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lunes, 3 de marzo de 2014

Un trato justo (y II)


Reegas y tres de sus hombres se encontraban de pie junto a la escotilla de acceso a la lanzadera tipo Halcón Estelar unida al Estrella Negra. Sus hombres iban equipados con blásters, chalecos ablativos, y los habituales ceños fruncidos.
-La Buscadora acaba de lanzar su cápsula de escape –anunció Marden por el comunicador del Estrella Negra.
Reegas respondió por su comunicador.
-Haz un escaneo de formas de vida.
Hubo una pausa.
-Ninguna –se escuchó luego.
-Vuélala en pedazos, sólo para estar seguros. Pueden haberla apantallado. ¿Puedes escanear la Buscadora?
-Los deflectores impiden un escaneo limpio.
Reegas examinó los duros rostros de sus hombres.
-Puede que Faal sea estúpido, pero no se rinde. Nos estará esperando.
Hubo sonrisas por parte de sus hombres.
-Les mataremos a ambos y lanzaremos sus cadáveres al espacio –dijo Reegas. Odiaba a Faal, y ni siquiera estaba seguro de por qué. Hombres de polaridades opuestas, supuso. A veces pasaba-. Quiero la nave intacta.
Los hombres volvieron a comprobar las cargas de sus blásters y embarcaron en la Halcón Estelar. Reegas ocupó su lugar en la pequeña cabina de la lanzadera. A través del parabrisas, la Buscadora y la nave naufragada flotaban recortándose contra la masa del gigante gaseoso. Reegas podría sacar más de un millón de créditos de ambas. Que Faal muriera en el proceso era simplemente una bonificación.
-Vamos a haceros una visita, chicos –murmuró a la Buscadora.
La lanzadera se separó del Estrella Negra y cruzó a toda velocidad los kilómetros de distancia. Mientras volaba, los cañones de plasma del Estrella Negra dispararon, atomizando la cápsula de escape de la Buscadora con sus alargados rayos rojos.

***

La respiración de Khedryn sonaba como un bramido en los estrechos confines del casco del traje de vacío. Parpadeó para apartar de sus ojos los puntos brillantes que quedaban de la explosión de la cápsula de escape. Él y Marr estaban pegados al lado de babor de la Buscadora, justo al otro lado del anillo de atraque de estribor. Observaron cómo la lanzadera se separó del Estrella Negra y aceleraba hacia ellos.
Khedryn observó a través del espacio la nave varada y, aún más importante, sus motores. Marr dijo que podía hacer que volvieran a funcionar.
-Van a abrirse paso a través del anillo de atraque con explosivos.
-Sí. Esperamos hasta que estén más cerca.
Los dos amigos colgaban del costado de la nave que estaban a punto de perder, esperando conforme se acercaba la lanzadera. Cuando estuvo más cerca de la Buscadora, pero en un ángulo opuesto a Khedryn y Marr, el primero se despidió de su nave con unas palmaditas.
-Vamos –dijo.
Ambos activaron los sistemas de propulsión antigravedad de sus trajes de vacío y salieron despedidos al espacio.

***

La lanzadera chocó con fuerza contra la Buscadora, sujetando el anillo de atraque son sus agarres, y los hombres de Reegas se pusieron manos a la obra. Dos cubrieron la puerta con sus blasters mientras el tercero sujetaba las cargas moldeadas en la escotilla.
-Vuélala –dijo Reegas.
La explosión hizo que la escotilla saliera de su marco, llenando la zona de humo y del olor acre de la termita. Los hombres de Reegas entraron por la abertura, con los blásters alzados. Sin embargo, para sorpresa de Reegas, no escuchó fuego bláster. Desenfundando su arma, siguió a sus hombres a bordo de la Buscadora.
Nada salvo un pasillo vacío.
-Esta nave no es tan grande. Encontradles. Tú y tú, conmigo. Vosotros dos, por ahí. Avisad si veis o escucháis cualquier cosa.

***

Khedryn y Marr chocaron contra el costado de la nave, y ambos soltaron un gemido por el impacto. Reptaron lateralmente como los cangrejos hasta la puerta externa de una esclusa.
-Démonos prisa –dijo Khedryn, entregando a Marr el abridor de escotillas.
Marr lo colocó en su lugar y comenzó a trabajar en el código de seguridad de la escotilla. Los números desfilaron a toda velocidad por su superficie, reflejándose invertidos en la placa facial del casco de Marr. La luz indicadora del panel de control de la escotilla seguía en rojo.
Khedryn se mordió el labio con frustración. Echó otra mirada a la Buscadora, preguntándose cuándo se daría cuenta Reegas de que faltaban dos trajes de vacío y pudiera sumar dos y dos.
La intensa mirada de Marr estaba perdida en los intentos fallidos del abridor. Detuvo la rutina del dispositivo, pulsó unos cuantos botones, y lo inició de nuevo con una configuración distinta.
-¿Tienes algo? –preguntó Khedryn.
-Nada seguro. He probado con los hexadecimales y no he obtenido nada, así que debe ser otra cosa. Lo he programado para que efectúe un barrido en base once, luego doce, y así sucesivamente. El problema son los espacios.
Khedryn no tenía ni idea de qué le estaba hablando Marr. Miró por la pequeña ventana de la escotilla al oscuro interior de la nave, y luego a la Buscadora a través del abismo del espacio.
-Marr, nos quedamos sin tiempo.
-Lo sé –dijo Marr-. Lo tendré en seguida.
Khedryn miró fijamente la luz apagada del panel de control de la escotilla y trató de hacer que se iluminase en verde con la fuerza de su voluntad.

***

Reegas y sus dos hombres registraron los estrechos pasadizos de la Buscadora, con los blásters por delante. No encontraron nada, no escucharon nada. La nave parecía una tumba. Cuando alcanzaron el eje central y los armarios de la nave, el hombre que iba en cabeza se dio la vuelta.
-Los trajes de vacío no están, Reegas –dijo.
Y todo encajó de pronto en la mente de Reegas. Faal y Marr no estaban a bordo. La cápsula de escape había sido una distracción para hacer pensar a Reegas que en la Buscadora le esperaba una emboscada.
-¡Están en la nave naufragada! ¡Van a tratar de salir volando de aquí con ella! –Activó su comunicador-. ¡Marden, incapacita los motores de la nave naufragada! ¡Sólo los motores! ¡Ahora mismo!
-¿Por qué?
-¡Simplemente hazlo!
-Sí, señor.

***

Marden apuntó con los cañones del Estrella Negra a los motores de la náufraga, redujo la salida de energía de los rayos, y disparó. Los motores explotaron, sacudiendo toda la nave y desplazándola de su órbita. Una lluvia de pedazos de metal golpeó contra el Estrella Negra y la onda expansiva hizo que oscilase levemente.
El suave pitido de una alarma captó su atención. La puerta externa de la esclusa que daba hacia la nave naufragada se estaba activando. Probablemente habría recibido el impacto de algún escombro de la explosión.
-Maldita sea.
Saltó de su asiento y corrió hacia la popa del Estrella Negra.

***

La boca de Khedryn se quedó seca cuando vio que una luz se encendía al otro lado del sello interior de la esclusa.
-¡Marr, viene alguien! ¡Date prisa!
-Lo tengo –dijo Marr, y la luz en la esclusa externa se volvió verde.
Khedryn se introdujo en la esclusa mientras desenfundaba su bláster. Con su mano enguantada cerró la puerta exterior.
-Vamos –dijo mientras se cerraba-. Vamos.
En cuanto escuchó que estaba sellada, tiró de la palanca para abrir la puerta interior, que se deslizó con un siseo. Captó un movimiento fugaz al fondo del pasillo, una descarga de bláster, y escuchó el grito de dolor de Marr.
Disparó a ciegas tan rápido como pudo mientras buscaba refugio pegándose contra la pared.
-¡Marr!
El cereano yacía de espaldas en la cubierta, con un agujero negro humeante en el hombro de su traje de vacío. El oxígeno se escapaba por el agujero con un suave siseo.
-Estoy bien –dijo Marr, agitando la mano.
Khedryn asintió, aliviado, y asomó la cabeza. Un cuerpo yacía en el pasillo; un humano, con la quemadura de un agujero de bláster en el pecho. Khedryn ya le había visto antes, en las cantinas de Fhost, pero no podía recordar su nombre.
-Mierda, mierda, mierda –dijo, despresurizando su casco.
-¿Qué pasa? –preguntó Marr mientras se ponía en pie.
-Le he matado.
Marr posó su mano sobre el hombro de Khedryn.
Khedryn meneó la cabeza.
-Vamos. Permanece alerta. Puede que haya más de ellos.
Tomó el comunicador del muerto y corrieron hacia la cabina. Un escaneo de toda la nave mostró a Marr que no había nadie más a bordo. El comunicador del muerto comenzó a pitar.
-Verra –llamó Reegas por el comunicador-. Verra, informa.
Verra. Ese era el nombre del muerto.
-Verra está muerto, Reegas –dijo Khadryn por el comunicador-. Y estoy sentado en tu cabina.
Habría pagado diez mil créditos para poder ver la cara de Reegas mientras le decía esas palabras.
Una larga pausa.
-Podemos hacer un trato, Faal –dijo Reegas-. No hagas una imprudencia.
Khedryn imaginó que Reegas y sus hombres estaban corriendo de vuelta a la lanzadera.
-Si tienes a algún hombre en esa lanzadera, haz que salgan de inmediato. –Khedryn contó hasta diez-. Dispara, Marr.
Los cañones del Estrella Negra iluminaron el espacio y convirtieron en escombros la lanzadera. La explosión hizo que la Buscadora saliera despedida hacia un lado. A Khedryn le dolía dañar su propia nave, pero valía la pena escuchar las maldiciones de Reegas y las lastimeras alarmas de la nave a través del canal de comunicaciones abierto.
-Estás atrapado ahí, Reegas. La Buscadora está muerta en mitad del espacio. Inutilizamos los motores. –Miró a la nave náufraga a través del cristal, advirtiendo los fuegos que aún ardían en la sección de motores-. Al igual que la nave náufraga, gracias a ti. Estarás aquí fuera mucho tiempo, me temo.
Las maldiciones de Reegas llenaron el comunicador.
-Recuerda que podría haberte desintegrado en el espacio –dijo Khedryn.
-Oh, nunca me olvido de nada.
Khedryn chasqueó la lengua.
-Si te portas bien ahora, tal vez mande a alguien desde Fhost para que te encuentre. –Endureció el tono-. Deja que sea muy claro. Vuelve a jugármela de este modo y no dudaré en matarte. Y no trates de recuperar esta nave. Ahora es mía. Creo que es un trato justo después de lo que has hecho, ¿verdad?
Silencio.
-¿Verdad?
-Sí. Un trato justo. Manda alguien a buscarnos, Faal. Manda alguien.
-Hay caf en la cocina. Si no es suficiente para manteneros en calor, siempre podéis acurrucaros.
Reegas estalló en otra sarta de exabruptos mientras Marr programaba en el ordenador de navegación una ruta hacia Fhost.
-Es una buena nave -dijo Marr, acariciando los instrumentos con las manos.
-Estoy de acuerdo –dijo Khedryn, mirando a su alrededor-. Llamémosle Montón de Chatarra. ¿Te parece bien?
Marr sonrió.
-Encaja contigo y conmigo, aunque no con la nave. No es chatarra. ¿Pero tal vez lo digas de forma irónica?
Khedryn se acomodó en el asiento del piloto, sonrió, y se hizo el tonto.
-No sé de qué me hablas ni la mitad del tiempo, Marr. Enciende ese hipermotor y veamos de lo que es capaz.

viernes, 28 de febrero de 2014

Un trato justo (I)

Un trato justo
Paul S. Kemp

Khedryn sentía el interior de su boca como si hubiera pegado un largo lametón a los polvorientos caminos de Punto Lejano. Un pulsante dolor de cabeza le hacía sentir como si alguien estuviera atornillando algo en sus sienes. Entró con paso lento a la cabina de la Buscadora y se deslizó en su asiento.
-¿Cómo te sientes? –preguntó Marr, introduciendo una complicada fórmula en el ordenador de navegación de la Buscadora. Incluso sin la resaca, Khedryn no habría sido capaz de comprender la fórmula. Los números de la pantalla bailaron y él reprimió un ataque de nauseas.
-No tan mal como huelo. –Se olisqueó tentativamente uno de sus sobacos e hizo una mueca cuando la náusea apareció de nuevo-. ¿Es la misma ropa que llevaba puesta anoche?
Marr, absorto en sus datos, murmuró algo demasiado ininteligible para que Khedryn pudiera descifrarlo.
Miró al exterior de la cabina. La Buscadora cruzaba la negrura del espacio, alejándose del pozo de gravedad de Fhost. Los remolinos de las estrellas en la ventana marearon a Khedryn.
-Hay caf en la cocina –dijo Marr-. Puede que te venga bien.
-Gracias. Tal vez luego. Bueno... vuelve a recordarme qué pasó anoche.
Marr pulsó una última tecla y le miró por encima de su hombro, con la superficie de su bronceada frente surcada por arrugas en un gesto interrogante. La parte superior de su cabeza sobresalía del anillo de su cabello claro como el pico de una montaña rodeada por las nubes.
-Jugaste al sabacc, bebiste, y hablaste... estas dos cosas más de lo que hubieras debido. Había oídos por toda la cantina.
El tono de desaprobación del cereano irritó a Khedryn. Trató de pensar en una réplica punzante, pero su abuso del pulkay le había dejado la cabeza demasiado embotada como para que se le ocurriera nada. En lugar de eso, se hundió en su asiento y asumió la realidad.
-Tengo que controlarme un poco. Está empezando a afectar al trabajo. Pero esta vez no hubo daños, ¿no?
Marr tuvo la consideración de no decir nada.
Mientras la Buscadora abandonaba el sistema de Fhost, Khedryn ajustó sus sensores a la frecuencia de la baliza subespacial de salvamento que habían dejado en una nave a la deriva. Los escáneres captaron el sonido casi inmediatamente: un satisfactorio pitido que se repetía a intervalos regulares y anunciaba la presencia de créditos flotando libres en la negrura. Escucharlo hizo que el dolor de cabeza de Khedryn remitiera. Un fallo en el rayo tractor les había impedido remolcar la nave a la deriva hasta Fhost la primera vez que la descubrieron, y Khedryn no había querido arriesgarse a reactivar los motores de la nave dañada.
Pero ahora la Buscadora ya estaba reparada y podrían llevar a casa su pieza rescatada.
-Ahí está la baliza –dijo Marr.
Khedryn vio el punto parpadeante en la pantalla del escáner.
-Esta vez no escaparás de nosotros, milady. Vayamos a por ella –dijo Khedryn, y Marr activó el hipermotor.
La negrura del sistema de Fhost dejó paso al torbellino azul del hiperespacio, y la Buscadora se abrió camino en las profundidades de las Regiones Desconocidas. Khedryn se apresuró a oscurecer las ventanas de la cabina. Los remolinos azules revolvían su ya agitado estómago.
Se puso en pie, apoyando la mano en el hombro de Marr para mantener el equilibrio.
-Creo que es hora de tomar ese caf.
-Yo vigilaré la tienda.
Khedryn necesitó tomarse dos pastillas para el estómago y tres tazas de caf para volver a sentirse más o menos él mismo. Con una taza de caf para Marr en la mano, caminó de vuelta a la cabina. Al ver a Khedryn, el cereano tomó el caf, agradeciendo el detalle con una inclinación de cabeza, y comprobó los instrumentos mientras bebía a pequeños sorbos.
-Buen caf, y justo a tiempo –dijo-. Estamos a punto de salir del hiperespacio.
Khedryn se deslizó en su asiento y desactivó la baliza de búsqueda.
-Entonces vayamos a ganar algunos créditos.
Marr ajustó los escudos de radiación, desactivó el hipermotor, y el azul dejó paso al negro. El sistema tomó forma ante ellos: una pareja distante de tenues rojas binarias, el caótico remolino de un fino cinturón de asteroides, y, más cerca, dos gigantes gaseosos rojos y naranjas plagados de lunas.
Marr tecleó las coordenadas de la nave a la deriva, Khedryn activó los motores iónicos, y la Buscadora cruzó el sistema, dirigiéndose hacia una de las grandes lunas yermas que orbitaban el gigante gaseoso más cercano. Khedryn sintió una breve punzada de preocupación -¿y si alguien más había encontrado la nave, y si los cálculos de Marr estaban equivocados y su órbita había decaído más rápido de lo que pensaban?- pero cuando rodearon la luna para llegar a su lado opuesto, la tenue luz roja de las binarias moribundas brilló en el casco de la nave a la deriva. Sonrió y respiró.
-Hola, preciosa.
Una nave de transporte de equipamiento militar pesado había sido reconvertida para cargas estándar y colgaba en una órbita baja y decadente sobre la luna. Su apariencia era la de un gran escarabajo, y una inspección más de cerca revelaba que a la nave le faltaban dos cápsulas de escape y no tenía ningún daño estructural salvo por uno de sus motores, que parecía haber estallado por completo. Khedryn y Marr ya habían examinado el interior: la bahía de carga vacía y una sospechosa ausencia de registros.
Una nave de contrabandistas. Un fallo en el sistema de soporte vital había obligado a la tripulación a evacuar y nunca habían regresado.
-Creo que podría hacerla volar, si me dieras tiempo suficiente –dijo Marr.
-No lo dudo. Pero sin soporte vital, tendríamos que pilotarla con escafandras. Es más fácil remolcarla a casa sin más.
-¿Hay que preocuparse por la tripulación?
-Si están vivos (y es un “si” muy grande), esta nave será chatarra y sus componentes electrónicos se reciclarán para usarse en otras naves antes de que puedan encontrarla... a la nave o a nosotros. ¿Estás preocupado?
-En absoluto –dijo Marr.
-Entonces entremos en rango de alcance del rayo tractor y démosle un paseo.
La Buscadora devoró los kilómetros, acercándose a la nave varada. En cuestión de instantes, la nave llenó su campo de visión.
-Una chica grande –dijo Khedryn, ojeando el casco de la nave de carga.
Marr asintió y maniobró a su alrededor con la Buscadora para encontrar el punto óptimo donde lanzar el rayo tractor.
Sin embargo, antes de poder activar el rayo, comenzó a sonar una alarma de proximidad.
-¿Qué es eso? –dijo Marr, inclinándose hacia delante para mirar los instrumentos.
-Un mal funcionamiento. Tiene que serlo. Hay...
-Otra nave está saliendo del hiperespacio –dijo Marr.
-¿Qué? ¿Quién?
Khedryn se inclinó hacia delante para examinar la firma del escáner de la nave desconocida cuando una explosión sacudió la Buscadora, casi derribándolo de su asiento. Las alarmas aullaron.
-¡Eso son disparos de cañón! –dijo Marr.
Khedryn maldijo.
-Deflector trasero al máximo.
-Fuego en bodega de carga dos –anunció Marr, moviendo las manos rápidamente sobre los instrumentos-. Estamos perdiendo presión en la bodega uno.
Khedryn agarró la palanca de control.
-Séllala. Maniobra evasiva.
Un destello de luz y el cambio de tono de la alarma anunciaron la pérdida de potencia en los motores. Khedryn maldijo.
-Vuelve a ponerlos en funcionamiento, Marr. Estamos flotando sin energía. ¿Quién demonios nos está disparando?
Recogió los hombros anticipando el siguiente disparo, pero este no llegó. En su lugar, sonó una señal de aviso.
-Nos están llamando –dijo Marr.
Khedryn tendría que ganar algo de tiempo.
-Pásamelos, pero sigue trabajando en obtener energía auxiliar para los motores.
El sonido resonante de un canal al abrirse se escuchó por los altavoces de la cabina. Khedryn hizo una mueca de disgusto cuando escuchó la voz al otro extremo.
-Khedryn Faal, como siempre, otra vez te interpones en mi camino.
-Reegas –dijo Marr.
Khedryn apretó los puños hasta que los nudillos se le quedaron blancos. Reegas pilotaba un carguero YT-2400 altamente modificado, armado hasta los dientes, y tripulado por cinco matones. Dirigía un sindicato criminal en Fhost. Y odiaba a Khedryn.
-Te preguntarás por qué estoy aquí –dijo Reegas.
-Porque eres un ladrón y un asesino, supongo –murmuró Khedryn, pero no lo transmitió.
-Voy a quedarme con esa nave naufragada –continuó Reegas.
El puño de Khedryn golpeó el botón de transmisión.
-Es nuestra...
Los chasquidos del comunicador le interrumpieron.
-Y también me quedaré con la Buscadora. Ese disparo a los motores fue intencionado. Podría haberos hecho volar en pedazos. Consideraos afortunados. Voy a ir allí, Faal. Tenéis diez minutos para desembarcar.
-¿Desembarcar? ¿Estás...?
Una vez más, el chirrido de la interferencia le hizo callar y resucitó su dolor de cabeza.
-Si seguís ahí cuando suba a bordo... –dijo Reegas-. Bueno, no hace falta decir lo que puede pasar entonces. Después de todo, a mis muchachos les encanta disparar.
Khedryn sintió que le latía la vena de la frente.
-¿Es que no saben que tengo resaca? –musitó.
-No puedo volver a activar los motores en diez minutos –dijo Marr.
Khedryn se frotó la sien.
-¿Cómo han podido encontrarnos siquiera aquí fuera?
-Anoche estabas hablador. Seguramente escucharon algo sobre la nave naufragada y pusieron una baliza en la Buscadora.
-Maldita sea, Marr. Se supone que tienes que hacerme callar antes de que hable demasiado.
-Siempre hablas demasiado.
-Cállate, Marr. –Respiró profundamente, haciendo que su mente recorriera rápidamente las opciones-. Muy bien. Escucha, nada de preguntas, sólo respuestas. Quiero los motores de la Buscadora bien muertos, imposibles de reparar. ¿Puedes hacer eso en cinco minutos?
Marr lo pensó, y luego asintió.
-Hazlo. Y necesito que sintonices el deflector para que no puedan realizar un escáner de formas de vida en la Buscadora.
Marr se mostró tan incrédulo como su natural placidez permitía.
-¿Algo más? ¿Tal vez que trace un nuevo...?
-Una vez esté hecho todo eso, toma armas y reúnete conmigo en el armario de escafandras. Venga, rápido.
-¿Qué vamos a hacer? ¿Cuál es el plan?
-Aún no lo sé. Sólo estoy preparando las herramientas. –Pulsó el botón de transmisión del comunicador-. Nos marcharemos, maldito gánster. Pero no creas que me olvidaré de esto.
Reegas estaba riéndose cuando respondió.
-Nueve minutos y medio, Faal.
Mientras Marr trabajaba, Khedryn corrió por los pasillos de la Buscadora hasta que llegó al armario de equipo. Tomó un abridor de escotillas y lo sujetó a su traje de vacío.
-¿Dónde estás, Marr? –preguntó por el comunicador.
-Ahora llego. Los motores están arruinados. Nadie podrá arreglarlos.
-Bien.
Khedryn comenzó a deslizarse en su traje de vacío.
Marr apareció corriendo ante su vista, tomó su propio traje, y comenzó a ponérselo. Probaron los sellos y los comunicadores: todo funcionaba a la perfección.
-Vayamos a la cápsula –dijo Khedryn.
Marr le agarró del brazo.
-Disparará a la cápsula en cuanto la vea, Khedryn.
-Lo sé. Por eso no estaremos dentro.
Marr le soltó.
-Si la escanea, sabrá que no estamos a bordo.
-Exactamente.
-¿Ah, sí? ¿Y entonces qué?
Khedryn frunció el ceño.
-Aún sigo pensando en eso.
Y entonces guiñó su ojo vago a Marr.

domingo, 29 de enero de 2012

La Antigua República: La Tercera Lección (y VII)

El Jedi, con el rostro contraído de dolor, miró fijamente a Malgus. Uno de los cuernos de su cabeza se había agrietado por el calor de los rayos de la Fuerza. Los ojos del Jedi fueron a la espada de luz desactivada que Malgus sostenía en su puño cerrado, y ladeó la cabeza.
Malgus leyó la pregunta en sus ojos. ¿Misericordia de un Sith? Malgus sonrió. Dio un paso adelante, activó su espada, y apuñaló al Jedi atravesándole el pecho.
-Duerme -dijo.
Los ojos del Jedi mantuvieron la pregunta durante los breves instantes que se demoraron en quedar en blanco. Malgus se irguió, desactivó su espada, respiró profundamente, y se alejó. La pregunta en los ojos del Jedi era una que él mismo se había hecho en innumerables ocasiones, la que su padre había tratado de ayudarle a responder tantos años antes. La respuesta nunca le había satisfecho plenamente, pero suponía que esa era precisamente la idea.
A veces, sólo había una jaula vacía.

La Antigua República: La Tercera Lección (VI)

Tras observar al mimnil devorar al viirsun, su padre lo había llevado a una nueva jaula que debía ser una adición reciente al zoológico, porque Veradun nunca antes la había visto. Una lona la cubría, ocultando su contenido.
-¿Qué hay ahí? -preguntó Veradun.
Su padre parecía sombrío.
-La tercera lección.
La mirada de Veradun fue de su padre a la jaula, y de nuevo a su padre.
-Creo que serás un gran guerrero, Veradun -dijo su padre-. Un recurso muy valioso para el Imperio.
Veradun escuchó la tristeza en las palabras pero no las entiendo.
-Tus profesores me dicen que han visto pocos con tu potencial en la Fuerza.
-Me siento honrado por sus elogios.
Su padre sonrió de forma distante.
-Mañana llega una lanzadera para ti, para llevarte a la academia en Dromund Kaas. Quiero que sepas que estoy orgulloso de ti. Recuérdalo siempre.
-Lo haré. Y estoy doblemente honrado por tus elogios, padre.
Su padre se arrodilló, lo abrazó, se puso en pie, y se alejó.
-¿A dónde vas? –exclamó Veradun-. ¿Qué pasa con la tercera lección?
-Mira en la jaula -dijo su padre-. Tal vez la descubras por ti mismo.
Veradun observó a su padre marcharse, luego se volvió y descubrió el contenido de la caja del mismo modo en que revelaría un secreto: lentamente, con cuidado, y con cierto sentimiento de temor. Dejó caer la lona en el suelo. La jaula estaba completamente vacía. Por un momento se preguntó si su padre había cometido un error.
Pero su padre nunca cometía errores. Se quedó mirando la jaula vacía durante un largo tiempo, pensando en ello. Finalmente, creyó entenderlo.

La Antigua República: La Tercera Lección (V)

El sable de luz de Malgus trazó brillantes arcos de color rojo a través del aire. Giraba, cortaba, apuñalaba, haciendo retroceder al Jedi. Pero el Jedi siempre bloqueaba el golpe. Parecía estar esperando su momento.
Me está engatusando, se dio cuenta Malgus. Fingiendo debilidad.
Malgus ralentizó su ataque, retrocedió unos pasos, y se comunicó con la Fuerza. Inmediatamente sintió la firma débil, deliberadamente oculta, de otro usuario del lado luminoso a su derecha. El aliado del Jedi estaba oculto entre los escombros, acercándose.
Malgus desató una serie de furiosos ataques por encima de la cabeza que obligó al zabrak a retirarse rápidamente. Esquivando una estocada del Jedi, Malgus aprovechó su movimiento para lanzar una patada con giro lateral aumentada mediante la Fuerza que golpeó al Jedi en las costillas y lo envió dando volteretas contra la pared de un edificio cercano. Al mismo tiempo, se extendió con la Fuerza hacia el usuario del lado luminoso oculto, apartó la resistencia que se sentía, y sacó al Jedi de su escondite.
Un macho humano de veintitantos años salió de las ruinas, colgando como un pez en el anzuelo del poder de Malgus. Sus piernas pataleaban en vano; la hoja verde de su sable de luz cortaba en el vacío; jadeaba ahogadamente mientras el poder de Malgus apretaba su garganta.
-¡Vorin! -gritó el zabrak.
-Hasta aquí vuestra emboscada -dijo Malgus, y cerró el puño, aplastando la tráquea de Vorin. Dejó caer el cuerpo en la tierra quemada. Un destello de ira, rápidamente reprimido, provino del zabrak mientras saltaba por encima de los escombros hacia Malgus. Malgus lo vio venir, manteniendo su hoja roja apartada a un lado.
A los 10 metros, Malgus extendió su mano libre y desató zarcillos azules de relámpago de la Fuerza. Estos golpearon al Jedi atacante: cruzaron sus defensas, se arremolinaron a su alrededor, y empezaron a quemar la carne.
Gritando de dolor, el Jedi se inclinó hacia adelante en el relámpago –enseñando los dientes, sosteniendo ante él sus hojas azules- y avanzó tambaleándose hacia Malgus. A pesar de sus quemaduras, seguía avanzando. Un paso, otro, otro, pero estaba perdiendo fuerzas, marchitándose bajo el calor de los rayos. Malgus canalizó más poder y el Jedi cayó de rodillas, gritando. El relámpago giró en espiral alrededor del zabrak, quemando negros agujeros en su cuerpo. Los sables de luz cayeron de sus manos y se retorció de dolor, gritando al cielo su agonía.
Malgus puso fin a su ataque. El Jedi, acabado, cayó al suelo y rodó sobre su espalda. Su respiración sonaba peor que la de Malgus.
Malgus caminó a su lado y se puso sobre él.
Se dio cuenta de que admiraba el temple del Jedi.
Desactivó su sable de luz.

La Antigua República: La Tercera Lección (IV)

-Esta es mi favorita -dijo su padre.
-¿La viirsun?

Veradun siempre había encontrado aburrida esa ave. Un pequeño pájaro terrestre con plumas grises, marrones y negras, que no hacía nada especialmente interesante salvo cuidar a su cría, un macho que estaba a punto de abandonar el nido.
-No, la viirsun, no -dijo su padre.
-Entonces, ¿qué?
El hábitat del viirsun -plantas nativas, un árbol solitario, algunas rocas- estaba construido detrás de un muro de transpariacero. Mientras miraban, la madre regurgitaba algunos insectos parcialmente digeridos en la boca de su cría casi adulta. Veradun había visto lo mismo cientos de veces, pero su padre miraba fijamente, como si nunca antes lo hubiera visto.
-¿Qué estás mirando? –preguntó Veradun. No veía nada inusual.
-Observa.
Después de devorar los insectos, la cría se levantó y caminó un poco por el hábitat, probando sus patas. La madre miraba, acicalándose las plumas. Con el tiempo, la cría volvió junto a la madre, se inclinó hacia ella, y comenzó a golpearla con su pico. Al principio Veradun pensó que quería más alimentos, pero el picoteo se hizo más y más violento. Las alas batían, las plumas volaban. La madre intentó retirarse pero la cría la persiguió, la agarró del cuello con su pico y sacudió violentamente, una, dos veces. La cría la dejó en el suelo y comenzó a comer.
Veradun nunca había visto nada igual.
-La cría no es un viirsun -explicó su padre-. Es un mimnil. En su estado inmaduro, parece un viirsun juvenil. Mata a las crías originales y las reemplaza. Cuando está listo para la muda, ataca a su madre adoptiva. He estado observando a éste durante un tiempo.
Un mimnil. Veradun nunca lo habría sospechado.
-Yo... sigo sin entenderlo.
-A menudo cosas que fingen ser débiles sólo esperan el momento adecuado para mostrar su fuerza. ¿Entiendes ahora?
Veradun lo pensó un instante y asintió con la cabeza.
-No debes confiar en nadie -dijo su padre-. Y menos en aquellos que parecen débiles.

La Antigua República: La Tercera Lección (III)

Malgus estaba de pie en un hueco bajo una montaña de escombros, con las piernas dobladas, el poder de sus manos alzadas evitando que varias toneladas de acero y duracemento le aplastaran. El polvo dificultaba aún más su ya costosa respiración. Tosió mientras las palabras de su padre resonaban en su mente.
Había sido descuidado, tan perdido en su necesidad de venganza que no había evaluado adecuadamente el poder del Jedi. Había antepuesto su sed de sangre a su raciocinio. Pero ya no. Con un esfuerzo de voluntad, contuvo su ira, la controló, la convirtió en una piedra de afilar contra la que agudizó su poder. Usando la Fuerza, lanzó los escombros por el aire, lejos de él. Cayeron con estrépito en los edificios adyacentes. Un salto aumentado por la Fuerza le llevó fuera de ese lugar por encima del montón de escombros. Los ojos del Jedi se abrieron como platos cuando Malgus aterrizó en la calle. Malgus sonrió burlonamente y atacó.
Cubrió la distancia entre ellos rápidamente. La línea roja del sable de luz de Malgus se movía tan rápido que se convertía en una borrosa mancha roja. El Jedi bloqueó el ataque una y otra vez, el chisporroteo de hoja contra hoja resonando a través de las ruinas. El ataque de Malgus -una tormenta de tajos, cortes y puñaladas- no daba espacio al Jedi para un contraataque. El Jedi se retiró ante de ofensiva, interceptando desesperadamente los golpes de Malgus.
Malgus podría haber acabado con el Jedi de cualquiera de las muchas maneras que conocía, pero necesitaba la satisfacción de una muerte mediante sable de luz.

jueves, 26 de enero de 2012

La Antigua República: La Tercera Lección (II)

Los pliegues en el uniforme imperial de su padre parecían lo suficientemente afilados para cortar carne, pero su tono de voz era tan suave como la barriga que desbordaba el pantalón.
-Ven conmigo, Veradun.
Veradun siguió a su padre a la enorme casa de fieras que mantenían en los terrenos de la finca de la familia. Su padre, un biólogo en el Cuerpo Científico Imperial, había recogido animales de incontables mundos. La familia tenía su propio zoo privado, financiado por el Imperio. Veradun había ayudado a atender a los animales desde que era un niño pequeño.
Gritos, chirridos, aullidos, y un acre hedor animal les dieron la bienvenida. La voz de su padre se hizo oír por encima del ruido.
-¿Sabes por qué me gustan tanto estos animales?
Veradun negó con la cabeza. Se vio reflejado en los cristales de las gafas de su padre.
-Debido a que podemos aprender de ellos.
-¿Aprender qué?
Su padre sonrió enigmáticamente.
-Vamos.
Padre puso una mano sobre su hombro y lo condujo a través del laberinto de los hábitats, jaulas y tanques, hasta que llegaron al cubo de transpariacero del tanque del kouhun. Una gruesa capa de arena, salpicada de algunas rocas dispersas y algunas pieles sueltas, era todo lo que podía verse. El artrópodo segmentado, con un cuerpo tan largo como el brazo de Veradun, estaban escondido en algún lugar bajo la arena del tanque.
Veradun caminó alrededor del tanque, tratando de detectar cualquier signo del kouhun. Nada.
Mientras tanto, su padre levantó una rata de una jaula cercana y la sostuvo sobre el tanque del kouhun.
-Yo le he dado de comer antes -dijo Veradun.
-Lo sé.
Su padre dejó caer la rata en el tanque y esta se quedó inmóvil en el momento en que golpeó la arena. Olisqueó el aire, agitando los bigotes.
Cerca de ella, la arena se abultó.
La rata chilló de miedo, pero antes de que pudiera moverse, el kouhun surgió de la arena debajo de ella, atrapó al roedor en su mandíbula con forma de tijera, y la partió por la mitad de un mordisco. La sangre derramada pintó la arena de rojo.
El kouhun reptó hasta salir por completo de la arena, con su cabeza toda ella mandíbulas y ojos negros desprovistos de vida. Docenas de pares de patas impulsaron su cuerpo segmentado sobre los pedazos sangrientos de la rata. Sin embargo, no comió, y después de un momento volvió a enterrarse de nuevo en la arena, dejando intacto el cadáver de la rata.
-¿Por qué crees que mató a la rata? -preguntó su padre-. No tenía hambre. Como has dicho, le has dado de comer no hace mucho tiempo.
-Instinto -dijo Veradun-. Es una criatura salvaje.
-Bien, Veradun. Bien. En efecto, el kouhun mata sin razón. ¿Tiene eso sentido para ti?
-No, pero... es un animal.
Su padre se arrodilló para mirar a Veradun a la cara.
-Tienes razón. Y no la tienes. El kouhun nos enseña que la violencia sin sentido es propio de los animales, no de los hombres. El salvajismo es útil sólo si es controlado y puesto al servicio de un fin. ¿Me entiendes?
Veradun lo pensó un instante, y asintió con la cabeza.
-El fin lo es todo -dijo su padre.

La Antigua República: La Tercera Lección (I)

La Antigua República: La Tercera Lección
Paul S. Kemp

Una nube de humo flotaba en el aire, el residuo negro del bombardeo de la flota Imperial sobre Alderaan previo al aterrizaje. La ira ardía en Malgus, y su semilla crecía ante la palabra que seguía oyendo a través de los canales de comunicación imperiales: Retirada.
El Imperio había perdido Alderaan. Horas antes Malgus había caminado sobre su superficie como un conquistador, pero ahora...
Ahora su superficie estaba moteada por hogueras de señalización, marcando los puntos de las fuerzas de la República.
Se avecinaba un contraataque. Los informes indicaban una flota de la República de camino a Alderaan.
Retirada.
Retirada.
Apretó los puños con tanta fuerza que hizo que le dolieran los dedos. Su respiración sonaba como una escofina sobre la madera. La piel quemada le escocía. Un Comando de la República había hecho estallar una granada en su cara, y combatir con una bruja Jedi había dañado sus pulmones. Laceraciones y contusiones dibujaban un tétrico mosaico en su carne.
Pero no sentía dolor. Sólo sentía rabia.
Odio.
Un sentimiento de frustración que le daba ganas de gritar.
Su lanzadera personal rugió a baja altura sobre el paisaje quemado. Debajo de él, los edificios y los cadáveres ardían en las ruinas de una ciudad Alderaani. A su alrededor, naves imperiales patrullaban el cielo, volando de escolta. Trató de abrir los puños, y no fue capaz. Quería...
La presencia de un usuario de la Fuerza del lado luminoso chocó contra su sensibilidad a la Fuerza, un destello repentino en su percepción. Miró por la ventanilla al exterior, hacia abajo. No vio nada salvo ruinas calcinadas, edificios derruidos, vehículos quemados. Activó el comunicador que llevaba.
-Danos la vuelta.
-¿Mi señor? -le preguntó su piloto.
-Hazlo, reduce la velocidad a una cuarta parte, y reduce la altura en cien metros.
-Sí, mi señor.
Mientras el transbordador daba media vuelta y aminoraba, Malgus hizo caso omiso de los dispositivos de seguridad y bajó la rampa de aterrizaje. El viento azotó en la cabina, llevando el olor de un planeta carbonizado, un planeta que Malgus había intentado matar, pero que sólo había herido.
Alguien tendría que pagar por ello.
Tomó la empuñadura de su sable de luz en la mano y se hundió en la Fuerza. Los edificios incendiados de debajo sobresalían de la tierra quemada como dientes podridos, retorcidos y negros.
-Más despacio- dijo al piloto.
Extendió la mano a través de la Fuerza, sondeando para detectar la presencia del lado luminoso que había sentido.
Al principio no notó nada, y se preguntó si se había equivocado, o si el usuario del lado luminoso había percibido a Malgus y ocultado su poder. Pero entonces...
Allí.
Lo sintió como una irritación detrás de los ojos, una comezón que sólo la violencia podría rascar. Se quitó la capa y se acercó al borde de la rampa de aterrizaje. El viento tiraba de él. La ira creció en él, le mantuvo firme. La Fuerza le ancló en su lugar. Activó de nuevo su comunicador.
-Planea sobre las ruinas hasta que yo vuelva.
-¿Hasta que vuelva, mi señor? ¿A dónde va? Está gravemente herido.
Malgus desactivó el comunicador y saltó del la rampa al aire libre. Activó su hoja mientras la tierra se precipitaba a su encuentro. Usando la Fuerza para amortiguar el impacto, cayó al suelo en cuclillas.
Se puso de pie en el centro de una calle salpicada de cráteres y cubierta de vidrios rotos y deslizadores volcados. Un coche aéreo ardía a 10 metros de él, vomitando gotas de humo negro hacia el cielo. En algún lugar, una campana sonó con furia en las rachas de viento.
-¡Estoy aquí, Jedi! -gritó Malgus, su voz resonando sobre las ruinas.
Detrás de él, oyó el zumbido de un sable de luz al activarse, y luego otro.
Se volvió para ver a un zabrak, un Jedi, salir de uno de los edificios incendiados que se alineaban en la calle. La línea azul de un sable de luz brillaba en cada una de sus manos. Estudió a Malgus de reojo.
-Malgus -dijo el Jedi.
Malgus no sabía el nombre del Jedi, y no le importaba. El zabrak no era más que el foco de su ira, un objetivo conveniente para su rabia.
Malgus se dejó caer en la Fuerza, rugió, y echó a correr por la calle, obteniendo velocidad de su ira.
El Jedi se mantuvo firme. A los veinte metros, los Jedi levantó sus sable de luz en lo alto a cada lado e hizo bajar a ambos hacia el suelo con una floritura.
El estruendo de los edificios al derrumbarse penetró demasiado tarde en la niebla de la ira de Malgus. Una avalancha de duracemento y transpariacero se desplomó sobre él desde ambos lados de la calle...