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miércoles, 22 de mayo de 2013

Potencia de fuego (y V)


-¿Buenas y malas noticias otra vez? -preguntó Ketrian cuando Mak regresó por segunda vez-. ¿Dónde está Uskgarv?
-Muerto -dijo, pareciendo complacido y triste a la vez-. Ahí fuera sólo hay unos pocos myills y sus jefes. Están arrancando cualquier cosa de valor y metiéndolo todo en un carguero. Han caído presos de auténtico pánico. Hay naves de ataque dirigiéndose hacia aquí. Rescatadores imperiales, supongo. Te pondrás bien, Ket. Tan pronto como aseguren el transporte, tendrás ese antídoto.
-¿Y qué pasa contigo? -preguntó ella, apretando su brazo.
Él se encogió de hombros:
-Me atengo al plan A. Me oculto aquí, esperando que me cuenten entre los muertos, y luego abandono la nave en la primera ocasión que se me presente.
-Yo no quiero volver al Imperio –repitió-. Pero aún más, no quiero volver a dejarte. -Lo besó-. ¿Dices que esas inyecciones que el médico de la nave me ha estado poniendo eran para mantener el envenenamiento bajo control? -Él asintió con la cabeza-. Bien, entonces. A mí me parece que ya no es demasiado peligroso salir ahí fuera. Iré hasta la enfermería. Sé lo que me han estado administrando. Tomaré un montón de eso y lo traeré de vuelta aquí. Entonces podré quedarme escondida contigo.
Él la miró fijamente.
-No lo sé. Suena arriesgado.
-La vida contigo es siempre arriesgada –dijo-. Así es como lo quiero. No voy a aceptar un no por respuesta. No somos sólo nosotros... puedo dar mi nueva aleación a la Alianza. Por Ali.
Él le sostuvo la mirada durante un buen rato, y luego dijo asintiendo en silencio:
-Por Ali. -Ketrian intentó moverse hacia adelante y él la tomó del brazo, sosteniéndola-. Ahí fuera dimos muchas vueltas por los pasillos. ¿Podrás encontrar el camino?
Ella le dedicó una sonrisa irónica.
-Me he familiarizado bastante con este nivel recientemente. Debo de haber recorrido cada pasillo una docena de veces, tratando de reunir el valor para hablar contigo, y tratando de pensar qué decir cuando lo hiciera. Sólo tengo que regresar al pasillo principal y luego ir hacia proa y subir dos niveles hasta la enfermería. La conozco bien, también. No te preocupes, la encontrar, incluso con todo el aire turbio y la iluminación de emergencia.
Makintay asintió y la ayudó con el acceso. Mientras trabajaba para abrir la cubierta, Ketrian comprobó los bolsillos de su mono.
-No voy a salir ahí fuera sin un cuchillo -le dijo mientras él se volvía hacia ella-. Podría cruzarme con algunos de tus amigos piratas merodeando en los niveles superiores.
-Sí, podríamos -dijo, acentuando con firmeza el plural. Acarició la pistola de su cinturón-. Esto resultará útil y tal vez podamos encontrar una para ti también. -Hizo ademán de bajar al pasillo pero ella lo agarró.
-No, Mak –protestó-. Por favor, quédate aquí. Corres demasiado peligro ahí fuera. Si el Imperio vuelve a apresarte... -Se estremeció y apartó la mirada-. Pedrin se jactó de lo que iban a hacerte en Coruscant.
-Me imagino -dijo Mak con amargura. Le levantó la cara hasta que sus miradas se encontraron-. De ninguna manera vas a andar por ahí sola y enferma. No hay problema. Soy un alférez naval –dijo, golpeando la insignia de su túnica-. Lo pone aquí. Este chico y todos sus amigos están muertos. Desapareceré mucho antes de que nadie lo organice todo para hacer una verificación de identidad. -Ella frunció el ceño con incertidumbre y añadió-: Confía en mí.
Ella puso los ojos los ojos en blanco.
-Ya sabía que no podrías aguantar mucho más tiempo sin decirlo. Está bien, está bien, tú abres la marcha, entonces. Cuanto antes consigamos esa medicina, antes podré devolverte a tu pequeño y acogedor escondite.
-Siempre te metes con mi gusto para la decoración de interiores -se quejó, fingiéndose insultado-. Soy yo el que se crió en un palacio.
-Oh, perdóneme, Su Alteza –dijo ella, y se rió. Mak se deleitó con el sonido. Saltó afuera, se volvió y la tomó en sus brazos, disfrutando de esa sensación tanto como lo había hecho de su risa. ¿Cuánto tiempo había esperado para abrazarla, ansiado oír su risa? ¿Se vería pronto obligado a desprenderse de ella de nuevo? ¿Debía permitirle que se arriesgase a esconderse con él, y que la arrestasen y la acusasen de traición si la encontraban con él? Emociones conflictivas y argumentos se agolpaban en su mente, mientras abría cautelosamente la marcha hasta el final del pasillo. Allí, se detuvo y miró a la vuelta de la esquina.
El gas metano parecía irse despejando, aunque todavía era mejor que usasen máscaras de respiración. Por delante había otro pasillo bañado en una tenue luz roja. Cuerpos ensangrentados llenaban las planchas de la cubierta. El silencio sólo era roto por esporádicos sonidos apagados de fuego bláster. Ketrian tenía razón: cualquier pirata perdido fácilmente podría verse obligado a retroceder por ahí. Era mejor que él y Ketrian permanecieran alerta.
Cuando entraron en el pasillo principal, fueron arrojados al suelo por la onda expansiva de una explosión en alguna parte por encima y delante de ellos.
-¿Qué ha sido eso? -jadeó Ketrian presa del pánico mientras apoyaba las manos en el suelo para sentarse junto a Makintay.
-Probablemente, tácticas piratas estándar -le dijo-. Una trampa en las escotillas. Ahora que pienso en ello, será mejor que también evitemos los turboascensores.
Ketrian gimió.
-¿Escaleras? ¿Dos niveles completos? -Ya estaba sin aliento y terriblemente débil mientras él la ayudaba a volver a ponerse en pie.
-No vas a tener que subir nada -dijo Mak-. Yo te llevaré.
-No, no lo harás -se negó ella-. Sujeta bien esa pistola. Uno de nosotros tiene que estar listo para luchar. Yo no estoy en condiciones de utilizar este cuchillo.
-¿Tú? –bromeó-. ¿La dama que puede arrancar el ala de un insecto a cien pasos? Bueno... –Se tocó con el dedo índice la cicatriz debajo del ojo-. Por otra parte, recuerdo que tienes tus días malos.
Ella reprimió una sonrisa.
-Nunca vas a dejar que me olvide de eso, ¿verdad?
-No -sonrió, pero la sonrisa se desvaneció mientras le sostenía la mirada y decía en voz baja-: Todos esos largos meses de prisión, esta cicatriz era todo lo que tenía para recordarte.
-Oh, Mak -susurró. Tiernamente trazó la marca que le había hecho en un accidente causado por los celos-. Si yo hubiera sabido dónde estabas. Habría conseguido sacarte de allí. Te lo juro.
-Sé que lo habrías hecho. -Él le besó los dedos. Ella temblaba por escalofríos causados por la fiebre-. Pero ahora soy yo quien tiene que sacarte de aquí. Vamos. Apóyate en mí.
Agradecida, ella lo hizo. Más tarde, a medio camino de una escalera, se desmayó y estuvo demasiado débil para soltarse cuando él insistió en cargar con ella. En la puerta de salida la dejó suavemente sobre sus pies.
-Espera aquí -aconsejó él-. Voy a echar un vistazo fuera. Estoy seguro de haber oído algo. Parecían soldados.
-Entonces debería ir yo y tú esperar aquí –jadeó ella.
-No –repitió él. Entró a toda prisa por la puerta antes de que ella tuviera la oportunidad de seguir discutiendo. Distraído de ese modo, no pudo ver al hombre que se escondía agachado en un rincón lleno de humo al final del pasillo. Un disparo de bláster pasó silbando a escasos centímetros por encima de su hombro izquierdo y dejó un agujero chamuscado en el mamparo detrás de él. Instintivamente se arrojó cuan largo era al suelo y rodó buscando refugio al otro lado, mientras otra andanada de disparos bláster lo perseguía.
-Mak –llamó Ketrian llena de miedo-. ¿Estás bien?
La puerta de la escalera se abrió aún más. Ketrian no era tan tonta como para dejarse ver, pero Mak sabía que su miedo por él podría hacerla salir.
-Quédate ahí –gritó hacia ella, incapaz de verla desde su posición. Tal vez los piratas se volverían y escapasen si les daba la motivación suficiente. Se asomó y disparó algunos tiros, obteniendo una visión fugaz de sus objetivos mientras trataban de ganar terreno hacia él a través de la penumbra. No eran piratas, y tampoco soldados de asalto.
-¿Qué dem...? -murmuró Mak, perplejo y lleno de esperanza al mismo tiempo. Esos uniformes... Se arriesgó a asomar la cabeza para echar otro vistazo y casi consigue que se la vuelen-. Hey –exclamó-, sois rebeldes.
-Puedes apostar a que lo somos -gritó una voz familiar-. Si quieres seguir de una pieza, impe, más vale que tires la pistola al pasillo y salgas con las manos en alto. Ya.
-Vale, vale -dijo Mak alegremente-. Me rindo. Tú ganas, Hal. Soy yo. Mak. Voy a salir. No me dispares. -Apartándose la máscara de respiración de la cara y con una sonrisa de oreja a oreja, tiró la pistola al suelo y salió al pasillo.
-Soy yo. Makintay -repitió, con las manos por encima de su cabeza-. No quedaría muy bien en tu expediente si disparases a tu líder de escuadrón, teniente Dallin.
-Mak -exclamó feliz el piloto al reconocerle-. Eres tú, ¿no es así? ¿Qué estás haciendo con ese uniforme?
-Por supuesto que soy yo. -Mak rió, cada vez más cerca, pero sin atreverse a bajar los brazos-. El uniforme me queda mejor que un traje de presidiario. -Más hombres salieron detrás de Dallin-. Keto, Erik -saludó Mak-. Por una vez, Inteligencia finalmente os ha enviado al lugar correcto, muchachos.
-Inteligencia, bah -resopló el copiloto de corbeta Keto-. Hemos estado esperando cruzarnos en tu camino desde que supimos que te habían capturado y enviado fuera. Encontramos esta nave a la deriva por nosotros mismos. -El hombre negro, grande y corpulento, dio un toque al boquiabierto Dallin-. Creo que será mejor que le digas que puede bajar las manos antes de que decida degradarte, Hal.
-Uh, sí, claro -murmuró Dallin.
-¿Mak? –exclamó Ketrian desde la salida de la escalera-. ¿Qué está pasando ahí fuera?
-Hemos sido rescatados, Ket -gritó, moviéndose hacia ella-. Sal y conoce a mis amigos.

***

Makintay se inclinó sobre el hombro del médico rebelde y observó como la hipodérmica descargó su contenido en el brazo de Ketrian.
-¿Estás seguro de que es el material adecuado? -preguntó Mak con ansiedad.
El rebelde de pelo gris suspiró profundamente.
-Soy médico. He sido entrenado específicamente para tratar este veneno. ¿Y tú?
-Sólo quería asegurarme -dijo Mak. Se volvió hacia Ketrian, que yacía cómodamente recostada en la cama de la enfermería-. ¿Cómo te sientes? Todavía estás pálida.
Ketrian sacudió la cabeza alegremente, extendiendo su mano y colocándola en la palma de la mano de Makintay.
-Me siento mejor de lo que estarás tú si sigues molestando al médico. No puedes esperar que el antídoto haga efecto tan rápido.
-¿Por qué no? –dijo. Se volvió al médico-. ¿Cuándo podrá ponerse en pie de nuevo?
-Mak -le reprendió Ketrian-. Deja de quejarte y deja que el pobre hombre atienda a los heridos. Estoy bien y no voy a ocupar esta cama cuando hay otros que la necesitan más. –Se incorporó, sentándose en la cama.
-Gracias, señorita Altronel -dijo el médico con una sonrisa-. Tal vez pueda hacer que el comandante la acompañe de nuevo a su cabina. Debería sentirse mucho mejor para cuando aterricemos en el Nido de Águilas.
-¿Nido de Águilas?
-Tu nuevo hogar -le dijo Mak. Se inclinó para deslizar sus brazos debajo de ella y recogerla-. Te va a encantar. Cálido y soleado. Y tenemos nuestra propia playa.
-¿Playa? -dijo, complacida. Entonces se acordó de protestar-. Déjame en el suelo. Puedo caminar.
-Ah-ah -negó él, besándole la coronilla-. Guarda tu energía. La necesitarás cuando los peces gordos descubran ese pequeño regalo que llevas en el bolsillo para ellos.
-Oh, la aleación -se rió-. Eso es lo que empezó todo esto y casi me olvidó de ella. ¿Te he dicho que podría ser utilizada para aumentar la potencia de fuego de vuestros alas-X? -Él casi se detuvo, sorprendido mientras la llevaba por el pasillo. La miró y sacudió la cabeza-. Bueno, pues puede. No directamente, ya entiendes. Todo tiene que ver con la absorción de calor. Si reemplazamos con ella las puntas de los cañones láser, debería...
Escuchando, Makintay sonrió. Se preguntó cuántas mejoras más inventaría en todos los años que tendrían juntos… si la Fuerza les acompañaba.

martes, 21 de mayo de 2013

Potencia de fuego (IV)


Mirando fijamente las anodinas paredes grises de su pequeña celda a bordo del transporte, Makintay decidió que al menos ahí le dejaban tranquilo. Calculaba el tiempo por la dispensación automática de sus raciones de cada ocho horas. Ya había ocurrido tres veces. Parecía que el sistema de impulsión del transporte no estaba en buena forma. Estaban haciendo frecuentes paradas y saltos cortos. A él le parecía perfecto, no tenía ninguna prisa.
El único pensamiento positivo que pudo encontrar fue saber que había convencido a Ketrian de que él no la había abandonado. Eso, y la expresión de su cara cuando lo había visto en la plataforma de la lanzadera. Había empezado a sentir de nuevo, la vieja chispa estaba de vuelta en esos ojos encantadores.
Mak se sobresaltó cuando la puerta de la celda se abrió con un zumbido. En silencio, los guardias de las tropas de asalto le sacaron a empujones de la celda y le condujeron por el pasillo hasta una pequeña habitación. Su único mobiliario era una silla equipada con grilletes. Los soldados le empujaron sobre ella, colocándolo de manera que las abrazaderas electrónicas se activaron, asegurando brazos y piernas. Luego le dejaron solo.
Esperó, cada vez más nervioso. La puerta se abrió y entró Ketrian.
-Ket -dijo con alivio.
-Me has metido en un montón de problemas –dijo-. Me debes una.
-No estoy exactamente en condiciones de conceder favores. -Se dio cuenta de que ella no parecía capaz de mantenerse quieta, retorciéndose las manos y dando pasos por la habitación, inquieta. Los músculos se marcaban en sus mejillas y en los antebrazos desnudos que podían verse a continuación de la manga corta del mono de trabajo. Sus ojos brillaban febrilmente y su piel mostraba un color amarillo verdoso poco saludable-. ¿Estás bien? -preguntó.
Ella se detuvo y lo miró fijamente.
-¿Bien? Oh, claro, nunca he estado mejor. Me encanta recibir descargas aturdidoras, que me detengan para interrogarme, y que me obliguen a abandonar mi hogar.
Él le sostuvo la mirada.
-Lo siento, Ket. Realmente lo siento.
-¿Y se supone que eso lo arregla todo? -Le dio la espalda, se agarró los codos y empezó a temblar de pies a cabeza.
Mak frunció el ceño. Ella había pasado por un mal momento, pero él había estado con ella en momentos peores. Nunca la había visto tan alterada. Su postura y comportamiento le recordaban algo... o a alguien.
-¿Estás segura de que no estás enferma? -repitió.
Se dio la vuelta.
-He estado vomitando desde que salimos de Hargeeva. Este barco está saltando tanto que no puedo soportarlo.
-El hiperespacio nunca te ha hecho enfermar antes. Tal vez sea el shock aturdidor.
-No -Volvió a dar pasos por la habitación-. Ya arreglaron eso en la guarnición.
Mak sintió que un escalofrío le atravesaba. Ahora recordaba donde había visto síntomas similares.
-¿Lo arreglaron? ¿Cómo?
-El droide médico de Pedrin me puso una inyección. ¿Contento? No lo habría necesitado si no me hubieras arrastrado a este lío.
-No -dijo lentamente-. No, no lo habrías necesitado. ¿Has venido aquí a pedirme un favor?
Ella asintió con la cabeza y empezó a hablar, pero el volumen de un repentino gemido de los motores de hipervelocidad ahogó sus palabras. Los mamparos crujieron transmitiendo la tensión, y a continuación se estabilizaron de nuevo-. Maldita gabarra de basura. Probablemente se caiga en pedazos antes de la próxima parada. -Las lágrimas llenaron sus ojos-. Y no creo que me importe.
Mak deseaba estar libre para abrazarla.
-¿Te contaron lo de Alikka? -adivinó. Ella asintió con la cabeza-. ¡Diablos! Ella era una dama. Te juro que no sufrió, Ket. Las drogas sobrecargaron su corazón.
Ketrian lo miró fijamente, con el rostro todavía más pálido que antes.
-¿De qué estás hablando? Pedrin me dijo que todavía estaba siendo interrogada.
Mak maldijo.
-Sucio mentiroso. Lo siento, Ket. No hay error posible. Estábamos en la misma celda. Yo... yo la sostuve mientras moría. Ella estaba hablando de ti, preocupada por ti. -Ketrian le miró boquiabierta, y luego comenzó a sollozar. Impotente, no podía ofrecerle ningún consuelo-. ¿Ves lo que tu Imperio hace a la gente?
-¿Mi Imperio? No es mi Imperio. Nunca lo ha sido.
-Trabajas para ellos.
Los ojos azules de Ketrian brillaron con pura furia.
-Fue tu maldita Alianza la que mató a Alikka. -Ahogó un sollozo-. Pedrin dijo que la dejaría ir si...
-¿Si yo te daba las respuestas que quiere?
Ella asintió con aire de culpabilidad.
-Yo sólo quería salvar a Alikka.
-Oh, Ket. ¿No lo ves? Eso es lo que ella sentía. Ella quería salvar a su hermano, salvar a todas las demás víctimas del Imperio. Asegurarse de que nunca hubiera otro Alderaan.
Una ensordecedora explosión retumbó a través de las placas de cubierta y arrojó a Ketrian al suelo. El transporte se estremeció y se sacudió como un animal en sus últimos estertores. Entonces, de repente, se quedaron muy quietos y en silencio. Mak se dio cuenta de que los motores habían parado. Estaban de vuelta en el espacio real.
Miró a Ketrian, que se ponía insegura en pie.
-¿Estás bien?
Ella asintió con la cabeza.
-¿Qué ha pasado?
-Creo que hemos sido saboteados. Solía transportar mercancías a lo largo de estas rutas, están atestadas de...
-¡Piratas! -gritó alguien en el pasillo. Un aterrorizado alférez naval asomó la cabeza por la puerta-. Estamos siendo abordados. Será mejor que vuelva a su camarote, señorita.
-¿Qué pasa con él? -Ketrian señaló a Makintay.
-Déjelo. Todos los soldados han ido a proa para luchar contra los piratas. Vamos, tengo que acompañarla a su cabina. Dese prisa.
-No puedo –exclamó-. Me caí y me lastimé el tobillo. Ayúdame. -El joven se acercó y se preparó para sostenerla, y luego se derrumbó en el suelo cuando ella le golpeó con fuerza con algo que había sacado del bolsillo.
Mak la miró. Ella sonrió nerviosa, abrió la mano y mostró un pedazo de metal de color azul mate.
-Mi nueva aleación. Pedrin me dijo que la mantuviera a salvo.
La nave se estremeció y se oyó el sonido de metal contra metal cuando los piratas atracaron. A continuación, una cacofonía de sonidos de batalla resonó por los pasillos.
-Sácame de esta cosa -dijo Mak, luchando contra sus ataduras. Ella pulsó el interruptor de apertura y él cayó sobre la cubierta. Mientas se encontraba tirado en las placas de la cubierta, Mak advirtió la pistola en la cartuchera del alférez inconsciente-. Ya que estoy aquí abajo... -comentó Mak, recogiendo el arma y poniéndose después en pie.
-¿Y ahora qué? -preguntó Ketrian.
-Salimos de aquí a toda prisa y encontramos una cápsula de escape. -Le agarró de la mano y tiró de ella hacia la puerta. Se inclinó hacia fuera, y comprobó el pasillo-. Despejado. Vamos.
-No, espera –protestó ella-. Si alguien te ve con esa ropa, te pegarán un tiro. -Makintay miró consternado a ropa de presidiario de colores brillantes. Ketrian señaló con la cabeza al hombre inconsciente-. Parece más o menos de tu talla.
Mak sonrió.
-Esa es la mujer que amo. -Impulsivamente, la atrajo hacia sí y la besó.
-¿En serio?
-Siempre lo he hecho -dijo intensamente, sosteniendo su mirada-. Pero primero tengo que sacarte de aquí.
-Hey -dijo ella riendo-, ¿quién está rescatando a quién? -Un espasmo de náuseas le hizo doblarse sobre sí misma. Makintay la sostuvo y cuando Ket se encontró con su mirada vio miedo desnudo en los ojos del hombre. Miedo por ella.

***

No habían llegado muy lejos cuando se dieron cuenta de que tendrían que encontrar una ruta menos pública si no querían quedar atrapados en el fuego cruzado. Los imperiales estaban perdiendo terreno rápidamente ante un rival mejor armado y más feroz.
-¿Qué son? -susurró Ketrian, mirando por encima del hombro de Mak, agachados en una alcoba de equipamiento anti-incendios cubierta por las sombras.
-Los que parecen criaturas escamosas de pantano superdesarrolladas se llaman ghawems –dijo-. Tenemos que alejarnos de ellos. Soltarán gas metano de sus mochilas. Ahora que lo pienso, probablemente ya hayan inundado con él las cubiertas superiores. ¡Diablos! Tendremos que encontrar algunos respiradores. Tal vez puedo tomar prestado uno de uno de los pequeños tipos azules y peludos.
-¿Q-qué? -tartamudeó mientras otra ola de náuseas la atravesaba. ¿Qué le estaba pasando? Estaba temblando casi constantemente. No estaba tan asustada.
-Los myills -explicó, dirigiéndose a ella-. Son una especie de esclavos de los ghawems. Hacen todo el trabajo sucio. Estarán en la retaguardia, y respiran oxígeno. Espera aquí.
-Ni hablar. Voy contigo. -Trató de ponerse en pie, pero tuvo que agarrarse al mamparo.
-No vale la pena -le dijo-. Voy a tener que volver por aquí de todos modos y tú necesitas descansar. Dame ese cuchillo. -Ella había obtenido el arma de un tripulante muerto y no parecía contenta de desprenderse de ella-. No te voy a dejar desarmada –explicó-. Lo necesito para soltar estos pernos. -Se hizo a un lado para que pudiera ver una cubierta de acceso de ingeniería en el mamparo-. Si no me equivoco, esto se abre a un verdadero laberinto de túneles que transportan todo tipo de conductos. Estarás a salvo ahí dentro. -Ella le dio el cuchillo, y momentos después él dejó caer la tapa sobre la cubierta. El estruendo que hizo al caer se perdió en el ruido de fondo de disparos de bláster, explosiones y gritos. Ayudó a Ketrian a subir y entrar-. No te muevas. Volveré.
-M-más te vale. -Alargó la mano y tocó la cicatriz de su mejilla-. Ten cuidado.
Él la tomó de la mano.
-Estás fría como el hielo. Toma, ponte este abrigo. -Se quitó el suyo, se lo ofreció a ella y volvió a cerrar la cubierta de acceso. Luego desapareció por el pasillo, con la pistola en la mano.

***

Encogida en el túnel negro como la pez, Ketrian esperó. El tiempo pasó y ella tenía cada vez más frío, contenta de tener el abrigo de Mak, convencida de que eso era lo único que le impedía morirse de frío. Seguramente él debería haber vuelto ya. ¿Y si no volvía? No, no la abandonaría, nunca lo había hecho. Él dijo que la amaba... ¿Todavía le amaba ella a él?
El sonido de arañazos en la cubierta de acceso la llenó de terror. ¿La habían encontrado los piratas? Se agarró con fuerza a su cuchillo. La tapa cayó hacia atrás, inundando su escondite con aire verdoso y maloliente.
-¿Ketrian? -la llamó Mak-. ¿Estás ahí?
-¿D-dónde si no...? -tosió y se atragantó. Makintay subió junto a ella y le puso una mascarilla de oxígeno sobre el rostro. Ella tragó aire puro y dulce. Mak se dio la vuelta y Ket le oyó volver a colocar la cubierta de acceso-. Hey –protestó-, pensaba que íbamos a irnos.
Los alrededores de Ketrian se hicieron claramente visibles cuando él encendió una vara de luz. Ella parpadeó al examinarle detenidamente. Corría sangre de un corte superficial en la frente y tenía algunos nuevos cardenales añadidos a los viejos. Varios equipos de supervivencia de emergencia estaban atados sobre su ahora sucio uniforme.
-Tengo buenas y malas noticias -dijo él, haciendo un esfuerzo evidente para animarla.
-Dime –suspiró ella.
-Los imperiales no nos molestarán más, pero todas las cápsulas de escape se han ido.
-¿Qué? No podemos quedarnos aquí. ¿Qué vamos a hacer?
-No tengas miedo -le guiñó un ojo-. Tengo un plan.
Ella gimió.

***

-Así que ya ves -repitió Makintay algunos minutos más tarde-, tenemos todos los suministros que necesitamos. Todo lo que tenemos que hacer es permanecer aquí y escabullirnos cuando lleguen a puerto.
Ella frunció el ceño.
-Oh, claro. Salimos de esta nave directos a algún enclave pirata. Gran plan.
-Hey. -Le lanzó una mirada herida-. No sabemos si se dirigen a su base. Puede que tengan un comprador esperando en algún lugar.
-De acuerdo. –Tembló con más fuerza-. Espero que no tengamos que permanecer aquí mucho tiempo. Hace mucho frío aquí dentro.
-No hace tanto frío, Ket –Su voz sonaba preocupada-. Estás enfermo. Si empeoras, voy a tener que conseguirte ayuda.
-¿De ellos? –dijo ella, boquiabierta.
-Sí, ¿por qué no? Hice algunos tratos con el viejo Uskgarv en mis días de piloto mercante.
-¿Uskgarv?
-El estimado líder de este grupo heterogéneo de piratas –explicó-. Si no tocamos tierra en algún lugar en las próximas horas, hablaré con él. No tienes muy buen aspecto.
-¿Estás loco? -protestó ella-. No tenemos ningún poder de negociación.
-Oh, sí, lo tenemos -dijo Mak en voz baja-. Tú vales una fortuna para el Imperio.
-Rescate. -Él asintió con la cabeza y ella pensó en ello-. Supongo, pero ya no estoy interesada en trabajar para ellos nunca más.
-Me alegro de oír eso -dijo. La atrajo para sí para que apoyase la cabeza en su hombro-. ¿Has tenido otras ofertas últimamente?
Ella sonrió.
-Una.
-¿Y?
-Y cada vez tiene mejor pinta. –Él la rodeó con sus brazos.

***

Ket se despertó un poco más tarde sintiéndose más enferma que nunca en su vida. Temblando de fiebre, miró a los ojos de Mak y vio su propio miedo reflejado en ellos.
-¿Qué me está pasando? -Ella vio cómo cambiaba su expresión-. Lo sabes, ¿no?
Él suspiró profundamente.
-Tenía la esperanza de no tener que decírtelo. Ya he visto esto antes, en desertores que llegaban a la Base Nido de Águilas.
-N-no lo entiendo.
-Veneno, Ket. -Ella se puso rígida por el miedo-. No pasa nada, hay un antídoto. El problema es cómo llevarte a él. Nos estamos quedando sin tiempo. Tengo que ir a hablar con Uskgarv. Deben tener algo de eso en la enfermería de este transporte. Pedrin se habría asegurado de ello. Por si acaso había algún retraso al llevarte a Coruscant.
-¿Me ha envenenado?
Mak asintió.
-El droide médico, ¿recuerdas? Es el procedimiento imperial estándar para evitar que las personas útiles se conviertan en desertores útiles o en prisioneros de la Alianza saludables.
Pura furia inundó las venas de Ketrian.
-Ojalá le hubieran permitido a Pedrin hacer este viaje. Tal vez los piratas me habrían dejado descuartizarle.
Makintay rió.
-Guárdate esa idea para otro momento. -Se movió hacia el acceso-. Voy a conseguirnos un alojamiento mejor.

lunes, 20 de mayo de 2013

Potencia de fuego (III)


-No sirve de nada, Ali -dijo Mak una hora más tarde-. Ya ha tomado una decisión.
-Vuestra Alianza no es diferente al Imperio -repitió Ketrian, mirando al grupo junto al holo-proyector-. Sólo estáis interesados en lo que yo puedo hacer por vosotros. Y tú -se volvió hacia Makintay-, todo lo que te importa es la reparación de tus alas-X.
-¿Cómo puedes seguir trabajando para Palpatine después de lo que te hemos enseñado? –preguntó Merak.
-Yo sabía que él no era perfecto -le dijo Ketrian-. Él es humano, como todos nosotros. Si les dieran el mismo poder ilimitado, ¿quién puede asegurar que vuestros líderes no llegarían a ser igual de corruptos? -Cogió su abrigo-. He estado aquí demasiado tiempo. Los matones de Pedrin harán preguntas. ¿Dónde está Grathal?
-Tenía que regresar -dijo Mak-. Tenemos otro deslizador oculto en las inmediaciones. Te llevaré a la taberna. -Ketrian pasó junto a él como una exhalación mientras abría la puerta-. No te preocupes por ella –le dijo a Merak-, ese era su argumento estándar. Es fácil pensar en nadie más que en ti mismo si etiquetas a todos los demás como algo sin valor.
Ketrian vaciló, luego salió al exterior. Estaba lloviendo y se colocó la capucha de la capa sobre la cara. Makintay y Alikka no dijeron nada al unirse a ella.
Sólo habían dado unos pocos pasos cuando Mak se detuvo de repente. Inclinó la cabeza y miró hacia el cielo nocturno.
-Escuchad -dijo. Entonces ellas también lo oyeron, el rugido de los aerodeslizadores. En Hargeeva sólo el ejército imperial utilizaba aerodeslizadores. La luz de unos reflectores se posó en el almacén y sus alrededores.
-¡Diablos! -maldijo Mak-. Nos han encontrado. Vamos. Por aquí. ¡Deprisa! –Las condujo a un estrecho callejón entre calles.
Detrás de ellos, estalló una batalla de fuego bláster cuando los rebeldes atrapados devolvieron el fuego. A continuación, una poderosa explosión llenó las calles con un destello de luz.
-¿Qué ha sido eso? -dijo Alikka.
-Ahora no podemos ayudarles -dijo Mak con tono sombrío, instándola a seguir. Se detuvo en seco en la siguiente esquina-. Soldados –gruñó-. Encontraron el deslizador. -Sacó su bláster, con aire dispuesto a luchar para recuperarlo.
Ketrian le miró fijamente.
-¿Qué estás tratando de hacer, conseguir que me maten? No tengo nada que ocultar. –Dio un paso tratando de rodearle.
-¿Crees que ellos van a creerlo? -Mak tiró de ella. Pero era demasiado tarde, el movimiento había sido visto. Un disparo láser impactó donde había estado Ketrian.
-Soltad las armas y apartaos del edificio -ordenó el soldado de mayor rango.
-Mira lo que has hecho -gimió Ketrian-. Piensan que yo también soy una rebelde.
-Nos tienen atrapados -maldijo Mak-. Cuando esos deslizadores aparezcan, nos freirán. Sólo hay una forma de salir de esta. Vosotras dos tendréis que ser mis prisioneras. Rehenes, ¿de acuerdo?
-¿Rehenes? -Ketrian le miró boquiabierta.
-Buena idea -dijo Alikka. Luego se volvió hacia Ketrian-. Es nuestra única oportunidad.
El soldado repitió su orden para que se rindieran, y añadió:
-Este es su último aviso. –Sobre ellos, podía oírse un aerodeslizador acercándose, convirtiendo la noche en día con sus luces.
Mak no necesitaba esa iluminación para ver la cara de Ketrian; se había vuelto tan blanca como la nieve.
-Lo siento, Ket –dijo-. Vamos. -Mak puso un brazo alrededor de la garganta de Ket y empujó a Ali hacia adelante con el bláster.
La luz de un reflector les cegó inmediatamente a todos ellos y una voz exclamó en un gruñido:
-Suelta el arma, rebelde.
-Atrás o las mato -gritó Makintay.
Los imperiales no le permitieron ni un momento para negociar. El soldado de tierra y otro desde el deslizador dispararon al unísono, enviando de ondas concéntricas de energía azul a través de la lluvia. Ketrian sintió cómo Makintay trataba de protegerla, y entonces la oscuridad del disparo aturdidor se hizo completa.

***

Lo siguiente que supo Ketrian fue que una cruda luz blanca se filtraba a través de sus párpados y el acre olor a antiséptico asaltaba sus fosas nasales. El estómago le dio un vuelco y rodó hacia un lado.
-Por favor, utilice la unidad de residuos -la voz impasible de un droide resonó sobre ella.
Ketrian cayó de la estrecha litera sobre un suelo de duracemento que lastimó sus rodillas. Se aferró a la unidad de residuos cercana, se volvió y vomitó en ella.
-Gracias -respondió el droide. Hubo un zumbido de servomotores mientras se acercaba. Largos brazos de metal la condujeron de vuelta a la litera-. ¿Está usted funcional? -preguntó, evaluándola con brillantes fotorreceptores y sensores.
-Oh, ve a que te fundan los circuitos. -Ketrian se limpió la boca-. ¿Quién eres y dónde estoy?
Unidad de guardia médica FM-6B a su servicio –respondió-. Se encuentra en la Celda de Enfermería número 23B de la Guarnición de Arginall.
-¡Celda! -Ketrian se sintió peor que nunca al revivirlo todo-. Voy a matarte, Makintay. -Se agarró la cabeza-. Si sobrevivo.
-¿Está usted experimentando dolor de cabeza? preguntó el droide.
¿Cómo puedo salir de aquí? -preguntó Ketrian-. Abre la puerta. -Vio que las cuatro paredes eran completamente lisas. No había señales de una salida.
-No puedo hacer eso -respondió el droide-. Deben darle el permiso adecuado. Primero he sido programado para proporcionarle medicaciones que apresuren su retorno al pleno funcionamiento.
Ketrian vio aparecer un apéndice con una aguja hipodérmica llena preparada.
-¿Qué es eso? -preguntó con suspicacia.
-El tratamiento estándar para su condición.
-Bueno. -Ketrian suspiró de alivio. Mientras se subía la manga, descubrió que su vestido nuevo estaba roto y cubierto de barro. El hipo-spray descargó su carga en su brazo. Se lo frotó y preguntó-: ¿Dónde está mi amiga, Alikka Nolan?
-No estoy programado con esa información -respondió el droide.
Parte de la pared se abrió para revelar guardias de las tropas de asalto en un pasillo. Entonces el Mayor Pedrin entró en la celda.
-Veo que ha recibido su medicación. -Sus labios se torcieron en lo que podría haber sido una sonrisa-. ¿Se siente mejor? –Se retorció el bigote mientras se sentaba en la única silla-. He estado preocupado por usted, Ketrian, recibió una doble dosis de shock aturdidor.
-Debería enseñar a sus soldados a apuntar mejor cuando disparan -dijo enojada Ketrian-. Podrían haberme matado. ¿Es así como les dice que manejen las situaciones de rehenes? ¿Dónde está Ali? Más vale que esté bien o presentaré una queja oficial.
Los ojos de Pedrin se oscurecieron como dos agujeros negros gemelos.
-No se encuentra en situación de presentar quejas, señorita Altronel. Usted y su amiga evitaron deliberadamente a sus guardias en la taberna. Si no fuera por el hecho de que se fijaron en el hombre que les llevó a la bodega de almacenamiento y lo interrogaron cuando regresó, puede que nunca las hubiéramos encontrado.
-¿Grathal? -El pulso de Ketrian se aceleró y se le secó la boca mientras se preguntaba qué les habría dicho el anciano-. ¿Dónde está ahora? A mí también me gustaría hacerle algunas preguntas.
-¿Cómo cuáles? -Pedrin se inclinó hacia delante y ella se dio cuenta de que estaba grabando sus respuestas en un cuaderno de datos.
-Por ejemplo, cómo podía haberse equivocado tanto. Nos llevó a la dirección equivocada. Allá por el río. Ali y yo pensábamos que nos íbamos a encontrar con un marchante de esculturas de fuera del planeta. Ya sabe que colecciono esas cosas. -Él asintió con la cabeza-. Sé que no deberíamos habernos ido sin avisar a sus hombres, pero Grathal dijo que el marchante estaba preocupado por...
-¿Aduanas o impuestos especiales?
-Sí. -Ketrian suspiró de alivio-. ¿Grathal lo explicó?
-Eso es lo que nos dijo, pero no era toda la verdad.
Ketrian tragó saliva.
-¿No?
-¿A quiénes encontraron esperando en ese almacén?
-Gente -dijo Ketrian. Se sacudió el barro de la falda. Seguro que habían capturado Makintay y a estas alturas ya lo habrían identificado-. Combatientes de la resistencia. Querían que me uniera a ellos. -Lo hizo sonar como una gran broma-. Yo. ¿Se imagina? Cuando me negué nos hicieron prisioneras a Ali y a mí.
Pedrin dijo nada durante un largo rato. Luego suspiró, se enderezó y apagó la grabadora.
-La lealtad es un rasgo admirable, Ketrian -dijo en voz baja-, pero no puede proteger a la señorita Nolan para siempre. La noche pasada, ella sabía a dónde le estaba llevando.
-Seguro que no.
Pedrin le dirigió una mirada severa.
-Ella lo sabía. ¿Entiende ahora por qué necesitaba a mis agentes con usted todo el tiempo?
Ella asintió con la cabeza.
-Me alegro de que fueran capaces de rescatarme. ¿Puedo irme a casa?
-Pronto. Primero quiero que me diga todo lo que sepa sobre Stevan Makintay. Usted y él estuvieron prometidos hace cinco años. -Él resopló con disgusto y dijo-: El padre de Makintay no deja pasar un día sin quejarse de la elección de su hijo. Supongo que quería que Stevan se casara con alguna Gran Dama. -Ketrian asintió. Pedrin le mostró otra de sus sonrisas de reptil-. Personalmente, yo diría que fue la única elección inteligente única en la vida de Stevan.
Ketrian se sonrojó.
-Tengo trabajo que hacer, Mayor. Debería estar de vuelta en a la refinería. No creo que haya mucho que pueda decirle sobre Makintay. Él me abandonó hace cinco años y nunca he oído hablar de él hasta anoche.
-Sí -estuvo de acuerdo Pedrin-. De eso, al menos, estamos seguros. Les teníamos a ambos bajo estrecha vigilancia durante sus días de la universidad. -Ketrian levantó la cabeza, asombrada-. Por seguridad, ya entiende. Estábamos evaluando a Makintay padre para ocupar el cargo de Gobernador Imperial.
-¿Y eliminaron esa vigilancia cuando Stevan desapareció? -preguntó enojada Ketrian.
-No -admitió tranquilamente Pedrin-. Para entonces usted también había cobrado importancia estratégica para el Imperio. -Ella tomó aliento, enojada, y él levantó una mano para detener su protesta-. Fue la vigilancia continuada lo que me ha permitido garantizar a mis superiores que usted no tiene vínculos con el movimiento de resistencia. -Ketrian se sentó-. Ahora, acerca del prisionero. Lo encuentro todo un rompecabezas. ¿Por qué un hombre de tan alta cuna echaría por tierra todos los privilegios de su nacimiento para ayudar a esos rebeldes de los bajos fondos? Por desgracia, Makintay es el único superviviente del grupo con el que se reunieron, y está resultando ser... -Hizo una pausa, frunciendo los labios en un delgado mohín de fastidio-... terco. Extremadamente terco. Ni siquiera su padre ha tenido éxito con él.
-¿El gobernador habló con él? -espetó Ketrian-. Prometió no volver a hacerlo nunca la noche que desheredó a Stevan.
-Sí -murmuró Pedrin-. Pero Makintay Senior es gobernador del Imperio, y como tal debe obedecer las órdenes imperiales. Se le ordenó que ofreciera a su hijo el pleno restablecimiento de sus derechos de nacimiento si cooperaba con nosotros y revelaba la ubicación de la base rebelde.
-Mak nunca aceptaría tal oferta.
-¿Mak? -Pedrin arqueó una ceja-. Lo conoce bastante bien. Fue de lo más ofensivo. Su padre se fue hecho una furia. El joven Makintay no me dejó otra alternativa que intentarlo con drogas.
Ketrian tragó saliva.
-¿Drogas? ¿Entonces ya tiene la ubicación? -Los nudillos de Pedrin se pusieron blancos mientras agarraba su cuaderno de datos.
-No, parece ser que Makintay se ha preparado a conciencia para esta misión. Nuestras drogas no pudieron penetrar su obstinación. Pero eso no tiene importancia, ahora mismo estamos empleando métodos de interrogatorio más eficaces. -Los ojos entornados de Pedrin estaban llenos de perverso placer-. Makintay se romperá antes de mañana al amanecer.
Estupefacta, Ketrian no podía hacer nada más que mirarle fijamente.
Pedrin frunció el ceño.
-Supongo que no hay nada que pueda decirme sobre él que pudiera ayudarme en mi interrogatorio.
Ketrian negó con la cabeza.
Pedrin se puso de pie.
-Bueno, estoy seguro de que su ayuda no será necesaria. Makintay demostró su cobardía anoche cuando la sostuvo a usted como escudo. Será mejor que se vaya a su casa. Descanse. Usted tiene un largo viaje que hacer mañana.
-¿V-viaje? -dijo Ketrian, aturdida.
-Su aleación, Ketrian. Ha causado gran expectación entre mis superiores. Han ordenado que sea transferida a Coruscant para continuar su trabajo en condiciones más seguras.

***

Después de una noche de insomnio llena de miedo por ella y sus amigos, Ketrian fue escoltada hasta el puerto estelar. Pedrin estaba hosco y encorvado, como si él también hubiera dormido mal.
-Le envidio -dijo mientras la conducía por la rampa a la lanzadera que la estaba esperando-. La capital imperial. Tenía la esperanza de que yo también podría salir de este mundo perdido. Estoy seguro de que el mando me recompensaría si pudiera proporcionar la ubicación de la base rebelde.
-¿Ah, sí? -Ketrian estaba complacida-. ¿Makintay no quería hablar?
Pedrin frunció el ceño.
-Lo habría hecho si hubiera tenido más tiempo. El mando dice que sus expertos le harán hablar. ¡Expertos, bah! Si tuviera sus redes de exploración y sus lujosas máquinas de tortura, yo también podría...
-¿Tortura? -Ketrian palideció-. ¿También van a transferir a Makintay?
Pedrin se volvió y señaló a los pies de la rampa. Un escuadrón de soldados de asalto rodeaba a un solo preso.
-Incluso él va a conseguir salir de esta roca.
Horrorizada, Ketrian vio como los soldados arrastraban a Makintay, aturdido y encadenado, por la rampa. Cuando se detuvieron en la escotilla, Ketrian consiguió echar un buen vistazo a la cara de Makintay. Era una masa de contusiones, y su camisa estaba salpicada de sangre.
-Buenos días -dijo con voz ronca a modo de saludo, tratando de esbozar una sonrisa.
-¡Silencio! -Su guardia le empujó con la culata de un rifle. Makintay cayó de bruces en la lanzadera.
-Supongo que no sentirá ninguna simpatía por él -dijo Pedrin, observando la expresión afectada de Ketrian.
Ella negó con la cabeza.
-Estaba pensando en Ali. ¿Dónde está?
Pedrin se revolvió, incómodo.
-Vamos a retenerla hasta que nos dé los nombres de sus cómplices.
-¿A ella también la están golpeando?
-Le aconsejo que se olvide de su amiga traidora. -La tomó del brazo-. Vamos, la lanzadera se está encendiendo.
Ella se soltó.
-Si pudiera conseguir esa ubicación para usted, ¿dejaría marchar a Ali?
-Por supuesto.
-Entonces deme autorización para hablar con Makintay a bordo del transporte.
-La tendrá. -Pedrin sonrió.

viernes, 17 de mayo de 2013

Potencia de fuego (II)


El pequeño apartamento de Ketrian estaba contiguo al complejo de la refinería, al igual que el resto de viviendas. Ella lo encontraba conveniente, pero Alikka se quejaba de que era como vivir en una prisión. Sólo había una puerta en los altos muros de duracemento que les rodeaban, y estaba siempre fuertemente custodiada. Arriba, en los caminos de ronda, las armaduras blancas de los soldados brillaban con el sol poniente.
Ketrian abrió la puerta principal y dejó a Alikka en la sala de estar. Se había comprado un vestido nuevo y estaba ansiosa por quitarse su mono de trabajo. Momentos más tarde, salió del baño, enderezando el escote en V y terminando de arreglarse el pelo suelto.
-¿Y bien? -preguntó ella-. ¿Crees que a tu misterioso piloto mercante le gustará?
Alikka dejó en su lugar la escultura coralina que había estado admirando. Le había dicho a Ketrian que el comerciante llevaba nuevas mercancías, y había organizado este encuentro.
-Oh, sí. Mucho. -Sonrió y se volvió hacia los estantes que recubrían la sala de estar-. ¿Estás segura de que puedes encontrar un espacio para algo más?
Ketrian rió mientras cogía su abrigo.
-Siempre hay espacio para más.
-¿Tal vez si quitas todas esas horribles espadas y cuchillos de la otra pared?
Ketrian se acercó a la misma, pensando en ello. Alargó la mano para tocar una de las espadas más pequeñas, un florete. La primera vez que había visto a Stevan Makintay, estaba realizando una exhibición con la espada. Se movía con toda la gracia de un felino.
Observando el ablandamiento de la expresión de Ket, Alikka se preguntó si estaba haciendo lo correcto, engañando a Ket. Pero Ali tenía que hacer todo lo posible para ayudar a la Rebelión.
-No -dijo Ketrian-, demasiados recuerdos. -Apostaba a que Mak nunca se paraba a pensar en ella. Su único amor verdadero eran las estrellas. Desde luego, había estado dispuesto a abandonarla por ellas-. Venga –dijo poniéndose el abrigo-, vamos a llegar tarde.
Salieron y subieron al deslizador que les esperaba, molestas como siempre al ver otro deslizador siguiéndoles a corta distancia. Los vigilantes de Pedrin.
Cuando llegaron a la Taberna del Farol, Ketrian se molestó aún más al encontrar a Grathal, un comerciante de antigüedades conocido, esperándolas. Explicó que al comerciante interestelar no le gustaba mostrar su mercancía en público... especialmente con los funcionarios imperiales cerca. Los impuestos especiales de las aduanas podían arruinarle. Grathal les mostró una salida trasera a través del almacén de la bodega.
-No sé si me gusta esto -dijo nerviosamente Ketrian cuando salieron al aire húmedo de la noche.
-Oh, vamos -instó Alikka-. ¿Dónde está tu espíritu de aventura? Es un contrabandista. Qué romántico.
-Bueno -decidió Ketrian mientras Grathal los guiaba a su deslizador-, servirá para librarnos de los payasos de Pedrin por un tiempo. Probablemente ahora estén llegando a la puerta principal.
Grathal las condujo a lo más profundo de los sectores más miserables, junto al río, y finalmente se detuvo en un callejón sombrío junto a un almacén en ruinas. Grathal abrió la puerta del deslizador, dejando entrar el aire brumoso.
-La gente desaparece en estos lugares -dijo Ketrian con amargura-, y luego su cuerpo aparece ahogado en el puerto.
-Oh, no seas tan melodramática. -Alikka la empujó fuera-. ¿No eras tú la que es tan buena con los cuchillos?
-Sí. Pero no los traigo conmigo cuando llevo vestido.
Grathal los guió hasta la puerta lateral del almacén y entraron. La habitación era de techo bajo, cerrada por agrietadas paredes de metal oxidado, y olía a humedad y pescado. En el centro había una mesa desvencijada sobre la que colgaba una única vara de luz. Sobre la mesa había dos hombres y un joven vestidos con diversas prendas monótonas y desconjuntadas. Sobre la mesa había algunas tarjetas de datos, un holo-proyector y tabletas de datos.
-¿Quiénes son? -preguntó Ketrian a Grathal-. Pensé que se trataba de una muestra exclusiva. ¿Dónde están las muestras?
Una puerta trasera se abrió con un chirrido. Un hombre alto con una chaqueta azul entró... Ketrian supuso que era el comerciante. Llevaba una pistola en la parte baja del muslo derecho. Ketrian volvió a mirar y advirtió que las demás personas estaban armadas de manera similar.
-Hola, Ketrian -dijo el comerciante, volviéndose hacia ella. Había una delgada cicatriz blanca en lo alto de su mejilla-. Ha pasado mucho tiempo.
-¡Mak! -exclamó Ketrian-. ¿Qué estás haciendo aquí? -Se volvió airadamente hacia Alikka-. ¿Tú sabías algo de esto? ¿Qué está pasando aquí?
-Yo lo sabía -admitió Alikka, con cierto aire culpable-. Dijo que necesitaba hablar contigo, para explicar...
-¡Explicar! -espetó Ketrian-. ¿Explicar qué? Que te ha engañado del mismo modo que me engañó a mí. Esa es la verdad, ¿no, Mak? ¿Has venido a iniciar otra revuelta campesina? ¿No quedaste saciado de sangre y muerte la última vez? Veo que has encontrado más mártires para tu causa. -Agitó un brazo abarcando el grupo sentado a la mesa-. ¿Están dispuestos a morir sólo para que puedas vengarte de tu padre?
-Bueno -dijo él, arrastrando las palabras, acercándose a la mesa-, veo que no has cambiado.
Ella lo miró fijamente.
-Me voy.
-Por favor... -Alikka se interpuso entre ella y la puerta. Grathal no estaba a la vista-. Quédate, Ket. Por mí. Por mi hermano. -Ket sabía que él estaba en uno de los campos de trabajo de Pedrin-. Yo quería que vinieras aquí más que cualquiera de estas personas. No te podía decir nada de esto donde pudieran escucharnos.
-Oh, Ali -suspiró Ketrian-. ¿En qué estás metida ahora? Sabes que Pedrin sospecha de ti.
-Menos mal que alguien está tratando de evitar que haya más Alderaanes -dijo una aguda voz juvenil desde la mesa.
Ketrian se volvió hacia quien había hablado, el hombre joven.
-No me digas que te crees esas mentiras.
-¿Cuáles? –le replicó-. ¿Que Alderaan estaba planeando la guerra bacteriológica? ¿Que todos teníamos una plaga incurable? ¿Que...?
-Basta, Merak. -Un hombre canoso se acercó al joven para ponerle la mano en el hombro-. Compartimos tu dolor y el luto por tu hogar perdido.
Ketrian se le quedó mirando.
-¿Eres alderaaniano?
Él asintió con la cabeza, lleno de orgullo.
-Uno de los pocos.
Mak se adelantó.
-Todo lo que Merak pide es que le escuches. Tiene algunas holo-cintas que quiere que veas. -Ketrian parecía insegura-. No es sólo Alderaan. El Imperio ha estado ocupado últimamente.
-Entonces -dijo Ketrian lentamente-, ¿ahora trabajas con ellos?
-¿La Alianza Rebelde? -dijo Mak-. Sí. La mejor elección de mi vida. Por una vez en mi vida he encontrado el medio para ayudar realmente a la gente. Escúchanos, Ket. Eso es todo lo que pedimos. Entonces, si todavía quieres hacerlo, podrás irte.
Ketrian se irguió, enojada.
-¿Esta... -indicó la holomáquina- es la única razón de que vinieras aquí?
-No -sonrió. Era la misma sonrisa desgarradora y dulce que recordaba-. Esta ha sido una excusa perfecta, una oportunidad para volver a verte. Merak y el equipo podrían haberse ocupado de ello, pero les convencí para que me permitieran venir. Nunca he dejado de pensar en ti, Ket. En el día que me vi obligado a dejarte.
-¡Obligado! -se burló-. Huiste de las amenazas de tu padre. Huiste a tus preciadas estrellas. Tu padre no podía soportar ver cómo te casabas con una plebeya en lugar de esa dama que eligió para ti. Creí que estabas dispuesto a permanecer a mi lado, pero me abandonaste.
-También tenemos pruebas de la verdad detrás de la desaparición de Makintay –dijo otro de los rebeldes, tomando la palabra-. Su prometido pasó un año en una colonia penal en Garen IV después de que fuera secuestrado y arrojado allí con una identificación falsa.
-¿Colonia penal? -Ketrian quiso creer, para sanar esa vieja herida.
Mak asintió con tristeza.
-Mi padre se aseguró de que desapareciera en algún lugar donde nunca volviera a oír nada de mí. -Cogió una de las tarjetas de datos-. Con el tiempo me escapé y volví aquí para liderar ese levantamiento. Cuando fracasó, la Alianza se puso en contacto conmigo. Todo está aquí.
-¿Por qué esperaste tanto tiempo para decírmelo?
Él se encogió de hombros.
-Oficialmente, yo era un criminal fugado. Todo lo que gané de la sublevación fue que pusieran precio a mi cabeza. Tú estabas a salvo, trabajando para el Imperio.
Ella le sostuvo la mirada durante un largo instante, luego miró hacia otro lado.
-Muchas personas sufrieron innecesariamente por tu levantamiento. ¿No ves que la Alianza Rebelde no es diferente? Todas estas acciones de guerra son inútil, Mak. Inútil. Escucharé lo que tus amigos tengan que decir, eso es todo.
-Es justo -acordó Mak, invitándola con un gesto a sentarse en una silla.

jueves, 16 de mayo de 2013

Potencia de fuego (I)

Potencia de fuego
Carolyn Golledge

Más luces rojas se encendieron en el panel de vuelo del ala-X y por la ventanilla podía verse el metal gris lleno de impactos de láser. El droide R2 de Makintay, el líder del escuadrón, chilló e hizo sonar alarmas, diciéndole que acababan de perder su potencia de fuego de babor. El conjunto de la punta del láser se desprendió cuando el alerón-S pasó rozando el vientre del transporte imperial.
-Podemos hacerlo. Aguanta -instó Mak, deseando que su pequeño caza se librase. Una luz de color dorado rojizo llenaba la cabina, mientras el Ala-X casi era consumido por las emanaciones de escape de los motores del transporte. Mak cerró los ojos y luego, en la siguiente respiración, la luz se había ido. El espacio estrellado le dio la bienvenida mientras se aceleraba alejándose hacia arriba y afuera, dirigiéndose veloz hacia el punto de salto.
-Líder Verde –le llamó su compañero de ala-. ¿Estás bien?
-Maldita sea, Dallin -espetó Mak-. Obedece órdenes. ¡Vete! –Tanto el escuadrón Verde como el Azul ya no deberían estar a la vista. Les habían dado un vector hiperespacial preestablecido para saltar fuera de la zona de batalla. Mak advirtió que la corbeta corelliana que les acompañaba ya había saltado a un lugar seguro. Habían esperado ver cómo abordaba al transporte Imperial. Mak maldijo; ya no había ninguna posibilidad de eso. De alguna manera, el carguero había superado las señales de interferencia de los Rebeldes para llamar a su escolta de cazas TIE.
En respuesta a las órdenes de su comandante, Dallin y los seis cazas que le seguían en una cerrada formación en V saltaron al hiperespacio.
Makintay echó una rápida mirada hacia atrás, como despedida al joven piloto que había intentado salvar. Girando cada vez más lejos en el espacio, el ala-X de Gifford había quedado reducido a escombros fragmentados.
-Maldito seas, Dru -maldijo Mak con voz áspera por la emoción contenida-, te dije que lo dejaras. -No tenía tiempo para una elegía más larga. Los TIEs rodeaban el transporte, dirigiéndose hacia él, buscando otra víctima.
Mak activó el salto al hiperespacio y la luz de las estrellas se hizo aún más borrosa en su ya emborronada visión. Gifford también sabía lo mucho que sus amigos rebeldes de la Base Nido de Águilas necesitaban esos suministros. El personal de tierra estaba apático y cansado, tanto por las escasas raciones como por un horario de trabajo agobiante. El desastre de Hoth no había mejorado las cosas. Nido de Águilas había acudido en auxilio de los supervivientes, dando lo poco que podían permitirse para ayudar al Comando Central de la Alianza a establecer una nueva base.
Era un círculo vicioso que crecía más a cada día que pasaba: necesitaban desesperadamente capturar una nave de suministros imperial, o saquear una de sus bases, pero cada vez más alas-X se quedaban en tierra por falta de piezas de repuesto. Maldita suerte. Casi tenían completamente vencido a ese transporte descarriado, con el motor ventral el único que seguía funcionando, cuando regresaron esos TIEs.
Tan cerca pero tan lejos, y peor aún, Gifford había muerto, otro ala-X perdido para ellos. Mak había intentado salvar al muchacho a toda costa, arriesgando su propia vida. Había desviado a dos de los perseguidores de Gifford, lanzando su caza al fragor de la lucha mientras el valiente y temerario rebelde se atrevía a lanzar una última andanada contra el motor del transporte. Mak había imaginado que su ala-X era una espada defensora en su puño, destellando para interceptar las hojas de los enemigos.
En los mundos de alta tecnología más allá del planeta natal de Makintay, Hargeeva, la espada era considerada un arma arcaica. Mak resopló. No, actualmente incluso en su hogar en Ciudad Arginall la espada se consideraría irremediablemente anticuada. Pero 20 años atrás, en su octavo cumpleaños, Mak había sido enviado al entrenamiento habitual con la guardia de palacio de su padre. Poco más que un bebé, ya recibía reverencias y miramientos, y curtidos y aguerridos soldados le llamaban “Mi Señor”. Lord Stevan Makintay, hijo mayor y heredero. Parecía imposible que esos días hubieran pertenecido a la misma vida.
Desheredado por un padre enfurecido, lo único con lo que Mak se quedó fue su inútil experiencia con una espada. Sin embargo, había muchas cosas en los movimientos de esgrima que podían adaptarse a las estrategias de batalla, incluso cuando tu arma era un ala-X. Los pilotos de Mak gustaban de bromear sobre sus frecuentes referencias a la esgrima. Suponían que se había ganado su famosa cicatriz en uno de los duelos de la aristocracia de su mundo natal. Mak sonrió y se llevó una mano enguantada a la delgada línea blanca que iba desde la esquina de su ojo derecho hasta el lóbulo de la oreja. De ninguna manera iba a revelar jamás que fue una amante celosa quien le había hecho ese corte. Desde luego, Ketrian Altronel no era de las que perdonaban.
Debían de haber pasado años desde que la había visto por última vez. A menudo se preguntaba si ella habría pensado alguna vez en él. Pero no, él sabía que ella se habría encerrado en su trabajo. Nunca había conocido a nadie que pudiera llegar a apasionarse tanto por las aleaciones metálicas. Ella era una brillante metalúrgica; había oído que recientemente había sido ascendida a jefa de su departamento. Trabajando para el Imperio. Y probablemente dedicando su devoción al Imperio, también. Cualquiera que respaldara sus revolucionarias teorías científicas con becas de investigación generosamente financiadas, se ganaría su favor sin duda.
Solamente las estrellas sabían lo que podría haber inventado hasta ahora; rara vez sabía en qué día vivía cuando una idea se había apoderado de ella. Era un alivio que pudiera encontrar consuelo en su trabajo, pensó Mak, sintiendo la habitual punzada de culpa. Tal vez debería haberse esforzado más en ponerse en contacto con ella, en explicarle. Le dolía pensar que ella creyera que la había abandonado.
Un pitido de su ordenador de vuelo trajo a Mak de vuelta de sus recuerdos. Su unidad R2 le informó de que estaban llegando a Karatha. Cuando las líneas estelares se colapsaron de nuevo a su alrededor, Mak no pudo encontrar nada de su habitual alivio al estar a salvo en casa. Delante de él, a punto de desaparecer en la atmósfera azul verdosa de Karatha, Mak contó un caza de menos. A pesar de su severa disciplina, Mak amaba a sus hombres, y hacía todo lo posible para protegerlos. Había estado orgulloso de su baja tasa de bajas. Hasta hoy.
La mano de Mak temblaba mientras revisaba sus sensores, evaporando el pesar en un infierno al rojo vivo de pura rabia. Allí estaban los responsables de la muerte de Gifford, complacientes, seguros en sus asientos del consejo de mando, enviando a jóvenes a la batalla con equipos defectuosos e informes de inteligencia aún peores. Parecía que allá abajo hacía un hermoso día soleado, un nuevo día que Gifford no vería.
Las brumas marinas matutinas se habían deshecho, alejándose de los imponentes acantilados de piedra caliza que sostenían el Nido de Águilas. Ese era el nombre que los pilotos daban al sumidero natural que ocupan los dos niveles de hangares principales de la base, sobre los barracones que bordeaban la playa de debajo. Muy distinto de la pesadilla helada que Mak recordaba antes de ser trasladado aquí desde Hoth. Pero en Hoth habían tenido más comida, más combustible, más personal.
La ira de Mak llegó a su máximo al recordar como el mando de cazas los convocó antes del amanecer. Habían recibido informes de inteligencia acerca de un carguero de suministros imperial descarriado. Todos los escuadrones estaban entusiasmados con eso, pero a Mak y al resto de líderes de escuadrón les denegaron los cazas adicionales que creían que necesitaban para asegurar la captura del carguero. No podían permitirse el tiempo necesario para terminar las reparaciones de aquellos alas-X que quedaban en tierra... ni aunque tuvieran las piezas necesarias. Inteligencia les había asegurado que encontrarían poca resistencia. Ahora Gifford había muerto, y ellos volvían con las manos vacías.
Hoy sería la última vez que les enviarían sin la preparación adecuada. Mak juró que no volvería a ocurrir. Girando su ala-X para apresurarse a llegar a casa por los acantilados junto al mar, como una de las aves de presa nativas, Mak decidió entregar sin demora ese juramento al Comandante de Inteligencia Baran. ¡Al demonio las órdenes! El mando de cazas podía esperar para que les entregase su informe. ¿Quién sabe? Puede que incluso ya se hubiera enfriado un poco para entonces, pero lo dudaba. Una mirada al lugar vacío de Gifford sería suficiente para asegurarlo.
Sintió un salvaje placer ensayando un discurso virulento, mientras su droide R2 hacía gran parte del trabajo para que el ala-X descendiera y se dirigiera hacia el hangar. Mak se puso en pie y saltó fuera de su asiento tan pronto como la carlinga se deslizó hacia atrás.
-Lo siento, Mak -oyó decir a alguien en voz baja detrás de él mientras sus botas se posaban en el asfalto-. Dallin dijo que hiciste todo lo que pudiste.
-¿Sí? -gruñó Mak. Se dio media vuelta, enfrentándose a Merinda, la pequeña técnica que era la líder de su personal de tierra. Ni siquiera la genuina preocupación en sus verdes ojos ovoides podía enfriar su temperamento-. Bueno, no fue suficiente –gritó-. Y esta vez -levantó un acusador dedo índice-, esos incompetentes pulidores de sillas no se saldrán con la suya. -Salió corriendo hacia el turboascensor que lo llevaría hasta el Centro de Mando.
-¡Espera, Mak! -Merinda corrió para mantenerse a su altura-. ¡Piensa! -Se aferró a su brazo, frenándolo un poco. Ella sabía que, incluso presa de la rabia, era demasiado caballero para empujarla a un lado. El turboascensor estaba lleno y ella aprovechó su oportunidad mientras él se veía obligado a esperar-. ¿De qué servirá hacer que te degraden de nuevo? Acuérdate de lo que pasó la última vez.
Mak la fulminó con la mirada, dispuesto a decirle que no le importaba. Pero eso no era cierto; si dejaba de ser líder del escuadrón, habría menos hombres capaces para proteger a sus pilotos.
-Diablos, Merin -dijo, repentinamente cansado-. ¡Tengo que hacer algo! -Frustrado, se pasó una mano por el pelo desordenado.
-Lo sé -dijo ella con simpatía-, y estoy de acuerdo. Pero necesitas un plan si pretendes causar un impacto real en ese idiota de Cabeza Hueca.
El apodo despectivo para el comandante Baran trajo una leve sonrisa a los labios de Mak.
-Un plan, ¿eh? -dijo. Hizo un gesto a su jefa de técnicos para que entrase con él en el turboascensor cuando este se abrió para ellos-. Estás tramando algo. ¡Cuéntame!
Así lo hizo, explicando sus ideas para enfrentarse al mando con un esquema para conseguir expertos que pudieran fabricar los repuestos necesarios en Karatha en lugar de hacer que los escuadrones tuvieran que obtenerlos asaltando.
-Seguro que mejor que cualquier cosa que se le haya ocurrido últimamente a Baran –convino Mak cuando volvieron a salir del ascensor.
-Un millón de gracias -dijo Merinda con amargura-. Un gusano-tritón podría pensar mejor que Baran.
-No pretendía... -Vio su sonrisa y se dio cuenta que le estaba tomando el pelo de nuevo, tratando de disparar sus pretenciosos modales-. Es sólo que ya sé lo que dirá Baran.
-Yo también. -Ella imitó el tono correcto y formal de Baran-. ¿Y dónde están todos esos expertos dispuestos a desertar que han estado escondiéndose de nosotros, Jefe? ¿Bajo su cama? ¿En su caja de herramientas?
-¡Expertos! -exclamó Mak, deteniéndose tan de repente que Merinda chocó con él-. ¡Eso es! Debería haberlo pensado antes.
-¿Qué? -preguntó ella.
-“Qué” no. Quién -afirmó, sonriendo-. Ketrian Altronel.

***

No se parece en nada a su hijo, pensó Ketrian con amargura. Permanecía de pie al otro lado de la pequeña oficina de Refinería Arginall, observando la expresión del Gobernador Imperial Makintay mientras él trataba de comprender los diagnósticos informáticos. Nunca se pareció, pero todas esas fiestas vespertinas tampoco ayudan.
-Estúpido viejo pomposo -susurró AIikka Nolan a Ketrian-. No tiene ni la menor idea de lo que está mirando. -Como supervisora de personal, se esperaba que estuviera presente en la evaluación de la muestra de la aleación de Altronel.
-No -respondió Ketrian, inclinándose hacia su amiga, de cabello rubio y menor estatura-, pero desde luego él sí. -Señaló al imperial de mediana edad uniformado que estaba sentado al lado del gobernador.
El Mayor Nial Pedrin era el comandante de la guarnición de Arginall adjunta a la refinería. También era un geólogo calificado, por lo que le habían dado ese destino cuando el Imperio descubrió la riqueza mineral de Hargeeva. La variedad y la individualidad eran los odios personales de Pedrin. Naturalmente, su único interés era la geología: la piedra nunca cambiaba. O al menos no lo hacía, a menos que se llevase a uno de los laboratorios de Ketrian.
La muestra de hoy era el resultado de su trabajo sobre un mineral conocido como ostrina. Después de meses de intentar varias combinaciones, Ketrian había descubierto las trazas de elementos correctas y había llegado a un método revolucionario de unión cristalina y plástica que convertía la ostrina en bruto en algo completamente diferente. Los ojos de Pedrin se abrían aún más con cada línea que leía. Cogió la muestra de aleación de encima del escritorio, casi acariciándola con los dedos.
Alikka se agitó con impaciencia. Pedrin la miró, penetrándola con la mirada con sus fúnebres ojos negros como el vacío del espacio bajo sus finas cejas. Alikka le sostuvo firmemente la mirada. Los dos compartían tanta animosidad mutua como lo hacían Ketrian y el gobernador.
-¿Y bien? –preguntó el Gobernador Makintay-. A mí me parece adecuado. -Los ardientes ojos de Pedrin se volvieron a él y el hombre de mayor edad se sonrojó. Puede que Makintay fuera gobernador, pero era Pedrin quien ejercía el verdadero poder en Hargeeva-. Por supuesto, usted es el experto. -Avergonzado, Makintay bajó su doble papada contra su pecho vestido de satén rojo. Pedrin desaprobaba la vestimenta tradicional de la aristocracia hargeevana.
Pedrin puso la aleación de nuevo sobre la mesa, y levantó su dedo índice para alisarse su ya de por sí liso bigote.
-Un trabajo notable -dijo. Sus ojos brillaban con la luz reflejada del ordenador mientras miraba a Ketrian-. Notable.
Desde sus días universitarios, Ketrian no había oído una alabanza tan clara.
-Gracias, Mayor -dijo ella. Pudo sentir cómo se ruborizaba y supo que su rostro haría juego con el color de su pelo-. Encontrar la fórmula exacta para aumentar diez veces la absorción de calor de esa manera fue...
-Sin duda -interrumpió, poniéndose de pie. Su guardia de tropas de asalto se movió para abrir la puerta a las mujeres-. A partir de ahora estos resultados están clasificados como alto secreto. ¿Han entendido? -Ellas asintieron-. Alto secreto -repitió, con sus severos ojos fijos en Alikka-. Ni una palabra a nadie fuera de este complejo. Hay penas severas por hablar demasiado. No quiero tener que recordarle esas sanciones por segunda vez, supervisora.
Los ojos grises de Alikka brillaron en desafío.
-¿Y quién cree usted que estaría interesado? Ya ha encarcelado...
-Querrá transmitir esos diagnósticos a sus superiores inmediatamente, ¿verdad? –interrumpió Ketrian, cambiando de tema.
Pedrin asintió con la cabeza, con los ojos todavía en Alikka.
-Entonces le dejaremos que lo haga. Todo está ahí, listo para su descarga. Alikka y yo tenemos una cita para cenar en la ciudad. –Ketrian tomó el brazo de su amiga.
-¿La Taberna del Farol de nuevo? -preguntó Pedrin.
Ketrian suspiró irritada.
-Sí. ¿Es necesario que sus hombres nos sigan a donde quiera que vayamos?
-Es por su propia seguridad –dijo él-, nunca lo olviden.