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lunes, 16 de diciembre de 2013

Engranajes en movimiento (y III)


Arvee observó las estrellas, puntos blancos contra el cielo negro. La mayor parte del polvo se había asentado, revelando que su bomba improvisada había acabado con bastantes soldados de asalto. Los cuerpos acorazados estaban dispersos entre los rebeldes abatidos, con los brazos y piernas formando ángulos extraños, como muñecos rotos. Tantos cuerpos...
El cuadrúpedo con aspecto de sapo tragó saliva. Había participado en tiroteos, pero no en ninguno con tantas bajas.
-¡Volved a la lanzadera! –ordenó a los rebeldes restantes-. ¡Moved los pies o ninguno de nosotros logrará salir de esta bola de polvo!
Todavía quedaban varias docenas de soldados de asalto a los que enfrentarse... fácilmente el triple de efectivos que los rebeldes que aún permanecían en pie. Pero Arvee confiaba en que sus hombres eran mejores que los impes. Inclinó la cabeza a un lado y escuchó lo que parecía un lamento incesante. Las motos deslizadoras habían alcanzado el extremo opuesto del paso. Estarían aquí en cuestión de instantes. El ruido era fuerte y de distintos tonos. Arvee juró para sí. Había más motos deslizadoras de las que había supuesto inicialmente.
-¡Daos prisa! –aulló a sus hombres. Se agazapó entre los cadáveres que llenaban el espacio entre las dos colinas, esperando que su coloración le ayudase a ocultarse. Arvee pretendía cubrir a los rebeldes que se retiraban, aunque sospechaba que su heroísmo le costaría la vida. Sabía que se llevaría consigo a muchos soldados de asalto, y rezaba por que suficientes rebeldes lograsen llegar a la lanzadera para tripular la nave e informar del incidente de Vengler.
Tras él continuaba el sonido de los rifles bláster. Ambos lados estaban disparando, dedujo, ya que los rifles de los impes tenían un sonido más agudo. Sonó otra explosión en la distancia. Arvee supuso que uno de sus hombres había fabricado una bomba improvisada con paquetes bláster. Débilmente, escuchó un grito de victoria. La voz era sullustana. Se permitió una débil sonrisa.
-Tal vez los bípedos puedan lograr escapar después de todo –susurró. Entonces las motos deslizadoras llegaron prácticamente a su altura, y pudo distinguir las formas de los soldados de asalto corriendo tras ellas-. ¿De dónde han salido todos esos impes? –Blandió su rifle prestado y comenzó a apretar el gatillo. Apuntaba a los motores de las motos en cabeza, y consiguió dos impactos antes de que los soldados exploradores se dieran cuenta de lo que estaba ocurriendo. Las motos chisporrotearon y tosieron y se llevaron a sus pilotos indefensos girando sin control por la colina-. Dos menos, quedan diez –gruñó mientras esquivaba un disparo del cañón de una moto y vio a otra moto dirigiéndose directamente hacia él-. Ah, ratas womp. Ese me ha visto.
Arvee salió disparado hacia su derecha justo cuando el cañón de una moto deslizadora vaporizaba el punto que había estado ocupando tan sólo un instante antes. Giró sobre sus patas traseras, alzó su rifle, y se sintió volando hacia delante. Un explorador en otra moto había pasado tras él, golpeando sonoramente el cráneo del cuadrúpedo con la culata de su bláster.
-Reunid a los prisioneros –escuchó a duras penas Arvee decir al soldado de asalto, mientras se sumía en la inconsciencia-. Tenemos mucho espacio para ellos en la nave.
Arvee se despertó en la bodega de carga, con las piernas esposadas a la pared. Le dolía la cabeza y le ardían los pulmones por inhalar todo ese polvo y el aire cargado de fuego bláster. Entrecerró los ojos en la tenue luz y trató de enfocar la mirada en sus camaradas rebeldes. Contó 20, todos esposados igual que él. Eso significaba que 130 habían muerto en la emboscada. Tal vez, si la Fuerza les acompañaba, algunos habrían escapado.
Meneó la cabeza.
-No se suponía que debía ocurrir así –murmuró.
-Desde luego que sí. –La voz, cortante y rezumante de arrogancia, provenía de una puerta en sombras.
Arvee miró a la oscuridad, y sus ojos separaron las sombras hasta que descubrieron el larguirucho cuerpo de un capitán imperial. El capitán sonrió y se acercó unos pasos.
-Vuestra información era incorrecta –dijo el capitán con aire arrogante-. Se proporcionaron informes falsos a vuestro droide espía, diseñados para que creyerais que sólo había un pequeño puesto junto a la mina.
-La base… -comenzó Arvee.
-Ya lleva bastante tiempo en Vengler –completó la frase el capitán.
-¿Por qué?
El capitán rio.
-¿Por qué tomarse todas estas molestias para vencer sólo a un puñado de soldados rebeldes? No sólo a uno. A docenas. ¿Sabes?, otras trampas están saltando mientras hablamos.
Arvee se hundió contra la pared.
-Tú, y los rebeldes capturados en nuestras demás operaciones, seréis llevados a una fortaleza en Wayland, donde seréis... –se detuvo, buscando la palabra correcta- expertamente interrogados.
-No obtendréis ninguna información de mí o de mis hombres –escupió Arvee.
-Oh, sí que lo haremos. Con el tiempo. Y eso ayudará a adelantar la caída de vuestra lamentable Alianza. No podéis ganar. El Imperio es demasiado fuerte, tiene tentáculos en todas partes. Ahora, si yo estuviera en tu lugar, descansaría un poco. Puede que esta sea la última noche de su vida en la que pueda dormir.

***

-Necesito dormir un poco. –Amalk se apartó del droide de protocolo negro y se pasó los dedos por el cabello que empezaba a ralear-. Llevo trabajando en ti toda la noche. –Echó un vistazo a la ventana del taller, donde la luz rosada del amanecer comenzaba a abrirse paso-. Sí, me tomaré un par de horas de descanso, y luego te daré un baño de aceite. Te pondré en el escaparate.
Hizo espacio para el nuevo droide. La fila de droides de protocolo de Amalk tenía un espacio vacío, justo en el centro. Las unidades de protocolo estaban apagadas, conservando su energía para el día que llegaba. Los astromecánicos habían terminado hace rato sus holojuegos y se habían unido al resto del inventario de Amalk en lo que podría llamarse dormir.
-Puedes quedarte despierto si quieres –dijo Amalk a su nueva adquisición-. Siéntete como en tu casa. Piensa en algún nombre para ti. –Bostezó y se frotó los ojos-. Echo una siesta y te veo luego.
Los ojos blancos del droide observaron cómo Amalk se dirigía a la habitación trasera. Su cabeza negra giró lentamente a un lado y a otro, examinando al conjunto de droides, advirtiendo que ninguno estaba activo, ni siquiera el explorador. Pero para estar seguro... El droide se deslizó detrás del mostrador, y recogió los pernos de contención que Amalk tenía allí para los clientes. Había justo los suficientes para los droides que consideraba una amenaza. Cuando hubo terminado, avanzó sin hacer ruido, siguiendo los pasos de Amalk. Cruzó la puerta, alzó su brazo derecho, y un estrecho rayo bláster salió disparado de la placa de su palma y golpeó al hombre en la espalda cuando este estaba apartando la colcha y metiéndose en la cama.
-¿Qué...? Amalk cayó de rodillas e inmediatamente rebuscó en su bolsillo su única arma, un pequeño bláster que siempre tenía con él por si alguien trataba de atracar su tienda. Lo liberó y apretó los dientes mientras se volvía a enfrentarse al intruso. El dolor de la herida renovó su intensidad al moverse, y se mordió el labio inferior para evitar gritar. Entonces se quedó boquiabierto al ver al droide de protocolo negro apuntándole.
-¿Tú? –Amalk disparó. El rayo de su arma rebotó en el metal brillante y se perdió lejos sin causar ningún daño. Volvió a disparar una y otra vez mientras el droide se acercaba.
-No –dijo el droide.
Era la primera palabra que Amalk escuchaba decir al droide. Debe de haber conectado su vocabulador, pensó¸ mientras estaba ocupado limpiando mis herramientas. Pero, ¿por qué? Le he borrado la memoria. Es un droide de protocolo. No un asesino.
-No –repitió-. No te mataré con este bláster. Habría demasiadas preguntas. –Su cabeza angular giró sobre su cuello, y sus ojos blancos se fijaron en la cuba donde los droides de Amalk recibían sus baños de aceite-. Sí.
Amalk reptó hacia la puerta trasera, con movimientos lentos debido a su edad y al dolor. El droide le siguió y le detuvo agarrándole del hombro con su fuerte mano. El hombre luchó por zafarse, pero el droide le tenía bien sujeto, y luego, bajando una mano al otro hombro, lo levantó en vilo sin esfuerzo.
-¿Qu-qu-qué eres? –tartamudeó Amalk.
-No un droide de protocolo, no nada que puedas poner en un escaparate y vender como un espía. –Los ojos del droide brillaron-. Ya soy un espía. Y sirvo a un amo mucho mejor que tú.
-El Imperio –dijo Amalk.
El droide asintió.
-Pero te borré la memoria.
-¿Pensabas que sólo tú podrías crear un programa tan complejo, tan profundo, que no pudiera ser detectado, ni borrado?
-Alguien me descubrió.
-Y alguien ha estado deshaciendo lo que tú has hecho.
Amalk lloró abiertamente.
-La Alianza. ¿Qué es lo que he hecho?
El droide lo transportó al baño de aceite, lo dejó caer en la cuba, y sostuvo su cabeza por encima de la superficie negra como la tinta.
-Tu sobrino llegará mañana al espaciopuerto y descubrirá tu cuerpo. Un accidente. Te ahogaste mientras tratabas de ayudar a un astromecánico a salir de la cuba. Tu sobrino Eld heredará tu tienda y tu inventario. Seguirá donde tú lo dejaste: vendiendo droides que espíen para los militares. –El droide empujó la cabeza de Amalk bajo la superficie y mantuvo ahí al viejo mientras este se debatía débilmente-. Pero venderá a una clientela distinta. Y será el Imperio quien se beneficie de la red de inteligencia.
Los esfuerzos de Amalk cesaron y el droide soltó el cuerpo. Se limpió las manos en una toalla y volvió a la tienda, ocupando su lugar en la fila de los droides de protocolo.
Se apagó.
Y esperó.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Engranajes en movimiento (II)


-¿Acomodándose para la noche, señor?
El droide explorador dio la vuelta al cartel de “cerrado” en la tienda de Amalk y echó un vistazo a su alrededor para asegurarse de que todo estaba seguro. La única luz del interior estaba sobre una mesa de trabajo donde había desplegadas cuidadosamente varias herramientas. La mayor parte de los droides se habían apagado. Unos pocos estaban en la habitación trasera tomando un baño de aceite y observando a las unidades R2 reunidas alrededor del tablero de juego holográfico.
-No. Esta noche voy a quedarme hasta tarde trabajando.
-¿En los astromecánicos de los jawas?
Amalk negó con la cabeza.
-A ellos les tocará mañana. Estoy más interesado en el droide de protocolo de una pierna.
-Un diseño elegante, señor. Nada que yo haya visto antes, y he visto unos cuantos pasando por su tienda. Puede que sea un modelo muy nuevo, o un diseño único realizado especialmente por encargo. Mmmm. Supongo que también podría ser uno muy viejo, una antigüedad que haya sido mantenida en buen estado. –El explorador ladeó la cabeza-. Excepto por la pierna que falta, por supuesto.
-Tendré que usar esa –dijo Amalk señalando una pierna color gris oliváceo que colgaba detrás del mostrador-. Al menos hasta que pueda conseguir una que haga juego con el resto de su cuerpo.
-Estoy seguro de que Y3-FE9 podría ayudar. Se está volviendo cada vez más eficiente soldado juntas. Yo ayudaría si pudiera. Pero la mecánica y la electrónica no son mis áreas de experiencia.
Amalk no respondió. Estaba ocupado transportando al droide de protocolo negro a su mesa de trabajo. Después de limpiar el polvo de su carcasa, el droide tenía un aspecto suave y brillante, con unos pocos ángulos pronunciados. No había ni un arañazo en su superficie metálica. Lo posó sobre la mesa casi con reverencia.
-Les dije a los jawas que sólo te compraba para usarte como piezas de recambio. Realmente pensaba eso en ese momento –dijo para sí mismo-. Pero tal vez consiga hacerte funcionar. Serás una pieza muy llamativa. Me pregunto qué lenguajes conoces. Cuántos. Me pregunto dónde has estado. ¿Quién te hizo?
-Si no me necesita para nada, señor, me gustaría ir atrás y ver el holojuego.
Amalk hizo un gesto con los dedos, dando permiso al droide explorador para que se fuera.
-Hmm. Tal vez pueda venderte a un señor del crimen que colecciona droides selectos. O a un mercader que viaja por las rutas imperiales. No importa a quién te venda, serás un magnífico informador. –Abrió la placa pectoral y comenzó a tararear. Seleccionando sus herramientas, Amalk comenzó a reparar el droide.
-Definitivamente se te podía arreglar –dijo después de que hubieron pasado unas cuantas horas y se terminase un concienzudo lavado de memoria-. No estabas en tan mala forma después de todo. No. En absoluto. El chip de lenguaje estaba intacto. Los jawas no sabían lo que tenían. Todo lo que necesitas ahora es una nueva pierna, un interruptor de reactivación especialmente modificado, y mi programa de inteligencia implantado profundamente. Indetectable, imborrable. Perfecto. –Continuó trabajando sobre el droide.
-Nadie descubrirá jamás que estás trabajando para la Alianza. Tus fotorreceptores y grabadores auditivos absorberán toda clase de actividad imperial, y me la transmitirás en cuanto puedas tengas un momento libre para descargar información. Vaya, tal vez incluso pueda venderte a un oficial imperial. Abrillantarte hasta atraer su atención. Obtendrías información de primera mano. Sí, serás una buena adición a la red de espionaje rebelde. ¿Sabes? He colocado casi 50 droides con mi programa insertado en sus entrañas. Llevan espiando al Imperio más de un año. Pronto te unirás a ellos.
Engrasó el motivador del droide negro, luego pulió cuidadosamente las placas metálicas que cubrían la mayor parte del cuerpo.
-Eres una belleza –susurró suavemente. La cara del droide estaba bien definida, no muy distinta al rostro del droide chef que había adquirido hacía unas semanas. Pero este era casi hermoso en términos humanos. El ceño inclinado hacia atrás para formar una cresta que parecía los nudillos redondeados de un puño cerrado-. A juzgar por ese locomotor sobredimensionado, diría que serás capaz de moverte muy rápido. Si te engrasas lo suficiente, también serás silencioso. Tienes algunos anexos y compartimentos interesantes. Les echaré un vistazo por la mañana.
Amalk se apartó del banco de trabajo y tomó la pierna gris oliva.
-Odio ponerte esto, pero quiero que puedas ponerte en pie y andar. Quedarás un poco inclinado, pero sólo durante un par de días. Efeenueve me ayudará a fabricarte una nueva pierna, negra y brillante, tan bien hecha que nadie salvo tú y yo (y Efeé, por supuesto) sabrá que no es tu pierna original. ¡Ya está! –Conectó los cables de la pierna gris a la cadera del droide, engrasó las juntas, y luego conectó la unidad de energía.
Los ojos del droide negro brillaron con luz blanca en sus oscuras cuencas.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Engranajes en movimiento (I)

Engranajes en movimiento
Jean Rabe

-A qué planeta tan hermoso nos han enviado, Teni. Totalmente rústico. Incluso me atrevería a llamarlo pintoresco.
-Deja de quejarte, Arvee. Vengler es sólo un poco primitivo, eso es todo.
-¿Primitivo? Hemos aterrizado en una meseta, no en un espaciopuerto. Sin comodidades. Sin una cantina a la vista. ¿Por qué no llamar a este lugar por lo que realmente es, señor? Una bola de polvo.
El teniente rebelde frunció el ceño al mirar al cuadrúpedo con aspecto de sapo, su segundo al mando, y luego señaló a las oscuras colinas.
-Un poco de polvo nunca ha hecho daño a nadie. Además, no estaremos aquí por mucho tiempo. Atajemos por ese paso y sorprendamos a los imperiales al otro lado. No hay muchos. Un par de docenas de soldados de asalto, personal de apoyo. Deberíamos ser capaces de ocuparnos de ellos sin demasiados problemas. Tenemos mucho espacio para prisioneros en la lanzadera.
-¿Prisioneros?
-Sí, prisioneros. Esto será fácil, Arvee. Zilg-dicody de Mundlop comido.
-Fácil –repitió Arvee-. Lástima que sea alérgico al zilg.
-Liberamos a los mineros –continuó el teniente-, y luego todos tendremos unos días de permiso en una gran nave rebaño ithoriana.
El teniente tenía que admitir que compartía el punto de vista de Arvee sobre el planeta perdido. Vengler carecía en gran medida de civilización, particularmente este continente, y al estar en la frontera se convertía en una presa fácil para la pequeña unidad imperial que, según se había informado, había llegado y ocupado la mina de quendek. Si no hubiera sido por un espía de la Alianza infiltrado en la tripulación de una fragata mercante que se hallaba de paso, la presencia imperial en Vengler probablemente habría pasado inadvertida durante años. Mejor llevar un destacamento ahora y acabar ya con ellos, pensó el teniente... antes de que los imperiales tuvieran la oportunidad de construir un emplazamiento de armas y establecer una base.
-Fácil. ¡Phfhfffftt! –Arvee se acuclilló sobre sus piernas traseras, se rascó una verruga, y tomó el rifle bláster que colgaba de su espalda moteada-. Claro, Teni. Fácil para vosotros, humanos. –Apretó los labios en una imitación de un mohín de enfado y miró al resto de la fuerza rebelde; la mayoría de los 150 eran reclutas corellianos. Había unos cuantos devaronianos y un par de sullustanos en la mezcla, pero él era el único que caminaba sobre sus cuatro extremidades-. Fácil porque todo este polvo no os molesta demasiado a vosotros los bípedos. Al menos esto es mejor que quedarme en mi catre y ver cómo van pasando las estrellas –bufó Arvee-. Un pequeño puesto de avanzada. Lástima que no haya dos o tres. Realmente me gusta disparar a las tropas de asalto. Y además se me da bien. -Arvee se agazapó, con su espalda marrón y llena de bultos ayudándole a mezclarse con el áspero paisaje. Un asomo de sonrisa cruzó sus labios bulbosos-. Eh, Teni, ¿puedo ir en cabeza?
El teniente asintió, y el explorador con aspecto de sapo se puso rápidamente por delante. El resto de los rebeldes avanzaba lentamente tras él. Conforme las estrellas comenzaban a aparecer a la vista, atravesaron en silencio el paso entre las colinas.
Arvee estornudó.
-Realmente odio todo este polvo –maldijo para sí, mientras recorría el gatillo de su bláster con un dedo de su mano palmeada-. Menos mal que no estaremos aquí mucho tiempo. –Alcanzó el extremo opuesto del paso y echó un vistazo por el campo árido y ondulado-. Vaya, me ocuparé de todos ellos sin ninguna molestia. Rápidamente. Sólo un escamoso servidor. Olvídate de los prisioneros. Y luego... –Su áspero aliento se quedó en su garganta y sus piernas se quedaron clavadas en su sitio al ver algo en el límite de su visión: varias naves imperiales de patrulla de sistema. Había un edificio detrás de las naves-. Eso no es un puesto de avanzada –susurró en una voz tan suave como pudo-. Ni dos ni tres. Es una base imperial. Con montones de emplazamientos de armas.
El polvo se arremolinó alrededor de sus patas traseras conforme sus camaradas le iban alcanzando.

***

-¡Es todo este polvo! –gruñó el piloto del carguero-. Polvo y arena. Cada vez que me quedo en Mos Eisley durante más de un par de días, se mete por las juntas de mis droides. Les hace funcionar mal o apagarse. ¿Puedes hacer algo al respecto?
Amalk Wulqpark echó un vistazo al droide de protocolo cubierto de polvo que el piloto había arrastrado bruscamente hasta su taller.
-Entonces no deberías haberlo dejado a la intemperie –sugirió Amalk-. El polvo no sería un problema si lo dejases dentro de tu nave.
-No puedo dejarlo en mi nave. Lo necesito cerca por si acaso me encuentro con algo o alguien con el que quiera hablar. Por negocios.
-¿Y realizas tus negocios en la calle?
-A veces. Y en la cantina, también. Pero las normas de la cantina... bueno, no me dejan meterlo al interior –replicó el piloto-. Así que lo dejo fuera junto a la puerta. Es lo mejor.
Entonces debes de pasar una terrible cantidad de tiempo dentro de la cantina, pensó Amalk, para que quede así de dañado por el polvo.
Amalk se inclinó sobre el mostrador y recorrió la deslustrada cara del droide con sus manos manchadas por la edad. Era un gesto amable que no significó nada para el piloto, pero que el droide achacoso sí supo apreciar.
-Necesitas un baño de aceite, mi nuevo amigo –dijo Amalk con dulzura-. Enderezar algunas de esas abolladuras.
-¿Eh?
-Diría que no debería haber demasiado problema en arreglarlo –dijo en voz más alta-. Parece que sus fotorreceptores están dañados.
El piloto alzó una ceja y abrió los labios en una silenciosa pregunta.
-Fotorreceptores –explicó Amalk-. Los ojos de tu droide, los aparatos que atrapan los rayos de luz, natural y artificial, y los convierten en señales electrónicas. Las señales se procesan por el ordenador de vídeo en la base de su cabeza y se traducen en imágenes para que pueda ver. Funcionan según el mismo principio que los ojos humanos. En todo caso, las carcasas tienen grietas. El polvo ha entrado al interior y ha ahogado los mecanismos.
-Odio todo este polvo –gruñó el piloto.
Amalk entrecerró sus acuosos ojos azules.
-Hmm. No son sólo las carcasas. Tienes más problemas, ¿verdad, amigo? –Estaba hablando con el droide, y el droide comenzó a responderle.
-¿Qué es ese ruido? –interrumpió el piloto-. ¿Esa cosa chirriante? ¿Le pasa algo a su vocalizador?
-Vocabulador. Sintetizador de habla.
-Sí. Eso es lo que quería decir. ¿Está roto también?
Amalk negó con la cabeza.
-No es ruido –murmuró-. Es lenguaje.
-No es ninguno que yo entienda –replicó el piloto.
-Pocos lo hacen.
Pero Amalk era uno de esos pocos. Lo que sonaba como zumbidos de insectos en el abarrotado interior de su taller, era un lenguaje de programación especializado. Los droides a menudo lo usaban para comunicarse entre ellos. Era mayormente ininteligible para los orgánicos. Amalk lo zumbaba fluidamente: pregunta tras pregunta iban saliendo de sus labios. El droide proporcionaba respuestas rápidamente.
-Viajarás mucho, supongo, siendo un piloto de carguero –dijo Amalk, devolviendo finalmente su atención al piloto.
-Sí.
-¿Has visto mucha galaxia?
-Sí. Me muevo mucho. Incluso he estado en el Sector Corporativo unas cuantas veces.
-¿Incluso viajas a territorio imperial? –preguntó Amalk mientras hacía saltar la placa pectoral del droide y miraba al interior.
-Sí. Aunque no es que eso sea asunto tuyo.
-Apuesto a que es peligroso. Lanzaderas de asalto imperiales zumbando a tu alrededor, tal vez incluso un Destructor Estelar. Pero no parece que le tengas mucho miedo a esas cosas.
-No. –El piloto sacó pecho-. Además, para mí no es tan peligroso. Tengo algunos contactos, hago algunos trabajos extraños para ellos de vez en cuando. Sólo cosas ocasionales. Mantén buena relación con ellos y te irá mejor. Más dinero y más salud. ¿Sabes a qué me refiero?
-Desde luego. –Los gruesos dedos de Amalk tantearon los cables y circuitos del droide-. Hmmm. ¿Qué tenemos aquí?
El piloto se acercó, tratando de mirar por encima del hombro de Amalk para ver el interior del pecho del droide.
-Esto no es bueno –dijo Amalk chasqueando la lengua-. Nada bueno. ¿Ves esto?
-¿Qué? ¿También ha entrado polvo ahí?
-No. El locomotor. Se está gastando. Habrá que cambiarlo de inmediato. Tu droide probablemente no sea capaz de dar más de cien pasos más o así por sí mismo antes de que el locomotor se funda.
-Menos mal que te lo he traído para que lo arregles, entonces. –El piloto parecía complacido consigo mismo-. En el hangar, me dijeron que eras el mejor. También dijeron que tu ascensor no subía hasta arriba del todo... si sabes a qué me refiero. Dijeron que piensas más en los droides que en las personas. A mí no me importan para nada tus preferencias. Yo, sólo estoy de paso con esta cosa, y necesito que la arregles.
-Lo.
-¿Eh?
-Que lo arregle. A tu droide.
-Sí. ¿Qué es un locomotor? Sé de naves y esas cosas. He volado durante años en un carguero. Los droides, bueno, nunca me ha dado por estudiarlos.
-Un locomotor es el servomotor que da a tu droide, y a otros droides de protocolo, exploradores y otros similares, la capacidad de andar, de moverse.
-¿Y puedes cambiarlo?
-Sí. Sin problema. Pero no ahora mismo. No tengo ningún locomotor de repuesto en el taller. Están pedidos. Espero que lleguen en el próximo transporte mercante.
-¿Cuándo será eso?
-La próxima semana.
-¿Entonces qué hago? Tengo que marcharme dentro de un día, dos como mucho. Tengo que ir a un sitio, una cita que cumplir. Necesito que esto traduzca por mí.
-Él.
-Sí. Necesito que él traduzca por mí.
-Puedes comprar otra unidad de protocolo. Tengo algunas en venta. –Amalk se apartó del droide del piloto y señaló las paredes de su tienda.
La tienda de Amalk consistía en una gran sala, que cuando fue construida se habría considerado espaciosa. Ahora parecía pequeña y abarrotada. Había droides alineados en las paredes. Como soldados, unas docenas de droides de protocolo permanecían en fila, con sus carcasas plateadas, doradas, cobrizas o broncíneas brillando a la luz que se filtraba por la única ventana.
Cerca había varias unidades R2, R4 y R5, y algo que parecía un prototipo o una modificación de otro modelo de serie R. Remotos de varios tamaños colgaban del techo, parpadeando y zumbando como decoraciones de cantina. Sin ser auténticos droides, eran programables para realizar funciones sencillas y no tenían iniciativa independiente.
También había droides médicos, droides mineros, droides de potencia, droides de compañía, droides exploradores, droides de sondeo geológico, y más. Uno de ellos, que parecía un droide interrogador remodelado, estaba ocupado barriendo el lugar. Detrás del mostrador había estantes y estantes llenos de piernas y brazos metálicos, ruedas, cadenas de oruga, rollos de cable, circuitos, chips, y cientos de pequeñas herramientas.
-Me gusta bastante ese plateado –dijo el piloto después de observarlo todo-. No he tenido uno plateado antes. ¿Está a la venta?
Amalk asintió.
-Sí, está a la venta.
-¿Cuánto?
-Si me entregas tu droide, que repararé cuando reciba el  cargamento de locomotores, y añades setecientos créditos, el droide plateado es tuyo.
-Seis.
-Seis cincuenta.
-Trato. –El piloto echó la mano al bolsillo en busca de un chip de crédito-. ¿Me darás un perno de contención? He visto que ninguno de tus droides de aquí lo tiene puesto.
-No he tenido necesidad de ello. –Amalk se agachó bajo el mostrador y rebuscó-. Este servirá.
Se lo pasó al piloto, y la transacción concluyó.
-Vaya, gracias –dijo el piloto mientras salía de la tienda-. No podría llevar adecuadamente mi negocio sin uno de estos droides.
La unidad de protocolo plateada echó una última mirada a Amalk, emitió una serie de frases apresuradas en un lenguaje de programación, y siguió a su nuevo propietario.
-¿Se ha ido el piloto? –Era un desfasado droide de sondeo geológico quien hablaba.
-Menudo ignorante –replicó un droide chef parcialmente reparado-. He conocido remotos más inteligentes.
-Está cruzando la calle –dijo un droide de protocolo dorado. Estaba girando su cuello brillante tanto como podía y apartándose de la pared para tener una mejor vista del cliente que se marchaba-. Ya está. Ya no se les ve. Se ha ido con C3-LD8 hacia el hangar. Pobre Eledé.
Los otros droides de protocolo se apartaron de la pared y comenzaron a charlar entre ellos y con Amalk. Las unidades R5 trinaron y ulularon. Y el droide chef repasó la lista de ingredientes que necesitaba para la cena de Amalk.
-Buena forma de librarse de ese cliente –añadió el droide de protocolo dorado-. Tatooine estará mejor tras su marcha. Al menos a Amalk le gusta vender a este tipo de clientes.
-¡Gracias al Creador que me he librado de él! –dijo el droide de protocolo cubierto de arena-. Ya he cumplido mi cupo de trabajo para un hombre tan patán. ¡Tratos ocasionales con imperiales, decía! ¡Ja! Trabaja para ellos todo el tiempo, ahora se va a una cita con un capitán imperial. Le utilizan, aunque él no se da cuenta. Le contratan para realizar transportes a territorio neutral o a mundos controlados por la Alianza. No es que sea un orgánico demasiado brillante, así que no ve cómo le manipulan. No ve lo realmente malvados que son. Y me gustaría indicar que a mi locomotor no le pasa nada malo.
-Lo sé –dijo Amalk.
-¿Entonces por qué...?
-Porque yo soy muy brillante para ser orgánico –respondió-. Es una larga historia, mi nuevo amigo. Puedes...
-¡Compañía! –anunció el droide explorador. El droide de protocolo dorado volvió a apoyarse contra el muro y sus colegas se unieron a él rápidamente. Fingieron apagarse. Las unidades R5 quedaron en silencio.
Un suave zumbido atravesó el aire mientras la puerta se abría. Amalk observó a un par de jawas entrar al interior. Conducían a un cuarteto de astromecánicos dañados por la batalla, uno de los cuales estaba arrastrando a un droide de protocolo con una sola pierna.
-Snizniber lr’tzt –comenzó a decir la más alta de las dos figuras encapuchadas-. R’trastnitatat duratzat. Elrzer tanna dint a minz! Rzdez.
El droide cubierto de arena comenzó a traducir, se llegó a un acuerdo, y Amalk les pasó una bolsa llena con fichas de crédito en efectivo. Los jawas se fueron rápidamente, directos hacia la cantina.
-Parece fuego de bláster. En los cinco. –Era la voz profunda del droide explorador. Se acercó a las nuevas adquisiciones de Amalk, y sus hombros se movieron en algo parecido a un escalofrío. Los jawas siempre hacían que el droide explorador se pusiera más que un poquito nervioso.
-Tal vez. Pero las marcas parecen más algún tipo de vibroarma –añadió uno de los droides médicos-. Observa ese corte a lo largo del soporte de las ruedas derechas. Y eso es probablemente lo que amputó la pierna del droide de protocolo. He atestiguado...
-Estoy de acuerdo –intervino el droide de protocolo dorado-. Vaya, cuando servía en una nave minera en órbita sobre Tibrin había un gamorreano que...
-No. Definitivamente blásters –discutió el explorador-. Rifles, lo más probable.

***

-¡Fuego de bláster! –exclamó el teniente-. ¡Rifles! ¡Es una trampa! ¡Retirada a la nave!
Los agudos gemidos de los rifles bláster cortaban el aire. Nubes de polvo se alzaban cuando los disparos erraban a los rebeldes y golpeaban en cambio a sus pies. Cuando los disparos no erraban, los rebeldes caían, agarrándose sus piernas y pechos. El olor a ropa y carne quemadas flotaba con fuerza en el aire. Una docena de hombres estaban en el suelo, muertos o moribundos, en cuestión de un segundo.
-¡Retirada! ¡Ya! –El teniente se pegó al costado de la colina. Se maldijo por atajar por el paso. Se dio cuenta de que era el lugar perfecto para una emboscada. Lo único es que no se suponía que los imperiales supieran que iban a tener compañía. No se suponía que estuvieran acechando, a la espera. Y no se suponía que fueran tantísimos.
Inclinó el cuello hacia delante, tratando de mirar a la parte superior de la colina frente a él, con los ojos llorosos por el polvo que volaba por todas partes. ¡Allí! Tumbados, unas docenas de soldados de asalto. Vio la luz de la luna brillando en sus cascos blancos. Todos armados con rifles bláster, parece, pensó. Probablemente tendrían pistolas para una lucha a menos distancia... aunque sabía que sus hombres no podrían ascender las colinas lo bastante rápido para acercarse. Debía de haber un número similar de soldados de asalto en la colina sobre él. Muchos más de los que el informe de inteligencia de la Alianza decía que habría.
-¡No podemos retirarnos! –se escuchó gritar desde alguna parte por detrás del teniente-. ¡Están viniendo por el paso detrás de nosotros, golpeándonos como mogos de Roon!
-¿Cuántos? –gritó el teniente.
-¡Veinte, treinta! –fue la bronca respuesta-. Es difícil de decir. ¡El polvo es demasiado denso!
Una decisión, pensó el teniente. Tienes que tomar una decisión ya.
-¡Vienen hacia aquí desde la base ante nosotros! ¡Se acercan con deslizadores! –El teniente reconoció esa voz. Era Arvee, su segundo-. Diría que tu informador se equivocaba, Teni. ¡Diría que nosotros somos el zilg-dicody, y que los impes se nos van a zampar!
-¡No! –gritó el teniente-. ¡No vamos a caer esta noche! –Se lanzó desde la pendiente y se arrojó al suelo, rodando y esquivando disparos de bláster. Sólo se detuvo para lanzar un par de disparos al casco blanco que observaba en lo alto de la colina, y luego siguió rodando, sin molestarse en mirar si había conseguido darle al soldado de asalto. Tengo que conseguir mirar al otro lado de la colina, pensó. Sólo para estar seguro. Puede que mi suposición sea incorrecta, puede que no haya unas cuantas docenas de soldados de asalto ahí arriba. Puede que podamos ascender esa colina, rodearla, volver a la lanzadera. Puede... El agudo zumbido de un bláster de repetición montado sobre un trípode cortó la penumbra. Un dolor cortante atravesó la pierna derecha del teniente y le subió al estómago. Luego el teniente no sintió nada, y no podía moverse. Me muero, pensó, probablemente el láser me haya arrancado la pierna. No siento nada, apenas puedo respirar. Hace mucho frío-. ¡Arvee! ¡Ahora estás al mando! ¡Saca a los hombres de aquí!
No escuchó la respuesta del cuadrúpedo con aspecto de sapo. El teniente ya era incapaz de escuchar nada.
-¡Retirada! –aulló Arvee-. Puede que haya menos delante de nosotros, pero es suicida dirigirse hacia la base. –Se colgó el rifle bláster de la espalda y corrió hacia el grueso de sus hombres, moviéndose más rápido al no tener que sostener su arma. Saltó sobre el cuerpo de un devaroniano y comprobó que al menos un tercio de sus colegas rebeldes cubría el polvoriento suelo. Deberíamos haber traído más hombres, más lanzaderas. Pero se suponía que esto era una operación pequeña, pensó. ¿De dónde han salido todos los impes? Deben de haber monitorizado nuestro descenso. Han esperado hasta que fuéramos presa fácil.
Justo delante, a su izquierda, tres corellianos se apretaban entre sí en un hueco bajo un saliente rocoso. Se turnaban para asomar sus cabezas y disparar a los cascos blancos del risco opuesto.
-¡Son demasiados! –exclamó Arvee mientras corría hacia el trío-. ¡Fuego de retirada! -Se detuvo cuando alcanzó el saliente, volvió a tomar el rifle bláster de su espalda, y apuntó al soldado de asalto que descendía por la pendiente opuesta. Su dedo palmeado presionó el gatillo, enviando destellos de siseante energía azul sobre el polvo y las rocas, que finalmente encontraron su objetivo en el torso del soldado. El soldado cayó. Pero ahora había más cruzando la cima-. ¡Dejadme uno de vuestros rifles! –ladró. Uno de los corellianos obedeció, y luego los tres salieron huyendo.
-¡Retirada! –gritó Arvee al resto de los soldados rebeldes mientras se cobijaba en el hueco dejado libre por los tres corellianos. Se agazapó lo más cerca del suelo que pudo, y sus dedos palmeados volaron sobre su propio rifle bláster, sujetando la culata, abriendo el compartimento donde se colocaban los paquetes que energizaban el rifle y sacando los paquetes. Tomó los paquetes de repuesto de su cinturón y los juntó todos. Luego arrancó la correa del rifle, usándola para sujetar firmemente entre sí todos los paquetes. Hizo una mueca al ver a media docena más de sus colegas caer bajo fuego bláster.
-A ver si os gusta esto –dijo, a modo de silenciosa maldición. Lanzó los paquetes bláster unidos hacia la pendiente por la que estaban descendiendo los soldados de asalto, tomó el rifle prestado, y disparó al conjunto.
La explosión sacudió el paso. Polvo y gravilla cayeron sobre Arvee y los soldados de asalto. Apenas audibles sobre el estruendo, el cuadrúpedo con aspecto de sapo escuchó los gritos de los imperiales moribundos. Sujetó el rifle y esperó, pretendiendo disparar al primer atisbo de blanco que pudiera ver cuando el polvo se asentase.

miércoles, 2 de octubre de 2013

El Aliento de Gelgelar

El Aliento de Gelgelar
Jean Rabe

El joven glarosaurio se alzó sobre sus patas traseras en la base de un árbol maugesh, frotándose la panza contra el tronco nudoso, y sus ojos oscuros fijos en el gran y rechoncho reeho que estaba sobre él. El pájaro era un precioso rayo de sol que había cobrado vida; un salpicón de naranja y amarillo entre el interminable verde del planeta pantanoso de Gelgelar.
El reeho permanecía ajeno al joven glarosaurio; estaba observando a las dos docenas de adultos en el claro a unos metros de distancia. Casi del tamaño de los humanos, los glarosaurios parecían lagartos comunes de cola retorcida, con extremidades delanteras parecidas a las humanas acabadas en garras formidables. Estaban cubiertos desde sus coronillas provistas de púas hasta los dedos palmeados de sus pies con escamas verde mate que los volvían prácticamente invisibles en el follaje. Sus vientres proporcionaban el único contraste: placas segmentadas, suaves y brillantes y del color de la tierra húmeda.
Los glarosaurios estaban conversando acerca de los sullustanos que vivían en el asentamiento granjero cercano. Siseaban acerca de dónde colocar sus trampas y qué usar como cebo para atraer a los hombres de grandes ojos al abrazo de los árboles.
Para el joven glarosaurio pendiente del pájaro naranja, la discusión carecía de sentido. ¿Qué importaba el cebo que se usase? Gordomonos, iquagartos, nueces crel... la comida era comida, con la excepción del hermoso reeho. El glarosaurio comenzó a trepar. Justo bajo los ojos del pájaro había plumas tan rojas como una de las excepcionales puestas de sol del planeta. Su pico era tan negro como la noche, igual que sus ojos, y sus patas eran grises, del color de las nubes que cubrían casi perpetuamente el mundo pantanoso. El joven glarosaurio decidió desplumar al pájaro antes de comérselo, guardándose algunas de las llamativas plumas para sujetarlas a una lanza.
-¡Kel! –bramó el mayor de los glarosaurios del claro-. Baja del árbol. ¡Escucha nuestro plan!
El elevado tono de las palabras sobresaltó al reeho, y giró la cabeza justo a tiempo de ver la garra del joven glarosaurio que se cernía sobre él. El pájaro lanzó un chillido estridente y salió volando de la rama, trazando un arco muy por encima de las cabezas de los hombres-reptil que trazaban sus planes sobre el montón de lanzas esperando ser usadas contra los granjeros de moho sullustanos.
Más rápido, instó mentalmente T’laerean al reeho. Deprisa. Vuela rápido.
El pájaro tenía que volver rápidamente al asentamiento sullustano, donde T’laerean podría usar sus recién aprendidas habilidades de la Fuerza para separar sus sentidos de los del reeho. Cuando su mente ya no estuviera dividida y sus sentidos estuvieran todos en un único lugar, podría advertir a todos de los planes de los glarosaurios. Todos los sullustanos estarían a salvo. Y él sería un héroe.
Más rápido, ordenó al reeho. Desde un pequeño lugar secreto que se reservaba para sí mismo en la mente del pájaro, T’laerean observó las hojas y ramas que pasaban como borrones ante el veloz reeho. Sintió el aire húmedo y cargado soplado sobre las brillantes plumas naranjas, escuchó el rápido golpeteo del corazón del reeho, y aspiró los terrosos aromas del planeta. Vuela mucho más rápido.
El sullustano no se había apoderado del reeho, no estaba tanto controlándolo u obligándolo a hacer su voluntad como persuadiéndolo; pidiéndole que volara hacia aquí y lo ayudara. A través de la Fuerza, había unido su mente con la del pájaro, dejándose llevar como un pasajero en su mente en un gran experimento, de modo que podía ver a través de sus ojos y oídos. Al principio había sido un juego, una simple sesión de prácticas, una oportunidad de probar su creciente consciencia de la Fuerza, el Aliento de Gelgelar, como la llamaba el Sabio de Kooroo. Pero el juego terminó cuando T’laerean divisó a los glarosaurios y escuchó de pasada sus malignos planes. El Sabio estaría tan orgulloso de él... ¡haber conseguido la proeza de unirse con un reeho! Y sus colegas sullustanos, bueno, ellos le rendirían honores, le bañarían con alabanzas por salvarles de los glarosaurios.
T’laerean aún no dominaba la Fuerza tanto como para poder liberar la fusión con el reeho desde esa distancia, desde cualquier distancia. Necesitaba estar en contacto físico con el pájaro... o creía que lo necesitaba, lo que de hecho significaba que debía estar en contacto para que la separación tuviera éxito. Sin embargo, pronto algún día tendría esa habilidad... como su mentor. Pronto sería un maestro de la Fuerza, capaz de unir sus sentidos con criaturas al límite de su visión, más allá de su visión, y tal vez con las mismas plantas que con tal profusión crecían en el mundo pantanoso. Pronto sería capaz de dejar que su mente pasease alrededor del Santuario de Kooroo, donde podría espiar a los peregrinos; que vagase hacia las Grandes Marismas Costeras, donde moraban las bestias marinas gigantes; y luego deambular por todo Gelgelar.
Más rápido. Eso es. Habrá tiempo para descansar después.
Indicó al Reeho que variase su rumbo hacia arriba hasta que superase la parte superior del dosel de la jungla, a volar más allá de la cima de los árboles más altos. Debajo, se extendían las brumosas llanuras pantanosas. Al borde de la visión del pájaro, apareció el asentamiento granjero, con sus austeros y estériles edificios metálicos con forma de cajas interconectadas que parecía tan fuera de lugar en esa naturaleza salvaje y pantanosa.
T’laerean, como todos los sullustanos del asentamiento, sabía que los glarosaurios eran belicosos, y la única especie racional –si se les podía llamar así- nativa de Gelgelar. Pero también sabía que las criaturas no eran demasiado numerosas y que habitualmente se mantenían apartadas. Hasta ahora, los hombres-reptil sólo habían atacado cuando los granjeros llevaban sus cosechas de moho vohis al espaciopuerto del planeta, y no llevaban consigo suficientes guardias o blásters para protegerse. Últimamente los granjeros habían cargado con gran número de carabinas bláster, armas de un tamaño considerable que parecían suficiente amenaza para mantener a distancia a los hombres-reptil. Pero si los glarosaurios realmente iban a atraer a los sullustanos a la jungla, los blásters serían prácticamente inútiles. ¿Cómo podrías disparar a algo que no puedes ver, a algo invisible porque es del color de los helechos y los arbustos?
Ya estás muy lejos de los glarosaurios. No pueden hacerte daño. Pero debes continuar para que pueda advertir a mi gente.
Se desconocía por qué los hombres-reptil eran tan intolerantes, por qué odiaban tanto a los sullustanos, y a los humanos, quarren, twi’leks y el resto de las diversas especies que habían colonizado el planeta. La gente no suponía una amenaza para los glarosaurios, no les habían arrebatado tierras, e incluso habían tratado de trabar amistad con ellos. Pero todos los intentos de establecer relaciones pacíficas habían fracasado... aunque había rumores de que algunas de las criaturas cooperaban de vez en cuando con los elementos criminales del planeta. Y por qué los hombres-reptil estaban tramando atraer a los sullustanos hacia la jungla para masacrarlos era un misterio para T’laerean. Los glarosaurios no comían sullustanos. ¿O sí?
¿Ves la verja del Asentamiento Krevk? ¿La red plateada y brillante alrededor de los edificios? Ya estamos cerca. Más rápido.
No se sabía gran cosa de las criaturas reptiles... aparte de que decididamente no eran amistosas. Se movían con gran facilidad por los pantanos de Gelgelar, y las erupciones de gas svhash que habitual e impredeciblemente surgían del terreno húmedo nunca les molestaban. Los glarosaurios no necesitaban llevar máscaras respiratorias como los granjeros de moho sullustanos. Pero el reeho tampoco. El pájaro estaba acostumbrado a respirar el gas nocivo.
A través de los ojos del reeho, T’laerean espió a un grupo de sullustanos a unos cientos de metros fuera de la verja. Estaban buscando entre las altas hierbas; con equipos sensores apuntando al suelo, y trineos repulsores llenos de moho flotando tras ellos. Sin duda, buscando los últimos de los crecimientos de moho que podrían cosechar esa temporada, pensó. Los granjeros aún no estaban lo bastante cerca de los árboles para sentirse amenazados por los glarosaurios. Pero T’laerean sabía que si continuaban por ese camino, pronto se acercarían lo suficiente y podrían ser tentados por la promesa de comida sabrosa. Era difícil resistirse a las nueces crel frente a los alimentos simples e insípidos del asentamiento. Sólo el Puerto Libre de Gelgelar ofrecía cocina nativa sullustana.
El reeho viró hacia el oeste, alejándose de los sullustanos.
¡No! La mente de T’laerean le dio una ligera reprimenda. Los granjeros de moho no te harán daño. Vuela más allá de ellos, hasta el asentamiento. Los edificios brillantes. Hacia la red resplandeciente. Sus palabras mentales eran relajantes, potenciadas por la Fuerza, y fueron suficientes para tranquilizar al reeho. Viró hacia el este, pasando más allá de los granjeros, engatusado por la voz que procedía de un lugar secreto de su mente. Eso es, comunicó T’laerean. Ahora, hacia los edificios, mi amigo naranja.
El joven sullustano sentía la energía de la Fuerza tentando su mente incluso mientras hablaba con el reeho, sintiendo la casi palpable e indescriptible energía que impregnaba Gelgelar y todo lo demás del universo. Sintió que la Fuerza le controlaba, al igual que él la controlaba a ella, y sintió sus tentáculos extendiéndose alrededor de su consciencia. Él trabajó con ello, canalizándolo hacia otra sugestión; como el Sabio le había enseñado. Instó al reeho a juntar las alas más cerca del cuerpo, para hacer un picado. Ahora, prácticamente rozando las altas hierbas verdes de las llanuras pantanosas, el reeho del color del sol batió sus alas aún más rápido, llevando los sentidos de T’laerean por un arroyo desbordado por las últimas lluvias torrenciales, acercándose al campamento, y luego sobre el simple muro de cadenas moteado de unidades sensoras.
Lo estás haciendo bien, reeho-sol. Te recompensaré con semillas por tu cooperación.
T’laerean sabía que el Sabio llegaría al asentamiento la próxima semana, y pronto sabría de los logros de su alumno... de los grandes logros de su alumno más prometedor. Tal vez el Sabio pase más tiempo enseñándome habilidades de la Fuerza más poderosas, pensó.
El reeho se ladeó sobre tres jóvenes mujeres sullustanas que estaban justo dentro de la verja. Estaban jugando una partida de yatesh con un grupo de bulliciosos niños. Hacia el centro del asentamiento, un círculo de viejos granjeros estaba sentado bajo un porche, y sus palabras eran demasiado débiles para que el pájaro las oyera. Viejas historias, musitó T’laerean. Mis noticias les darán una gran nueva historia que contar.
Formó otra sugestión, e interiormente sonrió cuando el pájaro avanzó disparado hacia un pequeño edificio en el extremo opuesto del asentamiento; el hogar de T’laerean, el hogar de un héroe. El cuerpo del sullustano esperaba dentro.
Cuando el reeho se abalanzaba hacia una ventana abierta, dos niñas pequeñas, de apenas cuatro o cinco años, salieron a toda velocidad de las sombras, riéndose y tirándose de las orejas la una a la otra, con sus anchos rostros sonrojados por el juego. La niña más alta divisó al reeho, y lanzando exclamaciones de asombro se puso de puntillas, agitando las manos.
-¡Reeho bonito! ¡Aquí bonito, reeho bonito! –llamó, con su voz aguda amortiguada ligeramente por la máscara respiratoria. La mayoría de los padres hacían que sus hijos llevasen las máscaras en el exterior; por si acaso una nube de gas shvash estallaba en las inmediaciones-. ¡Aquí, reeho bonito! ¡Ven a jugar con nosotras!
¡Ja! El joven glarosaurio estuvo mucho más cerca de atrapar al pájaro, musitó T’laerean desde su lugar secreto. Tenía que admitir que el reeho realmente debía parecer llamativo, había llamado su atención cuando estaba buscando una criatura con la que fundir sus sentidos. Deslizándose sobre las cabezas de las niñas, el reeho voló a través de la ventana abierta del hogar de T’laerean y se posó en el suelo metálico. Conforme los ojos del pájaro se fueron acostumbrando a la oscuridad, fue saltando hacia la cama, haciendo sonar sus patas sobre las baldosas de metal.
Sobre la cama, instó T’laerean al reeho. Vuela sobre la cama. Toca al sullustano. Al hombre que parece estar durmiendo. Luego te dejaré libre, no más voces en tu cabeza. Podrás volar de regreso a la jungla. El pájaro se acercó, deteniéndose sólo un momento para comer un pequeño trozo de corteza que T’laerean había dejado caer esa mañana. Pronto no necesitaré contacto físico para hacer que esto funcione, pensó T’laerean. Pronto seré tan poderoso en la Fuerza que...
-¡Bonito, reeho bonito! –La niña más alta había entrado por la puerta abierta de T’laerean y corría hacia el pájaro, con los brazos extendidos.
¡Sobre la cama! Gritó la mente de T’laerean. ¡Deprisa!
El reeho giró la cabeza a uno y otro lado, asustado de pronto y alternando su mirada entre la figura tumbada del sullustano y la niña que se abalanzaba. T’laerean pudo notar que consideraba a los niños igual de amenazantes que los glarosaurios.
¡Sobre la cama! ¡Sobre la... no!
Un chillido penetrante surgió explosivo de la garganta del reeho, y T’laerean observó desde su lugar secreto en el fondo de la mente del pájaro cómo una cesta caía sobre él. La otra niña debía de haber trepado por la ventana, y había usado la cesta del propio T’laerean para capturar al reeho. El mimbre era recio, pero tejido en determinados lugares con huecos suficientes para que el aterrorizado reeho pudiera mirar al exterior. Su pequeño corazón martilleaba salvajemente, sonando como un trueno de tormenta para T’laerean.
-¡Oh, reeho bonito! –exclamó con deleite la niña más alta-. Qué mascota tan bonita tengo ahora.
-También es mi mascota, Raenyn –dijo la otra niña-. Yo la he atrapado. –Se arrojó al suelo y miró por un pequeño hueco en la urdimbre-. Mi mascota. ¡La llamaré Rayo de Sol!
Mascota, pensó airado T’laerean. No soy una mascota, soy un estudiante de la Fuerza, un estudiante del Sabio de Kooroo. Soy... El golpeteo del corazón del pájaro hacía que el sullustano tuviera dificultades para pensar. Calma, instó al pájaro. Tranquilo. Pero el golpeteo continuó, y una estridente mezcla de sonidos surgió del pico del reeho; chillidos irritantes y gritos agudos.
¡Dejad salir al reeho! Gritó la mente de T’laerean. ¿Y ahora qué pasa?
El reeho tuvo que saltar cuando empujaron una pieza de corteza de leng bajo la cesta, creando una base para la prisión. Entonces el pájaro y T’laerean sintieron que la corteza y la cesta se alzaban. Las niñas estaban llevándose la cesta fuera.
-Mamá –exclamó la más joven-. Mira lo que hemos atrapado. ¡Una bonita mascota que se llama Rayo de Sol!
Llevaron la cesta hacia una mujer sullustana que estaba llena de barro por los campos de moho. El reeho la miró, ralentizando su corazón sólo porque el miedo le había agotado. T’laerean la reconoció al instante. Era una de los miembros del consejo del asentamiento, alguien a quien habría que advertir acerca de la emboscada de los glarosaurios.
-Oh, niñas. El pájaro no puede ser una mascota –dijo la mujer.
T’laerean lanzó un suspiro de alivio. Ella liberaría al reeho, él persuadiría al pájaro para que aterrizase encima de él, y utilizaría la Fuerza para liberar sus sentidos. Podría advertirla sobre los glarosaurios y entonces...
-El pájaro no puede ser una mascota cuando manjares frescos como este son tan difíciles de encontrar fuera del puerto. Esta será una comida especial para tu padre. Prepararé guiso de reeho.
¡Cena!
El vínculo con T’laerean permitió al pájaro entender las palabras de la mujer. Y a pesar de su agotamiento, el pájaro comenzó a chillar y crotorar con más fuerza, como su la amenaza de muerte le inyectase vida. Saltó sobre la corteza y emitió ruidos estridentes y penetrantes, como un silbato de Thull.
No puedes matarme, pensó enojado T’laerean. ¡Me conoces! Soy T’laerean, el héroe. ¡T’laerean, maestro de la Fuerza! Si os coméis este pájaro, entonces... T’laerean cayó presa del pánico. No sabía qué pasaría si el pájaro moría. ¿Volverían sus sentidos a su cuerpo...? En ese caso su problema estaría resuelto, aunque a costa del reeho. ¿O su consciencia se desvanecería, dejando su cuerpo como un cascarón sin mente? ¿Moriría él cuando muriera el pájaro? Nunca antes había practicado esta habilidad de la Fuerza, sólo había observado cómo el Sabio hacía algo similar. Nunca había preguntado al Sabio las posibles consecuencias, ni había escuchado con demasiada atención cuando el Sabio explicaba exactamente cómo funcionaba todo. T’laerean sólo había estado interesado en la oportunidad de unir sus sentidos con otra cosa.
El pájaro continuó chillando, y T’laerean sintió que su propio miedo crecía en igual medida, derritiendo su confianza como mantequilla que se ha quedado demasiado tiempo sobre la mesa. ¡Si matas a este reeho, será como comerte a uno de tu propia especie! Y tal vez no tengáis a nadie que os advierta sobre los glarosaurios. ¡Tal vez todos los granjeros de moho mueran! ¡Podrías estar sellando el destino de todo el asentamiento por una comida sabrosa!
Conforme el reeho iba siendo transportado cruzando el asentamiento hasta la casa de la mujer, trató de canalizar sus pensamientos a través de la Fuerza para tranquilizar a la criatura, de relajarse él mismo para poder pensar con más claridad. El pánico engendra el desastre, le había dicho una vez el Sabio. T’laerean deseaba haber prestado más atención a esa lección y a las técnicas de meditación que el viejo humano le había mostrado.
Nos liberaremos, dijo al pájaro. No te preocupes. No te dejes llevar por el pánico. La Fuerza es mi aliada y no nos dejará morir. Eso esperaba. Escaparemos a mi casa en la primera ocasión, y entonces aterrizarás sobre mi panza. Te liberaré, y cuando mis sentidos regresen a mi cuerpo podrás regresar a la jungla... no volver a ver jamás este asentamiento. Imaginó árboles y el cielo, y por un instante el corazón del pájaro se ralentizó y se le levantó el ánimo.
Pero entonces la cesta fue depositada sobre un brillante mostrador metálico y los aromas de las especias llenaron el aire. A través de un hueco en la urdimbre, el reeho vio más objetos metálicos a los que no podía poner nombre ni aventurar para qué servían. Pero T’laerean sí lo sabía. Eran cazos y sartenes.
¡Estaban en la cocina, y la mujer estaba calentando un puchero, vertiendo aceite de levsh en su interior! Sus propios miedos resurgieron decuplicados, y el corazón del pájaro volvió a latir con fuerza,
-No es muy grande como para compartirlo con todo el mundo –dijo la mujer a las niñas pequeñas-. Pero pronto es el cumpleaños de vuestro padre. Y le gusta mucho el reeho. Le diremos a todo el mundo cómo capturasteis este pájaro, entre las dos, como regalo para vuestro padre. La gente estará orgullosa de vosotras. Y a vuestro padre le gustará mucho.
-¿Podemos quedarnos con las plumas? –preguntó la más pequeña.
-Por supuesto.
-Pero mamá –se quejó la niña más alta, la llamada Raenyn-. Yo quiero el reeho... de mascota. Por favor.
-No. –La voz de la mujer era ahora severa, tintada de autoridad paternal-. La próxima vez que llevemos una cosecha de moho al puerto, la semana que viene tal vez, te buscaremos una mascota. Algo que puedas acariciar. Un wilwog, tal vez, uno entrenado que no mude de pelo y no ensucie el suelo. Ahora salid fuera a jugar. Y volved a poneros las máscaras respiratorias. –Tomó un cuchillo en la mano.
¿Qué puedo hacer? Debo hacer algo. Si mata al reeho, puede que los granjeros de moho mueran. Puede que yo muera también. El reeho volvió a chillar, y esta vez T’laerean no trató de acallarlo. Estaba tratando de cerrarse a los latidos del reeho, concentrándose en la mujer, en la Fuerza, preguntándose si tal vez sería capaz de influenciarla. T’laerean sabía que el Sabio podía hacerlo, persuadir a la gente para que mirara en otra dirección, hacerles cambiar de opinión. Si tan sólo pudiera hacer cambiar de opinión a la mujer...
Déjanos marchar. Lanzó el pensamiento hacia el exterior, como si fuese una hoja flotando en la brisa, soplando hacia la mujer. ¡Míranos! ¡Déjanos marchar! Tal vez si miraba fijamente al reeho, si viera lo realmente hermoso que era el pájaro, no fuera capaz de matarlo.
Ella comenzó a tararear una vieja melodía sullustana, ajustó la placa de calor bajo la sartén, y luego salió de la estancia. T’laerean instó al pájaro a mirar por otro hueco para poder ver a dónde se había ido. Esta vez, sin embargo, el pájaro le ignoró y comenzó a caminar nerviosamente por las paredes de la cesta, mordisqueando con frustración el mimbre.
¡Busca un hueco! ¡Quiero ver!
El reeho empujó la persistente voz más hacia el fondo de su mente, más dentro del lugar secreto, y abrió el pico con un chasquido cerrándolo sobre una tira de mimbre. T’laerean sintió la sequedad de la tira, la amargura contra la lengua negra del pájaro, la incómoda aspereza. El pájaro perseveró mientras T’laerean flotaba, enfurecido, en ese lugar secreto, y en cuestión de unos instantes había creado un hueco lo bastante grande para sacar la cabeza. El reeho trató de obligar al resto de su cuerpo a pasar por la apertura, y finalmente desistió y continuó mascando el mimbre.
Buen amigo, alabó T’laerean, comprendiendo de pronto lo que intentaba el pájaro. Muy listo. Debería haber pensado en ello. Los reehos son conocidos por morder la madera. Decidió que diría al pájaro qué tiras atacar, las que parecieran más débiles y pudieran cortarse más rápido, pero sus pensamientos fueron ahogados, apartados por el propio deseo de escapar del pájaro. T’laerean continuó observando y preocupándose, y sintiendo cómo la garganta del reeho se resecaba y su lengua y su pico se irritaban por el esfuerzo.
Entonces escuchó de nuevo el tarareo, la mujer que regresaba. Quedó amortiguado, como si hubiera dado la vuelta y entrado en otra habitación. Su voz era dulce, y bajo otras circunstancias T’laerean habría disfrutado de ella. El pájaro también la oyó y comenzó a trabajar más rápido, y luego dio un saltito hacia atrás para supervisar su trabajo. Suficientemente grande. El reeho se echó hacia delante y se apretujó para escapar de su prisión. T’laerean sintió la presión de los bordes dentados del mimbre que se clavaban alrededor del pájaro.
¡Libres! T’laerean estaba eufórico.
El pájaro lanzó un chillido de excitación y saltó del mostrador, extendiendo las alas y batiéndolas enloquecido. Los mareantes aromas de las especias y el aceite caliente inundaban los sentidos del pájaro, y T’laerean luchó por emerger del lugar secreto y volver a indicar al pájaro en qué dirección ir.
Por la puerta, instó T’laerean. Ahora estaba enfocándose más en la Fuerza que en el pájaro, concentrándose en el Aliento de Gelgelar, trabajando con la energía. Dejó que le controlase, y le pidió poder controlarla en parte a cambio. ¡La puerta! Sí, eso es, amigo mío. ¡Libres! ¡Libres!
El pájaro voló por la puerta de la cocina, cruzando un estudio sobre una unidad deshumidificadora y una consola de ordenador. Hacia otra puerta, una que estaba abierta lo justo, que se abría más... ¡El camino al exterior!
¡Libres! ¡Libres! ¡No!
La puerta se abrió aún más y el pájaro aleteó como loco, lanzándose hacia delante y chocando contra el pecho de Raenyn. El impacto sorprendió a la niña y aturdió al pájaro. Cayó al suelo, mareado, incapaz de obedecer los gritos de T’laerean para que escapase.
-¡Reeho bonito! –arrulló Raenyn, tomándolo en sus manos y llamando a la niña más pequeña-. No deberías estar suelto –reprendió con dulzura al reeho-. Se supone que vas a ser la cena de papá.
Sujetó con fuerza al reeho y lo llevó por una puerta lateral, una que conducía a una pequeña habitación con dos estrechas camas y un escritorio entre ambas. Sentándose sin ceremonia en la cama más cercana, Raenyn acarició con brusquedad la cabeza del reeho. La otra niña se sentó a su lado.
-¿Está herido?
-Eso no importa. –Raenyn alzó el reeho y miró sus parpadeantes ojos redondos. Sus manos no eran lo bastante grandes para rodear por completo al pájaro-. Mamá va a matarlo y a cocinarlo en el guisado. Pero no creo que pueda comer ni un poquito. Es demasiado bonito.
El reeho siguió parpadeando y T’laerean trató de enfocar. El impacto con la niña había agitado sus sentidos, y veía doble a las dos niñas. Veía todo doble.
-Le arrancará todas las plumas –continuó Raenyn-. No se puede comer las plumas.
-Entonces ya no será tan bonito. Yo tampoco comeré ni un bocado. Lo quería como mascota.
-Me pregunto si es la mascota de alguien... –Raenyn aflojó sólo un poco su agarre sobre el pájaro-. Si era la mascota de alguien, mamá no podría cocinarlo.
T’laerean sintió la Fuerza, dejó que rodease su mente como el pantano rodeaba el asentamiento. De nuevo trató de aclarar su visión y vio a la niña más pequeña fruncir los labios.
-Puede que sea la mascota de T’laerean, el chico extraño que no cultiva moho –sugirió-. Lo vi esta mañana con un reeho bonito. Tal vez era este. Lo atrapamos en su casa, después de todo.
-¿T’laerean? ¿El estudiante del Sabio de Kooroo?
La niña pequeña asintió.
-T’laerean no tendría mascotas –dijo Raenyn con firmeza-. El pájaro entró volando por la ventana. Lo vimos. T’laerean es raro y poco amistoso. Sólo se preocupa de la Fuerza, sólo habla de la Fuerza y de impresionar al viejo Sabio loco. No se preocuparía de un pajarito o de cualquier otra cosa. Sólo quiere ser importante.
T’laerean sintió vergüenza. ¿Sólo me preocupo de la Fuerza? ¿Es eso lo que piensa la gente? Por supuesto que me preocupo por la Fuerza. Pero también me preocupo por este asentamiento. Por la gente que vive en él. ¡Estoy tratando de salvar a los granjeros de moho!
-Además –continuó Raenyn-, T’laerean está muerto. Lo vi cuando atrapamos al pájaro. Muerto en su cama. Muerto. Muerto. Muerto. Incluso si el reeho es su mascota, si era su mascota, no importaría. La gente muerta no puede tener mascotas.
-Tal vez deberíamos decir a alguien que T’laerean está muerto.
-No. Entonces nos meteríamos en un lío por habernos colado en su casa y haberle encontrado. Deja que otra persona lo encuentre y se meta en un lío. No va a irse a ninguna parte, después de todo. Está muerto.
El reeho emitió un débil sonido de chasquidos. El pájaro aún estaba asustado. Pero también estaba cansado y sediento. Muy sediento. Su lengua negra estaba seca y estaba comenzando a hincharse. Levantó la mirada hacia Raenyn e inclinó la cabeza.
-Pobre reeho –dijeron las niñas prácticamente al unísono.
La niña pequeña comenzó a llorar.
-No podemos dejar que mamá lo mate.
Desde el otro lado de la puerta, el reeho escuchó un tarareo, otra vez la voz de la mujer. Era distante, indicando que estaba bien adentrada en la casa.
-¡No! –gritó la mujer. Sus palabras sonaron amortiguadas, pero claras-. ¡El reeho ha escapado! Se ha abierto paso a bocados. ¡Niñas! Venid a ayudarme a encontrarlo. Probablemente aún siga en la casa. ¡Niñas!
Las niñas se miraron entre sí, con amplias sonrisas asomando en sus anchos rostros sullustanos. Entonces T’laerean sintió que el reeho se ponía en tensión, trataba de liberarse, vio una oscuridad cerniéndose ante el pájaro, sintió el pájaro siendo encerrado en un saco. El reeho abrió su pico para chillar, y T’laerean se concentró con todas sus fuerzas. ¡Silencio!, suplicó. ¡No hagas ruido y puede que logremos liberarnos!
-Mamá piensa que ha escapado –susurró Raenyn-. Podemos mantenerlo oculto. Entonces ella no lo matará y podremos compartirlo como mascota.
La más joven hizo un sonido de chasqueo con la boca.
-No puedes guardar un reeho en un saco. Hará ruido, a menos que se muera como T’laerean. Y si mamá lo encuentra, vivo o muerto, estaremos en un lío.
-Y el pájaro será la cena.
-Pero tal vez podamos guardarlo en casa de otra persona.
-¿En casa de quién? –Era Raenyn quien hablaba.
-De T’laerean, claro. Está muerto y no necesita su casa.
-Pero alguien descubrirá que está muerto y estaremos en un lío y entonces no podremos usar su casa para el reeho.
-Nadie lo descubrirá si enterramos a T’laerean esta noche, cuando nadie mite, cuando crean que estamos durmiendo. De todas formas afuera ya está empezando a oscurecer.
Raenyn soltó una leve risita.
-Podríamos tomar prestada la pala de papá. Pero vayamos ahora a casa de T’laerean, a esconder el reeho. Volveremos después de que oscurezca a enterrar a T’laerean. Si el reeho chilla en casa de T’laerean, nadie le escuchará.
-Bueno, puede que le escuchen, pero no le prestarán atención. Todo el mundo piensa que T’laerean es raro.
T’laerean sintió que el pájaro daba sacudidas, con su miedo ascendiendo a un nivel febril, y sospechó que las niñas estaban corriendo. Escuchó abrir y cerrar de puertas, sonidos que él conocía pero que eran extraños para el reeho aterrado. La sensación de meneo y las sacudidas continuaron por varios minutos, aunque pareció una eternidad, con más puertas abriéndose y cerrándose. Luego se sintió caer, aterrizando abrupta e incómodamente sobre algo duro. El reeho tembló y se puso en pie sobre sus patas en los apretados y oscuros confines del saco para examinar sus alas y sus garras. T’laerean pudo ver que no había nada roto, aunque todo parecía magullado. Al pájaro le dolía todo el cuerpo, y trató de ofrecerle palabras que pudieran confortarle.
Pero el reeho empujó de nuevo los pensamientos de T’laerean al lugar secreto de su mente y comenzó a picotear el fondo del saco, como una si-hen picotearía el suelo en busca de grano. Cualquier movimiento parecía causar dolor adicional al reeho, pero persistió, picoteando más rápido cuando un pedazo de cuero quedó suelto en su pico.
-No, reeho bonito –le reprendió Raenyn-. Deja eso. Vas a estropearme el saco.
Esa es la idea, pensó T’laerean. El reeho intenta arruinarte el saco... igual que vosotras intentáis por todos los medios arruinarnos las vidas.
De nuevo el pájaro fue alzado en el interior del saco y su fuga frustrada. Raenyn agitó la bolsa mientras la desataba e introducía las manos en la oscuridad. Agarró al reeho naranja mientras el saco caía, y lo sujetó por la espalda, aplastándole las alas contra los lados. El pájaro trató de morderla, pero lo había agarrado con suficiente cuidado para que no pudiera alcanzar sus deditos con el pico.
Fuera de su encierro, el reeho podía respirar de nuevo. Vio al sullustano yaciendo en la cama cercana. El sullustano sobre el que se suponía que debía aterrizar. El reeho se relajó bajo el agarre de la niña. T’laerean sintió que estaba reservando sus fuerzas, esperando. Los deditos se abrieron un poco. Y luego un poco más.
Déjale pensar que eres dócil, instó al reeho. Déjale pensar que estás herido, cosa que es cierta; incapaz de volar, cosa que no es cierta. Cuando baje la guardia, vuelas a la cama y...
El reeho volvió a apartar a un lado los pensamientos de T’laerean, se liberó de las manos casi abiertas de la niña y extendió las alas. Voló por la ventana abierta, afuera, a la creciente penumbra. Batió las alas con fuerza, e ignoró el dolor de su cuerpo. Ignoró los gritos de las niñas que corrían bajo él, sus pasos frenéticos. Ignoró a los viejos que llegaban a sus casas para cenar.
¡No! ¡Vuelas en dirección equivocada! ¡Vuela de vuelta al edificio! ¡Pósate sobre el sullustano... el que está en la cama!
E ignoró a T’laerean.
El reeho, aunque cansado y dolorido, voló tan rápido como pudieron permitírselo sus doloridas alas. Cruzó como un rayo el patio del asentamiento, luego pasó sobre la verja brillante y sobrevoló las llanuras pantanosas. La aguda visión del pájaro atravesaba la creciente oscuridad, como un cuchillo afilado podría atravesar la cáscara de una nuez crel. Y desde el lugar secreto en el fondo de la mente del reeho, T’laerean observaba con creciente terror. La consciencia del sullustano estaba siendo llevada cada vez más lejos del asentamiento. Sintió la Fuerza, el Aliento de Gelgelar, y notó que le estaba controlando por completo. No era lo bastante fuerte para ejercer ninguna medida de control sobre ella. Su mente estaba girando hacia los árboles, montada a lomos del cerebro del reeho liberado.
¿Cuánto tiempo puedo vivir así? ¿En la mente de un reeho?, se preguntaba T’laerean. ¿Quemarán mi cuerpo, terminando con mi vida? ¿O mi cuerpo morirá por falta de agua y comida? ¿Vagará mi consciencia para siempre en este pequeño cerebro? Cuando el pájaro duerma, ¿obtendré la fuerza para persuadirle de nuevo a hacer mi voluntad? ¿Y qué pasará con los granjeros?
El pájaro divisó a los granjeros de moho sullustanos, que ahora usaban grandes varas luminosas para poder ver. Con los grupos sensores apuntando aún al suelo, y las tabletas de datos registrando la producción, ahora estaban más cerca de los árboles. Y se estaban acercando a un trío de iquagartos, grandes criaturas similares a jabalíes, que habían sido astutamente atados a raíces de árboles.
El reeho se preguntó distraídamente por qué alguien habría atado a los iquagartos, e ignoró los intentos de T’laerean de explicarle la emboscada y de hacer sugerencias para que advirtiera de algún modo a los granjeros de moho. El reeho sólo quería regresar al abrazo de la jungla, a la seguridad de los altos árboles, y no volver a ver sullustanos jamás.
-¡Mirad! –escuchó débilmente T’laerean desde su pequeño lugar secreto-. ¡Iquagartos! Hay tres, y no parecen habernos visto. –Era uno de los granjeros de moho quien hablaba-. Vamos, todos. Se mueven lentamente. Los atraparemos y tendremos un buen festín esta noche.
T’laerean sabía que los granjeros tendrían que acercarse a las bestias. Los iquagartos tenían una piel tan gruesa que casi podían ignorar los disparos de bláster, excepto a corta distancia. Y corta distancia sería demasiado cerca de la jungla.
T’laerean escuchaba el silbido de la hierba del pantano bajo el reeho, el chasquido de una ramita seca. Y a través de sus sentidos compartidos olía a los sullustanos, el moho vohis, el olor a almizcle de los iquagartos, y voló como una flecha entre los troncos de dos árboles willotum, deslizándose en la jungla.
Entonces apareció un verde más brillante, escamoso y resbaladizo, y justo delante del pájaro. Negros ojos de reptil miraron al reeho sorprendido. Un joven glarosaurio se alzó desde detrás de una densa mata de helechos; el mismo que había tratado de atrapar al pájaro varias horas antes. El glarosaurio se levantó y comenzó a correr hacia el reeho, agitando sus garras y chasqueando sus mandíbulas.
El reeho soltó un chillido, un sonido irritante que ahora era demasiado familiar para T’laerean. El pájaro dio media vuelta, retirándose por el mismo hueco entre los árboles willotum, volviendo a pasar sobre los iquagartos hacia las llanuras pantanosas.
El joven glarosaurio le siguió, sin hacer caso de los gritos de los glarosaurios mayores que le decían que esperase... las maldiciones que soltaban por que la emboscada quedaría revelada. El joven glarosaurio se abalanzó hacia delante, absorto en el reeho que se le había denegado antes, se abalanzó hacia delante pasando de largo los iquagartos y poniéndose en el camino de los granjeros de moho que se acercaban.
-¡Glarosaurios! –gritó uno de los granjeros de moho-. ¡Corred! Yo os cubriré.
Desde su lugar secreto, T’laerean observó a los granjeros de moho dar la vuelta y correr hacia el asentamiento, arrastrando tras ellos sus trineos repulsoelevadores llenos de moho. Uno mantuvo su posición por un instante, apuntando un bláster hacia las inmediaciones de los iquagartos y trazando una línea de fuego de cobertura para evitar que la banda de glarosaurios que acababa de aparecer les persiguiera.
T’laerean observó a los granjeros de moho fundirse en la oscuridad, escuchó los chillidos de los iquagartos asustados, olió los matices calientes del fuego de bláster en el aire, sintió una garra clavarse en el costado del reeho.
El joven glarosaurio acercó el pájaro hacia su cuerpo, y T’laerean notó el aliento fétido y mareantemente dulce del hombre-reptil. El sullustano sólo era vagamente consciente de las continuas maldiciones de los glarosaurios adultos; estaba más pendiente del dolor del pájaro naranja mientras era desplumado pluma a pluma. Entonces el glarosaurio mordió al pájaro, y el mundo de T’laerean se convirtió en agonía y oscuridad.

***

-T’laerean. Despierta. –La voz sonó débil al principio, temblorosa por la edad. Pero era persistente-. No mueras, T’laerean.
El joven sullustano sintió sus ojos cerrados, como si estuvieran pegados, pero se forzó a abrirlos y parpadeó. El rostro borroso de una niña pequeña flotaba a escasos centímetros del suyo; Raenyn. Y tras ella estaba el arrugado rostro humano del Sabio de Kooroo.
-Creí que estaba muerto –anunció Raenyn-. Muerto. Muerto. Muerto. Pensé que tendríamos que enterrarlo y nunca podría contarle la emboscada de los glarosaurios y cómo mi padre usó su bláster para enfrentarse a todos. Cómo mi padre es un héroe para todo el asentamiento y salvó a todos. Y...
-No hables tanto, pequeña –previno el Sabio-. Parece que T’laerean ha pasado por una dura experiencia, una enfermedad tal vez. O algo más. Y casi nos abandona. Pero creo que ahora ya se pondrá bien. La Fuerza continuará sanándolo.
El viejo humano se inclinó sobre T’laerean y le ayudó a incorporarse.
Mirando a su alrededor, el sullustano pudo ver que estaba en su casa, en su cama. Una luz pálida se derramaba por una ventana abierta, indicándole que ya había llegado la mañana. Tenía la garganta seca, y se apresuró a aceptar el vaso de agua que Raenyn le ofrecía. Sentía el estómago vacío.
-Ha sido una suerte que llegara al asentamiento antes de lo que tenía planeado –comenzó a decir el viejo-. Me detuve para visitarte y te encontré cercano a la muerte. Si la Fuerza no fuera tan poderosa en ti, sospecho que no podría haberte salvado.
-Puede que la Fuerza sea poderosa en mí –respondió T’laerean tras un instante-. Pero yo aún no soy poderoso en ella.
-Eres más sabio al reconocer que tienes limitaciones –dijo el viejo, entrecerrando los ojos casi imperceptiblemente-. Descansa, joven aprendiz. Necesitas más descanso... tiempo para más reflexiones. Continuaremos tus lecciones mañana.
-Tengo mucho que aprender –susurró T’laerean. El joven sullustano se relajó, cerró los ojos, y escuchó los pasos que se alejaban de Raenyn y el Sabio. Finalmente dejó que el sueño le reclamara, y soñó con glarosaurios e iquagartos, y con un colorido pájaro naranja que había cautivado para siempre un lugar secreto en su mente.