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martes, 14 de enero de 2014

Emisario del vacío (V)


Cuando se encontró a escasos metros sobre las copas de los árboles, se estabilizó y visualizó un mapa del planeta. Estaba bien detallado, pero pocos de sus elementos tenían algún nombre. Uno de ellos era un punto en el gran continente del hemisferio norte, etiquetado como "Monte Tantiss". Wayland había sido el secreto del Emperador durante muchos años, y no aparecía en ningún mapa estelar debido, casualmente, a un antiguo error burocrático. El Monte Tantiss había sido su almacén secreto. El gran almirante Thrawn había rastreado el planeta y la montaña de arriba abajo después de la muerte del Emperador, decidido a encontrar las armas que le ayudarían a recuperar lo que el Imperio había perdido. Más tarde, el Maestro Skywalker y algunos de los otros héroes de la Rebelión también lo encontraron y destruyeron la montaña con una explosión sísmica.
Si Klin-Fa Gi realmente era un Jedi Oscuro, las ruinas del Monte Tantiss probablemente eran el lugar al que se dirigía.
Activó la capa del transpondedor. No hubo sorpresas, se confirmaron sus sospechas; el Ala-A parecía estar inmóvil exactamente en ese lugar. Sombríamente, cambió de rumbo para dirigirse hacia allí, manteniendo una cautelosa mirada sobre los sensores de largo alcance.

***

Uldir encontró el Ala-A abandonado y oculto por una cobertura improvisada de hojas enormes caídas de las copas de los árboles. Tomó una respiración profunda, escuchando, observando y oliendo la selva a su alrededor, tratando de extenderse con la limitada capacidad de la Fuerza que podía controlar.
Desde arriba, Wayland se parecía mucho a Yavin 4, donde había asistido a la Academia Jedi. Aquí, en tierra, las similitudes parecían superficiales. Aunque tanto Wayland como la luna de Yavin tenían masas de tierra cubiertas principalmente de selvas, la de Wayland se elevaba más alto y las copas de sus árboles formaban dos capas. El aire de Yavin 4 estaba aderezado con aroma a hojazul. Aquí la atmósfera estaba condensada en gran medida en el suelo del bosque, con olor a almizcle y a descomposición. Se escuchaban zumbidos, chirridos, y chasquidos, sonidos de una fauna desconocida. Se acordó de lo peligrosas que resultaban las junglas de Yavin 4, y allí al menos había sabido algo de lo que podía encontrarse. Este mundo, no lo conocía en absoluto. Los sonidos que le rodeaban podrían ser insectos inofensivos o el equivalente en Wayland de los escarabajos piraña de Yavin, que podían devorar a una persona hasta los huesos en lo que tardaba un toydariano en batir sus alas.
Sin embargo, estaba encantado de descubrir que Klin-Fa Gi parecía aún más fuera de su elemento aquí; la estela de hojarasca aplastada y matorrales doblados o rotos era lo suficientemente clara para que el pudiera seguirla. Avanzaba, como sospechaba, a través de las colinas que rodeaban lo que había sido el Monte Tantiss. Sombríamente, se cargó sobre el hombro una mochila de supervivencia, su bláster y algunas granadas de conmoción, y salió tras ella.
Al menos, esperaba que fuera ella.
No pasó mucho tiempo antes de que Uldir encontrase pruebas de que efectivamente estaba siguiendo a la Jedi, y no a alguna extraña y torpe bestia. Por desgracia, esa evidencia llegó en forma de cinco cadáveres; seres racionales, por su aspecto, de dos especies diferentes. Ninguna de las especies era yuuzhan vong, lo que significaba que probablemente eran lugareños. Fueran quienes fuesen, habían sido asesinados por un sable de luz; pocas armas dejaban las mismas heridas cauterizadas tan distintivas del arma tradicional de los Jedi.
Sombríamente, estudió la escena para obtener más información. Tres de los muertos eran de una especie alta y ectomorfa con seis miembros, de los cuales cuatro aparentemente funcionaban como brazos. Tenían hocicos flexibles y su piel -donde no estaba cubierta por los ornamentos de cuero y hueso que llevaban- brillaba como el caparazón de un insecto.
Los otros dos eran achaparrados, de apariencia fuerte, y blindados de forma natural con placas óseas en sus espaldas redondeadas. Al igual que los que yacían a su lado, parecían haber sido básicamente bípedos.
Uldir nunca antes había visto ninguna de las especies, ni en las rutas espaciales, ni entre los esclavos que los yuuzhan vong utilizaban como fuerzas de choque. Eso no era sorprendente; había gran cantidad de seres en la galaxia que no viajaban por el espacio, ya fuera porque no tenían la tecnología, o por propia voluntad, y recordaba de su demasiado breve análisis de los archivos sobre este planeta que se suponía que albergaba varias especies inteligentes, todas ellas esencialmente al nivel tecnológico de la edad de piedra.
Cuando vio lo que agarraban con sus manos muertas, sin embargo, la sangre de Uldir se heló. Ahora entendía en parte por qué habían muerto. A primera vista, sus armas parecían bastones, planos como una espátula en un extremo y en punta por el otro, de unos treinta centímetros de longitud. Uldir había visto esas armas antes, pero incluso si no lo hubiera hecho, habría notado algo extraño en la forma en que se retorcían lentamente, oscilando de lado a lado como gusanos glaciares de Hoth. Estaban vivos, y sin lugar a dudas eran de biofactura yuuzhan vong.
Estudió los cuerpos con más cuidado, en busca de otros signos de los yuuzhan vong, preguntándose si esas criaturas habían sido esclavos o aliados voluntarios. No encontró rastro de los implantes de coral que los invasores utilizaban para controlar a los sujetos poco colaboradores, lo que parecía sugerir que eran aliados.
Sin embargo, había muchos medios de control, y los yuuzhan vong conocían la mayoría de ellos.
Cuando se acercó a dar la vuelta a uno de los pequeños seres racionales blindados para inspeccionar su parte inferior, se dio cuenta de repente de que algo andaba mal. Los sonidos del bosque a su alrededor habían cambiado, con la mayor parte de la vida animal súbitamente silenciosa. Sacó su bláster; con aire casual, como si en realidad sólo pretendiera sacudirse el polvo del costado de su pantalón.
-¡Soltar arma de vergüenza! –ordenó en básico una voz aguda con un marcado acento-. ¡Soltar arma vergüenza de o tú no respirar, extranjero!
Para enfatizar la orden, una vara temblorosa apareció como por arte de magia en el árbol más cercano a él. Uldir vaciló; ya había visto flechas antes. Tenían una forma primitiva pero efectiva de agujerear a las personas. Por otra parte, él tenía un bláster, que creaba agujeros más grandes y más eficientes. Pero la voz estaba detrás de él, y no sabía cuántos eran...
Quienquiera que fuese podría haberlo matado ya. Bien podría ver cuáles eran sus probabilidades, y qué tenían que decirle. Levantó los brazos lentamente, volviéndose hacia la voz. No soltó el bláster.
El que hablaba era una raya de color en la maleza, difícil de ver, pero Uldir podía distinguir que se trataba de uno de los humanoides más delgados, de seis extremidades. Uldir respiró lenta y profundamente, buscando con la mirada para ver si había más entre las extrañas hojas.
-Soltar arma de vergüenza -dijo de nuevo la criatura.
Uldir mantuvo el arma sobre su cabeza, apuntando al cielo, pero no hizo lo que le pedían. Señaló con la cabeza a los cadáveres.
-Yo no maté a tus amigos –dijo-. Los encontré así. Estoy buscando a la persona que hizo esto.
Escuchó tenues susurros en la maleza a su alrededor, y el corazón le dio un vuelco. Probablemente había perdido la oportunidad de salir de esa situación disparando, si es que alguna vez la había tenido.
Sin embargo, mirando a los muertos, se dio cuenta de que una parte de él se alegraba de ello.
La criatura hizo un débil sonido de trompeta.
-Si matar Aspirantes a Mutilados, no enemiga nuestra –afirmó-. Soltar arma de vergüenza. Yo no repetir.
-No me quedaré indefenso -dijo Uldir-. Sé lo que los yuuzhan vong hacen a sus prisioneros. No dejaré que me capturen.
Otro sonido de trompetas, esta vez más parecido a un trino. Un canto de respuesta vino de algún lugar a su izquierda.
-Nosotros no amigos de la Gente Mutilada -dijo el ser racional, enfáticamente-. Nosotros nunca alimentarles.
Uldir podía ver ahora a dos más, ambos de la raza más rechoncha. Llevaban arcos, flechas y hachas de piedra con mangos de madera, como el que había estado hablando. Ninguno de ellos llevaba nada que se pareciera a la biotecnología yuuzhan vong. Los hombros de Uldir se relajaron ligeramente. Con gestos pausados, devolvió su arma a su funda y levantó las manos, con las palmas hacia afuera.
-Los yuuzhan vong son mis enemigos –dijo-. Si vosotros también sois sus enemigos, somos amigos.
La figura delgada se inclinó hacia delante.
-Forasteros no amigos –dijo-. Ellos llevar vergüenza, y traerla sobre nosotros.
-Vine aquí sólo para encontrar a la persona que dejó este rastro -dijo Uldir-. Cuando la tenga, me iré. No quiero haceros daño. –Se señaló a sí mismo-. Mi nombre es Uldir Lochett.
La criatura lo miró por un momento.
-¿Tú ofrecer nombre? -dijo finalmente.
-Sí. Yo ofrezco mi nombre.
El ser pareció considerarlo por un momento.
-Yo ofrecer a cambio. Llamarme Txer. Ser líder del Pueblo Libre.
-Encantado de conocerte, Txer.
Txer luego dijo algo en su lengua materna, y varios de los demás -Uldir ahora calculaba unos quince- le respondieron. Parecía ser una especie de debate, y sospechaba que el punto debatido tenía algo que ver con si Uldir tenía que seguir respirando o no. Finalmente Txer unió sus dos manos superiores, y se hizo el silencio. Se acercó a Uldir, hasta que quedaron a sólo dos metros de distancia.
-Tú seguir a quien hacer este rastro. Ella ser fuerte.
-Sí -dijo Uldir.
-Nosotros oír su batalla con Aspirantes a Mutilados. Venir a ver. Escuchar aterrizar tu cosa de vergüenza, observarte. ¿Venir sólo por ella? ¿Ser cierto?
-Sí -respondió Uldir.
-¿Por qué seguirla? Si aquellos que luchar contra Gente Mutilada ser tus amigos, ¿por qué no ella? Tus palabras tener veneno extranjero en ellas, tal vez.
-Es complicado -dijo Uldir-. Sí, ella es enemiga de la... eh... Gente Mutilada. Pero me temo que ella busca algo aquí, algo que dejó el Emperador. ¿Sabéis algo del Emperador?
Txer trinó fuerte durante un buen rato, y luego balbuceó de nuevo en su propia lengua. Algunos de los otros respondieron, bruscamente, y todos los seres que Uldir podía ver blandieron sus armas. Su mano ansiaba agarrar su bláster.
-Hombre Oscuro -dijo Txer finalmente-. Ella buscar las cosas del Hombre Oscuro.
-Sí, supongo que sí -respondió Uldir.
-Gente Mutilada también -respondió Txer-. Ellos hacer agujeros, profundos y largos, en montaña agrietada.
-Sí -dijo Uldir-. Buscan sus secretos. La que yo sigo también.
-No deber permitirse -dijo Txer, con un fino hilo de voz-. Gente Mutilada mala. Hombre Oscuro peor. Todas cosas suyas de vergüenza. Yo recordar. -Sus ojos luminiscentes se estrecharon-. También recordar algunos forasteros que romper montaña, enterrar sus cosas. ¿Tú primo de ellos?
-Más o menos -respondió Uldir.
Txer inclinó pensativo su larga cabeza, y luego habló un poco más a su pueblo.
-También nosotros seguir este rastro -dijo simplemente.
-Agradeceré vuestra ayuda  -respondió Uldir.
-No para ayudarte -dijo Txer. Para observar.

***

Viajaron mientras duró la luz del día a través del terreno cada vez más en pendiente. Dos veces, sin motivo que Uldir supiera, se escondieron en los matorrales, permaneciendo en completo silencio hasta que alguna silenciosa señal les lanzó a caminar de nuevo. Esa noche acamparon en el refugio cavernoso de las raíces retorcidas de un árbol fantásticamente enorme.
-¿Por qué llamas a mi arma un arma de vergüenza? preguntó Uldir a Txer, mientras la luz se desvanecía en la nada.
-Ser vergüenza usarla. No ser de vida. -Hizo una pausa, buscando las palabras-. Máquina -dijo al fin, como si la palabra le mordiera mientras salía por su boca.
-Oh -respondió Uldir. Tenía sentido; estas eran personas que vivían simplemente de lo que ofrecía la tierra. Teniendo en cuenta que el Imperio había estado aquí, la mayor parte de sus experiencias con la tecnología probablemente había sido negativa.
-¿Es por eso que algunos luchan para la Gente Mutilada? ¿Porque ellos también odian las máquinas? -Eso era decirlo suavemente, por supuesto. Los yuuzhan vong consideraban que toda la tecnología "muerta" era una abominación, y aquellos que la usaban tan sucios como para merecer el exterminio. Su conquista de la galaxia era más bien una guerra santa que una lucha por territorio; hacía tiempo que habían conquistado mundos suficientes para que pudiera vivir su pueblo.
-Aspirantes pensar así, sí -respondió Txer-. Ellos considerar Gente Mutilada como nosotros. Pero no serlo. Vida deber ser respetada. Ellos no respetar la vida. Ellos romperla, torcerla, hacerla como ellos querer, hacerla mala. Hacer lo mismo a nosotros.
-Tienes razón en eso -le dijo Uldir-. He visto cómo sucedía eso, mundo tras mundo. Y al final, aquellos que les ayudan sufren más que los que se resisten a ellos.
-No necesitar sabiduría extranjera -dijo Txer, con rigidez-. La Gente Libre ver esto por ellos mismos. No necesitar tus ojos para ver.
-Lo entiendo -dijo Uldir.
-Nosotros luchar contra ellos, como luchar contra Hombre Oscuro -continuó Txer.
¿Armas de piedra contra los vong? pensó Uldir. Eso era una lucha desigual. A menos que algo cambiase en la ecuación, el Pueblo Libre estaba condenado.
-Debería seguir solo, cuando regrese la luz -dijo Uldir-. No quiero poner a tu gente en peligro.
-Nosotros luchar contra ellos -dijo Txer con firmeza-. Y si tú mentir, luchar también contra ti. Nosotros luchar hasta que todos extranjeros marchar, o hasta que todos morir. Ahora dormir. Mañana entrar en territorio Mutilado, y entonces no dormir.
Uldir pasó una noche inquieta tratando de no preocuparse por su equipo, con la esperanza de que todavía estuvieran vivos y hubieran logrado encontrar un lugar donde esconderse. No creía que Klin-Fa Gi se detuviera a dormir, y sintió que le iba sacando ventaja, y eso le hizo sentirse aún más ansioso.
Cuando durmió, su mente construyó sueños cuya arquitectura era más oscura que la noche.

***

-La selva parece estar enferma –comentó Uldir a la mañana siguiente. Las copas superiores parecían esqueléticas y desgarradas, y las inferiores estaban cubiertas por lo que parecía una fina capa de hongos o polvo.
-Sí. Pronto enfermar más –le aseguró Txer.
Lo hizo. Poco después se encontraron caminando sólo por el recuerdo de un bosque; los grandes troncos seguían allí, pero por ninguna parte no había rastro de verde o de brotes de colores; sólo un gris mate como carbón.
-¿Qué hizo esto? –preguntó Uldir.
Txer arrugó la boca.
-No saber. Nadie vivo haber visto qué hacer esto. Nadie muerto hablar de ello.
Un kilómetro más adelante, los árboles se convirtieron en tocones carbonizados, obviamente abrasados por una temperatura tremendamente elevada. La zona quemada se extendía a izquierda y derecha hasta donde le alcanzaba la vista.
Dos kilómetros más adelante, incluso los tocones habían desaparecido, y se encontraron en un risco elevado sobre un valle poco profundo, en lo que quedaba del Monte Tantiss.
Bajo las fuerzas de la disrupción sísmica, el pico se había estremecido y colapsado. Ese lado de la montaña se había derrumbado, convirtiéndose en un talud inclinado y deslizante. Sobre ese batiburrillo de basalto, más o menos al mismo nivel que estaba ellos ahora, se alzaba la base yuuzhan vong.
Cinco de los complejos vivientes parecían tener forma de estrella, o al menos simetría radial. Uldir ya había visto antes esa clase de estructura, en grabaciones tomadas por un antiguo contrabandista llamado Talon Karrde. Llamados damuteks, los yuuzhan vong habían cultivado algunos en las ruinas de la Academia Jedi cuando capturaron el sistema Yavin unos meses atrás. Anakin Solo, un antiguo amigo de Uldir, se abrió paso a través de un damutek y proporcionó gran cantidad de información útil sobre ellos.
-Creo que son complejos modeladores.
-¿Modeladores?
-Sí. Los yuuzhan vong están divididos en castas. Los modeladores son los que crean su biotec... eh... los que retuercen la vida creando las formas que ellos quieren. ¿Comprendes?
-Sí. Haber visto. No tan mutilados como los que luchar. Tener cabello como nido de serpientes brvol.
-Los modeladores, eso es. Esos complejos son sus laboratorios. ¿Pero qué es esa cosa? –Señaló algo que parecía una torre cilíndrica y robusta, aunque retorcida. Era inmensa, al menos de cien metros de alto y casi tanto de diámetro. Como los damuteks, parecía estar hecha de coral. A diferencia de ellos, su superficie superior parecía estar perforada con cientos de aperturas, cada una de las cuales debía tener más o menos un metro de diámetro.
Uldir alzó sus macrobinoculares y examinó la base del objeto con más detenimiento, pero no pudo ver mucho más salvo que... Sí, parecía que rotaba lentamente, como si estuviera atravesando la tierra hacia dentro o hacia fuera.
-Es un taladro –murmuró.
-Hace agujeros –dijo Txer-. Eso pensar nosotros, al menos.
-Un gran agujero. Eso es alguna clase de gusano gigante, supongo, o lo era antes de que los Modeladores pusieran sus manos sobre él.
-Pero una cosa nunca poder comprender –dijo Txer-. Si excavar, ¿dónde dejar roca?
Uldir miró a Txer, recordándose a sí mismo que primitivo no significaba estúpido.
-Esa es una buena pregunta –respondió-. Supongo que digiere la roca, de algún modo, la pulveriza. –Se encogió de hombros-. No importa. Pero mira, ¿ves esos capilares que conectan la mina con los complejos en forma de estrella?
-Sí.
-Eso deben ser caminos de acceso a las minas que el gusano está excavando. Si encuentran algo, lo subirán por ahí. Lo que significa que encontraré a Klin-Fa Gi bien en las minas o bien en uno de esos complejos. –Suspiró-. En otras palabras, podría estar prácticamente en cualquier parte ahí abajo.
Ajustó el enfoque de los macrobinoculares, y la multitud de figuras que se movía entre los complejos se convirtieron en formas reconocibles de yuuzhan vong, pero también había muchos myneyshi –la especie alta y delgada- y psadans –los acorazados- entre ellos. También había numerosos humanos, de los cuales también había alguno entre la gente de Txer; descendientes de una colonia perdida hace mucho tiempo, si comprendió su historia correctamente.
Se centró en el grupo más cercano, que parecía estar cuidando de alguna clase de plantas que crecían en la pendiente, justo encima de donde terminaba la zona quemada. Estaban a unos cien metros de distancia, y Uldir no vio ningún guardia yuuzhan vong.
-Tal vez pueda hacerme pasar por uno de ellos –especuló Uldir-. Si han atrapado a Klin-Fa, debería haber conversaciones al respecto. Si no la han atrapado, puede que se hable de ello también.
Pero al mirar el complejo, no tuvo mucha esperanza al respecto. No tenía tiempo para infiltrarse discretamente en el campamento yuuzhan vong del modo que Anakin Solo había hecho en Yavin 4; Vega y los demás estaban ahí fuera, posiblemente luchando por sus vidas, esperando que él terminase su misión aquí y regresara al espacio. Cada segundo que perdía ahí era un riesgo no sólo para su propia vida, sino para la de su tripulación, y ya puestos para cualquiera que él y su tripulación pudieran estar rescatando si no estuvieran aquí persiguiendo a una Jedi renegada.
-Jedi –murmuró, y Txer entornó los ojos.
-¿Qué Jedi? –preguntó, suspicaz-. ¿Tú Jedi?
-No, yo no. La que persigo.
Uldir cerró los ojos y se concentró, tratando de ignorar su cuerpo, sus pensamientos, su entorno inmediato, de sentir la Fuerza viva a su alrededor. De buscar a Klin-Fa Gi. Probablemente fuera el único Jedi vivo en Wayland, y los yuuzhan vong no aparecían para nada en la Fuerza. Klin-Fa debería destacar como un wookiee en una boda tintinna, incluso para sus poco afinados sentidos.
Los sonidos a su alrededor se atenuaron y fueron olvidados. En la proyección exterior del ojo de su mente, era una esfera que se expandía, no tanto integrándose en todas las cosas que tocaba, sino recordándose que ya formaba parte de ellas.
Sintió la franja de vida enfermiza tras él, que cobraba fuerza conforme se alejaba del asentamiento yuuzhan vong. Sintió el borde de muerte y dolor sobre el que se encontraba, y el extraño vacío de los propios yuuzhan vong. Sintió las piedras fracturadas del Monte Tantiss.
Parte de él estaba emocionado. Nunca había conseguido tal claridad en la Fuerza, ni siquiera en sus mejores días en la Academia.
Y sí, aún mejor, allí, como un parpadeo, sintió a Klin-Fa Gi, y le pareció que estaba cerca. Sintió su corazón latiendo, sintió peligro, un objetivo alcanzado, el hallazgo de algo deseado...
Y entonces un punzón negro de rabia y desesperación le golpeó entre los ojos, con un alarido de odio que de algún modo, más que un sonido, parecía el sabor salado y amargo de las cáscaras jiqui.
Su tenue agarre de la Fuerza se desvaneció, reemplazado por otra sensación, una especie de temblor en los huesos.
Tardó un momento en comprender que la sensación procedía de detrás de él, que le entraba por los pies, que era la tierra temblando. Y que cada vez era más fuerte. Abrió los ojos, mirando la montaña derruida y la terrible criatura vong que se abría paso a su interior.
Algo era distinto, pero tardó unos segundos en ubicarlo. Entonces lo vio, pero seguía sin comprender. La torre era más grande y parecía hinchada.
-Txer –dijo-. Corre. Ya.
Salió corriendo descendiendo la colina, cruzando el paisaje asolado en dirección al asentamiento yuuzhan vong.
-¿Por qué? –gritó Txer detrás de él.
-¡Simplemente hazlo!
No tenía tiempo para explicar que no estaba realmente seguro, pero que si se paraba a pensar en ello todos estarían muertos.
Echando un vistazo por encima del hombro, vio que Txer y su Pueblo Libre aún estaban dudando.
-¡Vamos! –aulló.
Txer comenzó a avanzar. Después de eso, Uldir mantuvo toda su atención en el camino pedregoso y en el temblor del planeta que se volvía más fuerte a cada paso. Corrió, esperando que el Pueblo Libre le siguiera... esperando que su suerte no le hubiera traicionado en el último momento.
Había alcanzado la base de la colina sobre la que se encontraban y acababa de comenzar a subir por la pendiente hacia los damuteks, cuando escuchó gritos precedentes de los seres detrás de él. La mayoría de los psadan, que básicamente eran esferas acorazadas, rodaban colina abajo. Los myneyrshi estaban teniendo más problemas con sus piernas de aspecto delicado. Sin embargo, cuando comenzaron la ascensión, las posiciones se invirtieron. Los myneyrshi trepaban ágilmente por la pendiente con sus seis extremidades, mientras que los psadan comenzaron a quedarse atrás. Fue Txer el que gritó y exclamó en primer lugar, y Uldir siguió la dirección que su compañero le indicaba con la mirada. Ahora, la vibración del suelo le hacía rechinar los dientes.
La torre se erizó. De cada una de las cientos de aperturas en su superficie superior, emergieron tubos serpenteantes que se extendieron, desplegándose simultáneamente por el valle y hacia las colinas en lo que parecía un movimiento muy lento, pero que, dadas las distancias, probablemente sería bastante rápido. Cada tubo avanzaba en una dirección ligeramente distinta. Muchos de ellos parecían venir directamente hacia Uldir.
Uldir apresuró el paso.
-¿Qué ser? –preguntó Txer.
-¡Tenemos que salir de la zona quemada! –gritó Uldir-. Al jardín yuuzhan vong más cercano.
Alzó la mirada y entonces pudo ver las oscuras bocas de los tubos mirando hacia abajo, como gusanos de las cavernas acercándose para pegarle un bocado. ¿Cuánto tendrían que descender? Ahora el cielo estaba lleno de esas barras arqueadas, algunas de las cuales apuntaban mucho más allá del risco. Podría haber tenido una cierta belleza peculiar si no recordase el perímetro de destrucción, si la zona quemada no encajase tan bien con la geometría de lo que estaba viendo.
Estaban a punto de descubrir en qué convertía el gusano taladro la roda al digerirla, y tenía la sensación de que no les iba a gustar el descubrimiento.
El final de la zona chamuscada estaba justo delante, pero los psadans estaban teniendo dificultades. Uno tropezó, y Txer le hizo de apoyo. Otro cayó deslizándose cerca de Uldir. Se mordió el labio. Si se detenía a ayudar al psadan, podría morir, lo que era una cosa, pero entonces su misión fracasaría, lo que era otra bien distinta. No podía...
No. Fuera cual fuese su misión, lo primero de todo era ayudar a un compañero en peligro.
Colocó su hombro bajo el fornido brazo del psadan, y juntos avanzaron con dificultades hacia la franja verde que se encontraba ante ellos. Les faltaban unos treinta metros para llegar; algunos de los myneyrshi ya lo habían hecho.
El cielo era ahora una cúpula de cables negros, y una apertura lo bastante ancha para tragar a Uldir descendía rápidamente hacia él. Sin embargo, no pensaba que fuera a tragarle. De hecho, se preguntaba si sentiría algo en absoluto.
Las rocas más pequeñas de la ladera estaban ahora saltando y entrechocándose, por la presión que se estaba creando bajo ellas. En cualquier momento...
El pie de Uldir tropezó con una roca, y cayó al suelo, retorciéndose dolorosamente el tobillo con el peso del psadan distribuyéndose desproporcionadamente sobre él. Gruñendo una disculpa, el psadan trató de levantarlo para llevarlo a cuestas.
-Demasiado tarde –murmuró Uldir.
No vio la silueta vestida de amarillo y negro hasta que estuvo a su lado, hasta que su fuerza fluyó por su cuerpo, y él y el psadan fueron prácticamente levantados por el aire y transportados hasta el borde de los campos yuuzhan vong merced al poder de la Fuerza.
-Eres idiota, Uldir Lochett –le informó Klin-Fa Gi.
El Pueblo Libre gritó como una sola voz, mientras fuera, por todo el valle, los cientos de tubos vomitaban una humareda naranja fluorescente. Olía a relámpagos golpeando roca, a cobre caliente cayendo al agua. La humareda se concentraba en las zonas bajas, enfriándose en gotas de color rojo sangre y luego casi negras, rodando por las colinas en una corona creciente que dejaba la base y los jardines yuuzhan vong –y, afortunadamente, a Uldir Lochett- intactos en el centro.
-¿Qué ser eso? –preguntó Txer, temblando ante la vista aterradora.
-Respiraderos de minería –dijo bruscamente Klin-Fa Gi-. El Chom-Vrone mastica la roca y la digiere hasta un estado de semi-plasma en un proceso muy parecido al de las armas que usan sus coralitas. Cuando está completamente lleno, lo escupe en un perímetro alrededor de su asentamiento, como habéis visto. Mantiene la zona despejada y a los indeseables lejos.
-Sí –gruñó Uldir-. O a casi todos ellos, al menos.
Advirtió que ella tenía unas cuantas heridas nuevas, aunque ninguna de ellas parecía grave. También tenía algo atado a la espalda, algo envuelto en capas de lo que parecía tejido vivo.
-¿Qué es lo que te has llevado?
-Eso no importa ahora –dijo Klin-Fa Gi-. Tenemos otros problemas.
Señaló. Acercándose en una oleada desde el asentamiento de arriba, llegaban docenas de guerreros yuuzhan vong. Detrás de Uldir, la cortina de vapor de roca sobrecalentada aún se estaba extendiendo. Podían enfrentarse a los guerreros o freírse.
-Bueno –gruñó Uldir-. Parece que estamos contra la espada y la pared.

lunes, 13 de enero de 2014

Emisario del vacío (IV)


Capítulo 3: La guerra en Wayland

El espacio estaba a punto de matar a Uldir Lochett y su equipo de una manera de lo más desagradable. Aunque no era ni de lejos la primera vez que el vacío había tratado de tragárselo, Uldir todavía tenía un montón de objeciones.
-Estamos perdiendo atmósfera rápidamente -murmuró, haciendo bailar sus dedos sobre los interruptores e indicadores al timón de su transporte, el Suerte Innecesaria-. Pero, ¿dónde?
Su voz ya sonaba anormalmente tenue, y sentía que sus tímpanos estaban a punto de explotar. ¿Cuánto tiempo quedaba antes de que su sangre comenzase a hervir?
Deja de pensar en eso. Eso no ayuda.
-¿Dónde crees? -preguntó Vega Sepen, su primer oficial, con sus ojos brillando como gemas corusca debajo de su flequillo platino-. No es complicado. Tu novia ha abierto la bahía de cazas y la ha dejado atascada así.
-¡Bueno, entonces séllala! -le espetó, volviendo la mirada a la corelliana-. ¡Y no le llames mi novia!
-Qué susceptible -dijo Vega-. No deberías permitir que una pequeña disputa estropee algo tan bonito. Al fin y al cabo, sólo ha saboteado nuestra hipervelocidad, nos ha robado el única caza estelar capaz de saltar al hiperespacio, y nos ha dejado perdiendo aire.
-¿Sí? A mí me parece que estás celosa, Sepen -espetó.
-Oh, sí, por supuesto -dijo Vega, estudiando los indicadores del sistema-. Estoy totalmente enamorada de ti, es cierto. Voy a declararme tan pronto como dejes de usar pañales.
Su voz sonaba extraña. La presión descendiente, probablemente.
-Jefe... -continuó Vega, en un tono más normal.
-¿Qué?
-No puedo sellarla.
-¡Engendro Sith! -Alzó la voz, tratando de proyectarla a través del aire cada vez menos denso-. A los trajes de vacío, todo el mundo, ¡ahora! -Se puso en pie y encontró que sus piernas se tambaleaban. Reprimió una risita ante lo divertida que le pareció de repente la situación. ¿Vega Sepen, más dura que el corindón, celosa de la Jedi renegada? Vega era como una hermana mayor; nunca había habido nada entre ellos.
Y tampoco había nada entre él y Klin-Fa Gi. Ella había sido un mynock irritante en su casco desde el segundo en que se conocieron, y eso había sido antes de que ella tratase de matarle a él y a su tripulación.
Otra cosa curiosa, esta vez realmente hilarante. Estaba bastante seguro de que no tenía tiempo de llegar a las taquillas antes de desmayarse. ¿Por qué no había pensado antes en los trajes de vacío? ¿Dónde estaba su cerebro?
Ah, claro. Medio muerto por falta de oxígeno.
No pudo evitarlo. Esa vez estalló en risas. La galaxia era el mejor bromista que hubiera existido jamás.
Todavía estaba riéndose cuando tropezó con Leaft. El dug se había derrumbado en un montón, con sus extremidades sobresaliendo en ángulos extraños. Su rostro normalmente feroz casi parecía lindo sin una hosca consciencia para animarlo. Y había traído algunas mantas para acurrucarse sobre ellas, ¿o era ropa sucia?
No, idiota, son los trajes de vacío, gruñó alguna parte obstinadamente racional de Uldir. Tú te olvidaste. Leaft no.
Su visión estaba borrosa. No tenía mucho tiempo. Se puso primero el casco y giró la válvula de alimentación, y luego comenzó a deslizarse en el traje. El aire fresco olía bien, pero sus pulmones no podían conseguir mucho; no había bastante presión, sin un sello entre el traje y el casco.
Un montón de agujeros negros apareció de repente en el mamparo. ¿Vacíos yuuzhan vong? ¿Estaban bajo ataque, ahora, además de todo lo demás?
-Se acabó –murmuró-. Me doy por vencido.
Y eso fue lo que hizo cuando los agujeros negros devoraron la nave, la luz, y finalmente a Uldir Lochett.

***

Se despertó con el silbido del aire en su casco. La cara plana de un duro le miraba con preocupación. El duro llevaba un traje de vacío. Tardó un confuso momento en entender que se trataba de Vook, el cuarto miembro de su tripulación. Al cabo de sólo otro instante recuperó sus últimos recuerdos.
-¡Leaft, Vega! Tenemos que...
-Ya está hecho, Jefecillo. -La voz de Vega sonaba metálica por el transceptor de su casco-. Estamos todos bien. Leaft está un poco debilucho...
-Estoy bien -gruñó el dug. Sonaba más aturdido que convincente.
-Buen trabajo, Leaft, al ir a buscar los trajes -dijo Uldir-. La próxima vez, recuerda ponerte primero el tuyo. Siempre.
-Hrrm. Formación básica. Aunque no estaba pensando con claridad. -Leaft sonaba disgustado, lo que era una rareza-. Pensaba como un ser humano -agregó. Eso ya era más propio de Leaft. Uldir se sintió aliviado.
-Al menos, Vook pensaba con claridad -dijo Vega.
Vook parecía avergonzado, pero no dijo nada.
-Está bien -dijo Uldir, tambaleándose para ponerse en pie-. Vamos a ver qué está mal y a arreglarlo.
-¿Y después? -gruñó Leaft.
-Después recuperaremos nuestro caza y haremos que cierta Jedi experimente mucho remordimiento.

***

Uldir estaba con Vook en el pasadizo del motor, reflexionando acerca del difunto hipermotor, cuando Vega asomó la cabeza desde arriba.
-Tenemos las puertas exteriores cerradas -dijo.
-¿Y las interiores?
-Bueno, hay una noticia buena y otra mala -concedió Vega-. La mala noticia es que se abrió paso por las puertas interiores cortándolas con su sable de luz, por lo que vamos a tener que arreglarlas. Leaft está ocupándose de ello. La buena noticia... supongo que es una buena noticia... es que no atascó las puertas exteriores a propósito. Golpeó el mecanismo con el Ala-A al despegar.
-Entonces no pretendía matarnos -reflexionó Uldir.
-¿Tú crees? ¿Entonces deduces que no se ha pasado al lado oscuro?
-Si realmente se hubiera vuelto una renegada, apenas habría tenido reparos en matarnos. De hecho, podría habernos torpedeado, para asegurarse de ello.
-Creo que todavía estás mareado -dijo Vega-. Nos ha dejado varados en el espacio vong sin hipervelocidad, a veinte años luz de distancia de cualquier lugar. También ha cortado la antena hiperonda, así que no podemos pedir ayuda. Eso es una sentencia de muerte en sí mismo. Una muy lenta y cruel. Muy del lado oscuro.
-Tal vez pensó que podríamos arreglar una cosa u otra.
-Ella sabía que ya estaban en mal estado, que necesitábamos suministros para efectuar las reparaciones. -Vega ladeó la cabeza-. No lo olvides, está de camino a Wayland. Debe de estar tras la pista de alguno de los viejos juguetes del Emperador. Incluso si no ha cedido ante el lado oscuro, debe estar justo en la zona de riesgo.
-Sí -asintió Uldir-. Voy a concederte eso. Pero debemos esperar que aún no se haya convertido. Al menos los Jedi todavía tienen unos cuantos amigos. Un Jedi Oscuro podría hacer que perdieran el poco apoyo que tienen. Sería todo lo que necesita la línea más dura del Senado para legalizar la política de entregar los Jedi a los yuuzhan vong.
-Eso podría ser lo de menos, si encuentra alguna de las armas del Emperador -dijo Vega-. Sabemos por experiencia cuánto daño puede hacer un solo Jedi Oscuro.
-Sí -dijo Vook en voz baja-, pero si ese daño fuera dirigido a los yuuzhan vong, no me importaría demasiado.
-Vook... -Uldir ahogó su réplica inmediata. El duro había perdido su planeta natal a manos de los vong. Estaba comprensiblemente molesto.
-No puedo imaginarme cómo debes sentirte, Vook -dijo Uldir-. Pero el lado oscuro nunca puede ser la respuesta. No aprendí mucho en la Academia Jedi, pero sí que aprendí eso.
Vook parpadeó lentamente y se quedó en silencio por un momento.
-Puedo reparar la hipervelocidad -dijo, tratando aparentemente de esquivar cualquier debate.
-¿Puedes?
-Sí. Ella cortó uno de los enlaces entre el motivador y el motor. Eso es fácil de reparar. Sin embargo, cuando salimos del hiperespacio, la sobretensión resultante se extendió por el resto del sistema y dejó fritos los motivadores restantes. Puedo realinear el bueno para controlar los motores, pero sólo para dos, tal vez tres saltos. Luego se quemará también.
-Genial -dijo Vega-. ¿Podemos llegar a Mon Calamari?
-Sí.
-No -dijo Uldir-. Vamos a Wayland.
Vega lo miró con ojos fríos como el acero.
-¿Y cómo nos marcharemos, una vez que lleguemos allí? No te olvides de que los yuuzhan vong también tienen una base en Wayland.
-Nos encargaremos de eso cuando llegue el momento -respondió Uldir-. De momento, las últimas instrucciones que me dio el Maestro Skywalker fueron llevarla para que la interroguen. Eso es lo que vamos a hacer.
-No estás pensando con la cabeza, jefe -dijo Vega.
-Y ya basta con eso -dijo Uldir-. Ya no es gracioso. -Se volvió hacia Vook-. ¿Cuánto tiempo tardarás en hacerlo?
-Tres horas, tal vez cuatro.
-Bien. Ponte a ello. Vega, vas a ayudarme a prepararnos lo máximo posible para el combate. -Alzó la voz-. Leaft, ¿cómo van las reparaciones de las puertas interiores?
-Irían más rápido si me dejaras trabajar en paz -respondió la voz del dug por el intercomunicador.
Vega le seguía mirando fijamente. Por sus ojos y su postura, Uldir adivinó no estaba contenta con su decisión. No le gustaba tener que recurrir a tirar de rango, si podía evitarlo. Siempre era mejor cuando tu equipo estaba de acuerdo contigo. Pero en este caso no iba a perder tiempo discutiendo el tema. Él no estaba dispuesto a ser responsable de dar a un Jedi Oscuro ni la más mínima oportunidad de resucitar alguno de los viejos juguetes del Emperador, no podía permitirlo. Ni siquiera si eso los mataba a todos.

***

El Suerte Innecesaria salió del hiperespacio con un golpe seco con les sacudió los huesos. Los compensadores inerciales gimieron y la fuerza de la gravedad trató de succionar el cerebro de Uldir a través de su oreja derecha. Un gran mundo verde llenó la mayor parte de su visión, demasiado cerca.
-Buen salto, jefe -dijo Vega.
-¿Qué ha pasado? -preguntó Uldir, sin dirigirse a nadie en particular-. Tenemos suerte de no haber acabado como forraje estelar, saliendo así de cerca de una singularidad.
Vook respondió.
-El motivador ha fallado durante el salto –dijo-. Ya no tenemos capacidad de hipervelocidad.
-Bueno, al menos nos has traído hasta aquí. Buen trabajo, Vook.
-Sí, señor -murmuró Vook, y añadió-: Ahora estamos condenados, señor.
-No, no lo estamos -respondió Uldir-. Quiero que empieces a explorar opciones. Mira a ver si puedes canibalizar partes suficientes para conseguir un salto, a cualquier parte. Escanea el sistema en busca de cascos de los que podamos recuperar piezas. Lo que sea. Sólo dame un salto más, Vook.
La expresión del Duro quedó ilegible, pero él se encogió de hombros.
-Está bien -dijo.
-Jefe -dijo Vega-, tengo tres objetos que se dirigen hacia nosotros.
-Perfecto -dijo Uldir-. ¿Qué son?
-Coralitas.
Uldir activó el intercomunicador.
-Leaft, ¿has oído eso?
-Sí -gruñó el dug-. Ya estoy en la torreta.
Uldir pasó a los escáneres de largo alcance. Allí estaban los coralitas, en efecto. Como toda la tecnología yuuzhan vong, los coralitas eran criaturas vivas, modificadas por biotecnología avanzada en letales naves asesinas. Uldir había tratado con suficientes de esas pequeñas furias para saber que una sola ya era un problema; tres auguraban un día realmente malo.
-Podría ser peor -suspiró.
-Tengo un análogo de corbeta acercándose desde el otro lado del horizonte planetario -dijo Vega-. Estimo que tendremos que enfrentarnos a los coralitas unos ocho minutos antes de tener que enfrentarnos también a esta otra nave.
-Ah -dijo Uldir-. Así que es peor. Recuérdame que no vuelva a decir eso.
-¿Y de qué serviría? -preguntó Vega-. Últimamente no parece que estés siguiendo demasiado bien los consejos, ni siquiera los tuyos propios.
-Y tú estás trazando rápidamente un rumbo hacia la insubordinación -espetó Uldir, dirigiendo la nave a una serie de maniobras evasivas-. Vook, ¿todavía tenemos plena capacidad de maniobra?
-En sublumínico, sí.
-Bien.
-Permiso para hablar, señor -dijo Vega rígidamente.
-Vega... –suspiró-. ¿Qué?
-No me necesitas aquí; tienes a Vook en control de incendios y haciendo reparaciones, y a Leaft en la torreta. Deja que tome un caza estelar. Para igualar un poco las probabilidades.
-Esa es una buena idea.
-Genial. –Echó mano a las hebillas de su arnés de seguridad.
-Dos minutos para máximo alcance -dijo Vook.
-Espera -dijo Uldir-. Quería decir que sacar un caza estelar es una buena idea. Pero seré yo quien lo pilote. Tú asumirás el mando del Suerte Innecesaria.
-Jefe, eso es...
-Escúchame. No podemos enfrentarnos a cada coralita que haya en el sistema. Trata de cubrir mi salida con una descarga láser; vierte un poco de basura, también, y yo saldré en silencio sin llamar la atención. Luego quiero que te pongas en marcha; escóndete en algún lugar, en el planeta, orbitando en silencio... lo que sea. Una vez que haya logrado alejarme de la lucha, encontraré a Klin-Fa Gi, la atraparé, y la traeré de vuelta.
-Claro. Atrapar a un Jedi Oscuro.
-Yo soy el único entre nosotros con algo de sentido de la Fuerza -dijo Uldir-. Así que soy el único tiene siquiera posibilidades aunque sólo sea de encontrarla. -Hizo una pausa-. De todos modos, fui yo quien la traja a bordo. Fue mi decisión venir tras ella. Yo asumiré las consecuencias.
Por la cara que puso Vega, parecía que un insecto repugnante le había picado dentro de la boca.
-No me gusta -dijo.
-No tiene por qué gustarte. Yo os encontraré, no te preocupes.
-Un minuto -dijo Vook.
-Prepara el caza número dos -dijo Uldir. Dicho eso, dejó el timón y se apresuró hacia la bahía de cazas.

***

Un proyectil globular de plasma saludó a Uldir cuando su ala-A salió de la bahía de cazas. Con un acto reflejo, tiró de la palanca -olvidando que tenía los motores apagados-, pero todavía estaba dentro de los escudos del Suerte, así que la explosión se propagó a través de ellos con una fluorescencia irisada. Apretando los dientes, dejó que la pequeña nave flotase en la nube de la basura suelta. Vio como una salva de torpedos de protones disparados desde el Suerte se convertían silenciosamente en pequeñas estrellas de fuego, acompañados de una descarga de rayos de energía desde la posición de Leaft en la torreta. Su dedo ardía sobre el interruptor de encendido. ¿Los coralitas habían visto salir su nave y disparaban específicamente contra él, o el disparo que le había pasado rozando era sólo mera coincidencia? Lo sabría en pocos segundos. Ya había pasado más allá de los escudos, y aunque el Ala-A tenía muchas modificaciones que no eran de fábrica, sus escudos no estaban mejorados. Un solo impacto directo y no sólo quedaría fuera de combate, sino que estaría muerto.
Pero los coralitas estaban demasiado ocupados para fijarse en él, gracias a su tripulación. Uno ya llevaba una herida lívida donde uno de los láseres de Leaft había chamuscado el coral yorik, calentándolo hasta la incandescencia. Mientras observaba, otro recibió la onda expansiva de un torpedo de protones. Por un momento, pensó que la lucha pronto habría terminado.
No hubo tal suerte. Observó, a la deriva y sintiéndose impotente, como los coralitas se acercaban a su rango más efectivo y las tornas cambiaron. Leaft todavía les cosía con su laser con una precisión mortal, pero los disparos se detenían en el espacio a metros de distancia de los cazas orgánicos. Las naves yuuzhan vong no tenían escudos como tal; en cambio, los mismos dovin basal que proporcionaban su impulso gravitacional abrían pequeñas singularidades que se tragaban todo lo que tocaban: misiles de conmoción, torpedos... incluso la luz coherente y las partículas de un disparo láser se desvanecían en ellas sin dejar rastro. Tenían sus límites, por supuesto, y los pilotos de la República habían aprendido un par de trucos para deslizar algún disparo ocasional a través de esas defensas gravitacionales, pero no era tarea fácil. Mientras tanto, los coralitas bombardeaban al Suerte Innecesaria con proyectiles de plasma sobrecargado, disparados desde lo que sólo podía describirse como volcanes en miniatura ubicados en la rugosa superficie de los coralitas. Ahora evitaban el alcance de la torreta, acercándose rápidamente. Vega no podía disparar con eficacia misiles a esa distancia, no sólo porque era probable que fallara, sino porque además la conmoción resultante podría dañar también al transporte.
-¡Vete, Vega, vete! –murmuró-. ¿A qué estás esperando?
Pero entonces el motor del Suerte se activó y un chorro de iones calientes envolvió a uno de los coralitas, cuyo piloto claramente había olvidado que un motor iónico resultaba ser un arma eficaz, aunque de corto alcance, en sí mismo. Los vacíos no podían tragar todo eso. El coralita se encendió en llamaradas naranjas, amarillas, azules... y desapareció.
-¡Eso es! -murmuró Uldir, viendo cómo el Suerte Innecesaria menguaba con una velocidad asombrosa. Los coralitas restantes fueron tras la nave, por supuesto, a pesar de que tenían pocas posibilidades de capturar el transporte si este no se lo permitía. A menos que los cazas vong tuvieran capacidad de saltar al hiperespacio, cosa que no creía que tuvieran.
El análogo de corbeta probablemente sí pudiera hacerlo, pero no podría ir más rápido que la luz hasta que estuviera un poco más lejos del planeta. Pero si le veían...
Siguió conteniendo la respiración mientras la nave más grande pasaba a tan sólo ocho kilómetros de su estribor inferior. Si se había fijado en él, no dio ninguna señal de ello.
Una nueva luz llamó su atención, cuando parte de la basura expulsada con él golpeó la atmósfera exterior de Wayland y comenzó a arder. Con un ojo todavía en el crucero que pasaba, tomó la palanca. No le serviría de nada golpear la atmósfera de forma equivocada. Un ángulo demasiado poco pronunciado y saltaría rebotado hacia el espacio. Demasiado pronunciado y quedaría incinerado. Era el momento de una ligera corrección de rumbo.
No activó toda la potencia de la nave, sino que disparó propulsores de maniobra a partir de fuentes de energía independientes. Eso le colocó en un ángulo más pronunciado. Alargó la mano hacia la palanca... y quedó asombrado por lo que vio en sus sensores.
Tres pequeños puntos, lanzados desde el crucero, dirigiéndose directamente hacia él.
Así que habían estado observando la basura desechada, y él se había revelado a sí mismo.
No sirve de nada maldecir al vacío, solía decir su abuela. Al final te acabará atrapando, y más vale que estés en buenos términos con él. Dio plena potencia a la nave, dejó caer el morro y se lanzó hacia el planeta. Los coralitas aceleraron tras él.
-Eso es, amiguitos -gruñó Uldir-. Que esas rocas voladoras se metan en el atolladero conmigo.
Chocó contra nubes de cristales de hielo a gran altitud que convertían la luz del sol primario de Wayland en un diamantino brillo de arco iris. Niveló un poco su descenso, observando que los coralitas, menos aerodinámicos, se retrasaban respecto a su nave más rápida. Sus armas, lo suficientemente eficaces en el espacio, perdían alcance en la atmósfera. Probablemente podría huir de ellos con bastante facilidad.
Giró en una curva cerrada. No podía permitirse correr ese riesgo; de acuerdo, podría dejar atrás a los coralitas, pero estos podrían mantener el contacto visual hasta que naves más aptas para la atmósfera se dirigieran hacia él. Uldir había visto unos cuantos de sus voladores, y algunos eran bastante desagradables. Si no quería tener que estar enfrentándose a los vong todo el tiempo mientras buscaba a Klin-Fa Gi, sería mejor que hiciera algo al respecto ahora.
Dirigió su proa hacia los coralitas mientras ellos golpeaban la turbulencia que él acababa de atravesar. Abrió fuego con sus cañones láser, sin pretender realmente hacerles mucho daño a esta distancia, pero esperando que la breve apertura y cierre de sus vacíos rasgase el aire a su alrededor y les mermara sus reservas de energía. Cuando estuvo en rango, les mandó el regalo que había estado planeando; un misil de impacto. El arma contaba con una modificación propia; estaba equipado con un sensor gravimétrico. Tan pronto como detectara un vacío, estallaría.
Estalló a unos diez metros del coralita en cabeza. A tal corta distancia, en una atmósfera, un misil de impacto tenía una autoridad considerable, expandiendo el aire en una esfera supersónica que golpeó al coralita en cabeza y lo mandó de vuelta por donde había venido. Los otros dos habían comenzado a retirarse, pero no lo suficiente, y ambos se fueron dando tumbos. Uldir se preparó para la sacudida, más leve, cuando la onda de choque lo alcanzó, y comenzó a usar sus cañones láser en serio, aguijoneando a uno de los coralitas que caía. Desde su visión periférica, advirtió al coralita líder cayendo sobre el planeta, tras haber perdido aparentemente el control de su unidad gravitatoria. Ya no podía ver al tercer coralita, pero el instinto le decía que tenía un par de segundos antes de que se pusiera a su cola.
Lenguas amarillas de coral vaporizándose hacían que el coralita que se encontraba delante de él se sacudiera hacia todos lados, lo que hacía que golpearle fuera más difícil, pero no parecía estar usando sus vacíos en absoluto. Casi lo tenía fijo en su objetivo, pero entonces la advertencia en su cabeza se desvaneció; se acababa el tiempo. Tiró de la palanca hacia arriba y a babor... y sintió cómo la sangre le subía a la cabeza. Había estado en lo cierto: serpentinas de plasma pasaron ardiendo justo por donde él se encontraba momentos antes. Convirtió su giro cerrado en una pirueta. Ambos coralitas estaban ahora debajo de él. Notó con satisfacción que el disparo de el que estaba detrás de él había golpeado en un costado a su hermano, y este estaba ardiendo.
Casi lacónicamente, Uldir perforó al coralita restante y luego se lanzó hacia el bosque, muy por debajo de él.