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martes, 18 de marzo de 2014

Hablando en silencio (y II)


No fue hasta que las puertas de la cañonera comenzaron a retirarse cuando Rex recordó que se había olvidado de preguntar algo a los milicianos.
-Es una caída de diez metros; ¿saben descender por cable? –preguntó, mientras las puertas se abrían por completo y Jesse y Ringo dejaban caer en la oscuridad los extremos de los pesados cables.
Para su alivio, ap-Orwien asintió, haciendo con las manos el gesto de descender por una cuerda.
-Vayamos entonces –ordenó Rex, y un instante después los dos clones estaban descendiendo por la soga al complejo bajo ellos. Los dos lorrdianos fueron los siguientes, y luego Rex y Kix.
Rex soltó la soga a un metro de altura del suelo, deslizó sobre un charco de fango en el permacemento y rodó sobre sus manos y rodillas. Maldiciendo, se puso en pie, sacando las pistolas. Estaban en una pequeña zona rodeada de paredes, con una puerta en un extremos y una plataforma en el otro; un muelle de carga para camiones deslizadores. El filtro de visión nocturna de su casco le mostraba a Jesse y Ringo, registrando el patio con los blásteres alzados. Los lorrdianos estaban espalda con espalda en el centro del patio, junto a Kix, con gafas de visión nocturna sobre los ojos.
Dogma aterrizó junto a Rex y escuchó el débil murmullo de los motores de la cañonera al acelerar, ascendiendo sobre sus cabezas.
-El patio está despejado –dijo Jesse.
-Entremos al almacén, entonces –dijo Rex-. Teniente; ¿hay forma de usar sus habilidades comunicativas en una situación de combate?
Ap-Orwien meneó la cabeza, pero Dafyd palmeó su bláster.
-Buenos disparos –dijo.
-Me alegro de oírlo –dijo Rex-. Entramos rápido, liberamos a nuestra gente, y salimos rápido. Sólo dejamos huellas y hojalatas en pedazos.
-Recibido –dijo Jesse, con una pizca de diversión en su voz. Él y Ringo se subieron al muelle de carga y colocaron cargas explosivas en la ancha puerta que conducía al almacén, mientras los demás clones y los lorrdianos se preparaban a ambos lados. La puerta estalló y los dos clones se colaron por el agujero dentado que habían creado, descargando sus blásters hacia lo que se encontraba al otro lado.
Rex saltó por el agujero de la puerta, cuyos bordes eran de un verde brillante en su visión nocturna. Dos droides de batalla estaban caídos en el suelo, separados de sus cabezas con aspecto de ave. Jesse y Ringo ya estaban al otro extremo de la bahía de carga, examinando la puerta exterior.
Al otro lado de esa puerta encontrarían una estrecha pasarela entre el muelle de carga y la oficina del almacén... si se podía confiar en las instrucciones silenciosamente transmitidas por el lorrdiano cautivo.
Rex decidió no pensar en ese si.
El indicador de la puerta mostraba que estaba desbloqueada. Ringo hizo un gesto a Jesse con la cabeza y entre los dos la abrieron y la atravesaron rápidamente, avanzando agachados con las armas levantadas. La pasarela era tal y como habían dicho los lorrdianos. La puerta del otro lado conducía a un estrecho espacio alrededor de una raquítica y poco atractiva oficina. Los clones despejaron el patio, moviéndose en parejas con fluidez nacida de la práctica, y luego avanzaron para cubrir la puerta que llevaba al interior.
Estaba cerrada.
-Nuestra gente debería estar dos pisos más abajo –dijo Rex mientras Jesse y Ringo preparaban las cargas-. Dogma, mándales un atonta-droides como regalo de bienvenida.
La puerta explotó hacia fuera y Dogma lanzó una granada PEM al interior, y casi de inmediato una nube de energía azul lo cubrió todo.
Esto es demasiado fácil, pensó Rex mientras cruzaba el humeante marco de la puerta, deteniéndose para disparar con su bláster a la unidad cognitiva de un droide de batalla cuyas piernas aún estaban convulsionándose. Demasiado fácil le ponía nervioso; nunca duraba mucho.
En el interior, las luces estaban encendidas. Los soldados apagaron su visión nocturna y los lorrdianos se levantaron las gafas sobre la frente. Sus botas resonaban en las escaleras... y entonces Jesse gritó.
-¡Comandos!
Bajando las escaleras, Rex agachó la cabeza para intentar localizar a los droides. Eso le salvó la vida. Mientras Jesse y Ringo disparaban a los droides comando que avanzaban subiendo las escaleras, un tercer comando se dejó caer de un grupo de tuberías en el techo sobre ellos, lanzando un tajo con su vibroespada en el lugar donde sólo segundos antes se encontraba la cabeza de Rex. El droide aterrizó en las escaleras detrás de Rex y le dio una patada en la espalda, haciéndole caer por las escaleras hacia Jesse y Ringo mientras los silbidos de los disparos bláster llenaban el aire de las escaleras.
Rex aterrizó sobre su pecho, aplastándose la nariz contra el interior del casco. Tenía las manos y las pistolas atrapadas bajo él. Trató de volver a ponerse en pie, sólo para que algo volviera a empujarlo hacia abajo, extrayendo el aire de sus pulmones. Algo estaba golpeando repetidamente su armadura... y se dio cuenta de que era el droide comando. Se giró hacia un lado en un esfuerzo por liberarse, preguntándose si escucharía el sonido de la vibroespada mientras esta cortaba su mono corporal y luego su carne. O tal vez no escucharía nada.
Se dio cuenta de que el droide era peso muerto. Sobre él, ap-Orwien tenía el bláster levantado y sonreía. Brotaban chispas de la parte trasera de la cabeza del droide comando.
-Buen disparo –dijo Rex, apartando el droide a un lado.
-¿Está bien, jefe? –preguntó Jesse.
-Nunca he estado mejor –dijo Rex. Tenía la boca llena de sangre, y le goteaba por la barbilla.
Estaban en la parte inferior de las escaleras, frente a una puerta cerrada. Rex la miró fijamente, consciente de los ojos de sus soldados pendientes de él.
Si los cautivos estaban directamente al otro lado, volar la puerta para abrirla podría herirlos o matarlos. Pero forzar su apertura segura tardaría su tiempo... tiempo que cualquier guardia podría usar para ejecutar a sus rehenes.
Miró a los lorrdianos. Ap-Orwien se encogió de hombros, con rostro sombrío.
A veces tienes que jugártela, pensó Rex.
-Cargas –dijo Rex-. Cuidado con los objetivos. Dogma, atonta-droides.
Se retiraron subiendo medio tramo de escaleras para alejarse del radio de explosión y luego bajaron corriendo cuando la luz y el ruido de la explosión se atenuaron. Al otro lado, no les esperaba ninguna maraña de cuerpos. Tras un desesperado instante, Rex vio a los prisioneros sentados contra la pared opuesta, con los brazos a la espalda. Sus ojos estaban fijos en...
Rex ya estaba disparando sus pistolas antes de ver al droide comando que estaba sobre ellos. La punta de su vibroespada golpeó el suelo con un agudo chirrido y luego giró por la sala, pasando a escasos milímetros de la cabeza de Dafyd. Luego la masa humeante del droide comando cayó tras ella.
-Los siete objetivos derribados –dijo Kix-. Daños mínimos.
Rex comenzó a activar su comunicador para llamar a la cañonera, y luego dudó. Se quitó el casco, limpiándose la sangre de la nariz.
-Usted... Sargento Palola –dijo-. El silo, ¿a qué distancia está?
Palola, que estaba abrazando a ap-Orwien y Dafyd, levantó la cabeza.
-A unos cien metros como máximo –dijo.
-¿Y está seguro de que ese droide táctico está usándolo como base?
Palola asintió, con rostro sombrío.
-Nos interrogó allí.
Ap-Orwien miró a Rex inclinando la cabeza.
-Y yo que pensaba que era usted un hombre cauto, capitán –dijo.
-Un día me gustaría serlo –dijo Rex-. De momento, quiero tener unas palabras con ese táctico. En persona.

***

Esta vez, no hizo falta descender por cable; la cañonera se posó en la llanura fangosa en el exterior de la base de operaciones de vanguardia de la Compañía Torrente y los clones saltaron desde la cubierta, con los lorrdianos justo detrás.
Rex sostenía la cabeza amputada al droide táctico. Recibió los hurras de los clones que les aguardaban con un breve movimiento de cabeza, y luego se volvió al sonriente ap-Orwien.
-Un trabajo impresionante, teniente –dijo Rex-. Todo ha sido como usted dijo que sería.
-Exactamente como Palo dijo que sería –le corrigió ap-Orwien-. Yo fui sólo el traductor.
Rex miró a Palola, quien ofreció una sonrisa cansada.
-Bueno, desearía tener más como ustedes -dijo Rex-. Esa comunicación cinética es una magnífica obra de arte, pero además saben disparar.
-A mí también me gustaría que hubiera más como nosotros –dijo ap-Orwien-. A pesar de la victoria de hoy, nos vemos superados en número. Los separatistas pueden fabricar más droides, pero nosotros no podemos fabricar hombres.
Su voz se apagó de pronto y apartó la mirada, avergonzado.
-No pretendía ofenderles, capitán –dijo ap-Orwien en voz baja.
-No me ofende –dijo Rex-. Fuimos creados para ser soldados, es cierto, pero no somos máquinas. Al menos los Jedi no nos ven de ese modo.
-Ojala eso siempre sea así –dijo ap-Orwien, y luego miró a su alrededor-. Es demasiado tarde para que volvamos a nuestra base a pasar la noche. ¿Hay algún lugar donde podamos dormir?
-Nos sentiremos honrados en compartir nuestros barracones con ustedes, teniente –dijo Rex.
-Muy agradecidos –dijo ap-Orwien, y luego dudó-. ¿Y tal vez les gustaría unirse a nosotros para unas cuantas manos de sabacc antes de meterse al sobre?
Rex miró a ap-Orwien y luego a Palola. Sus rostros eran inexpresivos. Cuidadosamente inexpresivos, pensó.
Rex negó con la cabeza y sonrió.
-¿Sabacc con maestros de la comunicación no-verbal? Puede que sea un producto del crecimiento acelerado, teniente, pero no nací ayer.

lunes, 17 de marzo de 2014

Hablando en silencio (I)

Hablando en silencio
Jason Fry

El capitán Rex sabía que sus bruscas zancadas hacían que su fastidio fuera obvio para cualquiera que le estuviera mirando. No le importaba. Toda una escuadra capturada, los separatistas preparándose para derribar su flanco izquierdo, los generales gritándole desde el Mando del Sector, ¿y ahora alguien de la milicia local insistía en hacerle perder un tiempo del que no disponía?
Rex se detuvo en medio de la base de operaciones de vanguardia, haciendo una mueca ante la idea de que un puñado de refugios prefabricados y redes de camuflaje mereciera un nombre tan rimbombante. Sus soldados de la Compañía Torrente le vieron llegar y buscaron otros lugares en los que estar. Por sus reacciones, Rex sabía cuál debía de ser el aspecto de la expresión de su rostro. Esto tampoco le importaba.
El miliciano que le esperaba no dio ninguna señal de captar la rabia apenas contenida del rostro de Rex. Era un humano alto, delgado y de cabello castaño, con una barbilla pronunciada y ojos oscuros y penetrantes. Otro miliciano se encontraba a su lado.
-¿Capitán Rex? –preguntó lánguidamente el hombre-. Teniente Sollaw ap-Orwien, de las Fuerzas de Seguridad Planetarias de Ereesus. Y este es el cabo Dafyd.
Técnicamente, supuso Rex, él superaba en rango a los milicianos. Pero esto era Ereesus, y los lugareños de muchos mundos se sentían ofendidos al recibir órdenes de clones, incluso cuando esas órdenes les salvaban las vidas. Así que mantuvo su voz cuidadosamente controlada: brusca pero no grosera.
-¿Qué ocurre, soldado? –preguntó.
-El holo de la escuadra de milicianos capturados la pasada noche –dijo-. Necesito verlo.
Rex alzó una ceja.
-¿Y eso por qué?
-Era la escuadra del sargento Palola, ¿no es cierto? –preguntó ap-Orwien-. Palola es un miliciano, más o menos de mi estatura y complexión. Los separatistas lo exhibieron en el holo, mostrando sus cautivos. Es correcto, ¿verdad, capitán?
-Podría serlo –gruñó Rex, pensando en los segundos que pasaban en los cronos de las unidades lógicas de los droides tácticos separatistas al otro lado de las colinas-. Si lo fuera, ¿por qué importaría eso?
-Porque Palo es un lorrdiano como yo -dijo ap-Orwien-. ¿La señal visual del holo es de buena calidad? Necesito saber lo que dijo Palo.
Rex dejó caer la mano sobre una consola con un golpe seco, sin preocuparse más por ser educado o por la posibilidad de quejas de la milicia local al Mando del Sector. No podía permitirse perder ni una mínima parte de su precioso tiempo respondiendo a estúpidas preguntas basadas en ideas equivocadas.
-No dijo nada –dijo Rex-. No le habrían dejado, por supuesto. Nos estamos enfrentando a droides tácticos, teniente, no a esos B1s idiotas.
La comisura de los labios de ap-Orwien se levantó en una sonrisa.
-Si la imagen es de buena calidad, le garantizo que dijo muchas cosas –dijo ap-Orwien-. Sólo que el táctico nunca lo sabría, capitán... ni usted tampoco.
-¿De qué me está hablando?
-Sólo otro lorrdiano lo entendería –dijo ap-Orwien.
Rex dudó. ¿Qué diría el general Skywalker? Tampoco es que el general Skywalker fuera un claro ejemplo de cómo dirigir una operación militar según el manual. Sin embargo... ciertamente el Jedi obtenía resultados.
Voy a lamentar esto, pensó Rex, haciendo una brusca señal con su mano a ap-Orwien.
-Ustedes dos, vengan conmigo. Puede explicármelo de camino.

***

-Le contaré la versión corta –dijo ap-Orwien mientras se apresuraba a seguir a Rex, con sus botas deslizándose sobre el espeso fango verduzco de una tarde de los últimos días de primavera de Ereesus-. ¿Ha oído hablar de los Desórdenes Kanz?
-Sólo por encima –dijo Rex-. Un antiguo conflicto localizado de la República.
Ap-Orwien y Dafyd intercambiaron una rápida mirada. Cuando se volvieron hacia Rex, los ojos de ap-Orwien se habían vuelto duros y fríos.
-Tiene razón acerca de lo de antiguo; los Desórdenes Kanz tuvieron lugar hace casi cuatro milenios –dijo ap-Orwien-. Murieron casi seis mil millones de seres, muchos de ellos camaradas lorrdianos.
-Sin ánimo de ofender, teniente –dijo Rex-, pero me temo que hoy en día no tengo tiempo para mirar los libros de historia. Así que, la versión corta, si no le importa.
-Muy bien, capitán –dijo ap-Orwien mientras se agachaban para entrar en la sala de operaciones-. Durante los Desórdenes Kanz, los fanáticos argazdanos esclavizaron a los lorrdianos. Durante tres siglos se nos prohibió hablar unos con otros.
Rex devolvió el saludo a los soldados Jesse y Ringo, y luego asintió a lo que había dicho ap-Orwien.
-Lamento escuchar eso –dijo Rex-. Jesse, activa la holomesa y reproduce la transmisión separatista que recibimos la noche pasada.
Jesse asintió, con sus dedos flotando sobre el teclado de la holomesa. Un instante después un centelleante holograma cobró vida. El sargento lorrdiano capturado permanecía con aire taciturno junto a Oz, el soldado de la Compañía Torrente que servía de enlace entre el Gran Ejército de la República y la milicia.
El rostro del soldado –idéntico al de Rex y Jesse- era perfectamente neutro, carente de toda emoción. Había sido entrenado para no revelar nada si era capturado. Todos lo habían sido.
Droides de batalla rodeaban a los dos hombres. Un droide táctico giró al lorrdiano para que mirase a la holocámara, con lo que de algún modo parecía una exasperante arrogancia en su rostro mecánico.
Como Rex le había dicho a ap-Orwien, ni Palola ni Oz habían dicho una sola palabra mientras el droide táctico formulaba amenazas, seguidas por peticiones que sabía que la República no cumpliría. De hecho, Rex apenas vio que el lorrdiano se moviera durante los dos minutos de duración de la holograbación.
Ap-Orwien miró a Dafyd, asintió, y volvió a mirar a Rex.
-Necesitaremos una cañonera –dijo ap-Orwien-. Pero el equipo de extracción puede ser mínimo; cuatro o cinco soldados como máximo.
-Un momento –dijo Rex-. Aquí soy yo quien despliega cañoneras y equipos de extracción, no ustedes. Y ahora, ¿de qué están hablando?
-Mis disculpas; a veces me olvido de que no todo el mundo es lorrdiano –dijo ap-Orwien-. Su soldado, Palo, y el resto de la escuadra están prisioneros en el sótano de un almacén en lo alto de la cordillera Hidaci. Siete cautivos en total. La única forma de llegar son unas escaleras estrechas, así que el número de guardias es mínimo. La base de operaciones del droide táctico es un viejo silo a mitad de camino en la colina. Los separatistas han acumulado artillería y combustible en diversos puntos a lo largo del camino; Dafyd y yo podemos señalárselos en un mapa de satélite.
Ringo miró a Rex con aire incrédulo.
-¿Y cómo han descubierto esto? –preguntó Rex.
-¡Nos lo ha dicho Palo, por supuesto! –respondió ap-Orwien-. Bueno, no nos lo dijo a nosotros. Pero lo dijo a cualquier lorrdiano que pudiera estar observando. Menos mal que los droides tácticos se preocupan por la cultura o la historia tan poco como usted, capitán, o nunca le habrían puesto delante de la cámara.
-Sigo sin entender...
-Lo llamamos comunicación cinética, capitán –dijo ap-Orwien-. Al prohibirnos usar la voz, aprendimos a hablar entre nosotros a través de los más pequeños movimientos, los gestos más sutiles.
-¿Y pueden usar eso para hablar de silos y sótanos y depósitos de artillería? –preguntó Rex.
-Tal vez quiera usted ponernos a prueba –dijo ap-Orwien-. Abandonaré la sala. Dígale algo a su soldado, con Dafyd escuchando. Volveré y Dafyd me transmitirá el mensaje.
-Está bien –dijo Rex.
Ap-Orwien asintió y abandonó la sala de operaciones. Rex se acercó a Jesse y Ringo, y luego dudó. Jesse levantó una ceja.
-Yo, eh, no suelo inventarme información táctica –explicó Rex, ligeramente avergonzado-. Hmm... envíen tres escuadras a la cadena de montañas. La escuadra de la izquierda fija el objetivo. La escuadra de la derecha se desplegará con atonta-droides. ¿Sabe lo que son los atonta-droides, cabo?
-Granadas de pulso electromagnético –dijo Dafyd en básico con un fuerte acento-. Muy buenas contra los hojalatas.
Jesse sonrió.
-Exacto –dijo Rex. Asomó la cabeza fuera para llamar a ap-Orwien, y luego se volvió para mirar a Dafyd. Ahora que estaba mirando detenidamente, podía ver cómo el otro lorrdiano se movía ligeramente de forma sutil; cambiando de posición los pies, parpadeando, torciendo las comisuras de los labios. Pero no era nada que pudiera parecer fuera de lo común.
-Tres escuadras a las montañas –dijo ap-Orwien-. La de la izquierda fija el objetivo, la de la derecha lleva granadas PEM.
Ringo soltó un silbido.
-Lo ha clavado todo, capitán.
-¿No se trata de un oído excepcional, transmisores ni nada parecido? –preguntó Rex.
-Sólo el arte lorrdiano, capitán, uno que nunca hemos abandonado. ¿Necesita otra prueba?
-No será necesario –dijo Rex-. Jesse, prepara una cañonera para despegar al atardecer. Tú, Ringo, Kix y Dogma. Más nosotros tres. Que Kix lleve medikits de campo, y... no, espera un momento.
Se volvió a los dos lorrdianos.
-¿Están seguros acerca de los depósitos de combustible y artillería? –preguntó Rex-. ¿Pueden señalar las ubicaciones?
Ap-Orwien asintió.
Rex hizo una pausa. ¿Cuántos riesgos tomaría el general Skywalker en una oportunidad como esta, una oportunidad basada en algo que apenas podía ver y que no tenía la menor esperanza de comprender?
Rex se dio cuenta de que ya sabía la respuesta a esa pregunta.
-No envíes aún esa orden, Jesse... antes comunícame con el Mando del Sector –dijo.

***

La cañonera había sido modificada para el sigilo; equipada con escudos y deflectores de motores y cubierta con un polímero negro de secado rápido que reducía sus emisiones electromagnéticas a un susurro y su signatura térmica a un débil borrón. También estaba desarmada; sus lanzamisiles, sus torretas en forma de bola y sus cañones láser sacrificados en aras de eliminar la resistencia y el ruido.
Las modificaciones hacían que la bodega principal estuviera tan silenciosa que los clones y los dos lorrdianos podían conversar con voz normal... aunque Rex aún se encontró fulminando a sus soldados con la mirada cada vez que alzaban sus voces por encima de un leve susurro. Las luces estaban apagadas, pero podían ver con bastante facilidad bajo la luz de la luna. Caía por las rendijas de las puertas retráctiles laterales de la cañonera, plateada y acusadoramente brillante.
Olvídalo, se dijo Rex. No puedes apagar la luna.
-¿Entonces los alas-Y vendrán desde el sudeste? –preguntó ap-Orwien, queriendo repasar de nuevo el plan.
Rex asintió. Era mejor que los lorrdianos lo preguntasen una vez de más que una vez de menos.
-Correcto, mientras damos un rodeo y entramos desde el norte –dijo Rex-. Los alas-Y atacarán los depósitos de combustible y artillería. Mientras tanto, nuestras unidades mostrarán gran actividad, como su estuvieran planeando avanzar. Eso debería atraer a los hojalatas hacia el sur, dándonos tiempo para colarnos y liberar a nuestra gente.
-Y su droide táctico, ¿no se lo imaginará? –preguntó Dafyd.
-Pronto lo descubriremos, ¿no?
-No se preocupe, jefe –dijo Jesse con una sonrisa-. Hacer volar por los aires esos depósitos de combustible atraerá sin duda su atención.
-¿Qué te hace pensar que estoy preocupado? –preguntó Rex, comprobando sus DC-17s para asegurarse de que las células de energía estaban adecuadamente encajadas.
Jesse sonrió.
-Tal vez sea porque está poniendo esa cara que pone cuando está preocupado.
-¿Y qué cara es esa? –preguntó Rex... pero fue ap-Orwien quien respondió.
-Creo que es esta –dijo, y entonces apretó los labios hasta que fueron una fina línea, abrió de par en par los ojos y miró directamente al frente, con los hombros y la espalda rígidos, y las manos moviéndose con movimientos rápidos y precisos, desmontando un arma de fuego imaginaria.
Los clones miraron boquiabiertos al lorrdiano. Ringo fue el primero en reír, seguido de Jesse y luego los demás. Rex se obligó a sonreír. Se había reconocido a sí mismo al instante, aunque ap-Orwien no se parecía en nada a él.
-Ahora imita a Jesse –pidió Ringo.
-¿Y de qué servirá? –preguntó Rex-. Somos la misma persona.
-No lo son –dijo ap-Orwien-. Todos os movéis, actuáis y reaccionáis de forma distinta.
Rex negó con la cabeza.
-Somos clones.
-Lo cual es relevante hasta que nacen –dijo ap-Orwien-. Después de eso, la vida les hace distintos... como hace con todos nosotros.
-Tal vez –dijo Rex-. La imitación... ¿es parte de su comunicación cinética?
-Relacionado –dijo ap-Orwien-. Con un lenguaje de pequeños gestos, aprendes a distinguir cosas. Somos excelentes actores, imitadores, intérpretes.
-Y observadores –dijo Rex-. ¿Pero cómo funciona? ¿Cómo separan los gestos que comunican algo de los que son simplemente gestos?
-Eso es algo que no compartimos –dijo-. Hemos tenido muchos enemigos a lo largo de los años. Hoy trabajamos con su República, pero mañana las cosas podrían ser... diferentes.
Rex comenzó a protestar, pero uno de los pilotos clon contactó por el comunicador.
-Capitán, los cazas están comenzando su pasada de ataque –dijo el piloto-. Espero dejarles en tierra en ocho minutos.
Rex echó un vistazo a la bodega y vio cómo los rostros de sus soldados se endurecían. Sabía que estaban repasando los objetivos de la misión en sus cabezas. Eso era lo que él estaba comenzando a hacer, como había hecho en miles de maniobras en Kamino, y luego en los campos de batalla... tantos que le resultaba imposible recordarlos todos.
-Cascos –dijo, levantando el suyo y colocándolo sobre su cabeza, reorientándolo para que la placa facial quedase hacia delante. Jesse, Kix, Ringo y Dogma estaban haciendo lo mismo. Ap-Orwien y Dafyd estaban sentados, rígidos.
-Comprobad vuestras pantallas de interfaz y comunicadores –dijo Rex, con palabras que ya le salían de forma automática.
Un brillante destello naranja en alguna parte de la superficie detrás de ellos iluminó la bodega principal, y casi instantáneamente le siguió otro. Un momento más tarde la cañonera tembló y escucharon el rugido de los impactos.
-Los cazas informan de que han soltado los explosivos –dijo con calma uno de los pilotos-. Estamos sobre objetivo.
La cañonera viró a la derecha, comenzando su descenso hacia los rectángulos y los cuadrados de los campos bajo ellos, desprovistos de color por la luz de la luna.