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martes, 24 de julio de 2012

La Tribu Perdida de los Sith #8: Secretos (y V)

Epílogo

Hilts había bautizado la época anterior. Ahora, con el final de la Edad de la Podredumbre, también había dado nombre a la era que empezaba.
La Restauración de Hilts. Le gustaba cómo sonaba.
La facción superviviente más grande después de las dos semanas de caos había sido el Destino Dorado, y resultó ser de lo más oportuno. Al igual que sus rivales, querían apoderarse del poder en Kesh, pero siempre habían tenido sus ojos puestos en la dirección correcta: hacia el exterior. Hilts no les podía ofrecer el regreso a las estrellas que querían, pero había encontrado un nuevo mundo para que lo conquistaran. Acompañado por Bentado, Neera, y los otros, regresaron rápidamente en el continente, anunciando las grandes noticias. El sistema de gobierno de la Tribu sería restaurado y dirigido hacia una meta.
Hilts no se preocupó por la forma en que llegarían al nuevo continente. En su papel de ingeniero jefe, Edell se comprometió a atacar el problema con vigor, estudiando formas de abarcar distancias superiores a las que cualquier uvak o embarcación hubiera alcanzado nunca. Podría tardar años, décadas o incluso siglos... pero la Tribu lo lograría.
El nuevo Gran Señor se preguntaba acerca de lo que habían encontrado. ¿Le habría hablado Korsin a Adari Vaal acerca del nuevo continente? Tanto si fue así como si no, el de algún modo ella logró llegar hasta allí con su grupo uvak robados, los residentes sabrían que los Sith existían. La nota Korsin era probablemente correcta. La conquista del nuevo continente no sería tan fácil como la adquisición del antiguo.
La perspectiva de un reto le hizo sentirse joven de nuevo.
Había una última cosa. Le vino a la mente a Hilts casi como una ocurrencia tardía. Tan pronto como Edell y los demás anunciaron su nombramiento, Hilts vio el fogonazo de fuego en los ojos de Iliana. Después de todo, ella había sido la que competía por el poder, no el Cuidador. Él no era quien se suponía que debía ser elevado a lo alto. Pero después de la conmoción inicial -y de darse cuenta de que Bentado y sus compañeros todavía sentían deseos de venganza contra Iliana por sus acciones pasadas- había pensado en la frase definitivamente correcta que decirle, delante de todos ellos.
-Si voy a ser Gran Señor, necesitaré una esposa.
En un primer momento, ella no había sido la única sorprendida: el propio Hilts apenas podía creer que él hubiera dicho eso. Tampoco supo nunca exactamente lo que ella había pensado al respecto... hasta ahora, ahí en la columnata exterior del templo de montaña, bañada por el sol. Alta y majestuosa, Iliana estaba de pie frente a él, brillando en un vestido dorado, producto del trabajo de los mejores artesanos keshiri. Los rituales nupciales eran siempre sólo una excusa más para una celebración, en lo que concernía a los miembros de la Tribu; la fidelidad significaba muy poco para un creyente Sith. Pero la propiedad significaba mucho, e Iliana acababa de alcanzar bastante. Pudo ver que varias de sus antiguas Hermanas de Seelah estaban allí con su propio atuendo; evidentemente, este giro de los acontecimientos había arreglado todos las brechas del continente.
Retorciendo la antigua banda de compromiso de Seelah en su dedo, Iliana sonrió débilmente a los demás... y luego, en privado, miró fijamente a Hilts.
-Los dos sabemos que esto es ridículo -susurró-. Si piensas que voy a estar eternamente agradecida por salvarme...
-Yo nunca pensaría eso -dijo Hilts.
Eso pareció satisfacer a la mujer por un momento. Pero conforme los miembros de la Tribu pasaban ante ellos en la línea de recepción, Iliana tuvo una idea repentina.
-Espera -dijo, en voz baja-. Si vas a restaurar las antiguas usanzas... ¿no era el consorte del Señor Gran condenado a muerte cuando este moría? -Sus cejas se arquearon-. Es cierto. ¡Está en el Testamento de Korsin!
-Oh, ¿eso está ahí? -Hilts la miró, con suavidad-. Me había olvidado.
Iliana ardía de rabia. Hilts miró a su joven novia y sonrió. Habría un sabio liderazgo, siempre y cuando él viviera... y podría llegar a vivir otros cuarenta años, porque habría alguien para asegurarse de que lo hiciera. Poderosa, joven, y taimada, luchando todas sus batallas. Seguramente algunos habían consentido su ascenso porque él era un objetivo fácil... pero ella no lo era. Y la única manera de proteger su propia vida era proteger la de él.
Hilts levantó la vista hacia la estatua que se cernía sobre ambos. Allí estaba: Yaru Korsin, sabio por encima de todo... incluso en cuestiones de matrimonio. Detrás de la estatua había filas y filas de miembros de la Tribu pulcramente vestidos, firmes y esperando su turno para saludar al nuevo líder y su novia. Todos los Sith supervivientes de Keshtah Menor debían de estar hoy aquí, pensó Hilts. Algunos tenían mal aspecto después de los disturbios del mes pasado, pero estaban allí, celebrando tanto su matrimonio y como el último día del Festival del Ascenso de Nida. ¡Este sería un mes de fiesta que nadie olvidaría!
A lo largo de los lados de la columnata había cientos de keshiri, animando y aplaudiendo. Saludándolos con la mano, Hilts recibió en respuesta un grito colectivo de aprobación. Los keshiri aún no podían formar parte de la Tribu ellos mismos, pero Hilts cambiaría eso. Muchos de ellos tenían talentos útiles, y la Tribu bien podría necesitar la ayuda de todos en el desafío que le esperaba.
Por un momento, se imaginó el aspecto que el pobre Jaye habría tenido con el uniforme de un Tyro o un Sable. Hilts sonrió ante la idea. Haría falta un tiempo, pero lo haría.
Leer la historia había sido su vida. Ahora escribiría la suya propia.
La Tribu prevalecería.

La Tribu Perdida de los Sith #8: Secretos (IV)

Capítulo Cuatro

No había tenido ningún visitante en casi dos mil años... y tampoco parecía que hubiera visto mucho tráfico cuando la gente aún vivía allí. A diferencia del lugar de descanso del Presagio sobre ellos, y la bóveda celeste por encima de todo, este nivel más bajo no era un santuario, ni era para mostrarlo. El estrecho pasillo a través de la oscuridad carecía de sujeciones para las barras de luz, y comparada con las adornadas puertas de los demás sitios, la entrada a la sala octogonal era absolutamente modesta.
Hilts y sus compañeros habían entrado en las catacumbas después de esquivar la confusión en la plaza. Los cables se habían roto, frustrando de manera temporal el plan Edell de hacer caer la torre sobre el Presagio... pero Hilts sabía que tarde o temprano encontrarían una forma de continuar. Él tenía que averiguar lo que Korsin había querido decir antes de eso.
Lo que era difícil en la oscuridad.
-Encuentra alguna barra de luz más -ordenó. Jaye asintió con la cabeza y corrió hacia fuera.
Entre los pocos que habían traído y la luz de su sable de luz y el de Iliana, habían sido capaces de reconocer la característica principal de la habitación. Un gran mapa de piedra tallada de Keshtah, su continente, dominaba uno de los muros; pequeños cristales Lignan habían sido insertados en el diseño para indicar los asentamientos. Era el equivalente planetario al mapa del cielo de arriba. Una pared tenía la puerta de entrada, las otras seis solamente tenían grandes losas de pizarra en blanco, del mismo tamaño que el mapa de Keshtah.
-No me gusta estar aquí -dijo Iliana, agarrando su sable de luz con fuerza-. Esto es un callejón sin salida, como una vía muerta.
-“Muerta” es correcto -dijo Hilts, mirando hacia arriba-. Yaru Korsin murió aquí. Puedo sentirlo.
Los ojos de Iliana se estrecharon por un momento.
-Yo también lo siento –dijo-. Es una sensación agradable.
Hilts no le hizo caso, de rodillas en el centro de la habitación y acercando su sable de luz al suelo.
-Surcos -dijo, tanteando la superficie de la piedra-. Cuatro de ellos. Aquí es donde se guardaba la silla de Yaru Korsin por la noche. -Miró hacia el mapa de la pared-. Y eso es lo que miraba.
-¿Por qué no dejar la silla de Korsin aquí después de su muerte?
-Tal vez Nida quisiera que cualquiera que entrase en el futuro pensara que Yaru pasaba todo el tiempo contemplando el cosmos... y su regreso.
Iliana se burló.
-Entonces tal vez debería haber abierto algunas ventanas en la sala donde guardaban la nave.
Hilts se puso de pie y caminó hacia el mapa. Sí, tenía sentido. Esto no era un lugar de lujo: era un lugar de trabajo, donde Korsin diseñaba el gobierno de la Tribu sobre su nuevo mundo. Seguramente sólo habría traído aquí a sus ayudantes keshiri de confianza, a trabajar en el mapa. Mirando hacia atrás, se esforzó para ver las demás paredes a través de la oscuridad. Gigantescas pizarras negras, clavadas a las paredes por estacas de metal que debían provenir del Presagio. Hilts podía imaginar a Korsin trabajando aquí, trazando con tiza sus planes para la Tribu. Si la silla del capitán siempre estaba mirando hacia el mapa -y no podía imaginar otra cosa-, entonces no había nada en absoluto "detrás del trono". Sólo paneles de piedra en blanco.
Desactivó su sable de luz y se quedó mirando la oscuridad.
¿Qué quería decir Korsin?
Con un pensamiento viniéndole a la mente, Hilts se alejó un paso del mapa...
...sólo para ver una figura que entraba agitándose, casi volando, a la sala, lanzada desde el pasillo por un enorme empujón de la Fuerza.
-¡Jaye! -gritó Hilts cuando el keshiri aterrizó pocos metros antes de la pared del fondo. El anciano corrió junto a su ayudante y le dio la vuelta... sólo para ver las heridas grabadas a fuego en el pecho desnudo del secretario.
La obra de un sable de luz. O de varios.
-Lo siento, Cuidador -dijo Jaye, tosiendo mientras la vida se le escapaba-. Traté... de encontrar... alguna barra de luz más...
Aturdido, Hilts miró a un lado, donde Iliana ya había asumido una postura defensiva. Una tras otra, las figuras que habían visto fuera del Presagio irrumpieron en la sala, con los sables de luz en la mano.
-Vaya, vaya -dijo Korsin Bentado, arrastrando la voz con desagradable deleite-. ¡Así que es aquí donde la Hermana jefe se había escabullido! -Levantó el mutilado brazo izquierdo-. ¡Te estaba buscando!
-Tú no eres el único -ladró Neera, junto con Edell y varios de sus compañeros de Destino Dorado, que bloqueaban cualquier escapatoria-. Muy poca amenaza... ¡es hora de acabar contigo!
-Dejémosla en la torre y observemos cómo cae –dijo Bentado.
-No -dijo otro, señalando una desfiguración que, sin duda, había sido causada por Iliana-. ¡Encadenémosla al lugar donde caerá el martillo!
-¡Olvidaos de eso! -gritó Iliana, a punto de moverse-. ¡Terminemos con esto ahora!
-¡Quietos!
El grito del portero resonó en la sala, atrayendo sobre él por primera vez la atención de los recién llegados. Acunando a su ayudante muerto en sus brazos, gritó de nuevo.
-¿Quién de vosotros ha hecho esto?
-¿Y qué más da? -Los dientes de Bentado brillaban a la luz que emitía el brillante armamento-. Era un keshiri. Su presencia profana este lugar.
-¿Qué? –Dejando a Jaye en el suelo, Hilts plantó firmemente sus pies en el suelo, sintiendo una ira que no había sentido desde su juventud-. Los keshiri ayudaron a construir este lugar. ¿Y profanar? ¡Sois vosotros los que tratáis de destruir el Templo, y al Presagio con él!
-Toda la vida es profana -dijo Neera. Se había añadido algunas cicatrices nuevas desde la última vez que la vio-. Ya has visto nuestros amos alienígenas. Ya sabes lo desagradable que puede ser la vida.
Hilts dio un paso hacia el grupo, sólo para ver a Edell dar un paso al frente de todos.
-Sé cómo te sientes acerca de este lugar, Cuidador. Pero nos ha salido el tiro por la culata... a todos nosotros. Todo lo que alguna vez nos dijeron acerca de la Tribu es mentira. Se acabó. No tiene sentido aferrarse a lugares como éste. Es sólo otra cuenta que hay que ajustar. Hay que eliminarlo... y luego eliminarnos unos a otros.
-Esto no es el fin -gritó Hilts-. ¡Esto no es el fin!
-No -dijo Edell, con un escalofrío en su voz-. El fin ya ocurrió. Sólo que aún no lo sabemos.
Los guerreros se lanzaron hacia el centro de la habitación, apartando a Hilts mientras trataban de enfrentarse a Iliana, la más peligrosa de sus presas.
Cayendo hacia atrás, Hilts volvió a ver las placas vacías de las paredes, suspendidas en sus picos de metal. Por alguna extraña razón, en ese momento se encontró pensando la idea que había tenido poco antes de que arrojasen a Jaye a la sala: ¿Por qué malgastar el precioso metal colgando pizarras?
¡De repente, lo supo!
Con un tremendo esfuerzo, Hilts tiró con la Fuerza de las barras de metal, arrancándolas de las paredes. En los seis lados de la sala, los paneles de piedra maciza se soltaron, cayendo hacia adelante y golpeando contra el suelo. Hilts tiró de Iliana, retirándola del camino de uno de los monolitos al caer.
¡Thoom! ¡Thoom! ¡Thoom! ¡Thoom! ¡Thoom!
¡Doom!1
Viendo que los demás guerreros se estaban recuperando de la sorpresa y el impacto, Hilts se puso rápidamente en pie y cogió una barra de luz. Volviéndose hacia los muros frente a la pared del mapa, vio lo que esperaba ver...
...¡el resto del mundo!
Edell Vrai miró a la pared más cercana a él.
-¿Qué... qué es esto?
-Es un mapa de Kesh -dijo Hilts, acercando su luz a la imagen de la pared del fondo. Los paneles que habían aparecido junto al mapa de Keshtah estaban en blanco, pero los cuatro paneles al otro lado de la sala representaban un enorme continente, que hacía que el lugar que conocían fuera pequeño en comparación-. Es un mapa del otro extremo de Kesh. ¡Es el resto del mundo!
Iliana se quedó boquiabierta.
-¡Pero no hay nada más allá de los océanos! ¡Lo exploraron todo después de que llegase el Presagio!
-Ellos sólo conocían lo que podían ver, a lomos de los uvak... y en lugares donde los uvak podían llegar -dijo Hilts, recorriendo con entusiasmo el mapa con sus dedos. Allí también había cristales que representaban ciudades, muchas más que en el mapa familiar al otro lado de la sala, y había caracteres Tapani grabados cerca-. Esto era lo que estaba detrás del trono -dijo, volviéndose hacia los demás-. ¡Esto es lo que Korsin quería decir!
A medida que el Cuidador recorría la pared, los guerreros se dispersaron por el cuarto, usando ahora sus sables de luz para iluminarse en lugar de para defenderse.
-¿Qué está escrito aquí? –preguntó Edell, frustrado-. Hay mucho texto en este lugar.
-Un momento -dijo Hilts, dirigiéndose a esa sección. Había sido grabado con una aguja de diamante... un artefacto que recordaba haber estudiado con asombro cuando era conservador en el palacio de Tahv, años atrás-. ¡Esto está escrito de puño y letra del propio Korsin!
La habitación quedó en silencio mientras estudiaba el texto. Ahí había algunas palabras nuevas, que dedujo que eran para referirse a Kesh y los keshiri, términos que no eran conocidos en el dialecto Tapani. Korsin era, evidentemente, un artesano de la palabra, igual que con todo lo demás. Vacilante, recitó, de la mejor manera que pudo...

“Nida, conocerás este lenguaje por los estudios que te he asignado... pero no reconocerás este mapa. Nadie lo conoce. Se basa en los últimos datos registrados por las cámaras del Presagio durante el descenso a través del lado oscuro de Kesh. Cuando descubrí una cámara con una pantalla que funcionaba, escondí el dispositivo, transfiriendo durante años lo que vio al mapa de los paneles de aquí hasta que finalmente se quedó sin energía.
"Nuestro pueblo y los keshiri pensaban que este continente era todo lo que había, solitario en un mar gigantesco. Tomar el control del continente de Keshtah dio a nuestro pueblo un propósito. Pero sólo hemos estado en Keshtah Menor. Este mapa muestra Keshtah Mayor: ¡una masa que empequeñece la nuestra, mucho más allá del alcance del vuelo de cualquier uvak! ¡Y con mucha más gente!
"Y sí, hay gente. Debe haberla. Los cristales representan las luces -¡luces!- vistas en el lado oscuro del planeta. Hay ciudades allí, otra civilización entera. Keshiri, probablemente, pero tal vez más avanzada... y que posiblemente no tema a los Celestiales. Podrían añadirse a nuestro poder... o podrían ser nuestros enemigos.
"Durante años, he dibujado en secreto el mapa sobre la base de lo que pude descifrar antes de que las imágenes se desvanecieran. Es realmente otro mundo. Ahora he hecho todo lo que he podido, y mis keshiri de confianza están sellando los paneles del mapa antes de nuestro traslado a Tahv.
"Pero puede que un día tú -o tu descendencia- necesites una causa que una a nuestro pueblo. El conocimiento que dejo aquí es auténtico poder. La envidia ha llevado a los Sith a grandes logros. Ahora hay algo nuevo que codiciar... algo que puede estar al alcance de los que sean dirigidos adecuadamente...

La sala permaneció en silencio después de haber dejado de leer. Hilts miró las palabras una vez más -y al gran mapa nuevo, rodeando al texto- y exhaló. Torpemente, sintió un bulto en el bolsillo del chaleco y extrajo el tubo de vidrio.
-Umm... También tengo una carta de su madre.
De pie apaciblemente junto a Iliana ante el nuevo mapa, Bentado volvió a mirar a Hilts.
-Tiene más de esa misma escritura en todas partes. ¿Hay guías para ese lenguaje?
-Las había -dijo Hilts-, -hasta que vosotros destruisteis mis archivos. –Arrastró los pies por el suelo-. Ahora yo soy el único que lo conoce.
Escuchando sus propias palabras, se enderezó. ¡Ahora yo soy el único que lo conoce!
-Esto es... inimaginable -dijo Iliana-. ¿Por qué Korsin no se lo dijo a nadie?
-Él ya tenía un continente que conquistar -dijo Hilts-. Y su disputa con Seelah y Jariad era demasiado personal... ellos no se habrían dejado persuadir por esto. –Miró a los rivales reunidos-. Pero esto persuadirá a nuestro pueblo ahora. Si necesitas que los Sith actúen al unísono... ofréceles un enemigo.
Aprovechándose de la paz, Hilts desenrolló la misiva de Takara Korsin. Leyó acerca del destino de los humanos Tapani, que se habían extraviado en el territorio de los Sith y habían sido esclavizados... y leyó acerca de su futuro, gobernando algún lugar por su cuenta. Y luego otro lugar. Y otro. “Si guías bien a nuestro pueblo, siempre tendrán una misión."
Edell parecía deslumbrado.
-¿Cómo llegaremos allí?
Todos en la sala conocían el problema. Los keshiri no eran una cultura naval. Las maderas locales eran demasiado densas para flotar o demasiado débiles como para soportar cualquier peso.
-Va a ser la misión más grande que nuestra sociedad haya emprendido jamás -dijo Hilts-. Nunca seremos capaces de lograrlo si actuamos como hasta ahora. Vamos a necesitar a todo el mundo. –Hizo un gesto con la cabeza hacia la deformada Neera-. A todo el mundo. Se requerirá orden, y disciplina. -Hizo una pausa-. Como en los días de la antigüedad.
De repente Edell apagó su sable de luz.
-Modelaremos de nuevo la sociedad a la antigua usanza. -Dio un paso hacia Hilts y se arrodilló-. Tú eres el Cuidador. Sólo tú conoces la antigua lengua... y conoces las antiguas usanzas mejor que nadie. Tú guiarás bien a nuestro pueblo.
Hilts miró con asombro al joven arrodillado ante él. Los camaradas de Edell miembros de Destino Dorado se inclinaron también. A un lado, Korsin Bentado hizo una pausa... y, finalmente, asintió, agachando su cabeza calva mientras se ponía de rodillas.
-Has redimido nuestra fe en Korsin.
Incluso Neera se arrodilló.
-Cuando no existía camino, has encontrado uno lo suficientemente amplio para todos. Solo tú tienes mi confianza.
Pronto sólo Iliana quedó de pie, mirando embobada por el asombro al ver a todos sus agresores reunidos, todos arrodillados ante el estupefacto conservador del museo.
-¡Aclamemos todos a Varner Hilts: el nuevo Gran Señor!

1 En inglés, tanto thoom como doom se pronuncian de forma muy parecida, y pueden funcionar como onomatopeyas de las losas de pizarra al caer, equivalentes a "Bum" o "Pum" en castellano. Sin embargo, aquí se hace además un juego de palabras, ya que doom significa además fatalidad, destino, etc... Ante la imposibilidad de encontrar un juego equivalente en castellano, he optado por dejar las palabras onomatopéyicas originales. (N. del T.)

lunes, 23 de julio de 2012

La Tribu Perdida de los Sith #8: Secretos (III)

Capítulo Tres

Al asomarse por la estrecha ventana de la cúpula, Hilts se dio cuenta de que Edell había estado pensando en este plan por un tiempo. Situada sobre el tejado del Templo, la lujosa cúpula ofrecía una vista clara del rectángulo principal... y desde allí, Hilts había observado con asombro toda la actividad.
Con la puesta de sol sobre el vasto océano occidental, la jornada de trabajo de los guerreros Sith acababa de empezar. Allí había por lo menos treinta, algunos de ellos con los ropajes de sus diferentes facciones; otros habían abandonado su vestimenta partidista por completo. Muchos de ellos habían llegado mientras Hilts y sus dos compañeros esperaban su oportunidad de salir del Presagio sin ser detectados, y todos estaban ocupados ahora en un gigantesco proyecto de ingeniería. O, más bien, un proyecto de demolición. Los guerreros se aferraban a los lados de la gigantesca torre de vigilancia, rodeando los soportes con largos cables de cuero. La torre era una maravilla, increíblemente recargada con plataformas de observación elevadas; no haría falta un esfuerzo enorme para derribarla.
Hilts vio exactamente donde se pretendía que cayera. Edell estaba de pie en la plaza, dirigiendo a los guerreros sobre la manera de colocar sus equipos de uvak. Con las bestias en el suelo y en el aire tirando de las cuerdas al unísono, Edell claramente esperaba que la cubierta más pesada de la torre de piedra cayera justo sobre la parte superior de la cámara que albergaba al Presagio.
-Esa sala fue bien construida -dijo Iliana, mirando por encima del hombro de Hilts-. ¿Le causará algún daño?
-Lo romperá igual que un martillo un huevo de uvak –murmuró Hilts. Conocía a Edell: intenso, pero estudioso. Edell comprendía cómo se habían construido las estructuras clásicas, y había visto de cerca el refugio del Presagio-. Tal vez no hagan pedazos la nave, pero ciertamente van a enterrarla.
Iliana se burló.
-Ya estaba muerta y enterrada.
Hilts se limitó a menear la cabeza y mirar. Había muchos por ahí, todos trabajando en su causa destructiva común. Incluso reconoció a Neera, la deformada líder de Fuerza 57, ofreciendo su enorme musculatura para unirse al trabajo junto a los otros guerreros.
-¿No están con ella algunas de tus Hermanas de Seelah? -Hilts entrecerró los ojos en la creciente oscuridad-. ¿No eres su líder? ¿Te escucharían?
-¿No has visto lo que ha estado pasando últimamente? Nadie sigue a nadie ahora -dijo Iliana, encogiéndose de hombros-. Pero trabajarán juntos en esto. La gente necesita una misión.
Hilts parpadeó. La unidad que él había esperado... en la causa de aplastar toda esperanza. Estudió a Iliana.
-Puede que te dejen vivir... si te unes a ellos.
-No es probable. ¿Quién crees que le arrebató la mano a Bentado?
Desde atrás, en la antesala, se escuchó un fuerte chasquido.
-He conseguido abrir el pestillo, Cuidador -dijo Jaye, levantándose. La gran puerta interior de la rotonda se abrió con un chirrido por primera vez en siglos.
-Eres todo un manitas -dijo Hilts-. Viene bien tener a alguien que te siga.
Jaye esperó a que su amo e Iliana entrasen antes de seguirlos, con una barra de luz recién encendida en la mano.
Mientras que el hogar del Presagio, bajo ellos, tenía un enorme ocupante, no había nada en esta rotonda más pequeña, salvo una sola silla junto a un brasero. Hilts dio un paso hacia ella con entusiasmo. Sí, era lo que él pensaba que era. La silla de mando. El trono del Gran Señor.
Lo suficientemente cerca para tocar el asiento, Hilts hizo una pausa y miró a su alrededor. Era un lugar extraño para ella, ahí sola en esa sala de la cima del Templo. Miró hacia el vacío sobre su cabeza. La única barra luminosa de Jaye no era suficiente para iluminar el lugar.
-¿Veis algo allá arriba?
-Creo que ya lo tengo -dijo Iliana. Agarrando a Jaye, rasgó violentamente la parte posterior de la túnica del sobresaltado secretario. Sin decir una palabra, formó una bola con el paño y lo tiró al brasero. Con la ayuda de la herramienta de pedernal encadenada a un lado, pronto tuvo un pequeño fuego encendido. El humo ascendió flotando hasta unas rendijas cerca del vértice del techo.
Con escalofríos, Jaye se mostró inquieto.
-Alguien de fuera podría ver el humo.
-No me importa -dijo Iliana-. No me queda nada salvo luchar.
Hilts miró a su ayudante y se encogió de hombros. Ahí hacía un frío sorprendente... lo bastante como para resultar incómodo incluso a un viajero de las estrellas.
-Tan solo mantente cerca del fuego -dijo, antes de mirar hacia arriba.
Por un momento, creyó ver las estrellas del exterior. Luego, al volver a mirar, se dio cuenta de que, efectivamente, las estaba viendo... en cierto modo.
-¡Un planetario!
Incrustadas en el techo redondeado había piedras carmesíes, brillando cálidamente con el fuego parpadeante. Una a una, reconoció las estrellas del cielo de verano de Kesh... y vio muchas otras más pequeñas que no podía reconocer.
-¿Son cristales Lignan eso de allá arriba? -preguntó Iliana.
Hilts se echó a reír.
-¿Por qué no?
La tripulación del Presagio habría tenido un montón de ellos a su disposición.
Devolvió su atención a la silla, la pieza que faltaba del puente de la nave. No era difícil imaginar a Yaru Korsin ahí, sentado en la noche, contemplando el retorno de su gente a las estrellas. Pensó de nuevo en la frase de Korsin del Testamento. ¿Qué había detrás del trono? No había nada ahí que él pudiera ver... sólo un muro vacío. ¿Sería algo en el mapa estelar? No, eso estaba encima.
Indiferente al despliegue sobre ellos -y a cualquier sentido de la historia- Iliana se dejó caer sobre la silla, echando sus piernas con botas sobre el apoyabrazos.
Hilts la miró boquiabierto.
-¿Vas a sentarte ahí?
-No voy a hacerlo. Ya lo he hecho. –Con aire casual, desenganchó su sable de luz y se lo fue pasando de una mano a otra-. O bien esa gente de fuera echa abajo el Templo debajo de nosotros, o bien nos encontrarán aquí. Si voy a tener que esperar, lo haré sentada.
-Como quieras.
-Esta sala es bastante inútil, ¿sabes? -dijo Iliana, haciéndose sonar los nudillos-. Sólo muestra el cielo en un momento determinado del año.
Hilts asintió con la cabeza. Era más decorativo que útil. Pero sus pensamientos estaban todavía en la silla... y en el Testamento de Korsin.
-¿Tienes un cuchillo?
-Por supuesto -dijo Iliana, usando la Fuerza para extraer una hoja de vidrio de un compartimiento en su bota. El arma se detuvo en el aire, flotando cerca de la cara de Hilts.
-Muchas gracias -dijo él, tomándola y arrodillándose detrás de la silla.
Detrás del trono. Tentativamente, casi con miedo, Hilts deslizó la punta de la shikkar en el duro cuero del respaldo del asiento. Pudo comprobar que los Sith no equipaban sus naves para que fueran cómodas... pero incluso el basto cuero de la silla de mando no era rival para la hoja keshiri. Con cuidado de no cortar más de lo que debía, Hilts retiró el cuchillo y deslizó su mano dentro del relleno.
Aún sentada, Iliana observó como el viejo pescaba sin rumbo, con el brazo hasta el codo dentro de la silla.
-Pareces un idiota -dijo.
También él se sentía como un idiota, y estaba a punto de detenerse cuando su mano alcanzó el nivel de los apoyabrazos.
-Hay algo aquí dentro –dijo-. ¡Cosido en el interior!
Extrajo rápidamente la mano, rasgando más la tapicería al hacerlo.
El vial de vidrio contenía una sola hoja enrollada de película transparente... más delgada que el más fino pergamino que los keshiri hubieran producido nunca. Al acercarla al fuego que comenzaba a extinguirse, unas figuras comenzaron a tomar forma.
-¿Qué es lo que está escrito? -preguntó Iliana, súbitamente interesada.
-Es el canto antiguo de los Tapani... el lenguaje de los humanos bajo el gobierno de los Sith -dijo Hilts-. El lenguaje de la madre de Korsin.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque lo he estudiado... y ella lo escribió. –Retiró de un empujón las piernas de Iliana del apoyabrazos y acercó la película al fuego tanto como pudo atreverse-. Takara Korsin. El padre de Korsin la abandonó por la madre de Jariad.-. Sus ojos recorrieron la página. Había pasado el año anterior estudiando un texto sobre el lenguaje. Despacio, pero seguro, fue descifrando el contenido.
-Está marcado como personal –dijo-. Entregado a Korsin por un mensajero de confianza.
Tragando saliva, recitó:

"Sé que estás cansado de oír hablar de mis visiones, hijo mío. Si actúas como siempre lo has hecho, supongo que no leerás esto hasta que tu misión esté bien avanzada. Me alegro de que se te haya dado el mando de una misión importante para Naga Sadow... incluso aunque me pese, como le pesa a toda nuestra especie, saber que tu victoria es solo para su gloria.
"Sí, he tenido otra de las visiones. He visto a nuestros descendientes gobernando un día un gran pueblo, libres de los Sith Rojos. Tendremos algo que será nuestro propio. Cuando estén bien dirigidos, veo nuevos horizontes abriéndose para nuestra gente... nuevos lugares para conquistar.
"Yaru, sólo tú eres lo suficientemente sabio como para guiar a nuestro pueblo. Devore será su propia ruina; siento fortaleza en la compañera que ha elegido, Seelah, pero eso no es suficiente. Sólo tú sabes cómo manejar las ambiciones de muchos... cómo dar forma a tu ira, y esculpirla para que se ajuste con el propósito que tienes delante.
"Tienes un propósito. Cuídalo. Si guías bien a nuestro pueblo, siempre tendrán una misión.”

Hilts retiró la carta del fuego y se quedó mirando. Ni siquiera se dio cuenta de que Jaye se había acercado con cautela, casi reverencial, detrás de él.
-Mire el sello de la fecha –dijo el tembloroso keshiri, señalando por encima del hombro de Hilts unas cifras a lo largo del borde-. Recibió esto justo antes de que el Presagio partiera hacia Phaegon.
Hilts asintió con la cabeza mientras pensaba en las palabras. No, Korsin no hubiera querido que nadie leyera el mensaje mientras todavía estaba trabajando para Naga Sadow, de ahí el escondite. Pero, durante un cuarto de siglo, Korsin había mantenido el mensaje siempre cerca de él.
-Siempre me había preguntado cómo encontró la fuerza para seguir adelante -dijo.
-Tonterías entusiastas de una madre que lo adoraba -dijo Iliana-. Ni siquiera Korsin podría creerse este sinsentido.
-Cállate, niña. -la miró fijamente-. Ella era sabia. Ella vio lo que él podía construir. Y esto demuestra que nuestro pueblo no estaba destinado a vivir como esclavos para siempre. Tenemos un futuro. -Hilts se puso en pie de repente y comenzó a andar hacia la salida-. Esa gente de ahí fuera. Si pudiera leérselo...
-No escucharían -dijo Iliana-. Esto ha ido demasiado lejos. Sé que yo no escucharía.
Hilts se detuvo antes de llegar a la puerta. Miró la carta de nuevo y frunció el ceño.
Iliana tenía razón. Los sentimientos eran un bálsamo para el espíritu... pero la gente necesitaba una causa específica. Como derribar una torre y destruir de una nave espacial.
-¿A qué causa te unirías? -preguntó, enrollando la carta y metiéndola de nuevo en su tubo.
Iliana respondió sin pensarlo dos veces.
-A la mía.
-Hmmm.
Podía oír más gritos en el exterior, más allá de la antesala. El equipo de demolición debía ser mayor ahora. Hilts y sus compañeros no podían quedarse. No ahí, no encima del lugar de reposo del Presagio...
-Espera -dijo Hilts, mirando al suelo.
Jaye se estremeció junto al brasero que ya comenzaba a enfriarse.
-¿Qué ocurre, Cuidador?
-Este mensaje... esto no es lo Korsin quería decir. -Miró a la silla donde Iliana seguía sentada-. Recuerda la cita. El verdadero poder está tras el trono. No dentro del trono. ¡No bajo quien se siente en él!
-¿Ahora quieres ponerte a discutir sobre semántica? –Iliana negó con la cabeza-. No, no. Estás buscando precisión en las palabras de un loco moribundo...
-Un loco lo suficientemente inteligente como para conquistar a todo un pueblo nativo... y para entrenar a una hija para la guerra delante de las narices de todo el mundo. No -dijo Hilts, haciendo rodar el tubo con la misiva en su mano-. Este mensaje era importante para Korsin, pero no es lo que quería decir-. Miró de nuevo al techo, donde las falsas estrellas se habían desvanecido junto con el fuego-. Nada de esto está bien.
Iliana se removió en el asiento.
-¿Qué quieres decir?
-Este lugar. No puedo creer que Korsin pasara aquí todo su tiempo –dijo-. Tienes razón. Este mapa de arriba... no es práctico. Es decorativo. Korsin estaba concentrado en la construcción de un imperio en Kesh. ¡No se quedaba sentado mirando las estrellas! -Hilts dio vueltas por la habitación-. Y Korsin. Ya viste en la grabación el aspecto que tenía.
-Me acuerdo -dijo Iliana, con interés creciente conforme el Cuidador se iba animando-. Se estaba desangrando hasta morir.
-La leyenda dice que Korsin fue herido de muerte en el exterior, en la vertiente occidental, y consiguió regresar a su silla para grabar el testamento.
-Hasta aquí -dijo Jaye.
-¡No! -Hilts pensó de nuevo en el brillante mensaje que había visto días antes. No, no había habido ningún fondo en la imagen. Habían sido capaces de ver la silla, pero nada más-. Asumimos que lo grabó aquí cuando encontramos la silla. Pero mira lo altos que estamos. Yaru no podría haber subido todas esas escaleras con una enorme herida en el pecho. ¡Yo estoy sano, y casi no lo consigo!
Iliana se puso en pie y volvió su mirada hacia el asiento.
-No lo entiendo. ¿Trasladaron su silla aquí después de su muerte? –Ella se encogió de hombros-. ¿Por qué? ¿Y adónde habría ido entonces?
Hilts consideró la pregunta durante unos instantes hasta que su ayudante, que ahora se encontraba acurrucado en el suelo cerca del brasero para calentarse, elevó la voz.
-Tal vez haya algo en la cámara debajo del Presagio.
-¿Debajo? -Hilts parpadeó en la oscuridad casi total de la rotonda-. No hay ninguna cámara debajo del Presagio. Construyeron el Templo sobre la nave donde ésta se detuvo.
-Pero la nave aterrizó en una pendiente -dijo Jaye-, y lo que vimos estaba completamente nivelado. La apuntalaron con mampostería de piedra. -Se agitó nervioso, contando con sus dedos morados antes de mirar hacia arriba-. Entramos en el Templo a través de un pasaje abierto en el vigésimo tercer peldaño de la escalera que ascendía de la terraza media. Sin embargo, pasamos por una puerta sellada en el séptimo peldaño. -El pequeño keshiri se cruzó de brazos con satisfacción-. Otra cámara, en la base de la estructura de apoyo del Presagio.
Iliana puso los ojos en blanco.
-¿Ha contado los pasos?
-Ha contado los pasos -dijo Hilts, sonriendo.
Su momentáneamente mejorado estado de ánimo se vio interrumpido por un leve estremecimiento, que reverberó a través del suelo. Los improvisados aliados de afuera se estaban acercando a su objetivo.
-¿A qué estáis esperando? ¡Vamos!

viernes, 20 de julio de 2012

La Tribu Perdida de los Sith #8: Secretos (II)

Capítulo Dos

-¿Iliana? ¿Iliana?
Hilts quedó boquiabierto al ver la figura en las sombras. Las últimas dos semanas habían sido muy duras para todo el mundo en Kesh, pero apenas reconoció a la líder de las Hermanas de Seelah. Iliana estaba sentada, acurrucada en el frío rincón de la oscura bodega, acariciando suavemente un cráneo.
Ella sollozaba suavemente, sin reaccionar a su presencia. Hilts miró con nerviosismo hacia atrás, a la habitación exterior y sus filas de mesas quirúrgicas de mármol... y luego bajó su mirada hasta el sable de luz que llevaba en la mano. Lo enganchó de nuevo a su cinturón. Iliana Merko era la peligrosa líder de una facción, pero la figura que se encontraba ante él era otra cosa. Su antaño brillante pelo estaba sucio y enmarañado, su otrora impecable piel estaba manchada de ceniza y sangre... y, sorprendentemente, con algo que nunca había imaginado que vería en su rostro: lágrimas.
-Ella murió aquí -dijo Iliana, alzando el cráneo a su frente-. Sola.
Hilts miró hacia abajo. Ahí, en la fría oscuridad, habían perdurado algunos fragmentos de un esqueleto, agrupados en una esquina. Al darse cuenta de a quién pensaba Iliana que pertenecía el cráneo, habló con cautela.
-¿Cómo sabes que es Seelah?
-Lo sé -susurró Iliana. Al abrir su mano enguantada, descubrió un anillo con el sello de la familia Korsin. Una banda de compromiso Tapani.
-Simplemente la dejaron aquí -dijo Hilts, arrodillándose para mirar los restos. Los fémures parecían enteros, pero sólo quedaban pequeños fragmentos de los huesos de debajo. Esto no lo había hecho el tiempo, pensó; y al ver el bastón cercano, la historia cobró sentido. Había sabido que la traición de Seelah había sido descubierta, y que Nida Korsin había castigado a su madre. Pero los registros nunca dijeron si se había tratado de exilio o de muerte. Ahora Los Bloques de abajo tenían sentido. La barrera habría mantenido a una Seelah lisiada aquí tanto como mantenía a los demás fuera-. Exiliada -dijo en voz baja.
-¡Fue traicionada! -Iliana se limpió las lágrimas parpadeando llena de furia-. ¡Se merecía algo mejor que esto!
-Y seguiría estando muerta, cualquiera que fuese el memorial que tuviera. -Viendo que la mujer depositaba suavemente el cráneo de nuevo en el suelo, Hilts se levantó y dio un paso atrás-. Estás sola aquí. ¿Qué pasó con...?
-¿Las Hermanas de Seelah? -Iliana mantuvo el rostro hacia la pared mientras trataba de recomponerse-. Luchamos duro cuando las facciones cayeron unas sobre otras. Pero luego nos derrumbamos... como todos los demás. -Sacudió la cabeza y le devolvió la mirada con ojos dorados inyectados de rojo-. No teníamos nada que seguir. ¡Seelah nació siendo una esclava!
-Supongo que sí.
-Lo sé -dijo, cerrando sus manos enguantadas en unos puños llenos de ira-. Cuando era una niña, una vez tuve una visión de la Fuerza de Seelah. Me pidió que la vengara.
Hilts pensó en el bajo relieve del exterior.
-Así que por eso sabías cómo llevaba el pelo.
-Pero lo que nunca dije a nadie es lo que estaba haciendo en la visión –dijo-. Estaba ese monstruo, ese monstruo rojo, con el mismo aspecto que ese Ravilan del mensaje. ¡Y ella le estaba lavando los pies! –Arremetió con la fuerza, haciendo pedazos los preciosos huesos contra la pared-. ¡Sus pestilentes y asquerosos pies!
Hilts asintió con la cabeza. Sí, él querría vengarse por algo semejante.
Iliana pasó junto a él y entró a empellones a la sala de oficiales
-Al parecer, algunas de las otras hermanas habían tenido visiones similares. –Se frotó los ojos para quitarse una lágrima persistente, y luego la sacudió, como si sólo fuera una mota de polvo-. No podíamos permanecer juntas mucho tiempo después de eso.
Entre los féretros de mármol, Iliana hizo una pausa. En un instante, su mano fue a su espada de luz.
-Hay alguien ahí fuera –dijo de pronto, con los ojos en la puerta-. ¡Están aquí!
Hilts fue corriendo a la habitación, junto a ella.
-No pasa nada. Viene conmigo.
Llamó a su ayudante. Jaye apareció tímidamente desde el exterior.
Iliana bajó su sable de luz y entornó los ojos.
-¿El contable? ¡El mundo está llegando a su fin y sigues teniendo mascotas!
-Debo tener algo que cuidar –dijo Hilts-. Es mi trabajo, después de todo. -Se interpuso entre la mujer y Jaye-. Pero, ¿a qué te referías con “Están aquí”?
-Me están buscando -dijo Iliana.
-¿Quién?
-Todo el mundo. Korsin Bentado. Lo que queda de Fuerza Cincuenta y Siete. Esos locos de Destino Dorado –dijo-. Todos los que quedan. Todas las cuentas pendientes se están saldando antes de que todos muramos.
-¿Te han seguido?
-Lo harán -dijo Iliana-. Liquidé a bastantes de ellos antes de irme. Estaba volando al oeste la última vez que sus rastreadores me vieron. No hay nada más al oeste que esto.
Hilts obligó a Jaye a dar la vuelta y lo empujó de nuevo hacia la puerta.
-No tenemos mucho tiempo –dijo-. Sígueme... Te lo explicaré por el camino.
La mujer alta le miró desafiante.
-Yo no soy tu pequeño secretario. ¿Por qué debería seguirte a ti a ninguna parte?
El Cuidador le devolvió la mirada.
-Porque puede que necesitemos ayuda para encontrar lo que estamos buscando... y tú estás en un callejón sin salida. Tú misma lo has dicho. –Señaló hacia la salida-. Mientras tanto, en realidad tengo un plan.
Iliana respiró profundamente y dio un paso hacia la salida.
-Estoy segura de que es un plan insensato -dijo al pasar junto a él.
-Vaya, eres una cosa odiosa -dijo Hilts-. ¿Te sale de forma natural?
Ella le miró y le obsequió con una sonrisa retorcida.
-Me forjé en el espíritu de Seelah.
La mujer cuyo cráneo acabas de besar... y luego has estrellado contra una pared, quiso decir Hilts. En lugar de eso, sonrió. Iliana había elegido a Seelah para idolatrarla, pero cualquier otra persona desagradable habría servido. Nunca confiaría en ella –los Sith nunca confiaban en nadie, de todos modos-, pero estaba empezando a comprenderla.
-Vamos al portal más adelante –dijo-. Por lo menos, verás algo que nadie vivo ha visto...

Hilts observo como Iliana seguía los contornos del oscuro metal con los dedos. Así que existía algo que pudiera impresionarla.
-Es maravilloso -dijo.
El Presagio se extendía bajo los techos abovedados del Templo, suavemente iluminado por las barras de luz que Jaye iba encendiendo. Hace mucho tiempo se dijo que el Presagio parecía un lanvarok, una antigua arma de muñeca Sith. Pero nadie en Kesh había visto nunca lanvarok... ni nadie había visto el Presagio en siglos. Los fundadores habían hecho todo lo posible para preservarlo, utilizando sólo cantería pulida a su alrededor y limitando el número de pasajes de entrada, y pese a todo la maltrecha nave mostraba una gruesa capa de polvo.
Y realmente estaba maltrecha. Incluso desgarrada en algunos lugares. ¿Qué necesitaría para elevarse en las estrellas?, se preguntó Hilts. ¿Qué tipo de protección? Haría falta bastante, a juzgar por las retorcidas lenguas de metal medio arrancadas del casco. ¡Y cuánto metal! Había más ahí junto de lo que nadie con vida hubiera visto nunca, a pesar del hecho de que gran parte del precioso material actualmente en circulación había sido rapiñado de los fragmentos del Presagio que quedaron en la ladera de la montaña después de su accidente.
¡Qué desastre debió haber sido!, pensó Hilts, observando su tamaño. Era asombroso que tanto la nave como la montaña hubieran sobrevivido.
Iliana reclamó para sí los primeros pasos en el interior, como Hilts había previsto que haría. A él eso no le suponía ningún problema: se contentaba con seguirla con una de las barras de luz que Jaye había traído. Al ver al keshiri temblando tímidamente en el suelo de mármol fuera de la escotilla, Hilts le hizo un gesto para que entrase.
-Es un sacrilegio estar aquí -balbuceó Jaye-. Soy un keshiri, no soy digno…
-Olvídate de eso. Necesitamos más luz.
Hilts encontró Iliana en una sección a proa de la nave. Allí, como en el resto de lugares a bordo, el Presagio había visto una catástrofe. El techo sobre ellos estaba abombado y retorcido. Los ventanales delanteros estaban destrozados, con sus bordes torcidos hacia afuera. ¿Algo los había golpeado desde dentro? Hilts no tenía ni idea.
Tampoco tenía ninguna noción de lo que estaba viendo a ambos lados. Lisos paneles de ébano se alternaban con otros destrozados que exponían las carbonizadas tripas de la nave. Hilts estudió un panel, y luego otro, reconociendo los caracteres Sith, pero no todos los términos. Telemetría. Hiperespacio. Astrogación. Ante sus ojos, se mostraban como palabras mágicas. Los estudiosos de la tribu habían tratado de mantener vivo el conocimiento de los viajes espaciales, pero eso se había desvanecido como todo lo demás en los últimos siglos.
Iliana golpeó varias veces en los paneles negros, como si presionando más fuerte pudiera traer la nave a la vida. Sí, ella había estado buscando una manera de salir del planeta, pensó Hilts. Como todos los demás.
La mujer golpeó con el puño en un panel, agrietándolo.
-¡Aquí no funciona nada!
-No -dijo Hilts-. Hay una cosa que funciona.
En la parte trasera del puente, Jaye estaba de rodillas, hechizado, ante una pantalla que brillaba suavemente. Números Sith aparecían en su cara, cada uno fundiéndose con el siguiente conforme pasaban los segundos. Era el dispositivo cuya emulación era el objeto del diseño de sus queridos Tubos de Arena: el crono del Presagio.
-Sigue funcionando -dijo Iliana, estupefacta.
Hilts se encogió de hombros. Todo a bordo del buque requería algún tipo de energía; tal vez el dispositivo de cronometraje no usase mucho. Se acercó y tocó el hombro del hipnotizado keshiri.
-¿Hoy es el día que pensabas que era, Jaye?
La boca de Jaye se abrió, pero no surgió ningún sonido. Por último, con voz seca, respondió.
-Sí. Los Tubos de Arena tenían un desfase de ocho días. Justo según mi teoría...
Al ver que se quedaba sin palabras, Hilts miró con cariño a su empleado.
-Muy bien, Jaye. Estoy impresionado.
Él y Jaye habían pasado toda su vida estudiando las grandes preguntas, sabiendo que nunca iban a descubrir si sus soluciones eran correctas. Aquí Jaye había visto reivindicados sus cálculos, de una vez por todas. Eso le pareció extraño a Hilts. Era un error pensar que los Sith y los keshiri podían aspirar a los mismos objetivos... y sin embargo él y Jaye lo habían hecho. Y ahora Jaye tenía su respuesta.
Hilts sintió una punzada repentina de celos y desvió la mirada hacia el centro de la habitación. Lo que él estaba buscando no estaba allí.
-¿Era aquí donde estaba el sillón de mando? –Iliana señalaba una plataforma desnuda-. ¿Lo que habías venido a encontrar aquí?
-Siempre supe que no estaría en el interior del Presagio -dijo Hilts, dando un paso hacia el estrado-. Pensé que querrías echar un vistazo.
Era bien sabido por las pinturas keshiri que Korsin había trasladado su asiento de capitán a la columnata en los días en que recibía a los visitantes. Sin duda no estaba ahí fuera, ahora... ni aquí dentro.
Iliana parecía angustiada.
-No lo entiendo. Con una nave semejante, ¿por qué Korsin trasladó a todos de la montaña, a Tahv? -Ella se cernía sobre él mientras Hilts se acuclillaba junto al espacio vacío-. Tal vez su generación no habría podido repararla... ¿pero dejar de trabajar por completo y partir? Yo estaba en lo cierto. ¡Korsin era un estúpido!
-Quería que la Tribu se comprometiera con sus vidas en Kesh -dijo Hilts-. Él sabía mejor que nadie en que estado estaba la nave. No iban a ir a ninguna parte. Ya has visto la sala que nos rodea; no hay manera de que el Presagio  pueda partir a menos que se desmantele el lugar. Construyeron el refugio a su alrededor. -Se acercó al agujero que tenía delante y miró a los muros de piedra más allá-. Esto no es un establo para un uvak, Iliana. Es una tumba.
Recordando el rostro del Testamento, Hilts imaginó la voz de Korsin describiendo su estrategia. Korsin habría ordenado el recinto para protegerlo de los elementos, y los demás náufragos habrían estado de acuerdo. Pero una vez que los Diferentes –la grotesca gente de Ravilan- estuvieron fuera del camino, Korsin habría dirigido progresivamente la atención de los supervivientes hacia el gobierno de Kesh. Eso era lo mejor que podían esperar. Sellar el templo y abandonar la montaña acababa con la tentación.
Hasta ahora.
Un movimiento le llamó la atención, y jadeó.
-¡Hay alguien fuera!
Hilts se agachó bajo el ventanal roto. Las luces del exterior proyectaban largas sombras sobre las paredes curvas. Iliana empujó violentamente a Jaye contra la cubierta y se lanzó hacia delante para unirse a Hilts. Los dos se asomaron cuidadosamente para ver como figuras con barras de luz entraban en el Templo.
El Cuidador contó ocho recién llegados que él pudiera ver, pero podía oír las voces de otros. A algunos los reconoció al instante. Estaba el calvo y corpulento Korsin Bentado, reconocible como el líder de los Korsinitas, pero muy dañado por la violencia de la última semana, al haber perdido su mano izquierda en alguna parte. Otras tres figuras llevaban las antaño brillantes túnicas del Destino Dorado, la facción obsesionada con el origen extraplanetario de la Tribu; sus llamativos uniformes habían perdido su lustre.
Y uno le resultaba familiar.
-Conozco a ese hombre –susurró Hilts a Iliana, señalando a un joven guerrero rubio. Edell Vrai había sido uno de los pocos visitantes regulares al museo, fascinado por la arquitectura de la época de Korsin, así como por las historias del Presagio, un tema del que podría hablar durante horas. Hilts esperaba que Edell estuviera encantado de ver al fin la nave de sus sueños. Y sin embargo, la figura del exterior tenía una expresión agria.
-Me enferma -oyó decir a Edell-. Esto... esta cosa... ¡no es más que un transporte de esclavos!
Hilts casi se puso en pie con las palabras de Edell, pero Iliana le empujó de nuevo hacia abajo. Juntos escucharon como Edell y sus compañeros, algunos de distintas facciones, hablaban con desprecio de la nave dañada.
-Un transporte de ganado, querrás decir -dijo otro.
-Fue el comienzo del cautiverio de nuestra raza aquí –añadió Bentado-. En efecto es un presagio... pero de desesperación.
-Tienes razón -dijo Edell, con sus palabras resonando por toda la cámara-. Tenemos que destruirlo.
Hilts e Iliana se miraron, atónitos. Fuera se oían vehementes gritos de acuerdo, de personas que nunca habían estado de acuerdo en nada.
-Es justo -tronó la voz profunda de Bentado-. Una última y desafiante puñalada. Nuestra gente morirá... pero morirá con el puño cerrado de odio contra el destino.
-Además sé exactamente cómo hacerlo -dijo Edell-. Un último acto de cooperación. Tendremos éxito.
Hilts se sintió enfermo al oír las botas en el suelo exterior, caminando hacia la salida. Había esperado que los recién llegados tratasen de subir a bordo del Presagio, como ellos. Pero esto era otra cosa. ¿Acaso el ansia de autodestrucción había hecho que todo el mundo perdiera la razón?
, pensó. Sí, lo ha hecho.
-No pueden destruir algo de este tamaño -dijo Iliana, con voz ronca, mientras miraba alrededor del puente-. No quedan explosivos. ¿Qué van a hacer, apuñalarlo con sables de luz?
Hilts no lo sabía... pero sabía que no debía dudar de Edell.
-Él encontrará una manera -dijo, levantándose. La agarró del brazo-. ¡Rápido! ¡Tenemos que encontrar lo que Korsin dejó atrás, antes de que sea demasiado tarde!

La Tribu Perdida de los Sith #8: Secretos (I)

La Tribu Perdida de los Sith #8: Secretos
John Jackson Miller

Capítulo Uno
3000 ABY

Como todos los Sith en Kesh durante la Edad de la Podredumbre, la familia Hilts tenía ambición. Era sólo que nunca se les había dado bien la puesta en práctica.
El padre de Varner Hilts se pasó años ganándose la confianza del líder de la facción local en Beray. Tuvo mucho cuidado en la selección de la hoja shikkar destinada a la espalda de su señor. Sin embargo, el anciano Hilts tuvo algo menos de cuidado en la fijación de la vaina de la daga, y la hoja de vidrio se cayó de su cinturón y se enterró en su tobillo. Murió consumido por la gangrena tan sólo un mes después, un periodo de tiempo misericordiosamente breve durante el que tuvo que soportar el apodo de "Hilts el resbaladizo"1.
Sin inmutarse, la viuda Hilts siguió adelante, y a la semana siguiente puso al líder la facción en el punto de mira de sus dotes de seducción. Sus esbirros la condujeron cuidadosamente a los aposentos privados del líder en una gigantesca urna ceremonial. Desafortunadamente, la tapa era terca, y nadie le había dicho que el líder iba a pasar todo el mes en una campaña militar por las tierras altas. Sin embargo, ella logró su sorpresa, si el horror de los empleados de limpieza contaba.
Varner Hilts había vivido más tiempo que cualquiera de ellos, ascendiendo en silencio –aunque inofensivamente- a una posición de responsabilidad dentro de la tribu. Había trabajado todos los días en el palacio más grande del continente... y había visto el Testamento de Yaru Korsin no una, sino dos veces. Se había aventurado más cerca de lo que nadie había hecho en años al Templo que contenía el Presagio, la nave que había traído a Korsin y a la Tribu Perdida hasta Kesh.
Y ahora estaba a punto de ser asesinado por una planta.
-¡Jaye! ¡Jaye! –gritaba Hilts, luchando boca abajo dentro de una red espinosa de enredaderas. Cada movimiento hacía que las ataduras se apretasen más alrededor de los miembros del anciano. Vio a su asistente, mirándolo desde lo alto de la piedra cubierta de trenzas verdes-. ¡Jaye, corta las ataduras!
Sus ojos negros parpadearon.
-¿Con qué, Cuidador?
-¡Con lo que sea!
-¡Oh! -El keshiri de rostro púrpura desapareció por un instante, antes de reaparecer con su cartera-. ¡El sable de luz que encontró!
-¡Rayos, no! - Hilts estiró los dedos de su mano libre, presa del pánico. Como era de esperar, Jaye sostenía el arma por el extremo equivocado-. ¡Vas a matarte al encenderlo!
Jaye se arrodilló cerca de donde Hilts estaba colgando.
-¿Entonces se lo paso a usted?
-No. Mira, ve a buscar una piedra afilada -dijo Hilts, acomodándose lo mejor que pudo en su prisión con nudos-. Yo... me quedaré aquí esperando.
Hilts escuchó cómo el keshiri salía disparado y se maldijo a sí mismo por su plan salvaje. Nadie se había atrevido a acercarse al Templo de montaña durante siglos... ¿y ahora un archivero de sesenta años de edad, y su cobarde secretario iban a hacerlo? ¿Durante una semana, nada menos, en la que todos los asentamientos del continente de Keshtah hervían con convulsos disturbios?
Hilts negó con la cabeza, haciendo caso omiso de los arañazos de la enredadera que le rodeaba por debajo de la barbilla. ¡Había sido una locura hacer el viaje!
Y el viaje había sido desesperante. Hilts regresó primero a su museo en la ciudad capital de Tahv, donde había conservado durante mucho tiempo los antiguos mapas del Templo del Presagio. Pero los saqueadores habían asaltado el palacio, quemando cada trozo de pergamino de los archivos. Todo lo que podía romperse se había roto. La visión de los Tubos de Arena destrozados hizo que a Jaye se le saltaran las lágrimas.
Hilts estaba preparado para eso. Los alborotos auto-destructivos habían sido constantes desde que la Tribu descubrió que sus antepasados no habían sido conquistadores, sino esclavos de alienígenas. Sin embargo, la visión de tantos cadáveres tirados en las calles le había desconcertado. Ningún Sith contemplaba una sola vida como algo precioso, pero su especie como un todo ciertamente lo era. Al principio, los supervivientes del Presagio habían sido muy pocos. ¿El crecimiento de cuántas generaciones se había perdido? ¿Podría recuperarse algún día?
El Templo prohibida podría ser la solución... pero antes Hilts tenía que llegar hasta allí, evitando las bandas errantes de matones Sith en su frenesí asesino. Por eso había llevado a Jaye consigo. Las familias keshiri que antes adoraban a los seres humanos ahora los temían; Nadie le habría dado cobijo. Sin embargo, cualquier Sith que viajase con el inofensivo Jaye Vuhld probablemente no sería un loco homicida. Se habían refugiado en chozas keshiri durante las horas de luz del día, avanzando hacia el oeste por la noche.
El viaje era largo, pero necesario: el Templo se alzaba en lo alto de las Montañas Takara en el extremo norte de una larga península que corría paralela a la parte continental. Habría sido un breve salto sobre el lomo de un uvak... pero nada haría que Hilts montase en la espalda de una de las bestias voladoras. Habían tomado el camino más largo a lo largo de la costa sur antes de subir por la hostil lengua de tierra. Allí no había refugio, ni sustento; daba lo mismo, ya que Hilts solamente había probado el ácido de su propio estómago desde que comenzaron los disturbios. Finalmente, llegaron a la base de Los Bloques, gigantescas barreras de granito encajadas en un estrecho paso por Nida Korsin para evitar que nadie pueda acceder a pie a las alturas prohibidas. Cada cubo de diez metros de altura, daban la impresión de ser una escalera para los dioses... un obstáculo formidable, desde luego. Pero en algún momento de los siglos transcurridos desde entonces, un resistente follaje había tomado raíces en las grietas de las piedras... fuertes enredaderas, que proporcionaban un camino hacia arriba.
O una manera de colgar boca abajo hasta desangrarse y morir, pensó Hilts. Miró hacia arriba. ¿Dónde estaba ese maldito keshiri?
Una luz brilló en el cielo. Sus ojos cansados se enfocaron. ¿Un reflejo? Pero, ¿de qué?
-¡Aquí, Cuidador!
Tan pronto como Hilts escuchó la voz chillona, sintió un violento tirón, y luego fue arrastrado por las piernas contra la pared de Los Bloques.
-¡Jaye! ¿Qué estás haciendo?
El keshiri gruñó, tirando de una maraña de enredaderas enrollada alrededor de sus dedos delgados. Hilts se enderezó y se encaramó en lo alto de la barrera, donde pasó un minuto recuperando el aliento. Dándose la vuelta, vio que Jaye había encontrado una serie de hoyos de poste en la superficie de la piedra. Cada uno de los agujeros, que habrían servido como base a algún andamio algunos siglos antes, era lo suficientemente grande como para acomodar un pie keshiri, permitiendo que el frágil empleado tuviera alguna ventaja mecánica al hacer subir a su amo por la pared.
-Esta... es la última barrera -dijo Jaye, limpiándose la sangre de las palmas de sus manos y mirando detrás de ellos. Un modesto sendero descendente conducía a un camino abierto que ascendía por la quebrada... hacia el Templo de la montaña, más arriba.
Pero algo aún más arriba mantenía la atención de Hilts.
-¡Mira allí!
En el cielo del este, una uvak batía sus alas y trazaba un arco descendente hacia el Templo. Hilts entrecerró los ojos. Había un jinete sobre él. Otro destello de luz: un reflejo, como antes. En la escasez de metales de Kesh, eso generalmente significaba una cosa: la empuñadura de una espada de luz.
Hilts frunció el ceño y miró hacia el Templo.
-Será mejor que continuemos.
Poniéndose en pie, retiró los fragmentos restantes de enredadera de su corpulenta figura. Con renovado ímpetu, dio un paso adelante...
...directamente en un agujero de poste.
-¡Cuidador!
El granito se sentía fresco contra el rostro de Hilts.
-He decidido, Jaye... que primero... vamos a descansar aquí... durante un rato...
El keshiri no discutió.

Debes terminar la labor de sacar la tribu de esta montaña. Nuestro destino, por ahora, reside en gobernar la parte de Kesh que vive...
Así que Yaru Korsin había dado instrucciones a su hija en el Testamento, y su decreto había sido obedecido. Obedecido, y respetado, por un pueblo que no respetaba nada. Hilts se maravillaba mientras salía del rocoso camino a la piedra azotada por el viento del lugar. Los Sith buscarían cualquier ventaja que pudieran encontrar en sus disputas, sin embargo, nadie había regresado aquí nunca, que él supiera. Podría han sido la superstición, pero Hilts consideró que era más probable que hubieran comprendido la inutilidad de volver. ¿Que ventajas podrían encontrarse aquí que Korsin y los demás pasajeros del Presagio no hubieran tomado ya?
Y, sin embargo, esa era su misión. Miles de metros más abajo, en todo el continente hacia el este, su civilización estaba en el proceso de exterminarse a sí misma. Veinte facciones enfrentadas ya habían destruido el estado Sith. Pero la revelación de su origen común -y humilde- había dejado cada alma humana desarraigada y abatida. Se podía sobrevivir a un millar de años de esclerosis, pero no a otra semana de auto-mutilación.
¿Qué puedo encontrar aquí que nadie haya encontrado antes?, volvió a preguntarse Hilts mientras miraba las torres gemelas que flanqueaban la residencia real muy por delante. Sin duda, la vanidad le había llevado a esto. Pero tal vez no fuera un sueño tan loco. Todos los demás habían buscado aquí un arma, alguna tecnología antigua de las estrellas. Hilts estaba buscando un mensaje. Algo que Korsin había insinuado en sus últimas palabras, algo que podría conducir a la Tribu de nuevo a un camino singular. El verdadero poder reside tras el trono, había dicho Korsin. En caso de que ocurra un desastre... ¡recuérdalo!...
Jaye entró temeroso en la terraza sur del lugar sagrado. Ruinosos edificios de piedra se alineaban a los lados, desgastados por el viento, el sol, y el abandono.
-Es más grande de lo que me imaginaba, Cuidador.
-Está bien -dijo Hilts, ignorando su tobillo dolorido mientras se dirigía con confianza hacia delante-. Sé dónde estamos.
Y así era. Ahora no tenía los mapas, pero habían estado con él durante años. Se había aprendido de memoria esta terraza inferior, donde había vivido el personal de servicio. Al norte, más allá de los establos de uvak, estaban las escaleras a la terraza intermedia, con su academia de entrenamiento, dormitorios, almacenes y sala de oficiales. Subiendo más escaleras estaría la columnata exterior, donde Yaru Korsin había mantenido su corte pública. Luego, finalmente, el cuadrángulo de la plaza principal, formado por la residencia real al oeste, la torre de vigilancia y la caseta de guardia hacia el este, y la cúpula del Templo hacia el norte. Parte de la plaza superior se encontraba de hecho asentada sobre el venerado lugar de descanso del Presagio; la estructura se había construido alrededor y por encima de la nave dañada, para protegerla.
Sólo pensar en el Presagio trajo más ímpetu a los pasos de Hilts. Ni siquiera palideció cuando vio la cantidad de escaleras hasta la terraza media. Cualquiera que mirase el edificio desde lejos asumiría que había sido construido por una cultura que adoraba escalar.
Y en efecto, así había sido.
-Vamos, muchacho -dijo Hilts-. Mantén el ritmo.

El cuerpo había sido asesinado recientemente. Una cuchillada rápida, torpe, en la garganta había sido el final del uvak. Hilts estudió la apestosa bestia que se cocía al sol del mediodía. Sin duda era la criatura que había visto acercarse... asesinada aquí, justo en el centro de la terraza.
-Creo que los establos no eran del agrado de nuestro visitante -dijo Hilts.
Jaye se acurrucó detrás de él.
-¿Quiere... quiere usted el arma?
Hilts miró a su alrededor, sintiendo a través de la Fuerza. Había algo allí.
-Sí –dijo-. Dámela.
Jaye buscó a tientas en el interior de la mochila y extrajo el sable de luz. Hilts no había tenido uno como Cuidador -¿de qué le habría servido?- pero en su huída de Tahv le había robado uno al cadáver de un gigantesco guerrero. Nunca se sabe lo que puede resultarte útil.
-¿Sabe usted cómo se usa? -preguntó Jaye.
-Por supuesto. Ponlos de pie justo frente a mí, y la encenderé.
La frivolidad no alivió la inquietud. Hilts tampoco tenía práctica en el uso de la fuerza para la defensa. Como niño, había tenido la misma formación que cualquier otro miembro de la Tribu, pero aparte de desviar trozos de al caer, en las últimas décadas había hecho poco uso de las manifestaciones físicas de la Fuerza.
Sin embargo, reconocía un mal presentimiento cuando lo sentía... y esto no era más ácido en su garganta. De hecho, reconocía este ardor en particular...
-La cámara de oficiales -dijo Hilts, detectando la fuente de la punzada más adelante-. Quédate fuera. Si escuchas problemas, corre y no regreses jamás.
Puede que no hubiera estatuas de Seelah Korsin en el palacio de Tahv, pero la figura en el bajorrelieve tallado fuera del hospital era inconfundible. Como esposa de Yaru Korsin, Seelah era la Madre de la Tribu; pero antes de eso, había sido la esposa de Devore Korsin, y la madre de un traidor. Hilts nunca había visto ninguna representación de Seelah, pero mirando la piel suave, el cabello peinado, y la figura perfecta en el mármol, sabía que había visto a su hermana gemela... y recientemente.
-Iliana Merko -gritó, dando un paso a través de la puerta-. Soy el Cuidador Hilts. Sé que estás aquí. Creo que deberíamos hablar.

1 Juego de palabras. En inglés, Slippery Hilts = Empuñaduras resbaladizas. (N. del T.)