Mostrando entradas con la etiqueta Un trato justo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Un trato justo. Mostrar todas las entradas

lunes, 3 de marzo de 2014

Un trato justo (y II)


Reegas y tres de sus hombres se encontraban de pie junto a la escotilla de acceso a la lanzadera tipo Halcón Estelar unida al Estrella Negra. Sus hombres iban equipados con blásters, chalecos ablativos, y los habituales ceños fruncidos.
-La Buscadora acaba de lanzar su cápsula de escape –anunció Marden por el comunicador del Estrella Negra.
Reegas respondió por su comunicador.
-Haz un escaneo de formas de vida.
Hubo una pausa.
-Ninguna –se escuchó luego.
-Vuélala en pedazos, sólo para estar seguros. Pueden haberla apantallado. ¿Puedes escanear la Buscadora?
-Los deflectores impiden un escaneo limpio.
Reegas examinó los duros rostros de sus hombres.
-Puede que Faal sea estúpido, pero no se rinde. Nos estará esperando.
Hubo sonrisas por parte de sus hombres.
-Les mataremos a ambos y lanzaremos sus cadáveres al espacio –dijo Reegas. Odiaba a Faal, y ni siquiera estaba seguro de por qué. Hombres de polaridades opuestas, supuso. A veces pasaba-. Quiero la nave intacta.
Los hombres volvieron a comprobar las cargas de sus blásters y embarcaron en la Halcón Estelar. Reegas ocupó su lugar en la pequeña cabina de la lanzadera. A través del parabrisas, la Buscadora y la nave naufragada flotaban recortándose contra la masa del gigante gaseoso. Reegas podría sacar más de un millón de créditos de ambas. Que Faal muriera en el proceso era simplemente una bonificación.
-Vamos a haceros una visita, chicos –murmuró a la Buscadora.
La lanzadera se separó del Estrella Negra y cruzó a toda velocidad los kilómetros de distancia. Mientras volaba, los cañones de plasma del Estrella Negra dispararon, atomizando la cápsula de escape de la Buscadora con sus alargados rayos rojos.

***

La respiración de Khedryn sonaba como un bramido en los estrechos confines del casco del traje de vacío. Parpadeó para apartar de sus ojos los puntos brillantes que quedaban de la explosión de la cápsula de escape. Él y Marr estaban pegados al lado de babor de la Buscadora, justo al otro lado del anillo de atraque de estribor. Observaron cómo la lanzadera se separó del Estrella Negra y aceleraba hacia ellos.
Khedryn observó a través del espacio la nave varada y, aún más importante, sus motores. Marr dijo que podía hacer que volvieran a funcionar.
-Van a abrirse paso a través del anillo de atraque con explosivos.
-Sí. Esperamos hasta que estén más cerca.
Los dos amigos colgaban del costado de la nave que estaban a punto de perder, esperando conforme se acercaba la lanzadera. Cuando estuvo más cerca de la Buscadora, pero en un ángulo opuesto a Khedryn y Marr, el primero se despidió de su nave con unas palmaditas.
-Vamos –dijo.
Ambos activaron los sistemas de propulsión antigravedad de sus trajes de vacío y salieron despedidos al espacio.

***

La lanzadera chocó con fuerza contra la Buscadora, sujetando el anillo de atraque son sus agarres, y los hombres de Reegas se pusieron manos a la obra. Dos cubrieron la puerta con sus blasters mientras el tercero sujetaba las cargas moldeadas en la escotilla.
-Vuélala –dijo Reegas.
La explosión hizo que la escotilla saliera de su marco, llenando la zona de humo y del olor acre de la termita. Los hombres de Reegas entraron por la abertura, con los blásters alzados. Sin embargo, para sorpresa de Reegas, no escuchó fuego bláster. Desenfundando su arma, siguió a sus hombres a bordo de la Buscadora.
Nada salvo un pasillo vacío.
-Esta nave no es tan grande. Encontradles. Tú y tú, conmigo. Vosotros dos, por ahí. Avisad si veis o escucháis cualquier cosa.

***

Khedryn y Marr chocaron contra el costado de la nave, y ambos soltaron un gemido por el impacto. Reptaron lateralmente como los cangrejos hasta la puerta externa de una esclusa.
-Démonos prisa –dijo Khedryn, entregando a Marr el abridor de escotillas.
Marr lo colocó en su lugar y comenzó a trabajar en el código de seguridad de la escotilla. Los números desfilaron a toda velocidad por su superficie, reflejándose invertidos en la placa facial del casco de Marr. La luz indicadora del panel de control de la escotilla seguía en rojo.
Khedryn se mordió el labio con frustración. Echó otra mirada a la Buscadora, preguntándose cuándo se daría cuenta Reegas de que faltaban dos trajes de vacío y pudiera sumar dos y dos.
La intensa mirada de Marr estaba perdida en los intentos fallidos del abridor. Detuvo la rutina del dispositivo, pulsó unos cuantos botones, y lo inició de nuevo con una configuración distinta.
-¿Tienes algo? –preguntó Khedryn.
-Nada seguro. He probado con los hexadecimales y no he obtenido nada, así que debe ser otra cosa. Lo he programado para que efectúe un barrido en base once, luego doce, y así sucesivamente. El problema son los espacios.
Khedryn no tenía ni idea de qué le estaba hablando Marr. Miró por la pequeña ventana de la escotilla al oscuro interior de la nave, y luego a la Buscadora a través del abismo del espacio.
-Marr, nos quedamos sin tiempo.
-Lo sé –dijo Marr-. Lo tendré en seguida.
Khedryn miró fijamente la luz apagada del panel de control de la escotilla y trató de hacer que se iluminase en verde con la fuerza de su voluntad.

***

Reegas y sus dos hombres registraron los estrechos pasadizos de la Buscadora, con los blásters por delante. No encontraron nada, no escucharon nada. La nave parecía una tumba. Cuando alcanzaron el eje central y los armarios de la nave, el hombre que iba en cabeza se dio la vuelta.
-Los trajes de vacío no están, Reegas –dijo.
Y todo encajó de pronto en la mente de Reegas. Faal y Marr no estaban a bordo. La cápsula de escape había sido una distracción para hacer pensar a Reegas que en la Buscadora le esperaba una emboscada.
-¡Están en la nave naufragada! ¡Van a tratar de salir volando de aquí con ella! –Activó su comunicador-. ¡Marden, incapacita los motores de la nave naufragada! ¡Sólo los motores! ¡Ahora mismo!
-¿Por qué?
-¡Simplemente hazlo!
-Sí, señor.

***

Marden apuntó con los cañones del Estrella Negra a los motores de la náufraga, redujo la salida de energía de los rayos, y disparó. Los motores explotaron, sacudiendo toda la nave y desplazándola de su órbita. Una lluvia de pedazos de metal golpeó contra el Estrella Negra y la onda expansiva hizo que oscilase levemente.
El suave pitido de una alarma captó su atención. La puerta externa de la esclusa que daba hacia la nave naufragada se estaba activando. Probablemente habría recibido el impacto de algún escombro de la explosión.
-Maldita sea.
Saltó de su asiento y corrió hacia la popa del Estrella Negra.

***

La boca de Khedryn se quedó seca cuando vio que una luz se encendía al otro lado del sello interior de la esclusa.
-¡Marr, viene alguien! ¡Date prisa!
-Lo tengo –dijo Marr, y la luz en la esclusa externa se volvió verde.
Khedryn se introdujo en la esclusa mientras desenfundaba su bláster. Con su mano enguantada cerró la puerta exterior.
-Vamos –dijo mientras se cerraba-. Vamos.
En cuanto escuchó que estaba sellada, tiró de la palanca para abrir la puerta interior, que se deslizó con un siseo. Captó un movimiento fugaz al fondo del pasillo, una descarga de bláster, y escuchó el grito de dolor de Marr.
Disparó a ciegas tan rápido como pudo mientras buscaba refugio pegándose contra la pared.
-¡Marr!
El cereano yacía de espaldas en la cubierta, con un agujero negro humeante en el hombro de su traje de vacío. El oxígeno se escapaba por el agujero con un suave siseo.
-Estoy bien –dijo Marr, agitando la mano.
Khedryn asintió, aliviado, y asomó la cabeza. Un cuerpo yacía en el pasillo; un humano, con la quemadura de un agujero de bláster en el pecho. Khedryn ya le había visto antes, en las cantinas de Fhost, pero no podía recordar su nombre.
-Mierda, mierda, mierda –dijo, despresurizando su casco.
-¿Qué pasa? –preguntó Marr mientras se ponía en pie.
-Le he matado.
Marr posó su mano sobre el hombro de Khedryn.
Khedryn meneó la cabeza.
-Vamos. Permanece alerta. Puede que haya más de ellos.
Tomó el comunicador del muerto y corrieron hacia la cabina. Un escaneo de toda la nave mostró a Marr que no había nadie más a bordo. El comunicador del muerto comenzó a pitar.
-Verra –llamó Reegas por el comunicador-. Verra, informa.
Verra. Ese era el nombre del muerto.
-Verra está muerto, Reegas –dijo Khadryn por el comunicador-. Y estoy sentado en tu cabina.
Habría pagado diez mil créditos para poder ver la cara de Reegas mientras le decía esas palabras.
Una larga pausa.
-Podemos hacer un trato, Faal –dijo Reegas-. No hagas una imprudencia.
Khedryn imaginó que Reegas y sus hombres estaban corriendo de vuelta a la lanzadera.
-Si tienes a algún hombre en esa lanzadera, haz que salgan de inmediato. –Khedryn contó hasta diez-. Dispara, Marr.
Los cañones del Estrella Negra iluminaron el espacio y convirtieron en escombros la lanzadera. La explosión hizo que la Buscadora saliera despedida hacia un lado. A Khedryn le dolía dañar su propia nave, pero valía la pena escuchar las maldiciones de Reegas y las lastimeras alarmas de la nave a través del canal de comunicaciones abierto.
-Estás atrapado ahí, Reegas. La Buscadora está muerta en mitad del espacio. Inutilizamos los motores. –Miró a la nave náufraga a través del cristal, advirtiendo los fuegos que aún ardían en la sección de motores-. Al igual que la nave náufraga, gracias a ti. Estarás aquí fuera mucho tiempo, me temo.
Las maldiciones de Reegas llenaron el comunicador.
-Recuerda que podría haberte desintegrado en el espacio –dijo Khedryn.
-Oh, nunca me olvido de nada.
Khedryn chasqueó la lengua.
-Si te portas bien ahora, tal vez mande a alguien desde Fhost para que te encuentre. –Endureció el tono-. Deja que sea muy claro. Vuelve a jugármela de este modo y no dudaré en matarte. Y no trates de recuperar esta nave. Ahora es mía. Creo que es un trato justo después de lo que has hecho, ¿verdad?
Silencio.
-¿Verdad?
-Sí. Un trato justo. Manda alguien a buscarnos, Faal. Manda alguien.
-Hay caf en la cocina. Si no es suficiente para manteneros en calor, siempre podéis acurrucaros.
Reegas estalló en otra sarta de exabruptos mientras Marr programaba en el ordenador de navegación una ruta hacia Fhost.
-Es una buena nave -dijo Marr, acariciando los instrumentos con las manos.
-Estoy de acuerdo –dijo Khedryn, mirando a su alrededor-. Llamémosle Montón de Chatarra. ¿Te parece bien?
Marr sonrió.
-Encaja contigo y conmigo, aunque no con la nave. No es chatarra. ¿Pero tal vez lo digas de forma irónica?
Khedryn se acomodó en el asiento del piloto, sonrió, y se hizo el tonto.
-No sé de qué me hablas ni la mitad del tiempo, Marr. Enciende ese hipermotor y veamos de lo que es capaz.

viernes, 28 de febrero de 2014

Un trato justo (I)

Un trato justo
Paul S. Kemp

Khedryn sentía el interior de su boca como si hubiera pegado un largo lametón a los polvorientos caminos de Punto Lejano. Un pulsante dolor de cabeza le hacía sentir como si alguien estuviera atornillando algo en sus sienes. Entró con paso lento a la cabina de la Buscadora y se deslizó en su asiento.
-¿Cómo te sientes? –preguntó Marr, introduciendo una complicada fórmula en el ordenador de navegación de la Buscadora. Incluso sin la resaca, Khedryn no habría sido capaz de comprender la fórmula. Los números de la pantalla bailaron y él reprimió un ataque de nauseas.
-No tan mal como huelo. –Se olisqueó tentativamente uno de sus sobacos e hizo una mueca cuando la náusea apareció de nuevo-. ¿Es la misma ropa que llevaba puesta anoche?
Marr, absorto en sus datos, murmuró algo demasiado ininteligible para que Khedryn pudiera descifrarlo.
Miró al exterior de la cabina. La Buscadora cruzaba la negrura del espacio, alejándose del pozo de gravedad de Fhost. Los remolinos de las estrellas en la ventana marearon a Khedryn.
-Hay caf en la cocina –dijo Marr-. Puede que te venga bien.
-Gracias. Tal vez luego. Bueno... vuelve a recordarme qué pasó anoche.
Marr pulsó una última tecla y le miró por encima de su hombro, con la superficie de su bronceada frente surcada por arrugas en un gesto interrogante. La parte superior de su cabeza sobresalía del anillo de su cabello claro como el pico de una montaña rodeada por las nubes.
-Jugaste al sabacc, bebiste, y hablaste... estas dos cosas más de lo que hubieras debido. Había oídos por toda la cantina.
El tono de desaprobación del cereano irritó a Khedryn. Trató de pensar en una réplica punzante, pero su abuso del pulkay le había dejado la cabeza demasiado embotada como para que se le ocurriera nada. En lugar de eso, se hundió en su asiento y asumió la realidad.
-Tengo que controlarme un poco. Está empezando a afectar al trabajo. Pero esta vez no hubo daños, ¿no?
Marr tuvo la consideración de no decir nada.
Mientras la Buscadora abandonaba el sistema de Fhost, Khedryn ajustó sus sensores a la frecuencia de la baliza subespacial de salvamento que habían dejado en una nave a la deriva. Los escáneres captaron el sonido casi inmediatamente: un satisfactorio pitido que se repetía a intervalos regulares y anunciaba la presencia de créditos flotando libres en la negrura. Escucharlo hizo que el dolor de cabeza de Khedryn remitiera. Un fallo en el rayo tractor les había impedido remolcar la nave a la deriva hasta Fhost la primera vez que la descubrieron, y Khedryn no había querido arriesgarse a reactivar los motores de la nave dañada.
Pero ahora la Buscadora ya estaba reparada y podrían llevar a casa su pieza rescatada.
-Ahí está la baliza –dijo Marr.
Khedryn vio el punto parpadeante en la pantalla del escáner.
-Esta vez no escaparás de nosotros, milady. Vayamos a por ella –dijo Khedryn, y Marr activó el hipermotor.
La negrura del sistema de Fhost dejó paso al torbellino azul del hiperespacio, y la Buscadora se abrió camino en las profundidades de las Regiones Desconocidas. Khedryn se apresuró a oscurecer las ventanas de la cabina. Los remolinos azules revolvían su ya agitado estómago.
Se puso en pie, apoyando la mano en el hombro de Marr para mantener el equilibrio.
-Creo que es hora de tomar ese caf.
-Yo vigilaré la tienda.
Khedryn necesitó tomarse dos pastillas para el estómago y tres tazas de caf para volver a sentirse más o menos él mismo. Con una taza de caf para Marr en la mano, caminó de vuelta a la cabina. Al ver a Khedryn, el cereano tomó el caf, agradeciendo el detalle con una inclinación de cabeza, y comprobó los instrumentos mientras bebía a pequeños sorbos.
-Buen caf, y justo a tiempo –dijo-. Estamos a punto de salir del hiperespacio.
Khedryn se deslizó en su asiento y desactivó la baliza de búsqueda.
-Entonces vayamos a ganar algunos créditos.
Marr ajustó los escudos de radiación, desactivó el hipermotor, y el azul dejó paso al negro. El sistema tomó forma ante ellos: una pareja distante de tenues rojas binarias, el caótico remolino de un fino cinturón de asteroides, y, más cerca, dos gigantes gaseosos rojos y naranjas plagados de lunas.
Marr tecleó las coordenadas de la nave a la deriva, Khedryn activó los motores iónicos, y la Buscadora cruzó el sistema, dirigiéndose hacia una de las grandes lunas yermas que orbitaban el gigante gaseoso más cercano. Khedryn sintió una breve punzada de preocupación -¿y si alguien más había encontrado la nave, y si los cálculos de Marr estaban equivocados y su órbita había decaído más rápido de lo que pensaban?- pero cuando rodearon la luna para llegar a su lado opuesto, la tenue luz roja de las binarias moribundas brilló en el casco de la nave a la deriva. Sonrió y respiró.
-Hola, preciosa.
Una nave de transporte de equipamiento militar pesado había sido reconvertida para cargas estándar y colgaba en una órbita baja y decadente sobre la luna. Su apariencia era la de un gran escarabajo, y una inspección más de cerca revelaba que a la nave le faltaban dos cápsulas de escape y no tenía ningún daño estructural salvo por uno de sus motores, que parecía haber estallado por completo. Khedryn y Marr ya habían examinado el interior: la bahía de carga vacía y una sospechosa ausencia de registros.
Una nave de contrabandistas. Un fallo en el sistema de soporte vital había obligado a la tripulación a evacuar y nunca habían regresado.
-Creo que podría hacerla volar, si me dieras tiempo suficiente –dijo Marr.
-No lo dudo. Pero sin soporte vital, tendríamos que pilotarla con escafandras. Es más fácil remolcarla a casa sin más.
-¿Hay que preocuparse por la tripulación?
-Si están vivos (y es un “si” muy grande), esta nave será chatarra y sus componentes electrónicos se reciclarán para usarse en otras naves antes de que puedan encontrarla... a la nave o a nosotros. ¿Estás preocupado?
-En absoluto –dijo Marr.
-Entonces entremos en rango de alcance del rayo tractor y démosle un paseo.
La Buscadora devoró los kilómetros, acercándose a la nave varada. En cuestión de instantes, la nave llenó su campo de visión.
-Una chica grande –dijo Khedryn, ojeando el casco de la nave de carga.
Marr asintió y maniobró a su alrededor con la Buscadora para encontrar el punto óptimo donde lanzar el rayo tractor.
Sin embargo, antes de poder activar el rayo, comenzó a sonar una alarma de proximidad.
-¿Qué es eso? –dijo Marr, inclinándose hacia delante para mirar los instrumentos.
-Un mal funcionamiento. Tiene que serlo. Hay...
-Otra nave está saliendo del hiperespacio –dijo Marr.
-¿Qué? ¿Quién?
Khedryn se inclinó hacia delante para examinar la firma del escáner de la nave desconocida cuando una explosión sacudió la Buscadora, casi derribándolo de su asiento. Las alarmas aullaron.
-¡Eso son disparos de cañón! –dijo Marr.
Khedryn maldijo.
-Deflector trasero al máximo.
-Fuego en bodega de carga dos –anunció Marr, moviendo las manos rápidamente sobre los instrumentos-. Estamos perdiendo presión en la bodega uno.
Khedryn agarró la palanca de control.
-Séllala. Maniobra evasiva.
Un destello de luz y el cambio de tono de la alarma anunciaron la pérdida de potencia en los motores. Khedryn maldijo.
-Vuelve a ponerlos en funcionamiento, Marr. Estamos flotando sin energía. ¿Quién demonios nos está disparando?
Recogió los hombros anticipando el siguiente disparo, pero este no llegó. En su lugar, sonó una señal de aviso.
-Nos están llamando –dijo Marr.
Khedryn tendría que ganar algo de tiempo.
-Pásamelos, pero sigue trabajando en obtener energía auxiliar para los motores.
El sonido resonante de un canal al abrirse se escuchó por los altavoces de la cabina. Khedryn hizo una mueca de disgusto cuando escuchó la voz al otro extremo.
-Khedryn Faal, como siempre, otra vez te interpones en mi camino.
-Reegas –dijo Marr.
Khedryn apretó los puños hasta que los nudillos se le quedaron blancos. Reegas pilotaba un carguero YT-2400 altamente modificado, armado hasta los dientes, y tripulado por cinco matones. Dirigía un sindicato criminal en Fhost. Y odiaba a Khedryn.
-Te preguntarás por qué estoy aquí –dijo Reegas.
-Porque eres un ladrón y un asesino, supongo –murmuró Khedryn, pero no lo transmitió.
-Voy a quedarme con esa nave naufragada –continuó Reegas.
El puño de Khedryn golpeó el botón de transmisión.
-Es nuestra...
Los chasquidos del comunicador le interrumpieron.
-Y también me quedaré con la Buscadora. Ese disparo a los motores fue intencionado. Podría haberos hecho volar en pedazos. Consideraos afortunados. Voy a ir allí, Faal. Tenéis diez minutos para desembarcar.
-¿Desembarcar? ¿Estás...?
Una vez más, el chirrido de la interferencia le hizo callar y resucitó su dolor de cabeza.
-Si seguís ahí cuando suba a bordo... –dijo Reegas-. Bueno, no hace falta decir lo que puede pasar entonces. Después de todo, a mis muchachos les encanta disparar.
Khedryn sintió que le latía la vena de la frente.
-¿Es que no saben que tengo resaca? –musitó.
-No puedo volver a activar los motores en diez minutos –dijo Marr.
Khedryn se frotó la sien.
-¿Cómo han podido encontrarnos siquiera aquí fuera?
-Anoche estabas hablador. Seguramente escucharon algo sobre la nave naufragada y pusieron una baliza en la Buscadora.
-Maldita sea, Marr. Se supone que tienes que hacerme callar antes de que hable demasiado.
-Siempre hablas demasiado.
-Cállate, Marr. –Respiró profundamente, haciendo que su mente recorriera rápidamente las opciones-. Muy bien. Escucha, nada de preguntas, sólo respuestas. Quiero los motores de la Buscadora bien muertos, imposibles de reparar. ¿Puedes hacer eso en cinco minutos?
Marr lo pensó, y luego asintió.
-Hazlo. Y necesito que sintonices el deflector para que no puedan realizar un escáner de formas de vida en la Buscadora.
Marr se mostró tan incrédulo como su natural placidez permitía.
-¿Algo más? ¿Tal vez que trace un nuevo...?
-Una vez esté hecho todo eso, toma armas y reúnete conmigo en el armario de escafandras. Venga, rápido.
-¿Qué vamos a hacer? ¿Cuál es el plan?
-Aún no lo sé. Sólo estoy preparando las herramientas. –Pulsó el botón de transmisión del comunicador-. Nos marcharemos, maldito gánster. Pero no creas que me olvidaré de esto.
Reegas estaba riéndose cuando respondió.
-Nueve minutos y medio, Faal.
Mientras Marr trabajaba, Khedryn corrió por los pasillos de la Buscadora hasta que llegó al armario de equipo. Tomó un abridor de escotillas y lo sujetó a su traje de vacío.
-¿Dónde estás, Marr? –preguntó por el comunicador.
-Ahora llego. Los motores están arruinados. Nadie podrá arreglarlos.
-Bien.
Khedryn comenzó a deslizarse en su traje de vacío.
Marr apareció corriendo ante su vista, tomó su propio traje, y comenzó a ponérselo. Probaron los sellos y los comunicadores: todo funcionaba a la perfección.
-Vayamos a la cápsula –dijo Khedryn.
Marr le agarró del brazo.
-Disparará a la cápsula en cuanto la vea, Khedryn.
-Lo sé. Por eso no estaremos dentro.
Marr le soltó.
-Si la escanea, sabrá que no estamos a bordo.
-Exactamente.
-¿Ah, sí? ¿Y entonces qué?
Khedryn frunció el ceño.
-Aún sigo pensando en eso.
Y entonces guiñó su ojo vago a Marr.