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jueves, 18 de febrero de 2016

Relatos del complemento de Relatos de los Jedi

Relatos del complemento de Relatos de los Jedi
George R. Strayton

-Cuéntanoslo de nuevo –dijo Roop, el más joven y más excitable de los tres.
Bedran Veb hizo un esfuerzo por levantarse de la silla acolchada próxima a la chimenea.
-No, no –dijo, alargando las palabras mientras se obligaba a ponerse en pie-. Ya hace rato que pasó vuestra hora de acostaros. No creo que a vuestros padres les guste que os mantenga despiertos más tiempo.
Roop soltó un bufido y frunció los labios, cruzando los brazos con fastidio. Pero después de tan sólo un instante, como si de pronto le hubiera llegado una inspiración, se volvió hacia su hermano y hermana mayores y les ofreció su mejor mirada suplicante. Bedran reprimió una risita ante el súbito cambio de táctica.
Nara, la mayor, se agachó sobre una rodilla para colocar sus ojos a la altura de los de Roop.
-Madre y padre regresarán a casa mañana. No querrás estar cansado cuando lleguen aquí, ¿verdad?
Roop se encogió de hombros con un movimiento que involucró todo su cuerpo.
-Pero quiero escuchar la historia otra vez –dijo con un gemido cantarín.
Buen intento, Nara, pensó Bedran, echando un vistazo al gran cronómetro oval colocado sobre la chimenea. Tal vez sería más rápido limitarse a contar la historia de nuevo en lugar de discutir con el niño durante la hora siguiente. Niños. Parecían poseer un poder innato que rivalizaría con el de un Jedi.
-Ya que esta es la última noche que os quedáis conmigo, os contaré la historia una vez más. Pero en cuanto termine, a dormir. ¿Todo el mundo está de acuerdo con esta condición?
Nara y Frim asintieron mara mostrar su acuerdo, mientras Roop daba un salto hacia delante y se abrazaba a las piernas de Bedran. Esforzándose para mantenerse erguido, Bedran acarició la cabeza del niño y luego volvió a acomodarse en su silla acolchada. Nara y Frim ya habían tomado sus posiciones normales en el sillón frente a la chimenea mientras Roop trepaba al regazo de Bedran, enroscado en lo que era una posición cómoda para él (por desgracia para Bedran), y acurrucó su cabeza en la parte interior del codo de Bedran.
-¿Estamos todos cómodos? –dijo Bedran-. Bien. Bueno, veamos, ¿cómo empieza esta historia...?
-Hace mucho tiempo, antes de que existiera una República Galáctica... –exclamó rápidamente Roop.
Bedran bajó la mirada hacia el chiquillo.
-¿Estás seguro de que necesitas que te cuente esta historia?
Roop asintió con entusiasmo.
-Entonces deja que la cuente yo.
Hizo una pausa para darle a Roop tiempo suficiente para decir algo, pero el niño permaneció en silencio. Como debía ser.
-Bueno: Hace mucho tiempo, antes de que existiera una República Galáctica...

***

-Mentiras distorsionadas y retorcidas –dijo la reina Amanoa, con palabras rebosantes de indignación.
El prisionero ante ella consiguió ponerse trabajosamente en pie por tercera vez. Sólo con un esfuerzo considerable logró alzar la cabeza y mirarla fijamente.
-Usted... ¡usted es la oscuridad! –gritó con voz quebrada-. Iziz caerá. No puede soportar la presión de esta pesada sombra por mucho más tiempo.
Amanoa ya no podía seguir reprimiendo su rabia, y se puso en pie con un movimiento fluido, con su capa negra y violeta extendiéndose tras ella con una floritura. Se detuvo al borde del estrado elevado del trono y bajó la mirada hacia el patético hombre. Como si quisiera desafiarla aún más, el prisionero se negó a pestañear siquiera ante su súbito movimiento.
La rabia de la reina estalló.
-¡Blasfemo! ¿Sinceramente crees que dudaré en expulsarte fuera de estos muros? No pienses que el conocimiento que posees es más valioso que tu vida. –Bajó el tono de su voz-. ¿Por qué prolongar tu agonía? Hay otros que efectuarán la misma tarea que te solicito.
El hombre medio muerto le mantuvo fijamente la mirada.
-Entonces vaya a encontrarlos.
Amanoa dio media vuelta como un remolino, ahogando su grito en un gruñido amortiguado por sus cuerdas vocales oprimidas. Se obligó a respirar profundamente y luego expulsó sonoramente el aire, pero su ira salvaje no remitió.
Se volvió de nuevo hacia el hombre, alzando una mano como si estuviera sosteniendo en su palma una delicada esfera de cristal. De pronto, un resplandor verde emanó de la pálida piel de su mano, formando una bola con un remolino de crepitante energía.
-Se te han acabado las oportunidades, Olis. Y expulsarte a las tierras salvajes es demasiado bueno para ti.
Su brazo descendió en un amplio arco y arrojó la brillante esfera con una fuerza que desmentía su aparente frágil constitución.
La bola radiante golpeó a Olis en el centro del pecho, lanzándolo hacia atrás media docena de metros para acabar derrumbándose en el suelo con un desagradable chasquido húmedo de huesos quebrándose dentro de la carne.
Con su ira satisfecha por el momento, Amanoa se alisó las arrugas de la túnica y llamó a uno de los guardias dispuestos en la entrada del salón del trono.
-Llévate eso de aquí –dijo ella, señalando el prisionero muerto con un desinteresado giro de muñeca.
-Como desee, mi reina.
Amanoa se deslizó de nuevo en su gran e imponente trono, y observó cómo el guardia retiraba los restos.
-Y hazlo deprisa –dijo-, vamos a tener visita.
Se volvió hacia uno de sus ayudantes.
-Dile a Novar que traiga a los tres Jedi al salón del trono de inmediato.

***

En las profundidades de los retorcidos pasadizos de la ciudad subterránea de Onderon, en una cámara abovedada tallada en la roca gris con vetas rojas de la corteza del planeta, los iniciados se reunieron. Lujosas túnicas negras envolvían a los neófitos como si un mar de oscuridad hubiera desbordado los confines de sus oscuros corazones.
Los líderes de la procesión indicaron a los demás que se dispersaran formando un círculo alrededor de un estrado elevado central, sobre el que se encontraba una mesa de madera tallada a imagen de un gigante mitológico onderoniano. Los fibrosos músculos de la criatura se mostraban hinchados por el esfuerzo de sostener el gran disco que hacía las veces de tablero de la mesa.
Los iniciados hicieron como se les indicaba, sin emitir otro sonido que el suave siseo de sus túnicas al moverse por la cámara. Una vez colocados en sus posiciones, el líder ascendió una estrecha escalera de cinco peldaños hasta la superficie del estrado, y colocó sobre la mesa un objeto piramidal tallado con miles de pequeñas filigranas. Dio un paso atrás, bajándose al mismo tiempo la capucha de la túnica, e inclinó la cabeza hacia el Holocrón.
-Hemos venido a escuchar las palabras de los Sith... a aprender de los caminos oscuros... a unificarnos con el lado oscuro –dijo con voz monótona que no osciló en tono, énfasis ni volumen.
Durante un instante, la cámara permaneció en silencio. Ni siquiera el susurro de una corriente de aire o el crujido de una roca al asentarse se atrevió a perturbar lo sagrado de la ceremonia.
Entones creció de la nada un sonido como un motor repulsoelevador al arrancar, aumentando hasta llenar el inmenso volumen de la cámara tallada en la cueva. Ninguna de las figuras allí reunidas se movió, porque todos habían experimentado antes el asombroso despertar del Holocrón.
Desde la cima de la pirámide surgió un chorro de niebla translúcida verde azulada que formó una nube que cambiaba de forma lentamente y luego se transformó de pronto en la silueta de un guerrero vestido con una armadura con pinchos y con una diadema plateada sobre su cabeza. Lentamente fueron apareciendo los detalles, y el rey guerrero Sith se alzó como un gigante entre una reunión de insectos, debido más a su poderosa presencia que a su por otra parte impresionante estatura. Sus ojos se centraron en el hombre que le había convocado.
-Novar –dijo con su fuerte acento, rezumando las sílabas como sirope de dacha-. ¿Por qué me has molestado?
Novar alzó la cabeza para dirigirse al guardián del Holocrón del lado oscuro.
-Rey Adas, estamos preparados para su sabiduría. Por favor, instrúyanos en los caminos de los Sith.
Adas los observó.
-¿Crees que estos iniciados son dignos? –Soltó un bufido despectivo al mirar el círculo de espectadores entunicados-. No malgasto mis enseñanzas con los débiles.
Novar se enderezó, aparentando seguridad en sí mismo... aunque su mente le pedía a gritos que huyera de allí. Adas hacía presa sobre los tímidos de voluntad débil, y aunque Novar nunca había oído hablar de que un guardián de Holocrón actuase sobre el mundo que le rodeaba, no le cabía duda de que Adas encontraría una manera.
-Estos son los mejores de entre nuestras filas –dijo Novar, señalando majestuosamente a los iniciados-. Han completado los requerimientos necesarios para avanzar al siguiente nivel, y todos están preparados y dispuestos a ofrecer sus vidas al lado oscuro. Se han ganado el derecho a practicar los caminos Sith.
Adas escuchó sin modificar su expresión o indicar sus pensamientos de cualquier otra manera. Después de un breve pero incómodo silencio, habló.
-Les enseñaré. Pero se consciente de esto, Novar. Si cualquiera de estos neófitos me falla de alguna forma, encontraré la manera de ocuparme de ti.
Novar necesitó un instante para asumir completamente esa afirmación, y otro más para calmarse lo suficiente para responder.
-Acepto la responsabilidad.
Después de todo, pensó, había llegado a dominar los fundamentos de la hechicería Sith. ¿Qué podría llegar a hacerle Adas?
Un susurro desde algún lugar en el fondo de su mente llamó su atención. No quieras saberlo.

***

-Bien –siseó la imagen etérea de Freedon Nadd, atravesando con su silbido el laberinto de pasadizos subterráneos de la ciudad.
El rey Ommin se concentró con más fuerza, impulsado por la alabanza de su mentor. Realmente podía sentir los flujos y ondulaciones de las ajetreadas masas de la ciudad sobre él, tal y como Nadd había dicho. Mientras continuaba absorbiendo las sensaciones de millones de seres ocupados en sus actividades cotidianas, comenzó a advertir pequeños pinchazos de violencia y odio estallando aleatoriamente por todo Iziz. Los oscuros estallidos le llamaban, atrayendo sus pensamientos, pidiéndole que los reforzara.
Ommin sintió una oleada de poder atravesándole, sintió el lado oscuro entrelazándose con su propia esencia, y supo entonces que podía hacer uso de la Fuerza para hacer su voluntad. Sus manos se aferraron con más fuerza a los nudosos reposabrazos de su trono y se zambulló profundamente en sí mismo, abandonando su existencia corpórea para abrazar la metafísica. El mundo a su alrededor se desvaneció rápidamente en una fusión brumosa, ofreciéndole la ligeramente incómoda sensación de haber sido desconectado. Pero la emoción duró tan sólo un instante antes de apartarla y centrarse en su actual ambición.
Siguió avanzando, escarbando más profundamente en sí mismo, hasta que llegó a lo que sólo podía describir como una barrera. Parecía ondularse como si estuviera construida con tela de araña, pero era fuerte como una aleación de acero templado. Ommin se detuvo ante la barricada, súbitamente inseguro.
-¡Débil! –escupió Nadd desde la periferia de la consciencia de Ommin-. Nunca alcanzarás tu potencial si flaqueas ante el más ligero obstáculo. Tras ese muro se encuentra tu destino. Tras ese muro se encuentra todo el poder del lado oscuro. Si no tienes la fuerza para alcanzarlo, ¡entonces no mereces convertirte en hechicero Sith!
La rabia de Ommin se encendió. Había llegado tan lejos en tan poco tiempo, y Nadd aún esperaba más... más de lo que ningún onderoniano podría ofrecerle. ¿Acaso los ancestros de Ommin penetraron tan rápidamente en la Fuerza? Y si lo hicieron, ¿cómo habrían sobrevivido? El lado oscuro ofrecía mucho, pero arrebataba aún más. Ommin no sabía si podría dar tanto de sí mismo.
La voz de Nadd se alzó de nuevo.
-Tu duda será tu derrota, Ommin. –Esta vez las palabras poseían un aire de seducción, una cualidad cálida y tentadora hacia la que Ommin se sintió inexplicablemente atraído-. Estás preparado. No hay nada que temer.
El siseo de la voz de Nadd parecía arremolinarse en su mente, cobijándose en algún lugar junto a ella, al mismo tiempo dentro y fuera de los confines de la consciencia de Ommin.
-¡Golpea ahora! –gritó de pronto Nadd-. Ven al lado oscuro ahora, cuando te está llamando, o habrás fracasado. ¡El lado oscuro se apartará para siempre de ti, el loco de mente débil que creyó que tenía derecho a blandir su poder!
Ommin había sacrificado más de lo que jamás había pensado que sacrificaría en su misión de convertir al lado oscuro en su aliado. Y ahora todos sus esfuerzos dependían de un único momento, su única oportunidad de probar su valía, como si todo lo que había hecho antes no significara nada. El lado oscuro había desgarrado demasiadas cosas de su vida. No podía dejar que se escapara de entre sus dedos, burlándose de cómo le había expoliado y le había convertido en nada más que un cascarón roto despojado de su esencia vital. No podía dejar que eso ocurriera.
Su rabia se convirtió tanto en su arma como en su armadura mientras golpeaba la barrera que se alzaba ante él. La pared se ondulaba salvajemente bajo el ataque, pero no cedió. Ommin redobló sus esfuerzos, extrajo el odio a todas las cosas –incluyendo el lado oscuro- desde las profundidades de su alma, canalizándolo a sus golpes.
Entonces, de pronto, el muro se abrió como una herida desgarrada. Antes de que Ommin pudiera reaccionar, fue absorbido al interior, arrastrado por una fuerza más poderosa de lo que jamás hubiera podido imaginar. El lado oscuro inundó inmediatamente su ser, unificándose con cada célula de su cuerpo.
Entonces regresó a su mente la imagen de la ciudad que se alzaba sobre él, y atacó los aguijonazos de maldad dispersos por la ciudad con llamaradas de energía del lado oscuro. Los incidentes, ya de por sí malvados, instantáneamente se volvieron aún peores, cuando los individuos involucrados se llenaron momentáneamente de un odio que les era ajeno.
Ommin observaba, maravillado y horrorizado al mismo tiempo. Entonces se dio cuenta de que, con el lado oscuro apoyándole, era invencible. Nada podría derribarle. Nada podría ya nunca herirle ni destruirle, ni siquiera el propio lado oscuro.
Su visión normal regresó, y vio la forma fantasmal de Freedon Nadd flotando cerca de él. Ommin se sintió más fuerte que nunca, y quería mostrar a su mentor lo que había logrado.
Se levantó de su trono antiguo, y entonces se derrumbó bajo su propio peso, sus piernas incapaces de seguir soportándole.
Nadd emitió un profundo sonido en staccato que Ommin sólo pudo suponer que era una risa.
-El lado oscuro no acude sin coste –dijo el espíritu Sith-. Tienes poder sobre la Fuerza, pero a cambio has perdido el poder sobre tu propio cuerpo.
Nadd le había advertido acerca del tributo de iniciación al lado oscuro una década antes, cuando comenzó su entrenamiento. No podía recordar si había elegido aceptar ese precio o si lo había ocultado a propósito en los rincones de su memoria. Ahora ya no importaba, de todas formas. Finalmente había alcanzado su objetivo: el lado oscuro le pertenecía.
Por desgracia, ahora él también pertenecía al lado oscuro.

***

El vapor se alzaba en tenues nubes desde la ardiente fragua ubicada en el centro de la inmensa cámara subterránea. Una mezcla de olores a azufre y sudor inundaba el aire, y llamaradas de gases sobrecalentados brotaban aleatoriamente de las llamas de magia Sith que mantenían con vida el equipo.
Pero Shas Dovos ignoró las violentas sensaciones que asaltaban sus terminaciones nerviosas. El trabajo que tenía ante él absorbía toda su atención. Ni siquiera se había dado cuenta de que habían pasado cuatro días desde que comenzó sus esfuerzos. Todo lo que importaba –todo lo que siempre había importado- era completar su tarea.
Le había costado años descifrar el tomo Sith que había robado del antiguo fortín del lado oscuro oculto en las tierras salvajes de su planeta nativo. El libro le fascinaba y le repugnaba a un tiempo, pero su obsesión rápidamente superó a su miedo y con el tiempo perdió el interés en todos los demás aspectos de su vida. No deseaba otra cosa que descifrar los secretos Sith ocultos en el papel y la tinta de ese tomo de miles de años de antigüedad.
Ahora, más de una década después de haber descubierto el libro, estaba a punto de completar lo que había llegado a considerar que era su destino. Su martillo resonaba en la frecuencia perfecta al golpear el acero que se enfriaba rápidamente, lanzando a la oscuridad brillantes chispas rojas. Cualquier observador casual podría haber pensado que ese era un espectáculo lleno de belleza, pero Shas no veía nada de eso, tan cautivado como estaba por el objeto de sus esfuerzos. La placa pectoral –todas las piezas individuales que componían la armadura, de hecho- requería una mezcla perfecta de artesanía y magia Sith. Una mezcla que se desviara en cualquiera de las direcciones llevaría al fracaso, como Shas había descubierto más veces de las que le gustaría recordar.
El martillo golpeó una vez más sobre el acero, y ese último golpe pareció resonar por la cámara y escapar por los pasajes anexos de modo distinto a cualquier otro golpe anterior. Shas se detuvo y fijó su mirada, con el sudor resbalando por su rostro y su pecho. Los estímulos externos comenzaron a entrometerse en su concentración, pero sin esfuerzo los apartó de nuevo al fondo. El martillo cayó de su mano y resonó por vez final al colisionar con el suelo de piedra.
La armadura estaba completa.
Shas no supo cuánto tiempo permaneció de pie, cautivado por su creación. Podrían haber sido minutos, pero también podrían haber sido horas o incluso días. Luchó con varias emociones a un tiempo, cada una de ellas transformándose rápidamente en la siguiente, hasta que regresó al principio y comenzó el ciclo de nuevo. ¿Realmente había tenido éxito después de todos esos años? Sin duda no tenía semejante control sobre la magia Sith. Y sin embargo, ahí estaba ante él la armadura, perfecta en cada detalle.
¿Pero merecía llevarla? Una creación así, ¿no se vería malgastada en su persona, un hombre que tenía que robar la brujería necesaria para crearla?
No, dijo otra voz en su interior. Si no hubiera rescatado el conocimiento Sith de las oscuridades de las regiones salvajes de su planeta, la armadura nunca habría cobrado forma. Si alguien merecía portar la exquisita armadura, rodearse con su poder innato, ese era Shas Dovos.
-Sí, debes llevar la armadura –dijo una voz desde la oscuridad.
Shas se volvió mirando a su alrededor, arrancado de sus pensamientos.
-¿Quién está ahí? –preguntó.
Al otro lado de la cámara, unas brasas parecían flotar a casi cuatro metros del suelo. Cada pocos instantes, palpitaban, lanzando destellos amarillos y luego regresaban a un estable color rojizo.
-Ya sabes quién soy. Sin mí nunca podrías haber entendido el libro, y mucho menos crear la armadura. Al principio tu arrogancia me molestó, pero con el tiempo vi cómo podría hacer uso de ti.
Las brasas estallaron con un brillante destello y Shas tuvo que protegerse los ojos. Cuando la luz se desvaneció, se atrevió a volver a mirar.
Ante él se alzaba la forma translúcida de un ser alienígena de una especie que no reconocía, pero que aparentaba ser casi humano. Llevaba una larga túnica, con la capucha bajada para revelar su feroz semblante.
El corazón de Shas dio un vuelco, y sintió cómo daba instintivamente un paso hacia atrás.
-¿Quién... quién...?
-Soy el protector de ese libro cuya posesión tan alegremente reclamas. Soy su guardián contra los estragos del tiempo. Sin mí, esa colección de frágiles moléculas se habría derrumbado convirtiéndose en polvo hace miles de años.
El espíritu caminó –no, flotó- hacia él, creciendo en volumen y estatura conforme se acercaba a Shas.
-Soy yo quien decide quién es merecedor de descubrir su sabiduría. Soy yo quien decide cómo se usará ese conocimiento. Y tú has hecho exactamente lo que yo he ordenado.
Docenas de pensamientos distintos lucharon por captar la atención de Shas, pero cada uno era derribado rápidamente por el siguiente, y Shas era incapaz de concentrarse en absoluto. El miedo dominaba ahora sus emociones, perdida su curiosidad, desvanecida su arrogancia. Retrocedió tambaleándose mientras el espíritu parecía crecer en lugar de simplemente moverse hacia él.
-Y ahora que te he permitido el honor de crear la armadura, debes realizar un servicio para mí.
Shas se encogió de miedo ante esas palabras. Cualquiera que fuese el deseo del protector del libro, Shas sabía que de algún modo acarrearía su perdición.
-No es tu perdición, Shas. No, es como siempre te he dicho en tus sueños más profundos; es tu destino.
El espectro estalló en una sonora carcajada.
Shas echó un vistazo a la media docena de salidas que tenía la cámara, pero todas parecían estar demasiado lejos. Si el espíritu no quería que se marchara, no le dejaría hacerlo. Y Shas no tenía ningún deseo de descubrir cómo realizaría esa acción.
-No te preocupes, discípulo mío. Tendrás tu lugar en la historia de la galaxia. No te he hecho llegar tan lejos para que acabes ahora tu, por otra parte, insignificante existencia. No, te convertirás en una extensión de mi persona. Irás donde yo no puedo ir y ayudarás a restaurar la gloria de los Sith.
Shas sintió que regresaba su curiosidad, aunque su miedo no remitió.
-Pero antes de que te enseñe las habilidades que necesitarás para tener éxito en tu misión, debo hacerte más fuerte. –El espíritu miró hacia la armadura que reposaba en un montón en la base de la forja-. Esta –dijo, señalándola- será tu nueva piel.
Al principio Shas estaba confuso, pero en seguida lo comprendió todo.
-Y este nuevo ser que se creará con la fusión del hombre y el metal, decididamente merece un nuevo nombre. Creo que “Warb Null” será adecuado.
Shas extendió las manos para defenderse y gritó de terror cuando el espectro se abalanzó sobre él.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Restos del Imperio

Restos del Imperio
George Strayton

La teniente Dair Coladel volvió a teclear en su consola de sensores, pero el ordenador mostró la misma respuesta: pico de energía no identificado en la banda inferior del rango subespacial. No tenía sentido; en primer lugar, la interferencia residual por la destrucción de la segunda Estrella de la Muerte interfería casi todas las comunicaciones; y, segundo, la frecuencia no coincidía con ningún canal subespacial conocido... nadie detectaría nada tan abajo en el espectro.
Se recostó en el respaldo de su asiento, se presionó los ojos con los dedos, y luego deslizó las manos por su rostro para apartar el cansancio. Esto es lo que consigues con catorce horas de servicio activo, pensó mientras inclinaba el cuello hacia un lado y sintió y escuchó cómo varios músculos chasqueaban. La mayoría del personal de la Alianza aún estaba celebrando la victoria final contra el Imperio, dejando tan sólo un pequeño número de tripulantes monitorizando el espacio inmediato en busca de... bueno, de lo que fuera.
Pero a Dair no le molestaba su tarea; de todas formas, nunca había sido de las que les gusta ir a las fiestas. Y, lo que era más importante, tenía esa extraña sensación en la base del cráneo, como la sensación que tenía cada vez que su padre estaba a punto de sorprenderla en las zarzas Kelsen robando las jugosas frutas esféricas de la planta. Pensar en ese ácido bocado le hizo desear haber comido algo en las últimas 12 horas. Iría a comer algo... en cuanto descubriera de dónde había salido ese pico de energía.
Se enderezó en su asiento, pidió al ordenador que volviera a reproducirlo, y observó el pico de nuevo, ralentizando esta vez la velocidad de reproducción. El detector de energía mantenía una ondulación estable, y entonces de repente pegaba un salto, y luego caía de nuevo. Se dio cuenta de que tenía la cara a menos de una docena de centímetros de la pantalla y retrocedió... pero sabía que esta vez había visto algo diferente. Volvió a reproducirlo.
Sí, ahí estaba. No era simplemente un pico, era un pico doble, como si la señal tuviera que tomar impulso para atravesar las distorsiones de energía que cubrían la zona. Si hubiera venido de algún lugar fuera del campo, sus sensores no habrían detectado ese primer pico, lo que significaba que debía de haberse originado bien en algunas de las naves en órbita, o bien en la luna de Endor.
Rápidamente, contactó con las demás naves de la Alianza, pero ninguna de ellas pudo darle una explicación satisfactoria a lo que había visto. 20 minutos después, la opción que le quedaba era que el punto de origen estuviera en alguna parte de la brillante luna verde azulada a menos de 200 kilómetros a babor de su propia nave.
Pero antes de alertar a nadie de su descubrimiento, se preguntó si la falta de sueña no habría enturbiado su raciocinio. Tal vez el pico no era nada, sólo una onda de choque residual de la destrucción de la Estrella de la Muerte que estaba lanzando su energía restante.
El hormigueo volvió a estallar en la base de su cráneo, y lanzó involuntariamente la mano para masajeársela.
Conforme el temor a ser descubierta tomando frutas de zarza Kelsen se apoderaba nuevamente de ella, decidió que era mejor que alguien lo investigase. Pulsó el comunicador y pidió hablar con su comandante.

***

De pie en el claro esperando al comandante Derlin junto a tus compañeros, tus pensamientos comienzan a vagar. Aunque la victoria sobre el Imperio te ha llenado de emoción, sientes una ligera ansiedad ante cualquier misión que llegue a su estela, tan pronto. La música ewok sirve de fondo a los sonidos nocturnos del bosque, pidiéndote que regreses a la celebración. Pero antes de que puedas pensar más en ello, el comandante Derlin llega al claro con grandes zancadas.
-Lamento tener que apartarles de la celebración –dice mientras se masajea la mano izquierda con la derecha-. Pero el almirante Ackbar nos ha encargado una importante tarea, una que no puede esperar.
Se agarra las manos a la espalda, inclina la cabeza ligeramente a un lado como si pusiera en orden sus pensamientos, y luego continúa.
-Una de nuestras naves en órbita baja ha detectado un pico de energía con origen en la superficie. Aún no estamos seguros de qué es. Puede que sólo sean un par de soldados exploradores tratando de contactar con la flota imperial. Por supuesto, nunca conseguirían atravesar la interferencia que la Estrella de la Muerte dejó tras de sí al explotar.
Extrae una tableta de datos de un bolsillo interior y lo ofrece al líder del equipo.
-Aquí están las coordenadas del punto de origen, junto con una orden de requerimiento para el equipo que necesiten. No pierdan demasiado tiempo ahí fuera; limítense a escanear una zona de cinco kilómetros de radio y regresen. Tenemos mucho trabajo más que hacer antes de poder volver a la celebración.
”Buena suerte, y que la Fuerza les acompañe.

***

El Bestia Estelar maniobra como un bantha mientras surcáis la atmósfera de la luna. Las coordenadas proporcionadas por el comandante Derlin indican una zona en el lado nocturno de la luna, y al pasar sobre la superficie, puedes ver retazos de fuegos artificiales brillando a casi 300 kilómetros a babor. Estáis muy lejos de la celebración.
-Me pregunto si hay más imperiales rondando por ahí –dices.
-Deja de farfullar sobre ello y mantén los ojos abiertos. Si hay alguno escondiéndose, no queremos que nos pillen por sorpresa –dice el líder del grupo.
-Estoy detectando una gran concentración de formas de vida dirigiéndose hacia nosotros a gran velocidad... –dice el técnico de sensores.
-Este lugar está repleto de formas de vida –dice Rebelde 4-. ¿No puedes afinar un poco?
-Veamos –dice el técnico-. Parece... espera un momento. ¿A dónde han ido?
-No te preocupes por ello –dice Rebelde 5-. Vamos a tener todo tipo de interferencias por ese campo de energía residual que la Estrella de la Muerte ha dejado tras de sí. Probablemente sólo esté jugando con los sensores.
-Bien, pero mantén esos sensores encendidos de todas formas –dice Rebelde 6-. No podemos arriesgarnos.
-Lo haré –dice el técnico.
Cuando llegáis al punto de aterrizaje designado, apagáis los motores y hacéis uso de los repulsores para tomar tierra lentamente en un claro justo lo bastante grande para que quepa el Bestia Estelar.
-Muy bien –dice Rebelde 4-. Una vez que lleguemos a la superficie de la luna, probablemente deberíamos separarnos...
-Ahí está otra vez –dice el técnico-. Parece que está justo sobre nosotros...
-¿Dónde? –dice Rebelde 5-. No veo...
-Tengo contacto visual –dice Rebelde 6-. No sé qué es... pero viene directo hacia nosotros.
De pronto, siluetas más oscuras que la noche pasan junto a las ventanillas, atravesando vuestro campo visual a menos de un metro de distancia. El torbellino de movimiento continúa, y fuertes golpes secos os indican que algo está chocando contra el Bestia Estelar. La nave comienza a temblar y sacudirse, y todavía sois incapaces de saber a qué altura sobre el claro os encontráis... ¡ni siquiera si seguís estando sobre el claro!
-¿Qué son esas cosas? –dice Rebelde 4
-No lo sé –dice el líder-, pero no nos quedemos mucho tiempo aquí esperando para averiguarlo.
-¡Este viejo cubo de tuercas no podrá soportar mucho tiempo! –dice el técnico.
-¡Aterricemos, ya! –dices.
-¡Pero cuidado con esos árboles! –dice Rebelde 6.
-¿Qué árboles? –dice el líder.
-Tengo un mal presentimiento... –dice Rebelde 5.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Jugador a la carrera


Jugador a la carrera
Michael Stern y George Strayton

-Tenemos un problema –dijo Lando, con tanta calma como le permitió su palpitante corazón-. Tenemos un gran problema.
El Halcón estaba persiguiendo un par de interceptores TIE hacia la parte inferior de un inconcebiblemente gigantesco Super Destructor Estelar. Su copiloto, el sullustano Nien Nunb, acababa de eliminar al último de los dos cuando Lando se dio cuenta de que se había metido, junto con todos los demás a bordo del Halcón Milenario, en un aprieto.
En su ansia por perseguir a los dos TIEs en retirada, Lando había llevado el Halcón cerca de la inmensa nave imperial. Demasiado cerca. Los disparos de láser eran ya tan densos que Lando apenas podía distinguir la amplia bahía de hangar del Super Destructor Estelar que se cernía sobre él. Si no hacía algo rápido, iban a hacerles pedazos.
Ya era demasiado tarde para dar la vuelta a la nave y acelerar para salir fuera de peligro –todo lo que conseguiría sería ponerla en la línea de mira de muchas más armas-, les acribillarían antes de recorrer dos kilómetros. Y no podían quedarse mucho más tiempo donde se encontraban; con el tiempo alguien tendría suerte con un cañón láser o con un rayo tractor, y eso sería el fin del Halcón y de su carrera como soldado de la Alianza, entre muchas otras cosas.
No podían quedarse donde estaban, y no podían marcharse. ¿Qué otras opciones les quedaban? Sólo una, en realidad. Actuando con rapidez, antes de tener la ocasión de darse cuenta de lo loco que estaba, Lando tiró de los controles y lanzó el Halcón directamente hacia arriba... hacia la bahía de hangar del Super Destructor Estelar.
No había tiempo para discutir, y Lando ignoró los jadeos de sorpresa y terror de la tripulación de la cabina mientras apuntaba el Halcón hacia el mastodóntico agujero que era la bahía de hangar principal del Destructor Estelar. Un silencio atónito sobrevino cuando Lando, con mano experta, activó a tiempo los impulsores de frenado y detuvo la nave. El Halcón quedó suspendido dentro de la apertura del hangar, con incontables bahías de atraque más pequeñas delante y detrás de él.
Como suponía, la cortina de fuego se detuvo y estaban a salvo de momento, pero, ¿y ahora qué? Pronto la tripulación al mando de la gigantesca nave imperial descubriría lo que había pasado y lanzaría un geiser de cazas TIE para reducir a partículas el carguero atrapado y... no quería pensar en ello.
Sigue moviéndote, pensó Lando. Limítate a seguir moviéndote y ya se te ocurrirá algo.
Mientras el resto de la tripulación de cabina pulsaba interruptores, giraba diales y ajustaba controles para compensar las estrecheces en las que les había metido Lando, él se concentró en su tarea. Aferrado a los mandos, Lando lanzó el Halcón por un estrecho pasillo de acceso que recorría la miríada de bahías de hangar de la nave.
Esto es una locura, pensó. Pero bueno, Han ha metido al Halcón en peores aprietos. ¿Por qué tuve que apostarlo en esa partida de sabacc?
La nave atravesó una apertura entrando en lo que parecía algún tipo de zona de almacenamiento. Lando apenas pudo distinguir las imágenes borrosas de la tripulación de cubierta saltando para buscar cobertura mientas pasaban a toda velocidad sobre ellos. Delante había otra apertura, pero una grúa de reparaciones tapaba parcialmente la entrada. No había apenas tiempo para reaccionar, pero Lando consiguió hacer descender ligeramente al Halcón, evitando la peor parte de la colisión.
Un aturdido Nien Nunb murmuró algo en su peculiar lenguaje mientras el chirriante sonido de la grúa rozando en el casco superior de la nave resonaba por la cabina. Ahí va el arañazo que le prometí a Han que no haría, pensó Lando. Pero el Halcón sólo había resultado dañado superficialmente por el accidente, y eso era más de lo que podía decirse de los pobres técnicos que trabajaban en la grúa.
Esto ha sido realmente divertido, pensó Lando. Ahora, ¿cómo salimos?
Escapar de las baterías del Destructor Estelar después de abandonar el complejo del hangar seguía siendo un problema. Necesitaban algún tipo de cobertura, algún tipo de distracción. Los segundos pasaban, y pronto llegarían los TIEs para convertirles en polvo y humo...
Hmmm. Humo.
Una vez más, en cuando Lando hubo pensado una solución, actuó para llevarla a cabo. Hasta ahora, había evitado usar los blásters en el interior de la gigantesca nave imperial, por miedo a hacer que algo cayera sobre ellos y los aplastara. Pero el único modo que veía para proporcionar al Halcón la suficiente cobertura para escapar de debajo del Destructor Estelar era crear una bola de fuego. Una gran bola de fuego.
-Abrid fuego con todo lo que tengamos –ordenó Lando-. Disparad a cualquier cosa que parezca importante. Y disparad también a cualquier cosa que no lo parezca.
Nien Nunb lanzó una rápida mirada a su compañero. Desde el momento en que entraron en Destructor Estelar, habían pasado por su mente la idea de barrer el hangar con sus blásters, pero él también se había dado cuenta de que era excesivamente arriesgado. ¿Qué pretendía Lando?
El alienígena finalmente decidió que Lando, dándolos ya por muertos, quería marcharse causando el mayor daño posible. Sin mejores ideas propias, y con una silenciosa disculpa a sus ancestros, obedeció.
El alienígena comenzó inmediatamente a barrer el hangar con los cañones delanteros del Halcón, y Lando pudo sentir las reconocibles vibraciones del casco del Halcón que significaban que los dos artilleros de los cañones cuádruples estaban haciendo lo mismo. El espacio a su alrededor se convirtió en un caótico infierno mientras los cañones bláster de la nave desgarraban las desprotegidas entrañas del poderoso Destructor Estelar.
La sonrisa de jugador de Lando no dejó que asomara el pánico que sentía mientras hacía girar el Halcón, de vuelta hacia el pasillo de acceso, saliendo del gigantesco complejo de hangares al espacio, seguido de cerca por la bola de fuego que los cañones de la nave habían creado. Como esperaba, la bola de fuego ocultó al objetivo fugitivo en las miras de los artilleros imperiales durante los cruciales segundos que hicieron falta para sacar al Halcón fuera del alcance.
Esta vez, la apuesta le había salido bien. Pero habría que jugar varias manos más antes de que ese día terminara, y Lando sabía lo caprichosa que era la Dama Fortuna.