Mostrando entradas con la etiqueta Alexander Freed. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alexander Freed. Mostrar todas las entradas

martes, 30 de diciembre de 2014

El fin de la historia


El fin de la historia
Alexander Freed

Antron no sabía mucho acerca de cazas estelares, pero tenía la fuerte sensación de que un ala debía estar pegada a su nave, y no dispersa en fragmentos ardientes entre los arbustos azules de las llanuras de una luna sin nombre. Mientas apartaba nubes de humo, maldiciendo su edad y su abultada barriga, decidió que era muy probable que el piloto de este caza estelar en concreto –que apenas una hora antes había caído como un ardiente meteorito pasando sobre la meseta a la que Antron llamaba hogar- estuviera de acuerdo.
Esperaba que esa no fuera la única cosa en la que él y el piloto estuvieran de acuerdo, ya que carecía del carisma o los músculos para mantener a raya a un airado pirata o a un criminal fugitivo. Pero se tranquilizó lo mejor que pudo:
-El Maestro Jedi Vonkhel consiguió hacerse amigo del Señor Sith de Gairm –murmuró-. Todo lo que tienes que hacer es no reconocer ninguna estupidez.
Conforme Antron se acercaba a la cabina del caza estelar, el parabrisas saltó, se estremeció y luego se fue alzando poco a poco. Una figura con un traje de vuelo cubierto de carbonilla, grasa y sangre seca trepó fuera de la nave y saltó tambaleándose a tierra.
La voz de la figura era tensa y aguda.
-Necesito encontrar a Antron Bach.
Antron se quedó inmóvil un instante, luego se apresuró a avanzar y vio bajo la mugre a una mujer lo bastante joven como para ser su nieta.
-Yo soy Antron Bach –dijo, antes de advertir que la mano de la mujer estaba posada sobre el bláster de su cadera. Se acabó lo de no reconocer ninguna estupidez, pensó.
-Soy Miru Nadrinakar –dijo la mujer-, de la Resistencia Corelliana. Tenemos que salir corriendo.
Antron comenzó a formular una pregunta, pero mientras elegía de entre la media docena de ellas que le venían a la mente, pudo ver algo a través del humo; un trío de luces en el cielo, parpadeando y siguiendo una ruta quebrada entre las estrellas.
-Cazas TIE –explicó Miru. Avanzó cojeando y pasó su brazo sobre los hombros de Antron para apoyarse. Apestaba a sudor, y él se encogió ante su inesperada cercanía-. Su fragata está al otro lado del sistema –añadió, y mostró una sonrisa sombría-. Me ocupé de sus motores. Tardará unas tres horas en llegar aquí.
Antron caminó a trompicones mientras Miru le instaba a alejarse de los restos, y luego rápidamente encontró el ritmo adecuado conforme la conducía cruzando los matorrales de la llanura hacia la meseta. Ella cojeaba de la pierna derecha, y aunque Antron trató de buscar algún comentario superficial para distraerla de su dolor, se lo pensó mejor cuando vio la concentración en sus ojos.
Las luces parpadeantes sobre sus cabezas se volvían más brillantes.
-Me he ocultado otras veces de las patrullas imperiales –dijo, tratando de infundir valor con su voz-. Cerraremos las escotillas, les haremos pensar que estás vagando por las llanuras...
Miru le interrumpió, seca y brusca.
-Nada de ocultarse –dijo-. Necesito armas y transporte de inmediato.
-¿Cómo dices? –preguntó Antron.
Miru agarró a Antron con más fuerza mientras caminaban.
-El Imperio está planeando una purga en las células de resistencia. Tengo un día para llegar a Corellia y advertirles.
La voz de Antron bajó una octava.
-Busquemos un refugio –dijo.
Cuando alcanzaron las sombras de la meseta y Antron se volvió hacia la cara del acantilado, escucharon el sonido del trueno. Antron no había visto una tormenta en todos los años que llevaba en la luna.
-Están bombardeando el lugar del accidente –dijo Miru, y Antron asintió y buscó coraje en su interior.
Se recordó a sí mismo: El Maestro Jedi Va Zhurro pasó seis meses cuidado de unos refugiados en un sótano durante las Guerras Clon. Antron podría sobrevivir a un bombardeo de uno o dos días.
En la base de la meseta, donde los esqueléticos y retorcidos arbustos de vegetación no conseguían trepar por la escarpada pared, Antron condujo a Miru a través de una grieta apenas más ancha que sus hombros. La grieta, sin embargo, conducía a una gran puerta de acero insertada en la piedra casi camuflada por el polvo.
Con un gemido, Antron trepó sobre un pedrusco. El oxidado panel de mandos de la puerta estaba a más de dos metros sobre el suelo, y se esforzó por introducir el código.
-Los geonosianos colonizaron este lugar hace siglos –dijo mientras la puerta se abría con un zumbido- y lo abandonaron no mucho después. La meseta está plagada de madrigueras. El único problema es que la mayoría de los geonosianos vuelan, y yo no soy un tipo alto.
Miru no dijo nada mientras Antron volvía a su lado. Él suspiró y le hizo avanzar por un túnel al interior de la cámara.
En una gran caverna soportada por pilares de metal desnudo, se amontonaban estante tras estante de cartuchos de datos brillantes y parpadeantes que hacían resplandecer el aire polvoriento. Entre los estantes había largas mesas con curiosos artilugios: pergaminos escritos a mano y vajillas de plata compartían protagonismo con cubos cristalinos delicadamente tallados y una mano cibernética de seis dedos. Algunos de los objetos habían sido conservados y cuidados con esmero, mientras que otros mostraban manchas u óxido que Antron había sido incapaz de evitar.
-¿Qué es todo esto? –preguntó Miru.
-Esto –dijo Antron, con una ligera sonrisa y un movimiento de la mano- es lo que queda de los Jedi de la Antigua República.
Miru agitó la cabeza y luego siguió avanzando, caminando intranquila entre los estantes.
Antron continuó.
-Estás contemplando generaciones de historia: diarios, archivos del templo, tratados filosóficos. Sables de luz rotos y cosas por el estilo. Vestigios de un mundo mejor. Todo lo que el Imperio quiere que olvidemos.
Miru se volvió hacia Antron, con los ojos abiertos como platos.
-¿Eres...?
Antron le devolvió la mirada; entonces se dio cuenta de lo que le estaba preguntando y soltó una carcajada.
-No, no soy un Jedi. Vendía antigüedades antes de los tiempos oscuros. Hice amistad con varios Jedi porque consigues mejores precios cuando te tomas algo con tus clientes... aunque sólo te estés tomando un té.
Durante un instante, Antron recordó los buenos viejos tiempos, riendo con contrabandistas, académicos o arqueólogos en una cantina de Coruscant; tasando cachivaches o intercambiando historias con Padawans. Echaba de menos tomar algo con ellos. Echaba de menos hablar con ellos.
Se pasó una mano por el cabello que le quedaba.
-Cuando todo comenzó a ir mal, y el Maestro Uvell me pidió que ayudara... –Sonrió amargamente-. ¿Sabes que una vez me llamó charlatán de feria? No fue demasiado amable por su parte, pero luego me dio una nave, la cargamos con todos los objetos que pudimos encontrar y me habló de este lugar. Debía de estar desesperado.
Miru no dijo nada. Antron se sintió obligado a llenar el silencio.
-He estado aquí desde entonces. No fue demasiado inteligente por mi parte, pero no me gustaba demasiado el aspecto del Imperio, y no tenía agallas para decirle “no” a un héroe de guerra como Uvell...
-Tu nombre y coordenadas estaban en un viejo archivo de la resistencia. Tus Jedi debieron transmitirlo –dijo Miru. Levantó un fragmento de metal de una mesa y le dio vueltas entre sus manos; la última de las Crónicas de Med’eeth, recuperada de las ruinas de Ossus antes de que Antron hubiera nacido-. No sé mucho sobre ellos –dijo-. Era una niña cuando murieron.
-Para eso estoy yo aquí –dijo Antron, relajando su voz-. Cuando el Imperio caiga finalmente, dentro de cien o de mil años, la galaxia tendrá que volver a aprender muchas cosas. Los Jedi eran los mejores de todos nosotros, y quiero que sus historias perduren.
Miru frotó el metal carbonizado con su pulgar.
-La gente merece una historia y héroes en los que poder fijarse –continuó Antron-. Por eso no puedo ayudarte a escapar a Corellia. Si los imperiales ven despegar una nave...
-Sabrán que aquí hay una base. El Imperio te encontrará y lo quemará todo.
-Sí –dijo Antron.
Miru arrojó el fragmento de metal sobre la mesa y el sonido resonó por toda la caverna. Se enderezó, con una mueca de dolor debida al ruido o a sus heridas, y miró a Antron.
-Entonces lo siento –dijo-. No estoy aquí para poner en peligro tu misión. Pero la resistencia tiene más prioridad que... –hizo un gesto con la mano señalando los fragmentos-... las historias.
Se pusieron en pie y se miraron mutuamente durante un rato.
Entonces Antron soltó un bufido y forzó una sonrisa.
-Bueno –dijo-, puedes volver a tu nave si quieres. O si no, podemos trabajar juntos, de momento, para salvar nuestras dos vidas.
Miru se limitó a fruncir el ceño.
-No le serás útil a la resistencia si mueres –añadió Antron encogiéndose de hombros.

***

-La buena noticia –le dijo Antron a Miru mientras reptaban por estrechos túneles que ascendían hacia la meseta- es que las madrigueras de la colonia son bastante robustas. Y difíciles de localizar, además. Los bombarderos no deberían preocuparnos.
-¿Y la mala noticia? –preguntó Miru.
-Tan pronto como esa fragata imperial se acerque, hasta el oficial de puente más obtuso detectaría el generador de energía de la colonia. Necesitamos apagarlo, o no pasará demasiado tiempo hasta que descubran la cámara y la fragata convierta toda esta meseta en átomos. Eso es malo para nosotros, sean cuales sean tus prioridades.
”Sin generador –continuó Antron-, significará que no habrá luz, agua, ni aire filtrado. Estaremos incómodos mientras nos ocultamos, pero con el tiempo tus perseguidores te darán por muerta o desaparecida en las llanuras. Una náufraga sin aliados.
-Para entonces –dijo Miru con tono uniforme- será demasiado tarde para salvar a la resistencia.
El generador estaba cerca de la cima de la meseta, explicó él, en el antiguo centro industrial de la colonia; ahora sólo albergaba unas pocas máquinas anticuadas y la desvencijada nave de Antron. Los túneles les ayudarían a recorrer parte del camino, pero evitar los pozos verticales geonosianos significaba que había que tomar un desvío por la pared del acantilado.
-A menos –añadió él- que tengas alas escondidas bajo ese mono de vuelo.
Mientras las nubes de polvo se arremolinaban y las bombas retumbaban, Antron y Miru salieron a un sendero a mitad de camino de la cima de la meseta y comenzaron a ascender hacia su destino por una pendiente plagada de zarzas.
-Faltarán unas dos horas hasta que llegue la fragata –dijo Miru en voz baja.
-Tiempo suficiente –respondió Antron, temiendo que no lo fuera.
Mientras caminaban, deteniéndose sólo para echarse al suelo cada vez que un caza TIE pasaba atronador sobre ellos, Antron se encontró tarareando fragmentos de una vieja ópera bith: la historia de un Caballero Jedi que regresaba para salvar a su pueblo tras viajar por las estrellas. Desde que Antron había llegado a esa luna, sus opciones musicales habían quedado limitadas; le había cogido cierto apego a la Canción de Lojuun.
Miru había estado con el ceño fruncido, cojeando detrás de Antron y examinando el horizonte por si aparecía el enemigo. Pero cuanto más elaborado se volvía el desafinado tarareo de Antron, más comenzaba a sonreír ella, hasta que finalmente dejó escapar una sonora carcajada.
-Eres terriblemente alegre -dijo, cuando coronaban la cuesta.
-Yo también estoy petrificado –dijo Antron-. Pero los Jedi decían que el miedo conduce al sufrimiento, así que intento mantener la mente ocupada.
-Cuando vives bajo el Imperio, aprendes a tener miedo.
-Tal vez por eso tanta gente... –comenzó a decir Antron, antes de que la mano de Miru le golpeara con fuerza entre los hombros, haciéndole caer de rodillas. Por un instante, Antron se preguntó si la había juzgado mal; tal vez había decidido deshacerse de él y probar suerte por sí misma.
Un segundo más tarde, Miru se había tumbado a su lado, y Antron se avergonzó de haber dudado.
Juntos, miraron hacia delante, a la cima llana de la meseta. A menos de cincuenta metros de distancia, cuatro figuras –tres de ellas con armaduras blancas y una con el uniforme negro de un oficial imperial- merodeaban por el borde del acantilado sosteniendo sensores de rango y macrobinoculares.
Miru habló en voz baja y entrecortada.
-Coordinadores de búsqueda. Pensé que se establecerían en el lugar del accidente. Deben de haber buscado un punto elevado. Se quedarán vigilando, mientras más soldados buscan en el terreno.
-Están prácticamente encima de la escotilla del generador –susurró Antron-. Está oculta, pero si la encuentran...
-Necesitamos un nuevo plan –dijo Miru-. ¿Puedes sacarnos del planeta?
Antron negó con la cabeza.
-Tengo una nave, pero apenas puede alcanzar la velocidad de la luz. Esa fragata no tendrá ningún problema para derribarnos.
Miru le apretó el hombro para darle confianza.
-Ya pensaremos en algo. No tenemos elección. Llévanos allí.
Pero Antron no se movió.
-¡Si huimos, detectarán la colonia y destruirán la cámara! –insistió-. Esperemos a que se vayan esos cuatro; luego entramos por la escotilla y apagamos el generador.
-No van a irse –dijo Miru-. ¿Dónde está tu nave?
En lugar de responder, Antron se puso en pie y comenzó a correr por la cima de la meseta. Le temblaban las piernas mientras agitaba frenéticamente los brazos para llamar la atención de los soldados de asalto.
-¡Estáis aquí! –gritó-. ¡Gracias a las estrellas que estáis aquí!
Ya eres un viejo loco y excéntrico, pensó Antron para sí mismo. Cíñete al papel y todo irá bien.
Los soldados de asalto le apuntaron con sus armas.
-Esta es mi luna –explicó Antron apresuradamente-. Vi el accidente... una pirata me atacó. ¡Salió corriendo! ¡Os enseñaré donde ha ido! –dijo, señalando vagamente los bosques secos más allá de las llanuras con arbustos.
Dos de los soldados de asalto se volvieron para hablar con el oficial. El tercero mantuvo su arma apuntando a Antron.
Finalmente, uno de los soldados –Antron no pudo distinguir cuál de ellos- alzó la voz.
-Al suelo. Se suponía que esta luna estaba deshabitada.
Antron se puso de rodillas y trató de seguir farfullando acerca de piratas incluso cuando se quedó sin nada nuevo que decir. Pero pensaba que podía hacer que la idea funcionara. No necesitaba un truco mental Jedi para dirigir la búsqueda lejos de la meseta. Sólo esperaba que Miru siguiera sus instrucciones.
Ella podría apagar el generador. Podría esconderse. Y Antron podría encontrarla una vez convenciera a los soldados de asalto de que él sólo era un ermitaño loco y de que ella había salido corriendo hacia los bosques o había quedado desintegrada por la explosión de una bomba.
A menos, por supuesto, que Miru robase su nave y expusiera la colonia de todos modos.
Antron escuchó el sonido de botas crujiendo sobre hierba quebradiza, y luego el chasquido y el siseo de un disparo de plasma. Gritó dejándose llevar por el pánico instintivo y agarró con fuerza el suelo rocoso.
Entonces se oyó otro disparo. Y un tercero.
Gateó hacia atrás, arañándose las palmas de las manos con esquirlas de piedra y manteniendo la nariz pegada al suelo. Para cuando consiguió reptar tras un pedrusco que podía servirle de refugio, los disparos habían cesado.
Alzando la cabeza, Antron vio los cuatro imperiales tendidos en el suelo, con llamas lamiendo los agujeros carbonizados de sus vestimentas.
-Tu plan era estúpido –dijo una voz. Se volvió para ver a Miru cojeando hacia él, con su bláster en la mano-. Te habrían matado y se habrían quedado justo aquí.
Antron se puso en pie y la miró fijamente, murmurando sonidos que no llegaban a formar palabras. Miru frunció el ceño, acercándose a Antron y apoyándose de nuevo en él.
-Ya no necesitan buscar más –dijo, y Antron se dio cuenta de que tenía razón. Súbitamente, el aullido de los cazas TIE se había vuelto más fuerte.

***

La bomba más cercana estalló a menos de cien metros de distancia, ensordeciendo y cegando a Antron. Durante esos escasos segundos aterradores, Miru siguió avanzando, empujando a Antron con una fuerza que debería haber perdido con el accidente.
Pero no parecía que los TIEs les estuvieran viendo. La mente aturdida de Antron se esforzaba por comprender antes de alcanzar de pronto una conclusión: El Imperio suponía que Miru había matado al equipo de aterrizaje, y estaba bombardeando su última posición conocida.
Todavía no sabían nada sobre Antron o la cámara.
Para cuando Antron y Miru descendieron por una escotilla a los túneles industriales de la colonia, la piel de Antron estaba cubierta de una pasta formada por polvo y sudor. Miru le observó mientras se apoyaba contra un muro de roca cubierto con tuberías metálicas y tenues lámparas amarillas. Ella sudaba aún más que él, y en algún momento –durante la lucha o el bombardeo, si no horas antes- había recibido un corte en el brazo izquierdo. La sangre le goteaba en la palma de la mano.
-Gracias –dijo Antron-. Por salvarme la vida. Varias veces.
Miru se encogió de hombros.
-¿Quién cuidará de este lugar si te vuelan en pedazos?
Antron sonrió con tristeza.
-Si me vuelan en pedazos, este lugar es lo siguiente.
Los túneles temblaron y se escuchó en la distancia un gemido metálico cuando algo se soltó y cayó. Miru tomó el brazo de Antron y comenzó a caminar de nuevo.
-Mi padre era historiador –dijo.
Antron meneó la cabeza, tratando de seguir su lógica.
Miru siguió hablando.
-Creía en los Jedi. Creía en la República. Antes de que el Imperio le alcanzara. –No miraba a Antron mientras hablaba-. No recuerdo la vida antes del Imperio –dijo-. No sé si tu caverna llena de historias sirve para algo. No puedo saberlo.
Llegaron a una bifurcación en el túnel, y Miru se detuvo, esperando que Antron abriera la marcha.
-Pero tú crees en estas cosas. Casi mueres por ellas. Si dices que tu misión tiene más prioridad... podemos hacerlo a tu manera.
Antron contempló con sorpresa a Miru, viéndola de pie, tan erguida como podía a pesar de su extremo cansancio, sus magulladuras y corte, esperando sus órdenes sin emitir la menor queja.
Escuchó un tenue rumor lejano y pensó en el Padawan Jedi Nes Ukul, que había dado su vida protegiendo a una especie cuyo idioma era incapaz de hablar en un planeta cuyo nombre desconocía.
Fue el Maestro de Ukul quien dijo: “No hay acto más desinteresado que perecer por la causa de otra persona.”
Antron tragó saliva, pensó en elogiar a Miru, en darle las gracias, y decidió no hacerlo. Ella no parecía necesitar consuelo, y él no tenía dignidad suficiente.
-Ve por la izquierda, y yo iré por la derecha –dijo-. Hay un generador de apoyo que necesitas apagar mientras yo me encargo del primario.
Miru frunció el ceño.
-¿Podrás apañártelas solo? –preguntó.
Antron agitó la mano, restándole importancia.
-Estoy viejo y gordo, pero puedo caminar por un pasillo. ¡Vete!
Miru cojeó en la oscuridad. Antron giró sobre sus talones y se dirigió por un pasillo estrecho, saliendo a una cámara con hileras de consolas y abarrotada de cajas de suministros y herramientas. El generador zumbaba reconfortante bajo el suelo, y después de examinar el entorno se limpió el sudor de la frente y se puso manos a la obra.
Pensó en Miru, y en como en unos instantes llegaría a la bahía del hangar y se daría cuenta de que le había mentido acerca del generador de apoyo. Tendría que dejarla encerrada allí por si acaso trataba de volver y encontrarle. Después de eso, podría dar potencia a las puertas del hangar para que pudiera montar en la nave, alejándose de la meseta y de la luna.
También estaba la fragata imperial. Tenía que crear una distracción para dar a Miru alguna posibilidad de escapar intacta del sistema. Para eso, más que un plan lo que Antron tenía era un puñado de tácticas dilatorias: La rutina del “viejo confuso”; tal vez un mensaje falso del equipo de búsqueda. En algún lugar, la colonia incluso tenía unas cuantas armas esperando a ser activadas; con suerte, podrían funcionar.
Antron pulsó un comando en la estación de trabajo, y luego rebuscó en una caja, buscando los planos de la colonia.
Mientras depositaba una caja de herramientas sobre una tercera consola y se sentaba con un suspiro, se preguntó si Miru entendería qué le había hecho cambiar de opinión.
Pensó en todos los Jedi cuyas historias había leído, sus nobles acciones, sus nobles muertes. Miru no necesitaba su inspiración; había aprendido la nobleza incluso bajo las botas del Imperio. Y ella le había recordado los ideales que él quería proteger.
Sacrificar la cámara sería una tragedia. Sacrificar a la resistencia –sacrificar a hombres y mujeres duros y valerosos que luchaban cada día- no parecía algo muy propio de un Jedi.
Los Jedi morían protegiendo a las personas por encima de las cosas.
Antron tarareaba de nuevo mientras limpiaba con la manga el polvo de una pantalla y veía cómo su nave cobraba vida. Miru había captado la idea.
La sala del generador tembló, con las vigas de metal gimiendo como cazas TIE, cuando golpeó otra bomba. Activó los escáneres, los vio parpadear mientras la fragata imperial se colocaba en órbita alrededor de su luna. Hizo chasquear sus nudillos y trató de no pensar en la cámara. Tenía un trabajo que hacer. De un modo u otro, Miru escaparía ilesa.
Y tal vez si tenía suerte –si la Fuerza le acompañaba- la cámara sobreviviría después de todo. Si la meseta se derrumbaba bajo una tormenta de plasma, algún investigador con iniciativa podría excavar los escombros dentro de uno o dos siglos. Y si de algún modo Antron sobrevivía a la experiencia, bueno…
Se rio mientras recordaba una última historia y una última lección: Puede que los Jedi se sacrificaran a sí mismos, pero jamás abandonaban la esperanza.

martes, 19 de agosto de 2014

Un millar de niveles más abajo

Un millar de niveles más abajo
Alexander Freed

El Nivel 2142 era un fiasco. Anandra se dio cuenta de ello tan pronto llegó al mostrador de la “Choza de Carne de Hangra”, colocó las palmas de sus manos sobre el grasiento metal para disimular el temblor de sus brazos, y preguntó al anciano que manejaba la parrilla por la “entrega Centax 3”. Él la miró con confusa condescendencia, como si estuviera perdida y fuera de su elemento –cosa que, supuso Anandra, probablemente fuera cierta-, y eso hizo que quisiera agarrarle por encima del mostrador y soltarle juramentos a la cara hasta que de alguna forma consiguiera que las cosas se arreglaran.
No gritó. No podía permitirse montar una escena. Se obligó a mantener la calma, a mostrar un aspecto patético y confundido para ganarse la simpatía del hombre. Para cuando regresó junto a su hermano –que seguía en el callejón donde habían dormido la noche anterior-, ya tenía su siguiente pista.
Su siguiente esperanza de escapar de las tropas de asalto.
El callejón estaba formado por rejillas metálicas para la lluvia, y Anandra se sentó contra el muro junto a Santigo, observando las sombras que cruzaban por su cara cuando los deslizadores pasaban volando sobre ellos. Le pasó los grasientos paquetes de carne y queso que le había dado el anciano y esperó a que comenzasen las preguntas.
-¿Entonces nos vamos? –preguntó Santigo.
Anandra cerró los puños y no se atrevió a mirarle.
-Hemos perdido nuestra oportunidad.
-No deberíamos haber parado a descansar –dijo Santigo.
A sus ocho años, apenas tenía la mitad de la edad de Anandra, pero su amarga determinación le recordaba a su padre.
-El transporte se marchó hace dos días –dijo con un bufido-. Cuatro horas no suponen ninguna diferencia.
Respiró profundamente y tomó uno de los paquetes envueltos mientras Santigo comenzaba a comer. Se sintió vacía y con nauseas al pensar en comida.
-Además –dijo-, no tenemos por qué abandonar Coruscant. El tipo dijo que conocía a alguien en el 1997 que podría darnos refugio.
-¿En qué nivel estamos ahora? –preguntó Santigo.
Anandra no respondió. No le serviría de consuelo, y ella no quería discutir. Sí, ciento cuarenta y cinco niveles era mucho camino para hacer a pie; sí, ambos estaban cansados; y sí, debían hacerlo.
Comieron en silencio hasta que Santigo escupió una esquirla de hueso y dijo:
-Ojalá tuviéramos flor estrellada.
Había hablado casi para sí mismo, pero Anandra presionó su pulgar contra el hombro de Santigo y le obligó a mirarla de frente.
-Bueno, pues no tenemos –dijo-. No podemos conseguir fruta siempre que queramos, y ya no hay más flor estrellada. Ya no va a haber más nunca.
Santigo estaba temblando. Anandra sintió una oleada de culpa y se apartó mientras añadía:
-Ya no existe. Igual que Alderaan. Acostúmbrate a ello.
Las revueltas no habían comenzado como revueltas. Habían comenzado como vigilias, una forma en que la gente del Nivel 3204 mostraba su pesar por los desaparecidos y los muertos después del Desastre. Cientos de lugareños se reunían en las calles, aportando instantáneas holográficas, cartas manuscritas y juguetes infantiles como monumentos improvisados en los parques y los centros comunitarios. Sin embargo, conforme pasaron los días y los comunicados oficiales y los noticieros clandestinos convergieron en una verdad común, los lamentos de angustia se convirtieron en gritos pidiendo justicia y revolución.
El planeta Alderaan había desaparecido, destruido por el Imperio por crímenes que nadie comprendía. El pueblo alderaaniano –inmigrantes de primera y segunda generación que tenían tiendas y restaurantes y casas en el 3204, que celebraban el Día de la Coronación e importaban sus frutas favoritas de un planeta que raramente visitaban- estaba vivo, y asustado, y furioso. El resto de Coruscant permanecía nervioso dentro de sus hogares y observaba las noticias porque, después de todo, Alderaan no era su planeta.
Anandra no podía culparles. Ella tampoco había considerado que Alderaan fuera su planeta, hasta que llegaron la policía de los niveles inferiores y las tropas de asalto imperiales.
Cuando las tropas desfilaron por la calle y dispararon a Reffe, el vecino de su tío, interrumpiendo su discurso contra la corrupción imperial, la madre de Anandra prometió que todo había pasado, que nadie iba a luchar y que los soldados de asalto no iban a causar problemas.
-Tú y Santigo estaréis a salvo –dijo con una débil sonrisa durante el desayuno, mientras sostenía una cuchara en sus manos con aire ausente.
Ya había prometido antes que el padre de Anandra estaría bien. Que volvería a casa en Coruscant en cuanto terminara su viaje de negocios. Ni siquiera Santigo se había creído eso.

***

-A ti puedo aceptarte –dijo el pau’ano. La curtida piel grisácea alrededor de su boca se tensó al hacer una mueca-. ¿A ti y al chico? Eso es más difícil.
El Nivel 1997 olía a hollín y residuos humanos. Chispas de los compactadores industriales llovían perezosas sobre las calles, y chillonas señales de color azul y rosa pastel invitaban a los viandantes a probar los “entretenimientos” locales. Anandra ya había estado una vez antes en el 1997, durante un reto con un compañero de clase; habían tomado un ascensor, se habían tomado una instantánea con una holocámara, y luego habían regresado de vuelta. Sus padres no llegaron a enterarse.
Ahora estaba allí de nuevo, mirando a un hombre con el rostro como el de un cadáver en un estrecho rincón de una cantina excesivamente iluminada. Santigo estaba de pie detrás de su asiento, con la mano sobre su hombro.
-No voy a abandonar a mi hermano –dijo Anandra.
-Lo comprendo.
El pau’ano inclinó su asiento hacia atrás y sonrió a su monstruoso asociado; un gigantesco alienígena de piel negra con una boca más ancha que los hombros de Anandra y cenagales aceitosos como ojos. Anandra no reconoció la especie.
-La familia es la familia. Pero necesito gente que reparta mercancía, que haga entregas. Tú puedes hacerlo, y yo puedo protegerte.
Anandra sospechó adivinar qué tipo de “entregas” necesitaban hacerse en el Nivel 1997. Pero podía adaptarse a ello. Tendría que hacerlo.
El pau’ano siguió hablando.
-Pero el chico es muy pequeño, y no puede ofrecerme nada. ¿Comprendes mi dilema?
-Trabajaré más tiempo para ti –dijo Anandra.
El pau’ano suspiró y miró de nuevo a su compañero.
-No estoy seguro de que eso sea suficiente. Ambos sois un riesgo, huyendo de la policía de los niveles inferiores... –Hizo una pausa-. ¿Cuál es vuestro crimen?
Anandra hizo una mueca cuando escuchó la suave y desafiante voz de Santigo.
-No somos criminales.
-Entonces no tenéis nada que temer, ¿eh? –dijo el pau’ano, con las manchas de sus dientes serrados brillando bajo la intensa luz. Señaló la entrada con uno de sus dedos.
Dos recién llegados habían entrado a la cantina, ambos con armadura corporal completa. Podrían haber sido droides, pensó Anandra, de no haber sido por su forma de pavonearse. Uno llevaba el uniforme azul y gris de la policía de los niveles inferiores, con luces de color ámbar brillando en las cuencas de su casco. El otro llevaba el blanco de un soldado de asalto imperial, duro y cegador bajo las luces de la cantina.

***

El día después de que las tropas de asalto dispararan a Reffe, las fuerzas de seguridad comenzaron a arrestar a todo el mundo en las calles. La madre de Anandra estaba sentada en el sofá naranja de su apartamento y lloraba mientras Anandra mantenía a Santigo alejado de las ventanas. Para entonces, ya no tenían tampoco servicio de HoloRed... no había forma de difundir las noticias salvo vecino a vecino.
El día después de eso, los soldados de asalto comenzaron a ir puerta por puerta. Decían que los espías rebeldes habían estado reclutando lugareños, y cualquier persona nacida en Alderaan debía acompañarles para ser interrogada. Se rumoreaba que a los inmigrantes de segunda generación iba a dárseles el “beneficio de la duda” y serían reubicados en alojamientos temporales para su propia seguridad.
La joven que vivía en la puerta de al lado –la mecánica de droides con un incisivo mellado y cabello rubio que había hecho de niñera de Anandra años antes- había repetido ese rumor en concreto con una sonrisa cínica.
-Así obtuve mi primer aerodeslizador –dijo la mujer-. Cuando reubicaron a los mon calamari después de las revueltas del Sector del Mercado Viejo. Papá encontró este B-14 que alguna pobre familia había dejado atrás.
-No lo recuerdo –dijo Anandra-. Yo era muy joven.
Apoyó su peso en una pierna, y luego en la otra, frotándose incómodamente las manos en las caderas.
-¿Crees que deberían haber huido? –preguntó-. Los mon cals, quiero decir.
-Uno nunca sabe –dijo la mujer-. Tienes que limitarte a aguardar y esperar que las cosas mejoren.
Entonces abrazó a Anandra y se deslizó de vuelta a su apartamento, cerrando la puerta tras ella.
El resto de esa tarde, Anandra y Santigo permanecieron juntos. La madre de Anandra se había encerrado en la habitación, pero Anandra ya no podía oírla llorar.

***

El Nivel 1996 era un laberinto de tuberías y pasarelas entre los compactadores de encima y un zumbante abismo por debajo. Las chapas y las compuertas que conformaban el techo del nivel creaban un ambiente de calor sofocante sobre Anandra y Santigo mientras se alejaban corriendo del ascensor.
El soldado de asalto les había visto. No podían haberle dejado muy atrás.
Anandra sabía que había hecho una mala elección. Podía haber vivido con ello, llevando paquetes de píldoras letales o especia a la clientela del pau’ano. Santiago era fuerte e inteligente y podría haber aprendido a vivir con ello. Pero cuando el pau’ano hizo su oferta final, se mordió el labio, y en lugar de tomar cobijo entre las bandas de Coruscant, tiró de Santigo hacia la salida trasera de la cantina.
Ahora estaban pagando por sus escrúpulos. Las pasarelas giraban y se bifurcaban, pero no había ningún muro salvo cortinas de tuberías... nada que sirviera para esconderse de un soldado de asalto con pantallas y sensores de calor y quién sabe qué más. Su brillante plan de “correr al siguiente nivel y esconderse en el agujero más oscuro y profundo” había resultado tener sus fallos.
Anandra se detuvo en una larga y estrecha extensión entre plataformas de mantenimiento. No había nada a ninguno de los dos lados, y nada por debajo excepto las extrañas luces y los sonidos zumbantes del Nivel 1995.
-Tienes que correr, ¿vale? –dijo Anandra, forzando a Santigo a mirarle a la cara.
-¿Y tú? –preguntó Santigo.
-No repliques –espetó Anandra.
No esperaba que su hermano obedeciera, pero lo hizo. Apartó la mirada y respiró aliviada mientras escuchaba sus pasos resonando sobre el metal en la distancia.
Entonces agarro las barandillas con ambas manos y esperó.
Cuando el soldado de asalto salió del ascensor, su armadura blanca era como una baliza. Había llegado sin el oficial de la policía de los niveles inferiores; eso era bueno. Aún tenía el bláster en la funda; eso era mejor.
Vio a Anandra en cuestión de segundos. Ella mantuvo la posición mientras él se abría paso por las pasarelas y llegaba a la plataforma más cercana.
-Camina lentamente hacia mí, por favor. Las manos sobre la cabeza –dijo el soldado de asalto. No podía distinguir el tono de s voz bajo el siseo electrónico del casco.
-No he hecho nada –exclamó Anandra.
-La identificación facial confirma que eres Anandra Milon, edad dieciséis, residente del 3204 programada para reubicación. Antecedentes de rebeldía juvenil. Recibirás un juicio justo teniendo en cuenta tu edad y tu estado psicológico.
-¿Vas a quedarte ahí, o vas a arrestarme? –preguntó Anandra. Para su sorpresa, se sentía en calma. Casi jovial.
El soldado de asalto miró tras él, y luego de nuevo a Anandra.
-Vamos, chica. Lo has pasado mal, pero esto no es el fin del mundo.
-Parece que sí lo fue –dijo Anandra con una risa nerviosa, y se arrodilló sobre la pasarela. El soldado de asalto puso su mano sobre el bláster y comenzó a acercarse con cautela.
-Tengo que ponerte grilletes aturdidores –dijo el soldado de asalto.
Mientras él llevaba las manos a su cinturón, Anandra saltó para agarrar el bláster de su funda.
No intentó sostener el arma. El soldado le habría atrapado, le habría roto las muñecas y habría recuperado el bláster. Sólo necesitaba sacarlo de su funda, darle algo de impulso y soltarlo. Salió volando, deslizándose por la pasarela y deteniéndose tembloroso en el borde. En ese instante, Anandra llevaba ventaja.
Entonces el soldado de asalto le dio un rodillazo en el pecho. Ella cayó de espaldas, tratando apenas de frenar su caída. No puede dispararme, pensó. Si la mataba ahora, al menos le había hecho perder su dignidad.
Dos fuertes patadas en su abdomen, y todo su cuerpo pareció doblarse. Ante un ligero momento de duda del hombre, ella estaba de nuevo en pie, saltando hacia delante, rodeando con sus brazos el cuello del hombre y clavando los pulgares bajo el borde del casco. Buscó con sus dedos a los lados tratando de romper el sello del casco. Golpeó con la cabeza la placa ocular negra, esperando ganar algo de tiempo, y su visión se volvió roja.
De algún modo, cuando recuperó la visión, estaba en el suelo, mirando hacia arriba, al rostro sin casco del soldado de asalto; el rostro lleno de cicatrices de un hombre de mediana edad que vagamente le recordaba a su tío. Entonces el soldado de asalto gritó al alzarse en el aire y caer a plomo por el otro lado de la barandilla. Tras él se encontraba el monstruoso socio del pau’ano, casi demasiado grande para caber en la pasarela, frotándose sus gordos dedos como si el soldado de asalto hubiera dejado un residuo.
-Nivel 1782 –dijo la criatura, con una voz mucho más aguda y ligera de lo que Anandra habría esperado-. Puede que encuentres refugio allí-. La miró fijamente durante un instante más antes de añadir-: No he tenido nada que ver con esto.
Anandra se dio cuenta de que estaba sosteniendo el casco del soldado de asalto entre sus manos. La superficie blanca estaba manchada con su propia sangre.
-¿Por qué haces esto? –preguntó.
Los enormes músculos de la criatura se movieron bajo su piel en lo que parecía un encogimiento de hombros.
-Eres de Alderaan, ¿verdad? –preguntó.
-Sí –dijo Anandra.
-Sé lo que está sufriendo tu gente –dijo la criatura, y se marchó.

***

Cuando los soldados de asalto llegaron a la puerta del apartamento de Anandra, Anandra y Santigo estaban ocultos en el cubo vacío de un droide limpiador que flotaba en el exterior de la ventana de su habitación. El droide normalmente limpiaba el edificio una vez por semana. Ya había estado allí dos días antes, y Anandra se preguntaba si tenía que agradecer a su vecina ese cambio de calendario.
Anandra escuchó como su madre abría la puerta. Escuchó la estática de la voz de un soldado de asalto. Entonces sintió que la unidad limpiadora los llevaba lejos, y rodeó a Santigo con su brazo, tratando de centrarse en las instrucciones de su madre.
Tenían que ir al Nivel 3108 y encontrar a un viejo amigo de la familia. Su madre se reuniría con ellos, y todos juntos abandonarían Coruscant.
El Nivel 3108, por supuesto, había sido la primera de muchas decepciones. El “amigo de la familia” no ofreció otra cosa salvo excusas y disculpas, y finalmente la promesa de que un contrabandista del 2142 podría llevarles fuera del planeta. Santigo no había querido marcharse sin su madre; Anandra y un encuentro con la policía de los niveles inferiores le convencieron de lo contrario.
Habían estado huyendo desde entonces.

***

El Nivel 1782 era una chatarrería interminable con muros de metal desgarrado y dominada por oscilantes torres de escombros. Estaba construido con aerodeslizadores estrellados, trenes flotantes fuera de servicio y carteles de anuncio rotos que habían caído de su lugar en los cielos; cuando un vehículo caía de los niveles superiores, el 1782 era su destino final.
Anandra y Santigo caminaban juntos, Santigo agarrando la muñeca derecha de Anandra. En su mano izquierda, ella llevaba el bláster del soldado de asalto muerto. No lo había soltado desde que lo había recogido de la pasarela.
Llevaban explorando el vertedero casi una hora, sin compañía salvo por las ratas gigantescas, cuando una figura humanoide salió furtivamente de un vagón de tren oxidado. Llevaba un mono de trabajo dos tallas más grande, y sus ojos bulbosos estaban colocados en lados opuestos de su cabeza con forma de lágrima. Anandra conocía su especie –mon calamari-, aunque no había visto a ninguno de ellos desde hacía años.
Llevaba una hidrollave de acero, larga y pesada, en una mano palmeada. Probablemente estaba recuperando chatarra, pensó Anandra, pero recordó la bota del soldado de asalto en su pecho y se preguntó cómo de rápido y fuerte podría golpear el mon calamari.
Anandra apuntó el bláster en su dirección.
-No te acerques.
El mon calamari se detuvo. Santigo le apretó la muñeca y dijo algo, pero Anandra no le estaba escuchando. El bláster parecía cosquillearle en los dedos.
-No vamos a hacerte daño –dijo Anandra-. Sólo danos algo de comida y unos créditos y nos marcharemos al siguiente nivel.
El mon calamari meneó la cabeza, pero por lo demás no se movió.
-Dijiste que aquí habría alguien para ayudarnos –susurró Santigo.
Anandra ignoró a su hermano. Por una vez, ella estaba al mando, y no necesitaba otra decepción.
-¿Puedes entenderme? –preguntó Anandra, más bruscamente. Le sudaban las palmas, y trataba de agarrar el bláster con más firmeza sin apretar el gatillo.
El mon calamari habló con voz gutural en un lenguaje extraño. Cuando Anandra hizo un gesto con su bláster, lo intentó de nuevo.
-Sí –dijo, pronunciando con dificultad la palabra.
-No le hagas daño –pidió Santigo.
El mon calamari alzó su mano libre –la que sostenía la hidrollave permanecía junto a su costado- y señaló a Santigo.
-¿Alderaaniano? –preguntó.
Por el rabillo del ojo, Anandra vio que Santigo asentía.
-Seguidme –dijo el mon calamari, y comenzó a caminar lentamente hacia atrás.
La mirada de Anandra pasó del cañón de su bláster al rostro del mon calamari. Pensó en todas las formas en que ese encuentro podía acabar mal: podía ser un esclavista que trabajara para el pau’ano, o podía planear venderla a los soldados de asalto, o podía matarla a ella y a su hermano a golpes sin ninguna razón en absoluto.
Santigo la estaba observando. Lentamente, ella dejó escapar el aliento y bajó su bláster.
Siguieron un camino serpenteante entre los restos y descendieron una colina de asientos de tren tapizados y marcos de ventana hacia una gran caverna de acero. Conforme se acercaban, Anandra se dio cuenta de que la caverna era el casco de una nave estelar; debía de haber colisionado contra el planeta en algún conflicto olvidado hacía ya tiempo y desde entonces había sido destripada. Lo que quedaba era un espacio abierto que brillaba con luces azules y amarillas.
El casco estaba repleto de campamentos improvisados, pequeñas chozas, tiendas de las que colgaban linternas y baterías, chimeneas portátiles brillantes de grasa, cubos llenos de agua de lluvia, y cientos de formas de vida de una docena de especies. Unos mon calamari asaban mynocks en hogueras mientras niños casi humanos llenos de tatuajes jugaban al balón cerca. Anandra vio una inmensa criatura que creyó, por un instante, que era el socio del pau’ano; pero el patrón de sus colores no era el mismo.
-Detente –dijo Anandra, más bruscamente de lo que pretendía. Abrazó a Santigo, acercándolo a ella-. ¿Qué es todo esto?
-Hogar –dijo el mon calamari-. Quedaos. Se os esperaba.
Anandra meneó la cabeza presa de la confusión.
Hombres y mujeres comenzaron a salir del casco, observando con cauto interés. El mon calamari no apartó la mirada de Anandra.
-Mon calamari –dijo, golpeándose el pecho-. El Imperio arrebata.
Luego señaló tras él. Otra de las gigantescas criaturas estaba apareciendo ante su vista.
-Herglic, el Imperio arrebata.
Conforme la multitud se hacía más grande, el mon calamari señalaba a los extraños uno a uno, nombrando especies y planetas que Anandra apenas conocía; nombres que sólo había escuchado en susurros furtivos. Luego, finalmente, la señaló a ella.
-Alderaaniana –dijo-. El Imperio arrebata. Pero aquí, todos compartimos.
Y, ya fuera por las palabras del mon calamari, o por las tristes y cansadas miradas de la gente a sus espaldas, o por la pura extensión de su propio cansancio, Anandra dejó caer su brazo y comenzó a sollozar.
Santigo volvió a apretarle el brazo, y Anandra lloró igual que su madre había llorado durante las revueltas; lloró sin dignidad ni razón, lloró hasta que la nariz comenzó a moquearle y los extraños le guiaron al calor y la seguridad del casco. Santigo colgaba de ella, y cuando pudo hablar y razonar y actuar de nuevo, ayudó a sus anfitriones a preparar una comida y encontró un lugar para que su hermano descansara y comiera.
Sabía que mañana tendría preguntas. Necesitaba saber cómo había vivido esta gente, cuáles eran sus esperanzas. Necesitaba compartir noticias de los niveles superiores. Necesitaba saber si renunciar a su bláster o usarlo contra el Imperio.
Pero esa noche, pudo dejar esas preocupaciones a un lado. Esa noche, encontró el hogar y la familia en las profundidades de Coruscant.