armaduras salieron corriendo. Jaina se sobresaltó al reconocer a los yuuzhan vong. Entonces vio que los soldados habían alzado los brazos en señal de rendición , y que no eran vong, sino simplemente gente de la Brigada de la Paz con láminas de imitación de armadura de cangrejo vonduun. Dirigiéndolos había un oficial duros, que se apresuró a acercarse a Thrackan y lo saludó marcialmente.
—Lamento que haya tardado tanto, señor —dijo—. Había algunos yuuzhan vong ahí dentro, administradores, que pensaban que debíamos luchar.
—Bien —dijo Thrackan, y ordenó a los guerreros que se pusieran en manos de las fuerzas de desembarco. Se volvió a Jaina, con mirada fría—. Mis guardaespaldas leales —explicó—. Ya ves por qué decidí escapar por mi cuenta.
—¿Por qué van vestidos con armaduras falsas? —preguntó Jaina.
—Las armaduras reales no dejaban de morderles —dijo cáusticamente Thrackan, y volvió a sentarse.
—Necesitamos que nos conduzcáis al búnker donde se ocultan vuestros senadores —dijo Jaina—. Y a la salida secreta que usarán para escapar.
Thrackan honró a Jaina con otra agria mirada.
—Si hubiera una escotilla de escape de ese búnker —preguntó—, ¿crees que yo estaría aquí?
El búnker resultó tener una gigantesca compuerta a prueba de explosivos, como una caja fuerte. Thrackan, usando el punto de comunicaciones especial en el exterior del búnker para hablar con los del interior, fracasó al intentar convencerles para que salieran.
El general Jamira no se dejó desanimar, ordenando que su compañia de ingenieros descendiera de órbita para volar la puerta del búnker.
Jaina sintió que el tiempo se les escapaba. Hasta ahora ninguno de los retrasos había sido crítico, pero estaban empezando a acumularse.

lunes, 26 de abril de 2010

Ylesia (X)

—Compensadores inerciales —dijo Thrackan mientras contemplaba los restos de su deslizador de superficie accidentado—. Qué buena idea.
Thrackan y Dagga Marl habían tardado en escapar de la Ciudad de la Paz mucho más tiempo de lo esperado, principalmente porque muchos otros estaban huyendo a pie y se habían puesto en su camino. Apenas habían salido de los ruinosos límites de la Ciudad de la Paz cuando un colosal pedazo de coral yorik había caído desde el cielo, dando vueltas en una gran espiral, como un trozo verde grisáceo de vómito cósmico, impactando en el camino justo delante de ellos.
La explosión había lanzado el deslizador dando vueltas fuera del camino, hacia un grupo de árboles donde, entre los troncos de los árboles y los fragmentos volantes de coral yorik, había quedado destruido por completo. Pero el lujoso deslizador —construido originalmente para un hutt joven, a juzgar por sus características —estaba provisto con compensador inerciales, y éstos sólo habían fallado después de que el vehículo se hubo detenido por completo. Thrackan y Dagga surgieron indemnes del choque.
Thrackan se volvió a mirar a la destrozada fragata yuuzhan vong que yacía en pedazos bajo una espesa nube de humo y polvo.
—No creo que a las fuerzas de Maal Lah les esté yendo muy bien —dijo Thrackan. Había un olor horrendo de materia orgánica ardiendo, y recordó que la fragata realmente había estado viva, que algo semejante a sangre había pulsado a través de su cáscara.
Se volvió a Dagga.
—No tendrás medios privados para salir del planeta, ¿verdad?
—No, no los tengo.
—¿O conocimiento de un deslizador por aquí cerca?
Dagga negó con la cabeza. Thrackan se encogió de hombros.
—Está bien. Alguno vendrá dentro de poco, se detendrá para ver cómo conseguir rodear el accidente... y entonces nosotros lo robaremos.
Dagga lo deslumbró con su mueca de escualo.
—Jefe, me gusta cómo piensa.
Se agacharon durante algún tiempo entre los árboles junto al camino, pero no vino ningún landspeeder. La explosión, con su nube de humo, había disuadido a cualquiera de huir en esa dirección.
Thrackan se encogió de hombros.
—Supongo que tendremos que caminar.
—¿Hacia dónde vamos a caminar?
—Lejos de la ciudad que está a punto de ser convertida en gravilla.
Thrackan comenzó a elegir su camino a través del campo de escombros. Había quedado relativamente poca cosa para que ardiera —la mayor parte de la fragata había sido roca— y el humo se estaba disipando.
Él y Dagga retrocedieron al resguardo de los árboles cuando un grupo de cazas bajaron aullando desde el cielo y avanzaron chirriando por el camino hacia la Ciudad de la Paz. Los cazas eran muy reconocibles, con cabinas en forma de bola y extrañas superficies dentadas a cada lado. Thrackan se extrañó.
—¿Cazas TIE? ¿Ahora nos ataca el Imperio? —Miró con odio a las naves—. ¡Esto ya es excesivo! —Alzó el dedo al cielo—. ¡Esto ya es demasiado por parte del Destino!
Esperó unos minutos, y luego se levantó de su escondite entre los arbustos y examinó el cielo cuidadosamente.
—Supongo que se han ido. Pero quedémonos en los árboles y...
Dagga escuchó con atención el cielo.
—Escuche, jefe.
Thrackan escuchó, y entonces se agachó de nuevo en los arbustos.
—Esto es ultrajante —murmuró—. ¿No tienen estas personas algo mejor que hacer?
Otro escuadrón de cazas —alas-X esta vez— pasó como una exhalación por el camino, enviando con sus estelas los últimos jirones de humo arremolinándose a los lados en rápidas y grandes espirales. Entonces del humo apareció una falange de zumbantes naves de desembarco blancas que se posaron en la inmensa cicatriz creada por la fragata caída. Los últimos rastros de humo se aplanaron por los campos repulsoelevadores cuando las naves de aterrizaje se acercaron a la tierra, y entonces las grandes compuertas delanteras se abrieron y compañías enteras de soldados blindados salieron al exterior flotando en deslizadores terrestres militares erizados con armamento.
—Bien —dijo Thrackan mientras él y Dagga intentaban ocultarse tumbándose en el césped—. Esperamos hasta que hayan avanzado a la ciudad, y entonces robamos uno de los transportes y nos dirigimos hacia casa.
Dagga le echó una mirada.
—Será mejor que esa casa esté cerca. Esos transportes no tendrán capacidad de saltar al hiperespacio.
Thrackan apretó los dientes. Esto no estaba funcionando.
Los soldados afianzaron rápidamente un perímetro, y más naves zumbaron al aterrizar. Parecía como hubiera aterrizado por lo menos todo un regimiento de soldados.
—Creo que tenemos problemas —dijo Dagga.
El perímetro de los soldados se había extendido conforme aterrizaban nuevas naves, y los soldados estaban ahora bastante cerca. Un oficial con un escáner había descubierto las dos formas de vida en los árboles, y a su orden un par de deslizadores giraron hacia el área arbolada dónde Thrackan y Dagga se estaban escondiendo.
—Bueno —dijo Thrackan—. Vamos a entregarnos. En la primera ocasión que encuentres, me liberas y robamos una nave y nos dirigimos hacia la libertad.
—Estoy con usted —dijo Dagga—, hasta el momento en el que yo le llevo conmigo. No creo que usted vaya a tener acceso a un kilo semanal de especia después de esto.
—Tengo más que especia —dijo Thrackan—. Llévame a Corellia, y descubrirás que soy apestosamente rico y deseoso de compartir...
Sus palabras se vieron interrumpidas por la orden amplificada de un oficial.
Vosotros dos, en los árboles. Salid despacio, y con las manos en alto.
Thrackan vio los ojos fríos de Dagga endurecerse cuando ella calculó sus posibilidades, y sus nervios se estremecieron al pensar que podía verse atrapado en un fuego cruzado. Decidió que sería mejor que tomase una decisión por ella.
—¡Querida! —gritó—. ¡Estamos salvados! —Y entonces, mientras se ponía trabajosamente en pie, susurró—: Deja tus armas aquí.
Dibujó una sonrisa tonta en su cara y salió de los árboles, con las manos alto.
—Ustedes son de la Nueva República, ¿cierto? ¡Benditos sean por venir! —El oficial se acercó y lo escaneó en busca de armas—. Nosotros vimos cazas TIE y pensamos que quizá el Emperador había vuelto. De nuevo. Por eso nos estábamos escondiendo.
—¿Su nombre, señor?
—Fazum —dijo rápidamente Thrackan—. Ludus Fazum. Éramos parte de un convoy de refugiados de Falleen, y fuimos capturados y esclavizados por la Brigada de la Paz. —Se volvió hacia Dagga, que estaba saliendo cuidadosamente de los árboles con sus manos levantadas—. Ésta es mi novia Dagga, eh... —Tosió, dándose cuenta de que Dagga podría tener una orden de captura en su contra— ...Farglblag. —Le dirigió una sonrisa—. ¿Qué te parece, querida? —preguntó—. ¡Nos han rescatado!
Ella consiguió sonreír.
—¡Ya te digo! —dijo ella—. ¡Es genial!
Dagga fue escaneada y resultó estar limpia. El oficial les echó una mirada escrutadora desde el borde de su casco.
—Parecen bastante bien alimentados para ser esclavos —dijo.
—¡Éramos esclavos domésticos! —dijo Thrackan—. Sólo hacíamos, eh... —Su invención le falló—. Cosas domésticas.
El oficial se volvió para mirar por encima de su hombro.
—¡Cabo!
Thrackan y Dagga fueron dirigidos a una zona abierta bajo la vigilancia del cabo. El área, una hondonada de barro con pedazos dispersos de coral yorik caliente, había sido reservada para los civiles capturados, pero Dagga y Thrackan eran, por el momento, sus únicos dos ocupantes.
¿Farglblag? —preguntó ella, con voz cortante.
—Lo siento.
—¿Cómo se deletrea?
Thrackan se encogió de hombros. Él miraba a los soldados con su armadura blanca, listos para avanzar a la Ciudad de la Paz, y se preguntaba a qué estaban esperando.
La respuesta llegó en la forma de un par de alas-X que se detuvieron en pleno vuelo sobre sus cabezas, sin saber que el gran espacio abierto había sido reservado para los civiles. Thrackan y Dagga se vieron forzados a hacerse a un lado cuando los dos cazas aterrizaron con sus elevadores de repulsión. Thrackan habló bajo la cobertura del gemido de los motores.
—Tienes un arma de repuesto, ¿verdad?
—Claro. Siempre llevo un arma que pasa los escáneres.
Los motores dejaron de gemir, y las cabinas se abrieron. Un wookiee pelirrojo se puso en pie en la cabina del más cercano y bajó a tierra.
—Bien —dijo Thrackan, bajando su voz—. Es un wookiee. No son muy listos, ya sabes. Lo que haremos ahora es que inmovilizas al wookiee, y entonces los dos saltamos al caza y salimos disparados de aquí.
Dagga levantó una ceja.
—¿Sabe pilotar un ala-X?
—Sé pilotar cualquier cosa que Incom fabrique.
—¿No habrá poco espacio?
—Será incómodo, sí. Pero no será ni de lejos tan incómodo como una prisión. —Le echó una mirada significativa—. Puedes confiar en mi palabra acerca de esa última parte.
Y si la cabina del piloto pareciera ser demasiado pequeña para ambos, pensó Thrackan, él simplemente dejaría atrás a Dagga. Sin problema.
Dagga consideró el asunto, y entonces asintió con la cabeza.
—Merece la pena intentarlo.
Ella se volvió para examinar la situación más detenidamente justo cuando el segundo piloto caminó rodeaba la nave del wookiee. Thrackan vio la figura delgada, de cabello oscuro y sintió que todo el color abandonaba su rostro. Se dio rápidamente la vuelta, pero era demasiado tarde.
—Hola, primo Thrackan —exclamó Jaina Solo—. ¿Cómo has sabido que estábamos buscándote?

domingo, 25 de abril de 2010

Ylesia (IX)

—Bomba sombra fuera. —La voz de Jaina se apoderó de los auriculares de Jacen—. Alterando el curso, treinta grados.
—Recibido, Líder Gemelo —dijo Jacen.
Jacen permanecía cubierto detrás del ala-X de Jaina mientras el caza alzaba su curso para salir fuera del camino de la flota enemiga, que estaba previsto que llegase atacando a esta parte de espacio en aproximadamente diez segundos, y usó la Fuerza para ayudar a Jaina a empujar la bomba sombra hacia adelante, hacia su blanco, un crucero clase República que era la cabeza de lanza del esfuerzo de escape de la Brigada de la Paz.
—Cazas enemigos delante. Acelerando...
Jacen ya había sentido a los pilotos enemigos en la Fuerza. Abrió fuego donde sabía que estarían, y fue recompensado con una llamarada que significaba que un piloto enemigo no había activado sus escudos a tiempo. Jacen cambió a otro objetivo y disparó, otro disparo desviado, pero las saetas golpearon en los escudos y se desvanecieron. La formación objetivo se separó de golpe como un fuego artificial, cada grupo de dos cazas alejándose del ataque de los Soles Gemelos.
En ese momento la bomba sombra de Jaina golpeó el crucero enemigo, y su proa floreció en una llama de fuego.
Jacen estaba siguiendo a Jaina tras los cazas enemigos —alas-E— que estaban realizando tirabuzones y la fusión Jedi aumentó sus percepciones. Sintió a Corran Horn efectuando un ataque relámpago a una fragata enemiga, los Caballeros Salvajes destruyendo metódicamente un vuelo de ala-B, pero el conocimiento no era intrusivo; no le exigía atención, o despistarle de su pilotaje, simplemente estaba allí, en el fondo de su mente.
—Quédate cerca, Vale —dijo Jacen a la compañera de ala de Jaina, que parecía vagar sin rumbo.
—¡Oh! ¡Lo siento!
—Nada de charla en este canal —amonestó Jaina—. Voy a girar a la derecha... ahora.
Vale aún se alejó más de su posición asignada durante esa maniobra, y a través de la Fuerza Jacen se percató de la intensa concentración de un piloto de ala-E que intentaba centrarla en su punto de mira. Jacen se alejó deliberadamente de su lugar asignado en una curva con forma de S, y al hacerlo era consciente a través de la fusión de la Fuerza de que Jaina sabía exactamente qué estaba haciendo, y por qué.
—Girando treinta grados a la izquierda —dijo Jaina, que giró su caza y el de Vale en lo que el piloto enemigo ciertamente pensaría que era un blanco perfecto...
Sólo que llevó al enemigo directamente sobre las miras de Jacen. Él disparó una ráfaga completa de los cuatro cañones láser y vio los escudos del ala-E derrumbarse bajo el fuego concentrado. Jacen disparó de nuevo, y el ala-E se desintegró.
El corazón de Jacen dio un salto cuando el compañero de ala del ala-E probó a disparar un tiro de aviso y se anotó un estallido láser triple en los escudos de Jacen —que aguantaron— y entonces Jacen se alejó, perseguido por el ala-E, hasta que el propio caza de Jaina se arremolinó siguiendo una serie elegante y pausada de arcos, y ella y Vale convirtieron al brigadista y su nave en átomos. Cuando dio alcance a Jacen, él pudo ver la austera satisfacción de Jaina a través de la cabina del piloto, y ella le saludó con una oscilación de las alas cuando él se deslizó una vez más en su posición.
Entonces él se dio cuenta de su cambio de humor, y supo que ella estaba recibiendo órdenes en el canal de mando.
—Soles Gemelos —dijo ella—. Reagrupaos. Recuperad la formación a mi alrededor. Vamos a cubrir al grupo de desembarco.
Jacen sabía que ella era renuente a dejar el combate una vez que había empezado, pero también sabía que la lucha iba bien para la Nueva República. Las fuerzas estaban equiparadas en número, pero el personal de la Brigada de la Paz simplemente no daba la talla. Algunos pilotos mercenarios en cazas estaban demostrando su valía, pero las naves capitales no estaban luchando muy bien, y algunas de ellas estaban lanzando capsulas de escape aunque no habían recibido grandes daños. Un par de escuadrones de cazas enemigos estaban huyendo la batalla tan rápido como podían, perseguidos por alas-A. Las dos fuerzas de tarea adicionales de Kre'fey pronto estarían en escena, inclinando decididamente aún más la balanza del lado de la Nueva República, y en ese punto Jacen no se sorprendería al ver como algunas de las naves de la Brigada de la Paz se rendían.
Era bueno volver a sentir al enemigo en la Fuerza, pensó Jacen. Los yuuzhan vong eran un vacío en la Fuerza, un agujero negro en el que la luz de la Fuerza desaparecía. Al menos, estos brigadistas de la Paz se registraban como una parte del universo viviente, y dado que podía sentirlos en la Fuerza, Jacen podía anticiparse a sus acciones. Comparados con los yuuzhan vong, esta gente era presa fácil.
Fácil de destruir. Saboreó un soplo de tristeza ante la necesidad: éstos objetivos no deberían ser objetivos; deberían estar luchando en nombre de la galaxia contra los invasores. En cambio, habían escogido traicionar a su propia gente, y Kyp Durron y Traest Kre'fey estaban determinados a que pagasen por ello.
El Escuadrón Soles Gemelo recuperó la formación, y el escuadrón Chiss de Jag Fel ocupó su lugar flanqueándolo. La esfera azul y blanca de Ylesia creció al acercarse. Jacen vio las fuerzas de desembarco separándose de la fuerza de tarea de Kre'fey más cercana.
—Vamos a tomar el espaciopuerto —dijo Jaina. Y también a atraer el fuego, supo Jacen, para que pudieran aprender dónde estaban las defensas y acabar con ellas antes de las fuerzas de tierra, con su nave de desembarco escasamente blindada, intentase su ataque.
—Configurad vuestros alerones para la atmósfera —dijo Jaina.
Los ala-X asumieron una forma de I cuando los cuatro alerones se reunieron para formar dos alas sencillas. El planeta azul giraba bajo ellos... y entonces vieron un parche verde, uno de los pequeños continentes que se acercaba, y Jaina inclinó su caza hacia él, con Jacen y los otros detrás.
La nave de Jacen se sacudió al entrar en la atmósfera. Las llamas lamieron sus escudos delanteros. Si miraba por encima de su hombro podía ver ondas de choque sónicas extendiéndose por sus alas como telarañas. La tierra verde se acercó aún más.
Entonces nuevos símbolos aparecieron en sus pantallas, y su propia voz hizo eco al grito de Jaina.
¡Coris! ¡Coralitas, justo delante!
Los cazas enemigos estaban despegando del espaciopuerto, el equivalente a dos escuadrones, escapando de la gravedad del planeta gracias a sus dovin basales. Y a su estela llegaba un blanco mucho más grande, un análogo de fragata. Los yuuzhan vong estaban apuntando claramente hacia la fuerza de desembarco que estaba girando sobre el planeta en órbita alta guardada por un par de fragatas y los Chillones, un escuadrón de alas-X novatos bajo el mando de un capitán de veintitrés años de edad. La escolta probablemente podría encargarse de los asaltantes —con tiempo— pero entretanto los yuuzhan vong podrían diezmar gravemente la fuerza de desembarco.
—¡Acelerando! ¡Máxima velocidad! —exclamó Jaina, y los Soles Gemelos derivaron potencia a sus motores. Estaban en buena posición para saltar sobre el enemigo mientras los yuuzhan vong se abrían camino a través de la atmósfera. Jacen miró sus pantallas y calculó ángulos, trayectorias...
—Tengo una bomba sombra, Líder Gemelo —dijo—. Permíteme hacer una pasada sobre la fragata.
A través de la fusión Jedi sintió cómo Jaina reproducía su propio cálculo.
—Gemelo Trece —decidió ella—, haz tu disparo.
Jacen hizo descender el morro de su nave y apuntó hacia la porción de aire que pensaba que la fragata atravesaría en los siguientes veinte segundos estándar o así. Era difícil evaluar el momento en el que debía soltar la carga; no podía encontrar el análogo de fragata en la Fuerza, y Jacen tenía que hacer una suposición basada en cómo aparecía en sus pantallas.
De repente sintió el poder de la Fuerza hinchando su cuerpo, como si acabara de llenar sus pulmones de puro poder universal. Los cálculos cruzaron su mente, más rápido de lo que hubiera creído posible. Y a distancia, descubrió que podía descubrir la nave enemiga, no como una presencia en la Fuerza, sino como una ausencia, un frío vacío en el universo de la vida.
Había Jedi cercanos que aún no se habían enfrentado al enemigo; Tahiri, Kyp Durron, Zekk, y Alema Rar. Dado que no habían estado distraídos por el combate, simplemente le habían prestado su poder a través de la fusión Jedi, enviándole fuerza y ayudándole en su cálculo.
Sintió el frío metal del mecanismo de lanzamiento de la bomba en su puño, y tiró de él.
—Bomba sombra lanzada.
Y entonces, mientras tiraba hacia atrás de la palanca de control y daba potencia a los motores, disparó un par de misiles de conmoción.
La bomba sombra era un proyectil sin propulsor, repleto en su lugar de la cabeza a la cola con explosivo, y que o bien flotaría hacia su blanco, o sería empujada con un poco de ayuda de la Fuerza. La falta de la estela del propulsor hacía que la bomba fuera difícil de descubrir para los yuuzhan vong, y el explosivo extra le daba un tremendo poder de pegada cuando impactaba.
Los dos misiles de conmoción pretendían ser una distracción para los yuuzhan vong; si el enemigo estaba prestando atención a los dos misiles, acercándose por una trayectoria diferente, era menos probable que vieran la bomba sombra que caía hacia ellos.
Gracias, envió Jacen a la fusión. Y entonces sintió cómo los otros desaparecían de sus percepciones cuando primero Kyp, y después los demás, fueron entrando en combate.
Las tres partes de la flota de Kre'fey acababan de unirse, pensó Jacen, con las fuerzas de la Brigada de la Paz atrapadas entre ellos. Los brigadistas estaban a punto de perder su flota entera.
El morro del ala-X de Jacen apuntó hacia arriba, hacia el distante brillo de las toberas del escuadrón de Jaina. Esto colocaba a la fragata bajo él en posición perfecta para dispararle, el fuego apuntando prácticamente a su cola. Vio los proyectiles de los cañones de plasma y los misiles acercándose, y los esquivó dando violentos bandazos por unos segundos, hasta que su bomba sombra golpeó la nave yuuzhan vong destrozándole la proa. Junto con la proa, desaparecieron los dovin basales del dovin que estaban usándose como defensa fueron, de modo que incluso los dos proyectiles de conmoción golpearon su objetivo.
Lo que condenó a la fragata yuuzhan vong no fue el daño, sino la aerodinámica. Si la fragata hubiera estado en el vacío del espacio probablemente habría sobrevivido, pero la atmósfera de Ylesia selló su destino. La fragata empezó a bambolearse por el aire como un cohete volador fuera de control cuando el viento empujaba sobre su dañada sección de proa. Los pedazos se desgajaban y salían volando, girando al caer; y entonces la fragata perdió el control por completo y empezó una espiral mortal hacia el planeta que se encontraba debajo.
La atención de Jacen ya estaba en el combate sobre él. Jaina y Jag Fel habían rechazado a los coralitas y habían matado al menos a tres de ellos, y sus cáscaras destrozadas se zambullían en la atmósfera con colas de llamas, pero ahora la batalla se había convertido en una refriega. De nuevo la aerodinámica jugaba a favor de la Nueva República: un coralita tenía toda la aerodinámica de un ladrillo, pero los ala-X, con sus estabilizadores cerrados, resultaban ser unas naves de atmósfera decentes y maniobrables. Sin embargo, Jacen sentía la tensión de Jaina a través de la fusión Jedi: la mitad del Escuadrón Soles Gemelos todavía eran novatos, carne fácil para un enemigo experimentado; y los yuuzhan vong estaban volando como veteranos.
Un ala-X de desprendía fuego cayó por detrás de Jacen mientras él ascendía, y vio una llamarada cuando el piloto salió eyectado del vehículo. Fragmentos de coral yorik ardiente chocaron contra los escudos de Jacen mientras ascendía: eso significaba que otro coralita se había sumado a la lista de bajas.
Estaría en demasiada desventaja si ascendía directamente hacia la lucha, por lo que evitó la batalla y se colocó sobre la maraña del combate antes de hacer caer su nave en un picado. Sintió como las superficies de control cortaban el aire conforme el ala-X aceleraba, y encontró un blanco ante él, un coralita que maniobraba hacia la cola de un ala-X que parecía estar vagabundeando al azar, como un dewback que buscase su manada; indudablemente uno de los novatos de Jaina. Jacen se arriesgó a lanzar un disparo de desviación, cuadró sus láseres, y abrió fuego y, sólo cuando vio que el coralita explotaba detrás de él, fue cuando el novato cayó presa del pánico, huyendo con su caza en todas direcciones para evitar una amenaza que Jacen ya había destruido.
Jacen siguió volando, vio un coralita perseguido por un desgarrador chiss, con el dovin basal del yuuzhan vong deteniendo en el aire las saetas del perseguidor mientras volaba. Era otro disparo de desviación arriesgado, pero Jacen dirigió su caza cuidadosamente tras el enemigo, en una suave curva... y entonces descubrió que se estaba quedando corto, con el enemigo bailando justo delante de sus disparos. La frustración recorrió sus nervios, y estaba a punto de pedir a su astromecánico que verificase sus controles cuando comprendió que todo era culpa del aire; la atmósfera había frenado demasiado al caza. Activó entonces un misil de conmoción, y fue recompensado viendo como golpeaba de lleno contra el costado del yuuzhan vong. El resistente coralita siguió volando, pero su dovin basal quedó distraído y el siguiente disparo del piloto chiss lo vaporizó.
El corazón de Jacen dio un brinco cuando se dio cuenta de que estaba en peligro, y empujó su palanca de control hacia la derecha mientras los disparos brillaban tras el parabrisas de su carlinga. Había pasado demasiado tiempo alineándose con su último blanco y un enemigo había saltado sobre él. Hizo tirabuzones a través del enjambre de cazas que revoloteaban y consiguió perder a su perseguidor, y cuando dejó de maniobrar tenía un enemigo justo delante de él, volando directamente a su punto de mira mientras perseguía a un desgarrador. Jacen lo desintegró con una ráfaga de láser cuádruples.
Ahora se encontraba cruzando la maraña del combate, y tiró hacia atrás de la palanca de control para subir y repetir su maniobra. Los otros habían reducido la velocidad para maniobrar, y eran blancos fáciles para cualquiera que cayera desde arriba. Dudaba poder conseguir tres derribos en cada pasada, pero no había ninguna razón para no intentarlo.
Jacen realizó una vuelta perezosa mientras examinaba la lucha a través de su cabina, entonces se puso casi vertical y dio potencia a los motores. Un lamento súbito se apoderó del comunicador.
—¡Acabo de perder los escudos traseros! ¡Cualquiera! Aquí Gemelo Dos... ¡Acabo de perder un motor! ¡Ayuda!
Gemelo Dos era Vale, la compañera de ala novata de Jaina; probablemente perdida, y sin cobertura. Sintió la creciente tensión de Jaina a través de la fusión de la Fuerza mientras esta buscaba a Gemelo Dos, y examinó la masa de oscilantes cazas al acercarse, viendo un ala-X que bailaba alocadamente con una cola de llamas, y un par de coralitas maniobrando tras él.
—Gira a la izquierda, Gemelo Dos —exclamó—. Te tengo.
—¡Girando a la izquierda! —El pánico y el alivio se dibujaron en la contestación de Vale.
Jacen activó los frenos atmosféricos y el ala-X frenó como su hubiera golpeado un lago de mercurio, y entonces hizo saltar su bamboleante caza en un giro lateral disparando contra el coralita que iba en cabeza. Sus saetas láser hicieron volar la cabina y enviaron el caza enemigo en un giro sin control hacia el planeta que se encontraba debajo. El segundo enemigo esquivó sus láseres, y Jacen hizo girar su caza en un giro aún más cerrado, con la atmósfera sacudiendo la nave y restándole velocidad. El enemigo tragó su misil de conmoción en la singularidad de su dovin basal y atrapó también los disparos láser, pero Jacen vio a Vale escapar a salvo mientras su perseguidor estaba ocupado. Y entonces los disparos enemigos comenzaron a martillear los escudos de Jacen, y él soltó los frenos atmosféricos e intentó esquivarlos, pisando a fondo el acelerador.
Había reducido demasiado la velocidad, perdiendo velocidad, maniobrabilidad y opciones. Un enemigo lo había encontrado y le había estado siguiendo la cola, lanzándole andanada tras andanada mientras intentaba desesperadamente recobrar velocidad y la capacidad de maniobrar...
El droide astromecánico de Jacen soltó un alarido electrónico cuando los escudos de popa murieron. Y entonces hubo un impacto que Jacen sintió recorriéndole el espinazo, y la palanca de control golpeó contra su mano enguantada. El ala-X se desvió abruptamente a la izquierda. Perdió tanta velocidad que los disparos del coralita que le perseguía pasaron de largo, a escasos metros de la cabina de Jacen, y su cabeza giraba sobre su cuello mientras miraba frenéticamente en todas direcciones, intentando descubrir cualquier amenaza adicional...
Y allí estaba. En el extremo de los estabilizadores izquierdos de Jacen, con sus garras clavadas en los cañones láser gemelos, había un grutchin, uno de las criaturas insectoides aladas, devoradoras de metal, que los yuuzhan vong a veces lanzaban con sus proyectiles. Un grutchin que le devolvió a Jacen una malévola mirada de ojos negros, antes de volver a su trabajo y dar un tranquilo bocado al estabilizador superior izquierdo.
Jacen hizo un picado para ganar velocidad, manipulando los mandos frenéticamente para mantener el ala-X mientras el peso y los daños del grutchin amenazaban con desestabilizarlo. Conforme ganaba velocidad, fue recompensado con el grutchin clavando sus garras más firmemente en el estabilizador, luchando contra el empuje que estaba recibiendo de la atmósfera. Jacen sintió que sus labios se contraían en una sonrisa áspera. Había esperado que el viento arrojaría al grutchin lejos de él, pero éste el siguiente mejor resultado posible: la criatura no podría comerse su nave mientras que estuviera gastando toda su fuerza tan sólo en agarrarse.
Entonces Jacen tiró de la palanca de control y dio potencia a los motores. La única manera de librarse del grutchin era abrir la carlinga y echar a esa cosa fuera de su ala de un disparo, pero él no podría abrir el dosel y ponerse de pie mientras estuviera en la atmósfera de Ylesia; el viento le arrancaría directamente de la nave y le enviaría dando volteretas hacia el planeta bajo él con la mitad de los huesos de su cuerpo rotos.
Un dilema interesante, pensó. El grutchin no podría comerse su nave mientras Jacen estuviera volando a cierta velocidad a través de la atmósfera, pero él no podría librarse del grutchin mientras no saliera por completo de la atmósfera. Esto requería juicio fino.
—Aquí Gemelo Trece —dijo por el comunicador—. Tengo un grutchin en mi ala. Regresaré en cuanto me ocupe de él.
—Recibido —dijo la voz de Jaina. Él pudo oír la presión del combate en la breve expresión, y sentir su tensión en la Fuerza.
Jacen mantuvo su mirada en el grutchin y sus impulsores a plena potencia. Mantuvo el morro de la nave levantado cuanto pudo sin perder velocidad, y lentamente la resistencia de la atmósfera fue aliviándose conforme el aire se hacía más fino. Cuando el grutchin pudo alzar su cabeza y dar otro mordisco al cañón láser superior de babor, Jacen puso el ala-X sobre su cola y voló directamente hacia el espacio. El grutchin modificó su agarre y dio otro mordisco, y el cañón láser se desprendió y giró alejándose por el cielo que comenzaba a oscurecerse. Jacen alcanzó su bláster y lo soltó de su pistolera. El silbido del viento contra la cabina casi había desaparecido. El segundo láser salió dando tumbos por el cielo, y el grutchin se volvió, con sus garras sujetas firmemente en el metal, y caminó metódicamente a lo largo de los dos estabilizadores unidas, dirigiéndose hacia el motor.
Jacen separó los estabilizadores en posición de X-posición, esperando que se soltase o que perdiera velocidad, pero sin éxito. En cambio sintió, más que oyó, un golpe cuando la cabeza del grutchin cayó como un puño de metal sobre la cubierta del motor.
Será mejor hacer algo, pensó. Soltó el pestillo de la cabina del piloto; conforme la cabina se despresurizaba, aparecieron campos de fuerza a su alrededor, conservando su aire. El sonido de vuelo desapareció, aunque todavía podía sentir la vibración de su nave resonando por su espinazo. Luces rojas destellaban en los monitores del motor. Tanteó los controles de los servos de la cabina, abriéndola ligeramente. Cuando no sintió ninguna turbulencia, abrió la cabina por completo.
Convocó la Fuerza para guiar los mandos del caza mientras se ponía en pie en la cabina del piloto y sacaba el bláster de su pistolera. Al asomarse al exterior de la cabina del piloto vio el estabilizador izquierdo alejarse dando vueltas, devorado desde la raíz. Hubo una llamarada de fuego en el motor y este se apagó.
Seguramente, pensó, la llamarada fue suficiente para cocinar al grutchin. Se asomó más al exterior, apoyando un brazo en el borde de la piloto, y sacó el bláster al exterior.
Los ojos como joyas del grutchin le devolvieron la mirada con propósito malévolo. Y entonces las alas de la criatura se extendieron, y el corazón de Jacen dio una sacudida al darse cuenta de que el grutchin iba a brincar directamente hacia su cara.
Disparó mientras ensayaba mentalmente el movimiento necesario para coger su sable de luz con su mano libre en caso de que el bláster no hiciera el trabajo. Disparó otra vez, y otra. El grutchin retrocedió, con sus patas delanteras provistas de garras arañando el espacio sin aire entre ellos, y Jacen disparó dos veces más.
La cabeza del grutchin se alejó dando vueltas por el vacío. El resto del grutchin la siguió después.
Los blásteres sirven, se recordó Jacen volvía a asentarse en la cabina del piloto y sellaba la carlinga.
Su droide astromecánico ya había preparado un informe de daños. Los escudos traseros habían caído, habían perdido ambos láseres de babor junto con el estabilizador-S superior de babor; el otro estabilizador de babor estaba dañado, y un motor destruido.
Jacen dio un puñetazo de frustración al soporte de la cabina. La aerodinámica del ala-X había sido echada a perder; si ahora entrase en la atmósfera para ayudar Jaina, su nave entraría en un giro que sólo acabaría cuando chocase contra tierra.
Él había venido aquí para ayudar Jaina, para asegurarse de que ella nunca estaría sin su apoyo. Ahora la estaba dejando en una lucha desesperada con el enemigo.
Pero una vez tuvo ocasión de escuchar el canal de comunicaciones de los Soles Gemelos, parecía que Jaina ya no necesitaba su ayuda. Estaba pidiendo a su escuadrón que se reagrupase.
—Líder Gemelo, aquí Gemelo Trece —dijo—. Me he ocupado del grutchin.
Jaina estaba muy seria.
—Gemelo Trece, ¿cuál es tu estado?
—Voy a necesitar conseguir un nuevo caza antes de que pueda reunirme con vosotros. ¿Cuál es vuestro estado?
—La lucha ha terminado. Kyp y Saba vinieron a ayudarnos. Estamos reagrupándonos para atacar el espaciopuerto y cubrir el desembarco.
—¿Y la flota de los brigadistas?
—Se rindió. Por eso Kyp y Saba se vieron libres para unirse a nosotros. —Hubo una pausa—. Gemelo Trece, Gemelo Dos ha perdido un motor. Necesito que la escoltes para reunirse con la flota.
—Entendido —dijo Jacen—, aunque considerado el estado de mi caza, puede que Vale termine escoltándome a mí.
Escuchó risitas por el comunicador. A través de la fusión Jacen sintió a su hermana soportando el humor con paciencia.
—Tan sólo llévala hasta allí, Gemelo Trece —dijo ella finalmente.
—Entendido —dijo Jacen, y giró su caza para poder ver a Vale acercándose desde el planeta que se encontraba bajo él.