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jueves, 27 de septiembre de 2012

Espada de doble filo (y III)


PALACIO IMPERIAL, CORUSCANT, DOS DÍAS DESPUÉS

-¿Cómo está tu teniente? -preguntó el Emperador.
Vader estudió las filas de la Legión 501 desde la ventana que daba al patio de armas. Había un cierto consuelo en saber que para la mayoría de ellos -aquellos cuya vida entera era la del soldado y que no tenían ambiciones más allá de eso- la vida era un proceso sencillo de hacer su trabajo sin pensar en a quién podrían expulsar o asesinar o superar.
-Está mejorando, Maestro.
-La lealtad es una buena cualidad.
-He pedido a Arkanian Micro que produzca un batallón de clones de Lekauf. Creo que han demostrado su eficacia.
-Sí. -Palpatine se acercó junto a la ventana para estar al lado de Vader, como si sintiera curiosidad por lo que hubiera captado su atención-. Cancela los pedidos de clones de Cuis. Por el momento.
Ya lo hice.
-Así se hará, Maestro.
-Todavía estás preocupado. Puedo sentirlo.
Vader decidió arriesgarse a hacer la pregunta que estaba en su mente. Palpatine sabía que estaba allí de todos modos. La única cuestión era si Vader la formularía.
-Maestro, ¿la rebelión de Sheyvan estuvo diseñada para ponerme a prueba?
Palpatine volvió la cabeza bruscamente. La capucha ensombrecía sus ojos: Hubo un tiempo en que su cara había parecido amable a Vader.
-Si se trataba de una prueba, Lord Vader, fue para los clones, no para ti. Y si lo era, entonces el lote de Lekauf ha demostrado ser el más digno.
Así que esos eran sus motivo. Con un poco de manipulación mental para convertir el resentimiento de Sheyvan en odio. Y qué pobre recompensa para Lekauf.
Vader contuvo su ira simplemente para negar a su Maestro el sabor de la victoria.
-Una crisis real muestra de lo que está hecho un hombre.
-Por supuesto, no he descartado la posibilidad de encargar más clones de Cuis.
¿Con cuánta antelación planea sus jueguecitos? Ha esperado décadas para derrotar a los Jedi. Ha utilizado billones de vidas para lograrlo. ¿Voy a ser capaz de pensar suficientes pasos por delante de usted?
-Tengo la sensación de que los Jedi Oscuros no son adecuados para el Ejército Imperial.
-Con el comandante adecuado lo serían.
-¿Y quién los entrenaría?
-Tú, Lord Vader.
-Prefiero los soldados comunes. Ellos no codician el poder. Pasaría todo el tiempo vigilando mi espalda.
-Desde luego que sí -dijo Palpatine.
Había sido un juego al principio, uno molesto, pero simplemente un combate verbal; el Emperador ni le mentía ni le decía la verdad. Ahora había dejado de ser un reto, y Vader deseaba una relación más simple. Había una línea muy fina entre fortalecer a un hombre a través del desafío constante y convertirlo en un enemigo.
-Tal vez la solución para evitar tener que vigilar tu espalda es hacer que tu enemigo vigile la suya -dijo Vader.
Algún día iré a por usted.
-O tener a otros que te la vigilen por ti -dijo Palpatine y se volvió dejar a su aprendiz solo en la antesala.
Vader sabía ahora que no había usuarios de la Fuerza, oscuros o no, en los que pudiera confiar por completo, y confiaba en su propio Maestro menos que en nadie. Vader no tenía lealtades más allá de sí mismo -a excepción de su interés en el bienestar de la gente como Lekauf, hombres sin dones o poderes extraordinarios de ningún tipo.
A menos que, por supuesto, uno cuente la simple honestidad como un don.
En ese momento, pensó que podía equipararse a cualquier poder de la Fuerza. Sí, Vader prefería hombres ordinarios que sobresalieran por su esfuerzo. La parte de él que era Anakin Skywalker recordó las pocas cosas que había luchado por lograr -el amor, la emoción, la libertad- y pensó cuánto más le habían entusiasmado que sus prodigiosos y fáciles poderes.
Él mismo había sido un hombre, en otro tiempo. Pensando en Lekauf, se preguntó si alguna vez elegiría volver a serlo.

Espada de doble filo (II)


CABINA DE DÍA DEL OFICIAL AL MANDO, LANZADERA ST 321, EN RUTA HACIA EL CENTRO IMPERIAL.

-Creo que preferiría mantener el batallón Cuis bajo mi mando directo -dijo el Emperador, recostándose en el asiento de Vader mientras la lanzadera saltaba al hiperespacio.
Vader hizo caso omiso de la violación de su territorio y simplemente registró el hecho de que su Maestro se había molestado en hacerlo. Era otra de esas pequeñas pruebas, los constantes empujones y aguijonazos pensados para hacer que Vader ansiase la supremacía y adquiriera la suficiente ira para tomarla. Un millar de pequeñas amenazas alimentarían el lado oscuro en su interior, pero a veces parecía que lo hacía más por deporte que por su educación.
No le necesito para mantenerme preparado, Maestro. No olvidaré lo que me motiva. Y un día le mataré, sí, pero será un día de mi elección, no un acto reflejo cuando finalmente sus provocaciones colmen mi paciencia.
-¿Entonce no formarán parte de la infantería, Maestro?
El tono de Palpatine se endureció un poco.
-Sé cómo dirigir un ejército. Lord Vader.
-Me refiero a que los clones Cuis son, a los efectos, todos Manos y por lo tanto podrían ser ideales para operaciones especiales.
El emperador aceptó un vaso de agua de Lekauf, que nunca parecía encontrar degradantes las tareas domésticas.
-Sí, los entrenaré para llevar a cabo muchas tareas.
Vader se las arregló para evitar las palabras que últimamente siempre planeaban entre ellos.
-Cuis fue leal a su Maestro hasta el final. Ni siquiera reveló su nombre.
-Una encomiable cualidad que espero encontrar en su clones.
-Puede que sea genético, pero también puede ser fomentado.
Y de igual modo también puede ser eliminado. Vader pensó en el hombre que había sido -sí, no había dolor ahora, sólo una vívida y furiosa determinación- y en aquellos que había amado, pero que lo habían traicionado. Todavía podía recrear esa fría e intensa sensación de decepción cuando se dio cuenta de que Palpatine había enviado a Cuis, y que lo único seguro acerca de él es que iba a ser una fuente de amenaza constante. Saber lo solo que realmente estaba podría haberle hecho más fuerte, pero eso no le consolaba. Sospechaba que por eso se rodeaba de los Lekaufs de este mundo; no sólo porque los soldados leales eran buenos soldados, sino porque eso tranquilizaba a la pequeña parte de él que había sido Anakin, la parte que aún parecía suficientemente útil no suprimir. Lekauf era tranquilizador: un hombre al que le gustaba saber dónde estaba, un hombre que simplemente quería hacer su trabajo lo mejor posible y tener un propósito claro a cambio de su devoción.
No me decepcionarás. Demasiada gente me ha decepcionado.
-Teniente -dijo Palpatine, mirando más allá de Vader hacia donde Lekauf permanecía en paciente silencio-. ¿Qué te hace ser fiel a Lord Vader?
Lekauf, normalmente incómodo alrededor de Palpatine, se relajó un poco. Vader podía sentirlo. Las dudas y pasiones de Lekauf rara vez se mostraban en su rostro, pero las tenía, y Vader siempre podía saborearlas y a veces se basaba en ellas para entender lo que estaba sucediendo en el Ejército Imperial.
-Con su permiso, señor –dijo Lekauf, y miró a Vader-. Es porque mi Señor nunca pide a sus hombres que hagan cualquier cosa que él mismo no haría.
-Loable -dijo Palpatine.
Honesto, pensó Vader. Podría haber dicho que el Imperio era lo más santo y que yo era su instrumento. Pero ha dado la respuesta de un soldado.
El emperador volvió a sorber su agua, y Lekauf siguió inmóvil, de pie. No quería sentarse a menos que Vader estuviera sentado. Vader ya estaba acostumbrado a ello, y de vez en vez en cuando tenía que ordenarle que se sentara cuando estaba claro que lo necesitaba.
-Llama a tu mujer, Lekauf -dijo Vader-. Dile cuándo vas a llegar.
Hubo un breve destello de emoción en el espíritu de Lekauf que iluminó la Fuerza por un breve momento.
-Gracias, señor. Gracias.
Lekauf saludó y desapareció por la escotilla hacia la cabina. Maestro y aprendiz permanecieron en silencio hasta que estuvo fuera del alcance de sus voces.
-Siempre me sorprendes con tu capacidad para la... compasión -dijo Palpatine, convirtiendo de alguna manera esa palabra en un insulto.
-Motivación -dijo Vader, atreviéndose a corregir a Palpatine, y esperó que no creyera que había conseguido herirle-. No tendría sentido negar a Lekauf una cosa tan pequeña. Ejercer el poder por el poder no logra nada. Saber cuándo relajarlo, .
-Conseguir que las personas quieran agradarte es una habilidad importante -dijo Palpatine-. Te estás convirtiendo en un experto en ello. Fascinante, ¿no es así? Ver ese deseo de aprobación.
Ah, disfrutaba con ello. Era su deporte. Era más que el ejercicio del poder político. Le gustaba ver a la gente, a las personas inferiores e indefensas, a su servicio.
Ya no deseo complacerle, Maestro. Vader decidió que estaba contento de ser un hombre sencillo, confiando en la fuerza y la claridad. Su necesidad de juegos será algún día su perdición... ahora conozco cuál es su debilidad. La utilizaré cuando sea el momento.
Vader se instaló en el asiento de enfrente -normalmente el del primer oficial- y ocupó su tiempo poniéndose al día con informes de las bases imperiales en el Borde Exterior.
Debería haber sido un vuelo corto, sin complicaciones. Y así fue, hasta el momento en que algo cosquilleó en la parte posterior de la garganta y miró hacia arriba, llevando instintivamente la mano hacia su sable de luz. Entonces la alarma roja de los puestos de emergencia iluminó el mamparo y la sirena de advertencia le dejó sordo.
Palpatine, siempre todo calma glacial, colocó su vaso con cuidado sobre la mesa más cercana y abrió la comunicación con la cabina.
-¿Cuál es el problema? -preguntó.
No obtuvo nada más que el crujido de estática desde el otro extremo del enlace. Vader ya estaba en la escotilla, sus sentidos de la Fuerza abriéndose camino a través de lo que parecían ser capas de relleno y humo para sentir claramente lo que le había sido ocultado mediante un esfuerzo voluntario. Los Jedi Oscuros se habían revelado, luchando para ocultarle sus intenciones, pero todo lo que necesitaba saber era que no planeaban serle leales a él.
Probablemente estaban viniendo a por él.
Al parecer, los clones de Cuis aún continuaban con la misión de su donante.

***

Vader se dirigió por el pasillo hasta la cabina, sable de luz en mano, con las parpadeantes luces rojas de las estaciones de emergencia reflejándose en su armadura. Podía oír fuego de bláster.
Abrió su comunicador.
-Lekauf, ¿qué está pasando?
-Los clones de Cuis han matado a los pilotos y se han apoderado de toda la sección delantera de la nave, señor. -El b-dappp de un disparo de bláster interrumpió al teniente-. Aquí sólo quedamos mis clones, el oficial de navegación y yo. Estamos tratando de hacer saltar las escotillas del mamparo.
-Esperadme.
-No creo que deba bajar aquí, señor.
-Yo me ocuparé de ello. Me quieren a mí.
-Sheyvan parece ir a por el Emperador, señor, no a por usted.
Vader sintió la sacudida de la lanzadera como si hubiera realizado una repentina corrección de rumbo. Se dirigió de vuelta a la cabina de día y verificó la pantalla del repetidor de navegación para comprobar el rumbo; la lanzadera se dirigía ahora hacia el Borde Exterior. Palpatine seguía sentado tranquilamente en su asiento, con la empuñadura de su sable de luz en el regazo.
Un pensamiento cruzó por la mente de Vader. Lo expresó con cuidado.
-¿Es esto un ejercicio de fuego real que usted tuvo a bien no mencionarme, Maestro?
-No -dijo Palpatine.
Otro de sus juegos, en cualquier caso. Tal vez haya encargado a los clones de Cuis que me maten.
-Está en peligro, Maestro.
-Puedo ocuparme de siete Jedi Oscuros, Lord Vader. Lo que ninguno de nosotros puede hacer frente, sin embargo, es el vacío del espacio. Así que asegurémonos de que no haya brechas en el casco.
-Siete -dijo Vader-. Entonces, está incluyendo a su propia Mano.
-O bien Sheyvan está muerto, o bien es parte de esta rebelión, en cuyo caso morirá de todos modos.
La Lambda era una pequeña nave, de 20 metros de proa a popa, y Palpatine podía luchar con sus poderes de la Fuerza desde la cabina de día tan bien como podía hacerlo al alcance del sable de luz de un enemigo. Vader tomó su reacción tranquila como prueba tácita de que el Emperador sabía que no estaba en peligro, pero que Vader sí lo estaba. Y de repente, se sintió ofendido por poner en peligro a su tripulación, que se merecía algo mejor que eso.
-Yo me encargaré de esto, Maestro. No es necesario que se vea involucrado. -No ponga obstáculos en mi camino. No trate de ponerme más a prueba. Manténgase apartado de esta lucha-. Lekauf y yo reestableceremos el orden.
Vader volvió a recorrer el pasillo y salió por la escotilla un compartimiento a popa del mamparo de la cabina. El humo y el olor a disparos de bláster llenaba el aire; Lekauf, el oficial de navegación Pepin, y los clones de Lekauf habían apilado cajas como barrera defensiva e iban alternando entre disparar a la escotilla y tratar de forzar a las secciones con una barra de duracero.
-Si no tuviéramos Jedi al otro lado de la escotilla, a estas alturas ya estaría abierta -dijo Pepin, gruñendo por el esfuerzo, mientras ponía todo su peso en la barra de metal.
-Es Sheyvan, señor -dijo Lekauf-. Los ha liderado.
Vader se acercó a la escotilla, apartó a Pepin a un lado con mano firme, y golpeó dos veces su puño cerrado contra el duracero.
-Sheyvan, ríndete. Nunca podrás derrotarme.
La voz de Sheyvan sonaba ahogada. El oído amplificado de Vader distinguió las palabras con claridad, incluso a través del pesado duracero.
-Nos ha traicionado -dijo Sheyvan-. El Emperador nos ha traicionado a todos.
-Abre esta escotilla.
-Él nos utiliza, Lord Vader. ¿No lo entiende?
Oh, sí, por supuesto que sí. Y podría arrancar esta escotilla con el poder de mi voluntad, pero quiero oír más. ¿Cómo has encontrado la fuerza para desafiar a Palpatine?
-He dicho que abras la escotilla.
-Nos hace creer cada uno de nosotros somos la única Mano y luego averiguamos... tira a la basura nuestras vidas, Lord Vader, y nuestra lealtad se merece algo mejor.
Desde luego que sí. También la mía. ¿Con quién sigo todavía enojado; con Palpatine o con Kenobi? ¿Qué Maestro me ha decepcionado más?
-Clones de Cuis. -Golpeó la escotilla de nuevo-. No podéis tener los recuerdos de vuestro donante. ¿Qué os hace sentiros lo bastante traicionados como para amenazar a vuestro Emperador?
La voz de un hombre muerto contestó con un acento ligeramente diferente, el acento de Sheyvan.
-Somos leales al hombre que nos entrenó, Lord Vader.
-Genial -dijo Lekauf-. Inteligente manera de volver sus cualidades contra nosotros.
No cabía duda de su capacidad de lealtad, y Vader había tenido razón al observar esa cualidad en Cuis; pero no sabía lo traicionado que se había sentido Sheyvan al descubrir que no era la única Mano, y al descubrir lo que le había sucedido a Cuis.
Pero Palpatine debía haber sabido que esa reacción era probable. ¿Había ideado esto a propósito, poniendo a un hombre amargado a cargo la formación de Jedi Oscuros que muy probablemente asumirían la causa de su instructor? ¿Había influido en la mente Sheyvan? Vader nunca sabía cuántas capas había en las intrigas de Palpatine, sólo que estaba cansado de ellas.
Lekauf tenía razón. La lealtad era una espada de doble filo. Era una pena que estuviera jugando en su contra en ese momento.
-Lord Vader -dijo Sheyvan-. Lord Vader, ayúdenos a derrocar a Palpatine. Usted podría gobernar en su lugar.
Sí, le derrocaré. Pero ahora parecía muy pronto, demasiado pronto. Vader lo consideró por un momento. Se dio la vuelta y sorprendió a Lekauf mirándole fijamente, y rechazó la idea.
-Apártate y déjame abrir esta escotilla, teniente.
Los clones de Cuis le oyeron. Sintió cómo uno de ellos se acercó más a la escotilla.
-Si intenta asaltar la cabina –gritó-, sobrecargaremos el cañón láser; y destruiremos la nave.
Lekauf asintió.
-Pueden hacerlo, señor -dijo en voz baja-. Tienen el control de todos los sistemas de armas.
-Entonces tendremos que neutralizarles de forma segura.
-¿Segura para ellos?
-Segura para nosotros.
-Si está usted preparado para enfrentarse a unos instantes sin soporte vital, mi señor, es probable que pueda cortar la corriente de toda la nave -dijo Pepin-. El generador está en nuestro lado de la escotilla.
Eso paralizaría los cañones láser. Significaba luchar en la oscuridad, pero tanto Vader y como los clones tenían mejoras en sus cascos que les permitían ver en infrarrojos y con poca luz. Pepin podría arreglárselas de alguna manera.
-Aunque cortemos la corriente, todavía tendrán sus sables de luz, señor -dijo Lekauf-. Son muy bueno desviando fuego de bláster, y cualquier otra munición más pesada podría hacer un agujero en nuestro casco de todas maneras.
-Tengo algo que tendrán problemas para desviar -dijo Nele, el clon de Lekauf que había sido lanzado a través de la sala de entrenamiento. Levantó un gran rifle con una cámara cilíndrica montada donde habría estado la mirilla óptica en un rifle bláster convencional-. Barbacoa instantánea.
Lekauf pareció avergonzado por un momento.
-Un lanzallamas, señor. Tiene razón. Mejor carbonizar los paneles que abrir un gran agujero en ellos. Y es rápido.
Vader no podía imaginar a su ultra-formal teniente enseñando a sus clones frases como barbacoa instantánea, pero claramente había un lado del hombre que no había visto todavía.
-El fuego el mayor peligro a bordo de una nave.
-No tan peligroso como dejar que vuelen la nave en pedazos, señor.
-Muy bien -dijo Vader. Podía usar la Fuerza para contener los daños si era necesario. Sintiendo una presencia que se acercaba, se dio la vuelta para ver a Palpatine, de pie al final del pasillo, sereno y simplemente... observando-. Preparados.
Vader lamentó la pérdida de los clones de Cuis. Pero se trataba de un asunto de supervivencia, y si una Mano podía volverse contra el Emperador, el hombre que había inspirado originalmente su devoción, entonces habría inculcado en sus alumnos la capacidad de hacer lo mismo.
Los clones siempre eran rápidos aprendiendo. Eso también era una espada de doble filo.

***

Palpatine permaneció al fondo del pasillo que corría a lo largo del lado de estribor de la Lambda. Había proyectado un campo resplandeciente ante él, una declaración silenciosa de que no iba a participar en la lucha.
-Tengo confianza en ti, Lord Vader.
Ese truco ya no funciona conmigo, Maestro.
-Y yo tengo confianza en mis hombres.
Vader podía ver por el tenso control en el rostro de Lekauf que ahora estaba lejos de sentirse inspirado por el Emperador. Por una vez, ahí había alguien que no parecía capaz de impregnarse con el deseo de agradarle. Lekauf parecía sentir lo mismo que sentía Vader. Era inquietante ver eso en un hombre común.
Pepin estaba en pie con un hidrotensor en la mano, listo para apagar los motores y el generador de la lanzadera. Lekauf posicionó a los seis clones a ambos lados de la escotilla con lanzallamas y blásters preparados.
Vader dio un paso atrás. Lo que necesitaban no era tanto sus habilidades de combate como su capacidad para impedir que los Jedi Oscuros usasen la Fuerza. Casi sin duda tenían un sentido del peligro tan agudo como el suyo; y siete de ellos juntos podrían salir de detrás de esa escotilla y superar a Pepin o a cualquiera de los clones.
Tomó aire y se concentró, cerrándose a casi todo a su alrededor hasta que sólo era consciente de los seres vivos de la lanzadera. Podía sentir a Lekauf y sus hombres. Podía sentir a Pepin en los controles de potencia. Y podía sentir los siete vórtices de energía oscura detrás de la mampara en la parte delantera como si no hubiera duracero entre ellos en absoluto.
Se oyó un clic y un zumbido de blásters cargándose y un silbido tenue cuando tres de los clones ajustaron la presión en sus lanzallamas.
-Cuando usted quiera, señor -dijo Lekauf.
Vader se concentró en Pepin y lo envolvió en un escudo de Fuerza.
-Pepin... ¡ahora!
Vader notó una sensación de concentración desde detrás de la escotilla, y justo cuando siete mentes parecieron darse cuenta de la amenaza y extenderse en la Fuerza, Pepin apagó el generador y el transbordador se sumió en la oscuridad, a excepción de la reluciente hoja roja de su sable de luz. Levantó la mano izquierda, sabiendo exactamente dónde se encontraba el punto más débil de la escotilla, y envió un potente empujón de la Fuerza que hizo que las dos mitades de las puertas de la escotilla se separasen.
Por un momento, congelado en el tiempo, Vader vio un bosque de hojas rojas de sable de luz exactamente iguales a la suya. Lanzó una onda de choque de la Fuerza contra la cabina al tiempo que su campo de visión estalló en luz caliente y amarilla y el fuerte rugido de las llamas llenó el compartimiento dañado ante ellos, el fuego lamiendo los mamparos y proyectándose por la escotilla de la cabina.
Ahora podía ver el interior. Escuchó gritos. Tres espadas de luz habían desaparecido, pareciendo fundirse con las llamas. Furiosos reflejos dorados bailaban sobre las armaduras blancas. Pero tres de las hojas de energía seguían brillando, y pudo ver tres de los clones de Cuis envueltos en sus propios escudos de Fuerza, logrando mantener a raya el asalto del lanzallamas.
Las placas y los trajes corporales de los soldados de asalto eran resistentes al fuego, y los hombres de Lekauf habían superado ese intrínseco terror humano al fuego para caminar por el infierno y continuar disparando chorros de gas ardiente en el compartimento ante ellos. Vader podía ver tres cuerpos en el suelo, de color negro mate, carbonizados, y tres hojas de sable en movimiento, pero, ¿dónde estaba el cuarto?
Se extendió con la mente, buscando detrás de los ardientes paneles y tableros de control. Otra bola de fuego voló hasta el fondo del puente de mando desde la boca de un lanzallamas. Lekauf, apretado junto a Vader y sin respirador, tosió cuando el humo acre se alzó hacia ellos.
-Mantente aparte -dijo Vader, e intensificó su alcance de la Fuerza para atravesar la protección de los clones de Cuis, agarrando sus gargantas y aplastándolas. Una cedió y Vader avanzó rápidamente, dando tres pasos hacia delante y abatiendo al clon con un movimiento descendiente de su sable.
Quedaban dos, aparte de Sheyvan. Él aún estaba vivo. Vader podía sentirlo, aunque no verlo. Los hombres de Lekauf dispararon rápidas ráfagas de llamas sobre los últimos dos clones de Cuis que quedaban en pie, haciéndoles retroceder contra el mamparo de babor mientras Vader se acercaba y ellos se esforzaban por mantener la burbuja protectora a su alrededor. Salía humo de todas las superficies. El interior de la lanzadera estaba hecho de materiales resistentes al fuego, pero la temperatura en el confinado espacio estaba haciéndose ya insoportable.
Nele disparó otra ráfaga de gas ardiente sobre los Jedi Oscuros. Entonces uno de los clones de Cuis realizó un esfuerzo enorme y envió la bola de fuego de vuelta hacia Vader.
El traje de Vader podía resistir casi cualquier asalto. Pero Lekauf, un hombre entrenado para reaccionar sin detenerse a discutir, se arrojó delante de él y se llevó la peor parte de la llama. Cayó, jadeando, mientras los clones se acercaban a los Jedi Oscuros y Vader reventó sus escudos de Fuerza con pura rabia concentrada.
Los sables de luz se extinguieron en un parpadeo.
-¡Pepin, los controles, ya! –gritó Vader.
La energía del transbordador regresó, y una fina lluvia de retardante de fuego comenzó a caer de los extintores del puente, rociando las superficies ardientes. Vader se arrodilló para agarrar a Lekauf por los hombros y sacarlo de allí.
La acción Lekauf había sido un gesto tonto y que Vader no necesitaba. Pero era un recordatorio doloroso para él. No hacía mucho tiempo, él había sido quien se encontraba quemado y desesperado en busca de ayuda... Y el Maestro en quien confiaba, Obi-Wan Kenobi, le abandonó y le dejó morir.
Vader no abandonaría a Lekauf como él había sido abandonado. Sostuvo la cabeza del oficial, no para ganar su lealtad como Palpatine haría, sino porque era lo que Vader creía que Kenobi debería haber hecho por él.
La piel de Lekauf estaba ennegrecida, pero sus ojos estaban abiertos, anchos y blancos en un rostro conmocionado. Vader pidió bacta y Nele y Pepin corrieron hacia él con medipacs. Lekauf levantó un brazo y miró el dorso de su mano lleno de ampollas como si no fuera la suya.
-Mi mujer va a estar furiosa conmigo -dijo de esa manera absurda con que los hombres gravemente heridos hablaban a menudo.
-Apuesto a que su esposa simplemente se alegrará al verle volver de una pieza -dijo Pepin-. Llevémosle al camarote.
Vader se puso en pie. Los demás clones estaban registrando el carbonizado y deformado compartimento delantero, blásters a punto.
Sheyvan tenía que estar en alguna parte. Era una nave demasiado pequeña como para esconderse. Vader entró cuidadosamente a través de los escombros humeantes, ahora resbaladizo con una capa de líquido extintor, e hizo un gesto a los clones para que le dejasen la búsqueda a él. Sentía que el Jedi Oscuro estaba vivo, pero con una capa negra de ceniza húmeda cubriéndolo todo, era difícil saber qué era un cuerpo y qué era simplemente una lámina de plastoide fundido. Empujó grumos con la bota, sable de luz en mano.
Contó ocho cadáveres; seis clones de Cuis y los dos miembros de la tripulación que ya estaban muertos cuando comenzó el asalto. Entonces, una forma ennegrecida se apartó ligeramente cuando la golpeó con el pie.
Sheyvan se puso en pie de un salto, una pesadilla manchada de ceniza húmeda y negra. Su espada de luz cortó el aire húmedo y caliente, y Vader lo bloqueó con un empujón hacia arriba.
-Le traicionará a usted también, señor -dijo Sheyvan, chocando su sable de luz contra el de Vader.
-Pocas personas no intentarán traicionarme -dijo Vader y volviéndose hacia él. En ese momento, sólo podía concentrarse en la situación de Lekauf, un eco de la suya propia, y la rabia era una fina lente por la que concentrar su poder. Condujo Sheyvan retrocediendo al otro lado de la resbaladiza cubierta, haciéndole tropezar. Incluso ahora, después de soportar las llamas y el humo que aún restaba, el Jedi Oscuro seguía siendo un luchador formidable, y Vader realmente lamentó el golpe final que le atravesó desde hombro a la cadera y lo dejó muerto en el suelo.
Sheyvan era lo que Palpatine había hecho de él. Vader había pensado una vez que él también estaba hecho según lo planeado por Palpatine, pero ahora podía ser su propio hombre.
El Emperador podría incluso haber influenciado a Sheyvan para hacer esto. Tantas capas. Tantos juegos.
La cabina estaba demasiado dañada para pilotar la nave de regreso al Centro Imperial. Vader envió una señal de socorro y esperó el rescate. Regresó al camarote para comprobar el estado de Lekauf y encontró a Palpatine observando los primeros auxilios de emergencia como si se tratara de una demostración.
-¿Sobrevivirá? –preguntó Vader. Conozco esta sensación. Conozco el dolor-. ¿Tiene dañados los pulmones?
Pepin lo llevó a un lado.
-Tiene quemaduras muy graves, señor –dijo en un susurro.
-Yo sobreviví una vez a las quemaduras –dijo Vader-. Y él también lo hará. –Se inclinó sobre Lekauf y observó su rostro, viendo una fracción de lo que Palpatine debió ver una vez en él-. Eres más leal de lo que te conviene, teniente.
-Es mi trabajo, mi Señor.
Sin duda trataba de mostrar humor. A juzgar por las expresiones de los rostros de los clones que había entrenado, había creado ese mismo sentimiento de lealtad en ellos. Casi habían formado una línea defensiva a su alrededor. Nele le pasaba a Pepin una sucesión de gasas impregnadas en bacta.
-Nunca me decepcionas –dijo Vader. Lekauf, con el rostro y las manos envueltos en gasas húmedas, parpadeó un par de veces-. Tus disculpas han sido prematuras.
Con el tiempo, Lekauf se recuperaría, y puede que incluso volviera a entrenar hombres. Pero ahora sería el progenitor de un batallón de clones; sus hombres habían vencido a Jedi Oscuros y, aunque ayudados por Vader, se habían desenvuelto bastante bien por sí mismos.
Lekauf podía estar orgulloso. Y al menos volvería a ver a su familia. Con cicatrices o sin ellas, tenía algunas cosas que otros –incluso Vader- podían envidiar.

martes, 25 de septiembre de 2012

Espada de doble filo (I)

Espada de doble filo
Karen Traviss


¿Qué puedes enseñarle a un clon en pocos meses que un hombre tardaría toda una vida en aprender?
- El Emperador Palpatine, a Lord Darth Vader.


CENTRO DE ENTRENAMIENTO IMPERIAL, YINCHORR, BORDE MEDIO 

Para ser un hombre muerto, Sa Cuis todavía tenía una buena técnica de sable de luz. Lord Vader giró su espada y los dos rayos de energía roja chirriaron el uno contra el otro.
Cuis -uno de sus clones, en cualquier caso- giró en círculo y Vader le imitó, manteniendo una distancia constante entre ellos. No tenía intención de matar al asesino de nuevo. Arkanian Micro había pasado más de un año creando este clon del Jedi Oscuro y habría sido un desperdicio destruirlo a él o a cualquiera de sus cinco hermanos simplemente para demostrar superioridad.
Además, eran hombres. Vader trataba de no perder eso de vista. Si hubiera querido previsibilidad sin inteligencia, habría encargado droides para el Ejército Imperial.
Era consciente de dos personas que observaban con atención el duelo desde el estrado fijado un poco por encima del suelo de la sala de entrenamiento; su Maestro el Emperador Palpatine y uno de sus ayudantes, el teniente Erv Lekauf. Parte de su mente podía sentir la incomodidad de Lekauf al verse tan cerca del Emperador sin Vader a su lado.
-Suficiente -dijo Vader, y apagó su sable de luz. El clon de Cuis también apagó su hoja pero observó cautelosamente a Vader hasta que este se apartó para permitir que los clones continuaran sus prácticas de sable de luz con el instructor. Vader estaba satisfecho. Los clones habían conservado toda la velocidad y los reflejos de la desafortunada Mano del Emperador cuyo genoma era ahora el suyo. Esperaba que también hubieran heredado de alguna manera su extraordinaria lealtad.
Me pregunto si el Emperador sabía que Cuis nunca revelaría que era su Mano. Me pregunto si mi Maestro valora esa clase de devoción, o simplemente la espera.
Vader regresó al estrado para ver cómo los clones continuaban su entrenamiento de sable de luz. Pasaban de parada a estocada, de mucha intensidad a aparente calma, con sus hojas rojas brillando. La cavernosa sala resonaba con el zumbido de los sables de luz y el chasquido de las placas de armadura, una combinación que Vader encontraba extrañamente inquietante. Su instructor era otra de las muchas Manos de Palpatine: un asesino llamado Sheyvan, que tenía predilección por las vibrohojas así como por los más convencionales sables de luz.
Vader se paseaba de un lado a otro de la sala, mirando a las parejas que entrenaban con ojo atento. Las Manos a menudo pensaban que eran el único asesino personal al servicio de Palpatine, y la mayoría quedaban molestos si descubrían que no era así. Parecía que Sheyvan entraba dentro de esa mayoría. Sus ocasionales miradas a Palpatine eran más acusadoras que de adoración.
-Los hombres necesitan creer que son únicos –dijo Palpatine en voz baja. Siempre bajaba la voz para que la gente le escuchase con atención-.Y las mujeres también. A todos nos gusta pensar que somos especiales e insustituibles. Es una gran motivación.
A veces Vader sospechaba que Palpatine podía leer más allá de sus emociones.
-Usted me hizo sentir que yo sólo podría ayudarle a derrotar al Consejo Jedi, Maestro.
-Y era cierto, ¿no es así?
Vader se había preguntado una vez -y no más- cómo podría haberse desarrollado su vida si no hubiera sido seducido por la garantía de Palpatine de que él era el único miembro del Consejo Jedi en quien podía confiar. Era cierto, sí. Pero si se hubiera resistido, Padme habría muerto de todas formas. Al menos ahora tenía el poder y la posición para rehacer la galaxia a su antojo... ordenada. Hacía uso de ese poder. Lo utilizaba cada día más.
-No sólo todos los hombres desean ser especiales -dijo Vader-. También desean saber que hay alguien en quien pueden confiar.
Los ojos amarillos de Palpatine no traicionaron ninguna reacción, del mismo modo que tampoco parecía preocupado por el malestar de Sheyvan. La decepción de los que le rodeaban no tenía importancia, hasta dejaban de servir a su propósito, y entonces eran desechados.
Usted no me va a desechar, Maestro.
-Un día, puede que cree una legión de Jedi Oscuros -dijo Palpatine como si la idea acabara de ocurrírsele-. Tienen un gran potencial. Ese Cuis se sentiría honrado si viera qué ha sido de él.
Era como si nunca hubiera conocido aCuis. Vader nunca había mencionado que sabía que Palpatine había enviado a Sa Cuis para matarlo. Nunca habría dicho vuestro nombre, mi señor. Ni siquiera cuando le ofrecí perdonarle la vida. Eso es lo que quiero en mis tropas. Lealtad.
Vader no se había tomado el intento de asesinato como algo personal. Era parte de su entrenamiento. El camino hacia la maestría Sith tenía que ser duro, porque el poder que proporcionaba no era para los débiles o perezosos. Vader lo entendía.
Lekauf -leal, inteligente, sin poderes especiales más allá de la capacidad para el trabajo duro- caminaba a su lado, irradiando ansiedad. También se habían creado clones suyos, pero estaba muy vivo para verlos. Incluso los había entrenado. Ahora estaban siendo evaluados, y habían pasado la inspección en todas las competencias básicas, excepto el combate cuerpo a cuerpo.
-Todavía pareces preocupado -dijo Vader.
-No, señor...
Lekauf había pasado seis meses en esa miserable bola de roca estéril entrenando a sus clones. Si pasaban la inspección, al fin podría regresar a Coruscant. Era evidente cuáles eran sus temores.
-No has visto a tu esposa e hijos en seis meses, y te preocupa que si tus clones no rinden según lo esperado, permanezcas aquí otros seis más -dijo Vader.
Lekauf tragó saliva y asintió.
-Sí, señor. Así es.
Su valiente honestidad era una de las cualidades que hacían de él un buen donante e instructor de clones. Los recuerdos de Vader de echar de menos a alguien querido -los recuerdos que había aprendido a envolver y guardar bajo llave, ya casi sin dolor- resonaron en respuesta.
Y yo también confiaba en ti, Padme. Ahora tengo práctica en el manejo de la traición.
-Verás pronto a tu familia -dijo Vader.
Lekauf miró hacia las puertas de la sala de entrenamiento. Era un hombre fornido de unos treinta años con un rostro incongruentemente franco y cabello de color marrón claro cortado muy corto.
-Siempre me preocupa decepcionarle, señor. Pero cuando veo lo que los Jedi Oscuros pueden hacer, me pregunto cómo la gente común puede siquiera competir contra ellos.
-Los soldados de asalto nunca tendrán que luchar contra Jedi -dijo Vader-. Sólo rebeldes.
Lekauf respiró profundamente y contuvo el aliento mientras los seis clones pasaron desfilando. Vader lo oyó, por mucho que el hombre trató de disimularlo. Tenían el aspecto que Lekauf podría haber tenido unos años antes, con la misma expresión de optimismo permanente. Y, Vader esperaba, serían soldados igualmente eficientes.
Los clones, que llevaban la misma armadura Imperial que el lote de Cuis, se alinearon frente a la tarima y saludaron. Habían sido entrenados durante su decantación con flashes de memoria para ser soldados competentes, que podían funcionar en cualquier ejército, pero Vader necesitaba que fueran mejores que eso. Necesitaba que cumplieran con los estándares de los soldados clon kaminoanos que todavía formaban la mayor parte de sus tropas de asalto.
-Sin sables de luz. –La voz de Vader resonó en toda la sala de entrenamiento-. Utilizad bastones de duracero. Esto es un ejercicio. No quiero lesiones graves.
Palpatine volvió la cabeza muy lentamente para mirarlo. Vader enganchó los pulgares en su cinturón, esperando el desafío.
-¿Cómo puedes poner a prueba su idoneidad si les limitas? –La voz de Palpatine era suave e insinuante como siempre lo era cuando estaba plantando una idea-. ¿Eso no es una concesión?
-No, mi señor. Crea condiciones más realistas para la prueba. -Vader se mantuvo firme-. Sólo necesitan tener un buen desempeño contra rebeldes, que no son usuarios de la Fuerza. Sólo hombres.
Palpatine se detuvo durante dos latidos, su signo de silenciosa desaprobación.
-Muy Bien.
Vader le hizo señas a Sheyvan para que se uniera a ellos en el estrado con el fin de despejar el suelo de la sala de entrenamiento para el combate. Los clones se emparejaron, uno de Lekauf con cada uno de Cuis.
-Comenzad -dijo Palpatine.
Lekauf volvió a tragar saliva.
Los clones se observaron fijamente, con las barras de duracero sujetas con las dos manos. Luego el metal estalló al estrellar bastón contra bastón, luchando por hacer retroceder al otro. Un clon de Lekauf, con el nombre “NELE” estarcido sobre la placa del pecho, hizo girar su bastón en un arco bajo tirando a su oponente boca arriba al suelo. Pero tan pronto como el hombre cayó de espaldas, se puso de pie otra vez en un solo movimiento y lanzó al clon de Lekauf volando por casi toda la anchura de la sala de entrenamiento con un enorme empujón de la Fuerza. Golpeó la pared, con el sonido del impacto de su placa trasera resonando en la sala, y luchó por ponerse de nuevo en pie, sacudiendo la cabeza para despejarse.
Los otros cinco clones de Cuis dejaron a un lado sus bastones y con un solo gesto hicieron que las armas de sus oponentes salieran volando de sus manos. Todos los clones de Lekauf cayeron al suelo sobre sus espaldas y quedaron sujetos por una mano invisible.
Había sido una demostración muy breve. Lekauf parecía resignado a su destino, con las manos cruzadas a la espalda y los ojos fijos al frente.
-No esperaría que ningún hombre pudiera derrotar a un Jedi sin armas adecuadas -dijo Palpatine.
Vader no estaba seguro de si eso era un veredicto de fracaso o simplemente una observación. Echó un vistazo a Lekauf.
-No, Maestro -dijo, dirigiéndose al Emperador, pero mirando a su ayudante-. Tal vez ahora deberíamos intentarlo de nuevo sin permitir el uso de sus poderes de la Fuerza.
-No, ya he visto suficiente. -Palpatine hizo que la capucha le cubriera un poco más la cara-. Tomaré los clones de Cuis y los entrenar aún más. Tu lote de Lekauf todavía podría ser útil para otras tareas.
Podríamos simplemente clonar un ejército entero de la plantilla de Cuis. Sabemos lo que pueden hacer. Pero un soldado es el producto de la formación constante. Necesitan ver acción.
-Sugiero que los pongamos a todos en servicio activo y veamos cómo se comportan -dijo Vader.
Palpatine hizo una nueva pausa.
-Sí. Pero encarga a Arkanian Micro un batallón de modelos de Cuis de todos modos. Estoy impresionado por lo mucho que los clones han conservado sus habilidades de la Fuerza.
Los clones de Lekauf se habían retirado y estaban esperando en posición de descanso con las manos entrelazadas detrás de la espalda.
-¿Significa eso que regresamos al Centro Imperial? –preguntó Lekauf, incapaz de disimular su desesperación.
-Sí, teniente, así es.
Vader caminaba delante a grandes zancadas y Lekauf se esforzaba por igualar su ritmo. Sus seis clones recogieron sus cascos y armas, y le siguieron al igual que el lote de Cuis. Sheyvan cerraba la marcha, con aire malhumorado.
-Le pido perdón por nuestra actuación, señor -dijo Lekauf.
Vader observó el uso de la palabra nuestra.
-No tendré en cuenta ese fracaso en el combate cuerpo a cuerpo hasta que os vea enfrentaros a hombres corrientes.
-Eso es muy generoso por su parte, señor.
No, no era generoso: era justo. La prueba contra los clones de Cuis no era más que un acto de curiosidad, y no una razón para considerarlos no aptos. Vader los vio subir la rampa de su lanzadera clase Lambda y se dio cuenta de que aún con sus cascos, podía distinguir a los clones de Lekauf de los de Cuis solamente por su porte y su paso disciplinado y sincronizado. Los clones de Cuis se movían más como atletas que como soldados, y -no podía dejar de notarlo- no se movían como una sola máquina.
-Alegraos –exclamó Lekauf, sabiendo instintivamente, con su infalible precisión habitual, lo que pensaba Vader-. Ahora estáis en la Quinientos Uno.

lunes, 24 de septiembre de 2012

A su imagen (y II)


SECTOR PARMEL, BORDE EXTERIOR

Vohai se extendía bajo la lanzadera clase Lambda, una colcha de lúgubres polígonos industriales intercalados con zonas verdes y torres residenciales incongruentemente atractivas. Desde la ventanilla de observación, Vader vio un solo vagón reluciente deslizarse a lo largo del unirail que colgaba a dos kilómetros por encima de la superficie del planeta, reflejando la luz del sol y formando un puntito quemado.
-Vamos a atracar muy pronto, Lord Vader -dijo su ayudante de campo, claramente interpretando sus movimientos de cabeza como impaciencia-. Mis disculpas por el retraso.
¿Retraso? Vader no lo había notado. Simplemente estaba probando su enfoque de nuevo. Era interesante lo mucho que podía intimidar, sin siquiera pretenderlo ahora. Ese, descubrió, era el valor de una buena presencia: el arte de la ilusión. Y pensar que hubo un tiempo en que lamentó estar ligado a ese sombrío traje negro y ansiaba volver a tener su cuerpo entero.
-Espero que nuestro maestro clonador en Arkanian Micro no llegue tarde, entonces, Lekauf.
El oficial hizo un gesto somero, casi como si fuera a ponerse la mano en el pecho -un gesto de alivio-, pero pareció pensarlo mejor.
-Está esperando, señor. Está en las instalaciones, listo para ejecutar la demostración.
Era tan fácil: Vader se sentía cómodo consigo mismo ahora. Totalmente cómodo.
La nave atracó en un hangar fresco y cavernoso que olía como si maquinaria engrasada recientemente hubiera pasado a través de él. Un pequeño grupo de técnicos y supervisores -distinguió las variaciones en las prendas que vestían- se adelantaron para saludar a su cliente.
El sistema olfativo de Vader, mejorado con sensores, detectó componentes minerales, la áspera nitidez metálica de virutas de piezas fresadas, incluso sudor Quara y humano: los mundanos acontecimientos que habían tenido lugar allí en la última hora se repetían para él. Probablemente, había llegado equipamiento y había sido trasladado por el personal de mantenimiento.
Y había algo más allá de las impresiones físicas inmediatas de las instalaciones. Vader podía sentir la ansiedad, la tensión justo antes del conflicto.
Alguien más le estaba esperando. Varias personas.
Echó un vistazo a la longitud de las vigas de duracero azul que formaban la estructura de las paredes y el techo del hangar, buscando una puerta, un puente, cualquier punto de acceso para la amenaza. Estaba sobre él. Alguien iba a por él.
Había dos puertas las paredes superiores con sólo una escalera bajo ellas. Escotillas de acceso. Hay pasillos detrás.
Se mueven por allí arriba. Cinco, seis... siete personas.
Las ondulaciones apenas perceptibles de la Fuerza también permitieron que Vader notara otra cosa a una distancia muy grande: su Maestro.
Es inevitable. Ya sabías que haría esto, ¿verdad?
Vader introdujo lentamente su mano enguantada bajo su capa negra y la bajó deslizándose hacia abajo la empuñadura de su espada de luz. La apretó con fuerza. Ya no sentía que la mano mecánica formase menos parte de sí mismo que su anterior mano de carne y hueso. El sable de luz de nuevo era como una continuación de su propio brazo, natural y completo.
-Lekauf -dijo en voz baja a su ayudante-. Lekauf, retírate. Ahora.
-¿Qué pasa, señor? -Lekauf también estaba mirando las austeras paredes, también, siguiendo el ejemplo de Vader. Cogió su bláster y lo sostuvo a dos manos, con los ojos bien abiertos-. No puedo ver...
Los supervisores y los técnicos se quedaron plantados en su sitio, con los hombros ligeramente encorvados y mirando a su alrededor frenéticamente para detectar lo que se imaginaban que Vader podía estar viendo. Se agacharon. No podían haber visto nada. Estaban reaccionando a él.
-Lord Vader...
-Vete de aquí. Puedo encargarme de esto.
Vader sentía que algún día necesitaría a Lekauf, pero no ahora. Pulsó el botón de la empuñadura y un rayo de brillante energía roja rasgó el aire, haciendo que los técnicos de las instalaciones se dispersaran de repente buscando una cobertura inexistente. El pum-pum-pum de botas en staccato corriendo sobre el suelo de duracero resonó de repente por encima y a ambos lados del hangar y Vader se dio la vuelta, sosteniendo el sable de luz con ambas manos.
Se quedó mirando a las puertas del hangar.
Cuerdas de rappel aparecieron con un fuerte chasquido y la apertura quedó instantáneamente bloqueada desde el exterior por una línea de cuatro hombres encapuchados con blásters de repetición Thunderbolt. Vader sintió la onda de la Fuerza con la presencia de tres más a punto de entrar por las puertas a su espalda.
Lekauf se puso delante de él para bloquear sus disparos, con el bláster preparado. Vader le apartó a un lado con un golpe de su brazo, enviándolo al suelo, a un lugar más seguro cuando la lluvia de disparos voló hacia su placa pectoral en una V concentrada de luz azul. Entonces hizo girar su espada de luz en un limpio círculo con el brazo extendido, con las dos manos, bloqueando los disparos en un económico borrón de energía.
Los asesinos se detuvieron para recargar frenéticamente sus armas.
-Lord Vader... -dijo Lekauf, pero la Fuerza volvió a dejarle tumbado contra el suelo, agitando los brazos.
-Quédate ahí -espetó Vader. Te necesitaré algún día. Los otros tres sicarios estaban todavía detrás de él, escondidos tras la puerta. Podía sentirlo. Retrocedió hacia ella, haciendo señas con una mano a los cuatro primeros atacantes, que ahora formaban una línea irregular al otro lado de la entrada, provocándoles, ganando tiempo. Ellos siguieron apuntándole con sus blásters y trataron de conseguir un disparo claro que superase al sable de luz que ahora traba lentos barridos. No parecían capaces de encontrar ninguno.
-Acercaos. -Están detrás de mí. Los siento. Oh, un poco a la derecha, un poco más a la derecha...-. Hoy no estoy de humor para perseguiros.
Ellos sabían donde estaban sus compañeros, estaba seguro de ello. Y él también lo sabía.
Era sólo cuestión de tiempo todo eso llegase a un rápido final.
-¡Ahora! -gritó un hombre.
Vader se echó al suelo y giró cuando las puertas se abrieron de golpe detrás de él. Desde su posición de cuclillas vio piernas correr hacia él, y blandió su espada a la izquierda, a la derecha, otra vez a la izquierda, cortando a través del hueso y del tendón y de los gritos. Continuó con el arco haciendo subir la hoja de rubí mientras se volvía y se levantaba al mismo tiempo para hacer frente a los otros cuatro asaltantes que ahora estaban justo sobre él. Habían parecido minutos, incluso a pesar de que sabía que habían sido dos segundos, no más.
Un repetidor Thunderbolt no era un arma de combate cuerpo a cuerpo.
Pero un sable de luz sí.
Un hombre cayó al instante, sin su intervención. Vader se lanzó hacia adelante y atravesó a dos más, de izquierda a derecha. El cuarto perdió su brazo y su bláster en el mismo movimiento cortante y se dejó caer de rodillas, completamente en silencio, con la boca bien abierta en congelada agonía mientras miraba fijamente el muñón chamuscado. Vader hizo descender la espada de luz atravesándole el cuello. El hangar estaba ahora en silencio excepto por el sonido de su propia respiración. Miró hacia abajo, a la espalda del único hombre que no había matado él. La túnica negra todavía humeaba un poco.
-Buen disparo, Lekauf -dijo Vader. Liberó su presión de la Fuerza-. Te dije que te quedaras tumbado.
Lekauf se puso de rodillas y enfundó su bláster.
-Nunca me levanté, mi señor. Sin embargo, puedo disparar estando tumbado, y usted no hizo mención de ello.
Lekauf se puso de pie y fue hacia él como si quisiera comprobar si tenía alguna herida. De repente Vader se dio cuenta de que era robusto y de buena estatura. Y era lo suficientemente leal para interponerse en la línea de fuego, y luego... desafiarle para cubrirle las espaldas.
Buen hombre. Como mínimo, una posible plantilla, entonces.
Vader dio un paso atrás por si acaso Lekauf realmente pretendía atenderle las heridas, y luego buscó con la mirada para ver dónde se había ido el personal de la instalación. Estaban acurrucados junto a los cadáveres cerca de la puerta, silenciosos a la manera de las personas que tenían miedo de decir algo equivocado en el momento equivocado. Más personal se asomaba con cautela por las puertas en el retumbante silencio que siempre seguía a los tiroteos.
-¿Quién es vuestro oficial superior? -le preguntó Vader.
-Tef Shabiak -dijo uno de los técnicos con voz ronca.
Vader se volvió hacia Lekauf e inclinó ligeramente la cabeza. Cuando sus ojos no eran visibles, un gesto era necesario.
Lekauf lo entendió perfectamente.
-¿Qué quiere que haga con él, Lord Vader?
-Arráncale la cabeza, por favor -dijo Vader-. Este servicio al cliente es muy deficiente. Y ahora veré a su sustituto.
A veces la gente se quedaba sin aliento, y otras veces no. El rango de reacción al terror era fascinante. La obediencia estaba resultando ser una reacción común. Lekauf caminó rápidamente junto a Vader, pero ligeramente detrás de él, mientras seguían a un gerente visiblemente agitado por los pasillos hacia el corazón del complejo de clonación.
-Si cree que la compañía ha estado implicada en este atentado, debería...
Vader le cortó en mitad de la frase.
-Sé quién está detrás de esto, y ciertamente no es la compañía.
La siguiente pregunta de Lekauf quedó colgando en el silencio. Sólo se escuchaba el crujido de sus botas mientras seguía el ritmo de su Señor Sith.
Vader contestó de todos modos.
-Debo estimular una mayor seguridad, o de lo contrario en adelante estaríamos invitando a nuevos atentados como si se abriera la temporada de caza.
-Entendido, mi señor -dijo Lekauf. Para Vader, sonaba y parecía verdaderamente satisfecho.
Pero más que estimular la seguridad, la ejecución del primer ejecutivo era otra elocuente declaración de intenciones que suponía un pequeño esfuerzo, pero hablaba en voz alta a través del Imperio: habría consecuencias para cualquier acto que no contase con la aprobación de Vader.
Vader había aprendido que el poder era tanto una cuestión de presentación como de usar el lado oscuro.

***

En su salón del trono, Palpatine hizo una pausa mientras ojeaba las pantallas de su cuaderno de datos. La Fuerza suspiró levemente: lo sintió. Vader había reaccionado.
Había sobrevivido a lo que Cuis había lanzado sobre él. Palpatine creía que en realidad sentía la sensación de su aprendiz de haber sido traicionado. Se concentró más en busca de algún indicio de ira o de odio, pero no había nada, y se preguntó si Vader todavía no había descubierto lo obvio.
Palpatine recurrió a sus reservas de paciencia y se acomodó en la silla, ajustando el cojín detrás de su espalda. Dejó que el cuaderno de datos absorbiera su atención de nuevo.
Vader tenía que dar el siguiente paso. Si no lo hacía, la larga búsqueda de Palpatine de otro aprendiz digno sería realmente una muy larga.

***

Vader contempló los tanques llenos de líquido.
Al pasar por las filas, los tanques se comportaron como lentes, distorsionando la figura del recién ascendido ejecutivo jefe de Microtecnologías Arkanianas, de pie detrás de ellos.
-Entonces supongo que prefieren la tecnología de clonación arkaniana -dijo Vader.
-Tan buena como la kaminoana, señor. -Estaba nervioso, habría sido estúpido si no lo hubiera estado-. Y también un año completo de tiempo de espera para la edad adulta; no apresuramos el proceso. Garantizamos un producto estable.
-¿Están preparados para intentar la reclonación de nuestra actual plantilla Fett?
-Si quiere que lo hagamos, sí. No es un genotipo con el que hayamos trabajado antes, por lo que puede haber incertidumbres. Y hay una mayor tasa de fracaso con la clonación secundaria, pero desde luego pondremos toda nuestra experiencia en ello.
-Lo agradecería si lo intentasen. Han demostrado ser excelentes soldados, sobre todo en términos de disciplina. -Vader deslizó la punta de su dedo enguantado por el permacristal del tanque y miró al soldado adulto formándose en su interior.
Los kaminoanos decantaban sus clones como juveniles y los maduraban de forma natural: se preguntó qué suponía una mayor diferencia a largo plazo, la calidad de la plantilla o la formación. No le importaban los atajos, no cuando la eficiencia de una división entera dependía de una sola selección. Pero él no era científico, y ésa era un área en la que tendría que confiar en sus únicas capacidades de liderazgo y motivación para conseguir que se hiciera el trabajo.
Al concentrarse en la forma que flotaba en el líquido, detrás de una red de finos tubos, Vader se vio por un momento a sí mismo: quemado, apenas con vida, mutilado, rescatado, reconstruido. Se preguntó si más allá de la apariencia externa de un droide Sith, habría algo más que le estuviera modelando a imagen de otro. Y, por encima de todo lo demás, aún podía sentir dos cosas en la Fuerza: el sable de Palpatine en su espalda, y la forma menos definida de una amenaza que estaba físicamente mucho, mucho más cerca.
-Entonces diversifiquemos el riesgo -dijo, y su atención, dividida a partes iguales entre el tanque y la amenaza, se apartó por un momento de ambas distracciones-. Reclonen una plantilla Fett, y continúen con este lote. Y vamos a pedir al teniente Lekauf si es tan amable de proporcionar una muestra de su propio tejido para que puedan trabajar sobre él.
Lekauf, de pie con una mano sobre su pistolera abierta, inclinó la cabeza respetuosamente.
-Gracias, Lord Vader. Realmente es un honor.
Su orgullo y su placer eran tangibles. Y, junto a Vader, resultaba casi exactamente de la altura de un clon Fett. Él serviría.
-¿Aceptaría nuestra hospitalidad, Lord Vader? -dijo el nuevo y nervioso jefe de Arkanian Micro. Tan pronto como las palabras salieron de su boca, su rostro se ensombreció y su mirada quedó fija durante unos tensos instantes en la rejilla que cubría la boca de Vader. Luego desvió la mirada de la boca a la pieza ocular, claramente pensando que su ascenso iba a ser excepcionalmente breve.
La gente era tan transparente.
-Lamento tener otros asuntos que atender -dijo Vader. Un momento de gracia contrastaba exquisitamente con una ejecución sumaria, luz y oscuridad, combinándose para lograr un resultado equilibrado. Arkanian Micro ahora ya no presentaría nunca al Imperio ningún problema de producción-. Estoy buscando a alguien. -Lekauf dio un paso hacia adelante como para acompañarle, pero Vader alzó un dedo enguantado-. Tienes una muestra de proporcionar, teniente. Puedo encargarme de esto por mi cuenta.
Podía hacerlo. Ni siquiera necesitaba un mapa de la ciudad: encontraría al hombre que estaba buscando, porque ese hombre también le estaba buscando a él.
El último asesino que le acechaba tenía un efecto especial en la Fuerza. Vader lo probó, sondeando cuidadosamente, dejando que la impresión le atravesase.
Era un Jedi Oscuro. Era lo que debería haber esperado de su Maestro. Éste al menos supondría una prueba real para él. Y en su fuero interno, Vader sentía que quería pasar la prueba por su propio bien, no por el de Palpatine.

***

Tu odio te hará fuerte.
Vader se deslizó por el pasillo que conectaba la zona de gestión de Arkanian Micro con el gran patio en el centro de la instalación. Era un cuadrado de césped perfectamente cuidado bordeado de árboles idénticos cuyas copas estaban recortadas en precisas formas cúbicas. Una fuente formada por un solo caño de agua que burbujeaba a través de una pirámide de piedras lisas proporcionaba un relajante sonido ambiente.
Lo último que quería Vader era relajarse. Buscaba su odio otra vez. Palpatine había enviado hombres a matarlo. Por muy inevitable que eso fuera, por más que tal maldad estuviera estrechamente ligada y fuera inseparable al deseo de su Maestro de verlo triunfar, tenía que centrarse en la fuerza motivadora del odio puro.
Hizo una pausa y activó su sable de luz, escuchando.
Sintió como se acercaba el Jedi Oscuro mucho antes de escucharlo.
Vader sintió una presencia deslizándose a través de las puertas y acercándose. Una sensación de hielo derritiéndose recorrió lo que quedaba de su espalda, y él la aprovechó: una pequeña y preciosa fracción de miedo que podía ser recogida y utilizada. No: de precaución. Su armadura no era indestructible, y esta vez se enfrentaba a un Jedi. Y aún era menos de lo que había sido cuando era totalmente de carne y hueso.
Vader salió al césped, lejos los árboles, y esperó usándose a sí mismo de cebo.
No tuvo que esperar mucho. Supo que el hombre estaba allí, observándolo, durante casi un minuto antes de trasladarse desde una puerta hacia la luz del sol. De pronto, a la derecha de Vader, otra puerta se abrió y dos mujeres salieron charlando con tazas de flimsi en sus manos. Ambas miraron a Vader, y luego a su sable de luz, y se apresuraron a entrar de nuevo, cerrando la puerta tras ellas.
Ese segundo fue suficiente. El Jedi Oscuro tomó la empuñadura de su espada de luz con ambas manos y separó sus brazos, liberando dos hojas, una roja en la mano izquierda y una blanca en la otra. Vader pensó brevemente que era una maravillosa muestra de teatro hasta que el hombre se acercó a él girado los sables lentamente, como un malabarista preparando su actuación con las mazas. Y la hoja blanca pasó tan cerca de su casco que había levantado su espada de luz para bloquearla antes de tener tiempo para pensar.
-Mi nombre es Cuis, Lord Vader -dijo el hombre-. No es nada personal, créeme.
Vader igualó sus pasos para mantenerse frente a él mientras se observaban caminando en círculos. Nada personal. Tal vez Cuis pensaba que un acto a sangre fría podía intimidarle. Pero era la ira y todas las demás emociones brutales las que ganarían la pelea.
Vader se abalanzó.
Mi Maestro me quiere muerto.
Hizo descender su sable con fuerza en un arco recto y Cuis lo bloqueó con los suyos, deslizando sus hojas hacia abajo en toda su longitud como si afilase una cuchilla de metal. Vader se retiró y lanzó un tajo hacia arriba, luego hizo una finta hacia la izquierda, pillando a contrapié al Jedi, que saltó hacia atrás contra el tronco de uno de los árboles. Vader hizo una estocada doble en la pierna derecha, por debajo del remolino formado por las hojas gemelas.
Tenía que obligar a Cuis a dirigirse a un espacio confinado para negarle la ventaja de los dos sables de luz. Hubo una vez un muchacho llamado Anakin que podría haberlo hecho a base de técnica pura, pero ya estaba en el olvido, y el hombre transformado que era Vader optó por el poder puro y comenzó un asalto de tajos rápidos, furiosos, cortando el tronco de un árbol mientras Cuis esquivaba los golpes detrás.
Mi Maestro me obligó a vivir y ahora me quiere muerto.
El tronco crujió y cayó y Cuis desvió el peso de las ramas con la Fuerza. Eso le hizo ganar un poco de tiempo a Vader. Lo utiliza para enviar la hoja blanca de Cuis girando hacia la fuente, repiqueteando entre las piedras mojadas. Cuando la espada de luz que le quedaba a Cuis voló desde su mano izquierda a la derecha, Vader la interceptó, tirando de ella en el aire y usando la Fuerza para lanzarla al otro lado del patio, fuera de su alcance.
Cuis salto alto y evitó que sus piernas recibieran el golpe de un salvaje barrido bajo, pero su oponente había conseguido tenerle con la espalda casi en el ángulo de las paredes. Vader no podía igualar la agilidad de Cuis, por lo que en lugar de eso alzó su mano izquierda: la fuerza se atrapó la garganta de Cuis.
Eso hizo que Vader sintiera una familiar y dolorosa sacudida de reconocimiento. Se cerró ante lo que sabía que era un recuerdo. En su lugar, se concentró en usar una oleada totalmente inesperada de rabia y odio para inundar el vacío que sentía y que le abrumaba. Cuis se tambaleó hacia atrás contra la pared, luchando contra el agarre remoto y aplastante de Vader con su propio poder de la Fuerza. Luego se dejó caer de rodillas, temblando por el esfuerzo. Vader le obligó a agacharse más y más.
Podía haberlo matado en ese instante.
Relajó su agarre lo suficiente para que Cuis tomase una áspera bocanada de aire y le retuvo allí, repentinamente consciente de los rostros que aparecieron en una ventana y luego volvieron a ocultarse de nuevo: rostros de mujeres sorprendidas, aterrorizadas e inofensivas. Trabajadoras de oficina. El odio trabajaba ahora para él, diciéndole que no necesitaba pensar en -ni recordar- la expresión de sus rostros.
-Vamos -dijo Cuis. Apenas era audible-. Acaba con esto.
-¿Quién te ha enviado? -Lo sé. Pero quiero oírlo-. Dímelo.
-Mátame.
-Únete a mí. -Vader apretó, aún a un metro de distancia-. Y podrás vivir.
Cuis le devolvió la mirada con ojos anormalmente negros, jadeando, despectivo. No tenía miedo, ninguno en absoluto.
-No es así como yo trabajo. Tengo mi código.
-Dime su nombre.
Cuis simplemente le devolvió la mirada.
Vader le estranguló hasta el borde de la inconsciencia y liberó de nuevo su agarre.
-Tu última oportunidad.
-No.
-Dime su nombre, y únete a mí.
No hubo respuesta esta vez. Cuis simplemente se quedó mirando. No se vendría abajo. Vader apretó y relajó, apretó y relajó, llevando cada vez a Cuis al borde de la muerte, pero no consiguió nada.
Buen hombre.
Le soltó por completo y Cuis cayó hacia delante, tomando grandes bocanadas de aire con el sonoro resuello de un anciano moribundo.
Una puerta se abrió frente a él.
-¡Lord Vader!
Lekauf salió corriendo, bláster en mano, pero Vader alzó la mano y le detuvo tal vez con un poco más de fuerza de lo que debería. Lekauf se recuperó con un gruñido como si se hubiera topado con un muro, cosa que en realidad había ocurrido. Pero Vader no quería a Cuis muerto en ese momento. Todavía estaba saboreando la rabia, viendo cómo le había inundado y le había dado el poder para derrotar a un Jedi más rápido y mantener los recuerdos profundamente bloqueados. Apagó su hoja de energía con un movimiento de su dedo pulgar.
Lekauf se levantó.
-Todavía puede haber otros, señor.
-No los hay -dijo Vader, y dio un paso adelante y extendió su brazo a Cuis. El asesino no lo tomó. Vader podría haberle levantado sólo con la Fuerza, pero no lo hizo. Le agarró de la túnica y lo puso en pie, sosteniéndolo firme.
-Nunca traicionarás al hombre que os ha enviado a por mí, ¿verdad?
Cuis no quitaba los ojos de la máscara de Vader. Pero no había horror en su rostro. Era simplemente desdén. Era una novedad para Vader, que se había acostumbrado a que su mera apariencia intimidase a todos los demás.
-Trae a uno de esos técnicos -dijo.

***

Palpatine se sentó, distraído de su cuaderno de datos por una leve ondulación hormigueante que llenó la parte posterior de su boca y se extendió hasta su pecho. La Fuerza osciló imperceptiblemente en un rincón y se quedó inmóvil de nuevo, pero era diferente esta vez. Algo había cambiado para siempre.
Vader había cambiado.
-Qué tranquilizador -dijo el emperador para sí mismo.
Unas botas resonaron en el suelo pulido.
-Señor, ¿ha llamado, señor? -dijo el soldado de asalto-. He oído...
-No hay nada de qué preocuparse -dijo el Emperador, dejando la tableta de datos en la mesa con incrustaciones, con la pantalla hacia abajo-. Ya no hay nada más de lo que preocuparse en absoluto.

***

Arkanian Micro era un contratista muy servicial. Vader se sentó y observó atentamente como técnicos médicos tomaban muestras de saliva de la boca de Cuis y pasaban dispositivos recolectores de células a través de la piel de sus brazos. Estaban cosechando los componentes básicos de un ejército. De todas las cosas curiosas que Vader había visto en su vida, esta parecía la más extraordinaria, que tanto pudiera hacerse con tan poco.
-¿Esto es todo? -dijo Cuis. Su voz se había recuperado un poco de la asfixia repetida, pero aún no mostraba ningún miedo, ni siquiera ese patético sentido de esperanza de que podría haber escapado a su castigo. Parecía estar simplemente haciendo una pregunta, no embarcándose en una súplica de misericordia.
Con su visión periférica mejorada, Vader observó que los técnicos estaban mirando ahora a Cuis con más interés que a él mismo.
Había gestos y lecciones y símbolos que podías emplear incluso sin necesidad de hacer uso de la Fuerza. Vader sabía que tenía que elegir uno, o perdería terreno y reputación. Necesitaba imponer su autoridad sobre la situación y dejar que el boca a boca hiciera el resto.
Seguía siendo una lástima.
-He dicho: ¿Esto es todo? -Cuis era insistente-. Respóndeme.
-Me temo que sí -dijo Vader, y sacó su sable de luz. La hoja roja se activó con el más ligero de los toques-. Pero te convertirás en todo un ejército. ¿Cuántos hombres pueden decir eso?
Se alzó e hizo un movimiento de sable como el que había hecho ya tantas veces en su tan corta vida. La cabeza de Cuis golpeó el suelo. El sonido del impacto fue sorprendentemente fuerte: las cabezas eran partes pesadas del cuerpo humano. Un técnico se apoyó contra la pared, con la mano apretada contra la boca. El revulsivo se transmitiría en horrorizados rumores: Darth Vader debía ser obedecido, o las consecuencias serían inimaginables.
Sa Cuis había servido al propósito de todos los demás, excepto al suyo propio, fuera cual fuese. Era una propaganda oportuna, una plantilla excelente para clones, y un instrumento mediante el cual Vader había crecido. Convenía que la esencia de Cuis sobreviviría de manera única y sirviera al Imperio.
Era lo menos que Vader le debía a un hombre profesional, un hombre honorable que no traicionaría a su Maestro.

***

-¿Pero por qué un asesino a sueldo?
Frente a Vader, Lekauf se había relajado un poco en el asiento de la lanzadera. Vader sabía que sólo mostraba curiosidad, no disconformidad. Quería aprender de él. Eso significaba que debía observar al hombre con atención, a pesar de la lealtad abnegada que había mostrado antes.
-Es absolutamente fiel a sus ideales -dijo Vader-. Sus clones no tendrán sus recuerdos, pero estoy seguro de tendrán el mismo coraje y lealtad, y sus ideales simplemente serán los que yo les proporcione. La lealtad al Emperador. -Se preguntó cuándo podría retirarse a la intimidad de su camarote a tomar algunos nutrientes-. Y sus poderes de la Fuerza serán excepcionalmente valiosos en el campo de batalla.
Lekauf apenas dio la menor muestra de estar a punto de hacer una pregunta obvia pero peligrosa. Era un oficial que había estado alrededor del círculo militar interior de Palpatine lo suficiente para saber -probablemente- quién era Cuis. Vader casi podía oír sus pensamientos.
¿Ha sido el Emperador quien lo envió?
No era una buena idea preguntarlo o responderlo. Pero si alguna vez se extendía el rumor, tendría que hacer frente a cualquier sugerencia de que Vader no tenía la confianza del Emperador. No podía esperarse que los hombres comunes comprendieran completamente la relación entre un Maestro Sith y su aprendiz. Confundirían el atentado contra la vida de Vader como venganza o rivalidad, no como una dura lección necesaria.
Eran como Jedi normales en ese sentido. Un Jedi Oscuro lo entendería mucho mejor. Era una pena lo de Cuis, pero era una herramienta más poderosa ahora que estaba muerto de lo que nunca había sido en vida.
Entrénate para dejar ir todo lo que temes perder.
Una filosofía Jedi: una buena, además, aunque sólo ofrecía la mitad de la imagen, como siempre ocurría con sus sistemas moralistas. Vader se dio cuenta de que había temido perder algo... la aprobación de Palpatine. Ya no temía eso. Se había permitido probar la ira de nuevo -un recordatorio de su sabor era suficiente para reorientarle-, y entonces se había convencido de que el camino de los Sith era la realidad de la Fuerza. La ira era un camino necesario. Podía incluso motivar a los hombres ordinarios para hacer grandes cosas. Tenía su función, una reacción colocada en los seres vivos con el objeto de su supervivencia.
Vader examinó el detalle en la empuñadura de su espada de luz, casi sin verlo. Los Jedi -una vez más- le habían ayudó a aprender más sobre el camino Sith: eso les habría enfermado. Pero era una lección elegante más, si es que necesitaba más lecciones, de que el lado de la oscuridad y el de la luz eran inseparables, necesarios el uno para el otro.
Desenfocó un poco la mirada, sorprendido de que todavía pudiera hacerlo con sus ojos asistidos artificialmente. El detalle en la empuñadura de la espada de luz pareció cambiar, convirtiendo las superficies convexas en cóncavas, creando una nueva imagen.
Todo dependía de cómo lo mirabas. La empuñadura no había cambiado en absoluto. Y eso era todo: ésa era la debilidad fundamental de los Jedi.
Vader pensó en la ilusión óptica que tanto le divertía cuando era niño. Era la silueta simple de una copa blanca que luego se convirtieron en los perfiles negros de dos personas idénticas mirándose el uno al otro, y luego volvía de nuevo a la copa cuando su enfoque mental cambiaba.
Algunos jóvenes sólo podían ver la copa; otros, sólo las caras. Vader siempre podía ver ambas cosas, a voluntad.
Ah, podía recordar sin dolor ahora. Podía recordar momentos de su pasado. Pero ya no podía sentir quién había sido, y algo dentro de él le decía que eso era una bendición que debía agradecer.
Los Jedi nunca se dejarían –nunca podrían hacerlo- ver la imagen completa. Todavía no podían ver que la Fuerza era una amalgama indivisible de oscuridad y luz.
Pero ahora quedaban vivos muy pocos para aprender esa lección, incluso aunque pudieran.
Y pronto, él se aseguraría de que no quedase ninguno.

***

El Emperador Palpatine estaba esperando en la pista de aterrizaje del palacio para recibir a Vader de vuelta.
Lekauf descendió por la rampa de transporte para colocarse a su pie como una guardia de honor, pero Vader le indicó que se fuera con una inclinación de cabeza. El teniente parecía agradecer que se le permitiera marcharse. Probablemente fuese que ahora no se encontraba cómodo estando tan cerca de Palpatine.
-Un viaje exitoso, lo sé -dijo el Emperador.
Vader ahora casi disfrutaba con la doble lectura de sus palabras, con su significado aparente cubriendo el subtexto como una capa de nieve, algo suave y engañoso que ocultaba los peligros que podría disparar si pisaba sin cuidado.
-Sí, creo que hemos avanzado -dijo Vader, refiriéndose a las plantillas de clones, pero también a algo más.
-Admiro tu capacidad de ver tanto la visión estratégica y como los detalles operativos. Es una combinación poco común.
-¿Necesita más personal, Maestro? -Perdiste a tu Mano. Te sentirás orgulloso cuando veas en lo que se convierte-. Parece estar cada vez más ocupado.
Palpatine sonrió.
-Tengo mucho personal a mis órdenes.
Lo sé. Habrá otros.
-He aprendido mucho en este viaje.
-La clonación es una ciencia compleja y fascinante, ¿no es así?
-Desde luego que lo es.
Vader se detuvo un momento para dejar pasar a Palpatine al vestíbulo del palacio frente a él, retrocediendo entre soldados de asalto con armaduras blancas que eran en ese momento los únicos seres que le rodeaban que sabía a ciencia cierta no tratarían de atentar contra su vida.
El pensamiento ya no le molestaba. El poder del lado oscuro era su consuelo.
-Tenemos que hablar acerca de las plantillas más tarde, cuando me haya reunido con los Moffs -dijo Palpatine.
-Esperaré su llamada, Maestro.
-Sé que lo harás.
Pero lo haré antes de lo que podrías esperar. El pensamiento fue espontáneo, y no era ni una amenaza tácita ni la semilla de una contramaniobra. Era simplemente una fugaz visión de futuro de la Fuerza, la muerte de Palpatine mucho antes del milenio que planeaba que durase su reinado.
-Reconstruiré su ejército -dijo Vader.
-Exactamente, y lo harás bien -dijo el Emperador.
Vader esperó a que Palpatine desapareciera de la vista antes de entrar a su cámara de meditación adaptada para alimentarse y mantener y limpiar su traje.
Ya no era un Jedi –ni siquiera un hombre-, pero la primera regla de los Jedi todavía resonaba válida en algún lugar de su interior.
Sobrevivir.