Mostrando entradas con la etiqueta Edward M. Erdelac. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Edward M. Erdelac. Mostrar todas las entradas

miércoles, 27 de agosto de 2014

Puños Iónicos

Puños Iónicos
Ed Erdelac

Perspectus Transgaláctico, edición 41:4:34

Perspectus Transgaláctico presenta una primera mirada exclusiva a Puños Iónicos: Memorias de un Campeón de Electroboxeo, la autobiografía de próxima publicación de Lobar Aybock, con el Capítulo VII: La Lluvia de Raine.
Para conocimiento de nuestros lectores, un glosario de términos de electroboxeo:

chasqueante – Un fuerte puñetazo originado en la zona media del tronco, con destino a la barbilla del oponente (del sonido de los dientes del oponente al chocar entre sí).
cuña – La arena con forma de triángulo equilátero y suelo de tela volcánica rodeada por un conjunto de tres elasticables en el que tienen lugar los combates de electroboxeo.
destroza-foco – Un golpe al foco del oponente con un electromitón cargado iónicamente, destinado a inutilizar el escudo o, en el caso de un foco sin escudo, ionizar la armadura del oponente (con el resultado de un FI). Se sabe que un golpe aturdidor a un foco sin escudos puede causar un fallo del sistema nervioso.
DOM – Descalificación por Orden del Médico.
electrocable – Una sección de elasticable que rodea la cuña, cargado aleatoriamente con una leve corriente aturdidora a intervalos regulares a lo largo de la fase.
electromitón – El guante del electroboxeo, equipado con baterías de triple celda recargables y un emisor variable que el boxeador maneja con el pulgar. Puede generar campos aturdidores (azul), iónicos (blanco), o repulsores (verde), del tamaño de un puño. Los campos están codificados por colores para avisar de su naturaleza al oponente, dando a un boxeador rápido el tiempo para modificar la carga de sus mitones y preparar una defensa adecuada.
fase – Cada uno de los periodos de acción de dos minutos y medio estándar, separados por periodos de descanso de un minuto en el que los combatientes se retiran a vértices neutrales. Hay diez fases en un combate regulado.
FC – Fuera por Conteo, victoria cuando un oponente no se levanta tras contar hasta ocho.
FI – Fuera por Ionización.
foco – El regulador con forma de diamante y provisto de escudo ubicado en el centro de la placa pectoral de un electroboxeador, que proporciona energía a su armadura y ofrece lecturas a los médicos y árbitros fuera de la cuña.
vertex/vértices – Las tres “esquinas” con postes de la cuña del electroboxeo.


Salgo del cubículo sanitario, justo después de limpiarme el sudor de un par de fases de holoboxeo, cuando Cus aparece en la puerta, mirándome con esos ojos negros de chevin que lo mismo podrían estar llenos de esperanza o perdición.
Esta vez es perdición.
-Está amañado –dice-. He dicho a Puntadas que recoja nuestras cosas y se reúna con nosotros en el callejón. Vamos a tomar un taxi al puerto de lanzaderas.
No tiene sentido discutir con Eedund Cus cuando ha tomado una decisión. Lo hago de todos modos. Me hace callar con una historia que supo de Resik, el camarero del Colmillo Roto. Resik le dijo algo acerca de nuestro contrato que Cus no creyó, pero después de comprobarlo, ahí está.
-Si mueres en la cuña contra Tull Raine –dice Cus-, Torel Vorne se queda con tu cadáver. Lo pone en la letra pequeña.
Golpeó con el dorso de su gran mano la pequeña tableta de datos que sostenía, y me lo leyó:
-“En caso de muerte, todos los arreglos funerarios serán supervisados por la Corporación Reuss tras la entrega obligatoria del cadáver.” Corporación Reuss. Ese es Vorne.
Había visto a Vorne durante el pesado, un pequeño reussi de piel azul y cabello desigual con una costosa máscara respiratoria y ropas holgadas. Era un importante mafioso del Sector Portmoak, asentado ahí en Reuss VIII.
-¿Y para qué demonios lo quiere? –pregunto.
-No lo sé, chico, y no quiero averiguarlo. Espero que Puntadas y yo podamos arreglar parte del trato. Lo siento, Lobar.
Cus sabe que enfrentarme a Tull Raine, un campeón barabel, es la mayor pelea de mi vida. Sabe lo que está en juego. Sabe lo que significa retirarse y huir cuando un tipo como Vorne ha puesto dinero en ello. ¿Pero qué significa incluir una cláusula para cadáveres en tu contrato?
Tomamos el pasillo trasero y salimos al callejón. El aire venenoso hace lagrimear mis ojos. En lugar de encontrar solo a Puntadas en un taxi deslizador, el gungan está sentado entre un puñado de gente que no conozco en la parte trasera de una furgoneta deslizadora que nos esperaba. Allí, de pie, hay un gran reussi con pelo muy corto, gafas de lluvia y un poncho en el que podría ocultar cualquier cosa.
-Hay sitio para dos más, amigos –dice, y nos indica que subamos.
Sé que Cus llegará a los puños si yo me lanzo. No llegó a ser el mejor entrenador del Borde Exterior vaciando escupideras. Pero ellos ya tienen a Puntadas.
Yo entré primero. Cus se desliza a mi lado. La furgoneta se hunde medio metro desde su posición, flotando sobre la calle. El reussi cierra la escotilla de un golpe. En cuestión de un minuto estamos atravesando la ciudad, mirándonos unos a otros.
Hay una chica pequeña frente a mí, sucia y con una harapienta camiseta de Boba Fett y los Droides Asesinos. Debe de ser reussi. Junto a ella hay un tipo de más edad, 100% humano, con un bigote que empezaba a mostrar canas y una mirada tranquilizadora. A su izquierda está una mujer delgada y pelo corto vestida con buzo, que parecía estar esperando a que le dijeras algo para poder darte una bofetada en la cara.
-Te vi ganar a Tontruk por FI en la segunda fase, en Vycynith –dice Bigote-. Solían decir que nadie podía vencer a un esoomiano.
-Eso es lo que dicen de los barabeles –le digo-. Supongo que nunca lo sabremos.
-No estoy con Vorne, hijo –dice, mostrándome una insignia de identificación que no reconozco-. Comandante Bren Derlin. Soy de la INR.
-¿Quién?
-Rebeldes –gruñe Cus.
-Actualmente nos llamamos Nueva República –dice Derlin.
-¡Sha-nag! Mientras haya un Imperio, sois rebeldes –dice Cus.
Allá vamos. Cus odia la política. Una vez me dijo que se consideraba “un separatista impenitente”. Sea lo que sea eso.
-Tranquilo –digo a Cus-. ¿Qué quieres de nosotros?
-Queremos hacer de ti un héroe, hijo –dice Derlin.
Me explicó el asunto.
Cuando el Imperio tomó el sector Portmoak, Reuss VIII era un planeta agrario. Uno nunca lo habría imaginado, porque ahora las únicas zonas verdes eran burbujas entre las refinerías y los suburbios residenciales. Pusieron a la Corporación Reuss a cargo del planeta y convirtieron en empleados a todos los reussi, desde los fontaneros hasta los lustradores de asientos. La Corporación decidió que los créditos de verdad estaban en la tecnología y el duracero, no en la comida. A lo largo de los últimos veinte años habían cambiado la faz del planeta, cambiando silos por fundiciones y cielos azules por humo, neblina, y lluvia asesina.
En ese momento, la chica pequeña interviene, sólo que no es en absoluto una niña, después de todo.
-Las Ratas de Óxido, los niños que viven carroñeando por los vertederos y saqueando deslizadores, son todos huérfanos de la Corporación –dice, con la voz de una mujer adulta-. Los salarios de sus padres se mantienen sin cambios mientras suben los alquileres. En la clase trabajadora, nadie posee nada.
-Esta es Mygo Skinto –dice Derlin-. Ella nos habló de todo esto hace un año.
-La Corporación comenzó a perder dinero porque no podían competir con las compañías más grandes –dice Mygo-. Torel Vorne los llevó en una nueva dirección. Hay un gran mercado para los órganos en los Mundos del Núcleo. No hay suficientes donantes para tanta demanda. Los centros médicos pagan bien. Algunos ciudadanos particulares pagarían aún más sin hacer preguntas.
-Investigamos uno de los tratantes de Vorne fuera del planeta –dice Derlin-, un reussi llamado Deral Reiko. Vorne ha establecido aquí un sistema que nunca habíamos imaginado. La Corporación y Vorne trabajan juntos para conseguir que los reussi se endeuden; juegos de azar, el alto coste de la vida, lo que sea. Entonces la organización de Vorne les hace una oferta. Vende tus órganos, consigue dinero para tus hijos. Una cosa curiosa acerca de la anatomía reussi es que es bastante adaptable. Casi nunca son rechazados como donantes.
-Cuanto más esencial sea el órgano, mejor es el precio. El donante no sale de la mesa de operaciones –dice Mygo-. Los hijos nunca ven el dinero. Acaban trabajando para la Corporación y se convierten en la siguiente generación de donantes, o de matones para Vorne, si van por mal camino. Todo el sistema se autoabastece.
-Misa creen –dice Puntadas, que había estado demasiado asustado para hablar hasta ahora- que eston ser lo que Vorne quieren de vosa, Rojo.
Puntadas es el único que me llama Rojo.
-Seguramente estás en lo cierto –dice Derlin-. Ya te tienen descuartizado, chico. Cada pedazo comprado y pagado. Si pierdes, tus pulmones pertenecen al moff Ammar. Los compradores estarán mañana por la noche entre el público, bien cerca para recoger sus encargos. Por eso Tull Raine nunca ha perdido un combate por el título. Vorne celebra una subasta privada y se asegura de que los aspirantes mueran en la cuña, para que sus mejores clientes obtengan un producto en las mejores condiciones. Tú eres el mejor botín que ha obtenido jamás. Nunca antes había habido un aspirante casi humano.
Casi humano. Debido a que los calianos somos de piel roja, escucho eso a menudo. Los impes me enseñaron un dicho; “casi humano, no lo bastante”. Se lo digo a Derlin.
-Lo siento –dice él.
No sé qué pensar, y aún menos qué decir. Había escuchado que Vorne poseía un pedazo de Tull Raine, pero no me había parado a pensar en lo cierto que eso era, o en que estuviera pensando en mí para su mercado de repuestos. Todo el asunto me hacía sentir enfermo, como cuando estoy en la cuña esperando que el timbre indique el comienzo de una lucha que sé que no puedo ganar. Pregunto a Derlin cómo lo consigue Vorne. He estudiado a Tull. Es rápido para ser un barabel, pero no es tan bueno. Ya ha sido derrotado antes, en el circuito amateur, pero Derlin tiene razón. Nunca en una pelea por el título.
-Vorne hace que un hacker se conecte a tu foco durante la lucha. Desactiva tus emisores, y baja tu escudo. Un aturdidor al pecho, y estás fuera.
-Te lo dije –dice Cus-. Está amañado. Muy bien, gracias por el aviso, comandante. Nos vamos.
-Tenemos la forma de contrarrestarlo –dice Derlin.
La mujer a su izquierda se endereza como si hubiera estado aburrida hasta ahora.
-Sargento Dansra Beezer –dice, enfatizando su rango del mismo modo que algunos doctores. Es hermosa.
-¿A qué se dedica? –digo.
-Soy hacker –responde. Se muestra fría conmigo, pero sus ojos no paran de mirarme.
-Pensaba que todos los hackers eran gordos y sensibles a la luz –digo.
-Y que todos los electroboxeadores eran unos descerebrados –responde de inmediato. Divertido.
-Podemos colocarla en un terminal remoto –dice Derlin-. Ella mantendrá la lucha justa. Todo lo que tienes que hacer es ganar.
Todo lo que tengo que hacer es ganar.
Esta charla me pone en más ánimo de luchar que nunca. Demonios, de lo único que me he ocupado en toda mi vida es de lo que puedo romper con mis puños. El Imperio me capturó cuando bombardeó mi planeta natal. Me enviaron a sus laboratorios y me midieron y evaluaron hasta que decidieron que los calianos no eran buenos como soldados de asalto, y luego me entregaron a unos esclavistas zygerianos. Nunca tuve ocasión de enfrentarme a ellos. Supongo que he estado buscando la lucha, una lucha de verdad, desde entonces. Al decir que soy el primer aspirante casi humano, Derlin despierta en mí una chispa que Vorne casi había apagado. No me gusta un juego amañado, y no me gusta todo este asunto de rebanar a la gente para que algún habitante del núcleo con los bolsillos bien llenos pueda morir un par de años más tarde.
-¿Qué está pasando aquí? –me susurra Cus-. ¿No estarás pensando en seguir adelante con esto, verdad?
-Es nuestra oportunidad, Cus –le digo-. Hemos entrenado duro. Supongo que debemos aprovecharlo.
Puntadas gime.
Cus agita la cabeza y observa cómo pasan las fábricas a toda velocidad.

***

Finalmente, la furgoneta deslizadora se detiene en el exterior del hotel y el reussi abre la puerta.
-¿Hay algo más que necesiten de mí?
-Tengo entendido que siempre elige un hotel relativamente cerca para poder ir corriendo a todos tus combates –dice Derlin.
-Me pone a tono, ¿sabe? Preparado.
-¿Vas a correr mañana?
-Llueva o haga sol.
Derlin asiente. Comparte una Mirada con la mujer pequeña, Mygo. No sé de qué va esto. Salgo y ayudo a Puntadas a descargar nuestras cosas.
Cuando el reussi está a punto de cerrar la escotilla, se me ocurre una cosa.
-¡Eh, Derlin!
-¿Qué ocurre, chico?
-Quiero que me prometa algo.
-No van a rebanarte. Te lo prometo.
-No es eso. En realidad, quiero que sea ella quien me haga una promesa. –Me refiero a la pirata informática, y la miro directamente a los ojos-. Tiene que ser un combate justo. En ambos sentidos.
Ella mira a Derlin. Yo la sigo mirando hasta que vuelve a mirarme a mí.
-Muy bien –dice-. Lo prometo.
Le doy las gracias. Me mira de distinto modo cuando el reussi cierra la compuerta de un golpe. Me saluda con una inclinación de cabeza antes de subir a la cabina, y se van zumbando por la ajetreada calle.
Siento como si nunca fuera a conseguir dormir. Cus me grita y vuelca muebles. Yo respondo a sus gritos. Puntadas se limita a sentarse en una esquina con la cabeza entre las manos y sus largas orejas cayendo sobre sus hombros, gimoteando.
En definitiva, les digo que nada ha cambiado, salvo que ahora va a ser el combate que creíamos que sería. Todo lo que Derlin había hecho era hacernos saber toda la basura de la que se está ocupando por nosotros.
Derlin levanta las manos al cielo y se lleva a Puntadas consigo, pero me dice:
-Nos vemos mañana, chico.
Está conmigo. Me allegro. Sé que Cus sólo compró mi libertad porque vio el luchador que había en mí. Me enseñó a boxear, me enseñó básico y aurebesh. Era una inversión, desde luego, y eso no es una base especialmente buena para una amistad, pero ahí está. Él y Puntadas, son todo lo que tengo.
A la mañana siguiente llueve.
Me ato mis Aleemas, deslizo una Vagabundo-6 sobre mi rostro, y me coloco mi traje de exposición. En Reuss VIII, no puedes salir sin protección un día lluvioso, porque la lluvia es ácida. Prácticamente todos los días necesitas un filtro respirador para todas las cosas que hay en el aire, pero cuando llueve el fango de las alcantarillas hierve y los vapores pueden abrasarte los pulmones. Pienso en ese maldito moff que ya ha pagado por mis pulmones. Pienso en estropearle la mercancía.
El pavimento está crepitando cuando salgo al exterior. Puede escucharse sobre el tamborileo de la lluvia, como agua hirviendo en una termoplaca caliente. Cus y Puntadas ya están en la arena.
He realizado esta carrera sesenta y cuatro veces en un par de docenas de mundos. He corrido bajo nieve y granizo, y, una vez, bajo una tormenta de centellas. He corrido sobre barro, y sobre arena tan caliente que se convertía en cristal bajo la presión de mis zapatillas. Esta es la primera vez que corro bajo una fuerte lluvia abrasadora. Puedo ver el humo subiendo en espiral desde las mangas de mi traje donde golpean las gotas de lluvia.
También es la primera vez que no corro solo.
Esperaba que las calles estuvieran vacías en una mañana así, pero desde el momento en que salgo a la calle hay una estridente ovación.
Niños. Envueltos en trajes de exposición sucios y fragmentados fabricados con lo que habían podido recuperar, pequeñas momias sin rostro, con gorros goteantes y gafas de lluvia y verdeantes máscaras respiratorias de segunda mano, agazapados bajo escudos contra la lluvia improvisados con láminas de chatarra. Ratas de Óxido, los había llamado Mygo. No me había parado a pensar que hubiera tantos.
Obviamente, me reconocen. Me llaman por mi nombre con voces ásperas y amortiguadas. Se aprietan a mi alrededor, agarrándose a mis piernas, tocándome los brazos. Veo sonrisas embobadas a través de sus máscaras. Un par de pequeñas manos con ampollas colocan un destrozado puntero en mis manos y garabateo mi nombre en una brillante tableta de datos.
Es un magnífico espectáculo, y flotando sobre sus cabezas como bichos zumbones gigantes, un enjambre de droides holocámara provistos de escudo se encuentra allí para grabarlo todo para las Noticias de la HoloRed, TriNebulon, y un puñado de agencias más.
Al otro lado de la calle, veo una pequeña figura solitaria con una maltrecha máscara respiratoria y una camiseta de Boba Fett y los Droides Asesinos. Me hace un gesto levantando el pulgar.
Mis pies golpean el permacemento camino de la Arena Dool con las holocámaras zumbando y esforzándose por seguir el ritmo. Los vítores de esos niños prácticamente me empujan durante todo el camino. A pesar de la torrencial lluvia ardiente, no siento cansancio en absoluto. El corazón me bombea con fuerza. Siento como si pudiera vencer por FI al propio Palpatine.
Me quito el traje de exposición ante la puerta trasera del Colmillo Roto. Se lo doy a un niño desgarbado y saludo como un político hasta que estoy fuera de su vista.
En el vestuario, Cus y Puntadas ya han extendido mi armadura azul y blanca de Equipos Golan. No es la mejor, pero no me ha dejado tirado en sesenta y cuatro combates. Ruego a Boz que esta no vaya a ser la primera vez. Un minuto más tarde estoy preparado y Puntadas comprueba las cargas de mis electromitones, examinando las lecturas del foco y comprobando mis constantes vitales.
Puntadas es el único nombre por el que le conozco. Nos dijo que en su planeta natal solía ser el médico de la corte de la Reina Apa-algo, pero perdió su puesto cuando llegó el Imperio.
La mayoría de los boxeadores usan Emedés, pero Cus no.
-Nunca pongas tu fe en droides –es todo lo que dice al respecto.
Cuando salimos al vestíbulo, hay un mar de reporteros blandiendo sus micros hacia mí, pidiéndome vaticinios y dando mucha importancia a que yo sea el primer aspirante (casi) humano y todo eso. Farfullo algunas cosas acerca de asestar mi mejor golpe cuando una preciosa rubia me asalta:
-Fionna Flannis, Red de Noticias Coloniales. Lobar, ¿desde cuándo eres consciente de la relación de Torel Vorne con la Corporación Reuss? ¿Puedes confirmar los rumores de un negocio de donación ilegal de órganos?
La miro con sorpresa, como la mayor parte de los demás reporteros. Un defel de aspecto duro que trabajaba para seguridad agarra su micro y hay una trifulca con su técnico de sonido. Deja sin sentido a la pesadilla peluda con alguna especie de aturdidor de mano. Es el reussi de la furgoneta deslizadora de Derlin.
-¡Estamos aquí simplemente para pelear! –brama Cus, y cuando un chevin alza la voz, la gente se aparta de su camino. Avanzamos a paso rápido hacia la arena propiamente dicha.
-Losa Derlin piensan en todo –dice Puntadas.
Los reporteros no nos siguen. Se agolpan alrededor de la periodista rubia. El reussi nos guiña un ojo.
Salimos ante una rugiente multitud.
Habíamos visitado el Colmillo Roto y la Arena Dool, pero eso no me había preparado para la visión del lugar a plena capacidad. Es un restaurante de varios niveles, con la cuña colocada en el centro, en un pozo inferior con paredes de plastiacero de cinco metros de alto. Técnicamente, no hay asientos malos. La superficie del pozo había sido abierta a los aficionados dispuestos a pagar más. Es probablemente donde se sientan los tipos que han comprado mis órganos.
Nuestro guía nos dijo que el lugar solía tener combates mixtos cada noche, hasta que algún cazarrecompensas tolanés voló el lugar por los aires y acabó con los propietarios originales. Vorne retomó el alquiler y remodeló el lugar, haciéndolo “respetable”, lo que básicamente significaba que era demasiado caro para los lugareños.
Tull comenzó ahí mismo, en la Arena Dool. Este es su hogar, su público.
Por supuesto, cuando llegamos a la cuña, veo a Vorne sentado junto a ella con sus lacayos y un par de snobs ricos, uno de los cuales es un fósil de rostro macilento con uniforme de moff que está comiendo insectos de barro kubindi y bebiendo Grada.
Nos quedamos en nuestro vertex, y si antes creía que la muchedumbre era ruidosa, no había sido nada comparado a cuando Tull Raine sale a la cuña. Incluso los snobs se levantan de sus asientos. Es alto, y negro como el espacio salvo por esa boca de blancos y afilados dientes de barabel. Lleva una armadura Electrolast roja y las joyas de la banda de Campeón de Peso Medio del Borde Exterior tintinean como cuentas de cristal desde su hombro hasta su cintura.
Hizo esa cosa de cargar sus mitones al máximo mientras la multitud corea su nombre, y luego lanzar una ráfaga de puñetazos rápidos como latigazos que dejaron persistentes borrones blancos ante mis ojos. Los aficionados enloquecen hasta que hace chocar sus puños con un trueno de realimentación que hasta yo tengo que admitir que resulta impresionante. Escuché que una vez venció a un Jedi en la Arena Dool. No lo pongo en duda.
-Muy bien –murmura Cus-. Quémate los mitones, gug.
La multitud abuchea durante mi introducción. No me importa. No estoy aquí por ellos. Se vuelven a poner de pie por Tull y él levanta su banda antes de entregársela a su entrenador arconano, en su vertex. Nos encontramos en el centro con el mediador, un rodiano que farfulla las reglas en huttés. Miro a los ojos negros y reptilianos de Tull. Es como observar una oscura sonrisa.
-Eres mi pressssa, pielroja –sisea.
Lo que yo tengo que decir sólo puede pronunciarse a través de mis electromitones.
Vamos a los vértices neutrales. El mediador abandona la cuña y activa el perímetro de electrocable azul, cuya carga va cambiando cada pocos segundos a una sección distinta del elasticable. Siento que mi armadura se activa, hago cambiar el campo de mis electromitones (azul, verde, blanco), y avanzo de nuevo al centro.
Abro la conversación con un par de rápidos golpes iónicos a su protección craneal. Uno de ellos llega a darle, pero rechaza mis puños con un par de destellos repulsores que me obligan a mantenerme firme sobre mis talones. Seguimos en esa línea durante la primera fase, limitándonos a ponernos a prueba mutuamente, y el timbre me manda de nuevo al vertex, donde Puntadas conecta los cargadores en mis puños y comprueba mi ritmo cardiaco.
-¿Todo okidoki, Rojo?
Se refiere a mi armadura. Los conmutadores funcionan correctamente. En alguna parte, Dansra está haciendo su trabajo. Dansra. Probablemente me rompería la nariz por llamarla así.
-No te dejes golpear –dice Cus.
En la segunda fase, Tull me hace saber que va en serio. Comienza con una batida que apenas logro esquivar agachándome, rozando la parte superior de mi casco. Entonces me alcanza con un chasqueante repulsor a la protección de la mandíbula que casi me tira al suelo. Veo estrellas declarándose la guerra entre ellas. Me cubro y lo rechazo con un verde, casi lanzándolo contra el electrocable, pero este cambió y regresó con el mismo furor que estaba causando en la multitud. Me deja dormido el brazo derecho, pero acabo con ello con un directo iónico que envía rayos cruzando su pecho y hace que el escudo de su foco parpadee. Retrocede, dándome tiempo para alejar de mí las estrellas. Es fuerte.
Para la cuarta fase, sigo sin tener problemas con los mitones, y mientras estoy recargando en mi vertex veo muchas caras airadas en la mesa de Vorne. Tull también está confuso. No planeaban que yo fuera a durar tanto. Veo que el defel de antes abandona la mesa de Vorne con un par de matones. Espero que Derlin tenga a alguien vigilando a Dansra. Puntadas me muestra el registro de puntos después de la quinta; voy ganando.
Uno de los hombres de Vorne habla discretamente con Tull y su arconano. El gran lagarto golpea fuerte y deprisa en la sexta, castigándome con golpes repulsores y aturdidores a la cabeza que hacen que me tambalee. Sin molestarse ahora siquiera en intentar destroza-focos, tiene órdenes de hacer su trabajo a la antigua. En esa fase, siento el sabor de la sangre.
En un momento de la séptima me atrapa sobre el electrocable y con golpes iónicos desactiva mis mitones durante unos buenos diez segundos, lo suficiente para hacer que me tiemblen las piernas. Solo lo sé porque más tarde veo la holorepetición. No recuerdo nada de eso.
Octava fase, y Puntadas farfulla como un motivador defectuoso. Menea mucho la cabeza. Discute con Cus, señala su tableta de datos. Le digo que él será el siguiente a por quien vaya si detiene el combate. No sé si me entiende, pero suena el timbre y Cus retira el taburete, haciendo que casi me cayera sobre mi rojo trasero. Tull me castiga durante dos minutos y medio.
La novena es un mundo de dolor y luces azules y verdes. Tull es un borrón negro y rojo. Entonces me encuentro caído sobre mis manos y rodillas viendo como mi propia sangre salpica la tela volcánica. Dado que no puedo entenderle, me adelanto a la cuenta atrás y me pongo en pie de inmediato. Tull vuelve a tumbarme, con naturalidad.
Recupera el aliento, pielroja.
El timbre interrumpe la cuenta del rodiano. Hago el camino de vuelta al vertex apoyado sobre Cus.
Décima y última fase. Siento la cabeza como si la tuviera sobre un fleximuelle. Veo destellos del rostro paquidérmico de Cus, escucho retazos de la preocupada cháchara de Puntadas. El moff Ammar se está encendiendo un puro de sobremesa. No me extraña que necesite mis pulmones.
Al otro lado, Tull está hundido en su propio vertex. Siento como si me estuvieran matando, pero de haber hecho algún daño. Hay un nuevo vacío en su puntiaguda sonrisa. Su bonita armadura roja está arañada y abollada, y la pintura desgastada dejaba ver el gris de debajo.
Nos colocan en el centro. Chocamos los electromitones. Tull me sisea algo. ¿Es que nadie habla básico?
En el camino de vuelta, Cus me dice:
-Se acabó, chico. -¿Tiene algo en la garganta?
-Sí –consigo decir.
Vuelvo la mirada una vez más hacia ese monstruo. Es una brillante columna de oscuridad, cubierta de cuero negro puro. Miro más allá de él al auténtico monstruo. Torne parece incómodo y el moff Ammar le echa una mirada desagradable. Todo lo que debo hacer es sobrevivir a esta fase y será su perdición.
Y entonces lo escucho.
Arriba, en los asientos de gallinero, donde han abierto las compuertas de ventilación para refrescar el lugar a pesar del aire asesino y la torrencial lluvia del exterior, donde los aficionados tienen que llevar máscaras si no quieren recibir daños permanentes al aguantar ahí sentados durante un combate de una hora de duración, están exclamando un nombre, y no es el de Tull Raine.
Es el mío.
Entonces lo recuerdo. No estoy luchando por el premio o por la banda, estoy luchando por esos niños enfermizos que se arriesgaron a correr bajo una lluvia asesina para mostrarme que cuentan conmigo. Si únicamente era una maniobra publicitaria de Derlin, ya no me importa. Cuando se acabe esta pelea, todo habrá terminado. Los suburbios, los huérfanos en la calle, el barro, la niebla tóxica, todo desaparece.
¿Qué dijo Derlin? Queremos hacer de ti un héroe, hijo.
Los héroes no mueren. Bueno, tal vez a veces, pero no así.
Es el reussi el que está jaleando ahí arriba, pateando el suelo y canturreando.
-¡Lo-bar! ¡Lo-bar! ¡Lo-bar!
Los snobs se giran en sus asientos y escudriñan las sombras sobre ellos.
Nunca tuve ocasión de luchar contra los t’syriél como mi padre. Tampoco he luchado nunca contra el Imperio. Pero conozco el frenesí del combate, lo que mi gente llama ryastraad. Cuando nos encontramos acorralados, a veces algo se apodera de nosotros y nos convierte en más de lo que somos.
Todo mi esqueleto está cargado. Mis músculos se contraen. Siento como si pudiera arrojar mis electromitones y convertir a Tull en pulpa a base de golpes. Mis piernas habían desaparecido. Apenas las había sentido en las tres últimas fases, pero ahora me catapultan a lo largo de la cuña justo cuando suena el timbre. Ni siquiera veo a Tull. Veo un muro negro que tengo que derribar para llegar a algo muy preciado que está al otro lado.
Mi corazón es como una batería, recargando mis brazos, lanzándolos hacia delante y recogiéndolos como si fueran cadenas de relámpagos blancos. Soy consciente de los pulsos azules de Tull bailando sobre mi armadura, dejándola inoperativa. Lucho para esquivarlo. Sus mitones se vuelven verdes y yo hago lo mismo y derribo su bloqueo. Las articulaciones de mis hombros no quieren moverse. Les obligo a hacerlo. Mi cabeza nada en hierro fundido. No puedo pensar, sólo reaccionar y forzar reacciones.
Cuando vuelvo en mí, veo a Tull danzando sobre el electrocable. Veo que el escudo de su foco se vuelve negro. Mi puño izquierdo sale disparado hacia delante como un tren deslizador, y su foco estalla en una lluvia de chispas junto con los emisores de mi mitón. La mayor parte de los huesos de mi mano se quiebran. El golpe lo manda entre los elasticables. Sale de la cuña dando tumbos y aterriza en una de las mesas más codiciadas, haciendo añicos copas y vajilla, lanzando por los aires la comida y los snobs. Casi salgo tras él. Me agarro al poste del vertex y me quedo ahí tambaleándome.
Es la mesa de Torel Vorne y le he servido barabel. Vorne está ahí de pie temblando, con el traje manchado con paté de microácaro. El moff Ammar está tumbado sobre su espalda, farfullando a través de un cigarro destrozado.
Miro directamente a los ojos de Torel Vorne... y río a través de la sangre durante el conteo.
Me tambaleo hacia atrás mientras suena el timbre. Tull se mueve, pero no se levanta. Puntadas me agarra y casi lo aplasto. Caigo en brazos de Cus. El rodiano me agarra de la muñeca, y casi lo lanzo al suelo. Lo intenta de nuevo y la levanta. Dice mi nombre... es lo primero que dice que entiendo perfectamente. La Arena Dool estalla en un clamor y los droides holocámara disparan sus flashes como un escuadrón de tiradores a mi alrededor. Cus me sostiene de pie mientras Puntadas coloca la brillante banda sobre mi hombro inerte.
El MD de Tull y el arconano le ayudan a ponerse en pie. Vorne, el moff Ammar y los snobs han desaparecido.

***

Dos semanas después recibo un holomensaje del coronel Derlin. Viste un elegante uniforme. Me dice que Dansra estuvo luchando su propio combate para superar al pirata informático de Vorne. Dice que rastrearon su señal y que el gran reussi, Tisocco, recibió en el hombro un disparo humeante del defel que enviaron tras ella.
No dice qué ocurrió con el defel.
Por lo demás, me dice, todo ha ido sin problemas. La Nueva República suspendió la licencia de operaciones de la Corporación Reuss, pendiente de una investigación judicial, y Vorne está huyendo como un jakrab asustado de una orden de arresto y tres o cuatro recompensas. La República ha asumido el gobierno de Reuss VIII y está “siguiendo activamente un plan para devolver el planeta a sus raíces agrícolas”.
Mygo está dirigiendo las labores de apoyo a los niños. Doné el premio del combate contra Raine para las Ratas de Óxido. Eso casi mató a Cus y a Puntadas, pero tampoco es como si no nos pagasen bien con las promociones. Demonios, Cus firmó un acuerdo que hizo que mi nombre apareciera en el modelo del año siguiente de camioneta deslizadora de gama alta de Zzip: el “Ion Aybock 42”.
Me pregunto si a Dansra le gustaría tener una.


Lobar “Puño Iónico” Aybock mantiene las bandas de las Divisiones de Peso Medio de Electroboxeo de los bordes Exterior y Medio, y es el máximo aspirante para el Campeonato Pangaláctico programado para el año que viene. Originario del remoto planeta de Shiva IV, considera Chandrila su hogar.
Asegúrese de adquirir Puños Iónicos: Memorias de un Campeón de Electroboxeo este mes en Librerías Qee-Zutton o en cualquier lugar donde puedan descargarse las mejores lecturas.

lunes, 26 de mayo de 2014

Martillo

Martillo
Edward M. Erdelac

La empuñadura del sable de luz zumbó en la mano de Telloti Cillmam’n cuando la siseante hoja cobró vida y bañó la pared de grabados inescrutables con un resplandor verde. No era el sable de luz de Telloti. Aún no había llegado a construirse el suyo propio. Y allí estaba el maestro Ryelli, satisfecho de usar su propio sable de luz como fuente de iluminación.
-Mantenlo firme –indicó el maestro Ryelli, con la voz amortiguada por su máscara respiratoria, frunciendo el ceño de su frente despejada mientras se encorvaba y recorría la piedra antigua con una mano con tres dedos. El maestro Ryelli había perdido los demás dedos de esa mano en la Arena Petranaki de Geonosis, tras años atrás, del mismo modo que había perdido a su Padawan, Lumas Etima. Telloti había conocido a Lumas. De niños, en el Templo Jedi, ambos habían sido iniciados del Clan Boma.
Aunque Telloti se había enfrentado en duelo con Lumas y la mayor parte de los demás iniciados durante las pruebas de aprendizaje, y los había vencido –antes de sucumbir finalmente ante Wollwi Enan, una chica de Berchest-, el maestro Ryelli había elegido a Lumas como su aprendiz Padawan. Ningún maestro había solicitado a Telloti. El Consejo de Reasignación lo había transferido al Cuerpo de Exploradores. Durante siete años había sido piloto de las naves exploradoras del Cuerpo. ¿Qué otra cosa podía hacer? Nunca había conocido otro hogar excepto los Jedi, había sido recogido muy joven como para recordar a sus padres o su hogar en Tanaab. No tenía otro lugar al que ir. Desde la infancia, le habían dicho que era especial, que la Fuerza le había escogido. Pero aparentemente la Fuerza había cambiado de opinión.
La guerra estaba en su cuarto año. Una guerra contra un auténtico Señor Sith, como los de las historias que los maestros Piell y Nu le habían contado de niño. Telloti ansiaba unirse a la lucha. Pensaba que tal vez, si pudiera demostrar ser un buen guerrero, el Consejo reconsideraría su decisión de no entrenarle. No era nada inaudito. El maestro Kenobi había languidecido en el Cuerpo Agrícola de Bandomeer antes de que Qui-Gon Jinn finalmente viera en él lo que otros no habían podido y lo tomara como aprendiz. Y mira a Kenobi ahora.
Pero había pocas probabilidades de que ocurriera eso junto a Ekim Ryelli. Después de haber sido herido en Geonosis, después de la muerte de Lumas, Ryelli había solicitado esta misión. Era arqueólogo, y quería estar tan lejos de la guerra como fuera posible, excavando la tierra y examinando fragmentos de cerámica.
La guerra estaba cerca. Más cerca de Telloti de lo que había estado nunca. Ord Radama, desde dónde habían partido para su última expedición, había pertenecido a los separatistas hasta hacía tan sólo un año. Pero sabía que estaba llegando a su fin. Pronto su oportunidad de probar su valía desaparecería. Siempre había disfrutado de las historias del maestro Piell acerca de los Caballeros Jedi y sus enfrentamientos con los Sith. No le parecía justo que le apartasen de la historia, incluso cuando estaba teniendo lugar a sólo parsecs de distancia.
-No reconozco estas letras –admitió Ryelli.
-¿En serio?
Eso era una sorpresa para Telloti. Si era antiguo y olvidado, seguro que Ryelli tenía que estar familiarizado con ello.
-¿No puede leerlas?
-Con tiempo suficiente... –dijo Ryelli. Capturó imágenes del muro con su tableta de datos, y luego acercó la mano a su sable de luz. Reticente, Telloti se lo entregó. Lo apagó y lo colgó de su cinturón, sumiéndoles en la oscuridad.
-Prueba ahora con tu luz -sugirió Ryelli.
Telloti frunció los labios. Había olvidado recargar las linternas portátiles antes de salir de la nave, y en lugar de regresar había recargado la batería de suya usando su tableta de datos. Activó su linterna, y un cono de luz se derramó en el suelo.
-Bien –dijo Ryelli, activando su comunicador-. Staguu, ¿me recibes?
La voz de su astrogador givin crepitó por el comunicador. Había permanecido a bordo de su nave, en una zona plana en el exterior de la estructura.
-¿Todo en orden, maestro?
Staguu Itincoovar también había fracasado en sus pruebas de aprendizaje, pero Ryelli lo había reclutado para el Cuerpo de Exploradores. Su especie tenía un don para el cálculo astrogacional, y su capacidad latente de la Fuerza lo mejoraba. Era un talento excepcional, pero el único que el extraño y huesudo humanoide poseía.
Ryelli decía que Staguu era su secreto mejor guardado. Había trazado el curso hasta allí, el remoto mundo de Nicht Ka, casi sin la ayuda del ordenador de navegación. Ryelli solía bromear diciendo que, si no tenían cuidado, la Armada se lo llevaría a la fuerza para server en algún crucero. Esa clase de comentarios irritaba a Telloti. ¿Y si Ryelli estaba pensando en entrenarle? El corazón de Telloti se estremecía al pensar que pudieran dejarle de nuevo de lado. Tenía un destino. Sabía que lo tenía. Se lo habían dicho, se lo habían grabado a fuego. ¿Por qué los Jedi, incluso la misma Fuerza, le habían abandonado?
-Sí. Voy a cargar algunas imágenes en el ordenador de la nave. ¿Puedes pasarlas por la base de datos de filología y transmitirme cualquier resultado?
-Desde luego.
Ryelli se acomodó sobre a una columna rota y Telloti observó su rostro bajo el brillo de su tableta de datos. Su vista se desvió hacia la mano con tres dedos y llena de cicatrices que la sostenía. Un droideka había hecho eso en Geonosis, arrancándole el sable de luz de la mano. Ryelli podría haber hecho que le colocaran prótesis cibernéticas en los dedos, pero se había negado. Ryelli le había dicho una vez que era un recordatorio, pero Telloti no había preguntado qué quería recordar con eso. ¿A Lumas, tal vez? ¿No se suponía que los Jedi debían dejar atrás los apegos pasados? ¿Cómo un hombre como Ryelli había conseguido llegar a Maestro Jedi? ¿Y por qué Ryelli no le había elegido como aprendiz aquel día? Nunca lo había preguntado. Después de un instante, Ryelli levantó la mirada.
-Esto podría tardar un tiempo, por si quieres echar un vistazo mientras tanto.
Telloti asintió y se alejó del hombre de más edad. Se adentró por los pasillos de la antigua estructura, haciendo deslizar por la piedra la luz de su linterna. Nicht Ka era un mundo olvidado de la memoria en el viejo circuito Nache Belfia que había marcado la frontera del antiguo Imperio Sith. Ryelli, emocionado ante la perspectiva de volver a explorarlo, había aprovechado la oportunidad ahora que volvía a estar en espacio de la República, bien dentro de las crecientes líneas del 11º Ejército. Sin embargo, no era ningún Korriban, cubierto con imponentes tumbas y estatuas antiguas. Era una roca fría y yerma, azotada por lluvias de amoniaco e inhóspita. Pese a ello, al entrar en la atmósfera, los sensores de Telloti habían detectado esta estructura de piedra hexagonal ubicada en las quebradas laderas de la cordillera sur.
Todos se preguntaban por qué nadie se molestaría en construir un refugio en esta roca desolada. Hacía eones que nadie había estado aquí.
Telloti recorrió los oscuros pasillos sin rumbo fijo, escuchando los ecos de las voces de Ryelli y Staguu que resonaban tras él. La luz de su linterna captó el reflejo de un brillo dentro de una cámara oscura. Telloti se puso en tensión y llevó la mano a su bláster ligero, pero luego recordó que los sensores no habían detectado formas de vida.
Entró con cautela en la sala. Allí el aire era más frío. Había un estrado y un nicho en el muro del fondo. Un trono de un solo bloque de piedra se alzaba en lo alto del estrado, y sentado en él se encontraba una figura colosal forjada en un metal negro reflectante. Era curioso, ese metal. Al caminar, había dejado pisadas sobre la capa de polvo acumulada en el suelo a lo largo de milenios, pero la superficie de esa figura gigante brillaba impoluta, como si nada pudiera posarse encima.
Telloti alumbró el estrado. Los anchos hombros de la figura estaban adornados con púas diabólicas, y la cabeza era un gran y siniestro yelmo. Un faldón de placas de acero rodeaba la parte superior de sus piernas. Aparentemente, había sufrido destrozos en algún momento. Había una retorcida cicatriz fundida a lo largo del cuello, y le faltaba todo el brazo derecho a partir del codo. El muñón estaba hueco. Se dio cuenta de que no era ninguna estatua, sino un antiguo conjunto de armadura de batalla.
Se acercó, empañando su máscara respiratoria con la emoción. Ryelli entraría en éxtasis con este descubrimiento. Telloti estaba a punto de llamarle, cuando sus ojos se posaron en un objeto largo que descansaba en el estrado entre los pies calzados en metal de la figura.
Era un arcaico sable láser de dos manos.
Telloti dudó. Podía tomar el arma, ocultarla en su mochila antes de que Ryelli llegara. Probablemente no funcionase, pero podría trastear con él, tal vez incluso hacer que funcionase de nuevo. Ryelli nunca lo sabría.
Se arrodilló y alargó la mano para tomarlo.
Tan pronto como la punta de sus dedos lo tocaron, una oleada de aire frío sopló sobre él, a través de sus ropas, de su piel, de su propia alma. Se estremeció.
El guantelete de la figura sedente cayó desde su rodilla doblada y se aferró a la mano de Telloti, y toda la armadura se inclinó hacia delante, cobrando vida de pronto.
No, simplemente se ha movido con el viento, eso es todo.
Se apartó, con la piel erizada, pero los dedos de metal gimieron y se cerraron con firmeza alrededor de su muñeca.
Apoyó los pies en el estrado y tiró. La armadura cayó hacia delante con estrépito metálico, el gran casco se desplomó de los hombros, y una fina nube de polvo de hueso se levantó del cuello. Telloti apretó los ojos para protegerse del irritante polvo de tiza mientras este llenaba sus fosas nasales, asfixiándole. Tras sus párpados, vio cosas. Una temblorosa sombra alzándose, legiones de guerreros de piel roja extendiéndose hasta el horizonte en un mundo extraño, cantando.
-¡Adas! ¡Adas!
Vio gigantescas naves de guerra alienígenas proyectando sus sombras sobre las multitudes, que alzaban desafiantes sus lanzas. Vio una brillante hacha que, empuñada por su propia mano roja, atravesaba de siete en siete guerreros anfibios de piel gris. Vio una lluvia de fuego que diezmaba ciudades y derrumbaba torres. Vio estrellas extrañas, y la oscuridad que las rodeaba, y un grueso libro con una extraña escritura, como la que habían encontrado en el muro. El hacha se convirtió en un martillo, golpeando láminas de metal al rojo en un lúgubre taller, moldeándolas para darle la forma de una armadura de ébano. Escuchó una voz.
-No te preocupes, discípulo mío. Tendrás tu lugar en la historia de la galaxia. Llegarás donde yo no puedo y ayudarás a restaurar la gloria de los Sith, Warb Null.
Sintió un dolor abrasador, como si le presionaran la carne con hierro supercalentado. ¿Era real? No, más imágenes. Vociferantes jinetes de bestias. Jedi. El fragor de la batalla, tal y como el maestro Piell se la había descrito. Exultación. Sangre. Luego, un Jedi solitario -¡Ulic Qel-Droma!, gritó su mente- Luchando ferozmente hacia él, cortándole la mano, haciendo pasar su hoja verde a través de su cuello.
Gritó.
He muerto.
Cuando Telloti volvió a abrir los ojos, el casco estaba en sus manos, levantado sobre su cabeza, proyectando una sombra sobre sus ojos parpadeantes con su cobertura de hierro. En el interior, glifos secretos brillaban con luz naranja, esperando a rozar sus mejillas, a imbuirle con su poder.
Se había despojado de sus ropas. Llevaba puesta la armadura. Sólo la piel marrón de su mano derecha y su rostro estaban al descubierto.
-¡Detente!
Se volvió.
El maestro Ryelli estaba de pie en la puerta con su túnica marrón. Su sable de luz zumbaba en su mano deforme.
-Quítate eso, Telloti –instó Ryelli, con una especie de temblor en su voz. ¿Miedo? Telloti se emocionó al pensar que un Maestro Jedi tuviera miedo de él.
-Es de los Sith. Este lugar... es alguna especie de tumba. Esa armadura... está infestada del lado oscuro de la Fuerza.
¿El lado oscuro? Con esa clase de poder, podría ser un martillo que aplastara el lado oscuro. ¿Qué sabía Ryelli? No tenía ninguna visión en absoluto. ¿Por qué no debía tomar esta armadura para sí? Había poder en ella. Poder real. Podía sentir la Fuerza como nunca antes. Con ella, podría ser un guerrero. Podría unirse a la guerra, abrirse camino a través de legiones de droides de batalla y obtener la cabeza del Conde de Serenno, ser el héroe que la República necesitaba.
-¿Por qué eligió a Lumas en vez de a mí aquel día, maestro Ryelli? ¿Qué vio en él que no vio en mí?
-Podemos hablar de eso más tarde –dijo Ryelli, avanzando por la sala.
-Tal vez tenía miedo de que me convirtiera en un Jedi más poderoso que usted. ¿Es eso lo que pensó?
-No estás pensando con claridad.
-Ahora tiene miedo, ¿no es cierto? ¿Tenía miedo en Geonosis? ¿Por eso murió Lumas?
Ryelli meneó la cabeza, haciendo una mueca. No permitiría que Telloti se marchara con la armadura. Eso estaba claro. La enviaría al Cuerpo Educativo para que se quedara acumulando polvo en algún lugar de los Archivos.
-Ha activado su sable de luz, maestro. ¿Quiere luchar? Tengo aquí un sable de luz...
-Telloti, es la armadura...
-No. Se equivoca. Siempre ha estado equivocado. Si hubiera estado a su lado en Geonosis, ahora no habría guerra. Habría matado a Dooku. Habría aplastado a la Confederación en su cuna. De hecho, sólo ha tenido razón en una cosa, maestro –dijo con una sonrisa sardónica mientras deslizaba el casco sobre su rostro y sentía las runas del interior quemándole la carne. No gritó. No era sino un beso ferviente. Activó la larga hoja verde del antiguo sable de luz-. Esto es una tumba.
Ryelli atacó.
La armadura era como una red de conductos de energía. Canalizaba la Fuerza a su interior. Telloti la sintió fluyendo por sus vasos sanguíneos, contrayendo los músculos, moviendo los brazos hacia arriba para defenderse del golpe descendente del sable de luz de Ryelli casi antes de que Telloti pudiera pensar siquiera en ello. Era rápido. Muy rápido. Y fuerte.
Hizo retroceder a Ryelli con golpes estremecedores. Los sables color esmeralda destellaban y zumbaban al chocar y apartarse, levantando inadvertidamente incandescentes pedazos de roca de los muros. Telloti sonrió en éxtasis bajo su sombrío rostro de metal. Su corazón tronaba.
Ryelli parecía ahora tan pequeño. ¿O era él más grande? Se sentía inmenso. La hoja de Ryelli le rozó el hombro, haciendo saltar chispas por el aire. Ni siquiera lo notó. Obligó a Ryelli a retroceder al pasillo, y allí entrecruzó su hoja con la del maestro. Maestro. ¿Qué derecho tenía a usar ese título? ¿Ese ratón de biblioteca miope? ¿Ese cavador de zanjas? Buscaba la grandeza en cosas pequeñas y rotas, y era incapaz de reconocerla cuando se alzaba sobre él. Las hojas chirriaron y sisearon. Algo extraño sucedió. Ryelli le hizo retroceder. El Maestro Jedi de la mano tullida estaba ganando. Su expresión se volvió serena. ¿Por qué estaba tan tranquilo? Era enervante, como el rostro de esa niña, Enan, durante las pruebas, hace tantos años, cuando le puso en ridículo. La hoja de Ryelli se acercó aún más, obligando a bajar al gran sable de luz a dos manos de Warb Null. La rodilla izquierda de Telloti cedió y tocó el suelo de piedra con un sonido metálico.
El arqueólogo era más fuerte. ¿Cómo podía ser?
Más fuerte... tal vez, pero no más listo.
Telloti conocía el arma que tenía en sus manos. De algún modo, la conocía. La había diseñado, hace milenios. O, mejor dicho, lo había hecho el hombre de su visión, Shas Dovos, el hombre que se convirtió en Warb Null, inspirado por las oscuras enseñanzas de Freedon Nadd y del temido rey Adas antes que él. Sabía esas cosas. Tenía sus recuerdos, su sabiduría, la astucia de los Sith.
Su pulgar desnudo recorrió la longitud de la empuñadura para dos manos hasta encontrar un pequeño pulsador, y cuando Ryelli empujó hacia abajo con todas sus fuerzas desde su posición superior, Telloti lo activó y dio un paso lateral.
La verde hoja extra-larga del antiguo sable de luz se retiró en la empuñadura. En el mismo instante, el otro extremo se abrió de golpe como las fauces de un sarlacc, revelando un emisor secundario oculto. Una hoja de energía roja surgió de él, merced al ingenioso mecanismo de su interior que realineó y reenfocó la energía en un nanosegundo.
Sin la resistencia de la hoja verde, Ryelli se tambaleó hacia delante, perdiendo el equilibrio peligrosamente. Telloti cambió su agarre e hizo girar la nueva hoja roja, cortando limpiamente el cuello de Ryelli por la nuca. El Maestro Jedi se desplomó en el suelo. Telloti se enderezó, escuchando el sonido de su propia respiración, sintiendo su corazón latiendo en las profundidades de la coraza negra de su placa pectoral.
El comunicador de Ryelli comenzó a pitar.
Se inclinó y lo recogió con su mano desnuda. Tendría que fabricarse un nuevo guantelete para reemplazar al que Qel-Droma había destruido.
Activó el comunicador.
-Maestro –dijo Staguu-. Estoy recibiendo un mensaje urgente de Coruscant. Es de la baliza del Templo Jedi y se está repitiendo. ¡Dice que la guerra ha terminado!
El comunicador se deslizó de los dedos de Telloti, cayendo estrepitosamente junto a ju bota de acero.
-¿Habéis escuchado eso, pareja? ¡Se acabó! ¡Hemos ganado!
Podía sentirse el regocijo en la voz del givin. Reía. Estaba realmente feliz.
Telloti alzó su pie y aplastó el comunicador con su pesado talón.
Rugió algo ininteligible tras el yelmo de metal, activó una vez más el sable de luz de hoja roja, y lanzó furiosos tajos a las paredes y el suelo de piedra, dejando profundas marcas, como los arañazos de una bestia enjaulada.
No podía ser... no cuando finalmente tenía el poder para alcanzar su destino.
Tenía que ser una mentira.
Avanzó por el pasillo hacia la salida.

***

Telloti apartó el cuerpo de Staguu de la silla de la consola de comunicaciones, y reprodujo de nuevo el mensaje.
“Llamando a todos los Jedi. Les habla el Canciller Supremo Palpatine. La guerra ha terminado. Repito, la guerra ha terminado. Se ordena a todos los Jedi que regresen al Templo Jedi de inmediato. A su llegada recibirán nuevas instrucciones.”
Dejó caer su puño acorazado sobre el altavoz, silenciando la marchita voz en una explosión de chispas.
Entonces se levantó, solo en el reducido espacio de la cabina del sobre el cuerpo quebrado del astrogador, escuchando cómo la lluvia golpeaba el casco, observando cómo el amoniaco de olor acre se apartaba de su brillante piel metálica como su fuera repelido por su poder, pensando con furia, sintiendo cómo el corazón se le hundía en las profundidades del estómago. Las palabras del anciano se repetían una y otra vez en su mente febril.
Llamando a todos los Jedi. La guerra ha terminado. Se ordena a todos los Jedi que regresen... La respuesta estaba ahí.
El mensaje no era para él. Él no era ningún Jedi. Se dirigió a los controles y activó los conversores, riendo entre dientes para sí mismo.
Puede que esta guerra realmente hubiera terminado. Pero era una gran galaxia. Siempre había alguna guerra en alguna parte. Había voces en sus oídos, susurrando palabras sobre glorias y triunfos pasados y venideros. Oscuras voces siseantes que le prometían secretos y le ofrecían usar esos secretos para fines grandiosos y terribles.
Pero no en nombre de Telloti Cillmam'n. Ese ni siquiera era el nombre de un Jedi, y ahora era algo más.
Era Malleus. El Martillo del Lado Oscuro.