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lunes, 29 de julio de 2013

Piezas de repuesto (y IV)


El reptador de las arenas se había detenido. Hubo cierta conmoción procedente del puente, pero Aguilae se concentró en cerrar la pequeña compuerta de su traductor. No podrían haber llegado al intercambio aún. Era demasiado pronto.
La pequeña pieza de plástico encajó en su sitio con un clic, y devolvió su atención a lo que sucedía más allá de la puerta de metal de su compartimento. Por el olor de las cosas, Jek y el Jefe se habían ido. Sólo había otro jawa, o cansado o aburrido, probablemente en la sala de control.
Aguilae cerró los ojos, hizo una silenciosa promesa a sus dioses, y pulsó el interruptor del traductor modificado.
-¡Rápido, sacad a la prisionera, ya! -graznó en jawa el pequeño dispositivo, con una aproximación cercana de la voz de Jek.
Escondió el dispositivo en sus ropas y se agarró a las correas que la sujetaban por los hombros. Hizo fuerza tirando de las correas, doblando las piernas y colocando los pies en la puerta. Olió cómo el único jawa se acercaba y manipulaba el mecanismo de cierre. Escuchó el clic final.
Luego pateó con todas sus fuerzas. Hubo un ruido sordo cuando la puerta se abrió de golpe, haciendo que el jawa se tambalease hacia atrás. El desventurado carroñero encapuchado cayó inconsciente sobre una pila de cubiertas oxidadas y desechadas.
Aguilae utilizó el extremo afilado de una tira conductora que había sacado del traductor, y cortó las correas de los hombros. Se dejó caer a cuatro patas, echando un vistazo rápido alrededor. No había nadie, a excepción del guardia incapacitado. Se deslizó hacia él, hizo una rápida inspección a sus bolsas de equipo, se embolsó unas cuantas piezas, y se deslizó hacia el puente.
Los controles, como era de esperar, eran un desastre de pantallas llenas de arena incrustada, palancas y conmutadores, bien sujetos con cinta adhesiva o asegurados con cable flexor. Bancos enteros de pantallas se habían quemado y habían sido transformado en armarios de almacenamiento improvisados, llenos de cabezas de droides y componentes electrónicos inservibles. Miró por la ventana y de inmediato se agachó.
¡Imperiales!, pensó. ¿Me habrán visto?
Se atrevió a echar una segunda mirada. Allí afuera, en frente de la oruga, varios soldados de asalto con armadura blanca y hombreras de color estaban junto a un grupo de jawas. El jefe, Jek, y otros tres estaban allí, gesticulando exageradamente acerca de algo. Los soldados estaban todos armados. Fuertemente armados.
Hacia el norte, apenas visible detrás de una loma, había un vehículo casi tan grande como un reptador de las arenas. De forma vagamente cilíndrica, con un par de cañones de aspecto letal montados en una torreta montada en su cara dorsal. Estaba acercándose cada vez más, ascendiendo por la duna. Esos tontos en el suelo ni siquiera pueden verlo, pensó.
El tiempo se agotaba. Se escabulló del puente, pasando a uno de los angostos tubos de acceso que cruzaban el interior del reptador.

***

-Diez veintitrés informando. No están en el hangar de reparaciones, señor.
El soldado de asalto hablaba por su comunicador, mientras Mace se apretaba con más fuerza en la esquina. Era obvio que era un novato, razonó Mace, ya que ni siquiera había tomado ninguno de los grandes trozos esparcidos por el hangar. El soldado se fue, y Mace salió de su escondite. Miró a la unidad R5 que había elegido, preguntándose de nuevo cómo el soldado podía dejar atrás un espécimen tan bueno. Nunca entendería a los imperiales.
Mace estaba a media tarea de cargar el droide de potencia en el deslizador cuando un ruido metálico detrás de él captó su atención. Tal vez el soldado había regresado. Agarró un par de brazos de la unidad WED 15 más cercana, y se quedó inmóvil.
-Mace, buen intento. ¿Haces alguna imitación de famosos? -rió Aguilae, saliendo de la apertura oculta del tubo de acceso. Sin su traductor, sabía que Mace no la entendería, más aún que de costumbre.
-¡Aggy! -gritó Mace, corriendo para dar un abrazo a la jawa. Con los brazos robóticos todavía en sus mano, Mace consiguió que el abrazo la rodeara dos veces-. ¡Aggy, hay tíos-soldados tipo imperiales aquí en la cosa-nave reptadora!
-Tenemos que salir de aquí antes de que... -Un repentino chirrido de metales forzados la interrumpió. Hubo un terrible estremecimiento, y la sala comenzó a vibrar, resonando a través de todas las pequeñas piezas de anatomía droide sueltas por la cámara.
-Nos estamos moviendo. Qué extraño, porque con los soldados de asalto... -fue interrumpida de nuevo, esta vez por el chillido de un disparo láser, seguido del súbito rugido de una explosión.
-¡Mace... vámonos... ya! -graznó Aguilae en básico. Miró a la tubería de salida de vapor que rodeaba la cámara, y esperó que los sensores imperiales no estuvieran observando demasiado detenidamente la cámara para notar el repentino brote de una firma repulsora. Que ni siquiera hubieran tocado el deslizador le pareció extraño. ¿Qué estaban buscando, para empezar?
-Voy, Aggy.
Mace se agachó junto al servo principal del portón de la cámara. Sujeto al servo con sintocuerda, gel de unión, y lo que parecía la banda de rodadura de caucho de un droide LIN, había un grupo de tubos de vacío, pilas eléctricas, viales de líquidos, y cables.
-Has estado muy ocupado –comentó ella.
Mace disparó un pequeño lanzallamas que mantenía escondido en un bolsillo oculto, y encendió una mecha de trapo aceitoso. Saltó al deslizador, y se cubrió la cabeza.
Hubo un fuerte chasquido cuando la bomba improvisada de Mace se convirtió en un millar de ardientes filamentos, y dividió el servo en dos. Con un fuerte crujido, la rampa descendió. Hasta la mitad.
-Rayos... -maldijo Aguilae. Otras tres explosiones sacudieron el reptador, y las cintas de oruga comenzaron a hacer un gemido entrecortado que no sonaba nada bien.
-Agárrate -gritó Mace, poniéndose sus gafas.
-Espera, Mace... -Pero no hubo espera alguna. Mace aceleró los motores. Con el peso adicional de los dos droides en el asiento trasero, el deslizador se inclinó hacia atrás lo suficiente como para igualar el pronunciado ángulo de 45 grados de la rampa. El impulsor superior pasó rozando el marco de la puerta.
Durante unos estimulantes segundos, el deslizador estuvo en el aire. Las fuerzas superiores que controlaban el tiempo y el espacio parecían encontrar a estos dos carroñeros por lo menos entretenidos. No quedaron decapitados en su salida. Tampoco el deslizador se hizo añicos cuando volvió a tierra, aunque por unos aterradores momentos sonó como si fuera a hacerlo.
Pero lo más sorprendente era su dirección. Los soldados atacaban desde el noroeste, y la cámara del deslizador estaba orientada para dar al sureste. Con todo un reptador ardiendo entre ellos y el deslizador fugitivo, sería difícil que los imperiales hubieran detectado a Mace y Aguilae.
Mace pisaba a fondo el acelerador, a pesar de los zumbidos de alerta del termostato del deslizador. El sonido de los disparos de bláster se iba desvaneciendo poco a poco bajo el rugido del repulsor, y el reptador se iba convirtiendo en un punto en el horizonte, lanzando una columna de humo aceitoso y espeso en el cielo despejado.
Aguilae miró hacia atrás, sabiendo que Jek y su tribu habían desaparecido. Todo eso, para nada. Había sobrevivido, sin embargo, y no la iban a llevar a casa. Eso era todo lo que importaba, pero el droide había desaparecido. Resopló por la nariz, y el sonido pareció una carcajada irónica. Para empezar, ni siquiera sabía si Jek tenía el droide.
El R5 y el droide de potencia entonaron fragmentos de conversación entre sí en el incómodo silencio que acompañó la mayor parte del viaje. Puede que Mace no supiera gran cosa, pero sí reconocía cuando Aguilae quería que la dejaran sola. Por lo menos, la mayor parte del tiempo.
-Oh, hey, Aggy, ¿sabes lo que me dijo el R5? Dijo que el androide tipo-blanco serio-estirado tan chupimolón que estamos buscando se escapó del reptador incluso antes de abandonar la ciudad.
Los propulsores del deslizador quedaron momentáneamente ahogados por la maldición más fuerte que Aguilae jamás hubiera pronunciado.

***

Unut Poll tomó la pequeña ficha de recibo que el jenet le había dado e hizo una rápida inspección visual del scooter que había devuelto. Todo parecía estar en orden, salvo algo de sintocuerda adicional que el arrendatario había dejado en la parte de carga, pero el crédito era bueno, y eso era lo único que importaba.
-¿Cazando un poco? -preguntó Unut, dolorosamente coloquial.
-No -respondió el jenet, sin levantar la vista del cuaderno de datos en el que estaba tecleando, actualizando los gastos en la cuenta de Mcgrrrr-. ¿Por qué?
-Oh, por nada. -Por lo general, aquellos lo suficientemente inteligentes como para sobrevivir en las calles de Mos Eisley sabían que no debían hacer preguntas, pero el jenet parecía bastante inofensivo-. Me preguntaba acerca de la cuerda, eso es todo.
-La cuerda está ahí para sujetar al droide -respondió el jenet-. ¿No hay escuelas de sub-adultos en Cona?
-Señor, en mi escuela, nos enseñaron la diferencia entre un droide y el aire vacío del desierto -dijo Unut, cruzando los brazos.
Ante esto, las orejas del Jenet se levantaron, aunque nadie pudo verlas debido al implante cibernético. Volvió a mirar al deslizador. Y allí, a la sombra del puesto de Unut, estaba su scooter, con algo de sintocuerda rota y desgastada colgando de su carenado.
El implante cibernético rápidamente proporcionó al jenet más de trescientos mil improperios apropiados para la situación. En su lugar, respiró profundamente, forzó a que sus poros irradiaran dignidad, y dijo:
-Disculpe.
Mientras el jenet se volvía y se alejaba, Unut no podía dejar de reír. Esto era sin duda algo que tenía que contar a su empleado.
-Hey, Wioslea, nunca adivinarías... ¿Qué es esto? -Unut se detuvo a mitad de un paso, con sus ojos brillantes fijos en un deslizador tri-impulsor X-34 oxidado y gastado por la arena que estaba aparcado en su patio.
Su empleado, un alto vuvriano de rostro cómico, alzó la mirada nerviosamente.
-Acabamos de comprárselo a un granjero de humedad. -Se frotó sus extrañas manos, y se quedó mirando ese trasto por un momento.
-¿Por cuánto? -rugió Unut.
-Dos mil -dijo Wioslea con un chirrido apenas audible.
-¡Dos mil! ¿Es que se te ha freído el cerebro? ¿Qué te pasa, estás volviendo al estado larvario?

***

Takeel estaba completamente radiante. Lo había logrado. Había encontrado el androide. Sabía que podía hacerlo. Miró a su alrededor, esperando que su hermano se diera cuenta. Él... espera, el droide.
Un gélido segundo de puro pánico en un cálido mundo desértico se derritió cuando Takeel vio al droide vagando a unos 15 metros detrás de él.
-Te dije que me siguieras –bramó-. ¿Cómo puedes ser tan tonto?
El droide de negocios humanoide continuó con su zumbido, y avanzó con piernas torpes, arrastrando los pies, evitando a duras penas chocar con los transeúntes.
-¿Quieres darte prisa? Tengo que llevarte ante Jabba -instó al snivviano.
Pero si al droide le preocupaba lo más mínimo quién era Jabba, o lo importante que era en ese momento darse prisa en llegar a su presencia, no dio ninguna muestra de ello. Se continuó con su zumbido y arrastrando los pies.
-No sé por qué Jabba puede estar interesado en ti -dijo Takeel, poniéndose tras el droide en un intento de dirigirlo en la dirección correcta-. Eres tremendamente estúpido.

***

El deslizador se rompió a tres manzanas de la tienda, y los jawas de Jek le habían quitado a Aguilae la ficha de alquiler. Era, sin duda, el peor día que había tenido nunca.
Y ahora, apropiadamente, estaba ayudando a Mace a pastorear dos droides a través de las bulliciosas callejuelas para que nadie los robase.
¿No es así, pensó, cómo empezó todo esto?
-¡Vamos, anímate, Aggy! -insistió Mace, permitiendo que su exuberancia cubriera el hecho de que él tenía la mayor parte de responsabilidad en el robo del R5 dañado-. ¡Tenemos estos droides chupi-molones, y también una historia que contar!
-Genial, una historia. Eso pondrá la cena en nuestras mesas y nikta en tu hígado -gruñó, sabiendo muy bien que Mace no podía entenderla. No tenía traductor, ni acoplador de transpondedor, no había encontrado las piezas para el Halcón Estelar de Unut, y estaba seguro de que el Arcona iba a cobrarles extra por remolcar el deslizador esas tres manzanas. Y, para colmo, no había ni rastro del droide de negocios en ninguna parte.
Hasta tres segundos después.
-¡Mace! ¡Mace! Nekkel juuuar obwegadada! Dinkle obwegadada! -gritó, gesticulando como una loca.
-Te dije que lo sentía, Aggy, yo... -Entonces Mace vio lo que ella estaba señalando. Allá, a menos de 20 metros de distancia, en un espacio oscuro entre dos edificios, estaban el droide, un snivviano, y un jenet que sostenía un bláster.
-Me temo que esto es de mi propiedad -dijo el Jenet, haciendo hincapié en el punto agitando lentamente su arma.
El snivviano jorobado había sacado su propia arma, un ridículo anacronismo de metal pulido.
-De ninguna manera, villano, no sabes lo que he tenido que pasar para conseguir esta cosa.
Una pequeña parte del jenet que databa de antes de la cirugía cibernética gritó en su interior.
-Estoy seguro de que es muy interesante, pero, ¿sabe?, el droide es de mi propiedad.
-¿Ah sí? Pues no veo tu nombre en él -espetó Takeel.
-En primer lugar, usted no sabe mi nombre. En segundo lugar, dudo que sepa leer siquiera. En tercer lugar, si se fija bien en la escotilla ventral del droide, hay un cerrojo de seguridad que lleva el sello de Opun “El Agujero Negro” Mcgrrrr, el dueño de este androide –dijo el Jenet, con una pronunciación sorprendentemente clara a través de los dientes apretados.
De repente, un disparo bláster de color rojo brillante surgió de la multitud, impactando justo en la espalda del droide, y lanzando sus extremidades carbonizadas en varias direcciones.
Los dos se volvieron, mirando a la multitud. Pero la gran conmoción y la rabia del Jenet por la destrucción hicieron que se retrasara el tiempo suficiente para que su propio bláster le fuera arrancado de la mano por un certero segundo disparo.
-Eso era todo lo que Jabba necesitaba, ciborg -gritó una voz desde la multitud, ahora inmóvil. Otro snivviano, este vestido con un mono rojo brillante, salió llevando un bláster humeante. Una extraña visión, caminó a través de la gente que se apartaba a su paso. Mediría unos 1,4 metros de alto, y parecía muy similar a Takeel.
-¡Hermano! -exclamó Takeel, casi olvidando por completo la situación-. Le disparaste a mi droide.
-¡Necio! -dijo airado el jenet-. ¿Tienes idea de lo que acabas de hacer?
-Sí. He reunido para mi empleador algunas pruebas bastante incriminatorias sobre tu empleador. -El snivviano, conocido por algunos como Snaggletooth, sacó un cuaderno de datos de su cinturón. Lo mostró para que el jenet pudiera verlo, mientras mantenía su desintegrador apuntándole. Su pequeña pantalla mostraba una imagen holográfica granulada, con el contador de código de tiempo parpadeando en la parte inferior. La primera escena tenía una luz muy tenue, y mostraba a un hombre gordo u grasiento y a su asistente jenet colándose a escondidas en lo que parecía ser la mansión de Jabba. La imagen saltó un poco, y los códigos de tiempo mostraron un avance significativo. Allí, en las calles iluminadas por el sol brillante, estaba el Jenet, extrayendo un perno de restricción marcado, y moviéndose fuera de la vista de la cámara. A continuación, la imagen saltaba de nuevo, y reproducía las imágenes justo antes de la muerte del droide.
Por los ángulos asimétricos y la imagen tambaleante, no era necesario un implante cibernético para adivinar que habían sido los fotorreceptores del droide los habían estado grabando las imágenes.
-De modo que por eso parecía tan ausente -murmuró el jenet-. La capacidad del droide estaba ocupada ejecutando alguna rutina de transceptor que el hutt le había instalado.
-Muy bien -dijo Snaggletooth-. Jabba tiene ahora todo tipo de holos de Mcgrrrr. ¿Robar un droide de negocios? ¡A tu propio anfitrión, además! Qué mala educación. Por no hablar de la clase de secretos que le dejaste soltar en los dos días que tuvo el androide.
-Uno y medio, en realidad. -El jenet resopló por la nariz. Bajo el morro para mirar al más desaliñado de los dos snivvianos-. Dime, ¿qué papel tenía que interpretar él?
-Puramente accesorio -agregó Snaggletooth-. Muy bien, hermano. Has encontrado tu primera recompensa real. Parece que Ephant Mon ganó la apuesta. Me pregunto qué tendrá que pagarle Jabba.
Takeel se había perdido todo lo que había dicho después de "Muy bien" y disfrutó de la alabanza de su hermano.
-Dile a tu empleador que esté en el palacio de Jabba a las 23:00, y dile que no intente nada estúpido. Su nave está incautada, y no va a irse ninguna parte. -Snaggletooth bajó el bláster y se volvió hacia su hermano-. Y creo que esto es tuyo -dijo, dando a su hermano un puñado de pequeños perdigones esféricos de metal de un centímetro de diámetro.

***

Mace no había comprendido toda la magnitud de la situación que habían presenciado, y Aguilae estaba segura de que no podría explicárselo, aunque tuviera su traductor. La cuestión era que, si los soles brillaban en un cielo despejado sobre ellos, entonces Jabba ignoraría el segundo robo de su droide de negocios por parte de Mace.
Y si no, bueno, se ocuparían de ello cuando llegase.
Se las arreglaron para salvar lo que quedaba del droide, sabiendo que, una vez que había transmitido toda su información holográfica a Jabba o a Snaggletooth, nadie necesitaría los restos carbonizados. Tal vez se lo podrían vender a alguien, o tal vez algunos otros jawas vendrían para un intercambio.
No les hablaría de Jek. Él y su tribu se lo merecían. Dejaría que sus restos fueran encontrados por los mendigos; ella indicaría a nadie su ubicación. Ella y Mace habían tomado su parte. Parecía que el motivador del CZ iba a encajar en el R5, y el droide de potencia parecía en buen estado.
Hace unos años, habría saqueado hasta el último de los restos del reptador de las arenas. Pero no ahora. Esa era la forma en la que actuaban los jawas, pero ella había elegido esta otra vida. Y se atendría a ella hasta el final. Algún día, amasaría una fortuna.

miércoles, 24 de julio de 2013

Piezas de repuesto (III)


Aproximadamente unas cinco horas antes, el jenet había determinado de inmediato un radio de búsqueda basado en la velocidad promedio a pie de una unidad Delban Serv-O-Droide CZ, con el desgaste del servomotor pélvico de unos 15 o 20 años de uso.
Por supuesto, las probabilidades más remotas siempre tenían una forma de presentarse al jenet, y no vio nada hasta los últimos 200 metros de su búsqueda.
El jenet apagó el acelerador de su pequeño scooter repulsor y se detuvo flotando mientras sacaba un par de macrobinoculares. Ahora estaba a unos 10 kilómetros del centro de la ciudad, donde los edificios abovedados desaparecían en las arenas, como un espejismo del desierto. Se permitió una rápida mueca cuando los intensificadores de imagen mostraron a su presa ante su vista.
Escondido, en el lado iluminado por el sol de un pequeño garaje de adobe, entre un evaporador y un cubo de basura, había un droide humanoide blanco, tratando de caminar a través de la pared. La cantidad de arena que se había levantado detrás de él indicaba que llevaba allí, oh, unos 15 minutos, según los cálculos del Jenet. El droide parecía prestar muy poca atención al hecho de que seguía caminando contra la pared, y continuaba haciéndolo, merced a su programación distorsionada.
El jenet miró a su alrededor, no vio ningún carroñero, y estacionó su deslizador. Caminó hacia el garaje, guardando sus macros. Con el droide en el lado del sol, y la mayoría de los carroñeros jawa vagabundos agrupados en las sombras de los edificios, estaba a salvo.
Examinando visualmente al droide, el jenet conjeturó que o bien simplemente los reactores lógicos del droide se habían quemado por el calor, o bien estaba cargado con tanto software extra que sus procesadores primarios se estaban ralentizando a un estado de senilidad mecánica. Esto casi provocó una sonrisa del jenet. ¿Por qué alguien querría cargar a un modelo tan defectuoso y obsoleto con cualquier software que estuviera más allá de sus capacidades?
Se detuvo al ver que el cerrojo de seguridad que debería haber estado en el pecho del droide había desaparecido. Rápidamente descartó el hecho, aplicó un nuevo cerrojo con la inscripción de Opun "El Agujero Negro" Mcgrrrr, dirigió al droide de vuelta a su scooter y, mientras lo aseguraba con un poco de sintocuerda, recorrió mentalmente la larga lista de otros jenets que tenían carreras mucho mejores que la suya.

martes, 23 de julio de 2013

Piezas de repuesto (II)


El viaje a la Bahía de Atraque 87 había demostrado ser un éxito parcial. El comerciante corelliano al que el distribuidor de deslizadores arcona les había mandado reconoció efectivamente a Aguilae, si bien no a Mace. Mientras el comerciante se quejaba con vehemencia sobre la calidad del droide de negocios que Aguilae le había vendido, el squib se entretuvo estudiando las partes más brillantes del carguero del comerciante.
-Sus procesadores deben de haberse frito por el sol -había dicho el comerciante había dicho, salpicando su discurso con unas cuantas maldiciones socorranas-. Esa cosa ni siquiera tuvo el suficiente sentido común para seguirme.
Después de exigir un reembolso completo, que Mace consiguió negociar hasta un medio reembolso, un acoplador de transpondedor nuevo, y la receta de los bocaditos crujientes de almendra kwewu de su madre, el comerciante cedió, y dijo que había vuelto a vender el droide a otro grupo de jawas. Por la descripción de los patrones de las capas y sus mercancías, Aguilae pudo averiguar que era el grupo de Jek Nkik.
Los dos comerciantes regresaron a la tienda de Unut y alquilaron un deslizador para entrar en la zona de desierto donde se sabía que hacía su ronda el reptador de las arenas de Nkik. Los dos comerciantes no sólo tuvieron que pagar al arcona por el deslizador, sino que también se comprometieron a sustituir toda la unidad de control e interfaz del deslizador Halcón Estelar.
Esto se está poniendo caro, pensó Aguilae, limpiando una mancha de suciedad en el interior del parabrisas del deslizador Mobquet. Mace estaba, como siempre, enloquecedoramente ajeno a todo, sacando la cabeza fuera del parabrisas, con su pelaje gris erizado por el viento. Sus ojos brillaban detrás de las lentes desparejadas de las gafas.
-Mace, se te van a meter moscas de la arena entre los dientes -dijo Aguilae.
-Todavía no he comido, Aggy -gimió el Squib.
-¡Te comiste todos mis aperitivos de esporas snit!
-Eso es picar, no comer.
Ella agitó la cabeza, y decidió concentrarse en el enfoque que tomaría con Jek. Ajustó la compensación en el control del deslizador, suavizando el viaje sobre el terreno rocoso.
Jek y Aguilae se conocían de pasada, pero la mayoría de los jawas que operaban alrededor de Mos Eisley sabían de ella por su tienda. A pesar de eso, Aguilae se sentía bastante incómoda. Nunca se había llevado bien con otros jawas, y era un paria entre su gente. Prefería la compañía mecánica a los de su especie. Soportaba a Mace ya que este lograba demostrar algún beneficio, pero la naturaleza competitiva de los jawas a menudo le molestaba. Sabía que Nkik sólo tomaría dinero en efectivo y sus reservas iban disminuyendo.
-¡Aggy, gran cosa-nave de metal jawa! ¡A las allí en punto! -chilló Mace.
Aguilae entrecerró sus ojos brillantes, viendo el pesado vehículo como un mero punto en el horizonte. Este era el territorio de Nkik, de acuerdo. Activó el turbo del Mobquet, trazando una curva cerrada, y lanzando tras ellos una lluvia de grava y arena.

***

Takeel había tardado casi tres horas en encontrar la Bahía de Atraque 83, y otra hora en caminar hasta allí. Por supuesto, detrás de él dejó una estela de transeúntes al tanto de su búsqueda conforme les iba preguntando el camino. El snivviano jorobado vagó más allá del pequeño tapcafé construido en una pequeña choza de adobe, en busca de pistas visuales de última hora, como un número 83, cuando su memoria le falló.
-Disculpe -balbuceó a un comerciante pasaba por allí.
-No me toques.
-Uhh... perdone -tartamudeó a un miliciano.
-No tengo cambio.
-Un momento, si me permite... -dijo vacilante a un granjero de humedad.
-Maldita escoria callejera, fuera de mi camino.
-Me preguntaba... -farfulló a un droide blanco.
-Bzz-nkk, bzz-nkk.
Takeel miró al droide defectuoso: un droide blanco, alto y baqueteado. Sacudía la cabeza como si sus sellos no estuvieran apretados alrededor del cuello. Por lo menos, pareció reconocer al snivviano en su fotorreceptor casi vacío.
-¿Sabes dónde está la bahía de atraque 83? -preguntó.
El droide se detuvo en seco. Por un momento, parecía como si fuera a caer, pero en cambio, lanzó su brazo hacia la dirección desde donde venía caminando.
-Un millar de gracias, señor -dijo el snivviano, dejando un rastro de municiones similares a perdigones a su paso.

***

Aguilae hizo aminorar el Mobquet para colocarse en paralelo con el pesado reptador. El estruendo de metales antiguos, servos mal lubricados, y acero temblando, superó el zumbido de los repulsores. Sacó de uno de sus bolsillos un pequeño comunicador lleno de arañazos, y tecleó un canal jawa estándar.
-Nkkek, hkkeuika, obvioaga -dijo entre dientes, sin que su traductor pudiera captarlo desde su lugar en el asiento de Mace. Mace, mientras tanto, estaba asomado fuera del deslizador, agitándose como un molino de viento.
Por unos momentos, parecía como si el reptador de las arenas fuera a continuar, pero, con un fuerte chirrido de motores enojados, el reptador se detuvo. Mace, por supuesto, pensó que todo se debía a sus gesticulaciones. Aguilae acercó el deslizador a la rampa del reptador, y ensayó su monólogo en su cabeza una vez más.
Con un auténtico chirrido, el aletargado rastreador bajó la rampa y varios pares de enfermizos ojos brillantes observaron desde la oscuridad.
-Hkekk, Aguilae -graznó una voz desde arriba, pronunciando el nombre con un desprecio inconfundible.
Los comerciantes y los humanos a menudo bromeaban diciendo que no había nada que temer de los jawas, pero ahora, el grupo de unos cinco o así que miraba hacia abajo de la rampa con los blásters desenfundados era suficiente para hacer temblar el estómago de Aguilae. Mace, como era previsible, seguía gesticulando.
Los jawas se separaron, y Jek salió de entre ellos, con los brazos abiertos.
-Aguilae, ¿mencionaste un acuerdo? -dijo con voz ronca en su lengua nativa. El jawa, con un manto de color bronce y marrón cosido de una pieza, descendía por la rampa. Llevaba su bláster artesano escondido en el cinturón, pero no había duda de su presencia, y de la arrogancia que lo acompañaba. Los otros cuatro jawas le seguían, varios pasos detrás de Jek. Sus ojos no se apartaban del deslizador.
Aguilae, el nombre que los humanos le habían dado, respiró profundamente, afianzando su orgullo. Con la respiración, captó el ligero olor de la indignación y el desprecio que los jawas emitían. Ella había descartado su nombre Jawa, para vivir y vender entre los humanos, y ellos no lo habían olvidado. Se aseguró de esconder el traductor; no había necesidad de molestar a esos cinco más de lo necesario.
No muestres miedo, no muestres miedo, no muestres miedo.
-Sí, Jek -habló en su lengua-, un acuerdo que encontrarás muy rentable.
-¿En serio? Bueno, comprenderás que este es nuestro territorio -siseó Jek, acariciando con su mano la empuñadura de arcilla de su desintegrador-. Esto hace que tu presencia sea aún menos bienvenida.
Debe haber olido el miedo, pensó Aguilae. Se concentró en su hambre. El hambre y el miedo olían muy similar para los jawas, por lo que pensó con fuerza en su estómago vacío y los aperitivos de espora snit que Mace se había comido. Un toque de odio tampoco vendría mal ahora.
-Entonces incluso tú podrás entender la magnitud de la oferta que me llevaría tan lejos. -respondió Aguilae con frialdad. Uno de los jawas detrás de Jek silbó una risa.
-Aguilae, o Khea Nkuul, ¿has olvidado lo que este doble amanecer trajo hoy?
-¿Hoy? -se detuvo. El uso de su nombre la había descolocado, pero hoy... ¿Su cumpleaños? ¿El inicio de la temporada de tormentas? ¿El final de la temporada de cultivo? No. No era eso.
Luego consiguió juntar las piezas, un tributo a sus habilidades como carroñera. El reptador, siguiendo su curso pasando de largo Mos Eisley, hacia esta zona, de camino al intercambio: la reunión anual de todos los reptadores de arena jawa de la zona para intercambiar bienes.
Luego comprendió el olor que emanaban los jawas. Avaricia, más fuerte de lo habitual. Sus ojos siguieron la mirada de los cuatro jawas que estaban detrás Jek, y todos ellos estaban mirando el brillante deslizador.
Jek sacó su pistola, mientras que el cuarteto de jawas blandía cada uno una llave hidráulica a modo de garrote.
-Es el día en que vuelves a casa.

***

El temblor del reptador de las arenas hizo que el trabajo de Aguilae fuera aún más difícil. Estaba sujeta en un estrecho compartimiento dormitorio en el más alto de los 15 niveles del reptador. La abollada puerta metálica estaba cerrada con llave. Sendas correas gastadas de plástico se le clavaban en los hombros, y este módulo dormitorio en particular estaba diseñado para un jawa más alto que ella, dado que no podía tocar el suelo con los pies. Se balanceó hacia atrás y adelante, y casi deja caer la delicada pieza en la que estaba trabajando. Estaba soltando pequeños tornillos haciéndolos girar con la uña del pulgar, y utilizaba la poca luz que generaban sus ojos para trabajar en el cableado. Unos toques más, y habría terminado.
Un rastro de olor, esta vez de curiosidad y algo más, flotó hasta su nariz. Escondido su trabajo cuando la puerta se abrió, derramando la débil luz del pasillo sobre los ojos de Aguilae. Jek proyectó una sombra sobre ella, soltando las ataduras que la mantenían colgada de la pared.
-¿Realmente era necesario este alojamiento? -dijo entre dientes, frotándose el hombro.
-Las precauciones son muestra de sabiduría; es lo que los ancianos nos enseñan. -Jek la bajó a la cubierta-. Pero, es cierto... no has escuchado las palabras de los ancianos durante, ¿cuánto? ¿Ocho estaciones?
-Siete y media, en realidad. -Apartó los brazos de Jek, soltando arena de su túnica. Echó un vistazo alrededor. Sin la venda que la obligaron a llevar ante los ojos previamente a colocarla en el armario dormitorio, finalmente pudo ver los abarrotados compartimentos oxidados del nivel superior. La luz del sol que se derrama por la izquierda le indicaba que el puente estaba cerca. Un grupo de jawas estaba agrupado a la derecha. Su hedor mostraba que estaban significativamente molestos. Miró un poco más y vio al squib de pelaje gris entre ellos, mirando al techo del compartimiento.
-Me sorprende que te has dado cuenta -añadió Aguilae, moviendo rápidamente los ojos de esquina a esquina.
-Nunca te he quitado el ojo de encima, Khea. -Jek se paseaba de un lado a otro, con un llamador de droides en la mano, supuestamente examinándolo con interés-. Sabes lo que dicen de ti, ¿no? ¿Sabes lo que está pasando tu tribu?
-No -dijo ella, preguntándose cuánto tiempo tendría que seguirle la corriente-, pero estoy seguro de que me lo dirás.
-No voy a tener que hacerlo. Sin duda estarán en el intercambio, y finalmente te llevaremos donde debes estar. Debes seguir nuestros caminos, Khea. Una mujer no puede abandonar su papel en la tribu y los encuentros. Es peligroso.
En algún lugar de los oscuros pliegues de su capucha, Aguilae hizo una mueca. De modo que eso era lo que iba a pasar. Hizo una pausa, dejando que Jek saboreara su última sílaba glotal, mientras trataba de recordar esos holovídeos que Mace había conseguido de un viajero dorcin. ¿Cómo solían decir...?
-¿De modo que es eso? -dijo, más fuerte de lo que pretendía-. ¿Realmente es eso?
Los otros Jawas se acercaron, y sus olores traicionaban su curiosidad. Una vez más, Aguilae se concentró en su hambre para que su ansiedad no se revelase a través de su aroma.
-¿Qué quieres decir? -preguntó Jek.
-Oh, vamos, Jek. ¿Esperas que me crea que me estás llevando todo el camino hasta el intercambio sólo para enseñarme una lección de los ancianos? -Se acercó más a él, una acción que él obviamente no esperaba-. ¿Que pondrías remotamente en peligro tu reclamación del deslizador llevándome contigo? ¿Por qué no ser honesto, para variar? No soy ninguna agricultora a la que estés tratando de engañar.
Por un breve momento, mientras citaba el diálogo que alguna casquivana ho'din había grabado en otro mundo hace incontables años, antes de que, sin duda, firmase un contrato por varios holos, Aguilae lamentó haberse concentrado en su estómago. Esas palabras le daban nauseas.
-Esos los ojos de fuego que echaba de menos. -Jek sonrió, extendiendo sus pequeñas manos sucias para tocarla en los hombros.
-Inténtalo, Jek., No me importa. Llévame ante mi padre. Incluso si él lo decreta, no me uniré contigo. -Dejó que la última palabra saliera siseando de sus labios, con toda la intensidad que pudo reunir. En el interior, una parte de ella se rió. Puede que los jawas sepan de droides, se dijo, pero son ajenos a los holomelodramas de serie B.
Jek pisó el pie en el suelo.
-¡Ese es el camino, Khea!
-¡No, Jek! Es tu camino. No el mío.
Por un momento o dos, todo lo que se oía era el omnipresente ruido de las orugas del reptador de arena. Jek echaba humo, llenando el compartimiento con el hedor de su rabia impotente. Se dio la vuelta, mirando a los jawas que observaban desde la esquina.
-Lleváosla -graznó Jek-. Dejar que su padre se ocupe de ella.
Jek salió airadamente de la cámara mientras los otros jawas agarraron a Aguilae y la obligaron a entrar en el compartimiento. Hizo todo lo posible para fingir resistirse, mientras miraba más allá de los jawas.
Su señal había sido recibida. Mace no estaba allí.

***

Era como si fuera la mañana del Día de Regateo, y Mace volviera a ser sólo un joven pelusilla. Los pelos de sus brazos se erizaron mientras miraba alrededor de la habitación en la que había entrado apretando su pequeño cuerpo.
Allí, en la esquina, había una unidad R1 inclinada. Escondida bajo una pila de cableado óptico estaba la forma rechoncha de una unidad BM-B. Una unidad WED-15 quemada se había convertido en poco más que un batiburrillo de manipuladores, pero aún así era suficiente para hacer que el corazón de Mace se disparara. Trató de correr en siete direcciones a la vez, y acabó sentándose, recuperando el aliento.
Recobró el control de su mente frívola y se hizo una idea mejor de su entorno. Era muy ingenioso, la verdad. La habitación era alguna clase de compartimiento oculto, con los ángulos llenos de pesados tubos de ventilación de vapor. Si alguna tribu jawa de la competencia consiguiera tecnología de sensores, esta sala aparecería como un punto caliente, pero no podría obtenerse ningún detalle del interior.
En este caso, era la firma repulsora de su deslizador que se ocultaría. Mace saltó a los controles, echando una mirada superficial al salpicadero. Las lecturas parecían positivas; parecía que los Jawas no habían tenido aún la oportunidad de examinarlo. Una pequeña voz dentro de su cabeza le devolvió a la situación actual. Aguilae le había dado una oportunidad, y no podía desperdiciarla. Pero no se iría sin ella.
Metió la mano en uno de sus bolsillos ocultos, sacando un puñado de cronómetros. Rápidamente encontró el que funcionaba. Quince minutos. Le daría quince minutos.
Mientras tanto, pensó mientras su mirada se encontraba con una unidad R5 roja ligeramente carbonizada y un droide de potencia, sería mejor que encontrase una manera de mantenerse ocupado.

lunes, 22 de julio de 2013

Piezas de repuesto (I)

Piezas de repuesto
Pablo Hidalgo

-¡Díselo tú!
A pesar de ser bastante ineficaz a través de sus gruesos guantes, Lhojugg se retorció las manos para acompañar sus pasos nerviosos. La indiferencia de Fortuna estaba empezando a acabar con su paciencia.
-Eres tú, Lhojugg, quien era responsable de la mansión del Amo durante la estancia de nuestro huésped -dijo el twi'lek. Sus colas craneales se crisparon en sintonía con la sonrisa que se extendía por su rostro pálido.
Los dos pasaron bajo el arco tallado al bullicio criminal, lleno de humo y humedad, de la sala del trono de la mansión de Jabba el Hutt. La sala estaba llena, de alcoba a alcoba, con todo tipo de cazarrecompensas de mala muerte. Era la época de los nombramientos, un evento anual marcado en el calendario de Tatooine. Durante dos días seguidos, el señor del crimen hutt había estado entregando encargos de recompensas a cazadores nuevos y viejos.
Bib Fortuna y Lhojugg el nimbanel se abrieron camino con cautela entre dos grandes trandoshanos acorazados, acercándose al centro del asunto: el estrado del señor del crimen hutt.
-Ahh Bib, Lhojugg... tee hyatt. Bo shuda –dijo el cartilaginoso gángster con forma de babosa, pronunciando las palabras alrededor de la humeante boquilla de su pipa de agua. Jabba dejó a un lado un cuaderno de datos y dio una serie de encargos a su droide de protocolo plateado que permanecía de pie detrás de él.
A continuación siguió un ligero silencio, aunque Lhojugg estaba seguro de que toda la galaxia podía oír el sonido de sus rodillas chocando entre sí. Se aclaró la garganta, se pasó la mano por los mechones rojos de pelo que crecían a los lados de su hocico, y dio un paso hacia adelante.
-Su más magistral señoría, me temo que tengo que anunciar una discrepancia en el último inventario de la casa.
Los grandes ojos con pupilas en forma de rendija de Jabba miraron al droide traductor por un momento, y luego hizo una pausa para que el nimbanel soltara lo que tenía que contar. Ofuscación, pensó, el lenguaje de los burócratas y los nimbaneses.
-Parece que nuestros huéspedes se sintieron demasiado como en su propia casa en su última estancia -intervino Fortuna.
-Hmm, ¿te han hecho falta dos días para determinar que Mcgrrrr ha robado algo? -retumbó el Hutt.
-Sí, maestro. Por supuesto, como usted sabe, las fianzas de garantía cubren los requisitos estándar para la fiesta, la sustitución de tapices, los controles veterinarios de sus silbadores kayven, el reemplazo de muros... Pero me temo que algo insustituible ha desaparecido -dijo Lhojugg-. Uno de sus droides, Amo. Por la contabilidad, el número de referencia CZ-3, me temo.
Todo lo que Fortuna podía hacer era suprimir su risa con un ligero meneo de sus tentáculos. No hacía ni 20 minutos que Lhojugg gritaba con toda la fuerza de sus pulmones por el droide desaparecido, y ahora informaba del evento con la ferocidad de un ratón de arena. Podía ser tan cobarde a veces... Por supuesto, el autocontrol del propio Fortuna era una cuestión de protocolo, no de miedo. Por supuesto.
Hubo un silencio reverencial, aparte de los ligeros sonidos de las modernas armaduras cuando la sala llena de cazadores de recompensas se movió para ponerse en posición de ver cómo el poderoso Hutt masticaba a sus lacayos.
-Hawr hawr hawr hawr -resonó la risa del hutt en la sala-. Bueno, este importantísimo asunto debe ser tratado inmediatamente. –La enorme cabeza sonriente del hutt giró sobre lo que hacía las veces de cuello, examinando a los cazadores reunidos-. Takeel, closs niat lie!
Un grito sofocado se abrió camino por la habitación, seguido por el ruido de esferas metálicas y la confusión de las pisadas cuando un snivviano se adelantó saliendo de la muchedumbre, persiguiendo la munición de su primitiva arma.
-¿Sí, su... uh, hutteza?
Jabba miró por encima del snivviano gordo y jorobado con el pelo despeinado.
-Enhorabuena, has obtenido la primera recompensa del día. Debes encontrar una pieza de propiedad de lo más valiosa, empezando en la bahía de atraque 83. La nave de Mcgrrrr todavía debe estar en el puerto. Por supuesto, te das cuenta de la importancia de ser discreto, ¿verdad, Takeel?
-Uhh... ¿di-discreto? -tartamudeó Takeel cuando el droide de protocolo le entregó una orden nueva.
-Cuento contigo, Takeel.
-Sí, por supuesto, señor. ¡No le fallaré! -gritó Takeel, mientras salía corriendo de la sala del trono, consiguiendo a duras penas llegar a la salida.
Por un momento, el silencio se cristalizó sobre el ambiente, seguido inmediatamente por una sonora carcajada iniciada por Jabba, secundada por su bufón kowakiano Salacious Crumb, y completada por todos en la sala.
Lhojugg y Fortuna estaban aturdidos, mirándose el uno al otro. Las atronadoras risotadas que hacían temblar el vientre de Jabba se calmaron lo suficiente para que gritase a los cazadores de recompensas reunidos:
-Snaggletooth, ve a cuidar de tu hermano.

***

Los soles golpeaban con su implacable regularidad el centro de Mos Eisley, haciendo que las estructuras de piedra arenisca brillasen con la bruma del calor. A pesar de esto, Macemillian Winduartè caminaba dando pequeños saltitos y tarareando una melodía pegadiza. Saltó fuera de la cantina, en dirección a su tienda a la sombra de las ruinas en el centro de Mos Eisley.
Mace se pasaba de mano en mano un pequeño perno de restricción, admirando su brillo mientras lo hacía girar. Mace, un squib, siempre había sentido atracción por las cosas más brillantes de la vida. Por esa razón había abandonado su posición en la Flota de Recuperación Squib y se había convertido en vendedor de droides en Tatooine. A veces, su compañero, el jawa Aguilae, podría ser un auténtico aguafiestas, pero los dos lograban sacar un pequeño beneficio cada temporada.
Entró en la pequeña estructura casi oculta por una pila de basura y desechos, a la relativa frescura de su tienda/habitación. Los sensibles receptores olfativos de sus brazos detectaron por el hedor que Aguilae había estado allí recientemente. Ya se había acostumbrado al olor a Jawa. No era tan malo, a su parecer. Era bastante mejor que el de un ugor.
Mace puso el cerrojo de seguridad en un estante de especia desgastado y carcomido que colgaba a duras penas en su pared. Se encaramó a su cama, que era en realidad un edredón de piel de bantha extendido sobre el anillo oxidado de una lámpara de araña. Cerró sus grandes ojos de gacela, soñando agradables sueños generados por el nikta.
Su ensoñación de borracho fue interrumpida cuando Aguilae entró en su habitación, registrando un contenedor en busca de tubos de refrigerante. Una regla no escrita en la tienda El Comerciante Jawa es que si no lo encuentras, busca en la habitación de Mace.
-Vendí ese droide que recogiste -graznó el traductor de mano de Aguilae. No había dominado el básico, y la unidad traductora rescatada bastaba, cuando funcionaba.
-Snnzzleggg... -respondió Mace.
-¿Dormido otra vez? -Aguilae negó con la cabeza, sacudiendo de su capucha finas capas de polvo-. Lo juro, Mace, no sé cómo consigues hacer nada. -Siguió revolviendo las cosas de Mace, abriendo el estante de la especia. El cerrojo de seguridad cayó al suelo.
-Mace... -exclamó Aguilae-. Por el Gran Jawenko, Mace, ¿de dónde sacaste esto? Mace, despierta.
Mace entreabrió los ojos, enfocando lentamente la mirada sobre la jawa y el cerrojo de seguridad.
-Hmm... ¿qué? Oh, el cerrojo. Era de ese androide tipo-blanco serio-estirado tan chupimolón que encontré para ti.
-¿El droide de negocios? ¿El droide que acaba de vender? Mace, baja de ahí, esto es importado... -Aguilae se detuvo y golpeó el traductor contra una mesa-. Mace, esto es importante.
-¿Qué, qué pasa, Aggy? -preguntó Mace, frotándose los ojos, dejándose caer de la araña.
-Esto -dijo Aguilae, colocando el cerrojo ante el hocico del Squib. Señaló con la cabeza las letras en relieve en el borde del cerrojo. En aurebesh, decía "Jabba el Hutt".
-Aggy... -Mace sonrió-, ya sabes que no sé leer.

***

-¿Desaparecido?
-Sí, señor -dijo el lacayo jenet de hocico largo con un brillante implante cibernético rodeándole la base del cráneo.
Opun Mcgrrrr tiró hacia arriba del cinturón de su túnica lanuda, torciendo la cara en un gesto de rabia e incredulidad.
-¿Cuándo perdimos el maldito droide? ¿Esa cosa tenía archivos muy importantes en su interior?
-Bueno, señor -informó el jenet-. Parece que ayer, mientras estaba haciendo algunos arreglos con Lady Valarian, el droide desapareció de su garaje alquilado. He interrogado a los lugareños, pero no podía importarles menos.
-Mencionaste mi nombre, ¿verdad? -preguntó Mcgrrrr. El corpulento corelliano tenía un ego bien apoyado por su amplia figura.
-Sí, señor -suspiró el Jenet, preguntándose de nuevo cómo y por qué estaba en su actual posición-. Para mi gran e increíble sorpresa, parecía no tener ningún efecto.
-Extraño... ese droide debe ser encontrado. Recupéralo, y no descanses hasta que lo encuentres. -Mcgrrrr se dio la vuelta, tomando un trago del líquido que guardaba en su petaca plateada.
Diez mil kilo-trems de capacidad de almacenamiento de datos, y estoy jugando a buscar objetos perdidos.
-Sí, señor -dijo el jenet en voz alta-. ¿Puedo añadir, señor, que la búsqueda de droides parece ser un pasatiempo muy popular en Tatooine en este momento?
-Los imperiales... es cierto. –La única ceja de Opun se inclinó en un gesto reflexivo. Esa semana se había visto en Mos Eisley un equipo de soldados de asalto. Todo el mundo sabía que raramente se veían soldados de asalto en Mos Eisley, pero esa semana pasada había sido extraña-. Lo mejor es evitarlos.
-Infalible estrategia, señor -dijo el jenet mientras parte de su cerebro amplificado trabajaba en algoritmos hiperespaciales con el fin de inyectar un poco de diversión a su aburrido día.

***

La penumbra de la sala de conferencias tenue de la mansión resonaba con el sonido de las teclas y los pitidos del cuaderno de datos de Lhojugg. Reflexionó sobre la situación una y otra vez. Fortuna asomó la cabeza y una de sus colas cefálicas en la habitación.
-No tiene sentido, Fortuna. Según el inventario, se suponía que CZ-3 guardaba información de clase roja. Figura aquí como uno de los principales droides de negocios del Amo. No puedo entenderlo. -Lhojugg mordisqueó el lápiz por un momento-. ¿Por qué Jabba lo dejaría a la intemperie?
-Entonces no trates de entenderlo. -Las ruedas de la mente de Fortuna chasquearon. Para hacer que un nimbanel resuelva un rompecabezas, asegúrate de darle el incentivo adecuado-. No creo que Jabba espere que lo hagas.
La mueca que cruzó el rostro de Lhojugg causó que el lápiz cayera con estrépito sobre la mesa.
-Esto es un negocio, Fortuna. Y el negocio de nuestro Amo es mi negocio. Tú no haces más que anunciar a los que se presentan ante él.
-Por supuesto, Lhojugg -dijo Bib, inclinándose hacia la puerta. La actual tormenta casi había pasado, y el twi'lek paciente se ve recompensado, como decía el dicho. El palacio pronto tendría una vacante.

***

-Está bien, está bien, todo irá bien... sólo tendremos que explicaré a Jabba... que, accidentalmente, nosotros... -rumiaba Aguilae ella y Mace vagaban por las arenosas calles de Mos Eisley. Aguilae se detuvo y se volvió, al darse cuenta de que el squib no estaba allí.
-Mace... hkeek nkulla! -maldijo, un exabrupto jawa particularmente desagradable ajeno a la base de datos del traductor. Caminó de puntillas unos pocos metros, en un vano intento de mirar más allá de los relativos gigantes que deambulaban por las calles.
-Está bien –escuchó-, digamos que usted le da al quarren la mitad de mi pedido, pero él tiene que darme el dinero que iba a pagarle a usted, de modo que usted todavía conserva el interés, pero me permite elegir a mí la guarnición. -A través del tejido de su capucha, los precisos oídos de Aguilae fueron capaces de rastrear al squib hasta donde su nariz le decía que se estaban asando costillas de dewback.
Allí, a la sombra de un toldo a rayas, estaba el pequeño squib ante un whiphid de dos metros de altura. La montaña peluda de músculos y colmillos no parecía divertida, y el quarren cara de calamar detrás de él parecía muy confuso. Las fosas nasales del whiphid temblaron, y miró en dirección a Aguilae.
-Jawa, dile a tu socio que aquí ya no le servimos -gruñó la cara llena de dientes. Su garra sujetó el cepillo de salsa con un grupo de tendones apretados.
-Mis disculpas, Fillin... Mi socio, por supuesto, disfruta tanto de tus mercancías...
La nerviosa jawa empujó al squib a un lado.
-Mace, nos vanos... -un ligero ajuste-, nos vamos. Señaló con la cabeza lejos del whiphid, mientras Mace gritaba algo sobre renegociación.
-Mace -dijo, haciendo girar al squib para mirarla-. No tenemos tiempo para esto. Ese comerciante puede estar en cualquier lugar. Tenemos que encontrarlo.
-Aggy, Aggy, Aggy. -Mace agitó su hocico corto-. Iba a pedir información, como parte de una negociación adicional sobre la cantidad de servilletas. Tienes que entender las reglas de la calle.
-No. Tú tienes que entender que el Gran Hinchado tiene mil ojos, y el doble de hkedds... –hizo girar un dial-... el doble de oídos. Si se entera de que fuimos nosotros quienes causaron que uno de sus droides desapareciera, seremos aperitivos de sarlacc. Y Jabba no la clase de persona que negocia.
-¿No negocia? -Los ojos del squib se abrieron-. ¿Y los hutts son civilizados? Qué extraño.
Los dos pequeños vendedores de droides cruzaron desde el concurrido mercado hacia la tienda de alquiler de deslizadores. Aguilae tenía la esperanza de que el comerciante al que había vendido el droide hubiera alquilado el deslizador que le había visto usar, y que el dependiente Arcona de la tienda reconocería la descripción.
-Hmmm... -el Arcona se rascó cuidadosamente la frente curtida con una de sus enormes garras. Se formaron arrugas en los extremos de sus ojos verdes brillantes y ancianos mientras sondeaba su memoria-. Sí, creo que el tipo al que estás describiendo era corelliano. Sí, alquiló el Mobquet, desde luego. Lo miraré en los registros, pero sólo si podéis arreglar esos soportes de rodamientos de inercia.
-Sin problema, Unut. Mañana por la mañana, los tendrás. -Visiones de una feliz puesta de sol doble bailaban en la cabeza de Aguilae. Iban a salir de esto-. Mace, bájate de ahí.
El squib estaba sentado en la silla gastada de una elegante moto deslizadora Halcón Estelar, inclinándose hacia atrás, fingiendo estar montando un bantha desbocado. La deslizadora se meció sobre sus bloques de soporte, con el campo repulsor inactivo debido a los soportes de inercia defectuosos. Como de costumbre, el pequeño mundo personal de Mace excluía a la persistente Aggy.
-Mace... -La jawa se enderezó cuando el arcona regresó, sacando un cuaderno de datos de grandes botones.
--Veamos -dijo el anciano-. Sí, tengo su nombre, y su muelle de atraque, también. -Dio la vuelta al cuaderno de datos para que Aguilae pudiera verlo, y ella se puso de puntillas mientras sus ojos devoraban los datos.
-Muchas grasas… -será mejor encender y apagar el muy rápido el traductor-...  gracias, Unut. Tendrás la deslizadora en funcionamiento el próximo mediodía.

***

La última de las recompensas se había asignado, y ahora Jabba se relajaba escuchando una pieza de los Nodos Modales pregrabada. Su cola se balanceaba con el ritmo lento del compás 4/4 del blues wrooniano Noche de Niebla Talcharaim. Incluso Salacious estaba notablemente sobrio en la penumbra del salón del trono de la mansión.
Y luego se arruinó el momento.
-Su eminencia -exclamó Lhojugg, entrando apresuradamente en la habitación. Los dos gamorreanos en la puerta, que habían quedado traspuestos por la música, resoplaron en su dirección, echando mano a sus hachas.
-Huuooaa... -gruñó el Hutt, abriendo los ojos de golpe, y luego reduciéndolos a estrechas ranuras-. ¿Qué ocurre, Lhojugg? Más vale que sea bueno.
-S-sí, señor. -Lhojugg tragó saliva, con la boca imposiblemente seca. Consultó el cuaderno de datos en su mano-. Señor, me encontrado pruebas de conspiración. Aquí, en esta misma mansión.
-¿Ah, sí? ¿Cómo es eso? -Las abultadas manos del hutt se apretaron en impacientes puños.
-Tras realizar investigaciones adicionales en todo el asunto CZ-3, he descubierto que el droide, que tiene una designación de seguridad de clase roja, fue trasladado poco antes de la visita de Mcgrrrr. Debido a algún tipo de error burocrático increíblemente inepto, fuera de mi departamento, el droide fue dejado en el recipiente de almacenamiento abierto de la mansión cuando visitantes potencialmente hostiles, Mcgrrrr y compañía, estaban presentes. Traté de rastrear al error hasta la fuente, y descubrí que quien sea que cambió la orden de asignación, usó la autorización de su eminencia. ¡Alguien usó sus códigos de acceso, sire! -terminó Lhojugg, con algo más que un pequeño sentimiento de orgullo. El dramático ritmo de su discurso lo había colocado en el centro de la sala del trono de Jabba.
Se escuchó un silbido cuando Jabba exhaló aire con fuerza a través de sus grandes orificios nasales.
-Lhojugg, has cometido un error. No te pedí que hicieras esa investigación. –Los dedos grasientos del hutt bailaron sobre los controles de su reposabrazos. La Noche de Niebla Talcharaim había aumentado en tempo, para simbolizar los tempestuosos vientos de niebla que inspiraron la canción. Los gamorreanos dieron un paso atrás cada uno, y la mirada de Salacious se fijó en el techo oscuro.
-Señor, yo... simplemente estaba preocupado por la seguridad de... -tartamudeó Lhojugg.
-Tu investigación ha terminado. -Jabba pulsó un pequeño botón silenciador ultrasónico de su reposabrazos. Una jaula llena de herrumbre se desplomó sobre el nimbanel y el hutt se sirvió un sapo gordo como aperitivo mientras las cadenas chirriantes levantaban la jaula hasta el techo.
Conforme la canción alcanzaba su huracanado crescendo, la caja ascendió más allá de la pantalla de malla de alambre que mantenía alejados a los hambrientos silbadores kayven. Las fuertes ráfagas de cuernos kloo y beshniquel doreniano crearon una cacofonía que chocaba con los fuertes gritos de Lhojugg. Para cuando la música se acomodó en su coda silenciosamente introspectiva, los silbadores habían comido, y el susurro de la malla de alambre había terminado. Las gotas de sangre que caían desde el techo creaban un ritmo sincopado que los músicos bith probablemente habrían disfrutado.