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jueves, 2 de mayo de 2013

Pasajes (y III)


Matt se frotó el chichón en la parte posterior de su cabeza e hizo una mueca para sus adentros. La luz del sol se filtraba a través de la ventana de su prisión. Había estado inconsciente durante bastante tiempo. Al otro lado de la celda, un hombre roncaba ruidosamente. El tercer ocupante de la celda estaba despierto, con la mirada perdida en el techo.
Matt se sentó, colocando ambos pies en el suelo. Agarrando los lados del camastro con las dos manos, empujó esperando no caer de bruces. Mareado, presionó la parte posterior de sus piernas contra las barandillas de la cama para mantener el equilibrio. Respiró hondo, y luego caminó trabajosamente a través de la celda hacia la ventana. Su borde inferior parecía estar a menos de un metro por encima de su cabeza. Se estiró, y apenas tocó el borde con la yema de un dedo.
-No se puede salir por ahí -dijo el hombre que había estado roncando.
-No, realmente no lo creía -respondió Matt, volviéndose hacia su compañero de celda. El hombre era viejo, su pelo peinado hacia atrás estaba completamente blanco. Las arrugas surcaban un rostro con el que el tiempo no había sido amable.
Sentándose, el anciano dejó caer sus piernas a un lado de la cama.
-No creo que te conozca, hijo. ¿Cómo has quedado atrapado en una celda con un par de espías rebeldes?
Matt desvió la mirada del anciano. Su compañero de celda todavía no se había movido. Parecía analizar con aire solemne el ajedrezado del techo, aparentemente ajeno a la conversación.
-Mi nombre es Matt Turhaya -dijo al anciano-. ¿Estuvo involucrado en esas explosiones de anoche?
-Si. Yo y Chaz, ese de ahí -señaló al joven enjuto-. Me llamo Blaide, por cierto. Sí, los viejos impes nos atraparon a los dos.
Chaz cobró vida de repente, saltando de la cama. Se acercó a Matt y le miró con desconfianza.
-Cuidado, Blaide. Podía ser un topo.
-Le han zurrado de lo lindo para ser un topo, Chaz -dijo Blaide con una sonrisa.
-Eso no prueba nada -dijo Chaz. Se pasó los dedos por el pelo largo y rubio que le caía sobre los ojos verde esmeralda, unos ojos que estaban llenos de más experiencias de las que sugería su edad.
-Sí, tienes razón, Chaz -admitió Blaide-, no hay manera de que podamos estar seguros de que el Sr. Turhaya es quién dice ser. Debo estar haciéndome viejo.
-No soy un espía -insistió Matt.
-Entonces, ¿por qué te han encerrado? -preguntó Chaz.
-Los Imperiales estaban buscando a uno de vuestros amigos. Me tomaron a mí en su lugar.
-¡Lo sabía! -dijo Blaide, golpeándose la pierna con la mano-. Te lo dije, Chaz, ¿no es cierto?
-¿Qué es lo que sabía? -preguntó Matt, sorprendido por el estallido de Blaide.
-Nuestro amigo... tiene que ser Dodger. ¡Te dije que escapó!
-¿Dodger? -repitió Matt.
-El líder de nuestra célula.
-Todavía no podemos estar seguros de que sea él, Blaide. –La voz de Chaz tembló ligeramente-. Podría tratarse de alguno de los otros.
-Mantén arriba el ánimo, joven Chaz. -Una leve sonrisa se deslizó por el rostro de Blaide mientras se levantaba de su camastro. Se acercó a los dos hombres más jóvenes y puso su brazo sobre el hombro de Chaz-. Si Dodger sigue vivo, yo diría que tenemos bastantes probabilidades de salir de aquí. -Blaide asintió con confianza-. Sí, estoy comenzando a sentirme mucho mejor acerca de este lío en el que estamos.
Pero a medida que transcurría el día, Matt se preguntó si alguien podría hacer algo para ayudarlos. Oyó el cambio de guardia al fondo del pasillo, en el cuarto de seguridad. Acababan de recoger las bandejas de la cena, y habían atenuado las luces en el bloque de celdas. El sol se había sumergido en el cielo de primera hora de la noche. Las sombras caían sobre la celda.
Entonces, de la nada, resonaron por el pasillo los gimoteos de una voz de mujer.
-Sargento -estaba diciendo la mujer, con un tono agudo que perforaba los oídos de Matt-, ¿qué quiere usted decir con que no tiene constancia de esta llamada?
Blaide se acercó a los barrotes que los separaban de la libertad. Chaz se sentó en su cama apoyado en un codo, con los oídos alerta. No pudieron escuchar la respuesta del guardia a la pregunta de la mujer. Pero su réplica fue aún más fuerte.
-¡¿Quiere usted decir que algún incompetente me llamó cuando se supone que debo estar fuera de servicio y me hizo venir hasta aquí para nada?! -Hubo un momento de silencio-. Mire, aquí lo pone, sargento: a las 18:42... Llamada del OSE, preso enfermo, acuda de inmediato.
Chaz gimió, cayendo de nuevo en la cama. Matt se volvió bruscamente y lo miró, y entonces sonrió para sus adentros. Gimiendo de nuevo, Chaz se retorcía en la cama.
-¿Lo ve? –exclamó la mujer-. ¡Le dije que aquí había un hombre enfermo! –Echó a caminar por el bloque de celdas.
El soldado de asalto la siguió haciendo resonar sus pasos en el suelo.
-Tendrá que esperar y dejar que verifique esto con el OSE -insistió.
Chaz estaba ahora teniendo arcadas. Matt nunca antes había visto a un hombre ponerse de esa tonalidad de azul.
-¡Dense prisa! -gritó Blaide desde su celda-. ¡Está teniendo problemas para respirar!
Matt miró a la mujer joven de ceño fruncido que apareció a la vista. Una gorra ocultaba el escaso pelo de su cabeza. Su túnica negra le quedaba muy ceñida, un uniforme imperial con insignias del cuerpo médico y la insignia de rango de teniente.
-Abra la puerta, sargento -le ordenó.
-No es más que un espía rebelde, teniente. Lo van a ejecutar en un par de horas de todos modos -gruñó el soldado de asalto.
-Sargento, si desean ejecutarlo, me parece perfecto. Pero mi deber es asegurarme de que se encuentre lo bastante bien para estar de pie frente a ese pelotón de fusilamiento. Después de todo -dijo sarcásticamente, arrugando la nariz ante los hombres al otro lado de los barrotes-, queremos estar seguros de que todos sus amigos sepan que vamos en serio. Ahora –insistió-, abra esta puerta.
-Ustedes dos, apártense -indicó el soldado de asalto a Blaide y Matt. Tecleó el código de seguridad en el panel de acceso. Con su rifle desintegrador preparado, el soldado entró en la celda. La teniente estaba dos pasos por detrás de él, hurgando ya en su bolso médico cuando la puerta del turboascensor se abrió al final del pasillo.
Dos disparos sonaron cerca de la estación de seguridad.
Reaccionando con rapidez, el soldado se volvió, deteniéndose a medio movimiento, cuando se dio cuenta de que la teniente le estaba apuntando con una pistola bláster en la cabeza.
-Suelte el arma, sargento -dijo ella.
Otro par de pasos resonaron por el pasillo mientras el rifle desintegrador del soldado caía al suelo. Matt miró con incredulidad a Metallo corriendo hasta la celda.
-¿Todo el mundo está bien? -preguntó ella. La tensión en su rostro se disipó cuando vio a Matt en la esquina de la celda.
-Sólo unos cuantos chichones, jefa -le dijo Matt, frotándose el punto sensible en la parte posterior de su cabeza.
-Salgamos de aquí -sugirió Blaide, agachándose para recoger el rifle desintegrador del soldado de asalto. En un rápido movimiento se enderezó, golpeando el pecho del soldado con la culata del fusil. El hombre trastabilló hacia atrás y Blaide lo derribó al suelo agarrando su casco y girándolo hasta que el cuello del soldado se rompió.
-¿Eso era necesario? -preguntó Metallo.
-Nos vendrá bien el rifle. Además, ¿quién ha pedido tu opinión?
-Ya basta, Blaide -dijo la teniente con el ceño fruncido.
-Me alegro de verte de nuevo, Midget -saludó Chaz a la joven, saltando fuera de la litera.
-Tu actuación ha sido encomiable, Chaz -respondió ella. Señaló el uniforme del muerto-. Ahora, veamos qué tal haces de soldado de asalto.
Cinco minutos más tarde Midget conducía su esquife por las calles de Eponte mientras el sol se deslizaba por debajo del horizonte. La niebla se había apoderado de la ciudad. Las farolas brillaban como si estuvieran encerradas tras una gruesa cortina. Un edificio incendiado aún ardía desde la breve batalla de la noche anterior.
Blaide miró a su alrededor con nerviosismo cuando unos soldados de asalto los detuvieron en un puesto de control. Chaz, de pie con rigidez en la parte trasera del vehículo, sostenía un rifle bláster sobre su pecho blindado. Midget entregó un cuaderno de datos a uno de los soldados. Inclinando la cabeza, estudió las órdenes que contenía, y luego, lentamente, examinó a sus prisioneros.
-Investigación experimental, ¿eh, teniente? -preguntó el soldado de asalto.
-Así es, capitán -respondió Midget.
-Nunca antes vi algo como eso -dijo, señalando hacia Metallo.
-Interesante, ¿verdad?
-¿Y los otros dos?
-Yo sólo soy la encargada de la entrega, capitán. No tengo ni idea de lo que tienen planeado para ellos -respondió mientras otros dos soldados se acercaban al esquife.
Agitándose incómodo, Blaide tropezó con Chaz y e hizo que perdiera el equilibrio. Alarmado, uno de los soldados de asalto sacó su rifle bláster y apuntó al grupo.
-No pasa nada -dijo Chaz-, lo tengo todo bajo control.
-Más le vale, sargento -contestó el capitán.
-Si no le importa, capitán, tengo que seguir adelante -dijo Midget.
-Un momento, teniente -contestó.
Matt lanzó una mirada preocupada a Metallo. Calmada y fría, se volvió ligeramente para que sus manos quedasen ocultas a la vista. Por el rabillo del ojo, vio a Blaide detrás de él, haciendo un sutil gesto con la cabeza a Chaz.
El capitán se volvió hacia uno de sus subordinados.
-Sargento...
Antes de que tuviera la oportunidad de decir una palabra más, los disparos de bláster iluminaron la estación de control. Midget disparó su pistola contra el capitán de las tropas de asalto. Metallo extrajo su propio bláster y se encargó de un segundo soldado mientras Chaz intercambiaba fuego con el tercero.
-¡Sácanos de aquí! -exclamó Metallo.
Midget aceleró al máximo los controles cuando una explosión golpeó la parte trasera del esquife. Blaide hizo un último disparo, golpeando al soldado de asalto con el que Chaz no había terminado.
-Sabía que no debería haber tomado ese atajo -dijo Midget.
-Está bien, Midget. Estamos todos a salvo -le dijo Metallo.
-Idiotas incompetentes -masculló Blaide entre dientes.
-Por suerte para nosotros -dijo Chaz.
-Hey, Midget, de todas formas, ¿dónde vamos? -preguntó Blaide.
-Hangar 10.
-No hay señales de persecución -le dijo mientras el esquife cruzaba la calle a gran velocidad pasando por delante de una hilera de almacenes oscuros-. ¿Qué pasó con Dodger?
-Nos está esperando.
-Te lo dije, ¿no es cierto, Chaz?
-Sí, tienes razón, Blaide -respondió Chaz, soltando un suspiro de alivio.
-Hangar 10 -repitió Blaide-. ¿Vamos a irnos a alguna parte?
-Con gusto os sacaré del planeta si creéis que no estáis a salvo en Kabaira -dijo Metallo.
-¿Tienes una nave?
-Sí. Es un viejo carguero Suwantek. Suelo transportar suministros, pero creo que puedo sacar de contrabando unos espías rebeldes sin ningún problema.
Blaide asintió.
-Bien -dijo en voz baja. Apuntó con su arma a Metallo-. Creo que eso es todo lo que necesito saber.
-¿Blaide?
-Lo siento, Chaz. Tal vez sea sólo un viejo loco. Pero tengo la intención de estar en el lado ganador cuando todo esté dicho y hecho. -Encogiéndose de hombros, apretó el gatillo del rifle bláster.
-¡No! -gritó Matt, saltando hacia Blaide mientras el fusil disparaba. Golpeado por la explosión, Matt se derrumbó cuando el esquife viró bruscamente en una curva. Chaz embistió con la cabeza a Blaide. Blaide lo empujó a un lado, tratando de recuperar el equilibrio. Se puso en pie. Con los ojos abiertos y una expresión de incredulidad en su rostro, se encontró mirando al cañón del bláster de Metallo. Ella disparó. Agarrando su vientre, Blaide jadeó en busca de un último aliento y cayó al suelo del esquife junto a Matt.
Metallo se arrodilló junto a Matt.
-No te me mueras, Matt. ¡No después de todas las molestias que me he tomado!
-Estoy bien, jefa. -Matt hizo una mueca, incorporándose lentamente a medida que el esquife tomaba otra curva del camino.
-¿Qué estabas tratando de hacer? ¿Conseguir que te maten?
-Sólo me ha rozado, jefa. No vas a deshacerte de mí tan fácilmente.
Metallo sonrió, apretando su brazo.
-Gracias, Matt -dijo mientras el esquife se detenía en el hangar 10.
Hunter salió de la nave saludando a sus amigos en la parte inferior de la rampa. Sonriendo, agarró a Chaz en un abrazo de oso.
-Pensé que te había perdido, hijo -dijo.
-Estoy bien, papá -susurró Chaz al oído de su padre, escuchando la brusca inhalación mientras el hombre más viejo hizo una mueca de dolor-: ¿Y tú?
-Bien. Todo está bien ahora.
Fuera del hangar, otro esquife dobló la esquina, derrapando con un chirrido.
-¡Tenemos compañía! -gritó Midget.
-Es hora de irse, amigos -dijo Metallo, subiendo a la nave por la rampa con Matt detrás de ella.
Hunter golpeó el cierre de la escotilla tan pronto como todo el mundo estuvo a bordo.
-¡Vamos, Tere! ¡Salgamos de aquí! -gritó hacia la cabina.
La nave se elevó lentamente del suelo de duracemento de la bahía de aterrizaje. Levantando polvo, dejó detrás una nube mientras una docena de soldados de asalto entraba precipitadamente en la bahía.
-Matt, ¿puedes ocuparte...?
-Sin problema, jefa. Trazando un curso directamente fuera de aquí -le dijo, tecleando febrilmente en la consola del copiloto-. Nos están llamando del espaciopuerto. Nos ordenan que volvamos atrás.
-Estoy recibiendo varias señales, Matt.
-¿Qué son? -preguntó Hunter, examinando los cielos mientras el Búsqueda Estelar abandonaba la atmósfera de Kabaira y se dirigía hacia la oscuridad llena de estrellas del espacio profundo.
-Tres Cazadores de Cabezas -respondió Matt-. Probablemente la patrulla espacial local.
Chaz se acercó a su padre en la cabina.
-¿He oído que decías Cazadores de Cabezas?
-Sí.
-¿Tienes una nave rápida, capitana? -preguntó Chaz.
-Es una muy buena nave, jovencito -respondió Metallo.
-Escudos activados -informó Matt-. Treinta segundos hasta que saltemos.
Metallo estudió los sensores de la nave. Los Z-95s les estaban ganando un poco de terreno.
-Es hora de un poco de pilotaje creativo, muchachos. Será mejor que os sujetéis bien -les dijo mientras el Búsqueda Estelar se ladeaba fuertemente a babor. Le guiñó un ojo a su co-piloto-. ¡Matt, recuérdame, cuando lleguemos a un puerto seguro, que tenemos que hacer algunas modificaciones al motor si vamos a seguir en esta línea de trabajo!
Matt sonrió.
-De acuerdo, jefa -dijo mientras la nave giraba a través de una serie de rizos. Varios disparos les golpearon la proa.
-¿Tiempo?
-Cinco segundos.
-Nos vamos -exclamó Metallo, activando la hipervelocidad.
Estrellas moteadas llenaron la pantalla de visión cuando el Búsqueda Estelar hizo su paso al hiperespacio. Matt miró cómo las estrellas se estiraban formando líneas estelares, maravillado ante la increíble belleza de todo eso. Y por primera vez en mucho más tiempo de lo que podía recordar, se sintió completo de nuevo. No estaba seguro de lo que le depararía el futuro, pero por ahora era un comienzo, un nuevo pasaje de su vida, con nuevos amigos, nuevas batallas... y nuevos enemigos.

martes, 30 de abril de 2013

Pasajes (II)


Cantina de Drayhar. Espaciopuerto de Eponte. Kabaira. Un mes más tarde...
Era como un millar de otras cantinas en un millar de otros mundos. Débilmente iluminada, llena de humo y ruidosa, estaba llena de clientes procedentes de más de dos docenas de sistemas. Algunos estaban sentados encorvados en los reservados de las esquinas realizando transacciones comerciales. Un puñado de amantes de la música estaba sentado cerca del escenario, hipnotizados por la apasionada interpretación de la banda de la conocida Balada del Confín de las Estrellas. La rica y profunda voz de bajo del vocalista se fundía en perfecta armonía con su trío de coristas de Wranag.
Matt se echó recostó en su asiento, tomándose su tiempo para saborear su copa de brandy zadariano y preguntándose cómo había llegado a mezclarse con la capitana Tere Metallo. Apenas le había dejado libre un momento en estas últimas semanas. Siempre ordenándole cosas... arregla esto, haz aquello... le recordaba a un sargento de instrucción que había conocido.
Haciendo una mueca para sus adentros, Matt tomó un largo sorbo de brandy. Algo le hizo mirar hacia la entrada de la cantina. Allí estaba ella, con las manos firmemente plantadas en las caderas, con una mueca que iba de oreja a oreja.
Matt cruzó los brazos sobre el pecho y la miró a los ojos mientras se acercaba a la mesa.
-La carga habrá finalizado en unas dos horas, Matt -dijo.
Él asintió con la cabeza, esperando su comentario sobre el vaso medio vacío en la mesa.
-El ajuste que has realizado en el respaldo de la hipervelocidad muestra unas lecturas del 100 por cien. ¡Has hecho un gran trabajo!
-Ah, gracias -respondió, sorprendido por su cumplido.
-Voy a entrar en una última partida de sabacc antes de irnos. ¿Quieres venir conmigo?
-No. Creo que voy a terminar mi copa y volver directo a la nave.
-Muy bien. Pero, ¿por qué no vienes y conoces a mis amigos? Un par de ellos son comerciantes independientes, como nosotros. Los otros son hombres de negocios de aquí. Y ya que vamos a hacer un montón de negocios en Eponte, se trata de personas que necesitas conocer.
-Claro –dijo-, si así lo crees.
-Lo creo.
Había cuatro seres sentados en la mesa de sabacc en la esquina trasera de la cantina. Uno de ellos, una mujer de mediana edad, estaba vestida con un mono azul de aspecto sedoso. Obviamente uno de los comerciantes independientes, saludó con la cabeza a Metallo y Matt  mientras estos se acercaban. Si la vida en las rutas espaciales la había endurecido, ciertamente no se reflejaba en su rostro de aspecto angelical. Estudió a Matt mientras el twi'lek a su derecha alisaba su ondulante túnica roja. Frunció el ceño, entrecerrando su único ojo sano. Los otros dos hombres estaban vestidos con sobrios trajes grises; los socios de negocios kabairanos de Metallo.
-¡Caballeros! -los saludó Metallo.
-Ya era hora de que aparecieras, Metallo. ¡Estábamos a punto de comenzar sin ti! -dijo el mayor de los kabairanos, pasándose la mano por el cabello moteado de canas.
-¡Hunter, ya sabes que no me iría de Eponte sin darte la oportunidad de recuperar todo lo que perdiste ayer por la noche!
-¿Quién es tu amigo? -preguntó la comerciante independiente.
-Matt Turhaya de Tatooine, te presento  mis amigos: Menise, de Dantooine -dijo señalando hacia la mujer-, Branak, de Ryloth, y dos de los lugareños, Treimar y Hunter.
-¿Turhaya? De Tatooine, ¿eh? -preguntó Menise-. ¿Por casualidad no serás pariente de los Turhayas del taller de deslizadores, no?
Matt suspiró. A años luz de distancia de Tatooine, ya se había corrido la voz de su gran pérdida ante Metallo.
-Es el taller de mi hermano -asintió con la cabeza con tristeza.
Menise rió tan fuerte que saltaron lágrimas de sus ojos.
-Entonces, Matt, ¿la historia que escuché la semana pasada en Mos Eisley es cierta?
-¿De qué estás hablando, Menise? -preguntó Treimar.
Menise se frotó los ojos para secárselos.
-Metallo ganó los servicios de Matt después de que él apostara el negocio de su hermano en una partida de sabacc. No sé, Tere -dijo, examinando a Matt de pies a cabeza-, ¿estás segura de que obtuviste la mejor parte del trato?
Metallo sonrió.
-Estoy segura de ello, amigos míos. Matt es un gran mecánico, y un buen copiloto. Él sabe más sobre naves que todos vosotros juntos.
-Muy bien -dijo Menise-. Debes de haber impresionado a tu jefa, Matt. No pretendía hacerte pasar un mal rato.
-Está bien –respondió él.
Hunter sonrió a Matt.
-Apuesto a que fue la mejor partida que jamás perdiste, hijo.
Matt asintió, mirando a Metallo con el rabillo del ojo.
-Sí, puede que tengas razón.
-Entonces, ¿vas a volver a Tatooine? -preguntó Menise.
-No en este viaje -dijo Matt.
-Bueno, Matt, creo que a estos caballeros -agitó la mano señalando con gracia el resto de la mesa- les gustaría tener la oportunidad de vaciar mis bolsillos.
-Sí -gruñó Branak -. Toma asiento, Metallo.
-¿Y tú, Matt? -preguntó Hunter.
-No, tengo algo de trabajo que hacer en el Búsqueda Estelar.
-Eso puede esperar, Matt -le dijo Metallo.
-No llevo ni un crédito encima -dijo.
-No pasa nada, tengo suficiente para los dos. Puedes devolvérmelo cuando volvamos a la nave.
Matt estudió el rostro de Metallo. No entendía ni una pizca a esa mujer riileb. ¿Qué quiso decir con devolvérselo? ¿Con qué? En sus paradas en los puertos le había dado sólo los créditos suficientes para tomar una copa o dos. Bueno, pensó, ya le debo una fortuna. ¿Qué son unos cuantos créditos más?
Dos horas más tarde, Metallo había recuperado casi todo lo que le había prestado. Enderezándose en su asiento, recorrió la mesa con la mirada.
-Bueno, amigos míos, nuestra nave nos espera. Me temo que voy a tener que tomar vuestros créditos e irme.
-¿Quieres decir que tendremos que esperar hasta tu próximo viaje para la revancha? -preguntó Hunter, sonriendo ampliamente.
-Mi querido y viejo amigo -dijo Metallo-, ¿cuántos años llevamos repitiendo esta escena? ¿Cuándo vas a aprender?
Hunter se echó a reír.
-¡Eh, espera un minuto, Metallo! ¡Creo recordar que fui yo, hace sólo seis meses, quien te desplumó! -Chasqueó los labios, con el sabor de la victoria aún fresco en su mente. Sonriendo significativamente a los demás que estaban sentados alrededor de la mesa, les dijo-: Es por eso que ha tardado tanto tiempo en volver a Kabaira.
La risa llenó el aire, y de repente Hunter palideció hasta un tono más blanco que los lobos de la nieve que vagaban por las laderas de las montañas de su planeta natal. Miraba fijamente hacia la puerta de la cantina. Matt miró brevemente, pero pronto volvió la cabeza, cubriéndose la cara con una mano. Su corazón se aceleró.
Metallo siguió la mirada de Hunter, viendo al teniente de la Armada Imperial y a los dos soldados de asalto que lo acompañaban.
-¿Qué crees que están buscando? -dijo con calma, recostándose en su asiento y descubriendo para su sorpresa que Hunter había desaparecido-. Qué extraño. -Frunció el ceño, examinando la habitación, pero sin ver señales de su viejo amigo.
-Malditos imperiales -dijo Treimar suavemente, tratando discretamente de mirar por encima del hombro de Metallo-. Nunca traman nada bueno.
Branak soltó una maldición, mostrando su acuerdo.
-Tranquilos -murmuró Menise.
-Sí -convino Metallo, recogiendo sus créditos de la mesa-. Vamos, Matt. Creo que nos iremos ya.
Caminando detrás de Metallo, Matt se dio cuenta de que el zumbido de las conversaciones de la cantina había llegado a un punto muerto. Todas las miradas estaban centradas en los visitantes imperiales. El escrutinio no parecía perturbarles ni una pizca, el teniente al mando caminaba con confianza de mesa en mesa examinando los rostros. Pasando junto a Metallo, la miró con más curiosidad que sospecha, ajeno al resto del mundo durante varios segundos... hasta que chocó con Matt.
-Lo siento -murmuró Matt.
El joven teniente miró a Matt, luego frunció el ceño, con una expresión muy peculiar en su rostro.
-¿Nos hemos visto antes? -preguntó.
-No, no lo creo -dijo Matt, sin molestarse en parar.
El teniente agarró el brazo de Matt.
-No, me resultas familiar. ¿Cómo te llamas?
Mirando más allá del oficial, Matt vio que Metallo se había detenido en seco, con sus antenas oscilando notablemente. La banda había dejado de tocar, y la habitación estaba inmóvil, a excepción de los dos soldados de asalto que parecían moverse a cámara lenta hacia el teniente. Su corazón latía con fuerza en sus oídos.
-Mi nombre es Jamie Estrellabrillante -dijo, preguntándose si alguien más podría oír el ligero temblor de su voz-. Debe de estar confundiéndome con otra persona.
El oficial ladeó la cabeza hacia un lado, entrecerrando los ojos mientras estudiaba a Matt bajo la escasa luz de la cantina. Elevando una ceja, finalmente negó con la cabeza y soltó a Matt de su agarre. Sin mirar atrás, Matt pasó junto a Metallo por la puerta para salir al aire fresco de primera hora de la noche.
La niebla cubría la ciudad, una niebla tan espesa como las sombras que acechaban a Matt. Caminando hacia la bahía donde estaba atracada la nave, no se atrevió a mirar a Metallo, y fijó su mirada en las antiguas calles revestidas de ladrillo de Eponte. Cerró el puño, dándose mentalmente puñetazos a sí mismo.
Metallo rompió finalmente el silencio.
-¿Sabes?- dijo ella-, si ese funcionario sabe algo de corelliano antiguo, acabará recordándolo...
-¿Eh? -preguntó Matt.
-El nombre que has usado... Estrellabrillante.
-Oh, sí -dijo, arrastrando sus botas sobre el pavimento-. Yo... no pude pensar lo suficientemente rápido.
-Bueno, con suerte nos habremos ido mucho antes de que lo descubra -dijo.
Matt asintió con la cabeza, temblando cuando una ligera brisa sopló desde las montañas del sur.
-¿Vas a decirme de dónde te conoce?
Matt la miró, con un nudo formándose en el fondo de su garganta. Todos los viejos recuerdos de Anii y Alex -sombras del ayer- se agitaron profundamente dentro de él.
-Sí, supongo que deberías saberlo –comenzó-. Yo estuve en la armada...
-¿Y te fuiste, digamos, en circunstancias que la armada podría encontrar inapropiadas?
-Deserté.
Metallo asintió.
-Va a ser imposible evitar al Imperio en algunos de los puertos en los que aterrizamos, Matt. Supongo que vas tendrás que permanecer fuera de la vista en esas ocasiones.
Matt la miró con los ojos muy abiertos.
-¿Quieres decir que me dejas que siga contigo?
-Bueno, por supuesto.
-¿Sin hacer preguntas?
-Sin preguntas...
De repente, disparos de bláster resonaron por las calles. Una explosión sacudió un edificio a dos manzanas al oeste.
-¡Vamos -gritó Metallo-, lleguemos a la nave y salgamos de aquí!
-¡Te sigo, jefa!
Recorriendo la última manzana que les separaba del hangar 10, se apresuraron a ponerse a salvo cuando otra explosión iluminó el horizonte de Eponte.
Metallo activó la apertura de la escotilla del Búsqueda Estelar.
-Esperemos que no hayan cerrado el espacio aéreo -dijo, aminorando la marcha para agacharse de modo que su cabeza no golpease la entrada mientras subía por la rampa hacia el carguero.
-Tal vez sólo sea un problema local -agregó Matt, respirando con dificultad.
-Una explosión tremendamente grande para tratarse de problemas locales -respondió ella, deslizando una mano por el panel para cerrar la escotilla detrás de ellos-. Anoche te perdiste los comentarios de Treimar sobre la actividad rebelde aquí. Han estado volviéndose más audaces en la ciudad. Puede que estén preparando algo.
-¿La Alianza Rebelde? -preguntó Matt, dos pasos por delante de ella, mientras se dirigía a la cabina.
Metallo asintió.
-Sí -dijo ella, que venía detrás de él, prácticamente saltando en el asiento del piloto-. Han estado robando suministros médicos de la Corporación Delgas, aquí en Eponte.
-¿Están locos? -exclamó Matt, mientras tecleaba la llamada al control del espaciopuerto-. ¡Todo el Imperio tiene que hacer es enviar un Destructor Estelar y arrasarlos a todos!
-Suena como si hubieras visto suceder eso antes.
-Sí -dijo, con voz llena de dolor-. He visto demasiado.- Se preguntó si alguna vez sería capaz de contar a Metallo toda la verdad sobre su pasado. Frustrado, golpeó el panel de comunicaciones-. El espaciopuerto nos está denegando la autorización, jefe.
-No es una gran sorpresa -respondió Metallo-. Supongo que estamos atrapados...
Un fuerte estruendo resonó por toda la nave.
-¡¿Qué krazsch es eso?! -gritó Metallo, saltando de su asiento hacia la escotilla de la nave. Sacando su bláster, pulsó la apertura de la escotilla y descendió con cautela por la rampa.
El fuego de bláster sonó mucho más cerca. Un transporte armado pasó disparado más allá de la bahía de atraque, deteniéndose con un chirrido a menos de una manzana de distancia. Examinando rápidamente el hangar, Metallo vio la figura tumbada debajo de su nave.
-Tere, por favor...
-¿Hunter? Santo cielo, hombre, ¿qué ha pasado?
-¡Ayúdame! –suplicó-. Por favor...
-Vamos, Hunt, deja que te meta en la nave.
-No, no... en tu nave no -dijo con voz entrecortada.
Matt se acercó por detrás de ellos, reconociendo al viejo amigo de Metallo.
-¿Qué dem...?
-Matt –exclamó Metallo-, échame una mano.
-De acuerdo, jefa.
Juntos ayudaron a Hunter a subir por la rampa al Búsqueda Estelar.
-Matt, yo lo sujeto -dijo Metallo, llevando a Hunter hacia la bodega de popa-. Trae el botiquín.
-Tere, no deberías estar haciendo esto...
Hunter hizo una mueca cuando el dolor le atravesó el hombro.
-Tranquilo, viejo amigo. Sólo dime, ¿qué está pasando?
-Los imperiales descubrieron que estaba trabajando para la Alianza -le dijo mientras Matt se apresuró a regresar con el equipo médico.
-¿Tú? ¿Un espía rebelde? -preguntó, más sorprendida que alterada por su anuncio.
Hunter asintió débilmente.
Matt miró ansiosamente hacia Metallo. ¿Cómo podía estar tan tranquila? Toda su carrera como comerciante independiente podría estar en juego. Matt odiaba al Imperio, y sabía que a Metallo los imperiales tampoco le caían muy bien. Pero verse implicado con los rebeldes no era algo que le hubiera pasado por la cabeza. Por supuesto, los últimos años había estado demasiado borracho para pensar siquiera en ello. Pero, ¿qué haría ella?
Cerca de la escotilla de carga, Metallo tecleó una secuencia especial de números en el panel de acceso. Una de las placas de la cubierta se abrió, revelando una cámara de almacenamiento oculta.
-Matt, trátale la herida -dijo mientras bajaban suavemente a Hunter a la pequeña habitación.
Matt apartó la ropa quemada de la carne. Hunter casi se desmayó por el dolor.
-Está en mal estado, jefa -dijo Matt, aplicando ungüento a la quemadura de bláster en el hombro de Hunter-. Un tanque de bacta no le vendría mal.
-No, estaré bien. -Hunter hizo una mueca-. Los otros...
-¿Qué otros?
-Tengo que ayudar a... –tosió- mis amigos...
-No vas a ir a ninguna parte, Hunt -le dijo Metallo-. Ahora sólo túmbate aquí y descansa.
Un golpeteo metálico sonó en el casco de la nave.
-¡Ahí arriba, abran! -gritó una voz autoritaria.
-Más compañía -dijo con desdén Metallo, poniendo los ojos en blanco.
-Lo siento, Tere -dijo Hunter-. No fue mi intención... causarte problemas.
Ella se encogió de hombros.
-Hey, ¿para qué están los amigos? -Sonriendo, le apuntó con un dedo-. Quédate quieto hasta que yo vuelva. Vamos, Matt.
Hunter tomó la mano de Metallo, apretando con fuerza.
-Gracias.
Sellando la placa de la cubierta para cerrar la cámara de almacenamiento oculta, Metallo lanzó una mirada de soslayo a Matt.
-Nunca imaginaste que este viaje sería tan emocionante, ¿verdad? ¿Sabes, Matt? No quiero arrastrarte a esto -dijo, girándose para abrir la marcha por el pasillo-. Pero Hunter y sus amigos podrían necesitar nuestra ayuda. Nos convertiría en fugitivos...
Matt tomó aire profundamente, y lo soltó.
-Está bien, jefa. Te dije que estuve en la armada. Vi cosas que hizo el Imperio... cosas que nunca podría aprobar. -Se detuvo junto a la puerta, cerrando los ojos un instante para dejar fuera los viejos dolores-. Supongo que pensé que no había ninguna manera de luchar contra algo tan grande -dijo en voz baja-. Tal vez estaba equivocado.
Metallo puso su mano sobre el hombro de Matt.
-¿Vamos a ver quién está llamando a nuestra puerta? -preguntó ella.
En cuanto abrió la escotilla, Metallo vislumbró una armadura blanca.
-Soldados de asalto -dijo en voz baja.
Sin pensarlo, Matt la siguió por la rampa de la nave.
-¿Hay algún problema? -preguntó Metallo, acercándose a un soldado, y fijándose en un segundo colocado cerca de la escotilla de carga de popa del Búsqueda Estelar.
-Tenemos orden de registrar todas las naves de la zona -le dijo el soldado de asalto.
-¿Qué está pasando? Llevo carga legítima para un general imperial en Ord Traga -le dijo.
-Se ha visto a espías rebeldes dirigiéndose en esta dirección -dijo otra voz familiar, saliendo de detrás del soldado de asalto-. Así que no le importará mostrarnos su manifiesto y sus órdenes de suministro.
Metallo ocultó su ceño fruncido, reconociendo al teniente Imperial de la cantina.
-No, por supuesto que no, teniente -dijo ella.
-Sí –continuó él, avanzando con confianza hasta quedar frente a Metallo-, el Imperio no ve con ligereza la traición.
-¿Traición? -preguntó ella-. ¿De qué está hablando?
Apartando a Metallo a un lado, el teniente se acercó a Matt. Alargó la mano, levantando la barbilla gacha de Matt. Asintió con la cabeza, seguro de sí mismo.
-Ciertamente, Matt -dijo, sacudiendo la cabeza-, casi me convences de que no eras mi antiguo compañero de clase de la Academia.
Matt miró hacia Metallo.
-Sí, siempre me había preguntado qué pasó con el número uno de nuestra promoción -continuó el teniente. Su voz apestaba a sarcasmo-. Cuando me enteré de que habías desertado, quedé bastante sorprendido. Después de todo, siempre esperábamos que algún día fueses capitán de tu propia nave.
El rostro de Matt enrojeció. Cerró el puño y lanzó un golpe al oficial. No vio la culata del rifle bláster del soldado de asalto descendiendo sobre su cabeza.
-Registren esta nave -ordenó el teniente a sus subordinados.
-Sí, señor.
-Luego lleven al desertor al centro de detención en el cuartel imperial -ordenó. Se volvió y se enfrentó a Metallo-. No tiene ningún problema con eso, supongo -dijo con aire de suficiencia.
-No -contestó ella, sabiendo que no había nada que pudiera hacer para ayudar a Matt... al menos por el momento.
-Preséntese en el cuartel del sector por la mañana, capitana -dijo el teniente-. Puede que sea capaz de convencerles de que no tenía conocimiento del crimen de su tripulante. Tal vez entonces se le permita abandonar Kabaira.
Metallo asintió mientras los dos soldados de asalto salían de la nave.
-No hay nadie más a bordo, teniente -informó uno de los soldados de asalto.
-Que pase una buena noche, capitana -dijo el teniente-. En marcha, soldados.
Metallo frunció los labios y vio cómo se llevaban a rastras el cuerpo inconsciente de Matt. Fuera del hangar, no había movimiento de transportes, ni fuego de bláster. Las calles de Eponte habían quedado mortalmente silenciosas.

***

-¿Te sientes mejor? -preguntó Metallo cuando Hunter se despertó.
Gimiendo, trató de sonreír.
-Si estuviera muerto no podría sentirme mucho peor -dijo, haciendo girar su hombro para aliviar la tensión que se le había creado-. ¿Qué ha pasado? ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
-Dos horas. He sabido que media docena de tus amigos han sido asesinados. Otros dos están en el centro de detención -le dijo.
Hunter apartó la mirada, enterrando su rostro en las manos.
-Seis muertos -repitió en voz baja-. Alguien avisó a los imperiales. Sabían exactamente donde se reunía mi gente.
-¿Por eso saliste apresuradamente de la cantina?
Él asintió con la cabeza.
-Pero lo que no sabían era que yo iba a llegar tarde.
-Debido a que estabas jugando al sabacc conmigo.
-Sí –dijo-. Si hubiera llegado a tiempo, no creo que estuviera aquí ahora.
-Ha pasado mucho tiempo desde que las cosas pintaban tan mal. -Metallo hizo una mueca-. Tengo un espía rebelde herido escondido debajo de las planchas de la cubierta de mi nave. Y mi copiloto ha sido arrestado.
Una mirada de asombro frunció la frente de Hunter.
-¿Han arrestado a Matt?
-¿Puedes creerlo? Entre millones de planetas con tropas imperiales, terminamos en un puerto donde un oficial lo ha reconocido.
-¿Por qué lo buscaban?
-Es un desertor -dijo.
-¿Desde cuándo te asocias con delincuentes buscados, Tere?
-No sabía que Matt había estado en la armada hasta hace un par de horas. Hablando de criminales... ¿desde cuándo te asocias con la Alianza Rebelde?
Él sonrió.
-Hace ya casi tres años. Hemos estado haciendo pequeñas cosas aquí en Kabaira. Ya escuchaste a Treimar.
-No es uno de los vuestros, espero...
-No, no. Habla demasiado. -Hunter se echó a reír, haciendo una mueca cuando otra punzada de dolor recorrió su brazo.
-De modo que robando suministros médicos...
-Y armas -añadió Hunter-. Los productos médicos han sido enviados a la flota rebelde fuera del planeta. Ellos necesitan desesperadamente nuestra ayuda.
-¿Y las armas?
-Las estamos almacenando aquí para utilizarlas contra el Imperio.
-¿Crees que alguien de vuestra organización es un traidor?
-Ciertamente parece que es así -asintió con la cabeza.
Cuidadosamente, Metallo pasó el dedo por la cicatriz de su mejilla.
-¿Alguna idea?
Hunter alzó las cejas con aire inquisitivo.
-¿Una fuga de la cárcel? ¿No tienes ya suficientes problemas? -le preguntó.
-No voy a dejar que Matt se pudra en una celda imperial. Tú también tienes amigos encerrados -le dijo Metallo-. Tal vez podamos hacer que tu informante se descubra en el proceso.
Hunter la miró.
-Sabía que había una razón por la que vine a ti en busca de ayuda.
-Mira –insistió, yo sólo estoy haciendo esto para conseguir que Matt...
-Claro -asintió él con la cabeza-. ¡Y un ojo de rancor! -Poniéndose serio, dijo-: Sabes que es posible que no salga bien...
-Lo sé, lo sé –dijo-. Venga, vamos. Vamos a necesitar más ayuda para esta operación. Y apuesto a que tu gente conoce ese edificio del cuartel general mejor que la palma de sus manos.
-Sí –confirmó Hunter, levantando su brazo para que Metallo pudiera ayudarle a subir.
Sonriendo, ella agitó la cabeza.
-Esto es realmente hermoso, Hunter. Menuda pareja formamos... Una mujer de Riileb bastante llamativa, acarreando a un hombre con una herida de bláster. ¿Crees que alguien se fijará?
-Esto ha sido idea tuya, ¿recuerdas?
-Correcto -asintió con la cabeza, ayudándolo a ponerse de pie-. Vamos.

lunes, 29 de abril de 2013

Pasajes (I)

Pasajes
Charlene Newcomb

Voces distantes asomaron los bordes de su subconsciente; voces monótonas que hablaban suavemente en un lenguaje que había oído antes, pero que nunca se había molestado en aprender. Esforzándose para levantar la cabeza de la mesa, Matt Turhaya se frotó los ojos vidriosos por haber bebido una o varias cervezas de más. Le dolía la cabeza.
Flotaba música a través de la sala, los golpes rítmicos de las notas graves de un TecladoBase acentuando voces que crecían en intensidad a medida que Matt regresaba de su estado semi-consciente. Centrándose en su entorno, finalmente recordó dónde estaba. La cantina.
A mitad de camino a través del recinto del bar, estaba en marcha una fuerte discusión. Matt reconoció al wookiee. Pero nunca antes había visto en la cantina al adversario del enorme alienígena. Pensándolo mejor, no recordaba haber visto nunca a nadie como ella. Su cabeza estaba completamente calva a excepción de una larga trenza plateada de que le colgaba hasta muy por debajo de su cintura. Ella había entrelazado en su interior un lazo negro y sedoso, lo que añadía un aire de elegancia a su apariencia, una apariencia que tal vez sólo los machos de su especie podrían encontrar atractiva.
Hablando en la lengua materna del wook, lo miró fijamente con unos ojos que se cruzaron con los de él; sólo medía aproximadamente un centímetro menos que él. Con dedos largos y delgados, golpeaba rápidamente en pecho peludo del wookiee como una andanada de fuego de artillería. O era estúpida, o muy valiente, decidió Matt mientras se pasaba una mano por su rostro desaliñado.
Matt se dio cuenta de que los demás clientes de la cantina habían dejado un amplio espacio a su alrededor. Ella posó suavemente su mano en el DL-44 enfundado en su cintura. Giró la cabeza ligeramente hacia el camarero. La luz iluminó su piel de color gris pastoso y, por primera vez, Matt pudo ver la cicatriz dentada que cruzaba su cara justo debajo de su ojo derecho.
El wookiee ladró a la hembra. Ella gruñó una respuesta airada, luego miró a su alrededor en la habitación. Sus ojos rosados se cruzaron con los de Matt. Ella dejó de fruncir el ceño y las dos antenas con forma de estambre encima de su cabeza temblaron. Matt le sostuvo la mirada. Todo en la habitación parecía haberse detenido, congelado en el tiempo y el espacio. Ella tenía los ojos llenos de dolor –su mismo dolor-, no la mirada de lástima o repugnancia que había recibido de otros seres cientos de veces. Algo parecía unirlos, como si fueran una sola mente. Y de alguna manera, a pesar de que ni siquiera se conocían entre sí, sabía que ella lo entendía mejor de lo que nadie lo haría jamás.
Ella se giró para enfrentarse al wookiee, ladrando otra réplica. Los ojos azules del wookiee se abrieron como platos, y luego rió a carcajadas. Ella sonrió, dándole palmadas en la espalda. Todo el mundo que estaba atento a la situación se relajó visiblemente.
Matt la miró durante unos segundos más, incapaz de apartar sus ojos de ella. Temblando, respiró hondo y tomó el vaso que estaba sobre la mesa. Vacío. Lo observó, haciendo girar el recipiente en su mano y mirando cómo la luz se reflejaba en un prisma de colores, preguntándose si alguna vez podría volver a maravillarse de esos pequeños milagros. Preguntándose si alguna vez podría volver a preocuparse por nada o por nadie. Durante un instante o dos, quedó perdido en otro tiempo, en otro lugar, cuando de repente una voz familiar resonó en toda la habitación. Colocando el vaso sobre la mesa, Matt se sujetó la cabeza entre las manos.
-Muy bien. ¿Dónde está? -Incluso con la banda tocando de fondo, la melódica voz de barítono de Jamie Turhaya sobresalía por encima del zumbido constante de las conversaciones en la cantina-. ¿Dónde está mi hermano? -preguntó.
El hombre de cabello rubio y piel bronceada resultaba una figura hermosa en comparación con la mayoría de los clientes habituales de la cantina. La fuerte línea de la mandíbula y los pómulos altos hacían destacar su rostro. Era más alto que su hermano menor, su cuerpo más musculoso. Jamie vio a Matt, y luego se abrió camino a través de media docena de mesas.
-Vamos, Mattie –dijo-. Es hora de volver a casa. Mañana va a ser un largo día en el taller. Necesitas una buena noche de descanso para ser capaz de ayudar.
Gruñendo, Matt pasó el brazo por los hombros de Jamie y voluntariamente dejó que su hermano mayor le arrastra a casa. Trató de no escuchar las palabras que ya había oído antes.
-Sabes, Matt, has estado aquí durante seis meses. No puedes seguir haciéndote esto -dijo Jamie, con un tono que no pretendía ser condescendiente.
Matt sabía que Jamie le quería mucho. Había lidiado con la embriaguez de Matt, lo había cuidado en su melancolía, y se había negado a darlo por imposible sin importar lo que dijeran los demás.
-Sé que has pasado por muchas cosas -continuó Jamie-, al perder a Anii y a Alex con un año de diferencia... es una carga terrible. Pero, Matt, tienes que seguir adelante con tu vida...

***

Escombros. Hasta donde le alcanzaba la vista. Ni una sola casa se alzaba en lo que antes habían sido las ondulantes colinas verdes de Janara III. Una neblina marrón cubría las ruinas. El humo se elevaba hacia el cielo oscuro.
Matt cayó de rodillas entre las ruinas de la casa de su familia. Repasó los pedazos rotos de su vida... plastiacero de la mesa, un trozo de cerámica de un precioso florero, platos rotos. Su emoción creció cuando descubrió parte de un holomarco de mármol que su esposa había regalado a sus padres. Con las dos manos, excavó en el polvo y encontró -quemado, medio destrozado, con los bordes curvados- un holo de Anii con Alex. Era el único pedazo de su esposa y su hija pequeña que le quedaba.
Temblando, miró hacia arriba, manteniendo el holo cerca del pecho. Una figura lejana en el horizonte llamó su atención... una sombra fantasmal que vigilaba la tierra... la armadura blanca de un soldado de asalto imperial. El Imperio al que una vez sirvió había sido el responsable de esta destrucción.
Las lágrimas corrían por su rostro.
-¡No! -gritó. Un viento frío e implacable gimió, llevando su voz a través del paisaje lleno de cicatrices.
Acurrucándose en el suelo en posición fetal, Matt agarró con fuerza el holo mientras el sol se despedía de la ciudad de Sreina...
Asomando su ardiente cabeza naranja en el horizonte, uno de los soles gemelos anunció otro día cálido y seco en Tatooine. La luz del sol se filtraba por una grieta en las cortinas parcialmente cerradas. A medida que el sol se alzaba más en el cielo, un torrente de luz cayó en el sofá, sobre la cara de Matt. Despertando de repente, sorprendido por el resplandor en sus ojos, se sentó abruptamente mientras la pesadilla huía de sus sentidos.
Jamie roncaba ruidosamente en la parte trasera de la casa. Matt volvió a derrumbarse en el sofá donde había dormido la mona de la mayor parte de los efectos de su visita a la cantina. La cabeza ya no le dolía, pero se sentía aturdido, emocionalmente agotado. Durante un largo rato, simplemente se quedó allí escuchando el monótono zumbido del generador del climatizador. Finalmente se levantó, se vistió en silencio, y luego se deslizó a las calles de Mos Eisley.
Atajando por un callejón oscuro al otro lado de la calle de la tienda de su hermano, Matt pasó por la tienda de recuerdos de Heff, aún oscura. Para ser una ciudad que rara vez dormía, Mos Eisley parecía inusualmente tranquila esa mañana. Incluso el predicador de la esquina de la calle aún no había tomado posesión de su puesto.
Dentro de la entrada de la cantina, Matt dejó que sus ojos recorrieran lentamente la habitación.
-¿Tan pronto de vuelta, Matt? -le saludó desde la barra Jaresh, uno de los habituales.
Matt saludó con la cabeza al hombre viejo y malhumorado y bajó lentamente las escaleras para reunirse con él y tomar una copa. Pero algo en el otro extremo de la habitación le llamó la atención. La hembra humanoide estaba allí, inmersa en un juego de sabacc, golpeando suavemente con los dedos sobre la mesa.
Su mirada recorría la mesa de sabacc, con sus antenas temblando casi imperceptiblemente. El twi’lek Cha'ba, un "hombre de negocios", como se refería a sí mismo, jugueteaba con sus créditos. Pira Bland, un camello de especia chandrilano, levantó su jarra y tomó un trago de cerveza. Y el contrabandista corelliano a la derecha de la mujer se recostaba casualmente en su silla, agarrándose las manos detrás de la cabeza. Cuando Matt se acercó, le saludó con una inclinación de cabeza.
-Apuestas –dijo el crupier.
-Voy con 20 -dijo la mujer alienígena, lanzando sus créditos al bote.
-Veinte. Y 20 más -respondió Bland.
Cha'ba negó con la cabeza.
-Do chonda -dijo, poniendo sus cartas boca abajo sobre la mesa.
El corelliano se enderezó en su asiento, recogiendo las cartas de la mesa para estudiarlas. Pasó la mirada de Bland a la mujer humanoide. Mostrándole una sonrisa, le dijo:
-Muy bien, Metallo, quiero ver lo que tienes. Ahí van mis créditos.
Los valores de las cartas se materializaron cuando el crupier activó el aleatorizador. Bland puso los ojos en blanco. El corelliano sacudió la cabeza cuando Metallo puso boca arriba su mano ganadora y cogió el bote de sabacc.
-No sé cómo lo haces, Metallo -murmuró, lanzando sus cartas sobre la mesa-. ¿Todos los riilebs tenéis este talento natural para los juegos de azar?
Ella mostró una sonrisa socarrona.
-No tenemos juegos como este en Riileb –respondió-. Mi antiguo maestro me enseñó a jugar.
-¿Es así como conseguiste la cicatriz en la cara? -bromeó.
Matt vio la breve ola de dolor que atravesó el rostro de Metallo. El corelliano también la vio, y su sonrisa desapareció.
Metallo recorrió lentamente con su dedo la cicatriz de tres centímetros de largo. En voz baja, casi en un susurro, habló mientras miraba los rostros sentados frente a ella en la mesa.
-Esto lo hizo el Imperio -dijo. Había un dejo de amargura en su voz. Sus ojos se posaron en Matt y por un breve momento pareció atravesarlo con la mirada-. Sé que no soy la única que ha sentido su ira.
Todas las cabezas asintieron lentamente al unísono. Sólo el sonido de unos pies arrastrándose a través del viejo suelo de la cantina interrumpió sus pensamientos. Un wookiee se acercó a la mesa y le gruñó al corelliano.
-¿La nave ya está cargada? -preguntó.
El wookiee gritó una respuesta alterada.
-Muy bien, de acuerdo, estaré allí en un minuto. -El corelliano se levantó lentamente, mostrando a Metallo una sonrisa fanfarrona-. Bueno, Metallo, ¿qué puedo decir? ¡Este juego es demasiado para mí!
-¡Qué bien que te vayas ahora, viejo pirata! -se echó a reír ella de buena gana-. ¡Antes de que me quede con todos tus créditos!
-Sí, claro -dijo, dando la vuelta para irse.
-Cielos despejados, amigo mío –le dijo Metallo. Sus ojos rosas volvieron hacia el resto de jugadores-. Bueno, ¿qué tal otra ronda?
Matt se aclaró la garganta.
-¿Hay lugar para uno más? -preguntó.
Bland se rió entre dientes, señalando a Matt el asiento que acababa de dejar vacante el corelliano.
-Metallo acepta los créditos de cualquiera... ¡incluso los tuyos, Turhaya!
Metallo miró a Matt de nuevo.
-¿Otro corelliano? -preguntó ella.
Matt se sorprendió.
-¿Cómo lo sabes?
-Tu nombre... Turhaya... Es corelliano antiguo. Si no recuerdo mal, se traduce como "estrella brillante", ¿no es así?
Matt sonrió.
-Mi padre solía decir que significaba que la familia Turhaya estaba destinada a eclipsar a todas las demás. -Su rostro se agrió de repente. Su vida en estos últimos tres años había sido de todo menos brillante. Una prometedora carrera en la Armada Imperial había sido destrozada por la muerte de su esposa. Luego, menos de un año después, su hija había muerto durante una redada contra presuntos rebeldes en Janara III. Matt se pasó la mano por la frente-. ¿Puedo tomar un trago? –preguntó hacia el bar.
-Sí –exclamó Metallo-, tráenos un poco de té.
Matt frunció el ceño.
Metallo le miró frunciendo el ceño a su vez, con sus ojos fijos de nuevo en los de él.
-No aceptaré créditos de nadie que esté jugando borracho, Sr. Turhaya.
Una sonrisa asomó en la comisura de los labios de Matt.
-De acuerdo -dijo, mientras una amplia sonrisa se dibujaba en la cara de Metallo.

***

-¡¿Qué has hecho qué?! -gritó Jamie Turhaya, apartando la visera protectora de su cara.
Matt se encogió. Se alegró de que el chasis de un XP-38 mantuviera a Jamie a más de un brazo de distancia. Nunca había visto tanta ira en el rostro de su hermano.
-Aposté el taller de deslizadores en un juego de sabacc -repitió en voz baja.
-¡Matt, no tenías derecho! ¡Es mi taller! ¡No posees ni un crédito de él! -Jamie sacudió la cabeza con disgusto-. Santo cielo, Mattie, ¿en qué estabas pensando? Pensé que si te daba un trabajo... Oh, no importa. ¡Sólo vete de aquí!
-Lo siento, Jamie -dijo Matt.
-Que lo sientas no me devolverá el taller, Matt...
Metallo, demasiado curiosa para esperar en la bien cuidada oficina del taller, se situó en la entrada del garaje de Taller de Reparaciones de Deslizadores de Turhaya.
-Disculpen -interrumpió.
-Capitana Metallo -dijo Matt, volviéndose hacia ella. Era obvio por su expresión que había oído la mayor parte de la conversación-. Le estaba explicando...
Metallo levantó la mano para silenciar a Matt
-¿Usted es el hermano de Matt? -le preguntó a un asombrado Jamie.
-Sí –respondió-. Soy el dueño de este taller.
-Eso he oído, señor Turhaya.
Metallo miró a Matt.
-Escuche, capitana...
-¿Y Matt no es su socio en este negocio?
-Así es, capitana -dijo Jamie-. Matt trabaja para mí, eso es todo.
-Por lo tanto, Matt -Metallo frunció el ceño-, todavía me debes 150.000 créditos.
-¡150.000! -gritó Jamie-. Matt, ¿estás loco? ¿Estabas tan borracho...?
-Sr. Turhaya, por favor -dijo con calma Metallo-. Matt no estaba borracho. Está bastante sobrio, como se puede ver. Ahora, dígame, ¿su hermano es un buen mecánico?
Jamie asintió.
-Cuando se concentra en ello, es el mejor.
Metallo estudió a Matt.
-¿Sabes algo de naves espaciales, Matt?
-Es bueno con las naves -intervino Jamie antes de que Matt pudiera responder.
-Mi carguero necesita algunas reparaciones, aunque no por valor de 150.000 créditos... y llevo un tiempo buscando un co-piloto.
-¿Co-piloto? -preguntó Matt con cautela.
-Puede trabajar para pagar lo que le debe -añadió Jamie.
Metallo pasó la mirada de Matt a Jamie, y luego de nuevo a Matt.
-El Búsqueda Estelar está en la bahía de atraque 87. Nos vemos allí en dos horas -le dijo mientras se giraba para irse.
-Allí estará, capitana –le dijo Jamie.
Matt puso mala cara, mirando ceñudo a Jamie.
-Tal vez esto sea algo bueno, Mattie -le dijo Jamie a su hermano menor.
-No lo sé, Jamie.
-Tengo un presentimiento sobre ella. Me gusta. -Jamie sonrió, luego se puso serio-. ¿Sabes? Esto podría ser un nuevo comienzo para ti, Matt. Trabajar en las rutas espaciales... siempre te han gustado ese tipo de cosas. Sólo trata de permanecer sobrio...
-Sin lecciones, por favor –dijo Matt haciendo una mueca.
-Matt, lo siento mucho. -Hizo una pausa, tratando de encontrar las palabras adecuadas, mientras posaba una mano sobre el hombro de su hermano-. No he sabido ayudarte a superar tu pasado.
Una niebla nubló los ojos de Matt. Dándose la vuelta, apartó con la mano las lágrimas que amenazaban con empañar su visión.
-No es tu culpa, Jamie. Es algo con lo que tendré que vivir siempre.
-Recordarlas es una cosa, Matt, pero puedes aferrarte a ellas para siempre -dijo Jamie, tragándose el nudo en su garganta-. Tienes que aprender a dejarlas ir.
-Es muy duro -dijo Matt, mirando hacia atrás en dirección a su hermano, sin avergonzarse ya de que Jamie viera las lágrimas que corrían por sus mejillas-. Nunca has estado enamorado, ¿verdad, Jamie?
-No, no lo he estado, Matt –admitió-. Pero sé lo que Anii significaba para ti...
-¿De verdad? –El rostro de Matt estaba atormentado por el dolor, sus ojos ardían con una pasión, una rabia que se había vuelto demasiado familiar para Jamie.
-Tal vez no, Matt. Pero, ¿no lo ves? Te están dando otra oportunidad -dijo Jamie, con sus propios ojos también llenos de lágrimas-. Todo lo que estoy diciendo es que no dejes que las sombras de ayer nublen tus mañanas.
Matt asintió, aunque en realidad no creía que tuviera la fuerza -o el valor- de dejar ir esos viejos recuerdos.
-Eres un buen hombre, Matt Turhaya -Jamie lo abrazó con fuerza-. Puedes hacer que esto funcione -agregó en voz baja-. Sé que puedes hacerlo.