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viernes, 1 de marzo de 2013

Un duro invierno (y VI)


Cuando las manos suaves de Nikaede le sacudieron, Drake se agitó.
-¿Qué? -murmuró, aturdido y rígido por sus aventuras. La wookiee ladró suavemente, empujando el comunicador a sus labios-. ¿Quién?
-¡Drake!
Reconociendo a Fahs, pero no el pánico en su voz, Drake espetó:
-¡Toob! ¡Otra vez no! ¿Dónde...?
-No te molestes en buscarlo. Ni siquiera está en el planeta. -Fahs hizo una pausa dramática-. De alguna manera se las arregló para hacerse con un Cazador de Cabezas Z-95. ¿Qué se trae entre manos, Drake?
-No tengo ni idea -respondió Drake, alcanzando sus botas-. No puede estar muy lejos.
-Bueno, pues date prisa. Todas las frecuencias imperiales están alborotadas.
-Lo encontraremos. -Lanzando el comunicador a un lado, Drake corrió por el pasillo a la cabina de vuelo-. Amplifica la red de sensores y busca rastros iónicos recientes -ordenó, mientras la wookiee se instalaba a su lado. Ágilmente, sus manos comenzaron a activar interruptores de vuelo y a encender módulos de control-. Lo sé -respondió Drake con un susurro a las quejas de la wookiee sobre el viejo-. Sólo ten paciencia conmigo.
El Inquebrantable flotó precariamente por encima de la superficie de la cresta, deslizándose con destreza bajo el techo dentado hacia la boca abierta de la Cuenca del Cañón Tyma. A pesar de la interferencia de la densa estratosfera de Redcap, Nikaede localizó fácilmente el rastro de combustión iónica. Examinando los datos de los sensores, lo confirmó y amplió el barrido del sensor para incluir el espacio circundante sobre el planeta. Con un gemido desesperado, hizo un descubrimiento inquietante.
-¡Lo has encontrado! -vitoreó Drake- ¿Dónde? -Una caprichosa exclamación de la wookiee le puso nervioso, al igual que los cuatro blips no identificados en la pantalla del sensor-. Sintoniza su frecuencia.
-Escuadrón Veerpal, ¿dónde están? -gritó una voz desesperada-. ¡Estamos bajo ataque! ¡Respondan inmediatamente!
Nervioso, Drake observó cómo el ordenador de vuelo de a bordo recorría rápidamente su biblioteca de esquemas, confirmando la presencia de un Galeón Estelar Imperial y un Cazador de Cabezas Z-95. Acercándose rápidamente desde el otro lado del planeta, dos cañoneras de asalto imperiales se acercaban a gran velocidad para enfrentarse al intruso.
Nikaede gimió, un gemido de pánico que reverberó en la parte posterior de su garganta. Con tristeza, leyó la información a su capitán.
-Dos cañones de iones, dos cañones láser y dos lanzamisiles con ocho misiles de conmoción cada uno. -Era el turno de Drake de gemir. Acelerando los motores del Inquebrantable, guió el carguero en un curso de intercepción hacia las naves de asalto imperiales.
El Galeón Estelar tenía el aspecto de estar recién fabricado, con su casco brillante blanco marfil en el hueco oscuro del espacio. La nave nunca había visto combate real... lo que era obvio por el manejo incompetente de sus turboláseres. El galeón y su tripulación dependían en gran medida de su depredador escolta que llegaba ahora desde el planeta. A juzgar por las marcas de explosiones que recorrían el otrora prístino casco del galeón, era evidente que el Cazador de Cabezas y su piloto habían hecho bien su trabajo con varios misiles de conmoción hábilmente colocados.
Conforme Drake se acercaba a toda velocidad, reconoció los amplios e irregulares giros y espirales defensivos del contrabandista, que dejaban a los artilleros del galeón sin una posición de disparo clara. Las maniobras eran todas las características de Corellia, el planeta natal legendario que había creado a hombres como Toob Ancher, su hermano Karl, y una serie de pintorescas figuras que ahora vivían en las sombras de la ley galáctica. Contra un piloto así, las defensas del galeón eran casi inútiles.
Drake sintió que se le encogía el corazón cuando las naves de guerra se pusieron en formación, persiguiendo al Z-95 solitario en un vector recto. Esquivando un disparo perdido de los frustrados artilleros, Drake dirigió al Inquebrantable hacia la refriega, eludiendo hábilmente los disparos de los defensores imperiales. Incrementando la potencia de los escudos de popa, dejó todas las armas apagadas. Si los imperiales le estaban monitorizando, se darían cuenta de que el carguero ligero no representaba una amenaza por el momento.
Ajustando la subida de tensión en el generador de escudo, Nikaede gruñía con ansiedad. A la wookiee de voz suave no le gustaba que estuvieran tan cerca de la nave imperial. Colocó entre ambos la pantalla de datos modificada, mostrando a Drake los blips que aparecían en la matriz de sensores.
-¡Los veo! –refunfuñó Drake mientras el caza estelar que iba en cabeza se acercaba hacia ellos, acelerando-. Abre el comunicador. Quiero que escuchen nuestras transmisiones. -Manipulando el sistema de orientación, colocó al Inquebrantable detrás del Cazador de Cabezas fugitivo, mientras una descarga de las cañoneras batía las defensas de su escudo, más fuertes-. ¡Toob! -gruñó Drake-. ¡¿Qué estás haciendo?!
-¡Igualar el marcador, muchacho! -respondió con risas el careliano-. Punto por punto; vida por vida. ¡Ahora sal de mi camino! ¡Estás interfiriendo mi escáner de objetivo!
Ladeó bruscamente la nave, siguiendo con un picado extremo, antes de estabilizarse en un curso con el que pretendía volver al galeón.
Imitando fácilmente la maniobra, Drake dijo airado:
-Tendrás que hacerlo mejor que eso, Toob. ¡Esto es una locura! Ahora detente y... –Los impulsores de maniobra del caza se apagaron bruscamente con un chisporroteo, haciendo que la pequeña nave se detuviera. Para evitar una colisión, Drake giró los controles, llevando al Inquebrantable hacia arriba y lejos del peligro, abriendo el camino para que las naves de asalto se precipitaran para realizar una primera pasada-. ¡Toob! -gritó con frustración.
-Carguero no identificado -crujió una voz por el comunicador-. Nuestras lecturas indican que es el Inquebrantable. Retírese y abandone la zona. Esto es un asunto imperial. Su indiscreción podría resultar en...
-¿Calder? –jadeó Drake.
-Vaya, vaya, vaya -canturreó Calder-. Mi pequeño amigo de Redcap. Buen trabajo en el Bantha Risueño.
Sorprendido por el frío sarcasmo del imperial, Drake compartió una mirada de aprensión con su primer oficial. Voluntariamente, se separó de la persecución, permitiendo que las naves de asalto le acorralaran.
-Escuche, Calder, no tenemos mucho tiempo.
-En eso tienes razón, chico -resopló el Imperial-. El tiempo se agota para tu amigo, y para ti también, si continúas interfiriendo.
-¡Está enfermo! -protestó Drake-. ¡Ahora mismo no se le puede considerar responsable de sus actos!
-Tres artilleros muertos y cinco técnicos heridos dicen que sí se puede.
-Sólo déjeme hablar con él.
-Tengo mis órdenes, Drake.
Trazando un amplio arco, la nave de asalto de Calder se apartó, dejando a la nave restante para contener al Inquebrantable. Ejecutando impecables maniobras de defensa imperial, el piloto persiguió al escurridizo Z-95, presionando al contrabandista hasta que finalmente Toob abandonó la esperanza de desplegar los misiles y comenzó a escapar de una muralla de disparos láser procedentes de los cañones de la cañonera.
Eludiendo su guardia, Drake se deslizó bajo la nave y salió disparado hacia la escena, dejando al sorprendido piloto detrás de él.
-¡Calder, retírese!-gritó por el comunicador-. ¡Retírese ya!
Siguió la empecinada persecución del imperial a través del borde de la atmósfera de Redcap y luego de vuelta a través del espacio hacia al galeón, reconociendo la trampa que había tendido. De repente, Toob frenó el Z-95, aplaudiendo mientras la cañonera pasaba de largo junto a él hacia las llamas de los gigantescos motores del galeón. Haciendo caso de la advertencia demasiado tarde, Calder se apartó, triturando una de sus cinco alas en el borde del sistema de motores del galeón. La nave de asalto giró fuera de control, dando vueltas por el espacio abierto antes de que el piloto imperial pudiera recuperar el mando del módulo de vuelo.
Drake esperó a que la cañonera de Calder pasara con su pirueta a través de su línea de fuego y luego activó sus láseres delanteros, tomando a Toob por sorpresa. Los disparos dieron en el blanco con precisión, desactivando los motores del Z-95, pero dejando el caza intacto. Toob disparó sus láseres principales y lanzó el último de sus misiles de conmoción, sin ningún resultado. Sin sus motores, el Cazador de Cabezas estaba muerto en el espacio, a la deriva a merced de la resaca gravitacional de Redcap.
Sin aliento, Calder guió cañonera lisiada de vuelta al campo de batalla.
-Te voy a dar una opción, chico. La única opción que mis órdenes permiten. -Hizo una pausa-. Tu gatillo o el mío.
-¡Me han atrapado, muchacho! –dijo Toob con una risa maniaca, liberándose de los cinturones de seguridad. Estaba tan desorientado, que no se había dado cuenta de que el disparo que le había inhabilitado provenía del Inquebrantable-. ¡Pueden abatirme, pero no antes de que se lo haga pagar caro! ¡Ja, ja!
-Toob, escúchame.
Haciendo caso omiso de la voz temblorosa de Drake, Toob se removió en el asiento del piloto.
-Tengo que escapar.
Tiró de la manilla de apertura de la carlinga. Una sirena de alarma sonó ruidosamente, señalando el peligro inminente de descompresión.
-¡Toob!
-El cierre está bloqueado -gruñó el corelliano, cuando el dispositivo falló. Volvió a pulsar el interruptor, con el sudor nublando su ojo cibernético-. No puedo quedarme esperando a que vuelvan. -Examinando las marcas de los disparos, se echó a reír-. Me tienen atrapado, muchacho. Si pudiera... -tiró del cierre- conseguir... soltarlo. Aún podría conseguir escapar. Manipulando aún la abrazadera soldada, comenzó a cantar-: He hecho la carrera de Kessel y he sobrevivido al espectáculo...
-¿Drake? -gruñó Calder con impaciencia.
Asegúrate de que es tu dedo el que está en el gatillo y no el de un extraño. Fortalecido por esas inquietantes palabras, Drake susurró:
-Espere.
Caminando lentamente por el estrecho pasillo hasta la cuna de la nave, Drake se deslizó por la escalera del artillero. De mala gana, se abrochó el arnés de la torreta y encendió el arma pesada. Centrado en el Z-95 lisiado, podía sentir cómo la imagen del ordenador de adquisición de blancos le quemaba las retinas.
Con pánico frenético, Toob continuó sus intentos desesperados por escapar de la carlinga, a pesar de carecer de traje ambiental. Enfurecido por la zona confinada, se quitó el casco y comenzó a golpear su cabeza contra la junta, astillando el vidrio reforzado. De repente, se detuvo y se quedó mirando desde la cabina empañada, a través de una gran extensión de configuraciones y colores, hacia la única forma reconocible que su mente era capaz de comprender, el Inquebrantable.
-Tranquila, vieja amiga -canturreó Toob, oyendo los gritos de la olai moribunda en su mente-. Vamos, Drake –susurró-. No dejes que sufra.
Drake apretó el gatillo. Una explosión de energía sacudido el Z-95 incapacitado y lo hizo estallar en una bola de llamas que implosionó al quedarse sin oxígeno. La explosión propulsó restos y metralla por una amplia zona de espacio. Masajeándose el puente de la nariz, Drake cerró los ojos mientras una lágrima le caía sobre la mejilla.
-Aremin, al habla el teniente Calder confirmando la baja de un hostil. El escuadrón Veerpal se retira. -Mientras la segunda nave de asalto aceleraba de vuelta al planeta, el piloto imperial se quedó unos instantes entre los escombros de quemados por las explosiones-. Escucha, Drake, si te sirve de consuelo, tu amigo no te dejó muchas alternativas. Era tu gatillo o...
-Lo entiendo -interrumpió Drake-. Créame, ha sido mejor así. -Tragando el nudo que tenía en la garganta, susurró-: Gracias.
-Cielos despejados, Inquebrantable. Calder fuera.
La nave de asalto tembló por el espacio, volviendo a su puesto de mando, en algún lugar bajo la atmósfera.

***

A pesar de la densa cubierta de nubes, unos rayos de sol perdidos lograron perforar el gris, difundiendo calor por el suelo frío y árido del conocido Cañón Tyma de Redcap. Anclado en la estrecha pista de aterrizaje, el Inquebrantable y su contraparte, un YT-1300 llamado Gloria, parecían extrañamente fuera de lugar: diminutos, insignificantes dentro de las crestas de un kilómetro de profundidad y las plataformas continentales del gran cañón.
El casco de la Gloria era rosa, manchado por sus dos años de retiro en la superficie del planeta, escondido en la cuenca donde ninguna autoridad del sector ni rival podía encontrarlo. Y ahí se había quedado, mientras que su capitán viajaba por la galaxia en compañía de amigos. Aún capaz de surcar el espacio, el matriarcal carguero parecía emitir un aura que Drake sólo podía definir como el íntimo orgullo de una nave de contrabando. Cada grieta en su blindaje, cada placa de escudo descolorida, cada brecha que podía advertirse en su casco celebraba la riqueza de su historia, simbólicas medallas de su excepcional carrera.
Agotado y desmoralizado, Drake se apoyó en la Gloria, presionando su frente febril contra el casco fresco de la nave. Con ingenuidad infantil, arrojó su voluntad y toda su convicción contra el carguero ligero, en un esfuerzo por infundirle la vida de su capitán. En cualquier momento, si se concentraba lo suficiente, Toob saldría caminando por la rampa y lo saludaría con una fuerte palmada en la espalda o tal vez con un estribillo de alguna obscena balada de contrabandistas.
Junto a él, Fahs acariciaba con cariño el carguero, realineando una de sus patas de atraque con una patada.
-Esta nave le sirvió bien, desde el día en que la obtuvo... hasta el día en que la retiró aquí en el valle. -Frunciendo los labios, pasó los dedos por los bordes irregulares del carguero-. Una vez hizo la carrera de Kessel en 20,5 parsecs, ¿sabes?
Estrechando los ojos con aire suspicaz, Drake se quedó mirando al issori, pensando en la crueldad de esa broma.
Fahs se echó a reír con espíritu alegre.
-Supongo que hoy en día eso es paso de bantha. Pero en aquel entonces -agitó la cabeza mientras los recuerdos pasaban por su mente desordenada-, entonces... era algo. La Dama de Nar Shaddaa, solían llamarla. Eso fue antes de los días de Tait Ransom o Elias Halbert, incluso de ese joven, Solo. Esos chicos ni siquiera habían nacido cuando esta misma nave -dio una palmada al carguero con orgullo- entretenía a la realeza del inframundo y asomaba la nariz ante las autoridades de sector de toda la galaxia. -Rascándose la nuca, Fahs tarareó nerviosamente una melodía sombría-. Supongo que no querrás volar con ella de vuelta a Socorro. Yo no tengo mucha necesidad de una nave, hoy en día... y sé que a Ancher le haría ilusión volver a verla.
-No estoy listo para ir a casa, Fahs -susurró Drake, evitando los ojos del issori-. Todavía no.
Sintió que la sombra de Nikaede caía sobre él y escuchó su llanto lastimero. Inclinándose hacia el caluroso apoyo de la wookiee, el joven socorrano pasó los dedos por el casco de la Gloria por última vez.
-Lo entiendo, Drake. Los viejos tienen sueños y los jóvenes los viven. -De pie en la rampa, Fahs posó como si fuera un escenario-. La juventud hace que cada corazón sea un rey y cada aventura una corona que conseguir. -Distraído, rió para sí mismo y suspiró, como si se hubiera quitado un gran peso de encima-. Nunca he estado en Socorro. Escuché a Toob hablar de él. Supongo que podría ir allí, deteniéndome de camino a Nar Shaddaa. No me importaría compartir un momento con algunos viejos amigos. -Entrecerrando los ojos, miró hacia el cielo de la mañana-. Había una chica bonita que solía gustarme. Atendía la barra en esa taberna de la esquina llamada la Dama Naranja... -Esbozó una sonrisa pícara-. Bueno -rió el issori, ruborizándose profusamente-, aquello fue en otra época... otra aventura... hace mucho tiempo. –Con un guiño, tecleó la secuencia de cierre de la rampa-. Cielos despejados, principito... lleva tus coronas con orgullo.
Protegidos bajo el Inquebrantable, Drake y Nikaede observaron mientras el anticuado carguero se agitaba precariamente sobre la pista de aterrizaje improvisada, ascendiendo tembloroso bajo el control de Fahs. Redescubriendo los cambios sutiles del módulo de vuelo, el issori estabilizó el carguero, alzándose bruscamente sobre los bordes del cañón hacia la atmósfera nublada que cubría el planeta.
Drake suspiró, encontrando una paz interior proporcionada por el ingenio del issori.
-¿Cómo de rápida crees que es? -preguntó, mirando con cariño al Inquebrantable. Nikaede se encogió de hombros, murmurando múltiples ecuaciones y teorías cuánticas-. Sólo hay una manera de averiguarlo -reflexionó el socorrano. Silbando una melodía jovial de una balada de contrabandistas, recibió con una cálida sonrisa el gruñido desafiante de la pragmática wookiee-. Establece un curso hacia el sistema Kessel.

jueves, 28 de febrero de 2013

Un duro invierno (V)


Temiendo tener lesiones de las que no era consciente, Drake hizo una mueca, sin intentar moverse. Probando cada una de sus extremidades, se convenció de que no había ningún daño permanente e hizo el esfuerzo de incorporarse.
-¿Drake?
-¡Toob! -jadeó, encogiéndose cuando el sonido de su propia voz explotó dentro de su cráneo.
-¿Quién te enseñó a montar, muchacho?
-Tú -gruñó Drake-. Me compraste un dewback de Tatooine, ¿recuerdas?
El corelliano se rió entre dientes al recordar.
-Bueno, eres todo un espectáculo -ayudó al muchacho a ponerse en pie-. ¿No hay nada roto?
-No. -Drake hizo un mohín y a continuación preguntó, cortante:- ¿Te importaría decirme de qué iba todo esto?
-Tiroteo -resopló Toob, retirando las alforjas del cuerpo del olai.
-¿Un tiroteo? ¿Con las tropas imperiales?
-¡Bueno, yo no lo empecé! -se defendió el contrabandista, sonriendo maliciosamente-. Pero tenía la intención de terminarlo. ¿Qué dem...? ¡Vaya! -De repente, la yegua olai se agitó, dando violentas sacudidas con sus pies. Rotas en la caída, sus patas delanteras se derrumbaron bajo el animal en un extraño ángulo y cayó cuan larga era en el suelo arcilloso. Brotaba sangre de su boca y sus orejas, y una mezcla de fluidos goteaba de su nariz. Resoplando y gruñendo de agonía, trató de incorporarse de nuevo, logrando erguirse sobre sus patas traseras. Desesperada y agotada, se dejó caer al suelo y rugió con tono inseguro. Relinchando lastimosamente, miró a sus jinetes humanos, pidiendo ayuda-. Tranquila, vieja amiga –le susurró Toob suavemente-. ¿Drake?
A través de la oscura maraña de su flequillo castaño, Drake se quedó mirando las sombras más allá de la yegua olai. Vacilante, pulsó el seguro de su bláster y presionó la pistola contra su funda.
-Vamos, Drake, no la dejes sufrir -se oyó la voz suave de Toob contra el viento. Tomando fuerza de la familiar empuñadura, sacó la pistola y disparó, matando instantáneamente a la yegua olai. Estremeciéndose brevemente, sus retorcidas extremidades cesaron en sus luchas... y quedó inmóvil.
Dando la espalda al cadáver, Toob dijo con voz áspera:
-Tal vez quieras llamar a tu compañera wookiee y hacerle saber que estamos llegando.
-No puedo -dijo Drake con voz mansa-. El comunicador está destrozado. ¿Recuerdas que caímos por la montaña?
El destrozado rostro de Toob esbozó una mirada de confusión.
-¿Lo hicimos?
-¿No te acuerdas?
Encogiéndose de hombros para restarle importancia, Toob echó a andar por el sendero.
-Eso no importa ahora. Volvamos a la nave. Creo que a ambos nos vendría bien un buen trago ahora mismo.
Turbado, Drake caminó detrás del contrabandista, siguiendo el sendero iluminado por las estrellas.
-¿Sabes, Toob? -comenzó con cautela-, estando retirado y todo eso, es posible que quieras pensar en bajar un poco el ritmo. Tal vez crearte un grupo de amigos decentes.
Sin volverse a mirarle, Toob gruñó:
-¿Qué? ¿Únicamente porque tengo un solo ojo bueno y unos kilos de más, tengo que dedicarme a la agricultura?
-Bueno, no, pero tienes que admitir que esta pequeña acrobacia en la montaña podría haber sido fatal.
-Estás empezando a hablar como mi hermano: cuidadoso, calculador... aburrido.
-No te haría daño que escuchases algunas de sus lecciones. - Drake titubeó, luego añadió-: Si le hubieras escuchado, nunca habríais ido a ese almacén en Ottega.
Toob se detuvo abruptamente, gruñendo.
-¡Karl fue porque quiso! ¡Nadie le pidió que fuera!
-¿Qué se suponía que debía hacer, Toob? –tanteó Drake-. Él es tu hermano. Alguien tenía que guardarte las espaldas.
-¿Eso es lo que te dijo?
-Eso es lo que pasó, Toob, y todo el mundo lo sabe.
En sombrío silencio, recorrieron los últimos kilómetros descendiendo la accidentada garganta del cañón, siguiendo el trazado del paisaje del Surco del Pliegue, un fenómeno geográfico de grietas y fisuras de múltiples niveles que podían disimular y albergar gran número de cargueros ligeros y pequeñas naves espaciales. Amarrado en una robusta cornisa, a pocos metros del suelo de barro arcilloso, los puntales de apoyo del Inquebrantable mostraban la mancha bermellón de la base del suelo, prueba de su estancia en el sombrío planeta rojo.
Nikaede caminó a grandes zancadas a través de la rampa, con su voz atronadora sonando desde el pasillo interior, reverberando en los cuartos cercanos. Drake sonrió. Era sin lugar a dudas una bienvenida tradicional wookiee. Preparándose, no se resistió y sintió cómo era elevado varios centímetros del suelo en los poderosos brazos de la wookiee. Exhausto, simplemente se relajó en la explosión torrencial de pelaje negro y plateado. Depositando a su capitán de nuevo en el suelo, Nikaede gimió con tristeza, mirando los moretones y rasguños que cubrían su rostro. El olor de la sangre era penetrante y gimoteó pidiendo una explicación.
-Más tarde -susurró Drake, mirando más allá de ella. Sin hacer comentarios, Toob pasó junto a ellos y entró en la nave. Poco después, el corelliano reapareció, echándose una bandolera de paquetes de energía por encima de su hombro-. ¿Toob? -Drake corrió tras él, tomando suavemente al contrabandista de la manga-. ¿Qué estás haciendo?
Toob sacudió el brazo para soltarse.
-Voy a terminar lo que otro empezó. -Reanudó su marcha hacia el sendero de la montaña, gruñendo irritado para sí mismo. Dando golpecitos con el pie contra el suelo de roca, impaciente, se detuvo al borde de la cresta-. ¡Vamos, muchacho! ¡Estoy listo para ir!
-¿Ir? -Drake se quedó sin aliento, temblando.
Ajustando su bláster en su funda, el corelliano gruñó:
-Será igual que aquella vez cuando tu papá y yo nos las vimos con policías del sector en Bnach.
-Toob. -Drake tragó saliva-. Bnach es un planeta prisión imperial. Nadie va allí...
-Bueno, tal vez fue el puerto espacial Manda en un... en una… -Se detuvo, aturdido por los recuerdos confusos-. Qué más da. No importa. No voy a quedarme aquí quieto mientras que hombres buenos como Ziv Banks, Lu Esi y Tenke Hurn son abatidos a sangre fría.
-Toob, esas personas están muertas. Me contabas historias acerca de ellos y lo que finalmente pasó con ellos, ¿recuerdas? Ziv murió en un tiroteo en la Dama Naranja en Nar Shaddaa. Lu estrelló su carguero sobre Vedis IV, huyendo de las autoridades del sector. Y Tenke estaba contigo cuando explotó aquel detonador en Ottega. No sobrevivió.
Toob comenzó a caminar con paso inseguro, obviamente desorientado.
-Algunos de los mejores contrabandistas a este lado de Corellia... ¡quien los necesita! -se quejó-. ¡Podemos ocuparnos nosotros mismos de ese búnker imperial!
-¡Toob! –presionó Drake-. ¡No hay ningún bunker imperial!
-¡Te has vuelto cobarde, Marji! ¡Maldita sea tu suerte! -Toob extrajo el bláster de su funda. Configurado para un disparo letal, apuntaba al pecho de Drake-. ¡Cobarde! Pero siempre has sido así, ¿verdad?
Haciendo un gesto a su primer oficial para que se apartase, Drake declaró:
-Mírame, Toob. No soy Marjan.
El rostro del corelliano se ensombreció cuando una ola de confusión abrumó sus turbados sentidos. Vacilante, bajó el desintegrador.
-¿Kaine? ¡Kaine, hijo mío! ¿Qué estamos esperando? Vamos a acabar con unos cuantos soldados de plástico. ¡Por los viejos tiempos!
Recordando las advertencias del issori, Drake respondió con cautela:
-Toob, por favor. Kaine era mi padre. Ahora está muerto, ¿recuerdas?
Un profundo sentimiento de lástima invadió al joven pirata mientras trataba de hacer que el contrabandista regresase a la realidad actual.
-¿Muerto? -murmuró Toob incoherentemente, luchando con el concepto-. Entonces... entonces, ¿tú quién eres? ¡Algún gamberro! -gritó, levantando de nuevo el bláster a la altura del pecho-. ¡Escuchaste hablar de mí y viniste a ver si el viejo todavía tenía pasta, ¿eh?! Pensaste que podrías ganar un poco de maldito dinero y hacerte un nombre eliminando al viejo Toob Ancher. ¡Bueno, pues no en esta vida, chico!
Esquivando ágilmente el primer disparo, Drake agarró a Toob por el brazo y se agachó debajo de él mientras el segundo disparo se perdía, pasando muy cerca de Nikaede, quien se tiró al suelo para cubrirse. Drake intentó sacudirle el brazo para que soltase el arma; pero perdió el agarre. Antes de que pudiera esquivar al desequilibrio corelliano, sintió cómo la dura culata del bláster le golpeaba cruzándole la barbilla. Tambaleándose, cayó al suelo, y la sangre brotó de la comisura de su boca.
-¡Nikaede! ¡Quieta! -gritó Drake a la wookiee. Poniéndose en pie a trompicones, Drake levantó los brazos en señal de rendición.
-¿Quién eres? -susurró Toob, con su furia abruptamente disminuida-. Límpiate esa sangre de la cara y deja que te vea.
Drake se frotó la sangre de su boca.
-Toob, soy yo -susurró, no pudiendo ocultar el dolor en su voz-. Drake, ¿recuerdas?
-¿Drake? –gimió Toob-. ¿Qué estás haciendo? -Desconcertado, miró el bláster en su mano y la hinchazón en la barbilla de Drake-. ¿Qué... he hecho?
-Nada -le susurró Drake-. No ha pasado nada.
-¿Nada? -jadeó Toob. Dando la espalda al joven socorrano, miró hacia la oscuridad más allá de la cresta. Indignado por la idea de la traición, arrojó el bláster contra las rocas-. Nunca debería haber abandonado Tatooine. Debería haber... debería haberme apuntado a la cabeza con un bláster y... -Exasperado, dijo con voz áspera-: Vete, Drake.
Asegúrate de que es tu dedo el que está en el gatillo... no el de un extraño. Drake avanzó, recordando el consejo del issori.
-¿Toob? -preguntó con incertidumbre.
-Vete a la cama, muchacho -respondió Toob con reprobación-. Hablaremos de nuevo por la mañana.
En contra de su mejor juicio, Drake se rindió al niño pequeño dentro de él, el niño atemorizado que admiraba y adoraba al impetuoso Corelliano. Desorientado y obediente, se retiró a la nave.
-Vamos, Nik.
Muy agitado, luchó por empujar a la enfurecida wookiee al interior de la nave, tirando de la piel y el pelaje para obligarle a subir por la rampa. Frotándose la cara hinchada con una mano temblorosa, Toob se maldijo a sí mismo. Recordando las palabras de una vieja balada de contrabandistas, cantó suavemente:
-¿Quién teme el aliento amargo del invierno? Un hombre que nunca ha conocido el frío. Dulce dama, no hay nada más frío -hizo una pausa, masajeándose su preocupada frente- que el corazón de un contrabandista que ha envejecido.
Experimentando la sensación de pérdida y desolación del corelliano moribundo, Drake le acompañó, susurrando en silencio el estribillo.
-Cae la noche y estoy lejos de mi hogar. Atrapado entre la cuna y la tumba. Atrapado entre la cuna y la tumba.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Un duro invierno (IV)


Drake se despertó de un sueño agitado. El calor que emanaba de la chimenea era sofocante, casi vivo con una esencia tangible. Incapaz de respirar, el socorrano se puso rápidamente sus botas y salió de la cabaña, escapando a las oscuras nieblas nocturnas. Subiendo a la cerca del corral, se quedó mirando la gran boca del Cañón Tyma, hipnotizado por el intrincado laberinto de barrancos semi-subterráneos y pasos de montaña ocultos, destacas por sombras de mármol color marfil y huecos negros abiertos, expuestos bajo la tenue luz de las estrellas.
La quietud de la noche quedó rota por el lejano rugido del motor de un deslizador terrestre, reverberando desde los acantilados y proyectando ecos por toda la montaña. Cuando el vehículo se acercó, Drake saltó de la valla, poniéndose a cubierto detrás del abrevadero. Vio como los faros del deslizador atravesaban la oscuridad, avanzando temblorosas de un lado a otro mientras la nave giraba, casi chocando contra las puertas del asentamiento antes de enderezarse en el camino.
El conductor rodiano chilló cuando una botella de daranu se le resbaló de las manos y se estrelló contra la barra de la dirección. Desesperado por salvar a las últimas gotas, el rodiano frenó bruscamente, casi haciendo que él mismo y sus pasajeros salieran despedidos del vehículo. Junto a él, en los asientos delanteros, un sullustano ululó varias agitadas maldiciones cuando su frente chocó contra el salpicadero dejando una notable abolladura en la guantera.
Desde el asiento trasero, dos hombres humanos aullaban de placer.
-¡No te preocupes, Nio! -gritó uno de ellos en básico-. Toma -lanzó otra botella al eufórico rodiano-, toma otra. ¡Hay muchas más dónde salió esta! -Saylor Marjan se balanceó precariamente antes de sentarse de nuevo en su asiento. Poco después, gritó-: ¡No puedo creer que hayas metido a un niño en este asunto, Toob! ¿En qué estabas pensando?
-Deja que yo me preocupe por el muchacho -respondió una voz ronca-. Cambiaría a cualquiera de vosotros por él, exprime-reactores. -El contrabandista se calló, asaltado por un ataque de tos.
-Mientras pueda volar como escolta en mi Z-95 -se retractó Marjan-, le daré una parte justa.
-Eso es todo lo que pido -jadeó Toob-. Ahora vayamos. De repente, el rodiano aceleró el motor y el deslizador terrestre viró, rozando la pared de la montaña y agitando a sus pasajeros. Marjan juró con vehemencia, golpeando al conductor en la cabeza con un puño carnoso. Refunfuñando obscenidades, arrebató la botella de las manos temblorosas del rodiano y la hizo añicos sobre su cabeza escamosa-. ¡Ahora hazlo bien! -gruñó. Tembloroso, pero constante, el deslizador reanudó su curso, acelerando por la carretera de montaña por los senderos debajo del borde del cañón.
Frenético, Drake atravesó el pequeño recinto, volcando en su carrera un banco de trabajo con piezas de motor abandonadas. Se detuvo deslizándose cuando Fahs surgió de la puerta, y balbuceó:
-¿Lo has...?
-Lo he oído –dijo con brusquedad Fahs, entregando al socorrano su bláster, su camisa y su chaqueta.
-¡¿Cómo ha podido salir de la cama siquiera?! -preguntó Drake mientras se vestía la camisa.
-Es la naturaleza de la enfermedad -respondió Fahs, mirando ansiosamente el sendero-. Arriba, abajo, totalmente impredecible, especialmente en las últimas etapas.
-¿Adónde crees que se dirigen?
-Al Bantha Risueño, probablemente.
Abrochándose el desintegrador alrededor de la cintura, Drake corrió hacia los corrales de los olai.
-Tomaré por el Risco Garish y les adelantaré.
-Las lluvias lo han arrasado -advirtió Fahs, conduciendo uno de los olai detrás de él-. Es un suicidio seguro, incluso en un olai. -Cuando Drake se acomodó en la silla, el ansioso issori susurró-: Ten cuidado.
Drake Dejó asomar una sonrisa tranquilizadora, conjurando los temores del issori y los suyos propios.
-Cuidaré de él. -Activando el foco de luz en el arnés de su montura, silbó para darse ánimos y la espoleó para ponerse en camino, galopando imprudentemente hacia la estrecha boca de los pasajes del cañón más allá del asentamiento.
-Sé que lo harás, muchacho -suspiró Fahs, exhausto. Vio cómo la luz del foco se hacía cada vez más tenue sobre el camino del risco-. Sé que lo harás.
Apenas una hora después de salir al risco, Drake se inclinó sobre el cuello de su montura y golpeó las riendas contra sus hombros sudorosos. Podía ver el Bantha Risueño justo debajo de él y pudo escuchar el característico estallido de disparos bláster provenientes de esa dirección. Tiró de las riendas para dirigir su montura fuera de la pista, hacia las laderas rocosas sobre la taberna. Desconectando el foco que le proporcionaba luz, se abrió camino poco a poco por la peligrosa ladera, examinando desesperadamente las sombras y el arco de fuego láser que surgía desde cada lado del establecimiento.
A la izquierda, pudo distinguir el diseño blanco sobre negro de la armadura de los soldados de asalto imperiales cuando los disparos bláster iluminaban brevemente la zona de detrás de la barra. Frente a ellos, vio los restos humeantes de un rodiano y un sullustano tendidos en el barro. El sullustano todavía estaba vivo, su brazo malherido le colgaba a un lado mientras se arrastraba hacia sus compañeros, que estaban atrapados detrás del deslizador terrestre. Un disparo perdido puso fin a sus luchas.
-¡Esta vez te las tienes que arreglar tú sólo, Marji! -gritó una voz-. ¡No me corresponde solucionar esto!
Reconociendo la dura calidad de la voz de Toob, Drake guió su montura en esa dirección. Desde su posición ventajosa, vio que los soldados de asalto se disponían a cargar contra los contrabandistas superados en número y armamento. Usando el fuego disuasorio en su beneficio, retrasaban el ataque mientras otro destacamento de soldados de asalto se ponía en posición en el flanco exterior.
Drake galopó desde la tierra alta, haciendo un atrevido sprint cruzando la línea de fuego mientras decenas de soldados imperiales apuntaban. Fustigando su montura, esquivó un frenesí de salvas de bláster haciendo que el temperamental olai saltase sobre el deslizador terrestre incapacitado. Tirando ferozmente de las riendas, Drake le hizo dar media vuelta, balanceándose sobre su incómodo cuello mientras el animal se encabritaba.
-¡Vamos, Toob! -gritó, haciendo momentáneamente contacto visual con Marjan.
Pálido de histeria, Marjan gritó:
-¡No puedes abandonarme, Toob!
Agarrándose al estribo, Toob siseó.
-¡Maldice tu suerte, Marji! -Salvajemente, golpeó al contrabandista en la cabeza con su bota, manchando su rostro con barro rojo.
Drake chasqueó la lengua contra los dientes. El olai respondió con fuerza, haciendo una pequeña sacudida antes de salir al galope alejándose de la confusión de gritos y disparos de bláster. Protestando por la carga adicional, la montura se agitó con serias intenciones de tirar a sus jinetes. Haciendo rebotar sus cuartos traseros cada pocos pasos, irritada, la bestia echó hacia delante la cabeza y coceó al aire, tropezando en la arcilla inestable. Drake cogió las riendas y la guió de vuelta al camino. Era una lucha desesperada mientras la montura se defendía, incapaz de compensar el desplazamiento del peso y la huida temeraria por la montaña. Alargando la zancada, obedeció, galopando por la pendiente escarpada del cañón, retorciéndose los tobillos y las rodillas a cada paso.
Drake mantuvo sus talones en el costado de la montura, hostigándola con insistencia. Detrás de ellos, podía cómo se desvanecían los sonidos de la persecución. Cada pocos pasos, el ruido de los soldados de asalto atrapados hasta las rodillas en el barro iba disminuyendo. El socorrano sonrió con sorna, dando gracias por una toda una noche de lluvias torrenciales que habían precipitado y permitido su fuga.
Haciendo un último esfuerzo por resistirse, la yegua olai agitó violentamente la cabeza, golpeando la nariz de Drake con un chasquido de los huesos. El socorrano luchó por mantener la cabeza de la yegua bajo control, consiguiendo mantenerla en pie. Detrás de él, Toob se inclinaba hacia un lado, casi cayéndose del lomo del olai cuando el animal saltó apresuradamente un afloramiento de roca. Chillando de terror, aterrizó en un lodazal de barro húmedo, golpeando desesperadamente con sus patas traseras para escapar de la ciénaga. A pesar de sus esfuerzos, la yegua se tambaleó y cayó de rodillas. Volaron chispas de sus herraduras al golpear las rocas dentadas, que estaban repartidas por todo el camino. Alzándose con una cabriola, tiró a ambos jinetes antes de aterrizar de nuevo contra la endurecida carretera de montaña en un impacto capaz de romper huesos.
Controlando su caída, Drake se dobló sobre sí mismo y rodó. Atrapado por el impulso, siguió cayendo de cabeza, por el puerto de montaña. En la confusión de la náusea y el vértigo, oyó los horribles gritos de la yegua detrás de él, mientras esta se estrellaba por la pendiente escarpada hacia la cuenca del cañón. Acelerando por la pendiente en una enloquecedora maraña de piernas y riendas, el olai rebotó por encima de él, golpeándolo en la cara con uno de sus agitados cascos. En la base de la montaña, se estrelló contra el animal, golpeando su cabeza contra su cuerpo inmóvil. Su última visión fue la del cielo nocturno, violeta, rosa, y luego infinitamente negro.

lunes, 25 de febrero de 2013

Un duro invierno (III)


A doce kilómetros de distancia, por debajo de la estrecha quebrada montañosa, la boca ensanchada del Cañón Tyma comenzaba a desaparecer debajo de una manta errante de nubes rosa lavanda, un peculiar fenómeno exclusivo de los grises y sombríos cielos de Redcap. El abismo infame se bifurcaba y giraba extendiéndose varios cientos de kilómetros, cruzando el rostro estéril y enrojecido de la superficie del planeta, formando las únicas repisas de aterrizaje posibles dentro de un rango de 20 kilómetros de distancia de los asentamientos al borde de la montaña.
Dejando el Inquebrantable seguro y oculto en la región de la cuenca, Drake cedió una botella de raava socorrano y unas pocas células de energía a modo de trueque, a cambio de un par de olai. Abandonadas tras la disminución de los recursos minerales y el cierre de las minas, las criaturas eran lejanas descendientes de las que habían trabajado en las minas. Agresivos pero persistentes, los animales habían pasado casi una década evolucionando dentro del ambiente hostil de Redcap, multiplicándose y diseminándose a través de la superficie del planeta.
Drake miró la cabeza pesada del olai, moviéndose de izquierda a derecha con cada zancada. Los bulbosos cuernos huecos, que crecían y se enroscaban alrededor de la cabeza y el cuello de la criatura, le daban la impresión de que el animal se esforzaba por llevar su propia masa. Exhausta y de mal humor, la montura cabeceó en señal de protesta, rociando su pecho y sus patas con espuma. Sus dientes rasparon ruidosamente sobre la broca de metal, apretó y tiró de las riendas, lanzándose a sí misma y a su jinete sobre las piedras del suelo.
Aflojado en una caída anterior, más abajo en la montaña, un taco roto resonaba ruidosamente chocando contra el resto de la herradura de la bestia. Drake escuchó el tintineo, reviviendo la casi letal caída. Movió receloso la cabeza, deseando no haber aceptado nunca el impetuoso desafío de Toob de echar una carrera para subir la montaña. Castigándose a sí mismo, Drake se dio cuenta de que en la mente de Toob, él era todavía un niño y el contrabandista lo había utilizado en su beneficio.
Todavía sacudido por la choque, Drake presionó firmemente los talones contra el costado de su montura y la instó a galopar hacia el estrecho barranco. Desplomado sobre la silla, el rostro febril de Toob brillaba por el sudor y el contrabandista gruñó algo ininteligible. Drake suavemente quitó las riendas de las manos flojas del corelliano y sujetó una cuerda de guía a la brida del olai.
Molesto por la fuerza seductora que el anciano ejercía sobre él, Drake dio un fuerte taconazo al costado del olai, ignorando una mancha de arcilla roja que cruzaba sus gafas de vuelo. Sus ojos seguían un camino errante de vagos recuerdos de la infancia... recuerdos oscuros que le saludaban con una promesa de ayuda y de seguridad en la buena voluntad de un viejo amigo. Si sus instintos eran correctos, encontraría refugio en el pequeño pabellón de caza, que se encontraba a pocos metros del camino principal, ubicado al cobijo de las puertas del asentamiento Juteau.
Más allá del rústico tejado y el modesto corral, Drake podía ver la silueta velada de las casas, refugios y tiendas. A lo largo de la carretera principal, se habían activado varias lámparas de incandescencia, espantando a todas las sombras salvo a las más persistentes. Desde los oscuros cielos nocturnos, caía una ligera llovizna, dificultando los pasos al andar. El clic de las garras metálicas de los olai resonaba con estrépito contra el camino lleno de baches, mientras entraba en los patios delanteros. Y a pesar de los increíblemente afilados tacos de sus herraduras, los animales tropezaban con frecuencia.
Drake guió a su montura hasta la cerca del corral y se detuvo. Rígido y con el trasero dolorido por la cabalgada, liberó los pies de los estribos y desmontó. Con deliberada lentitud, pasó suavemente sus manos sobre la ancha espalda del olai, contemplando la magnitud del daño sobre su piel negra. Severamente golpeada por la caída, la criatura se estremeció bajo su toque, lanzando una vacilante mirada de crítica a su jinete. Vívidamente consciente de sus propias llagas, emocionales y físicas, Drake sonrió y le rascó el liso hocico aterciopelado.
-Vaya, pero si es el mismísimo Príncipe de Socorro en persona -susurró una sombra tenue-. Y uno de los monarcas caídos de Corellia.
Drake resopló, reconociendo el acento familiar de otro héroe de la infancia.
-Ol'val, Fahs -saludó, aceptando el firme apretón de manos del issori.
Lejos de su mundo acuático, Issor, la clarísima melena rubia de Fahs se había vuelto de un gris lúgubre por el tiempo y la mala salud. La llevaba con orgullo en un moño ceremonial, ocultando la mancha pálida de la calva en la coronilla de su cabeza. El coste de la vanidad hacía aparecer el liso y redondeado contorno de su rostro, donde la evolución había hecho desaparecer las orejas primordiales. Vestido con unos desteñidos pantalones de pirata color beige, su piel y el cabello mostraban el calvario de una vida pasada en la superficie de arcilla bermellón de Redcap. Profundamente curtidas y con músculos prominentes, las largas y delgadas extremidades del Issori, acentuaban su figura alargada, dando una fuerza visible a la aparentemente frágil altura. En las sombras, Drake observó un ligero temblor en los finos dedos palmeados, prueba de haber pasado demasiado tiempo en la cantina local, más que en actividades útiles.
Fahs sonrió generosamente; una calidez genuina se extendió por todo su rostro arrugado pero encantador.
-Aún no eres un hombre, pero vives la vida de un hombre. Te ves bien para ser un pícaro común, Drake Paulsen.
-Eso es porque no soy tan común -bromeó el socorrano. Inclinando la cabeza hacia Toob, susurró-: ¿Tienes sitio para nosotros?
-Siempre. –Acercándose al costado del olai, el issori apoyó suavemente a Toob contra él y deslizó al contrabandista inconsciente desde la silla a su hombro-. Tranquilo, viejo, tranquilo -susurró en respuesta al murmullo incoherente del corelliano.
Drake lo siguió hasta la puerta de la cabaña, vacilando en el estrecho marco. Acostumbrándose a la oscuridad, examinó el familiar interior, donde había pasado numerosos veranos en compañía de los amigos de más confianza de su padre. Reacio a ir más lejos, se retiró a las sombras del exterior, junto a los olai, que necesitaban un poco de atención.
Pasó casi una hora antes de que Fahs resurgiera del refugio.
-¿Hace cuánto tiempo que está así?
-Desde que salimos de Tatooine, y antes de eso no estoy seguro. -Drake se apoyó en el poste de la cerca, descansando su frente contra la madera llena de nudos-."Jabba ordenó a Tait que lo arrojasen en algún lugar del desierto. Algo sobre mala suerte si Toob moría en el palacio.
Fahs se rió.
-Jabba es según Jabba actúa; y nunca nadie lo acusó de ser compasivo.
-Alguien debería enseñar a esa babosa...
-Alguien debería dejarlo tranquilo -le regañó Fahs suavemente-. Tienes mucho potencial, Drake. Consigue unos pocos años luz más a tus espaldas y, con el tiempo, puede que tengas la oportunidad de darle al viejo gusano lo que se merece.
-Me importa un bledo Jabba. Ahora mismo, Toob es mi mayor problema. ¿Qué está pasando, Fahs? ¿Qué le pasa? -Exasperado, Drake lanzó una piedra sobre los corrales de los olai, a las zarzas en el lado opuesto-. Es como se estuviera volviendo loco poco a poco.
-Podría decirse así -respondió Fahs, poniendo en orden sus pensamientos-. En mi mundo, los poetas lo llaman melanncho, una tristeza tan grande que hace que los hombres se vuelvan locos. Nuestra especie prima, los odenji, quedó casi destruida por ella algunos siglos atrás. -El issori pasó el peso de una pierna a otra, mirando el cielo nocturno-. Cuando comencé a trabajar en Corellia, los mineros -resopló con orgullo-, que no sabían nada de artes, lo llamaban por otro nombre... brekken vinthern.
-Un roto... ¿un duro invierno? –tradujo Drake.
-Es un duro invierno, cuando un contrabandista llega al final de sus días. De ahí es de donde viene el dicho. Lo llaman así porque pocos llegan a sobrevivir. -Cruzando sus brazos sobre su pecho, Fahs bostezó-. En ese entonces, era común en mineros que trabajaban en las operaciones de los núcleos radiados o en contrabandistas que pasaban demasiado tiempo trabajando con piezas de motor contaminados.
-Entonces, ¿qué va a pasarle?
-Bueno, Drake -comenzó Fahs, pensativo-, los hombres que sufren esta enfermedad no suelen morir mientras duermen. Una vez vi a un pirata que la tenía recibir más de 40 puñaladas antes de salir de la pelea.
-¿Contra quién peleaba?
-Contra él mismo. Pensaba que el Imperio le había impregnado con miles de pequeñas balizas transpondedoras. Así que empezó a arrancárselas.
Drake tragó saliva con esfuerzo, luchando por comprender.
-¿No hay nada... cualquier cosa que podamos hacer?
-Hay una cosa. -Fahs frunció sus delgados labios y se quedó mirando la espesa arcilla bajo sus pies. Una expresión severa y distante envolvió su rostro, que ya no era hermoso, sino más bien siniestro en las sombras-. Se encuentra en las etapas finales de la enfermedad. En las últimas horas, puede que ni siquiera te conozca. Puede volverse contra ti de mala manera. Revivirá el pasado, confundiéndolo con el presente, y puede que incluso te tome por un viejo enemigo.
-Y cuando eso suceda -preguntó Drake-, ¿qué debo hacer?
El issori no dudó. Inclinándose hacia el rostro de Drake, respondió:
-Asegúrate de que es tu dedo el que está en el gatillo, y no el de un extraño. -Fahs se alejó, refugiándose en las sombras-. Sólo hay dos clases de sacrificios en esta vida: los que se ofrecen un buen grado y aquellos que deben sufrirse. A veces, es difícil saber la diferencia.
-¿Cómo puede saberse?
-Cuidamos de nosotros mismos, Drake. Cuando llegue el momento, lo sabrás.
Aturdido, Drake tembló, evitando la mirada constante del Issori. Mirando más allá de la oscuridad de los corrales de los olai, vio una sombra moviéndose a lo largo del perímetro del corral. La figura se detuvo, observándolos durante un largo rato antes de saludar con la mano.
-¿Quién es ese?
-El teniente Noble Calder -susurró Fahs-. Pilota naves de escolta para el Aremin. Están registrando la zona en busca de contrabandistas. –Guiñando un ojo en tono de broma, añadió con un bufido-: ¿Crees que ha encontrado alguno? -El issori atrajo a Drake hacia sí, masajeando los tensos hombros del muchacho-. Calder es un hombre bueno para ser Imperial, Drake. No lo juzgues por lo que ves.
-Buenas noches, Fahs -saludó una voz suave-. ¿Cómo va la noche?
-Va bien -contestó Fahs, aceptando la mano del Imperial y dándole un firme apretón-. Teniente Calder, este es un buen amigo mío. Drake.
-Drake –le saludó Calder, ofreciendo su mano en sincera señal de amistad.
Drake esperaba que su sentido de contrabandista entrase en erupción con sospechas y alarmas. Cuando sus ojos se fijaron el traje de vuelo negro, una inesperada ola de calma re recorrió, pacificando su corazón que latía con fuerza.
-Realmente no soy tan mal tipo -escuchó reír al imperial-. Todo está en el uniforme.
Drake se echó a reír, estrechando la mano del oficial.
Extrañamente tranquilo, sonrió ante el hermoso rostro y la mata de pelo blanco que lo coronaba. Sus profundos ojos azules profundamente estaban separados por una nariz inusualmente angulosa, compensando la severidad de un rostro aristocrático.
Apretando suavemente el hombro de Drake, Calder bromeó.
-¿Qué estás haciendo con este viejo bribón? No eres más que un niño.
-Tiene 17 años -dijo secamente el Issori-. Ya es un hombre en nuestro mundo.
Irguiéndose, Calder suspiró.
-¿Los contrabandistas no creen en la infancia, Fahs?
La respuesta fue inesperadamente cortante.
-Uno tiende a crecer rápidamente a este lado del Imperio.
-Todo depende de las decisiones que tomes. –Guiñando un ojo, le dio a Drake unas palmaditas en la cabeza-. Buenas noches.
Continuó su camino por la carretera de montaña, retirándose a través de las puertas del asentamiento hacia las tierras comunes.
Cautelosamente, Drake susurró:
-Hablando de contrabandistas. ¿Conoces a un tal Marjan Saylor?
-Conozco ese nombre -respondió Fahs-. No he visto a esa persona durante una década o más. Lo conocí en Arapia cuando Toob y yo fuimos a cobrar una deuda para un señor del crimen llamado Saadoon-Kauldi.
-Saadoon-Kauldi -rió Drake con escepticismo.
-Te sorprendería saber para quién llegamos a trabajar en aquel entonces, mi joven amigo. En cualquier caso, resulta que era Marjan quien debía el dinero. Como era amigo suyo, Toob se dejó engañar ese tonto y le convenció para transportar una carga de especia a través del sector Elrood, lo que ayudaría a pagar la deuda y tal vez les proporcionase un beneficio. -Frunciendo los labios, Fahs sonrió con el recuerdo-. Lo logramos. Conseguimos el dinero para Saadoon. Pero lo que obtuvimos como beneficio no resultó suficiente para arreglar una, ni mucho menos las cinco brechas en el casco que sufrimos. -El issori sacudió la cabeza con cansancio-. Marjan estaba loco. Pero, ¿quién estaba más loco, Toob o él? Honestamente no sabría decirlo.
-Toob le mencionó a él y algo acerca de un cargamento de especia de gran tamaño. Por eso insistió en venir a Redcap.
-Es la enfermedad. No te preocupes, Drake. Saylor y Toob eran amigos, hace mucho tiempo. Tuvieron una discusión hace casi 20 años y no se han hablado el uno al otro desde entonces. –Tomando a Drake por los hombros, Fahs condujo al agotado socorrano hacia la puerta de la choza-. Creo que te vendría bien un trago de mi sopa, receta de mi vieja madre –dijo riendo entre dientes-. Lo mejor para un día frío y húmedo.
-Suena bien -contestó Drake, adormilado. En silencio, entraron en la cabaña y cerraron la puerta, echando el cerrojo tras ellos.

jueves, 21 de febrero de 2013

Un duro invierno (II)


-¡He hecho la carrera de Kessel y he sobrevivido al espectáculo! He aparecido en los tablones de anuncios de Mos Eisley; pero soy ningún héroe, sólo un pícaro solitario. Dulce dama, ¿tienes algo especial para mí?
Sorprendido por el coro jactancioso, Drake se despertó. Desorientado, se cayó de la cama, envuelto en las mantas. Al levantar la cabeza hacia las sombras que se desvanecían, se golpeó con fuerza la frente contra el armazón de la cama. Invocando varias maldiciones socorranas, se masajeó la contusión y se sentó en un revoltijo de mantas y almohadas. Recordando mentalmente sus pasos, recordó el mensaje desesperado que le había llevado al lejano mundo de Tatooine y su enloquecido intento de romper las reglas del hiperespacio para llegar a las coordenadas prescritas en el tiempo señalado.
Habían pasado varias horas, de acuerdo con su indicador, y el confuso socorrano no recordaba haber dado la orden de partir. De repente, su mente evocó las imágenes inquietantes del rostro gris e hinchado de Toob y la voz confusa de Tait Ransom y la tormenta de arena que se acercaba. Cruzando la puerta a trompicones, corrió por el pasillo mientras el coro estridente resonaba en la sección de popa de la nave.
-¡No desapareceré en ningún censo Imperial! ¡No, no trabajaré en las minas del Emperador! ¡No tengo miedo a dar el Salto Final yo solo, mientras pueda desear cielos despejados a todos mis compañeros! -Un verso melódico de wookiee sonó a mitad del estribillo-. ¡Buena chica, Nikaede! Ahora voy a buscar a Drake -gruñó Toob-. Tú ve a la cabina y pon rumbo a Redcap.
-¿Redcap? –dijo Drake para sí mismo, escuchando el silbido de las placas de la cubierta deslizándose en su posición. Asomándose al pasillo de acceso, vio cómo Nikaede desactivaba el último de los escudos de las bobinas del impulsor. Toob estaba cerca, mirándola-. ¿Por qué Redcap?
-¡Drake! –exclamó Toob con sincero afecto. Su rostro aún estaba enrojecido por la fiebre, su voz áspera e inflamada por la infección-. ¿Qué te pasa, muchacho? Parece que hubieras visto un fantasma.
Cruzando sus brazos sobre el pecho, Drake se apoyó contra el mamparo.
-No estoy tan seguro de no haberlo hecho.
Sonriendo alegremente, Toob se acercó cojeando hasta él, golpeando la frente del joven socorrano con la palma de su mano.
-¿Puede un fantasma hacer esto? -bromeó. Se volvió hacia la wookiee-. Establece un rumbo a Redcap. ¡A toda potencia!
Nikaede vaciló. A pesar de que el viejo le caía bien y se había acostumbrado a confiar en él, incluso en ausencia de su capitán, era reacia a traspasar los límites de la lealtad.
Drake sonrió, con su fe en la amistad renovada.
-Adelante, Nik. Redcap.
-Tienes aquí un buen primer oficial, Drake. La mejor mecánica que he visto a este lado del Borde Exterior.
Antes de que se le olvidase su pregunta, Drake susurró:
-¿Qué hay en Redcap, Toob? Y no empieces a echar balones fuera para evitar contestarme. Esta es mi nave -afirmó son seriedad-. Si estás hasta el cuello de estiércol de bantha, quiero saber cómo y por qué.
-Me parece justo -reconoció Toob. Por un momento, Drake pudo ver a través de las gruesas cicatrices y la piel escamosa al antiguo Toob, de ojos marrones, sonrojado, y siempre sonriendo con picardía-. Es el cargamento más grande de especia que tú o cualquier otro contrabandista hayáis visto jamás. ¡Especia suficiente para convertirme en rey! Vaya, con mi parte, podría comprar esta bola de polvo y convertirla en una casa de retiro. Y te diré algo Drake; voy a asegurarme de que Marji te dé una tajada del negocio.
-¿Marji?
-Saylor Marjan, un amigo mío de los viejos tiempos. -De pronto su rostro se ensombreció, mostrando las señas de la enfermedad y la preocupación-. Hablando de esos días, tengo algo para ti. -Extrayendo la cadena y las chapas metálicas del bolsillo de su chaleco, Toob entregó las identificaciones militares a Drake-. Eran de tu papá -susurró el corelliano-. Escuché que hizo su fortuna hace unos años y pensé que querrías tenerlas.
Drake tomó la cadena, contemplando en silencio los grabados metálicos del nombre de su padre, su rango y su unidad.
-¿Un coronel? –preguntó extrañado-. ¿Fue uno de los Bha'lir Negros? ¿Esto es real?
-¿Te parece real, muchacho? –le regañó Toob. Había brusquedad en su voz-. Tu papá podía superar a un caza TIE con una mano en el acelerador y la otra en una botella de whisky corelliano. Le llamaban la Plaga Socorrana...
El ojo del contrabandista se apagó sin previo aviso. Cayó de rodillas, apoyándose pesadamente contra la pared del pasillo.
-Te tengo -exclamó Drake, sujetando la forma desplomada contra su cuerpo.
-¿Qué ha pasado? –murmuró Toob.
-Creo que será mejor que te acuestes hasta que lleguemos a Redcap. -Ayudar a Toob a volver a su habitación, se defendió de la protesta que estaba a punto de pronunciar el contrabandista, añadiendo-: Podrás contarme todo sobre los Bha'lir Negros y cómo mi padre terminó siendo coronel.
-Bueno, lo que vas a escuchar es auténtico -insistió Toob-. Por mis bandas de sangre, es una historia verdadera.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Un duro invierno (I)

Un duro invierno
Patricia A. Jackson

En el fulgor implacable de los soles gemelos de Tatooine, el Mar de las Dunas parecía estar en llamas. Monótonas formaciones de arcilla endurecida y una gran extensión de dunas desérticas creaban un infinito dosel de aire recalentado. Un ligero viento a baja altitud soplaba sobre las crestas de las dunas, empujando constantemente arena y polvo contra los pies de aterrizaje del Inquebrantable.
A la llegada de la noche, la temperatura presionaba las escalas indicadoras más allá del máximo, ahogando a un ansioso Drake Paulsen mientras caminaba a la sombra de su carguero ligero Ghtroc, el Inquebrantable. Agitado, se agarró las mangas de su chaqueta de vuelo y la arrojó por la rampa hacia el corredor. Era poco alivio contra los vientos calientes. El joven socorrano se pasó las manos por su desordenada melena marrón de rizos sueltos, y luego jugueteó con los dedos en el pendiente dorado de su lóbulo izquierdo.
Soplando desde el desierto profundo, la dirección del viento cambió bruscamente. Como la mayoría de Tatooine, este lugar en particular no tenía nombre, ni méritos, sólo un conjunto de coordenadas que le había llegado de boca de compañeros traficantes de confianza. Ve a Tatooine; un amigo de tu padre está en problemas. Después habían llegado coordenadas precisas y planos vectoriales. Transmitiendo una urgencia que iba más allá de su críptico significado, la información había llegado en socorrano, meticulosamente ensayado por aquellos que ignoraban el lenguaje. En respuesta a ese llamamiento, Drake había recorrido media galaxia, llegando sólo momentos antes de la hora establecida.
Un gemido lastimero resonó suavemente desde el pasillo interior del Inquebrantable. Con las manos en las caderas, Drake se volvió hacia el contorno sombreado de su socio, la wookiee Nikaede. Traduciendo mentalmente palabras y frases, se encogió de hombros pensativo, observando el contorno curvo de la ballesta que ella sostenía en sus manos.
-Nunca tendrías un blanco claro con esa tormenta que se avecina -gruñó él, con un tono involuntariamente brusco en su voz.
Más allá del horizonte que comenzaba a oscurecerse, un muro de arena y polvo había creado una enorme nube opaca que se movía en su dirección. En su interior, Drake podía oír el viento, un rumor lejano que reverberaba contra la ladera de la pequeña cordillera.
-Sólo mantén tus ojos abiertos -gruñó y continuó dando vueltas con nerviosismo.
Al cabo de una hora, el frente de la tormenta había llegado, haciendo volar la arena y el polvo punzante. Preparado para hacer frente a lo peor de la tormenta, Drake se puso sus gafas de vuelo.
-¡Nikaede! -gritó desde la rampa-. ¡Sella los impulsores! Esto podría ponerse feo.
Recordando las tormentas de ceniza que plagaban su mundo natal, Drake se quedó mirando la tormenta, recortando Tatooine y sustituyendo cada imagen con una visión de su mundo natal, Socorro. Estos pensamientos bruscos del hogar le tocaron la fibra sensible, revolviendo una terrible sensación de extravío y vacío en su interior. Distraído, el joven pirata no se dio cuenta de la proximidad del peligro hasta que el sonido de pasos resonó por encima del viento. Sobresaltado, Drake se dio la vuelta, sacando su pistola en un movimiento fluido.
-¡No te acerques más! -gruñó en básico, reconociendo las ropas hechas jirones y el filtro de aire de un incursor tusken. Envuelto en la violencia del viento, el carroñero del desierto se detuvo brevemente, observando al pirata con fría arrogancia antes de reanudar su amenazador avance.
-¡Vete! -ladró Drake, mientras el intruso se acercaba un paso, obligándolo a retroceder otro paso más-. Te lo advierto -dijo entre dientes. Su espalda se encontró con una brusca resistencia, el cuerpo de un segundo incursor tusken-. ¡Nikaede! -chilló, cuando otras sombras comenzaron a moverse a lo largo del perímetro de la nave. Apartando de un codazo al carroñero del desierto, salió disparado hacia la rampa.
El asaltante se tambaleó hacia atrás, doblado, arrancándose trapos y pedazos de tela de su cabeza.
-Drake –exclamó con voz apagada-. ¡Soy yo! ¡Tait Ransom!
A pesar de la furiosa nube de polvo que les rodeaba, Drake reconoció la inconfundible melena salvaje de pelo negro que emergió del disfraz, y el rostro moreno que ésta enmarcaba.
-¡Eres tú!
Rugiendo con vehemencia, Nikaede corrió a través de la rampa de bajada, sosteniendo su arco de energía modificado. Gruñó ferozmente, acercándose protectoramente a su capitán, que estaba rodeado de extraños.
-Tranquila, Nik -dijo Drake riendo entre dientes-. Mira quién es.
-Veo que aún mantienes la misma compañía -rezongó el contrabandista, masajeándose una costilla magullada-. Mira, Drake -dijo secamente-, no hay mucho tiempo. Me alegra ver que recibiste mi mensaje.
-¿Tú enviaste esa llamada de socorro?
-No es para mí -dijo Tait. Frunciendo los gruesos labios, silbó fuertemente, una nota vacilante que trascendía el viento. En respuesta, varias figuras se deslizaron por la arena, a través de la oscuridad y hacia la nave. Mientras se acercaban, llevaban con ellos un cuerpo inerte, inmóvil. Luchando débilmente, la cara del hombre estaba hinchada y enrojecida por la fiebre, con gran cantidad de cicatrices y heridas.
-¡Toob! -gritó Drake con horror. Reconoció las horribles cicatrices, sabiendo que tenían casi dos años más de antigüedad de lo que parecían. Uno de sus ojos había desaparecido, y la cuenca había sido cubierta con un descolorido parche de piel escamosa. El otro ojo no era humano, sino un implante cibernético que brillaba intermitentemente, como si funcionase mal.
-Es un duro invierno, cuando un contrabandista llega al final de sus días -susurró con tristeza Tait. Se apartó a un lado de la rampa, indicando a sus hombres que subieran al carguero.
-¿Qué pasó? -La wookiee gruñó amenazadoramente; Drake la hizo callar con una mirada severa-. ¡Acompáñales a mi camarote!
Cuando el socorrano se volvió hacia él en busca de respuestas, Ransom agitó la mano delante de su rostro, restando importancia.
-Olvida los detalles, Drake, yo realmente no los conozco. No sé qué le pasa o cómo llegó a este estado.
Inclinándose en la cintura, sacudió la arena de su filtro de aire, golpeándolo ligeramente contra su talón. En un extraño dialecto, indicó a su gente que se apartasen del Inquebrantable.
-Bueno, ¿entonces qué sabes? –rezongó Drake.
-Se está muriendo -susurró Tait con arrogancia-. Y ya estaría muerto si no le hubiera seguido de cerca. -Observó al socorrano cuidadosamente para ver su reacción-. Jabba tiene una peculiaridad acerca de las personas que mueren en su palacio. Una muerte inútil es una muerte sin sentido. Si no es divertido, o al menos rentable, entonces trae mala suerte. Y Jabba odia la mala suerte. -Encogiéndose de hombros, Tait comenzó a caminar de vuelta hacia la tormenta-. Nos ordenó que le arrojásemos en el desierto. Afortunadamente, yo tenía un cargamento de especias que entregar y eso me dio el tiempo suficiente para hacer correr la voz.
-¿Pero por qué? -preguntó Drake-. ¡Toob nunca le ha fallado a Jabba!
-Esto no tiene nada que ver con fallarle a nadie, Drake. -Reconociendo el carácter del socorrano, Tait siseó-: ¡No te hagas grandes ilusiones, chico! Esto no es Socorro y no estamos hablando de Abdi-Badawzi. -Cogió a Drake por el cuello, complacido por el temeroso brillo que nublaba los ojos del muchacho-. Aquí estamos en la primera división. Tu papá no está aquí para recoger los pedazos si te equivocas. -Al soltar al socorrano, susurró-: Es mejor que te vayas al otro lado de la galaxia. -Ransom se puso su máscara y su filtro respirador-. Espera a que pase la tormenta antes de abandonar el planeta.
Tan silenciosamente como había llegado, desapareció en la tormenta de arena.
Subiendo la rampa a la carrera, Drake inició la secuencia de cierre. Una repentina ráfaga de viento sacudió el Inquebrantable, golpeando a través de los conductos de ventilación y los cilindros abiertos.
-¡Nikaede, fija los soportes de aterrizaje y bloquea todos los conductos de ventilación! -Su voz resonó por el pasillo, ahogada por el aullido del vendaval de afuera-. ¡Asegúrate de que los escudos de las bobinas del impulsor estén activos!
Saliendo del camarote del capitán, la wookiee rugió indicando que había entendido las órdenes, deteniéndose brevemente para mirar a su compañero y luego a la cabina. Un gemido lastimero escapó de su boca con grandes dientes.
-No te preocupes -le susurró Drake-. Me ocuparé de él yo mismo. Sólo cierra esos respiraderos y asegúrate de que el hiperimpulsor funciona. Puede que necesitemos usarlo a toda prisa. –Cuando la wookiee se retiró, el socorrano vaciló en la puerta de su camarote personal. De mala gana, entró, forzando una larga y temblorosa respiración en sus pulmones. Arrodillándose junto a la litera integrada en el mamparo, se quedó mirando a la figura marchita que había bajo las mantas y vio cómo el anciano se estremecía y gemía en su delirio. Tomando el botiquín y una toalla antiséptica de su interior, suavemente limpió la frente febril de Toob, frunciendo el ceño conforme la suciedad y el polvo se pegaban a la tela y dejaban al descubierto la carne mutilada y quemada por el sol de la cara del corelliano-. ¿Toob? -susurró.
Con un parpadeo, el ojo se abrió, con sus bordes hinchados y rojos por la fiebre. Asentada en la cuenca de carne suelta, la unidad cibernética zumbó ruidosamente, enfocando al joven pirata. Brevemente, una leve sonrisa se formó en los labios llenos de ampollas de Toob.
-Drake -murmuró con voz ronca-. ¿Realmente eres tú, muchacho?
-¿Quién si no? -susurró Drake. Tal como había hecho tantas veces cuando era niño, tomó la mano del contrabandista y presionó la palma contra su frente. Luchando contra las lágrimas, recordó la fuerza de esa mano tan sólo 10 años atrás y cómo había sido capaz de acunarlo y protegerlo. Drake miró, impávido, el arruinado rostro del corelliano, recordando cómo un encuentro traumático con un detonador termal casero había dejado siete hombres muertos y dos supervivientes, uno que perdió una pierna, y el otro los ojos. Todo como resultado del intento fallido de un cazador de recompensas por conseguir la fama. Un parche suave y amarillento de piel callosa cubría lo que debería haber sido el ojo izquierdo y su cuenca. Poco después de perder el ojo derecho debido a la radiación, fue sustituido por la óptica cibernética.
Bañado en sudor frío, Toob balbuceó:
-Yo... sabía que ese granuja... Tait Ransom... te encontraría -dijo con voz ronca. Presa de un violento espasmo de dolor, el corelliano se encogió, tosiendo. Gimiendo miserablemente, se relajó sobre las almohadas, temporalmente atrapado entre la inconsciencia y la vigilia.
-Tranquilo -susurró Drake-. Ahora estás a salvo. Guarda tus fuerzas. -Sus palabras cayeron en oídos sordos mientras arropaba al anciano subiendo las mantas hasta su cuello-. ¡Nik! -exclamó por el comunicador interno-. Eleva 10 grados la temperatura de mi camarote.
Agotado y desmoralizado por la caída de un héroe de su infancia, Drake se aferró a la mano de Toob, posando la carne fría y firme contra su frente, como si anclase al corelliano en el mundo material. Inundado por un torrente de imágenes de la infancia, sonrió, recordando las palabras subidas de tono de una canción bar de contrabandistas, una que Toob había utilizado a menudo como si fuera una nana. Al recordar la calidez y la energía del abrazo del hombre y el coro ronco de las palabras, comenzó a cantar.
-He estado a ambos lados de un bláster. Se me conoce por quiénes son mis enemigos. Estoy preparado para saltar al desastre. Dulce dama -bostezó con fuerza-, dulce dama, bésame, bésame por favor. –Medio dormido, siguió murmurando-. He hecho... la carrera de Kessel... y he sobrevivido...
Conforme el sopor del agotamiento se apoderaba de él, se quedó plácidamente dormido.