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sábado, 25 de junio de 2011

La Tribu Perdida de los Sith #6: Centinela (y IV)

Capítulo Cuatro
La pequeña choza estaba tomando forma. Bajo un denso dosel de follaje que ningún explorador a lomos de un uvak podría penetrar, la nueva estructura se alzaba sobre un montículo relativamente seco en mitad de la espesura. Los brotes hejarbo crecían mucho más fuertes en esa parte de la selva; de no haber sido por el sable de luz de Jelph, Ori nunca habría podido despejar el terreno.
Habían pasado ocho semanas desde que la explosión se llevó consigo la granja. Jelph y Ori habían descendido desde la selva sólo una vez, al amparo de la noche, para investigar lo que quedaba. No había nada que ver. Toda la orilla se había hundido en el río Marisota. Aguas oscuras se arremolinaban y giraban sobre el cráter de la explosión. Todo lo que quedaba era el muñón de un camino cubierto de maleza que terminaba en el borde del río. La pareja regresó a la selva esa noche seguros de que nadie se enteraría de que una vez hubo un caza estelar en Kesh. Ori se rió por primera vez en varios días, citando la frase favorita de su madre.
-La Confianza del Callejón Sin Salida.
Desde ese viaje, su atención se había centrado exclusivamente en construirse un lugar donde permanecer ocultos. Ori se dio cuenta de que ya no había vuelta atrás; no después de la traición de su madre. La muerte de Venn sin duda habría sido transmitida a través de la Fuerza... e igualmente sin duda, eso habría hecho que los Sumos Señores restantes volvieran a enfrentarse entre sí. El juego había empezado de nuevo; tal vez incluso Candra encontrase un papel que jugar. Ori no quería tener nada que ver con eso. Eso formaba parte de su pasado.
Y si nadie lamentó la muerte de Lillia Venn, tampoco nadie había ido en busca de Ori y Jelph. De hecho, ambos descubrieron menos Sith y keshiri que de costumbre en los alrededores. Presumiblemente, la desaparición misteriosa de una Gran Señora en una zona considerada embrujada desde la tragedia de los Lagos Ragnos tendría ese efecto.
Mejor para ella. Ahora tenía una nueva visión de sí misma... basada en una vieja historia que había oído de niña. La leyenda keshiri decía que, poco después la legada de los Sith, parte de su población nativa había escapado cruzando el océano. Habían escogido un viaje sin retorno hacia la privación y una muerte probable antes que vivir al servicio de la Tribu. Actualmente, los keshiri más devotos la contaban como una advertencia: la elección del destino era un lujo reservado a los Protectores, no a sus siervos. El precio de la arrogancia, para un siervo, era el aislamiento.
Ori la veía de otra manera. Si el éxodo realmente había sucedido, quien hubiera dirigido a los esclavos en su huída habría sido el keshiri más grande de todos los tiempos. Su destino había sido decidido... y desafiado. Jelph estaba en lo cierto. Tenía que haber una manera de triunfar en la vida, aparte de trepar a la cima de una caótica orden... sólo para ser apuñalado con un shikkar o envenenado por un presunto aliado. Se preguntaba si Venn habría sido feliz, al ser inmolada en su momento de triunfo. Los miembros de la Tribu parecían tan irremediablemente atados a sus caminos como los keshiri que seguían siendo esclavos. ¿Y creían que eran más inteligentes?
Mirando hacia el sol que desaparecía entre los árboles, Ori comenzó a cortar los últimos de los brotes de un metro de longitud que formarían la puerta lateral. Se sentía extraña usando el arma de Jedi, pensó. Todos los sables de luz que usaban los Sith de Kesh eran de color rojo, pero algunos de los náufragos originales guardaban sables de luz Jedi como trofeos. Ella había visto a uno verde en el Museo Korsin. El color de este era extraño y hermoso, un azul brillante que no se encontraba en ninguna parte de la naturaleza. El único artefacto que indicaba el origen alienígena de Jelph.
Bueno, no el único, pensó, apagando el sable de luz.
Ella sabía que él estaría ahí ahora. Como de costumbre, se había levantado al amanecer para atrapar el desayuno y recoger fruta para más tarde. Aunque no tenía nada que ver con las condiciones para la agricultura que ofrecían las tierras bajas, la selva proporcionaba otros medios de sustento durante todo el año; en esta latitud, ella dudaba de que se enterasen cuando llegara el invierno. Pasó el resto del día construyendo su refugio, antes de retirarse, al anochecer, como siempre hacía, a mantener vigilancia junto al dispositivo... la única parte de la nave espacial que Jelph no había llevado a la granja. Se dirigió allí ahora, hasta el lugar entre los árboles donde Jelph había permanecido sentado sobre un tocón durante horas, mirando fijamente a la caja de metal oscuro y trasteando con sus instrumentos.
Él no se lo había mantenido oculto. Para los Sith, el "transmisor", como él lo llamaba, podía ser un descubrimiento tan explosivo como el caza estelar. Jelph lo había guardado por lo que representaba: su tabla de salvación hacia el exterior. Nunca había sido capaz de enviar un mensaje; como él mismo explicó, algo en Kesh y su campo magnético cambiante impedía tales intentos. Tal vez eso no fuera una situación permanente, pero podrían pasar siglos antes de que cambiara. Ori se preguntaba si ese mismo fenómeno había frustrado a los náufragos siglos antes. Todo lo que él podía hacer era configurar el dispositivo para buscar señales en el éter, registrándolas para su posterior reproducción. Tal vez, si algún viajero se acercaba lo suficiente, podría ser capaz de hacer llegar un mensaje más allá. Ori entendía ahora los viajes de Jelph río arriba durante los primeros meses: iba a la selva para ver qué sonidos había atrapado.
Normalmente, no escuchaba nada salvo estática. Pero fuera lo que fuese lo que Jelph acababa de oír le había dejado desconcertado.
-No puedo volver -dijo, mirando fijamente al dispositivo.
Ori miró al objeto parpadeante, sin comprender.
-¿Qué ha pasado?
-Capté una señal. -Le tomó varios segundos ser capaz de decir las palabras-. Los Jedi están en guerra entre sí.
-¿Qué?
-Un Jedi llamado Revan –dijo-. Cuando yo vivía allí, Revan era como nosotros... tratando de reunir a los Jedi contra un enemigo mayor. –Jelph tragó saliva, y encontró que tenía la boca seca-. Por lo que parece, algo ha ido mal. La Orden Jedi se ha dividido. Está en guerra consigo misma.
Jelph reprodujo para ella el mensaje grabado. Un fragmento de una advertencia de un almirante de la República, que advertía a los oyentes de que no se podía confiar en ningún Jedi. La antigua unión entre la República y los Jedi habían sido rota. Ahora sólo había guerra.
El mensaje terminó.
Agitado, Jelph desactivó el dispositivo.
-Esto... es culpa nuestra. Del Pacto.
-¿La secta Jedi a la que pertenecías?
-Sí. –Alzó la mirada al crepúsculo, incapaz de encontrar ninguna estrella vespertina a través del follaje-. Y ese es el problema. Se supone que no debería haber ninguna secta Jedi. Ahora la Orden está dividida... pero nosotros la dividimos en primer lugar. -Agitó la cabeza-. Que la Fuerza los ayude a todos.
Volvió de nuevo la mirada hacia la espesura. Ori le dejó sentarse en silencio. Se dio cuenta de que durante todos esos días en que ella se quejaba del mundo que había perdido, Jelph estaba viviendo con la pérdida de toda una galaxia. Y ahora la estaba perdiendo de nuevo.
Finalmente, Jelph se puso de pie y habló.
-Ya no sé qué hacer, Ori. Hemos evitado que la Tribu descubriera una forma de salir de Kesh. Pero siempre mantuve la esperanza de que, algún día, podría establecer contacto con el transmisor. Establecer contacto –dijo, mirándola por un instante-, para sacarnos de este lugar.
-Y para advertirles acerca de mi gente –dijo Ori.
Jelph apartó la mirada. No tenía sentido evitar la verdad.
-Sí.
Ori le puso la mano en el hombro.
-Es justo. Yo traté de advertir a mi gente acerca de ti.
-Bueno, ahora no tiene importancia -dijo él, agachándose para apartar una piedra de su futuro jardín delantero-. Si los Jedi están divididos, o, peor aún, si Revan o algún otro ha caído al lado oscuro, entonces llamar su atención sobre un planeta lleno de Sith es lo peor que podría hacer para la galaxia.
-Eso no lo sabes –dijo ella-. Podrías equivocarte. Tal vez los Jedi llegaran aquí y acabaran con todos.
-Sí, tal vez esté equivocado. -Riendo para sí mismo, la miró-. ¿Sabes? Es la primera vez que alguien me ha oído decir eso. Tal vez si lo hubiera dicho más a menudo antes, yo no estaría aquí ahora. -Lanzó la piedra a la corriente y se arrodilló de nuevo-. He vivido toda mi vida pensando que sabía lo que tenía que hacer. Pero no sé lo que debo hacer ahora.
Al mirarlo, Ori vio la mirada que había visto en él en sus anteriores visitas a la granja. Era la expresión que usaba cuando trabajaba en el lodo. Entonces estaba haciendo algo desagradable, pero que hacía porque tenía que hacerlo, para mantener vivo su jardín y contentos a los clientes. Su deber.
Deber. El término no significaba lo mismo para los Sith. En los Sables, Ori había tenido misiones que le habían encargado realizar... pero las había tomado como desafíos personales, no por ninguna lealtad a un orden superior. La galaxia no tenía derecho a darle extraños trabajos. Los seres verdaderamente libres tenían vidas. Los esclavos tenían deberes.
Y ahora Jelph estaba sufriendo, en la certeza de que tenía algún deber que cumplir, pero sin saber de qué se trataba. ¿Qué servicio le debía la galaxia... una galaxia que ya le había expulsado?
-Tal vez -dijo Ori-, tal vez la filosofía Sith tenga tu respuesta.
-¿Qué?
-Se nos enseña a ser egoístas. Nosotros no pensamos en nosotros y ellos. Eres sólo , contra todos los demás. Nadie más importa. –Rodeándole con los brazos desde atrás, ella se asomó a la corriente oscura, que burbujeaba en silencio al seguir su camino para alimentar al río Marisota-. Los Sith me expulsaron. Los Jedi te expulsaron. Tal vez ninguno de los dos lados merezca nuestra ayuda.
-¿El único lado digno de ser salvado -dijo, volviéndose hacia ella-, es el nuestro?
Ella le sonrió. Sí, había estado en lo cierto desde el principio. Él era mucho más que un esclavo.
-Inténtalo, Jedi –dijo-. Si yo puedo hacer algo desinteresado... entonces quizás sea el momento de que hagas algo egoísta.
Él la miró durante un largo instante, con un brillo en sus ojos. Sin decir palabra, rompió el abrazo y caminó hacia el receptor. Levantándolo del suelo, mostró una sonrisa torcida.
-¿Te parece bien?
Ori le vio acunar la parpadeante máquina un momento antes de darse cuenta de lo que pretendía. Exhalando, ella se acercó y le ayudó a llevar el transmisor al borde de la corriente. Con un gran empujón, lo arrojaron en ella. Golpeando un banco de arena bajo la corriente, el artilugio se rompió ruidosamente en mil pedazos. Observaron juntos por un momento como trozos de carcasa temblaban y desaparecían en la oscuridad. Luego volvieron a su casa.
Las ataduras habían sido cortadas.
Era el momento de vivir.

martes, 14 de junio de 2011

La Tribu Perdida de los Sith #6: Centinela (III)

Capítulo Tres
Era agradable volar de nuevo. Ori miró hacia abajo, a la campiña que se deslizaba bajo las batientes alas del uvak. De vez en cuando, se volvía para mirar a Jelph, aferrándose a ella mientras manejaba las riendas. Seguía sonriendo. Volar no era un misterio para él, ella lo sabía... pero había vivido en tierra durante tres años, observando cómo volaban los Sith. Este era un cambio bienvenido.
Se preguntó cómo sería volar en su nave espacial. Ahora sabía por qué él no se había marchado antes simplemente volando en ella... pero ahora que se habían encontrado el uno al otro, ya no había nada que los atase a Kesh por más tiempo. Estarían un poco incómodos en la única plaza del vehículo, y sabía que él quería volver a instalar algún tipo de sistema de comunicación antes de partir. Pero a pesar de que no habían hablado de ello, ella esperaba fervientemente esa huida.
¿Cómo sería la vida para ella, una hija de la Tribu en una galaxia dominada por los Jedi? Muy parecida a lo que Jelph debía haber sentido estos últimos años, se imaginó. Ahora estaba empezando a pensar de esa manera. La empatía era un rasgo que los Sith sólo entendían como un medio de conocer mejor a los enemigos; de otra manera no tenía ninguna finalidad práctica. Ori había comenzado a ver las cosas de manera diferente.
Como Candra, por ejemplo. Había muchas razones por las que Ori había querido restaurar la anterior posición de su madre... pero la mayor parte giraba en torno al orgullo, la venganza, y la vergüenza por su estado actual. Ahora se daba cuenta de que era más importante simplemente mejorar la vida de su madre consiguiendo liberarla de las garras de Venn. Los cuatro Sumos Señores podrían hacer eso, le aseguró Gadin Badolfa cuando contactó con él. Ella sólo necesitaba algo para negociar con ellos en lugar de la nave espacial de Jelph. Jelph había sugerido las cuatro armas bláster en perfecto funcionamiento que tenía escondidas en su casa; ella podría afirmar que las había descubierto en una tumba en alguna parte. Todas las armas que tenían de la tripulación del Presagio hacía mucho tiempo que se habían agotado. El descubrimiento de unas armas cargadas supondría una importante diferencia en la violenta política de los Sumos Señores.
-No vamos a llegar a tiempo -dijo Jelph. Su uvak no había querido llevar a dos jinetes extraños y había luchado con ellos todo el camino-. ¿Qué es eso allá arriba?
Ori levantó la vista para ver un grupo de uvak que volaba formando una V -una figura solitaria seguida por tres más a cada lado- y se alzaba en el aire por encima de ellos.
-¡Maldición! –Se dio cuenta de que habían encontrado la corriente de aire-. ¡Van a llegar allí antes que nosotros!
-Mantén el rumbo -dijo Jelph. Se agarró más fuerte a ella-. ¡Pero más rápido!

Ori dejó que Jelph saltara a tierra lejos de la vista de la granja antes de aterrizar. Vio cómo se posaba con agilidad en el suelo y rodaba para ponerse a cubierto. Era tan sorprendente verlo en acción, con la misma capacidad física que un Sable Sith en todos los sentidos. Y además sigiloso. Los visitantes, con sus criaturas estacionadas detrás de la casa, no llegaron a ver nada.
Respirando profundamente, Ori desmontó. El paquete de los blásters estaba donde Jelph había dicho que estaría, debajo del abrevadero. Se parecían mucho a los que había visto en el museo. Con suerte, bastarían para comprar la redención de su madre... y hacer que los visitantes se marcharan.
En voz baja, ensayaba lo que iba a decir mientras rodeaba la casa hacia el enrejado destruido. Sabía qué cuatro de los Sumos Señores esperar. Sintiendo familiares presencias oscuras, los saludó.
-Señores, tengo lo que estaban buscando...
-Sí, eso creo.
Ori palideció ante el sonido de la voz ronca. ¡La Gran Señora!
Pálida y encogida, Lillia Venn salió del establo. Levantando una mano manchada, agarró a Ori mediante la Fuerza, inmovilizándola. Cuatro de sus leales guardias aparecieron desde detrás del granero y sujetaron físicamente a Ori. Dándose la vuelta, la líder Sith habló hacia el granero.
-¡Señores Luzo!
Ori sintió que su columna vertebral se convertía en gelatina cuando Flen y Sawj Luzo abrieron las puertas del establo detrás de Venn, revelando la masa metálica del caza de ataque Aurek en el interior. Badolfa le había contado que Venn había ascendido a Flen y Sawj Luzo al rango de Señores por su lealtad. Ahora, los maquiavélicos hermanos habían regresado a la granja... con su peor enemiga.
-¿Cómo ha pasado esto? -preguntó Ori, debatiéndose contra los guardias-. ¿Badolfa me traicionó?
-Oh, permitimos que Badolfa entregara tus mensajes -dijo Sawj Luzo, alzando su voz chillona con deleite-. Tu madre hizo otro trato.
-¿Qué?
-Sí -dijo Venn, girándose y cojeando hacia el interior-. Ella no creía que tu descubrimiento existiera... ni que los otros Sumos Señores acudirían. Por lo que nos alertó acerca de la reunión.
Ori parecía horrorizada.
-¿A cambio de qué?
Venn se lamió los labios secos.
-Podrías llamarlo... mejores condiciones de trabajo. De haber acudido alguno de los Sumos Señores, los habría juzgado por traición-. Señaló el vehículo espacial-. Pero esto es un premio mucho mejor.
Luchando contra sus captores, Ori miró a su alrededor. Sabía que Jelph estaba ahí fuera, pero ellos eran demasiados. Y ahora el mayor de los hermanos Luzo estaba ayudando a la Gran Señora a avanzar a través del montón parcialmente excavado de estiércol del establo hacia su descubrimiento.
-Lo logré -dijo Venn, triunfante-. He vivido para ver este día-. Soltó el brazo de su acompañante y se apoyó en el caza estelar-. La vida es una broma cruel, Lord Luzo. Te pasas años tratando de llegar a la cima del poder... sólo para que entonces todo el mundo piense que es hora de que mueras.
-Ninguno de nosotros piensa eso, Gran Señora.
-Cállate. -Ella acarició el frío metal del vehículo-. Bueno, la vida de Lillia Venn no ha terminado. Hay otra cima, otro lugar que conquistar. Comenzaré de nuevo... en las estrellas. -Vagamente consciente de los pasos de sus aliados tras ella, añadió-: Os llevaré a todos conmigo, por supuesto.
-Por supuesto, Gran Señora.
En el exterior, dos de los guardias –que una vez fueron compañeros de Ori en los Sables- se apartaron de Ori, atraídos por las emociones del interior. Ni ellos ni los dos guardias que seguían sujetándola se habían percatado del paquete sin abrir de las armas, detrás de ellos, que levitaba en silencio hacia los arbustos junto a la granja. Pero Ori sí, comenzando a moverse incluso antes de que ella escuchar la orden mental de Jelph.
¡Ori! ¡Abajo!
En lugar liberarse para salir corriendo, Ori lanzó todo su peso hacia al suelo, sorprendiendo a los hombres que sujetaban sus brazos. La distracción fue suficiente para Jelph, que surgió de la granja disparando. Rayos brillantes que no se habían visto en Kesh desde el primer siglo de la ocupación golpearon a los dos guardias por la espalda. Más adelante, el resto de Sables se quedó en estado de shock.
En el interior, la avejentada forma de Venn recuperó el movimiento. Lanzó una mirada a sus nuevos Señores.
-¡Asegurad esta zona!
Jelph cargó hacia el patio, disparando de nuevo. Los demás Sables, que nunca en sus vidas habían desviado un disparo de bláster, se movieron frenéticamente para bloquear la energía. Ori rodó por el suelo, tratando de encontrar el sable de luz de alguno de los guardias caídos. Más adelante, vio a los hermanos Luzo montando guardia en la puerta del establo... mientras que tras ellos, la Gran Señora se había encaramado de alguna manera encima del caza estelar.
No, advirtió sobresaltada. No encima de la nave. Dentro de ella.
Ori se volvió hacia Jelph, que había llegado a su lado. Él también lo había visto Por un momento se quedó paralizado, dejando de disparar. La vieja estaba dentro de su preciada nave estelar. Agarró el brazo de Ori y la ayudó a ponerse en pie.
Disparando de nuevo contra los Luzos y sus guardias, le tiró del brazo.
-¡Ori, vamos!
Lanzada al movimiento de repente, Ori volvió la mirada hacia el granero. Era evidente que él no lo entendía.
-¡Jelph, no! La Gran Señora está aquí -dijo ella-. ¿Qué estás haciendo?
Jelph no respondió. En lugar de eso, la empujó hacia adelante. Lejos de la granja... hacia el río.

En el interior, la anciana agarró el acelerador.
Una voz metálica llegó desde el compartimiento.
-Sistema automático de navegación activado. Modo de suspensión activo.
Venn abrió los ojos como platos cuando comenzó a ascender.
Fuera del Aurek, los hermanos Luzo ordenaban a los Sables supervivientes que vigilasen la entrada ante Ori y su desconocido protector. La puerta trasera del establo estaba diseñada para uvak de alas anchas; fácilmente permitiría la salida de un caza estelar en suspensión.
-Semejante poder -dijo Sawj Luzo, observando alzarse al monstruo de metal-. Ni siquiera nos necesitará para cortar los amarres.
-¿Amarres?
Flen miró debajo de la nave. Dos pequeñas cuerdas de monofilamento atadas alrededor de los trenes de aterrizaje eran ahora apenas visibles a la luz. Cuando las cuerdas quedaron tensas, los ojos amarillos del joven Señor fueron disparados a los otros extremos, enterrados en el cieno donde había estado estacionada la nave.
Allí, en el suelo, unos pequeños agarres saltaron... y derribaron los sueños de un Señor Oscuro.
El dispositivo de seguridad se había instalado antes de que Jelph trajera la primera pieza del caza estelar desde la selva. El Aurek había estado oculto bajo un montículo de estiércol en el granero... pero bajo él había enterrado algo más: dos de los torpedos de protones de la nave, rodeados de miles de kilogramos de explosivo con base de nitrato de amonio. Transformar los fertilizantes en algo que sirviera como sistema anti-robo había requerido mucha paciencia y atención... pero le había dado a Jelph una manera de convertir el trabajo que usaba como tapadera en algo útil para su misión.
Ahora, el sistema anti-robo había funcionado exactamente como estaba previsto. Cuando los cables tiraron hacia arriba, los disparadores golpearon las espoletas de los torpedos. Las armas detonaron, encendiendo los explosivos a su alrededor.
Un trueno azotó la granja cuando la bola de fuego se abrió camino surgiendo de la arcilla que lo rodeaba, consumiendo el establo y sus ocupantes en milisegundos. En el exterior, Jelph se lanzó sobre Ori, lanzando a ambos al agua justo cuando la onda de choque golpeaba el suelo tras ellos.
Lanzado a través de los pedazos techo del granero, el caza de ataque ascendió sobre un géiser de calor y fuerza. Por una fracción de segundo la mujer en su interior se regocijó ante el movimiento, suponiendo que se trataba de una manifestación natural del poder del vehículo. Su alegría terminó cuando, con los escudos de la nave desactivados, los otros cuatro torpedos detonaron en sus tubos de lanzamiento. Incluso desde Tahv, en la distancia, los trabajadores de turno de noche pudieron ver al nuevo cometa brillar cobrando vida y morir igual de rápido, bañando el cielo del sur con una luz extraña.
Lillia Venn había encontrado su camino hacia el cielo.

viernes, 3 de junio de 2011

La Tribu Perdida de los Sith #6: Centinela (II)

Capítulo Dos
Odio: puro, y opresivo. Tahv era un monumento a ello. Jelph lo sentía en cada callejuela, en cada encrucijada. El lado oscuro de la Fuerza impregnaba este lugar, como en ningún sitio que hubiera visitado nunca.
Muchas veces, mientras crecía en Toprawa, Jelph había pensado que se estaba volviendo loco. Se veía acosado por constantes dolores de cabeza, cada momento de vigilia le pasaba factura. Sólo más tarde se dio cuenta de que la causa había sido su sensibilidad a la Fuerza al desarrollarse, en respuesta a las cicatrices psíquicas que Exar Kun y su clase habían causado a su mundo, años antes.
Pero su mal era pasado. El ácido psíquico que corría por las calles de Tahv estaba vivo. Estaba en todas partes. El edificio junto al que se ocultaba era el hogar de un anciano Sith que castigaba violentamente a un sirviente keshiri. La ventana de enfrente, más allá de la cual una joven pareja planeaba las muertes de sus vecinos. El vigilante que caminaba por la calle, cuyos recuerdos albergaban cosas peores de lo que Jelph era capaz de imaginar.
Jelph trató de rechazar las impresiones que le llegaban a través de la Fuerza sin atraer la atención sobre su presencia psíquica. Era casi imposible. Los Sith difundían felizmente su odio y su ira, como animales salvajes aullando a las estrellas.
Apoyándose contra una pared, Jelph se inclinó hacia delante. Demasiado tarde, se dio cuenta de que no había sido una buena idea comer antes de venir aquí. Se levantó, jadeando y limpiándose el sudor de la frente. ¿Cuántos Sith vivían aquí?, se preguntó. ¿En Tahv? ¿En Kesh? Nunca lo sabría. Seguía siendo un explorador de los Jedi, aunque no lo reconocieran como tal; le habría gustado entregar un informe completo cuando regresara. Pero cada vez que se había acercado a algún núcleo de población, había caído enfermo. Incluyendo ahora, cuando más necesitaba sus facultades.
Jelph luchó por ordenar sus pensamientos. Ori. Necesitaba encontrar a Ori. Su nombre, su rostro sería su salvavidas. Ella era la razón de que estuviera allí... y de que no se hubiera marchado.
Él conocía muy bien la presencia de Ori a través de la Fuerza, pero no tenía ninguna esperanza de encontrarla en el mar de fuertes sentimientos que era Tahv. Se preguntaba cómo había ella sobrevivido siquiera allí. Su naturaleza oscura nunca le había parecido del mismo tipo que la de los con los demás Sith de Kesh, por mucho que ella adoptase esa pose. Ori era orgullosa, no venal, indignada, no llena de odio. De haber sido de otro modo, él habría retrocedido ante su toque. Tenía que estar en lo cierto acerca de ella.
Pero, ¿y si estaba equivocado? ¿Estaba ella siquiera aquí?
Jelph estaba a punto de rendirse a la desesperación que le rodeaba cuando vio una cosa que hizo que algo se agitase en su memoria. En uno de sus primeros encuentros, Ori se había jactado acerca de cómo ninguno de los otros Sables tenía su conocimiento del sistema de acueductos de la ciudad. Era su territorio de patrulla, junto con sus aprendices. Jelph levantó la vista para ver uno de los varios gigantescos edificios de piedra repartidos por toda la ciudad, que recogían el agua que llegaba desde la sierra. Construidos en primer lugar por los keshiri, el sistema había sido mejorado por los primeros Sith, que añadieron depósitos de almacenamiento a decenas de metros del suelo. Ori estaba en lo cierto: desde allá arriba, podía verse todo Tahv. Y, con suerte, no sentirlo, pensó.
Se dirigió hacia las sombras bajo un inmenso soporte del acueducto, un pilar casi del tamaño de una manzana de casas. La sensación lado oscuro no era tan mala allí. Jelph escaló el soporte apoyo, cuidándose de permanecer constantemente en la oscuridad hasta que llegó a la cima.
Con una ancha cornisa a cada lado de las rugientes aguas canalizadas, el canal de piedra tenía el tamaño de una calle de la ciudad. Tumbado boca abajo en la cornisa, Jelph se maravilló del hecho de que los keshiri habían sido capaces de construir, en efecto, un río en el aire mucho antes de los Sith hubieran llegado. ¿De qué podrían haber sido capaces de no haber sido molestados? Sacudiendo la cabeza, alcanzó su mochila y sacó sus macrobinoculares.
Estudiando de la zona, advirtió una cadena de montañas que acechando lejos hacia el oeste. Le llenó de terror. Había escuchado que los Sith mantenían su nave naufragada allí, en un templo. ¿Serían capaces de utilizar materiales de su caza para repararla? ¿O tal vez un Sith simplemente trataría de escapar en su caza, planeando volver más tarde en busca de los demás? En cualquier caso, la búsqueda de Ori era ahora lo más importante. Devolviendo se atención hacia la ciudad que se alzaba bajo él, puso el visor de visión nocturna y escaneó las calles que conducían al gran palacio. ¿Habría ido ella allí, incluso a sabiendas de lo que la Gran Señora Venn había hecho a su familia? Tratando de ver más allá, se atrevió a ponerse en pie.
-Ori, ¿dónde estás?
De repente, una mano invisible le golpeó, haciéndole caer hacia atrás en la corriente de agua. Sus manos dejaron caer los macrobinoculares, que rebotaron una vez en la cornisa y se destrozaron, sin que él pudiera verlo, en un tejado de mármol mucho más abajo. Una vez que tocó fondo en el canal de un metro de profundidad, Jelph afianzó sus botas de trabajo contra el resbaladizo suelo de piedra y se dio impulso hacia arriba... sólo para salir volando de nuevo hacia atrás, empujado por la Fuerza. Incapaz de incorporarse, la corriente le arrastró.
La fuerza de la corriente disminuyó, depositándolo en un estanque de recogida... mucho más abajo, pero todavía muchos metros por encima de los tejados más cercanos. Luchó por llegar a la parte menos profunda, desenganchó el sable de luz de su cinturón, y lo encendió. Con destellos de luz azul en la noche, Jelph avanzó con dificultad en el agua que le cubría hasta la cintura, en busca de su asaltante.
-¡Mentiroso!
El grito provenía de arriba, en el canal. Allí Jelph vio la silueta de una mujer que se lanzaba hacia él, blandiendo un sable de luz carmesí. Agarrando el arma con ambas manos, desvió el potente golpe, permitiendo que la fuerza del ataque de la mujer la hiciera caer en el depósito con él. Ella recuperó su posición con rapidez y golpeó de nuevo.
-¡Mentiroso! -repitió Ori, con sus ojos normalmente marrones ardiendo en color naranja.
-Lo descubriste -dijo Jelph, chocando su sable de luz contra el de ella en un crepitante bloqueo. Era todo lo que se le ocurrió decir.
Ori gruñó algo inaudible y le lanzó una patada a través del agua. Jelph esquivó el movimiento, causando que ambos perdieran el equilibrio... y provocando que a Ori se le cayera su sable de luz a la parte más profunda del estanque.
Al verla chapoteando, buscando el arma, Jelph dio un paso atrás para darle espacio.
-Lo descubriste -dijo, desactivando su sable de luz-. Lo descubriste... y destruiste el jardín. No te culpo.
-¡Yo sí te culpo! –Poniéndose en pie de nuevo, lanzó la mano hacia el agua, sin éxito-. Eres un mentiroso. ¡Eres un Jedi!
-Lo fui -dijo. No tenía sentido negarlo-. Es mi nave espacial lo que encontraste. Gracias a la Fuerza que no trataste de entrar...
-¿Qué? ¿No crees que sea lo bastante inteligente? –Con el agua goteándole por todo el cuerpo, le miró fijamente-. Para ti sólo soy una estúpida... ¡no mejor que los keshiri!
-¡Eso no es cierto!
-Llegamos del espacio, ya lo sabes. ¡Y volveremos a él! ¿Es eso de lo que tienes miedo?
-Sí... entre otras cosas. –Recordando de repente dónde estaba, Jelph miró nerviosamente hacia arriba. El depósito estaba demasiado alto para que pudieran escucharles desde abajo, pero antes había visto centinelas aéreos. Al menos la había encontrado-. ¿Qué... qué estás haciendo aquí?
Ori caminaba por el agua pisando con fuerza, todavía incapaz de encontrar su sable de luz.
-¡Vine a Tahv para hablarles de ti! ¡Para advertirles!
-¿Aquí arriba? -Él había esperado que ella fuera directamente a ver a alguien de importancia. La estudió mientras ella se sacudía el agua del cabello-. Espera. que viste a alguien importante. A tu madre.
La mujer Sith tan sólo frunció el ceño.
-Creía que tu madre ya no estaba en el poder...
-¡Eso va a cambiar! –El rostro de Ori se llenó de rabia-. ¡Con lo que sabemos ahora, ella volverá! ¡Yo volveré!
Jelph dio un paso atrás, como empujado por la fuerza de sus palabras.
-Esto no es propio de ti –dijo-. A la persona que estuvo conmigo esos días ya no le importaba eso. Esa persona...
-Esa no era yo -escupió Ori-. ¡Esa era un fracaso!
-Pero a mí me gustaba esa otra tú... y no me importa cómo la llames. Era una parte de ti.
-¡Esa persona no era Sith! -Señaló a las estrellas, que asomaban entre las nubes en lo alto-. ¡Aquello nos pertenece! No se trata sólo de mí. Hemos vivido aquí mil años, a la espera de volver allí. ¡A la espera de recuperar lo que es nuestro!
Jelph empezó a decir algo, pero se detuvo.
-Eso es cierto -susurró, pensando. La tribu era un remanente de la Gran Guerra Hiperespacial, que había tenido lugar más de un milenio antes. Ella no sabía lo que había ocurrido después.
Él tenía un arma. La Historia.
-Ya no existen los Sith -dijo Jelph.
-¿Qué?
-Ya no existen los Sith –repitió-. Se extinguieron.
-Estás mintiendo -dijo Ori, vadeando hacia el borde-. ¡Esa nave que ocultabas era una nave de guerra! Esas grandes... puntas a cada lado. ¿Me estás diciendo que son por decoración?
Jelph negó con la cabeza.
-Sí, tenemos enemigos. E incluso hemos luchado contra los Sith en tiempos recientes. Un Jedi, Exar Kun, cayó en el lado oscuro y revivió el movimiento. Pero fueron erradicados. Derrotados... todos ellos. -Con cuidado, comenzó a acercarse hacia ella-. Por lo que sé, tu pueblo son los únicos Sith que quedan con vida en la galaxia. Siente mis pensamientos. Sabes que estoy diciendo la verdad.
Respirando con dificultad, Ori le devolvió la mirada. Su ira pasó, se izó en el borde del estanque y se quitó la bota. Cayó agua de su interior.
-Nos alzaremos -dijo, más tranquila ahora-. Solos contra un Jedi, o contra mil millones. Nos arriesgaremos.
-Los Jedi os aplastarán.
-¿Sabe alguien siquiera que existamos? –preguntó ella-. Si los Sith no nos han estado buscando, no creo que los Jedi lo hayan hecho.
-Me están buscando a mí –dijo él-. Y créeme, los Jedi os están buscando.
No sabía que había sido de todos los miembros del Pacto desde que huyó... pero sabía que mientras Lucien Draay siguiera vivo, alguien estaría buscando a los Sith.
Ori se frotó la frente, exasperada.
-Si no puedo salvar a mi familia... y no puedo salvar a mi pueblo... ¿entonces qué se supone que debo hacer?
-¿Qué se supone que debes hacer? -Jelph se echó a reír-.Tú eres la que siempre dice que establece su propio camino. -Se acercó vadeando hacia su posición en el borde-. Simplemente decide lo que deseas.
Durante un largo momento, Ori lo miró, de pie ante ella en el agua iluminada por las estrellas. Finalmente, cerró los ojos y sacudió la cabeza.
-Nunca seremos capaces de confiar el uno en el otro -dijo.
Jelph la miró inquisitivamente.
Ella abrió los ojos y lo miró.
-Puedo sentirlo en tus pensamientos. Crees que soy hermosa. Crees que me quieres. Quieres confiar en mí. Pero estás examinando cada palabra que digo, tratando de descubrirme, tratando de atraparme. Por ser quien soy.
Jelph bajó la mirada hacia el agua. Él no había sabido por qué había venido hasta aquí, cuando tantas cosas estaban en juego. No hasta ese momento.
-Creo que sé quién eres, Ori.
Dio un paso adelante y le puso la mano en el hombro. Ella se encogió ante su toque.
-Jelph -dijo ella, agarrando su mano, pero sin apartarla-. No puedo ser la persona que era entonces en la granja. Si la única manera de estar contigo es ser débil, entonces no puedo hacerlo.
-Puedes ser fuerte –dijo él, agarrándola y tirando de ella fuera del borde, introduciéndola en el agua ante él. Cuando ella tocó el fondo con los pies, levantó la mirada hacia él-. Eres fuerte –dijo él-. Solo que no tienes por qué gobernar la galaxia.
Ella apartó la mirada de él, bajándola hacia el agua.
-Sabes que para eso es para lo nacemos. Para gobernar la galaxia.
-Entonces la Tribu se basa en un truco –dijo él-. En un engaño. Todo el mundo está luchando por algo que sólo una persona puede tener. Sólo una. Lo que significa que ser un Sith... es ser un fracaso casi seguro. Casi todos los que siguen vuestro Código están condenados al fracaso, incluso antes de empezar. -Jelph soltó una risita burlona-. ¿Qué clase de filosofía es esa? -Alzándole la barbilla con su mano, la miró a los ojos, marrones de nuevo-. No te dejes engañar. No se puede perder si no se juega.
La besó, sin preocuparse de lo que cualquier centinela aéreo Sith pudiera ver. Ori le devolvió el abrazo antes de retroceder.
-Espera -dijo ella-. Ya estamos jugando. Está en movimiento. No puedo pararlo.
-¿Qué quieres decir?
Frunciendo el ceño con aire tenebroso, Ori explicó lo que su madre había sugerido que hiciera.
-Ya he mandado aviso a los Sumos Señores rivales -dijo-. Se reunirán conmigo en tu granja para ver la nave espacial.
Súbitamente de vuelta a la realidad por la conmoción, Jelph la soltó.
-¿Qué... qué les has dicho?
Aturdido, salió del depósito.
Ori le siguió, apelando a él. Su madre le había dado una frase para que la usase... un código dentro de la pequeña comunidad de los Sumos Señores para un descubrimiento que pudiera conmocionar Kesh por su importancia.
-No les hablé acerca de la nave espacial, pero saben que es importante –dijo-. Se supone que se encontrarán conmigo allí mañana al atardecer.
-¡Al atardecer! –Jelph quedó abatido. Había tardado todo un día y una noche sólo para llegar allí a pie-. ¿Cómo pretendías llegar allí?
-Iba a robar un uvak -dijo Ori, de pie sobre el borde y señalando una figura oscura arriba en el cielo-. Es por eso que vine aquí arriba: sabía que desde el acueducto podría atraer a uno de los centinelas aéreos aquí abajo. -Ella le devolvió la mirada con petulancia-. Por supuesto, eso era cuando todavía tenía un sable de luz.
-Suerte que has hecho un amigo –dijo él, de pie en el borde a su lado y mirando al centinela volador. Sonrió-. ¿Sabes, Ori? Eres el primer Sith contra el que he luchado.
-Puede que tengas que esforzarse más contra este otro –dijo ella, viendo cómo su sable de luz cobraba vida-. No todos nos dejamos encandilar tan fácilmente.

domingo, 29 de mayo de 2011

La Tribu Perdida de los Sith #6: Centinela (I)

La Tribu Perdida de los Sith #6: Centinela
John Jackson Miller

Capítulo Uno
3960 ABY

-Creo que... puede que haya arruinado mi vida.
-Suena como si hubieras conocido a una mujer –dijo el camarero de rostro púrpura, rellenando la jarra-. ¿Quieres que deje aquí la botella?
Sólo si puedo usarla para romperla en mi cabeza, pensó Jelph Marrian. Era agua dulce, de todos modos... Nada que pudiera ayudarle a olvidar. Con el sudor goteando desde su apelmazado pelo rubio, bebió un profundo trago. La jarra vacía brilló, atrapando la luz del fuego en sus caras talladas. Jelph la hizo dar vueltas en su mano, siguiendo las reflexiones. Desde su llegada a Kesh, sólo había bebido en conchas orojo. Pero la artesanía del vidrio de los keshiri era preciosa... Incluso allí, para servir a los huéspedes en una modesta estación de paso.
El camarero le pasó un plato de gachas.
-Amigo, parece como si hubieras venido corriendo desde Talbus del Sur.
-Y más.
Jelph no añadió que había estado corriendo prácticamente sin pausa desde la noche anterior. Ahora, mientras el sol se ponía otra vez, se había detenido, medio muerto de sed y de hambre, en un tugurio junto a las alargadas sombras de los muros de la capital. Jelph simplemente asintió con la cabeza al agradable anciano keshiri y se retiró a un rincón con su comida. Los nativos de Kesh siempre se sentían más libres para familiarizarse con los esclavos humanos que con los Sith. No deben tener muchos problemas para diferenciarnos, imaginó; esa noche, sus harapientas ropas empapadas, probablemente fueran una pista de que él no había nacido en lo alto.
En realidad, por supuesto, Jelph era el único mortal en Kesh nacido "en lo alto." Provenía del espacio, aunque no había ningún planeta al que llamase hogar. Los tres años que antiguo Caballero Jedi había pasado en su pequeña granja junto al río Marisota fueron el periodo más largo que había vivido en un único lugar en años. Había tenido suerte de encontrarla. Jelph había descubierto la finca abandonada pocos días después de estrellarse con su caza en las tierras altas de la selva, cuando el hambre lo hizo lo suficientemente valiente para ir a explorar. Los ocupantes originales se habían marchado mucho antes, probablemente por temor a las historias de que el río Marisota estaba maldito. Al sentir el lado oscuro de la Fuerza a su alrededor, Jelph había comenzado a opinar lo mismo... hasta que se aventuró hacia el norte y se dio cuenta de que, de hecho, el planeta entero estaba bajo una maldición. Kesh pertenecía a los Sith.
Jelph había dedicado toda su vida adulta a evitar el regreso de los Sith a la galaxia. Toprawa había sido devastado por la guerra de los Jedi contra Exar Kun; Jelph había nacido en un mundo que ya había perdido toda esperanza. Huérfano de padre, de su madre sólo escuchó historias de horror acerca de la ocupación Sith. Cuando ella desapareció una mañana para nunca más volver, el joven Jelph podría haber perdido también la esperanza... si no hubiera llegado en forma de exploradores Jedi. La mujer que le presentaron le salvaría la vida.
Krynda Draay también había perdido a alguien en Toprawa -su marido Jedi- y habían creado un Pacto, un grupo de Caballeros Jedi dispuesto a hacer cualquier cosa para evitar el retorno de los Sith. Ayudándola en sus atentas visiones se encontraban las Sombras, agentes al servicio de su hijo, otro Jedi de gran visión. El Maestro Lucien había eliminado de alguna manera a Jelph del listado de Jedi, proporcionando al joven una movilidad total y completa. Durante años, Jelph había sido el agente secreto perfecto, viajando por todo el Borde Exterior investigando posibles amenazas Sith mientras que la verdadera Orden Jedi se entretenía con asuntos menor importancia. Se encontraba satisfecho con su éxito...
...hasta que empezó la guerra de la República con los acorazados mandalorianos, cuando todo cambió. Jelph nunca supo exactamente qué había sucedido, aparte de que algún cisma había decapitado el Pacto, revelando su la existencia, entre otras cosas. Considerado entonces por los Jedi como un forajido, Jelph encontró que su única opción era huir. ¡Qué ironía que, al elegir Kesh como su refugio, había encontrado precisamente aquello con lo que había jurado acabar!
Jelph terminó su comida y se frotó los ojos. Hasta ahora lo había hecho todo bien. Después de la vida como una Sombra, esconderse de los Sith en Kesh no había resultado difícil. Sabía como ocultar su presencia en la Fuerza. Y la existencia de una clase de parias humanos facilitó que se mezclase con ellos, siempre y cuando viviera en las tierras interiores y redujera el contacto al mínimo. En poco tiempo, había aprendido el dialecto local y adoptado su acento, dándole acceso a las necesidades de la vida. Una vida dedicada a atender su granja durante el día... y trabajar para reparar caza estelar su dañado por las noches.
El caza estelar. Ya había terminado la reparación de la mayoría del daño causado al Aurek por la tormenta de meteoros; sólo quedaba volver a instalar la consola de comunicaciones y seleccionar el momento y el modo de su partida. Entonces, se convertiría realmente en el centinela que había pretendido ser, advirtiendo a la República y a los Jedi de la presencia de los Sith, y recuperando su buen nombre.
Pero entonces la conoció a ella. Ori Kitai era de los Sith, y se había acercado demasiado a ella, a pesar de su buen juicio. Había dejado que lo distrajera de su misión. La había admitido en su casa. Y ahora ella había descubierto su caza... y se había ido, probablemente para advertir a los Sith.
¿O tal vez no?
Había salido de la granja rápidamente. No había otra elección. Prefería no poner en marcha el caza sin el sistema de comunicaciones, y reinstalarlo tardaría una semana. Merecía la pena intentar al menos atrapar a Ori. Pero ahora se maldecía a sí mismo por no haber estudiado las pistas más detenidamente. Sí, alguien había entrado al cobertizo, matado a su uvak, y descubierto el caza estelar. Pero no estaba claro quién había hecho qué. Sí, Ori había desaparecido, y sus huellas conducían hacia el sendero. Pero otras personas a lomos de uvak también habían estado allí recientemente, y se habían marchado. Sólo Sith con derechos especiales podían montar uvak... pero supuestamente todos ellos eran hostiles hacia Ori, a quién ahora consideraban como una esclava. ¿Había ha cambiado algo? Ella no se habría ido con ellos, en ningún caso.
Su apuesta era que la Tribu no sabía aún de su secreto. Si los jinetes de uvak Sith hubieran descubierto su nave, habrían dejado a alguien para protegerlo. Eso dejaba a Ori. El día anterior, cuando él se encontraba en la selva, había sentido una profunda punzada de la traición por parte de ella a través de la Fuerza. Había visto la destrucción que había causado en su pequeña granja. Y ahora ella se dirigía hacia la capital con un conocimiento capaz de difundir la destrucción a escala galáctica.
Tenía que ser ella. El rastro de Ori había desaparecido antes de la encrucijada, pero Jelph seguía seguro de que se estaba dirigiendo hacia Tahv. No había nada salvo selva al este, y nadie a quien decirle nada aguas abajo, en los pueblos abandonados de los Lagos Ragnos. Con las lluvias del monzón ahogando el río Marisota, se habían cerrado los vados a las escasas ciudades del sur. Eso dejaba la capital, una ciudad que nunca había visitado. El centro del mal en Kesh, sede de la Gran Señora Lillia Venn y de toda su maldita Tribu.
Miró por la ventana hacia las ahora inútiles murallas de la ciudad. ¿Dónde podría estar Ori? ¿Adónde habría ido?
-No pareces feliz, amigo mío. –El preocupado anciano keshiri tomó el cuenco vacío-. Yo siempre trato de tener algo que ofrecer a los pobres. Siento que no sea nada mejor.
-No es eso -dijo Jelph, volviendo a la realidad.
-Ah. La mujer. .El anciano se retiró detrás del mostrador-. Puede que no sea de tu especie, joven humano, pero puedo decirte algo universal. Deja que una mujer entre en tu vida, y podrá suceder cualquier cosa.
Jelph dio un paso hacia la puerta, se volvió y asintió.
-Eso es lo que me da miedo.

Los últimos visitantes abandonaron el zoo. Así era como Ori lo había llamado siempre, pero su auténtico nombre era algo más complicado. Originariamente había sido un parque en honor a Nida Korsin y los Rangers Celestiales, y desde entonces había recibido los nombres de otros dos o tres Grandes Señores, aunque a Ori eso no le parecía un honor especialmente elevado. Tiempo atrás, en su interior había habido animales salvajes, los últimos especímenes de algunas de las especies depredadoras de Kesh. Pero hacía tiempo que los Sith los habían liberado del parque para cazarlos y matarlos por deporte.
Ahora las instalaciones servían como establo público para las monturas uvak usadas en la monta-rastrillo... al menos para aquellos escasos uvak que sobrevivían a sus enfrentamientos en ese violento deporte. Ciudadanos Sith y keshiri acudían por igual para maravillarse ante las poderosas bestias, a las que se cuidaba y preparaba para sus encuentros en la cercana Korsinata.
Últimamente, sin embargo, acudían para ver otra cosa. O, más bien, a una persona.
Ori encontró a su madre donde esperaba encontrarla: limpiando los establos de los uvak. Jelph había estado completamente en lo cierto: la Gran Señora Venn había convertido la caída de Candra Kitai del poder en un espectáculo público. Bajo los observantes ojos del corpulento guardia nocturno, la depuesta Suma Señora continuaba con el trabajo que había estado haciendo durante todo el día como atracción para los transeúntes. Llevando todavía la túnica ceremonial del Día de Donellan, sólo que ahora sucia y raída, Candra se apoyaba sobre la punta de sus pies, moviendo delicadamente montones de estiércol con una larga pala.
Mirando hacia abajo desde donde se encontraba colgada, en el techo del refugio, Ori esperó a que el guardia estuviera justo bajo ella. Entonces se impulsó, dejándose caer y dejando al centinela sin sentido de una patada. Se arrodilló para recoger el sable de luz del hombre y lo arrastró detrás de uno de los establos de los uvak.
Con los ojos húmedos por el hedor, Candra alzó la mirada hacia su hija con aire cansado.
-Has vuelto.
-Sí.
-Han pasado semanas y semanas.
-Tan sólo dos –dijo Ori, examinando a su madre. Había pasado tan poco tiempo desde la festividad, y apenas podía reconocer a esa mujer. Las canas que habían sido siempre cuidadosamente ocultadas por las esteticienes keshiri ahora estaban descuidadas y a la vista. Candra apestaba por todas las asquerosidades que se encontraba en su trabajo. Sus manos, sin embargo, permanecían libres de callos. Ori pudo ver el por qué cuando Candra volvió como un autómata a su trabajo, sujetando con cautela la pala y haciendo movimientos cortos.
-Siguen alimentándolos con unas gachas que les hacen ponerse enfermos –refunfuñó Candra-. Sé que lo están haciendo a propósito.
-Nunca terminarás de hacer este trabajo si usas la pala de ese modo –dijo Ori, acercándose y tomando la herramienta de sus manos. Mirándola por un instante, de pronto recordó que no era ninguna granjera y la arrojó a un lado-. ¿Has estado aquí todo este tiempo?
Candra señaló débilmente a un establo vacío al otro lado del edificio.
-A veces me dejan dormir ahí. –Con cansancio, miró a Ori-. Pareces cansada, cariño. ¿Has descansado?
Ori resopló. Había estado corriendo toda la noche y el día anterior desde la granja de Jelph después de descubrir su secreto en el cobertizo, llegando finalmente a Tahv una hora antes. Ahora, por fin, estaba allí... y tenía algo con lo que negociar. ¿Qué era él? ¿De dónde venía? SISTEMAS DE FLOTA DE LA REPÚBLICA, decían los caracteres antiguos. La República, según recordaba de sus estudios, era la herramienta de los Jedi; el organismo títere mediante el cual los Caballeros Jedi gobernaban a los débiles de la galaxia.
Definitivamente era una información que valdría algo para alguien. Pero, ¿para quién?
-Voy a sacarte de aquí -le dijo a su madre.
-No puedo irme sin más –dijo Candra-. Nos encontrarán, donde quiera que vayamos... y ambas acabaremos de vuelta aquí.
Mirando rápidamente al exterior de los establos, Ori condujo a la mujer de más edad hacia las sombras.
-No voy a hacer que escapes. He... descubierto algo. Algo que nos restaurará... que te restaurará. Tienes que conseguir que pueda ver a los Sumos Señores.
Candra la miró, desconcertada, durante un buen rato antes de volver los ojos hacia la pala, con aire de culpabilidad.
-Será mejor que vuelva al trabajo, antes de que alguien venga a controlar...
Ori agarró a su madre por las muñecas antes de que ésta pudiera moverse.
-¡Madre, necesito saber con quién hablar!
Sacudiendo la cabeza, Candra luchó por evadir la mirada de su hija.
-No, Ori. No sé lo que piensas que has encontrado, pero nada supondrá una diferencia. Hemos perdido.
Esto supondrá una diferencia! –Ori no tenía la menor duda al respecto. Se lo explicó brevemente. Había otra nave estelar en Kesh, otra aparte del Presagio, Una nueva, oculta en una granja junto al Río Marisota. Los susurros de Ori crecieron en volumen por la excitación-. ¡No se trata tan sólo de nuestra familia, Madre! ¡Se trata de reunir a la Tribu con los Sith!
Candra simplemente la miró, incrédula.
-Te has vuelto loca. Te has inventado toda esta historia, para tratar de volver...
Escuchando que el guardia comenzaba a moverse, Ori miró frenéticamente a Candra.
-Conoces la política. Necesito saber qué hacer. ¿A quién puedo acudir?
Ante la palabra política, los ojos de Candra parecieron concentrarse. Volviendo a mirar con tristeza a la pala, habló en voz baja. Tres de los Sumos Señores eran títeres recién nombrados por la Gran Señora, dijo. Pero eso dejaba a otros cuatro que podrían escuchar... dos de cada una de las antiguas facciones Roja y Dorada. Ellos formaban el equilibrio del poder político, y bien podrían premiar a la familia Kitai por llevarles la noticia primeramente a ellos.
-Si esto es real, tienes que llevarlos allí, para que lo vean por sí mismos -dijo Candra-. Envíales mensajes a través de Gadin Badolfa, el arquitecto. Él se ve con todos ellos, y yo todavía confío en él. No les digas exactamente lo que has encontrado; de esa manera, no quedan comprometidos por ir a encontrarse contigo.
Ori reflexionó. El muy demandado Badolfa se encontraba muy elevado en la sociedad Sith, y era una figura con los mejores contactos que una persona fuera de la jerarquía pudiera tener. Los Sumos Señores podrían no creer que las invitaciones fueran legítimas, incluso aunque llegasen a través de un amigo de confianza de la familia como Badolfa... pero no quedaban muchas opciones.
Arrastró el cuerpo del guardia de vuelta al establo. Antes había pasado junto a un abrevadero que serviría perfectamente como hogar temporal para él; los otros guardias asumirían que se encontraba borracho durante su turno. Pero se quedó con el sable de luz. Sólo había pasado un día desde que los hermanos Luzo habían tomado el suyo, pero se sentía bien al tener uno de nuevo en su mano.
-Madre, ¿estás segura de que no quieres venir conmigo?
Apoyada en el mango de la pala, Candra lanzó una larga y dura mirada a su hija.
-No, ahora mismo este es mi lugar. Yo sólo te retrasaría. –Bajó la mirada al suelo del establo e hizo una mueca-. Y si este plan tuyo no funciona, no te molestes por mí aquí. No espero durar aquí mucho más tiempo de todos modos.