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miércoles, 5 de septiembre de 2012

La Tribu Perdida de los Sith #9: Pandemonio (y XVII)


17

Muchos querían conocer al líder de los incomprendidos humanos, pero Quarra no se había quedado a saludar al Gran Señor. Edell se figuró que había ido en pos de Jogan, pero nadie en la plaza de armas la había visto.
Más tarde descubrió que había ido a ayudar en las labores de limpieza en la Casa de Vaal. Squab y los keshiri de Bentado supervivientes, ahora bajo la dirección de Edell, habían vigilado la sumamente importante torre de señales hasta la llegada de los asesores humanos con trajes blancos. Apenas unos días después del Testamento de Jogan, había varios en las calles de Sus'mintri, mostrando una apariencia amable y servicial. Edell se movía ahora libremente por las calles, vestido él también de blanco, ni invasor ni señor, sino invitado benevolente. Los Sith habían sido amables y generosos con hermosos regalos del otro lado del océano, y los alanciari sabían hacer una cosa muy bien: correr la voz.
Ahora Edell era esencialmente gobernador de Alanciar para Hilts, pero tendrían que pasar años de sonriente cooperación para que el gobierno fuera plenamente aceptado y reconocido abiertamente. El Alto Señor se enfrentaba a muchos de los mismos retos que tuvo la tripulación del Presagio, y de maneras que hacían que su trabajo fuera más complicado. Cada pueblo, cada granja del campo contenía aquí alguna innovación keshiri desconocida en el otro lado del globo. Todas tenían que ser evaluadas. Algunos avances se llevarían a Keshtah; los barcos de vela eran una opción obvia para sustituir las peligrosas aeronaves. Vastas áreas de Kesh, como por ejemplo el desconocido hemisferio norte, ausente en el antiguo mapa de Korsin, ahora podrían llegar a ser accesibles. ¿Podría haber allí más nativos, más misterios? La perspectiva emocionaba a Edell.
Incluso se habló de crear un par de arrecifes artificiales en el mar, para proporcionar a los uvak estaciones de descanso cuando hicieran vuelos transoceánicos. Los continentes habían estado unidos en otro tiempo; habría conexiones nuevamente.
Los barcos eran una cosa... pero muchas otras tecnologías alanciari serían retiradas. Poco a poco, pero con firmeza, instarían a los habitantes a quemar sus ballestas, grandes y pequeños, en una demostración de confianza. No era sólo debido a un deseo de desarmar a los alanciari. Millones de keshiri armados eran demasiado tentadores para un Sith ambicioso.
La tarea por delante era inmensa. Sabía a quién necesitaba... alguien a quien había llegado rápidamente a respetar y admirar, en una forma en que no había valorado a nadie en si tierra natal.
La encontró en la Casa de Vaal. El equipo de limpieza seguía poniendo el lugar de nuevo en buen estado de funcionamiento, pero Quarra estaba fuera de la pared del patio donde había dejado los muntoks de tiro. Levantó la mirada, apartando la vista del abrevadero donde estaba dándoles de comer.
-Aquí empieza a haber mucha gente -dijo.
-Pronto habrá más gente todavía. Y mucha actividad. ¿Viste a tu amigo centinela?
-Brevemente. -Dejó el cubo de comida-. Parece que él también va a estar ocupado con mucha actividad.
-Tendrá un lugar de honor en nuestra sociedad, como nuestro primer visitante de Alanciar. -Edell miró a la torre de alabastro, que se alzaba por encima de la pared del patio-. La gente no confiará a ciegas en Jogan, igual que pasó con Adari Vaal. En cierto sentido, se podría decir que lo hemos cambiado por ella.
Quarra no respondió. Sujetó unas alforjas a uno de los muntoks y lo separó del carro.
Edell dio un paso hacia ella.
-Podrías unirte a él, por supuesto... o hacer cualquier otra cosa. El Gran Señor Hilts está impresionado por la tradición de la Fuerza en la gente de aquí. Autodidacta, y todo eso. Él siempre quiso incluir a los keshiri en la propia Tribu, con títulos iguales a los nuestros. -Le tomó la mano y la miró fijamente-. Numerosos caminos se abren ante ti, Quarra.
-No -dijo ella, sonriendo débilmente y retirando su mano-. Sólo uno.
Al final de una época que había estado llena de decisiones difíciles, casi imposibles, la decisión final había sido la más fácil.
Observando la puesta de sol mientras su Muntok avanzaba a grandes zancadas hacia la ciudad, Quarra entendió ahora por qué había viajado a Punta Desafío aquella tarde de otoño. Se había convertido en un barco por el canal de su carrera, sujeto a una sola dirección. Por muy lejos que avanzara, saber exactamente cómo iba a ser el resto de su vida la había vaciado por dentro. Otros en el estamento militar habían vivido durante años con el mismo problema.
Pero desde la llegada de los Sith, la sociedad parecía animada. Misteriosas nuevas perspectivas se habían abierto para todos. Entre ellos, sólo Quarra todavía sentía que sabía el aspecto que tendría el futuro. Sólo ella había visto a los Sith como realmente eran.
No como Jogan. Su corresponsal en el extremo de la línea era ahora el centro del mundo. Había dicho que hablarían pronto, pero él nunca la había contactado, y ella nunca había hecho ningún intento de encontrarlo. Ahora, el otrora profesional ermitaño estaba ocupado, recorriendo Alanciar, visitando una ciudad tras otra en el Buen Presagio para repetir la historia de su aventura. Ya se había dramatizado, con la ayuda de actores y compositores importados de Keshtah, en algo que reemplazaría la obra sobre Adari Vaal. Adari sólo se había encontrado en una roca. Había vivido en una, antes de ver la verdad. Jogan Halder era la verdadera Roca de Kesh.
Quarra se dio cuenta de que él nunca había sido un verdadero centinela. Jogan aspiraba a un llamado que no había tenido lugar en Alanciar desde la llegada de Adari Vaal. Ahora tendría lugar de nuevo. Las vetustas obras patrióticas que se representaban cada Día de la Observancia serían reemplazadas con nuevas producciones, para todos los días. Volvería a haber narradores, y escultores, y clientes, y actores. Todo lo que se había dejado de lado durante el largo estado de emergencia regresaba ahora, con una velocidad sorprendente. Alentados con la complicidad de los Sith, que siempre discretamente cultivaban la idea de que los últimos dos mil años en Alanciar se habían perdido en una especie de locura colectiva.
Era una idea que sus amigos, vecinos y compañeros de trabajo fueron aceptando fácilmente. Quarra temía que, al final, sólo ella recordaría a Adari con cariño. Los signos de la maldad Sith habían estado visiblemente presentes en las acciones de Bentado, pero las fuerzas bajo Varner Hilts habían mostrado el mejor de sus comportamientos desde su llegada. La unificación estaba ya muy avanzada. El complot para con verter a Jogan y al pueblo de Alanciar había sido diabólico pero sutil, y era difícil convencer a nadie del engaño. Quarra lo había intentado más de una vez, hablando discretamente a otras autoridades que conocía. Pero lo único que obtuvo a cambio fue el escepticismo que debería haber sido dirigidos hacia los Sith... incluso de aquellos en cuyo juicio había confiado previamente. Nadie quería saber de otra Adari. Finalmente, se dio por vencida.
Sin embargo, hizo caso a una última advertencia de Adari... y tal vez sería la última advertencia del desacreditado Heraldo que nadie tuviera en cuenta. Las memorias de Adari hablaban de su esperanza de que al permanecer cerca de Yaru Korsin, algún día podría aprender lo suficiente para liberar a su pueblo. Lo había logrado parcialmente, enseñando al pueblo de Alanciar lo que conocía. Pero Adari también había confesado sus fracasos personales. Al caminar con Korsin, se había convertido durante un tiempo en la Salvadora... honrada muy por encima de los keshiri que la habían atormentado en su vida anterior. Y había reemplazado a un marido aburrido y odioso por un compañero que, aunque más amenazante, era mucho más inteligente.
Edell Vrai le había ofrecido a Quarra la misma oportunidad. Había tantas tareas por delante, y Edell la necesitaba. Y Alanciar la necesitaba, en cierto sentido. Podría hacer mejor las cosas, podría suavizar la transición... e incluso podría ser capaz de traer un poco del conocimiento médico del pueblo de Edell a Alanciar. Había mucho en Edell. ¿No era mejor ser la compañera de un Alto Señor Sith que la de un héroe popular keshiri?
No. Esa mujer del sueño, Orielle, le había dicho que no podía huir de lo inevitable... y su gente tampoco iba a hacerlo. Ella podía aceptarlo. Pero eso no significaba que tuviera que correr hacia ese futuro. Adari le había dado esa respuesta. Quarra dio unas palmaditas al libro de memorias, a salvo en la alforja después de rescatarlo de los archivos. Sí, algunos animales son mejores que otros... pero siguen siendo animales. Quédate con tu propia gente.
Encontró a Brue en el crepúsculo fuera de su casa de Uhrar, puliendo los globos de fuego que había fabricado ese día.
-Parece que has tenido unas vacaciones ocupadas -dijo su esposo, apagando los dispositivos.
-Esa es una forma de decirlo -dijo ella, desmontando-. ¿Qué tal el trabajo?
-Bastante bien. -El curtido keshiri acarició las bolas de cristal y sonrió. Ahora no le faltaba trabajo, como al resto de artesanos; los Sith estaban interesados en los dispositivos-. Los niños están contentos de estar en casa. Se alegrarán mucho de verte.
-Voy a darles una sorpresa -dijo ella, arrodillándose para atar a la bestia. Brue subió con paso tranquilo los escalones de vuelta a casa, silbando.
Quarra miró su casa, y luego a la calle. Ella sabía cómo sería el resto de su vida, y sabía cómo sería el resto de la vida de sus hijos. Se quedaría ahí, para guiarles por ella... y a sus ciudadanos, mientras existiese su cargo. No había realmente mucho más que hacer.
Miró las estrellas que aparecían en el cielo. Bajo el mandato de los Sith, obtendrían nuevos nombres. Esperaba que en algún lugar entre ellas vivieran los verdaderos Protectores, dispuestos a salvar a su pueblo.
Pero estaba preparada para estar equivocada.

martes, 4 de septiembre de 2012

La Tribu Perdida de los Sith #9: Pandemonio (XVI)


16

El dirigible blanco se posó majestuosamente sobre la plaza de armas de Sus'mintri. Del mismo tamaño que el Yaru, el Buen Presagio era distinto en prácticamente todos los demás aspectos. En lugar del diseño oscuro y temible, las incrustaciones doradas en el lienzo trazaban la imagen de una poderosa criatura aviar, con su pico curvándose en una sonrisa feliz. Joyas y borlas colgaban del globo. Pendones de seda rodeaban la góndola cerrada, dándole la apariencia de una nube hinchada que hubiera descendido del cielo para flotar a pocos metros sobre el ejército keshiri, que se encontraba reunido en posición de firmes.
Quarra estaba de pie en el estrado de recepción junto a Edell, que esperaba con expectación -y abiertamente- en medio de los líderes de la ciudad que habían sobrevivido. Parecía mirar la aeronave con absoluta delicia.
-¿Ése es el vehículo real en el que estabas trabajando? -le preguntó.
-Sí. Pero han hecho algunos cambios en el exterior –dijo-. Han trabajado rápido.
Ya se había detenido antes una vez en Puerto Melephos, descendiendo primero sobre el mar fuera del alcance de las ballestas keshiri. Un pasajero había surgido entonces del balcón delantero para saludar a los defensores montados en uvak... el mismo pasajero que ahora surgía en el mismo lugar. Quarra ya sabía quién era.
Jogan Halder estaba de pie en la barandilla, vestido con su uniforme del ejército de Alanciar y aparentemente curado de sus lesiones.
-Keshiri de Alanciar –exclamó-. He estado más allá del océano. ¡Dejadme deciros lo que he visto!
Un silencio cayó sobre los regimientos.
-Fui arrebatado de nuestras costas por estos seres... estos humanos, que nos han sido descritos como los Sith. Yo no fui de buen grado, y, pasara lo que pasase, estaba decidido a proteger Alanciar.
”Me vendaron los ojos poco después de que el Infortunio avistase tierra, pero tuve tiempo de ver ante mí una tierra exuberante, como la descrita por Adari Vaal. Me llevaron hacia el interior en un carro con ruedas, mientras que algunos de mis captores se adelantaron y otros se les unieron. -Dio una palmada en la barandilla-. ¡Una vez más, yo estaba decidido a no decir nada, sin importar las torturas que pudieran hacerme!
Su expresión se suavizó.
-Pero entonces llegamos a los lisos caminos de piedra de una ciudad... y fui liberado. Y quiero decir completamente liberada, pudiendo caminar libremente por las calles. ¡Y qué calles! Una ciudad magnífica y brillante, con agujas de cristal subiendo al cielo, más hermosas que cualquier cosa que hubiera visto. Y la ciudad bullía de vida... ¡y todos sus habitantes eran keshiri!
Un murmullo surgió de la multitud.
-Sé lo que estáis diciendo ahora, porque yo también lo pensé. El Heraldo nos dijo hace siglos que la tierra no era realmente suya, y que los keshiri no eran realmente libres. Pero no vi a los humanos por ninguna parte. Incluso aquellos que habían sido mis captores desaparecieron poco después de mi liberación.
”Yo no quería hablar con esos keshiri. Se parecen a nosotros, pero sabemos que están viviendo bajo una tiranía. ¿Cuánto podrían parecerse a nosotros? -Abrió las manos teatralmente-. Pero yo no vi ninguna tiranía. Vi artesanos, que no pasaban sus días haciendo trabajos forzados, sino haciendo arte en las calles. Pintura. Escultura. Música y canto de la clase que reservamos para las grandes ocasiones... allí mismo, en las plazas abiertas. Pensé que era un festival, y que los seres humanos lo habían organizado para engañarme. A medida que pasaban las horas, me di cuenta que era la forma en que vivían.
”Los artesanos keshiri me saludaron. Reconociendo que era un extranjero por mi uniforme, me preguntaron acerca de mi tierra. Una vez más, no dije nada. Pero ellos me hablaban alegremente de ellos mismos, confirmando que lo que estaba viendo era normal. Pregunté dónde se encontraban los humanos. Señalaron a lo que ellos llamaban el Capitolio, un edificio de mármol antiguo aumentado con torres de cristal. ¡Era el refugio, dijeron, de los Protectores!
Esta vez, un fuerte estruendo provino de la multitud. Jogan levantó las manos hacia delante, con las palmas abiertas.
-Sí, sí, lo sé. El Heraldo nos advirtió de que los Sith habían engañado a la gente de Keshtah haciéndoles creer que eran los Protectores de la leyenda. Me opuse a la palabra, tratando de decirles que habían sido engañados. Pero no discutieron. En lugar de eso, me permitieron seguir caminando por la ciudad llamada Tahv, tal y como Adari había descrito, para que hablase con quien yo quisiera.
”Convencido de que realmente se sentían como decían, traté de hacerles cambiar de opinión. Describí Alanciar, y cómo nos habíamos preparado para la llegada de los Sith. Describí cómo hemos vivido, y todo lo que hemos hecho. Y la respuesta -dijo Jogan-, fue lástima. -Su voz se elevó mientras hablaba-. Lástima, por tantos años perdidos en la preocupación, en el temor a una amenaza existencial. Lástima, por tantas vidas gastadas en trabajos pesados, en lugar de en arte. Y lástima por que nunca habíamos conocido a los humanos, con su sabiduría venida de las estrellas. Humanos que, me dijeron, no gobernaban sobre los keshiri, sino que preferían quedarse siempre en el interior de su capitolio, en tranquila contemplación.
”Pedí que me llevaran al capitolio, para verlo por mí mismo. Me llevaron de buena gana... y me recibieron en su interior. Allí, en efecto, se encontraban los humanos que llamamos Sith. Desarmados, y meditando. Me llevaron a una sala donde estaba sentado su círculo gobernante, ningún hombre o mujer situado por encima de ningún otro.
Hay arte en la narración, pensó Quarra. Igual que en esos ramilletes de mensajes que le había enviado durante meses. Eso era lo que la había atraído hacia él en primer lugar. Ciertamente, ahora tenía la atención de todos.
-Yo no quería hablar -dijo Jogan- y entonces hablaron ellos, dándome la bienvenida a Keshtah y disculpándose por el método de mi llegada. Allí me contaron más o menos la misma historia que había contado Adari acerca del aterrizaje de su pueblo en Kesh. Conocían a Adari Vaal, y dijeron que no estaba equivocada en sus advertencias Había malvados entre ellos en aquellos días: ¡sirvientes de los Destructores, en la clandestinidad!
La multitud rugió con ansiedad.
-Eran conscientes del peligro que Adari temía, y detuvieron a esos seres oscuros el mismo día que ella abandonó su continente para venir al nuestro. Si Adari hubiera esperado sólo otro día... ¡tan sólo un día más! -Jogan se detuvo, con la garganta seca. Todo quedó en silencio mientras esperaban que continuase-. ¡Tan sólo un día después, todos aquellos que Adari temía fueron destruidos, y su advertencia ya no tenía razón de ser!
Un grito colectivo provino del gentío. ¡No! ¡No!
-Sí, eso es lo que dijeron. Todo lo que hemos hecho ha sido para nada. Yo no lo creía, no quería creerlo. Pero tenían más noticias. Me dijeron que ahora, dos mil años después, un vil siervo de los Destructores había vuelto a surgir de entre ellos, amenazando toda la vida. Expulsado de Keshtah, construyó naves aéreas y partió en busca de otro lugar que conquistar.
-¡Los guerreros de negro! –exclamó alguien desde la multitud.
-Sí -respondió Jogan-. ¡Ahora sé que estaban atacando aquí, mientras yo estaba de visita allí! –Los murmullos aumentaron de volumen, pero él siguió adelante-. Les pregunté acerca de las primeras aeronaves que vimos... las de Edell Vrai, cuyos guerreros me abordaron y me secuestraron. Los humanos del consejo me dijeron que Vrai era un amigo de confianza, que había ido en busca de los criminales. Sorprendido por la rapidez y la potencia tecnológica de nuestra defensa, Vrai temía que nosotros también sirviéramos a los Destructores. Y por eso, amigos míos, me llevaron con ellos a Keshtah. ¡Tenían que saber que no éramos los malvados enemigos de la leyenda!
”Fue entonces cuando hablé por fin, diciéndoles que estábamos en el lado del bien, que nos opondríamos a cualquier mal que se nos cruzase en el camino. No éramos merecedores de su ira. ¡No, Alanciar no!
-¡Jogan nos salvó a todos! -llegó un grito desde las masas.
-Y los humanos, los Sith, se alegraron de ello. ¡Y se ofrecieron a ayudar!
Se escucharon vítores, y Quarra abrió los ojos como platos, sorprendida al darse cuenta: Él es el nuevo Heraldo. ¡Jogan era el nuevo Adari, sólo que ésta vez contaba relatos que complacían a los Sith!
Quarra miró a la multitud de oyentes, examinando rápidamente sus caras una tras otra. Estaban tomando en serio a Jogan. Se trataba de un cuento increíble... pero él era uno de los suyos.
Bueno, yo también, pensó. Y ella también tenía una historia que contar.
Echando una mirada subrepticia a Edell, Quarra se volvió hacia la barandilla. Había sentido una parálisis desde el momento de la torre sobre la Casa de Vaal, cuando Edell reafirmó el control sobre los hombres de Bentado y los dispositivos de señalización. No había habido ninguna posibilidad de advertir a nadie. Pero ahí se encontraba la flor y la nata de una legión alanciari, a pocos pasos de distancia del estrado de recepción. Tal vez no había terminado todo. Edell trataría de hacerla callar, pero eso podría fin a este espectáculo, mientras todavía hubiera alguna duda...
-Pero que no sea yo quien os lo diga -dijo Jogan, dando un paso a un lado para permitir que una nueva figura saliera a la balconada-. ¡Hay alguien a quien todos deberíais conocer!
Una figura de color blanco apareció en la baranda. Un anciano humano, vestido con un manto de plumas adornada con piedras preciosas y con un afilado pico, levantó sus brazos, que simulaban ser alas, y miró hacia el cielo. Reconociendo al Tuash Brillante, el ave legendaria de sus mitos, la multitud se quedó sin aliento.
Sólo Edell, embobado, se rió en voz alta. Incrédulo, miró a Quarra.
-¡El Gran Señor Hilts!
-Gente de Alanciar, he venido a vosotros por ser los siervos del Tuash Brillante nacidos en Kesh -dijo el anciano-. Tengo más de dos mil años de edad. Los humanos están entre mis hijos... y vosotros también. Vuestro heraldo, Adari Vaal, era mi hija keshiri. Bien intencionada, pero carente de comprensión. -Puso un brazo cubierto de plumas en el hombro de Jogan-. Este hijo de Alanciar ha hablado la verdad. Había sirvientes de los Destructores entre mi pueblo... pero no eran todo mi pueblo. ¡Les expulsamos!
”Cuando me recibisteis tan amablemente en Puerto Melephos, mi corazón se alegró... hasta que recibí la triste historia de que los renegados ya habían golpeado aquí, matando a vuestros principales líderes. -Inclinó la cabeza con tristeza.
El hecho ya era conocido por el público, pero la demostración de remordimientos del humano llamaba la atención de todos. Hilts miró hacia el estrado y señaló.
-¡Pero los malvados y su líder han sido derrotados, gracias a los esfuerzos de uno de mis agentes, trabajando en concierto con uno de vuestros bien entrenados alanciari!
Miles de ojos se volvieron hacia Edell y Quarra. La derrota de Bentado también era conocida... pero muchos se maravillaron al ver a los dos juntos. ¡Un humano, trabajando en secreto en Alanciar para derrotar a los Destructores!
-Mi pueblo se siente responsable de todo lo que ha pasado. En los próximos días, llegarán trabajadores de apoyo. Humanos y keshiri, vestidos de blanco, para ayudar a reparar el daño... y para tender puentes entre nuestros mundos. –Con los aplausos que ya empezaban, el Hilts-Pájaro alzó sus alas-. Juntos, podremos entendernos... ¡y construir un Kesh mejor para todos nosotros!
La multitud rugió su aprobación. Quarra miró a su alrededor. Allí había usuarios de la Fuerza, estudiando al viejo al igual que ella. Pero nadie había levantado ninguna alarma.
-No sienten malicia en él -dijo Edell-. Él nunca la tuvo hacia vosotros.
-Sigue habiendo engaño -dijo.
-Tal vez esta gente esté preparada para ser engañada. Son como una de vuestras ballestas. Han estado en tensión durante años, a punto de estallar. Ahora que han disparado, están listos para otra cosa... incluso para una bonita historia.
Ella levantó la vista. Sí, Jogan les había dado eso. ¿Qué podía decir ella ahora?
El dirigible descendió entonces, permitiendo que el hombre con el que en otro tiempo había mantenido correspondencia abriera la puerta para bajar al suelo.
-Mi historia es más larga, pero tengo que llegar a una estación de señal. Esta historia necesita ser contada a todo el mundo. Y si no os importa -dijo con una amplia sonrisa- ¡me gustaría ser quien se encargue de transmitirla!
Jogan salió de la góndola a la multitud. Quarra descendió del estrado de recepción pero no pudo acercarse a él, acosado como estaba por lo curiosos keshiri. Corrió a lo largo, tratando en vano de seguir el ritmo la multitud en movimiento antes de saltar sobre un muro de contención de piedra.
-¡Jogan! -gritó.
Jogan miró a izquierda y derecha antes de localizarla. Sonriendo, la señaló con una mano y a sí mismo con la otra. Luego hablamos, dijo, moviendo los labios sin emitir sonido, antes de ser arrastrado hacia la estación de señales en el extremo de la plaza de armas.
Edell sonrió.
-Gran Señor, sed bienvenido.
Los oyentes Alanciari se habían retirado y ahora estaban reunidos en grandes grupos con los embajadores keshiri del Buen Presagio. Hilts no había traído ningún otro humano, pero estos llegarían en las naves venideras. El anciano Gran Señor atrajo a Edell hacia sí en un abrazo... y luego habló, con sus agrietados labios pegados al oído del joven.
-Esta ha sido la maldita peor cosa que he hecho nunca -dijo, agitando el pico.
-¿El disfraz, o montarse en la aeronave?
-Ambas.
Edell volvió a mirar la gigantesca nave. Nadie había visto jamás al Gran Señor montar un uvak.
-Hace posible que aquellos que no pueden montar puedan volar. Pueden sernos de gran utilidad...
-El pueblo de Kesh ya está lo bastante envanecido, muchacho -dijo Hilts, esponjando las plumas de su capa-. Esa no es forma de unir un imperio. ¿Tienen más de esos buques de mar?
-En los puertos. No sabemos cuántos pueden hacer el tránsito, pero eso es simplemente porque no lo han intentado –dijo-. Obviamente Peppin y el Infortunio lo lograron.
-Por supuesto. Tenía la esperanza de verte con ellos... pero me dijeron que te habías adelantado a explorar. Esa fue una buena idea –dijo-. Y menos mal que nos enviaste ese tipo tan locuaz, y su colección de lectura. Eran un montón de tonterías románticas, en su mayoría... pero también tenía una copia de esto. -Extrajo un volumen desde el interior de su capa-. Su copia de las Crónicas de Keshtah Este libro nos dijo a qué nos enfrentábamos: todos los alanciari sabían de nosotros.
-El testamento Adari Vaal -dijo Edell, meneando la cabeza-. La fugitiva keshiri hizo mucho daño.
-No tanto como se podría pensar -dijo Hilts, sonriendo-. Vosotros os burlabais de mí y de mis historias. Pero la historia es importante. Puede ser un arma... para ambas partes. Tu teniente leyó esto durante la travesía, y se adelantó volando con ello a Tahv cuando llegó a la orilla. Estaba claro que los keshiri de Alanciar habían sido como los nuestros al principio... incluyendo el mismo mito de los Protectores y los Destructores. Y ahora, como entonces –se dio unas palmaditas en el pico-, era simplemente una cuestión de convencerles de nuestro papel en esa historia. Y eso significaba también elegir un papel para Bentado.
-¡Pero flota de Bentado ya debía de haber partido para entonces!
-Y no había forma de avisar a ese tonto testarudo de que volviera. Sabíamos que sus invasores darían a los alanciari la lucha que habían estado esperando... una lucha que probablemente ganarían. Así que usamos eso. Él y sus barcos y su gente parecerían el rostro del mal. Nosotros teníamos que parecer otra cosa -dijo Hilts, astutamente-. Por suerte, nos enviaste un sujeto de prueba.
Para cuando el carro que llevaba a Jogan alcanzó Tahv, explicó Hilts, la Tribu se había retirado de la vista del público, poniendo a su keshiri más fervientemente leales en las calles. Una vez que su nuevo embajador se había convencido, era una simple cuestión de asumir una forma agradable para los alanciari en general.
-El equipo de Bentado se parecía a lo que temían. Pero yo soy un hombre viejo y bondadoso.
-¡Llevando una capa de plumas blancas!
-Las cosas que hago por la Tribu -dijo Hilts. Entrecerró los ojos-. Leí tus señales acerca de Bentado haciéndose con el poder. Bueno, eso era sólo cuestión de tiempo. Me alegro de que estuvieras aquí para ocuparte de él.
-Yo comencé... pero fue Squab quien acabó con él.
El anciano apartó una pluma de su rostro y sonrió.
-El pequeño y leal Squab... otra idea de Iliana. He aquí un pequeño consejo para ti, muchacho. Cuando un Gran Señor de los Sith te envía sus saludos... ¡corre!
Edell se rió. Pero al pensar en ello, su expresión cambió, frunciendo el ceño.
-Todo podría comenzar de nuevo, Gran Señor. Las luchas internas entre Sith. Nuestra misión ha terminado.
-¿En serio? -Hilts negó con la cabeza-. La captura de nuevos esclavos no es una victoria. Cualquier patán con una cuchilla puede hacerlo, igual que hicieron los Sith originales con nuestros antepasados tapani. ¿Pero atraerlos voluntariamente a tu servicio? Eso sí ya es otra cosa. Va a requerir todos nuestros esfuerzos, juntos. Eso es lo que Yaru Korsin pensaba, y es lo suficientemente bueno para mí.
-Tiene razón, por supuesto.
-Por supuesto que sí. Soy viejo. -Hilts atrajo a su protegido hacia sí y lo tomó del brazo-. Ahora, déjame que te hable acerca de la historia en la que estoy trabajando...

lunes, 3 de septiembre de 2012

La Tribu Perdida de los Sith #9: Pandemonio (XV)


15

-Una aeronave ha llegado -informó Squab-. Frente a la costa occidental, cerca de Puerto Melephos.
-La primera de la oleada -dijo su amo. Bentado apretaba los dientes mientras sacaba esquirlas de cristal de su propio brazo-. ¿Los keshiri han disparado contra ella?
-No, milord –exclamó el ayudante con voz chillona-. La nave se encuentra a varios kilómetros de distancia. Los equipos de jinetes de uvak con lanzadores de diamante se dirigen a su encuentro.
-Diles que hagan una señal cuando la hayan derribado. Se ha dado orden a todas las posiciones a lo largo de la línea defensiva de que disparen en cuanto tengan contacto visual. Dejamos a Hilts con dieciséis aeronaves. ¡Es de esperar que las envíe todas!
Edell se estremeció al ver al Sith sacar otro fragmento sangriento. Casi podía sentir el dolor de Bentado desde el túnel sobre el observatorio mundial donde estaba oculto, mirando. Edell se había dado cuenta al ver el túnel diagonal que salía hacia arriba desde los archivos secretos que el búnker de hormigón, donde se suponía que tantos keshiri debían vivir y trabajar durante varios días, tenía que tener un sistema de ventilación. Como gran parte de la instalación se encontraba bien bajo la casa de ladrillo o bajo la torre de señales de la superficie, los conductos de algunas salas necesariamente debían viajar en diagonal, cruzándose con otros. Lo había visto en algunos de los edificios antiguos de Tahv. Los alanciari había utilizado hormigón en esta construcción moderna, pero su pensamiento no era muy diferente del de los arquitectos keshiri del continente que conocía.
No había forma de escapar por la estrecha parte superior del conducto que salía la habitación secreta, pero cuando Quarra trepó al espacio descubrió una apertura de un metro cuadrado que conducía en una dirección diferente. Un espacio lo bastante cómodo para gatear, que se inclinaba hacia arriba y hacia abajo conforme encontraba las uniones entre barracones y almacenes de suministros. Un hedor repugnante les indicó que se encontraban sobre la sala del Gabinete de Guerra. Y ahora estaban sobre el santuario de Bentado, mirando hacia abajo desde conductos paralelos separados.
-¿Dónde están las noticias de Puerto Melephos? ¿Por qué tardan tanto?
Edell vio el cráneo lleno de cicatrices de Bentado directamente bajo él, mientras el hombre observaba la superficie del mapa.
¡Allá vamos!
Apoyando sus pies contra la reja, Edell hizo uso de la Fuerza para que varias las miniaturas cayeran. Sorprendido, Bentado se inclinó para recuperarlas... justo cuando Edell juntó las piernas, atravesando con sus botas las persianas de madera. Un Alto Señor se estrelló contra el otro, haciendo que la cabeza de Bentado se estrellase en la superficie del mapa. Edell rodó por el falso campo, encendiendo su sable de luz al tiempo que, a unos metros de distancia, Quarra caía estrepitosamente al suelo, sorprendiendo al pequeño Squab.
Edell se volvió para ver una mujer del grupo de Bentado, vestida de negro, salir en defensa de su líder. Edell la rechazó con un empujón de la Fuerza, pero la distracción dio a Bentado la oportunidad de recuperarse. El gigantesco Sith atrapó el tobillo de Edell y lo hizo caer con fuerza, golpeando la espalda contra el suelo.
Desde un lado, Quarra se lanzó, sosteniendo ante ella el antiguo sable de luz robado como si fuera una de las bayonetas con las que había entrenado. Bentado encendió su sable de luz y desvió el de ella en un movimiento de molinillo, que no le resultó del todo cómodo debido a su postura, medio de pie encima de una cordillera. Edell rodó hacia atrás fuera de la superficie del mapa... directamente hacia el ataque de otro defensor de Bentado. Se lanzó con su arma, empalando al atacante.
-¡Edell! ¡La torre!
Edell miró hacia atrás para ver a Quarra corriendo hacia las escaleras de la torre. Squab ya estaba en ellas, desapareciendo en las alturas.
-¡No! -gritó Bentado, saliendo tras ella lo mejor que pudo con su pierna mala-. ¡Maldita seas, mujer!
Edell luchó para seguirla, matando a otro individuo vestido de negro a su paso. ¡Esto no era bueno! Quarra podía acabar con el control de Bentado sobre Alanciar desde la torre, pero también podría hacer que una multitud de keshiri cayera sobre él-. ¡Quarra, no!
La encontró jadeando en uno de los campanarios inferiores. Bentado la había lanzado contra la pared, haciendo que su espada de luz cayera lejos de ella.
-¡Atrás, Edell! -Brillante de sudor, Bentado apuntó al cuello de la mujer con la punta de su sable de luz-. Si esta cosa púrpura significa algo para ti... ¡atrás!
Edell miró a un lado. Squab estaba encogido cerca de él, detrás de la escalera de caracol de madera que conducía hacia arriba.
-No sé si a este juego pueden jugar dos personas -dijo Edell, amenazando al jorobado.
-¿Squab? -Bentado rió-. Haz lo que quieras. Puedo encontrar más keshiri. Aquí hay todo un continente lleno. –Miró burlonamente a Quarra-. ¿Esta es especial?
-¡Olvídate de mí, Edell! -gritó Quarra-. ¡Atraviesa a este animal asqueroso!
-¡Muévete, y ella muere!
Edell respiró hondo... y dio un paso atrás. Bajó su sable de luz, pero no lo desactivó.
-Ha sido una gran ayuda, Bentado. Es de mala educación que los huéspedes maten a sus anfitriones.
-Estúpido -dijo Bentado, proyectando un empujón de la Fuerza. Edell salió volando, golpeando con su cabeza el muro de hormigón frente a su agresor. El sable de luz salió volando de su mano.
Bentado alejó de una patada el arma de Edell y lanzó a Quarra junto a Edell. Squab, recuperando su compostura, emergió de su escondite, y Bentado le indicó que recogiera el antiguo sable de luz de Quarra.
-Sujeta eso. Yo mismo me ocuparé de estos dos. –Con el sable de luz brillando en la mano, se acercó a los combatientes heridos.
Junto a la escalera, un cable se tensó, haciendo sonar una campana de cristal. Squab, sosteniendo el viejo sable de luz, miró a su amo.
-Está llegando una llamada.
-Bueno, ve a recibirla.
Squab subió cojeando medio tramo de escaleras, donde otro de los keshiri de Bentado le pasó una hoja de pergamino.
-Los señalizadores de Puerto Melephos informan de que la aeronave ha aterrizado -dijo Squab.
-Querrás decir que ha sido derribada.
-No, dicen que ha aterrizado.
Bentado estalló de rabia.
-¿De qué estás hablando? ¡Di la orden de atacar!
Por las escaleras, les pasaron otro mensaje. Squab miró... y luego lo miró de nuevo.
-El mensaje parece ser del Gran Señor Hilts, señor. Dice que ha llegado.
Aún aturdido, Edell miró a Quarra, sorprendido. Bentado estaba boquiabierto.
-Decidle que Korsin Bentado y los keshiri de Alanciar le dan la bienvenida. -gritó hacia la escalera-. Y decid a los soldados que le maten, a él y a cualquiera que venga con él... ¡ya!
Durante unos segundos, en la sala sólo se escucharon los sonidos del aparato de señales de arriba. Finalmente, uno de los secuaces keshiri de Bentado bajó las escaleras, con aire perplejo.
-¿Y bien? ¿Qué hay?
-El Gran Señor Hilts envía una sola palabra, mi señor -dijo el mensajero, irguiéndose y dando un paso adelante-. Saludos.
Bentado se quedó boquiabierto.
-¿“Saludos”?
Edell miraba, confuso. Junto a Bentado, los ojos negros de Squab se estrecharon al oír la palabra.
Del cuello de su amo sobresalían venas abultadas. El sable de luz oscilaba en las furiosas garras de Bentado.
-¿Están jugando conmigo? -Se dio la vuelta, cerniéndose sobre sus prisioneros-. ¿Es esto una especie de...?
¡Zas!
Los ojos de Bentado se abrieron exageradamente cuando el sable de luz que le había atravesado la espalda encontró su corazón ennegrecido. Cayó primero sobre sus rodillas, y luego sobre su rostro.
El pequeño Squab miró la forma inmóvil de su amo. De rodillas, el retorcido keshiri desactivó el arma robada de Adari Vaal y desarmó a su amo muerto.
Edell apenas podía hablar.
-¿Squab?
-Estoy seguro de que la familia Hilts tiene un saludo mejor para usted, Alto Señor Vrai. -El jorobado hizo una reverencia y entregó las armas a Edell-. Y estoy seguro de que les gustaría dárselo en persona.

viernes, 31 de agosto de 2012

La Tribu Perdida de los Sith #9: Pandemonio (XIV)


14

Por segunda vez en dos semanas, Quarra atendía a un hombre herido mientras los Sith acechaban cerca. Pero la ubicación no podría haber sido más diferente. No se encontraba en la estación de señales de Jogan o en la cubierta de un barco; estaba en el mayor santuario de todo Alanciar: la biblioteca de Adari Vaal.
Los Sith permanecían fuera, al otro lado del tapiz, hablando ruidosamente. Durante las largas horas desde que entraron allí, nunca había habido ahí fuera menos de tres voces a la vez. No había forma de salir al exterior, pero todavía tenía una oportunidad de advertir a su pueblo. Durante dos horas, alcanzó mediante la Fuerza a otros gritadores de pensamientos, sin preocuparse de si los Sith sentían su presencia. La Fuerza era un sistema de comunicaciones que los Sith no podían comprometer...
...o eso creía. Entre la ira que emanaba de los Sith y los niveles casi tóxicos de miedo que se habían desarrollado entre los alanciari en los últimos días, al llamar mediante la Fuerza se sentía casi como si se estuviera muriendo ahogada. No había manera de que nadie pudiera entender lo que estaba tratando de decir. Estaba demasiado cansada... y ella misma también tenía demasiado miedo.
Y enojada. Durante aún más largas horas, observó a Edell mientras dormía, recuperándose de su terrible experiencia. Le había mentido todo el camino. Ella conocía la escarpada costa sur. No había muchos asentamientos o fortalezas: las montañas nevadas eran su propia defensa. El Infortunio podía hacerse a la mar sin ser molestado. Pero con el otoño en el sur, los marinos alanciari evitaban el paso por el sur por sus increíblemente rápidas corrientes polares y por el hielo que se expandía. ¿Un equipo sin experiencia tendría la oportunidad de alcanzar el océano oriental? ¿Y Jogan les advertiría, o permanecería en silencio, dispuesto a naufragar con ellos si fuera necesario? Si les advertía, ¿le escucharían siquiera?
Quarra se dio cuenta con un sobresalto de que no sabía realmente qué haría Jogan. Se había imaginado que conocía sus pensamientos privados, pero lo que en realidad tenía era un montón de mensajes y unas pocas horas a su lado. Y ella casi había puesto toda su vida patas arriba por él.
¿Y Edell? Él y su pueblo habían puesto patas arriba su mundo entero. Y, sin embargo, lo había salvado, incluso después de saber que le había mentido. ¿Por qué? Recordó la escena en el observatorio mundial. Edell parecía diferente a Bentado. Un asesino, sin duda, pero Edell era un constructor, no un luchador. Parecía estar interesado en algo más grande. Aún así, ¿podían los Sith interesarse en algo más grande que ellos mismos? ¿No contradecía eso la esencia misma de ser un Sith?
Quarra no confiaba en él. Pero tampoco había sido capaz de abandonarlo. ¿Qué le estaba pasando?
Quarra durmió a ratos, despertándose con frecuencia a escuchar las voces de afuera. Pero no se acercaron más... y por la mañana, la luz entró en la habitación por una especie de chimenea diagonal sobre ellos. El túnel de hormigón se estrechaba demasiado en la parte superior para servir como salida, pero la iluminación proporcionaba la oportunidad de hacer algo mientras el Gran Señor dormía. Cogió un libro.
Había leído las mismas Crónicas de Keshtah que había leído todo el mundo. Las entrevistas transcritas con la geóloga y luchadora por la libertad acerca de su vida anterior eran obligatorias en cuanto los niños aprendían a leer. Eran la base –adaptada libremente, por supuesto- de lo que aparecía en las obras de teatro. Pero se sabía que Adari Vaal había producido otros escritos durante su exilio en Alanciar. Algunos eran obras biográficas sobre los Sith; otros proporcionaban una descripción detallada de su continente. Un volumen considerable de su obra comparaba y contrastaba los minerales de los dos continentes; incluso los más devotos estudiosos sobre Vaal tenían problemas para leer y entender todo ese material. Lo más interesante de esos textos era su apoyo a la teoría de que el Antiguo Cataclismo cortó el acceso entre Keshtah y Alanciar.
Pero el libro que Quarra tenía ahora en sus manos era algo diferente. Sus páginas no estaban cuidadosamente caligrafiadas, sino que estaban escritas con los garabatos de alguien. ¿De puño y letra de Adari? A Quarra, que ahora prestaba especial cuidado al pasar las páginas, le parecía imposible. En cualquier caso, tanto si el documento era original como una copia hecha a mano en siglos posteriores, era algo que nunca había visto: las memorias personales de Adari.
Con entusiasmo, Quarra leyó por encima los escritos, sintiendo la misma emoción que le embargaba siempre al leer las misivas de Jogan. Había muchas secciones llenas de lamentos sobre los hijos de Adari; particularmente Tona, que había quedado atrás. Había unos pocos y duros pasajes sobre la madre Adari, Eulyn... y no mucho en absoluto acerca de su primer matrimonio con Zhari. Pero, volviendo la página, vio que la mano del escritor se aceleraba y las letras se inclinaban. Hablaba de Yaru Korsin, el capitán del Presagio y el primer Gran Señor de la Tribu.
Korsin había tocado la mente Adari desde lejos mucho antes de su primer encuentro, y ella mencionaba esa sensación más de una vez. Había sido desconcertante entonces, y cada vez que lo hizo después. Quarra entendía el malestar de Adari, porque ella lo había sentido cuando trataba de comunicarse mentalmente con otros keshiri que no estaban en sintonía con la Fuerza. No lo hacía a menudo, ya que no siempre funcionaba, y de todos modos no tenía ninguna necesidad práctica. Como gritadora de pensamientos, sólo se había comunicado con otros usuarios de la Fuerza. Pero había tratado de llegar telepáticamente a su marido, y la respuesta por su parte había sido una expresión asqueada. ¿Era eso lo que había sentido Adari, la primera keshiri en ser contactada a través de la Fuerza? Quarra se imaginaba su malestar.
Y ese malestar vivía en todas las páginas siguientes, cuando Adari describía los celos que de ella sentía Seelah, la esposa de Yaru entre los humanos. Veneno mental, transmitido hacia ella cada vez que Yaru no estaba cerca. Tampoco es que él detuviera nunca a Seelah cuando estaba cerca; Adari escribía que él disfrutaba al ver a las dos, la una contra la otra. Este comportamiento no era Sith, escribía Adari; era masculino. Pero lo que más molestaba a Adari era que se había colocado voluntariamente en esa posición, y no sólo para obtener información para su movimiento de resistencia:
Yaru tiene una mente más aguda que la de nadie que yo haya conocido. La esgrima verbal con él era como uno de sus duelos con sable de luz; me sentía completamente despierta y viva. Incluso ahora, décadas después, recuerdo despertar por la mañana y desear con ganas que comenzase la siguiente conversación. Caminar con él mientras otros keshiri y Sith se arrodillaban era como estar en el centro del mundo.
Pero nunca puedo olvidar el otro sentimiento. Lo que sentí el primer día en la montaña, cuando Seelah y su gente invadieron mi mente. Yaru es elegante, inteligente y encantador, y usa esas cosas para gobernar a los demás... y a mí. Pero también es un principal entre los Sith... y eso significa que es vanidoso, cruel y sádico. Es un hombre que mató a su hermano por pura conveniencia. Si Yaru aún vive, probablemente ha hecho cosas aún más graves. Es un animal.
Cuando era joven, formé parte de un matrimonio de conveniencia. El problema es que eso te define como desigual antes de empezar. Que cualquier mujer que considere unirse a un Sith tenga cuidado: las mujeres fuertes no caminan junto a los animales. No sin una correa...
Quarra cerró el libro, sintiendo escalofríos de repente.
Ahora comprendía por qué nadie había visto nunca las memorias, cuando tantas otras cosas sobre Adari Vaal habían sido lectura obligatoria. El líder de los Sith le había tentado. Y la Roca de Kesh había flaqueado.
Miró a Edell, que se removía en su sueño. Quarra todavía tenía el sable de luz. Podía eliminar una amenaza, una amenaza para su pueblo y posiblemente a sí misma. Ella no lo amaba, pero tampoco lo odiaba -aún no- y él siempre jugaría con eso. Ya había comenzado con ello, a lo largo de su viaje. Ella tenía la oportunidad de detenerlo ahora.
Pero también tenía una pregunta.
-Despierta -dijo en voz baja, empujándole.
Edell dejó escapar un gemido ahogado.
-¿Todavía están ahí fuera?
-Sí. Tres o cuatro, creo. ¿Puedes ocuparte de ellos?
Se incorporó sobre un codo y se estremeció.
-No, pero tal vez podamos entre los dos. -Vio su sable de luz en la mano de ella-. ¿Familiarizándote con él?
-Tengo una pregunta -dijo Quarra, con rostro serio-. Dijiste que van a venir más personas. Y que tanto tú como ellos servís a otra persona. ¿Esta persona es tan mala como Bentado?
Sorprendido por la pregunta, Edell la miró de cerca.
-No. No, no lo es. El Gran Señor es anciano... pero sabio.
-Te gusta -dijo ella, sorprendida por lo que estaba sintiendo-. Es tu amigo.
Casi a pesar suyo, Edell sonrió débilmente.
-Sí, supongo que lo es. Si tuvieras que vivir a las órdenes de un Sith, preferirías vivir a sus órdenes, y a las mías, que a las de Bentado. Confía en mí, los hemos tenido mucho peores.
-Los acueductos. Dijiste que se habían venido abajo. ¿Se arruinaron a causa de algunos de vuestros líderes?
-Y de algunos que querían liderar. Hubo mil años de caos, Quarra. Si Alanciar cree en construir cosas, como yo, no puedes dejar que eso comience de nuevo –dijo-. Tienes que ayudarme.
Ella lo estudió... y llegó a una decisión. Adari tenía razón, pero yo también. Algunos animales son mejores que otros.
-Está bien -dijo ella, levantándose-. Pero que una cosa quede clara. No te estoy ayudando por ti, ni por mí. Voy a detener a Bentado... y a arreglar las cosas. Estoy haciendo esto por mi pueblo.
-Eso es lo mismo que hacerlo por ti –dijo él, sonriendo-. Pero discutiremos de filosofía Sith después. Hay trabajo por hacer. Tenemos que cortar las comunicaciones de Bentado... pero si tratamos de acudir a tu gente, me cortarán en pedazos. Cosa que también harán si vas sola en busca de ayuda y me encuentran aquí. Si todavía tenemos tu ballesta, podríamos disparar a los globos de fuego de la torre de señales...
-¡Eso tardaría una eternidad!
-...y entonces ambos bandos se nos cortarían en pedazos. –Suspiró-. Supongo que ya has intentado pedir ayuda a través de la Fuerza.
Ella asintió con la cabeza.
-Lo que significa que la única forma de detener a Bentado... es detener a Bentado. -Edell juntó las manos, sumido en sus pensamientos.
Éste es su modo normal, se dio cuenta Quarra. Calculando, no luchando.
Sus ojos dorados se abrieron un segundo después... y miró hacia arriba.
-Está bien, ya lo tengo. Pero tendremos que luchar de todas formas. Lástima que sólo tengamos un arma.
Quarra se puso en pie.
-No hay problema. Si éste es el lugar donde se trasladaron los archivos de Adari Vaal, se supone que debe haber otro sable de luz por aquí.
-Si lo hay, entonces ella lo robó.
-Bien por ella, entonces. -Le guiñó un ojo-. Y mejor para nosotros. Siempre quise probar uno.

jueves, 30 de agosto de 2012

La Tribu Perdida de los Sith #9: Pandemonio (XIII)


13

Edell se estremeció.
-¿Quieres que los keshiri de aquí destruyan nuestras naves?
-No nuestras naves -dijo Bentado, alzándose sobre el mapa gigante. Una docena de modelos de dirigibles en miniatura se encontraban fuera del borde occidental-. Destruirán las naves de la Tribu.
-Pero todos somos parte de la Tribu.
-¿Lo somos? -La cicatriz sobre el ojo de Bentado tembló.
-Pasamos mucho tiempo tratando de reconstruirla -dijo Edell, apenas consciente de que Quarra observaba atentamente desde un costado-. No veo qué sentido tiene que volver a desgarrarla.
-No te hagas el inocente. Tú y tu gente del Destino Dorado habéis estado desgarrando la Tribu durante años, al igual que mi gente. -Hizo un gesto abarcando a todos los Sith en la habitación-. ¡Perdición, Edell! ¡Estuviste a nuestro lado en la Crisis, mostrándonos cómo destruir el templo!
-No fue uno de mis mejores momentos.
-No, por supuesto que no -dijo Bentado-. Pero yo no tengo intención de destruir lo que reconstruimos. Estoy hablando de una Segunda Tribu, aquí en Alanciar.
-Una segunda... -Edell estaba sorprendido. Nunca había considerado tal cosa.
-Es muy sencillo -explicó el hombre calvo-. No hay camino hasta el cargo de Gran Señor mientras Hilts viva. E Iliana... -su boca se curvó con maldad al pronunciar el nombre de la consorte real, haciendo que la palabra durase el doble de lo normal- Ella se ocupará de que Hilts viva hasta que tú y yo seamos demasiado viejos para que nos importe. -Bentado cojeó alrededor del mapa-. Tú mismo dijiste que los keshiri de aquí eran superiores a los que tenemos en casa... y no me refiero sólo a este desperdicio de carne, aquí presente, que Hilts me endosó -dijo, descargando pesadamente su mano sobre el hombro nudoso de Squab-. Yaru Korsin encontró escultores y pintores. Nosotros hemos encontrado una raza de guerreros. ¡De constructores y armeros!
-Los alanciari tienen algo -dijo Edell, señalando a Quarra-. Son verdaderamente increíbles. Pero son todos keshiri. También existe ese mismo potencial en las personas de nuestro viejo continente.
-¿Tienes dos mil años para entrenarlos? -preguntó burlonamente Bentado.
Edell volvió a mirar a los guardias humanos de la puerta. Lo habían oído todo, y no habían hecho nada. Su gente, había dicho Bentado. Sus tripulantes, cuidadosamente escogidos, se dio cuenta Edell. ¿Cuántos provenían de la vieja Liga Korsinita de Bentado? ¿Por qué no había prestado más atención?
Bentado pasó su mano enguantada sobre la superficie del mapa.
-Es perfecto, ¿sabes? Una solución perfecta. El problema de los Sith siempre ha sido el mismo. Nos enseñan la glorificación de uno mismo, y el sometimiento de los demás. El individuo sólo es verdaderamente libre cuando todas las cadenas se rompen, cuando nadie puede limitar su acción resistiéndose a su voluntad. El perfecto Sith debe controlarlo todo, y a todos. -Levantó con la Fuerza las miniaturas de las naves. Los pequeños dirigibles se balancearon en el aire, flotando como si fueran de verdad-. Pero hacer efectivo ese control... ahí es donde fracasa siempre el asunto. Hay demasiadas variables. Demasiados esclavos que aspiran a algo que no es tu propia gloria. Demasiados aspirantes a Sith trabajando en direcciones opuestas. -Con un movimiento de muñeca, las pequeñas aeronaves cruzaron de un lado al otro de la mesa-. ¡Pandemonio!
Edell no dijo nada. Bentado siempre hablaba así. Su lugar estaba en el escenario con otros actores.
-Cuando yo era joven -continuó Bentado- pensé que Yaru Korsin tenía la solución. Seguro que te acuerdas. Había engañado a los keshiri para que creyeran en él. No conquistó... sólo llegó y giró la llave. Hizo bien la primera parte, pero no la segunda. El resultado fue su propia muerte... y un milenio perdido. Pero aquí... -Bentado hizo una pausa para tomar un modelo de una estación de señales-. Aquí puedo hacerlo todo de nuevo, y hacerlo bien. Al igual que Korsin, he sido arrojado del cielo a estas costas. Aquí, hay funcionando un sistema de gobierno que puede doblegarse a mi voluntad, encajando en mi mano como un guante. Y aquí, no hay Sith.
Edell consideró las palabras. Al margen de lo que opinaba de la fuente, la idea era interesante. Un Señor Sith solitario nunca conseguiría una multitud para que trabajase en su nombre... a menos que esa multitud ya estuviera trabajando. Alanciar era un corazón que latía, manteniendo sus ejércitos preparados por la fuerza de la costumbre. Sólo necesitaba un Señor Sith que se colocase en lo alto, sin perturbar el funcionamiento de la gran máquina.
-Es una buena idea, Alto Señor -dijo finalmente-. Muy buena. Alguien debería recordarlo cuando conquistemos la República Galáctica.
Bentado sonrió.
-Hay un problema con hacerlo en Alanciar, por supuesto -dijo Edell-. Tú no eres el único Sith aquí.
-La gente en este edificio es leal -dijo Bentado-. Trabajarán para mí.
-¿Por cuánto tiempo, aquí encerrados? Son humanos. No pueden salir a la calle sin que los keshiri descubran inmediatamente que son diferentes.
-¡A ti no te han descubierto!
-Tenía ayuda -dijo Quarra, hablando por primera vez-. Ayuda motivada. Te prometo que nadie más va a ayudaros cuando descubran que estáis aquí. –Con mirada firme, señaló con el pulgar hacia la salida-. Y habéis matado a nuestros líderes. Estéis o no en el bunker, con el tiempo mi pueblo vendrá a buscarlos.
Edell leyó la frustración en el rostro de su rival. No, Bentado no había pensado a largo plazo. Y él sabía que algo Bentado no sabía, que él no le había dicho ni siquiera a Quarra.
-Los siguientes dirigibles pueden llegar antes de lo que esperáis. Tenemos que empezar a pensar en la manera de hacer que lleguen a salvo. Este plan tuyo... es interesante. Pero lograremos más cosas como una Tribu.
-¡Entonces, que gane la mejor Tribu!
-No. No vamos a hacer esto de nuevo. -Edell lanzó una mirada a Quarra, instándola a salir con la mirada. Al ver que comenzaba a moverse, se acercó a los guardias-. El Alto Señor Bentado ha establecido el control sobre los keshiri de este continente. Lo ayudaréis hasta que lleguen los refuerzos. Entonces trabajaremos juntos para consolidar aquí el poder... en nombre de la Tribu, y del Gran Señor Hilts.
Bentado dejó escapar un suspiro exasperado.
-Siempre has sido un muermo. –Se dirigió a los guardias-. ¡Apresadlo!
Los matones de Bentado que se hallaban en la puerta dieron un paso adelante, pero no más; Edell ya estaba en movimiento, con su sable de luz activado. Trazó un arco con su arma que atravesó el torso de ambos, despejado el camino.
-¡Quarra, vamos!
Quarra salió disparada por la puerta, pasando junto a Edell y a su brillante sable de luz. Él se volvió en el umbral para seguirla... y gritó. Quarra vio con horror como un relámpago iluminaba el oscuro pasillo. Desde el observatorio mundial, Korsin Bentado avanzaba con paso firme, con su mano iluminada con extraños tentáculos azules de energía. Edell tembló bajo el ataque, dejando caer su espada de luz.
Quarra clavó la mirada en el suelo, y en la visión que había tenido al entrar: ¡los Sith no se había molestado en despojar de sus armas a los keshiri muertos que custodiaban la habitación! Arrojándose pesadamente al suelo, Quarra agarró una ballesta portátil de repetición, rodó y disparó. Fragmentos de vidrio salieron disparados más allá de Edell. Bentado aulló de dolor cuando uno se alojó en el muñón que tenía por brazo izquierdo, haciendo desaparecer su ataque eléctrico.
Aún crepitante, Edell cayó de espaldas en el brazo libre de Quarra. Ella volvió a disparar, obligando a Bentado y a su ayudante Squab a ponerse a cubierto. Cuando su arma quedó vacía, atrajo con la Fuerza el sable de luz caído de Edell desde el suelo hasta su mano.
Ahora era Quarra quien abría la marcha, ayudando al Sith aturdido a  cruzar el laberinto de pasillos. Conforme avanzaban, iba rompiendo los globos de fuego que iluminaban el lugar; la oscuridad sería su amiga, para variar. Podía oír a la gente de Bentado moviéndose de nuevo por las salas tras ella, pero ella sabía dónde estaba. No había comprendido todo lo que había dicho el Sith, pero ella tenía que decirlo al mundo exterior: ¡el sistema había sido comprometido!
Jadeando, llegó a la antesala exterior de la cámara del Gabinete de Guerra. Al otro lado de la habitación se encontraban las empinadas escaleras que conducían al nivel de la superficie. Pero cuando se dirigió hacia ellas, Edell cayó al suelo, todavía en agonía por el ataque Sith. Ella no sabía lo que Bentado le había hecho, pero estaba claro que Edell nunca lo había experimentado antes.
Trató de ayudarle a sentarse... y tuvo un destello recordando haber hecho exactamente lo mismo con Jogan en Punto Desafío, días antes. Demasiados días antes. Quarra se levantó, tambaleándose al darse cuenta de ello.
-¡Se me acaba el tiempo, Edell! Tengo que irme.
Edell tosió ruidosamente.
-¿De... de qué estás hablando?
-Tengo que advertir a la gente... no intentes detenerme. ¡Y luego tengo que irme! Ya han pasado diez días desde que dejamos el barco. Incluso en uvak harían falta dos días para volver al Infortunio en la Cala Meori. -Trató de ayudarlo a ponerse de pie-. ¡Por favor, ven conmigo! ¡Si no regresamos, tu tripulación lo matará!
El Gran Lord se dobló de dolor. Quarra luchó para mantenerlo erguido, pero fracasó.
-Iré yo sola si es necesario...
-No, quédate, Quarra. Esto... es importante Quédate a ayudarme...
-¡No puedo! -Quarra se levantó y miró hacia las escaleras-. ¡Tengo que irme!
Ya estaba en el primer escalón cuando le oyó gritar.
-¡Quarra... no están allí!
-¿Qué?
-Sólo te dije que el Infortunio seguía allí para que me guiases hasta aquí -dijo Edell, tratando de incorporarse-. Yo los envié de vuelta.
-¿De vuelta? -Volvió corriendo a su lado-. ¿De vuelta a dónde?
-A Keshtah. A nuestro continente.
-¿Con Jogan?
-Si sobrevivía –dijo Edell con un jadeo-. Seguro que no iba a ninguna parte por sí mismo. Salieron tan pronto como tú y yo llegamos a la orilla.
-¡Maldito seas!
Quarra se volvió hacia la escalera... y se detuvo de repente. Se oían pasos allí arriba. ¿Tenía Bentado gente oculta allá arriba? Y ahora se oían voces en el pasillo oscuro.
Detrás de ella, Edell trataba trabajosamente de ponerse de rodillas. Ella todavía tenía su sable de luz.
-Quarra, nos matarán a los dos. ¡Entonces, todo el mundo perderá!
Quarra se quedó helada por un segundo, insegura de qué hacer. Dio un paso atrás hacia Edell, que cayó contra ella. Sintiendo su peso, ella miró con urgencia a las puertas... y luego al tapiz justo tras ella. Adari Vaal la miraba desde arriba, tan silenciosa como siempre mientras el clamor del exterior y el de las escaleras se hacía más fuerte.
-¡Roca de Kesh –exclamó-, salva a tu hija!
Sintió un temblor a través de la Fuerza... ligero, casi como una ráfaga de viento, que provenía de la dirección del tapiz.
Quarra abrió los ojos de par en par. ¡Sí! Sin tiempo para temer la falta de respeto histórico, apartó la tela a un lado... y miró hacia la oscuridad de la habitación oculta que había detrás. Colocando el brazo Edell sobre su hombro, se lanzó temerariamente con él al vacío.

miércoles, 29 de agosto de 2012

La Tribu Perdida de los Sith #9: Pandemonio (XII)


12

Sus'mintri había comenzado siglos antes como otro puesto militar en el borde de la meseta, con vistas al territorio que se extendía hacia el mar bajo el Escudo Occidental. Sin embargo, su ubicación entre las posiciones defensivas costeras y el centro industrial lo colocaba en el centro neurálgico de las señales de comunicación de Alanciar... exactamente donde el Gabinete de Guerra quería estar.
Hasta hacía diez años, los líderes de los diversos directorados militares, industriales y educativos se reunían por separado. La Casa de Vaal en Sus'mintri unificó las operaciones consolidadas en un anodino chalet de ladrillo de un piso de altura... discreto, si no fuera por el colosal silo blanco que se alzaba a su lado en el gran patio amurallado. A diferencia de la torre de Jogan en Punta Desafío, la torre de la Casa de Vaal tenía múltiples niveles de luces de señalización, apuntando en todas direcciones. Los ocupantes de la Casa de Vaal podían comunicarse con cualquier persona, desde los trabajadores de los astilleros en el lejano noreste hasta los guardias en su propia puerta, separados tan sólo por un camino polvoriento.
Una guardia keshiri vestida de marrón miró a la torre de señales, y luego otra vez a Quarra. Hablaba en voz alta para hacerse oír entre los silbidos de alarma.
-Me dicen que les deje entrar, Jefa de Sección. -Golpeó en el carro con su arma-. A ambos -dijo con nervioso desdén.
La puerta se abrió, y los muntoks del carro de Quarra caminaron al interior. Las puertas apenas llevaban cerradas un instante cuando Edell se asomó por debajo de la lona en la parte trasera.
-¿A ambos? ¿Qué significa eso?
-No... no lo sé -balbuceó ella, bajando de su asiento. Él tenía su sable de luz en la mano. El largo camino desde Uhrar había dejado a Quarra con los huesos cansados, y a Edell cada vez más nervioso; Quarra esperaba que eso amortiguase la ventaja del Sith en caso de que les esperase una trampa.
Casi esperaba haber sido recibida por escuadrones de tiradores, en espera de su entrega. Pero las únicas cosas en el patio eran ella y su carro. Un mal olor flotaba en el aire. Arriba, las luces de señales en la torre parpadeaban en silencio.
Y la puerta a la Casa de Vaal estaba abierta de par en par.
-Esto no me gusta –dijo, sin pretender ser escuchada.
-Ya somos dos -dijo Edell, deslizándose por el costado de la carreta y cayendo con un ruido sordo en el suelo. Agarrando el hombro de Quarra, volvió su rostro hacia él-. No sólo te esperaban a ti, ¿verdad? Me estaban esperando también a mí.
Mirando en todas las direcciones, salvo a él, Quarra luchaba por encontrar las palabras.
-Nunca me dijiste lo que querías hacer aquí. “Recorra la región, visite la capital, conozca al Gabinete de Guerra”. -Se encogió de hombros-. Soy una burócrata, Edell. No puedo dejarte pasar sin más por la puerta principal.
Edell la miró sombríamente durante un instante antes de esbozar una sonrisa.
-No, soy yo quien va a hacerte pasar por la puerta principal. Lanzó el impermeable al suelo y encendió su sable de luz-. Como siempre... tú primero.
Los keshiri del pasillo llevaban muertos por lo menos un día, tal vez más. Quarra reconocido sus uniformes de oficina: un par de guardias en primer lugar, seguidos por una mezcla de administradores y asistentes conforme avanzaban. El edificio no había sido asaltado; no había evidencia de una defensa vigorosa en la puerta. Solamente keshiri, sorprendidos y mutilados. Algunas de las marcas de quemaduras le parecieron heridas de sable de luz. Pero no todas.
Se tapó la boca.
-Yo trabajaba con esta gente.
-Ya no -dijo Edell, pasando por encima de los cadáveres. Miró hacia el pasillo, alerta-. Esta planta no es nada, ¿verdad? Todo lo importante se encuentra bajo tierra.
-Sí -dijo ella, deseando haberse atrevido a coger a escondidas un arma cuando visitó su oficina. Ya se había acostumbrado a la malicia de Edell, pero lo que allí se sentía era un mal generalizado. Y se estaba propagando.
Las lámparas incandescentes ya estaban encendidas al pie de las escaleras. En el pasillo principal encontraron una sala de estar, agradablemente decorada excepto por los guardias keshiri muertos que yacían al pie de un gran tapiz. Edell miró la imagen. Una anciana mujer keshiri. Su escaso cabello blanco enmarcaba una expresión cansada, demacrada.
-Qué mujer tan fea -dijo.
-Lo dices sólo porque sabes quién es –dijo-. Adari Vaal.
Ella había estado de pie muchas veces en esta sala a la espera de ver el Gabinete de Guerra, admirando el tapiz que estaba bajo vigilancia permanente. Mostraba a la gran keshiri con el aspecto que tenía al final de sus días, no la joven figura de los relatos históricos. La pura resistencia sugerida por la imagen había servido en el pasado para animarla.
Ahora los guardias de honor del tapiz estaban muertos... al igual que todos los demás. La sala de reuniones del Gabinete de Guerra era un depósito de cadáveres, con todas las grandes figuras de la política Alanciari tendidas bajo la mesa o sobre ella. Una vez más, no había señales de una última resistencia. Quien fuera que había entrado, había llegado en la noche, y con total sorpresa.
-No -dijo Edell, abriendo de par en par sus ojos dorados-. Él no se quedaría aquí. Sígueme.
-¿Quién?
-Sólo sígueme... ¡y mantente cerca!

***

Korsin Bentado estaba sentado en una silla de respaldo alto, con el aspecto de un aracnoide en una red en la selva. Y era una red, en efecto. Momentos antes, Quarra había llamado a esa sala el “observatorio mundial”, y Edell había estado todo el tiempo seguro de la existencia de un lugar semejante. Todos los comunicadores tenían que estar enrutando sus mensajes en algún lugar. Había supuesto que habría nodos secundarios; una elección sensata, por razones tanto de velocidad domo de redundancia. Pero conforme veía la naturaleza marcial de la vida Alanciari, se dio cuenta lo centralizada que estaba. Un mensaje de Punta Desafío al Cuello de Garrow podría ser una conexión directa, pero todo lo demás se enrutaba antes a través del centro.
El centro estaba aquí, y Bentado estaba en él, con aspecto muy cambiado. Su cabeza llevaba las cicatrices de quemaduras de varios días de antigüedad. No eran debilitantes, pero sí obviamente dolorosas... sus cejas tupidas habían ardido por completo. Su uniforme estaba manchado de rojo y púrpura.
-Has sobrevivido -dijo Bentado. Su voz profunda sonaba más dura de lo que Edell recordaba-. Me imaginaba que serías tú a quien sentía. Entra, Vrai. Mira lo que hemos hecho con este sitio.
Edell cruzó la puerta, protegida a ambos lados por los secuaces Sith de Bentado. Quarra esperó nerviosamente detrás.
-Trae a tu guía -dijo Bentado, haciendo una mueca mientras se levantaba-. Ella es la razón por la que estás aquí.
Edell desactivó su sable de luz y tomó a Quarra de la muñeca para llevarla al interior. En efecto, era la habitación que había sospechado. Una gran instalación redonda enterrada debajo de la torre, con personal subiendo y bajando escaleras llevando mensajes. Rejillas de un metro cuadrado de superficie en el techo proporcionaban luz sobre una superficie elevada en el medio de la habitación. Allí había un gran mapa de Alanciar, sorprendentemente similar al que existía en el palacio en Tahv, a excepción de la compleja red de estaciones de señales y fortalezas se indicaba en él.
Edell miró a los mensajeros. A algunos los reconocía de la numerosa tripulación de Bentado en el Yaru, pero otros eran de diferentes buques. En su mayoría, guerreros humanos, pero también había algunos de sus embajadores keshiri en la mezcla... incluyendo a Squab, que trajo un fajo de pergaminos a su amo, que cojeaba.
-Un duro aterrizaje -dijo Bentado-. Cortamos la góndola para liberarla en cuanto superamos el borde de la meseta. -Sonrió con dientes rotos. Tu hidrógeno era una mala idea.
-Nos ha traído hasta aquí -dijo Edell, cada vez más consciente. Este era su lugar, entre los demás Sith... pero algo no estaba bien. Se acercó al mapa, y luego volvió a mirar a la habitación-. Aquí son grandes constructores. Pero esto no puede ser el centro de todas sus comunicaciones.
-No. Hay al menos trece edificios en esta ciudad, procesando mensajes. Encontramos uno después de aterrizar; es lo que nos trajo hasta aquí. Una de las instalaciones incluso recibe mensajes de usuarios de la Fuerza, si puedes creerlo. Pero todos los mensajes importantes se copian aquí... o empiezan aquí. Una vez que encontramos el lugar, era sólo cuestión de conseguir entrar sin llamar la atención. -Se echó a reír-. Habitualmente suelo dejar la delicadeza a los demás. Pero ya puedes ver parte de mi obra por todo el edificio.
Edell miró las escaleras de la torre.
-Así es como has reunido a los demás supervivientes de tu Flota."
-Y te atraje aquí -dijo Bentado, señalando Quarra-. Utilizamos la estación de señales para pedir cualquier cosa, incluso que nos abran las puertas. Una cosa es cuando hacemos que los keshiri nos entreguen alimentos en el interior de la puerta. ¡Pero esos estúpidos también nos han estado entregando sus prisioneros!
Edell miró a Quarra. Esta estaba petrificada con cara de asombro, tapándose la boca con la mano. En sus ojos enormes, pudo ver cómo se filtraba la verdad. La organización que había proporcionado a Alanciar su fuerza había demostrado también su debilidad. Él había tenido la intuición de que esto podría ser posible; era parte de lo que le había atraído tan implacablemente a Sus'mintri. Pero Bentado había llegado primero, y con la misma idea. La gloria sería suya.
-Cancelad las alarmas, en todas partes -ordenó Bentado. Squab corrió de nuevo al pie de la escalera con la orden. Menos de un minuto después, los silbidos estridentes sobre Sus'mintri se detuvieron... como pronto lo harían por todo el continente-. Que todo el mundo se prepare para cuando llegue la siguiente oleada.
-¿La siguiente? -preguntó Edell.
-La siguiente oleada de Sith. Había aeronaves que  se quedaron en Keshtah. Espero que las veamos pronto.
Edell enarcó las cejas.
-Entonces tenemos que avisar a casa antes de que partan. Puede que seas capaz de ordenar a los keshiri de por aquí. ¡Pero creo que, digas lo que digas, los Alanciari seguirán disparando a nuestras aeronaves!
-Estoy de acuerdo -dijo Bentado, sonriendo misteriosamente-. ¡Y eso es exactamente lo que quiero que hagan!