Mostrando entradas con la etiqueta Elaine Cunningham. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Elaine Cunningham. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de febrero de 2010

La aprendiza (y IV)

El sordo zumbido en los oídos de Jaina aumenta rápidamente hasta convertirse en un aullido estridente y luego se disipa en un estallido agudo y súbito. Se sentó de golpe, sintiéndose aturdida y desorientada. Tras un instante, recordó su misión, y los dolorosos tumbos que los habían llevado hasta allí.
Miró a su alrededor. El hapano había recuperado la consciencia. Se apoyaba pesadamente contra el ahora vacío depósito de refrigerante, mirándola con horror no disimulado. Los ojos de Jaina se apartaron rápidamente de su mirada acusadora. Cuatro guardias yacían dispersos por el suelo. Kyp Durron estaba arrodillado junto a uno de ellos, bombeando rítmicamente el pecho del hombre con ambas manos. De pronto el cuerpo del guardia se estremeció, y el color azulado comenzó a desvanecerse de su rostro.
El Maestro Jedi se puso en pie y tendió una mano a Jaina. Ella la tomó y permitió que la levantase.
-Guau -dijo, observando a los guardias abatidos por la Fuerza-. ¿Quién ha hecho esto, tú o yo?
-Tenemos que continuar -dijo Kyp, ignorando su pregunta-. Cuanto más tardemos, menos oportunidades tendremos de salir andando de aquí.
Jaina asintió.
-Antes de que nos vayamos, necesito que me enseñes cómo borrar memorias. No deben recordar que nos han visto aquí.
Cuando él no respondió, ella continuó con su argumentación.
-El científico es un prisionero político. El secreto es vital, no sólo para que podamos llevar a nuestro prisionero a donde necesita ir, sino también para evitar más respuestas reaccionarias ante los Jedi.
Kyp se mantuvo en silencio unos instantes.
-No.
-¿No? -repitió ella, incrédula-. Dijiste que nadie podía saber esto.
-Y me mantengo en ello. Pero lo haré yo mismo.
Ella alzó una ceja desafiante.
-¿Cuál es el problema? ¿No es la clase de lecciones que tenías en mente?
-Un aprendiz debe aprender de un Maestro, no repetir sus errores.
-Esto no es distinto de los pequeños trucos mentales Jedi que todos los Jedi usan sin el menor asomo de culpa -afirmó ella-. Y tú eres mucho mejor con ello que la mayoría. Si quisiera convertirme en cantante de baladas, estaría viajando con Tionne. Tú quieres ganar la guerra contra los yuuzhan vong. Por eso estamos aquí. Enséñame.
El Maestro Jedi dejó escapar un profundo suspiro. Hizo una mueca como para tomar fuerzas ante un trabajo desagradable, y entonces se dejó caer sobre una rodilla.
-Observa, siente y sigue -le indicó, y entonces se inclinó sobre uno de los prisioneros.
Jaina sintió como el poder del Jedi de más edad alcanzaba la mente del hombre. Kyp formó la imagen de un sol brumoso matutino, apenas visible sobre los horizontes boscosos de Gallinore... más o menos la hora cuando aterrizaron, recordó Jaina. Por medio de suaves y fríos golpes, Kyp barrió la memoria desde ese momento al actual. Después, salió, como un ladrón escabulléndose de una casa saqueada.
Lentamente Kyp rompió el contacto con el guardia caído y alzó sus ojos hacia los de Jaina. Su rostro seguía pálido por la caída heladora, y las profundas sombras bajo sus ojos los hacían parecer de un verde más vivo. El poder en ellos, aunque se iba desvaneciendo, era a la vez inquietante y atrayente.
-Ahora tú.
Jaina asintió y tocó con la Fuerza a otro guardia. Pero en lugar de visualizar el sol de la mañana, ella se enfocó en la imagen de un cronómetro. Lentamente lo obligó a retroceder, eliminando momentos de la vida de ese hombre.
Cuando la tarea estuvo hecha, miró al Maestro Jedi. El la estudió durante un instante, con expresión inescrutable.
-Tienes un don para esto -dijo al fin-. Buen control. Muy preciso. Encárgate de ese, yo me ocuparé del otro. Acabemos con esto.
Momentos después estaban de nuevo camino al laboratorio de Sinsor Khal. Jaina colocó su mano en el lector de palmas, y la puerta se abrió. Un hombre de complexión débil y delgada levantó la mirada de su trabajo. A primera vista no había nada particularmente inusual en él. Su cabello color arena estaba ordenadamente cepillado, y su barba corta y cuidada. Llevaba una bata roja de laboratorio marcada por algunos puntos oscuros.
-¿Profesor Khal? -preguntó Jaina.
-Yo soy. Y tú debes de ser la joven protegida de Ta'a Chume -dijo con tranquilidad-. Bienvenida.
Se adelantó, extendiendo una mano como saludo. De cerca, ella pudo notar el débil aroma cobrizo que emanaba de las vestiduras rojas, y se dio cuenta de que el color había sido elegido por motivos prácticos, o tal vez por camuflaje. Se trataba de un hombre que trabajaba con sangre, y su bata roja de laboratorio servía al mismo propósito en ese lugar que los trajes de vuelo en la superficie.
Jaina tomó la mano de Sinsor Khal, advirtiendo al hacerlo que el científico era más alto que ella, pero no mucho más. Podía mirarle directamente a la cara sin tener que echar para atrás la cabeza... una experiencia poco usual para la pequeña joven.
El científico no le devolvió su examen minucioso. De hecho, sus ojos nunca se posaron sobre ella o sobre los dos hombres tras ella. Obviamente era consciente de su presencia, pero parecía extrañamente ajeno. La mayor parte de la gente habría comentado algo acerca de sus ropas mojadas, de su apariencia desaliñada. Curiosa, Jaina le tocó con la Fuerza. Había poco que leer. Sinsor Khal estaba extrañamente cerrado a ella. La única percepción que pudo percibir fue una curiosidad neutral, desprovista casi de cualquier aderezo emocional y muy diferente de cualquier respuesta humana que hubiera encontrado anteriormente. Tal vez para él no eran personas, sino especímenes...
Rápidamente retiró su mano e hizo un gesto hacia el alto hapano.
-Este hombre tiene el implante.
-Ponedle allí -dijo, señalando.
“Allí” era una mesa larga, rodeada por un pequeño canalón e inclinada ligeramente hacia un par de desagües.
Kyp lanzó una mirada de duda hacia Jaina,
-Todo irá bien -aseguró ella.
El prisionero no compartía su optimismo. La lucha para ponerlo encima de la mesa terminó abruptamente cuando Sinsor Khal colocó una pequeña arma con forma de bláster contra el hombro del hombre y apretó el gatillo. El hapano se derrumbó delante de la mesa.
-Muy bien -anunció el científico-. Todo listo para una rápida vivisección y una puesta a punto general. Es un modo de hablar -añadió alegremente, como si percibiera la nube de tormenta que comenzaba a crearse en el ceño fruncido del rostro de Kyp.
Jaina y Kyp trabajaron juntos para subir al hombretón sobre la mesa. Al enderezarse, con las manos en la base de su espalda dolorida, Jaina sintió un relámpago de poder mental, una fuerza de la mente extrañamente similar a la de un Jedi. Se giró hacia ello y quedó mirando directamente al rostro de Sinsor Khal. El científico la estaba mirando, realmente mirándola, con una intensidad que sugería que veía cosas que el resto de la gente no podría siquiera sospechar.
-Te conozco -anunció.
Jaina negó con la cabeza.
-Por lo que Ta'a Chume dijo, usted ya era huésped del gobierno de Gallinore antes de que yo aprendiera a andar. Nunca antes he estado en Gallinore.
Una extraña sonrisa apareció en el rostro de Sinsor Khal. Alzó una mano, con la palma hacia arriba. Una pequeña y afilada herramienta se alzó de la bandeja y se depositó en su mano con facilidad pasmosa. Jaina quedó boquiabierta, pero el científico apenas parecía advertir su propio logro.
-No he dicho que nos hayamos encontrado -especificó el Jedi fracasado-. He dicho que te conozco.
Kyp comenzó a avanzar. Jaina le puso una mano en el hombro.
-Tenemos que volver -dijo con suavidad-. Aún tenemos algún trabajo que hacer para asegurarnos de que no hay ningún registro de nuestro paso.
Tras un momento de duda, Kyp muestra su acuerdo con un movimiento de cabeza. Dejan a su prisionero al dudoso cuidado de Sinsor Khal y deshacen sus pasos a través de los pasillos, buscando a todos aquellos con los que se habían encontrado. El Jedi de mayor edad insistió en hacer la mayor parte del trabajo. Jaina se contentó con dejarle hacer lo que desease. Hoy ya había llevado sus poderes de la Fuerza a nuevos niveles, y las palabras del científico resonaban en sus pensamientos como risas burlonas. No podía ignorarlas, no podía negarlas... no considerando la tarea que aún tenía ante ella.
Finalmente Kyp volvió a la nave, dejando que Jaina se ocupase de Lowbacca. Al entrar en el centro de investigación, todo el frío y el dolor de los túneles parecieron volver a ella, concentrándose en un frío nudo en la boca de su estómago.
Lowbacca seguía sentado ante su terminal, con su rostro peludo absorto en ella. La científica de pelo oscuro se había aburrido de su tarea y estaba sentada cansinamente en otra estación de trabajo. Una débil sonrisa asomó a los labios de Jaina. El wookiee adoraba los ordenadores. Probablemente habría perdido la noción de las horas que habían pasado desde su llegada. De algún modo, eso hacía su tarea más fácil.
Jaina se colocó tras él y se agachó, apoyando su barbilla sobre el hombro de él. Sus ojos se cerraron y tomó una lenta y tranquilizadora bocanada de aire. El húmedo aroma familiar del pelaje wookiee llenó sus sentidos. Se extendió con la Fuerza y por un momento saboreó la sólida y leal presencia que era Lowbacca. El único amigo que verdaderamente confiaba en ella, el único Jedi que la miraba y veía a la Jaina que una vez había sido.
Discretamente le deslizó un holocubo. El wookiee transfirió rápidamente la información necesaria y se lo devolvió. Cuando él lo deslizó en la mano de Jaina, ella tomó su inmensa garra y la mantuvo agarrada por un instante. Él inclinó la cabeza a un lado y le dirigió una mirada de curiosidad. Su nariz se arrugó ante el olor del refrigerante que había calado en su traje de vuelo casi seco.
-Es una larga historia -dijo suavemente-. Necesito que entres en los registros de seguridad. Nunca he estado allí. Haz que sea cierto.
El wookiee asintió y borró las pisadas con unos pocos y diestros movimientos. Cuando un gruñido de satisfacción anunció su éxito, Jaina le alcanzó por el vínculo que los unía y llevó a su mente una imagen de un reloj de sol wookiee. Lenta e inexorablemente, obligó a las sombras a retroceder.
Unos instantes más tarde, Jaina se enderezó y se giró hacia la científica. El asombro y luego la preocupación asomó al delgado rostro de la mujer. De pronto Jaina se dio cuenta de los húmedos rastros de lágrimas en sus mejillas. Se las limpió, del mismo modo que había limpiado las últimas horas de la memoria de Lowbacca.

La aprendiza (III)

Hicieron falta los esfuerzos de ambos Jedi para meter a la fuerza a su prisionero dentro de un traje de vuelo verde, incluso aunque este estaba profundamente inconsciente. El hapano era un hombre grande, al menos una cabeza más alto que Kyp y muy musculoso. Ya causaba bastantes problemas como peso muerto; Jaina se figuró que sería mucho peor despierto.
Su reciente lucha con Tenel Ka había revelado una considerable pericia en el estilo de kickboxing hapano. Ciertamente, dos Jedi podrían manejarlo, pero no sin atraer una atención indeseada.
Finalmente, la tarea estuvo hecha. Jaina se sentó sobre sus talones y colocó un mechón suelto de cabello marrón tras su oreja.
-Yo digo que le transportemos así. Coloquémoslo en un trineo repulsor.
Kyp negó con la cabeza.
-Tres personas saliendo a pie de la nave no atraerán mucho la atención. Dos personas andando y uno flotando... eso seguramente levantará sospechas. Además, los túneles de ventilación son sensibles a la luz y el calor. El trineo no genera mucho calor, pero las luces de control podrían ser suficiente para activar los sensores.
-Podría reconfigurar los controles.
-Desde luego, pero eso tardaría un tiempo. Dudo que dispongamos de mucho como para perderlo.
Jaina asintió con un movimiento de cabeza. Observó intensamente mientras Kyp colocaba una mano en la frente del hombre. Sintió como el Maestro Jedi alcanzaba la mente del prisionero, le sintió usar la Fuerza para retirar los escudos que lo mantenían en su letargo.
El hombre grande se despertó de repente, agitándose y balbuceando como un hombre ahogándose en un mar de pesadillas. Sus ojos se centraron en Jaina, y súbitamente quedó quieto y en silencio. Entonces, sus recuerdos volvieron de pronto, seguidos de un abrasador destello de pánico... el de ella había sido el último rostro que vio antes de que un puño invisible alcanzase su mente y la encerrase en la oscuridad y el silencio.
El hapano se incorporó para sentarse y retrocedió, arrastrándose hacia atrás como los cangrejos para poner la mayor distancia posible entre él y la joven Jedi.
-¿Por qué? -preguntó con voz seca y rasposa.
Jaina sabía exactamente a qué se refería. ¿Por qué se había arreglado su fuga de las prisiones de Hapes? ¿Por qué se había permitido a sus dos compatriotas seguir huyendo, mientras él era retenido? ¿Por qué habían controlado su mente y le habían ocultado en la bodega de una nave? Le ofreció una sonrisa tranquilizadora.
-La princesa Tenel Ka os ha otorgado un perdón condicional. Ella comprende que el implante yuuzhan vong puede haberte conducido a atacarla. Te hemos traído a Gallinore para quitártelo. Después de eso, su abjuras de tu deserción y una investigación Jedi demuestra que estás libre de otras intenciones traicioneras, tu indulto tendrá efecto completo.
-¿Por qué? -repitió en un tono más fuerte.
-Estamos tratando de recuperar a los desertores, especialmente aquellos que pudieran tener información valiosa acerca de los yuuzhan vong. Hapes necesita todos los buenos pilotos que pueda conseguir.
Prudentes ojos azules escrutaron el rostro de Jaina mientras el hombre sopesaba sus palabras.
-¿Y los otros dos hombres? ¿Los piratas que escaparon conmigo?
-Los detuvieron antes de que abandonasen la atmósfera de Hapes. Dado que estamos soslayando la ley hapana, tenemos que mantener esto en silencio hasta que sepamos con seguridad que el esfuerzo merece la pena. Las naves de huida de tus amigos serán registradas como destruidas. De ese modo, si no se rehabilitan, ya estarán considerados como muertos.
Jaina alzó una ceja, indicando las opciones que quedaban ante él. Había dado deliberadamente a su historia un aire lo suficientemente siniestro como para parecer plausible y añadió un poderoso empujón de persuasión Jedi. Un instante después, el hombre aceptaba su “indulto” asintiendo con la cabeza. Los dos Jedi le ayudaron a ponerse en pie y lo flanquearon de camino a las instalaciones de aseo de los pilotos.
-Vamos a atravesar los túneles de ventilación -explicó Jaina conforme se deslizaban por un pasillo lateral escasamente iluminado.
Se detuvieron ante una gran compuerta circular. Kyp la agarró por la muñeca cuando ella fue a manipular los controles.
-Espera. La luz de este pasillo podría activar una alarma.
Extrajo su sable de luz y lo lanzó con un brillante arco hacia las luces del techo. Emitieron un fuerte destello y luego se apagaron, dejando el pasillo a oscuras.
Inmediatamente, un profundo escalofrío invadió a Jaina. Agarró a su prisionero con una mano que súbitamente era torpe y pesada. Sus dedos se cerraron alrededor de la muñeca del hapano. Su piel era fría al tacto.
-¿Qué es esto? -preguntó él asustado-. ¿Qué ocurre?
-Tengo que bajar nuestra temperatura corporal para que coincida con la temperatura del aire en los túneles -respondió Kyp-. Puede que no sea agradable, pero es necesario. Moveos despacio y permaneced alerta.
-Entendido -murmuró el hombre.
Jaina abrió la puerta y entró en el túnel. El pasaje redondeado era justo lo bastante grande como para poder avanzar encorvado, y estaba en pendiente hacia abajo. Conforme Jaina iba avanzando por él, rápidamente agradeció la pendiente. Los túneles estaban fríos, y sentía que sus piernas torpes apenas le respondían.
Finalmente, el túnel se niveló, y un brillo azulado casi imperceptible asomaba al fondo. Jaina aceleró el paso. El túnel se abría en un pasillo redondeado lo bastante grande para permitirles andar de pie. Salió rodando, disfrutando de la suave luz. El túnel seguía siendo dolorosamente frío, pero después de la total oscuridad de los túneles laterales, la débil luz difusa resultaba extrañamente reconfortante. Se hizo a un lado para permitir que el hapano saliera. El hombretón se arrastró al exterior y se estiró, y luego giró los hombros para soltar los entumecidos músculos.
Ajustó su paso al de los dos Jedi, caminando casi tan silenciosamente como sus dos captores, mucho más pequeños que él. Jaina le alcanzó con la Fuerza, tratando de medir su estado de ánimo y sus intenciones. Captó un alto nivel de ansiedad, pero dadas las circunstancias eso parecía razonable.
Se movieron en silencio por un laberinto de túneles, contando túneles laterales y puntos de drenaje, siguiendo el patrón que Kyp se había aprendido de memoria. Finalmente, el Maestro Jedi señaló una escotilla en un muro lejano.
-Esa es -dijo suavemente.
Sin aviso previo, el hapano se echó al suelo y ejecutó un rápido barrido con la pierna. Su ataque fue increíblemente rápido... y lo habría sido incluso si no hubiera estado casi inmovilizado por el frío. Kyp cayó al suelo, y al caer le dio tiempo a Jaina para retroceder un par de pasos. El prisionero completó el giro y se puso en pie con un movimiento fluido.
Se inclinó a un lado, levantando la rodilla y lanzó una rápida patada. Instantáneamente Jaina retrocedió a las lecciones aprendidas durante su breve aprendizaje con Mara Jade. Reconociendo la finta, se agachó bajo la primera patada elevada. Se inclinó con fuerza hacia el luchador, sincronizando su impulso con su segunda patada y golpeando con su antebrazo extendido el tendón sensible justo bajo los músculos de la pantorrilla del otro.
La sacudida del impacto no fue en absoluto tan fuerte como esperaba. Demasiado tarde, Jaina reconoció la doble finta. La tercera y poderosa patada del hapano le hizo perder el equilibrio y la lanzó por el aire.
Jaina golpeó el muro redondeado y cayó rodando. Se alzó sobre una rodilla, sintiendo demasiado frío y demasiada rabia para sentir el dolor que con seguridad vendría después. Le luchador avanzó, levantando en el aire una pierna estirada para dejarla caer en un poderoso golpe de arriba hacia abajo.
Instintivamente, Jaina lanzó una mano hacia su atacante. Relámpagos oscuros destellaron desde las puntas de sus dedos. Tentáculos dentados y espectrales danzaron envolviendo al hapano, levantándolo, y empujándolo por el túnel.
Jaina había desencadenado relámpagos de la Fuerza una vez con anterioridad. Esta vez vinieron más fácilmente... pero una vez convocados, era difícil disiparlos. Rayos de energía oscura delimitados por sombras de color violeta azulado surgían de ella, golpeando al hombre que gemía y se debatía contra la pared del túnel.
Era vagamente consciente de otro poder cayendo como una sombra en su rabia oscura y brillante. El relámpago terminó con un abrupto y audible chisporroteo cuando Kyp le agarró la muñeca. Le dio la vuelta para mirarla a la cara.
Durante un instante, simplemente se quedó mirando al Maestro Jedi, sorprendida por sus propias acciones e insegura de si lo que iba a recibir era condena o aprobación.
Kyp apartó la mirada el primero. Ella siguió su mirada hacia el techo, y observó el débil siseo proveniente de docenas de pequeñas aperturas redondas.
-El relámpago ha activado los sensores -dijo él con tono cortante-. Salgamos de aquí.
Volvieron a poner en pie al hapano aturdido y comenzaron a avanzar hacia la escotilla. Un muro de duracero cayó de golpe en su camino, sellando el túnel. Jaina se giró a tiempo de ver un muro similar cayendo tras ellos. El siseo aumentó de volumen, y súbitamente una cascada de fluido frío y de olor acre surgió de las válvulas.
Una veloz tromba de refrigerante inundó el túnel sellado, golpeando desde abajo los pies de Jaina y llevándosela consigo, dando vueltas en la turbulenta corriente. Se hundió brevemente y volvió a salir escupiendo un trago de la sustancia amarga.
Algo le atrapó el pie y volvió a tirar de ella hacia abajo. Jaina agitó los brazos hasta que su mano atrapó una especie de agarradera metálica en el muro redondeado. La agarró con fuerza y tiró hacia arriba para librarse de su atacante. Consiguió subir un poco, y encontró otra agarradera. Continuó ascendiendo, subiendo hacia el techo centímetro a centímetro, lenta y dolorosamente. El refrigerante la entumecía, y los pulmones le dolían y le ardían. Su lucha terminó de golpe, y salió disparada hacia arriba. Su cabeza salió a la superficie, y por unos instantes todo lo que pudo hacer fue tomar aire y aferrarse a su fría agarradera metálica.
Jaina miró a su alrededor, buscando a Kyp. Él había encontrado una agarradera similar. Para su sorpresa, su brazo libre estaba rodeando al hapano por debajo de su barbilla, manteniéndolo a flote como si fuera un socorrista. Ella había asumido que el hombretón había tratado de tirar de ella hacia abajo, pero se dio cuenta de una sola mirada que no estaba en estado de continuar con su ataque.
El nivel de refrigerante continuó su rápido ascenso, y los poderosos surtidores provenientes de arriba habían difícil respirar e imposible hablar. Jaina echó un vistazo al techo.
El fluido pronto alcanzaría la parte superior. Si no encontraban pronto un modo de salir, se ahogarían.
Kyp atrajo su atención y señaló con la cabeza hacia la izquierda de Jaina... hacia la fuerza invisible que había tratado de tirar de ella hacia abajo. Jaina advirtió el vórtice que aparecía en la superficie, avanzando hacia ellos. Un túnel de drenaje, con toda probabilidad.
El Maestro Jedi se soltó, lanzándose deliberadamente a sí mismo y a su carga hacia la poderosa espiral. Jaina tomó aire lenta y profundamente, y les siguió.
Cayó, debatiéndose a través del frío y la oscuridad. Su violento descenso se frenó conforme los muros se estrechaban, y entonces una luz difusa se acercó rápidamente hacia ella a través del agua que caía.
Silueteadas contra ella estaban las oscuras formas de Kyp y su prisionero que caían con ella. Entonces, de pronto, ambos hombres se detuvieron.
Jaina continuó avanzando hacia delante. Distinguió la forma regular de una reja metálica, y un latido después golpeó de cabeza contra ella.
El refrigerante continuó cayendo por el estrecho túnel, aplastándola contra la reja como un mynock agarrado a un caza a toda velocidad. Se esforzó por liberarse, pero la fuerza del acelerado fluido era demasiado grande.
Sintió el toque de Kyp a través de la Fuerza, y entonces empezó a deslizarse hacia un lado de la reja, movida por un empujón psíquico más fuerte que la veloz corriente de líquido. El resplandor del sable de luz de Kyp se disparó hacia la escotilla, y la cerradura cedió.
Los tres salieron dando traspiés, cayendo en un depósito ancho y poco profundo. Jaina avanzó con dificultad hasta un borde y se aupó al exterior. Cayó al suelo... y se detuvo justo ante varios pares de pies enfundados en botas.
Fuertes manos la agarraron y la pusieron en pie. Un calor interior fluyó a través de Jaina en una súbita oleada de poder, y sus miembros congelados despertaron con un millar de pequeños pinchazos de dolor.
Se agarró a las muñecas de los guardias, segura de que caería si las soltase. Aunque todos sus instintos la llamaban a luchar, Jaina se enfocó en su lucha interior. Estaba peligrosamente cerca de perder la consciencia. Si lo hacía, entonces todo estaría perdido.
Un brillante destello de luz llenó la sala, un estallido de poder que hizo añicos la débil concentración de Jaina. Cayó deslizándose al suelo, al perder el apoyo del guardia, y dejó que las tinieblas la reclamasen.

La aprendiza (II)

Jaina y Lowbacca zigzaguearon a través del laberinto de mármol verde cubierto de niebla hacia el extenso distrito dedicado a las investigaciones. Una carta de presentación de Ta'a Chume, la abuela de Tenel Ka y antigua Reina Madre de Hapes, les sirvió para obtener plena colaboración y acceso ilimitado a las instalaciones. A los pocos momentos, Lowbacca ya estaba sentado ante un terminal, y sus dedos peludos volaban mientras repasaba los registros informatizados de las investigaciones de Gallinore, buscando cualquier cosa que pudiera servir de vínculo entre una tecnología que Jaina y él pudieran entender, y los secretos de la Mentirosa, su nave yuuzhan vong robada.
Pero aparentemente ni siquiera la influencia de Ta'a Chume era suficiente para permitirles un acceso a la información sin ser supervisados. Una mujer joven de pelo oscuro que llevaba la túnica blanca de los técnicos y una perpetua expresión de preocupación permanecía junto a ellos para “ayudarles”. Jaina esperó a que el comunicador de la técnica sonase, y entonces se inclinó y apoyó su barbilla en los hombros del wookiee.
-¿Puedes darme una lectura de los planos y la seguridad? -dijo en voz baja.
Lowbacca gruñó una pregunta. Como respuesta, Jaina le envió imágenes mentales de su reciente batalla en la mundonave yuuzhan vong, devolviéndole por un instante el terror y la incertidumbre de estar luchando por abrirse camino por lo desconocido. El conocimiento de la estructura de la mundonave podría haber supuesto una diferencia, podría haber salvado algunas de las vidas que se perdieron en ese terrible lugar. Un suave y ronroneante gemido escapó del wookiee cuando éste admitió sus pérdidas comunes, y la prudencia de la precaución de Jaina.
Ella se enderezó y se dirigió a la científica.
-Debo hablar con Sinsor Khal. ¿Puedes enseñarme dónde encontrarlo?
Una expresión peculiar cruzó el rostro de la joven, pero esta volvió a sacar su intercomunicador y transmitió la solicitud de Jaina. Lowbacca encajó diestramente un holocubo en un terminal de salida y transfirió los datos pedidos. Luego se lo pasó disimuladamente a Jaina.
A los pocos momentos llegó una escolta armada que la guió por un laberinto de pasillos blancos impolutos. La dejaron ante una puerta grande, le indicaron un lector de manos que estaba instalado junto a la puerta, y se marcharon a paso mucho más vivo que el que habían seguido al venir con ella.
Jaina se encogió de hombros y apoyó la mano en el aparato. La puerta se abrió como un diafragma. Jaina entró en una sala grande, llena de tantos equipos y tan desordenados que sospechó por un momento que estaba viendo el resultado de una colisión frontal entre dos naves grandes. La puerta se cerró a su espalda con un ruido metálico como el de la puerta de una cárcel.
Recorrió la sala, contemplándola como si se tratara de un campo de batalla. Cuando supo todo lo que le hacía falta, salió por donde había entrado, recorrió a la inversa por los pasillos el camino por donde había venido, y se dirigió a su nave.
Kyp la esperaba en la bodega, con un aire siniestro en su delgado rostro, y sus ojos vacíos de cualquier vestigio del astuto humor que había demostrado contra Tenel Ka. Señaló con la cabeza su secreto compartido... el prisionero hapano oculto en la bodega, mantenido en un trance inducido por la Fuerza tan profundo que los dos otros Jedi no habían podido percibir la presencia de una quinta persona a bordo de la nave.
-Oigámoslo -dijo él sin más preámbulos.
-Ya sabes que este hombre es un colaborador de los yuuzhan vong -comenzó Jaina-, y que atacó a Tenel Ka, un miembro de la familia real hapana. Eso es un crimen capital en Hapes. Si no le hubiéramos ayudado a escapar, habría sido ejecutado.
Kyp dejó caer un hombro de forma desdeñosa.
-Los Jedi juran proteger todas las cosas vivientes, pero sigo sintiéndome extrañamente incapaz de derramar lágrimas en su nombre.
-Los vong le pusieron un implante de coral esclavo -continuó ella-. Es un dispositivo de comunicación y control. Quiero que se lo quiten, que lo estudien y lo modifiquen. En última instancia, lo que quiero es golpear a los yuuzhan vong con sus propias “armas”.
Los ojos del Maestro Jedi brillaron de interés. Jaina activó el holocubo, y un modelo brillante de la disposición del edificio tomó forma, flotando en el aire entre ellos.
-Lowbacca es bueno. Me consiguió esto sin que nadie se diera cuenta de lo que estaba haciendo. Puede borrar cualquier registro del sistema con igual facilidad. Hacemos entrar a este hombre, salimos, borramos nuestros pasos. Lowbacca puede eliminar de los registros de seguridad a cualquiera que no queramos que aparezca, y se rumorea que tienes práctica eliminando recuerdos indeseados de la gente.
Miró con expectación a Kyp. Él hizo un gesto para que continuase.
-Aquí está el laboratorio, abajo en este nivel inferior. Ya he estado allí. Estos planos tienen todos los detalles que necesitamos, pero quería ver la disposición con mis propios ojos y tener una sensación del lugar con la Fuerza. Y esto es lo que creo que debemos hacer.
Kyp escuchó su plan con atención, con gesto inescrutable. Parpadeó una sola vez, cuando ella concluyó su propuesta diciéndole:
-Me pediste que fuera tu aprendiza. Aquí es donde empezamos.
Él se apoyó contra el muro y cruzó los brazos.
-Tienes un gran concepto de tu valía.
-Éste es mi precio.- Jaina extendió las dos manos y le ofreció su mejor imitación de la sonrisa torcida característica de su padre-. ¿Quieres tomarme o no?
Los dos Jedi se miraron fijamente a los ojos durante un largo momento.
-Sabes que no podremos hablar nunca de esto, a nadie -dijo Kyp.
-¿A quién se lo iba a contar? -repuso ella-. ¿Al tío Luke?
Él bajó la cabeza, asintiendo despacio, sin dejar de devolverle la mirada.
-Entonces, de acuerdo. Vamos a terminar este trabajo.

La aprendiza (I)

La aprendiza
de Elaine Cunningham
Jaina Solo se ajustó el arnés del asiento de copiloto y se inclinó hacia delante, ansiosa de echar un primer vistazo a Gallinore. El pequeño carguero hapano salió suavemente del hiperespacio, y las líneas estelares se comprimieron en brillantes puntos de luz... una vista preciosa, pero que podría haber indicado cualquier destino. Entonces la nave viró bruscamente a estribor, y una suave bruma verde floreció contra la oscuridad del espacio.
La niebla se agarraba al planeta cubierto de bosque, y los inclinados rayos del sol naciente hacían salir de la húmeda atmósfera un resplandor luminoso y verdusco. Lowbacca dejó escapar un grave e intenso gemido que denotaba admiración y nostalgia.
-Sí que se parece un poco a Kashyyk -convino Jaina, nombrando el planeta natal de los wookiees.
Volvió la mirada a sus compañeros. Lowbacca siempre había sido delgado en los estándares wookiee, pero su reciente cautividad le había dejado realmente flaco, y su pelaje color jengibre estaba apagado y desigual. Tenel Ka también estaba más delgada, y su traje de vuelo verde oscuro colgaba sobre su figura demasiado fina. Su larga cabellera rojiza estaba cuidadosamente peinada con una multitud de trenzas, al estilo de las guerreras de Dathomir, pero con una salvedad: se había apartado los cabellos hacia un lado para ocultar la zona vacía que un inquisidor yuuzhan vong le había dejado al arrancarle una de sus trenzas. Jaina apartó rápidamente sus ojos de ese recuerdo de su terrible experiencia compartida. Sus propias cicatrices eran de otro tipo.
Su mirada pasó al hombre en el asiento del piloto. Kyp Durron superaba los dieciocho años de Jaina por una docena de años. Los largos y descuidados bucles de cabello marrón estaban mezclados con mechones de plata, y finas líneas se unían en las esquinas de sus ojos verdes... líneas que sugerían sonrisa fácil y risa compartida. Kyp tenía la clase de rostro que inspiraba camaradería y confianza, y probablemente lo haría incluso sin el carisma añadido de sus formidables poderes Jedi. Una cosa era segura: La gente seguía a Kyp. Jaina trataba de descubrir por qué.
Las brumas de Gallinore se ondularon para recibir a su nave. Jaina se removía impaciente en su asiento. Sus dedos picaban al tacto de los controles, y se frotó bruscamente una mano contra la pernera de su traje de vuelo como si eso pudiera borrar el ansia de tomar el control. Sin embargo, Kyp era un Maestro Jedi y -aún más importante- un Maestro que le había pedido a Jaina que fuera su aprendiza.
Para Jaina, estar sentada en el asiento del copiloto era un modo de poner ese concepto a prueba.
Parte de ella quería rechazar su oferta sin más. Kyp Durron había sido una figura dudosa antes de que la guerra comenzase, antes de acometer su cruzada rebelde contra los invasores yuuzhan vong. Sus incursiones eran controvertidas, y su defensa apasionada de las tácticas agresivas había llevado la discordia a todas las reuniones de Jedi, asistiera él o no.
Pero a cierto nivel, Jaina sentía que ella y Kyp ya estaban volando en el mismo vector.
No podía discutir ni contra su filosofía ni contra sus métodos. Simplemente no estaba segura de querer ponerle al mando.
Kyp observó la extensión intacta de verde que se acercaba a toda velocidad hacia su nave.
-El ordenador de navegación confirma las coordenadas de aterrizaje, pero no veo nada ahí abajo que se parezca a una ciudad.
Tenel Ka levantó la mirada de la tableta de datos que había estado estudiando durante casi todo el viaje.
-Es difícil ver Dimitor desde arriba. La ciudad está construida principalmente con mármol verde y todas las calles están alineadas con altos árboles. Incluso los muelles de aterrizaje están pavimentados con piedra multicolor, haciéndolos indistinguibles del suelo agreste hasta que estás prácticamente sobre ellos.
-Hace que uno se pregunte qué tienen que ocultar -observó Kyp, dirigiendo una breve y afilada mirada a Jaina.
-Gallinore es un mundo respetuoso con las leyes, afiliado estrechamente al gobierno de Hapes -respondió gravemente Tenel Ka. Su mirada pasó a Jaina-. Estoy más preocupada por nuestras intenciones que por las suyas. Vamos a aterrizar en breve. ¿No deberías decirnos por qué hemos venido?
Jaina asiente con un gesto de cabeza.
-Déjame ver tu sable de luz.
La mujer guerrera frunce el ceño, extrañada, pero retira el arma de su cinturón y se la ofrece.
Jaina hizo girar el inusual sable de luz en su mano, recorriendo con su pulgar las extrañas inscripciones que Tenel Ka había tallado meticulosamente en la empuñadura de marfil amarillento.
-Un diente de rancor -observó. Con un gesto de su pulgar, activó un rallo de brillante luz turquesa... de una tonalidad extrañamente iridiscente, una tonalidad que, al observarla detenidamente, contenía puntos danzantes de cada color del espectro visible.
-Usaste gemas irisadas para los cristales de enfoque, ¿verdad? ¿De Gallinore?
-Es un hecho -confirmó Tenel Ka.
-Esas “gemas” son realmente criaturas vivas, y pese a ello fuiste capaz de usarlas en un sable de luz Jedi... igual que Anakin sintonizó los cristales lambent yuuzhan vong para el suyo. He leído que las gemas irisadas, al igual que mucha de las formas de vida únicas de este mundo, fueron creadas por bio-ingeniería.
La comprensión asomó en el rostro de la mujer guerrera.
-Esta similaridad te lleva a esperar que los científicos de Gallinore puedan ayudarte a comprender a la Mentirosa -concluyó, nombrando la nave viviente que Jaina y Zekk habían robado de una mundonave yuuzhan vong.
-Ese es el plan.
Jaina apagó el arma Jedi de su amiga y se la devolvió.
Quedaron en silencio cuando Kyp entabló contacto de voz con los oficiales del puerto. Pasó los códigos de autorización y maniobró diestramente la nave a través de capas de nubes. Los tres Jedi más jóvenes se levantaron de inmediato, dejándole a él para que apagase los controles.
La rampa se desplegó, y Jaina descendió y echó un vistazo a los muelles con interés.
Podía ver por qué ese lugar era casi invisible desde arriba.
Una fuerte brisa removía las gruesas nubes bajas que llenaban los muelles abiertos y se agarraban a los árboles de la ciudad que se alzaba más allá. Elevadas y ondulantes ramas aparecían y desaparecían de la vista como tímidos animales del bosque. Las bahías de atraque estaban atendidas por pilotos, mecánicos y oficiales del puerto, todos vestidos con trajes de vuelo diseñados con distintos tonos de verde. También ellos parecían moverse dentro y fuera de la niebla con patrones aleatorios. Algún extraño efecto óptico hacía que sus movimientos parecieran casi idénticos al del ondulante follaje.
Incluso así, los trabajadores inmediatamente se acercaban a cualquier nave que acabase de aterrizar, usando pequeños pero potentes aerotrineos para conducirla al interior de una bahía de atraque cubierta por un elevado toldo de camuflaje. Era difícil de creer que el sol de Gallinore pudiera disipar el manto de nubes nocturnas antes de llegar a su zenit. Jaina entornó los ojos para mirar a la zona de niebla más brillante, observando con consternación la posición del sol. Tendría que trabajar con rapidez.
-El edificio de aduanas -dijo Tenel Ka, señalando con la cabeza una estructura baja y verde-. Los oficiales de la ciudad nos estarán esperando allí.
Retrasó los hombros, como los guerreros preparándose para el combate, y se dirigió hacia allí a paso ligero.
Una fugaz sonrisa asoma en los labios de Jaina al imaginarse la “reunión diplomática” que seguiría. Tenel Ka era una princesa de Hapes, el mundo dominante del Consorcio de Hapes, pero estaba allí en calidad de guerrero para exhortar a otros a prepararse para el inminente conflicto. Por sugerencia de Jaina, todos los visitantes Jedi excepto Lowbacca estaban vestidos con trajes de vuelo verdes idénticos a los que llevaban los gallinorianos. Lo había sugerido como forma de honrar la costumbre local, y para crear una impresión de unidad. Tenel Ka estaba complacida con ese concepto, y no preguntó si Jaina había tenido otras razones para querer tener el mismo aspecto que los locales.
Kyp descendió la rampa y comprobó la compuerta que conducía a la bodega de carga. Tenel Ka echó un vistazo al Jedi de más edad. Aunque la expresión de su rostro no cambió ni su paso se alteró, oleadas de desaprobación surgían de ella.
Jaina se interpuso en el camino de la guerrera de Dathomir y se enfrentó a ella.
-Muy bien, suéltalo.
Tenel Ka se detuvo y clavó en Jaina la gélida mirada de sus ojos grises.
-Comprendo tu deseo de aprender de los científicos de Gallinore. ¿Pero por qué está Kyp Durron con nosotros? Es imposible que estés considerando su oferta de ser su aprendiza.
-Tal vez debería. Kyp es un Jedi excepcionalmente poderoso. -Jaina hizo una pausa y mostró una breve sonrisa desprovista de humor-. Tiene que serlo. La única razón por la que sigue con vida es porque las personas que debían juzgarle creyeron que su talento superaba a sus crímenes pasados.
Tenel Ka alzó una ceja de color dorado-rojizo.
-No es tu estilo ser cínica.
-Realista -corrigió Jaina-. Kyp Durron sabe cosas que yo no sé. Podría aprender de él.
-Es un hecho. Eso es lo que me preocupa.
Jaina deja escapar un suspiro de frustración y suelta su mejor carta... una afirmación lo bastante fuerte para reducir a la nada las discusiones y parar en seco las conversaciones.
-El Maestro Luke confía en él.
-¿Y tú? -replica Tenel Ka-. ¿Puedes confiar tú en él, después de lo que hizo en Sernpidal?
El brusco recordatorio golpeó a Jaina como un puñetazo en el vientre. No hacía demasiado tiempo, Kyp había usado la Fuerza para convencer a Jaina de que los astilleros enemigos ocultos entre los restos del mundo muerto de Sernpidal estaban construyendo super-armas. Kyp la había manipulado, usando el apellido Solo y la reputación personal de Jaina como piloto del Escuadrón Pícaro para convencer a las fuerzas de la Nueva República para que se unieran al ataque. Ese engaño aún le dolía, al igual que el conocimiento de que el Escuadrón Pícaro, principalmente por su iniciativa, había atacado un objetivo civil.
Trató de apartar todo eso con un gesto de impaciencia.
-La misión fue un éxito. La destrucción de la nueva mundonave de los vong reforzó la posición de la Nueva República.
-Tal vez -concedió Tenel Ka-. Pero me sigo preguntando si tu disposición a atacar Sernpidal tenía tanto que ver con la venganza como con la táctica.
Un aullido wookiee de protesta se adelanta a la respuesta de Jaina. Lowbacca se colocó junto a Jaina, con sus largos brazos cruzados ante el pecho y sus ojos negros entornados. Bufó unas cuantas frases breves e indignadas. Algunos de los matices del lenguaje wookiee se le pudieron escapar a Tenel Ka, pero su significado estaba lo bastante claro como para traer un débil rubor a sus mejillas.
Ella inclinó la cabeza.
-Mis disculpas, amigo mío. No pretendía faltar al respeto al honor de tu tío Chewbacca, o a la deuda de vida que asumiste en su nombre. Su sacrificio en Sernpidal ciertamente habría sido devaluado por la venganza.
Miró fijamente a Jaina, pero no de forma tan afilada como podría haber sido.
Kyp se acercó al trío. Su mirada pasó por todos, deteniéndose en la postura defensiva de Lowbacca.
-¿Qué me he perdido?
-Sólo estábamos preparándonos para separarnos -dijo Jaina, consciente del posible doble significado que albergaban sus palabras... y segura de que Kyp comprendería el matiz-. Tenel Ka tiene que asistir a algún tipo de reunión diplomática, y Lowie y yo iremos al centro de investigación.
-Ya veo. Me quedaré con la nave y tendé los ojos bien abiertos.
-Eso no debería ser necesario -observó Tenel Ka-. Dimitor es una ciudad respetuosa con las leyes.
-Razón de más por la que debería quedarme aquí -dijo Kyp con tono seco. Un destello cruza sus ojos y muestra su sonrisa más encantadora a Tenel Ka-. O tal vez no haya entendido bien. ¿Me estás invitando a ir contigo?
Los ojos de la guerrera se abrieron como platos, y por un instante su formidable compostura falló.
Antes de poder formular una negativa aceptablemente educada, Kyp le guiñó burlonamente un ojo y luego salió con paso firme hacia su nave.
Jaina alzó una mano a sus labios para ocultar una sonrisa burlona. Por supuesto que el Maestro Jedi había sentido la discordia entre las dos jóvenes mujeres, y había interpretado esta pequeña y burlesca venganza de parte de Jaina. Su apoyo le divirtió y la reconfortó, incluso aunque reconocía la manipulación que suponía. Por la razón que fuera, Kyp quería hacerse cargo de su entrenamiento.
Ella pretendía saber hasta dónde estaba él dispuesto a llegar para alcanzar ese objetivo concreto.
Esperó a que Tenel Ka se hubiera ido con un par de oficiales de la ciudad, y entonces se volvió con ojos de gratitud hacia su auténtico apoyo. Lowbacca actuaba como intermediario entre Jaina y sus demás amigos.
Tenel Ka no era la única joven Jedi que seguía a Jaina y que no confiaba enteramente en ella. Sin embargo, nadie cuestionaba la integridad del wookiee, y su apoyo continuado ayudaba a mitigar sus preocupaciones.
-No sé qué haría sin ti -dijo sinceramente.
La breve y descontenta respuesta de Lowbacca trajo una sonrisa al rostro de Jaina.
-Si Eme Tedé estuviera aún por aquí, probablemente traduciría eso como “el Amo Lowbacca sugiere respetuosamente que sin su intervención, probablemente habría introducido sin darse cuenta coordenadas de ataque que enfocarían sus armas sobre partes vitales de su propia anatomía”. Apuesto que echas de menos a ese pequeño droide.
El wookiee dejó escapar un inconfundible bufido burlón.
Jaina le tomó del brazo.
-Yo tampoco -convino.

martes, 11 de noviembre de 2008

Cielo Rojo, Llama Azul (y V)

Un poco más tarde, los cadetes supervivientes se dirigieron hacia una corbeta atracada, con la intención de utilizar el sistema de comunicaciones para avisar de su situación al puesto avanzado Chiss más próximo. Mientras avanzaban por los pasillos, se abrieron camino entre los cuerpos de sus camaradas, arrastrados hasta allí para que pudieran rendir un último servicio. Los Chiss muertos reposaban en ligeras y brillantes placas de transpariacero, la sustancia que reflejaba el cielo y creaba la ilusión de que la cúpula era un gran lago.
La superficie estaba ligeramente ondulada, dando a todo lo que reflejaba una ilusión de profundidad y de consistencia.
Jag observó el techo. Varias sogas colgaban, algunas de las cuales todavía se balanceaban.
Momentos antes, cada Chiss capacitado colgaba de dos cuerdas apresuradamente sujetas a la estructura metálica del pasillo; una atada al pecho para mantener libres las manos, la otra a los tobillos.
Sus reflejos en los paneles de transpariacero se añadían a los Chiss muertos del suelo. A los ojos de los piratas que entrasen en el pasillo, el suelo aparecía cubierto de cuerpos.
Cuando los estudiantes comenzaron a disparar, la confusión golpeó a los invasores. Dispararon al suelo, girando hacia cada puerta que llevase al pasillo, pero nunca se dieron cuenta de que el peligro estaba sobre de sus cabezas. La batalla fue breve y desordenada.

***

-Una táctica inusual -concedió uno de los Chiss supervivientes, con sus ojos rojos brillando con aprobación mientras miraba el techo
Shawnkyr arqueó una de sus negras cejas.
-No tan inusual -repuso ella-. La derrota es a menudo el camino más corto al engaño, y el engaño puede conducir a la victoria. Todos los grandes tácticos saben que esto es cierto. ¿No es así, teniente?
Pasaron varios segundos antes de que Jag se diera cuenta de que él era el teniente al que se dirigía Shawnkyr y que los Chiss le miraban, esperando respetuosamente su respuesta. Ninguno de los otros cadetes le había llamado nunca por su rango. Cuando los Chiss estaban de buen humor, se dirigían a él por su nombre; si no, se contentaban con “humano”.
Midió cuidadosamente sus palabras, comprendiendo la importancia de ese momento.
-Todos nosotros hemos estudiado al Gran Almirante Thrawn -declaró lentamente-. Dicen que su retorno fue un engaño, que está muerto. Yo digo que eso es mentira.
Por una vez, a sus camaradas les faltó la proverbial sangre fría Chiss. El estupor se reflejaba en cada rostro. ¡Ese asunto no se había discutido nunca! Pero le observaron con calma, esperando sus palabras.
-Siempre estará con nosotros, mientras sigamos aprendiendo de su ejemplo.
Consideraron sus palabras.
-Siempre he soñado con servir a Thrawn -dijo Shawnkyr lentamente-. Eso no ocurrirá. Pero, yo también, puedo aprender de su ejemplo. Ha hecho falta mucho tiempo para que los Chiss se dieran cuenta del líder que fue y aprendieran a seguirle. Ese es un error que no pienso repetir.
Se giró hacia Jag y le ofreció su insignia de comandante de cadetes; luego se cuadró vivamente ante él. Tras un momento de duda, los demás hicieron lo mismo.
Con el ánimo levantado, Jag se alzó y les devolvió el saludo. El esfuerzo fue demasiado, y de nuevo el mundo comenzó a girar y flotar a su alrededor. Miró hacia abajo, intentando volver a orientarse.
Shawnkyr le puso una mano en el brazo y comenzó a acercarles a la corbeta.
-Tengo grandes esperanzas en usted, teniente -dijo suavemente-. No me decepcione intentando hacerse el héroe.
-¿Un miembro del ejército Chiss, aspirando a ser un héroe? -dijo fingiendo incredulidad-. ¿Qué diría Thrawn de eso?

lunes, 3 de noviembre de 2008

Cielo Rojo, Llama Azul (IV)

Jag se dirigió hacia el muelle de reparaciones y examinó su desgarrador. Los mecánicos le habían dado una capa de pintura azul plateada tras uno de sus percances. Cubría parte de las cicatrices, pero hacía sobresalir cada abolladura. Soltó los cerrojos de la cabina. Tuvo que dar algunos golpes con el hombro sobre la cúpula redondeada antes de que el mecanismo decidiera abrirse por completo.
Subió a la cabina y activó los repulsores. La nave zumbó cuando los motores se encendieron, y luego se elevó del muelle con la gracilidad de un gamorreano borracho, pero al menos había despegado, y los controles mostraban que las armas habían sido completamente recargadas.
Jag se desplazó suavemente por un ancho pasaje y dirigió cuidadosamente la nave al interior del hangar.
Poco quedaba allí, salvo escombros, pero al menos los invasores se habían ido de ese sector. El cielo al otro lado de la cúpula quebrada se enrojecía por las andanadas láser, pero el enemigo apuntaba ahora a otras partes de la cúpula.
Jag impulsó rápidamente su desgarrador hacia la brecha de la cúpula. El agujero era mucho más grande de lo que parecía desde el suelo. Enormes paneles del fino y brillante transpariacero colgaban de los bordes de la brecha. Uno de ellos, más suelto, se desprendió cuando Jag pasó a su lado. Derivó hacia el suelo, pareciendo casi más ligero que una hoja bajo una dulce brisa, y fuera cual fuese el sonido que produjo su impacto contra el suelo, fue enmascarado por el ruido del motor de Jag, y por el del asalto que se desarrollaba sobre él.
Se elevó en el cielo, activando los comandos que desplegarían los cuatro largos brazos de su nave en posición de ataque. Enmarcarían la cabina, desplegándose en una formación similar a los alerones-S de un Ala-X. Hizo girar la Llama Azul en un viraje cerrado, sorprendido y encantado de que una nave tan poco fiable pudiera seguir siendo tan maniobrable.
Las tres lunas estaban en una rara configuración estival. La luna forestal pasaba lentamente ante la gran cara de la luna primaria. Otra más pequeña y más alejada dispersaba un tenue resplandor azul hacia la nebulosa bruma lejana, que se aproximaba. En consecuencia, el cielo estaba tan brillante como en el crepúsculo. Incluso con sus luces al mínimo, pronto sería detectado.
Un Ala-X que pasaba cerca cambió bruscamente de curso y se dirigió hacia él. La nave pirata estaba pintada con un llamativo diseño rojo y negro. Jag puso los motores atmosféricos a plena potencia. Su desgarrador hizo un quiebro, evitando por poco una ráfaga carmesí de fuego láser.
La nave enemiga le siguió, oscilando arriba y abajo, y a los lados, en persecución de la Llama Azul. Jag consiguió zafarse de ella con mucha dificultad.
Se dirigió hacia la fuerza principal: cinco viejos Ala-X que rodeaban una magullada corbeta. Los piratas habían visto los restos de la flota Chiss, dedujo Jag, y probablemente habían determinado, con razón, que si los Chiss aún no habían usado misiles tierra-aire, es que no disponían de ellos.
Y ahora, esta batalla enfrentaba a una nave Chiss no especialmente rápida contra varios piratas espaciales profesionales. Tenían todos los motivos para esperar derrotarla.
Jag lanzó la Llama Azul en un patrón de vuelo errático y zigzagueante, disparando aparentemente al azar. Prácticamente todos sus disparos erraban de forma ridícula. Esperaba que eso permitiera a los piratas olvidarse de sus dos torpedos de protones.
Ambos misiles golpearon sus objetivos, y dos cazas desaparecieron en una breve y brillante explosión. Jag se zambulló directamente en los escombros flotantes, evitando los peores y encajando algunos serios golpes. El Ala-X que le perseguía de alejó, girando a su alrededor a una buena distancia.
Las alarmas de la consola de Jag comenzaron a parpadear. El hiperimpulsor había recibido un golpe. Tenía fugas de carburante, con riesgo de explosión. Se preocuparía de ello más tarde, cuando tuviera necesidad de pasar a velocidad luz... o al menos cuando debiera contemplar esa opción. La nave dañada no tenía ninguna esperanza de alcanzar el hiperespacio.
Le pareció que esta situación podía considerarse como una derrota engañosa. Sus dedos bailaron sobre los controles, transfiriendo la potencia al hipermotor dañado y programando un salto a velocidad luz. Simultáneamente, armó el mecanismo de eyección del hipermotor con el que estaban equipadas todas las naves Chiss; aunque pocas naves podían igualar a un desgarrador en maniobrabilidad, sus hipermotores eran conocidos por su tendencia a fallar.
La Llama Azul comenzó a temblar mientras tomaba velocidad. Jag observó la aguja subir regularmente mientras la sobrecargada unidad de hipervelocidad se aproximaba al nivel crítico.
-Tengo que estar cerca -murmuró, esquivando una ráfaga láser mientras se lanzaba girando ebriamente hacia un Z-95 que venía de frente.
En el último momento, giró, alejándose, soltando el hipermotor al rojo vivo en la trayectoria del caza.
La onda expansiva golpeó duramente al desgarrador, haciéndole girar sin control. Jag dejó ir libremente a la Llama, prefiriendo no someter a la vieja carlinga a un esfuerzo mayor. Permitió que el desgarrador se alejase de la batalla, ralentizando poco a poco sus espirales, hasta que pudiera retomar el control de vuelo sin sufrir mayores daños.
Tres cazas abatidos, observó siniestramente. Ya no quedaba más que la corbeta y dos Ala-X.
La nave roja y negra giraba alrededor de los despojos de las demás como un depredador marino examinando un navío destruido durante una tempestad. Parecía que ese piloto, al menos, no estaba convencido de la supuesta ineptitud de Jag.
Jag se ajustó la mascarilla y enderezó los hombros. Debía convencer a esos hombres de que era lo mejor que les quedaba a los Chiss, y que eso tampoco significaba que fuera demasiado bueno.
Las luces de alarma parpadearon de nuevo. Esta vez, eran los estabilizadores, que se aproximaban peligrosamente al sobrecalentamiento. Se estaba quedando sin tiempo.
-La derrota es el camino más corto hacia el engaño -murmuró, Jag mientras lanzaba su desgarrador en una salvaje zambullida.
Se lanzó a toda velocidad hacia la cúpula, pasando ante las naves piratas como un rayo, y luego conectó todos sus repulsores a plena potencia.
La Llama Azul aminoró. Cuánto y a qué velocidad sería difícil de determinar para las naves que se encontraban a mayor altitud. Calcularlo tampoco sería fácil para él.
El desgarrador azul se zambulló a través de la ruptura de la cúpula, golpeando las enormes placas sueltas de transpariacero, semejantes a espejos.
Jag cayó en un torbellino de enormes hojas plateadas.
Aterrizó con tanta fuerza que la nave rebotó.
El impacto le hizo perder los repulsores, por lo que el segundo aterrizaje fue aún más fuerte. El dolor atravesaba todos y cada uno de sus nervios, mientras el cielo sobre su cabeza seguía rojo por el fuego enemigo. Incluso en la oscuridad del hangar, todo parecía brillar como sangre.
Jag se sacudió, aturdido, y forzó la apertura de la cabina. Se retiró su casco de piloto, haciendo caso omiso del dolor palpitante, y alzó los ojos al cielo.
Sobre él, la silueta del Ala-X rojo y negro se recortaba contra la luna verde pálido. Había apagado sus motores y se preparaba a seguir a la Llama bajo la cúpula.
Jag intentó saltar del desgarrador, pero apenas pudo hacer más que dejarse caer. Tropezó y se sacudió las esquirlas de transpariacero de su uniforme. Su cabeza le dolía ahora cada vez más fuerte, y un corte en su frente sangraba abundantemente.
La nave estaba en peor estado que él. Dos de los brazos se habían roto y buena parte de la pintura azul se había levantado en el impacto con el transpariacero. Parecía un total desastre. Jag sintió una punzada de pesar mientras miraba alrededor para encontrar lo único que necesitaba para completar el siniestro cuadro.
No lejos de allí, yacía uno de sus compañeros cadetes, en un estado en el que ya era imposible distinguir si era hombre o mujer, humano o Chiss. Jag arrastró su cuerpo hacia la Llama destruida y lo subió a bordo de la cabina abierta.
Asintió una vez, y luego se giró y se dirigió tropezando hacia el bosque.
Desapareció entre el denso follaje, encontrando un sendero que nadie que no estuviera familiarizado con el terreno podría distinguir. Incluso él no pudo ver a Shawnkyr hasta que ella salió de la sombra de un árbol cubierto de lianas y se puso en medio de su camino.
-¿Vienen?
-Están en camino -respondió él, antes de caer de bruces al suelo.
Fue vagamente consciente de que Shawnkyr le arrastró hacia la espesura de lianas.
Cada parte de su cuerpo estaba entumecida, así que no se quejó cuando ella, sin demasiada delicadeza, le dio la vuelta dejándolo tumbado sobre su espalda. Por un instante ella le miró con ojos serios y escrutadores. Sus dedos recorrieron su frente y luego se hundieron en sus cortos cabellos negros, palpando en busca de heridas.
Mientras lo hacía, las sensaciones comenzaban a volver.
Jag apretó los dientes y se prohibió gritar.
-No lucharás más por hoy -anunció ella-. Traumatismo craneal, y grave. Es un milagro que hayas llegado tan lejos.
Jag alzó sus dedos, que le escocían extrañamente, hasta su frente. Sintió el borde húmedo de un profundo tajo que corría desde su ceja derecha hasta su cabello.
Shawnkyr sacó una navaja de su bota y afeitó diestramente unos mechones de pelo en cada extremo de la herida. Luego rebuscó en un bolsillo y extrajo un pequeño rollo de cinta adhesiva, como la que podría utilizar un mecánico para las reparaciones temporales. Cortó un pedazo con los dientes y unió los bordes de la herida, sujetándolos con la cinta.
-Esto servirá por ahora -respondió a la incrédula mirada de él-. Te necesito despierto. Alguien debe planificar nuestra estrategia.
El suave tintineo del fuego de un charric cantó a través del bosque. Shawnkyr alzó su arma y se agachó.
-¿Cuántos? -preguntó, con una voz apenas más alta que un suspiro.
-Dos cazas monoplaza. Deben estar ya en tierra. Hay otra nave, una corbeta, que podría transportar de dos a cincuenta personas.
-Demasiados -dijo ella.
El dulce canto de un ave atrajo su atención.
-Los dos humanos han aterrizado. Debemos preparar a los cadetes para la invasión principal.
-¿Cuántos quedan? -preguntó él a su vez.
Su rostro se volvió siniestro.
-Sólo siete cadetes siguen capacitados, yo incluida. Incluso en el bosque, no será fácil.
Jag obligó a su aturdida mente a concentrarse. La imagen de las placas de transpariacero cayendo volvió a él, y, con ella, un engaño al estilo Thrawn.
Sus labios se estiraron en una salvaje sonrisa, y Shawnkyr vio la astucia en ella.
-Dime -pidió.

martes, 28 de octubre de 2008

Cielo Rojo, Llama Azul (III)

La Chiss se liberó y se levantó, permaneciendo agachada, corriendo con ligereza bajo los pesados enrejados de duracero que alzaban las naves hasta una altura fácilmente accesible.
Se lanzaron de cabeza bajo una de las plataformas y se acurrucaron allí.
Los negros cabellos de Shawnkyr, siempre perfectamente reunidos y sujetos en su nuca, caían sueltos e indisciplinados. Pasó una mano por ellos, intentando restablecer el orden. La mano volvió húmeda y roja, pero ella simplemente limpió la sangre frotándosela contra el uniforme.
-Es probable que las dos terceras partes de los cadetes hayan huido hacia el bosque -murmuró-. Eso deja nuestras fuerzas entre quince y veinte hombres. Debería bastar. Una vez que esos piratas hayan aterrizado, los eliminaremos fácilmente.
Jag comprendió la verdad súbitamente.
-No aterrizarán -dijo-. No por ahora, al menos. Aún quedaban algunos desgarradores todavía reconocibles después del primer choque, y las naves se han acercado para verlas mejor. Nadie aparte de los Chiss vuela en este tipo de naves. Es poco probable que los piratas ataquen intencionadamente un puesto militar avanzado Chiss.
-A menos que sea una forma de debilitarnos antes del ataque principal -concluyó Shawnkyr, amenazante-. Durante ese tiempo, podrían hacer caer los escudos. La cúpula central es robusta, pero no impenetrable.
Permanecieron silenciosos un momento, escuchando el continuo bombardeo, los estallidos y los chirridos penetrantes de la estructura maltratada.
-Stent no dijo si tu padre sobrevivió al asalto de su puesto avanzado -remarcó Shawnkyr.
-No tenía necesidad de hacerlo. ¿Por qué habría venido Stent si mi padre no hubiera sobrevivido? Mi presencia aquí muestra la poca confianza que tenía en el honor de mi padre.
-Es duro, pero lógico -aceptó ella.
Una explosión particularmente potente golpeó la cúpula y sacudió la sala. La Chiss miró hacia la plataforma y puso mala cara.
-Podemos quedarnos aquí atrapados durante mucho tiempo. Perdona mi curiosidad: Exactamente, ¿cómo llegaste aquí, a la academia?
Esa era una pregunta que Jag había escuchado durante toda su vida. Había pasado buena parte de su infancia en la Mano de Thrawn, la base oculta del almirante Chiss. Había sido educado entre los Chiss, y todos habían mostrado la misma curiosidad sobre la presencia de los Fel y sobre sus objetivos.
Durante muchos años, eso había sido fácil de explicar: “Mi padre sirve al Gran Almirante Thrawn” era algo que todos podían comprender. De modo que Jag había sido aceptado, en cierta forma; y pudo jugar con esos niños tan serios de piel azul, y les vio madurar ante él como flores cannu floreciendo rápidamente. Un día eran niños; al siguiente, jóvenes adultos. Chiss de diez años de edad vistiendo el uniforme de cadetes y partiendo a una de las academias militares, cuyos emplazamientos eran guardados tan celosamente como el de la propia Mano de Thrawn. Año tras año, Jag les vio marcharse, con ojos llenos de envidia.
Durante la última estación del monzón, Jag creció casi tan rápidamente como los Chiss. Una formación implacable había desarrollado los músculos de su alargado busto, de modo que no era tan desgarbado como los demás adolescentes humanos. Su voz cambió casi igual de precipitadamente, volviéndose tan grave como aguda lo era antes.
Jag se acordó del rostro de su padre cuando fue a verle con motivo de su incorporación a la academia. El barón Fel había estado inusualmente distraído en el transcurso de los últimos meses, y tomó aire un par de veces, sorprendido, mientras observaba al joven que se mantenía en posición de firmes ante su escritorio.
-Wedge -murmuró, incrédulo.
Wedge Antilles era el hermano de su madre, uno de los héroes de la Alianza Rebelde y piloto del famoso Escuadrón Pícaro. Jag supuso que se parecía a él de algún modo: sus cabellos tenían los mismos reflejos oscuros y su rostro estaba marcado por cejas negras, duras facciones y un mentón cuadrado. En una ocasión, Jag pensó en imitar al célebre piloto. Pero en ese instante, no sintió más que el asombro de que su padre no le reconociera, aunque sólo fuese por un corto instante de tiempo.
Ordenó cuidadosamente sus pensamientos volviendo al presente, hasta la Chiss que aguardaba expectante su respuesta.
-Es una cuestión de política -explicó-. Mi presencia ofrece a la comandancia Chiss una sensación de seguridad. Los humanos son conocidos por ser emotivos, es pues lógico pensar que el barón Fel, aunque sea actualmente un enlace entre los Chiss y el Remanente Imperial, protegerá a las bases ocultas Chiss de la explotación imperial por temor a represalias contra su hijo. Asumiendo esto, él es libre de actuar como crea oportuno. Sin rencor, puedo asegurarle que mi seguridad no es más que uno de los muchos factores que han sido tenidos en cuenta en su decisión.
Shawnkyr asintió pensativamente.
-Yo no creía a los humanos capaces de tales decisiones estratégicas.
-Y es exactamente por eso por lo que estamos aquí atrapados, como ratas en su madriguera -replicó.
-Explícate.
-Estrategia... -dijo Jag secamente, alzando su mano izquierda con los dedos extendidos-. Conocimiento de las tácticas militares pasadas -añadió, plegando sus dedos pulgar y anular contra la palma de su mano-. Conocimiento del enemigo -apuntó, plegando el dedo índice-. Comprensión de sus esperanzas -añadió, y subrayó la frase plegando el dedo corazón. Luego agitó la mano, con el meñique aún extendido-. ¿Y qué queda?
-Un proyecto secreto que frustre y haga fracasar esas esperanzas -recitó Shawnkyr.
Jag asintió vehementemente, agitando su puño, ahora cerrado.
-Un proceso racional, una solución bien razonada. Una solución obvia.
Lanzó la mano derecha, dirigiendo sus dedos engarfiados contra la garganta de Shawnkyr. La Chiss esquivó el ataque con un movimiento lateral justo antes del impacto, con el disgusto y la cólera mezclándose en su rostro azul.
-Tienes un peligroso modo de señalar las cosas -dijo ella-. Pero efectivo, pese a todo.
-Los Chiss exiliaron a Thrawn por sus repetidas ofensas. ¿Nunca os habéis preguntado cómo ese brillante táctico no consiguió ser aceptado por las casas dirigentes?
Ella dudó e inclinó la cabeza.
-He pensado en ello, sí.
-La respuesta es simple: No tuvo ningún error de cálculo. Utilizó esa derrota simulada para alcanzar sus objetivos. ¿Sabías que el Imperio intentó reclutarle antes de su exilio? No podía aceptar honorablemente, no mientras permaneciera en la Defensa Expansionista Chiss. ¿Qué podía hacer salvo labrarse su propia desgracia?
Shawnkyr le miró fijamente.
-Mi padre me habló del subterfugio de Thrawn. Consideraba esa información como parte de mi formación. Y estaba en buena posición para saberlo. Stent lo confirmó cuando me dio mis órdenes y me explicó el objetivo de esta academia en particular. Éramos una falange secreta, un arma que Thrawn podría revelar en cualquier momento de su elección.
Mientras Shawnkyr asimilaba silenciosamente la información, Jag sospechó que la mención del nombre de Stent dio a sus palabras un peso que de otra forma no habrían tenido. Echó un vistazo al emblema rojo del uniforme de la Chiss. Representaba la Llama Helada: la esencia del coraje, del ingenio y de la disciplina, un estado de perfección ideal al que se podía aspirar llegar siempre sin alcanzarlo nunca totalmente. Un gran contraste con la insignia azul de su propio uniforme. A los ojos de los cadetes camaradas de Jag, su aspiración imposible era algo bastante diferente. Su uniforme era un recuerdo constante del hecho de que nunca sería un Chiss.
-Dime más -pidió Shawnkyr.
Jag reprimió la oleada de amargura que siguió a sus pensamientos como si fuera la humareda de un nauseabundo tubo de escape.
-Mi padre abandonó el servicio imperial durante un tiempo con el fin de afrontar un asunto personal. El almirante Isard le capturó más tarde, y luego desapareció. La mayoría de la gente dentro y fuera del Imperio supusieron que había sido ejecutado por traición. Eso también era un plan de Thrawn, realizado por el almirante Voss Parck.
Shawnkyr parpadeó, en el equivalente Chiss de una boca abierta y un grito de asombro.
-Sí, el mismo oficial imperial que “encontró” a Thrawn durante su exilio y que lo llevó a Coruscant -dijo Jag impacientemente-, y el capitán del destructor estelar que acompañó al Gran Almirante a las llamadas Regiones Desconocidas tras haber caído supuestamente en desgracia en el Imperio. Thrawn planificó cada paso, atrayendo a las fuerzas imperiales al territorio Chiss para la protección de su pueblo... El Remanente Imperial ganó puestos avanzados y alianzas, y Thrawn obtuvo una fuente de naves y armamento.
Shawnkyr asintió lentamente.
-Nunca había considerado el asunto de esta forma, pero tu interpretación es lógica. Continúa. Háblame ahora del enemigo; no del de Thrawn, sino de aquel al que nos estamos enfrentando.
-Oportunistas -dijo Jag-. Carroñeros que siguen a los guerreros y limpian los campos de batalla. Si se ven obligados a luchar, prefieren un combate rápido. ¿Qué edad tienes, Shawnkyr?
Ella reaccionó sin dudarlo ante el rápido cambio de tema.
-Doce años estándar.
-En años humanos, no eres más que una niña, pero ante sus ojos eres una adulta, una guerrera aguerrida. Eso es lo que el enemigo espera encontrar aquí abajo. Por eso están atacando a distancia. Si las naves no hubieran sido destruidas y los Chiss hubieran podido responder a este ataque con un combate aéreo, nuestro enemigo se habría dispersado y huiría. Cada cadete al que se enfrentaran confirmaría su hipótesis. Cada cadete, excepto uno.
-¡Oh! -La comprensión hizo arder sus ojos color carmesí-. ¿Y qué podría hacerles disminuir sus expectativas más rápidamente que un chico humano?
Jag dudó entre mostrar su enfado o sonreír. Como ambas respuestas serían incomprendidas por la Chiss, se abstuvo de mostrar ninguna.
-Tomaré la Llama Azul. Eso debería hacerles bajar sus expectativas a un nivel más manejable.
Su mirada abarcó la vieja y abollada nave.
-Una excelente elección -dijo Shawnkyr sin ningún indicio de humor-. Y yo prepararé a los demás para un asalto por tierra.
Se levantó en un único y ágil movimiento. Jag asintió y se dirigió hacia la vieja nave.
-Teniente Fel -dijo ella, severamente.
Él miró hacia atrás. Un extremo de los labios de la Chiss se estiró, en un gesto de aprobación casi imperceptible.
-Queremos que el enemigo aterrice y espere una fácil rapiña. No les disuadas volando demasiado bien.
Esta vez sonrió, pero como podría haberlo hecho Thrawn: con una confianza fría, un aire superior.
-La derrota puede ser el camino más corto hacia el engaño.

jueves, 23 de octubre de 2008

Cielo Rojo, Llama Azul (II)

Más tarde, en el reconfortante calor de la academia, los pensamientos de Jag se entretuvieron en la figura del gran almirante Thrawn. Era más sabio guardar esos pensamientos para sí mismo, incluso cuando se unió a los demás cadetes para la cena.
Largas y rectas hileras de futuros guerreros de piel azul llenaban el comedor. Todos permanecían completamente erguidos, nadie hablaba. Sentados con una postura perfecta sobre los bancos de plastiacero desprovistos de respaldo, cenaban silenciosamente. Imposible imaginar al verles que el objetivo central de sus vidas acababa de desaparecer súbitamente.
Durante meses, la frase “¡Thrawn ha vuelto!” había resonado por toda la nebulosa de Rata como los cantos matutinos de los pájaros que se propagaban a través del bosque protegido por la cúpula de la academia. Los rumores de la supervivencia del gran líder habían galvanizado los puestos de avanzada Chiss. El entrenamiento de los cadetes se había acelerado con la esperanza de que el gran almirante les llamaría pronto al servicio activo. Incluso Jag había recibido una nave. Se consideraba igual de preparado que los demás cadetes Chiss, e igual de decidido a esforzarse en el servicio.
Pero el retorno de Thrawn no había sido más que una mentira, un engaño perpetrado por un clon y su cómplice. Jag sintió como si alguien le hubiera arrebatado su desgarrador en pleno vuelo. ¿Qué se suponía que él y los demás cadetes debían hacer ahora?
Como para responderle, un Chiss de elevada estatura con el uniforme burdeos de comandante de la casa Phalanx irrumpió en la sala. Los cadetes se incorporaron bruscamente y se giraron con precisión militar hacia la entrada para esperar las palabras del comandante.
Jag esperaba con ellos, observando al comandante Chiss con una mezcla de interés y aprensión. Conocido solamente con el nombre de “Stent”, había servido junto al almirante Voss Parck y con el padre de Jag, el general barón Soontir Fel. Stent era también la razón por la que Jag había acudido a esta academia en concreto.
-Descansen -dijo el Chiss con voz baja y perfectamente modulada que alcanzó hasta los rincones más alejados del comedor. Los cadetes adoptaron una postura más relajada, con los ojos fijos en su líder-. El puesto de unión comandado por el almirante Voss Parck ha caído en manos de la Alianza Rebelde -dijo sin más preámbulos.
Jag superó el golpe con dificultad. ¡El puesto de su padre, destruido! Una vez más los rebeldes habían reducido al caos una parte de su ordenado mundo. El comandante Gimald avanzó hacia Stent y realizó se cuadró marcialmente, en un saludo de cortesía reservado habitualmente a los militares de rangos más elevados. El inequívoco signo de un futuro desacuerdo. Era el tipo de ironía mordaz que Jag había aprendido a esperar de los Chiss.
-Con el debido respeto, comandante Stent, la antigua Alianza Rebelde no es llamada así desde hace al menos diez años. Los cadetes son instados a permanecer al corriente de los acontecimientos políticos.
-El nombre puede haber cambiado tras la tan renombrada Batalla de Endor, pero tras quince años esta autoproclamada “Nueva República” no sigue siendo sino una apestosa colección de delincuentes, campesinos y desertores -respondió Stent sin rodeos-. Pero no me han enviado aquí para discutir de exactitudes semánticas. ¿Me da usted su permiso, comandante?
Gimald le otorgó la palabra, con el rostro tenso, saludando de un modo sombrío y formal que sería más apropiado en una audiencia con el senado Chiss.
-Hubo dos olas de ataques -continuó Stent-. La primera vino de espías Jedi. Las instalaciones fueron destruidas. Salvamos lo que pudimos, pero la llegada de otras naves nos obligó a una retirada estratégica. Es posible que hayamos dejado olvidadas algunas grabaciones. Si los cierres de seguridad han sido violados, el emplazamiento de esta academia corre el riesgo de ser descubierto.
Jag mantuvo la mirada fija, pero un repentino calor invadió su rostro cuando sintió las rojas miradas de los otros cadetes clavadas en él. El emplazamiento de la academia no había entrado en los bancos de datos. Ningún humano salvo el barón Fel conocía su emplazamiento, y esta información sólo se le había dado a regañadientes y su precio había sido la seguridad de su único hijo vivo. El barón Fel comprendía que traicionar el emplazamiento de esta academia significaría igualmente arriesgar la vida de su hijo. Jag sabía que su padre no le traicionaría.
Inmóvil, Stent estaba allí, preparando la academia para un ataque. Estaba bajo las órdenes del general barón Fel. ¿Por qué había venido, sino porque la Nueva República había descubierto el emplazamiento de la academia?
Un débil murmullo rompió el silencio y creció rápidamente convirtiéndose en una ola salvaje que abarcó todo el espectro sonoro, mezclando un grave rugido atronador que hizo retumbar el suelo con un agudo alarido de depredador. Las alarmas sonaron y se encendieron avisos luminosos.
Los Chiss se precipitaron hacia los hangares de las naves.
Jag les siguió como lo había hecho numerosas veces durante los ejercicios, recorriendo rápidamente los pasillos que surgían radialmente del vasto bosque ubicado en el centro de la cúpula. El pasaje estaba lleno de un complejo olor vegetal que contrastaba extrañamente con la flota de metal y cerámica visible a través de los muros de transpariacero de los hangares.
Jag recordó demasiado tarde que su nave, la tristemente célebre Llama Azul, no estaba en el hangar, sino en la bahía de reparaciones.
De nuevo.
Su corazón se hundió. Aminoró su paso y se pegó al muro del pasillo para dejar pasar a los demás. Su mirada se posó con envidia en uno de los lisos y brillantes desgarradores plateados asignados a sus camaradas. Con su cabina redondeada y sus cuatro brazos de metal limpiamente curvados, parecían una manada de fieras, agazapadas en el suelo y listas para saltar hacia el cielo.
Súbitamente, un terrible choque hizo estremecerse la estructura, proyectando fragmentos del muro de transpariacero sobre el suelo. Jag alzó los brazos ante su rostro, pero antes pudo ver a los cadetes caer bajo una brillante ducha de fragmentos afilados como cuchillas. Muchos de los estudiantes Chiss no volvieron a levantarse. Los ensangrentados supervivientes se arrastraron entre los escombros para llegar a sus naves. Luego se detuvieron, mirando consternados, con los labios tensos, su flota arruinada.
Pequeños fuegos ardían por el hangar. Los extintores se activaron, apagando las llagas, pero incapaces de aliviar el ardiente dolor proveniente de una docena de heridas repartidas por el cuerpo de Jag. Extrajo de su antebrazo un fragmento particularmente doloroso, y luego examinó el resto de daños.
La causa del desastre había sido un carguero de tamaño medio. Sus restos dispersos cubrían el suelo del hangar, que se había deformado y resquebrajado bajo el impacto. Su cargamento, la mayor parte del cual no era militar, salía del quebrado casco y se extendía por el suelo. Entre el impacto y los escombros, la mayor parte de los desgarradores habían sido dañados de manera irreversible. Sólo uno parecía seguir aún intacto.
Jag miró hacia arriba. El techo estaba perforado, con un enorme agujero que revelaba otra brecha en el muro exterior de la cúpula. Los dentados bordes de ambas aperturas refractaban la luz de las lunas convergentes. Era una suerte, advirtió Jag, que el planeta estuviera en una de las estaciones templadas de su complejo ciclo, que duraba años. Si hubieran estado en el invierno profundo, la ruptura de la cúpula habría significado una muerte segura.
-No ha sido un ataque deliberado -dijo Jag, buscando los ojos del siniestro rostro de Stent-. No han sido los rebeldes... ni la Nueva República.
El Chiss le miró fríamente.
-Explícate.
Jag dio una patada a una caja reventada, y a la pila de brillantes tejidos que había contenido.
-Esto parece más un saqueo que el cargamento de una nave militar. Usted dijo que la primera oleada de ataques fue llevada a cabo por espías Jedi, y que la segunda llegó más tarde. Es posible que el segundo ataque se deba a piratas, y no a la Nueva República.
Stent consideró la sugerencia.
-Es posible. Yo no estaba allí para confirmar la identidad de los agresores. Pero, ¿piratas viajando con Jedi? Eso no parece lógico.
-Tampoco inaudito -repuso Jag-. La princesa Leia Organa de Alderaan se casó con un contrabandista. Esos extraños compañeros de cama pueden haber sentado un precedente a seguir. Por otra parte, las organizaciones piratas pueden llegar a ser muy ingeniosas. Podían haberse enterado del ataque y seguirles como aves carroñeras hasta el campo de batalla, sin tener ningún contacto con los Jedi.
Una Chiss grande y musculosa se acercó a ellos y saludó rápidamente al comandante.
-Solicito permiso para hablar -dijo, echando una insistente mirada a Jag, que no había seguido ese protocolo. Sus ojos rojos se detuvieron un instante en la insignia azul presente en las mangas y perneras del traje de vuelo de Jag. El traje de vuelo de ella estaba marcado en rojo, como el de todos los demás Chiss. La primera vez que recibió el uniforme, Jag pensó que se trataba de un símbolo, una forma de integrar al cadete humano con sus camaradas de piel azul cielo. Pero luego se dio cuenta de que era justo lo contrario.
Stent la autorizó con un brusco movimiento de su cabeza. Ella volvió a saludar.
-Teniente Primero Shawnkyr Nuruodo, comandante de cadetes. En mi opinión, señor, el humano podría tener razón. Parece evidente que este carguero ha sido dañado en el asalto del puesto avanzado. El piloto ha intentado aterrizar sobre lo que parecía ser un lago y ha sido sorprendido por la cúpula. Para cuando se dio cuenta de su error, era demasiado tarde para variar el rumbo.
-Exactamente -convino Jag-. Nunca han sabido que estábamos aquí.
-Ahora lo saben.
Shawnkyr señaló al techo agujereado. Minúsculas siluetas de naves intrusas atravesaban la pálida cara de Asdroni, la mayor de las tres lunas del planeta. Parecían girar alrededor del globo incandescente, engordando a cada vuelta.
-Están aterrizando -concluyó Stent-. Si son piratas, aterrizarán y saquearán la academia. ¿Dónde están sus comandantes, sus instructores?
La mirada de Shawnkyr se desplazó hacia varias formas inmóviles que se encontraban bajo pequeños montones de cristal roto.
-Estaban indicando el camino a los hangares. Usted es ahora el oficial de mayor rango, comandante Stent.
El Chiss asintió con un movimiento de cabeza y extrajo un pequeño bláster de su cinturón. Se lo dio a Shawnkyr.
-Vaya con diez guerreros a la armería más cercana y reúnan todos los charrics y cargadores de reserva que puedan. Tráiganlos aquí. Los piratas llegarán pronto por la brecha de la cúpula. Debemos estar preparados para recibirles.
Shawnkyr sujetó el bláster en su cinturón. Buscó con la mirada entre los conmocionados supervivientes.
-Fenlish, Kanna, que cada uno de vosotros elija cuatro hombres, y seguidme -gritó, antes de apuntar con la cabeza a Jag para indicarle que él también debía ir con ellos.
Los cadetes corrieron por los pasillos hacia la armería más próxima, y luego miraron a Shawnkyr con impaciencia. Los comandantes de cadetes habían recibido tarjetas llave con las combinaciones de los armarios para utilizarlas en circunstancias como esa.
Tocó el bolsillo de su uniforme, pero la tela desgarrada colgaba en un doblez vacío, su contenido se había perdido. Una onda color lavanda subió por su rostro.
Impulsivamente, Jag se giró y dio una patada a la taquilla, justo a un lado del mecanismo de apertura. El débil metal se deformó. Una segunda patada dobló la puerta hacia dentro, separándola de la cerradura, pero sin conseguir en absoluto abrirla. Con un suspiro de exasperación, Jag tomó el bláster de Shawnkyr y disparó un solo tiro en la cerradura. La puerta se balanceó y se abrió con un chirrido de protesta.
-Es más rápido de este modo -explicó Jag a los asombrados Chiss. Comenzó a retirar los blásters charric de la taquilla. Dejó el primer cargamento en los brazos de Shawnkyr. Sus ojos se encontraron sobre las armas apiladas.
-¿Sus órdenes, teniente? -preguntó.
Ella se recompuso.
-Tlarik, ayuda a Jag a reunir las armas. Todos los demás, poneos en fila. Tomad todo lo que podáis llevar de un viaje y volved con el Comandante Stent para recibir más instrucciones.
Shawnkyr giro sobre sus talones cuando acabó de dar las órdenes a los demás. Jag recogía las armas y las lanzaba hacia los Chiss que estaban esperando. Apiló todas las células de energía restantes en los brazos de Tlarik e hizo al último cadete un gesto de partir. Quedaban más armas con las que no podían cargar de forma razonable, pero los cadetes necesitarían todas ellas. Jag pasó las correas de los rifles sobre sus hombros hasta que apenas pudo tenerse en pie con el peso de las armas. Reunió aún más en sus brazos y se dirigió hacia el punto de encuentro. Stent y uno de los cadetes supervivientes verificaban el único desgarrador intacto.
Estaba a unos cien metros de distancia cuando una descarga de rayo láser atravesó el hangar. Un resplandor rojo iluminó la devastación. Cuando se apagó, el desgarrador había desaparecido, al igual que los dos Chiss que lo examinaban.
-Stent -dijo Shawnkyr, sin aliento.
-Usted está al mando -le recordó Tlarik.
Shawnkyr se recompuso casi instantáneamente.
-Que todo el mundo coja un arma y dos cargadores. Cuando todo el mundo esté armado, que aquellos que sean más o menos de mi estatura tomen una segunda arma, mientras quede alguna libre.
Con sus ojos rojos, barrió rápidamente el hangar. Jag siguió su mirada e intentó adivinar por donde iban sus pensamientos. En el extremo más alejado del edificio se encontraba uno de los numerosos pasillos que formaban círculos concéntricos alrededor del bosque interior. Los hangares estaban cerca del centro de la cúpula, una posición cuya intención era proteger las naves de un ataque. Ya que la cúpula era prácticamente invisible desde arriba, sólo un asalto terrestre era considerado como una auténtica amenaza. Sólo la catastróficamente mala suerte de que el carguero se estrellara contra la cúpula había cambiado eso.
-Sellaremos todos los círculos más allá de este -decretó Shawnkyr. Su mirada pasó de un cadete a otro-. Gintish, sella este pasaje. Bombea el oxígeno de todos los pasillos exteriores para contener a los invasores en el centro. ¿Puedes hacerlo? -El joven Chiss se cuadró rápidamente y se puso en marcha-. Eso impedirá el saqueo. Con un territorio limitado para explorar, los invasores se dirigirán hacia el centro del bosque. Les esperaremos allí -concluyó Shawnkyr, echando un vistazo a la cúpula destruida. Sobre ellos, las naves enemigas giraban bajando más y más.
Los jóvenes Chiss tomaron posiciones. Mientras Jag sostenía un charric, se preguntó si era el único que se sentía inquieto acerca de ese plan. Lo que Shawnkyr sugería era una de las tradicionales tácticas nacidas en los ejercicios que los Chiss habían concebido para proteger a los estudiantes de la academia en caso de invasión terrestre. Todos habían sido entrenados en combate cuerpo a cuerpo, usando el terreno del bosque artificial como una segunda arma. El padre de Jag le había enseñado que los Chiss tenían una aptitud inigualable para el pensamiento táctico. ¿Por qué, entonces, estaba Jag tan inquieto?
El bombardeo fue tan brutal como repentino. El fuego láser se desplegó por la cámara destrozada, seguida por el resplandor azul de los torpedos protónicos.
-¡Al bosque! -gritó Shawnkyr.
Los Chiss se dispersaron, huyendo de la proximidad inmediata de la primera explosión, tropezando por los pasillos sobre los escombros dispersos mientras se dirigían al refugio central. Allí, la cúpula era más alta y también más impermeable, ya que tenía un espesor de varios metros y estaba protegida por un potente escudo. Jag corría justo detrás de Shawnkyr.
El pasillo ante ellos explotó entre chirriantes trozos de metal. Jag se lanzó sobre Shawnkyr. Cayeron con fuerza y rodaron juntos hasta un pasillo cercano. Se encontraban en la bahía de reparaciones, uno de los lugares más seguros aparte del propio bosque.

viernes, 17 de octubre de 2008

Cielo Rojo, Llama Azul (I)

Cielo Rojo, Llama Azul
de Elaine Cunningham

Jag Fel abrió la astillada carlinga con un golpe de su hombro y salió con dificultad. El aire helado le golpeó. Protegió sus ojos del viento y escrutó el horizonte buscando la academia militar Chiss. Una gran esfera se elevaba sobre el desolado paisaje, apenas visible a través de las borrascas de nieve. Si no fuera por el reflejo de las tres lunas convergentes, no habría sido capaz de verla en absoluto.
Con un suspiro, comenzó su penoso camino de vuelta. Con este clima, para cuando consiga llegar ya estaría tan azul como un Chiss.
El silbido nasal y agudo proveniente del deslizamiento de un aerotrineo se mezcló con el viento que se intensificaba. El vehículo, de un brillante color rojo, avanzaba entre los torbellinos de nieve, conducido por un robusto Chiss con cabellos blancos como el hielo.
-¡Obersken! -gritó Jag, agitando los dos brazos para atraer la atención de su salvador. Era de dominio público: la mayor parte de los vuelos de Jag con la Llama Azul concluían con un aterrizaje interesante y reprimendas por parte del mecánico jefe.
El viejo Chiss se detuvo y lanzó a Jag una siniestra mirada. Moviéndose con soltura, sujetó los cabos a la nave y la izó a bordo del aerotrineo. Puso mala cara al ver el enorme mynock aplastado contra el parabrisas de Jag.
-No pudiste evitarlo, supongo. Por lo menos esta vez tienes una buena excusa.
Jag reprimió una mueca.
-¿Y qué podía haber hecho? Esta cosa se había instalado en la nave de Shawnkyr y comenzaba a comerse los cables de su ala delantera de babor. Yo, eh... la distraje.
Obersken le lanzó una mirada de absoluto disgusto.
-Irreflexivo, indisciplinado. No hay lugar para los héroes en este cuerpo. ¿Cuántas veces te lo he dicho ya?
Jag inclinó la cabeza, en un gesto que expresaba el reconocimiento de la sabiduría de esas palabras y, al mismo tiempo, pedía perdón por no haberlas obedecido. Desde que era un niño, había soñado con ser un héroe. A sus catorce años, ya contemplaba esas ambiciones pasadas con la nostalgia reservada a las locuras de la infancia.
Gimald Nuruodo, el instructor de vuelo, se unió a ellos en la puerta.
-¿Más heroicidades, teniente Fel?
El tono del comandante, frío y educado, expresaba con dolorosa claridad su opinión.
-Señor, ganamos el ejercicio, señor -declaró Jag secamente, a la defensiva.
-Ganar o perder no es la cuestión. La falta de respeto a las normas, la presunción de un individuo que coloca sus impulsos por encima de la sabiduría colectiva de la tradición y el clan, eso es algo que no podemos permitirnos. -Hizo una pausa y resopló, disgustado-. Sigues igual que tu hermano, como siempre.
El primer impulso de Jag fue darle las gracias al Chiss, lo que habría sido una respuesta sincera, pero que ciertamente habría parecido una insubordinación. Su hermano, Davin, había sido un héroe en todos los sentidos de la palabra, y los Chiss siempre encontraban miles de formas de recordárselo.
Thrawn fue un héroe, pensó Jag, pero sabía que más le valía no decirlo en voz alta.