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domingo, 8 de agosto de 2010

Trabajos dolorosos (y VI)

No hablamos mucho en nuestro camino de descenso por la colina. Yo me detenía una y otra vez para volver a contar el dinero —y, debo admitirlo, simplemente para admirarlo— y Zayne buscaba un árbol para apoyarse contra él y deprimirse. Sé que a los Jedi les gusta la ley y el orden y todo eso, pero después de todo lo que le ha pasado a ese chico, yo juraría que cualquiera esperaría que viera la galaxia con mayor apertura de miras. Yo veo que la gente es avariciosa y sin ápice de vergüenza... y veo oportunidades. ¿Qué es lo que ve Zayne? Aún no lo he descubierto.
Por el motivo que fuese, se consoló en parte insistiendo en que Acampador se llevase parte del dinero, tal y como yo le había prometido. Tengo que admitir que había pensado en aprovechar uno de sus momentos de confusión y endosarle una bolsa llena de latas de comida en pasta vacías. Estoy seguro de que había pensado en algo de eso. Pero había sido un día provechoso, y podía permitirme ser magnánimo. (Simplemente tendré que encontrar algo que venderle al viejo Barbagrís, para recuperar el dinero.)
Lo que me lleva de vuelta al consejo que os estaba dando. Si sois un agente como yo y estáis pensando en añadir un Jedi a vuestra organización, los compromisos como este van a ser siempre parte del paquete. Pagar a la gente. Elegir objetivos que merezcan ser engañados. Limar esquinas que preferiríais cortar. Todo eso es parte del cuidado y la alimentación de un esbirro Jedi.
Puede ser un duro lastre... en mi caso, ya lo había sido. Pero siempre he tenido el presentimiento de que merecería la pena. Y, ¿quién sabe? Tal vez, sólo tal vez, puede que lo atraiga a mi manera de pensar en algunos golpes... y hacer algunos golpes, mientras estamos en ello.
Es un muchacho con un buen lío en la cabeza, ese Zayne. ¡Pero puede que aún consiga sacar algo de provecho de él!

Trabajos dolorosos (V)

No sé cuánto de nuestra conversación habían escuchado Obohn y el muñeco de ventrílocuo flotante, pero mi corazón dio un vuelco cuando vi que se aproximaban a nosotros, y además hablando excitadamente entre ellos.
—Esto no puede ser bueno —susurró Zayne.
—No podéis engañarme —dijo Obohn, acariciando su comunicador con sus dedos huesudos—. ¡Sé quiénes sois en realidad!
Instintivamente, Zayne se llevó de nuevo la mano a la chaqueta. Había sudado de lo lindo en la persecución, y estaba nervioso. Y si ahora lo identificaban como el Padawan fugitivo...
—Sé quiénes son en realidad... y sé quién era él —dijo, mostrando una sonrisa que ningún muun debería mostrar—. Sois ladrones... ¡y ese hombre era Ineas Tikartine!
—¿Disculpe?
Mientras Zayne y yo nos mirábamos el uno al otro, Obohn daba vueltas a nuestro alrededor.
—El hombre al que habéis echado de aquí... He escuchado parte de lo que ha dicho. Esas son sus obras... ¡y vosotros dos las robasteis!
Me lo figuraba. Otra vez con el comunicador... y el cuñado, y los invitados de la boda. Ahí viene.
Pero Obohn simplemente metió el comunicador en su bolsillo y se apartó.
—¿Entonces...?
—¿Entonces no va a llamar a las autoridades? —preguntó Zayne, planteando la cuestión de un modo más sutil del que yo planeaba.
—Por supuesto que no —dijo Obohn, relajando su expresión. Hizo un gesto al wookiee que estaba de pie, quien salió a un pasillo lateral y volvió con una gran maleta. Sólo por el peso, supe qué había dentro... y cuánto. Moneda local. Coloniales de Ralltiir, canjeables por créditos de la República en prácticamente cualquier parte. Y, aún más importante... casi el doble de lo que había pedido originalmente.
Estaba a punto de salir por la puerta con dicha maleta cuando Zayne, como de costumbre, se enfrentó a la buena suerte y le metió el dedo en el ojo.
—Deje que me aclare —preguntó Zayne a Obohn, desconcertado—. Cuando pensó que en realidad no conocíamos al artista, iba a hacer que nos arrestasen. Pero ahora que piensa que las hemos robado... está dispuesto a pagar el doble.
—Sí —dijo Obohn, quien de hecho acariciaba las “esculturas” con recobrada admiración—. Pero no es sólo que sean robadas. Son robadas... y el artista sabe que faltan. —El rodiano hervía de excitación, mostrándose evidentemente de acuerdo—. Ahora, estas piezas son mucho más deseables en nuestros círculos. Mucho, mucho más. Mucho más.
—Eso es lo que pensaba —dijo Zayne. Soltó un gruñido antes de salir arrastrando los pies.
A veces es realmente mejor no preguntar.

viernes, 6 de agosto de 2010

Trabajos dolorosos (IV)

Esa última palabra no salió de mi boca, ni de la de Zayne, o Acampador... si no de la del Maestro Obohn, quien aparentemente tenía exactamente lo que había dicho. Hizo una señal a sus elegantes wookiees.
—Sacadlos de mi galería... ¡a todos!
En ese momento, me di cuenta de que la operación comenzaba a deslizarse entre mis dedos, fuera de control.
También me di cuenta de que, si alguna vez alguien quería invadir Kashyyyk, la mejor estrategia era decirle a todo el mundo de allí que los pantalones de sport estaban de moda esa temporada. Porque aunque normalmente yo nunca escogería estar en el mismo planeta que un par de wookiees enfadados, los wookiees enfadados con pantalones tendían a perder un poco de su efectividad como máquinas de matar.
Al menos, fui capaz de esquivar —por los pelos— al que vino por mí, lo que habría sido imposible de no ser por la generosidad de su sastre con los plisados. La bola de pelo comenzó a perseguirme a buena velocidad, y de pronto estallaron sus costuras, frenándolo. Los objetos expuestos en la galería sirvieron bien para ponerme a cubierto, al menos al principio... hasta que comenzaron a derribarlos.
Por su parte, Zayne también se estaba desenvolviendo bastante bien durante ese tiempo. Aún era prudente acerca de echar mano a sus cosas de Jedi; el sable permaneció oculto, y aunque algunas de las estatuas parecieron cobrar voluntad propia cuando su wookiee se acercaba demasiado, no me parece que resultase demasiado obvio.
Acampador apenas se movió durante todo eso; simplemente se quedó trasteando en uno de sus cacharros sobre uno de los aero-palés. Yo no lo vi, pero Zayne me dice que en ese momento un wookiee se acercó demasiado a Acampador, y que él activó parte del aparato. El resultado fue una alfombra inconsciente en el suelo, noqueada por algo de la falsa estatua.
Me habría gustado haberlo visto —o, mejor aún, ver cómo ocurría lo mismo con el otro wookiee— pero en ese momento estaba ocupado con mis gritos. Mi wookiee se había liberad de sus harapos de una vez por todas, y estaba impúdicamente clavando las garras en la elevada estatua sobre la que me encontraba encaramado. Trataba de escalar hacia mí, y cada vez que Zayne se acercaba a él, se soltaba y todo el invento se tambaleaba hacia todos lados.
No era mi momento más apurado del mes, pero este fragmento de mi memoria no iba a ser recordado muchas veces.
Por suerte, volvimos a escuchar:
¡Suficiente!
Salvados por el muun. Al ver parte de su colección en peligro (y otra parte en pedazos), Obohn detuvo a sus wookiees. Reticente, el wookiee soltó la estatua... y, más reticente aún, yo fui tras ella al suelo con un horrible golpe.
Para cuando Zayne me hubo recogido del suelo de mármol, Obohn seguía supervisando los daños. El rodiano, ileso, estaba llorando a moco tendido, lo que también atrajo la atención del muun. Eso nos dio a Zayne y a mí una oportunidad de empujar a Acampador hacia la puerta... y de hacer algo que hizo el momento tan doloroso para mí como lo era para los coleccionistas.
Le engañé.
Lo hice con gracia y resignación.
—¡Oye, loco tarado! Esos tipos son agentes de patentes para un importante conglomerado multi-galáctico, y por alguna razón que ninguno de nosotros puede entender, están interesados en tus invenciones. ¡Déjanos hacer la venta, y todos estaremos contentos!
Acampador levantó una ceja peluda.
—Me pagarán.
Nos pagarán... contando la cuota del intermediario. Pero sí.
Acampador se mordió la lengua.
—No son de Adascorp. Porque odio Adascorp.
—No lo son.
—Y Vanjervalis me estafó hace unos años.
—No son de ahí tampoco. ¿Alguien más para los que no trabajes?
Frunció el ceño.
—Déjame que piense un momento. Son unos cuantos.
—¡Bueno, pues tampoco son de esos! ¡Ahora sal de aquí para que podamos cerrar el trato!
Juntos, Zayne y yo lo empujamos por la fuerza hacia la puerta. Para estar seguro, me quedé mirando cómo se alejaba arrastrando los pies por la calle ondulada por colinas que conducía fuera de la ciudad y de vuelta al Último Recurso.

Trabajos dolorosos (III)

No dejé que Zayne cayera en la auto-complacencia; íbamos a comenzar a hablar de dinero, y ese es el tema que más me gusta y ningún truquito Jedi puede hacer mucho al respecto. Aquí es donde normalmente funciono bastante mejor yo solo. Pero tuve gastos inesperados en nuestro último trabajillo, y ser consciente de que necesitábamos conseguir una nueva nave para reemplazar al Último Recurso no me dejaba en mi mejor estado de forma. En la mayoría de los timos, comenzaría con el doble de lo que quiero y fingiría la existencia de otro comprador. Pero en este caso no había plantado bien los cimientos... muy mal. La velocidad no es buena para hacer tratos.
Y, al parecer, hablar de dinero activó alguna úlcera que Obohn debía tener, porque vi cómo su rostro se retorcía y arrugaba hasta tal punto que casi creí que él y el rodiano eran parientes. Tuve que bajar rápidamente el precio... pero al hacerlo, supe que lo único que había conseguido era despertar de nuevo sus dudas. Odiaba que Zayne viera cómo su Maestro perdía el control de un timo de esta manera, pero esperé que al menos resultase educativo. Si rebajas tu precio, te rebajas a ti mismo.
—Os diré lo que pienso —declaró Obohn, agitando su túnica entre los dos aero-palés mientras posaba entre ambos—. Creo que estas esculturas son auténticas... ¡pero vosotros dos no!
—¿Perdón?
—Vosotros dos no trabajáis para Tikartine. Dudo que lo conozcáis siquiera —dijo, extrayendo un comunicador de los dobleces de su manga—. ¿Sabéis una cosa? Mi cuñado es agente de policía en este planeta. Puede que quiera tener unas palabras con vosotros.
Zayne comenzó a retroceder hacia la puerta, pero lo detuve.
—Contraataque —susurré. Estaban tratando de conseguir que abandonásemos la mercancía. No sería capaz de sobrevivir a un descuento como ese—. ¿Ah, sí? —respondí con vehemencia a Obohn—. ¡Bueno, yo no creo que tu cuñado sea realmente agente de policía del planeta!
Ahí queda eso.
—¿Padre? —preguntó Obohn.
El viejo rodiano volvió a rumiar algo, activando de algún modo un holoproyector sobre su silla. (¿Dónde se consigue uno de esos?) Una temblorosa fiesta de bodas apareció ante nosotros... con una sonriente novia muun y su sonriente novio muun de pie delante de todo el sonriente cuerpo de policía de Ralltiir.
—Una novia adorable —dije, tragando saliva.
Obohn sólo acababa de empezar a subir el comunicador el medio kilómetro que lo separaba de su cara, cuando un invitado no deseado irrumpió de pronto en escena.
Hago una pausa para señalar que esto, también, es algo que parece ocurrir a menudo con Zayne. Las últimas semanas han sido una sucesión de llegadas repentinas, grandes sorpresas, y asombrosas coincidencias. Parece ser uno de los dones de los Jedi... y si lo es, lo único que puedo decir es que deberían envolver ese don y mandarlo de vuelta al lugar de donde vino, sin remitente. Soy un hombre de negocios; me gusta tener el control de cada día como si fuera una nave de línea, afrontándolo todo con un enfoque calmado y estructurado. Los “invitados no deseados que irrumpen de pronto en escena” toman esa nave y traen consigo mynocks y un fallo de reactor.
Al menos, este ciertamente lo hizo: Acampador, el susodicho propietario del Último Recurso. En ningún caso tan anciano como el rodiano, pero bastante anciano... y podía darle al muun una lección en un concurso de tez pálida. Desenterré a Acampador hace años, enterrado en Cruce Chatarra en la Ciudad Baja de Taris; no tenía mucha conversación (excepto para sí mismo), pero sus cachivaches a veces resultan útiles. Viajando con él a bordo de su compactador de basura estas últimas semanas, he decidido que lo había sobrestimado. Sólo tenía dos modos: trasteo o cabreo.
¡Roedor! —Adivinad en qué modo estaba ahora—. Sí, te he encontrado —gritó Acampador, entrando en tromba en la galería—. Mandar al muchacho a que robe por ti, desde luego es tu estilo.
Zayne me miró mientras Acampador se acercaba a los aero-palés.
—Gryph, tú... tú me dijiste que te había dado permiso para que me llevase estas cosas de su taller —dijo el chico, olvidándose de que Obohn estaba allí.
Yo no me olvidaba.
—Calla —dije, acercándome a él—. ¿Cómo iba a suponer que iba a echar algo de menos?
Deberíais ver el taller —la bodega de carga— del que estamos hablando. Una vez chocamos contra un asteroide. Las cosas se ordenaron un poco.
Enfrentándose a mí a escasa distancia, Acampador no iba a dejarlo pasar.
—Es un ladrón. Siempre ha sido un ladrón. —Y no le importaba que nadie lo supiera... no hace falta decirlo, ya que lo estaba gritando a los cuatro vientos—. Bueno, vais a volver a llevar esas cosas a su sitio ahora mismo, ¿me habéis oído?
—Acampador, ahora mismo estamos en mitad de una negociación delicada.
—Pues negociad vuestro camino de vuelta a la nave. Estaba trabajando en eso.
—¿Desde cuándo ha funcionado nada que hayas construido? ¿Y cómo es que sólo recobras la cordura en los peores...?
¡Basta!

martes, 3 de agosto de 2010

Trabajos dolorosos (II)

Un golpe amortiguado resonó en la entrada de la galería, seguido por un epíteto menos amortiguado y muy impropio de un Jedi. (Supongo que habría sido más fácil presentar el producto si hubiera dejado las puertas abiertas.) Los wookiees se apartaron un paso para dejar pasar a “mi joven socio”, empujando dos aerocarretillas en las que se apilaban los objetos: aglomeraciones de aparatos y piezas de recambio soldadas juntas, algunas de un par de metros de altura.
Zayne desactivó las carretillas y se derrumbó contra el marco de la puerta, jadeando mientras se secaba el sudor de su cabello color arena.
—No... me dijiste... lo de la colina.
En mi vida no he tenido muchos esbirros; de un modo u otro, siempre he tendido a trabajar solo. Pero hay momentos en los que un droide no sirve como apoyo, y cuando Zayne se encontró de pronto en las calles como resultado de ciertos inconvenientes, vi la oportunidad de expandir mi franquicia. El chico estaba acusado de algo que no había hecho... y dado que yo también me vi metido en el asunto, decidí que sería interesante ver qué podía hacer un Caballero (o un casi-Caballero, como Zayne) en el mundo del timo. Yo soy así: Muchos de mis colegas odian todo ese asunto de los Caballeros Jedi, viéndolos como policías que no juegan limpio. Yo veo un añadido al juego del que sacar provecho. El poder para influenciar las mentes de los débiles... eso no está lejos de mi estilo.
Hasta ahora, los resultados han sido variopintos. Zayne no era exactamente el primer Jedi de su clase... de hecho, si había alguno peor, probablemente lo habrían enviado a algún recado y nunca regresó. A mi lado, su principal truco parecía ser meterse en problemas. Y además todo parecía convertirse en una negociación.
Como con los aero-palés.
—Te esperaba hace diez minutos —dije. Eso era todo lo que le había pedido que hiciera. Tenemos un droide de carga, pero no es de mucha ayuda. (Esa es otra historia.)
—Lo siento —dijo él, gesticulando hacia las masas de chatarra reunida—. Había una colina. Y dijiste que debía esperar hasta que Acampador saliera del taller.
Acampador era el susodicho Engendrado Loco Arkaniano, cuya nave y laboratorio de científico loco era El Último Recurso. Podía imaginarme que le hubiera costado un buen rato deshacerse de él: Acampador a veces se quedaba abstraído contemplando un tornillo y podía olvidarse hasta de comer. Estaba a punto de hacer un comentario al respecto cuando me di cuenta de que Obohn no estaba mirando al producto, sino, más bien, a nosotros.
—¿Tú eres el socio, humano? —preguntó a Zayne.
—Culpable.
—Te pareces a... ¿cómo se llamaba? —dijo Obohn—. El chico acusado de asesinar a los Cuatro de Taris. Zayne Carrick. —Me miró—. Y él tiene ese cómplice... un snivviano, como .
—Bueno, ese no podría ser el caso —dije—, porque yo soy su jefe. —Me puse ligeramente de puntillas para dar una palmadita en el hombro del chico. (Es demasiado alto.)—. El joven Wervis ha estado ayudándome desde que lo adopté. Liberé al muchacho de una vida de esclavitud en una fábrica, despellejando borrats. —Una lágrima, una, marchando—. A decir verdad, yo soy como un padre para él.
—Menos es más, Gryph —murmuró Zayne entre dientes.
—Calla, Wervis. Sé que es un mal recuerdo. —El patetismo vende—. Ahora, hijo, ¿puedes acercar la mercan... quiero decir, las obras maestras a la luz?
Bajo la claraboya en el centro de la galería, las “esculturas Tikartine” parecían estar en su sitio. Un poco más grasientas que algunas de las otras piezas, quizá... y las nuestras tenían algunas luces parpadeantes de más. Pero ciertamente cautivaron a Obohn y el rodiano, que rodearon el “arte mecánico” y conversaron entre ellos.
—¿Qué son estas cosas que me has hecho traer, de todas formas? —susurró Zayne, mirando a la mayor de las montañas de metal del palé.
—Parece ser un timostato. O una garabatala. O tal vez un quesesto —dije—. Son chatarra metálica... y cuando se acaba el dinero, son nuestra próxima comida.
Antes de que Zayne pudiera preguntar nada más, Obohn se volvió hacia nosotros.
—No —dijo—, no estoy seguro de esto.
Acercándose a su lado, el rodiano graznó de modo escéptico. (Creo; probablemente podría ser cualquier otro modo) Obohn declaró por ambos que querían esperar hasta que un tasador llegase desde Telerath. Eso estaba a varios días de distancia, demasiado tarde para nosotros.
Con aire indiferente, di media vuelta. ¿Sabéis esos tipos verpine que tienen ojos a ambos lados de la cabeza? ¿Que nunca sabes si te está mirando a ti o a tu pareja? Me convertí en verpine. Un ojo en la salida, otro en Zayne.
—Chico —susurré—, te toca entrar en acción.
Zayne se enderezó de golpe y llevó la mano al bulto de su chaqueta, a la defensiva.
—¡Con el sable de luz no!
—Por los espíritus de Cadomai, no. —A Zayne no le gustaba demasiado cortar a gente inocente en trocitos. Solicité a Obohn un momento para poder hablar con el chico y me lo llevé aparte—. ¡Necesito que uses tu magia para convencer a esos tipos de que esta basura es arte!
Zayne retrocedió de nuevo.
—No sé si debería...
—¿Qué te preocupa?
—Me preocupa timar a la gente.
—Bueno, a mí también. Eso se da por sentado.
—Quiero decir, que me molesta timar a la gente —dijo.
—Y a me molesta oírte decir eso —dije. Los Jedi le persiguen... y ahora, ¿sigue haciendo las cosas como ellos? Asombroso—. Mira, esbirro, no me molesta que te sientes en la esquina de la bodega de carga y hagas tu meditación y todo eso. Pero cuando llega el momento de montar el espectáculo, dejas eso en la bodega de carga. ¿Lo pillas?
Me puso la mirada. Odio la mirada.
—Venga yaaaaa —dije, aguantando el temporal—. Esos tipos son ladrones de tumbas. Tratan de saquear los esqueletos de lo que queda de Taris para ponerlos en sus salones. Merecen ser timados.
Una pausa.
—Supongo.
Suspiró. Suspiré.
Con este chico, siempre es como llevar adelante dos engaños a la vez. Tengo que estafar a mi presa... y al mismo tiempo hacerlo de un modo que no ponga nervioso al Pequeño Gira-Sables. Os lo aseguro, apenas merece la pena.
Zayne se enderezó el cuello de la chaqueta y se puso manos a la obra.
—Discúlpeme, señor Obohn —dijo, acercándose a uno de nuestros montones de basura y dirigiéndose al más alto de los dos—. Pero no necesita llamar a un tasador.
—¿No necesito llamar a un tasador? —respondió Obohn.
—Estas son auténticas esculturas Tikartine —dijo Zayne.
—¿Son auténticas esculturas Tikartine?
El tono de la voz es lo que siempre me choca. Soy inmune a esa cosa de ofuscar la mente y, aún y todo, yo mismo casi le creo.
Pero Obohn no.
—¿Por qué debería fiarme de la palabra de un muchacho... de un despellejador de borrat, para empezar? —Exclamó un par de nombres que no reconocí; los wookiees bien vestidos, supuse.
Mis ojos salieron disparados hacia Zayne, quien se encogió de hombros. Ya había dicho antes que sólo funcionaba en los débiles de mente... y aunque otras cosas fallasen en Obohn, tenía un sentimiento muy fuerte hacia su arte. Volví a mirar la salida. ¿Dónde estaban los wookiees?
Pero todos fuimos interrumpidos cuando el rodiano comenzó a tirar de la túnica de Obohn y a cloquear con urgencia.
—¿Qué pasa, Padre? —preguntó Obohn... seguido por más graznidos.
Comprendiendo lo que pasaba, Zayne se arrodilló directamente frente al rodiano hinchado y arrugado.
—No necesita llamar a un tasador, ¿verdad?
El rodiano tembló y se estremeció y gorgoteó otra respuesta ininteligible.
Obohn se inclinó acercándose a él.
—¿Qué, Padre? ¿No necesitamos un tasador?
—Estas son auténticas esculturas Tikartine —repitió Zayne.
—Gwawk gleep glorb snork snork!
—¡Vaya, son auténticas esculturas Tikartine! —dijo Obohn, con el rostro refulgente alcanzando brillos insospechados y acercándose a mí para sacudirme con violencia la mano—. Dudaba de ustedes, pero... ¡no hay detalle que escape a los ojos de Padre! —(Y no hay comida que escape a su zarpa, pensé. Los hutts deberían preocuparse.)—. Son auténticas. ¡No necesitamos un tasador!
El muun dio unos golpecitos en el hombro a un sorprendido Zayne, que aún estaba arrodillado ante el rodiano charlatán. Zayne me miró, un poco desconcertado. ¿Cómo podía influenciar a alguien que no podía entender?
Me encogí de hombros. Pasara lo que pasase, al menos habíamos tenido un buen número de feria.

lunes, 5 de abril de 2010

Trabajos dolorosos (I)

Trabajos dolorosos
de John Jackson Miller

Si vais a escapar de la ley —no importa demasiado la ley de quién—, recomiendo Ralltiir. Allí, nunca tendréis que preocuparos acerca de dónde van a salir vuestros próximos créditos. Mucho antes de que esos mandalorianos comenzasen a molestar a la República, Ralltiir era el lugar donde la gente venía a tomar malas decisiones comerciales. El bláster con empuñadura reversible proviene de Ralltiir. La locura de los hologramas de karaoke comenzó en Ralltiir. Mi caso es un ejemplo.
Aunque gracias a los cabezacubos, el planeta estaba funcionando de forma aún más ralltiiriana cuando llegué. Las hordas de los del casco aún estaban muy lejos, pero la visión de un grupo de combate de la República formando en órbita hizo que muchos lugareños pensaran lo contrario, comprando y vendiendo tan rápido como podían. No les culpo; los mandies no son tan buenos regateando como los demás turistas. La típica escapada de compras mandaloriana, según mi limitada experiencia, transcurre más o menos así:

Vendedor: Bienvenido, amigo acorazado. ¿Le gustaría ver algún deslizador de lujo?
Mandaloriano: ¿Copaani mirshmure'cye, vod? ¡Libero esta mercancía en nombre de los Mando'ade!
Vendedor: Ay. Me está haciendo daño. Vuelvo a decirlo, ay.
Mandaloriano: Sois un pueblo de cobardes, y este asiento del conductor no se reclina lo suficiente.
Vendedor: Dolor. Dolor y ay.
Mandaloriano: (Se aleja conduciendo)

De modo que Raaltiir era propicia para los negocios, en cualquier cosa, en todo. Ahora bien, normalmente, a El Gryph —es decir, a mí— le gusta una buena “Oferta de Última Hora”. Pero, como dije, las circunstancias estaban requiriendo que me moviera rápidamente para ir por delante de las autoridades.
Bueno, un poco de eso es de esperar en mi línea de trabajo. Una vez hubo un estudio que decía que el 8'5 % de todos los cargamentos enviados a espaciopuertos del Borde Exterior nunca llegaban a sus destinos. En aquél momento, hace un año, yo era el “coma cinco” en el lugar donde vivía... con planes de convertirme en el “ocho”. En ese momento, un poco de notoriedad era buena para el negocio... y ayudaba el hecho de que, de todas formas, la mayor parte de las especies no pudieran distinguir un snivviano de otro. (Si yo pensaba que era malo que Mamá no pudiera distinguirnos a mi hermano y a mí, sólo era porque aún no me había aventurado fuera del planeta.)
Últimamente, en cualquier caso, he estado viajando por el espacio en un viejo carguero de chatarra con un par de balas perdidas arkanianos, incluyendo un inventor vejestorio que se dejó el sentido común en sus otros pantalones. Y allí estaba mi guardaespaldas del momento, un chico humano expulsado de la Escuela Jedi y al que, por su parte, se le buscaba por una impresionante cantidad de cargos. Sobre Zayne Carrick podría decirse...
...bueno, hablaré sobre él más tarde. La cuestión es que necesitábamos viajar lo más ligeros posible, y eso me convirtió en vendedor. Lo que, de nuevo, no resultaba ser un problema, porque Ralltiir estaba de pronto bullendo con refugiados que llegaban de los mundos conquistados, vendiendo cualquier cosa que tuvieran en ellos para pagarse el pasaje. Había muchos lugareños dispuestos a gastarse su dinero...


...como esos tipos. No os contaré cómo descubrí la Galería Obohn de Estética Industrial —proteger las fuentes, ya sabéis—, pero diré que los conservadores eran la pareja de personas más extraña que había visto desde el desayuno. Dremullar Obohn di Garthos (¿no se te llena la boca?) era el muun, y era más muun de lo normal. Casi el doble de alto que yo con su inexistente nariz apuntando alto en el aire, parecía moverse entre las estatuas metálicas de la galería como si fuera una de ellas.
No creo que nunca hubiera hecho contacto visual conmigo si un llega a ser por el otro tipo, un rodiano gordo en una silla repulsora. Debía ser más viejo que... bueno, nunca ha existido nadie tan viejo. ¿Sabéis esas culturas antiguas de las que siempre hablan, forjando la galaxia y todo eso? Este rodiano probablemente ya estaba entonces sentado en su silla, mirando su trabajo y diciendo: “Eh, chicos, buen trabajo en este sistema estelar. En serio, muy bueno”.
Sólo que no le habrían entendido, porque no creo que nadie pudiera entenderle. Sólo dejaba escapar graznidos siseantes, y sólo hacia el gran tipo muun, quien se inclinaba una y otra vez sobre él para atenderle como si fuera una planta muy querida. El rodiano balbucearía, y sus escamosas mandíbulas verdes se agitarían. Y el Maestro Obohn (así es como lem gustaba que le llamasen) escucharía, sonreiría, y su rostro tomaría un poco de color... pasando del blanco al casi blanco. Y, eventualmente, su arrogancia se volvía hacia mí.
—Padre dice que estás aquí para vender algunas estatuas.
—¿Disculpe?
—Estatuas. Obras de arte mecánicas, como estas que ves a tu alrededor.
—Eso lo he entendido —dije, mirando a mi alrededor—. Usted mencionó a su padre.
Este es Padre —dijo el muun, señalando al rodiano, como si yo debiera haberlo sabido.
—¿Su padre?
—Padre.
—Lo que sea. —No conviene tratar de averiguar mucho acerca de tu objetivo como persona. La mitad de las veces comienzas a tomarles aprecio, y entonces es más difícil engañarles. La otra mitad de las veces, comienzas a quedarte confuso. Eso entraba en esa otra mitad—. Acabo de llegar de Taris —dije, yendo al grano—. Tengo algunas cosas que podrían interesarles.
—Ciertamente lo dudo —dijo Obohn como si resoplase por la nariz, y esta es la única expresión que lo describe a pesar del hecho de que yo tenía el 100% de las narices en la conversación—. Taris está bajo asedio de los mandalorianos.
—De eso se trata exactamente —dije, comenzando con mi plan—. Hay muchos tarisianos que, al igual que ustedes, están metidos en el mundo de la escultura industrial. —Obohn pareció quedar un momento confuso con esta frase, el concepto de que alguien fuese igual que él comprensiblemente extraño—. Se han perdido muchos buenos artistas. ¿Ha oído hablar de Adnah Tiblarett?
—¿Tiblarett?
—Tiblarett. —Lo había leído una vez en la Ciudad Superior.
—Nunca escuché hablar de ella. —Obohn dio una palmada... y dos wookiees aparecieron silenciosamente tras él.
No sé qué me pilló más desprevenido: wookies haciendo cosas silenciosamente, o el hecho de que ambos estaban vestidos con blusas, chaquetas y pantalones. Me di cuenta de que había llegado al lugar correcto, porque cualquiera lo bastante rico como para hacer que los wookiees jugasen a los vestiditos ciertamente merecía mi tiempo.
—¡Un momento, Maestro! —dije—. Lo siento... ¡maldito sea mi pobre acento cadomai! No quería decir Tiblarett, sino... uhhh...
—¿Teronto?
—No.
—¿T'gronish?
—No...
—¿No será Tikartine?
—¿Es buena?
—Él.
—¿Es bueno?
—¿Bueno? —Obohn se agarró las mangas de la túnica—. ¡Yo diría que sí! Si has trabajado con Ineas Tikartine...
—Él es, entonces. —La anguila cayó en la trampa—. Tengo Tikartines rebosando mi bodega.
Obohn hizo un gesto con la mano para que los wooks se fueran y se volvió a Papá para otro encuentro en la cumbre... más largo, esta vez.
Lo bueno de traficar con obras de arte es que usualmente es un trato con un único cliente. No se trata de un montón de transacciones, que se acumulan a lo loco sobre tu cabeza. Dejad eso a los novatos de las bandas de moteros, tratando con grandes cantidades de ryll al mismo tiempo. Si no malgastasen su propio producto en ellos mismos, seguirían estando en el hoyo por no tener en cuenta sus propios costes laborales. (Os lo aseguro, si tuvieran un buen contable, los Vulkar Negros podrían comenzar a vender acciones en la Bolsa de Coruscant.)
Pero me estoy yendo por las ramas: Obohn y su papaíto rodiano estaban definitivamente interesados. Pensé que el rodiano estaba a pundo de caerse de su silla... y Obohn no podía esperar para demostrarme que sabía más que yo acerca de ese Ineas como-se-llame. Lo que me venía bien a mí, que iba rellenando los huecos. Sí, el pobre, triste y retraído escultor estaba trabajando duro en su estudio cuando los malditos mandalorianos, cuya idea de arte es una pegatina en una placa del hombro, interrumpieron su genio. Sólo unos pocos afortunados escaparon de Taris... incluyéndome a mí y a mi joven asociado, sus representantes, que portábamos una pocas obras escogidas para venderlas y poder conseguir dinero. Con la ayuda de Obohn, Tikartine y sus trece hijos podrían escapar algún día de Taris... a un lugar donde, con suerte, pudiera continuar transformando trozos de metralla en obras que capturasen el esquivo espíritu de una época.
Establecida la narración. Ahora a presentar el producto.