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miércoles, 6 de noviembre de 2013

El gran asalto a la nave rebaño (y VII)


Como suponían, el Viento Asaari estaba desierto. Dawson avanzó cauteloso por los pasillos vacíos, con Sonax deslizándose hoscamente a su lado.
-Dijissste que sssabíasss lo que essstabasss haciendo –escupió. Los golpes descontrolados al trineo de equipamiento durante su salto en gravedad cero le habían causado varios cardenales en su suave piel gris.
-Por centésima vez, lo siento –dijo él-. La física no es precisamente lo que mejor se me da. Y, de todas formas, conseguí traernos hasta aquí, ¿no?
Ella siseó entre sus dientes afilados.
-A durasss penasss. Y ahora tienesss que hacernosss volver del misssmo modo.
Una expresión de pesar cruzó el rostro de Dawson. Tras cortar un agujero de acceso en la pequeña y sellada cámara de motores, había parcheado apresuradamente la brecha antes de lanzarse a abrir la puerta de la cámara. Con la presión equilibrada, se despojó del destrozado traje ithoriano y liberó a Sonax.
Pero con gamorreanos montando guardia en el exterior de la escotilla de atraque, no tenían más opción que marcharse del mismo modo en que habían llegado. Dawson había localizado un traje de vacío de repuesto, de talla humana, en el armario de suministros del Viento; un poco grande, pero serviría. Deseó desesperadamente encontrar un traje sluissi, pero una vez más Sonax no tuvo suerte. Dio gracias a los Hados de que el trineo de equipo siguiera aún intacto.
Una luz indicadora de la cinta cibernética de Sonax parpadeó en rojo cuando ella accedió a su crono interno.
-Nosss quedamosss sssin tiempo. Encuentra la caja y vayámonosss.
Las pisadas de Dawson resonaron en el pasillo.
-Veamos. Si yo fuera un señor del crimen bimm adinerado y traicionero, con una vena despiadada y predilección por las naves caras, ¿dónde la pondría?
Comenzó a llevarse una zarpa a la barbilla con gesto teatral, pero se detuvo a mitad del movimiento.
-¿Has oído eso? –Sus orejas puntiagudas temblaron.
Sonax inclinó la cabeza. El débil zumbido que Dawson había escuchado duplicó y triplicó su fuerza. El sonoro tamborileo era ahora inconfundible. Un momento después, las planchas de cubierta comenzaron a vibrar.
La nave estaba arrancando.
Sonax y Dawson se miraron entre sí; una mirada acusadora y otra pidiendo disculpas. Dawson fue el primero en recuperar el habla.
-Oh oh.

***

Kels apretó los dientes. Una carrera a lo loco cruzando la zona de fuego sería suicida. Si Ritinki se había colocado la máscara de oxígeno para poder inundar la zona con gases venenosos como Noone seguía diciendo, estaban condenados.
Examinó la sala una vez más. Tenían pocas opciones. Noone ya estaba agachándose en la postura inicial de un velocista, preparándose para salir corriendo. Miró a Kels tratando de darle confianza.
-¿Lista? Uno. Dos...
-¡Espera! –gritó ella, agarrándole del brazo. Él siguió la mirada de Kels, que estaba fija en el centro de la cúpula sobre sus cabezas. Una zona oblonga de estrellas temblorosas ya no era visible. En su lugar había una mancha oscura indefinida, punteada a intervalos regulares con luces rojas.
Parecían luces de posición de una nave estelar. Y estaban acercándose.
Noone tragó saliva.
-Parece que al final eso no era un control de gas nervioso. ¡Encuentra algo pesado y agárrate!
Las luces brillaron con más fuerza. La forma oscura se hizo más grande.
Y, con un estallido ensordecedor de transpariacero haciéndose añicos, el Viento Asaari atravesó la cúpula. Cientos de fragmentos cristalinos dentados salieron hacia el exterior del agujero empujados por la atmósfera al escaparse al espacio. Kels rodeó desesperadamente con ambas manos un pesado barril de vino andoano.
Los dos asesinos, sorprendidos casi directamente bajo la brecha, fueron absorbidos por el vórtice humeante junto con varias sillas, carros, y cartuchos bláster gastados. Agitando las extremidades, el chef de chaqueta blanca chocó con fuerza contra el casco del Viento Asaari –que aguantaba firme en medio del torbellino- y continuó volando hacia la fría negrura, con la cabeza doblada en un ángulo antinatural. El piel dorada apretó el gatillo de su rifle hasta el amargo final, rociando la sala con fuego bláster incluso mientras el vacío del espacio le aspiraba inexorablemente hacia una muerte rápida y dolorosa. El personal de seguridad superviviente se lanzó desesperadamente hacia la línea de árboles en busca de algo a lo que agarrarse. Algunos lo consiguieron, otros fueron aspirados, gritando en el vacío.
Kels volvió la cabeza hacia el estrado, lejos del abrasivo mordisco del polvo y los escombros voladores. Ritinki, agarrándose al borde de la plataforma, sostenía su máscara respiratoria firmemente con una mano mientras la atmósfera seguía escapando al espacio. El tonel al que se agarraba Kels comenzó a deslizarse por el suelo, no siendo suficiente su peso para soportar el terrible vendaval.
Y entonces, milagrosamente, el movimiento se detuvo. Un tembloroso campo de fuerza cobró vida en la parte interior de la cúpula para taponar la tremenda brecha. Las violentas turbulencias cesaron, y pequeños fragmentos de restos sueltos comenzaron a caer de nuevo al suelo. Kels jadeó, tomando aire en la debilitada atmósfera, y se puso temblorosa en pie.
Una cúpula transparente era una estructura bastante vulnerable para colocarla en el corazón de una nave que realizaba viajes espaciales. Naturalmente, la Canción de las Nubes debía tener un sistema de emergencia que permitía al ordenador central sellar la cúpula con un campo de contención atmosférica en caso de una brecha en la cúpula. Pero Kels se preguntó por qué había tardado tanto. Tenía que haber un plato sensor en el borde de la cúpula que activase instantáneamente el campo ante una caída súbita de la presión atmosférica.
Escaneó el borde de la cúpula, y encontró su respuesta... e inmediatamente deseó no haberlo hecho. El plato sensor que había esperado ver había sido aparentemente alcanzado por un disparo bláster perdido. La carcasa era un amasijo negro y retorcido del que colgaban componentes fundidos.
Noone se acercó tambaleándose a Kels. Señaló la caja sensora que Kels ya había localizado.
-Aún tenemos que irnos –graznó-. Eso no aguantará mucho tiempo. Los chips derivadores probablemente estén fundidos y se sobrecargarán en cualquier momento.
Como si fuera una señal, una lluvia de chispas surgió del sensor dañado.
Kels miró a Ritinki, que tecleaba un comando en lo que ahora pudo reconocer como una llamada de reclamo: el mando a distancia de una nave. El Viento Asaari, flotando a cinco metros sobre el suelo, cayó de pronto como una roca, aterrizando sobre la pesada mesa de comedor de madera y convirtiéndola en astillas. El bimm hizo una mueca y pulsó otro botón. El Viento se levantó un metro sobre sus repulsores, rotando en un ligero arco mientras la rampa de acceso se extendía grácilmente. Con sorprendente rapidez, Ritinki rodeó el estrado y corrió por el espacio abierto hacia la escotilla...
Sólo para ser derribado de espaldas cuando el turboláser ventral de la nave abrió un cráter del tamaño de un bantha junto a sus pies.
Las ventanas de la cabina aparecieron a la vista mientras el Viento continuaba su lento giro. Kels no daba crédito a lo que estaba viendo. A través de los cristales tintados, agitando excitadamente los brazos y gritando algo inaudible, estaba Dawson.
Noone levantó a Kels del suelo.
-Vamos –dijo casi sin aliento.
Corrieron hacia el sombrío rectángulo de la rampa del yate, que les daba la bienvenida, más allá del cuerpo inmóvil de Ritinki el bimm. La onda de choque le habrá dejado inconsciente, supuso Kels al no ver ninguna laceración ni quemadura en su cuerpo. Alcanzó el borde de la rampa justo cuando sus rodillas comenzaban a flaquear por el cansancio. Jadeando, cayó de pies y manos sobre el frío metal. Noone pasó delante de ella, luchando contra el viento causado por la presión de la cabina saliendo por la escotilla abierta.
La caja de control del campo sobre sus cabezas dejó escapar un gemido penetrante y estalló en una cascada de chispas. Kels miró hacia arriba. El campo de energía de emergencia parpadeó débilmente, y desapareció.
La sala estalló en un rugido atronador cuando el espacio trató nuevamente de reclamar la débil atmósfera. Flotando todavía, la nave estelar se agitó fuertemente en la tempestad, y Kels se encontró deslizándose por un lado de la rampa. Sus dedos chirriaron en la pulida superficie, tratando desesperadamente de sujetarse. Entonces una mano gris le agarró con firmeza la muñeca izquierda.
Kels alzó la vista. Sonax le sonrió desde arriba. La cola de la sluissi estaba firmemente enrollada en el pistón de soporte izquierdo de la rampa. Dando un tirón, como un látigo, llevó a ambas al interior y la rampa comenzó  a cerrarse.
Y, empujado por la atmósfera que se escapaba, el Viento Asaari ascendió hacia las estrellas.

***

La caja fuerte reposaba en el regazo de Noone, emitiendo reflejos dispersos bajo la brillante luz de la cabina de pasajeros del yate. Tanteó la lisa superficie plateada golpeándola con un nudillo.
-Dawson, estás seguro de que desactivaste las medidas de seguridad. –No era una pregunta.
El tynnan alzó la mirada desde su posición, reclinado en el suelo cerca del sillón de aceleración acolchado de Noone.
-Jefe, lo he repasado un centenar de veces. Es seguro, lo garantizo. –Noone aún parecía dubitativo-. ¿Qué pasa, no confías en mí?
Noone soltó una risita.
-Ahora no es el momento de hacer esa pregunta, mi peludo amigo. Aún estaba muy enfadado porque Sonax y Dawson no fueran capaces de obedecer su orden de retirada, pero esto era una banda de ladrones, no un regimiento de obedientes soldados de asalto. Además, llevaba en ese negocio el tiempo suficiente para saber que el éxito no se discute.
A través de la portilla de estribor, retorcidos hilillos de vapor luminiscente se arremolinaban a su paso en mareantes patrones caleidoscópicos. Habían pilotado su nave estelar robada adentrándose en la gran nebulosa radioactiva cercana a Nal Hutta; no tanto como para perderse en su interior, pero a bastante profundidad para desalentar cualquier persecución.
Suspiró pesadamente.
-Bueno, allá va. Puede que todos queráis retroceder unos pasos por si acaso estalla en mi cara. –Dawson puso los ojos en blanco. Kels y Sonax avanzaron de hecho medio paso, para no perderse la apertura.
Con un chasquido apagado, Noone soltó los cierres girando ambos pulgares. Presionando suavemente el lateral de metal estriado, levantó cuidadosamente la tapa, que giró sobre sus bisagras. Cuatro cabezas se reunieron para tener una vista clara del contenido.
-Esss... –comenzó Sonax.
-Es una pistola –interrumpió Kels.
-¿Eh? –murmuró un Dawson claramente desconcertado.
Ajustadamente encajadas en un embalaje de espuma anti golpes, las dos mitades del arma negra –cañón y culata- estaban llenas de cableado externo y relés eléctricos. Uniendo las mitades, tendría el tamaño y peso aproximado de un rifle bláster.
Noone extrajo cuidadosamente la culata.
-Ciertas personas poderosas están muy interesadas en esto, gente. –Tendió la sección de la culata a Kels, y luego ofreció el cañón a Dawson-. ¿Alguna idea de qué es?
Se sentaron a examinarla un instante. Un relajante sonido de estática resonaba en la sala, causado por los gases irradiados que chocaban contra los escudos de energía.
Dawson finalmente se arriesgó a lanzar una hipótesis.
-¿Algún tipo de prototipo de arma imperial? Parece equipado para disparar ondas electromagnéticas, pero realmente no sé para qué serviría eso.
Kels levantó la mirada con los ojos como platos.
-Es una Pistola de Mando.
Todo el mundo se volvió para mirarle fijamente.
-¿Una qué? –dijo Noone.
Les mostró la culata. En su base había una breve línea con una diminuta inscripción estampada a máquina en una escritura desconocida para ellos.
-Esto es hapano. Identifica esto como un producto del Real Gremio de Armamento de Charubah.
Sabe hapano, pensó Noone. Otra sorpresa.
-Niña, el Cúmulo de Hapes ha estado aislado del resto de la galaxia durante tres mil años. Nunca he oído hablar de...
-La Pistola de Mando dispara un estallido magnético lo bastante potente para aturdir el cerebro de incluso el más fuerte soldado de infantería –continuó Kels-. Convierte a los seres en estúpidos de mente débil que siguen cualquier orden que se les da, sin importar desproporcionada que esta sea.  Dicho de un modo sencillo, es irresistible.
Noone se recostó pesadamente en su asiento.
-Ya veo. Creo que estoy comenzando a comprender por qué Ritinki y Vop estaban tan interesados en esta pequeña caja.
Kels asintió.
-No hay límite en lo que un señor del crimen ambicioso y carente de escrúpulos podría lograr con una Pistola de Mando totalmente operacional.
-En ese caso –dijo Noone con una amplia sonrisa, entrelazando los dedos detrás de su cabeza-, no queremos las grasientas pezuñas de Guttu en el gatillo.
Dawson se quedó boquiabierto de asombro.
-Jefe, lo que estás diciendo es...
-Lo que estoy diciendo –interrumpió-, es que lancemos a Guttu por una esclusa. Hay muchos grupos ahí fuera que nos pagarían el rescate de un emperador por este chisme. La Autoridad del Sector Corporativo, la Alianza Rebelde, el Imperio...
Sonax lanzó un siseo grave y lleno de amenaza. Su odio al Imperio era profundo, y todos lo sabían. Noone alzó las manos con gesto tranquilizador.
-Vale, los Impes tal vez no. Pero estamos sentados sobre una mina de crisopacio, y no estoy dispuesto a cederle la propiedad voluntariamente a ese apestoso hutt.
-Pero, ¿qué pasa con el Borgove? –lloriqueó Dawson.
Noone hizo un amplio gesto de barrido, abarcando la gran cabina de pasajeros.
-Yo personalmente prefiero nuestro nuevo alojamiento. Sillas confortables, panelado de madera greel, y una despensa bien surtida por la que muchos matarían. Siempre habíamos soñado con dar un gran golpe. Bueno, amigos míos, es este.
-Pero Ritinki...
-El bimm está muerto –dijo Noone, poniéndose en pie y dirigiéndose por el pasillo curvado hacia la cabina-. No es posible que nadie que quedase en esa sala haya sobrevivido.
Llegó junto al timón y se sentó en el asiento del piloto.
-Esta nave es ahora nuestra –dijo, pulsando los interruptores de encendido-. Pero si realmente echas tanto de menos esa vieja carraca, Dawson, eres libre de volver aquí algún día y tratar de sacarla del depósito de naves incautadas.
Sonax se deslizó hasta un asiento a su lado y asumió su acostumbrada posición de navegante. Con las manos bailando sobre el panel de control, Noone los sacó de la nebulosa que les rodeaba. Los gases de diversos colores se apartaron como un telón. Con un grito de júbilo, realizó un rizo cerrado con el potente yate espacial.
-Agarraos fuerte, amigos –gritó exuberante-. Tenemos una fortuna que hacer.
Las líneas estelares temblaron, y el Viento Asaari desapareció en el Hiperespacio

martes, 5 de noviembre de 2013

El gran asalto a la nave rebaño (VI)


Los buñuelos de azúcar habían desaparecido, las bandejas de ryshcate sólo contenían migajas, y los helados con sabor a blicci se estaban derritiendo formando purés. El postre había ido bastante bien, pensó Kels, a pesar del pequeño susto cuando el capataz del catering no había podido localizar el carro de pudin de gumbah. Sin perder su profesionalidad, había seguido delante de todas formas pero, para Kels, la mirada perpleja de su rostro había sido lo más destacado de la noche hasta el momento.
Bueno, eso y la abultada nota de crédito. Sonrió. Incluso aunque el tynnan y la sluissi no hubieran podido conseguir la caja fuerte, la velada no había sido un total desperdicio. A su alrededor, Noone y los demás trabajadores desfilaban de un lado a otro, sirviendo licores dulces. Kels decidió no unirse a ellos. Necesitaba una pausa.
El pomposo hombrecillo de la lanzadera caminaba pavoneándose junto a ella, dando saltitos sobre la punta de sus pies. Sujetaba una botella de tovash gruviano en sus delicadas manos. Kels decidió que no le apetecía malgastar una mueca de burla en el orondo bufón, y miró perezosamente a su alrededor buscando a sus dos dóciles colegas. Ambos alienígenas también sostenían botellas de tovash y, como su amigo, se dirigían a los carros de catering más cercanos a la mesa. Qué extraño, pensó  lánguidamente. El tovash gruviano no es una bebida habitual para la sobremesa.
Hubo un murmullo de actividad en la cabecera de la mesa y un susurro de interés en el resto de la sala. Ritinki y Vop, habiendo terminado sus conversaciones, se estaban levantando para intercambiar el habitual apretón de manos que daría formalmente por terminados los actos de la velada. Dos silenciosos guardaespaldas retiraron las sillas adornadas de la mesa arrastrándolas con un fuerte chirrido. Lentamente, con gran ceremonia, el desgarbado rodiano y el diminuto bimm caminaron entre las sillas y ascendieron a la tarima que estaba tras ellos. Al volverse para mirar a sus respectivas comitivas, que se habían reunido, cuatro corpulentos gorilas de seguridad se alinearon delante para formar una formidable barrera protectora. Uno de ellos parecía especialmente alerta, pero Kels supuso que probablemente era por el modo en que sus ojos parecían sobresalir de su rostro, que daba la impresión de haber sido consumido por el fuego en algún momento. Ritinki se aclaró la garganta para hablar.
-Estimados seres...
Por el rabillo del ojo, Kels captó un movimiento rápido y repentino. Antes de poder girar del todo la cabeza, una densa columna de oleoso humo azul surgió de uno de los carros con un furioso siseo. Parpadeó cuando el humo de la creciente nube se le metió en los ojos, y tosió espasmódicamente.
-¡Fuego! –gritó una voz.
A través de la creciente neblina, advirtió que otros dos carros estaban ardiendo igualmente.
Varios de los invitados volcaron sus sillas al salir apresuradamente hacia la salida. Kels se quedó agazapada, con su sentido de peligro instantáneamente alerta. Dudaba que se tratase de una coincidencia. Si no lo era, los perpetradores atacarían de inmediato. Volvió la cabeza hacia el estrado. Los cuatro guardias habían creado un muro de protección impenetrable alrededor de sus jefes y examinaban con atención a la multitud.
Salvo el hombre más a la derecha. Increíblemente, tenía la cabeza agachada, mirando el broche plateado que adornaba su túnica negra. Con la mirada perdida, abrió la boca para hablar...
Kels abrió los ojos como platos al enfocar mejor lo que estaba viendo. No era un broche decorativo. Era un tenedor de servicio que atravesaba limpiamente el estrecho espacio entre las costillas cuarta y quinta del hombre.
El hombre abrió más la boca. Un hilillo de sangre colgaba de su labio inferior. Con un lento movimiento que a Kels le recordó el de alguien moviéndose en gravedad cero, comenzó a inclinarse hacia delante... un movimiento compensado por el horriblemente desfigurado matón a su derecha, que estaba cayéndose hacia atrás. Cara-marcada dejó escapar un gorgoteante gemido, sujetándose firmemente el cuello con ambas manos. Entre sus dedos manchados de sangre, asomaba la empuñadura de un cuchillo de trinchar.
El tercer matón observó cómo caían sus compañeros con los ojos como platos; el cuarto trató de coger su bláster. Un destello plateado le golpeó en la oreja izquierda; cayó con un golpe seco. Simultáneamente, el guardia restante extrajo su arma de debajo de su chaqueta y disparó indiscriminadamente a la multitud. La sala estalló en gritos de dolor y pánico mientras la multitud continuaba su frenética búsqueda de las salidas. Kels escuchó un estrépito de platos haciéndose añicos, como si alguien hubiera volcado un carro lleno hasta los topes. Un saurton corría directamente hacia ella, resoplando y con los ojos muy abiertos, llevado por el pánico en una loca carrera. Ella se apartó de su camino.
El cuarto y último proyectil, un espetón para asar con un pequeño trozo de carne aún pegado a su ennegrecida superficie, impactó al tirador aleatorio justo encima del gatillo. El arma estalló espectacularmente, y su portador cayó al suelo con un grito apagado. Esta vez, Kels pudo rastrear el proyectil hasta su origen, y quedó boquiabierta por la sorpresa.
Allí, agarrando otro utensilio de cubertería y echando atrás su brazo para realizar un lanzamiento letal hacia Vop y Ritinki, que estaban comenzando a huir, estaba el chef. El pequeño estúpido tonto y pomposo del que se había burlado en la lanzadera. Cualquier resto de su anterior conducta se había desvanecido. Sobre su aceitoso mostacho ardían los ojos alertas y despiadados de un asesino profesional.
Antes de poder completar su lanzamiento, dos grandes chorros de fuego bláster surgieron desde detrás de él, pasándole rozando a ambos lados, hacia el estrado. Los pieles doradas, de pie tras un carro volcado, estaban disparando rifles bláster pesados con la fría pericia de asesinos a sueldo. A sus pies había un armario de armas abierto.
Un disparo de bláster alcanzó a Vop en la espalda, y cayó al suelo, rebotando y rodando hacia delante, llevado por la inercia incluso mientras la vida escapaba de su cuerpo. Ritinki se lanzó hacia el extremo opuesto del estrado y saltó tras él, escapando por poco a los impactos de una salva de proyectiles de plasma supercalentado.
Eso ya era demasiado. Manteniendo la cabeza gacha, Kels comenzó a retroceder lentamente, pisando con cuidado entre la vajilla destrozada y los charcos de vino. La neblina azulada estaba empezando a despejarse. Con un poco de suerte, conseguiría llegar a la línea de árboles sin incidentes, y desde allí era una breve carrera por el camino del jardín hasta la salida. Miró rápidamente a su alrededor. ¿Dónde stang estaba Noone?
-¡Agáchate! –El antebrazo de Noone la agarró del pecho y la tiró bruscamente al suelo. Giró mientras caía, tratando de liberarse, pero él aterrizó encima de ella. Un disparo de bláster cruzó zumbando el aire justo donde su cabeza había estado un instante antes.
-Gracias –dijo, tragando saliva.
Él le hizo un gesto señalando la periferia del claro. Varios de los invitados a la fiesta habían sacado sus armas de bolsillo. Claramente se trataba de agentes de seguridad adicionales. Habían sacado sus armas y estaban tratando de atrapar a los asesinos con una maniobra de flanqueo. Por desgracia, Kels y Noone estaban en medio del fuego cruzado.
Letales dardos de plasma trazaban una silbante red sobre sus cabezas. Uno de los pieles doradas había caído, pero los dos asesinos supervivientes se habían retirado detrás de una barrera improvisada con carros metálicos y sillas de madera. Estaban dividiendo sus disparos entre los matones que les rodeaban y Ritinki, su objetivo restante. Desde su lugar privilegiado en el suelo del patio, Kels podía ver al pequeño bimm agazapado tras el borde del estrado, barrido por los disparos. Sus hombres superaban largamente en número a los asesinos, pero después de ver en acción sus letales habilidades, Kels todavía calculaba que las probabilidades de supervivencia de Ritinki estaban en diez a uno.
Por encima del estruendo, Noone le gritó al oído.
-Menuda fiesta, ¿eh?
Kels ladró una risa amarga.
-Eres un maestro del eufemismo. ¿Esperabas que pasara esto?
-En absoluto –respondió-. ¡Niña, creo que nos hemos topado de lleno con un ataque mafioso!
Un disparo con mala puntería dibujó un surco dentado en el suelo cerca de sus cuerpos encogidos. Por tácito acuerdo, ambos comenzaron a reptar sobre sus vientres para alejarse de la inmediata línea de fuego.
-Por las estrellas, ¿de dónde sacaron esos rifles bláster? –gruñó Noone.
-Un armario de armas estilo contrabandista –respondió Kels-. Blindado contra sensores más allá de lo que puedas imaginarte. Parece que no hemos sido los únicos que hemos pensado en esconder algo en un carro. –Apoyándose en los codos, reptó más allá de un nimbanel muerto-. Lo que no entiendo es de dónde vino la distracción del humo.
Noone asintió.
-Creo que puedo ayudarte con eso. El tovash gruviano, cuando se mezcla con la especia ryll, reacciona de forma bastante alarmante. Y había mucha cantidad de ambas sustancias para poder usarse esta noche.
Kels meneó incrédula la cabeza.
-Un ataque mafioso. Menuda suerte. ¿Quién crees que está detrás?
-Guttu no, eso seguro. Él sólo quiere la caja. –Frunció los labios mientras otros dos guardaespaldas caían, con heridas de bláster humeantes en sus pechos. El “chef” y el humanoide de piel dorada superviviente seguían disparando tenazmente-. Esos tipos son expertos. Y los expertos no son baratos. Estamos hablando de uno de los grandes hutts. Durga, posiblemente, o tal vez incluso el propio Jabba.
Kels miró a Ritinki al otro lado de la sala. El bimm todavía estaba agachado en la protectora sombra del estrado elevado. Tendido a escasa distancia estaba el cuerpo con orificios carmesíes de su contable ciborg falso.
La insistente lluvia de fuego bláster impedía al rastrero bimm salir de su refugio aislado. Mientras Kels miraba, extrajo lentamente un objeto largo y metálico de debajo de su chaleco a cuadros.
-Cuidado con la cabeza –advirtió a Noone-. Parece que Ritinki finalmente ha sacado un bláster. –Volvió a mirar-. No, espera. No es un bláster. Parece alguna especie de control electrónico.
El bimm pulsó una secuencia clave en un lado del dispositivo, y entonces se llevó la mano a otro bolsillo y extrajo una máscara respiradora de emergencia. Encajando un cartucho de oxígeno en su base, deslizó la máscara sobre su boca y su nariz.
-¡Gas! –gritó Noone-. Debe estar planeando inundar la sala con gas nervioso. Niña, tenemos que salir de aquí ya.
Kels miró la maraña de disparos letales que se entrecruzaba llenando el cargado aire del patio. Las brillantes líneas dejaban impresiones persistentes en su retina.
-Eso es más fácil decirlo que hacerlo.

lunes, 4 de noviembre de 2013

El gran asalto a la nave rebaño (V)


Dawson se encontraba en la esclusa, luchando por mantener su respiración bajo control. Ya no puedo echarme atrás, se recordó a sí mismo. Un miedo helado yacía agazapado en su estómago, amenazando con subir como una burbuja a su cerebro. Se obligó a contenerlo de nuevo y entonces soltó el aire lentamente, como en un ejercicio de meditación. El sonido resonó ruidosamente en los claustrofóbicos confines de su traje de vacío.
La nave personal de Ritinki, el Viento Asaari, había atracado en una esclusa exterior en lugar de aterrizar en una de las bahías de hangar abiertas. Cuando descubrieron ese hecho, soltó una maldición en voz alta. El único modo de entrar al interior del yate era a través de la escotilla circular de la esclusa, y la escotilla estaba vigilada entre gruñidos por un par de babeantes gamorreanos de aspecto agresivo. Los porcinos alienígenas eran demasiado estúpidos para dejarse sobornar, y lo más probable era que cualquier intento de engaño acabase contigo limpiamente partido en dos por un vibrohacha. Sonax había estado dispuesta a rendirse, hasta que Dawson tuvo un destello de iluminación. Los atracaderos a ambos lados del Viento Asaari estaban desocupados.
Se colaron en esa esclusa, en el embarcadero superior, que estaba vacío salvo por un armario de mantenimiento y una hilera de trajes de vacío ithorianos colgando de perchas. Con mucho esfuerzo, Dawson se introdujo en uno de los trajes, demasiado grandes para él, recogiendo el holgado tejido y sujetándolo con cinta para motores alrededor de la cintura, los codos y las rodillas. Sonax, sin embargo, era un caso aparte. La serpentina sluissi no podía encajar en ninguno de esos trajes bípedos sin una amputación o un milagro. Tras una breve pero acalorada discusión, estuvo de acuerdo en introducirse en un trineo de equipo que él selló desde el exterior. Ahora estaba encorvada ahí dentro, odiando con todas sus fuerzas cada minuto que pasaba. Por su parte, Dawson tampoco se sentía mucho mejor.
La pequeña luz junto a la escotilla exterior parpadeó pasando del verde al rojo, indicando que la cámara había alcanzado el vacío total. Con un abultado guante de largos dedos, empujó la palanca de apertura manual. La escotilla redonda se retiró lentamente hacia arriba, revelando una creciente sección de negrura tachonada de estrellas. Su respiración se aceleró involuntariamente. Moviéndose rápidamente antes de que cambiase de idea, dio un paso cruzando el borde de la esclusa y saltó al exterior.
Apenas había flotado unos pocos metros cuando el cordón alrededor de su cintura se extendió por completo, deteniéndole con un brusco tirón. Desconcertado, giró su cabeza en el interior de la alargada escafandra diseñada para las cabezas en forma de martillo de los ithorianos. El trineo de equipo, asegurado al otro extremo del cordón, seguía aún posado en la cubierta de la esclusa, sujeto firmemente en su sitio por la gravedad artificial de la Canción de las Nubes.
Si el traje se lo hubiera permitido, Dawson se habría dado una palmada en la frente con rabia. Idiota, pensó. Deberías haberlo empujado antes. Pensó en retroceder a la esclusa y comenzar de nuevo. No, espera. Tal vez aún pueda liberarlo.
Miró el panel de control rectangular en el antebrazo izquierdo del traje. Como cualquier traje de vacío para gravedad cero, este estaba equipado con cohetes de maniobra ubicados justo debajo de cada hombro, situados fuera del cuerpo para poder apuntarlos en cualquier dirección. Después de un extremadamente desagradable episodio de vértigo hacía casi seis años, había evitado los paseos espaciales como si fueran un virus urticante. Sin embargo, no debería ser demasiado difícil entender cómo funcionaban.
Los botones iluminados eran inusualmente grandes, diseñados para torpes dedos enguantados. Frunció el ceño mientras examinaba la enrevesada escritura ithoriana.
-Este –murmuró.
Al pulsar el botón, sonó una alarma en el altavoz de su casco. Con un silbido de gas al escapar, los cohetes de su espalda cobraron vida. Comenzó a avanzar ligeramente, pero fue de nuevo detenido por el cordón que le anclaba.
Dawson pulsó el cuadrado de control dos veces más, escuchando cómo el sonido iba haciéndose más agudo cada vez. El silbido en sus orejas se hizo más fuerte, y la tirantez en su cintura se acentuó cuando los propulsores doblaron su potencia. Giró el cuello para mirar hacia atrás. El cordón temblaba con la tensión. El trineo de equipamiento avanzó unos cinco centímetros, arañando las planchas de la cubierta, y luego se detuvo.
Volvió a mirar los controles de su traje, con ambos cohetes todavía disparados a plena potencia. Bueno, esto es una pérdida de tiempo. Buscó el botón de apagado en el panel de su brazo. Parece que tendré que volver dentro y empujar a la antigua usanza.
De pronto salió despedido hacia delante como disparado por un cañón. Estrella blancas brillaban con fuerza por todas partes, mientras que la resplandeciente rejilla de Nar Shaddaa, rodeada por una estrecha cinta de una débil atmósfera azul, aparecía a kilómetros bajo sus pies enfundados en botas. Su estómago revuelto luchó por mantener el ritmo de su cerebro, que estaba funcionando a la velocidad de la luz.
Su primer pensamiento –que el cordón se había partido- fue descartado tras mirar con preocupación por encima del hombro. Iba arrastrando el trineo por el espacio abierto. Pero los fuertes tirones en su cintura, unidos al círculo de la esclusa abierta, que iba empequeñeciéndose rápidamente, sólo podían significar una cosa. Estaba acelerando, y rápido. Maldiciendo, apretó repetidamente su antebrazo, esperando pulsar el interruptor de apagado.
En lugar de eso, tecleó un giro brusco a la izquierda. La potencia del impulsor de la izquierda quedó reducida a la mitad, distribuyendo la fuerza adicional al chorro de gas que salía de la boquilla derecha. Dawson giró en un arco cerrado, con las estrellas pasando disparadas ante su placa facial como enloquecidas líneas brillantes. El trineo de equipo que tenía atado giró siguiéndole, y se encontró girando fuera de control; trineo metálico y bípedo en traje espacial dando vueltas en los extremos opuestos de un punto de giro invisible como compañeros en un ballet sarkano. La bruñida extensión broncínea de los bordes de la nave rebaño oscureció de pronto las estrellas estriadas, luego desapareció igual de súbitamente mientras Dawson comenzaba otra mareante rotación. Apretando los dientes, casi presa del pánico, tanteó desesperado buscando los controles de dirección. Por pura suerte, consiguió cortar la potencia a ambos propulsores.
Sin fricción atmosférica, continuó girando, pero al menos ya no seguía acelerando. Empujado dentro de su traje por la mano invisible de la fuerza centrífuga, Dawson alzó la mano izquierda tan cerca como la placa facial se lo permitió y estudió detenidamente la delicada escritura. Con confianza renovada y no poca cantidad de alivio, pulsó las teclas que le harían realizar un suave giro a la derecha.
Dawson salió de los violentos giros cuando la boquilla izquierda le hizo perder velocidad lentamente. Cortó la potencia y examinó su entorno sin aliento. Con el pulso latiendo con fuerza, su corazón desbocado lanzó un rugiente chorro de sangre por sus oídos. En cualquier momento, aunque con retraso, notaría el subidón de adrenalina.
Por suerte, no había salido flotando tan lejos de la esclusa como se temía. Allí, a no más de un centenar de metros de distancia, estaba la nave de Ritinki, con su esbelto morro conectado sólidamente a la esclusa contigua. Las finas líneas del yate espacial estaban rotas por los emplazamientos de turboláseres pesados y cañones iónicos. Dawson realizó un rápido examen del casco, identificando su área de destino, y se impulsó cuidadosamente hacia delante.
Estiró ambos brazos hacia los lados mientras veía cómo su destino iba creciendo a través de la ancha placa facial. Construida para ojos ithorianos, distorsionaba los objetos en su campo de visión periférica; un fastidio sin demasiada importancia. Se concentró en su respiración, y soltó una amarga risita pensando en su casi desastrosa lección de maniobras en gravedad cero.
-Ahora recuerdo por qué no hago estas cosas –dijo en voz alta-. Me pregunto qué piensa Sonax de esto.
Volvió a reírse, esta vez con ganas, más alto.
El Viento Asaari estaba ya tan cerca que podía distinguir las marcas de succión de los mynocks en su casco gris pizarra. Se estaba aproximando a demasiada velocidad. Necesitaba invertir ligeramente los impulsores y aminorar a un avance más lento, o chocaría contra la pared de plastiacero con suficiente fuerza como para romperse un hueso... o peor aún, rasgar el traje.
Dawson esperó hasta haberse acercado un poco más, y entonces giró ambos impulsores hacia delante y soltó un suave chorro de aire comprimido. Su velocidad disminuyó ligeramente. Apretó el botón con más fuerza. Un poco más...
Dawson jadeó cuando un tremendo peso le golpeó de lleno en los hombros y la parte baja de la espalda. Su columna vertebral gritó de agonía cuando cada terminación nerviosa cobró vida con un dolor agudo y penetrante. Al instante siguiente, chocó contra el casco del Viento, y el aire salió de sus pulmones y su visión se nubló con manchurrones oscuros.
Era, como tantas otras cosas, obvio al pensarlo con detenimiento. El trineo de equipo, sujeto al cordón flexible, no había frenado cuando él había aplicado los frenos al impulso del traje de vacío. Obedeciendo las simples leyes de la inercia, había continuado en línea recta hasta encontrar el obstáculo más cercano: él. Y los impulsores de su traje. Su falta de previsión finalmente había acabado con él, pensó Dawson con pesar. Y aún peor, había condenado también a Sonax.
Ambos cohetes de maniobra parecían estar aplastados más allá de cualquier reparación posible; ninguno de ellos respondía a sus frenéticas pulsaciones en el panel de instrumentos oscurecido. El casco se deslizaba bajo él mientras sus dedos enguantados luchaban en vano por agarrarse a los bordes soldados de las planchas de blindaje. Alcanzaría el extremo de popa de la nave en cuestión de segundos. Sin la energía del traje, continuaría flotando hacia Nar Shaddaa, remolcado todo el camino por el trineo. Taciturno, se preguntó si se asfixiaría por falta de aire antes de arder en la reentrada planetaria.
Consiguió agarrarse débilmente al borde cóncavo de un plato sensor externo, perdió el agarre, y continuó deslizándose. El conjunto de motores subluz de popa avanzaba hacia él a toda velocidad. Más allá, se abría el bostezo del espacio vacío. Bueno, se acabó. Ni siquiera tendré que escuchar a Noone decir “te lo dije”.
Algo sólido y con bordes duros le golpeó en el costado derecho justo bajo las costillas. Conforme su cuerpo se retorcía alrededor del obstáculo, Dawson pudo ver el puntiagudo extremo de una antena de señal subespacial. Agitando ambos brazos como un hombre ahogándose, agarró la fina antena y la apretó contra su pecho como un amante. El trineo continuó flotando, llegando al final del cordón y amenazando con hacerle soltarse. Dawson cerró los ojos con fuerza y aguantó hasta que cesaron los tirones.
Había pasado casi un minuto antes de recuperar el valor suficiente como para abrir un ojo. Las estrellas seguían donde las había dejado. Lentamente relajó los brazos. Con los movimientos decididos y precisos de un escalador trepando los glaciares de Toola, avanzó poco a poco varios metros, descendiendo a lo que había identificado provisionalmente como la sala ventral de motores. Un cansancio nervioso comenzó a apoderarse de sus músculos. Pronto, sus manos comenzarían a temblar. Ya tengo suficientes emociones para un día, pensó.
El cortador de fusión estaba asegurado a la parte delantera de su traje de vacío con una X plateada de cinta de motor. Lo liberó. A partir de ahora, vamos a hacerlo todo según el manual. Encendió el cortador con un estallido insonoro de plasma y comenzó a cortar el casco.

jueves, 31 de octubre de 2013

El gran asalto a la nave rebaño (IV)


El agua mineral r’alla borboteaba mientras Kels la vertía en el vaso del veubg. Lo llenó demasiado, y el sobrante cayó sobre el mantel blanco, formando una creciente mancha oscura. El veubg pareció no darse cuenta. Kels regresó al círculo de carros, con su pesada jarra de cerámica húmeda por temblorosas gotas de condensación.
Las cosas se habían tranquilizado un poco desde que había comenzado la cena. La mayoría de los invitados estaban colocados alrededor de la pesada mesa de madera, y el sustancioso estofado de mugruebe comenzaba a compensar los efectos de la embriaguez. Ritinki y Vop habían hecho su aparición, desde lados opuestos del patio, inmediatamente después de que el resto se hubo sentado. Ocuparon los tronos vacíos en la cabecera de la mesa, con sus guardaespaldas personales de pie a su lado, y lanzándose mutuamente miradas suspicaces.
Kels abrió la espita y sostuvo la jarra debajo para atrapar el frío torrente del burbujeante licor mineral. El grifo era más lento de lo que le hubiera gustado, y echó una mirada a la mesa. Vop, meneando su hocico verde, estaba hablando fervientemente a su rival, que no mostraba ningún interés. Ritinki aparentaba estar ocupado en cepillarse pelusas sueltas de su corbata amarilla. El bimm era de estatura tan reducida que sus pies colgaban bastante lejos del suelo. Ninguno de los dos había tocado su comida.
También había advertido que no había ni rastro del contable ciborg. El hombre era el agente duplicado de Ritinki, pero de cara a mantener su tapadera, ya debería haber aparecido en el entorno de Vop.
Kels comprobó el nivel del agua en su recipiente –aún no estaba lleno del todo- cuando otro camarero se colocó tras ella. Volvió la cabeza. Era uno de los humanoides de piel dorada con los que se habían topado en la lanzadera: hombros encorvados, ligeramente panzudo, rodillas débiles y ojos abatidos que no se atrevían a mirarla a la cara. Él y su gemelo habían estado realizando obsequiosas y serviles reverencias desde que llegaron los primeros invitados. Su compañero, el bigotudo pequeñajo y egocéntrico con el que se había enfrentado antes, estaba revoloteando de un asiento al siguiente como una descerebrada polilla lunar bailando sobre una vara luminosa. Claramente se encontraba en su elemento.
La fresca y burbujeante agua finalmente llegó al borde. Cerró el grifo con su mano abierta, y se volvió hacia la mesa.
-Todo tuyo, chico dorado.
El alienígena inclinó la cabeza y miró fijamente al suelo.
-‘Chas gracias, ‘chas gracias –susurró en un suspiro contenido. La boja de Kels dibujó una mueca de desdén. Odiaba mezclarse con snobs y sumisos. Cuanto antes terminasen con esa farsa, mejor.
Sobre su cabeza, la cúpula ofrecía una espectacular vista de las constelaciones locales, incontables estrellas orbitadas por mundos cuyos habitantes seguramente lo estaban pasando mejor que ella. Kels se sujetó el cuello, tratando en vano de reprimir un persistente picor causado por el rígido cuello de su uniforme, y continuó llenando los vasos de agua donde lo había dejado. La monotonía le estaba matando. Más valía que sucediera algo pronto.

***

El resplandor actínico de la punta del cortador de fusión brilló con más fuerza cuando el metal comenzó a sobrecalentarse y vaporizarse. Dawson levantó su zarpa izquierda y tocó el costado de su aumentador ocular, oscureciendo simultáneamente ambas lentes e incrementando el aumento en un doscientos por cien.
La herramienta de corte trazó una ardiente línea blanca en el costado del mamparo. Dawson hizo una pausa, y luego continuó la incisión a partir de ahí en un ángulo perpendicular. El sudor brillaba en su nariz negra. Con mano firme, continuó en otros dos giros de noventa grados, apagando el cortador de fusión cuando regresó al punto de partida.
Ya está, pensó. Ha costado más de lo que esperábamos, pero lo hemos logrado. Fijó un asa magnética en el centro del cuadrado, que brillaba con un  color rojo mate conforme el metal cortado se iba enfriando. Justo aquí, pensó mientras posaba su zarpa en el asa y la agarraba con fuerza, justo detrás de este mamparo está la cámara donde guardan la caja fuerte. Con un tirón y un gruñido, el cuadrado de metal se desgajó de la pared. Detrás había más monótona aleación gris; el exterior de la cámara. Dawson rebuscó en el interior de su zurrón.
Miró a su compañera. Sonax estaba inmóvil pegada a un extremo del pasadizo, con los brazos cruzados y el cuerpo doblado en un ángulo tan pronunciado que su cabeza casi tocaba el suelo. Él conocía el estado de trance que significaba que estaba profundamente sumida en un ciber-enlace, buscando cualquier posible alarma silenciosa que pudieran haber activado sin darse cuenta, pero igualmente tuvo que reprimir un escalofrío involuntario. Parecía estar muerta.
La masilla marrón tenía un tacto húmedo y blando en la palma de su mano. Desgajó cuatro pequeños pedazos, los amasó formando bolas, y las presionó sólidamente contra la cámara en las cuatro esquinas marcadas por el agujero cuadrangular. En cada bolita, insertaría una diminuta cantidad de nergon-14.
Y entonces, pensó con placer, veremos de qué está hecha realmente esta cámara.

***

Problemas. Eso es lo que Noone pensaba que significaba la continuada ausencia del contable. Esperaba que el hombre hubiera aparecido como parte del cortejo de Vop, y se excusase al final de la cena para recoger la caja por la que Vop había pagado previamente. Al menos eso era lo que Guttu les había dicho que esperasen. Noone ya tenía que haber aprendido que nada va nunca de acuerdo al plan.
Noone volvió a examinar las caras alienígenas sentadas alrededor de la mesa. Nada. Apretó los dientes. Tal vez Vop había descubierto que su consejero de confianza era ahora un traicionero doble, y había hecho ejecutar al hombre. A Noone no le importaba ni mucho ni poco el destino del contable, pero tal acción significaría que era probable que Vop hubiera hecho otros arreglos para asegurarse su premio. Puede que la caja se hubiera movido a otra cámara, o transferida a un almacén más protegido para recogerla en otra ocasión.
A Guttu no le gustaba el fracaso. Noone se imaginó varios escenarios muy reales en los que era arrastrado a las profundas entrañas de Nar Shaddaa y arrojado a un pozo de vrblthers hambrientos. En todos ellos, su sufrimiento no duraba más de diez segundos... lo que resultaba el único punto positivo que las visiones de su futuro le ofrecían en ese momento.
Se sacudió ese pensamiento de la mente. No tenía sentido ponerse pesimista. Había decenas de razones probables para que el contable no apareciera, y ninguna de ellas tenía nada que ver con un intento de robo frustrado. Sin embargo, estaba comenzando a preocuparse por la seguridad de su equipo.
En teoría, Noone podía contactar con Sonax y Dawson cuando quisiera. Enganchado en el interior de su cuello almidonado, justo detrás de la estilizada doble Esk del logo de Estimables Epicúreos, tenía un comunicador de estilo militar. El artilugio había sido obtenido de una mochila de campo de la Alianza Rebelde que Dawson había conseguido en el mercado negro, y supuestamente podía atravesar cualquier campo de interferencia. Estaba configurado para transmitir directamente a la banda craneal de Sonax, y ella podía responder en la misma frecuencia. Antes de empezar, habían acordado no usarlo salvo que fuera absolutamente necesario; no había forma de saber si la señal sería detectada por los sensores internos de la Canción.
Kels llegó a su lado, sosteniendo en cada mano una decorada bandeja de pechuga de crupa a la parrilla.
-A la izquierda –susurró ella-. Veinte metros.
Él giró la cabeza en la dirección indicada. Allí, saliendo de la protección de la línea de árboles que rodeaba las decorativas terrazas del jardín, estaba el contable.
Era un humano poco llamativo, de mediana edad, de estatura y peso medios. Los extremos plateados de su interfaz cibernética eran claramente visibles a ambos lados de su cabeza calva. Noone lanzó una mirada escrutadora, pero no pudo ver ninguna señal de que la imagen fuese un holo-disfraz proyectado. Eso no significaba nada, por supuesto; sólo los trabajos chapuceros más baratos dejaban una delatora zona borrosa, y obviamente Ritinki tenía créditos a espuertas. Sus instintos le decían que probablemente fuera una carísima alteración quirúrgica. Al no haber conocido nunca al contable original, tenía que suponer que aquello era una copia perfecta.
El hombre avanzó con confianza, deteniéndose junto a la silla de Vop y permaneciendo en posición de firmes, con ambas manos unidas a la espalda. El rodiano giró su hocico para mirar a su empleado con sus ojos bulbosos e inexpresivos. Sus antenas se inclinaron en una suerte de saludo despreocupado, y luego se volvió de nuevo hacia Ritinki y continuó su insulsa conversación. Noone no era un experto en el lenguaje corporal rodiano, pero a menos que Vop fuera un actor excepcionalmente bueno, había sido engañado totalmente por el duplicado.
Algunos de los invitados más glotones se reclinaron en sus asientos, empujando hacia delante platos llenos de montones de huesos de crupa mondos y lirondos. Otros camareros avanzaron para retirarlos. Noone calculaba que el contable se marcharía pronto. Esperaba que Dawson y Sonax estuvieran trabajando rápido.

***

-Tres... dos... uno...
Sonax entrecerró los ojos.
El sonido fue como el de un disparo bláster amortiguado. Hizo menos ruido del que Sonax había esperado, pero había bastante más humo. Dawson se introdujo en la acre neblina y desapareció por la esquina. Sonax comenzó a seguirle.
Las cargas de nergon habían abierto un agujero dentado en el costado de la cámara. Rezaba por que el tynnan no hubiera cometido un doloroso error de cálculo y hubiera destruido también el contenido de la cámara.
Sólo los cuartos traseros de Dawson eran visibles en el pasillo. Había introducido el torso en el hueco ennegrecido y agitaba enloquecidamente los brazos, mientras se inclinaba y se retorcía. Sonax tosió incómoda y esperó.
Después de un largo y angustioso instante, Dawson extrajo lentamente la cabeza. Se hundió en el suelo del pasadizo, parpadeando y mirándola con aire estúpido.
-Está vacía.

***

Noone estaba a punto de reunirse con los recogedores de platos cuando vio que la cabeza del contable giraba ligeramente. Noone siguió su mirada: el hombre estaba mirando directamente a Ritinki. El bimm alzó la cabeza, y sus miradas se cruzaron por un instante. El humano hizo una casi imperceptible inclinación de cabeza, y Ritinki respondió con una disimulada oscilación de la suya. La conversación clandestina duró una fracción de segundo.
La sangre de Noone se heló en sus venas. Se enorgullecía de su habilidad de leer gestos sutiles, tics nerviosos y señales ocultas. Era una señal que había demostrado ser de incalculable valor en innumerables partidas de sabacc con grandes apuestas. Y se apostaría el Borgove a que esa pequeña conversación había significado sólo una cosa: Misión Cumplida.
Presionó dos dedos contra el cuello de su uniforme, activando el comunicador oculto.
-Sonax –murmuró a media voz.
Kels vio el movimiento, y se acercó.
-¿Qué estás haciendo? –susurró.
-Hemos llegado demasiado tarde –respondió-. El contable ya no va a abandonar la cena después de todo: ya ha estado allí y ha vuelto. En estos momentos, esa caja fuerte estará almacenada a salvo a bordo de la nave personal de Ritinki. –Frunció el ceño con fuerza-. Se acabó. –Bajando la cabeza, volvió a murmurar al comunicador-. ¿Sonax?
Su respuesta fue un abrupto estallido de crepitante estática. Tras un instante de un murmullo sin sentido, la señal se ajustó a la frecuencia correcta.
-...oon... al hab... ...onax. Adelante.
-Retirada. La caja no está ahí.
-Lo sabemos. Estamos ahora en la cámara.
-Volved al carrito –ordenó-. La caja está ahora fuera de nuestro alcance. Guttu tendrá que aceptar eso.
Hubo una pausa.
-Noone, Dawssson dice que la caja probablemente esssté en la nave del bimm. Sssi esss asssí, yo tengo losss regissstrosss de llegada de la nave rebaño y sssé dónde essstá atracada...
-¡No, maldita sea! No podéis abordarla. No tenemos un plan, y no tenemos tiempo. Volved a...
-Pero Guttu...
-¡Al diablo Guttu! No voy a arriesgaros a vosotros dos en una persecución suicida de una caja. Ahora volved antes de que...
El grito de una respuesta airada le interrumpió. Disgustado, apagó el comunicador.
-¿Crees que se retirarán? –preguntó Kels.
El la miró fijamente.
-Por supuesto que lo harán. Incluso yo pienso que Dawson y Sonax son un poco extraños a veces. Pero ninguno de ellos es estúpido.

miércoles, 30 de octubre de 2013

El gran asalto a la nave rebaño (III)


Dawson y Sonax permanecieron completamente inmóviles en la cámara de procesado de residuos mientras el grupo de ithorianos pasaba por el pasillo colindante. Dawson esperó hasta que los sonidos de la burbujeante conversación se hubieran desvanecido, contó cinco latidos más de su corazón, y abrió la puerta empujándola con la palma de su mano. Saliendo de nuevo al pasillo, consultó su tableta de datos por décima vez desde que los dos habían comenzado juntos su incursión.
Sonax se deslizó a su lado.
-¡Dame essso! –solicitó, tratando de agarrar la tableta.
-Ni hablar –replicó el tynnan, sosteniendo el dispositivo fuera del alcance de sus manos-. Harías que nos perdiéramos.
-¡Ya essstamosss perdidosss! –siseó Sonax, mientras avanzaban por el pasillo-. Tenemosss que essstar de vuelta en el carro de comida, con el contenido de la caja fuerte, antesss de que termine la cena. Sssi me lo dasss, puedo dessscargar todo el mapa en mi banda de interfaz.
-¿Y dejarte a ti al mando? Sonax, te ha atrapado alguna singularidad matemática, y... –Dawson se detuvo en seco, pasando la mirada de la tableta de datos a las puertas blindadas que se alzaban ante ellos y de nuevo a la tableta, antes de mirar finalmente a Sonax-. Y ya hemos llegado.
La bodega de carga de la Canción de las Nubes comprendía casi una cuarta parte de la sección de popa, extendiéndose justo debajo del motivador de hipermotor y una cubierta por encima de los conjuntos de motores subluz. De acuerdo con la información de Guttu, la caja fuerte estaba almacenada al otro lado de esas puertas blindadas reforzadas, en una cámara sellada rodeada por un conjunto de alarmas de seguridad y una falange de guardias armados. La aproximación directa jamás funcionaría.
La pareja retrocedió hacia la última esquina que habían girado, para que no les pillasen desprevenidos en caso de que las puertas blindadas se abrieran de repente. Dawson señaló el techo.
-Túneles de acceso, ¿verdad?
Sonax negó meneando la cresta de su cabeza, con la pálida luz reflejándose en su banda de interfaz.
-Ssseguro que losss túnelesss essstán monitorizadosss –dijo-. Puedo anular lasss alarmasss accediendo al ordenador principal de la Canción, pero cualquier ithoriano alerta detectaría losss bloqueosss. Y essstoy sssegura de que habrá alguno.
Dawson parecía preocupado.
-¿Entonces qué...?
-Entoncesss nosss assseguramosss de que no permanezcan alerta. Dame mi caja.
El tynnan rebuscó en su zurrón y extrajo una caja gris rectangular del tamaño aproximado de un vaso de agua. Se la pasó a Sonax.
-Sssúbeme. Rápido.
Con una mueca, Dawson se arrodilló en el suelo mientras Sonax reptaba sobre su espalda y hombros. Con un gemido, se puso en pie, tambaleante. Sonax enrolló fuertemente su cola alrededor del pecho del tynnan para sujetarse.
Sonax abrió el panel del techo y lo apartó de su camino.
-¡Essstate quieto! –susurró hacia abajo, a su apoyo, e introdujo la cabeza en el interior del hueco del techo.
El oscuro pasaje de acceso avanzaba recto unos diez metros, y luego se separaba en tres ramas distintas. Perfecto. Apoyando los codos en el borde para contrarrestar los beodos tambaleos de Dawson, la sinuosa alienígena abrió la tapa de la pequeña caja gris. Un centenar de furiosos myrmins rojos bullían en su interior, chasqueando las pinzas de sus mandíbulas, ansiosos por poder cortar en pedazos algún enemigo. Sonax volcó la caja, enviando a las tinieblas al furioso ejército insectoide. Rápidamente, sacó la cabeza del conducto y volvió a colocar el panel sobre su cabeza.
Dawson suspiró aliviado cuando Sonax bajó de nuevo al suelo deslizándose desde sus hombros.
-Essso activará cualquier alarma que tengan ahí arriba –dijo ella al jadeante tynnan-. Mientrasss tanto, tomaremosss el camino de abajo.
Ya estaba retirando el panel en el suelo de la cubierta.

***

-Loolalekkipaa soookii-pa esoopili? –El khil lanzó una mirada furiosa a Noone, silbando entre sus hullepi y clavando su índice en la bandeja metálica-. Hooodoffi dip-dip?
Noone le devolvió la mirada con aprensión. Podía hablar con fluidez cinco idiomas, y podía salir del paso en una docena más, pero no podía descifrar ni una sola palabra del estridente argot gorjeado por ese alienígena con tentáculos en la cara. Tal vez había perdido práctica. O tal vez el khil estuviera borracho.
Tratando de adivinar las intenciones de su cliente por su entonación y su lenguaje corporal, Noone alzó su bandeja y la giró un cuarto de vuelta.
-Si no le apetece la anguila fleek, señor, también tengo canapés de pez de hielo escalfado, espolvoreados con...
-Goohilli! –El khil dio un puñetazo en la bandeja, enviando al suelo varias gambas de tierra con rebozado de mantequilla. Juntó sus dos manos con garras en un elaborado y probablemente grosero gesto, y se perdió entre la bulliciosa multitud. Noone respiró aliviado mientras se agachaba a recoger los aperitivos caídos.
Hasta ese momento, las cosas parecían marchar bien. Antes de su llegada al invernadero abovedado en el corazón de la nave rebaño, todos los empleados del catering habían sido concienzudamente escaneados en busca de armas o explosivos, y todas las delicias gastronómicas habían sido probadas por un par de catadores de aspecto infeliz. Aparentemente, la fiesta estaba transcurriendo según el horario previsto, y su capataz les ladraba órdenes mientras descubrían los aperitivos, encendían los candiles, removían la sopa, y descorchaban el brandy corelliano. Los ricos aromas se mezclaban con los dulces efluvios de las hojas de vesuvague y las flores donar.
La mesa principal del comedor, una gigantesca plancha de madera con asientos para un centenar, se encontraba directamente bajo el centro de la cúpula transparente. En la cabecera de la mesa había dos sillas talladas, tan grandes que sería más acertado denominarlas tronos. Juntas, aguardaban a los invitados de honor. Ninguno de los asientos era mayor que el otro, ni tenía detalles más intrincados, ni estaba más cerca de la mesa; aparentemente, las apariencias eran clave para esta negociación. A la izquierda de la mesa, se había despejado una gran zona para que los invitados se mezclaran y se relacionaran. En la periferia, justo frente a la línea de árboles cubiertos de musgo y a los serpenteantes caminos del jardín, Noone y el resto habían preparado un semicírculo irregular de carros de catering.
Los invitados habían llegado en masa hacía poco tiempo. Los entornos de Ritinki el bimm y Vop el rodiano incluían cada uno a decenas de subordinados, seguidores y lamebotas, y todos ellos parecieron deleitarse con la bienvenida visión de una barra libre. La atmósfera fue volviéndose cada vez más ruidosa y escandalosa, conforme un mar de tambaleantes seres, bajo los efectos de varios intoxicantes, luchaba por hacerse oír sobre el resto. Por el momento, ninguno de los jefes criminales había hecho su aparición.
Noone captó el destello de una chaqueta de color blanco brillante entre la masa de cuerpos. Abriéndose paso entre dos twi’leks elegantemente vestidos enzarzados en un acalorado debate sobre puntuaciones de bola-choque, Kels se acercó a su lado.
-¿Cómo va la guerra? –le gritó él al oído.
Kels sonrió ligeramente, alzó el puño derecho a la altura de su hombro, y entreabrió los dedos, mostrándole la característica silueta de una nota de crédito certificada de Sif-Uwana. La mano se hundió en su chaqueta y reapareció un instante después, vacía.
-¿Has robado eso? ¿A los twi’leks? –Sin volver la cabeza, echó un vistazo a los dos alienígenas, temiéndose lo peor. Aún seguían intercambiando belicosos insultos, gesticulando salvajemente con sus colas craneales. Y claramente ajenos a su entorno inmediato. La presión de su pecho desapareció, pero fue reemplazada por rabia. Blandió un dedo ante el rostro de la chica, a modo de advertencia-. No vuelvas a hacer eso. O quedas fuera del equipo. –Se inclinó acercándose a ella-. No podemos volver con el carro si nos pegan un tiro a ambos. ¿Entendido?
En ese punto del golpe, todo recaía en Sonax y Dawson. Todo lo que él y Kels podían hacer era interpretar sus papeles asignados durante la cena, limpiar los restos de los platos, recuperar el carro del pudin del nicho lateral donde lo habían dejado, y cargarlo de nuevo en la lanzadera de regreso. Con algo de suerte, sería igual de pesado que cuando lo habían descargado, con el peso de dos polizones y los diez kilogramos adicionales de una caja fuerte metálica. Echó un vistazo a los juerguistas. Con suerte, a ninguno de ellos le apetecería especialmente un plato frío de pudin de gumbah.
Noone echó un vistazo casual a la sala, girando la cabeza, y el pequeño dispositivo le rozó la piel de la nuca. Estaban pasando mucho tiempo hablando juntos.
-Será mejor que nos separemos –dijo-. Sólo recuerda lo que he dicho acerca de los pequeños robos. Ahora somos simples camareros honrados, nada más. –Se obligó a poner una expresión de dureza en su cara-. ¿De cuánto es la nota de crédito, de todas formas?
Kels abrió los ojos de par en par conforme se adentraba en la multitud. Alzó una mano, con los dedos extendidos, como si estuviera saludando a un colega del trabajo. Entonces Noone no pudo evitar que la sonrisa alcanzase su boca y se ensanchase de oreja a oreja. ¡Cinco mil! Enséñale un poco de disciplina, y nos convertirá en los ladrones con más éxito del sector.

***

El palpitante zumbido del campo de seguridad era bastante reconocible, ahora que sabían lo que tenían que escuchar. Pero el campo era imperceptible en todas las longitudes de onda visuales, y Dawson, gateando a cuatro patas, había chocado de cabeza en él. Ahora estaba sentado, gruñendo y frotándose el punto donde se le había chamuscado el pelaje.
Sonax acercó más su cabeza, casi tocando la barrera de fuerza pero sin llegar a hacerlo. Golpeó tentativamente contra ella la punta de su luma portátil. Crepitó y chisporroteó con tensa energía. No iban a poder pasar por ahí a la fuerza.
Cerrando ambos ojos y respirando profundamente, Sonax accedió a su banda cibernética. La acción fue automática, casi inconsciente, pero como siempre sintió un bienvenido brote de calidez y placer. Este mundo interior era seguro y confortable, y sus caminos de silicio tan familiares como los abarrotados confines de la Esfera Habitacional D de Sluis Van, donde había vivido de niña con su padre y sus hermanas.
En el ojo de su mente, apareció ante ella una matriz de opciones, con túneles ramificados que se extendían tras ella como brillantes líneas verdes y rojas. Seleccionó el pasadizo número doscientos treinta y dos del decimocuarto nivel. Su consciencia entró disparada en el tubo, siguiéndolo por mareantes caídas y giros hasta su punto final, donde un conjunto de rejillas de finos cuadrados que giraban lentamente en direcciones opuestas bloqueaba cualquier acceso. Sonax empujó la primera rejilla en posición, luego la segunda, luego la tercera. Se deslizó por uno de los miles de pequeños agujeros, surgiendo en un anfiteatro zumbante cuyas líneas se extendían hasta el infinito. Números de paquete y cadenas de código pasaban zumbando como borrones de luz, en un clamoroso y caótico torbellino de sonidos y sensaciones. Había entrado en el ordenador principal de la Canción de las Nubes.
Momentos después de que ella y Dawson hubieran comenzado a reptar por el túnel de mantenimiento inferior, habían llegado a un terminal de datos miniaturizado, tal y como esperaba. Era un dispositivo sencillo, preparado sólo para comprobaciones de diagnóstico, pero tenía un acceso directo al ordenador principal; solamente a un único directorio, con el único objetivo de obtener registros de reparaciones. Usando un cable de enlace, con un extremo conectado al puerto de datos y otro a su banda craneal, Sonax había pirateado el directorio y accedido al disco principal. Desactivó cualquier alarma de intrusión latente en el pasadizo de mantenimiento B43, luego localizó el código de señal remota y lo copió.
El código de señal remota de la Canción permitía que las tabletas de datos y otros equipos portátiles permanecieran enlazados al ordenador principal sin estar físicamente conectados por cables, clavijas o tomas de datos. Esta comodidad era una característica estándar en la mayoría de grandes naves estelares. Después de desenganchar el cable, lo enrolló y se lo devolvió a Dawson. Duplicando la señal, Sonax podía conectarse a los sistemas de la nave en cualquier momento, siempre que permaneciese a bordo. Tal y como estaba haciendo ahora.
La cacofonía del ordenador principal de la Canción habría sobrepasado a una mente puramente orgánica incapaz de percibir su estructura subyacente. Para un ciborg como Sonax, era hermosa, una obra de arte de arquitectura intrincada que dejaba sin aliento. Colocándose tras un palpitante flujo de datos, siguió su estela entre dos filtros antivirus y un bloqueo de contraseña, salió junto a un inmenso baluarte que representaba las Operaciones de Seguridad.
El muro virtual estaba cubierto con las protuberancias rectangulares de los subdirectorios; se dirigió a la ranura en la intersección de la columna Mern-Krill y la fila 3135: Contramedidas de Seguridad. Con un suave empujón por su parte, comenzaron a volar números a velocidad cegadora, pero sabía lo que necesitaba, y lo reconocería cuando lo... ¡ahí! El comando de control para el campo de contención 776, pasadizo B43.
Un débil enlace azul surgió del comando de control, dirigiéndose hacia otro camino de silicio. Si se cortase la potencia, la barrera de energía caería, pero una señal reflejada por ese enlace activaría una señal de alerta en la estación de algún técnico ithoriano. Puede que estuvieran demasiado distraídos con la infestación de myrmins como para darse cuenta, pero más valía prevenir que lamentar.
Sonax empujó ligeramente el delicado enlace, no lo bastante para romperlo (lo que causaría que un amenazante programa de autodiagnóstico apareciera en ese sector), pero suficiente para insertar un parche con un buffer temporal. Volviendo al indefinido borrón negro que representaba el comando del campo de seguridad, colocó los números en una alineación nueva, sin potencia. Cuando el borroso código comenzó a ralentizarse y enfriarse, Sonax comenzó a deshacer sus pasos hacia las estables matrices de su propia red neural.
Abrió los ojos. Dawson todavía estaba frotándose la coronilla. Toda la operación había tardado menos de un segundo de tiempo real.
A su lado, la barrera de energía siseó, chisporroteó con un millar de parpadeantes puntos de luz, dio un alarmantemente brillante destello, y desapareció. Sonax volvió a tantearla con su luma. Esta vez, su brazo pasó sin problemas por la unión y al pasillo más allá.
Dawson asintió con admiración.
-Excelente, Sonax, excelente. Muy buen trabajo.
Sonax ya estaba avanzando, serpenteando hacia delante con su poderosa cola. Encontraba mucho más fácil moverse por el estrecho pasaje que su compañero tynnan de dos patas.
-Rápido –dijo-. No tenemos mucho tiempo.