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martes, 10 de septiembre de 2013

Un ídolo con buenas intenciones (y IV)


Sentado en una plataforma sobre las enormes cavernas de arenisca de Derora, Drake miró la guarnición rebelde y los hangares desde la cubierta de observación. Examinando el inmenso surtido de transportes de tamaño medio en la abarrotada zona de atraque, meneó la cabeza con silenciosa fascinación. Al fondo de la instalación, cerca de los hangares de caza, descansaban tres cargueros pesados y varias cañoneras corellianas con ligeras marcas de disparos. Posado a la sombra de las grandes naves, en una pequeña plataforma, el Inquebrantable era una pequeña astilla de metal blanco sucio. El carguero Ghtroc parecía una pulga de arena en presencia de sus formidables vecinos de aparcamiento.
Drake cerró los ojos y se recostó en su asiento, con la tripa llena y saciada de mielestix de Rishi y carne de nerf asada.
-Padija, eso ha estado delicioso. –Tomando la servilleta que tenía en su regazo, se limpió las comisuras de la boca y la arrojó sobre el plato. Guiñó un ojo a Nikaede, riéndose cuando la aletargada wookiee farfulló un breve comentario acerca de la comida. Drake podía ver el dolor en sus ojos, la agonía de estar total y completamente saciada.
De pronto, la wookiee eructó, haciendo que las cabezas del comedor se volvieran hacia ellos. Se frotó la tripa, suavizando el dolor de su dilatado estómago y volvió a eructar, esta vez más discretamente.
-Necesitas echarte una siesta –se burló Drake. Se volvió hacia Padija y le guiñó un ojo-. Siempre se pone así cuando come demasiado. Creía que ya habría aprendido la lección...
El socorrano esquivó una lenta bofetada que le pasó rozando las orejas. Alegremente, bloqueó el segundo intento de Nikaede para golpearle.
-Me imaginé que os debía a ambos una buena cena –dijo Padija sobre una copa de vino de niebla corelliano. Vestida con un deslumbrante vestido rojo que hacía juego con la rojiza bebida, sonrió cálidamente-. Ah, mira, han llegado sanos y salvos. –Se puso en pie, tomando la mano de Drake, y juntos fueron a la pasarela extendida sobre la cubierta de vuelo.
Mirando desde la cubierta de observación, observaron cómo una multitud de oficiales de la Alianza, vestidos con uniformes de gala, llegaba a la entrada de la guarnición, flanqueados por sus escoltas. En cuestión de instantes, una delegación de twi’leks caminó al hangar. El coronel Renz apareció de las filas de los oficiales rebeldes, vestido con las túnicas tradicionales de un Caballero Jedi. Llevaba el brazo en cabestrillo, pero eso no le impedía cargar con la bolsa de fieltro rojo que contenía la calavera de cristal. Con una reverencia, Renz presentó el ídolo al representante que iba en cabeza.
-¿Y ahora qué? –preguntó Drake-. Ya han recuperado su reliquia. ¿Qué gana la Alianza por todas sus molestias?
-Unos leales aliados...
-¿Twi’leks? –dijo con una risotada-. Les he oído llamar muchas cosas, pero nunca leales, Padija. Envían a sus propias familias a la esclavitud.
-La chispa de la unificación debe comenzar en alguna parte, Drake. –Tomó su brazo y se apoyó en él-. Hoy es un clan. Mañana, una ciudad. Con el tiempo, podremos contar con todo el planeta de los twi’leks como nuestro aliado.
-Yo no contendría la respiración.
Drake observó la ceremonia formal con interés. Mientras trataba de mantener cierta apariencia de calma, el delegado twi’lek manipuló ansiosamente los sellos para abrir la bolsa, y casi se le cayó de las manos por las prisas. Renz atrapó la bolsa con destreza, tranquilizando al ansioso twi’lek. Hubo un instante de risas nerviosas mientras la bolsa de fieltro se abría y se presentó el cráneo a la delegación para su inspección formal.
Una mirada de serenidad se extendió por el rostro del representante twi’lek principal y los de sus asociados. Cada uno, por turno, hizo una ligera reverencia a Renz y los oficiales de la Alianza. Drake estaba seguro de que en ese ilustre momento había sido otorgado el agradecimiento de todo un clan.
El coronel Renz señaló a la cubierta de observación del interior de la guarnición. Los oficiales rebeldes y los delegados twi’leks siguieron la dirección de su mano hasta donde se encontraban Padija y Drake sobre los hangares. No era difícil distinguirles en el brillante interior, particularmente con la elevada silueta de Nikaede de pie a su lado. Con el mismo respeto absoluto, todos y cada uno de los twi’leks inclinaron la cabeza en señal de gratitud. Padija apretó con fuerza la mano de Drake e hizo una reverencia mientras el socorrano inclinaba la cabeza.
Entonces, a una invitación de los oficiales de la alianza, la delegación twi’lek desfiló por el hangar con ceremonioso orden y desapareció en un túnel de atraque bajo la cubierta de vuelo principal.
-¿Adónde van? –preguntó Drake, inclinándose sobre la barandilla para seguir sus sombras.
Padija se apartó alegremente un rizo de la frente.
-Van a firmar la primera de muchas alianzas entre el pueblo twi’lek y la Alianza Rebelde. –Su rostro brillaba de orgullo mientras se inclinaba hacia atrás y hacia delante sobre sus talones y las puntas de sus pies-. Un aliado más en la lucha contra el Emperador. Una estrella brillante más para alumbrar el camino a otros que deseen unirse a nosotros.
-¿Por qué no estaba ahí abajo? Eres tan responsable como tu padre de sacar ese ídolo del planeta.
-Podría haber estado ahí –dijo con una sonrisa pícara, abrazándole-. Pero quería estar contigo. Eso era más importante, al menos para mí. Y mi padre estuvo de acuerdo. –Recorriendo con la mano la curva de sus hombros, susurró-: El general Cracken pidió que también estuvierais allí para recibir a la delegación, él cree que vosotros dos –dijo con una sonrisa a Nikaede- sois los verdaderos héroes. Pero –Padija enrolló en su dedo uno de los rizos del cabello de Drake y tiró suavemente- leí en una de mis clases que los socorranos son un pueblo tremendamente práctico que se deleitan con la simplicidad y evitan las ceremonias. No me pareció que fuera apropiado poneros en una posición en la que pudierais sentiros incómodos.
Nikaede ladró una cáustica respuesta a esa explicación, provocando que Drake riera abiertamente.
-Nikki dice que no le preguntaste a ella. Los wookiees no tienen problemas con esa clase de ceremonias.
-La próxima vez, Nikaede. Te lo prometo. –Conforme la sonrisa se desvanecía de sus labios, Padija miró fijamente a los ojos de Drake-. A la Alianza le vendría bien alguien como tú, Drake. La Rebelión no puede permitirse pagar este tipo de tarifas muy a menudo, pero el general Cracken estaba eufórico. Dice que valéis hasta el último de los créditos que se os ha pagado. Está dispuesto a ofreceros un pago adicional...
Drake la besó de repente, interrumpiendo su discurso.
-Creo que ya he tenido suficientes buenas intenciones1 por hoy, Padija. Además, si me necesitas, ya sabes dónde encontrarme. Y dile a Feyodor que no necesitas pagar créditos extra la próxima vez. –Hizo un gesto a Nikaede para indicar que era hora de irse.
Padija apoyó la cabeza contra el hombro del contrabandista, obligándole a dudar. Limpiándose las lágrimas de los ojos, se enderezó y se apartó a desgana de él.
-¿Drake? –Se mordió el labio, luchando por reprimir las lágrimas mientras él pasaba junto a ella en dirección a las escaleras que descendían al hangar-. ¿Cómo dicen adiós los socorranos?
-Ol’val, es Corelliano Antiguo. Es lo que los contrabandistas usan entre sus amigos.
-Pero en socorrano, ¿qué se dice?
-Nada. –Drake sonrió-. No existe ninguna palabra. Los socorranos creen que una vez que has conocido a una persona, estás destinado a volver a encontrarte con ella. No tiene sentido decir adiós.
Padija asintió mostrando haberlo comprendido. Intentó despedirse con la mano, pero rápidamente la bajó, con los labios temblando de emoción.
-Entonces ol’val, Drake. Nikaede.
Nikaede ladró una sucinta despedida, pero Drake estaba en silencio, mirando a Padija. Entonces siguió a la wookiee, descendió las escaleras hacia el hangar y se dirigió a su nave. En la rampa del Inquebrantable, se volvió para mirar al otro lado del hangar, a la cubierta de observación. Ella seguía allí de pie, mirándole.
Drake entró al pasillo interior, aferrándose a la imagen de Padija. La rampa se cerró con resonante rotundidad, apartándola de su mirada. Mientras Nikaede iba rápidamente a la cubierta de vuelo, Drake permaneció un rato más en el pasillo.
-Adiós, Padija –susurró. Con una sonrisa, el socorrano se dirigió tranquilamente al puente de vuelo para preparar al Inquebrantable para el despegue.

1 Aquí es la única parte del relato donde se hace uso de la expresión idle intentions con la que juega el título original. No he sabido encontrar un significado adecuado para esta expresión, por lo que, junto con el título, estoy abierto a sugerencias para mejorar o corregir esta traducción (N. del T.)

lunes, 9 de septiembre de 2013

Un ídolo con buenas intenciones (III)


Disipándose en la atmósfera superior, la última capa delgada de niebla y humo se evaporó sobre los cielos nocturnos de Omman. A doce kilómetros del puerto estelar principal, en los terrenos de una instalación de reparaciones abandonada, treinta o más plataformas de vuelo exteriores estaban dispersas al azar entre hangares en ruinas, casetas exteriores y los restos desgarrados y corroídos de naves estelares antiguas dejadas en los muelles para chatarra. Por encima de los muelles de atraque vacíos y las plataformas fantasmales, las cinco lunas hermanas de Omman proyectaban un extraño brillo azul sobre los fantasmas encantados de la chatarrería y el casco del Inquebrantable.
Padija miró con desánimo las lejanas luces de la capital y frunció el ceño. Desde lo alto del Inquebrantable tenían una clara vista de las estructuras más elevadas de la ciudad, incluyendo el puerto estelar. Un frenesí de actividad abarcaba los cielos nocturnos sobre el puerto y la Estación de Potencia Meril adosada.
-¿Alguna vez has visto algo como esto? –preguntó con aire distraído.
-¿Como qué?
-Las lunas, tonto –respondió ella, mirando el deslumbrante brillo del puerto y el telón de fondo de las lunas de Omman en la distancia.
Tumbado contra el disco de comunicaciones, Drake se estiró en toda su estatura.
-Nada parecido en cien o más años luz a la redonda.
Padija tomó una profunda bocanada de aire y la soltó lentamente.
-¿Crees que los imperiales vendrán a buscarnos aquí?
-Dudo que lleguen tan lejos. El Imperio es conocido por su cerrazón de miras. Concentrarán sus tropas y naves en el puerto estelar, esperando que tratemos de colarnos de vuelta a la ciudad y luego al puerto. –Drake siguió la mirada de la joven hacia las luces de la capital de Omman, sintiendo su ansiedad y su necesidad de distracción-. ¿Qué tal está el viejo?
-Ahora duerme plácidamente. Nikaede se ha ofrecido para cuidar de él en mi lugar. –Volvió la cabeza ligeramente tratando de ocultar la lágrima que se deslizaba por su mejilla-. Necesitaba tomar un poco de aire fresco.
Después de un momento, esbozó una ligera sonrisa.
-Auh –susurró, notando la decoloración alrededor del ojo del socorrano-. ¿Te hiciste eso al caer de la moto deslizadora? Te dije que esas cosas eran peligrosas. Deja que te mire eso. –Tomó la vara luminosa del cinturón de Drake y cubrió la luz con su mano para evitar ser descubiertos.
Entrecerrando los ojos por el súbito resplandor, Drake se encogió de dolor bajo el suave tanteo de sus dedos. Casi una cabeza más alto que ella, inclinó la barbilla hacia arriba en protesta al examen, y toleró su impaciente mirada con una sonrisa traviesa.
-¡Estate quieto! –insistió ella, observando el moratón que se hinchaba en su sien y alrededor de su ojo izquierdo-. Eso va a hincharse más en la próxima hora. ¿Tienes paquetes de frío?
-En el medikit. –Señaló la pequeña mochila que yacía junto a la torreta láser. A su lado había tiradas un montón de vendas antisépticas ensangrentadas, en el lugar donde se había limpiado los cortes superficiales sufridos en la caída de la moto deslizadora. Hizo una mueca de dolor cuando ella recorrió la magulladura con la punta de sus dedos.
Padija tomó el paquete de frío y le dio una fuerte sacudida. El movimiento y un golpe contra su muslo activaron la solución refrigerante del interior.
-Dime una cosa, Drake Paulsen. –Presionó el paquete suavemente contra el rostro del socorrano y lo mantuvo allí-. ¿Cómo conocías ese sistema de túneles y este puerto de reparaciones abandonado? Feyodor dijo que eras un talento especial. Pero nunca sospeché que nadie pudiera ser tan bueno.
Drake se rió, y soltó un agudo jadeo de dolor al sentir el tirón en el pequeño corte que tenía en el borde de la boca.
-Cuando era un niño, mi padre solía llevarme con él en sus viajes de contrabando. Excursiones educativas, solía llamarlo. Me enseñó todo lo que sé, incluyendo no atracar tu nave en el puerto estelar principal. –El socorrano la miró sonriendo-. Especialmente si no quieres ser contratado para un trabajo.
Su humor era contagioso, e hizo que Padija se uniera a él soltando una risita.
-Tu padre debe estar orgulloso.
-Lo estaría, si estuviera vivo.
El rostro de Padija se ensombreció de repente.
-Drake, lo siento mucho. No pretendía entrometerme en tu vida.
Drake ensanchó su sonrisa y meneó la cabeza para que ella olvidase sus preocupaciones. Le tomó suavemente la mano en la suya y sintió una cálida sensación recorriendo su cuerpo cuando ella no la retiró.
-No tienes que lamentar nada –susurró-. La gente responsable; esos son quienes deberían lamentarlo.
-¿Por eso hay un precio puesto por tu cabeza? –Padija tembló cuando un viento nocturno sopló por la parte superior del carguero. Aprovechó ese momento para acercarse más al contrabandista, rodeando su estrecha cintura con sus brazos.
-¿Cómo sabes eso?
-Te lo dije –dijo ella con una risita-, pagué una buena cantidad de dinero para encontrar un talento especial. Feyodor me ofreció esa información. Creo que estaba tratando de asustarme.
-Obviamente no funcionó. –Drake se rió, mientras aspiraba el dulce aroma que ascendía desde los rizados cabellos de Padija-. Bueno –suspiró, pensando en una explicación-. Resulta que me tropecé con una de las personas responsables de la muerte de mi padre. Y digamos simplemente que los edictos de castigo socorranos son bastante estrictos sobre ese tipo de cosas.
-Gylif fho ihn gylif.
-Una vida por una vida. Lo has dicho muy bien, ¿dónde lo aprendiste?
-Tomé Corelliano Antiguo como asignatura optativa en la universidad de Issori. Pero mi profesor –meneó la cabeza mostrando su duda- nunca podría haberme preparado para esta pequeña aventura. Le habría dado un infarto con sólo poner un pie en este planeta, y no digamos si hubiera experimentado nuestra fuga de la ciudad. Esto es auténtica historia, Drake, y no lo que puedes leer en esas descoloridas grabaciones históricas.
-¿Y qué pasó con tus estudios?
-El profesor Arner dijo que yo tenía un futuro si dejaba todas mis clases principales y le seguía por la galaxia para hacer investigación de campo. –Apoyando la cabeza sobre el hombro de Drake, suspiró-. Lo rechacé porque sonaba demasiado peligroso. Mírame ahora. No estoy mucho mejor. –Padija soltó una leve risa-. En las últimas tres semanas he tenido suficientes emociones como para que me duren tres vidas. Pero se acabó, voy a volver a Issor tan pronto como se acabe todo este asunto, a dejar mis clases y a buscarme un marido rico.
Drake sonrió, acariciándole el pelo.
-¿Qué hay de tu trabajo en el museo?
-¿Qué pasa con él? –respondió ella bruscamente-. Nunca me ha gustado ensuciarme las manos. Y no quiero volver a ver otro cadáver mientras viva. No me importa que tenga 5.000 años de antigüedad.
Ajustándose el paquete de frío, Drake inclinó su cabeza sobre la frente de Padija y rió.
-¿Cómo sabrás que has encontrado al hombre adecuado? Quiero decir, ¿quién sabe? Podría estar esperándote en alguna excavación exótica en el Borde Exterior. Y estoy seguro de que si es uno de esos antropólogos, no tendrá una gran pila de dinero. Podría ser simplemente un contrabandista...
Padija le puso suavemente el índice sobre los labios, haciéndole callar.
-Aanor ishiia zals. Eso es lo que el profesor Arner solía decir siempre: el amor lo conquista todo.
Mirándole a los ojos, Padija pensó en el niño pequeño oculto en la chatarrería de Omman con su padre contrabandista. Ahora, convertido él mismo en un contrabandista, la sostenía en sus brazos bajo cinco lunas llenas.
Padija se puso de puntillas y le rozó los labios con los suyos, besándole suavemente primero, y luego con creciente pasión. Al separarse, Padija apoyó su cálido cuerpo contra el suyo.
-Háblame de Socorro, Drake. ¿Cómo es?
Drake cerró los ojos, recuperándose del contacto íntimo. Dudo antes de responder, escuchando el suave susurro de la respiración de Padija.
-Caliente.
-¿Cómo de caliente?
-Muy, muy caliente.
-¿Y qué hacéis allí... para escapar del calor?
-Oh, tenemos nuestros métodos –susurró Drake con voz ronca- para mantener el frío.
La voz de Nikaede rompió súbitamente la descarga de emociones entre ambos. La wookiee comenzó a trepar por la escotilla de acceso, y luego vio a los dos humanos muy juntos, de pie a la luz de las lunas. Se detuvo sorprendida, se calló, y rápidamente regresó a las sombras del interior de la nave, murmurando para sí.
-¿Qué es lo que ha dicho? –preguntó Padija, con su cabeza aún acurrucada contra Drake.
El socorrano agitó la cabeza, obligando a sus rodillas a permanecer firmes bajo él.
-No estaba escuchando. –Inclinó su cabeza sobre la de Padija, y luego se separó lentamente de ella-. Tengo la sensación de que está ansiosa por marcharse, y estoy de acuerdo con ella. Será mejor que no nos quedemos aquí parados más tiempo del necesario. Vamos, veamos qué está pasando sobre el puerto estelar.
Tomando a Padija de una mano, bajó por el túnel de acceso del Inquebrantable, ayudándola a descender la escalera y conduciéndola al pasillo inferior. La imponente sombra de Nikaede esperaba en un lateral. La wookiee meneó la cabeza con aire dubitativo, pasando la mirada de Drake a Padija, y luego entregó el sable de luz a su sonrojado capitán. Ladró un abrupto insulto que sólo Drake podría entender y luego regresó a su puesto en el puente.
Mirando fijamente la peculiar arma, Drake preguntó:
-¿Renz es de verdad? ¿Un Jedi como los de esos holo-tebeos baratos? –Le tendió a ella el sable de luz, esquivando su hombro cuando ella trató de castigarle por el imprudente comentario.
-¡Por supuesto que es de verdad! Antes de que el canciller1 Palpatine declarase a todos los Jedi traidores al Nuevo Orden, los Caballeros Jedi eran las personas más reverenciadas de la sociedad. –Siguió al contrabandista por el pasillo, sujetando su mano mientras él le conducía gentilmente por los pasajes oscuros-. Mi padre luchó en las Guerras Clon, ¿sabes? Era un héroe. Así obtuvo su rango.
-¿Padre? –exclamó Drake, volviéndose hacia ella-. ¿Renz es tu padre? Pero tu apellido...
-En la tradición alderaaniana, no es extraño que una hija única tome el apellido de soltera de su madre. Por respeto a la rama materna de la familia. –Hizo una pausa cuando vio que él la estaba mirando atónito-. ¡¿Qué?! ¿Por qué me miras de esa forma?
-Parece que estás llena de sorpresas, ¿no? –se burló él, avanzando por el pasillo.
Padija mostró una sonrisa pícara.
-Ayuda a mantener a raya a los tipos que me rondan. –Guiñó un ojo con aire malicioso y a continuación avanzó al final del pasillo.
En la cubierta de vuelo, Drake se detuvo ante el sistema de navegación, activando el ordenador de astrogación.
-¿Dónde necesitáis ir?
-A Derora. Es una pequeña luna en el sistema Birjis.
-A Derora entonces. –Tecleó las coordenadas-. El ordenador tardará un rato en calcular una ruta precisa a ese sistema. Nunca hemos estado allí antes y queremos asegurarnos, ¿verdad? –Drake le guiñó un ojo. Viéndola sonreír, se sentó en su silla de aceleración-. Bueno, háblame de ese objeto que os agenciasteis. ¿Por qué el Imperio está tan interesado en recuperarlo?
Nikaede ladró sus propias preguntas de curiosidad acerca del ídolo. Reseteando su panel de control para las preparaciones previas al despegue, giró el cuello para mirar fijamente a Padija y al petate de lienzo que descansaba bajo su silla.
-Nikaede también quiere saberlo. Pregunta si tenerlo ha merecido la vida de vuestro compañero y los problemas que hemos pasado. –Mirando a la Wookiee, la señaló con un dedo amenazante-. Sé amable –gruñó en socorrano.
-Ha merecido mucho la pena, Nikaede, y por razones que seguro que apreciarás –dijo Padija-. Si el Dr. Maa’cabe estuviera aquí ahora, te diría lo mismo. El ídolo pertenece a un clan militarista muy primitivo y muy antiguo del pueblo twi’lek. Habitan en la región más oscura del planeta, viviendo de forma muy similar a como lo hacían hace 3.000 años. Supuestamente –Padija se encogió de hombros, añadiendo sus propias dudas a la afirmación-, las cenizas milenarias de un antiguo héroe twi’lek se cristalizaron y el propio cristal fue esculpido a su semejanza para honrarle. De acuerdo con la investigación del Dr. Maa’cabe, existen otras dos; y cada cráneo se usa para presidir ciertas ceremonias de la vida del clan: el Jasshi’rr, la Waala y la Keysshi.
-Matrimonio, Ley e Historia –tradujo Drake.
La sonrisa de Padija se ensanchó.
-¿Y ahora quién está lleno de sorpresas? En cualquier caso, Waala es lo más importante, al ser la ley. Cada decisión política importante es debatida, aprobada y promulgada... sólo en presencia del cráneo.
-¿Por qué eso haría al ídolo tan importante para el Imperio?
-No sólo para el Imperio, sino más bien para el propio Emperador. Había rumores de que la Alianza Rebelde estaba negociando una alianza con los twi’leks. De algún modo el Imperio escuchó hablar de ello y tomó medidas para impedir que esa alianza tuviera lugar.
-Si el Imperio quisiera reprimir cualquier posible disensión, podría haber enviado una flota de Destructores Estelares a Ryloth y diezmar a toda la población twi’lek.
-Pero Ryloth es una de las principales fuentes de mano de obra esclava del Imperio, incluso aunque sus informes de inteligencia lo nieguen. ¿Por qué saquear el mejor de los rebaños cuando todavía hay trabajo que hacer? El Emperador buscaba desunir los clanes, causar malestar civil, no destruirlos.
-Por desgracia, eso no es difícil de conseguir con los twi’leks.
-Pero sin el ídolo, el clan Nercathi estaría indefenso, incapaz de actuar o llegar a acuerdos entre ellos o con sus vecinos. A sus parientes más industrializados no les preocupa. Cuando el Imperio, o más probablemente los hutts, lleguen en busca de esclavos, los Nercathi son la opción lógica porque no tienen una guía o un liderazgo para defenderse.
-¿Entonces qué ocurrió?
-Bueno, hace seis meses la Alianza Rebelde comenzó a mantener reuniones secretas con la delegación twi’lek con la esperanza de revivir las opciones de una alianza. Los negociadores de la Alianza estaban desesperados y dispuestos a hacer cualquier cosa para ganarse a los twi’leks, aunque eso significase encontrar este ídolo y robárselo al Imperio.
-¿Y entonces te contrataron?
-Y al Dr. Maa’cabe y a mi padre. El Emperador sospechaba que la Alianza podría realizar un movimiento para recuperar el ídolo, sellando el contrato entre los twi’leks y las facciones rebeldes. Fueron creadas varias falsificaciones para despistar a cualquier agente. Sólo un arqueólogo entrenado conocería la diferencia, de modo que enviaron a un arqueólogo entrenado, a tres de hecho, incluyéndome a mí.
-La Alianza Rebelde, ¿eh?
El rostro de Padija palideció bajo la luz parpadeante de los instrumentos del módulo de mando.
-¿Olvidé mencionar eso, verdad? –Se encogió de hombros, como pidiendo perdón.
Encendiendo los motores del Inquebrantable, Drake pulsó los interruptores de vuelo e hizo que la nave se elevase de la plataforma de aterrizaje. Vigilando atentamente los sensores, preparó el ordenador de astrogación mientras el carguero aceleraba por la atmósfera superior de Omman. El socorrano meneó la cabeza con resignación. ¿Alianza Rebelde? Él y su primera oficial tenían suerte de seguir siguiera con vida.
-Entonces, dime, ¿hay alguna otra sorpresa que debería conocer?
Padija le besó rápidamente en la mejilla y luego regresó a su asiento para abrocharse el arnés.
-Aún no, pero si se me ocurre alguna, te lo haré saber.


1 Senador en el original. Parece que aquí la autora quería indicar el cargo de Palpatine inmediatamente anterior a su nombramiento como Emperador, es decir, el que ostentaba durante las Guerras Clon y al final de las mismas, cuando se proclamó el Nuevo Orden y se inició la Purga Jedi. En este y otros relatos escritos anteriormente a la realización a la trilogía de precuelas, ese periodo no estaba claro para los autores y muchas obras de esos años contienen fallos de continuidad similares. En muchos casos, estos errores se justifican basándose en que en la época de la Rebelión el oscurantismo y desinformación imperial habían hecho que mucha gente, especialmente los jóvenes, conocieran versiones incompletas, sesgadas y/o puramente falsas de los hechos históricos, o los desconocieran por completo. Esto no se sostiene en este caso, ya que, al ser Padija hija de un Jedi de las Guerras Clon, debe conocer la historia verdadera de primera mano. Por eso he optado por corregir el error. (N. del T.)

viernes, 6 de septiembre de 2013

Un ídolo con buenas intenciones (II)


Ya eran las horas del amanecer. Los últimos fuegos artificiales del carnaval se habían consumido, dejando atrás un viscoso techo de humo gris. Una fina llovizna de restos pulverizados caía del cielo, cubriendo de polvo a los cansados festejantes. Las finas cenizas cubrían sus llamativos disfraces y pendones, señalando el final de las festividades. En rebaños separados, las multitudes se disgregaron en grupos más pequeños y se dirigieron a las tranquilas sombras de sus casas para continuar la fiesta o dormir apaciblemente.
-No lo entiendo –susurró Padija. Sus manos nerviosas tiraron del petate de lienzo, arrugando el hombro de su chaqueta de vuelo-. Ya deberían estar aquí. Llevan casi una hora de retraso.
Drake frunció los labios con impaciencia, ofreciéndole poco consuelo. Masticando un puñado de copos de semillas, hizo una mueca cuando el amargo regusto quemó su sobrecargada lengua. Lamentando la sabrosa cena que se enfriaba a varias manzanas de distancia, frunció el ceño y trató de distraerse. El socorrano se apoyó en la elevada figura de su primera oficial. Retrocedió a trompicones unos cuantos pasos cuando la wookiee se apartó súbitamente de su lado.
-¿Qué te pasa? –gruñó.
La frenética voz de Nikaede casi quedó ahogada bajo un renovado estallido de ruido cuando un grupo de jóvenes salió trotando de la esquina más cercana. Arrastraban una ristra de petardos que explotaban sobre el adoquinado. El resonante escándalo reverberaba por las estrechas calles y callejones.
-¿Fuego de bláster? –preguntó Drake a su socia. Cuando los niños alborotadores se marcharon y el estruendo de los pequeños petardos se desvaneció, lo escuchó; el reconocible pulso de unos rifles bláster resonando en un callejón cercano. Soltando con cuidado la correa de su bláster pesado, Drake escudriñó la niebla nocturna conforme el sonido aumentaba en la calle. Miró en busca de señales de adoradores lunares borrachos, que podrían estar continuando su celebración durante horas disparando aleatoriamente al cielo nocturno. Pero los cielos sobre sus cabezas y las calles de abajo estaban despejados.
Se esforzó por ver en las sombras de un estrecho callejón, donde había desperdicios y montones de basura tirados a ambos lados de las calles desiertas. Entonces, por un instante, Drake vio una figura moviéndose entre los montones de basura. Con los tentáculos craneales rebotando sobre sus hombros en su carrera, el twi’lek vestía una túnica de trabajo y unos pantalones de vuelo naranjas. En las sombras, el alienígena parecía ser un bufón, haciendo cabriolas en la oscuridad para deleite de una audiencia invisible.
Saltando sobre los grandes montones, el twi’lek volvió a la luz. Sus piernas se movían con pasos pesados y cansados, como si fuera a desmayarse en la siguiente zancada. Un momento después, varios disparos de bláster le siguieron por el estrecho pasaje, esparciendo materia en descomposición e incinerando basura en el aire a su alrededor.
-¡Alto! –dijo una voz filtrada en las sombras distantes. La lejana estática de un comunicador aumentó la aprensión de Drake. Se quedó instintivamente inmóvil, usando el velo de la oscuridad como ventaja cuando tres soldados de asalto imperiales surgieron del muro de humo al otro lado del callejón. Persiguiendo a su agotada presa, disparaban alocadas ráfagas en las calles desiertas. Sus intenciones eran obvias, subrayadas por su flagrante despreocupación por la seguridad personal del twi’lek o de cualquier otro ciudadano que apareciera accidentalmente en la línea de fuego.
Cuando otra ráfaga de disparos bláster iluminó los oscuros muros de la callejuela de la ciudad, Drake escuchó al fugitivo jadear cuando su cuerpo se tensó con pequeños temblores y  convulsiones. El extraño cayó a los pies de Padija, con una negruzca marca de impacto humeando en la parte trasera de su túnica, entre sus hombros. Con la sangre manando de la comisura de sus labios, el twi’lek moribundo extendió su brazo hacia Padija y la atrajo hacia sí.
-¡Dr. Maa’cabe! –dijo Padija, colocándose rápidamente junto a él-. ¿Dónde está el coronel Renz?
Maa’cabe negó con la cabeza y trató de ponerse en pie, pero fracasó, volviendo a caer sobre los desperdicios amontonados. Un gemido ahogado escapó de su garganta y su cuerpo se convulsionó violentamente, estremeciéndose como si estuviera soportando una carga muy pesada. Un instante después, quedó inmóvil.
-¡Dr. Maa’cabe! –exclamó Padija. Soltó un grito cuando una ráfaga de fuego bláster explotó a su alrededor. La obligó a apartarse del cadáver de un salto.
Drake se llevó a Padija lejos del cuerpo del twi’lek y la empujó a otro callejón. Alzó las manos, mostrando a los soldados su intención de rendirse. Los soldados imperiales aminoraron para poder ver mejor al contrabandista y a sus compañeros, y luego se detuvieron cuando se aproximaron a la forma inerte del twi’lek.
-¿Qué estás haciendo? –susurró Padija.
-Ganar tiempo –respondió el contrabandista tras una ligera sonrisa. Hizo un gesto a Nikaede con la cabeza, indicando a la wookiee que le flanqueara por el lado izquierdo. Cuando los soldados de asalto se giraron y alzaron sus rifles bláster para apuntarle, el socorrano relajó el hombro, girando ligeramente sobre su talón derecho. Luego, abruptamente, dejó caer el hombro y extrajo el bláster pesado de su funda con letal precisión.
Mientras el primer disparo explotaba con llamas verdes contra el pecho del soldado imperial que iba en cabeza, Drake, empujó a Padija hacia la izquierda, contra su primera oficial. El impacto del disparo empujó al segundo soldado de asalto contra el muro del fondo y le dejó inconsciente en un montón chorreante de basura.
Esquivando un tiro perdido del soldado de asalto restante, Nikaede apartó a Padija a un lado y recibió un impacto directo en el hombro izquierdo. La wookiee encajó su ballesta en el hombro, preparándose para el retroceso, y soltó un feroz grito de guerra mientras disparaba. El disparo saltó desde el mecanismo del gatillo modificado e hizo añicos la placa pectoral del soldado de asalto.
-Hoy va a haber mucha basura –agachándose en las sombras, Drake atrajo a Padija hacia las sombras detrás de él-. ¿Ese era uno de tus pasajeros? –preguntó, adentrándose a la carrera en el estrecho canal.
El Dr. Maa’cabe –dijo ella, jadeando. Tanteó el bláster que llevaba en la cadera, sujetándolo en la palma de su mano. Mientras continuaban su huida por el callejón, Padija resbaló y perdió el equilibrio sobre la húmeda superficie del adoquinado. Su bláster hizo un disparo accidental cuando su dedo apretó el sensible gatillo en un acto reflejo.
Drake se tiró al suelo, agachándose y rodando bajo el disparo perdido y los rebotes que le siguieron.
-¡Ten cuidado con lo que haces con esa cosa! –gritó, apuntándole a la cara con su propio bláster.
Cuando Padija comenzaba a responderle algo, su voz quedó cortada por nuevos disparos de bláster. Nikaede la apartó a un lado, permitiendo que Drake tuviera vía libre para disparar a los soldados imperiales que les perseguían por el oscuro paso.
-¡Ten cuidado con lo que haces tú! –gritó Padija. Miró a la wookiee mientras Nikaede la alzaba en vilo y salía corriendo por la retorcida esquina de un callejón.
-¡Eh! Suéltame. ¡Puedo valerme yo misma! –Luchó por liberarse del suave pero firme agarre de la wookiee. Justo entonces, un disparo de bláster estalló sobre su cabeza, astillando en parte la esquina del edificio más cercano. La detonación resonó con tal fuerza, que Padija temió que sus tímpanos reventasen con la violencia de la explosión. Desorientada y confusa, se derrumbó contra el cuerpo cálido de Nikaede.
Superados en número y armamento, Drake buscó cobertura detrás de un montón de basura y disparó casi a quemarropa sobre el pecho del soldado de asalto que iba en cabeza. El socorrano alzó el bláster e hizo varios disparos aleatorios más. Cuando una cortina de disparos iluminó el callejón como respuesta, se lanzó por el pasaje lateral y corrió en las sombras tras su socia, chocando inadvertidamente contra Nikaede.
-¿A qué estás esperando ahí parada? –exclamó Drake. Se quedó inmóvil cuando un acalorado rugido de soeces sílabas en wookiee hizo que el color subiera a sus mejillas.
Sosteniendo en una mano a una Padija que se balanceaba como un peso muerto, y su ballesta en la otra, Nikaede miró la valla de cuatro metros de altura y gimoteó abatida, con su voz melancólica resonando contra la sólida estructura de plastiacero. Luego, agitando suavemente los hombros de Padija, aulló ante el rostro de la joven.
-Esto la despejará –gruñó Drake. Empujó a Padija contra el muro, dejando que sus manos cayeran a ambos lados de su cuerpo. Luego, tomándola de la pierna, la empujó hacia lo alto de la valla.
-¿Qué estás...? –su voz se convirtió en una sucesión de airados chillidos mientras su cuerpo pasaba por encima de la barrera.
Drake se quedó quieto, escuchando por encima de los fuertes latidos de su corazón.
-¿Padija? –Al otro lado sólo había silencio-. ¿Padija? ¿Estás bien? –gritó Drake, escuchando los pasos de sus perseguidores acercándose.
-Me las pagarás por esto, Drake Paulsen –susurró una voz débil-. ¿Esto es lo que llamas “talento especial” en acción?
Drake sonrió y guardó su bláster. Haciendo un gesto a Nikaede con la cabeza, apoyó su bota contra las manos unidas de la wookiee y aguantó mientras ella le lanzaba por encima de la barrera. Con cuidado de evitar la sombra encogida en la base de la valla, Drake cayó al otro lado. Volvió a sacar su bláster, examinando las calles en busca de cualquier signo de problemas.
-Date prisa, Nik. Está despejado.
Padija gritó cuando un fuerte chasquido resonó en la parte superior del muro de plastiacero, haciendo que saltasen chispas. Con las garras de escalada completamente extendidas, el rugiente rostro de Nikaede apareció sobre la parte superior del muro, seguido por sus hombros y luego el resto de su cuerpo. La wookiee pasó su enorme masa al otro lado y bajó de un salto de la barrera. Al dejarse caer al suelo, flexionando las rodillas para absorber el impacto, una cortina de disparos de bláster llovió sobre ellos, por encima de la elevada barrera. Varios disparos impactaron en el propio muro, causando fracturas de tensión que crecían en espiral desde el punto de impacto.
-Por el aspecto de esto –dijo Drake, mirando cómo el muro se iba haciendo añicos-, podemos descartar que nos hagan prisioneros.
-¿Y ahora qué? –susurró Padija mientras seguía al contrabandista a la calle desierta al otro lado del callejón.
-¿Por qué no me lo dice usted, señorita? Tú nos metiste en este lío.
-¿Yo? Te estoy pagando para que...
Drake la silenció con un brusco gesto para que callara. Mirando sobre sus hombros, vio un par de motos deslizadoras Halcón Nocturno aparcadas justo bajo una oscura cornisa. La cadena que en otro tiempo aseguraba la entrada a la estructura del garaje estaba ennegrecida con marcas de disparos; señal de una entrada forzada.
Bajando su bláster a la altura de los muslos para ocultarlo, Drake salió a la calle desierta, pasando su mirada de un extremo a otro de la ancha avenida.
-Ponte a ello, Nikaede –dijo, haciéndole un gesto con la mano.
-¿Que se ponga a qué? –preguntó Padija. Mirando a las sombras como si algo o alguien pudiera saltar sobre ella, agarró con fuerza su petate-. ¿Qué está haciendo?
La wookiee soltó la cubierta de los cables bajo el asiento de la moto deslizadora. Saltaron chispas del vehículo y el motor se encendió con un fuerte clamor, provocando una sonrisa de la inquieta wookiee.
-Nos está consiguiendo un medio de transporte para salir de aquí –respondió Drake, probando la estructura de la moto deslizadora Aratech 74-Z. Revolucionó el motor, pulsando los sensibles controles de aceleración.
-¿Sabes cómo pilotar una de estas cosas? –preguntó ella, trepando con cautela al asiento tras él-. He leído que estas cosas causan al año más muertos que...
-Supongo que tendrás que confiar en mí –sonrió Drake, mostrando la arrogancia en su rostro.
-¿Y adónde vamos a ir? El puerto estelar probablemente ya esté repleto de tropas imperiales.
-Si mi nave estuviera atracada en el puerto, podría estar preocupado. –Asintió con la cabeza cuando Nikaede devolvió a la vida el motor de la segunda moto deslizadora.
-Viviré para lamentar esto –susurró Padija, amortiguando su voz contra los hombros de Drake.
-Probablemente. –Aceleró a fondo, sujetando con fuerza el manillar mientras la moto salía despedida a las calles.
Disparos bláster explotaban sobre sus cabezas, provocando que Nikaede tuviera que frenar bruscamente para evitar ser alcanzada. El peso de la wookiee salió despedido hacia delante sin previo aviso, haciendo que la moto oscilase con riesgo de perder el equilibrio. Aumentó la potencia de los motores repulsores para compensar y aceleró para alcanzar a su socio.
-Mantén agachada la cabeza y haz lo mismo que yo –exclamó Drake-. ¡Cuando me incline, te inclinas! –Sintió su barbilla clavándosele en los hombros cuando ella asintió como respuesta. Un disparo rebotado bailó por el pavimento, duchando la parte trasera de sus motos con piedra fundida y escombros. Drake se inclinó sobre el panel de control y abrió la marcha por las estrechas calles de la ciudad interior. Esquivando fuego de bláster, el socorrano viró a la avenida principal hacia las secciones residenciales cercanas a las afueras de la capital.
Un par de soldados de asaltos en trineos repulsores les estaban esperando. Acelerando mientras giraba bruscamente, Drake soltó los peores juramentos socorranos de su repertorio cuando los imperiales abrieron fuego sobre ellos. Aceleró a fondo y dobló a toda velocidad la siguiente esquina, luchando por mantener el control de la Aratech mientras esta se agitaba salvajemente bajo su peso.
-¿Qué estás haciendo? –gritó Padija, agachándose bajo la lluvia de fuego bláster-. Esta calle es un callejón sin salida. ¡Hasta yo sé eso!
-Esto requiere un poco de sentido de contrabandista –gritó Drake por encima del fragor del viento-. Agárrate. –Continuó hacia la barricada que acechaba bloqueando su huida. Con una sonrisa pícara, sintió los brazos de Padija apretando con más fuerza su cintura-. Esto debería quitárnoslos de encima.
Ajustó el motor repulsoelevador y saltó la barricada de cuatro metros de alto. Sosteniendo firmemente los controles de la moto, cayó de nuevo al nivel del suelo y consiguió girar en el aire, dejando espacio para que Nikaede pudiera cruzar el muro con seguridad.
El piloto imperial en cabeza calculó mal la maniobra. Drake hizo una mueca de dolor cuando el soldado de asalto se deslizó por el peligroso giro y se estrelló contra los edificios al otro lado de la barrera. La explosión resultante pilló de lleno al siguiente piloto, enviándolo a él y a su moto en un brusco giro hacia las sombras en la base del muro.
-Por favor, dime que tienes un plan. –Padija enterró su rostro entre los hombros de Drake.
-Hay un escondite de contrabandista en el bosque. Mi padre solía acampar allí cuando las autoridades del sector se le acercaban demasiado-. Drake miró por encima del hombro para ver si alguien les perseguía. No había nadie-. Podemos llegar al escondite andando, una vez que salgamos de la ciudad.
Pisando a fondo el mecanismo de freno, Drake cambió bruscamente el sentido de la marcha con un derrape improvisado y cruzó en una zona de servicios y una plaza de mercado. Otra escuadra de soldados de asalto les estaba esperando. Escudando su vehículo tras el surtidor azulado de una elaborada fuente, Drake midió la distancia que necesitaba cubrir entre ellos y las puertas de la ciudad. Rodeó el borde de la fuente y aceleró los motores, inclinando la moto a un lado. Los motores de la Aratech protestaron con una sacudida, enviando un muro de espuma a la escuadra que se acercaba. Cegándolos momentáneamente, Drake aprovechó la ventaja del alto el fuego temporal y aceleró hacia las puertas. Sonrió al ver que Nikaede se mantenía pegada a él en su flanco derecho. Juntos, saltaron el muro y aceleraron campo a través, más allá de la capital.
Drake continuó hacia el bosque que acechaba justo ante ellos. La entrada oculta al escondite del contrabandista había sido tallada en el inmenso hueco de un árbol caído. Y tras ella se encontraba un intrincado sistema de túneles que les conducirían a un lugar seguro.
-¡Drake, tenemos compañía! –gritó Padija. Señaló a un trío de soldados de asalto imperiales, cada uno de ellos montado en un trineo repulsoelevador. Disparaban aleatoriamente a la oscuridad, atraídos por las emisiones del campo repulsor.
Cerca de la entrada del bosque, un disparo de bláster impactó en la sección de cola de Drake e hizo que la moto dañada chocara con el suelo. La Aratech se estremeció, se inclinó hacia delante y dio una voltereta, dejando una estela de humo gris tras ella. Drake sintió el mareo de la carencia de peso mientras su cuerpo volaba por el frío aire nocturno. Escuchó los distantes gritos frenéticos de Nikaede y una cacofonía de disparos bláster renovados.
La moto aterrizó salpicando en un pequeño arroyo cerca del borde oriental del bosque. Luego, el vehículo accidentado explotó con tal fuerza que Drake, incluso en su aturdimiento, trató de cubrirse el rostro y los oídos. Aterrizó sobre un matorral cercano al borde del arroyo. Rodando sobre los juncos acuáticos que rodeaban la orilla, se detuvo de golpe cuando su cabeza chocó contra una roca. Mientras las poco profundas aguas empapaban su chaqueta y sus pantalones, el joven socorrano quedó inmóvil, pacíficamente adormecido por el golpe en la cabeza.
-¡Drake! –escuchó que decía la aterrada voz de Padija, y luego sintió sus manos en su cara. Gimiendo lastimosamente conforme el dolor se adueñaba de su frente, rodó hacia un lado.
-Drake, por favor, reacciona. ¡Vienen hacia aquí!
Drake escuchó el inconfundible sonido de los disparos de una ballesta wookiee y reconoció las modulaciones de potencia aumentada del arma modificada de Nikaede. El sonido le hizo volver en sí abruptamente y se incorporó, mirando a Padija con expresión de desconcierto en su rostro. Ella tenía algunas marcas de arañazos en las mejillas, pero no parecía tener nada más grave. Entonces Drake sintió el cálido goteo de la sangre corriendo por el borde de su frente.
-¿Drake? –Padija extrajo de su bolsillo un pañuelo y rápidamente lo empapó en el agua fría, limpiándole la sangre del rostro-. Drake, reacciona.
Apartando la mano de Padija, Drake retiró la maraña de juncos que cubría su cabeza y pecho, y se puso en pie.
-Estaré bien –dijo, arrastrando las palabras, aún aturdido por la caída. Se tambaleó, inestable, sintiendo cómo ella le sujetaba poniéndole las manos en los hombros. La explosión de una granada en las inmediaciones hizo que los reflejos del socorrano despertaran de golpe-. ¡Nikki! ¡Vamos! –Salió corriendo hacia el interior del bosque, tirando de Padija para que le siguiera.
Cuando Nikaede llegó a su lado con grandes zancadas, aceleró la carrera, buscando la entrada oculta en la oscuridad. Drake sacó una vara de luz de su cinturón y examinó rápidamente los árboles cercanos, buscando la apertura por la que Nikaede y él habían salido al venir desde la chatarrería, al otro lado del bosque en los límites de la ciudad. De pronto, el haz de luz chocó contra una inesperada mancha de armadura blanca sobre fondo negro. El socorrano se echó al suelo, llevándose consigo a Padija, cuando el soldado de asalto explorador abrió fuego-. ¡Nikaede, al suelo!
-¿Cómo han llegado aquí tan rápido? –gritó Padija mientras los soldados corrían hacia ellos.
-No lo sé y no tengo intenciones de preguntarles. Vamos. –La levantó del suelo, esquivando una segunda ráfaga mientras Nikaede les cubría.
Se adentraron en el bosque sombrío. Al rodear un gran árbol, Padija tropezó con un grupo de raíces expuestas y cayó a los pies de Drake.
-¿Dónde está? ¿Dónde está ese sitio? –gritó con voz rota.
-Ahí atrás –gruñó Drake-. Los Chicos de Blanco estaban prácticamente sentados encima. Se acabó el intentar esquivarlos.
-¿Qué? –Se puso en pie lentamente, sacudiéndose el barro de las manos y muñecas-. ¿Qué vamos a hacer?
Drake notó el miedo en su voz.
-Bueno, no podemos quedarnos aquí fuera. –Sacó su bláster y tomó una posición defensiva en los árboles. Siguiendo los gestos instintivos de Nikaede, disparó y derribó al explorador que iba en cabeza. Al otro lado, subida a las ramas de un árbol cercano, Nikaede buscó cobertura y disparó desde las sombras, abatiendo al segundo explorador antes de que pudiera retirarse fuera de su alcance.
-¿Estáis locos? –siseó Padija-. No podéis enfrentaros a todos.
-Bueno, a menos que tengas una idea mejor –replicó Drake-, estamos atrapados aquí. No hay forma de que podamos escapar de ellos a pie. Y no sé a ti, pero desde luego a mí no me apetece en absoluto dedicarme a la minería en nombre del Emperador...
Su voz quedó interrumpida por un grito desesperado, a cierta distancia. Había un peculiar sonido palpitante procedente de unos diez metros de distancia, en la zona donde estaba escondida la entrada. Cuando Drake miró a través de los árboles esqueléticos, un fino haz de luz blanca cortó la oscuridad y golpeó a uno de los soldados de asalto que avanzaban, y luego a otro, antes de pasar al siguiente.
Padija reconoció el sonido característico de un sable de luz.
-¡Estás vivo! –exclamó. Comenzó a avanzar hacia la figura, pero Drake la retuvo-. No pasa nada –susurró, quitándose suavemente sus manos de encima-. Es uno de los pasajeros.
Drake avanzó lentamente cruzando la oscuridad hacia el sonido. Observó con hechizada fascinación cómo la sombra que llevaba el sable de luz caminaba directamente a la línea de fuego, reflejando una salva de disparos de bláster. Mientras el sable de luz trazaba un sendero de devastación por la oscuridad, su portador llegó junto al siguiente explorador, asestándole un tajo en el torso.
A través del perímetro de los árboles dispersos, las cinco lunas hermanas proyectaban su fulgor en la superficie del planeta. Distraído por el sonido de motores repulsores, Drake se volvió a tiempo de ver al soldado de asalto que les había seguido desde la ciudad. La armadura del imperial aún mostraba los rasguños de cuando casi chocó con la base de la barrera del distrito en la ciudad.
Mientras el soldado alzaba su rifle para disparar, Drake levantó su bláster y disparó primero. El disparo golpeó la parte inferior del trineo repulsor, haciendo estallar los motores. En una bola de llamas rojas y naranjas, el cuerpo del soldado de asalto salió despedido varios metros por el aire. Chocó contra un grueso entramado de ramas de árboles antes de caer a plomo contra el suelo.
Padija corrió a los brazos del extraño y le abrazó. Era un hombre atractivo de poco más de cuarenta años, que llevaba una capa marrón sobre el desgastado atuendo de un disfraz de carnaval. Había una marca negra de quemadura en su hombro derecho, donde aparentemente había sido alcanzado y herido. Mientras Padija le sostenía, cayó lentamente de rodillas, llevándola al suelo consigo.
-¡Coronel Renz! –Le limpió la suciedad del rostro, luchando por soportar su peso contra su débil cuerpo-. Creía que estabas muerto. –Padija volvió a abrazarle, temblando.
-¿El Dr. Maa’cabe? –susurró con esfuerzo.
-Muerto.
Renz asintió sobriamente, sin aliento por sus heridas.
-Sentí la perturbación de su muerte. Una terrible y trágica pérdida. ¿Y la calavera de cristal? –Se tambaleó, inestable, apoyándose contra un árbol cercano.
-Aún la tengo. No tienes que preocuparte. ¿Pero qué os ha ocurrido a Maa’cabe y a ti? Creí que estábamos a salvo.
-¿Recuerdas ese capitán imperial que dimos por muerto? –Renz mostró una ligera sonrisa-. Bueno, pues no estaba tan muerto como Maa’cabe pensaba. Nos identificó al comisario del museo, que puso una orden general de búsqueda contra nosotros. Reconocieron a Maa’cabe de inmediato.
-Bueno, he conseguido un contrabandista para sacarnos del planeta. Uno de los mejores, según me ha asegurado el camarero.
-¿Ah, sí? –Renz consiguió ensanchar su fina sonrisa y alzó la vista hacia Drake-. Diría que estoy en deuda con usted, capitán...
-Drake –intervino Padija-. Capitán Drake Paulsen. Y esta es su primera oficial, Nikaede.
-Le debo una, capitán Paulsen –Renz extendió su mano, estrechando casi sin fuerzas la de Drake.
-Digamos que estamos en paz –susurró Drake, mirando con cautela el objeto cilíndrico en la otra mano de Renz. El socorrano miró rápidamente por encima de él, examinando las sombras-. Odio romper la magia del momento, pero volverán. Y no me apetece quedarme para recibirles.
Escarbó en un pequeño montón de maleza, subiéndose a la rama de un árbol cercano. Examinó la entrada al escondite subterráneo. La maleza estaba removida, indicando que alguien había caído en el pasadizo oculto de debajo.
-Veo que encontraste el escondrijo favorito de mi padre –dijo Drake.
-Digamos que fue simplemente un golpe de suerte loca –rezongó Renz mientras trataba de incorporarse. Incluso con la ayuda de Padija, no podía ponerse en pie y se derrumbó sobre ella, exhausto por el esfuerzo.
-Mi nave está a unos cinco kilómetros de aquí, ocho yendo por el camino de los túneles. Sugiero que volvamos allá y nos escondamos hasta que todo esté despejado.
-¡Ocho kilómetros! –Padija examinó rápidamente la herida usando la vara de luz de Drake-. Nunca lo conseguirá. Está demasiado lejos.
-Todos lo conseguiremos –insistió Drake-. Nik, levántalo.
Con cautela, descendió de la entrada oculta y ayudó a la wookiee a cargarse al hombre herido sobre su ancha espalda. Tomando un medipac del bolsillo del cinturón de su primera oficial, apartó la gastada túnica de Renz y presionó con firmeza un vendaje de presión de emergencia contra su hombro. Nikaede sujetó con fuerza los brazos del hombre cuando este se estremeció súbitamente bajo el asalto del dolor que sentía.
-Eso tendrá que bastar de momento. Podremos atenderle mejor una vez que nos adentremos más en los túneles.
-¿Y qué va a impedir que nos sigan ahí abajo? –dijo Padija, desafiante.
-Ella tiene razón –dijo Renz con los dientes apretados-. Este lugar está lleno de pasillos engañosos y cruces de pasadizos. Y a menos que conozcas el camino...
-Y a menos que conozcas el camino –interrumpió Padija-, podemos morir en esos túneles. Y nadie encontrará jamás nuestros cuerpos.
-Mi padre y yo nos hemos escondido aquí suficientes veces como para encontrar mi camino en la oscuridad. –Guiñándole un ojo a Padija, Drake tomó la ballesta de Nikaede y se colgó la pesada arma de los hombros-. No te preocupes –susurró, guiándola al interior del túnel después de su primera oficial-. No nos perderemos, te lo prometo.
Entró tras ellas después de asegurar la entrada, y luego abrió la marcha por los pasajes ocultos del interior.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Un ídolo con buenas intenciones (I)

Un ídolo con buenas intenciones1
Patricia A. Jackson

Drake Paulsen se apoyó contra la barandilla de la balaustrada que rodeaba el nivel superior de la Taberna de Feyodor, y sonrió al ver la ajetreada multitud que había abajo. Cuando una refrescante brisa sopló en el tejado, el joven socorrano se retiró un mechón de pelo suelto de su hermoso rostro y se ajustó el aro dorado en la oreja izquierda.
-¡Nikaede, esto ha sido una gran idea! –exclamó con voz juvenil. Tirando con aire ausente del seguro de la pistolera en la que guardaba el bláster, dio unas palmaditas en el hombro de la wookiee y volvió a sentarse en su mesa de la esquina.
La wookiee se acomodó cuidadosamente en la silla de comedor modificada y dejó su ballesta en el suelo para tener un fácil acceso. Víctima de un apetito voraz, aulló con gran placer ante el festín de alimentos ante ellos y felicitó a Feyodor, su cocinero y anfitrión, por su trabajo. Desde la barra, el orondo chef humano hizo una teatral reverencia ante las enfáticas alabanzas de la wookiee e instruyó a sus camareros para que prestaran especial atención al reservado privado de la esquina si no querían afrontar graves consecuencias.
-Hmmmm, tú lo has dicho, socia –dijo Drake con una risita. Cerró los ojos e inspiró profundamente, saboreando el delicioso aroma hasta que sus ojos comenzaron a lagrimear y sus pulmones no pudieron soportar la presión.
Había pájaro uln relleno, caramelizado con una ligera salsa de zumo de bayas de zsajhira y servido con una generosa ración de hocicos de pez soplador issori fritos. Salteados con especias y ligeramente picantes, los saltaarenas de concha blanda junobianos estaban servidos en una diminuta tetera negra de vino corelliano, sacada directamente de los fogones y todavía hirviendo, y cubiertos con copos de auténticas semillas corellianas para potenciar el fuerte sabor.
Colocándose la servilleta sobre los muslos, Drake meneó la cabeza ante el exquisito banquete, que se redondeaba con una canasta llena de mielestix de Rishi, cada uno cubierto de polvo dulce y frito para que quedase ligeramente crujiente. El socorrano mordió el extremo de uno de los tiernos bastoncillos y gimió de éxtasis cuando el relleno se fundió contra su lengua.
-Nik, tienes que probar uno de estos mielestix. ¡Fabulosos! Esta vez Feyodor se ha superado.
Drake se quedó mirando las estrellas. Explotando contra la atmósfera inferior del planeta, proyectiles de fósforo compactado se abrían en vibrantes llamaradas de color verde, rojo y naranja. Los decorativos fuegos de artificio eran detonados en parejas y en cuartetos, e iluminaban todo el dosel del cielo con una deslumbrante exhibición de colores y patrones de formas, cada uno más majestuoso que el anterior. La ciudad capital de Omman estaba abarrotada por miles de curiosos, nativos y turistas, ansiosos por disfrutar del espectáculo. Cuando una continua sucesión de disparos de fuego bláster y armas de mano señalase la centenaria celebración del Festival de la Luna, ciudadanos de todas las edades tomarían las calles y callejones donde comenzaría la auténtica celebración.
Drake se sentía en casa en la Taberna de Feyodor, que estaba decorada con una teatral disposición de luces y joyas que simulaban las constelaciones y cúmulos estelares del cielo nocturno de Omman cincurdante. Organizada detrás de la barra, una intrincada red de luces y tubos fluorescentes creaba la ilusión de cascadas conforme las pequeñas bombillas se apagaban y volvían a la vida lentamente en un aparentemente infinito mosaico de luz.
Drake sonrió, usando el mantel de la mesa para limpiarse la comisura de los labios. La mayor ilusión era la propia red y la clandestina inocencia de su disposición. Aparte de ser una de las obras de arte más singulares en varios años luz a la redonda, era en y por sí misma una obra maestra del engaño. Bajo cada una de las luces parpadeantes había un código cuidadosamente guardado para indicar una potencial oferta de trabajo o un contacto con cualquiera con los contrabandistas, piratas o cazarrecompensas, o incluso agentes de enlace imperiales corruptos, que frecuentaban el establecimiento. Cuando una bombilla estaba encendida, significaba que ese individuo estaba actualmente en la zona y buscando trabajo, o que un potencial cliente estaba en busca de personas para alistarlas en algún asunto de negocios.
Codificada por colores de acuerdo a ocupación, estado y necesidades, la red era un infame mapa galáctico de trabajos y empleadores para el contrabandista que supiera entenderlo. Drake resopló ligeramente por la nariz, limpiándose el polvo dulce de los labios. A plena vista, sincronizadas con el diagrama de la red, había treinta mesas en el tejado del restaurante. Abajo había otras 100 o más dentro del bar, cada una equipada con una lámpara o escultura de cristal central que era una ingeniosa parte del elaborado esquema.
Para aquellos demasiado nerviosos para alardear de su presencia en la redo, o para aquellos demasiado desconocidos para merecer estar en ella, la pieza central actuaba como una baliza para clientes potenciales. Azul significaba un talento veterano, exclusivo y caro. Rojo era una señal de advertencia, indicando que los individuos sentados en esa mesa eran un peligro y que Feyodor, el propietario, no asumiría ninguna responsabilidad por sus acciones, desperfectos o fracasos.
Había otros colores calificativos para cubrir la inmensa variedad de talentos que podían encontrarse en la taberna y en la zona local. Feyodor controlaba cada pieza central desde su panel de acceso remoto tras la barra, cambiando los colores según creía oportuno en cada situación. Amarillo significaba que el grupo en esa mesa ya había sido contratado, pero que el trato podía romperse adecuadamente porque no se había acordado todavía un contrato. Verde indicaba una clara vía abierta; sin trabajo, sin contratos, sólo esperanza. Blanco era una marca de distinción, incluso entre las estrellas celestiales: era el signo de una leyenda.
Drake sonrió, complacido de advertir que Feyodor les había sentado en una mesa relativamente privada con una baliza blanca. Su reservado era el más apartado de todos los demás, y al mismo tiempo el más cercano a la barra al aire libre. Era allí donde su padre había realizado algunos de los tratos más infames en su carrera como contrabandista. En el pasado, esa mesa permanecía abierta para Kaine Paulsen y un jovencísimo Drake, mucho después de la hora de cierre, cuando el cargamento de especia había sido entregado, las autoridades del sector engañadas o sobornadas, y el pago recibido por completo. Y cuatro años después de la muerte de Kaine el propietario aún mantenía esta mesa y otra más, en deferencia al contrabandista y a otros hombres como él.
Drake tomó un sorbo de su raava, pensativo, con el corazón henchido de orgullo. Jugueteando con la pieza central, estaba contento de haberle hecho al corelliano un sutil guiño para indicarle que él y su primera oficial no estaban esta noche disponibles para contratar. Después de sobrevivir al último transporte de especias desde Kessel, con un trío de Destructores Estelares pisándoles los talones, el joven socorrano no estaba de humor para otro trabajo arriesgado. Y el pago por su cargamento les mantendría a Nikaede y a él comiendo y viviendo como la realeza, al menos durante el mes siguiente, más o menos, si medían cuidadosamente sus lujos.
-¿Sabes? –dijo Drake de pronto-, ha sido buena idea atracar el Inquebrantable fuera de la ciudad, en esa chatarrería abandonada. Puede que realmente podamos tener algo de tranquilidad y descanso en este viaje. Si nadie ve la nave, no pueden preguntar por nosotros, ¿verdad? –Escuchó la profunda respuesta de la wookiee y la sugerencia que la siguió-. Sí, a mí también me apetece tomarme un agradable baño caliente. Y estaba pensando, Nik, que tal vez podríamos...
-¿Eres Drake Paulsen? –Sosteniendo en el hombro un petate de tela exageradamente grande, la mujer se acercó indecisa a la mesa del contrabandista-. ¿El capitán Paulsen? –susurró con una sonrisa nerviosa, ofreciéndole la mano al socorrano.
Distraído por el seductor vaivén de unos rizos rojos como el fuego, Drake miró por encima de su hombro a la extraña que les había interrumpido. Aceptando con ciertas reticencias su firme apretón de manos, miró con cautela a su primera oficial al otro lado de la mesa.
-Mire, señorita –dijo, intentando ignorarla-. No estamos de servicio, por así decirlo. En este momento no vamos a aceptar ningún nuevo trabajo.
Nikaede reforzó las frases con un firme gruñido y luego regresó a su muslo de bantha, masticando ferozmente tanto la carne magra como el hueso. Miró fijamente a la extraña y gruñó con satisfacción cuando la mujer se estremeció bajo su mirada intimidante.
-Lo sé. Eso me dijo el camarero –respondió la mujer.
Se apartó un largo mechón de cabello de la cara, revelando sus mejillas sonrojadas. Drake advirtió un ligero temblor en sus manos mientras agarraba protectoramente su petate. Vestía con un traje de vuelo, a la moda, de los que solían llevar los miembros femeninos del negocio del contrabando: una blusa escotada bajo una ajustada cazadora negra, y relucientes botas de caña alta. Ceñidos a sus muslos, los pantalones piratas con una insinuante minifalda en las caderas no dejaban ninguna curva para la imaginación de un contrabandista de diecinueve años.
-Mire, capitán Paulsen –insistió, inclinándose sobre él para ocultar su ronca voz de los viandantes-, necesito una nave segura y sólida, y alguien que sepa cómo pilotarla. Necesito un talento especial, y he pagado extra en el bar para encontrarlo.
Volvió la mirada a la barra, donde Feyodor les estaba observando. Un hombre grande y corpulento, el corelliano le sonrió, sosteniendo la ficha de crédito que ella había dejado en el contador y guardándosela en su delantal. Les hizo a ella y a Drake un gesto con la cabeza para indicar que todo estaba despejado y luego volvió tranquilamente a atender la barra.
-Por favor, capitán Paulsen –Sus vivos ojos azules vibraban con el fulgor persistente de los fuegos artificiales que surcaban el cielo sobre sus cabezas-. Represento a un grupo que estará más que dispuesto a pagarles más de 15.000 créditos si aceptan la oferta. La mitad ahora y la otra mitad al finalizar...
-No salimos de puerto por menos de 25.000 créditos –murmuró Drake, esperando que el precio desorbitado hiciera que la joven se marchase-. Y hay un suplemento de 5.000 créditos por el uso de mi primera oficial. –El socorrano disimuló una sonrisa de suficiencia y Nikaede gruñó secamente, felicitándolo por su eficiente maniobra evasiva.
-¿Eso son 30.000 créditos? –preguntó ella.
Drake se mordió los labios y asintió.
-Son 30.000 créditos.
-¡Hecho! –Rebuscando en el interior de su petate, extrajo la pastilla de crédito necesaria y la estrelló sobre la mesa-. ¿Cuándo podemos marcharnos?
Sorprendido, Drake abrió los ojos como platos mientras la pastilla de crédito rodaba por la mesa hasta su plato. Recogiéndola, la leyó con el escáner, descubriendo con sorpresa que contenía la totalidad del pago. La lanzó por encima de la mesa a Nikaede, que tomó la pequeña unidad y jugueteó con la carcasa de sellado, convencida de que el componente monetario era un fraude. Después de un momento, se encogió de hombros, incapaz de encontrar nada que apoyase sus sospechas.
-Bueno, espera, eh... –comenzó Drake, tartamudeando al darse cuenta de que no sabía el nombre de la mujer.
-Padija Anjeri. –Ella le tomó la mano y se la estrechó de nuevo.
-¿Cuál es la carga?
-Yo misma y otros dos pasajeros. La única estipulación es que debemos partir inmediatamente. ¿Será eso un problema?
-¿Problema? –Drake miró a Nikaede al otro lado de la mesa y luego tomó un bocado del pájaro uln relleno. Conforme la sabrosa carne bajaba por su garganta, comenzó a compartir el desdén de Nikaede hacia la mujer humana y su abrupta intrusión en lo que debía haber sido una velada agradable y una cena placentera.
Pero el dinero era simplemente una tentación demasiado grande. Podía verlo reflejado también en los ojos de su primera oficial. Tan sólo su instinto de contrabandista hervía en sospechas.
-Te lo preguntaré una vez más –susurró con tono neutral, mirando fijamente su plato-. Y más vale que no me ocultes nada de este trabajo o ya puedes volver a la barra y buscarte otro chumani. –Se enfrentó a la expresión de sorpresa de la mujer con un aire inusualmente amenazante-. Dime, ¿cuál es la carga?
De pronto, la mujer pareció estar a punto de desmayarse, por lo que Drake movió la silla que estaba junto a él y se la ofreció. Ella se sentó sin decir palabra.
-Ten, toma un trago. Parece que lo necesitas. –Le tendió su vaso y la observó dar un largo sorbo. El socorrano se sentó en las sombras, escondiendo el placer de su rostro al ver su reacción ante la fuerte bebida.
Limpiándose las lágrimas de los ojos, Padija jadeó mientras el amargo raava descendía por su garganta.
-Supongo que hay que estar acostumbrado a esto. –Hizo una mueca por el regusto y le devolvió el vaso-. Gracias.
Frente a ella, Nikaede murmuró algo entre un apresurado bocado de carne de bantha. La joven escuchó atentamente a la suavidad melódica de la voz de la wookiee, aparentemente fascinada. Veo que no sale mucho por ahí, pensó Drake cuando ella le miró con aire perplejo.
-¿Qué ha dicho?
-Se pregunta si esta es tu primera vez –dijo él.
-¿Primera vez? ¿Primera vez para qué?
-¿Por qué no nos lo dices tú, Padija Anjeri? –Drake volvió a sentarse en su silla y sonrió. No hizo ningún esfuerzo por moverse o abandonar la taberna, e indicó esa reluctancia con su postura relajada. Para asegurarse de que ella captase la idea, cruzó las piernas y se recostó contra el respaldo de su asiento, como si planeara quedarse allí un buen rato.
Temblorosa, Padija respiró profundamente.
-No estaba tratando de engañaros sobre la carga –comenzó-. Yo misma, otros dos pasajeros, y...
-¿Y? –interrumpió Drake.
-Y esto. –Padija posó el petate en su regazo y abrió la parte superior ligeramente para permitir que la escasa luz que había callera sobre el objeto cristalino del interior. Construido sobre un único glóbulo de cristalita pulida y blanca, la escultura de la cabeza de un twi’lek emergió de las oscuridades del saco de lienzo. Refulgía y brillaba con cada destello de luz, dando la impresión de que atraía y retenía la iluminación en lo profundo de su núcleo. Moldeados a los lados de la escultura, los tentáculos craneales se abrían y se enrollaban alrededor del cuello del cristal, formando una base uniforme para mantenerlo derecho.
-Bonito pedrusco –susurró Drake, fingiendo desinterés-. ¿Cuánto vale?
El rostro de Padija se oscureció, mostrando la sombra de un mohín en su atractiva boca y su nariz.
-¿Puedes ponerle precio a las tradiciones y la lealtad de un pueblo? Creo que no. –Rápidamente cubrió la escultura y se colgó el petate al hombro.
-Podría ponerle precio a muchas cosas –susurró Drake-. Incluida esa roca tuya. –Blandiendo su cuchillo ante ella con aire ausente, añadió-: ¿Dónde la conseguiste?
-Me habían dicho que no harías demasiadas preguntas. –Cruzó los brazos sobre el pecho, mirando fijamente al socorrano-. ¿Quieres el trabajo o no?
Drake se apartó un mechón suelto de la frente.
-He dicho que dónde la conseguiste. Y si tengo que repetirme de nuevo, con gusto te devolveré tu dinero y puedes irte con viento fresco.
-Soy una estudiante de antropología tomándome un año sabático de mi universidad en Issor. Vine aquí porque sospechaba que este objeto podía haber sido robado de un asentamiento en Ryloth sin permiso del conservador del museo con el propósito de venderlo en el mercado negro. Tengo todo el derecho –dijo- a asegurar su inmediato regreso al museo. Tan sólo –la tensión desapareció de su rostro-, tan sólo me temo que los hombres que lo robaron en primer lugar quieren recuperarlo. –Miró con tristeza a Drake-. Lo quieren desesperadamente. Incluso matarían por ello.
-Antropología, ¿eh? ¿Eso es alguna forma refinada de decir robar?
-¡No es robar! Es el estudio de los orígenes de las especies y cultura antiguas.
Drake continuó masticando su comida, ansioso de terminar tanta de ella como pudiera antes de que la insistente extranjera le separase de su deliciosa cena.
-Qué curioso, no pareces una antropóloga. –Miró fijamente la pistola bláster abrochada en su muslo. Era un bláster de caza, una herramienta extraña para que la llevase una estudiante de antropología.
-En el transcurso de mis estudios, capitán Paulsen, a menudo me encuentro con gente ignorante. –Enderezó la ligera curva de su espalda, mirando con desdén al socorrano-. Existen aquellos que tienen tanto miedo de la verdad, tan temerosos de lo desconocido, que harían cualquier cosa para evitar que otros, como yo, lo descubra. –Se inclinó sobre la mesa, poniendo el rostro sólo a centímetros de distancia del de Drake-. Digamos simplemente que mi bláster me permite proseguir mis estudios en paz.
A pesar de su ingenuidad, había en sus palabras una pasión vehemente que Drake se vio obligado a admirar. Después de llevársela ligeramente a la boca, dejó caer la servilleta sobre la mesa y se puso en pie.
-Bueno, supongo que ha conseguido una nave, señorita Anjeri.
-Llámame Padija –dijo con una sonrisa, regresando ante sus ojos a su anterior actitud recatada. Volvía a ser la inocente joven que había llegado al bar buscando una forma de salir del planeta.
-De acuerdo –suspiró él-. Padija. ¿Dónde están tus amigos?
-Se supone que debemos reunirnos con ellos en las esquina de las calles Bith y Kossh. –Avanzó rápidamente hacia las escaleras que bajaban al bar-. Seguidme.
Drake se encogió de hombros, mirando su comida. Tomó un último bocado de pájaro uln, paladeando el sabor.
-Mantenlo caliente, Feyo –dijo el corelliano-. Volveré a por ello.
-Descuida, muchacho –respondió Feyodor, despidiéndolos con la mano-. Estará aquí esperándote.

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1 El título original Idol intentions hace un juego de palabras con la expresión idle intentions, muy similar en su pronunciación inglesa, y que en el relato no se utiliza hasta el final. Por eso al principio había mantenido la traducción literal del título, “Intenciones de ídolo”. Al avanzar en el texto, al ver que se trataba de un juego de palabras que por desgracia no puedo traducir, he decidido elaborar provisionalmente este título alternativo. Estoy abierto a sugerencias para mejorar la traducción. (N. del T.)