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jueves, 27 de febrero de 2014

Y con Leebo somos tres (y II)


Como Eaden había previsto, Kood Gareeda no apareció; despegaron sin él. Apenas habían escapado del pozo de gravedad del planeta y entrado en el espacio profundo, cuando fueron contactados.
-Deténganse –dijo una voz rasposa por el comunicador, hablando en shyriiwook, como Dash advirtió con sorpresa.
-¿Quién lo dice? –preguntó.
-Lo dice Kravengash, socio comercial de Hox Bilan.
Dash parpadeó ante el comunicador. Ninguno de los nombres significaba nada para él, pero la frase “socio comercial” sí. Significaba “Problemas” con P de Pistola Bláster mayúscula. Tan lejos en el Borde, el ubicuo sindicato del crimen Sol Negro era poco más que un nombre; aún así, seguía siendo un nombre que inspiraba precaución. Incluso el Imperio vigilaba sus pasos cerca de la organización criminal interplanetaria. Dash se los había cruzado en su camino más de una vez y los odiaba con pasión; una emoción que muchos criminales comunes compartían de corazón, aunque la aversión de Dash iba bastante más allá. Sin embargo, no tenía tiempo para pensar en eso ahora.
Según tenía entendido, ahí fuera en el espacio profundo estaba el sueño de la mayoría de los pequeños traficantes de órganos, contrabandistas de especia, y proveedores de otras mercancías de procedencia dudosa: poder realizar algún día algo de tal audacia criminal como para ser reconocidos por los señores del crimen de los bajos fondos galácticos... convertirse en un “ser hecho y derecho”, por así decirlo.
Dash apretó los dientes. Había pensado –esperaba- que alejándose tanto finalmente se libraría de toda esa molesta tropa de rebanagaznates, al menos de momento. Así tal vez podría al menos dejar que algunos recuerdos se asienten antes de volver al centro más “civilizado”.
Aparentemente no iba a ser así.
-Parece que ahora sabemos por qué Kood Gareeda estaba tan ansioso por cerrar su trato con nosotros –dijo Eaden suavemente.
-¿Tú crees? –Dash apagó el comunicador-. Hora de irse. Preparado para velocidad luz.
Pero el wookiee estaba impaciente; comenzó a disparar antes de que pudieran saltar. Rayos de partículas cargadas les pasaron rozando, lo bastante cerca para chamuscar la pintura.
Dash inclinó la nave a babor, pero no lo bastante rápido; un rayo chocó contra los deflectores traseros, agitando al Escolta y sacudiendo a su tripulación. Una lluvia de chispas surgió de la consola.
Eaden miró a Dash.
-El hipermotor está...
-Apagado de nuevo, sí, me he dado cuenta.
Aceleró los impulsores, lanzó la nave en una parábola cerrada y comenzó a buscar cobertura. No había nada salvo la lisa negrura del espacio, con unas pocas estrellas parpadeando...
Muy pocas, se dio cuenta.
En algún lugar cercano había una fuente de luz lo bastante grande como para diluir la luz de las estrellas. Dash miró al indicador de masa y rápidamente localizó la fuente: un inmenso gigante gaseoso, de más de 200.000 kilómetros de diámetro. No se paró a pensarlo. Hizo virar la nave a babor y hacia arriba.
-¡Necesito cálculos, Leebo! Traza una órbita de catapulta alrededor del gigante de gas. Si podemos lograr suficiente velocidad, podemos hacer arrancar el hipermotor.
-¿Y qué le hace pensar que puedo hacer eso? –preguntó Leebo-. Y si por alguna casualidad pudiera, la integridad del casco se vería comprometida, y...
-¡Los disparos de esa nave de guerra comprometerán la integridad del casco bastante más, cabeza de tornillo! Gareeda dijo que la navegación orbital formaba parte de tu paquete. Así que dame esas cifras o comenzaré a soltar lastre... ¿Adivinas qué es lo primero en salir por la esclusa?
-Su punto es convincente –dijo Leebo. Un instante después, el droide recitó un complejo cálculo.
-Impleméntalo –dijo Dash a Eaden con voz tensa.
-No hay tiempo para comprobar la secuencia –protestó Eaden-. Si se ha confundido aunque sólo sea en un decimal...
Hazlo!
El crucero del wookiee se cernía detrás de ellos, tan cerca como si estuviera enganchada en un rayo tractor, cuando Dash lanzó al Escolta hacia los lejanos confines de la atmósfera del gigantesco planeta.
Tras él, Leebo recitaba coordenadas, velocidades y vectores.
-Perigeo óptimo dentro de doce coma nueve segundos... incrementar impulso en cero coma ochenta y uno... a mi señal, giro de noventa y siete grados en vertical, treinta y siete grados a estribor –dijo el droide-. Cuatro... tres... dos… uno... ¡Ahora!
Eaden hizo las correcciones mientras Dash activaba los impulsores. El Escolta salió disparado del pozo de gravedad del gigante gaseoso como un láser reflejado en un espejo de duracero perdiéndose en el vacío... lo bastante cerca del crucero como para ver su propio reflejo distorsionado en su fuselaje.
Muy bien! –exclamó Dash. La nave vibraba con la combinación de la velocidad, la gravedad, y el empuje de sus propios motores. Le rechinaron los dientes, pero el casco aguantó.
-Tenemos hipermotor –dijo Eaden, con la mirada fija en los instrumentos.
-Actívalo. Larguémonos de este sistema.
El crucero estaba girando, pero no había forma de que completase la maniobra a tiempo. Eaden lanzó al Escolta al hiperespacio. Las estrellas se difuminaron, y un momento después desaparecieron del espacio normal.
-Mi anterior amo no me habría gritado –se quejó Leebo.
Dash le miró con furia, empezando a perder la paciencia.
-Sólo decía que... –comenzó a añadir el droide.
Eaden se aclaró la garganta.
Dash se volvió hacia él.
-¿Qué?
-Parece que hemos perdido a Kravengash –dijo el nautolano, con voz exasperantemente suave.
-¿Sí? –Dash activó ambos escáneres, tanto de corto como de largo alcance. No se detectaban huellas de hipermotor-. ¿Todavía crees que Leebo ha sido una mala inversión? Si no hubiera estado aquí, seríamos plasma.
Eaden no dijo nada.
-¿Qué, demasiado testarudo para admitir que estabas equivocado?
-En absoluto. Simplemente me estaba preguntando qué quería de nosotros ese tal Hox Bilan.
Dash se encogió de hombros.
-¿Dónde quieres llegar con esto?
-Antes en la cantina, resultaba obvio que esos cuatro matones estaban buscando algo que creían que teníamos.
Dash se volvió para mirar al droide. No le gustaba a dónde les estaba llevando esa conversación.
-Puede que tuvieran una razón perfectamente legítima...
-Y supongo que es una coincidencia que Kood Gareeda no esté en esta nave, a pesar de que estaba desesperado por escapar a Rodia. Y también que un jefe criminal local trate de detenernos justo después de despegar.
Dash parpadeó. Sí. No hacía falta ser astrofísico para calcular la intersección de esos caminos.
-Pon el piloto automático. Tú, yo y Leebo vamos a bajar a la sala de descanso para tener una pequeña charla...

***

-Me vendió. Aún no puedo creerlo.
-Sí, sí, eso ya ha quedado claro. Sigamos. ¿Por qué ese Hox Bilan podría estar buscándote, con tanto interés como para enviar matones y un crucero?
-Ni idea. No he hecho nada que justifique tal acción... que yo recuerde.
-¿Y qué hay de Gareeda? ¿Hizo él algo?
-¿Aparte de irritar al público por carecer dolorosamente de gracia? –El droide agitó sus hombros en lo que podría considerarse el equivalente a encogerlos-. Aunque probablemente no era tan malo como para que un criminal de carrera pusiera precio a su cabeza. Probablemente no.
-Siento curiosidad –dijo Eaden-. ¿Por qué le tienes tanto afecto?
Leebo dudó.
-Me programó para que me cayera bien.
Dash se rio.
-Eso sí es gracioso.
-Su cara es graciosa. –El tono de Leebo era decididamente malhumorado.
Eaden había estado estudiando detenidamente al droide.
-Ese perno de contención está consumiendo demasiada energía –dijo entonces.
Dash le miró.
-¿Y por qué sabes eso?
-Una vez trabajé en la seguridad de una fábrica de droides en Coruscant. Eso no es un diseño estándar.
-Toma una llave y echémosle un vistazo.
Eaden retiró el perno. Cuando le dio la vuelta, una varilla corta y estrecha cayó sobre la mesa.
-Hmm. Eso parece ser una micro-vara de datos.
Dash recogió el pequeño dispositivo, que era tan largo como la uña de su pulgar y con una octava parte de su anchura. Miró a Leebo.
-¿Tienes una ranura de lectura?
-Desde luego. –Leebo tomó la vara de datos que le ofrecían y se la introdujo presionando en la punta de un dedo. Hubo una breve pausa-. Está encriptado.
Claro que lo está.
-¿Puedes descifrar el código? –preguntó Dash.
-Con tiempo.
Dash lanzó un juramento en voz baja. Se apostaría el Escolta y todo su contenido a que la vara de datos pertenecía a Bilan y que el criminal quería recuperarla. Con todas sus ganas.
Esto era malo... pero tal vez no malo del todo. Tal vez pudieran llegar a un trato. Si pudieran convencer a Kravengash de que ni sabían ni les importaba lo que había en la vara de datos...
Hey, lo hemos obtenido por error, no sabemos qué es, ni nos importa, con gusto os lo devolvemos, y si queréis, no sé, darnos alguna cosilla por las molestias, pues también nos parecería bien.
Que esos bandidos fueran más bien de poca monta podría jugar realmente en su favor. La mayoría de ellos eran apenas más sofisticados que piratas espaciales. Seguramente podría escapar de sus hostilidades con un poco de labia.
Podría ser peor...

***

Una hora más tarde, Leebo entró en la cabina.
-He descifrado la vara de datos.
-¿Y...? –dijo Dash.
-Es una lista de los vigos del Sol Negro en el Tercer Cuadrante, junto con registros de datos de sus transacciones en los últimos seis meses, pérdidas y beneficios, junto con nombres de las personas que tienen en nómina... incluyendo policías, militares, jueces y políticos.
Dash se le quedó mirando, sin habla.
-¿Todo eso...?
-Para empezar.
De acuerdo, no podría ser peor.
-Finjamos que no hemos escuchado esto. –Miró a Leebo-. Y tú olvida que lo sabes.
-Un poco difícil sin borrarme la memoria.
Dash sintió como si un wampa le hubiera dado un puñetazo en la cabeza.
Estaba literalmente aturdido, sin habla.
-¿Cómo... cómo ha...?
-No importa –dijo Eaden.
Dash le miró fijamente.
-Lo más probable es que el rodiano necesitase dinero y accediera a transportar, o a dejar que Leebo transportara, los datos. –Miró al droide-. ¿Tienes alguna idea del destino final de la vara?
-Lo siento. A mi amo le gustaba la frase “No tienes por qué saberlo”.
Eaden planteó lo obvio:
-Este conocimiento nos convierte en un peligro tanto para el Sol Negro como para el Imperio. Los imperiales moverían planetas para obtener estos datos. Con ellos podrían barrer una gran parte de la organización criminal en el Tercer Cuadrante. El Sol Negro quiere esto, obviamente, y cualquiera que puede haber tenido constancia de su contenido será vaporizado.
Dash miró al droide.
-Probablemente haya alguna especie de transpondedor en la vara de datos. Así es como te rastrearon.
-Oh, me siento tan querido. ¿No podemos eyectarla al espacio y dejar que la encuentren?
-Podrían saber su ha sido descodificada, y eso no nos interesa –dijo Eaden-. La única esperanza que tenemos de sobrevivir es asegurarnos, de algún modo, que ellos (Bilan, el Sol Negro, el Imperio, quien quiera que la encuentre primero) piensen que nunca supimos de su existencia, y mucho menos de su contenido.
-¿Ayudaría –preguntó Leebo- si pudiéramos estar de repente al otro lado de la galaxia?
-Desde luego, no haría ningún daño. ¿Qué tienes en mente?

***

Se estaban acercando a un sistema estelar binario, donde una antigua puerta de salto hutt, aunque oficialmente fuera de servicio, seguía operativa, mantenida por un grupo de contrabandistas que ofrecía pasaje para naves con prisa... a un precio, por supuesto.
Conforme se fueron acercando, advirtieron dos cosas: Primero, que las comunicaciones estaban en silencio; la tripulación de la puerta no respondía. ¿Era que el comunicador no funcionaba, o que la tripulación no estaba atendiendo?
¿O algo peor?
-Extraño –murmuró Leebo. Sus ópticas se desenfocaron por un instante, lo que Dash sabía que era el equivalente droide de un pensamiento profundo.
Dash se distrajo de pronto por un ¡ping! del sensor de popa.
Kravengash se acercaba rápidamente por detrás.
-Capitán Rendar, tenemos un problema –dijo Leebo.
-Lo sé. La tripulación de la puerta no está y el wookiee vuelve a pisarnos los talones.
-Esos son los menores de nuestros problemas. –El droide señaló un holoesquema del sistema estelar-. La estrella secundaria de este sistema es una enana blanca.
-¿Y?
-Mis sensores muestran que ha acumulado suficiente materia degenerada de la primaria para acercarla a su masa crítica.
Dash se quedó mirando la pantalla delantera, que mostraba una vista asombrosa del sistema binario. Una lista de dígitos alfanuméricos fue descendiendo por la pantalla.
-¿Cómo de cerca? ¿Milenios? ¿Siglos? ¿Años?
-Cerca de once...
Dash sintió una ráfaga de alivio.
-¿Once años? Eso no es tan...
-...minutos.
Dash se quedó sin habla. ¿Once minutos para que la estrella se convirtiera en supernova, produciendo, por unos breves instantes, más energía que el resto de billones de estrellas de la galaxia combinadas? ¡No podrían escapar de eso! No era de extrañar que la tripulación de la puerta no estuviera a la vista. Esa operación estaba a punto de cerrarse para mucho, mucho tiempo...
-¡No dijiste nada de esto! ¡Todo lo que dijiste es que había una puerta de salto cerca de un sistema binario!
-Y tenía razón.
-Sí –dijo Dash, furioso-. Felicidades. ¡Podrías haber mencionado la estrella que dentro de... –miró su crono-... nueve minutos convertirá esta nave y a nosotros con ella en una nube de quarks!
-Bueno, ¿cómo iba a saberlo? Una estrella existe durante miles de millones de años; había una probabilidad literalmente astronómica de que...
-Basta. Tenemos que cruzar la puerta –dijo Eaden-. Y no podemos hacerlo con Kravengash bloqueándonos el paso. Nos acribillarán cuando deceleremos para la transición.
La mente de Dash trabajaba a plena máquina.
-Tal vez no lo sepa. Si se lo contamos, tal vez ambos podamos salir de...
-Oh, lo sabe –dijo Eaden-. Sin duda le han dicho que le espera una muerte lenta y dolorosa si fracasa en recuperar la vara de datos. Así que, para él, se trata de elegir entre una prolongada tortura, o una aniquilación tan rápida que nunca llegaría a sentir nada.
-Eso no nos ayuda –dijo Dash-. En cuatro minutos todos seremos rayos gamma.
-Los distraeré –dijo Leebo-
Dash parpadeó.
-¿Cómo?
-Tomaré una capsula de escape y les hostigaré. ¿Están armadas las cápsulas?
-Sí, pero...
-Ustedes pueden realizar el tránsito en la puerta mientras yo mantengo ocupado al wookiee. Después de unos minutos, ya no les seguirá más.
-Ni tú tampoco –señaló Eaden.
Los servos de Leebo gimieron mientras se encogía de hombros.
-En sólo unas horas, han sido más amables conmigo de lo que nunca habían sido mis anteriores dueños. Se lo debo.

***

Cuando el wookiee se preparaba para el golpe final, la cápsula de escape de Leebo salió disparada por arriba y comenzó a disparar. Los blásters de la cápsula no eran gran cosa, pero bastaban para que Kravengash tuviera que ocuparse de ellos.
Dash observó por el parabrisas.
-Hasta siempre, Leebo –murmuró.
Miró la vara de datos que tenía en la mano. Pensó en quedarse con ella... durante unos tres segundos. Luego la arrojó al espacio. Buena suerte para encontrarla después de que estalle la estrella.
Dash dirigió el Escolta hacia la puerta y Eaden activó el código de entrada. Dash esperaba que aún funcionase; de otro modo iban a quedarse atrapados en el lado equivocado de la puerta, dentro la esfera letal de una supernova.
Con un minuto y diez segundos de tiempo restante, activó los impulsores...
...y sintió el familiar tirón de la transferencia de energía mientras la puerta los lanzaba a otra parte de la galaxia.
-Lástima lo del droide –dijo Eaden cuando estuvieron a salvo al otro lado del salto-. Estaba comenzando a... Qué raro.
-¿Qué? –Dash siguió la mirada de Eaden hacia el parabrisas.
La puerta estaba dilatándose de nuevo.
No. El wookiee no.
Hubo un destello de luz y la cápsula salvavidas salió despedida de la puerta.
No puede ser. Dash activó el comunicador.
-¿Leebo?
La cara del droide apareció en la pantalla holográfica superpuesta en el parabrisas delantero.
-¿Esperaba a alguien más?
-¿Cómo...?
-No tengo ni idea. Estaba entre la nave y la puerta, luchando noblemente por sus vidas...
-Sí –dijo Eaden-. ¿Y por casualidad el crucero estaba eclipsando el sistema estelar cuando la estrella se convirtió en nova?
-Tal vez...
-Ah –dijo Eaden-. La energía de la supernova interactuó con la hipermateria de los motores de ambas naves para crear un hiper-pliegue local en el espacio tiempo que te protegió. Sólo hizo falta que la masa del crucero protegiera a la cápsula por una fracción de segundo.
Dash se le quedó mirando como si le hubiera crecido una segunda cabeza.
Eaden se encogió de hombros.
-Hiper-física elemental... para un droide con la programación adecuada.
Dash Miró a Leebo con gesto torcido.
-Así que tenías pensada esa maniobra desde el principio. Y me hiciste creer que ibas a sacrificarte por nosotros.
-Me siento insultado –dijo Leebo-. Asumí esa peligrosa misión con lealtad, altruismo, sin pensar en mi propia seguridad...
-Y una boñiga de bantha –dijo Dash con una sonrisa-. Sube a bordo. Y bienvenido a la tripulación, Hombre de Hojalata...

miércoles, 26 de febrero de 2014

Y con Leebo somos tres (I)

Y con Leebo somos tres
Michael Reaves y Maya Kaathryn Bohnhoff

El rodiano echó un vistazo por La Guarida del Nexu como si buscase a alguien a quien deseaba desesperadamente no ver. Sentado frente a él en la tenuemente iluminada mesa de la esquina del sórdido bar portuario, Dash Rendar se preguntaba con aire ausente por qué se molestaba siquiera en intentar ver; el aire era una biliosa mortaja de humo de píldoras letales y otros inhalantes, todos ellos diseñados para hacer el presente más interesante y el futuro menos alcanzable. Sus pulmones protestaban a pesar de respirar con cuidado.
Aparte del humo, el lugar olía como lubricante para droides estancado y fruta fermentada. Había estado en sitios peores. En ese momento, eso no parecía nada de lo que estar particularmente orgulloso.
Su socio nautolano, Eaden Vrill, lo soportaba del modo que lo soportaba todo: con silencioso estoicismo. Los nautolanos, como especie, tendían a no mostrar emociones. Si eso se añadía a las décadas que Eaden había dedicado a entrenarse en la disciplina del arte marcial del teräs käsi, el resultado era un alienígena muy inescrutable. Llevaban trabajando juntos más de cuatro meses, y la mayor parte del tiempo Dash aún encontraba difícil desentrañar lo que ocurría detrás de los grandes ojos granates del anfibio.
-De acuegdo, migad –dijo finalmente Kood Gareeda, con sus órganos vocales dando al básico un sonido sibilante y gomoso que hacía que comprenderle fuera peliagudo. Una vez más, Dash se asombró por la ocupación que había elegido el alienígena. Ser monologuista difícilmente era la mejor elección para alguien cuyas consonantes no podían distinguirse unas de otras. Tampoco es que la mayor parte del público durase el tiempo suficiente para que eso llegara a molestarles. Por decirlo sin rodeos, probablemente Darth Vader lo haría mejor. Pero la preocupación acerca del futuro financiero de Gareeda tendría que esperar ante la preocupación del suyo propio. En lo que a Dash concernía, no le quedaba nada salvo lo que tenía encima. Dudaba de que Eaden quisiera gastarse el dinero, pero un mecánico polivalente sería útil a bordo del Escolta.
-Vuelve a recordarme para qué está programado –dijo Dash al rodiano. Habría jurado que el tipo estaba sudando, y los rodianos ni siquiera tenían glándulas sudoríparas.
Gareeda acarició los rasgos del droide con sus dedos escamosos.
-Navegación, pilotaje, y agmamento, azí como laz habilidadez de guepagacionez habitualez en la zeguie LE.
-Y lo estás vendiendo porque...
Otra mirada a la puerta.
-Pogque me infogmagon egóneamente. Me dijegon que zuz pgotocoloz de zeguguidad habían zido hackeadoz. Me mintiegon. –El rodiano lanzó una mirada asesina al droide durmiente-. Como guagdaezpaldaz guezulta completamente mopak. Puede dizpagag a zeguez vivoz, pego zin llegag a daglez guealmente. ¿De qué zigve ezo?
Un pesado golpe procedente de la dirección de la puerta volvió a atraer la atención del rodiano. Dash decidió que era hora de terminar con esa historia.
Comediante o no, el comportamiento de Gareeda sugería que estaba esperando que algo nada divertido ocurriera en cualquier momento. Estaba poniendo nervioso incluso a Eaden, a juzgar por cómo los pesados tentáculos de su cabeza temblaban cada vez que la nerviosa mirada de Gareeda examinaba la entrada.
Además, si el rodiano realmente estaba bajo algún tipo de presión, eso sólo podía funcionar en su propio provecho.
-Mil quinientos –ofreció Dash.
Obtuvo una torva mirada de los orbes negros e insectiles de Gareeda. La carnosa probóscide del cómico hizo un mohín de enfado por un instante. Luego...
-Eztá bien. Dame loz cgéditoz. Tengo que zalig de ezta goca.
-Bueno, si necesitas que alguien te lleve fuera del planeta, también podemos ofrecerte eso.
Los bulbosos ojos del rodiano parecieron sobresalir aún más.
-No, no. Yo, ah... puedo encontgag otgo pazaje...
-No necesitas hacerlo. Nos tienes a nosotros. Mil... y un viajecito.
Gareeda emitió un sonido húmedo que era el equivalente aproximado del rechinar de dientes humano, y luego tendió una mano escamosa.
-Bien. Hecho. ¿Cuándo oz... noz... magchamoz?
Dash, reprimiendo una sonrisa, le ofreció un billete de mil créditos.
-Dentro de una hora. Muelle Ochenta y Cuatro Doce. En las instalaciones del centro de la ciudad.
Gareeda asintió y se levantó para marcharse. Eaden le detuvo.
-Tiene instalado un perno de contención. ¿Qué le pasa?
El nauseabundo olor agrio y penetrante del miedo volvió a invadir el aire.
-Nada. Zólo queguía azegugagme de que no... deambulaba pog ahí, ezo ez todo.
-¡Genial! –dijo Dash-. Activémoslo.
El rodiano parecía estar a punto de llorar. Dash nunca había visto tal cosa; de hecho, ni siquiera estaba seguro de que los rodianos pudieran llorar.
-Miga, zi quiego llegag a vueztga nave dentgo de una hoga, tengo que cogeg miz cozaz.
Estaba tan claramente desesperado que Dash le hizo un gesto para que se fuera; no era divertido torturar a alguien que las estaba pasando tan canutas.
Gareeda huyó como un mynock saliendo de Mustafar. No usó la entrada principal; se dirigió a la parte trasera.
-Bueno –dijo Eaden-, dejándonos mil créditos más ligeros y con lo que probablemente sea un montón de chatarra inservible.
-A ese precio, ¿a quién le importa? Incluso si no funciona, sólo por el chasis podríamos sacar mil quinientos.
Pulsó el interruptor principal del droide, y comprobó con agrado que los fotorreceptores se encendieron.
-La circuitería óptica funciona –dijo Eaden. Se dirigió al droide-. ¿Estás operativo?
-¿Quién lo pregunta? –replicó ásperamente el droide, y luego examinó la cámara ruidosa y llena de humo-. ¿Qué pasa con esta realidad? ¿Dónde está mi jefe?
Dash puso los ojos en blanco. Fantástico. El rodiano había proporcionado al droide un sustrato de personalidad. Bastante fáciles de instalar, y casi imposibles de quitar, porque cuanto más interactuaba con la gente que le rodeaba, más arraigado quedaba el sustrato. A estas alturas casi sería como si fuera firmware.
Bueno, no se puede hacer nada al respecto.
-Tu jefe se ha ido.
Las ópticas del droide parpadearon.
-¿Me ha... abandonado?
-Vendido. Se llevó un millar de mis créditos ganados con esfuerzo.
-¿Mil créditos? ¡Yo valgo cinco veces eso!
La voz del droide mostraba tal indignación que Dash sonrió a pesar de la situación.
-Tienes una opinión bastante buena de ti mismo.
-Créame, no le interesa conocer mi opinión sobre usted.
Antes de que Dash pudiera replicar, la puerta principal del bar se abrió con un fuerte golpe. Entraron cuatro seres. Dos eran humanos grandes y de aspecto brutal, seguidos por un barabel. El último era un trandoshano. Parecían exactamente lo que sin dura eran: problemas. Uno de los humanos se fijó en la mesa de Dash y señaló. Los otros miraron. Luego, los cuatro avanzaron con decisión... directos hacia ellos.
Eaden se puso en pie. Hizo crujir sus nudillos.
Dash se volvió al droide.
-¿Cómo te llamas?
-No es de tu incumbencia. Yo...
-Déjalo. Anulación de nomenclatura de emergencia. Nuevo nombre: Leebo.
-Integrando datos. Nuevo nombre: Leebo.
-Muy bien, Leebo, apartémonos. No queremos que nos caiga encima ningún matón volador.

martes, 23 de diciembre de 2008

MedStar: Intermezzo (y XI)

Más limpio y ligeramente refrescado por su ducha, Jos se quedó esperando mientras un droide cuidadosamente colocaba al paciente en una camilla y lo transfería a la mesa. La actividad había bajado mucho, sólo quedaban un par de cirujanos que todavía trabajaban, pero Jos era consciente que aquellos que no estaban trabajando estaban mirándole. Barriss Offee permanecía unos metros más allá, con su mascarilla y sus guantes, también mirando.
El zabrak todavía estaba despierto. No le sedarían hasta el último momento, para evitarle permanecer inconsciente más de lo necesario. Lanzó a Jos una inmensa mirada llena de maldad.
-Doctor Pielfina. Cuanto tiempo sin verle. ¿Tienes algún mensaje que quieras que entregue a tu amigo cuándo llegue al otro lado?
Jos lo ignoró. Se volvió a la anestesista.
-Sédale -dijo.
Sar Omant aún estaba riéndose cuando el anestésico le hizo efecto.
Vaetes se acercó.
-Escucha, Jos. Si este tipo no sobrevive, nadie te culpará. Con esto no te estoy diciendo que debas...
Jos asintió.
-Sé lo que quiere decir, D'Arc. Gracias.
-Simplemente hazlo lo mejor que puedas.
Vaetes se marchó.
-Doctor -dijo la anestesista-, está entrando en Rhees-Verk.
-Redúcele un cuarto el goteo de effitol, y adminístrale una dosis de neurodan, cinco miligramos.
La respiración Rhees-Verk, un tipo de ritmo sincopado, a menudo conducía a la fibrilación ventricular.
Después de un momento, la anestesista habló.
-Se mantiene igual.
Mierda, pensó Jos.
-Vamos a ponerle en estasis cardiorespirat...
-Espera, espera. Se está estabilizando -la voz de la anestesista sonaba sorprendida-. No sé cómo o por qué, pero está estable de nuevo.
-No nos detengamos a preguntarnos el por qué -dijo Jos-. A sus puestos, todos. Vamos a entrar.

***

Barriss Offee, envuelta en la Fuerza, estaba trabajando duro para mantener regular la respiración del zabrak herido. Le tomaba toda su concentración, y si la relajase, sabía que su corazón primario empezaría a vibrar tan deprisa que no podría bombear sangre... y el zabrak probablemente moriría antes de que el subcorazón pudiera hacerse cargo. Ella podría mantenerlo estable, eso lo sabía, pero entonces no podría guardar energía para Jos. Cualquier decisión que fuera a hacer sobre el paciente, fuera cual fuera el modo como iba a tratar con sus demonios personales, él iba a tener que hacerlo sin ninguna ayuda de la Fuerza.

***

—Vibroescalpelo número dieciocho -dijo Jos.
Tolk mantuvo el asa del escalpelo en la palma de su mano.
—Vibroescalpelo dieciocho.
-Haciendo la incisión... bien. Ténsalo y coloca un campo de presión.
Jos hizo una pausa, mirando al paciente. Una área pequeña justo debajo del esternón permanecía abierta por los campos de presión, exponiendo las rosadas capas del plexo. Dentro de sus pliegues podía vislumbrar el gris mate de la esquirla alojada allí.
Miró la cara de Sar Omant. Incluso inconsciente, la expresión del zabrak era dura, rencorosa. La cara de un asesino.
¿Qué habría hecho Zan Yant, un tipo amable y tranquilo que había sido doctor, músico, y un buen amigo, si lo estuviera cortando él?¿Cuál era el mejor camino para Jos para servir a la memoria de su amigo? ¿Cuál era el mejor camino para servir a su propio futuro? ¿Cuál era el único camino para ayudar, aunque fuera infinitesimalmente, a empezar el proceso curativo que debía abarcar algún día a toda la galaxia?
Recordó entonces, por alguna razón, haber escuchado una pieza que Zan había estado tocando un par de meses antes, en su cubículo. Corta, y consistente principalmente en una o dos únicas y temblorosas notas. Un intermezzo, lo había llamado. Un momento entre movimientos, una respiración sostenida, una pausa antes de zambullirse de nuevo en la música que era la vida. “Lo que pasa en estos momentos, estos golpes intersticiales -le había explicado a Jos-, es tan importante como las propias piezas principales. Porque es en esos momentos entre medias donde ganamos claridad. Donde de repente sabemos sobre qué va a tratar realmente el próximo movimiento.”
-Fórceps -murmuró a Tolk. Ella se lo dio, y pudo ver que ella estaba sonriendo bajo su máscara.
Al igual que él.

martes, 16 de diciembre de 2008

MedStar: Intermezzo (X)

Jos se dirigió al cubículo sanitario, con sus prendas quirúrgicas empapadas en sudor. Cuando entró en, casi chocó contra Klo Merit. El gran mentalista equani estaba secando sus manos bajo el secador de aire caliente. Alzó la vista hacia él y le sonrió. El equani era, como Zan lo había descrito una vez, tan grande como un wampa con un problema de tiroides. Sus ojos eran grandes y estereoscópicos, y su boca ancha y llena con dos filas de dientes. Los equani eran definitivamente depredadores, y Jos imaginó que probablemente parecerían bastante espantosos a cualquiera que descubriera uno por primera vez, pero, conociendo como conocía el alma mansa bajo el espantoso exterior, Jos encontró difícil pensar en Merit como otra cosa que un benigno terapeuta profesional.
Levantó una mano, saludando.
-Klo.
-Jos. ¿Cómo estás?
-¿Yo? Oh, bien. Relajado, disfrutando de otro precioso día en la escena de Drongar, la capital de la diversión de la galaxia. ¿Y tú qué?
-Acabo de llegar de post-op.
Jos asintió. El mentalista habría estado ocupado, calmando los espíritus de aquellos que estaban gravemente heridos o agonizando. Jos no envidiaba ese trabajo. Comenzó a despojarse de su ropa mojada.
-¿Has acabado por hoy? -preguntó Merit.
-Tengo una operación más -Jos activó la unidad-. La están preparándolo ahora.
Siguió desvistiéndose, y entonces se detuvo y miró al mentalista.
-¿Alguna vez tienes que trabajar con pacientes no te gustan? -preguntó-. ¿Curar a alguien que no soportes, alguien a quien odies profundamente?
-De vez en cuando, sí.
-¿Cómo lo manejas?
Merit se encogió de hombros, con el pelaje corto de sus hombros y su espalda ondeando con el movimiento.
-Todos tenemos que hacer cosas con las que no disfrutamos. Todos nos encontramos en situaciones donde nuestras acciones no son aquellas que nos gustarían. Pero cuando tienes que hacer un trabajo, no siempre puedes elegir; está en la naturaleza del trabajo. Cuando no puedes vivir con una opción, te alejas.
-¿Y qué pasa si no puedes alejarte?
Merit se apoyó contra la pared de plastiacero.
-¿Te importaría ser más específico?
Jos se quedó mirando fijamente la ducha. Miró el charco de agua en el suelo y cómo se movía en espiral hacia el desagüe.
-Mi paciente es el responsable del ataque que mató Zan. No tiene ningún remordimiento sobre eso; él es un mercenario. Además es un odioso mopak lechero por el que ni siquiera cruzaría la calle para escupirle aunque estuviera ardiendo. Y yo soy aquí el único tipo cualificado para salvar su vida. Y en el mejor de los casos, las probabilidades están contra él, aun cuando yo no cometa ningún error.
Merit no habló durante un instante.
-Eso suena mal.
Jos se rió; el sonido resultante lindaba con la histeria.
-Tienes buen ojo, mentalista, no se te escapa una.
Merit suspiró.
-Nadie por aquí tiene todas las respuestas, Jos, ni siquiera nuestra vecina Jedi. Quieres castigar a este paciente por lo que hizo. Te gustaría verle sufrir y morir.
-Oh, sí -Jos titubeó, y luego agregó-. Justo cuando Zan murió, mientras todavía estábamos en el transporte, me juré a mí mismo que, de algún modo, haría algo que cambiaría las cosas. Estaba conmocionado y escasamente consciente, ni siquiera podía ponerme de pie, pero recuerdo haber decidido que tenía que vengar a Zan, para darle algo de sentido a su muerte.
-Y ahora se ha presentado una oportunidad dorada. La suprema ironía: el mismo ser que fue directamente responsable de la muerte de Zan acaba bajo tu cuchillo. “¿Cuáles son las probabilidades? ¿Qué puede ser esto sino el destino?”, te preguntas.
-Sí.
Merit asintió.
-Comprensible. Pero ahora pregúntate esto: si tú hubieras muerto en ese ataque y fuera Zan quien estuviera a punto de operar al ser responsable, ¿qué piensas que haría él?
Jos agitó su cabeza.
-No lo sé.
-Yo creo que sí lo sabes. Si estás buscando justicia, Jos, encontrarla en una guerra nunca va a ser fácil. La gente hace cosas que son horribles y despreciables. Pero si sobreviven, cuando la guerra ha terminado, tienen que mirar atrás a esas acciones y encontrar una forma para razonar lo que hicieron. Pregúntate esto: dentro de diez años, cuando estés trabajando en tu planeta natal tratando a pacientes civiles, y yendo después a casa para ver a tu esposa e hijos, ¿cómo te sentirás sobre la opción que tomaste con este paciente? ¿Si tu hijo o tu hija te preguntan lo que hiciste en la guerra, qué les contarás?

jueves, 11 de diciembre de 2008

MedStar: Intermezzo (IX)

Jos se quitó sus guantes. Apenas pudo hacerlo, de lo cansado que estaba.
La técnico ugnaught fue a su lado.
-El zabrak s’ha despertao, doc. Vaya boquita tiene, el jodío.
Jos asintió fatigadamente.
-¿Dónde está?
-Pre-op.

***

Sar Omant yacía bajo una fina hoja de repelfab, siguiendo el movimiento de Jos con los ojos ya que era incapaz de girar su cabeza. Nadie más estaba alrededor. Las sondas de monitorización colocadas al paciente alimentaban con sus datos a una estación de enfermería, y probablemente alguien estuviera siguiendo los trazos de las señales vitales allí.
-Ah, doctor Pielfina -lo saludó Omant-. ¿Por qué sigo aún vivo?
-Ésa es una buena pregunta . Estoy buscando una respuesta.
-No se preocupe por mí.
-Te hemos arreglado un problema del corazón, extraído un fragmento de esquirla de tu cordón espinal, y nos estamos preparando para sacar otro fragmento de metralla de tu plexo sub-esternal.
-Como dije, humano, no te molestes. Mejor muerto que desangrado por la cabeza.
-Mi mejor amigo en este planeta perdido era un cirujano zabrak -dijo Jos.
-Vas a mostrar lo tolerante que eres con las especies inferiores como nosotros los zabraks, ¿no?
-Su nombre era Zan Yant.
Aunque los músculos faciales de Omant no funcionaban muy bien, Jos creyó ver una expresión de sorpresa atravesar los otros rasgos.
-Conoces ese nombre.
No era una pregunta.
-¿Talusiano, verdad? Compositor de música, toca la quetarra -dijo Omant-. No soy un entusiasta de la música clásica, pero es bastante conocido en mi planeta natal. ¿Qué pasa con él?
-Está muerto -dijo Jos-. Tú lo mataste.
Omant lo miraba atentamente ahora.
-No es imposible -dijo-. He matado a mucha gente. No recuerdo haber liquidado recientemente a nadie de mi propia especie. Eh, cuando andas muy ocupado, te olvidas de algunas cosas, ¿verdad?
Jos quiso agarrar algo pesado y aplastar la astada cabeza de Sar Omant convirtiéndola en una masa sangrienta. Quiso golpearle una y otra vez.
-¿No te molesta? -preguntó-. ¿Matar a un ser de tu propia especie?
-No me molesta matar a un ser de ninguna especie, Pielfina. Es lo que yo hago. Por eso estamos todos nosotros en esta bola de lodo caliente, ¿no? Esto es una guerra, ¿no lo has notado?
Estaban solos en la cámara en ese momento. Jos supo que todo que tenía que hacer era poner su mano en el hombro de Sar Omant, como si hiciera un gesto amistoso, afable, y agitarlo. No muy fuerte. Un empujón breve o dos sería todo que se necesitaría. Lo sabía. Y sabía que Omant también lo sabía.
Se inclinó, poniendo su mano ligeramente sobre el hombro del zabrak. Durante un largo momento, los dos estuvieron muy inmóviles. Entonces Jos habló.
-Descansa. Lo necesitarás.
Se giró y abandonó la SO.

lunes, 1 de diciembre de 2008

MedStar: Intermezzo (VIII)

Barriss había terminado su turno en la unidad médica, y fue directa de allí a la sala quirúrgica. Como sanadora y como Jedi, ella tenía habilidades que otros doctores no tenían; ella podía usar la Fuerza para tranquilizar y para reparar lesiones difícilmente tratables con una droga o una hoja. Pero había límites. Uno de esos límites residía en tratar a alguien contra su voluntad, o sin su conocimiento. Una cosa era entrar en la mente de un paciente en coma; otra distinta ajustar los pensamientos de alguien que estaba despierto y funcionando. Sí, los Jedi usaban la Fuerza para influenciar a las mentes débiles, cuando la única opción restante era permitir a esos seres hacer daño a sí mismos o a otros. Pero entrar en la fuerte mente de un cirujano trabajando para salvar a un paciente agonizante era una situación completamente diferente.
Asumiendo que Jos esté intentando salvar al zabrak, y no matarlo.
Leer ese tipo de propósito era difícil a veces. Con todas esas emociones que zumbaban alrededor de la cabeza de Jos, Barriss supo que ella podría confundir fácilmente sus propósitos con respecto a Omant. Indudablemente tenía sentimientos entremezclados, tenía un serio conflicto sobre eso. Y cómo te sientes sobre una cosa no siempre indica cómo actúas con respecto a ella.
Los vestíbulos se estaban vaciando, y ya no había ningún herido alineado fuera de la SO principal cuando ella llegó. Barriss observó el interior de la sala. Los cirujanos, droides quirúrgicos, enfermeras, técnicos, y celadores bullían en su interior, atendiendo a los heridos. Vio a Jos mientras caminaba hacia un nuevo paciente, y la Fuerza le dijo que aún era otro soldado clon, y no el oficial zabrak.
Así está bien, de momento. Había otro aspecto en todo esto que ella tenía que considerar. Si ella usara la Fuerza para afectar a Jos mientras él estaba en medio de un procedimiento delicado, podría muy bien hacerle cometer un error. La suya no era una mente débil, y cualquier conflicto entre su cerebro y el de ella podría traducirse en un fallo nervioso, y a su vez en una mano trémula manejando la hoja.
Peliagudo. Muy peliagudo. Deseó poder hablar con su Maestra, conseguir sus consejos. Pero eso tampoco iba a ocurrir.

lunes, 24 de noviembre de 2008

MedStar: Intermezzo (VII)

Las aeroambulancias dejaron finalmente de llegar. Metido hasta los codos en un clon lleno de los fragmentos de una granada, Jos oyó a alguien decir que la batalla que produjo la enorme llegada de heridos había terminado finalmente. Se decía que la pérdida de droides de combate de los Separatistas había sido al menos vez y media el número de bajas de clones de la República, pero eso no era mucho consuelo.
Jos echó una mirada a su alrededor, localizando a un técnico quirúrgico, y llamó su atención.
-Será mejor que alguien deshiele a Omant -dijo a la técnico, una mujer ugnaught-. Lleva congelado casi el límite permitido.
-P’a despertarle tengo que esperá a que entre en caló, usté ya sabe.
Ella tenía razón. Los zabraks tenían una resistencia rara a la anestesia; sólo algunos tipos actuaban bien en ellos, y el vigor natural de la especie era tal que rápidamente desarrollaron resistencia incluso a esos.
-Rne, despiértelo, pero mantenga el suministro de paralizador.
-D’acuerdo, doc.
Tolk comenzó a aplicar tapones de cola y a cerrar con grapas al último paciente. Jos pidió por gestos a la técnico un nuevo juego de bata y guates. Él no quería hacer esto.
¿O sí? Esa es la gran pregunta, ¿no?

jueves, 20 de noviembre de 2008

MedStar: Intermezzo (VI)

Barriss no tuvo problema para encontrar a Jos Vondar. La rabia que hervía en él era una mancha de oscuridad en la sala de operaciones; ella podía sentirla, casi tocarla.
Cuando se aproximó, vio a Tolk salir del cubículo sanitario, colocándose una bata quirúrgica limpia. Se acercó para interceptarla.
—Tolk. ¿Cómo está Jos?
—No muy bien —contestó gravemente la enfermera—. Pero supongo que probablemente ya sepas eso. Acaba de pasar dos horas trabajando en un prisionero zabrak en unas condiciones peliagudas.
—Puedo comprender que trabajar sobre un zabrak, especialmente un enemigo zabrak, pueda resultar difícil para él ahora mismo, pero estoy sintiendo una fuerte rabia que viene de él. No puede ser sólo por eso.
—No lo es. Acabamos de saber que el zabrak es el líder de la unidad mercenaria que nos atacó la semana pasada.
—Ya veo —dijo Barriss—. ¿Cuál es el estado del paciente ahora?
—D'Arc ordenó que se le congelara hasta que podamos rebajar la lista de espera. En cuanto las cosas se calmen, se supone que Jos volverá y terminará de remendarlo.
Barriss asintió.
—¿Prognosis?
—Treinta, quizá cuarenta por ciento de probabilidad de supervivencia, con un especialista en neurocirugía zabrak. El mínimo balanceo en un mal momento podría matarlo. Jos no es ningún experto, y además está exhausto y no totalmente sobrio. Y se supone que dentro de un par de horas debe volver e intentar salvar al hombre que fue responsable de la muerte de su mejor amigo.
Barris agitó su cabeza con incredulidad.
-Bajo tales circunstancias, si el paciente muriera, nadie culparía a Jos.
-Por supuesto que no. Pero yo lo conozco, Barriss. Aun cuando lo haga lo mejor que pueda, si Omant muere antes o después Jos se mirará en el espejo y se preguntará si lo hizo a propósito. No creo que pueda vivir con eso, lo devoraría.
Barriss no dijo nada. Era una situación verdaderamente complicada; de hecho, no podía pensar una forma de que pudiera ser peor.
-¿Puedes ayudarle? -preguntó Tolk.
Ella suspiró.
-Puedo intentarlo.

martes, 11 de noviembre de 2008

MedStar: Intermezzo (V)

—¿Qué tal va? —preguntó Vaetes.
—Ninguna gran sorpresa hasta ahora —contestó Jos. Tolk pasó un paño por su frente. Detrás de él, el zabrak dormía apaciblemente, con sus tatuajes faciales y corporales brillando bajo las luces halógenas—. Le he quitado la astilla del proyectil del nervio CC, y parece que la conducción de impulsos todavía está trabajando periféricamente, o por lo menos en la mayor parte. Podrá apretar perfectamente un gatillo de nuevo, si sobrevive. Pero va a costar un rato terminar la cirugía del plexo.
—¿Puedes estabilizarlo?
Jos parpadeó por culpa de una gota de sudor —a Tolk se le había escapado esa— que había irritado su ojo izquierdo.
—Quizá. ¿Por qué?
—Tenemos dieciséis heridos que necesitan cirugía, y una pareja que no puede esperar. Si puedes criogenizar a este paciente y volver luego a él, podríamos usar tu ayuda.
Jos se encogió de hombros.
—La criogenización siempre es un riesgo. Pensé que este tipo era un caso especial.
—Lo es, pero no estoy dispuesto a dejar a otros morirse en su lugar. Estabilízalo, Jos. Te necesitamos.
Jos asintió. El coronel se marchó, consiguiendo rápidos informes de estado de otras mesas. Jos se volvió a la anestesista.
—Ponlo en un crio-ciclo de estasis y guárdalo en alguna parte.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé. El máximo. Cuatro horas.
Si, después de ese tiempo, Jos no había terminado con sus otros pacientes, el coronel Omant podría recibir quemaduras por congelación: cuatro horas era lo máximo que un ser consciente era capaz de permanecer estable de ese modo.
Cuando Jos se estaba poniendo un nuevo juego de bata y guantes, uno de los médicos de campaña pasó por el vestíbulo, empujando otra camilla. Hizo una pausa en la puerta.
—Eh, doc, ¿qué ha pasado con esa escoria zabrak? ¿Murió entre grandes dolores, espero?
—Está en crio-estasis —dijo Jos.
El médico, un twi'lek, agitó su cabeza, y su lekku se balanceó con el movimiento.
—Eres mucho más fuerte que yo, doc. Si un sepa hubiera matado a mi amigo, te garantizo que mi mano no permanecería tan firme con un escalpelo.
Jos frunció el ceño.
—¿De qué estás hablando?
—¿No lo sabes? El zabrak era el líder de la unidad mercenaria que cargó contra nuestro Uquemer. El comandante de la fuerza de choque de bios y droides que nos golpeó en primer lugar.
El médico siguió su camino, dejando a Jos parado de pie allí, en el vestíbulo, sintiéndose como si le acabaran de atravesar con una pica de fuerza. Entonces la rabia le golpeó, negra y feroz. Su mano desgarró el guante que se estaba enfundando, atravesándolo por completo.
El comandante de la fuerza de choque de bios y droides que nos golpeó en primer lugar...
¡El engendro Sith de la mesa cuya vida había estado intentando salvar había sido directamente responsable de la muerte de Zan!

lunes, 3 de noviembre de 2008

MedStar: Intermezzo (IV)

Barriss se limpió el sudor de la cara. Su túnica era de un material osmótico, con un tejido que permitía la circulación del aire mejor que la mayoría de la ropa. Podría volverse más ceñido para mantener el calor en invierno, o más suelto para estar más fresca en verano, pero cuando la temperatura ala sombra era mayor que la del cuerpo humano, incluso estar desnudo no podía evitarte transpirar. Simplemente tenías que aguantarlo.
Cuando atravesó la unidad médica, inspeccionando a varios pacientes, sintió una perturbación en la Fuerza. Esto en sí mismo apenas era inusual; en un cuarto lleno de heridos y personas agonizantes, los remolinos de energía eran a menudo erráticos y penetrantes. La muerte inminente y el dolor crónico tendían a elevar emociones, y tales sentimientos marcaban la Fuerza al nacer y pasar por ella.
Pero esto fue diferente. Era difícil de precisar, pero parecía ser más familiar que la mayoría de las irritantes sensaciones que venían de la unidad. Cuando se enfocó en ello, Barriss comprendió que estaba emanando de alguien que ella conocía mejor que los pacientes transeúntes. Estrechó todavía más su enfoque, y de repente supo quién era.
Jos Vondar.
De nuevo, esto no era inusual, no desde que Zan Yant murió. Podría pensarse que los doctores se habituarían a la muerte más que la mayoría, pero eso, en su experiencia, se daba raramente. Luchaban contra la oscuridad final a diario —a veces ganaban, a veces perdían— pero cuando llegaba a amigos o parientes, los doctores eran como todos los demás. Conocer al enemigo no es lo mismo que abrazarlo.
Barriss frunció el ceño. Aun así, aquí había algo raro. No era pesar lo que se sentía venir de Jos, que sólo estaba a un corto paseo de distancia, trabajando en cirugía. No, esto era algo más. ¿Ira? ¿Indignación? ¿Algo entre ambas?
Fuera lo que fuera, necesitaba ayuda. Ella podía sentirlo.
Barriss se acercó a la SO. Las cosas eran relativamente silenciosas por el momento; podría tardar unos minutos en descubrir lo que había causado la onda que todavía podía sentir.

martes, 28 de octubre de 2008

MedStar: Intermezzo (III)

Den Dhur había permanecido en la cantina después de que los otros salieron. Mamá Dhur no había criado a ningún vástago loco, y loco era lo que tenías que estar para salir al llameante sol de la tarde si no tenías por qué hacerlo. Así que el plan de Den para el resto del día era uno bien simple, y lo haría mejor a solas: mantener el negocio de la cantina con su garganta.
El zumbido de un servomotor cerca de la trasera del edificio le hizo mirar alrededor. Un droide de construcción estaba dando los últimos retoques en uno de los paneles traseros. La SO estaba en funcionamiento, Den lo sabía, junto al resto de la infraestructura de apoyo necesaria; y la cantina, por supuesto. Pero el resto de la base aún estaba siendo instalado desde hacía casi una semana. Agradecía que la cantina hubiera sido lo segundo en ser erigido, después de los edificios del Uquemer. Alguien tenía en orden sus prioridades.
Aun así, sin embargo, Den —y otros con los que había hablado— todavía tenía una clara sensación de permanecer bajo el fuego. Como si todos ellos estuvieran esperando a que alguien o algo les diera permiso para continuar con el resto de sus vidas, o por lo menos con el resto de su estancia en Drongar. Había un término musical que Zan usaba bastante... Den frunció el ceño, buscando la palabra. Intermezzo. Una pieza corta y simple, uniendo dos trabajos separados. Aunque a menudo se la despreciaba como algo menos que "música para turboascensores", a veces podría ser, según el compositor zabrak, extremadamente importante.
—Como el tejido conjuntivo —había explicado a Den—. Mantiene todo lo demás en su lugar.
Miró al resto de los parroquianos. Había siete u ocho otros seres que eran principalmente humanos, pero no todos. El bothano que se había colocado delante de él antes todavía estaba allí, observando pensativamente su jarro. Más cerca de la entrada una ishi tib parecía estar coqueteando con un ugnaught. Den se estremeció ligeramente. Agh, demonios, esa unión sólo podría darse en el Planeta Infierno. Observó apresuradamente el resto del lugar, y vio a una técnico de medicina durosiana que acababa de entrar. Algo sobre ella hizo que el sentido de la historia de zumbase. Recogió su bebida y fue a unirse a ella en la barra.
Gesticuló al camarero. Lo que ella quiera. La técnico asintió agradecida, y Den hizo un gesto quitándole importancia.
—Sólo dime algo de interés. Tengo aplacar a esa bestia insaciable llamada Servicio de Noticias de la HoloRed.
—No hay mucho que contar —dijo la durosiana—. Todos ocupados. Mesas llenas, vestíbulos llenos, gente apilándose fuera.
—Noticias viejas, querida. Dame algo jugoso de donde pueda sacar una historia.
—Bueno, hay una cosa. Vondar está cortando a un mercenario enemigo.
Las orejas de Den giraron hacia delante.
—¿Sí?
La durosiana bajó su voz.
—Y no creo que nadie le haya dicho que su paciente es el mismo tipo que dirigió la carga a nuestro último campamento... el que mató al doctor Yant.
Den parpadeó.
—Que me ordeñen con un turboláser. Eh, dile a Narizotas que me apunte tus próximas tres bebidas.
Se levantó y volvió a su propia mesa, rumiando ese dato y observándolo desde todos los ángulos.
Era un chisme, no una noticia, pero era un chisme bastante bueno. No le gustaría ser el paciente bajo la vibrohoja de doc Vondar cuando Jos averiguase que estaba operando al mismo ser responsable de la muerte de Zan Yant. ¡El sepa tendría mejor suerte afeitando a un wookiee con los ojos vendados y una hoja oxidada!

jueves, 23 de octubre de 2008

MedStar: Intermezzo (II)

Por fin volvían a tener algo parecido a una cantina, y Den Dhur, reportero estrella de HoloRed, fue el segundo en la fila cuando las puertas abrieron. Habría sido el primero, pero, siendo un sullustano, su baja estatura y peso lo habían convencido de no molestar al bothano más grande delante de él.
Afortunadamente, los bothanos tienden a beber material simple, cervezas embotelladas y similares, de modo que Baloob, el camarero ortolano, pudo atenderle lo suficientemente rápido. Esa primera bebida era la importante; necesitabas que bajase rápidamente.
Den vio a doc Vondar unos lugares detrás de él, lo que no era exactamente una sorpresa. La cantina había sido últimamente el segundo hogar de Jos; si no estaba en la SO bombeando fluidos en algún paciente, estaba en una mesa en la taberna escasamente iluminada bombeándose fluidos a sí mismo. ¿Y quién podría culparlo? Su mejor compañero, el cirujano zabrak Zan Yant, había muerto sólo hace unos días. Den no era humano, pero emociones como el pesar y la pérdida eran bastante universales. No podías estar consciente y no sentirlos.
—Un reventador bantha, ¿no? —preguntó el ortolano. Limpió su sudorosa frente azul con un trapo anudado a su rechoncha cintura.
—Desde luego. Y tan pronto como puedas ver mi cara a través del vidrio, prepara otro.
—Ningún problema. No quiero tener que mirar tu cara más de lo necesario —dijo Baloob. Empezó a preparar la bebida mientras Den se dirigió hacia una pequeña mesa todavía vacía. Llamó a Jos por el camino.
—Hey, doc. Aquí.
Jos miró a Den como si nunca lo hubiera visto antes pero se volvió y caminó hacia él. Se movió como una criatura no-muerta en un holo de horror.
Pobre humano. Ésta es su primera guerra, y Zan Yant es el primer amigo real que ha perdido en ella. Den comprendió con algo de asombro que él ni siquiera podía recordar su primera guerra y el primer amigo que había visto matar. Todos se emborronaban juntos en un largo recuerdo de sangre y caos.
Un droide camarero pasó a su lado. Den le hizo una seña, captando su atención.
—Dile a Narizotas que haga otro reventador para mi amigo —dijo, señalando a Jos aproximándose.
—Por supuesto, señor —dijo el droide, y se dirigió hacia la barra.
Den volvió a sentarse y bebió a sorbos su bebida. No era doctor, pero sabía qué prescribir en este caso particular.

***

Barriss Offee entró en la cantina. Realmente no quería una bebida, y, como padawan Jedi, se suponía que de todas formas no debía beber. No era una prohibición, pero el Consejo no aprobaba que los miembros más jóvenes de la orden se emborrachasen. Barriss había ignorado esa pauta algunas veces; la última vez había sido hace una semana, cuando murió Zan Yant. Se había tomado varias jarras de cerveza, más para acompañar a Jos, Den y los otros que para ayudarse a sí misma a superar la tragedia. La Fuerza siempre estaba allí con ella para ayudarle a tratar tales cosas.
Ella también estaba cansada de su rotación en la unidad médica, y a veces estar alrededor de otras personas ayudaba a despejarse un poco. Aunque su entrenamiento como potencial Caballero Jedi le daba reservas de las que la mayoría de los seres carecían, cuidar de los heridos y los moribundos durante todo un turno era agotador, incluso con la ayuda de la Fuerza.
Barriss todavía se preguntaba por qué la Maestra Luminara Unduli la había enviado allí, a Drongar. La galaxia tenía más necesidad de Caballeros Jedi que doctores en la serie de enfrentamientos galácticos que habían llegado a ser conocidos como las Guerras Clon. Aunque ella no era técnicamente un caballero, teniendo que completar su entrenamiento todavía, seguía sin poder evitar sentir que sus talentos se estaban desaprovechando en ese lugar. Después de todo, ¿acaso no había ayudado a derrotar a las fuerzas de Dooku en la arena de Geonosis? ¿No había luchado codo con codo con los legendarios Kenobi y Skywalker en Ansion, y jugado allí un papel clave en la consecución de un tratado de paz? Aunque intentaba en la medida de lo posible aceptar la decisión de su Maestra con humildad y agradecimiento, y pese a la nobleza intrínseca del trabajo de curandera, todavía se sentía a veces frustrada bajo el yugo de su asignación a ese sitio.
Vio al reportero Den Dhur y al capitán Vondar sentados juntos, y como el pequeño sullustano le hacía una seña. Sonrió en respuesta.
—Buenas noches, Jedi Offee —dijo una voz de detrás de ella.
Se volvió para ver al droide de protocolo I-5YQ entrando en la cantina detrás de ella.
—I-Cinco. ¿Cómo estás? —parecía extraño estar preguntando a un droide por su salud, pero desde luego I-Cinco era un droide singular en muchos aspectos. La mayoría de la gente encontraba difícil, después de más de unos minutos de conversación, pensar en la unidad como un "ello"; el pronombre apropiado para I-Cinco era definitivamente "él". La personalidad contenida dentro de ese cerebro positrónico era demasiado individual para ser asexual.
—Ningún cambio sustancial para informar —explicó—. Todavía estoy trabajando en completar mi restauración de memoria.
—¿Algún progreso?
Él encogió los hombros de modo notablemente humano.
—Nada para lanzar cohetes. Estaba esperando descubrir que soy el gobernante depuesto de M4-78, pero hasta ahora no he tenido esa suerte.
Barriss sonrió. M4-78 era el planeta legendario de droides, datado supuestamente mucho antes de la Antigua República. El sentido del humor de I-Cinco —el mero hecho de que un droide pudiera tener sentido del humor— todavía le sorprendía en algunos momentos.
Ella señaló la mesa.
—¿Te importaría unirte a nosotros?

***

—¿Alguien ha visto a Klo últimamente? —preguntó Den a los asistentes. Normalmente estarían jugando al sabacc, pero todo el mundo estaba demasiado cansado como para concentrarse.
Tolk llegó a tiempo de oír la pregunta.
—Está hasta arriba de trabajo —dijo—. Tiene muchos pacientes infelices y apenados.
—Ya me imagino —dijo Jos, siendo cuidadoso de no dejar resbalar sus palabras. Tras el reventador, había seguido con un par de Frescas de Coruscant y estaba bastante bebido, pero no quiso dejar ver hasta qué punto estaba mal. Notó que Den le miraba.
—¿Qué? —preguntó, y quedó sorprendido de lo airado que sonaba.
—¿Has hablado ya con él?
—¿Con quién?
Den gesticuló, suavemente.
—Con Merit. Klo Merit, el Gran Tipo, el equani, ¿recuerdas? ¿Nuestro mentalista residente, el tipo que parchea psiques como tú parcheas cuerpos?
—¿Yo? —dijo Jos—. No —agitó su cabeza—. No.
Notó la expresión en la cara de Tolk y supo lo que quería decir, porque ya se lo había dicho tres o cuatro veces: Ve a ver al empático. Déjale ayudarte con esto. Ése es su trabajo, eso es lo que él hace.
Pero él no quería su ayuda. Dolía, cierto, pero debía doler. Por eso también rechazó la oferta de Barriss de ofrecerle consuelo a través de la Fuerza. Su amigo estaba muerto, y eso no era algo que un hombre pudiera —o debiera— dejar pasar encogiéndose de hombros.
Y no es que su muerte hubiera tenido mucho sentido. Zan había muerto por una planta. El ejército clon de la República estaba aquí en Drongar librando una guerra contra la fuerza droide Separatista por una sola razón: la bota, una rara planta que podía convertirse en una droga, una panacea, que servía de muchas cosas a muchas especies; podía usarse como antibiótico, antipirético, narcótico, o somnífero, dependiendo de la forma de vida a la que se administrase. La lista era larga, y seguía creciendo aún más conforme los científicos de la República experimentaban con varias variaciones de ella. Parecía tener pocos efectos secundarios, si es que tenía alguno. Era de verdad una droga milagrosa; pero la estructura celular de la bota era tan frágil que cualquier vibración más fuerte que el avance de un droide segador podría matarla. Eso usualmente impedía que las facciones belicosas se arrojaran la una a la otra algo que hiciera un estampido demasiado grande. Pero no siempre.
La bota crecía salvaje en los pantanos del continente del sur de Tanlassa, y la República y los Separatistas querían tanta de ella como pudieran conseguir. No tenía beneficios específicos para los seres mecánicos, pero las fuerzas del Conde Dooku no eran todo droides; había suficientes seres biológicos que podrían usar lo que la planta les ofrecía.
La ironía fundamental era que su lista aparentemente interminable de curas milagrosas se prohibió para su uso en Drongar. Se prohibió a Jos y a los otros doctores que usaran bota para ayudar a las mismas tropas que luchaban para protegerla; se conservaba para su uso en batallas más importantes en otros mundos. Zan había luchado contra esto, había ido hasta el extremo de tratar ilegalmente a varios pacientes con un destilado de la planta. Lástima que lo que lo había abatido había sido una de las pocas cosas que la fenomenal planta no podía curar.
El ensueño de Jos fue interrumpido por un sonido demasiado familiar, creciendo en la distancia. Alzó la mirada y vio que los otros estaban oyéndolo también. El zumbido penetró la ruidosa cantina, un sonido que todos conocían y todos odiaban: aeroambulancias.
—Comienza el espectáculo —dijo Jos, terminando su bebida.
Se dirigió fuera de la cantina, colocándose una máscara con filtro mientras el aire sofocante del mediodía drongarano le envolvía como la lengua de un rontu. Barriss y Tolk le siguieron. Vio a Leemoth y a otros cirujanos que se aproximan a sus kioscos. El camino de todos convergió en la plataforma de desembarco que también servía como área de diagnóstico. El primero de los transportes estaba aterrizando, con sus elevadores de repulsión levantando polvo y esporas, y Jos ya podía ver que iba a ser uno malo.

***

El coronel Vaetes agarró a Jos mientras se estaba colocando la bata y los guantes.
—La mesa seis es tuya —dijo—. Y será mejor que te des prisa.
Jos no cuestionó a su jefe. Después de todo, no le importaba. Corta, encola, sujeta con grapas, cose, un clon era igual que el siguiente. No significaba nada, daba igual; cosido uno, cosidos todos.
Pero cuando se acercaba a la mesa y miró al paciente, sintió un estremecimiento tan frío como si se hubiera sumergido en un campo criogénico.
¡Zan!
Entonces, cuando se acercó más, comprendió su error. Sí, el paciente era un varón zabrak, pero los tatuajes eran diferentes, aunque los cuernos seguían el mismo patrón. Era un error en el que caer fácilmente, dado su estado en los últimos días.
Su estremecimiento desapareció. Por supuesto que no era Zan. Él había visto el cuerpo de Zan. Estaba muerto, para siempre.
Tolk estaba colocando los instrumentos, y la enfermera de turno estaba conectando tensores, generadores de presión y lámparas de campo estéril cuando él llegó.
—No sabía que teníamos más personal zabrak —dijo.
—No lo tenemos —dijo Tolk—. Es un mercenario Separatista. Fue abatido detrás de nuestras líneas.
No había tenido ocasión de trabajar en ninguno desde la muerte de Zan. Una rápida ola de ira pasó sobre él.
—Que cualquier otro se ocupe de este —dijo.
Vaetes se enfrentó de nuevo a Jos.
—Nadie puede hacerlo. Tú eres el experto en la anatomía zabrak, Jos. El escáner de resonancia magnética muestra un pequeño trozo de metralla contra su plexo sub-esternal, un fragmento de otro en su duodécimo nervio circuncollar, y varios otros trozos de metal aquí y allá. Lo tenemos en inmobilina.
—Genial —dijo Jos, recordando los días en que trabajaba como residente quirúrgico en el Gran Zoo. Había tenido gran cantidad de pacientes zabrak, después de que el transporte de un grupo de visitantes hubiera chocado. Había ayudado en más de cuarenta cirugías en cinco días—. Será difícil. Si movemos el plexo aunque sea un poco, entrará en shock sistémico y morirá. Una molestia al CC-12, y vivirá, pero será sólo un trozo de carne del cuello para abajo.
Por eso le estaban administrando inmobilina, un paralizador; cualquier movimiento, por pequeño que fuera, podría ser desastroso.
Mientras hablaba, Jos oyó el sonido de otra aeroambulancia acercándose.
—Entonces será mejor que empieces —respondió Vaetes—. Vamos a necesitar la mesa. Pronto.
—Coronel… —comenzó Jos.
—Lo sé. Es un combatiente enemigo y ahora mismo no eres demasiado aficionado a ellos. Pero también es un oficial de alto rango, y la IR lo quiere vivo y hablando.
—La Inteligencia de la República, el mayor oxímoron que jamás haya habido, no es mi preocupación.
—No, pero la cirugía sí. Él es tu paciente; cuida de él, doctor Vondar.
Por los ojos del Creador, pensó Jos. Entró en el campo estéril, parpadeando cuando las luces antipatógenas brillaron sobre él.
—¿Escáner?
Tolk señaló a la enfermera de turno, que sostuvo la pantalla de datos con la imagen de la anatomía del herido zabrak en ella.
Esas bebidas estaban regresando para asustar a Jos. Ya era demasiado tarde para un trago de zumo anti-resaca. Incluso sereno, relajado, y descansado, esta clase de cosa era neurocirugía peliaguda, y estaba medio borracho, tenso, y exhausto. No apostaría un decicrédito contra el título de propiedad un crucero estelar de lujo por las oportunidades de supervivencia de este tipo.
—¿Un humano? —dijo una voz profunda y gutural—. ¿No podían encontrar un doctor de verdad?
El zabrak aparentemente todavía estaba despierto.
—¿Quién se encarga de la anestesia? —preguntó Jos-. ¿Por qué está hablando este paciente?
—Ni siquiera has empezado a rebanarme aún y ya has infringido las reglas, ¿eh, humano? Buena sorpresa, esta.
Jos apretó los dientes.
—Que alguien ponga a este paciente a dormir, por favor. Ahora.
—¿Qué pasa? —preguntó el zabrak—. ¿No tienes los nodos para matarme mientras te miro a los ojos?
Jos echó una feroz mirada al paciente herido.
—¿Crees que es una brillante idea fastidiar al cirujano de que está a punto de abrirte como un trikaloo del Día de Fiesta?
El zabrak sonrió con desprecio. Mucha gente podría no haber reconocido la expresión, pero Jos había vivido con Zan durante meses, y la conocía.
—Continúa y corta algo fatal, humano. Estarás haciéndome un favor. Si sobrevivo, tus estruja-cerebros me exprimirán como a una esponja de mar para sacarme lo que sé. Muerte rápida o tortura lenta, ¿qué escogerías?
—Nosotros no torturamos a los prisioneros.
El zabrak se rió. Le dolió al hacerlo, Jos podría asegurarlo. Mejor, pensó, y estaba sorprendido del feroz placer que sentía.
—No sales mucho, ¿verdad? —preguntó el zabrak.
Jos se concentró en su respiración. No dejes que te pueda.—¿Cómo te llamas, zabrak?
—¿Y a ti qué te importa, humano?
—Curiosidad, solamente. Después de todo, voy a estar abriéndote en unos minutos. Yo soy el doctor Jos Vondar, por cierto.
—¿Planeando leer mi epitafio?
Jos no pudo evitarlo.
—Quizá, si tengo suerte.
El zabrak consiguió reír de nuevo, aunque volvió a costarle bastante.
—Sar Omant —dijo—. En realidad, es coronel Sar Omant, de los Cuerpos Mercenarios Independientes. A tu servicio... desafortunadamente.
La anestesista se presentó por fin y plantó un parche dérmico en el cuello del coronel Omant.
—Lo siento, doctor Vondar —dijo—. Tenía que encontrar suficiente phyleol sódico para su peso.
Jos asintió. Por supuesto, la fisiología de un zabrak requería un anestésico especial. No es que tuvieran demasiado de ello por ahí tirado.
Los ojos del Zabrak empezaron a girar, poniéndose en blanco. Antes de que perdiera la consciencia, alcanzó a decir algunas palabras más:
Ioz noy jitat...—¿Qué fue eso? —preguntó Tolk—. ¿Una oración?
Jos rechinó sus dientes de nuevo.
—No. Una maldición.

***

Comenzando, Jos comprendió que iba a tener que hacer la cirugía en dos partes. El CC-12 era el más fácil de los dos procedimientos, en la medida en que tomaría sólo una hora a lo sumo terminar con ello. El plexo sub-esternal podría esperar; no mataría al Zabrak con tal de que fuera inmovilizado. Jos podría extraer el primer fragmento y, si no causaba más daños al nervio circuncollar, el paciente sería capaz de caminar, asumiendo que no muriera durante el segundo procedimiento.
Sería tan fácil meter la pata. Ni siquiera los mejores maestros cirujanos del Hospital de Coruscant podrían extraer un proyectil del tamaño de la punta del dedo pulgar de un área tan sensible como el plexo de un zabrak sin poner al paciente en shock sistémico. Nadie podría señalar con el dedo a Jos si Sar Omant no sobrevivía. Simplemente con empujarle ligeramente mientras sacas la esquirla, sólo con tirarle bruscamente de un cabello...O podría dañar el CC-12 un poco y paralizar al bastardo. Salvar su vida pero déjalo lisiado; era tentador, muy tentador. Después de todo, Zan estaba muerto debido a asesinos como este. De esa forma, Omant tendría tiempo suficiente para pensar sobre sus acciones. Y por lo menos habría un poco de justicia.
—Vibroescalpelo número dieciocho, por favor.
Ella tomó el asa del escalpelo en su mano enguantada. Al hacerlo, las luces parpadearon, apagándose y volviendo a encenderse.
—¿Qué? —dijo Jos, apartando su mano de la caja torácica del paciente.
—Es el generador —dijo alguien—. Probablemente las esporas se estén comiendo los platos armónicos.
¿Realmente se ha sorprendido alguien?, se preguntó Jos. Habían tenido que conseguir que la SO y sus aledaños funcionaran antes de que todos los generadores estuvieran en su sitio, y por consiguiente todo estaba constantemente al borde de la sobrecarga. Incluso el personal. Especialmente el personal.
—Tenemos algunos trombos en el pericardio secundario, doctor —dijo la anestesista—. El MEG muestra un aumento de fluido en el sub-corazón.
¡Mierda!, pensó Jos.
—Tendremos que drenar antes de extraer la esquirla.
Los zabraks tenían dos corazones, uno principal y uno secundario, y si uno empezaba a latir fuera de sincronización con el otro, la arritmia podría causar que los dos empezaran a fibrilar. Y eso probablemente habría matado a Omant antes de que el shock del plexo tuviera oportunidad de hacerlo.
—Abre una bandeja cardiaca —dijo Jos. Mientras su gente se volvió conseguir una, él echó una mirada alrededor de la gran sala. Todas las mesas de operación estaban llenas. Pudo ver a los droides celador, incluyendo a I-Cinco, empujando más camillas al otro lado de las claras puertas de transpariacero de la SO, en el vestíbulo. Y aunque comprendió con el corazón hundido lo lejos de ellos que aún estaban, oyó el gemido creciente de más aeroambulancias aproximarse.
Esto está durando demasiado. ¿Cuántos de los clones morirían mientras él estaba trabajando en este soldado enemigo?

viernes, 17 de octubre de 2008

MedStar: Intermezzo (I)

MedStar: Intermezzo
de Michael Reaves y Steve Perry


Jos extrajo una astilla de duracero afilado y dentado, la mitad de ancha que su mano, del vientre del soldado herido, y la dejó caer en la bandeja que Tolk estaba sosteniendo. No resonó al chocar contra ella; alguien se había cansado de oír ese ruido particular una y otra vez, y había forrado las bandejas de metal con viejas láminas de aislamiento de transpondedor, espeso y elástico. Ahora, cuando un cirujano extraía metralla de un paciente y la dejaba caer en el plato, el sonido era amortiguado, un suave golpe sin mayor consecuencia.
No es una mala idea, pensó Jos. Por supuesto, el nuevo sonido lo irritó casi tanto como lo hacía el viejo. Más, quizá. Pero la verdad es que muchas cosas irritaban a Jos esos días. Tener que permanecer allí durante horas y sacar pedazos cortos y gruesos de metal afilado de los carbonizados y destrozados órganos estaba en lo alto de esa lista. Eso hacía que forrar bandejas quirúrgicas para atenuar el estrépito pareciera bastante insignificante.
¿De verdad quieres hacer eso, Jos?, preguntó su voz interior. ¿De verdad quieres pensar sobre la inutilidad de cosas?
No. No quería.
Como si lo que él quisiera importase mucho.
Los refrigeradores de aire estaban estropeados otra vez, debido a la putrefacción por esporas; nada inusual allí. El calor tropical húmedo se filtró en la SO, volviendo el aire mojado, provocando sudor y no permitiéndole evaporarse. El olor de moho era omnipresente, camuflando fácilmente el aroma a ozono de los campos antisépticos, así como el más desagradable olor químico del herbicida con el que cubrían periódicamente las paredes. La infestación de esporas había sido particularmente penosa desde el traslado de las llanuras de Jasserak a las altiplanicies. Todo el mundo llevaba mascarilla con microfiltros y gafas protectoras, tanto fuera como dentro, y no era paranoia; tres humanos, un kubaz, y un ugnaught estaban en la enfermería ahora mismo siendo tratados por neumocontosis ascomicética. Jos había visto centenares de seres de esas especies, y de otras también, padeciendo llaga de pulmón en fase terminal, como era normalmente conocida esa enfermedad. No era bonito. Algunos tenían fiebres lo suficientemente altas como para cocinar literalmente en sus propios jugos.
Y el área de la altiplanicie era considerada uno de los puntos más bellos del planeta.
Jos sujetó un par de pequeños torniquetes e hizo que Tolk lavase la herida con la esponja. Él miraba la herida con ojo crítico. No tenía demasiada mala pinta. El droide pudo cerrarla con un tapón de cola, y si el soldado clon no contraía llaga de pulmón, putrefacción de bazo, o algún otro tipo de infección en la zona herida en las próximas 24 horas, probablemente sobreviviría para luchar otro día.
—Dáselo al droide para que lo cierre —dijo Jos a Tolk. Suspiró—. Y dile a nuestro próximo invitado que su mesa está lista.
La sala de operaciones era provisional, incluso más de lo usual, ya que acababa de ser instalada. Los Uquemers se habían diseñado para reubicarlas rápidamente —de ahí el "móvil" en Unidad Quirúrgica Móvil de la República— pero sólo se habían usado para desplazarse una vez desde que Jos estaba en este mundo sobrecalentado, y eso había sido hacía menos de una semana. Había parecido la opción más prudente, dado que los Separatistas estaban montando una ofensiva mayor para empujar a la República tras las líneas del frente, lanzando morteros, aniquilándolos con láseres y rayos de partículas, y, en general, arrasando el lugar. La reubicación había sido de libro, según el informe oficial, con una pérdida mínima de equipo, pacientes, y personal.
Por supuesto, una de las bajas había resultado ser el mejor amigo de Jos.
Jos lanzó otro suspiro. Casi han pasado quince minutos desde la última vez que pensé en Zan. Debe ser un nuevo record.
Zan Yant, un zabrak del mundo de Talus, había sido cirujano y un músico reconocido, así como el compañero de cubículo de Jos, y el alma más amable que cualquiera podría pedir. Ahora Zan estaba muerto, un daño colateral en una guerra que había odiado con una pasión que parecía reservada para aquellos de temperamento artístico. Zan Yant, vástago de una adinerada familia de mercaderes, compositor de études clásicos, sonatas, conserlistas, y otros trabajos de genio musical, estaba muerto, y no había ningún sentido en ello. Ningún propósito, y ninguna excusa.
No había sufrido; quedaba ese consuelo, por lo menos. Una esquirla de metralla, más fina que un pelo de bantha, se había alojado en el nodo del ganglio anterior del zabrak, en la base de su cráneo, derribándolo al instante. Fue —como todos decían— análogo a apagar el interruptor principal en la nuca de un droide de protocolo. Así de rápido y sin dolor.
La diferencia crucial era, por supuesto, que uno siempre podría encender de nuevo a un droide.
Un par de soldados clon, sirviendo como celadores, trajeron en una camilla al próximo paciente. Este tipo de trabajo de apoyo debía de haber sido hecho por droides programados, pero algún tipo de óxido o corrosión había atacado las juntas en muchos de los seres mecánicos y, como resultado, más de la mitad de ellos estaba fuera de servicio.
Era una situación demente. Él era el cirujano jefe, después de todo, y capitán, el segundo en la línea de mando después de coronel D'Arc Vaetes. Supuestamente, no tendría que tener los brazos metidos hasta los codos en los intestinos purpúreos de los soldados clon, arrancando trozos de metal y aplicando coagulantes. Pero las condiciones en este mundo habían atrasado el reloj unos milenios, y ahora trabajaban bajo presión, en condiciones primitivas que demasiado a menudo proporcionaban la muerte en lugar de renovada vida para quienquiera que estuviera bajo sus escalpelos láser.
Tolk la Trene, su enfermera ayudante, miraba en la pantalla de datos el informe del siguiente clon herido.
—Quemaduras de partículas y lesiones por compresión, según el médico de campaña.
Rápidamente informó del estado de la presión sanguínea, respiración y ritmo cardíaco mientras Jos asentía ausente. Todo que él quería hacer era arrastrarse a su tienda y dormir; durante una semana, un mes, el tiempo que hiciera falta hasta que esta destructiva guerra hubiera terminado. Costaba demasiado esfuerzo pensar, recordar, incluso respirar, como para encima practicar cirugía. Pero no había otra opción.
—Metámoslo en fluidos —dijo a la otra enfermera. Se volvió a Tolk—. ¿Cuánto tiempo podemos mantenerlo en el tanque de bacta?
—Cuarenta y cinco minutos, como máximo.
No era suficiente, y Jos lo sabía. Y un tratamiento parcial de las lesiones y del tejido necrótico podría ser peor que no sumergirlo, ya que aumentaría el riesgo de infección.
—Prepáralo para un tratamiento con máser.
Y haz algún encantamiento sobre él y canta, ya que estás en ello.
Estaba tan cansado y deprimido que incluso la presencia de su querida Tolk, normalmente más que suficiente para levantar su espíritu bajo las condiciones más adversas, no lo alegró ahora. Recientemente habían reconciliado sus diferencias tras la muerte de Zan, y él sentía que debería ser la forma de vida más feliz de la galaxia; en cambio, sentía una mezcla de emociones encontradas, de las cuales la menor no era la culpa por estar vivo y enamorado.
Sabía que tenía que pasar por esto. El pesar era un proceso que no podía apresurarse o rechazarse. Y Tolk lo comprendía. Además de ser enfermera, también era lorrdiana; su habilidad de leer el idioma del cuerpo de otros rayaba en la telepatía. Ella supo que él ahora mismo necesitaba espacio más que nada.
Tras él, amortajado dentro una túnica con una gran capucha, permanecía uno de los Silenciosos, esa misteriosa hermandad cuya mera presencia parecía de algún modo ayudar a los pacientes a recuperarse. Nadie sabía si el efecto era panacea o placebo, pero nadie podía negar que fuera real.
Lo que sea que hagan, pensó Jos, ayuda de algún modo.