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jueves, 9 de agosto de 2012

Caballero Andante: Influjo (y V)


Kerra se derrumbó sobre la cubierta de carga, sin aliento. Vannar había estado preparado en la puerta abierta para recibirla, y eso había resultado ser providencial. Dorvin, arriba, no osaba volver a posarse en el fango; la chica se había visto obligada a saltar hasta la rampa de carga resbaladiza por la lluvia. Si Vannar no hubiera estado allí mismo, ella se habría deslizado de nuevo fuera.
La chica se dio la vuelta, chorreando agua de lluvia. Vannar miró su traje embarrado. Sobre su uniforme Jedi, Kerra llevaba el traje de la mujer que había dirigido al personal de tierra... la primera víctima de su regreso al espacio Sith. Con un movimiento pesado, Kerra sacó de un bolsillo alargado de los pantalones un tubo grande de ópalo y lo dejó caer sobre la rejilla de la cubierta.
Vannar se quedó boquiabierto.
–¿Es eso?
–¡Un cilindro de activación! –Apareciendo detrás de Vannar, Dorvin llegó junto a él y agarró la masa rodante–. ¡Bravo por la Padawan! Quiero decir... ¡por la Caballero!
Vannar se arrodilló junto a Kerra, que aún jadeaba casi sin aliento. Correr bajo la lluvia... ¡y con la ropa de otra persona! Él no podía imaginarlo.
Ella habló.
–Tenían que tener navicomputadoras de reemplazo en el hangar –dijo Kerra, chorreando agua–. Con cilindros de activación justo dentro. ¡No hay ninguna razón para ocultar la llave cuando no está unida a la nave! –Mirándose a sí misma, se dio unas palmaditas en el uniforme de trabajo Sith... un uniforme con un gran desgarro chamuscado, por delante y por detrás, donde el sable de luz había entrado antes–. Yo sólo tenía que ser capaz de entrar por la puerta. Por suerte, nadie me miraba. Es un lugar muy ajetreado.
–Apuesto a que lo es –dijo Vannar, ayudando a su estudiante y ayudante a incorporarse mientras el transporte ganaba altura–. Pero creía que odiabas hacerte pasar por Sith.
–Odio aún más dejar que ganen.
Vannar miró a Kerra, asombrado. Tomando su comunicador, llamó al cereano.
–¿Estamos en marcha, Dorvin?
–¡Próxima parada, Chelloa!
–Muy bien, entonces. ¡La Operación Influjo está en Fase Dos!
Apagando el comunicador con un chasquido, Vannar le dio a Kerra unas palmaditas en el hombro mientras esta se ponía en pie y comenzaba a marcharse.
–Muy buen trabajo para ser la primera vez –dijo–. Pero puedes darte cuenta de lo que quiero decir. Eres una gran planificadora, pero las cosas por aquí cambian más rápido de lo que podemos planearlas. –Se rió entre dientes–. Tal vez deberías haberla llamado Operación En Flujo.
Agitando la cabeza para quitarse el agua del pelo, Kerra miró hacia atrás con una sonrisa.
–Tal vez debería haber planeado traer una toalla.

Caballero Andante: Influjo (IV)


Vannar miró el monitor. Esto no puede ser. No en su primera misión.
Había recibido un destello de las intenciones de la muchacha a través de la Fuerza momentos después de haber dejado el pasillo, antes de que llegase a la salida del transporte. Había ordenado a Dorvin que asegurase todas las escotillas para impedir que pudieran abrirse desde el interior... sólo para escuchar el silbido de la puerta de entrada principal de carga abriéndose justo cuando el transporte estaba despegando. Se había olvidado de que Kerra todavía tenía el mando a distancia para la puerta de la jefa de personal de tierra. Pero Kerra no lo había olvidado.
Ella ya había aterrizado en el barro y se había puesto en marcha cuando él llegó a la apertura. El transporte ya había ascendido demasiado como para saltar, y Vannar corrió escaleras arriba hasta el centro de mando. Pero incluso con altitud y los sensores exteriores del transporte, el clima de Oranessan hacía imposible encontrar a una única persona en tierra.
–No puede pretender volver a donde derribamos a la tripulación de vuelo –dijo Vannar, a media voz. Estaba a demasiada distancia andando. ¿Pero qué más había allí?
–No podemos quedarnos aquí, Maestro Treece –dijo Dorvin. Estaban parados en el aire, sin ir a ninguna parte. Era volver a su propia nave o nada–. Hay decenas de cazas Sith estacionados fuera del hangar. ¡Si tenemos que luchar, nunca conseguiremos salir de Oranessan!
–¡Lo sé, maldita sea! –Usando un par de macrobinoculares, examinó infructuosamente el terreno que tenía por delante–. Lo sé. Pero ni un momento antes...
–¡Esperad!
A la derecha de Vannar, Mrssk señaló uno de los monitores de estribor y gritó.
–¡Contacto en superficie, orgánico! ¡Marca dos-ochenta!
–¡Mostradme las cámaras de artillería de estribor, rango de infrarrojos! –dijo Vannar. Imágenes parpadeaban en la pantalla. Allí, a través del visor telescópico de las armas de aterrizaje de la nave, vio a una única figura regresando desde el gran hangar de mantenimiento. Luchando para enfocar la imagen, Vannar se sorprendió al ver repentinos destellos de luz surgiendo del contacto. Luz verde.
–¡Es ella! –gritó Vannar.
Haciendo caso omiso de una segunda llamada, más urgente, de la torre de control Sith, Vannar dirigió el transporte hacia el llano golpeado por la lluvia. Sacudiendo la cabeza, se maravilló. Kerra había convertido su sable de luz en un faro encendiéndolo y apagándolo repetidamente. Tal vez un Jedi podría no pasar inadvertido aquí... ¡al menos para otros Jedi!

Caballero Andante: Influjo (III)


Cuando Vannar Treece entraba en una habitación, todo se detenía. Incluso este grupo de luminarias, advirtió Kerra.
Tras quitarse el manto oscuro de piloto Sith, Vannar vestía de nuevo su habitual túnica blanca y su chaleco gris claro. Con su cabello rubio tornando a un elegante blanco, hacía todo lo posible para tener la apariencia de cualquier otro Jedi. Pero, claramente, eso no era así. Después de tantos siendo su aprendiz, Kerra a veces olvidado la influencia que Vannar realizaba sobre los demás. Educado como era, sin duda Dorvin no pretendía ofenderla en ningún modo al dejarla de lado, a pesar de que ella era, técnicamente, la ayudante principal de Vannar. Era perfectamente entendible. Había problemas, y había problemas para Vannar.
–Muy bien, Dorvin –dijo Vannar, rodeado de sus vigilantes colegas en la cabina del piloto–. Dímelo de nuevo, sin la parte técnica.
–Es malo.
–Eso no es lo suficientemente técnico.
–La computadora de navegación no va a arrancar.
–¿Has probado a apagarla y encenderla?
–No, quiero decir que no puede arrancar –dijo Dorvin. Abrió el panel de la cubierta. Había un enorme agujero en el dispositivo, lo suficientemente amplia como para que el cereano introdujera su brazo en él–. ¿Ves esto? ¡Le falta el cilindro de activación!
Vannar se quedó mirando.
–Es como una llave –dijo Dorvin–. Sin él, esta nave no va a ninguna parte.
De pie junto a la puerta donde se había quedado desde que fue a buscar a su líder, Kerra escondió sus puños cerrados. No tenía ningún sentido. Los otros transportes ya estaban dejando Chelloa. Éste estaba dispuesto para partir; sólo estaba esperando a su tripulación de vuelo. No estaba en reparación.
Debería estar completo.
–¿Nos hemos perdido algo? –dijo Vannar–. Cuando nos ocupamos de la tripulación de vuelo, ¿estaban llevando algo?
Kerra entornó los ojos. La valija de envío.
Eso tenía que ser. Kerra no había sido la encargada de derribar la pequeña nave que llevaba a la esperada tripulación de vuelo, pero sí que había entrado en los escombros para recuperar sus capas y placas de identificación. Débilmente, habló.
–Había un maletín atrapado debajo de una de las consolas –dijo–. Pensé que era una pertenencia personal.
Dorvin le devolvió la mirada.
–¿Cómo de grande?"
–Así de grande. –Tragando saliva, señaló el agujero en la consola de control.
Un murmullo se levantó entre los Jedi reunidos. Casi uno cada una de ellos tenía el doble de su edad o más, y su primera misión había pasado ya hace mucho tiempo. Ella no estaba aquí por Vannar; de hecho, él prefería mantenerla fuera de peligro. Ella estaba aquí porque pensaba en todo.
Pero no había pensado en esto.
–Calma, todo el mundo –dijo Vannar, ofreciendo a Kerra una mirada y un gesto tranquilizador–. Las cosas deben de haber cambiado desde que estuve aquí la última vez –dijo. Se acercó a la consola inactiva–. ¿Por qué no mantendrían los cilindros de activación en las naves? ¿Por qué las tripulaciones de vuelo los llevan consigo?
El trandoshano de rostro curtido habló.
–Sssecuridad –dijo Mrssk–. Daiman quiere asssegurarssse de que losss sssuyosss no dessserten...
–O que no se unan al otro bando –dijo Kerra, atreviéndose a alzar la mirada.
Vannar se apoyó en el respaldo de una silla y suspiró.
–Tiene sentido –dijo–. Los equipos de vuelo de Daiman reciben mucho más adoctrinamiento que sus equipos de tierra. Si tiene miedo a que alguien pueda robar un transporte, esto se ocuparía de ello.
Kerra se apoyó en la jamba de la puerta. Había sospechado que podría haber alguna seguridad adicional, más allá de las tarjetas de identificación. Pero había supuesto que se limitaría a que nadie salvo el piloto conociera las coordenadas hiperespaciales. Los Jedi tenían sus propias coordenadas para llegar y para salir de Chelloa. Pero esto era algo que nunca había esperado.
–No parecía que fuera nada importante –dijo Kerra, sacudiendo la cabeza–. Y estaba atascado, después del accidente. –Levantó la vista–. Pero yo podría haberlo sacado.
–No puedes pensar en todo, Kerra. Son cosas que pasan –dijo Vannar. Unas cuantas caras amables le devolvieron la mirada.
–Tenemos el vehículo en que llegamos –dijo Dorvin–. No tenemos ninguna pieza que encaje en esta computadora de navegación. Pero, ¿no podemos hacer la misión con nuestra propia nave? ¿Sin el transporte daimanita?
–No nos dejarían acercarnos a Chelloa –respondió Vannar–. Tiene que parecer que tenemos derecho a acercarnos.
Sólo tenían una hora para entrar en el sistema chelloano, sabotear la terminal de embarque, y escapar según el plan de Vannar. Abrirse camino al sistema luchando alertaría a Daiman del peligro, lo que le permitiría redoblar su guardia planetaria. No, tenía que parecer que pertenecían a la caravana, de principio a fin. No había otra manera.
Irguiéndose, Vannar llegó a una decisión.
–Pasemos al plan de reserva.
–¡No, Maestro Treece! –Kerra se puso en tensión. Ella conocía bien el plan alternativo; había ayudado a elaborarlo. Si no podían llegar a Chelloa, tendrían que regresar a la República, aprovechando todas las oportunidades que se les presentaran para derribar los transportes de mineral que partieran de Oranessan hacia Chelloa. Era un plan muy inferior. Seguramente, no podrían derribar más de un par... y Daiman podría desviar fácilmente otras naves hacia el mundo minero. La industria letal en Chelloa seguiría funcionando, como estaba previsto.
–Kerra, no sé qué otra cosa podemos...
–¡Todavía podemos ir a Chelloa! ¡Tal vez podamos secuestrar un transporte de mineral en ruta, de la misma manera que emboscamos a la tripulación de vuelo!
–Eso fue una pequeña lanzadera de personal –dijo Vannar. Los transportes de mineral, por el contrario, estaban erizados de armas. Era parte de lo que hacía que robar uno valiera la pena.
–O podemos volver a la nave de la tripulación de vuelo. ¡Puedo conseguir el cilindro esta vez!
–Está demasiado lejos, Kerra... y dijiste que la nave estaba destrozada. Tal vez ya no funcione.
–¡Podemos probarlo!
Mirando incómodamente a sus oyentes, Vannar atravesó la cabina llena de gente.
–Perdonadme –dijo, tomando a Kerra del brazo y llevándola hacia el pasillo exterior.
En las largas sombras del pasillo, habló en voz baja.
–Estos no son mis caballeros, Kerra. Ya lo sabes. Están en préstamo, más o menos. ¡Le debo a la canciller Genarra no desperdiciar sus vidas en un plan con pocas probabilidades!
Kerra miró por el pasillo hacia la salida, y luego de nuevo a Vannar.
–Hemos llegado hasta aquí –dijo–. Estamos aquí. Podemos hacer algo. No debemos volver atrás.
–¿Estás hablando en nombre de todos nosotros, Kerra? –dijo Vannar. La miró a los ojos–. Porque a mí me parece que estás hablando por ti misma. Y ya lo sé: un único Jedi no le sirve de mucho a nadie aquí en el espacio Sith. Pasas inadvertido. No llegas a ninguna parte.
Kerra le sostuvo la mirada un momento antes mirar para otro lado. Este era el Vannar que escuchaban otras personas... la voz de la autoridad. Ella siempre lo había escuchado de su lado, rara vez en el extremo receptor.
De repente, ambos oyeron una nueva voz chasqueando en la cabina. Vannar y Kerra se volvieron para mirar a su interior.
–¡...y más le vale empezar a moverse, transporte cuatro! –Era la torre de control Sith, situada en el otro lado del gran hangar. No habían podido ver la lucha bajo la lluvia y la oscuridad, pero sin duda sabían que el transporte no estaba en el aire–. ¡Pónganse en marcha, o iremos allí para detenerles!
Vannar apretó la muñeca de Kerra y la soltó antes de volver a entrar en la cabina del piloto.
–Está bien, sólo podemos hacer una cosa –ordenó–. No tenemos hiperimpulsor, pero sí tenemos un transporte. No tiene sentido caminar de vuelta los kilómetros que nos separan de nuestra nave bajo este monzón. –Dio una palmadita sobre la consola rota–. Dorvin, cierra esto y sácanos de aquí.
Kerra vio como Vannar caminaba hacia el visor delantero. Con los brazos cruzados a su espalda, se asomó a la lluvia torrencial. Detrás de él, los Jedi reunidos asentían entre murmullos. En la oscuridad del pasillo, Kerra sabía que Vannar tenía razón.
Sólo podía hacerse una cosa.

martes, 7 de agosto de 2012

Caballero Andante: Influjo (II)


Kerra se asomó desde la descomunal cabina del transporte Sith y palideció. Vannar estaba en lo cierto. Si este contaminado y devastado mundo era un indicio, este sector se había olvidado por completo de cualquier bien que los Jedi hubieran hecho aquí jamás. Los Jedi se habían retirado cuando lo hizo la República, conservando su número para evitar un asalto total de los Sith contra los mundos del Núcleo. Si no fuera por los esfuerzos de Vannar Treece y sus voluntarios, no habría ninguna actividad Jedi en absoluto en el sector Grumani. Y Vannar sólo realizaba rápidas incursiones con el consentimiento tácito, no oficial de la Orden Jedi... rara vez hacía algo con mayores ramificaciones.
Pero esta misión era algo más... o, al menos, prometía serlo. Kerra se volvió hacia el puente de mando del transporte, que ahora había cobrado vida con sus compañeros Jedi. Tantas de las estrellas más brillantes de la Orden se encontraban allí, que casi parecía un Consejo Jedi paralelo. A algunos, como el trandoshano, Mrssk, los conocía de las operaciones anteriores de Treece, mientras que a otros, como el Maestro quarren, Berluk, sólo los conocía por su reputación. Treece había utilizado la gravedad de esta operación para reclamar todos los favores que le debían. Y no había sido un caso difícil de defender. Lord Daiman había encontrado baradio.
Necesario para detonadores térmicos y otras armas, el baradio no era algo con lo que un Lord Sith pudiera comerciar. La escasez del mismo actuaba como un obstáculo logístico ante las ambiciones malvadas. Muchos de los príncipes en guerra hacía tiempo que habían agotado las minas comerciales desarrolladas durante épocas anteriores, pasando luego a robar cualquier suministro que tuvieran sus vecinos. Pero si los informes de inteligencia que Vannar había recibido recientemente eran ciertos, Daiman había encontrado la veta de baradio más grande en más de un siglo, justo en su propio patio trasero, en el planeta agrario Chelloa.
Vannar no le había hablado mucho acerca de la fuente de su información, excepto para decirle que tenía una confianza absoluta en ella. Y todo el mundo con el que habló Vannar entendía las implicaciones: en caso de que Daiman militarizase el baradio de Chelloa, no sólo podría superar fácilmente a su único hermano Odion, sino a todos sus vecinos en conflicto. Y eso, en última instancia, significaría un problema para la República, si sus enemigos se unían tras un único líder.
Los Jedi tenían que impedir que eso ocurriera... uniéndose a las órdenes de Vannar. Quien, como siempre, tenía un plan listo para funcionar.
La Operación Influjo era sencilla. Dando el primer golpe en el centro de transporte daimanita en Oranessan, el equipo Jedi se apoderaría de uno de los gigantescos transportes de minerales con rumbo a Chelloa. Allí, desmantelarían las instalaciones de envío de baradio antes de que un solo kilogramo del material llegase a cualquiera de las fábricas de municiones de Daiman más cercanas a la línea del frente. No era una solución permanente, pero no podían darse el lujo de esperar a tener una.
–Interceptándolo, ganamos tiempo –había dicho Vannar.
Estar en el campo de acción con el equipo, en lugar de verlos a todos desde el espaciopuerto, era una sensación agradable. Y, aparte del proteccionismo de Vannar, la mayoría de ellos también parecían contentos de tenerla a su lado. Ella había trabajado con muchos de los voluntarios en los preparativos de las misiones anteriores, llegando a conocerlos y a conocer sus motivaciones. Algunos, como ella, habían sido obligados a huir del territorio bajo la ocupación Sith. Otros eran partidarios de la visión estratégica de Vannar; para ser alguien que no formaba parte del Consejo Jedi, había pocos Jedi con más influencia.
Ella sabía que las razones de Dorvin para estar allí eran más complicadas. Su especie cereana era una minoría microscópica en Coruscant, y su comunidad era todo lo que quedaba de la incursión de una empresa esclavista en su planeta natal, siglos atrás. Excluidos de la repatriación por otros cereanos temerosos de la contaminación tecnológica, los cereanos como Dorvin convivían con la alienación todos los días de sus vidas. Ayudar a otros a regresar a su hogar era algo significante.
Deslizándose por debajo de la consola de control –una posición incómoda para alguien con su cráneo puntiagudo– Dorvin le sonrió.
–Ha sido agradable verte en acción, Kerra Holt –dijo con su voz majestuosa–. Harás que la Canciller se sienta orgullosa.
–¿Qué?
–Tienes un sable de luz verde –dijo Dorvin–. Una opción poco común entre los reclutas de hoy en día. ¿Aspiras a convertirte en un consular, al igual que la Canciller Genarra?
–No. –Kerra nunca había conocido a la líder de la República, una de una serie de Jedi elegidos para conducir a la orden a través de una época que pedía medidas extremas. Pero ciertamente le había enviado bastantes informes en nombre de Vannar.
–Ah. –Dorvin se retorció la punta del bigote–. Entonces, tal vez honres a alguien de nuestra historia. ¿Vas a obligarme a adivinarlo?
–No, en realidad, simplemente tomé un cristal de la parte superior del montón.
–Hmm.
Visiblemente decepcionado, Dorvin resopló y se deslizó por debajo de la consola de control. Kerra negó con la cabeza. Dorvin vivía para la tradición, buscando consuelo en ella. Muchos lo hacían. Pero Kerra nunca había tenido tiempo para los adornos, sino que intentaba aprender lo más rápidamente posible todas las habilidades que los Jedi pudieran enseñarle. Era el mejor camino, pensaba. Los rituales pertenecían a una época en la que los Jedi no habían estado en guerra durante toda una generación. Se había excusado segundos después del final de su ceremonia de nombramiento como caballero para salir cuanto antes del estrado. ¿De qué servían las palabras floridas, cuando la gente estaba sufriendo?
–Tengo un problema –dijo Dorvin.
–¿Qué ocurre?
Dorvin volvió a asomar la cabeza por debajo de la consola.
–Es un problema para Vannar. Llámale, por favor.

sábado, 4 de agosto de 2012

Caballero Andante: Influjo (I)

Caballero Andante: Influjo
John Jackson Miller

–¡Deberíamos dispararle aquí y ahora!
El humano encapuchado caminaba sobre la colina, arrastrando sus botas por el barro.
–Hemos llegado –dijo, manteniendo su voz firme. No tenía ningún sentido disculparse. No en este lugar... ni ante esas personas–. Sólo muéstranos dónde está nuestro transporte.
Los guerreros Sith Daimanitas no bajaron sus rifles. Incluso en el planeta Oranessan, con sus lluvias torrenciales, Lord Daiman insistía en que sus soldados lucieran cada día sus trajes de combate plateados. Ese día, el planeta parecía especialmente interesado en poner a prueba su armadura. El granizo rebotaba sobre ellos en todas direcciones, levantando un ruidoso alboroto que obligó a que la primera persona que había hablado –una mujer con cicatrices de quemaduras vestida con un mono de trabajo– tuviera que gritar para ser escuchada.
–¡No está donde se supone que debería estar, piloto! –Interponiéndose entre los guerreros, la mujer hizo destellar una linterna de mano ante la cara del recién llegado, un hombre robusto de unos cincuenta años–. Se suponía que debía haber llegado aquí hace veinte minutos para la preparación de vuelo –gritó–. ¿Qué demonios estaba haciendo en las llanuras de barro?
–Nuestra lanzadera fue dañada en la tormenta –dijo el recién llegado, señalando la cresta de la colina. Dos compañeros encapuchados de manera similar llegaron detrás de él, ambos mostrando sus placas de identificación–. Hemos aterrizado a donde hemos podido. ¿Qué importa? Hemos llegado.
Entrecerrando sus ojos azules como el hielo, Vannar Treece examinó los alrededores. Más allá de la malencarada jefa de la tripulación de tierra y los cuatro centinelas se alzaba un enorme transporte Sith provisto de varios cañones, en espera de su equipo de vuelo. Transportes idénticos ya estaban levantando vuelo en la distancia, ascendiendo por encima de los altos hornos nucleares que proporcionan el combustible para las naves de Daiman en esta estación de paso. Las llamas en la cima de los gigantescos conos de permacemento proporcionaban la única iluminación de la zona, obligando a los equipos de tierra a usar las luces de sus cascos, incluso a mediodía... como ahora.
Bienvenido de nuevo al Espacio Sith, pensó Vannar. Disfrute de las vistas... si realmente quiere hacerlo.
Vannar dio un paso hacia el transporte que esperaba, sólo para ser bloqueado por la líder del equipo de tierra. Iluminando las manos enguantadas del hombre, la mujer desgastada por los años montó en cólera.
–¿Dónde está su valija de envío? ¡Más vale que no me diga que ha llegado hasta aquí sin ella!
La compañera Vannar, de baja estatura, dio un paso al frente. Con sus ojos de color avellana destellando por debajo de su capucha, levantó la mano ante la jefa de equipo Sith.
–No necesitamos una valija de envío.
–¡Desde luego que la necesitáis, niñata! –La líder del equipo de tierra arrancó la capucha de la recién llegada, revelando a una muchacha de dieciocho años, de pelo y tez morenas–. No sé en que están pensando, enviándonos aquí niños como pilotos. ¡Seguramente Daiman lo haría mejor que tú!
Con aire molesto, la chica miró a Vannar con urgencia. Él ya lo sabía. Esto no estaba funcionando.
–Esto no está bien –dijo la mujer con cicatrices, dando un paso hacia los soldados–. Un transporte de menos en el convoy no supondrá ninguna diferencia. Matadlos.
El cuarteto de guerreros levantó sus fusiles. Los compañeros de Vannar saltaron hacia adelante, con luces brillando frente a ellos. La chica llegó en primer lugar hasta los Daimanitas, cortando en dos el cañón del arma del guerrero más cercano con su sable de luz. Una fracción de segundo más tarde, hizo lo mismo con el propio centinela.
–¿Qué dem...?  –La jefa de equipo retrocedió y extrajo su bláster–. ¡Jedi!
Despojándose de su manto, Kerra Holt se abalanzó, saltando sobre los hombros del segundo guerrero y lanzándose contra la jefa. El comunicador voló de la mano de la mujer mayor, enterrándose en el lodo de Oranessan. Al ver al segundo centinela volviéndose hacia ella, la joven Jedi empujó hacia atrás su sable de luz, atravesando el cuerpo de la jefa de equipo. El grito de dolor de la mujer todavía estaba en el aire cuando el centinela atacante se derrumbó ante Kerra, asesinado por la espada de luz amarilla de Vannar Treece.
Vannar miró a la derecha para ver a Dorvin Eltrom, su otro compañero, de pie sobre los cadáveres de los otros dos Daimanitas. El cereano se quitó la capucha, dejando que las gotas de lluvia salpicaran sobre su cráneo cónico. Vannar extinguió rápidamente su sable de luz y examinó la zona. El granizo se había convertido en una lluvia refrescante, y la lluvia y la oscuridad se combinaban para ocultar de la vista su refriega desde el inmenso hangar de servicio a casi un kilómetro de distancia. Oportuno, pensó. Un buen augurio para el primer paso de una larga misión.
Con el pelo goteando, la chica se arrodilló sobre el cadáver de la jefa de equipo.
–¿“Niñata”? ¿Es así como insultan los Sith hoy en día?
–Nunca sé qué esperar –dijo Vannar, riendo para sus adentros. Parte de la novedad de esta misión sería ver la respuesta de Kerra en el espacio Sith, territorio que había estudiado durante mucho tiempo desde la distancia. Kerra había estado bajo su tutela durante la mayor parte de la década que había transcurrido desde que ayudó a evacuarla de la región. Ahora, había tenido su primer contacto.
No era ninguna sorpresa que las habilidades de la Fuerza de Kerra no hubieran sido detectadas cuando vivía el sector Grumani. Con el abandono de la República de gran parte del Borde Exterior, los exploradores Jedi ya no identificaban a los estudiantes potenciales en esas regiones. En cuanto a Vannar se refería, era casi mejor que los esclavos Sith nunca supieran de sus potenciales talentos en la Fuerza, para evitar que fueran puestos en servicio como adeptos Sith. Cualquier cosa era mejor que eso. Pero Kerra había escapado, y aunque Vannar habría querido seguir siendo una parte de su vida, independientemente de si ella tuviera un potencial Jedi, ese hecho había hecho posible que jugase un papel activo en su educación.
Ella había aceptado rápidamente la formación. Su mente y su cuerpo eran todo lo que le quedaba en la galaxia; por eso, ella se comprometió plenamente a la absorción de conocimientos teóricos y prácticos. Vannar no era su maestro en el sentido formal; en realidad no tenía ninguno. Muchas de las formas habituales de hacer las cosas habían cambiado por la necesidad en los últimos tiempos. Con los Caballeros siendo necesarios en el frente, simplemente no había suficientes profesores para todos; los Padawans tendían a aprender durante cortos períodos de cualquiera que estuviera disponible. Pero Vannar, casi tanto padre como mentor, había querido seguir puntualmente su progreso. Una vez que comenzó a librar su propia guerra privada en el espacio Sith, Kerra le había rogado que le dejase ayudarle de cualquier manera posible.
Aunque no había pensado en llevar a la adolescente a ninguna de sus misiones, Vannar descubrió que la joven Kerra resultaba útil a su causa de innumerables maneras. Era una dinamo de la organización, ayudándole a transformar sus nobles visiones en acciones concretas. Él tenía las conexiones y el magnetismo personal necesario para atraer seguidores y apoyo material; Kerra se aseguraba de que estos llegaran donde eran necesarios. Estaba seguro de que ella haría posible que pudiera montar una operación adicional cada año. Ninguna de estas eran grandes misiones para liberar su tierra natal –Vannar se preguntaba si eso podía llegar a hacerse– pero al menos estaba haciendo una contribución.
Y ahora, años más tarde, ella finalmente estaba aquí.
–Supongo que ella tiene lo que estamos buscando –dijo Kerra, buscando entre los elementos enganchados al cinturón de la mujer muerta. Tras encontrar un dispositivo de control, se volvió hacia el gigantesco transporte y apretó un botón. La gran escotilla delantera se abrió con un gemido, dejando al descubierto una profunda área de carga en el interior.
Como habían sugerido sus informes de inteligencia, el gigantesco transporte estaba vacío, esperando a una tripulación de vuelo que nunca llegaría. Vannar se llevó el comunicador a la boca.
–Nave objetivo asegurada. Comienza Influjo. El equipo puede acercarse.
–Influjo confirmado. En espera.
Todo el equipo Jedi de Vannar estaba estacionado más allá de la siguiente cresta, con los restos de la pequeña lanzadera de personal que habían interceptado durante su acercamiento a Oranessan desde el espacio de la República. Interceptar a la tripulación de vuelo y llegar en su lugar había permitido que Vannar y sus compañeros llegasen lo suficientemente cerca de la zona de aterrizaje del transporte Sith como para asegurarlo. El gran transporte –un Starcrosser Daimanita de cargas pesadas, si la información de los informes era precisa– sería el medio de transporte de su equipo durante el resto de la Operación Influjo. Vannar golpeó el costado de la puerta de carga mientras Dorvin subía corriendo las escaleras, dirigiéndose como estaba previsto a su estación en la cabina. La nave sería un regalo muy grande para un Ministerio de Defensa de la República deseoso de obtener información acerca de las naves usadas en ese momento por las fuerzas de Daiman. Pero eso también era totalmente secundario frente al objetivo principal de la misión.
Kerra había elegido el nombre de la operación, como lo había hecho para todas ellas desde que tenía trece años. Era una especie de amuleto de buena suerte, pensaba Vannar. Su idea original había sido llamar a esta operación "Punto Muerto" hasta que Vannar señaló que, aunque hacer que los Señores Sith quedasen ocupados peleando uno contra el otro era, de hecho, uno de sus objetivos en esta misión, no era lo bastante bueno para basar abiertamente la misión en ello. Cuando los Sith luchaban contra la República, por lo menos un bando trataba por lo general de evitar víctimas civiles. Cuando los Señores Sith se enfrentaban entre sí, como Daiman y su odiado hermano Odion, cualquiera atrapado en medio estaba en grave peligro. De hecho, el nihilista Odion vivía para segar la vida a los inocentes. Otro Lord Sith enfermo.
De guardia en la parte inferior de la rampa, vio como Kerra arrugaba la nariz ante el viciado aire de Oranessan. Era la primera vez que ella no estaba en movimiento desde que partieron del punto de salto en la República.
–Volar y morir por Lord Daiman –dijo Kerra, mirando hacia atrás a los cadáveres. No era la primera vez que Kerra mataba; Vannar sabía que eso ocurrió años atrás. Pero parecía preocupada–. ¿Por qué nadie iba a estar dispuesto a hacer nada por Daiman?
–Él es quien está al mando.
–Es un enfermo mental –dijo Kerra.
Vannar asintió con la cabeza. Cualquier persona que creyera ser el creador del universo, con todos los demás seres orgánicos simples autómatas sin alma colocados allí (por él mismo, por supuesto) para su propia diversión, sin duda tenía algún serio problema en la cabeza. La mayoría de los señores de la guerra lo tenían. Pero Vannar no estaba realmente interesado en el estado del sistema de atención sanitaria de los Señores Sith.
Tampoco Kerra, por lo visto, que cambió el tema rápidamente.
–¿Qué es una valija de envío?
–No tengo ni idea –dijo Vannar. La jefa de personal de tierra les había preguntado al respecto, antes.
–Podría ser importante –dijo Kerra, mirando hacia atrás al cuerpo de la mujer muerta, bañado en el cieno.
–También podría no ser nada –dijo Vannar. Él sabía lo que estaba por llegar. Kerra se conducía y se orientaba por los detalles... y nada la obsesionaba más como darse cuenta de que había un detalle que no había considerado. Él había cómo eso la volvía inestable en su juventud, pero últimamente había mejorado bastante al respecto. Sin embargo...
–¿Seguro que estás bien, Kerra?
–Estoy bien No te preocupes... No hay nervios de primer día.
–Oh, no los habría esperado. Cambiaste de táctica bastante bien antes con la jefa de equipo –dijo. El intento de persuasión de Kerra no parecía haber funcionado, pero él no usaría eso en su contra. A ella nunca le había gustado usar la Fuerza para influir en los demás. Era sólo una parte de su forma de ser–. Sin embargo, es tu primera misión...
–Estoy bien –dijo Kerra, alejándose en el barro para ver la llegada del resto del equipo–. Simplemente no me gusta hacerme pasar por Sith.
Vannar se echó a reír.
–Sin subterfugios, no llegaríamos muy lejos –gritó tras ella–. Este no es un lugar donde puedas ser tú mismo. ¡No durante mucho tiempo, en cualquier caso!