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viernes, 6 de mayo de 2016

Quemaduras


Quemaduras
Delilah S. Dawson

En el instante en que Greer Sonnel terminó de tomar su bebida, supo que algo iba mal. Normalmente, saboreaba la ráfaga abrasadora mientras descendía quemando su garganta, golpeando su estómago como una bomba, y prácticamente haciéndole sacar humo por la nariz. Para cualquier piloto de Pamarthe, no había mejor augurio de triunfo que una copa de Puerto Tormentoso vacía. Pero esta vez, el calor se le subió a la cabeza y aterrizó detrás de sus ojos como un tornado, revolviendo sus pensamientos y dejándola mareada mientras su copa vacía golpeaba la barra.
Otra vez no, pensó. Hoy no.
Rodeada por docenas de pilotos que estarían encantados de bajarle los humos, la sonrisa de sus labios no flaqueó. No mostraría debilidad. Ni ahora, ni nunca.
Cuando las otras tres copas de arcilla golpearon la tosca madera, Greer alzó su copa vacía.
-Por el Pasillo. Si no soy yo quien gana, espero que sea alguno de vosotros, choobies.
-¡Por nosotros, los pilotos de Pamarthe! –exclamó Torret, chocando su copa con la de ella.
-Por la sangrienta piedra de Corellia. ¡Que nunca la saboreemos! –bramó Bors.
-¡Por los perdedores! –coreó Vee-. Es decir, todos menos nosotros.
Sus tres colegas pamarthenos eran competidores con talento, y Greer podía decir con toda honestidad que deseaba que ninguno de ellos muriera hoy. El Pasillo era una carrera misteriosa y peligrosa, patrocinada por el mismísimo Han Solo, y todo el mundo sabía que era la cantera de donde se elegían los jóvenes pilotos de élite para formar parte de los equipos de los Cinco Sables. Ese había sido el sueño de Greer, desde que sus padres le habían contado sus historias como pilotos para los rebeldes: correr en los Cinco Sables y hacer que estuvieran orgullosos de ella. Sin ninguna guerra que luchar, los feroces e inquietos hijos de Pamarthe tenían que ser los mejores en algo, y ese algo bien podría ser el que tenía el mayor botín y el mayor reconocimiento.
Más y más parroquianos del bar se dieron cuenta de la hora que era y se apresuraron a salir de la sala hasta que sólo quedó la mesa de Greer. Habían comprobado sus naves hasta la mínima molécula; ¿de qué serviría preocuparse? Ese no era su estilo. Nadie se levantó hasta que sonó el gong de aviso, indicándoles que les quedaban diez minutos. Incluso entonces, Greer y sus amigos caminaron tranquilamente hacia el hangar. Puede que algún día corrieran hacia sus naves... si alguna vez había alguna guerra en la que mereciera la pena luchar.
En la puerta abierta, se separaron para buscar sus cazas estelares. Los puntos de atraque en el hangar abovedado habían sido asignados por lotería, y las naves estaban siendo remolcadas a sus puestos mientras los pilotos esperaban. Era una disposición extraña: Cincuenta naves en círculo, con los morros apuntando hacia dentro como los radios de una rueda. Greer encontró su nave en el extremo opuesto y no dejó de caminar cuando un joven piloto al que no conocía dejó caer una llave inglesa cuando ella pasó a su lado. Con el bamboleo natural de sus caderas en su ceñido mono de vuelo y su cabello negro como la tinta recogido en un moño, Greer estaba acostumbrada a ello. Daba más importancia a la habilidad que a la belleza, y prefería las miradas que lanzaban a su cámara trasera después de dejar atrás sus naves en el polvo estelar.
Un silbido grosero atrajo su atención... y condujo su mano a su cuchillo. Se volvió lentamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y lanzó a su piropeador una mirada asesina que aún se volvió más gélida cuando le reconoció. Con un bufido desdeñoso, siguió caminando.
-No puedes ignorarme eternamente –le dijo Karsted desde un brillante caza TIE negro.
-Puedo intentarlo –murmuró ella.
¿Y quién sabe? Tal vez su despiadado, narcisista y tramposo exnovio se estrellara con su ostentosa nave y estallara en mil pedazos. Eso sería casi tan satisfactorio como matarlo ella misma.
Caminó dejando atrás dos naves más y se detuvo ante su obsesión más reciente: El Quebrantahuesos.
El Pasillo difundía cada año las especificaciones requeridas para las naves participantes, y Greer había pulido lo que quedaba de sus ahorros en lo que sólo parecía un pedazo de chatarra. La nave había comenzado como un ala-A repleto de cicatrices de su época de lucha contra el Imperio, y a pesar de las numerosas modificaciones de Greer, el Huesos aún lucía sus marcas de quemaduras como si fueran pinturas de guerra. Greer trepó al interior, se puso el casco, y echó un vistazo al hangar a su alrededor, tratando de adivinar en qué consistiría la carrera.
Esa era la característica del Pasillo: Cada año, cambiaba. El año anterior, había consistido en esquivar géiseres sobre el tormentoso océano de Cato Neimoidia. El año anterior a ese, los contendientes se habían enfrentado a un recorrido por una ciudad abandonada medio enterrada por los escombros de un terremoto y repleta de lagartos gigantes. A los pilotos no se les daban más pistas que las especificaciones para sus naves y, en la línea de salida, un mapa del recorrido. Después de que sonara el último timbre de advertencia, una voz mecanizada habló por el casco de Greer.
-Bienvenidos al Pasillo. El recorrido de este año se llama El Ojo Maligno. Sus mapas se cargarán simultáneamente al comenzar la carrera. Hay diez Ojos, y sus puntuaciones dependerán de cuántos Ojos consigan atravesar, ponderado con su tiempo total. Cuando termine la cuenta atrás, comienza la carrera. Diez. Nueve...
Greer arrancó el Huesos y miró a la puerta del hangar, pero estaba cerrada... y bloqueada por un ala-B verde. Su corazón se aceleró ligeramente y se le acaloró el rostro al darse cuenta de que no había salida. El suelo parecía sólido, y la cúpula no parecía estar hecha de ningún material que le permitiera abrirse o cambiar de forma. Y eso significaba...
-Dos. Uno. Ya.
La luz inundó la sala cuando una escotilla circular se abrió en el centro del techo de la cúpula, y Greer supo en un instante lo que debía hacer. Pisando a fondo el acelerador, tiró con fuerza de la palanca y dejó marcas de quemadura en el suelo mientras apuntaba directamente a ese agujero de cielo rodeado por parpadeantes luces azules: el primer Ojo.
Los demás pilotos no fueron tan rápidos en reaccionar, y Greer se permitió un momento de triunfo desde el otro lado del hangar, observando la extrañamente educada danza para salir por una escotilla por la que sólo podía pasar un caza estelar cada vez. Dos naves se volvieron codiciosas y colisionaron en una bola de fuego, retrasando al resto del enjambre. Basta de fanfarronear; ahora tenía que volar.
El mapa la enviaba hacia un icono en forma de ojo, y se dirigió hacia él a toda velocidad, volando velozmente muy por encima de la superficie de Corellia. Otras dos naves estaban cerca, y el resto iba siguiéndoles a más distancia como cuervos persiguiendo leones pamarthenos. No pasó mucho tiempo antes de que apareciera su objetivo: un aro de parpadeantes luces azules dispuesto en un extraño ángulo. Necesitaba atravesarlo, enhebrar el Ojo. Tan pronto como lo atravesó, el mapa reveló que el siguiente estaba fuera de la órbita.
¿Así que se trataba de este tipo de carrera, entonces? ¿Deslizarse dentro y fuera de la atmósfera? Que así fuera. El Quebrantahuesos podía soportarlo, y también Greer, que llevaba realizando hazañas semejantes desde que era lo bastante mayor como para “tomar prestado” el maltrecho ala-Y de su madre y pasear con la nave robada por los tormentosos mares de Pamarthe. Salió disparada hacia arriba, adentrándose en las nubes, con la determinación de ser el primer piloto que alcanzara el siguiente objetivo. Las mismas dos naves seguían cerca de su estela, el caza TIE de Karsted y otro ala-A similar al suyo pero más llamativo, con alerones modificados y un recubrimiento metálico que le hacía parecer un espejo. Más lejos, detrás de ellos, varias docenas de naves estaban dándoles alcance. No estaba preocupada. No podían vencerle; no una vez que llegara al espacio y tuviera espacio para correr.
-¿Estáis bien, chicos? –preguntó, sintonizando ya el canal convenido que compartía con los contendientes Pamarthenos.
-Bors no lo ha logrado –dijo Vee-. Quedó eliminado en el hangar. Vivo pero furioso.
-Podría ser peor –añadió Torret-. Al menos ya está bebiendo de nuevo.
-Esta carrera es un infierno. –Greer hizo una pausa ante el burbujeo de un calor inesperado que no debería haber acompañado a su entrada en la atmósfera, y siguió hablando una vez quedó de nuevo en la negrura del espacio-. Para el número dos nos dirigimos a un astillero orbital.
-¿Te sientes generosa? –preguntó Torret.
Greer soltó una risita entre dientes.
-Sólo porque no hay forma de que podáis alcanzarme.
Estar en el espacio siempre hacía que Greer estuviera de buen humor. Había algo en la inmensidad, las posibilidades, las estrellas brillantes... ese era el lugar que le correspondía. ¿Y durante la carrera más importante de toda su vida, hasta ahora? Mucho mejor. Se obligó a ignorar las preocupaciones que comenzaron a formarse junto con el sudor a lo largo de la línea del nacimiento del pelo. Estaba bien. Nada iba mal. De verdad.
El otro ala-A se acercaba lentamente a ella conforme se aproximaban al astillero flotante, abandonado e inmóvil. Sólo el Ojo mostraba luces brillantes.
-Esa pequeña cuña parece haber estado en un vertedero desde la Rebelión.
La voz en el casco de Greer era masculina y desconocida, y parecía divertirse. Dado que sólo tenía dos naves a la vista y había bloqueado el canal de Karsted, la voz debía pertenecer al piloto del otro ala-A. La broma del vertedero no era nada nuevo, y no iba a dejar que le molestara. Pero eso tampoco significaba que ella fuera a quedarse callada.
-Y el tuyo parece que lo han sumergido en un baño para droides. Deja que adivine. ¿Es así para que puedas ver mejor tu propio reflejo?
Él soltó una risita.
-No siempre se trata de ego, niña.
-Somos pilotos. Siempre se trata de ego. Y ahora cállate.
Con un elegante giro, atravesó a toda velocidad el Ojo, dirigiéndose ya hacia el número cuatro, que estaba de nuevo en Corellia. Y, si estaba interpretando correctamente el mapa, bajo tierra.
-Buen pilotaje –dijo el hombre.
Iba a bloquear su comunicador e ignorarle igual que a Karsted, pero él copió su tirabuzón de forma tan impecable que tuvo que admirar su habilidad.
-Trata de mantener el ritmo –dijo ella, en lo más cercano a un cumplido que había dicho nunca.
Greer atravesó la atmósfera con el Huesos y casi cerró los ojos medio desmayada antes de darse cuenta de que docenas de naves se acercaban en su dirección, acelerando velozmente hacia el Ojo que ella acababa de enhebrar. Ups. Tenía que centrarse. Con tiempo de sobra, trazó una amplia espiral para maximizar su velocidad y evitar a los demás pilotos. Justo detrás de ella, el otro ala-A mantenía el ritmo.
-¿Estás bien? –preguntó el piloto.
Ella le ignoró y buscó a sus amigos entre el pelotón.
-¡Kothan si! –gritó Torret al pasar a su lado.
-¡Kothan si! –Greer repitió el saludo tradicional pamartheno, que podía traducirse aproximadamente por Que mueras a todo gas-. Espera. ¿Dónde está Vee?
-La perdí en el primer Ojo –dijo Torret-. Se deslizó fuera del recorrido. Probablemente siga viva.
-Maldición. Eso son dos menos.
-Y quedan dos. ¡El que pierda paga la siguiente ronda!
Y con eso, desapareció, ascendiendo a toda velocidad. Greer se dirigió directamente hacia el siguiente Ojo y saboreó el descenso. Amaba la mezcla de control completo y caos absoluto, cuando la nave estaba gobernada a medias por el combustible y la gravedad. El estómago le dio un vuelco, y una oleada más fuerte de calor pasó detrás de sus ojos e hizo que sus manos se sacudieran con súbitos escalofríos. No había más remedio que ignorarlo, que derrotarlo. Abrió los ojos y se concentró en el horizonte, respirando profundamente.
-¿Quién da esas sacudidas, niña, tú o la nave? ¿Has comprado combustible en mal estado o algo?
-Creo que se me ha metido otro piloto en el motor –respondió ella, molesta por el hecho de que el extraño hubiera captado su momento de confusión.
Después de varios segundos de silencio, él preguntó:
-Bueno, ¿y por qué ayudaste a ese tipo, hablándole del siguiente Ojo?
Greer soltó un bufido. Le estaba rompiendo la concentración. No era algo normal, hablar tanto con extraños durante una carrera como esta, incluso aunque fueran pilotos capaces. Y sin embargo no le parecía que estuviera tratando de engatusarla, como solía ser habitual. Su curiosidad sonaba realmente genuina.
-Es de mi planeta.
-¿Un amigo?
-Si te refieres a que no quiero que muera, entonces sí. Espera. –Echó un vistazo a su comunicador-. ¿Cómo es que estás en nuestro canal?
-Está abierto –dijo, ignorando el hecho de que se suponía que debía ser privado-. ¿Preferirías que fuera al canal público?
-No. –Era entretenido y un piloto decente, y hablar con él le impedía pensar en la fiebre o en Karsted. Estaba seguro de que la luz roja que parpadeaba en su comunicador era su intento continuado de contactar con ella... y molestarla-. Un piloto molesto es mejor que treinta y seis pilotos molestos, gracias. Ahora cállate. Está a punto de ponerse peliagudo.
-Ah, bien –dijo-. Me preocupaba estar aburriéndote.
El siguiente Ojo estaba bajo tierra. Respirando profundamente, zambulló el Quebrantahuesos entre los muros de piedra roja, esquivando formaciones rocosas. El ala-A permaneció tras ella, pero Karsted de repente les adelantó a ambos como una exhalación, usando lo que debía ser una modificación ilegal. Pasó rozando sus alas, obligándola a efectuar un tirabuzón para evitar explotar contra la pared. Cuando la boca de la cueva se abrió al doblar la siguiente esquina, entró dentro disparada, con las manos temblando mientras se deslizaba bajo la nave de Karsted. Si iba a perder esa carrera, o a morir, no sería por culpa de él, y no sería por la misteriosa enfermedad que había estado ignorando durante meses. El fracaso, al igual que la victoria, llegaría en los términos que ella estableciera.
El piloto del ala-A permaneció en silencio mientras ella atravesaba velozmente la cueva, volviéndose de medio lado para deslizarse entre dos estalactitas y adelantar a los dos pilotos para pasar por el Ojo, que colgaba boca abajo del techo. El túnel trazó una curva inmediatamente después y los escupió por un acantilado de basalto sobre unas olas que golpeaban con furia.
El siguiente Ojo estaba en el promontorio rocoso de una isla. El siguiente se encontraba en una ciudad, colgando entre dos rascacielos. Greer casi golpeó una de sus alas en el Ojo cubierto de hiedra de un cañón, y luego salió disparada hacia arriba hacia un círculo flotante de luces azules, anclado a un globo atmosférico.
Si hubiera estado volando lentamente, la carrera habría sido una hermosa excursión por Corellia. Pero en realidad estaba llevando el Quebrantahuesos –y también sus propias capacidades- al límite. La segunda vez que salió de la atmósfera al espacio para dirigirse a un Ojo que flotaba en un campo de asteroides, la ardiente fiebre regresó, tan rápida y caliente que se desmayó por una fracción de segundo y soltó el acelerador.
-¿Estás aflojando, niña? ¿Tratas de dejarme ganar? Respira por la nariz y concéntrate en el horizonte si tienes problemas con los saltos atmosféricos.
De nuevo era el tipo del ala-A, y sonaba preocupado. Y no era de extrañar. Su velocidad había descendido, y el TIE de Karsted casi la había rebasado. Pisó a fondo el acelerador, totalmente consciente de que prefería explotar contra un asteroide que dejar que Karsted ganara.
-Sé lo que me hago. Sólo quería dar a los demás una oportunidad de luchar –dijo ella, tragándose sus preocupaciones y concentrándose en esquivar asteroides. Ahora podían verse otras seis naves tras ella, incluyendo el ala-X de Torret. La fiebre se diluyó tan rápidamente como había llegado, dejando su rostro fresco y sus manos firmes, y eso era todo lo que necesitaba para ponerse de nuevo en su lugar, pilotando el Huesos con el talento sobrenatural que había sido su don desde el primer día.
-Muy bien –murmuró el extraño mientras ella se deslizaba por el Ojo, trazaba un arco rodeando un asteroide, y descendía de nuevo a toda velocidad hacia Corellia y el último Ojo.
-No puedo oírte en mi estela.
La respuesta del hombre fue otra risita.
-Hazme saber a qué sabe la mía.
Aunque el brillante ala-A había ido siempre tras ella, ahora Greer pudo ver de lo que era capaz el misterioso piloto. Se lanzó a través del Ojo, ejecutó una vuelta perfecta, y adelantó la nave de Greer con una velocidad imposible. Estaba tan impresionada que por un instante se le olvidó sentirse celosa.
-¿Has añadido un motor adicional? –preguntó.
-Es una pequeña novedad de Novaldex. Llaman a esta nave Doble-A. Este es un vuelo de prueba.
-Muy bonito –susurró, siguiéndole por la atmósfera.
Una vez Greer volvió a encontrarse en el cielo azul sobre Corellia, el Quebrantahuesos se estremeció. Su panel de instrumentos se volvió loco, con luces parpadeando y alarmas sonando. Esta vez, al menos, la fuente de la quemazón que recorría sus venas estaba clara: ira. El TIE de Karsted llenaba la pantalla. Su puño aterrizó en el botón rojo de comunicaciones.
-¿Acabas de dispararme?
La carcajada de Karsted rezumaba arrogancia.
-Por supuesto que no. No se permiten armas; ya lo sabes. Debe de haber sido un pedazo que se ha caído de esa reliquia tuya... al impulsor derecho, tal vez. O tal vez simplemente es que no estás destinada a ser piloto.
Así que la había saboteado. Y ahora su sistema mostraba algo atascado en un impulsor, haciéndole virar hacia la derecha mientras aminoraba.
-¡Oh, no! ¿Está la gran Greer Sonnel a punto de perder? –se mofó Karsted.
-¿Quién es este bromista? –preguntó Doble-A.
Greer hizo una mueca.
-Mi ex. Si tienes armas, por favor, dispárale y quédate su nave para chatarra.
-Olvídate de él. Mira, tu impulsor derecho está bloqueado. Necesitas apagarlo durante diez segundos y volver a arrancar pisando a fondo el acelerador y el estabilizador derecho al máximo.
Le parecía algo con sentido, pero nunca había escuchado semejante truco.
-¿Por qué debería confiar en ti? –preguntó mientras Karsted pasaba disparado a su lado, acelerando hacia el último Ojo.
-Porque sabes que tengo razón, y sabes que podría ganarte si quisiera. Si no confías en mí, confía en tu instinto. Pero hazlo ahora, o quedas fuera de la carrera y ese otro tipo gana.
Sin decir palabra, cortó la energía, con la nave deslizándose hacia delante mientras perdía altitud. El frío se filtró en la cabina, y el estómago de Greer dio un vuelco mientras contaba hasta diez, con su aliento empañando el cristal. El Doble-A aminoró para seguir junto a ella. Cuando la cuenta atrás llegó a cero, volvió a arrancar y activó el estabilizador derecho mientras aceleraba a fondo. El Quebrantahuesos volvió a la vida entre una multitud de alertas y se escoró hacia un costado mientras un sonido de golpes terminó con un fuerte estruendo en el lado derecho. El panel de instrumentos volvió a la normalidad mientras el resto de las naves aparecía a la vista en la cámara trasera.
Greer suspiró aliviada.
-¿Dónde aprendiste ese truco?
Doble-A soltó una risita.
-Solía tener un copiloto del demonio.
-Te debo una –dijo-. Os la debo a ambos.
-Págamelo ganando a ese tipo del TIE.
Greer comprobó su mapa y su vista. El último Ojo estaba en tierra, junto al espaciopuerto, y era mayor de lo que habían sido los demás.
-Esto parece demasiado fácil... –comenzó a decir.
-Para el Ojo final –dijo la voz mecanizada en su casco-, se otorgará puntuación doble cuando dos naves pasen simultáneamente por los sensores.
-¿Aún confías en mí? –preguntó Doble-A.
Karsted había dado la vuelta, sabedor de que si pasaba él solo, no tenía la menor oportunidad de quedar el primero. Greer se dio cuenta demasiado tarde de que se había olvidado de cerrar su comunicador.
-¿Volarías con un extraño en lugar de con un pamartheno? –preguntó-. Pasara lo que pasase en el pasado, somos un buen equipo. Somos de la misma ciudad. Yo fui tu primer beso. Me conoces. Atravesémoslo juntos.
Las tres naves corrieron hacia Corellia. Greer tenía escasos segundos para hacer su elección. ¿Un extraño que le caía bien, o un conocido al que odiaba que sólo la usaría para batir su propio tiempo? En todo caso, dos alas-A se deslizarían por el anillo más fácilmente que el voluminoso TIE.
-Lo haré con el ala-A –dijo. Golpeó con su puño el botón rojo mientras Karsted le soltaba palabras groseras en huttés.
-Muy bien, Doble-A –dijo-. Yo por arriba y tú por abajo.
-Recibido. Hagámoslo.
Greer apuntó hacia arriba con el Huesos, y un proyectil de luz pasó a su lado, fallándole por poco.
-Ese es otra vez tu ex con sus armas ilegales, ¿no? Necesitamos perderlo. ¿Alguna idea?
Rebuscando en su cerebro, Greer no encontró nada. Sin armas ni escudos, ¿qué podrían hacer? ¡Maldito Karsted y su maldito ego!
-Espera. ¡Ya lo tengo! –gritó-. Doble-A, ¿puedes usar tu nave para cegarlo?
Doble-A soltó una risita.
-Buena idea, niña. Haz un tirabuzón y déjamelo a mí.
Greer tiró de su palanca, saliendo hacia arriba y realizando un bucle que la dejó detrás del caza TIE negro. El Doble-A giró hacia un lado y pasó frente a Karsted, y Greer cerró los ojos cuando el ala-A que parecía un espejo proyectó un brillante destello blanco por la ventana del TIE. Cuando volvió a abrir los ojos, Karsted había aminorado considerablemente y se había echado a un lado, y ella lo esquivó para volver a la ruta correcta.
-¿Ves? No siempre se trata de ego.
-Podemos discutir eso después de que ganemos la carrera –dijo ella.
Conforme se acercaban velozmente a la posición, el Doble-A aminoró para igualar su velocidad, con las naves volando por la pradera con menos de un metro de distancia entre la cabina del extraño y el casco de Greer. Sus manos estaban firmes y su cabeza misericordiosamente clara después de las feroces fiebres y los mareos que ya no podía ignorar por más tiempo. Alzó la barbilla mientras enhebraban el Ojo final con tanta suavidad que parecían llevar toda la vida volando juntos.
El mapa de Greer cambió, dirigiéndola de vuelta a la cúpula donde había comenzado la carrera. No podía dejar de sonreír. ¡Había ganado! O, si no ganado, al menos empatado. Y aunque los empates no eran aceptables en Pamarthe, un vuelo coordinado tan hábil le infundía una sensación de triunfo. Cuando volviera a casa, iría a un centro médico y encontraría la causa de su enfermedad... y su cura. Volar así lo era todo para ella, y no iba a dejar que una estúpida fiebre la detuviera. Al menos no era fiebre sanguínea. No podía serlo. Esa era una debilidad que nunca se permitiría.
-Buen pilotaje, Greer.
-Buen pilotaje, Doble-A. –Entonces se dio cuenta-. Espera. ¿Cómo sabes mi nombre?
El otro ala-A se deslizó a su lado, poniéndose a la par, y el piloto le saludó desde la cabina. Se había quitado el casco revelando su cabello gris y una fanfarrona sonrisa torcida.
-Me llamo Han Solo –dijo-. Y me gustaría hablar contigo sobre tu incorporación a mi equipo de los Cinco Sables.

lunes, 25 de enero de 2016

El arma perfecta (y XI)


Capítulo 11

Bazine no sabía gran cosa sobre narglatches, pero sabía cómo matar a uno con el bláster de Kloda a diez metros de distancia. Como su amo, el gato era un depredador de voluntad decidida, y Bazine no confiaba en él más de lo que confiaba en Kloda. Cuando el pecho de la bestia dejó de moverse, se deslizó por la pendiente del cráter y abrió las alforjas. Pronto recuperó su hoja, sus cuchillos arrojadizos, su bláster... y el estuche.
Después de trepar fuera del cráter, se dirigió a su deslizador. Gracias a las enseñanzas de Orri y al tesoro de un muerto, fue bastante fácil arreglar los cables que Kloda había cortado y dejarlo otra vez en funcionamiento. Casi resultaba divertido; él le había enseñado a no confiar en nadie salvo en él, y pese a ello había sido el conocimiento obtenido de otros profesores lo que le había permitido vencerle.
Cuando terminó de arreglar las entrañas del vehículo, cerró el panel de acceso y activó el arranque del deslizador. La satisfacción la inundó al escuchar como cobraba vida con un zumbido y por fin pudo dejar atrás la colmena de los apidáctilos.
Pulsó el botón detrás de su oreja.
-Al habla...
-¿Bazine? ¿Eres tú?
Pulsó de nuevo el botón para apagarlo. No era la voz modulada de su empleador en el comunicador de largo alcance de su oreja. Era Orri en su comunicador de muñeca, y su voz parecía aturdida. Ella sonrió, sólo un poco. Así que había una persona –alguien a quien ella tal vez apreciara un poquito- a quien Kloda no había llegado a matar.
-Sí, Orri. Soy yo.
-¿Qué ha pasado? No logro recordar. ¿Me... me besaste?
Ella le obsequió con una risita.
-No. No te besé.
-Pero hiciste algo. Tengo una zona dolorida en... –Se aclaró la garganta-. No importa. ¿Dónde estás?
-Estoy yendo de vuelta a la nave. Debería estar allí en pocas horas. No trates de marcharte. Limítate a tomar una taza de caf y algo de comer, y no hagas ninguna tontería.
Hubo una larga pausa.
-Así que fuiste a hacer el trabajo sin mí.
Parecía abatido, como un niño al que se le habían caído los dulces en la arena.
-No te has perdido nada. Ya te contaré luego.
-¿Encontraste a nuestro hombre?
Bazine no pudo evitar menear la cabeza. Nuestro hombre. Como si fuera algo que estuvieran haciendo juntos. Como si fueran iguales. Como si él no fuera un estúpido y una molestia.
-Sí, encontré a nuestro hombre.
-¿Qué tal funcionó el tejido deflector? ¿Indetectable, verdad?
-Adiós, Orri.
Bloqueó el canal. Tenía trabajo de verdad que hacer.
Mientras conducía de vuelta hacia Ciudad Vashka y el Gavilán –ahora su nave- activó el piloto automático y colocó el estuche metálico en su regazo. Parecía haber sido arrastrado por una guerra, salpimentado con abolladuras y arañazos y algunas marcas negras que debían de ser rebotes de fuego bláster. En los bordes se había acumulado suciedad oscura, como si no hubiera sido abierto en décadas. No vio ningún tipo de cerrojo ni cerradura. Pensó en intentar abrirlo, y llegó al punto de recorrer el borde con los dedos. Después de todo, ¿qué era tan especial para que Kloda saliera de su escondite y la traicionara para robarlo? ¿Para que pasara años entrenándola, criándola, sólo con este fin? ¿Cuál podría ser “la mayor recompensa”?
En el fondo, no quería saberlo. Sólo quería el dinero.
Dejó con cuidado el estuche a su lado y activó el comunicador de detrás de su oreja para establecer una conexión de largo alcance.
-Al habla Bazine Netal –dijo-. Lo tengo.

El arma perfecta (X)



Capítulo 10

Cuando ya no pudo escuchar a Kloda, se puso las gafas y comenzó a buscar el cuchillo, escarbando con los dedos en el montón de objetos y tela en descomposición. También tomó la soga y el cinturón del muerto. El cuchillo era un objeto tosco, fabricado probablemente afilando una cuchara, pero serviría para abrirse paso por la cera... si su pie no lo lograba antes. Se arrastró hasta el muro de cera recién reconstruido y pasó la mano por su superficie, tanteando donde debía ser más débil, justo en la unión.
Entonces fue cuando escuchó el fiu-fiu-fiu de los disparos de bláster, que fue respondido por un furioso zumbido que aumentó en un crescendo enloquecedor.
De modo que Kloda había despertado a los apidáctilos aturdidos, dificultando aún más su persecución.
Por supuesto que era tan listo como para pensar en eso. Pero aunque el viejo pirata no le hubiera enseñado todos sus trucos, le había enseñado suficiente. Cuando no puedes cruzar la puerta principal, buscas una ventana. Si no hay ninguna ventana, te la fabricas. Ya se había colocado sus guantes de cuero y había clavado el cuchillo en el techo de la celda cuando los primeros dacs llegaron volando a la sala. A juzgar por el sonido satisfecho de sus zumbidos, el olor cobrizo y el sonidos de los golpes húmedos, estaban cobrándose su venganza en lo que quedaba de Aric Nightdrifter. El gancho de derecha de Kloda había resultado más letal que nunca.
Las sombras oscilaron en la pared de cera, y las patas afiladas como cuchillas la tanteaban como si sintieran que algo estaba profundamente mal. No sabía hasta qué punto resultaban inteligentes esos insectos, y no quería quedarse por ahí demasiado tiempo para averiguarlo. Tan pronto como su cuchillo atravesó la quebradiza cera sobre su cabeza, comenzó a arrancar grandes pedazos con las manos.
Había comenzado a abrir su vía de escape en el centro de la celda, a mitad de camino entre los insectos del exterior y el cadáver del interior, esperando que todas las celdas funerarias estuvieran dispuestas igual que esa. Eso significaba que cuando subiera trepando a la celda más cercana al techo, no se encontraría directamente bajo otro cadáver en descomposición. Sin embargo, podía olerlo, y eso ya era suficiente. Esa celda era más oscura, y recalibró sus gafas para rebuscar entre el montón de pertenencias, encontrando un rollo de cable aislado, un par de alicates para cable, y otra patética imitación de cuchillo. Lástima que la armadura de los soldados de asalto estuviera fuera, con los monstruos, en lugar de dentro, con los hombres que la habían llevado. Ahora mismo, esa armadura le sería de gran utilidad.
El zumbido del exterior creció en intensidad y se volvió más frenético, y ella sólo podía suponer que las criaturas se estaban amontonando entre ellas para desmontar su propia colmena y encontrar la carne fresca de la intrusa en el interior. Golpeó la gruesa cera del techo, pero era más pesada y más dura y difícil de romper. Se le habían desgarrado los guantes y tenía los nudillos doloridos y sangrando. Cuando consiguió arrancar un buen pedazo, encontró tras él las baldosas blancas del techo estándar, lo que resultaba prometedor. Puede que los insectos construyeran su hogar para resultar duradero, pero las baldosas del techo estaban pensadas para remplazarlas lo bastante a menudo para mantener en funcionamiento el negocio de las grandes corporaciones galácticas. Se regodeó en apuñalar la plancha blanca hasta que se desplomó en pedazos quebradizos.
Pronto Bazine logró un agujero adecuado en el techo, del tamaño justo para permitirle pasar a ella y, con suerte, su forma y tamaño no resultarían adecuados para los dacs hambrientos que pudieran intentar seguirla. Se puso en pie, recogió sus herramientas, y se aupó con cuidado al denso aire cálido del ático del edificio. Odiaba el polvo y la suciedad, pero jamás el polvo y la suciedad habían olido tan bien. No había suficiente espacio para ponerse en pie del todo, pero sus gafas revelaron un entramado de vigas metálicas que sostenían las baldosas del techo. Los conductos de ventilación en todos los extremos del edificio dejaban entrar haces de luz del sol, y eso era lo que ella estaba buscando.
El entrenamiento de Kloda resultó de utilidad mientras caminaba con rapidez recorriendo la estrecha viga metálica, sabedora de que cualquier paso en una de las baldosas podría hacerla caer en el nido de apidáctilos que se encontraba debajo. La rabia le empujaba y le hacía avanzar, y siguió apoyando su peso en la punta de los dedos de sus pies hasta que llegó al conducto de ventilación más cercano y se quitó las gafas, dejándolas colgando en su cuello. Distribuyó su peso en dos vigas distintas y usó el cuchillo para desatornillar los pernos de la rejilla. Cuando quedó suelta, la dejó caer hacia un lado con delicadeza, colgando todavía de un tornillo.
La escena en el exterior era hermosa... pero aterradora. Suaves muros verdes rodeaban el valle y la megaflora asomaba entre la hierba en oasis dispersos. El cielo iba tomando una tonalidad púrpura, y el amarillo dorado de las torres y paredes de cera reflejaba los rayos rojos del sol poniente. Se encontraba bajo un saliente, directamente debajo del tejado del edificio, a tres pisos de altura. Eso normalmente no presentaría ningún problema para su ánimo o sus talentos. Pero esa vez, cientos de insectos furiosos de casi su mismo tamaño se arremolinaban en tornados de furia destructora, entrando y saliendo entre zumbidos por las puertas, cazando y buscando, decididos a castigar a cualquier cosa que hubiera osado atacar la colmena.
Examinó el árbol caído donde había dejado el deslizador y no pudo contener una mueca de fastidio. Kloda estaba arrodillado junto al motor, sin duda desactivándolo. A su lado se agazapaba un narglatch adulto, con alforjas y silla de montar, que acuchillaba el aire con su cola en forma de aleta y excavaba la tierra con sus garras.
Ahora el nombre en clave cobraba sentido.
Salir del edificio no supondría un problema, gracias a la soga que había encontrado en el cuerpo de Tribulus. Lo que le preocupaba era que le vieran los insectos. No tenía tiempo de procurarse su propia armadura, como había hecho Nightdrifter, pero sí le quedaba un disfraz en la manga. O, para ser exactos, en el bolsillo. En seguida Bazine estaba frotando con su tinta de anguila rishi la pálida piel de sus brazos y su pecho que no estaba cubierta por su camiseta interior negra. Embadurnó su cara con los últimos restos de tinta del tubo. Si no podía parecerse a un dac, parecería una sombra.
Todo lo que había tomado de las celdas estaba oculto en su persona, junto con algunas armas que Kloda no conocía. El rollo de cable y los alicates estaban enganchados en el cinturón de Tribulus, y desenrolló la soga y la ató firmemente a la viga del techo más cercana. No llegaría del todo hasta el suelo, pero le dejaría cerca.
Las manos de Bazine estaban ahora cubiertas con la tinta de anguila rishi, lo que no sólo impedía que sus dedos o sus manos dejaran huellas, sino que además le proporcionaban cierta protección para la fricción de la soga... y enmascaraba su olor. Asomándose por el agujero que había hecho en el techo, arrancó algunos pedazos de cera y se los frotó en las manos, esperando que la cera proporcionara alivio adicional a la quemadura de la soga.
Al asomarse por la rejilla abierta, realizando un nudo en el bucle de soga alrededor de su cintura, un zumbido inquisitivo en el agujero que acababa de abandonar le dijo que había llegado el momento de saltar. Se descolgó por la estrecha abertura con los pies por delante y descendió en rappel por el costado de la Instalación 48, clavando en cada salto las botas en la cera templada. Las palmas de las manos le ardían, pero no tanto como la rabia de su pecho al mirar por encima de su hombro y ver a Kloda deslizando el estuche metálico en una de sus alforjas. Se dejó caer más rápido hasta que se quedó sin soga, justo antes de llegar al primer piso. Soltando el nudo, se dio una distancia de un metro antes de soltarse y aterrizar en una suave pendiente de cera. Afortunadamente, fue el aterrizaje más fácil de su carrera, y se deslizó por la resbaladiza inclinación hasta que fue capaz de rodar u ponerse en pie donde los restos de hierba se encontraban con el borde de la colmena. Ya fuera por su furiosa concentración para encontrar el intruso, o por su traje completamente negro, los apidáctilos no la habían visto. Aún.
Y Kloda tampoco.
Él se encontraba en ese momento hablando por su comunicador, uno muy parecido al de ella, y riendo. Bazine sabía cómo derribarle, pero no iba a ser nada fácil. Tenía que estar cerca, pero no demasiado cerca. Y él tenía que estar lejos de su deslizador y de la colmena. Bazine tenía que sincronizar perfectamente sus acciones.
Salió disparada tras el montón de basura, corriendo sin parar hasta el borde más alejado. Esperó mientras Kloda montaba en su narglatch y comprobaba su equipo. Ella también comprobó su equipo, levantando la bota para dejar caer sobre la palma de su mano su último detonador térmico. Cuando él comenzó a galopar, ella corrió tras él, pulsó el interruptor, y lanzó la esfera metálica justo delante de él.
Con una sonora explosión, la tierra desapareció en un cráter de diez metros de diámetro. El gigantesco felino aulló y cayó, arrastrando a Kloda con él. Para cuando Bazine llegó al borde del cráter, su mentor y antiguo amigo estaba trepando por el borde, magullado y lleno de arañazos, pero principalmente ileso.
Que era exactamente como Bazine lo quería. La venganza no era tan dulce cuando tu enemigo ya estaba muerto.
Él llegó a la superficie justo cuando ella llegaba a distancia de ataque, pero no pudo sacar su bláster a tiempo. Ella le golpeó primero con una patada en la cara, y luego le propinó otro puntapié en el costado. Una vez le había soltado una reprimenda por sus gustos en calzado; ¿Quién espiaba con tacones de doce centímetros? Que se ría ahora, con las costillas rotas. Todo lo que hacía, lo hacía por un motivo. No puedes esconder bombas en zapatos de suela plana.
El narglatch saltó al borde del cráter, lanzándole un zarpazo con sus pesadas garras, antes de volver a caer al fondo. Ella retrocedió justo cuando Kloda le agarró de un tobillo, haciéndole caer de rodillas. Él luchaba sucio, la clase de hombre que llevaba veneno bajo sus uñas dentadas, y una vez había golpeado a un hombre con su pierna metálica hasta matarlo. Pero conocer sus métodos le había enseñado a prepararse para una pelea semejante, y ella sabía que sus uñas no podrían atravesarle sus gruesos pantalones. Le dio una patada, haciendo que soltara la mano, pero él tenía suficiente fuerza para volver a agarrarle la pierna y tirar de ella.
-Oh, no, tú no –gruñó él.
¿Quería una lucha cuerpo a cuerpo? De acuerdo. Ella le proporcionaría una. Después de todo, una traición tan personal como la suya merecía una muerte igual de íntima.
Bazine cambió de táctica. En lugar de tratar de ganar distancia y recuperarse, cargó contra él, se sentó a horcajadas sobre su pecho, y le rodeó el grueso cuello con su brazo.
-¿Vas a besarme, Conejito? –preguntó él con una risita, y por el movimiento de su brazo Bazine supo que trataba de sacar un cuchillo.
Ella apretó con más fuerza, rápida e inmisericordemente, cortándole el aliento y el riego sanguíneo. El rostro del hombre enrojeció mientras ella sentía cómo un cuchillo chocaba y resbalaba repetidamente contra la placa y la malla de fibra de su camiseta interior. Su sonrisa fue tan oscura como sus labios.
-Si te besara, sería demasiado fácil.
-De todas formas... no eres... mi tipo.
-Ríndete, viejo. Has perdido.
-Te enseñé... todo lo que sabes –balbuceó él-. No te enseñé... esto.
-Quería una segunda opinión –respondió ella-. Así que me entrené en otras escuelas. Y voy a quedarme tu nave.
Él se sacudió y se debatió, pero ni siquiera un hombre tan fuerte y duro como Delphi Kloda podía vivir sin oxígeno. Había algo satisfactorio en el modo que su sabio y sentencioso ojo mostraba sorpresa y miedo, y ella jugueteó con la idea de dejarle vivir sólo para provocarle. Pero no podía evitar recordar las historias que le contaba al acostarse, de niña, cómo había dado caza a los hombres que le habían traicionado. Deja con vida a un enemigo, y jamás dejarás de mirar por encima de tu hombro, le había dicho. Así es como perdí mi ojo. No lo intentaré de nuevo. Se dio un golpecito en el parche de cuero negro y le guiñó el ojo bueno, y ella rió y juró que nunca lo haría.
Pero él acababa de hacerlo, ¿no?
Y ahora... ella quería hacerlo. Pero no lo haría. Porque sabía mejor que nadie lo que Kloda podía llegar a hacer cuando quería algo. Ese hombre había matado a todos los que se habían acercado a ella, gente cuyos nombres se había esforzado en olvidar. Puede que incluso ya hubiera matado a Orri; ella no lo sabría hasta que regresara al Gavilán, en el espaciopuerto. Tenía que acabar con Kloda antes de que encontrara un modo de escapar. Cerrando los ojos, hizo girar sus brazos con fuerza, aplastándole la tráquea y rompiéndole el cuello.
Él le había traicionado. Pero antes de eso le había salvado.
Bazine cerró los ojos del cadáver de Kloda y se puso en pie, alta y orgullosa. Tal vez él había tenido la intención de convertirla en el arma perfecta, pero había sido ella misma quien había afilado esa arma.
Era hora de acabar el trabajo.