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viernes, 15 de noviembre de 2013

Empate

Empate
Angela Phillips

-Muy bien, Chico Azul, llévanos a casa.
Las líneas estelares se convirtieron en un planeta verde azulado cuando Mair Koda sacó su carguero del hiperespacio sobre Vernet.
-Tiene buen aspecto –murmuró, sonriendo ante la primera vista de su planeta natal después de casi seis meses. El Chico Azul descendió atravesando la capa de nubes; Mair siguió la familiar línea de la costa hacia las franjas de cultivos de cereal del continente sudoriental de Vernet. Elevó su nave sobre las montañas de la cordillera continental y Maz-Verlin apareció a la vista, con las luces de la ciudad brillando todavía en los minutos anteriores al amanecer. Mair se dirigió hacia las luces rojas y azules del puerto estelar.
¿Qué es eso? Se preguntó Mair al observar un patrón desconocido de luces terrestres. Parecía como si un bloque de edificios hubiera sido construido al norte de la ciudad, pero el cielo estaba demasiado oscuro y el Chico Azul avanzaba demasiado rápido para poder distinguir cualquier detalle. Tomó nota mental de preguntar por ello más tarde.
Las colonias granjeras de Vernet eran lo bastante pequeñas como para que los lugareños considerasen todo un acontecimiento la llegada de un carguero estelar. Cuando Mair descendió la rampa al campo de arcilla compactada que servía como espaciopuerto de Maz-Verlin, vio un corro de espectadores aguardando ver lo que la “buena vieja” Mair les había traído esta vez. Incluso bajo la luz gris del amanecer pudo reconocer a algunas personas, y sabía lo que cada una de ellas quería. Sus padres de acogida, Arn y Emmi Stonelaw, habían ordenado una nueva variedad de semilla de cereal, un calibrador para su arado láser y veinte metros de duranex para hacer nuevos monos de trabajo para sus hijos. Lorne Turvey, tabernero local así como operario a tiempo parcial del espaciopuerto, había solicitado tantas holopelículas recientes del Núcleo como Mair pudiera traerle. Pursey Vermilla, una personalidad local, esperaba discos de las últimas modas y (siempre en vano) un rollo de seda de enredadera.
-Por los truenos –exclamó Mair, sonriendo ampliamente-, ¿no tenéis nada mejor que hacer, que me estáis esperando a las oscuro y media de la mañana?
-Bienvenida a casa, Mair –dijo Pursey, asomando al frente de la multitud-. ¿Encontraste mi seda?
Con la ayuda de sus clientes, para mediodía Mair ya había descargado casi toda su carga. Sólo unas pocas y aparatosas piezas de maquinaria agrícola permanecían a bordo cuando entregaba el rollo de duranex al quinceañero Yuri Stonelaw y sonrió cuando el muchacho de pelo claro se tambaleó bajo su peso.
-Eh, ¿por qué no ha aparecido tu hermano, chico? –preguntó Mair, ayudando al muchacho a sujetar el rollo. Yuri torció el gesto, con una expresión que parecía fuera de lugar en su rostro redondo y de mejillas sonrosadas-. ¿Qué ocurre? –continuó Mair-. ¿Kristoff está enfermo o algo? No le he visto en toda la mañana; normalmente es el primero de la fila cuando llego... después de Pursey, claro.
-Kristoff –dijo Arn Stonelaw, tomando el duranex de su hijo- tiene ahora preocupaciones más importantes que esperar en el espaciopuerto.
-¿Qué, se ha casado? –exclamó Mair. Dejó de reírse: la expresión de Arn era sombría y Yuri podría haberle matado con la mirada-. Está bien, me pondré seria, lo siento... ¿Qué es lo que anda mal?
-Todo –comenzó a decir Yuri, pero su padre le cortó.
-Nada anda mal... sólo distinto, eso es todo. La gente tiene que adaptarse. Ahora, ayúdame, Yuri, esta tela es pesada. Mair... ven esta noche a la granja, a cenar.
Mair asintió mientras los Stonelaws se marchaban, y luego meneó la cabeza preguntándose qué cambios misteriosos habían ocurrido a sus amigos mientras volvía a la nave para ordenar lo que quedaba.

***

Recogiéndose su húmedo cabello negro en un moño en la base de la nuca, Mair estaba de pie en la rampa del Chico Azul mirando a la ciudad al otro lado de la plataforma de aterrizaje. La Calle Central parecía vacía para ser esa hora del día. La mayoría de las tardes solía haber un grupo de chicos, liderados por Kris Stonelaw, jugando una improvisada partida de quambah sin reglas mientras que cualquier otra persona con algo de tiempo libre les observaba. Ahora no había nadie salvo tres pittins de pelaje color pastel persiguiendo hojas y una figura baja y fornida que caminaba hacia la nave.
-¡Hey, Yuri! –llamó Mair-. ¿Tus padres piensan que necesitan enviarte para llevarme a la cena? ¿Creéis que voy a dejar escapar una comida casera después de semanas de bazofia espacial?
Yuri sonrió mientras ella le rodeaba con un brazo.
-Me alegro tanto de que estés en casa, Mair –dijo-, es tan agradable volver a tener alguien con quien hablar.
-¿Qué, de repente Kristoff ha crecido demasiado para escuchar a un pequeño renacuajo como tú?
Yuri se detuvo, y miró a Mair fijamente a la cara.
-Se lo llevaron –dijo. Sus ojos azules, que hasta donde alcanzaba la memoria de Mair no habían albergado otra cosa que risas, estaban llenos de pérdida mientras repetía-: Se lo llevaron. Se llevaron a todos los chicos.
-¿Quiénes? –preguntó Mair, aturdida.
Yuri examinó la calle vacía, y luego empezó a tirar del brazo de Mair, dirigiéndola de vuelta a la nave.
-¿No lo sabes? –dijo-. ¿Nadie te lo ha dicho?
La espaciante negó con la cabeza.
-Soy un hongo, y me mantienen a la sombra. ¿Qué pasa? ¿Qué puede ser tan grave si no habéis contactado conmigo...? ¡Y no me tires del brazo! –protestó mientras Yuri tiraba de ella al interior del Chico Azul.
-El Imperio –dijo Yuri, como si eso lo explicara todo-. Talaron una zona del bosque, construyeron una base, y alistaron como soldados a todos los jóvenes.
Mair se derrumbó conmocionada en un maltrecho pero cómodo sofá.
-Se acabó el vecindario –gimió-. ¿A todos los jóvenes?
-A todos entre los dieciocho y veinticinco años –dijo Yuri-, a todos los hábiles, quiero decir. No se llevaron a Daoud Vari; aunque el Imperio podría permitirse ponerle prótesis.
-Si el Imperio quisiera reclutas sin piernas, se las cortarían ellos mismos –dijo Mair-. Supongo que, cuando llegaron, os dijeron a todos una sarta de tonterías sobre “estar preparados” y “asegurar la seguridad de Vernet” y “trabajar juntos para combatir la inestabilidad galáctica”, ¿verdad?
-Sí... ¿cómo lo sabes?
-La misma sarta de tonterías con la que siempre empiezan. Tengo amigos... está pasando lo mismo en mundos por todas partes. Los impes llegan hablando de verdad y justicia, y lo siguiente que sabes es que empiezan a meter sus zarpas en todos los envíos de mercancía y tratan de meterte balizas de seguimiento por la nariz.
Yuri se inclinó hacia la espaciante, con un aspecto serio que resultaba incongruente con sus rasgos aniñados.
-Entonces, Mair, entenderás por qué tenemos que sacar a Kris de allí.
-¡Eh, echa el freno, muchacho! –dijo Mair, parpadeando-. ¿Cómo hemos llegado desde “los impes son pésimos vecinos” a “tenemos que sacar a Kris”?
-Bueno, no podemos dejar que se convierta en uno de ellos, ¿no? -dijo Yuri como si enunciara un hecho evidente.
Mair suspiró.
-No sabes lo que me estás pidiendo, chico.
-Conozco una forma de entrar en el campo, si tú montas guardia para cubrirme las espaldas.
-Y si me ven, tendré que abandonar Vernet y no volver jamás. Por no hablar de lo que pasaría si me atrapan.
-No nos atraparán –insistió el chico-. ¡No podemos abandonar a Kris sin más!
-¿Y qué crees que le pasará después de que le hayamos sacado? El Imperio no es demasiado amable con los desertores. También tendría que marcharse.
-¿Qué tal les sentaría eso a tus padres?
-Mejor que como se sienten ahora... al menos sería libre. Bien podría haberse ido ya, o haber muerto, por lo poco que le vemos ahora. Si se va fuera del planeta, al menos sabremos que tiene una oportunidad de vivir su propia vida. Por favor, ayúdanos, Mair.
Mair dejó caer la cabeza entre las manos, suspirando.
-Puedo pensar en un centenar de razones para seguir como si nunca hubiéramos tenido esta charla... pero os quiero a ti y a Kristoff como hermanos. Despegaré de nuevo en un par de días, y por el trueno que Kris estará conmigo. Dime cómo vamos a entrar en el campamento.

***

Yuri salió del arroyo y se sacudió el agua de las ropas. Sacando la bolsa impermeable de su túnica, extrajo el bláster que había tomado de la alacena de su padre y lo comprobó de nuevo para asegurarse que el selector estuviera en “aturdir”. El viento agitaba las copas de los árboles. Un screeg nocturno llamó lastimeramente a su pareja mientras cazaban a la luz de las tres lunas de Vernet. Yuri se animó a sí mismo a ser valiente. Se irguió tan alto como fue capaz y tragó de meter tripa, pero la tarea no era fácil debido al gran montón de pasteles chor que había comido para cobrar fuerzas para su misión secreta a medianoche. Se sentía como si hubiera tragado un bloque de ferrocemento.
Un salpicón en el arroyo llamó su atención. Se ocultó tras un grupo de arbustos y esperó: Debía de ser Mair, nadando bajo el campo de fuerza del perímetro del campamento como él había hecho, pero no estaba de más ser cuidadoso. Un objeto oscuro salió volando del agua hacia la hierba de la orilla: un rifle bláster. Una figura surgió del arroyo y Yuri se tensó lleno de pavor; en lugar de la familiar silueta de Mair Koda, vio la brillante forma acorazada de un explorador imperial. Tragándose el miedo y los pasteles chor, Yuri saltó de los arbustos y abrió fuego sobre el intruso.
-¡Rayos y truenos, Yuri! ¡Soy yo! –dijo la voz modulada del soldado mientras la figura acorazada se lanzaba al suelo-. Aparta esa cosa... ¿Quieres despertar a todo el mundo en el lado nocturno del planeta?
Yuri bajó su arma.
-¿Mair?
Ella se quitó el casco de soldado explorador.
-¡Renacuajo! –exclamó-. ¡Te dije que estaría disfrazada!
-¿Pero como uno de ellos?
Mair soltó una risita.
-¿Cómo si no crees que una mujer puede moverse por un puesto de entrenamiento del Ejército Imperial? –Volvió a ajustarse el casco-. Pese a lo fea que es, no puedo mostrar mi cara... además, tengo un plan de reserva por si acaso nos ven. –Se puso en pie, sacudiendo agua de su armadura-. La clásica historia de “tú eres mi prisionero”. Dame tu arma, Yuri, y pon tus manos sobre la cabeza.
Yuri obedeció.
-Siento haberte disparado.
-Olvídalo... con tu puntería, no le darías ni a un hutt.
-¿Dónde conseguiste esa armadura? –preguntó Yuri.
-De un amigo.
-¿Dónde la consiguió tu amigo?
Mair hizo una pausa.
-Yuri, hay ciertas preguntas que es mejor que no hagas. Sólo sigue avanzando, y habremos sacado a tu hermano de este campamento antes de que los impes sepan siquiera que estamos aquí. No te preocupes.

***

Salieron del bosque cruzando los campos de entrenamiento, en dirección al complejo central. Yuri, con las manos todavía sobre la cabeza, caminaba ante Mair, quien sostenía su rifle apuntándole a la espalda. Avanzaron en silencio por un largo rato. Finalmente, Yuri habló.
-¿Mair?
-Cállate –siseó Mair-. Nos estamos acercando, y si alguien nos escucha hablar, estamos perdidos.
-Pero me estaba preguntando...
-¿Qué?
-Escuché decir que los imperiales lavan el cerebro... ¿Y si Kristoff no quiere ser rescatado?
Mair no dijo nada; el mismo temor había estado rondando su mente, pero ni por asomo iba a compartir eso con Yuri.
-Por supuesto que querrá ser rescatado –dijo, para confortarse a sí misma tanto como al muchacho-, aunque sólo sea porque las raciones del ejército son asquerosas. Por cierto –dijo, cambiando de tema-, ese plan de nadar por debajo del campo de seguridad ha sido un toque de genio.
Yuri se encogió de hombros.
-Vi peces nadando de un lado a otro por debajo, y supuse que si ellos podían, yo también. Paso mucho tiempo allí, sentado junto al arroyo. –Suspiró-. No puedo creer que fuese este mismo verano cuando Kris y yo estábamos nadando allí. El último día (aunque por supuesto entonces no sabía que iba a ser el último día) atrapamos cangrejos de barro y construimos pequeños rediles de tierra para retenerlos, pero no hacían más que escaparse.
-Igual que vamos a escapar nosotros –dijo Mair-. Ahora cállate, nos estamos acercando a los barracones.

***

Los problemas de seguridad aparentemente estaban lejos de la mente del comandante del campo de entrenamiento de Vernet; Mair y Yuri pudieron avanzar en silencio entre los edificios sin ser detectados. La puerta del barracón de los reclutas estaba cerrada desde el exterior, pero Mair consiguió abrirla fácilmente con un par de golpes de su electro-ganzúa. Yuri se deslizó en silencio al interior mientras Mair permanecía junto a la puerta con su armadura de explorador y trataba de aparentar que ese era el lugar donde debía estar.
Yuri se detuvo mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad del barracón sin ventanas y luego comenzó a buscar a su hermano entre los catres. Todos los hijos de Vernet estaban dormidos en hileras idénticas, todos con idéntica ropa interior oscura, todos con el pelo rapado. Algunos dormían tan en silencio que podrían haber estado muertos, y Yuri se estremeció ante el pensamiento de que estaba colándose en una morgue llena con todos sus compañeros de infancia.
Encontró a Kristoff en un catre bajo a mitad de la fila. Se detuvo para mirar a su hermano. Kristoff Stonelaw era alto, musculoso, de rasgos fuertes pero hermosos: todo lo que el joven Yuri aspiraba a ser en pocos años. Yuri se inclinó para dar unos suaves golpecitos en el hombro de su hermano.
-¿Kris? –susurró.
Los ojos de Kristoff se abrieron inmediatamente.
-¿Yuri? ¿Qué estás haciendo aquí?
-Vamos –susurró ansioso Yuri-. Mair nos espera fuera.
-¿Qué? –Los ojos de Kristoff estaban llenos de asombro.
-Va a llevarte fuera del planeta. Vamos, Kris, antes de que se despierten los demás.
-¿Fuera del planeta? –Kristoff se incorporó en su catre-. Yuri, ¿de qué estás hablando?
-Vamos a sacarte de aquí. Vamos a rescatarte.
-¿Rescatarme? –preguntó Kristoff con un tono de incredulidad en su voz-. No necesito que me rescaten. ¿Qué clase de basura te ha estado contando Mair?

***

¿Qué les está tomando tanto tiempo? Se preguntó Mair; temía ya tener la respuesta. Vamos, Kris, escucha a tu hermano, el renacuajo tiene sentido común. Vamos, piensa por ti mismo...
Mientras estaba ahí quieta, ocurrió el suceso que Mair más temía: un solitario guardia en patrulla nocturna dobló la esquina del barracón, casi chocando contra ella.
-¡Eh! –dijo el guardia-. ¿Qué estás haciendo ahí? ¿Cuál es tu número de servicio?
Mair miró en silencio al guardia y pulsó el seguro de su arma.
-Te estoy hablando a ti, muchacho –continuó el guardia-. ¿Sabes siquiera el santo y seña de esta noche?
¿Santo y seña? Se preguntó Mair. Oh, bueno...
-¿Darth Vader lleva ropa interior con puntillas? –sugirió alegremente mientras sacaba su bláster, aturdía al guardia, y salía corriendo.

***

El disparo en el exterior de su puerta despertó a los reclutas; en un instante el silencio del barracón fue reemplazado por los gemidos, gritos y otros sonidos de 100 jóvenes incorporándose en sus catres. Yuri lanzó a Kristoff una última y agonizante mirada; Kristoff trató de agarrar a su hermano pero falló. Yuri se lanzó a través de la oscura confusión y corrió hacia la puerta.
No se veía a Mair por ningún lado, así que Yuri siguió corriendo, lejos de los edificios y cruzando el bosque hacia la puerta principal del campamento, donde se encendieron luces y sirenas y los sonidos de la persecución se hicieron más audibles y organizados tras él.
Por suerte, Yuri encontró un gran árbol nole no muy lejos, en el bosque. Saltó a las ramas y ya había ascendido unos buenos cuatro metros antes de que el grupo de reclutas, adormilados y medio desnudos, pasaran a su lado, apuntando al azar con escáneres de infrarrojos a los arbustos y gritando. Esperó hasta que todo el barullo hubiera pasado de largo, y entonces bajó deslizándose del árbol. En silencio, dio media vuelta hacia el arroyo, rodeando el complejo y sus luces.
Yuri se detuvo al borde del agua, preguntándose si quedarse o marcharse. El corazón le latía con fuerza por miedo a lo que los imperiales podrían hacerle si le atrapaban, ¿pero cómo podría abandonar a Kristoff?
-Yuri –dijo una voz familiar detrás de él. El chico se volvió para mirar a su hermano. Al contrario que sus colegas, Kristoff se había puesto los pantalones, las botas y el cinturón del arma antes de abandonar el barracón. Miraba fijamente a Yuri-. Sabía que estarías aquí –dijo con el fantasma de una sonrisa-. Sabía que era así como conseguiste entrar.
-Kris, ven con nosotros –dijo Yuri-. Aún no es demasiado tarde.
Kristoff negó con la cabeza.
-Este es mi sitio –dijo-. Es aquí donde quiero estar.
-No pensabas de ese modo cuando vinieron a reclutarte.
-Eso es porque ahora lo entiendo mejor –dijo Kristoff. Sus ojos brillaban como el cristal a la menguante luz de las lunas-. Yuri, no sé qué clase de mentiras te ha estado contando Mair, pero...
-Ella no me ha contado nada.
Kristoff alzó la mano pidiendo silencio.
-Yuri, tienes que entenderlo. La galaxia se encuentra ahora mismo en un estado muy frágil. Vivimos tiempos peligrosos. Por todas partes hay amenazas para nuestro planeta: contrabandistas, piratas, terroristas anarquistas rebeldes. Vernet tiene que estar preparado para defenderse, y estoy orgulloso de formar parte de esa defensa. ¿No entiendes que hago esto por ti?
-No te dejan venir a visitarnos –dijo Yuri-. ¡Y ni siquiera nos dejan mandarte mensajes!
-Deben hacerse sacrificios –dijo Kristoff-. Ahora, acompáñame, Yuri.
-¿Qué?
-Tengo que entregarte a mi oficial al mando. Querrá interrogarte acerca de cómo entraste aquí.
-¿Por qué no se lo dices tú?
-Procedimiento estándar. Yuri, tengo que entregarte. Y él tendrá que disciplinarte.
-¿Eh? –Yuri abrió los ojos como platos, presa del miedo.
-No te hará daño, Yuri, no de forma permanente –dijo Kristoff, con voz fantasmalmente tranquila-. Será doloroso, pero tenemos que dar ejemplo contigo. –Alzó el bláster.
Yuri retrocedió hasta el borde del agua.
-Kris, ¿qué estás haciendo con ese arma?
-Si no vienes por tu propia voluntad, tendré que...
-¡Kris, mira lo que estás haciendo! –exclamó Yuri-. ¡Te están obligando a dispararme, están jugando con tu mente!
Algo agarró las piernas de Yuri desde atrás y tiró de él hacia el arroyo antes de que Kristoff pudiera disparar sobre él. Luchó por zafarse, pero unos brazos fuertes le hicieron pasar por debajo de la barrera de fuerza y le sacaron del agua fuera del campamento.
-Vamos –dijo Mair, que se había quitado la armadura, mientras subía al muchacho a su moto barredora-. ¡No podemos ayudarle!
-¡Kris! –gritó Yuri una última vez. Miró por encima del hombro mientras la barredora se ponía en marcha, para ver a su hermano de pie justo al otro lado del campo de fuerza, sujetando sin fuerzas su arma en la mano, con una mirada perpleja en el rostro.

***

Maz-Verlin era un caos cuando la moto pasó rugiendo por la Calle Central: había luces encendidas por todas partes y la gente deambulaba sin rumbo fijo por la calle.
-No puedes ir a tu nave, Mair –dijo Lorne Turvey, de pie a la entrada del espaciopuerto-. Están teniendo algún tipo de problema en la base; llamaron y dijeron que tengo que cerrar el puerto.
Mair le lanzó una mirada fulminante.
-¿Crees que eso incluye mantenerme apartada de mis propias pertenencias?
-Bueno, eh...
-No lo creo –dijo ella, rodeándole con la moto.
-¿Qué hay del chico Stonelaw? –exclamó Turvey a su espalda.
-Necesito su ayuda –dijo Mair mientras subía la rampa al Chico Azul.
Estaban en el hiperespacio antes de que nadie pudiera detenerles.

***

-Eh, renacuajo, alegra esa cara –dijo Mair, sentándose en el catre junto a Yuri y rodeándole los hombros con el brazo.
-Ahora no puedo volver a casa, ¿verdad? –preguntó.
Mair negó con la cabeza.
-Ya escuchaste lo que dijo Kris; para cuando terminen de “disciplinarte” en esa base, te habrán torturado hasta que tus sesos sean chorba machacada. Me harían lo mismo a mí, si me atrapasen. Ya no hay vuelta atrás para ninguno de los dos.
Yuri suspiró y apoyó la cabeza contra el hombro de Mair.
-No puedo creer que hayan vuelto a mi propio hermano contra mí. –Su voz se quebró y las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas-. No puedo creer que Kris estuviera a punto de dispararme. Lo he perdido para siempre.
-Eh, eh –dijo Mair, abrazando al muchacho y reprimiendo sus propias lágrimas-. No te disparó, ¿verdad? Podría haberse lanzado al arroyo tras nosotros y atraparnos, pero no lo hizo.
Yuri asintió en silencio.
-Profundamente en su interior, una parte de él no quería entregarte, no quería hacerte daño. Yuri, puede que no hayamos rescatado a Kristoff del Imperio, pero tampoco creo que lo hayamos perdido del todo todavía. –Sonrió a Yuri a través de sus lágrimas-. Considera que este asalto ha terminado en empate.

miércoles, 31 de julio de 2013

El rival más peligroso

El rival más peligroso
Angela Phillips

-¡Deen, cuéntame un cuento!
-Muy bien, Mavis. ¿Qué clase de cuento quieres? –Deen Voorson apoyó su espalda contra el tabique. El crucero estelar Retorno de la República había sido asignado para evacuar al personal técnico y de mando de la Base de Yavin. Deen se había ofrecido a cuidar a los hijos de los tripulantes en sus alojamientos mientras estos se encontraban de servicio en el puente.
-Cuéntame una historia sobre un dragón –dijo Mavis, asentándose en el regazo de Deen.
-Oh, no –dijo Tarn, el hermano de Mavis, saltando de su litera al pasillo-. Otra historia de dragones no. Dan demasiado miedo; se quedará despierta toda la noche.
-No todas las historias de dragones dan miedo –replicó Deen-. Y no todos los dragones son temibles.
-Parecen temibles –señaló otro niño.
-Pero las cosas no siempre son como parecen –dijo Deen-. Dejadme que os cuente una historia que mi abuela solía contarme, que sucedió muy, muy lejos, hace mucho tiempo...
-¿Cuánto tiempo? –preguntó Tarn.
-¿Un millón de trillones de años? –preguntó Mavis.
Deen se rió.
-No hace tanto, Mavis. Más bien unos pocos miles de años. Allá en los buenos tiempos de la Antigua República, cuando los Caballeros Jedi eran los defensores de la paz y la justicia...

***

-Maestra Tannis: está terminado.
-Déjame ver.
Vici Ramunee, de dieciséis años, adoptó la posición de saludo y pulsó con el pulgar el botón de activación de su sable de luz. Una vara luminosa apareció entre sus manos. La Maestra Tannis sonrió en señal de aprobación, con sus ojos índigo chispeando.
-Muy bien, Vici –dijo la omwati-. Tu sable de luz es una extensión de tu mente y un puente entre tú y la Fuerza. Utilízalo con cuidado, como harías con cualquiera de tus otras habilidades, y nunca lo uses llevada por la furia.
Vici hizo una reverencia y, apagando su llama, devolvió la empuñadura del sable de luz a su cinturón.
-Maestra –dijo-. ¿Ya... ya soy una Jedi?
La maestra Jedi de piel azul rió, un sonido plateado y tintineante.
-Siempre ansiosa, ¿verdad, Vici? Paciencia. Uno podría pensar que los tres años que has pasado aquí en el Praxeum han sido toda una vida... pero el momento de que regreses a tu mundo natal está más cerca de lo que piensas. Mañana te enfrentarás a una prueba final, y una vez que la hayas completado... entonces serás una Jedi.
Vici frunció el ceño.
-¿Qué clase de prueba, Maestra? ¿Y si fracaso?
La Maestra Tannis meneó la cabeza, con su plumoso cabello blanco agitándose sobre sus hombros.
-No pienses en el fracaso.
Vici se encontró con su maestra en la puerta del Praxeum poco antes del amanecer.
-Tendrás desde la salida del sol de hoy hasta la salida del sol mañana por la mañana para completar tu prueba, Vici –dijo Tannis-. Cuando rompa el día, te dirigirás al norte y entrarás al bosque, donde encontrarás el río que te guiará. Para cuando caiga la noche estarás al pie de las montañas. Camina ascendiendo por el valle del río hasta que alcances la Cueva de la Verdad, donde los Jedi han sido puestos a prueba durante miles de años.
Vici, temblando de frío y emoción, trató de permanecer inmóvil, recordando que un Jedi no debería sentir escalofríos y que un Jedi mantiene la calma.
-Cuando superes esta prueba –continuó Tannis-, serás un Caballero Jedi. Te habrás enfrentado a tu rival más peligroso y habrás salido victoriosa.
-¿Qué rival? –preguntó Vici, sorprendida; Tannis nunca le había dicho que tuviera que luchar contra nadie.
Tannis simplemente sonrió y meneó la cabeza.
-Eso debes descubrirlo tú misma, niña. Ahora, vacía tus bolsillos, Vici; el sol saldrá en pocos momentos y no debes llevar nada contigo en tu viaje.
-¿Nada?
-Nada. Ni comida, ni bebida, ni herramientas. Todo lo que necesitarás lo encontrarás en la Fuerza. Y no confíes en tus sentidos físicos; te engañarán.
-¿Debo dejar mi sable de luz? –preguntó Vici.
-Con el resto de tus herramientas, sí –dijo Tannis. Observó cómo Vici lo dejaba a un lado-. Puedes quedarte con tus joyas –dijo mientras la chica comenzaba a quitárselas.
Gracias, pensó Vici, ¡así podré golpear a mi enemigo en la cabeza con mi collar! ¿De qué sirve construir un sable de luz si no puedes usarlo?
-Usa la Fuerza para protegerte –dijo Tannis. Vici se sorprendió, preguntándose si la Maestra Jedi podía leer sus pensamientos-. Con la Fuerza como tu aliada, podrás superarlo todo – dijo Tannis-. Ahora ve.
Mientras el sol blanco azulado comenzaba a asomar por el horizonte, Vici se volvió una última vez hacia su maestra.
-Maestra Tannis –dijo-, ¿y si fracaso?
-La Fuerza está contigo. No pienses en el fracaso.
Vici encontró el río fácilmente y lo siguió hacia el norte por el bosque. El día se hizo más cálido rápidamente conforme el sol se elevaba en el cielo, y Vici se encontró disfrutando de la marcha. Los grises y rectos troncos de los árboles que se alzaban hacia unas ondulantes copas verde-azuladas le recordaban su hogar; el crujido de las hojas bajo sus pies y los sonidos de las aves en las copas de los árboles le devolvían recuerdos de cuando recorría los montes que rodeaban el Lago Lir, recogiendo capullos de t’iil con sus padres. Ahora las hojas eran más brillantes, más frescas, con cada color y forma impresos en sus sentidos, y los pájaros parecían de algún modo más vivos... sabía dónde estaba posado cada uno sin necesidad de mirar, sabía el mensaje de cada canto sin detenerse a pensar. La Fuerza fundía a Vici con el bosque, como si no hubiera frontera entre ellos, y ella se regodeaba en ello.
Hacia el mediodía, sin embargo, Vici estaba hambrienta. Se arrodilló para beber de la corriente; el agua era fresca y clara como la de su hogar. Consciente de que tenía que continuar si pretendía llegar a tiempo a su destino, Vici planeó descansar sólo unos instantes.
Inmóvil, Vici fue súbitamente consciente de la presencia de un humano registrando el bosque.
-¿Quién anda ahí? –dijo en voz alta; la persona se estaba acercando, y la buscaba a ella, estaba segura. Vici se preguntó su este era su enemigo que venía ya a enfrentarse a ella. Se puso en pie de un salto, preparada y en tensión, extendiendo sus sentidos en la Fuerza. Me está buscando, pensó, está nervioso, no viene para luchar conmigo, es...
-¡Veni! –gritó, viendo a su hermano de 10 años caminando por la ribera del río-. Veni Ramunee, ¿qué estás haciendo aquí?
-¡No quería que estuvieras sola! –dijo el chico, cruzando el arroyo entre salpicaduras para reunirse con ella-. Estaba escondido justo en la puerta esta mañana. Escuché lo que dijo la Maestra Tannis, acerca de que ibas a encontrarte a un enemigo peligroso, y no quería que tuvieras que hacerlo tú sola. Y te he traído esto. –Mostró el sable de luz de Vici.
Vici puso los ojos en blanco y suspiró. Veni, que acababa de llegar ese mismo año al Praxeum Jedi, adoraba con fervor a su hermana mayor. A veces con demasiado fervor.
-¡Veni, toda esta prueba se basa precisamente en que debo hacerla sola! Ahora vuelve a tus clases.
-Pero Vici –dijo el chico-, quiero ir contigo. Y... y no sé cómo volver. Me perdería. Tengo que quedarme contigo.
-Sólo dices eso para que te deje quedarte; no te perderías, y tú lo sabes. Simplemente sigue el río, luego gira al este cuando el bosque se haga menos denso, y encuentra el camino de vuelta al Praxeum sintiendo la presencia de los demás.
-¡Aún no sé cómo hacer eso! –protestó Veni-. ¡Tengo que ir contigo!
Vici se rindió.
-¡De acuerdo, niño, puedes venir conmigo hasta la cueva, pero no más allá! Tendrás que esperar fuera cuando yo entre.
Veni sonrió.
-Ten –dijo-, toma tu sable de luz.
-No –dijo Vici-, la Maestra Tannis me dijo que no lo trajera.
-Bueno, ¿entonces qué hago con él?
-Llévalo tú... pero no trates de usarlo –añadió rápidamente Vici, viendo la excitación en los ojos del muchacho-, sólo cuélgalo de tu cinturón. Ahora vamos, nos queda mucho camino por delante.
Pocos minutos después, Veni dijo:
-¿Tienes hambre, Vici? Hice un bocadillo. Yo, eh, le he dado algunos bocados, pero puedes quedártelo...
-Termínatelo tú –dijo ella.
-De acuerdo.
-¿Falta mucho? –preguntó Veni cuando el sol comenzó a descender.
-Nos estamos acercando –dijo Vici-. Los árboles están menos juntos y el terreno comienza a ascender. La Maestra Tannis dijo que la cueva estaba al final del valle, en las montañas.
-¿Puedo descansar? Estoy cansado. ¿Se supone que debemos andar todo el día y toda la noche?
-Se supone que tú no deberías estar aquí en absoluto, niño. Eras tú el que quería venir, ¿recuerdas?
-Ah, sí. –Veni suspiró-. ¿Pero podemos descansar?
-Tú puedes hacer lo que quieras. Yo voy a buscar la cueva.
Veni suspiró de nuevo pero siguió avanzando pesadamente junto a su hermana. Vici sentía lástima por el muchacho, pero se recordaba a ella misma que sólo él tenía la culpa; nadie le había obligado a seguirla.
-Tengo hambre –dijo Veni.
-Te aguantas. Ya te comiste el bocadillo. –Eso también era culpa de él, pensó Vici, pero eso no hacía que se sintiera menos preocupada por él. Las quejas del chico estaban haciendo que empezase a prestar atención también a su propia incomodidad. Ella también estaba cansada y hambrienta, y se encontraba atrapada en un estado entre la ansiedad por alcanzar el objetivo de su viaje y el temor por lo que podría encontrar. Un Jedi está centrado, se dijo a sí misma, un Jedi no siente extremos. El hambre y la fatiga son sólo del cuerpo; la fortaleza de un Jedi fluye de la Fuerza. Sin embargo, cada vez era más difícil para ella forzarse a apartar su agotamiento conforme el camino se hacía más pronunciado y el terreno más rocoso. Pese a todo, seguía avanzando, y su hermano seguía tras ella.
A última hora de la tarde, Vici y Veni ya habían ascendido dejando atrás la línea de los árboles. El valle parecía carente de vida salvo por unas pocas matas de vende en flor y grupos de planimales espinosos anidados contra el muro este del cañón para captar los últimos rayos de sol. Para el amanecer, habrían reptado a la luz de la luna al lado oeste del valle, para absorber la luz del amanecer; Vici observaba sus pequeños foto-receptores brillando en el ocaso como joyas ocultas en acericos.
-¿Qué es eso? –siseó de pronto, deteniéndose en mitad de un paso.
-¿Qué es qué? –respondió Veni, chocando contra ella.
-Escucha.
Ahora ambos lo oyeron: un débil sonido de golpeteo y martilleo que llegaba de la lejanía, delante de ellos, como el golpear de los pistones de una máquina distante.
-¿Qué es? –preguntó Veni.
-¡Shh! –dijo Vici, cerrando los ojos y abriendo la mente; retrocedió ante lo que encontró.
-¿Qué pasa? –preguntó Veni, sintiendo la preocupación de su hermana.
-Está vivo –dijo Vici-. Está vivo, y es grande, y viene hacia nosotros.
-¿Cómo de grande?
-Enorme.
El golpeteo rápidamente se hizo más fuerte; pequeños guijarros comenzaron a caer de las paredes del cañón y a bailotear en el suelo.
-¡Tenemos que salir de aquí! –dijo Veni, volviéndose salir corriendo.
-No –dijo Vici, agarrándolo del hombro-. ¿Escuchas lo rápido que se acerca? No podríamos dejarlo atrás. –Buscó algún lugar donde esconderse, pero las superficies rocosas no ofrecían ninguna cobertura. Escalar tampoco era una opción; se sentía confiada de que con un pequeño empujón de la Fuerza podría escalar los muros verticales, pero en cuanto a su hermano...
-¿Qué hacemos? ¿Qué hacemos? –Los ojos de Veni estaban completamente abiertos de terror cuando las crecientes vibraciones hicieron que una losa de roca cayera del cañón tras ellos, haciéndose añicos al impactar en el suelo. Incluso los planimales habían comenzado a huir del sonido.
-Parece que tendré que enfrentarme a él –dijo Vici, afianzando su posición-. Veni, dame mi sable de luz.
-Pero la Maestra Tannis...
-Me dijo a mí que no lo trajera. No te lo dijo a ti. Dámelo.
Veni obedeció. Vici activó la hoja, con su luz roja bañando el valle y atrayendo a algunos planimales hacia ella. Una columna de humo al otro extremo del cañón anunciaba la cercanía de la criatura. Apareciendo ante su vista detrás de un recodo, era realmente monstruoso: más de 10 metros de cuerpo segmentado y escamoso, ensombrecido por enormes alas correosas. Veni, ocultándose detrás de su hermana, se estremeció ante el sonido de 20 poderosas patas de reptil golpeando el suelo para acercarse a él en mortal sincronización. Vici trató de dominar su miedo, concentrándose en el gran poder de la Fuerza que sabía que sostenía firme en sus manos. La criatura se acercó más, y pudieron ver una cabeza horrible, deforme, arrugada y brillante, y docenas de dientes afilados como agujas en una mandíbula lo bastante grande como para tragar a Veni de un bocado. Aminoró hasta detenerse al acercarse a ellos. Vici se aprovechó de lo que sintió que era la confusión momentánea de la criatura y agitó su sable de luz en un amplio arco; la criatura levantó varios pares de patas del suelo para esquivar el golpe.
-¡Meteoros magnéticos! –exclamó la criatura-. ¿Qué clase de saludo es ese? ¿Qué es lo que enseña hoy en día la Maestra Tannis en el Praxeum?
Vici quedó congelada a mitad de su sablazo, confundida, mientras la criatura daba marcha atrás con siete pares de patas, alejándose de los humanos.
-Espera –dijo-, ¿me estabas atacando? –Expulsó de los orificios de su nariz una voluta de humo con un sonido que Vici supuso que era una risa-. Las Guerras Sith tienen que estar yendo muy mal si Tannis se ve obligada a graduar a Jedi que no saben distinguir amigo de enemigo.
-¿Tú... tú eres amigo nuestro? –preguntó Veni. El miedo fue vencido por la curiosidad, y salió de detrás de su hermana.
-Por vuestro bien, más vale que así sea –dijo con otra risita-. Soy Willm Lywin de los Duinuogwuin, guardián de este valle, y ha sido así desde hace 600 años, década más o menos. He venido para escoltar al iniciado... supongo que esa debes de ser tú –dijo, mirando a Vici con un brillo amistoso en sus ojos-, a la Cueva de la Verdad.
Vici dejó caer la cabeza, avergonzada, guardando rápidamente su sable de luz desactivado en su bolsillo y preguntándose si Lywin podía darse cuenta de lo sonrojado que estaba su rostro. Probablemente pueda, pensó.
-Maestro Willm –dijo-, ¡lo siento mucho!
-Oh, no te sientas mal, chiquilla –dijo la criatura ondulando sus grandes alas-. No es la primera vez que esto ocurre; recuerda, llevo siglos ayudando a entrenar Jedi. Dejemos que esto sea parte de tus lecciones: nunca te apresures al conflicto, no importa lo amenazadora que una situación pueda resultar. –Emitió un extraño cacareo-. Lo más difícil para los iniciados humanos siempre es “no te apresures”. Los humanos sois una especie tan inquieta... pero muy interesante –añadió, lanzando una mirada a Vici y su hermano-. Ahora seguidme, vamos. La joven dama tiene trabajo que hacer antes del amanecer, y el sol se ha puesto ya.
-Así que ya ve –continuó Vici, que había estado hablando a Lywin mientras caminaban-, nuestros padres no estaban demasiado felices de vernos partir, pero comprendían las responsabilidades de ser sensible a la Fuerza y nos dejaron venir aquí.
-Diga, Maestro Willm –intervino Veni desde su posición, encaramado a la espalda de la criatura-, ¿de dónde es usted?
-Os he dicho que llevo seis siglos aquí –dijo.
-¿Nació aquí? –preguntó Veni.
-Ah, no... antes de venir aquí, escolté una nave Praxeum durante unos cuatrocientos años.
-¿Y antes de eso?
-Oh, eso fue hace tanto tiempo que no os interesaría, pequeños humanos. Las historias de tu hermana son mucho más entretenidas. Ahora dime, Vici, ¿cómo ayudabas exactamente a vuestros padres en su trabajo?
La propia Vici estaba segura de que la vida de un dragón estelar Jedi de más de mil años debía ser mucho más interesante que una explicación del proceso de destilación del l’lahsh, pero respetó el obvio deseo de su escolta de mantener su privacidad y continuó.
-Bueno, el l’lahsh se hace a partir del néctar de los capullos de t’iil, y ya que cada capullo contiene sólo una pequeña gota de néctar, hacen falta cientos de miles de capullos para producir la cosecha de un año. Y dado que los capullos son tan delicados, no pueden cosecharse por máquinas, ni siquiera por droides; tienen que ser recogidos a mano, una flor cada vez.
-¿Y esa es tu tarea? –preguntó Lywin. Había sacado una pequeña tableta de datos de debajo de un pliegue escamoso de su piel, y ocasionalmente tecleaba datos en ella mientras caminaban.
-Todos nos reunimos en la cosecha, la familia completa; hermanos, hermanas, primos, todos. Es tan hermoso en primavera, con t’iil creciendo por todas partes con pequeñas trompetas doradas brillando, y la fragancia te rodea completamente hasta el punto que crees que podrías emborracharte sólo con respirar. Y las manadas de nerfs como manchas blancas y negras por las praderas, y los thrantas con sus barquillas volando sobre las cabezas, y el Lago Lir fluyendo hacia el mar, con los cetianos saltando y cantando en la espuma. Cuando Delaya brilla en el cielo nocturno, a veces apenas dormimos, simplemente seguimos recogiendo flores, cantando y riendo, toda la noche. Habiendo que pagar a tanta gente, no se gana demasiado dinero, pero yo creo que merece la pena... ¿qué mejor paga podría tener alguien que poder caminar por las laderas en primavera? Alderaan es el lugar más hermoso de la galaxia, y apenas puedo esperar a volver a verlo.
-A papá y mamá no les importaría conseguir más dinero –dijo Veni-. Sobre todo desde que se rompió la caldera número nueve.
-Lo sé –dijo Vici-, pero sigue siendo hermoso. –Suspiró-. Me gustaría tener dinero para ayudar a mamá y papá. Se preocupan tanto. Todos los mensajes que nos mandan dicen siempre cómo necesitan esto o quieren aquello y no pueden permitirse comprarlo.
-Los humanos parecen excesivamente preocupados por el dinero –dijo Lywin, tecleando en su tableta de datos.
-¿Los duena... hmm, los dono... eh, los dragones estelares no usáis dinero? –preguntó Veni.
-No.
-¿Entonces qué usáis?
-¿Cómo medio de intercambio? Generalmente intercambiamos información. Por ejemplo, considero que la explicación de tu hermana acerca de la producción del l’lahsh es una recompensa aceptable por escoltaros; a menudo he escuchado hablar del l’lahsh, pero no tenía ni idea de lo que era. –Se detuvo en mitad del camino-. Ah, aquí estamos, pequeños: la Cueva de la Verdad.
-¡Pero es un callejón sin salida! –protestó Veni. El valle terminaba en una grieta en la que se apilaban rocas y cantos rodados, sobre los que caía el nacimiento del arroyo.
-Oh, pequeño Jedi, creo que tu hermana es más lista que eso –dijo Lywin con una risita amistosa.
Mis sentidos físicos me engañarán, recordó Vici, y se extendió con la Fuerza. Por supuesto, descubrió que el montón de piedras ocultaba una apertura en la pared del risco. El mayor de los pedruscos era demasiado grande para levantarlo con brazos humanos, pero con la Fuerza... Comenzó a hacer levitar cuidadosamente cada piedra, apartándolas de la apertura y colocándolas en un montón a un lado.
-¿Puedo ayudar? –preguntó Veni.
-No -dijo Lywin-, esto es parte de su prueba.
Pronto Vici había despejado bastantes de las piedras pequeñas para que los pedruscos más grandes, ahora sin apoyo, rodaran lejos de la apertura. El arroyo caía en una cascada, con brillos plateados bajo la luz de la luna, sirviendo de cortina a un oscuro túnel. Vici tembló de excitación; ahí era donde comenzaba su auténtica aventura.
-Cálmate, pequeña Jedi –reprendió amablemente Lywin-. A través de la paz sentimos la Fuerza.
Vici tomó varias respiraciones profundas, ralentizando su pulso y calmando su mente. Cuando se sintió centrada de nuevo, preguntó:
-¿Qué debo hacer ahora?
-Entra en la cueva –dijo Lywin-. Faltan ahora cinco horas hasta el alba. Tienes ese tiempo para registrar la cueva y enfrentarte a su desafío. Tu hermano y yo te esperaremos aquí. Ve, y que la Fuerza te acompañe.
Vici hizo una ligera reverencia al Maestro Willm y se volvió para entrar en la cueva. Gotas frías de agua le golpearon en la nuca como agujas heladas; se las sacudió y caminó en la negrura.
La cueva parecía ser un túnel recto, oscuro salvo por la luz de la luna que se filtraba desde la apertura, y que se adentraba al corazón de la montaña. Vici comenzó a caminar rápidamente. El camino se inclinó hacia abajo, y pronto la luz de la entrada hubo desaparecido. Vici estaba caminando en la negrura total. Después de un tiempo aceleró su paso, ansiosa por encontrarse con el desafío de la cueva. De pronto se encontró pegada contra un muro sólido. ¿Un callejón sin salida?, pensó. ¡Eso es imposible! Pero no importaba cómo tantease, física o mentalmente; no encontró forma de avanzar. Bueno, ¿qué hago ahora? Se rió. Por supuesto, pensó, ¡qué tonta! “No te apresures”, dijo el Maestro Willm. Debo haber pasado por alto alguna apertura en el muro en mi descenso. Comenzó a deshacer sus pasos, lenta y cuidadosamente.
Encontró un portal oculto en la pared de piedra en el lado derecho del túnel; una ligera presión lo abrió. Entró con cautela al nuevo túnel; no iba a cometer de nuevo el error de pasar otra puerta de largo. La siguiente puerta le condujo de nuevo a la derecha, y la siguiente a la izquierda. Pasó el tiempo, aunque no sabría decir si fueron minutos u horas. La oscuridad de los túneles era completa. Vici no podría ver menos aunque estuviera ciega, aunque lo compensaba de sobra sintiendo las paredes del túnel a través de la Fuerza. No volvió a perder su camino, y siguió girando: izquierda de nuevo, derecha, otra vez izquierda. Se preguntó cuánto más tendría que avanzar, y cuanto tiempo le quedaba, pero resistió la tentación de apresurarse, abriendo con calma una puerta tras otra.
Inesperadamente, Vici llegó a una cámara bien iluminada. Después de tanto tiempo en la oscuridad, los ojos le dolieron, y se cubrió el rostro con las manos. Adaptándose lentamente a la luz, Vici volvió a abrir los ojos y comenzó a distinguir el contenido de la sala.
No era tan brillante como le pareció al principio. La iluminación provenía de una pequeña hoguera que ardía en una especie de chimenea a la izquierda de Vici. Entre Vici y el fuego había una gran silla, de espaldas a ella; al otro lado de la silla había una mesa. Todos los detalles de la sala, desde la forma como los muros se curvaban hacia el techo bajo y abovedado y la pantalla de cristal de colores que cubría la chimenea, hasta las formas vegetales de las patas de la mesa de madera tallada, traían a Vici recuerdos de su hogar, y de repente se dio cuenta de lo mucho que deseaba estar allí, y de lo verdaderamente cansada que estaba.
Y lo verdaderamente hambrienta. La mesa estaba preparada con una cena para uno; al otro lado de la sala pudo ver un montón de pastelitos, lo que parecía ser un cuarto de bhillen asado, queso y fruta, y una tetera de cuya boca surgía una ligera columna de vapor. ¿Es para mí?, se preguntó. Estoy tan cansada... Podría sentarme, sólo un instante, y comer algo... Quieta, Vici, se dijo a sí misma, sabes que si te sientas te quedarías dormida en dos segundos y no te despertarías a tiempo para terminar la prueba. Siempre puedo volver aquí. Imagínate lo que pasaría si mi enemigo me sorprendiera echando una siesta. Además, recuerda lo que la Maestra Tannis dijo. Puede que esto no sea lo que parece...
Creyó ver un ligero movimiento en la mesa y se acercó.
-¡Ugh! –gritó cuando una rata saltó desde la bandeja de la tarta al suelo. Se le revolvió el estómago cuando vio que el queso era una masa de gusanos que se retorcían; brillantes escarabajos negros aparecieron de detrás del bhillen, y las frutas ardieron y se deshicieron en un montón de podredumbre-. ¡Qué desagradable! –dijo, y se alejó de la mesa...
...Sólo para gritar alarmada al ver quién ocupaba la silla tras ella: un esqueleto, vertido con una túnica y unos bombachos podridos, idénticos a los suyos propios. Agarró horrorizada el colgante de su collar cuando la luz de la chimenea sacó brillos de su gemelo, en el pecho del cadáver. ¿Qué puede significar esto?, comenzó a pensar, pero apenas había comenzado a calmar sus alterados nervios cuando la aparición de la muerte se desvaneció en la nada; Vici se dio la vuelta, y la mesa también estaba vacía, con su desagradable contenido desaparecido como si hubiera sido un sueño. Vici agitó la cabeza.
-¿Cueva de la Verdad? –dijo-. ¡Más bien Cueva de las Mentiras! Sin embargo –murmuró-, tal vez eso sea parte de la prueba; encontrar la verdad detrás de las mentiras.
Comenzó a buscar una puerta. La encontró detrás de una cortina.
Se abrió en el caos: un inmenso vacío negro lleno de vientos huracanados. ¡Espero que no se suponga que debo saltar ahí sin más!, pensó, retrocediendo y cerrando la puerta de golpe. Sin embargo, era el único camino hacia delante. Comprobó de nuevo la sala; no encontró ninguna otra apertura, y la puerta por la que había entrado no podía abrirse de nuevo.
-Bueno –dijo-, tendrá que ser eso.
Abrió de nuevo la puerta del caos: el viento le echó el pelo hacia atrás mientras permanecía en el umbral. Esta sala parecía segura, pero no lo era... bueno, más o menos, pensó, de modo que, ¿tal vez? Respiró profundamente.
-Que la Fuerza me acompañe –dijo, y saltó al vacío.
Los vientos la elevaron como una pluma en una suave brisa de primavera. Sin embargo, antes de lo que le habría gustado, se encontró depositada a salvo en una cornisa. Ante ella, dos puertas se abrían a un par de túneles, uno que ascendía y otro que descendía. ¿Cuál elijo?, se preguntó. Cerró los ojos; abajo, decidió, el que va hacia abajo parece el correcto. Comenzó a avanzar por él.
El pasaje empezó a estrecharse. Pronto Vici se encontró agachándose, y luego gateando sobre sus manos y rodillas conforme el túnel encogía a su alrededor. Parte de su mente comenzó a preguntarse si había escogido el túnel correcto. No, pensó, aún siento que es el camino correcto, aunque ciertamente no sea fácil.
Finalmente, se vio obligada a reptar sobre su vientre. Espero que quienquiera con el que se supone que debo enfrentarme no me encuentre así, pensó. Y espero no encontrarme con más ratas y bichos, aunque sean imaginarios. Se detuvo, mirando hacia delante en la penumbra. Pudo ver una débil luz más adelante, y reptó hacia ella.
-Por fin –suspiró, saliendo del túnel a una cámara abierta. Tomando unas cuantas respiraciones profundas, miró a su alrededor. Esta rala era simplemente una cueva; rayos de pálida luz dorada se entrecruzaban en las pareces como una red brillante. Un arco se abría a un lado. Vici se levantó y, sacudiéndose el polvo de la túnica, fue hacia él, cuando un destello en el suelo captó su atención. Miró con más detenimiento y vio, tirado cerca de la pared como se hubiera caído o lo hubieran dejado olvidado, un cristal del tamaño de un puño que brillaba con su propia luz interior: una gema corusca, la joya más valiosa de la galaxia, creada en el núcleo de un gigante de gas. Esto vale suficientes créditos como para que mis padres contraten a la mitad de Alderaan para recoger capullos de t’iil y aún tener dinero de sobra... ¿y está simplemente tirado en el suelo, esperando que lo recoja? No lo creo. Esto debe ser otra prueba, pensó, para ver si puedo resistirlo-. Muy bien, Maestra Tannis –dijo-, le he pillado el truco a esta cueva... ¡Auh! –dijo, al tratar de salir por la puerta. Los hilos de luz que cruzaban la apertura le habían golpeado como cables al rojo vivo, e incluso mientras retrocedía seguían brillando con ferocidad. Vici acercó de nuevo una mano hacia ellos; su luz se intensificó mientras se doblaban hacia ella. Retrocedió; se desvanecieron. Se acercó más a uno de los muros, y las cuerdas de luz comenzaron a moverse y a brillar amenazadoramente. Tengo que pasar esta red. Me pregunto... ¿estas cuerdas responden sólo ante mí, o ante cualquier movimiento?
Estiró el brazo para tomar la gema corusca, planeando lanzarla a la red. Los hilos más cercanos a ella cobraron vida, moviéndose para envolver la piedra, palpitando con fuerza. Las puntas de los dedos de Vici tocaron la piedra; echó su mano atrás con esfuerzo. Los dedos le escocían. Reevaluando su plan, Vici agarró la gema con el poder de la Fuerza, y más hilos brillantes se ataron a ella. Miró por encima de su hombro a la puerta; los hilos de luz que la cubrían se habían apartado parcialmente. Por cómo los hilos se pegan a la joya, es como un myrmin que queda envuelto en una tela de araña, pensó. Odio pensar lo que me habría pasado a mí si hubiera llegado a cogerla. Continuó tirando de ella con su mente, haciendo rodar la joya cuidadosamente por el borde del suelo hasta que toda la red brillante estuvo enrollada a su alrededor y la salida quedó despejada.
En la siguiente cámara, se alineaban espejos que brillaban suavemente y que devolvían la imagen de Vici en docenas de reflejos distorsionados. Cerró los ojos y sintió el camino para avanzar. Debo estar cerca del final, pensó. Mi adversario debe estar cerca.
-¡Hola! –exclamó-. Soy Vici Ramunee... ¿alguien va a desafiarme? –Su voz resonó por el laberinto de espejos, pero no encontró respuesta. Abrió los ojos.
Un destello de un color distinto al de sus ropas llamó su atención; se volvió a mirar, como a través de una ventana, los familiares terrenos y edificios del Praxeum. Extendió la mano, y la imagen se desvaneció. Dobló la siguiente esquina del laberinto, y creyó ver fugazmente a sus padres.
-¿Papá? –exclamó. ¿Qué significa esto?, pensó. Es todo una ilusión. Trató de seguir las imágenes por el laberinto conforme aparecían y desaparecían por los espejos... amigos, familia, lugares que conocía... pero daba la impresión de que le hacían avanzar dando vueltas en círculo-. Esto ya empieza a ser un poco tonto –dijo-. ¿Se supone que debo luchar con alguien, o no? –Cerró los ojos de nuevo. Muy bien, por ahí, decidió.
Cuando volvió a abrir los ojos, se encontró en un callejón sin salida cubierto de espejos. ¿Cómo he podido equivocarme?, se preguntó mientras se daba la vuelta. Un panel con otro espejo se deslizó para cerrar la salida tras ella; ahora estaba encerrada en una caja cubierta de espejos.
-Oh, ya veo –dijo-, nuevo rompecabezas: salir de esta sala. –Comenzó a sondear sistemáticamente los muros buscando una salida, pero no encontró nada. Examinando el suelo encontró un charco de agua en una esquina. Vici se arrodilló; el agua se estaba filtrando a través de una grieta fina como un cabello entre las paredes, pero sequía sin encontrar una puerta.
Mirando a su alrededor, vio el agua comenzando a filtrarse en el resto de bordes de la sala. Sus pies estaban bastante húmedos.
-Vaya, esto es genial –dijo-. Si pudiera usar la Fuerza para convertirme en una molécula de agua, podría escurrirme fuera. ¿Pero dónde está la puerta? ¿Y dónde está mi enemigo?
Continuó examinando sin éxito las paredes, el suelo y el techo de la sala mientras el nivel del agua seguía subiendo. Cuando le llegó a las rodillas, se detuvo cuando un pensamiento helado la golpeó.
-Es una trampa –dijo en voz baja a sus reflejos-. De algún modo, mi enemigo me ha conducido a una trampa.
Comenzó a golpear los muros; sus reflejos en los espejos hicieron que pareciera que había una multitud de jovencitas peleándose.
-¡Esto no es divertido! –dijo-. ¿Se supone que mi rival más peligroso es el agua? –Se lanzó contra un muro golpeando con el hombro; ella y su reflejo se encontraron con un golpe seco-. ¡Esto no es justo! –gritó. El agua llegaba ahora con más rapidez, ascendiendo visiblemente-. ¡No es justo! –repitió-. ¿Quién eres? ¡Ahogar a alguien no es la forma adecuada de luchar! ¡Muéstrate! ¡Sal y enfréntate a mí! –Los ojos de Vici recorrieron frenéticamente la cámara, pero todo lo que vio fueron reflejos asustados y el agua que ascendía-. ¿Qué clase de prueba absurda es esta? ¡Te lo juro –dijo-, si no me dejas salir, seas quien seas, voy a abrirme paso a través de la pared! ¡Y entonces más vale que estés preparado para defenderte, porque me abriré paso a través de ti!
Extrajo su sable de luz, preparándose para golpear al espejo usando todas sus fuerzas, pero la chocante visión de una joven atacando con un arma llameante, metida hasta las caderas en agua turbia, con el rostro retorcido en una mueca de furia, la detuvo a mitad del golpe. ¡Estoy horrible!, pensó, como una especie de Jedi Oscuro perturbado. No me extraña que la Maestra Tannis dijese que no lo usara con furia... Podría aterrorizar a media galaxia con esa cara...
-No lo uses llevada por la furia –dijo, bajando la hoja-. Y ahora estoy bastante furiosa... –Desactivó el sable de luz. El reflejo hizo lo mismo. Se rió de él-. Ahora ya no pareces tan peligrosa –dijo-. Tal vez deberíamos haber continuado y haber atacado a nuestro enemigo después de todo... ¿Un enemigo de aspecto peligroso? –murmuró. El agua ya le llegaba al pecho-. ¿Se supone que debo atacar a mi reflejo? –se preguntó-. ¿Cómo? –Tendió la mano hacia el espejo; la mano del espejo tendió la mano suavemente en respuesta. Se tocaron; la mano de Vici atravesó el espejo como si fuera la superficie del agua. Sin detenerse a pensar, Vici atravesó el muro.
-Felicidades, Vici –dijo la Maestra Tannis, sentada en la pequeña habitación a la que Vici había entrado-. Has pasado tu prueba.
Ella parpadeó, confusa.
-Pero no he luchado contra nada.
-¿Ah, no? –dijo Tannis-. Vuelve a pensar: ¿a qué te has enfrentado en la cueva?
Vici pensó.
-Bueno, pasé de largo una puerta... Estaba impaciente...
Tannis asintió.
-La impaciencia puede ser un enemigo letal para un Jedi.
-Y estaba cansada, y hambrienta, pero todo lo que había en la sala que encontré se descompuso y desapareció... como toda la materia –añadió Vici al darse cuenta-. De modo que en esa sala luché contra los límites físicos...
Tannis asintió.
-Y el viento... luché contra el miedo, y el túnel estrecho era la duda, y la gema corusca, eso era la avaricia. Y los espejos eran, eran... –Hizo una pausa-. Seguía tratando de seguir cosas que parecían importantes, pero no me conducían a ninguna parte. Cuando dejé que la Fuerza me guiara, en lugar de tratar de encontrar el camino por mí misma, pude avanzar.
-¿Y la última sala?
Ella pensó.
-Miedo e impaciencia, otra vez... y rabia. Luché contra mí misma. ¿Soy yo mi peor enemiga?
Tannis sonrió amablemente.
-Nada fuera de nosotros puede separarnos de la Fuerza...
-Sólo nuestras propias emociones –dijo Vici cuando su mente lo comprendió plenamente.
-Y si permanecemos abiertos a la Fuerza –dijo Tannis.
-Entonces somos Jedi, y nada puede dañarnos. No tenemos nada que temer –dijo Vici.

***

-Buena historia –murmuró somnoliento Mavis cuando Deen terminó su relato.
-Sí, realmente me ha gustado –dijo la voz de un joven desde la puerta.
Deen se sobresaltó ante la intrusión.
-Señor, ¿cuánto tiempo lleva...?
-No te levantes –dijo el hombre, con una risa en su voz-. Sólo he venido a darte las gracias por reparar mi droide.
-Oh, sí, por supuesto, señor –tratando de parecer apropiadamente sobrecogido mientras seguía cubierto de niños-. El resto del equipo técnico quería borrarle la memoria, pero me imaginé que con las cosas que había visto...
-Querría mantener su memoria –terminó el piloto-. Gracias. Y gracias por la historia. Me ha encantado. Ojalá hubiera podido escuchar historias como esta cuando era niño.
Deen sonrió y asintió con la cabeza.
-Ya no tenemos nada de lo que preocuparnos, señor, ahora que se ha unido a nosotros, ¿verdad?
-No si permanecemos abiertos a la Fuerza.

viernes, 24 de mayo de 2013

Matar dragones (y II)


-¡Por fin! ¡Pensé que no iba a terminar nunca! -dijo Boo mientras recibían la señal de que la última de las abrazaderas de enlace había asegurado el contenedor de carga en el transporte de la barcaza-. Kuat, al habla el transporte DeDé -dijo, silenciando el último tema prohibido por el Imperio de Billi B y la Banda del Paraíso y llamando a la estación-. Estoy enlazado a la barcaza, y me gustaría comprobar la carga antes de irme.
-Adelante, DeDé.
-Está bien, Deen -dijo Boo mientras cortaba la comunicación-. Es toda nuestra. Echemos un vistazo rápido y desaparezcamos antes de que aparezca la verdadera barcaza de transporte DeDé.
Deen entró en la esclusa de aire que conectaba la compuerta de acceso al contenedor de carga.
-¿El generador está bien? -preguntó Boo mientras Deen entraba en la bodega.
-El generador es enorme; realmente no querrás que me pase dos días inspeccionando... Espera un...
-¿Qué?
-He visto moverse algo...
-¡Hola, Deen! -dijo Shannon, apareciendo a la vista-. ¿Es este el generador que querías?
-¡Shannon!
-¿Quién es esta niña? -preguntó Boo.
-Mi prima... Shannon, ¿sabe tu madre que estás aquí?
-Por supuesto que no. Será mejor que nos pongamos en marcha.
-¿Nos pongamos? -dijo Deen-. ¿Qué quieres decir con “nos pongamos”?
-Me uno a la rebelión -respondió ella, arrastrando su ordenador portátil-. Ahora vamos, tenemos que irnos.
-Absolutamente no -dijo Deen-. Tú te vuelves directamente a tu casa.
-¿Cómo? -dijo Boo-. El muelle ha sido despresurizado, y no me emociona demasiado la idea de volver a llamar a los técnicos, hacer que nos desenlacen y vuelvan a presurizar el muelle, explicar el asunto de la niña a los de Seguridad y, a continuación, esperar a que nos enlacen de nuevo. No me gusta nada tener que arrastrar a una pobre niña al peligro, pero no tenemos otra opción. Tendrá que venir con nosotros.
-Tiene razón -dijo Shannon, subiendo a la cabina del transporte-. ¡Cerrad las escotillas y en marcha!
-Pero... -comenzó a decir Deen.
-El transporte imperial estará aquí en... menos de 30 minutos -dijo Shannon, comprobando su crono-. Establece nuestras coordenadas de hiperespacio, camarada -dijo a Boo.
-Me llamo Boo. Ahora guarda silencio, niña, tengo que hablar con la gente de tu madre.
Shannon asintió. Deen estaba en shock.
-Kuat, aquí la barcaza de transporte DeDé. Mi carga está asegurada y estoy listo para partir.
-Afirmativo, transporte DeDé -dijo el controlador-. Puede salir del puerto en cuanto esté listo, gracias por elegir Ingeniería Kuat y tenga cuidado con los drones de reparación al salir.
-No hay problema, Kuat -dijo Boo-, y gracias por todo. -Comenzó a pilotar la barcaza alejándose del muelle-. Esto es casi demasiado fácil –dijo-. Deen, tu tía es la mejor...
-¿Qué ha tenido que ver ella con esto? -preguntó Shannon-. ¡Yo lo organicé todo!
-¿Qué quieres decir con que tú lo organizaste? -preguntó Deen.
-Mamá estaba demasiado asustada para ayudaros; ya lo sabías, Deen -dijo Shannon-. Así que cambié la hora de recogida.
-Y la tía Nell...
-No sabe nada.
Boo estaba asombrado.
-¿La niña organizó esto? Estoy impresionado. Tienes una gran prima, Deen. Aunque habría estado bien si hubiera conseguido que los técnicos llegasen aquí antes.
-Lo siento, Boo, yo, uh, como que me olvidé de cambiar sus órdenes -dijo Shannon-. ¿Cuánto tiempo falta para que podamos saltar?
-Acabamos de superar el alcance del rayo tractor... Déjame que pase más allá de esa nave de transporte... ¡Ah, no, no puedo creerlo!
-¿Qué? -preguntó Shannon.
-¿Ver ahí delante? Esa es la verdadera barcaza de transporte 36DD, que viene a recoger el generador.
-¿Estás seguro? -preguntó Deen.
La luz del comunicador brilló.
-Transporte desconocido -dijo el controlador-, vuelva de inmediato al muelle.
Los tres rebeldes se miraron.
-Sigue adelante -dijo Deen.
-Repito -dijo el controlador-, transporte desconocido, regrese con su barcaza al muelle y no saldrá perjudicado.
-Sí, claro -murmuró Boo.
La nave de transporte imperial se posicionó entre los rebeldes y la salida al espacio.
-¡Rodéala! -dijo Shannon.
-¿Cómo? -dijo Boo-. El Largo Viaje no es ningún caza de combate: enlazado a una barcaza cargada, se mueve como un hutt borracho...
-¿Cuál es su tolerancia de escudos? -preguntó Deen, señalando por la ventanilla al exterior, donde al menos una docena de cazas TIE convergían sobre ellos.
-Oh, qué bonito -dijo Boo-. Ya sabía yo que esto era demasiado fácil.
La luz del comunicador parpadeó de nuevo.
-Transporte no identificado -dijo una voz femenina familiar-, al habla la Controladora Jefe Voorson con su última advertencia. Invierta su rumbo y regrese al muelle 42, o nuestras fuerzas de seguridad abrirán fuego.
-Genial -murmuró Boo-. Deen, ponte a manejar los cañones. Apunta a cualquier cosa que se interponga entre nosotros y la libertad.
-Espera -dijo Deen-, tengo una idea... Shannon, sígueme la corriente -dijo, activando el panel de comunicaciones-. Controladora Voorson –dijo-, suspendan el ataque. Tenemos a su hija. -Le dio un codazo a Shannon.
-¡Mamá, mamá, soy yo! ¡No disparéis! -dijo ella.
El panel de comunicaciones quedó en silencio.
-¿Crees que eso les detendrá? -preguntó Shannon.
Disparos láser rebotaron en los escudos del transporte.
-Ahí tienes tu respuesta -dijo Boo-. ¡Toma los cañones, Deen!
Deen pulsó los botones de disparo. Los pequeños turboláseres lograron golpear a dos TIEs que se acercaban, y tres más quedaron inutilizados por los escombros. Deen siguió disparando.
-Transporte rebelde -dijo Nell Voorson, con la voz afectada por el pánico-, dé media vuelta ahora. Seguridad no le permitirá escapar.
-¡No estamos pidiendo permiso! -gritó Boo, sin dejar de abrirse camino hacia adelante. El panel solar de in TIE rozó sus escudos; el TIE salió volando sin control, chocando con uno de sus compañeros.
-Boo, vamos a quedarnos sin escudos en cualquier momento -dijo Deen, todavía disparando a sus atacantes.
-Barcaza de transporte rebelde -dijo Nell Voorson-, esto no tiene sentido. Deténgase ahora o serán destruidos...
-¡Lo siento, tía, no hay vuelta atrás! -dijo Boo.
-Transporte... ¡Deen! –suplicó Nell-. Deen, piensa en lo que estás haciendo... piensa en Shannon... ¡Seguridad no va a escucharme! –gritó-. ¡No van a dejar que os vayáis!
-Lo siento, tía Nell -comenzó a decir Deen.
-¡Cuidado con los TIEs! -advirtió Boo; el flujo de diminutos cazas continuaba vertiéndose sobre ellos.
-¡Vamos a chocar contra ese transporte! –exclamó Shannon mientras la barcaza imperial 36DD se alzaba ante ellos.
-No si ellos son más inteligentes que nosotros -dijo Boo.
Deen se mordió el labio y Shannon se cubrió los ojos mientras los transportes se acercaban.
La voz de Nell Voorson continuaba pidiendo cordura por el panel de comunicaciones.
Una gota de sudor recorrió el rostro de Boo.
-No creo que ellos vayan a...
En el último momento, el transporte imperial se deslizo por debajo del Largo Viaje. Sus escudos se rozaron, temblaron y se derrumbaron mientras pasaban a toda velocidad junto a la otra nave, hacia el espacio despejado. Cuatro rayos láser de cuatro TIEs diferentes pasaron de largo junto al Largo Viaje mientras Boo tiraba de las palancas de salto; los tres rebeldes contuvieron la respiración cuando las líneas estelares se fusionaron en el borrón del hiperespacio.
-¿Estamos a salvo, Boo? ¿Estamos a salvo? -preguntó Shannon.
-Depende de dos cosas -dijo Boo-. En primer lugar, de si tu madre llamó a Venir o Renegg pidiendo Interdictores...
-Y de si no chocamos con nadie -finalizó Deen.
Shannon se deslizó en el regazo de su primo y apoyó la cabeza en su hombro. Los tres rebeldes permanecieron tensos, en silencio, esperando bien una colisión letal o ser sacados del hiperespacio para caer bajo custodia imperial.
Pasaron unos minutos eternos. Shannon se dio cuenta de que, tanto si vivía como si moría, ya no volvería a ver de nuevo a sus padres; se puso a llorar. Deen la abrazó, secándole las lágrimas y meciéndola.
-Hey -dijo Boo en voz baja-, ya han pasado 30 minutos. Estamos a salvo.
-¿Hemos escapado? -dijo Shannon.
Boo asintió.
-Libres y a salvo, niña. Bienvenida a la Alianza.
-Cosita -dijo Deen-, siento haberte metido en esto...
-Yo no -dijo Shannon, con una gran sonrisa-. Venga, vamos, Deen... Vayamos a matar algunos dragones...