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jueves, 4 de octubre de 2012

Un rayo de esperanza (y VI)


Tres personas entraron silenciosamente en el edificio a través de una sala de mantenimiento en lo más profundo del Cuartel General Imperial. La entrada secreta había estado allí mucho antes de la llegada de los imperiales a Garos IV, pero sólo unos pocos miembros de la resistencia sabían de su existencia.
Alex comprobó su bláster por enésima vez. Configurado para aturdir. Los dos hombres que la acompañaban revisaron sus propias armas, rifles bláster de la equitación estándar de los soldados de asalto que habían sido confiscados durante una redada anterior.
-¿Listos?
Uno de los hombres asintió con la cabeza y estaba a punto de pulsar el panel para abrir la puerta cuando Alex sintió un hormigueo que le subía por la columna vertebral.
-Esperad... -susurró a sus compañeros. Nadie se atrevió a respirar. Al principio no oyeron nada. Luego, el inconfundible eco de pisadas sonó por el pasillo al otro lado de la puerta. Al final del pasillo, los pasos se detuvieron, una puerta se abrió y luego se cerró. El pasillo quedó en silencio.
Los luchadores por la libertad avanzaron silenciosamente por el pasillo hacia el turboascensor. Su objetivo era el bloque de detención un nivel por encima, donde su compañero Scat estaba preso. A esas horas de la noche, habría dos guardias de servicio. Esperaban moverse rápidamente y sorprender a los imperiales antes de que tuvieran la oportunidad de pedir ayuda. Luego localizarían a Scat y saldrían del bloque de celdas. Toda la operación no debería durar mucho más de un minuto.
Por supuesto, las cosas no siempre salían según lo planeado... unas voces amortiguadas que se oían desde la última habitación cerca del turboascensor hicieron que Alex se detuviera. Levantó la mano, señalando a los otros dos hombres que pararan. Señaló la puerta.
-¿Cuántos? –vocalizó uno de sus compañeros, sin emitir ningún sonido. Alex levantó dos, luego tres dedos, encogiéndose de hombros. Ellos asintieron, moviéndose hacia el turboascensor, pero cautelosos ante esta amenaza a sus espaldas. Alex apretó el panel para llamar al turboascensor y se dio cuenta de que ya estaba en movimiento, dirigiéndose hacia ese nivel, el más bajo del cuartel general.
-Alguien viene -susurró.
Agazapados a uno y otro lado de las puertas del turboascensor, los tres luchadores por la libertad esperaron. La puerta se abrió y un hombre joven fue empujado al pasillo. Por el rabillo del ojo vio que las tres figuras enmascaradas vestidas de negro. Instintivamente, se tiró al suelo.
Frente a ellos, otra puerta se abrió y el teniente que se suponía que esa noche iba a interrogar a un prisionero se encontró frente a los miembros de la resistencia. Alex Se separó de la pared y disparó contra el soldado de asalto que había estado custodiando a Scat en el turboascensor. Sus amigos dispararon contra el teniente, que ni siquiera tuvo tiempo de sacar su arma. Se precipitaron hacia la habitación en la que habían oído las voces de unos momentos antes. Los disparos de bláster habían alertado a los otros oficiales imperiales que estaban dentro. Uno de ellos fue neutralizado, a mitad de camino de extraer su propio bláster, y el otro pulsó su comunicador para pedir ayuda.
En cuestión de segundos todo había terminado, siendo todos los imperiales aturdidos por los rifles bláster de sus enemigos. Una alarma sonaba mientras los cuatro combatientes por la libertad se dirigían por el pasillo hacia la sala de mantenimiento.
Para cuando la seguridad llegó, Alex y sus compañeros estaban completamente fuera de la vista. En la sala de mantenimiento, buscó a tientas la muesca en la parte posterior de una sección de estanterías y la apretó, revelando la entrada del pasadizo secreto por el que habían entrado.
Diez segundos más tarde, el grupo ya había salido a través del túnel y se encontraba a salvo.
Misión cumplida.

Un rayo de esperanza (V)


Estaba  sonando la medianoche en el reloj antiguo del vestíbulo cuando Alex y Tork Winger se despedían de sus huéspedes dándoles las buenas noches. Había sido una noche fascinante. No era de extrañar que el tema principal de conversación hubiera sido el ataque contra el convoy de suministros.
Alexandra no se separó del capitán Brandei, con la esperanza de descubrir adónde estaba enviando el Imperio el mineral. Tuvo cuidado de no hacer demasiadas preguntas, pero se encontró con que todos los demás en la fiesta de la cena preguntaron casi todo lo que necesitaba saber. Por desgracia, el capitán no soltó prenda sobre la ubicación de la planta de fabricación. Pero sí que explicó a un grupo de diplomáticos que el difunto emperador había tenido una visión de la contribución de Garos al esfuerzo de la guerra, y había dejado instrucciones específicas sobre el mineral.
Increíble, pensó Alex, el Emperador había tenido visiones del futuro. Había crecido escuchando historias sobre el Emperador y sus poderes místicos... los poderes de la Fuerza. Y su destrucción a manos del joven Jedi llamado Luke Skywalker era una historia que nadie se atrevería a olvidar. Alex había tratado de aprender más acerca de los Caballeros Jedi, especialmente sobre ese poder de ver el futuro. Muchos de sus propios sueños -ella nunca los llamaba realmente visiones- se habían hecho realidad. Pero no podía imaginarse a sí misma con los demás poderes atribuidos a las pocas personas conocidas como Jedi. Sin embargo, de alguna manera, todo le parecía tan familiar...
Ojalá los Jedi lleguen a Garos. Que vengan a ayudar a mi gente, pensó mientras movía la mano sin pensar, despidiendo a un grupo de comandantes que montaban en un deslizador terrestre para regresar al espaciopuerto.
A lo lejos, en su mente, vio a otro grupo de personas... Estaban diciendo adiós... estaban en la bahía de aterrizaje de una nave espacial. ¡Y se vio a ella misma allí, sentada en la cabina de un caza estelar Ala-X! ¿Un Ala-X? ¿Cómo galaxias? Otro piloto estaba de pie en la escalera de su nave. Era el hombre de su sueño... ¡el hombre en los Acantilados! Le tocó la mano y estaba segura de que la llamó por su nombre...
-¿Alexandra?
La voz parecía distante. Alex tardó un momento en darse cuenta de que era su padrastro quien le había tomado la mano. Ella le sonrió.
-Creo que me iré a la cama, Padre. –Bostezó-. Estoy muy cansada.
-Ha sido un día largo, Alexandra. Gracias por ser una anfitriona encantadora. -Le dio un beso en la mejilla-. El capitán Brandei quedó muy impresionado contigo esta noche -dijo mientras caminaban de regreso al vestíbulo tomados del brazo-. Creo que va a recomendarte para la Academia.
-Oh, Padre, ¿realmente lo crees? -Justo lo que siempre quise, pensó sarcásticamente.
-Sí. Me aseguraré de que lo consigas antes de que se marche el Justiciero -agregó Winger.
-¿Cuándo será eso?
-Dentro de un día o dos. El capitán dijo que mañana intentarán de nuevo trasladar otro cargamento de mineral al espaciopuerto.
-Me imagino que la seguridad será mucho más fuerte. ¡Todavía no puedo creer que la resistencia atacase ese convoy a sólo tres kilómetros de aquí!
-Sí -dijo, con un poco de preocupación en su voz-. ¿Sabes, Alexandra? Tal vez deberías arreglarlo para quedarte en la universidad hasta que este negocio haya concluido. Me preocupa pensar en que viajes sola por la ciudad. Puede que incluso tenga que pensar en solicitar guardias para la mansión del gobernador.
-Oh, Padre, por favor. Odiaría tener que pensar que vivimos en un cuartel militar -dijo Alex, pensando en las dificultades de salir y entrar a escondidas de una mansión vigilada día y noche por soldados de asalto.
-Estos son tiempos difíciles, Alexandra. No quiero que sufras ningún daño.
-Está bien, padre. No hablemos de esto ahora. Estoy demasiado cansada -dijo ella, sofocando otro bostezo-. ¿Te veré en el desayuno?
-Sí, por supuesto, querida. Buenas noches, Alexandra.
-Buenas noches, Padre.

Un rayo de esperanza (IV)


El aerodeslizador de Alex se deslizó a lo largo de la sinuosa carretera de montaña al sur del espaciopuerto. Tenía tal instinto natural para el pilotaje, que casi podía volar con los ojos vendados.
No hay signos de aumento de la actividad por aquí, pensó. Le sorprendió que los imperiales no parecieran demasiado preocupados por de su cargamento de mineral, incluso después del incidente de la noche anterior. Bueno, esperemos que eso haga nuestro trabajo un poco más fácil.
Alex giró su aerodeslizador para salir de la carretera principal y se detuvo cerca de un kilómetro hacia el oeste. Allí había una serie de cuevas que había descubierto cuando era una niña, que resultaban perfectas para ocultar aerodeslizadores, o cualquier arma que pudiera resultar útil a la resistencia. Introdujo su aerodeslizador al interior de una cueva, iluminando la oscuridad con sus luces, y avanzó a unos 50 metros de la entrada antes de detenerse.
La cueva estaba desierta; sus compañeros habían tomado de su escondite el lanzador de misiles Plex robado. Estarían establecidos a unos dos kilómetros hacia el sureste, al acecho de ese convoy de suministros. Alex se puso algo de ropa de camuflaje y luego agarró su rifle bláster y sus macrobinoculares del compartimiento oculto en el deslizador terrestre. Echó a andar a paso ligero para ponerse en su posición para el ataque inminente.
Alex se abrió paso cuidadosamente a través del terreno densamente arbolado, ascendiendo una colina, bajando por el otro lado y volviendo a subir la siguiente. Echó un vistazo a su espalda -no quería que se repitiera lo de la última noche- pero no vio ni rastro de soldados exploradores en la selva.
Desde su posición en la cima de la colina Hargon, Alex tenía una visión clara de una pequeña porción de la carretera a unos 150 metros de distancia. Sabía que a todo su alrededor, en las colinas, 30 miembros de la resistencia estaban esperando, cada uno con un ángulo ligeramente sobre el camino. A cada persona se le había asignado un objetivo específico. Tendrían suerte si conseguían efectuar más de dos disparos, por lo que cada tiro tenía que contar.
Alex examinó el visor de su rifle desintegrador apuntando a un punto de la carretera donde esperaba que aparecieran dos soldados exploradores. Miró su cronómetro. Ya no tardarán mucho, pensó.
El bosque amortiguó los sonidos de los dos exploradores de avanzada, pero Alex los vio mientras seguían el sinuoso camino hacia el espaciopuerto. Justo a tiempo. Respiró profundamente, tratando de relajarse y colocarse en una posición cómoda. Pasó un tenso minuto más. Luego, a través de la mira, observó como primero dos, y luego cuatro soldados exploradores más, aparecieron en el camino. El primer esquife iba detrás de ese grupo. De repente, una explosión sacudió la ladera cuando el misil Plex encontró su primer objetivo. Alex disparó inmediatamente su primer tiro, golpeando al tercer soldado explorador. Otro disparo, y abatió también al que se encontraba a su lado. Otra explosión iluminó el bosque cuando el segundo esquife explotó en llamas. Alex miró a través de sus macros y, desde su posición ventajosa, pudo ver cuatro soldados exploradores muertos. Un quinto parecía estar herido, arrastrándose lejos de su destrozado deslizador. Partes del esquife habían salido volando a metros de distancia en todas las direcciones, probablemente matando a algunos otros soldados.
Pero por ahora, el trabajo de Alex estaba hecho. Se colgó del hombro el rifle bláster y descendió por la ladera de la montaña hacia el noroeste, donde estaba oculto su aerodeslizador. Casi tenía las cuevas a la vista cuando alguien salió de detrás de un árbol y la abordó, tirándola al suelo. Trató de apartarse de él, pero él era mucho más fuerte. Ella estaba tumbada boca abajo en el suelo cuando él le quitó la prenda de la cabeza y le dio la vuelta.
-¡Santo Imperio! dijo. Era Lej Carner. ¿Qué galaxias estaba haciendo aquí? Debe haberme seguido, probablemente preguntándose por qué me salté el giro hacia la mansión del gobernador. Se preguntó si sabía algo acerca de las cuevas. ¡Alex, pensó para sí, tienes que tener más cuidado!
-¡Quítate de encima! -le gritó, con la esperanza de hacerle perder el equilibrio.
-Alexandra -dijo, alejándose de ella, pero sacando un bláster de su cinturón-, llevas unas prendas muy extrañas. -Hizo una pausa, y luego señaló su bláster-. Bonito rifle. ¿Equipación estándar de la resistencia?
Alex se sentó mirándole. Si tan sólo pudiera mantener la calma durante unos minutos, seguramente alguno de sus compañeros aparecería. Tenía que retenerle. Empezó a levantarse.
-Cuidado –dijo él-. Aléjate del rifle. Despacio. Vaya, Alexandra, apuesto a que no escuchaste esas dos explosiones, ¿verdad?
Su tono chorreaba sarcasmo, pero Alex le mantuvo la mirada. Se acercó a él un paso.
-Lej, yo...
-No te molestes, Alexandra. No quiero tener nada que ver con traidores.
Por el rabillo del ojo, Alex vio un movimiento en los árboles de su izquierda. Desvió la mirada hacia la derecha, y los ojos de Lej le siguieron. Obviamente, esa no era su línea de trabajo. Se había olvidado de que probablemente ella tendría compañeros. Miró a su alrededor con nerviosismo, y luego se acercó y empujó a Alex hacia su deslizador terrestre.
Alex se tiró al suelo, y escuchó cómo sonaba un disparo. Miró hacia atrás para ver como Lej se desplomaba en el suelo rocoso, muriendo al instante por el disparo de bláster.
Un hombre al que conocía como Chance apareció de detrás de un árbol.
-¿Estás bien? -le preguntó.
Ella asintió, pero se sentía más agitada de lo que quería admitir.
-Gracias -dijo ella, sin querer mirar el cuerpo de su compañero de clase, pero obligándose a hacerlo.
Chance le puso su mano sobre el hombro.
-Ya pasó todo -le dijo.
Alex tomó una respiración profunda.
-Si. Voy a mover el deslizador terrestre a la cueva -dijo.
-Yo me desharé del cuerpo -dijo Chance. Se echó el cuerpo sin vida sobre los hombros y se dirigió hacia los Acantilados.
Después de que Alex moviera el deslizador terrestre de Lej a las profundidades de las cuevas, se cambió de ropa, devolvió el rifle bláster y los macrobinoculares a su compartimiento oculto, y sacó de la cueva su propio deslizador terrestre.
Sabía que el camino principal pronto estaría lleno de tropas Imperiales, pero el camino de regreso a la mansión del gobernador estaba desierto. Sólo había un kilómetro hasta la avenida principal cerca de la mansión. Todo parecía perfectamente normal mientras llevaba el deslizador terrestre bajo el pórtico delantero de la mansión. Aparcó, cogió sus libros y se dirigió a la casa. Miró su cronómetro. Eran las 13:10.

martes, 2 de octubre de 2012

Un rayo de esperanza (III)


Alex trató de ahogar un bostezo, pero esa última conferencia en la universidad acerca de la estructura militar imperial debía ser lo más aburrido que podía ofrecerle el curso. Desafortunadamente, era obligatoria para todos los estudiantes desde que el Imperio había establecido una presencia en Garos.
Y Alex, a diferencia de muchos de sus compañeros de clase, tenía el potencial, pero no el deseo, de ir a la Academia Raithal. Ser una mujer podría haber puesto un freno a esa idea, pero Alexandra Winger era la hija de un gobernador imperial. Y era una estudiante brillante. Si los tiempos hubieran sido diferentes, sin duda a esas alturas ya estaría en la Academia.
Pero ése era el quid de la cuestión. El Emperador había muerto, y la flota imperial se encontraba en un estado de confusión desorganizada. Almirantes, gobernadores, y capitanes de la flota competían todos entre sí en busca de una posición tratando de poner orden en el caos. La cuestión era que no parecía haber mucho orden.
Ahora incluso había rumores de que la Nueva República estaba avanzando más y más profundamente en los Mundos del Núcleo hacia Coruscant. Algunos decían que cerca de la mitad de la galaxia estaba en sus manos. Garos IV no estaba tan lejos de la ruta establecida; apenas a cuatro días de distancia de Coruscant. Alex rezaba por el día en que la Nueva República hiciera su aparición en Garos. Era un día que todos los que trabajaban en la resistencia esperaban ansiosos.
La voz del comandante seguía zumbando monótonamente. Alex tuvo que frotarse los ojos sólo para mantenerse despierta. Sólo unos minutos más, pensó, mirando su crono. Cuando levantó la vista, descubrió a Lej Carner lanzándole una mirada furtiva. Le había conocido un año antes cuando su padre, un general de división del ejército imperial, había sido asignado para dirigir el complejo del centro minero. Y ella había tenido la desgracia de tenerlo por lo menos en una clase durante cada uno de los últimos tres trimestres.
¡Agh! Trató de sonreír. Encontraba a Lej repugnante; uno de los hombres más arrogantes que había conocido nunca. Pero había cultivado su amistad para descubrir todo lo que pudiera sobre el aumento de las actividades imperiales en las minas. Desafortunadamente, por lo que Alex pudo descubrir, Lej se mantenía voluntariamente poco informado de las actividades de su padre.
Sonó el timbre que indicaba el final de la clase. Alex se puso de pie, tratando de recoger sus cosas, cuando Trad Mays se estrelló contra ella.
-Lo siento, Alexandra –dijo-. Espera, déjame ayudarte con eso.
Se agachó para recoger los libros de datos que se habían estrellado contra el suelo, y Alex juraría que se había sonrojado.
Ella le sonrió, pasando por alto su torpeza, y le permitió recoger sus cosas cuando Lej se acercó a ella.
-Alexandra, unos cuantos de nosotros vamos a juntarnos en Chado dentro de una media hora. ¿Puedes venir? -preguntó.
Ella fingió decepción.
-Lo siento, Lej, tengo trabajo que hacer.
-Oh, vamos Alexandra. Ya sabes lo que dicen... Mucho trabajo y poca diversión...
-Lej, esto es algo que mi padre me pidió que hiciera. No puedo posponerlo -intentó explicar.
Él puso los ojos en blanco.
-¡Oh, sí, el gran gobernador en persona! Tú no trabajas para él, ¿sabes, Alexandra?
Trad entregó una pila de libros a Alex y le sonrió tímidamente.
-Nos vemos mañana -exclamó mientras la dejaba sola con Lej.
-Sólo estoy tratando de ser útil, Lej. Desde que mi madre murió el año pasado he asumido algunas de sus funciones extraoficiales.
-¡Oh, ya veo tu plan! Tratando de conseguir puntos extra para que tengan que admitirte en la Academia. ¡Lástima que no puedas ir este año conmigo!
-Sí -ocultó el alivio en su voz-, qué lástima.
-Bueno, supongo que te veré más tarde.
Alex se apresuró a salir del edificio MilInDoc hacia la Biblioteca Universitaria. Se detuvo en una de las terminales de la central de comunicación para comprobar sus mensajes, tecleando su identidad. En pocos segundos, el mensaje que esperaba apareció.
Reunión del grupo de estudio en L-25 a las 10:15.
Miró su cronómetro. Dentro de cinco minutos. Cerró la sesión en la terminal y se dirigió a su "grupo de estudio".
Ya le estaban esperando en las entrañas de la biblioteca, a través de un laberinto de pasillos que llevaban a la entrada secreta de un sistema subterráneo de túneles. Se decía que podías cruzar toda Ariana bajo su superficie, si sabías orientarte.
Los hombres estaban sentados a la mesa de reuniones de la pequeña habitación. El Dr. Carl Barzon y Magir Paca eran dos líderes del movimiento de resistencia en Garos IV. Estos hombres eran parte del puñado de personas cuya identidad Alex conocía. Barzón había sido el primer contacto de Alex con la resistencia. Y Paca era un viejo amigo de la familia, por lo menos hasta que sus actividades sediciosas habían sido descubiertas.
-¿Qué pasó? -preguntó Paca a Alex.
-Había guardias adicionales en las minas. Y debían de haber sido desplegados por el perímetro antes de incluso llegar nosotros. Nunca vimos a nadie hasta que comenzaron los disparos -les dijo-. ¿Alguna noticia del Equipo Dos?
-Scat fue capturado. Está siendo retenido en el centro de detención. Y debido al incidente de anoche, los esquifes se encuentran bajo fuerte custodia en el centro minero.
Ella asintió con la cabeza.
-¿Qué está pasando en las minas? ¿Han descubierto algo que no sepamos?
-Teníamos la esperanza de que pudieras ser capaz de averiguar más acerca de eso -dijo el Dr. Barzon-. Han confiscado todas mis notas de investigación. No me atrevo a añadir nuevos datos a lo que ya tienen.
-¿Su investigación sobre el mineral? -preguntó Alex.
-Sí. Hicimos un gran avance; aislamos el componente del mineral que crea las capacidades naturales de camuflaje. Me estoy acercando a perfeccionar una técnica que nos permitirá fabricar armas camufladas a una fracción del costo que ahora requiere de construir dispositivos de camuflaje, y con ninguno de los requisitos de energía que los dispositivos actuales utilizan. Puedes imaginar las consecuencias para la galaxia si tales conocimientos cayeran en las manos equivocadas.
Alex ni siquiera necesitaba imaginarlo. Resultaba muy claro que esa nueva tecnología podría poner al Imperio de nuevo a la ofensiva.
-Me pregunto si su investigación tiene algo que ver con la visita del Destructor Estelar Justiciero a Garos -dijo Alex.
-¿El Justiciero está aquí? –preguntó Barzon.
-Sí. Esta noche tengo que ayudar a mi padre a ofrecer una cena para sus oficiales superiores. Tal vez sea capaz de averiguar algo útil.
-No lo dudo -dijo Barzon-. Ten cuidado.
-¿Qué hay de Scat? -preguntó Alex. Habían sacado a gente de su detención otras veces, pero durante esas misiones había habido muchos menos soldados de asalto imperiales a los que hacer frente.
-El Equipo Cinco va a entrar a las 04:00.
-Me gustaría ayudar –se ofreció.
-Es demasiado arriesgado, Alex.
-¡Riesgo es mi segundo nombre!
-Con el aumento de la actividad imperial, simplemente no creo que...
-Paca, sé lo que estoy haciendo -insistió.
-De acuerdo. Reúnete con el Equipo Cinco a las 03:00 en el túnel C-21 -dijo Paca.
Ella asintió con la cabeza.
-¿Usted dijo que las lanchas de abastecimiento están todavía en la mina?
-Sí. Nuestro contacto en el Ministerio de Defensa dijo que saldrán a las 12:30 de hoy. Se supone que deben llegar al puerto espacial a las 13:00.
-Así que están llevando el mineral fuera del planeta.
-Sí.
-¿A dónde?
-No lo sabemos todavía. Nuestro contacto está trabajando en eso. Tal vez escuches algo esta noche.
-Debe ser por eso que el Justiciero está aquí -comentó Alex-. Entonces, ¿a qué hora atacamos el espaciopuerto?
-No podemos atacarles allí, Alexandra.
-¿No tenemos a nadie que pueda llegar a la lanzadera que está recibiendo el mineral? ¿Sabotearla?
-La seguridad es muy estrecha... Hemos tenido problemas infiltrándonos en el espaciopuerto, pero estamos trabajando en ello -dijo Paca-. Por ahora, tendremos que atacar el convoy por el camino, antes de que llegue al espaciopuerto.
-¿A plena luz del día? –preguntó Barzon.
-No tenemos otra opción -dijo Paca-. ¿Estáis dentro? -Alex asintió con la cabeza, mostrando una determinación sombría en su rostro-. Está bien. Este es el plan...

Un rayo de esperanza (II)


-Buenos días, Padre -saludó a Tork Winger con un beso en la mejilla.
-Alexandra –dijo él, al ver los círculos oscuros bajo sus ojos-. ¿No has dormido nada esta noche?
Alex se frotó los ojos, tratando de despertarse, y tomó un sorbo de té.
-Hoy tengo un examen importante, Padre. Química. Estuve despierta hasta después de la una, estudiando.
Él negó con la cabeza.
-¿Seis horas de sueño? Eso no es tan malo. Pero imagino que soñaste con fórmulas toda la noche. Eso me habría bastado para impedirme un sueño reparador.
Alex asintió con la cabeza.
Comieron el desayuno en silencio. Típico, pensó Alex, sonriendo para sus adentros. Su padrastro siempre quería comer con ella, pero reservaba la mayor parte de la conversación para el final de la comida. Winger revisó su agenda para el día, y leyó las actualizaciones de la mañana. Alex pudo darse cuenta de que estaba preocupado por algo... tenía que ser un informe de la actividad infructuosa de la resistencia clandestina. Finalmente, habló justo cuando Alex estaba tomando el último bocado de su comida.
-Alexandra, me gustaría que me ayudases a organizar la cena de esta noche.
-¿Tenemos compañía especial esta noche, Padre? -le preguntó.
-El Destructor Estelar Imperial Justiciero entrará en órbita esta tarde -le dijo Winger-. Te acuerdas de mi viejo amigo el capitán Brandei, ¿no?
Alex sintió que su corazón se paró durante varios latidos. Un Destructor Estelar Imperial en Garos.
-Sí, por supuesto. Estuvo aquí hace unos tres años. ¿No fue justo después de la Batalla de Endor?
Winger hizo una mueca.
-Alexandra, por favor, no saques ese tema esta noche.
No lo había dicho por amonestar a su hija, sino sólo para recordarle que cualquier mención sobre ese desastre no debía discutirse en presencia de ningún oficial imperial.
-Por supuesto que no, Padre –dijo-. La cena, ¿esta noche? ¿A qué hora?
-A las siete -dijo, sonriéndole-. Tu madre estaría muy orgullosa de ti, Alexandra. Realmente deberías considerar una carrera en el cuerpo diplomático. Te desenvuelves tan bien en funciones como estas. ¡Y eres una mujercita tan brillante!
-¡Lo sé, Padre! ¡Me lo has dicho una y mil veces! ¡Pero odio la política!
Winger se rió entre dientes, dando un último sorbo de su té.
-Está bien, querida, no trataré de convencerte durante el desayuno. -Se levantó y se volvió para salir de la habitación, dándole un último beso en la mejilla-. Te veré esta noche, Alexandra.
-Sí, señor.
Estaba casi en la puerta del solarium cuando se volvió de nuevo hacia ella.
-Ah, y buena suerte en ese examen de química.
Ella le sonrió. Realmente había sido bueno con ella todos estos años. Alexandra lo amaba, pero deseaba que hubiera alguna forma para poder convencerlo de que el método del Imperio para controlar el conflicto garosiano no era la solución al problema.
Tork Winger no necesariamente estaba de acuerdo con el uso de la fuerza por parte del Imperio, pero al menos los bombardeos al azar, los asesinatos, y la lucha abierta entre ciudades controladas por las diferentes facciones parecían haber terminado. Por supuesto, el populacho pronto se encontró con un enemigo común: los imperiales. Los elementos más conservadores de ambos grupos se unieron para formar la resistencia clandestina. Ese pequeño grupo de luchadores por la libertad trataba de hacerle la vida imposible a aquellos desgraciados que el Emperador había enviado a su mundo. Difícilmente podía Tork Winger imaginarse que un miembro de su propia familia formase parte de esa organización clandestina.

Un rayo de esperanza (I)

Un rayo de esperanza
Charlene Newcomb

Alex Winger se puso en cuclillas detrás de un laberinto de rocas con vistas a la carretera que conducía al complejo del centro minero. Esos trabajos normalmente no la ponían nerviosa, pero algo la atormentaba en el fondo de su mente. Esa noche, algo no parecía correcto. El número de personal imperial en Ariana casi se había triplicado en las últimas semanas. Y todas sus energías parecían estar centradas en las minas de Garos IV. Algo dentro de ella le decía a Alex que lo que los imperiales estuvieran haciendo con esos envíos de mineral iba a tener un efecto profundo en su vida.
-Mira, Doro, están cargando un segundo bote de carga -dijo, mirando a través de los macrobinoculares. La noche anterior, habían observado un trineo siendo transportado desde las minas hasta el puerto espacial a las afueras de Ariana. Esa noche, parecía que los imperiales estaban duplicando su carga. Pero esos dos esquifes nunca llegarían al puerto espacial.
-¿Qué galaxias están haciendo con todo ese mineral? -preguntó su compañero. Doro tenía 28 años y esa era sólo su segunda misión de campo. Alex llevaba dos años involucrada con la resistencia clandestina, pero sus experiencias la hacían sentir mucho mayor que sus 18 años.
-Cuento una docena de soldados exploradores en motos deslizadoras -dijo a Doro-. Además de los dos tripulantes de cada trineo. -Alex sacó el comunicador de su cinturón y envió una señal a sus compañeros que esperaban en emboscada a un kilómetro al norte-. Vamos, pongámonos en marcha -dijo.
De repente, disparos de bláster rompieron la quietud del bosque.
-¿Qué está pasando? -preguntó Doro en un susurro.
-Equipo Dos, adelante -llamó Alex en su comunicador mientras se dirigía hacia la ladera boscosa.
-Nos han encontrado –informó con calma la voz en el otro extremo por encima de la estática-. ¡AT-ST’s! Y algunos...
Hubo más disparos bláster, y luego la comunicación se cortó.
-Vamos, Doro, muévete -le gritó Alex a su compañero cuando otra ronda de disparos de bláster resonó por el bosque. Sin duda estaban cada vez más cerca.
Alex y Doro se volvieron hacia el oeste, hacia los acantilados Tahika. El terreno allí era demasiado accidentado para los AT-ST. Incluso las motos deslizadoras imperiales tendrían dificultades en atravesar la zona, sobre todo en mitad de la noche.
Varios disparos pasaron junto a la cabeza de Alex, prendiendo fuego a un árbol cercano. Entonces se dio cuenta de que no escuchaba los pasos de Doro detrás de ella. Alex aminoró el paso durante unos segundos y miró para ver su cuerpo tendido 10 metros atrás. Podía oír las motos deslizadoras acercándose.
Alex respiró hondo, dio media vuelta y llegó a Doro en 10 segundos. Había sido herido en el hombro por un arma y había caído, golpeándose el cráneo contra una roca. Alex no pudo encontrar el pulso. Otro disparo sonó a la izquierda de Alex. Tocó la frente de Doro para desearle buena suerte en el lugar al que la muerte se lo había llevado, y luego se dirigió más arriba en la colina.
Alex podía oír pasos que se acercaban por detrás y reflectores iluminaban la ladera de la montaña. Estaba segura de que podía burlar a esos soldados exploradores. Estaba mucho más familiarizada con el terreno que ellos.
Pero en lo alto de la cresta, Alex dio un paso en falso, y tropezó con algunas ramas caídas. Cayó rodando a toda velocidad por la colina. Parecía que su cuerpo iba chocando contra cada piedra y cada rama de árbol caída. Se detuvo, magullada y dolorida, con una luz brillante apuntándole la cara. Entrecerró los ojos y distinguió con dificultad el uniforme de un soldado explorador.
-¡Levántate! -le gritó-. ¡Despacio, ya!
Alex no tuvo ningún problema en seguir esa orden. Se alzó muy lentamente, poniéndose primero de rodillas, protegiéndose los ojos de la luz brillante con la mano.
-¡Por aquí! –exclamó el soldado explorador llamando a su compañero que estaba oculto a la vista por la densa maleza. Su luz dejó de apuntar a Alex durante no más de un segundo. Ese segundo fue todo lo que necesitó para agarrar una rama caída y lanzarla de lleno contra el soldado con toda la fuerza que pudo reunir. Alex cogió el bláster del soldado mientras éste caía al suelo y corrió los tres metros que la separaban de su moto deslizadora. Otro disparo pasó junto a la cabeza de Alex y ella devolvió el fuego cuando el compañero del soldado explorador estuvo a la vista. Dos disparos de su bláster y el hombre se derrumbó en el suelo del bosque.
Alex saltó sobre la moto deslizadora y se dirigió hacia los acantilados. La marcha era lenta, la oscuridad dificultaba su visión, pero decidió quedarse con la moto deslizadora para poner la mayor distancia posible entre los soldados exploradores que la perseguían y ella. Finalmente abandonó la moto cerca de un kilómetro al sur del deslizador terrestre en el que ella y Doro habían llegado.
Estaba justo donde lo habían dejado, bastante cerca de los acantilados que dominaban el más hermoso, aunque mortal, paisaje de cualquier parte del planeta. Los Acantilados Tahika: durante más de cien kilómetros se extendían por la costa, abruptos e inhóspitos. Desde ese lugar, caían verticalmente casi 200 metros. Pocos habían intentado escalarlos. De ellos, menos de la mitad había sobrevivido. Alex nunca había intentado la escalada, pero en sus sueños se veía a sí misma escalando las paredes de los acantilados. Era un sueño muy inusual. Siempre estaba en compañía de un hombre con cabello castaño claro como la arena y ojos azules. Él estaba allí siempre. Le parecía familiar, pero ella nunca había conocido a nadie que se le pareciera. Así que esperaba el día en el que él entrase en su vida.
Ahora había silencio, a excepción de las llamadas de los crupas que habitaban en los árboles. Alex no oyó motos deslizadoras, ni pisadas en el suelo del bosque. Aceleró el deslizador terrestre y giró hacia el norte, dirigiéndose de vuelta a Ariana.
Evitó las principales carreteras y siguió los caminos que bordeaban los acantilados; no había necesidad de arriesgarse a toparse con las patrullas reforzadas de la zona.
Le vinieron a la mente pensamientos del Equipo Dos... se preguntó si habrían sido asesinados o capturados. No estaba preocupada por si la hubieran identificado. Nadie sabía su verdadero nombre. Así es como se creaban las células clandestinas. Principalmente rostros sin nombre, normalmente de cuatro a seis personas en cada célula. Si uno fuera capturado, nunca podría traicionar a más de un puñado de personas.
Normalmente trabajaban de manera eficiente. Esa noche había sido la primera vez en meses que algo había ido mal. Alex se preguntó si los imperiales habían sido avisados de alguna manera. O si era simplemente el aumento de actividad en las minas -que significaba un aumento en las patrullas- era lo que había causado su mala suerte esta noche. Tendría que hablar de ello con el líder de su célula por la mañana.
Por el momento, se abrió paso hasta la mansión del gobernador y aparcó el deslizador terrestre. Afortunadamente, su padrastro no había sentido la necesidad de contar con guardias de seguridad patrullando los jardines alrededor de la casa. Así que Alex pudo deslizarse desapercibida por la puerta de atrás. La casa estaba en silencio. Subió de puntillas al piso superior, pasando el ala oscura donde Tork Winger dormía. En la seguridad detrás de las puertas de su habitación, se miró en el espejo, moviendo la cabeza.
-¡Menudo aspecto tienes, Alex! -le dijo a su reflejo. Su rostro estaba manchado de suciedad, sus ropas estaban rotas y sucias por su caída por la montaña. Tendría que deshacerse de ellas mañana. Se rió para sus adentros, mirando su crono. Mañana no, pensó, sino hoy, mientras limpiaba la suciedad de su cara.
Cinco minutos más tarde, Alex cayó en su cómoda cama, exhausta. En cuestión de minutos, ya dormía, pero su sueño fue inquieto. Un sueño inquietante entró en sus pensamientos... Explosiones en un edificio... todo era tan confuso... parecían barracones. Un hombre yacía herido en el pasillo, aturdido por una explosión... una mujer se inclinaba sobre él, sosteniendo su cabeza entre sus brazos...
Alex se despertó con un sobresalto, mientras la luz entraba a raudales por la ventana. ¿Quiénes son esas personas? Algo le parecía vagamente familiar en el hombre, pero en realidad no podía ubicar su cara. ¿Y quién era esa mujer?
Estuvo a punto de saltar de la cama cuando su droide sirviente entró en la habitación.
-Buenos días, señorita Alexandra –dijo alegremente-. A su padre le gustaría que se uniera a él para el desayuno en el solarium dentro de media hora.
Ella gimió mientras se sentaba en la cama.
-¿Ya es hora de levantarse?
-Sí, por supuesto, señorita. No querrá hacer esperar al Gobernador.
Alex puso los ojos en blanco y miró el cronómetro. 07:00. Hora de levantarse. Iba a ser un largo día.