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jueves, 6 de junio de 2013

Corredores de lum (y III)


Flanqueado por Luies y Smythers, capitán Orr se dirigió con confianza entre sus hombres hacia el grupo reunido en la base del Corredor de lum. Con la sonrisa malévola de un ferrocato sorprendido devorando una rata womp, se tomó un momento para disfrutar del aspecto sorprendido de su presa de esta noche.
-Mi nombre es capitán Orr de la Oficina Imperial de Aduanas. En nombre del Emperador, llevaré a cabo una inspección de su nave y del cargamento que va a cambiar de manos. Confío en que no habrá ninguna objeción. -Orr examinó los rostros reunidos, buscando indicios de problemas.
-Ninguna en absoluto, capitán -dijo Shamus en nombre del grupo-. Nos complace agradar al Imperio. -Su expresión decía lo contrario.
-¿Es usted el capitán Falconi? -preguntó Orr al pelirrojo desgarbado que tenía delante. Sin esperar respuesta, se volvió hacia el wookiee-. Y esta cosa debe ser su copiloto Grasheel. Confío en que sus permisos estén en orden. -El wookiee echó hacia delante una de sus enormes manos, pero rápidamente abortó el apretón de manos cuando un soldado de asalto levantó su bláster. Estudiando al técnico de barredoras y al arcona, Orr presionó-. Indiquen su nombre y ocupación -exigió.
Luies dio un paso adelante para hablar, pero fue cortado por el teniente Smythers.
-Capitán Luies, puede reunirse con sus hombres. Este es un asunto Imperial.
El capitán Luies vaciló durante un segundo y luego se cuadró.
-Si me disculpa, señor -dijo complaciente al capitán Orr.
El teniente Smythers extrajo una tarjeta de datos y la introdujo con cuidado en su cuaderno de datos.
-Señor, me he tomado la libertad de identificar a estos seres y he investigado sus historiales completos.
Orr requisó el cuaderno de datos.
-Excelente, teniente. Como siempre. Estoy impresionado con su visión de futuro y su eficiencia.
El teniente Smythers resplandeció visiblemente por el cumplido.
-¿Seguimos adelante, señor?

***

Dutan Lee estaba desconcertado. Falconi había dado la señal de que algo estaba pasando, y ahora tenían a los imperiales echándoles el aliento en el cuello. Esto no era bueno, no, definitivamente no era bueno en absoluto.
-¿Cuál es su nombre y ocupación, arcona? -exigió el capitán imperial. Dutan Lee tardó un momento en darse cuenta de que había repetido la pregunta.
-Soy Dutan Lee de Exportaciones de Suministros Mineros Dutan. Fabricamos todos nuestros productos aquí en Gallisport, capitán. Esto es un envío de piezas con destino al Sistema Mestra. –La lengua de Lee se movió nerviosamente mientras varios soldados de asalto se acercaron a la carga que iban a sacar del planeta y comenzaron a desprecintar cajas. ¿Cómo podía Falconi permitir esto? Sabía que esas cajas contenían armas imperiales robadas.
Qué lío tan terrible, pensó para sí mismo. Dutan Lee sabía cómo trataba el Imperio a los contrabandistas y traficantes de armas.
Los soldados consiguieron abrir la primera caja, rompiendo los precintos aduaneros locales en el proceso. Mirando dentro, el líder de los soldados de asalto anunció:
-Equipamiento minero.
-Sargento, no va a encontrar nada justo en la parte superior. A veces hay que ser más concienzudo -dijo el teniente Smythers con una risita. Liberando el pestillo lateral, permitió que la parte delantera de la caja de embalaje cayera, derramando su contenido a sus pies.
Mientras el soldado de asalto examinaba el contenido. Dutan Lee pensaba en cómo iba a pasar los últimos minutos de su vida.
-Equipamiento minero -declaró con voz inexpresiva el soldado de asalto-. Pasemos a la siguiente.
Obligándose finalmente a mirar, Dutan Lee no podía creer su suerte. ¡Las armas no estaban en las cajas! Una breve pausa siguió a ese pensamiento. ¿Las armas no estaban en las cajas? Pero si no estaban en las cajas, ¿a dónde se habían marchado? ¡Traicionado, apuñalado por la espalda, privado de mi sustento! Distintas ideas inundaron su mente. Esta no sería la primera vez que unos contrabandistas trataban de engañarle.
Mientras cajón tras cajón de equipos y piezas de minería eran vertidos sin contemplaciones, el miedo de Lee fue sustituido por la ira.
-¡¿Qué han hecho?! ¡Por su bien espero que ese equipo no resulte dañado! ¡Todavía tengo que venderlo! ¿Cuáles son sus números operativos?
Para pacificar al enojado arcona, el teniente Smythers ordenó al capitán de puerto Luies y a sus soldados que volvieran a embalar las cajas.
-Asegúrese de colocar precintos imperiales en estas cajas, Luies. –Los sellos imperiales aseguraban a los inspectores aduaneros que la caja había sido examinado a fondo por la Oficina de Aduanas. Mientras que los sellos no manifestasen ningún signo de alteración, podían pasar por alto las aduanas normales y ser entregados directamente al cliente final-. Eso debería ser más que suficiente para apaciguar a este "hombre de negocios" -dijo Smythers con disgusto. Un soldado de asalto vigilaba mientras el capitán Luies y sus hombres se pusieron manos a la obra, repartiendo los sellos imperiales a medida que avanzaban.

***

El teniente Smythers se acercó vacilante al capitán Orr.
-Señor, tal vez nuestro informante estaba equivocado. ¿Deberíamos pasar a nuestro próximo sospechoso?
Sumido en sus pensamientos, el capitán Orr se acarició distraídamente la barbilla mientras calculaba su próximo movimiento.
-No, teniente, aquí está pasando algo, puedo sentirlo -susurró. A continuación, en voz muy alta, anunció-: Que pase el equipo de escaneo. Quiero que se realice de inmediato un análisis de esta bahía de aterrizaje. Y luego comenzaremos con la nave. Denme una exploración completa de la nave y su contenido. Sean minuciosos... no queremos que el capitán Falconi piense que le estamos ofreciendo un tratamiento inferior al que se merece.
-Eso no nos gustaría, ¿verdad, Grasheel? -murmuró Falconi a su compañero. El wookiee respondió con un ruido sordo.
-También podría usted decirnos qué es lo que va a pasar hoy de contrabando, capitán Falconi -dijo Orr-. Mi equipo de escaneo es uno de los mejores del Imperio. Los elegí yo personalmente uno a uno, y no se dejan engañar fácilmente –añadió-. Confiese ahora y seré indulgente con usted y su acompañante. Incluso podría evitarle un viaje a las minas de especia de Kessel. -Orr rió malvadamente mientras miraba a la pareja de contrabandistas. Definitivamente, los contrabandistas se estaban poniendo nerviosos, pensó Orr. Mira cómo se retuercen. Van a quebrarse, aunque tenga que quebrarlos yo mismo.
Los minutos pasaron en silencio mientras el equipo de escaneo llevaba a cabo su deber. Después de lo que pareció toda una vida, el equipo regresó.
-La nave está limpia, señor -anunció el jefe de los técnicos del escáner.
-¿Limpia? Eso no puede ser. ¿Han buscado compartimentos ocultos? Siempre tratan de usar compartimentos ocultos -exclamó Orr con furia.
-Sí, señor. No había ninguna indicación de zonas ocultas a bordo de la nave. En los compartimentos de carga tampoco se ha encontrado nada inusual al registrarlos. Las lecturas preliminares han indicado bobinas repulsores de grado industrial y diversos alcoholes, señor.
Aturdido, pero no disuadido, Orr indicó a Smythers y a los dos contrabandistas que lo siguieran a la bodega de carga.
-Creo que vamos a tener que hacerlo a la antigua manera.

***

El teniente Smythers siguió al capitán Orr, permaneciendo cuidadosamente a la derecha y un poco más atrás de su superior. La academia inculcaba el protocolo adecuado en sus cadetes, y eso había seguido a Smythers en su misión en ese planeta perdido. La única manera de avanzar en la Armada Imperial era complacer a tus superiores. Smythers sobresalía en esa tarea, teniendo al capitán Orr constantemente actualizado e informado, siguiendo sus órdenes a rajatabla. Y aunque el capitán Orr nunca se había equivocado antes, el teniente estaba empezando a tener dudas acerca de esa inspección.
Las bodegas de carga estaban repletas de cajas y contenedores, y olía a lum y algo más. Orr sonrió, como era su costumbre cuando sabía que había capturado a su presa. Las bodegas de carga apestaban a culpabilidad.
-Excelente -dijo. Orr se dirigió a los soldados de asalto allí reunidos y a los oficiales de abordaje que los habían seguido al interior-. Examinen esta bodega al milímetro. Quiero mostrar al buen capitán Falconi aquí presente que nosotros no jugamos en Gallisport. -Orr tomó posición detrás de Shamus y Grasheel para observar sus reacciones mientras sus hombres comenzaban sus investigaciones.
Smythers asignó rápidamente posiciones y tareas, y luego centró su atención personal en las cajas etiquetados como alcohol. La inspección visual progresaba lentamente y Smythers podía sentir la impaciencia del capitán Orr.
-Hasta ahora sólo lum y vino corelliano, señor -anunció.
-Aparte esas cajas, Smythers, y vaya al fondo. Si están ocultando algo, estará allí atrás -dijo Orr-. Y parecen ponerse más nerviosos cuanto más atrás buscamos.
Rápidamente se apartaron las cajas a un lado, despejando un camino para acceder a la parte posterior de la bodega de carga. Smythers echó un vistazo a los dos contrabandistas, que desde luego estaban inquietos y sudando.
-Abra una de esas cajas de allí atrás -ordenó a un soldado de asalto. La caja fue abierta rápidamente, exponiendo varias botellas con etiquetas verdes, una de las cuales fue entregada a Smythers-. Más lum, señor -dijo tímidamente el teniente. El rojo de la rabia coloreó el rostro de Orr. Smythers no podía dejar de pensar en que recibiría la peor parte de la inminente explosión.
-¿Y bien, teniente? -dijo Orr entre dientes-. No se quede ahí parado. Ábrala.
El tapón se quitó fácilmente y Smythers olfateó rápidamente la botella.
-Huele a lum, señor.
-Los olores pueden ser engañosos, teniente. Creo que deberíamos realizar una prueba para estar seguros. Que el wookiee tome un trago.
El pánico casi abrumó a Smythers mientras tendía la botella a Grasheel. El wookiee estaba sacudiendo la cabeza muy vigorosamente, indicando que apartasen la botella lejos de él. Smythers recordó un dicho que su abuela le dijo una vez: "Puedes acercar un wookiee al lum, pero no puedes obligarlo a beber." El wookiee no aceptaría la botella.
-¿Qué le pasa, Falconi? ¿Sabe él algo que no me están diciendo? -preguntó Orr.
-En realidad, sí -dijo Falconi con un encogimiento de hombros-. No es su marca.
Con furia, Orr tomó la botella y la clavó en las manos enormes del wookiee.
-Capitán Falconi -dijo con rabia-, él va a beber esto ahora mismo o le incautaré su nave desde ahora hasta el fin de los tiempos. ¿Ha quedado claro?
Grasheel intercambió una última mirada de preocupación con Falconi y se llevó a los labios la botella que le ofrecían. Cerrando los ojos, tomó un cauteloso sorbo del líquido espeso. El wookiee se convulsionó mientras una serie de toses salvajes sacudía su cuerpo. Luego, abriendo un ojo, una mirada de sorpresa cruzó su cara peluda... tras la cual vino un grito feliz cuando Grasheel se bebió el resto del lum en un tiempo récord.

***

TG-421 se detuvo en frente de las cajas supuestamente llenas de bobinas repulsoras. El soldado de asalto estaba ansioso por terminar con la inspección de una vez.
-Desplegaos y empezad a abrir cajas al azar -ordenó a su equipo-. Comparad el contenido con el manifiesto de carga. Informad de inmediato de cualquier discrepancia. -Acercándose a la caja más cercana, rompió el sello. La tapa se abrió con facilidad, revelando varias grandes bobinas repulsoras industriales embalados para su envío. Hizo un gesto al equipo de escaneo mientras sacaba con cuidado la pesada bobina fuera de su material de embalaje. La bobina resultó resbaladiza y difícil de sostener. Instintivamente, apretó la bobina, presionándola firmemente contra su pecho.
TG-421 no se dio cuenta de su error hasta que el técnico del escáner hubo completado la lectura. Las bobinas habían sido revestidas con un gel anti-corrosión para protegerlas durante el envío. De inmediato volvió a dejar la bobina en la caja. Leyendo cuidadosamente las instrucciones de embalaje, se apartó de la caja como si se tratara de un detonador térmico.
-¡Anti-Corr 113! -Su voz llena de pánico crepitó en la red de comunicación de los soldados de asalto-. ¡Inspección visual solamente! ¡No toquéis las bobinas!
Su advertencia llegó demasiado tarde para algunos de los otros soldados de asalto. Vio con horror como la otrora brillante armadura blanca de su equipo comenzaba a cambiar a un color azul pálido donde había tocado el Anti-Corr. Los productos tratados con Anti-Corr 113 podrían permanecer expuestos a altas temperaturas y ambientes peligrosos durante años sin efectos adversos. Por desgracia, su único efecto secundario era la mala costumbre de teñir todo lo que tocaba con un tono bastante enfermizo de azul. Estaba especialmente diseñado para penetrar profundamente para una mayor protección, y rara vez podía limpiarse o eliminarse. TG-421 sólo podía mirar con impotencia como sus soldados extendían involuntariamente la contaminación en sus vanos intentos de limpiar sus armaduras sucias.

***

El escuadrón de soldados de asalto se reunió en el exterior del Corredor de lum, tratando de ocultar las manchas azules. Smythers esperó pacientemente detrás de Orr mientras los dos comerciantes independientes y sus clientes permanecían cerca de la rampa de la nave a la espera del veredicto. Orr miró largo y tendido a los canallas en un último intento de captar algo incriminatorio en ellos.
-Tienes mucha suerte, capitán Falconi. Su nave está limpia -proclamó finalmente, enfurecido por la mirada de suficiencia que pasó por el rostro de la pareja. Sabía que tramaban algo sucio. Y aunque no podía encerrarlos, podía hacer que su vida fuera miserable.
-Les quiero a ustedes dos fuera de mi puerto estelar en una hora –susurró-, o haré que les detengan bajo cargos de vagancia y mendicidad. ¿Está claro? -No se expresaron objeciones-. Bien. Teniente Smythers, vayamos a...
-Disculpe... ¿Capitán Orr? -interrumpió el Capitán de Puerto Luies tendiéndole su cuaderno de datos-. Necesitaré que firme estos sellos imperiales.
Orr tomó el cuaderno de datos y lo examinó brevemente. Después de autorizar el manifiesto, descargó una copia en los registros oficiales imperiales. Devolviéndole el cuaderno de datos, ordenó:
-Capitán Luies, asegúrese de que estas cargas se intercambian de inmediato. Utilice tantos de sus hombres como sea necesario. Quiero a estos dos y a su nave fuera de mi puerto espacial en una hora... o le haré responsable personalmente.
Fue un furioso capitán Orr quien encabezó la procesión de imperiales saliendo de la bahía de atraque 1831. Acababa de ser puesto en ridículo y necesitaba un nuevo objetivo al que atacar.
-Smythers, ¿cuál es la próxima nave que esperamos que llegue?
El teniente escaneó su cuaderno de datos en busca de la lista proporcionada por el informante.
-El Última Oportunidad, un YT-1300 corelliano, capitaneado por una tal Platt Okeefe, señor -dijo.
-Excelente -ronroneó Orr-. Excelente.

***

Una vez que los imperiales se hubieron ido, el Capitán de Puerto Luies activó su comunicador.
-Traedlo. -Luies sonreía mientras dos esquifes repulsores con la insignia del puerto estelar atravesaron las puertas abiertas del hangar, parando junto a la rampa de carga de la nave. Los moteros de Chop se unieron a grupos de soldados de Luies que comenzaban a descargar varios cajones y cajas que llevan sellos imperiales.
-¿Qué está pasando? -preguntó Dutan Lee.
-Sólo están preparando su mercancía para cargarla, Dutan. ¿Todavía quiere formar parte de este trato, no? -respondió Shamus con una pequeña sonrisa.
-Pero, ¿qué hay de esos contenedores llenos de equipos de minería?
-Puede dar las gracias al Capitán de Puerto Luies aquí presente por ellos, y por mantener su carga segura mientras llevábamos a cabo este pequeño truco. –El capitán Luies hizo una ligera reverencia ante la mención de su nombre-. Ahora tenemos documentación legal para eludir cualquier inspección de camino a Mestra. Esos sellos en los equipos de minería tienen números distintos a los sellos de sus contenedores.
Una mirada de comprensión cruzó la cara del Arcona.
-Bueno, esto es realmente una sorpresa -dijo Dutan Lee, sonriendo radiante.
-En realidad, no fue nada -proclamó Luies. Extrajo un segundo cuaderno de datos de su espalda e hizo otra reverencia-. Un simple juego de manos, nada más.
-Ahora, mientras los hombres hacen su trabajo, vamos adentro para liquidar nuestras deudas. -Shamus indicó con un gesto hacia el interior de la nave. Cuando todos estuvieron sentados, continuó-. Chop, tu cargamento de gas tibanna refinado está almacenado en las primeras cajas de lum, las de las etiquetas rojas. Afortunadamente para nosotros, siempre piensan que tratamos de ocultar las cosas tan lejos de ellos como sea posible, ¿verdad, Grasheel? -El wookiee dio un bramido afirmativo-. Las bobinas militares que pediste están metidas dentro de esas grandes bobinas industriales. Un golpe seco en el extremo y descubriréis que saldrán fácilmente. Ah, y aseguraos de usar guantes. No querréis mancharos las manos en ese Anti-Corr.
-Gracias. Shamus. Te lo agradezco -dijo con una amplia sonrisa.
-Usted juega a un juego peligroso, capitán Falconi. Razón por la cual usted es uno de mis favoritos -intervino Luies-. Ahora, ¿podemos hablar de las compensaciones?
Un rápido intercambio de créditos dejó a todos contentos. Los contrabandistas perdieron un poco de dinero en esa etapa del viaje, pero la entrega de las armas escondidas en los equipos de minería para Mestra lo compensaría más que de sobra.
-Creo que deberíamos celebrarlo -proclamó Falconi, sacando una botella de raava socorrano de debajo de un asiento. Sirvió a todos una ronda.
-¡Capitán! ¡El raava socorrano es ilegal aquí en Gallisport! –gritó Luies a Shamus, poniéndose en pie de un salto. La sala quedó en silencio.
-¿Qué sugiere que hagamos al respecto, inspector?
-Eliminar las pruebas -respondió Luies, vaciando su copa con una sonrisa de satisfacción.
Shamus brindó con el Capitán de Puerto Luies.
-Esto parece el comienzo de una hermosa amistad.

miércoles, 5 de junio de 2013

Corredores de lum (II)


Dentro de la bahía de atraque 1831, Chop Harlison observó el aterrizaje de la gran nave patrulla convertida en carguero. En medio de una serie de chasquidos metálicos y los agudos chirridos, el PB-950 corelliano se posó pesadamente sobre sus antiguas patas de aterrizaje. Varios de los moteros de Chop comenzaron a avanzar, en dirección a las escotillas exteriores de la nave. Él les ordenó que se retiraran. Al otro lado de la bahía de aterrizaje observó a Dutan Lee encender el esquife de carga. Atrayendo la atención de Dutan, le lanzó una mirada inquisitiva. El traficante de armas arcona parecía tranquilo y relajado, y, como Chop, parecía estar esperando algo más. Pasaron los segundos mientras el Corredor de lum apagaba sus motores, devolviendo la bahía a un relativo silencio. Chop observó la cabina de cerca, y pudo ver las siluetas de los pilotos moviéndose. Entonces las luces de la cabina se apagaron, sumiéndola en una total oscuridad rota tan sólo por el breve destello de un mechero.
Eso era lo que esperaba: la señal de que estaban siendo observados. Ahora Chop empezó a preocuparse en serio. ¿Qué curso de acción deberían tomar? ¿Mantenerse firmes y echarse un farol, o huir lo más rápido posible? Sus moteros empezaron a ponerse nerviosos, mirando las distintas salidas de la bahía, trazando posibles vías de escape. El sudor corría por su espalda mientras esperaba a que se extendiera la rampa principal de la nave. Conforme la escotilla de embarque se abría con un movimiento giratorio, de las entrañas de la nave emanaron olores asfixiantes de humo y lum, y dos figuras descendieron por la rampa.
El enorme wookiee bajó primero por la rampa, dando lentas chupadas a un grueso cigarrillo y dejando tras de sí grandes nubes de humo de color azul verdoso. Shamus caminaba con aire casual detrás de él. Chop respiró un poco más tranquilo: era el wookiee quien estaba fumando el cigarrillo. Chop volvió hacia sus hombres. Habían visto la señal, y estaban tranquilizándose... preparándose para echar un farol.
Chop avanzó, bramando una bienvenida.
-Shamus Falconi, viejo corredor de lum. Justo a tiempo como siempre. -Le tendió una mano carnosa para que se la estrechara.
Un gruñido escapó de Grasheel, quien avanzó para interceptar a ambos. Grasheel tenía un aspecto extraño, incluso para un wookiee. Llevaba varios adornos trenzados en su oscuro pelaje, lo sólo servía para hacer aún más intimidante su rostro. Un pañuelo rojo de seda estaba atado alrededor de su cabeza peluda, obviamente una moda a la que wookiee se había aficionado.
-Oh, lo siento, Grasheel, ahora iba a saludarte -dijo Chop consolando el orgullo herido del wookiee, y maniobrando para evitar un abrazo aplastante.
-Sí, bienvenido, capitán Falconi -saludó Dutan Lee, uniéndose al grupo en la base de la rampa.
-Buenas noches, caballeros. Empecemos. -Shamus sonrió a ambos. Arrancando el cigarrillo de la boca del wookiee, lo arrojó al otro lado de la bahía de aterrizaje-. Tira esa cosa, alfombra super-desarrollada, me está dando dolor de cabeza.
La conversación fue interrumpida cuando un fuerte ruido surgió de las puertas principales de la bahía de aterrizaje. Avanzando rápidamente a medida que las puertas se abrían, un escuadrón de soldados de asalto con armadura blanca entró en la bahía de aterrizaje y asumió posiciones defensivas. Por detrás y por encima podían escucharse más ruidos, lo que indicaba que las tropas armadas también habían tomado posiciones a lo largo de las paredes de la bahía de atraque. El Imperio había llegado a la bahía de atraque 1831, y el abordaje del Corredor de lum acababa de empezar.

martes, 4 de junio de 2013

Corredores de lum (I)

Corredores de lum
John Beyer y Wayne Humfleet

lum: n. Una bebida alcohólica común que se encuentra en todo el espacio conocido.
carrera de lum: n. 1. Una tarea o asignación que se ha vuelto común o de rutina. 2. Un esfuerzo que implica poco o ningún riesgo.
corredor de lum: n. 1. Término elogioso para describir a un profesional capaz de hacer que una tarea difícil o imposible parezca común o de rutina. 2. Término peyorativo para describir a una persona con una reputación de asumir trabajos fáciles o asignaciones de bajo riesgo.

En estos tiempos difíciles, los contrabandistas se encuentran a un crédito la docena. Los rebeldes necesitan armas, los señores del crimen demandan especia y el mercado negro quiere proporcionar grandes cantidades de productos exóticos. Cada capitán con nave propia y cada viajero espacial de cierto nivel se jacta de ser el contrabandista perfecto. Aun así, con cada entrega exitosa, el Imperio responde con un aumento de las patrullas y las acciones de abordaje. Tarde o temprano cada contrabandista es abordado. Eso es lo más lejos que consigue llegar la mayoría de los contrabandistas, ya sea arrojando sus cargas al espacio o poniendo fin a sus carreras -cuando no a sus vidas- a manos del Imperio. Sin embargo, algunos contrabandistas navegan a través de los abordajes aparentemente sin esfuerzo. Esos son los corredores de lum, los contrabandistas que conocen los trucos del oficio... los trucos que diferencian a los contrabandistas buenos de los muertos.

***

Contrabando por diversión y dinero

El capitán Orr miró la pantalla ante él, con los ojos recorriendo rápidamente las lecturas que iban saliendo.
-¿Está seguro de que esta es la nave de la que nos hablaron? -le preguntó al agente de aduanas que controlaba el tráfico de datos del espaciopuerto.
-Sí, señor -respondió confiado el controlador-. El informante declaró que el PB-950 corelliano llamado Corredor de lum podría ser una de las naves que intentan sacar armas de contrabando de Gallisport esta noche. La nave está registrada a nombre de un tal capitán Shamus Falconi, y su código de transpondedor se ha confirmado con la OdNS, señor.
-¿Órdenes de arresto pendientes sobre el capitán Falconi? -preguntó Orr ansiosamente.
-No, señor, su expediente está limpio. ¿Debo informar al Control del Puerto Estelar para dar autorización de aterrizaje a la nave?
Una sonrisa apareció en el frio y enjuto rostro de Orr.
-Excelente. –ronroneó-. Sí, que la autoridad del puerto le conceda la autorización estándar, y luego ponga en alerta al teniente Smythers y su equipo de inspección. Que un destacamento de soldados de asalto y un equipo de exploración completa se reúna con él en el exterior de la bahía de atraque de la nave. Que no tome ninguna acción hasta que yo llegue. Me encargaré personalmente de esta inspección.
Volviéndose a mirar al sorprendido controlador, Orr sacó una pipa de hueso de bantha ricamente tallada de su bolsillo y la llenó con una pizca de tabacc.
-Estos contrabandistas de poca monta nunca aprenden -dijo Orr, adoptando un tono superior-. Revolotean por la galaxia llevando a cabo sus negocios ilícitos, burlándose de las leyes del Emperador... mientras se creen demasiado inteligentes para ser atrapados. Y el descaro de éste al llamar Corredor de lum a su nave, está pidiendo a gritos que le den una lección.
Orr hizo una pausa, saboreando la emoción de la ira que crecía en su interior. Colocándose la pipa en la boca, encendió un fósforo y prendió el tabacc. Luego, mirando fijamente a la llama todavía ardiente, continuó.
-Creo que es el momento de eliminar algo de arrogancia en la actitud del capitán Falconi. Me pregunto cómo se lo tomará cuando un representante competente del Imperio inspeccione su nave. –Con un recargado movimiento de sus dedos, pellizcó la llama para apagarla-. Sí, muy pronto veremos si sigue siendo tan presuntuoso.

***

El capitán del puerto Renea Luies esperó pacientemente en el puesto de control cerca de la bahía 1831. A través de los macrobinoculares observaba con atención mientras la antigua patrullera abandonaba su órbita de espera y comenzaba su larga bajada. Después de comprobar su crono y tomar nota de la hora para los registros oficiales, el Capitán de Puerto Luies devolvió su atención hacia el oficial Imperial de Aduanas que daba vueltas nerviosamente a su lado.
Raramente el capitán Luies se dejaba impresionar por la parafernalia de los uniformes imperiales. A diferencia de su propio uniforme azul profundo, de apariencia resplandeciente con sus trenzados rojos y dorados, encontraba que los uniformes imperiales eran monótonos y aburridos. Al igual que ese joven teniente Smythers que había irrumpido en sus oficinas privadas exigiendo atención inmediata. Aunque el capitán Luies estaba oficialmente al mando, el Imperio solía tomar a menudo el control de los recursos del puerto estelar. Así que, como tantas veces antes, el capitán Luies y sus soldados del puerto se vieron relegados al papel de los músculos de apoyo, tratados como poco más que jornaleros en su propio puerto espacial. El capitán Luies encontraba que eso era degradante e insultante. Sin embargo, eso era el Imperio y él no era más que un sirviente fiel.
Con una amplia sonrisa, Luies activó una estación de monitorización y le indicó al teniente que observase.
-He verificado la identificación de los que ya están presentes en el hangar -anunció, ajustando la pantalla de visualización-. El Arcona que ve junto a los esquifes es Dutan. Dirige un negocio de suministros mineros y no tiene antecedentes penales. El humano a su lado es Chop Harlison, un técnico de barredoras con antecedentes menores de robo y mala conducta pública. Las demás que se ven allí son en su mayoría escoria. Son miembros de una Banda local de moteros, contratados como mano de obra barata. Parecen estar desarmado, aunque podrían estar ocultando casi cualquier cosa.
“He hecho una copia de nuestros archivos para sus registros -declaró Luies, entregándole una tarjeta de datos-. Ahora, si me acompaña por aquí, teniente Smythers, podemos comprobar el despliegue de nuestros guardias.

***

-Muy bien. Grasheel, nos han concedido autorización para aterrizar en la bahía de atraque 1831. Comienza a calibrar los escáneres -anunció Shamus Falconi mientras ajustaba el curso de la antigua patrullera. Echó un vistazo por encima del hombro del gigante wookie de pelaje color marrón oscuro, casi negro, sentado en la estación de ingeniería de la nave. Las manazas del wookie bailaban sobre los controles del escáner haciendo delicados ajustes a los equipos más sensibles de la nave.
Grasheel preguntó algo con un gruñido y jugueteó con un gran pendiente de aro atado en su pelaje donde normalmente lo llevaría un ser humano.
-No, no creo que te haga parecer deslumbrante. Además, no creo que él quisiera dártelo.
Grasheel protestó en voz alta, con una serie ensordecedora de gruñidos y aullidos.
-Ya sé que le devolviste su oreja. Pero creo que él no vio la generosidad de ese gesto. Personalmente creo que pareces... -Shamus se vio interrumpido por el pitido de una de las alarmas de la nave que indica que estaban siendo escaneados.
Debajo de ellos, el mayor puerto estelar del planeta apareció a la vista. Shamus apagó la alarma e hizo un pequeño ajuste a la velocidad de la nave.
-Preparados... listos... ¡ya! -gritó. Inmediatamente las manos de Grasheel volaron en un torbellino de movimiento. Había muy pocos seres en la galaxia que pudieran realizar una lectura de escaneo de formas de vida tan rápida y concienzudamente como Grasheel... aun así, lo que estaban haciendo no dejaba margen para el error. Al montar su escaneo de sensores encima de la frecuencia de retorno del escaneo del puerto estelar, los contrabandistas esperaban obtener una lectura de la bahía de aterrizaje sin que pareciera sospechoso. Si estaban siendo observados, en estos últimos momentos la actividad de un sensor enfocado sería como mostrar su mano en una partida de sabacc con altas apuestas.
Grasheel dejó escapar un gruñido de satisfacción mientras mostraba sus resultados.
-Hemos atraído a un comité de bienvenida -concluyó Shamus-. Por su número y por cómo están desplegados, yo diría que son imperiales. -Grasheel mostró su acuerdo sacudiendo la cabeza, e hizo un sonido que era una pregunta-. Sí, estoy seguro de que esto va a funcionar. Además... ya es demasiado tarde para echarse atrás.

martes, 16 de abril de 2013

Bandas de moteros (y III)


El desafío

-Va a hacer trampa –dijo Chop, con una seriedad inusual en su voz.
Quayce asintió con la cabeza. Se ajustó las gafas de sol sobre los ojos; al arrancar el motor, su barredora cobró vida con un rugido. El ruido de la barredora modificada ahogó los abucheos de la multitud. Esta no iba a ser una audiencia fácil de contentar. Por suerte, el código del desafío mantenía a raya a los Arañas. Sabiendo que no interferirían, Quayce sólo tendría que preocuparse en caso de que perdiera. Se tomó un instante para ajustarse el cinturón de seguridad; no serviría de nada que se cayera antes de que comenzase la carrera.
Junto a ella, en su propia barredora, Dean Lado le hizo una mueca de desdén. Como la mayor parte de los Arañas, era engreído; una mezcla peligrosa cuando se combinaba con un corazón de hielo. Lado quería para sí el prototipo de barredora Honda Estelar, y haría cualquier cosa para poseerlo. ¿Cuántos de los Arañas habían desperdiciado sus vidas tratando de conseguir la barredora experimental y habían fracasado? Era difícil de decir.
Esta vez era distinto. El objetivo de Dean Lado no era la Honda Estelar en sí, sino la hija de Chop, Jardra. Jardra era una buena chica; Quayce desearía que no estuviera envuelta en este lío. La prometedora carrera como cantante de Jardra acababa de empezar con el lanzamiento de “Guerra de Trincheras”, una canción de rock que ya estaba en la lista de canciones prohibidas por el Imperio.
-¡El cinturón no te servirá de nada! ¡Ya has perdido! ¿Por qué no me entregas los planos de la Honda Estelar y te olvidas de esto? –exclamó Lado con una sonrisa asomando en su boca.
-¡Eres un peligro motorizado, Lado! –replicó ella.
Quayce deseó estar tan segura de sí misma como aparentaba. Lado no sabía que ella pilotaba el prototipo de la Honda Estelar, el mismísimo premio que ansiaba. Sin embargo, él tenía una ventaja; Lado era un excelente corredor, y habitualmente ganaba de un modo u otro en cada carrera de barredoras de las bandas en la que participaba. Ella, por su parte, era una piloto competente, pero nunca había corrido en ninguna de las carreras anteriores. Sus únicas ventajas eran la Honda Estelar y un “ecualizador” especial que esperaba no necesitar. Debía mantenerse centrada. Lado era conocido por tender trampas a sus oponentes, y un error podría resultar fatal.
La única regla de la carrera era que no hubiera interferencias externas. El desafío era simple; tres vueltas alrededor del antiguo circuito de barredoras, que estaba cubierto de escombros por los años de abandono. No había forma de saber cuándo o dónde caería algún fragmento del estadio. Los pilotos debían confiar únicamente en su instinto para guiarles. Si Lado ganaba, obtendría los planos de la Honda Estelar, y Quayce renunciaría al liderazgo de los Mynocks. Si Quayce ganaba, Jardra les sería devuelta y Lado dejaría de ser el líder de los Arañas- El código del desafío obligaba al perdedor a aceptar el resultado. No hacerlo, supondría que toda la banda quedaría en desgracia.
El estadio quedó en silencio cuando dos corpulentos Arañas escoltaron a Jardra al centro de la pista llena de escombros. En cada mano, llevaba banderas con los colores de cada una de las bandas: roja y negra para los Mynocks, plateada y azul para los Arañas.
Asustada, miró a Quayce buscando apoyo. Quayce le hizo un gesto levantando los pulgares que llevó una pequeña sonrisa al rostro de Jardra. Indicó a ambos pilotos que se preparasen, alzando ambas banderas al aire sobre su cabeza. Quayce y Lado revolucionaron sus respectivos motores preparándose para la inminente señal. Chop retrocedió fuera de la pista, exclamando y gritando a pleno pulmón en apoyo de la líder de los Mynocks. Jardra miró a ambos pilotos. Entonces las banderas cayeron. Ambas barredoras salieron disparadas hacia delante con una ferocidad que sorprendió incluso a los miembros más veteranos de las bandas. La carrera había comenzado.
Lado se puso en cabeza con facilidad, maniobrando su barredora por encima y entre los obstáculos. Quayce se quedó atrás, pero no por mucho. La Honda Estelar se comportaba casi como una barredora normal. Sus impulsores especiales permanecerían latentes mientras no los activase. Chop le había advertido antes de la carrera que los usase sólo en caso de emergencia. Aunque la Honda Estelar podría adelantar con facilidad a la otra barredora, el primer y único viaje de prueba de su predecesora usando los impulsores había terminado en una feroz explosión. Si eso no acababa con Quayce, sin duda acabaría con los motores de la barredora. Tendría que arriesgarse a usar los impulsores como última opción.
La primera vuelta terminó con Lado en cabeza. En absoluto sorprendida, Quayce continuó en la carrera. En varias ocasiones Lado trató de obligarla a ir al extremo exterior de la pista, donde había mayor cantidad de escombros. Quayce consiguió permanecer fuera de esa zona de peligro, pero cada esfuerzo le había hecho perder terreno. Lado mostraba una sonrisa de suficiencia al comenzar la segunda vuelta. Aminoró bruscamente al entrar en la primera curva, haciendo chocar su barredora con la de ella. Una y otra vez las barredoras colisionaron cuando Lado trataba de empujar a Quayce contra las ruinas del estadio derrumbado.
Quayce ajustó sus controles, ajustando los daños menores. Por debajo de ella, el suelo pasaba a una velocidad de escándalo, haciendo que la pista y los espectadores se fundieran en un indistinguible borrón. Cuando los pilotos entraron en la vuelta final, Quayce se preparó para otro intento de Lado de obligarla a salir de la pista. Para su sorpresa, ni siquiera lo intentó. En lugar de eso, se mantuvo lejos de ella y ahora estaba corriendo a máxima velocidad hacia la última curva. Persiguiéndole justo detrás, vio cómo Lado sacaba una pequeña caja del interior de su chaleco. La caja no mostraba ningún rasgo especial, salvo por un pequeño botón rojo justo en el centro.
-A ese juego pueden jugar dos –se dijo Quayce mientras extraía un pequeño dispositivo esférico del interior de su chaleco; el “ecualizador”. Años de ganar carreras habían ayudado a Lado a dominar las técnicas de arrinconamiento, y salieron a la recta final, con él manteniendo el liderato. Apuntando con la pequeña caja delante de él, Lado presionó el botón rojo. De pronto, delante de ellos brillaron pequeñas luces verdes, anunciando visiblemente la presencia de un totalmente letal campo de minas repulsoras.
Las minas repulsoras, supuso Quayce, probablemente estaban ajustadas para detonar al sentir un segundo campo repulsoelevador. Lado pasaría disparado e, incapaz de maniobrar, Quayce seguiría a su estela, volando en pedazos al hacerlo. Quayce se preparó para activar los impulsores de la Honda Estelar, pero Lado había obtenido demasiada ventaja sobre ella, haciendo imposible un adelantamiento limpio.
Saboreando la victoria, Lado dejó que la caja negra se deslizase de su mano. Cayó al suelo, haciéndose pedazos al rebotar sobre la pista. Con una sonrisa triunfal, Lado miró por encima de su hombro para observar la reacción de Quayce. Quayce, sin embargo, había ignorado su última maniobra. Para sorpresa de Lado, estaba gritando algo, y sus palabras eran imposibles de distinguir. Ella le lanzó algo: el “ecualizador”. Lado palideció cuando la inconfundible forma de una granada magnética volaba hacia él y, con un golpe magnético, se quedaba pegada a su barredora. Lado comenzó a girar sin control, tratando sin éxito de soltar la granada magnética de su moto. Viendo su oportunidad, Quayce activó los impulsores. Con un brusco acelerón, Quayce pasó como un cohete junto a Lado justo cuando las barredoras entraban al campo de minas. Lado gritó con incredulidad cuando la primera mina detonó debajo de él. La fuerza de la explosión lo empujó aún más hacia las minas. Las minas restantes detonaron simultáneamente en una tremenda explosión que sacudió los cimientos del estadio. Una bola de fuego se abrió sobre la pista de barredoras, lanzando llamas a más de cien metros de altura. Quayce surgió de la bola de fuego, con el chaleco ardiendo y su barredora en llamas cuando la Honda Estelar se prendió fuego. Rápidamente cortó la energía a los impulsores y se desabrochó el cinturón de seguridad. Cuando la barredora cruzó la línea de meta, Quayce saltó al suelo, rodando sobre sí misma para extinguir las llamas de sus ropas. La Honda Estelar pasó rugiendo, chocó contra el muro del estadio, y estalló.
El desafío había terminado. Quayce había ganado y Dean Lado estaba muerto. Avanzó cojeando para reunirse con Chop y Jardra en un emotivo reencuentro.
-Cuando vimos el campo de minas, pensábamos que estabas acabada –dijo Chop-. ¿Qué es lo que hiciste para distraer a Lado?
-¿Recuerdas la granada magnética que los Arañas nos lanzaron la semana pasada? –preguntó-. Simplemente les he devuelto el favor.
Chop abrió los ojos como platos.
-Pero no funcionaba. Estaba defectuosa. Tú debías saber eso.
Sacudiéndose el hollín del chaleco, Quayce respondió:
-Yo lo sabía. Tú lo sabías. –Señalando por encima de su hombro a los restos en llamas que antes habían sido Dean Lado, dijo-: ¡Díselo al peligro motorizado!

lunes, 15 de abril de 2013

Bandas de moteros (II)


Una cosa curiosa que ocurrió en la cantina...

Roy alzó su copa en un brindis, con el líquido azul brillando antinaturalmente bajo la tenue iluminación de la cantina. Los otros siguieron su ejemplo, alzando sus bebidas.
-Que los Mynocks sepan cuidar de sí mismos, y de su hogar –proclamó con sus toscos modales. El resto respondió al brindis con una fuerte exclamación de ánimo antes de vaciar sus copas de un trago.
-Al menos la Zona Tres no pasará hambre esta semana después del asalto a ese centro de alimentos –intervino Quayce. Los demás Mynocks ocuparon sus asientos alrededor de la mesa con un murmullo de aprobación.
-Me alegro de que hayamos acabado con eso, estoy hambriento –dijo Roy como si tal cosa.
-Y lo estarás, Roy –respondió Quayce con una sonrisa.
El ruido de la cantina estaba a su volumen habitual: muy alto. Los Mynocks habitualmente acudían allí para celebrar el éxito de una misión contra la corrupción del gobierno de Gallisport. Sevron Ta, el astuto sullustano propietario de la Percha de Ta, se aseguraba de que los Mynocks Rabiosos siempre tuvieran una mesa. Además, tener a los protectores de la Zona Tres como clientes habituales era muy bueno para el negocio, proporcionando una sensación de seguridad al resto de parroquianos.
Un silencio inusual cayó sobre la cantina. Todos los ojos se dirigieron a la entrada, donde se encontraba un grupo de recién llegados. Llevaban los ponchos de color marrón claro como la arena de los Banthas Furiosos, una nueva banda que se había aliado con los Arañas para arrebatar a los Mynocks el control de la zona. El líder, un matón llamado Westwood, llevaba en la mano una bandera roja y negra; la bandera de los Mynocks Rabiosos.
-Os dije que no volvierais a mostrar vuestras caras en territorio Bantha, perdedores. Parece que no me habéis escuchado –dijo Westwood con voz nasal. Sus palabras resultaban casi ininteligibles por culpa del cigarrillo que sujetaba con firmeza entre sus dientes. Arrojando la bandera al aire, extrajo su bláster y disparó. La bandera se agitó en el aire y cayó, humeante, al suelo.
Roy y Quayce intercambiaron miradas, con una sonrisa asomando en sus rostros.
-Menudo idiota –dijo Quayce.
-Esto va a ser divertido –respondió Roy.

viernes, 12 de abril de 2013

Bandas de moteros (I)

Bandas de moteros
John Beyer y Wayne Humfleet

Los agudos aullidos de múltiples motores repulsores resonaron por las estrechas calles y callejones de Gallisport, anunciando otro enfrentamiento más entre las autoridades y los residentes locales. Perseguidas muy de cerca, dos barredoras repulsoras volaban a velocidades de vértigo. Los pilotos llevaban los colores rojo y negro distintivos de una banda de moteros local, los Mynocks Rabiosos. Las barredoras eran seguidas, peligrosamente cerca, por un par de transportes de personal con armamento ligero, con los motores esforzándose al límite. Los pilotos de barredoras aún no habían logrado despistar a los transportes en el laberinto de calles y edificios del distrito financiero abandonado, a pesar de algunas peligrosas maniobras.
Quayce, la piloto de pelo azabache en la barredora de cabeza, soltó un juramento entre sus dientes apretados y luego activó el auricular comunicador que llevaba puesto.
-¡¿Por qué no se marchan ya a casa?! –exclamó al micrófono-. Total, todo lo que hicimos fue robar unas cuantas rebanadas de pan.
En la barredora que seguía, Roy ajustó los impulsores y se colocó junto a la barredora de Quayce antes de contestar.
-Asaltar un centro de distribución de alimentos y dejarlo vacío es más que sólo “robar unas cuantas rebanadas de pan”. ¿O no eres capaz de hacer esas distinciones?
-No hago distinciones cuando estoy hambrienta –gruñó-. Además, esto lo empezaron ellos. Sólo porque unos cuantos trabajadores de fábricas estén en huelga no es motivo para detener la distribución de alimentos al resto de nosotros.
-Eso es irrelevante ahora –declaró Roy-. ¡Además, tenemos que regresar antes de que repartan todo lo bueno!
Quayce se atrevió a echar un rápido vistazo por encima del hombro. Apenas 10 metros detrás de ellos zumbaban los dos transportes, con las letras “A.L.A.L.” visibles en un oscuro azul metalizado sobre el casco gris mate. Esto no estaba bien, pensó. Se suponía que las Autoridades Legales Autorizadas Legalmente (llamadas ALALs por las bandas) no mostraban tanta dedicación. Contratadas por un gobierno corrupto para mantener el control en lugares a los que las verdaderas fuerzas de seguridad tenían miedo de ir, las ALALs no resultaban ser otra cosa más que matones a sueldo. En algunos de los suburbios exteriores de Gallisport, las ALALs eran de hecho operadas por las mismas bandas y organizaciones criminales para cuya captura habían sido contratadas. A menos que estuvieran bien pagados, había pocos incentivos para que esa ayuda contratada arriesgase sus vidas hasta ese punto.
El asalto de hoy –por muy osada que fuera su naturaleza- había sido pequeño en comparación con las usuales revueltas por comida. Al atacar justo cuando los guardias del centro realizaban el cambio de turno, la banda había pillado por sorpresa a los defensores. Los Mynocks Rabiosos ya estaban de retirada cuando comenzó el contraataque. La banda se retiró y se dividió en grupos pequeños, permitiendo que los transportes de tierra escapasen con la comida robada. A estas alturas, los transportes ya deberían haber alcanzado sus diversos destinos y la distribución de alimentos a la población hambrienta ya habría comenzado hace un buen rato. Durante los 10 últimos minutos Quayce y Roy habían estado dirigiendo a los dos transportes de personal a una caza de gundarks salvajes, ganando tiempo adicional para los transportes. Normalmente, a estas alturas los ALALs ya se habrían rendido y habrían abandonado la persecución, pero esta vez se estaban tomando realmente en serio sus deberes. La idea de dar alimentos gratis a la gente hambrienta debía de haber tocado la fibra sensible de alguien en las altas esferas. Quayce estaba convencida de que en ese mismo momento alguien estaba tirando de hilos y reclamando favores para obtener una respuesta con tanta dedicación.
-Muelles de carga justo delante –exclamó Roy por el comunicador-. Tú mandas, Jefa.
Quayce se lo pensó sólo un instante antes de responder.
-Juguemos un poco a arriba y abajo. ¡Yo voy arriba!
Giró bruscamente a la izquierda, fuera de la calle principal, desapareciendo por la conexión de un túnel de servicio. Simultáneamente, Roy repitió la maniobra, pero viró a la derecha y giró hacia un túnel de servicio en el lado opuesto de la calle.
Predeciblemente, los transportes rompieron la formación, uno siguiendo a Quayce y el otro a Roy. Los túneles de servicio sólo tenían unos cinco metros de alto y no mucho más de ancho. Construidos principalmente como acceso subterráneo a los sistemas de cableado de energía y comunicaciones, el limitado espacio de los túneles impedían pensar en cualquier maniobra descabellada. Aunque los transportes portaban armas ligeras, no había mucho temor de que realmente llegase a abrir fuego. Estaban construidos para control de masas, no para persecuciones a alta velocidad. Cualquier disparo probablemente no acertaría a las barredoras, más pequeñas y ágiles, y el drenaje de potencia provocaría que los transportes perdieran velocidad.
Los túneles continuarían descendiendo bajo los muelles de carga en una suave curva semicircular antes de volver a subir al nivel de la calle. Quayce abrió gas a fondo. Tras ella, el súbito cambio de tono del motor del transporte le indico que las ALALs habían hecho lo mismo. Inclinándose sobre sus controles, Quayce ajustó su campo repulsor, ganando tanta altitud como pudo atreverse. A escasos centímetros sobre su cabeza, el techo pasaba disparado a una velocidad mareante. Quayce se permitió que una sonrisa cruzase sus labios firmemente cerrados, sabiendo que en ese mismo instante Roy estaría ejecutando una maniobra similar. Sin embargo, en lugar de ganar altitud, Roy estaría reduciendo su campo repulsor al mínimo posible, permitiendo que su barredora acariciase el suelo a una altura suicida.
El ascenso del túnel había comenzado, con la luz de última hora de la tarde señalando la salida justo delante. Conteniendo el aliento y tarareando mentalmente su melodía favorita, Quayce cruzó la salida como una exhalación, volviendo a la calle principal. Inmediatamente, giró con brusquedad a la izquierda, colocando su barredora en el centro del camino. La barredora de Roy surgió de su viaje subterráneo frente a ella, arrancando chispas al rozar el suelo de la calle. Con menos de medio metro de separación, Roy pasó directamente bajo la parte inferior de la barredora de Quayce. Inmediatamente giró a la derecha, sin atreverse a alzar la cabeza.
Sólo unos segundos después de ellos, dos transportes de personal surgieron de sus respectivos túneles a máxima velocidad. Incluso si los pilotos de los transportes blindados pudieran reaccionar, no tenían ningún lugar al que ir. De modo contundente y bastante espectacular, los dos vehículos trataron de ocupar la misma parte de la calle exactamente al mismo tiempo. EL impacto causó una resonante explosión que rompió cristales y agitó edificios en más de un kilómetro a la redonda.
Aminorando hasta detenerse, los pilotos de ambas barredoras respiraron por fin y se incorporaron de sus posiciones agachadas. Volviendo la mirada al espectáculo de fuegos artificiales, Roy dejó escapar un grito que debería haber sido ensordecedor... si el rugido de la explosión les hubiera dejado intacta la audición. Quayce esperó a que su oído dejara de pitar antes de preguntar a Roy si quería ir a algún sitio a comer algo. Riendo con ganas casi tanto por el alivio como por auténtica diversión, aceleraron sus barredoras y se dirigieron a casa.