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martes, 24 de marzo de 2009

Dibujando los mapas de la paz: El relato del granjero de humedad (y IX)

Día 50, noche: Me convierto en rebelde

El comandante imperial me ordenó que fuera a Mos Eisley a prestar declaración, y tuve que ir. Ariela me pidió que llevara a su madre y su hermana al espaciopuerto. Se quedó con los demás granjeros para prepararse ante la ofensiva que los moradores de las arenas llevarían a cabo como revancha.
-Eyvind me ha dejado su granja –me dijo Ariela-. Me gustaría que me ayudases a explotarla cuando esto acabe… cuando podamos volver a ella.
Así que estuve pensando en eso durante mi viaje a Mos Eisley.
Dejé a la madre y la hermana de Ariela en el espaciopuerto. En poco tiempo, estarían a salvo en Alderaan. Hice mi declaración, y los imperiales confiscaron mi mapa y me dejaron ir.
Me pregunté por cuánto tiempo.
Mientras tanto, mi granja estaba abandonada.
Mis esperanzas para conseguir la paz con los jawas y los moradores de las arenas estaban arruinadas.
Los moradores de las arenas seguramente se sentirían traicionados y matarían gente inocente.
Mis mapas, mis sueños, mis exitosas negociaciones no significaban nada para el Imperio.
Todo porque el Imperio no quería que tuviéramos paz. Todo porque el Imperio no se preocupaba por la seguridad y el trabajo y las vidas de sus ciudadanos. Éramos peones de usar y tirar… canalizando nuestros esfuerzos en la medida de lo posible por caminos “aprobados”.
Me detuve en la cantina para echar un trago. No podía volver sin más.
Me senté en un rincón oscuro y observé a la gente que me rodeaba; gente de todos los rincones del Imperio. Representantes de pueblos que habían sido, cada uno a su manera, oprimidos por el Imperio. Todos lo habíamos soportado.
Pero había otro camino. Yo sabía que había otro camino.
Estaba la Rebelión.
El Imperio me había conducido a la rebelión.
Pedí otra bebida y miré a mí alrededor. No sabía cómo encontrar a la Rebelión. No sabía cómo unirme. Pero esta cantina sería el lugar apropiado para averiguarlo, pensé. Si hacía las preguntas adecuadas, quizá lo averiguara. Decidí preguntar al ithoriano sentado unas mesas más allá.
Pedí otra bebida, para tomar valor, pero antes de que pudiera moverme, Luke, el sobrino de Owen y Beru, entró con alguien a quien no conocía y dos droides a los que ordenaron que salieran.
¿Dónde estaban el tío y la tía de Luke?, me pregunté. Y eso hizo que comenzase a pensar. La granja de Owen y Beru estaba bastante lejos de la mía y la de Ariela. Quizá les vendrían bien una o dos manos extras hasta que las cosas se asentasen y fuera seguro para Ariela y para mí volver a nuestras granjas.
Luego podríamos comenzar a trabajar para la Rebelión.
Ariela me seguiría a la Rebelión. La mayoría de los demás granjeros probablemente también lo harían después de lo que había pasado hoy. Los jawas podrían ayudar. Con el tiempo, tal vez incluso los moradores de las arenas llegarían a entender qué les había ocurrido… y que restaurar la República acabaría con las atrocidades imperiales. Los granjeros como yo, en extraña alianza con los jawas y quizá con los moradores de las arenas, tendríamos que luchar por muestro derecho a vivir en paz en el mundo al que llamábamos hogar.
Cuando terminé de pensar eso, algo me dijo que encontraría perfectamente la Rebelión, en las montañas y los valles y las granjas de agua de Tatooine.
Algo me dijo que las cosas iban a cambiar en Tatooine, en modos que los imperiales nunca habían imaginado o deseado.
Algo me dijo que, al final, algún día, de algún modo, habría paz aquí.
Dibujaríamos los mapas de la paz.

jueves, 19 de marzo de 2009

Dibujando los mapas de la paz: El relato del granjero de humedad (VIII)

Día 50, primera hora de la tarde: Espero junto al evaporador con un último presente de agua

Esperé junto al evaporador porque pensé que los moradores de las arenas llevarían a Ariela a su campamento principal, en algún lugar al noroeste de aquí. Podía viajar más rápido que los adolescentes en mi deslizador de superficie, así que estaría por delante de ellos y ellos tendrían que pasar junto a mí. Probablemente se detendrían a ver si les había dejado algo de agua.
Y había pensado lo que les diría. Ellos eran adolescentes que necesitaban probarse dignos de ser adultos. Podría ofrecerles un modo de ser recordados por siempre en los relatos y de ganarse una madurez que sería honrada siempre: negociar con los jawas y conmigo para asegurar las fronteras de su tierra y por tanto su modo nómada de vida. Sabía que tendrían que consultar con sus adultos, pero los adolescentes podían comenzar el proceso y convencerles de que esto era necesario.
Esperaba que estuvieran de acuerdo conmigo. Esperaba que no me decapitasen antes. Esperaba que aceptasen que Ariela era un asunto banal comparado con esto y que el agua y la tela que Wimateeka y yo habíamos traído de mi casa para negociar por ella sirvieran para rescatarla.
Así que esperamos en la arena, con nuestro agua y nuestra tela, y la unidad de holopantalla y mi mapa.
Y entonces, de repente, llegaron junto a nosotros. En un instante estábamos rodeados por jóvenes moradores de las arenas, cada uno de ellos armado con un bastón gaffi, con su afilada hoja brillando bajo la dura luz del sol. Las dunas estaban cubiertas por moradores de las arenas. Busque a Ariela, pero al principio no pude verla.
Me puse en pie y alcé mi brazo y cerré mi puño y les saludé.
-Koroghh gahgt takt.
Todos estaban inmóviles y silenciosos. Ninguno de ellos habló ni alzó su brazo. Entonces fue cuando vi a Ariela: atada y amordazada y vigilada en lo alto de una duna hacia el sur.
-Diles a los moradores de las arenas lo que yo diga -pedí a Wimateeka, y sabía que tenía que hablar rápidamente y bien para salvar la vida de Ariela, y probablemente la de Wimateeka y la mía propia.
Les dije que podíamos detener los problemas como el que había tenido lugar hoy. Conocía un modo. Les conté mi plan, y mi esperanza de que el Imperio llegase a reconocer lo que habíamos hecho, y lo que eso significaría para su pueblo y el mío.
Wimateeka tuvo problemas para explicar el mapa, y yo no sabía si podrían entender qué era un mapa. Wimateeka y yo preparamos una zona llana en la arena, y coloqué allí la unidad de holopantalla y presenté mi mapa. Algunos de los moradores de las arenas retrocedieron, sorprendidos, pero otros pronto avanzaron, arremolinándose a su alrededor, y el mapa comenzó a tener sentido para ellos.
Pero yo no negociaría hasta que hubieran liberado a Ariela.
-Lo que estamos a punto de hacer es mejor que más muertes -dije-. Quiero que liberéis a vuestra cautiva; entregádmela. Es mi amiga. Aceptad este agua y estas telas como compensación por los problemas que habéis tenido al ocuparos de ellas hasta ahora.
Discutieron acerca de eso, pero al final tomaron el agua y las telas y los pasaron hacia alguna parte al fondo de la multitud, y cortaron las ataduras de Ariela, la liberaron y dejaron que se acercase a mí.
Avanzaba lentamente a través de la muchedumbre de moradores de las arenas. Apenas se apartaban para dejarle pasar. Pero era más alta que todos ellos, de modo que mantuvo la vista fija en mí y Wimateeka y al final llegó junto a nosotros. La abracé, y ella nos abrazó a mí y a Wimateeka.
Y comenzamos a regatear y a negociar y a dibujar las líneas en mi mapa.
Estaba funcionando.
Pensé en todas las generaciones de antropólogos que habrían querido estar aquí con los moradores de las arenas. El día brillaba con la luz del sol, y yo podía sentir cómo la tensión se diluía y nos abandonaba. Mi mapa nunca había lucido tan hermoso, pensé, como lo hizo entonces brillando en la superficie sobre la arena y dividido por las líneas negras de las fronteras.
Terminamos de negociar, seis horas antes del final de mi plazo marcado.
Ariela y Wimateeka y yo nos preparamos para irnos.
Los moradores de las arenas permanecieron de pie mirándonos, luego comenzaron a alejarse hacia las dunas, dirigiéndose al noroeste, hacia su campamento.
Ariela subió a mi deslizador terrestre.
Ayudé a Wimateeka a subir a él y luego subí yo.
Y la duna al oeste estalló en llamas. Mi evaporador explotó en pedazos, y salió vapor de él como su fuera humo. Explosiones desgarraron el aire... y los jóvenes moradores de las arenas gritaban y corrían.
Seis horas antes del final de nuestro plazo... después de todo lo que habíamos trabajado para evitar que ocurriera. Tenía que detener ese tiroteo.
Volé directamente al lugar del que provenían los disparos -un alzamiento rocoso al sur- y no nos alcanzó ningún disparo. A nuestro paso se abría un camino entre los disparos.
Tropas de asalto. Había tropas de asalto imperiales en las rocas. Los granjeros que se me oponían los habían llamado, fue todo lo que pude pensar. Detuve violentamente el deslizador terrestre y corrí hacia las rocas.
-¡Dejad de disparar! -grité-. ¡Ni siquiera son adultos lo que estáis matando!
Pero nadie me escuchó ni dejó de disparar. Empecé a empujar a los soldados de asalto y desvié sus armas para hacer que se detuvieran... y me agarraron por detrás y me arrojaron contra la roca.
-¡Detente! -me gritó alguien.
Eran los otros granjeros quienes me tenían, ocho o diez de ellos.
-Los soldados de asalto te matarán -me siseó alguien al oído-. Sobrevive al día de hoy y ya hablaremos más tarde de lo que ha ocurrido.
Traté de liberarme, y me empujaron de nuevo.
-El Imperio nunca dejará que tu plan funcione -me siseó al oído otra persona, y entonces Ariela apareció enfrente mío, con la cara pálida y surcada por lágrimas.
-¿No lo ves? -me dijo-. Quieren problemas en todos los mundos para que la mayoría reciba con los brazos abiertos su presencia para mantener la paz. Si creas aquí la paz, nuestros verdaderos enemigos se mostrarán con claridad... ¿y entonces qué?
Debería haber previsto esto. Debería haber sabido que ocurriría desde el primer día que los gobernadores imperiales rechazaron cartografiar esta región.
El fuego se detuvo. Los demás granjeros dieron las gracias a las tropas de asalto por “rescatarnos” a Ariela y a Wimateeka y a mí.
-Ahora tendrá que evacuar su granja durante un tiempo -me dijo un soldado de asalto-. No será seguro permanecer en su casa, tan aislada como está.
No sólo tendría que evacuar por un tiempo. Este podría ser el final de mi granja. Los moradores de las arenas seguramente querrían matarme... a menos que pudiera encontrar un modo de convencerles de que yo no les había traicionado, a menos que pudiera encontrar un modo de convencerles de quién les había traicionado en realidad.
-Escoltaremos al jawa a su casa -dijo otro soldado de asalto.
-No -dije-. Lo llevaré yo mismo.
Y lo hice. No iba a dejar que lo llevasen solo. Pensé que podrían matarlo si lo llevaban solo; para enfurecer a los jawas y levantar un muro entre ellos y los granjeros. De modo que un contingente de las tropas de asalto nos escoltó a la fortaleza jawa.
Bajé a Wimateeka de mi deslizador, cerca de las puertas de su fortaleza, y se apresuró a entrar sin decirme ni una palabra.

viernes, 13 de marzo de 2009

Dibujando los mapas de la paz: El relato del granjero de humedad (VII)

Día 50: Regalos jawa, y la boda

Treinta y un jawas vinieron a la boda, y trajeron sacas de roca de sal, un litro de agua, un gran retal de su tela marrón... y un droide de diagnóstico tan pequeño que cabría en la palma de mi mano. No se habían decidido por un regalo, así que trajeron algo de cada cosa de la que habíamos hablado.
El droide de diagnóstico hablaba el lenguaje binario de los evaporadores. Los jawas lo habían pulido tan a conciencia que hacía daño mirarlo al sol junto a los otros regalos.
La gente se quedaba mirando sus ricos regalos, y se asombraba ante el placer que sentían los jawas por haber sido invitados.
Eyvind fue corriendo hacia mí y me pidió que fuera a traducir para él y Ariela. Querían dar las gracias a los jawas. Estaba junto a la ponchera con los Jensen y la madre y la hermana de Ariela, que habían venido desde Alderaan para la boda. La Sra. Jensen me detuvo antes de que pudiera irme.
-Quizá tengas razón acerca de todo esto -dijo la Sra. Jensen-. Quizá la tengas.
Le sonreí y me apresuré para ir a traducir. Todos los jawas me saludaron con una inclinación de cabeza, y yo se la devolví. Traduje para Eyvind y Ariela, y luego comencé a responder a las preguntas de los jawas sobre esta ceremonia humana: Sí, los humanos allí reunidos eran potenciales clientes de sus mercancías y, sí, el pequeño droide de diagnóstico les había impresionado a todos; no, Eyvind y Ariela no consumarían su matrimonio en público; sí, todo el mundo esperaba que Eyvind y Ariela tuvieran hijos; sí, los humanos llevaban alimentos especiales a la boda para hacer el día memorable.
-Probad el zumo especiado -dije-. Os encantará. Es mejor que el agua pura.
Me pregunté qué pensarían de la especia. Me siguieron a la mesa de bebidas, y serví una copa de zumo especiado para Wimateeka y se la ofrecí.
Él se limitó a sostener la copa y mirar en su interior.
-¡La copa está muy fría! -dijo.
-Solemos servir bebidas frías en las ocasiones importantes -dije.
-¿Por qué es rojo? ¿Lleva sangre?
-¡No... no bebemos sangre!
Wimateeka me miró de un modo extraño, y de pronto me pregunté si los jawas bebían sangre en sus bodas. Probablemente lo descubriera bastante pronto. Wimateeka aún no había probado la bebida.
-Es bastante bueno -le aseguré-. Al menos, eso pensamos nosotros.
-¿Cuánto cuesta esto? -preguntó, finalmente.
De modo que pensaba que tenía que pagar por ello. Sin duda todos ellos estaban preocupados por no tener suficiente para pagar por la comida y las bebidas... especialmente si se veían presionados a probar ciertas cosas.
-Todo aquí es un presente para los invitados a la boda -dije.
Entonces Wimateeka sonrió, y alzó la copa a sus labios. Sus ojos se abrieron cuando probó el zumo especiado... y me pregunté si lo escupiría, pero no lo hizo, y pronto tomó otra bebida. Serví al resto de los jawas, y a todos les encantó el zumo especiado y me pidieron más y estuve sirviendo a los jawas durante quince minutos seguidos.
Eyvind se acercó a mí, nervioso y ansioso.
-Quiero empezar ya -dijo-, pero Owen y Beru aún no están aquí, y me aseguraron que vendrían.
-¿Quién sabe lo que les retrasará? -dije, mientras ofrecía a un jawa otra copa de zumo especiado-. Pero será mejor que empieces pronto o tendré treinta y un jawas borrachos antes de la boda.
Eyvind se rió.
Y comenzaron los disparos.
Desde más allá de los deslizadores terrestres. Todo el mundo había aparcado al oeste de la casa de Eyvind, y la conmoción vino de allí: Dos o tres hombres estaban gritando y disparando a los deslizadores terrestres. Me pregunté por qué podrían hacer semejante estupidez... y entonces vi a los moradores de las arenas.
Los adolescentes, pensé. Se les había metido en la cabeza robar un deslizador terrestre o dos mientras estábamos ocupados con la boda.
Los moradores de las arenas contraatacaron con sus bastones gaffi, y lanzaron algunos de ellos con puntería letal, y la gente gritó y corrió en busca de refugio, y Eyvind corrió para empezar a disparar o para detener el tiroteo, no sé cual de las dos cosas. Corrí tras él, pero le perdí en la multitud, y cuando me abrí paso casi caigo sobre Ariela que sostenía algo en el suelo.
A Eyvind. Me arrodillé junto a ella. Estaba sosteniendo a Eyvind todo cubierto de sangre, y había tiros a nuestro alrededor, y moradores de las arenas. Me levanté y me mantuve ante Ariela por si acaso me reconocían y así no nos matasen a mí ni a Ariela, o por si alguno de ellos retrocedía al verme...
Pero algo me golpeó en la espalda y me hizo tambalearme -un golpe de revés con la parte ancha y plana de un bastón gaffi- y no pude respirar por un instante, aunque no llegué a desmayarme. Oí gritos, y oí a Ariela gritar, y no podía moverme, sólo podía ver, por un instante, los pies de los moradores de las arenas corriendo a mi alrededor, y luego pies humanos, y un humano queme levantaba y me increpaba a la cara.
-¡Es culpa tuya! -gritó-. Esto viene por ofrecerles agua.
Me tiró de nuevo al suelo, pero ya podía respirar y me levanté por mí mismo, y se estaban llevando a Eyvind.
-Está muerto -me gritó alguien, y las palabras me golpearon casi tan fuerte como me había golpeado el bastón gaffi. Nuevamente no podía respirar.
-Se han llevado a Ariela -gritó alguien más-. La han apartado de Eyvind y se la han llevado.
La madre de Ariela me agarró el brazo.
-Tienes que salvarla -dijo-. Los otros van a ir tras los moradores de las arenas para dispararles, y los moradores de las arenas seguramente matarán a mi hija antes de que pueda ser rescatada. Tienes que salvarla.
-Iré con Wimateeka -dije-. Él puede traducir por mí.
Y ese llegó a ser nuestro plan: Tenía doce horas para encontrar a los moradores de las arenas y convencerles de que me devolvieran a Ariela. Mientras tanto, todos los demás organizarían una batida bien equipada. Si yo no estaba de vuelta en doce horas, ellos irían a buscar.
E irían a matar a los moradores de las arenas.
Encontré a Wimateeka y a los demás jawas reunidos en su reptador. Les expliqué lo que tenía que hacer, y pedí a Wimateeka que viniera conmigo. Comenzó a temblar, pero se levantó y caminó conmigo a mi deslizador. Seguía temblando cuando nos montamos en él.
Tras ponerlo en marcha, me pregunté por qué yo no temblaba.

jueves, 5 de marzo de 2009

Dibujando los mapas de la paz: El relato del granjero de humedad (VI)

Día 32: Algunos vecinos me hacen una visita

Terminé de instalar el segundo evaporador viejo que le había comprado a Eyvind justo antes de anochecer, y si los diagnósticos que le hice eran precisos, sería un productor decente; quizá hasta 1,3 litros al día. Mi granja produciría entonces de uno a dos litros por encima de mi antigua media, de modo que sabía de definitivamente no iba a echar de menos el agua que les estaba dando a los moradores de las arenas.
Introduje mis herramientas en el deslizador terrestre y me dirigí lentamente de vuelta a mi casa para cenar. Iba despacio porque estaba oscuro y había cosas ahí fuera con las que había que tener cuidado. Al menos no tenía que preocuparme de los moradores de las arenas, como antes. Al menos eso había ganado.
Descendí al cañón donde había construido mi casa, y allí había luces alrededor de mi casa... muchas luces. Entonces aceleré.
-¡Es él! -oí gritar a la gente cuando me detuve.
¿Qué había pasado?
Eran Eyvind y Ariela, los Jensen, quienes estaban asentados junto a Eyvind, los Clay, los Bjornson... y otros seis u ocho más.
-¿Qué pasa? -pregunté.
Eyvind se adelantó.
-Hemos venido a pedirte, como vecinos tuyos, que dejes de dar agua a los moradores de las arenas. No sabes lo que estás haciendo.
Había imaginado algún tipo de problema imperial -tal vez habían arrasado Mos Eisley para acabar con la corrupción, hacía falta albergar refugiados-, un problema de tal magnitud que pudiera conducir a la gente a salir hasta mi granja. No esto.
-¿Os han hecho algún daño a cualquiera de vosotros desde que comencé a darles agua? -pregunté.
-Mataron a mi hijo hace cinco años -dijo la Sra. Bjornson.
-No puedes estar segura de eso -dijo suavemente Ariela.
-¡Lo encontré muerto en el cañón al norte de nosotros! ¿Quién más hay por ahí que despedace a la gente con hachas? Los investigadores imperiales dijeron que los moradores de las arenas mataron a mi hijo.
Nadie dijo nada durante un minuto. Nadie quiso señalar que mucha gente podía haber estado ahí fuera, no sólo los moradores de las arenas. Nadie quiso decir que los investigadores imperiales podrían haber querido cargar la culpa en unos sospechosos que nunca sería llevados a juicio.
-Destruyeron cinco de mis evaporadores -dijo el Sr. Jensen.
-Entraron a la fuerza en mi cobertizo de herramientas y lo destrozaron -dijo el Sr. Clay.
-Uno de ellos lanzó un bastón gaffi que se incrustó en un estabilizador trasero cuando iba conduciendo a Mos Eisley -dijo la Sra. Sigurd-. Casi no consigo llegar a la ciudad.
Ariela les detuvo.
-Así que pasan cosas malas ahí fuera, y todos vosotros saltáis a culpar a los moradores de las arenas.
El Sr. Olafsen le cortó.
-Sois los extranjeros como tú, que venís aquí desde, ¿dónde era, Alderaan?, con vuestras ideas de cómo deberíamos comenzar a vivir, sois los extranjeros como tú, y este Ariq, aquí presente, quienes causáis el mayor daño.
-Yo no soy un extranjero -dije, pero esa no era la cuestión. Mis ideas eran nuevas. Podría haber problemas hasta que funcionasen, hasta que todos pudiéramos vivir en paz. Parecía que todos los problemas no iban a venir de los moradores de las arenas.
-De modo que has trabajado en una granja de humedad desde niño -me dijo Eyvind-, y has conseguido que esta granja tuya produzca beneficios... ¿quiere eso decir que puedes proclamarte como representante del resto de nosotros y negociar con los moradores de las arenas y los jawas?
-Los moradores de las arenas habrían arruinado mi granja, Eyvind, tú lo sabes. Tenía que encontrar una forma de convivir con ellos. Y sabes eso, también.
-La mayoría de la gente ahí fuera está contra lo que estás haciendo, Ariq.
-¿En serio? Tanto los McPherson, como los Jonson y los Jacques me apoyan, y no veo a ninguno de ellos aquí. ¿Qué hay de Owen y Beru? ¿Habéis hablado con ellos? ¿O los Darklighter? ¿De qué lado están?
-Dentro de dos días tendremos la oportunidad de ver de primera mano como están funcionando los planes de Ariq -dijo Ariela-. Eyvind y yo le hemos pedido que invitase a los jawas a nuestra boda, y van a venir como invitados.
Ese anuncio comenzó una discusión contra esa gente mayor que ninguna que hubiera escuchado nunca. Eyvind no parecía contento de haber dejado que ella dijera eso.
-Los jawas se sienten honrados por haber sido invitados -dije-. Podemos convivir con ellos; ya lo veréis. Quizá podamos llegar a convivir con los moradores de las arenas.
Pero nadie me escuchó. Ariela me miró, y parecía preocupada. Podía imaginarme cantidad de razones por las que podía estar preocupada. Estaba claro que ella no apoyaba las ideas de Eyvind sobre mis ideas. Lamentaba ser la causa de lo que probablemente fuese su primera pelea.
-Llevaremos esto a Mos Eisley... lo llevaremos incluso a Bestine -dijo Eyvind cuando todos comenzaron a marcharse.
-¿Qué vas a hacer? -me dijo ella.
Yo quería hacerle a ella la misma pregunta.
-No lo sé -dijo. Nos sentamos en la arena a la entrada de mi casa y quedamos en silencio un instante.
-¿Realmente eres de Alderaan? -le pregunté.
-Sí.
-¿No lo echas de menos?
-En realidad no -dijo-. Estoy enamorada, y eso lo suple. Pero echo de menos el agua... ¡la despilfarramos tanto allí!
-No puedo imaginarme un lugar así. Estoy acostumbrado a atesorar cada gota.
-Allí no. Si pudiera llevaros a Eyvind y a ti a Alderaan, os acabaríais hartando del agua.
-Nadaría en ella todo el día.
-Podrías tomarte una ducha durante una hora y a nadie le importaría.
-Tendría plantas en mi casa y las regaría.
Me miró y sonrió. Tras un instante se levantó.
-No dejaré que Eyvind te cause problemas en Mos Eisley o Bestine. No puedo responder por el resto.
-Gracias -dije. Después de que se fuese para alcanzar a los demás, entré dentro. No tenía estómago para comer. Hacía calor en la casa, así que tomé la unidad de holopantalla y caminé al exterior, hasta un promontorio desde el que se veían mi casa y mis cobertizos. Había apagado todas las luces, así que el complejo estaba a oscuras. Hice aparecer el mapa, que brilló con fuerza sobre las rocas. Las rocas alrededor del mapa parecían las montañas alrededor de mi granja. Las estrellas brillaban con fuerza, y me tumbé en la roca para observarlas.
No miro hacia arriba con suficiente frecuencia. Estoy todo el tiempo tan ocupado y tan cansado cuando anochece que no miro con suficiente frecuencia a las estrellas.
Me pregunté cómo acabaría todo esto.

sábado, 21 de febrero de 2009

Dibujando los mapas de la paz: El relato del granjero de humedad (V)

Día 15: Eyvind y Ariela

Tomé mi deslizador camino de la granja de Eyvind para recoger uno de sus viejos evaporadores estropeados, y él salió de su casa con una bella muchacha.
-Esta es Ariela, mi prometida -dijo-. Vamos a casarnos dentro de cinco semanas.
Tan sencillo como eso. Eyvind no le había hablado a nadie sobre eso, ni siquiera a mí. Yo no sabía que él mantuviera fronteras como esta en nuestra amistad.
-Encantado de conocerte -dije a Ariela-. Y felicidades a ambos.
-Tú eres el granjero con los grandes planes para todos nosotros -dijo ella.
Eyvind me miró fijamente.
-¿Comprendes ahora por qué no quiero que los moradores de las arenas ronden alrededor de mi granja? -dijo.
La discusión no podía detenerse. Apenas conocía a Ariela -apenas me habían informado de su boda- y ya estábamos los tres discutiendo.
-Mirad -dije-. Yo sólo creo que ninguno de nosotros puede sobrevivir ahí fuera si no podemos hacer las paces con los moradores de las arenas y los jawas. En cualquier caso, estoy seguro de que vosotros dos no queréis discutir conmigo cinco semanas antes de vuestra boda. Véndeme ese viejo evaporador, Eyvind, y me iré.
-Pero yo creo que estás haciendo lo correcto, Ariq -dijo Ariela, y eso me detuvo de golpe. No supe qué decir.
-Creo que deberíamos ayudarte... y creo que sé el modo de comenzar. ¿Podrían venir tus amigos jawas a nuestra boda? ¿Podrías invitarlos de nuestra parte? Como vecinos, deberían formar parte de los momentos importantes de nuestras vidas.
-Ella nunca los ha olido -dijo Eyvind.
-Vendrán -dije-. Iré hoy a invitarles.
Y lo hice. Dejé el viejo evaporador en mi casa, preparé un paquete con provisiones para una noche en el Cañón Bildor, y partí. Llegué a la fortaleza jawa antes de la puesta de los soles.
-¡Nos has honrado de nuevo! -gorjeó Wimateeka tras comunicarles la invitación-. ¿Pero qué hay de los presentes? Deberíamos llevar algo, pero ¡tenemos tan poco para dar! Nuestros regalos parecerán baratijas de mal gusto.
-Honrarán cualquier cosa que les deis -dije.
Me llevó, de nuevo, al interior de sus puertas, a la gran cámara del consejo. Hablamos hasta bien entrada la noche sobre regalos de boda: de rocas de sal, que ellos pensaban que podrían ser un buen regalo; de agua, de la que no podían prescindir; de ropa, de la que nunca había suficiente suministro; de droides reacondicionados, los cuales serían regalos elegantes, pero prohibitivamente caros.
-Ofrecedles enseñarles vuestro lenguaje -dije-. Eso sería un buen regalo.
Pero a ellos les gustaba más la idea de las rocas de sal.
No resolvimos el asunto esa noche.

viernes, 13 de febrero de 2009

Dibujando los mapas de la paz: El relato del granjero de humedad (IV)

Día 5: Un saludo
Eyvind y yo no sentamos relajadamente enfrente de nuestros deslizadores, en la duna al sudoeste del evaporador y de mi ofrenda diaria de agua a los moradores de las arenas.
-¿Así que vienen hasta aquí en busca de esa agua? –preguntó Eyvind.
-Cada día.
-¿Y no fuerzan el resto de tus evaporadores?
-No.
-Sigue sin gustarme. Tu granja es la más lejana, y estás separado del resto de nosotros, de modo que quizá tengas que vértelas con los moradores de las arenas. Pero mi granja es la segunda más alejada, y no quiero hacer nada que anime a los moradores de las arenas a acercarse a ella. Yo no voy a darles agua... ¿pero cuánto tardarán en aparecer por mi granja pidiéndola?
-Mira… puedo ver a uno de ellos. Mira las dunas del noroeste. Llegan más frecuentemente desde allí. Deben acampar en algún lugar al noroeste.
-Y tú les estás atrayendo hacia aquí.
No respondí a eso. Habíamos discutido acerca de eso una y otra vez en los últimos días. No iba a discutir con Eyvind cuando los moradores de las arenas estaban tan cerca de nosotros. En honor de Eyvind, hay que decir que él también dejó de discutir. El cañon quedó entonces completamente en silencio. Ni una ráfaga de viento. No podía escuchar a los moradores de las arenas al moverse. Era la primera vez que traía a alguien más para que viera cómo los moradores de las arenas tomaban mi ofrenda de agua.
Me puse en pie y puse la mano sobre el hombro de Eyvind. No pensaba que los moradores de las arenas fueran a hacerme daño. Esperaba que si me veían físicamente tan cerca de Eyvind decidieran no herirle, o ni siquiera quisieran hacerlo. Había tomado ciertas decisiones, y estaba dispuesto a mantenerme en ellas... pero me daba cuenta de que mis decisiones habían cambiado los límites del intercambio entre razas para todo el mundo, y deseaba que hubiera sido para bien, eso es lo que deseaba.
De pronto uno de los moradores de las arenas se alzó a la sombra del evaporador, cerca del odre de agua. No le había visto llegar. Simplemente, apareció de pronto allí. Alcé el brazo y apreté el puño como saludo, pero él no alzó su puño como respuesta.
-¿Quizá esto no haya sido una buena idea? –susurró Eyvind-. ¿Debería irme?
-Aún no –dije. Mantuve mi brazo alzado y mi puño cerrado-. Koroghh gahgt takt –exclamé.
El morador de las arenas dio un paso atrás, saliendo de la sombra a la luz del sol, casi como si fuera a huir.
-¡Koroghh gahgt takt! –exclamé de nuevo. Esperaba estar pronunciando bien las palabras... o que Wimateeka hubiera aprendido bien el saludo antes de enseñármelo a mí, y que no estuviera retando a los moradores de las en duelo, o mentándoles las madres.
Lentamente, el morador de las arenas comenzó a alzar su brazo y cerrar su puño.
-¡Koroghh gahgt takt! –gritó como respuesta.
O sea que lo he hecho bien, pensé. Eso funcionaba.
Escuché que me gritaban el saludo desde algún lugar más allá de las dunas del este... y luego desde todos los lados y desde las paredes del cañón, una y otra vez el mismo saludo: Koroghh gahgt takt.
Eyvind se puso en pie.
-¡Nos están rodeando! –dijo.
Pero solamente podíamos ver a uno de ellos. Aquél recogió el odre de agua y desapareció en las dunas.
Eyvind y yo montamos en nuestros deslizadores y nos fuimos de allí y no vimos a ningún morador de las arenas más aquél día. Fuimos a mi casa y hablamos hasta bien entrada la noche.
Le transmití la advertencia de Wimateeka acerca del rito de iniciación de los moradores de las arenas, para que la transmitiera a todos los demás granjeros de la región, y todo el mundo estuvo de acuerdo en que no podíamos salir huyendo a Mos Eisley. Si lo hacíamos, no podríamos esperar en absoluto permanecer aquí. Pero para permanecer, necesitábamos tener paz, y la mayoría de los granjeros sentían que eso sólo podía garantizarse con blásteres y quizá con protección imperial. Unos pocos escucharon mis ideas sobre mapas y buena vecindad. Eyvind no.
Ni una sóla vez Eyvind me habló de sus planes de boda.

martes, 16 de diciembre de 2008

Dibujando los mapas de la paz: El relato del granjero de humedad (III)

Día 3: En la Fortaleza Jawa
Conocía a esos jawas. Había estado a las puertas de su fortaleza muchas veces, especialmente durante el año que pasé midiendo la humedad en los cañones de mi granja: Accederían a intercambiar agua por la chatarra que encontrase en el desierto y por información acerca del Imperio y sus ciudades y los sistemas con los que funcionan, y de las razas alienígenas y cómo tratar con ellas. Traté de ser bueno con los jawas, y justo. Si obtenían lo mejor de mí en algunos tratos, yo salir ganando en algunos otros, y la balanza quedaría más o menos nivelada. Algunos de los jawas incluso llegaron a ser mis amigos; los de más edad, aquellos de los que pude aprender quién tendría la paciencia de enseñarme su idioma, el uso de las plantas nativas, nociones geográficas.
Su fortaleza de gruesos muros se mezclaba con las paredes del cañón, pero sabía cómo volar justo hasta sus puertas cerradas y ocultas. Salí de mi deslizador y alcé la unidad de holopantalla.
-¡Oh, jawas! –exclamé-. Vengo ante vosotros con información para hacer trueque.
Las puertas se abrieron de inmediato –la palabra “trueque” siempre abriría sus puertas- y ocho jawas salieron apresuradamente. Intenté de nuevo ver el interior, pero no pude hacerlo con la oscuridad que allí había. Nunca me habían invitado a entrar. No tenía ni idea de lo que había dentro. Esta era una fortaleza familiar nueva, quizá sólo de unos cien años de antigüedad, con, según suponía, quince clanes; cuatrocientos jawas. Eran celosos de sus secretos y recelosos ante cualquier alienígena, pero hablarían conmigo, y harían trueque conmigo, y pasarían horas fuera sobre la arena.
El primer Jawa en alcanzarme fue mi viejo amigo Wimateeka. Comenzó a charlar conmigo en Jawa, lentamente, para que pudiera entenderle.
-¿Sigues viniendo aquí pidiendo agua ahora que la cultivas tú mismo? –gorjeó, y todos rieron.
-No –dije-. Pero os he traído agua como presente en agradecimiento por la generosidad que tuvisteis conmigo en el pasado.
Dejé un odre de agua en los brazos de Wimateeka, y él apenas podía sostenerlo por sí solo. Los otros se arremolinaron a su alrededor para ayudarle a dejarlo sobre la arena y para tocarlo, para sentir el agua moviéndose en su interior.
-¿Qué más nos has traído? –preguntó Wimateeka.
-El conocimiento de los mapas –dije-, y cómo el Imperio los usa para decidir asuntos acerca de las tierras. Nosotros podemos usarlos del mismo modo.
Dejé la unidad de holopantalla sobre la arena nivelada del exterior de la fortaleza, tierra batida y compactada por las idas y venidas de los reptadores Jawa, y pedí a la unidad que mostrase mi mapa a poca altura del suelo. Los jawas soltaron chillidos asustados y escaparon, pero no Wimateeka. Él no abandonaría el odre de agua: Mantenía sus manos sobre él.
-¿Qué es esto que nos has traído, Ariq? –preguntó.
Un mapa, expliqué. Les conté qué eran los mapas y cuál era su propósito, cómo todas las montañas y valles y llanuras de arena a nuestro alrededor estaban representados ahí con pequeñas réplicas, y comenzaron a reconocer y señalar lugares familiares, maravillados de que a esa escala su fortaleza era tan pequeña como el punto rojo.
Les expliqué qué eran las fronteras y qué podrían significar para nosotros: el modo en el que, si aceptaban respetar los límites de la concesión de tierra que el gobierno me había dado, yo no iría al gobierno a pedir tierras más allá del cañón hacia su fortaleza… De hecho, yo les ayudaría a rellenar los formularios para reclamar esa tierra ellos mismos. Les sugerí que comprasen e instalasen sus propios evaporadores, por todo el valle, hasta el borde de mi granja. Incluso si no hacían eso, la línea imaginaria entre su tierra y la mía les daría cierta protección, y les dije cómo esperaba que el Imperio llegaría a aceptar las líneas que acordásemos, y evitaría que otros humanos hicieran granjas en su valle.
Cuando terminé, los jawas se apresuraron a entrar en la fortaleza para discutir mi información y mi propuesta. Se llevaron el agua. Pedí a Wimateeka que se quedase fuera conmigo un rato más. Nos sentamos a la sombra de mi deslizador para mirar los soles ponientes mientras hablábamos.
-¿Puedes enseñarme un saludo de los moradores de las arenas? –le pregunté.
Me miró, sorprendido.
-Koroghh gahgt takt –dijo unos instantes después-. Que tu partida sea venturosa.
-No, un saludo –dije-. No una despedida. –Pensé que había pronunciado mal la palabra Jawa para “saludo” la primera vez que pregunté.
-Eso es un saludo –dijo-. El más educado. Se saludan así entre ellos porque siempre están viajando. Raramente permanecen mucho tiempo en un lugar.
Ni siquiera el tiempo suficiente como para desarrollar saludos, pensé, tan sólo bendiciones apresuradas porque se separan los unos de los otros muy pronto.
-Dilo de nuevo –pedí, y Wimateeka lo hizo, y yo lo repetí hasta que supe decirlo.
-¿Por qué quieres aprender este saludo? –me preguntó Wimateeka.
Le expliqué lo de los moradores de las arenas y el agua, y mis preguntas acerca de la tierra… su tierra.
Wimateeka quedó en silencio un tiempo, mirándome.
-Los moradores de las arenas jóvenes serán peligrosos en los días venideros, y durante un tiempo –dijo. Explicó que esta era la época en la que los adolescentes deben realizar alguna gran hazaña para ganarse la madurez, hazañas que a menudo incluían actos de destrucción contra otras razas que no fuesen los moradores de las arenas.
-Todos nuestros reptadores vuelven a casa para esperar aquí durante ese tiempo –dijo-. Deberías conducir a tus camaradas humanos a Mos Eisley y hacer lo mismo.
Me contó cómo un gran ejército de jóvenes moradores de las arenas atacó una vez una fortaleza Jawa al sur de nosotros y masacró a sus habitantes. Esa fortaleza seguía siendo una ruina vacía, quemada, que Wimateeka había visitado una vez. Tuve suerte de que los moradores de las arenas que rondaban mi evaporador no hubieran sido adolescentes un busca de ganarse su madurez.
Wiimateka me preguntó cómo operar la unidad holográfica, y la programé para que obedeciera a la voz de Wimateeka cuando le pidiera mostrar el mapa, y nada más. Él hizo que el mapa se mostrase tres veces, y luego preguntó si podía llevarlo a la discusión del interior de la fortaleza.
-Esto no es un intercambio –le dije-. Quiero esta unidad holográfica de vuelta, intacta.
-Yo te la traeré personalmente –dijo. Cogió abruptamente la unidad holográfica y se apresuró a entrar en la fortaleza.
Me tomé la cena que había traído conmigo. Después de que el último sol se hubo ocultado, extendí mantas sobre la arena. Pretendía dormir allí, bláster en mano –especialmente después de la historia de Wimateeka acerca del rito de madurez de los jóvenes moradores de las arenas- en la relativa seguridad del exterior de las puertas Jawa. Pero en mitad de la noche, los jawas se acercaron a mí, con antorchas.
Wimateeka los lideraba.
-Nos has honrado –dijo. Puso la unidad holográfica frente a mí-. Extiende nuestras fronteras para incluir el valle a nuestro oeste hasta el Mar de las Dunas, y aceptaremos tu proposición.
Mostré el mapa y le dije a la unidad holográfica que hiciera los cambios de fronteras. Los jawas exclamaron de forma apagada cuando sus líneas negras se movían para incluir el valle que habían pedido. Era un valle por el que viajaban sus reptadores para llegar hasta el Mar de Dunas para sus búsquedas de chatarra. Todo el mundo estaba de acuerdo en que necesitaban ese valle.
-No estamos seguros aquí en la arena –dijo Wimateeka-. Toma tus mantas, tu deslizador y tu unidad holográfica y entra para pasar el resto de la noche con nosotros.
No me esperaba esto. Me levanté de inmediato y doblé mis mantas, las guardé junto a la unidad holográfica en el deslizador, y lo conduje a través de sus puertas.
No dormimos. Los jawas me llevaron a una gran sala, y en el corazón de su fortaleza hablamos a la luz de las antorchas acerca de mapas y agua y los moradores de las arenas, y de cómo hablar con ellos acerca de los mapas.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Dibujando los mapas de la paz: El relato del granjero de humedad (II)

Día 2: Una Granja en el Borde

Eyvind me ha dicho que estaba loco por llegar tan lejos.
-Nadie se ha alejado tanto –dijo-. No puedo creerme que los patrones de humedad fluyan de forma continua por esos cañones… ¡estás sólo a un puñado de kilómetros del Mar de las Dunas!
Pero he probado los patrones de humedad: Hay agua que obtener allí. No mucha. No será una granja rica, como las de las afueras de Bestine, pero una mañana mientras acampaba en lo que entonces consideraba un cañón lejano, me desperté en la manta que había colocado sobre la arena, y estaba húmeda a causa del rocío. Mi ropa estaba húmeda. Mi pelo estaba húmedo. Saqué los instrumentos de mi deslizador, los puse en marcha, y todos detectaron una cosa: agua. Agua cosechable. De algún modo cruzó las montañas y se posó allí antes de evaporarse en los eriales del Mar de las Dunas, más al oeste, y lo hizo día tras día durante las dos semanas que pasé en ese cañón realizando pruebas. En el curso de un año, hice pruebas en ese cañón y en los cañones que lo rodeaban veintinueve veces más… tenía que tener tanta información detallada para demostrar que esta granja podía funcionar para poder pedir prestado el dinero para empezar. Pero supe desde ese primer día en el que me desperté con el pelo húmedo que podía tener una granja aquí.
Pasé meses rellenando formularios de Títulos de Propiedad y esperando a que se me concediera la tierra, luego meses rellenando solicitudes de préstamo y esperando las respuestas, durante los cuales tuve que escuchar a los demás granjeros diciéndome que estaba loco. Pero tenía los innegable hechos de mis lecturas para mostrar a cualquiera que pudiera autorizar mi propiedad o prestarme el dinero para empezar o tan sólo escucharme y ofrecerme consejo, y finalmente el gerente del banco del grupo Zygian me escuchó… y leyó mis informes, comprobó mi historial para ver si sabía algo acerca de las granjas de humedad, cosa que sí sabía, y si podría mantener mi palabra, cosa que sí podía. Me prestó el dinero.
Me dio diez mil días para devolvérselo.
Diez mil días eran tiempo suficiente para hacer un sueño realidad, pensé.
Me tumbé en mi cama en la oscuridad al final de un duro día, tras dejar a los moradores de las arenas el agua que les había prometido, recordando todo esto, recordando lo mucho que deseaba quería venir aquí, lo duro que había trabajado para conseguir mi propiedad y el préstamo y luego para establecer mi granja. Ni una sola vez había pensado en quienes pudieran estar allí de antemano, dependiendo de esa tierra a la que llamé mi granja.
Me giré y pedí al ordenador que mostrase el holomapa que había hecho de mi granja y de esa región.
-Los archivos que ha solicitado sólo pueden ser accedidos tras una autorización de seguridad específica de usuario –dijo-. Por favor, prepárese para el escáner de retina.
Miré durante unos segundos a una luz blanca y brillante que surgió de repente del monitor. Tenía que guardar mi mapa. Había hecho el mapa yo mismo –tras un año de reconocimiento y tomando fotografías que introduje en el ordenador y trabajando a partir de mis notas y de memoria- y si la gente equivocada supiera que estaba haciendo mapas podría ser peligroso. Programé al ordenador para mostrar los mapas sólo a mí y a no hacer nunca referencia a él cuando trabajase con otros archivos; no tenían referencias cruzadas ni estaba indexados. Cuando preguntaba si esos archivos existían, diría que no a cualquier voz salvo a la mía. Si pedía acceder a ellos, respondería y procedería con la autorización de seguridad sólo si escuchaba mi voz.
-Escáner de retina completo –dijo el ordenador-. Hola, Ariq Joanson. Mostraré los archivos solicitados.
Parte del muro que mantenía vacío y pintado de blanco tan sólo para esta proyección se convirtió de repente en los cañones de mi granja vistos desde el aire: mi casa, marcada en azul; los evaporadores, puntos más pequeños en verde; los cañones y las montañas y las dunas todos con sus colores naturales. Un punto rojo lejos, sobre el Cañón de Bildor al nordeste de mi granja marcaba la fortaleza Jawa. Puntos blancos marcaban las casas de las granjas más cercanas a la mía… y ninguno de esos puntos estaba muy cerca.
-Estarás a tres cañones y kilómetros de distancia de mí… ¡y yo he sido el más alejado durante dos años! –me advirtió Eyvind.
Sobre todos los cañones y montañas y dunas había hecho que el ordenador dibujase con líneas negras los límites de las granjas. La tierra se esparcía sobre mi muro en la oscuridad, y los puntos de las casas y los evaporadores brillaban como joyas entre sus líneas negras. Salvo el punto rojo de los Jawa, todos ellos representaban casas o máquinas humanas. Nunca había pensado en poner puntos para los nómadas moradores de las arenas… o en dibujar límites para ellos y los jawas.
-Ordenador –dije-. Dibuja una línea de límite desde el borde nordeste de mi granja en el Cañón de Bildor, a lo largo de las crestas a ambos lados del cañón hasta una distancia de un kilómetro sobre la fortaleza Jawa.
-Dibujado según petición –respondió el ordenador, y así fue. Las líneas aparecieron.
-Etiqueta el espacio dentro de esas nuevas líneas como “Reserva Jawa”.
-Etiquetado según petición.
Las palabras aparecieron, pero no me gustaron.
-Reetiqueta la Reserva Jawa como… -¿Como qué? ¿Tierra Jawa? ¿Espacio? ¿Protectorado?- Pon tan sólo “Jawa” –dije.
-Etiquetado según petición.
La palabra “Reserva” desapareció del mapa y la palabra “Jawa” quedó centrada bajo el punto rojo.
-Ahora dibuja fronteras al oeste desde el límite noroeste de mi granja hasta el Mar de las Dunas y al oeste desde el límite más septentrional de la tierra Jawa también hasta el Mar de las Dunas.
-Dibujado según petición.
-Etiquétalo como “Moradores de las Arenas”.
Las palabras aparecieron sobre la tierra.
-¿Tienen los jawas y los moradores de las arenas derechos adquiridos sobre estas tierras? –preguntó el ordenador.
-No –dije-. Sólo estoy fantaseando.
-¿Desea que se guarden estos cambios?
Lo pensé con detenimiento.
-No –dije finalmente-. Es una ficción. Elimina los cambios y cierra.
Lo hizo.
Volví a tumbarme en mi cama. Lo que le había pedido al ordenador que dibujase era peor que una ficción. Había pedido a dos gobernadores imperiales sucesivos que encargasen un proyecto de mapeado de la región, con la misma respuesta: “No tenemos el dinero necesario”. Traducido: “Tenemos aquí demasiada gente que no quiere mapas precisos de lo que hay más allá de los asentamientos y granjas conocidos, y si quieres vivir para traer tu próxima cosecha de agua a Mos Eisley, deja de pedir estas cosas.
Así que dejé de pedirlas. Pero entonces no eran los criminales que necesitaban lugares ocultos para actividades ilegales los que amenazaban mi vida o mi modo de vida. Era la violencia de los moradores de las arenas y la deshonestidad y la manipulación de los jawas… todo ello causado en parte, como empezaba a darme cuenta, por las constantes invasiones a lo que sin duda habían sido los territorios tradicionales de los jawas y de los moradores de las arenas. Los mapas serían el primer paso hacia un lugar seguro para los granjeros, los jawas y los moradores de las arenas… si se pudiera conseguir que todos ellos negociasen fronteras en esos mapas y las respetasen. Sin tales acuerdos, los granjeros se enfrentaban a la situación de dar palos de ciego; estableciendo granjas en áreas a las que quizá no deberían ir, viviendo en lugares que podrían –y de hecho ocurría- hacer que la gente decente fuera asesinada. Quería que esa matanza terminase.
Pero para eso, necesitábamos un mapa. El gobierno no lo dibujaría.
Así que lo dibujé yo.
Y decidí, esa noche, llevar ese mapa a los jawas cercanos a mi granja y hablar con ellos acerca de cómo planteárselo a los moradores de las arenas. Si llegábamos a un acuerdo por nuestra cuenta sobre cómo vivir juntos en estas montañas y cañones, quizá algún día el gobierno podría hacer oficiales nuestros acuerdos.
Miré al monitor para otro ineludible escáner de retina.
-Ordenador –dije-, vuelve a mostrar el mapa que acabo de pedirte y redibuja los límites que te hice eliminar. Copia este archivo a la unidad de holopantalla portátil.

jueves, 20 de noviembre de 2008

La sopa está lista: El relato del fumador de pipa (y VI)

Alardeo vano. Es el producto principal de estos lugares, el alarde ritual de un ser ante otro para mantener una reputación, o para crear una reputación; para solicitar un lugar en el mundo, o para crear un lugar; un intento de crear de uno mismo algo más de lo que uno es.
Existen aquellos que realmente son más –como anzat yo soy mucho más de lo que cualquiera podría sospechar (o imaginar cómodamente)– pero ellos raramente recurren al alarde vano, porque todos los demás saben quienes son y qué han hecho. Decir cualquier cosa más es redundante, lo que diluye los hechos.
Pero incluso aquellos más hábiles, incluso aquellos más notorios pueden verse presionados a recurrir al vano alardeo ante el implacable rostro de un Maestro Jedi que dude de esos hechos. Seres como el anciano pueden reducir al más fuerte a la indefensión de un párvulo, y sin decir ni hacer gran cosa.
La banda se ha recuperado, o están bajo pena de ver reducida su paga si los músicos no continúan tocando inmediatamente. La música, menos estridente ahora, atenúa todas las conversaciones salvo las más cercanas a mí, pero yo no necesito depender de las palabras o el tono para obtener información. En el alardeo vano se sustenta a menudo la esencia de la sopa.
Exhalo, siento estremecerse las probóscides, me giro lentamente para tomar mis medidas de la cantina. Obtengo la dirección fácilmente, y cuando fijo mi objetivo no puedo otra cosa sino sonreír; el anciano y su pupilo han ido a uno de los cubículos. No es su aroma el que siento ahora, sino aquellos con los que hablan: un gigantesco wookiee y un macho humanoide.
...sopa...
Hierve rápidamente, poderosamente, tan rápida y poderosamente que no puedo evitar hacer otra cosa más que fijarme en ello. Me deja sin aliento.
No el anciano Jedi, que es disciplinado, y blindado. No el muchacho, que es joven e inmaduro. No el wookiee, que es pasivo en todo menos en lealtad. El humanoide. El corelliano.
Los anzati viven mucho tiempo. La memoria lo tolera.
Un rizo de humo flota por el aire desde mi pipa. A través de su corona, sonrío. Le buscan, y al wookiee, pero a todos los seres de la cantina de Chalmun les buscan en algún sitio. Incluso a me buscan, o debería estarlo; nadie sabe quién o qué soy, ni por qué me buscan, y por eso hay un aplazamiento.
Soy cuidadoso en la caza, siempre meticuloso en aquellos detalles que otros ignoran, y demasiado a menudo mueren por ello; Requiero confirmación. No emprendo nada hasta que estoy seguro.
En este caso la confirmación y la certeza requieren poco tiempo y menos paciencia. El Jedi y su pupilo se marchan, pero son inmediatamente reemplazados por un rodiano. Está nervioso. Su sopa es tan insustancial que casi es como si no existiera; es sirviente, no servido.
Es cobarde. Es estúpido. Es incompetente. Es lento para comprometerse. Y por eso está muerto por el estallido de un bláster de contrabando en la mano de un completamente comprometido y consumado pirata.
...sopa...
Me emociono al mismo tiempo que las probóscides tiemblan, expectantes. Es aquí, aquí... y ahora, justo ahora, este momento... el matiz, el tono, el suspiro, el grito, la evanescencia de la sopa personificada, encarnada y descubierta, y rica, tan rica...
Sólo necesito ir y tomarla, beberla, abrazarle como abrazan los anzati, danzar la danza con el corelliano cuya sopa es espesa, y caliente, y dulce, mucho más dulce que cualquiera que haya probado desde hace demasiado tiempo...
Ahora.
Ahora.
Pero las prisas diluyen la realización. Démosle tiempo, y paciencia.
...esa sopa...
La banda sigue gimiendo. Está el áspero aroma del humo; el fuerte y acre sabor del sudor; la mugrosa y polvorienta fetidez de la arena de las dunas; la estridencia de la muerte por bláster encontrada nuevamente, rezumante de la cobardía y la estupidez del rodiano. Fue una pobre muerte que no merecía comentarios; no sería lamentado ni siquiera por la persona que le había contratado.
Es –era– el hutt, por supuesto. ¿Hace falta preguntarlo? No hay ningún otro que se atrevería a contratar asesinos en Tatooine, en Mos Eisley.
Ninguno salvo Lord Vader, y el Emperador.
Pero ellos no están aquí. Sólo Jabba.
El hutt está en todas las cosas; es en sí mismo todas las cosas, y todas partes, en Tatooine, en Mos Eisley, en la cantina de Chalmun.
...esa sopa...
Una última inhalación de t'bac, aspirada profundamente y saboreada, como también el momento, el conocimiento, la propia necesidad se saborean. Una breve visión de la deslumbrante luz del sol ilumina el interior cuando el corelliano y su compañero wookiee parten con las apresuradas premisas de Chalmun, temeroso de las repercusiones imperiales. Es el espaciopuerto de Jabba en todo salvo el nombre, y ese nombre es el Emperador, quien no necesita conocer de los asuntos del hutt; o que los conoce, pero no le importan.
Dentro es penumbra de nuevo. Apartarán el cuerpo: y alguien informará a Jabba de que su mercenario está muerto.
Ha informado; ya lo sabe, y a manos de quién ha sido.
...esa sopa...
¿Pero qué sentido tiene que pague por ello de mi propio bolsillo? El de Jabba es más profundo.
Desde luego, el hutt pagará bien. Pero seré yo quien se beba la sopa.
...esa sopa...
Las probóscides se estremecen mientras exhalo continua y lentamente dos chorros gemelos de humo, con la callada satisfacción y el estremecimiento de mi propia sopa cuando salta por las expectativas.
...la sopa de Han Solo...
Ah, pero será una caza que merecerá la pena cazar... y una sopa como yo –ni siquiera Dannik Jerriko, anzat de los anzati, Devorador de Suerte, de Oportunidad– no he conocido nunca jamás.

martes, 11 de noviembre de 2008

Dibujando los mapas de la paz: El relato del granjero de humedad (I)

Dibujando los mapas de la paz: El relato del granjero de humedad
de M. Shayne Bell

Día 1: Un nuevo calendario

Pensé: Se acabó. No saldré de esta. Ascendí una duna con mi deslizador de superficie -yendo rápido, siempre rápido- y vi ocho moradores de las arenas rodeando el evaporador que había ido a reparar. Apenas tuve segundos, entonces, para decidir qué hacer: Lanzarme a través de las siguientes dunas para salvar un evaporador estropeado cuyo rendimiento necesitaba, o o dar la vuelta y salir disparado hacia la defensa de mi hogar y mis dos droides. Aceleré el deslizador hacia delante.
Los moradores de las arenas se esparcieron y huyeron, y observé hacia dónde huyeron, así que sé desde dónde podrían atacar. Todo por medio litro de agua, pensé. Estaba arriesgando mi vida por medio litro de agua. La producción del evaporador se había reducido en un treinta por ciento hasta algo así como un litro al día, y tenía que conseguir que su producción ascendiera al litro y medio estándar y mantenerla ahí. La granja estaba tan al límite, tanto, que cada evaporador tenía que rendir al máximo o perdería la granja.
En cuestión de segundos estaba junto al evaporador, me detuve en una nube de polvo y arena que levantó mi deslizador.
No podía ver a los moradores de las arenas, aunque su aroma almizclado rondaba alrededor del evaporador en el calor del final del día. Las sombras de los muros del cañón se alargaban sobre las dunas de la superficie del valle.
Pronto estaría oscuro, y yo estaba en un cañón donde habían llegado los moradores de las arenas, lejos de casa.
La tecnología humana asustaba a los moradores de las arenas -mi deslizador ciertamente lo había hecho- pero no permanecerían asustados mucho tiempo. Agarré mi bláster y salté fuera del deslizador para ver qué daño habían hecho al evaporador.
Un indicador de potencia aplastado. Una célula solar rajada. Arañazos alrededor de la puerta del depósito de agua, como si hubieran intentado acceder al agua. El daño era mínimo.
¿Pero qué hacer ahora? No podía vigilar todos mis evaporadores remotos. Tenía diez de ellos, cada uno ubicado a medio kilómetro de arena y roca, no al cuarto de kilómetro estándar; Estaba tan cerca del Mar de las Dunas que un evaporador necesitaba el doble de terreno para extraer el litro y medio de agua que hacía falta recolectar del aire. Si los moradores de las arenas habían descubierto que los evaporadores contenían agua y si estaban determinados a conseguirla, mi granja estaría arruinada. Puedo reemplazar indicadores de potencia y células solares. No puedo resguardar evaporadores a kilómetros de distancia de moradores de las arenas que quieren agua.
Escuché un grave gruñido sobre una duna del norte, e inmediatamente me agazapé junto al evaporador y escudriñé el horizonte. El gruñido sonaba como un bantha salvaje despertándose al calor del día, pero sabía que no era ningún bantha. Los moradores de las arenas regresaban.
Estaban decididos a conseguir ese agua.
¿Y por qué no deberían?, me pregunté de repente. Antes de que yo llegara, el agua recolectada en el interior de mi evaporador habría sido su agua, destilada del aire por el rocío matutino, no extraída a todas las horas del día por una máquina. Deben estar desesperados por el agua para llegar a acercarse a una máquina humana, para tocarla, para tratar de abrirla. ¿Cómo será su sufrimiento para empujarles a esto?
Escuché más gruñidos de “bantha” viniendo del sur de donde me encontraba, sobre las dunas, y luego del este y del oeste, y finalmente del norte otra vez. Estaba rodeado, y en pocos minutos llegaría un ataque.
De repente me di cuenta de lo que debía hacer.
-Adelante, desperdicia tus ganancias -diría Eyvind, que poseía la granja situada tres valles más allá de la mía-, desperdicia tus ganancias para que pueda comprar tu granja barata a tus acreedores cuando te obliguen a abandonar tus tierras.
Pero no haría caso a la voz de Eyvind en mi cabeza, y tampoco le habría hecho caso a él si hubiera estado conmigo entonces. Hablé al evaporador, y un panel se deslizó desde la parte frontal de los controles. Tecleé la secuencia numérica que había programado, y escuché cómo el evaporador sellaba el odre de agua en su interior. Cuando terminó, la puerta frontal del depósito se abrió. Extraje el odre y lo dejé en la arena, al oeste del evaporador, a la sombra, fuera del alcance de la luz del segundo sol poniente. Saqué mi navaja e hice una pequeña abertura en la parte superior, donde estaba el aire, para que los moradores de las arenas pudieran oler el agua y acceder a ella.
Tecleé el comando para cerrar la puerta del depósito, luego le dije al evaporador que cerrase la portezuela sobre sus controles, corrí a mi deslizador y lo dirigí a lo alto de una duna al sudoeste del evaporador. No podía ver ningún morador de las arenas, pero sabía que eran maestros en mezclarse con el terreno y sorprender a los incautos. Había escuchado muchas historias acerca de lo rápidos -y letales- que podían ser con sus bastones gaffi, las armas con aspecto de hacha de doble hoja que fabricaban con el metal que recuperaban de los desperdicios de Tatooine. Me agaché en mi deslizador y traté de observar cualquier movimiento... No me atrevía a volar más lejos: Estaban por todas partes a mi alrededor y con toda seguridad me arrojarían sus hachas si intentaba escapar, y no me apetecía ser decapitado en mi propio deslizador. Además, esperaba que se dieran cuenta de lo que había hecho: que les había dado agua. Lo que aún no sabía entonces es si podía estar seguro de comprar con eso mi vida y su confianza, y por tanto mi granja.
Vi movimiento: uno de los moradores de las arenas, viniendo del norte, lentamente, agachado sobre la arena hacia el evaporador y el agua. Cuando alcanzó el odre de agua a la sombra del evaporador, se arrodilló en la arena y olfateó la bolsa: olía el agua en su interior. Alzó su cabeza lentamente y lanzó un estridente chillido que resonó a través del cañón. Pronto conté ocho moradores de las arenas -no, diez- apresurándose hacia el agua desde todas las direcciones, cuatro de ellos haciendo un amplio desvío alrededor de mi deslizador.
Sólo uno de ellos, uno pequeño -¿joven?- tomó un sorbo. Los otros vertieron el resto del agua en un fino odre de piel de animal para llevarlo con ellos, y no desperdiciaron ni una sola gota. Cuando terminaron, el que primero había olido el agua me miró. Luego todos ellos me miraron. No hablaron ni hicieron ningún ruido, y no huyeron. El que había olido el agua alzó de repente su brazo derecho, manteniendo el puño cerrado.
Salté del deslizador, me alejé algunos pasos de él, y alcé mi brazo derecho con el puño cerrado como respuesta. Permanecimos así, mirándonos el uno al otro, durante algún tiempo. Nunca antes había estado tan cerca de ellos. Me preguntaba si ellos habían estado nunca tan cerca de un humano. Una ligera brisa proveniente del este del cañón soplaba sobre nosotros y nos refrescaba, y súbitamente todos los moradores de las arenas se giraron y desaparecieron en las dunas.
No destrozaron mi evaporador. No trataron de matarme. Dejaron en paz al evaporador después de que yo les diera el agua, y me dejaron en paz a mí. Habían aceptado mi obsequio.
Prometí, entonces, dejarles el agua de este evaporador. Perdería la posibilidad de vender el agua, lo sabía -y necesitaba venderla-, pero me parecía un pequeño precio que pagar si dándoles unos pocos litros entonces ellos no arruinarían mis evaporadores. Podía apañármelas con el rendimiento de los otros nueve evaporadores durante un tiempo; y entre tanto comprar dos de los viejos evaporadores de segunda generación de Eyvind para arreglarlos. Cuanto estos estuvieran en marcha, mi rendimiento volvería al mínimo que necesitaba para sobrevivir.
Todo este esfuerzo parecía un precio pequeño que pagar por ser capaz de vivir cerca de los moradores de las arenas en paz.
Conté los días de mi granja a partir de ese día.

La sopa está lista: El relato del fumador de pipa (V)

Estalla bastante rápido –una tormenta de arena en el corazón del mar de dunas– como suelen hacerlo las confrontaciones de taberna. No presto atención más allá del olfateo del aire en busca de la promesa; está ahí, pero atenuado. Me tomo mi tiempo preparando la pipa –hay consuelo en el ritual, satisfacción en los preliminares–, coloco la boquilla entre mis dientes, luego aspiro el humo del t'bac profundamente. Es un hábito despreciable, pero es uno que ni siquiera yo soy capaz de abandonar.
Detrás de mí, gime la música. Chalmun ha contratado una banda desde mi última visita. Es música apropiada para una cantina oscura como el atardecer del desierto. A través del maloliente aire viciado por el humo y el sudor, la melancólica melodía crece y mengua, insidiosa como el polvo de las dunas.
...sopa...
Me giro, exhalando suavemente; en los bolsillos de las mejillas, las probóscides tiemblan.
...sopa...
Un destello, abrupto y descubierto, completamente crudo y sin refinar. No me cuesta más que un instante localizarlo, localizar la entidad: humano, y joven. Temor, desafío, aprensión; un rastro de quebradizo coraje... ah, pero es demasiado joven, demasiado inexperto. A pesar del obstinado gesto de sus mandíbulas, del brillo de desafío en sus ojos azules, no ha vivido lo suficiente para saber lo que arriesgaba. Aún no está maduro.
Los jóvenes no saben nada de la vida, nada de sus peligros, sus pequeñas y grandes hostilidades. Sólo conocen el momento, ciegos a las posibilidades; no hay coraje en los jóvenes, sólo la locura de la juventud. En los machos es peor: una intransigencia cabezota como un bantha, mezclada con desequilibrio hormonal. Su sopa es inmadura y completamente insatisfactoria. Es mejor dejar que maduren.
Aspiro humo, lo mantengo, lo exhalo. En el preciso instante en que hago eso la confrontación empeora. Dos seres se enfrentan ahora al chico: humano y aqualish. Es beligerancia de taberna, nacida de la bebida y la inseguridad; un estúpido alocado de establecer dominio sobre un muchacho novato cuya inexperiencia promete entretenimiento superficial para aquellos que se divierten con tales cosas. Le sigue una refriega, como siempre; el chico es empujado y choca contra una mesa.
Tras ello la música se detiene, cortada a mitad de un gemido. Me dice mucho acerca de los miembros de la banda: Claramente no están acostumbrados a lugares como la cantina de Chalmun, o sabrían que nunca deben parar. Los músicos experimentados tocarían un contrapunto a los gritos, los alaridos, los berridos, usando la cacofonía, sin importar lo atonal que fuese, para construir una nueva melodía.
Entonces nació un sonido completamente inesperado, un sonido como no había escuchado en cien años: el grave y vibrante zumbido de un sable de luz al desenfundarse y encenderse.
...sopa...
Me giro instantáneamente, buscando... las probóscides tiemblan, se estremecen, se retiran reluctantes ante mi insistencia. Pero lo saben tan bien como yo lo sé: En algún lugar de la cantina de Chalmun está el vaso que necesito.
Es una lucha rápida y decisiva, una escaramuza que termina pronto. Con sólo un único golpe de sable de luz, el aqualish queda... bueno, desarmado. Desbrazado*, si se me permite la expresión.
El chico se quedó atrás. Sentí su aroma de nuevo, salvaje y descontrolado. Pero ahora había algo más, mucho más de lo que esperaba, planeando en los bordes, estimulándome con su presencia, con la represión de su poder... y entonces veo al anciano que silenciosamente retira su sable de luz, y me doy cuenta de lo que es.
Un Maestro a pesar de su reticencia, que no busca guerras de palabra ni de obra; Maestro de lo que, en estos tiempos, se mantiene innombrable, no sea que el Emperador sospeche. Pero sé lo que es: Jedi. No podría otra cosa sino saberlo. Es demasiado disciplinado, demasiado bien blindado contra las intrusiones como el sondeo anzati, y es ese mismo blindaje lo que hace que la verdad, para mí, sea obvia.
Lo dejo como debe estar: innombrado. No veo necesidad de decirlo. Le dejo ser lo que es; nadie más sospechará. Está a salvo un rato más.
El chico se ha ganado mi atención. Si tienen verdaderos negocios juntos es información que merece la pena saber. Si el anciano ha tomado un discípulo hay de hecho razones para temer... si eres parte del Imperio, y recuerdas las viejas formas.
Si no lo eres, como yo –a no ser que recuerdes los viejos días, los días incluso más antiguos– no importa en absoluto. A menos que te preocupes en contar las monedas que Jabba podría pagar, u otros, incluyendo Darth Vader.
Incluyendo el Emperador.


* En el original, one-armed (con un solo brazo). El autor hace un juego de palabras con el doble significado arma-brazo de la palabra arm, usándola en unarmed (desarmado) y one-armed (N. del T.)

lunes, 3 de noviembre de 2008

La sopa está lista: El relato del fumador de pipa (IV)

Al principio es incrédulo. Un hombre de carácter huraño, avinagrado y de rostro acartonado y completamente pálido a pesar de los soles gemelos, algo bulboso y deforme como si estuviera sin terminar, o quizá deshecho más tarde en las pequeñas hostilidades de su vida. De su hinchada nariz caía una larga gota, curvándose sobre su boca de fláccidos labios. Sus vestimentas están ajadas, su cabello descuidado y grasiento. No me recuerda.
La cortesía no existe; en Mos Eisley, en la cantina de Chalmun del camarero de Chalmun, no puede esperarse ninguna.
–¿Que quiere qué?
–Agua –repito.
Los ojos oscuros se estrechan un instante.
–¿Sabe dónde está?
–Oh –dijo, sonriendo–, por supuesto.
Señala con un pulgar aplastado sobre su hombro.
–Ahí atrás tengo un ordenador que mezcla mil seiscientas variedades de licor.
–Oh, por supuesto, ya me lo imagino. Pero quiero lo que no puedo mezclar.
Frunció el ceño.
–No es barato, ¿sabe? Esto es Tatooine. ¿Tiene los créditos para eso?
Su sopa es lenta, e insípida, su aroma difícilmente discernible. Es sirviente, no el servido, no alguien que reconoce bordes o asume riesgos más allá de colocar un vaso ante un cliente; ofrecería poco placer, y menos satisfacción.
Pero están aquellos que lo harían. Y todos ellos están aquí.
Extraigo de un bolsillo una única moneda lisa. Brilla bajo la pálida luz: simple y puro oro. No es precisamente un chip de crédito, pero igualmente comprará mi agua. En Tatooine, lo saben. En Mos Eisley saben temerlo.
El camarero humedece sus labios. Los ojos se deslizan hacia los lados, ocupándose de echar un vistazo a un pequeño chadra-fan que se acerca a la barra en busca de libación.
–El marcador de Jabba no sirve de nada aquí –murmura, y busca bajo la barra en su reserva oculta para extraer un frasco de cristal escarchado de costosa agua helada.
Dejo la moneda sobre la barra. Le dice muchas cosas, y se las dirá a otros también; Jabba paga bien, y aquellos que trabajan para él –o que trabajan para otros que trabajan para él– reconocen la evidencia tangible del favor del hutt.
Ha pasado mucho tiempo. Han habido otros incontables empleadores en todos los sectores de la galaxia, pero Jabba es... memorable. Quizá sea el momento de que busque una segunda asignación; siempre hay asesinos fracasados que el hutt quiere muertos. No soporta la incompetencia.
Considero por un momento cómo sería beber su sopa... pero Jabba está bien guardado, e incluso un anzat podría encontrar difícil encontrar en la carnosa corpulencia los orificios apropiados en los que insertar las probóscides.
Cierro mi mano sobre la copa y siento el mordisco del hielo. En Tatooine, eso es un lujo. No es sopa, de ninguna manera, pero merece la pena la espera. Incluso cuando el camarero se gira para increpar rudamente a dos humanos acompañados por droides detenidos por el detector, sorbo lentamente, saboreando el agua.
Los licores enturbian la mente, ralentizan el cuerpo, no alimentan nada salvo la debilidad. Los anzati evitamos esas cosas, al igual que evitamos las drogas estimulantes o los sintéticos. Lo que es natural es mejor, igual que en la sopa. Hay fuerza en lo que es puro.
Hay debilidad en el vicio... y yo, después de todo, debería saberlo. En la libertad de mi estilo de vida hay también cautividad. No hay barrotes, ni rejas, ni campos de energía, ni capsulas de contención. Hay en su lugar un aprisionamiento más insidioso que esas cosas, y tan desagradable para un anzat como beber la sopa de un cobarde.
Bebí sopa contaminada de un hombre contaminado, y asimilé su vicio: la necesidad diaria de una sustancia proscrita pero contrabandeada frecuentemente entre mundos conocida como nic-o-tin, también llamada t'bac.
Soy Dannik Jerriko. Anzat, de los anzati, y Devorador de Suerte.
Pero nunca dije que fuera perfecto.

Doctor Muerte: El relato del Dr. Evazan y Ponda Baba (y IV)

Mucho más arriba, una pequeña lanzadera se abría camino a través de la atmósfera, avanzando rápidamente muy por encima de las olas. La isla rocosa con el gigantesco castillo aparecía justo frente a ellos. Dos hombres con la misma complexión esbelta y la tez morena de Gurion estaban sentados a los controles.
–Ahí está –dijo uno. Miró a su compañero–. Preparado para planear sobre el tejado, mientras preparo la escalerilla de embar...
Un gran destello de luz frente a ellos le interrumpió. Una explosión envolvió toda la parte superior del castillo.
Ambos hombres observaron con asombro cómo la mitad superior de la estructura se desintegraba con la detonación inicial. Una nube de finos escombros se expandió mientras trozos más grandes se desprendían y caían. Luego, la parte inferior del convulso castillo se colapsó hacia dentro, convirtiéndose en segundos en un vasto montón de ruinas.
–Pobre Gurion –dijo el primer hombre, mirando hacia abajo a los rotos restos mientras planeaban sobre ellos.
–Esa explosión seguramente atraerá a la seguridad andoana –dijo el otro–. Será mejor que salgamos de aquí.
Giró la nave, elevándola de nuevo.
–Al menos Gurion consiguió su venganza sobre ese lunático de Evazan –dijo el primer hombre mientras dejaban atrás las ruinas...
Muy por debajo, a la mitad de una de las rugosas paredes de los altos acantilados del castillo, un gran montón de moco verde como la bilis yacía inmóvil en una cornisa. De sus extremos aplastados manaba un espeso aceite amarillo, y gordos glóbulos grasientos caían por el borde de la cornisa.
Entonces la masa gelatinosa se movió y se agitó, alzándose. Del gran bulto de su centro, súbitamente salió disparado un brazo, seguido de otro, y luego por la cabeza del Dr. Evazan. Estremeciéndose, tomó una profunda bocanada de aire, como un nadador que hubiera estado mucho tiempo bajo el agua.
Con cierta dificultad consiguió salir de la gelatina que una vez había sido su mascota. Aunque la leal criatura le había salvado amortiguando su caída, el fuerte impacto de ambos había aplastado la vida del meduza.
–Gracias, Rover –dijo, sacudiéndose un último filamento de mucosidad que colgaba de su camisa. Se agachó y dio unas palmaditas a la masa deshecha–. Lo siento, chico.
Miró hacia arriba, al castillo destruido.
–Al revés –se lamentó–. ¡Maldición! –Luego se encogió de hombros–. Oh, bueno. Quizá lo consiga la próxima vez.
Y tras eso comenzó a descender el acantilado hacia el mar.

martes, 28 de octubre de 2008

La sopa está lista: El relato del fumador de pipa (III)

Siempre son los espaciopuertos, siempre los bares. Supongo que uno podría igualmente sugerir que los burdeles sirven también para el mismo propósito, pero en esos lugares se realiza un tipo enteramente distinto de negocios, transitorio en su naturaleza y sin tomar muchos riesgos, salvo en la elección de pareja o, quizá, de herramientas. En los bares se bebe, se juega, se apuesta. Vienen aquí primero cuando terminan un negocio, buscando tanto vicio, especias y entretenimiento como pueda ser adquirido en la cantina; y vienen aquí buscando trabajo. Piratas espaciales, burladores de bloqueos, asesinos a sueldo, cazarrecompensas, incluso un puñado de esos involucrados en la Alianza Rebelde. El Imperio ha expulsado a estos últimos de los lugares que ellos preferirían, transformando a personas anteriormente inocentes y de buen corazón en almas tan desesperadas como otras, pero con una visión pura y plateada como los soles gemelos de Tatooine, completamente inalterados por la dura realidad de los tiempos.
Cuando uno cree con suficiente firmeza, cuando la convicción es absoluta, uno no se acobarda ante las adversidades. Su sopa es muy dulce.
La arena asfixia. Es un ser en sí misma, a un tiempo tímida y dominante. Desluce las botas, ensucia los tejidos, se incrusta en las arrugas de la piel. Hace que hasta los anzati busquen alivio, y por tanto busco un interior, lejos del calor de los soles gemelos; y me detengo allí –recordando un día hace muchos años, y a un corpulento e inmisericorde hutt–, con los ojos cerrados para ajustarlos más rápidamente a la pálida y escasa luz, espesa y rancia como mantequilla de bantha.
Sería demasiado esperar que el propietario de la cantina instalase más luces, o mejorase su etapa de potencia Queblux, identificable por su lamentable falta de eficiencia y un grave, casi inaudible, gemido. Semejantes reparaciones chocarían con la naturaleza de Chalmun, que se basa en la desconfianza; los tratos se hacen al anochecer, no bajo el fijo e inmitigable resplandor de Tatoo I y Tatoo II, grandes incendios como ojos en el semblante de una galaxia que, como el rostro del Emperador, se envuelve con una holgada capucha.
Ah, pero hay más aquí, dentro, que alivio para la arena, para el calor. Hay el aroma, la promesa de saciedad.
...sopa...
Es densa, tan densa... al principio estoy desbordado; es mejor que lo que recordaba: tantos niveles y sabores, los matices, los tonos, los suspiros... aquí podría beber por durante días sin fin, repleto con satisfacción.
Ahh.
Tantas personas, tantos sabores, tanta Suerte para comer. La Oportunidad es aquí corpórea, la variedad infinita. Es una sinfonía de sopa corriendo cálida, rápida, húmeda, como sangre casi hirviendo bajo el frágil tejido de la carne.
No soy un droide, dice el detector; soy bienvenido en la cantina de Chalmun. Y me río en la privacidad de mi mente, porque Chalmun, cegado por su parcialidad, no sabe que hay cosas en el mundo más detestables que los androides, que son generalmente inofensivos, sencillos e incluso bastante convenientes. Pero dejadle al hombre con su intolerancia; si todos fuesen como la Alianza Rebelde, tan intransigentes en el honor, la sopa sería tan floja como unas gachas.
...sopa...
En los bolsillos de las mejillas, las probóscides se estremecen. Por un instante, sólo un instante, se asoman un milímetro, abrumadas por el embriagador aroma detectable sólo por los anzati; los demás, no importa raza ni género, son completamente inconscientes de ello. Pero nada se gana sin espera; es un fillip completamente vigorizador, y hace que la negación de uno mismo merezca la pena.
Las probóscides se retiran adecuadamente, aunque reticentes, enrollándose de nuevo en los bolsillos junto a mis fosas nasales. Cepillo una fina capa de arena de mis mangas, me coloco bien la chaqueta, y bajo los cuatro escalones que conducen a la tripa del bar.
Aquí la sopa es abundante.
La paciencia será recompensada.

Doctor Muerte: El relato del Dr. Evazan y Ponda Baba (III)

En el interior del castillo, Evazan y su invitado descendieron una larga escalera de caracol. Cuanto más descendían hacia el misterioso sanctasanctórum de la guarida del doctor, más se deshacía en disculpas el senador andoano.
–Por mi parte, nunca ha habido dudas acerca de su integridad –explicó el alienígena con una voz cada vez más aguda por su creciente preocupación–. Son mis colegas del senado los que han hecho caso de los rumores. Algunos dicen que está condenado a muerte en diez sistemas.
–Doce, de hecho –dijo despreocupadamente Evazan–. Puede que ahora sean más. No lo he comprobado.
–¿En serio? –dijo el senador, elevando la frecuencia de su voz un poco más–. Y además hay ciertas historias acerca de algunas de sus... eh... prácticas médicas.
–Tampoco negaré que hay algo de cierto en ellas –admitió el doctor–. No me arrepiento de lo que he hecho. Todo era por una buena causa.
Llegaron al final de la escalera. Evazan quitó el cerrojo de una gran puerta de metal y la abrió. La puerta chirrió en sus goznes, y ambos la cruzaron.
Al otro lado, un único espacio ocupaba los inmensos cimientos del castillo. Pilares cortos y rechonchos y pesados arcos de piedra sostenían el elevado techo. Extendiéndose hacia las sombras lejanas, un estante tras otro de grandes cilindros de cristal brillaban débilmente, llenos de un líquido dorado... y algo más.
El senador avanzó unos pasos, observando conmocionado. Cada cilindro parecía contener algún tipo de ser.
Avanzó más, examinando una hilera de criaturas flotando en fluido ámbar. Eran gigantescos wookiees y diminutos jawas, givins esqueléticos y abbyssinos de un sólo ojo. Había humanoides cornudos de Devaron y criaturas con aspecto de insecto de la raza kibnon, junto con otras incontables especies de planetas de toda la galaxia.
–¿Están... muertos? –inquirió nerviosamente el senador, mirando al cilindro de un arcona reptiliano que le devolvía la mirada con ojos en blanco, como joyas.
–Desgraciadamente –dijo Evazan–. Conservados en mi fluido de embalsamamiento especial. Son algunos de mis pacientes que no sobrevivieron a mis intentos quirúrgicos para ayudarles. Pero el trabajo médico que hice en ellos fue de todas formas de gran valor para mí.
El senador volvió a mirar a los cadáveres, más detenidamente. Todos habían sido manipulados de una manera que podría llamarse “cirugía” de algún modo, aunque la palabra “carnicería” podría haberse aplicado con más rigor. La mayoría estaban mutilados, con sus cuerpos abiertos en canal, y les faltaban varias extremidades u órganos. En algunos casos, los propios elementos del ser habían sido reemplazados por cosas que, bastante a las claras, eran ajenas.
–Digo que me ayudaron –continuó Evazan, recorriendo una hilera de sus “pacientes”–. Sobre todo indicándome cuándo mi investigación había llegado a un punto muerto –dedicó al senador una horrenda sonrisa–, si me perdona la expresión.
–¿Experimentó en ellos? –dijo horrorizado el senador.
Evazan alejó la idea con un gesto de la mano.
–Por supuesto que no. Pretendía ayudarles con mis técnicas creativas. Intentaba darles más salud y una vida más larga. En teoría, al menos.
Tocó el cilindro que contenía la figura destripada de un ranat con aspecto de roedor.
–He dedicado toda mi vida a ayudar a los demás. Me llamaron loco, criminal, a mi pesar. Pero nadie comprendía. Sólo usaba mis habilidades para reformar la vida de distintos modos, tratando de crear algo mejor. –Suspiró y volvió la mirada al aqualish–. Pero no era suficiente.
El senador recorrió una y otra vez las largas filas de las víctimas del doctor.
–¿No era suficiente?
–La alteración física no era suficiente.
El doctor se dirigió al siguiente cilindro. Dentro había un espécimen particularmente horrendo. Era una criatura que había sido construida con partes recuperadas de docenas de seres diferentes, cosidas y grapadas entre sí para formar un collage monstruoso.
–Como ve, incluso cortando y uniendo juntas las mejores partes del cuerpo de la galaxia, no podía alcanzar el efecto que deseaba. –Alzó una mano para tocar el desfigurado lado derecho de su cara–. No, la clave era la mente. Es por eso que mi investigación tomó una nueva dirección. Venga por aquí.
Abrió el paso a través de las hileras de cilindros hasta una gran área en el centro de la sala. Allí, un complejo conjunto de equipamiento electrónico se alzaba hasta el techo de un modo bastante precario. Los diversos sistemas, conectados entre sí con enredadas guirnaldas de cable, chasqueaban y siseaban incómodamente incluso con la mínima potencia de entrada que ahora corría por ellos.
El elemento clave de ese montón desordenado de alta tecnología eran dos plataformas preparadas con mesas de operación. Correas, claramente dedicadas a sujetar a los pacientes, se añadían a su aspecto siniestro. Sobre cada una, un extraño dispositivo con aspecto de colador colgaba mediante una docena de cables de un brazo pivotante. Más cables conectaban éstos a la máquina central.
–Este es mi instrumento de transferencia –dijo orgullosamente Evazan–. Los componentes principales fueron modificados a partir de unidades imperiales avanzadas de transmogrificación, originalmente diseñadas para alterar la programación de los droides. Ponda y yo conseguimos “liberar” este equipo de una instalación de investigación imperial. Pero lo he adaptado para usarlo en seres vivos.
El senador había estado mirando con una mezcla de intimidación y escepticismo a la masa de dudoso aspecto. Ahora miraba a Evazan con incredulidad.
–¿Seres vivos?
–Los cerebros vivos también almacenan sus conocimientos adquiridos electrónicamente, de forma muy parecida a una grabación. Esa grabación puede ser alterada, borrada... o trasladada. Los medios para lograrlo se hallan ahora ante usted.
–¿Para qué fin?
–Para tener algo que nadie ha llegado a tener nunca antes –dijo el doctor con grandilocuencia–. ¡Finalmente estoy a un paso de crear una forma viable de inmortalidad!
La incredulidad del senador se mostró más pronunciadamente en su rostro.
–Debe estar de broma, Doctor.
–No bromeo en absoluto –dijo el otro. Se acercó, hablando con grave intensidad–. ¡Sólo piense en ello! Ni siquiera el más poderoso de los Maestros Jedi con todos su poderes sobre los elementos ha conseguido una inmortalidad real. Pueden ser capaces de prolongar la vida hasta cierto límite, pero siguen decayendo y mueren al final. Mi método transferirá los niveles más altos de la inteligencia de un ser a un nuevo cuerpo, fresco, en cualquier momento que lo necesite, con sólo pulsar un interruptor. Piense en lo valioso que eso sería para el Imperio. Sus gobernantes más importantes, sus mejores mentes militares podrían vivir para siempre, obteniendo aún más conocimientos con cada nueva vida.
–Supongo que es algo por lo que el Imperio pagaría cualquier cosa –dijo el aqualish, pero con serios recelos en su voz–. Si esa cosa funciona.
–Funcionará –dijo confiado Evazan–, y pronto seré capaz de probarlo. –Sonrió con sardónico deleite–. Irónico, ¿verdad? Evazan, aquel al que una vez llamaron Dr. Muerte, ¡será quien cree semejante vida eterna!
Una consola de intercomunicación cercana emitió un pitido indicando una transmisión entrante. Evazan se giró para ver el rostro de Ponda Baba aparecer en su pequeño monitor mientras una voz surgía con cierta urgencia del altavoz.
–¡Evazan, hay alguien a nuestra puerta!
–¿Nuestra puerta? –repitió el doctor.
–En la compuerta acuática bajo el castillo. Dice que su deslizador acuático acaba de averiarse. Quiere llamar a un remolcador desde aquí.
–Eso dice, ¿eh? –replicó Evazan–. Veámosle.
Ponda tecleó en su propia consola y la imagen de la pantalla pasó a mostrar una vista de la zona de la compuerta acuática. Una pequeña embarcación repulsoelevadora marítima ocupaba el único muelle del castillo. Junto a la inmensa compuerta se encontraba de pie un macho humano de aspecto muy impresionante.
Era bastante alto, de complexión robusta, como dejaba en evidencia el traje ceñido al cuerpo que llevaba. Sis rasgos cincelados eran atractivos, y una mata de pelo rubio ondeaba sobre su bien formada cabeza.
Evazan observó al hombre con gran interés, y luego apretó botones de la consola, volviendo de nuevo a la imagen de Ponda.
–Déjale pasar –ordenó–. Pero sólo al vestíbulo. Mantenlo vigilado.
–¿Estás seguro de que eso es inteligente, Doc? –preguntó Ponda.
–¡Sólo hazlo! –Evazan apagó bruscamente el intercomunicador y se giró al senador–. Puede que vea más de lo que esperaba –dijo con excitación–. ¡Hoy podría ser el clímax de mi investigación!
Se apresuró a subir desde el laboratorio, con el desconcertado senador siguiéndole. Entraron al inmenso hall de entrada del castillo. En el muro junto a la puerta principal había un panel de control con una pantalla de vigilancia. Ponda Baba ya estaba ahí, mirando una imagen de la habitación al otro lado de la puerta.
En una pequeña y desnuda antecámara previa al hall de entrada, su rubio visitante permanecía esperando pacientemente.
Evazan miró al hombre por encima de los hombros de Ponda. Sus ojos se iluminaron con un brillo ansioso.
–¡Este será perfecto! –dijo–. ¡Qué suerte más increíble!
Rebasó a Ponda para accionar un interruptor en el panel. De la lámpara del techo de la antecámara se disparó un rayo carmesí, golpeando la cabeza del hombre rubio. Se desmayó instantáneamente, derrumbándose en el suelo.
–¿Lo ha matado? –dijo el senador andoano, aterrado.
–Sólo lo he aturdido –respondió el doctor. Miró a Ponda–. Ayúdame a llevarlo abajo.
Agarró la manilla de la puerta, pero una pata peluda cayó sobre su mano para detenerle.
–Espera, Doc –dijo la áspera voz de Ponda–. ¿No irás a transferirte a él, verdad?
–Tiene mejor aspecto que ninguno que haya visto antes –admitió Evazan–. ¿Por qué no?
–No, Doc –le espetó Ponda–. ¡Yo primero!
Evazan miró a su antiguo socio.
–¿Qué quieres decir?
–Prometiste que yo iría primero. Prometiste que tendría un cuerpo con un buen brazo. Te traje a mi planeta, te ayudé a preparar esto, te mantuve con vida por esa única razón. Me costaste un brazo en Tatooine. Me lo debes. Es hora de que me lo pagues.
–¿Cómo puedo hacer eso, Ponda? –razonó–. Mi sujeto perfecto acaba de aparecer ante mi puerta. ¡Está aquí justo ahora!
–Entonces ambos estamos de suerte, Doc –respondió Ponda–. Tú tienes el tuyo. Yo tengo el mío.
La cara del doctor se iluminó al comprender. Como una sola persona, ambos se giraron hacia el senador aqualish.
El senador había escuchado su diálogo con creciente alarma. Mientras le miraban, su expresión se tensaba más y más por el horror.
–No es joven –comentó Evazan, con aire crítico.
–Pero es de la clase gobernante –respondió Ponda–. Obtengo un brazo, y también obtengo poder.
–Ustedes... ustedes no pueden estar pensando lo que creo –jadeó el senador.
–Lo estamos –dijo el doctor, sacando su bláster–. Felicidades. Va a ayudar a dar un gran paso para la ciencia. –Señaló con el arma–. Avance, por favor.
–¡No pueden hacer esto! –gritaba el senador mientras le dirigían descendiendo hacia el laboratorio–. ¿Qué pasa con su financiación? ¿Con su protección?
–Ya no necesitaré ni una cosa ni otra –replicó el doctor–. Finalmente seré capaz de adquirir una identidad totalmente nueva. Librarme de esta cara marcada. Puedo salir de aquí a salvo de los cazarrecompensas, y con un secreto que puede cambiar la galaxia.
–Eso es lo que pretendía desde el principio, ¿verdad? –adivinó el otro–. ¡Tan sólo ayudarse a sí mismo!
–¿Qué, si no? –dijo Evazan, riendo cruelmente. De un empujón, hizo que el senador cruzara la puerta del laboratorio–. Ahora, colóquese en esa mesa de la izquierda. Rápido.
Él y Ponda llevaron a la fuerza al desventurado senador hacia la mesa y lo amarraron sobre ella. Evazan hizo descender el brazo pivotante de la izquierda, y aseguró el colgante casco metálico sobre la parte superior de la cabeza del cautivo.
Ponda ocupó rápidamente su lugar sobre la otra mesa. Evazan repitió el proceso de abrochar las correas y encajar al otro aqualish el segundo casco extraño. Luego se alejó unos pasos hasta un banco de controles.
Empujó palancas, giró diales, y observó pantallas de lecturas que indicaban el flujo de potencia. La máquina zumbaba ahora con más fuerza, cobrando vida con enorme energía. La gran columna de sus componentes tembló visiblemente, amenazando con desmoronarse.
Cuando los indicadores mostraron que había llegado a la máxima potencia, tiró con ambas manos de un doble interruptor rojo. Chispas blanquiazules como pequeños relámpagos descendieron crepitando por los cables, hasta los cascos metálicos sobre las dos cabezas. Los maniatados cuerpos tendidos se sacudieron espasmódicamente.
Evazan miró un par de diales justo bajo el interruptor rojo. Mientras el indicador de la izquierda se movía en un sentido, su contrapartida a la derecha se movía en el otro. En sólo unos segundos, las dos agujas se habían detenido en lados opuestos de sus diales.
Con una risotada de regocijo el doctor devolvió las palancas de potencia a la posición de apagado. Las crepitantes luces se desvanecieron rápidamente, y el chasquido de energía se extinguió.
–¡Ya está! ¡Ha funcionado! –dijo Evazan riendo con satisfacción, corriendo a la mesa sobre la que estaba el cuerpo del andoano de más edad–. ¡Ponda! ¡Lo hice! –dijo, desatando las correas–. ¿Cómo te sientes?
Pero el aqualish que una vez había sido el senador estaba bastante quieto, aparentemente inconsciente.
–Está bien –aseguró Evazan, dando una palmadita al ser–. Pronto estarás bien. Simplemente descansa aquí. ¡Tengo que ver mi propio nuevo cuerpo!
Abandonó el laboratorio, prácticamente corriendo de vuelta al vestíbulo principal. Sus ojos relucían con una mirada salvaje de casi irrefrenable expectación. Abrió de un tirón la puerta de la antesala e irrumpió en ella. Su espléndido espécimen seguía yaciendo inmóvil.
Se arrodilló junto al hombre, regodeándose con su cuerpo perfecto.
–Todo lo que estaba esperando –dijo–. Juventud, fuerza... ¡y una cara sin marcas! Espero que no esté herido.
Movió su mano para posarla sobre el corazón del hombre.
¡La mano desapareció atravesando el ancho pecho como si la carne se abriera para tragársela!
Retiró su mano, mirando con asombro.
–¡Un disfraz holográfico! –exclamó.
Su mano voló para agarrar la empuñadura de su bláster. Pero el otro hombre se incorporó de repente, golpeando rápidamente. Un primer impulso hacia delante para golpear el rostro de Evazan. El choque le derribó hacia atrás, cayendo cuan largo era, aturdido.
Antes de que el doctor pudiera recuperarse, el hombre rubio ya estaba en pie. La imagen de su larga silueta onduló, se fue desvaneciendo y desapareció completamente, revelando la figura de un hombre delgado con rasgos agresivos y tez oscura con un bigote negro. Una mano descansaba en el control del disfraz holográfico del cinturón, la otra mano sostenía un objeto con forma de granada que resultaba ser un detonador termal. El seguro del pulgar ya estaba retirado, y el pulgar del hombre descansaba en el botón del detonador.
–Aparta el arma, Evazan –dijo el hombre con voz cascada–, o ambos saldremos volando.
Evazan extrajo su bláster con cautela y lo arrojó lejos.
–¿Quién eres? –preguntó.
–Mi nombre es Gurion. He estado intentando atraparte durante mucho, mucho tiempo. Ponte de pie.
–Muy inteligente de tu parte usar ese disfraz –le dijo Evazan, incorporándose–. De otro modo, nunca habrías entrado aquí.
–Es precisamente lo que me figuraba. Ahora, muévete, monstruo carnicero. Llévame al tejado. Unos amigos van a recogernos allí arriba. –Gurion hizo un significativo gesto con la bomba–. ¡He dicho que te muevas!
Evazan accedió de buena gana. Entraron al vestíbulo principal y subieron una ancha escalera.
Cuando doblaron la esquina del primer descansillo para empezar un segundo tramo de escalones, Evazan bajó la mirada para ver una pequeña y brillante mancha del líquido que rezumaba Rover en una puerta del vestíbulo de abajo.
–Mírame –le dijo a su captor, intentando mantener la atención del hombre sobre él–, esto es una locura. No sé cuánta recompensa esperas recibir, pero puedo pagarte mucho más.
–No espero ninguna recompensa –replicó Gurion bruscamente–. Mi apellido es Silizzar. ¿Te suena familiar?
Evazan palideció ante ese nombre.
–Yo... yo puedo haber tenido uno o dos pacientes... –tartamudeó.
Gurion le cortó.
–Trataste a toda mi familia. ¡Por un desorden gástrico causado por un veneno que tú les diste como medicina! Les destripaste uno tras uno como si fueran peces. ¡Siete personas! Ninguna de ellas sobrevivió. No, no quiero dinero por ti. ¡Esto es puramente por venganza!
Varios tramos más arriba, alcanzaron una pequeña puerta que se abría a una zona plana del tejado. Un fresco viendo del mar tiró bruscamente de sus ropas cuando salieron. Los truenos distantes centelleaban de modo inquietante en la escena, y el profundo bramido del trueno lejano proporcionaba un constante y ominoso sonido de fondo.
Gurion dirigió a Evazan rodeando el borde del tejado, cerca del punto donde su mochila de comunicaciones estaba anclada.
–Quédate aquí como una roca –advirtió Gurion. Alzó la bomba–. Recuerda, si aprieto este botón, ambos tendremos sólo unos segundos de vida. Preferiría llevarte para que seas juzgado por todos los demás seres que has asesinado. ¡Pero no dudaré en acabar con esto justo aquí!
–Soy una estatua –accedió de buen grado Evazan.
Gurion se acercó a su mochila y se agachó junto a ella para tomar le auricular del comunicador. Mantuvo un ojo en el doctor mientras hablaba al micrófono.
–Madre, aquí Gurion. ¿Aún me recibís?
–Seguimos aquí, amigo mío. ¿Qué ha pasado?
–Tengo aquí a nuestro bebé, vivo. Estoy arriba, en el tejado. ¿Podéis venir a recogernos?
–¡Vamos hacia allá! –dijo la voz, con júbilo–. Madre fuera.
Por el rabillo del ojo, Evazan vio cómo la puerta de acceso al tejado se abría. Un tentáculo con un bulbo en la punta se asomó con cautela desde un borde, sintiendo el aire a su alrededor.
–Dentro de pocos minutos una lanzadera llegará aquí para recogernos –dijo Gurion mientras se quitaba los auriculares del comunicador.
El doctor dio un par de pasos indiferentes rodeándole para que Gurion quedase de espaldas a la puerta.
–De verdad que tienes que escucharme –dijo Evazan de modo suplicante–. Tengo un secreto. Justo aquí. Un invento. Algo muy grande. Demasiado valioso como para rechazarlo.
–No para mí –dijo llanamente el otro, con su dura mirada inamoviblemente fijada en su adversario.
La brillante masa de Rover se deslizó por la puerta. La criatura comenzó a avanzar reptando lentamente, sin hacer ruido. Centelleantes relámpagos chispeaban en su forma gelatinosa.
–Pero con esto puedo hacer que vivas para siempre –expuso el doctor–. Auténtica inmortalidad. Todo el mundo quiere eso.
–¿Realmente piensas que darme más vidas puede compensar todas las vidas que robaste? –dijo Gurion con incredulidad–. Estás aún más demente de lo que pensaba.
Rover ahora estaba sólo unos metros por detrás del hombre agachado. La criatura comenzó a hincharse ganando altura, moviendo sus tentáculos hacia delante preparados para atacar.
En los pequeños espejos de los ojos de Evazan, Gurion vio los reflejos gemelos del meduza como un brillante destello relampagueante que relucía en su superficie. Se puso en pie como un resorte, girándose para ver la cosa cercana a él.
Rover atacó justo cuando él se alejó, retrocediendo de un salto. Sólo una única punta bulbosa consiguió rozar la rodilla de Gurion con un afilado chasquido de energía.
El hombre gritó por el penetrante dolor y se tambaleó. Bajó el brazo que sostenía la bomba.
Evazan saltó instantáneamente para agarrar el brazo. Sus dos manos se agarraron fuertemente en la muñeca de Gurion y agitó con fuerza. El detonador sin activar se soltó y cayó rebotando, cruzando el llano tejado, deteniéndose antes de llegar a la puerta.
Con su captor desarmado, Evazan trató de escapar y dejar que Rover terminase el asunto. Pero Gurion le tenía fuertemente sujeto, y sus manos se dirigieron a la garganta del doctor.
–¡Te mataré con mis propias manos! –gruñó.
Evazan retrocedió tambaleándose mientras luchaba salvajemente por liberarse. Gurion lo agarraba con una fuerza nacida de su rabia.
El talón de la bota del doctor tocó el borde del tejado. Desesperadamente, se giró, haciendo que Gurion perdiera el equilibrio, conduciéndole al vacío. El hombre cayó.
El propio peso de Gurion liberó sus manos de la garganta del doctor. Pero el último impulso hacia abajo también hizo que el doctor perdiera el equilibrio.
Por un instante, el doctor se tambaleó en el borde, agitando sus brazos en busca de equilibrio. Cuando eso falló, giró violentamente su cuerpo, intentando agarrar el borde del tejado mientras caía.
Su agilidad le salvó. Se agarró ferozmente, pegando sus brazos cuan largos eran contra la lisa superficie de piedra. Bajo él, la silueta de Gurion seguía cayendo, golpeando los acantilados dentados en varios puntos.
Evazan miró hacia abajo para ver el choque final del cuerpo contra una ola emergente. Luego devolvió su atención a asegurar su propia salvación, pero rápidamente se dio cuenta de que no iba a ser una tarea tan fácil. Sólo sus brazos no eran suficientemente fuertes para alzarle. Sus pies, agitándose, no podían encontrar apoyos en la lisa piedra.
Un ruido vino de encima de él. Miró hacia arriba cuando las punteras de unas botas aparecían sobre el borde a escasos centímetros de su cara. Su mirada siguió ascendiendo hacia el cuerpo para ver que era Ponda Baba quien estaba ahí de pie, mirándole.
–¡P-Ponda! –jadeó, al principio con gran alivio. Pero una nueva comprensión rápidamente cambió el alivio en sorpresa–. Pero... ¡cómo! ¿Tú aquí? ¿La... la transferencia... no funcionó?
–Oh, funcionó, Doctor –dijo una voz que ya no era como la de su antiguo amigo–. Pero funcionó al revés.
–¿Al revés? –repitió.
–Eso es. Y por eso me ha condenado a la repugnante forma de un miembro de la más baja especie de escoria de mi pueblo. –El aqualish alzó el brazo peludo que le señalaba como un paria social en su propio planeta–. Ha destruido mi vida como senador, Doctor. ¡Por eso ahora voy a destruir la suya!
El brazo mecánico se alzó. En sus dedos articulados sostenía el detonador termal. El pulgar metálico descansaba sobre el botón de activación.
–¡No! –gritó Evazan–. ¡No, no, espere! ¡No puede!
–¡Adiós, Doc! –dijo tan sólo el nuevo Ponda Baba.
Pulsó el botón, dejó caer la bomba, se giró y se alejó corriendo.
–¡No, no! –gritó Evazan mientras el temporizador de la bomba comenzaba a contar.
Con la fuerza de la desesperación consiguió elevarse. Sus ojos miraron por encima del borde. Pudo ver la tictaqueante bomba, y justo tras ella la forma del meduza.
–¡Rover! –le gritó–. ¡Ayúuuudameeee!