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viernes, 26 de abril de 2013

Retirada de Coruscant (y III)


Como si no tuviera ya suficientes problemas, pensó con desesperación casi una semana más tarde, contemplando la extensión vacía del espacio delante de ellos, y muy consciente de Bremen mirando sobre su hombro, como siempre.
El resto del viaje a Coriallis había transcurrido sin incidentes y, una vez allí, Bremen había programado el ordenador de navegación con un nuevo curso. Desde entonces, habían saltado dentro y fuera del hiperespacio una docena de veces en su camino para interceptar una de las flotas de batalla de la Nueva República, en alguna parte de las Tierras Fronterizas.
Por lo menos, Taryn creía que eran las Tierras Fronterizas. No reconoció la mayoría de los lugares en los que aparecieron, y Bremen no veía ninguna razón para ilustrarle... acerca de su ubicación, o de cualquier otra cosa. Él le informó secamente que recuperaría el control del Mensajero una vez que interceptasen la flota y entregasen el mensaje.
Bueno, ahí estaban en el punto de interceptación. Entonces, ¿dónde estaba la flota?
-Puede que se hayan retrasado un poco -dijo Bremen, y Taryn miró por encima del hombro para ver una arruga surcando su frente-. Según el programa, deberían estar aquí -añadió al ver la expresión en el rostro de Taryn.
-Si no saben que venimos, ¿con qué se supone que deben reunirse? -preguntó ella. Bremen ignoró la pregunta; estaba claro que eso era otro fragmento de información que no se podía confiar a simples civiles. Dado que habían salido en los bordes exteriores de un sistema y andaban merodeando como ladrones en lugar de acercarse a uno de los planetas, Taryn supuso que la Nueva República tenía un puesto por ahí y que su flota lo estaba comprobando. Bremen simplemente no quería acercarse lo suficiente para que ella y Del pudieran echar un vistazo.
Suspiró. A pesar de una semana convivencia cercana, o quizás debido a ella, no era nada fácil soportar a Bremen. Finalmente había tenido que pedir a Del que detuviera sus provocaciones; si tan sólo pudiera pedir a Bremen que también se desprendiera de su actitud condescendiente... Su actitud le recordaba demasiado a su padre.
Debido a que era posible que la flota se hubiera retrasado, y porque realmente no tenían otro lugar a donde ir, el Mensajero simplemente se quedó a la deriva durante las horas siguientes. Taryn estaba sentada en la cabina mirando a las estrellas y tratando de recordar las cartas de astrogación de la región de las Tierras Fronterizas, cuando Bremen entró y se dejó caer en el asiento del copiloto.
Ligeramente sorprendida, miró por encima mientras él estudiaba los sensores de largo alcance. Por fin había dejado de flotar sobre ella, aparentemente convencido de que no iba a entrar en el ordenador de navegación para saber dónde estaban si no mantenía un ojo en ella a cada momento. Naturalmente, ella lo hizo, sólo para descubrir que todos los registros de sus últimos saltos habían sido borrados.
Por lo tanto, no era tanto una cuestión de confianza, sino de que simplemente no importaba.
-No nos tiene en demasiada estima, ¿verdad? –dijo ella.
Él se tomó su tiempo antes de levantar la vista.
-¿Perdón?
-No son sólo usted y su Nueva República quienes se juegan el tipo aquí, ¿sabe? Del y yo también –dijo-. Si le pillan, nos pillan. ¿Cree que íbamos a hacer algo para meternos en un lío?
-No, no deliberadamente –admitió-. Pero los accidentes ocurren. ¿Qué hay de cuando Voldt quiso ver el correo de Coruscant? ¿No había pensado en eso, verdad? ¿Y si no hubiera habido nada que enseñarle?
-Esas cosas de capa y espada son su departamento -replicó ella, pero el comentario la había herido. Él tenía razón, y en vez de ponerse a la defensiva, debería admitirlo y aprender de la experiencia-. Eso no justifica tratarnos como tontos, y mantenerme a oscuras acerca de hacia dónde vamos. Tengo derecho a saberlo.
Él se cruzó de brazos y le miró severamente.
-Capitana Clancy, no es ningún secreto que creo que no se debería haber permitido que usted o Del Sato vinieran en esta misión. Son civiles, y resultan un estorbo más que una ayuda. No se puede esperar que tomen el tipo de decisiones instantáneas necesarias para mantenernos fuera de problemas.
Taryn enrojeció, y se concentró en controlar su temperamento mientras él continuaba.
-Pero están aquí de todos modos, de modo que considere el ser "mantenida a oscuras" como su protección. Si usted no sabe algo, no puede delatarlo.
-¿Por quién me toma? -preguntó, ofendida-. Si yo hubiera querido delatarle, lo habría hecho cuando Voldt estaba a bordo. Habrá notado que no lo hice.
-No, no lo hizo -convino él-. Pero más vale prevenir que lamentar.
Taryn estaba decidiendo si valía siquiera la pena seguir discutiendo cuando un pitido repentino en los sensores le ahorró tener que tomar ninguna decisión.
Una nave, saliendo del hiperespacio a unos 30 kilómetros de distancia.
Ella reaccionó antes que Bremen, pulsando interruptores para comenzar a poner los motores en funcionamiento.
-¡Del! -gritó por el pasillo, tratando de maniobrar el lento Mensajero para colocarse mirando de frente a la nave que se aproximaba. Cuando apareció a la vista, Taryn la identificó como un bombardero Skipray de aspecto ligeramente maltratado, sin marcas que indicasen a quién podría pertenecer. Pero estaba claro que no era la flota.
Genial, pensó sombríamente mientras brillaba la luz del comunicador, indicando que el caza les estaba llamando. Lo activó cuando Del llegó, fijándose en que los motores sólo habían llegado al treinta y cinco por ciento de potencia. No serían capaces de escapar, por el momento.
Una fría voz de mujer llegó por el altavoz de comunicaciones.
-Carguero no identificado, ¿necesita ayuda? -preguntó, mientras el Skipray se inclinaba un poco a un lado, poniéndolo fuera de la línea de fuego de los cañones láser del Mensajero. Taryn mantuvo el carguero volviéndose hacia la potencial amenaza mientras respondía.
-Soy la capitana Clancy del Mensajero, y gracias, pero no, estamos bien -dijo rápidamente, antes de que Bremen pudiera intervenir. Él se levantó del asiento de Del y se quedó en el pequeño espacio entre ambos, mirando al bombardero con el ceño fruncido.
-¿Capitana Clancy? Es justo a quien estoy buscando -dijo la voz mientras Taryn echaba otro vistazo a sus pantallas. Estaban al sesenta y cinco por ciento de potencia; al menos podrían comenzar a moverse. Hizo que la nave comenzara a alejarse lentamente cuando la piloto del Skipray preguntó-: Me pregunto si podría hablar con su invitado.
Una petición inesperada, y había una extraña inflexión en la última palabra que hizo que Taryn mirase hacia Bremen. Para su sorpresa, él parecía estar apretando los dientes.
-Bremen al habla -dijo bruscamente.
-Ah, coronel. Soy Mara Jade -se identificó la piloto-. Veo que logró salir de Coruscant de una pieza.
Sonaba vagamente divertida.
-Vaya al tema-espetó Bremen. Taryn y Del se miraron con asombro. Incluso en su momento más arrogante con ellos, nunca había sido francamente grosero.
-El tema es que su encuentro con la flota de las Tierras Fronterizas está suspendido -dijo ella, claramente imperturbable-. Tomaron un desvío, y no pasarán por aquí durante días. El Alto Mando ya ha enviado un nuevo correo a su ubicación, por lo que queda liberado de esta misión.
-No se me ha notificado de ningún cambio -dijo Bremen.
-Se le está notificando ahora.
-¿Por qué le han enviado? -replicó.
-Porque la noticia de la ubicación de la flota llegó a través de uno de mis contactos en la coalición de contrabandistas –dijo-. Es por la información por lo que nos pagan.
Ahora Taryn creyó entender la animosidad de Bremen. Si esta Mara Jade era una contrabandista, el sentido de ley y orden de Bremen no le permitiría ser demasiado tolerante.
-¿Tiene alguna confirmación de eso? -le preguntó.
-Sólo la nueva ubicación de la flota -respondió ella con frialdad-. Si están preparados, se la transmitiré. -Una luz de recepción de datos se iluminó en el panel, y una serie de números se desplazó por la pantalla-. Tampoco es que lo necesiten –agregó-. El Alto Mando dijo que podían marcharse a casa.
-Gracias, pero tal vez me quede por aquí un rato más -dijo Bremen, claramente suspicaz.
Hubo una pausa en la Skipray.
-Como quiera -dijo Mara finalmente. La luz del comunicador se apagó y la nave dio la vuelta y empezó a alejarse. Antes de que Taryn pudiera preguntar a Bremen cuánto tiempo planeaba esperar, otra nave apareció de repente en el espacio delante de ellos.
Bremen soltó un fuerte juramento. Taryn reconoció la forma distintiva de un crucero clase Carrack.
-¡Vamos, vamos! -gritó Bremen a Taryn mientras la luz del comunicador se iluminó de nuevo y una voz áspera ordenaba que se detuvieran si no querían ser destruidos. Taryn hizo girar al carguero alejándose del ominoso bulto del crucero y activó los impulsores. Ella y Del quedaron aplastados en sus asientos cuando el Mensajero saltó hacia adelante, y Bremen consiguió agarrarse de algún modo mientras salían disparados hacia el espacio profundo. Por el rabillo del ojo, Taryn vio que el Skipray había vuelto y estaba regresando a su posición, y un momento después, los sensores le dijeron por qué.
El crucero había lanzado cazas TIE.
-Oh, demonios, otra vez no -murmuró. El Mensajero había tenido suerte en su primer encuentro con cazas TIE; dudaba que en esta ocasión pudiera hacerles frente-. Del, traza un curso fuera de aquí -le espetó, tratando de calcular cuánto tardarían los dos cazas en alcanzarlos.
-¡No puedo! ¡Ni siquiera sé dónde estamos! –replicó él.
-¿Y qué hay de eso? -Taryn indicó las coordenadas que había transmitido Mara Jade, todavía visibles en la consola.
-¡No! -Bremen se opuso-. Podría haber tendido una trampa. Ese crucero no ha aparecido sólo por casualidad. -Se sacudió cuando un golpe a la parte posterior del Mensajero indicó que los cazas TIE les habían alcanzado-. Ahora está de vuelta para terminar el trabajo -añadió amargamente, mirando al Skipray mientras se dirigía hacia ellos.
Los láseres brillaron mientras se acercaba, y Taryn preguntó si estaba en lo cierto. Pero el Skipray pasó de largo sobre ellos, y un momento después, uno de los puntos en la pantalla del sensor se apagó.
-Si yo fuera ustedes, no me quedaría por aquí rondando -aconsejó Mara Jade y Taryn decidió que era hora de una de esas decisiones de mando instantáneas de las que Bremen pensaba que no era capaz.
-Úsalas -ordenó a Del, que ya estaba ocupado con el ordenador de navegación. Bremen protestó, pero antes de que pudiera intervenir otro impacto sacudió la nave, haciendo que se tambalease. Para cuando recuperó el equilibrio y consiguió colocarse detrás de Taryn, el indicador de escudo del Mensajero volvía a parpadear de un rojo siniestro.
Con las manos tensas sobre los controles, Taryn trató de esquivar el fuego láser que salpicaba su extremo de popa. Pero el viejo carguero simplemente no era rival para el caza más rápido. Si no fuera por el Skipray que acosaba al TIE, obligándolo a dividir su atención entre dos objetivos, el Mensajero ya habría sido volado en pedazos.
Todavía podría serlo.
Otra fuerte sacudida tiró a Bremen contra el respaldo de la silla de Taryn. Aferrándose al asiento, miró los sensores por encima del hombro de Taryn y gritó algo. Justo cuando ella echó un vistazo a las pantallas y se dio cuenta con un sobresalto de que los dos cazas TIE restantes del crucero estaban en camino para unirse al ataque, el ordenador de navegación dio finalmente el pitido de aviso.
Tiró de las palancas, y escaparon al bendito vacío del hiperespacio.

***

Resultó ser un salto bastante corto.
Apenas una hora después de escapar del crucero, sonó la alarma de proximidad, indicando que faltaba un minuto para volver al espacio real. Bremen había pasado la mayor parte del viaje amenazando con abortar el salto, pero ni siquiera él estaba dispuesto a correr el riesgo de forzar al Mensajero a una segunda salida inesperada del hiperespacio.
A pesar de que Taryn señalaba que el Skipray les había ayudado en su huida, seguía convencido de que Mara Jade les había vendido a los imperiales. No veía ninguna otra explicación para la aparición del crucero.
-Un panthac no cambia sus rayas -dijo en tono sombrío, pero se negó a explicar el comentario.
La consola sonó de nuevo, y Taryn devolvió a su posición inicial las palancas de hipervelocidad. El cielo moteado se convirtió en líneas estelares, que se convirtieron en estrellas. Habían llegado.
No había nada cerca, pero los sensores de largo alcance mostraban varias naves a cierta distancia de su banda de babor. En unos momentos, estuvieron lo suficientemente cerca para identificarlas. Era, en efecto, la flota de la Nueva República.
Dejó que Bremen fuera quien hablase cuando el crucero Mon Calamari Esperanza les saludó. Su capitán confirmó que ya había llegado un mensajero de la Nueva República.
-Pero de todas formas nos alegramos de verles -añadió el Capitán Arboga con su voz ronca-. La tarjeta de datos que nos trajo parece dañada, y nos gustaría compararla con la suya para llenar los espacios en blanco.
Lo único que quedaba por hacer era desembarcar a Bremen y su tarjeta de datos. Muy aliviada ante la perspectiva, Taryn se dirigió hacia el Esperanza. Todavía estaban a varios kilómetros cuando Bremen entró en la cabina del piloto sosteniendo un pequeño objeto circular.
Sus ojos se abrieron con horror al verlo.
-¿De dónde ha salido eso?
-De la bodega -le dijo Bremen con gravedad-. Irónicamente, de la misma caja en la que estaba escondida la tarjeta de datos. Los imperiales debieron haberla plantado cuando volvieron a cerrar las cajas. -La tarjeta en la otra mano indicaba que esta, al menos, había escapado a los engaños imperiales-. Seguramente fue así como nos encontraron -añadió a regañadientes, una concesión a medias de que la aparición del crucero no había sido culpa de Mara Jade, después de todo. Inclinándose más allá de Taryn, encendió el comunicador-. Capitán –informó-, hemos encontrado una baliza de rastreo...
-Y nosotros hemos encontrado a quien la está rastreando -le interrumpió Arboga-. Eche un vistazo a popa.
Taryn miró los sensores y ahogó un gemido. El crucero del que tan recientemente habían escapado había aparecido detrás de ellos. Exprimiendo los motores al límite, maldijo mentalmente mientras el repentino impulso la empujaba hacia atrás en su asiento. Ella y Del habían estado tan cerca de volver a casa. Ahí estaban ahora, atrapados en medio de otra batalla entre el Imperio y la Nueva República.
-No es rival para toda la flota -dijo Del, sorprendido de que el crucero continuara siguiéndolos.
-Pero es rival más que de sobra para este cascarón, si no conseguimos ponernos fuera de su alcance -agregó Bremen con fuerza. Miró a Taryn-. ¿No puedes hacer que esta cosa vaya un poco más rápido?
Ella apretó los dientes. Era la gota que colmaba el vaso.
-¡Cállese! –exclamó-. Si hubiera hecho su trabajo y hubiera encontrado esa maldita baliza cuando la plantaron, no estaríamos en este lío.
Bremen abrió la boca, pero un golpe seco en popa cortó lo que había estado a punto de decir. El indicador del deflector parpadeaba débilmente, y Taryn miró hacia abajo para ver un mensaje de diagnóstico desplazándose a través de la pantalla. Miró a Del. Su rostro se puso en tensión cuando él, también, se percató del lamentable estado de los escudos. El Mensajero se estremeció con otro impacto, y el mensaje de diagnóstico se puso rojo y empezó a parpadear. Del parecía tristemente resignado.
Inclinándose hacia adelante, Taryn tocó un botón y una sección previamente oscura del panel se iluminó.
-El generador de escudo de respaldo -dijo brevemente ante la expresión atónita de Del-. Lo terminé mientras arreglaba el principal después de marcharnos de Coruscant.
-Pero no teníamos todas las piezas –dijo él.
-Sólo tienes que saber dónde buscar -dijo Taryn, pensando en cómo había canibalizado el generador principal para poder montar el de respaldo. Los escudos redundantes eran una precaución que había aprendido de su padre, y había instalado un generador de respaldo en todas las naves en las que había trabajado. Raramente usados, no había tenido prisa para poner en funcionamiento el del Mensajero. Pero la retirada de Coruscant le había hecho cambiar de opinión-. No aguantará durante mucho tiempo -añadió, mientras otro golpe sacudía el barco-. Pero tal vez aguante el tiempo suficiente.
Obteniendo del carguero toda la velocidad que pudo, pero aún dolorosamente consciente de que no era suficiente, Taryn se lanzó hacia la lejana seguridad de la bulbosa masa del Esperanza. Concentrado en acabar con el tentador objetivo, el crucero les siguió.
Les siguió demasiado lejos.
Justo cuando el mensaje de diagnóstico de escudos estaba desplazándose en rojo de nuevo y Taryn había perdido la esperanza de durar mucho más tiempo, de repente, llegaron.
Al disparo del turboláser del Esperanza se le unieron otros dos cruceros Mon Cal, y el crucero Carrack abandonó abruptamente la persecución cuando su comandante se dio cuenta de que habían entrado dentro del alcance de los disparos de la flota de la Nueva República. Las llamas danzaron en secciones chamuscadas de su banda de babor y una pequeña explosión iluminó brevemente el casco por encima de uno de sus puertos de escape dorsales. Al parecer, habiendo decidido que la retirada era el curso de acción prudente, el crucero viró para alejarse, con sus potentes motores subluz empujándolo hacia el espacio profundo.
Pero no fue lo suficientemente rápido.
La brillante llamarada del crucero al explotar iluminó la cabina del Mensajero. Por la ventana de babor, Taryn vislumbró unos puntos en rápido movimiento: Alas-X, volviendo a su formación de escolta alrededor de la flota después de lanzar letales torpedos de protones a las áreas dañadas de la nave. La bola de fuego comenzó a desvanecerse a medida que se acercaban al hangar del Esperanza.
Detrás de ella, Bremen estaba en silencio. Haciendo girar los repulsores y posando cuidadosamente la nave en la cubierta, Taryn se quedó esperando una crítica.
-No me dijo que teníamos escudos adicionales -dijo él en cambio.
-No lo preguntó.
-Sí, bueno... -Vaciló durante tanto tiempo, que Taryn se dio media vuelta para mirarle. El habitual ceño seguía allí, pero sus ojos fueron francos mientras admitía-: Cuando nos quedamos sin el generador principal, pensé que estábamos acabados.
-Casi lo estuvimos –dijo-. Dele las gracias a mi padre; él fue quien me enseñó a hacer que las cosas funcionen prácticamente sin nada salvo esperanza y aire. Después de Coruscant, pensé que un juego adicional de escudos podría resultarnos útil.
-Ciertamente fue muy útil -coincidió Bremen. Se detuvo de nuevo, esta vez incluso durante más tiempo-. Oiga... -dijo finalmente-, sé que me opuse a que ustedes dos formasen parte de esta misión, pero... en definitiva, ha salido bien.
¿Bien? Taryn le miró, desconcertada. Les habían disparado, sacado a la fuerza del hiperespacio y abordados, y habían eludido un crucero Imperial para entregar con éxito la tarjeta de datos. ¿Era esa su idea de un cumplido?
Bremen se sonrojó ligeramente al ver su expresión, pero añadió:
-Siempre estamos en busca de buenos pilotos, y si alguna vez piensa en cambiar de carrera, a la Nueva República le vendría bien alguien como usted.
Ella no supo qué decir.
-Piense en ello –dijo él-. Le pasaré algunos contactos con los que poder hablar, si está interesada. Usted, también -dijo a Del.
-Yo no -dijo Del-. Yo voy a jubilarme.
Taryn lo miró con sorpresa. Era cierto; después de 30 años transportando correos a los mismos viejos puertos a lo largo de la misma vieja ruta, una vez que terminasen este viaje sus días de pilotaje habrían terminado.
¿Era eso realmente lo que ella quería?
-Gracias por la oferta -dijo a Bremen-. Lo pensaré. Pero en este momento, tengo una ruta que completar. Por no hablar de calcular una ruta de vuelta a Coriallis.
Bremen se inclinó sobre el hombro de Del.
-Esto debería ayudar -dijo, haciendo aparecer un gráfico en la computadora de navegación. Antes de irse, le entregó una tarjeta de datos y dijo una vez más-: Piense en ello.
Mientras Taryn salía del hangar del Esperanza y se dirigía hacia el primero de una corta serie de saltos hiperespaciales que los llevaría de regreso al Núcleo, trató de imaginar qué diría su padre si renunciaba al reparto de correo y en su lugar comenzaba a volar para la Nueva República.
¿Le diría algo paternalista... o estaría complacido? Lo consideró un momento y luego se encogió de hombros. Mirando a las estrellas, se dio cuenta que ya no le importaba lo que dijera.
Taryn sonrió mientras tiraba de nuevo de las palancas y las estrellas se estiraron, y luego se desvanecieron en el cielo arremolinado del hiperespacio. Estaba de nuevo en marcha.

jueves, 25 de abril de 2013

Retirada de Coruscant (II)


Una vez que hubo pensado en ello, Taryn tuvo que admitir que usar el Mensajero como tapadera era realmente muy inteligente.
Por un lado, la tarjeta de datos -con su informe sobre la retirada de Coruscant y la localización del punto de encuentro- era perfectamente anónima, escondida en una caja con otros miles de tarjetas de datos; comunicaciones con destino a otros mundos del núcleo. Y esa caja era sólo una entre docenas exactamente iguales, apiladas una encima de la otra en la bodega del Mensajero.
Por otra parte, la perspectiva de tratar de colarse a través de una flota de Destructores Estelares era casi soportable ante la imagen del voluminoso coronel Bremen, embutido en el uniforme de repuesto que le habían agenciado, que era al menos dos tallas más pequeño. Tirando del cuello demasiado apretado, estaba en la puerta de la cabina con el ceño fruncido que parecía no abandonar nunca su rostro. Taryn no tuvo que apartar la mirada de sus pantallas del motor para saber las perneras del pantalón del uniforme terminaban en algún lugar por encima de sus tobillos. Su boca se curvó en una ligera sonrisa antes de recordar que Bremen estaba allí para mantener un ojo sobre ella y Del, y que no había nada divertido en la situación en la que se encontraban.
Sus manos agarraron con fuerza en los controles.
-Vaya a su asiento y abróchese -ordenó Bremen-. Estamos casi listos para despegar. –Al sentir que el hombre no se movía, miró por encima del hombro con aire interrogante-. ¿Qué pasa?
-Me quedaré aquí -dijo.
Ella se encogió de hombros.
-Haga lo que quiera -resopló Del. Él y Bremen no habían intercambiado ni una docena de palabras desde que el oficial de la Nueva República había llegado a bordo, pero era evidente que no habían congeniado.
-Deberían dejarme pilotar -dijo Bremen, otra vez-. Esto no es un sencillo reparto de correo, ¿saben?
-No -dijo Taryn firmemente, como si el tema no hubiera sido ya tratado en la oficina de Bel Iblis-. Hicimos un trato. La Nueva República puede utilizar mi nave, pero nadie va a pilotarla salvo yo. -Teniendo en cuenta que básicamente habían sido reclutados a la fuerza, le sorprendió que Bel Iblis lo hubiera aceptado. Así las cosas, casi sospechaba que el general había asignado a Bremen a esta misión sólo para deshacerse de él. Los dos claramente no se llevaban bien. Echó un vistazo a Del-. ¿Listo?
-Listo -confirmó.
Ella activó los repulsores. Bajo ellos, las reconfortantes de luces la Ciudad Imperial se redujeron a diminutos puntos a medida que ganaban altura. Bel Iblis había dicho que los espacios entre los Destructores Estelares que les rodeaban estaban vigilados por naves capitales más pequeñas, por lo que cada piloto tendría que escoger su propia ruta de escape y tratar de escapar como pudiera.
-¿Tenemos ya una trayectoria? -preguntó Del.
-El ordenador de navegación está trabajando en ello –dijo ella. Echó un rápido vistazo a Bremen, que mantenía el equilibrio junto a la puerta de la cabina, y luego comprobó los sensores. No había nada especial de lo que preocuparse, pero tenía que mantenerse alerta. Bel Iblis quería tantas naves como fuera posible en el aire y en movimiento cuando bajase el escudo. Con todo el enjambre huyendo a la vez, tenían la esperanza de crear por lo menos un poco de confusión mientras trataban de colarse a través de los imperiales que les esperaban.
Destellos de luz danzaban donde en el escudo planetario seguía recibiendo disparos, el resplandor opalescente cambiaba y ondulaba con cada nuevo impacto.
Taryn cambió de rumbo ligeramente, apuntando a un lugar despejado, y luego miró su cronómetro. Ya casi era la hora.
Del encendió el comunicador, ya sintonizado a la frecuencia de salida. Mientras, Taryn se quedó mirando el escudo, y se preguntó a qué se enfrentaría la gente que quedaba debajo. ¿El Imperio se contentaría simplemente con retomar Coruscant y dejar a sus ciudadanos en relativa paz? ¿O sentiría la necesidad de castigarlos por no rechazar a la Nueva República en primer lugar?
En cualquier caso, eso ya no era asunto suyo.
-Debería bajarse en cualquier momento -dijo Bremen a su espalda, desde donde él también estaba observando el escudo brillando bajo el asalto Imperial-. Lástima que este trasto no tenga gran cosa en cuanto a armamento.
Taryn apretó los labios antes el insulto a su nave. Como ya había señalado, los cargueros de correo no eran los objetivos principales para nadie, ni siquiera para los piratas. No había necesidad de ir por ahí erizado de armamento... habitualmente. En ese momento, estuvo de acuerdo en que un poco más de potencia de fuego podría ser útil.
Varias masas gigantescas comenzaron a aparecer en los sensores, indicando el reto que les esperaba. Taryn nunca había visto tantos Destructores Estelares en un solo lugar, y una nueva oleada de duda la asaltó. Nunca antes había hecho nada como esto, excepto en su imaginación. Tal vez debería dejar que Bremen tomase los controles...
Y entonces, ya era demasiado tarde.
-Está bajado –dijo la voz de Bel Iblis por el comunicador-. ¡Cielos despejados a todos, y que la Fuerza os acompañe!
El escudo planetario estaba bajado, y la lucha había comenzado.
Lejos, a babor, Taryn estaba al tanto de un cañón de iones de defensa planetaria utilizado desde la superficie para despejar un camino para algunas de las naves que huían, pero se mantuvo en su propio vector mientras abandonaban la atmósfera y las naves imperiales que les esperaban aparecieron a la vista.
Allí estaba, su camino hacia la libertad, justo entre dos Destructores Estelares flanqueados por cinco acorazados más pequeños. Parecían dos feroces perros Dorax rodeados por cachorros luchadores, y tragó saliva, acelerando el motor al máximo. Incluso a máxima velocidad, no se podía decir que el Mensajero fuera rápido, y sólo podía esperar que pasasen desapercibidos entre todo el enjambre que huía de la superficie.
Y por un tiempo, sus esperanzas parecieron correspondidas. Dirigiéndose hacia un hueco entre los dos acorazados más alejados de los Destructores Estelares, el Mensajero volaba a toda velocidad a la estela de otro carguero, un transporte y un elegante caza. A su lado y ligeramente por detrás había dos transportes pesados. Los acorazados dispararon, pero con tantos objetivos pequeños, los disparos eran erráticos y en su mayor parte simplemente estallaron en el espacio sin causar daños.
Sus indicadores de escudo estaban aún en verde, casi habían pasado los acorazados, y Taryn estaba empezando a pensar que tal vez podrían hacerlo ilesos cuando una brusca sacudida repentina de la nave les empujó a ella y a Del contra sus arneses, y envió a Bremen tropezándose hacia delante para caer sin contemplaciones sobre las pantallas del sensor.
-¡Fuera de ahí! -exclamó, y luego apretó los dientes cuando otro fuerte golpe seco le hizo caer sobre la cubierta. Con un sobresalto, vio a su alrededor muchas más naves de las que habían estado allí hace un momento. Identificarlas resultó fácil cuando un caza TIE pasó rugiendo, disparando contra el transporte que se dirigía al espacio profundo por delante de ellos.
-¿Del? -dijo. El canoso primer oficial no necesitó más insistencia, y lanzó una andanada de fuego de láser contra el caza TIE que acosaba al transporte que les precedía. Detrás de ellos, un ruido sordo indicó otro impacto, pero Taryn siguió su camino. Su curso estaba calculado y fijado; si tan sólo pudiera conseguir llevar al Mensajero un poco lejos del planeta, podrían dar el salto a la velocidad de la luz, y a la seguridad.
Uno de los transportes junto a ellos estalló de repente en un destello de fuego. Haciendo una mueca, Taryn cambió ligeramente el curso para alejarse del metal retorcido y echó una rápida mirada a los indicadores de escudo.
Únicamente para desear no haberlo hecho. Los indicadores habían pasado de verde a rojo, y parpadeaban con cada golpe. Un mensaje de diagnóstico se estaba formando en el panel, los sensores mostraron otro de esos malditos cazas TIE acercándose detrás de ellos, y Taryn no creía que el Mensajero pudiera soportar muchos impactos más.
-Agárrese -advirtió a Bremen, aún tirado en cubierta, y lanzó el carguero en picado. El caza TIE pasó disparado sobre ellos, y cuando ella hizo subir de nuevo el morro de la nave, Taryn vio que el caza estelar que iba delante de ellos había dado la vuelta para ayudar.
El cañón láser del Ala-X brilló mientras se abalanzaba hacia ellos y, en los sensores, uno de los puntos detrás de ellos desapareció. El Ala-X centró su atención en el caza TIE que habían esquivado mientras Taryn se limpiaba el sudor de la cara y aceleraba el motor de nuevo al máximo. Delante de ellos, el carguero y el transporte no se veían por ningún lado. O bien ya habían logrado ponerse a salvo... o bien habían sido destruidos.
Del soltó una maldición cuando el Mensajero se estremeció por otra serie de impactos en la parte trasera. Los indicadores de escudo brillaron en rojo, luego se volvieron negros, y el mensaje de diagnóstico empezó a parpadear.
-Hemos perdido los deflectores -gritó Taryn. Notando en su boca el sabor metálico del miedo, estaba a punto de lanzar la nave en otra caída en picado cuando la consola emitió un pitido, que indicaba que habían llegado al punto de hiperespacio.
Envolviendo las palancas con una mano, y muy consciente del caza TIE que se acercaba a ellos, tiró suavemente hacia atrás, y fue recompensada por la visión de las estrellas estirándose en líneas estelares, y luego desapareciendo en el cielo moteado del hiperespacio.

***

A toda velocidad a través del hiperespacio hacia Coriallis, Del y el coronel Bremen tuvieron tiempo de sobra para establecer firmemente su mutua aversión.
Bremen no ocultaba el hecho de que, como civiles, no confiaba en que Taryn y Del fueran competentes. Dejó en claro que pensaba que Bel Iblis debería haber requisado el Mensajero, apartado a su tripulación habitual, y utilizado un equipo exclusivamente militar para completar la misión.
Taryn trató de restarle importancia, pero Del contraatacó ofreciendo puyas apenas disimuladas respecto a la ignominiosa retirada de la Nueva República en Coruscant, mientras que Bremen apretaba los labios con más fuerza a cada frase. Ella pensaba que era un juego pueril, pero mientras Bremen estuviera ocupado con Del, no estaría respirándole en la espalda, por lo que no dijo nada al respecto.
Los dos habían desaparecido en la bodega hacía más de una hora, y ella estaba de pie en la sala de oficiales, limpiándose la grasa de las manos. Cambiarían su curso en Coriallis dentro de unas pocas horas, y quería probar el sistema deflector recién reparado antes de que fuera realmente puesto a prueba.
No llegó a tener la oportunidad.
Mientras se dirigía hacia la cabina del piloto, el Mensajero pareció vacilar bajo sus pies, y luego dio una terrible sacudida mientras el metal del estresado casco gemía en señal de protesta. Sorprendida a mitad de un paso, Taryn se agarró al tabique para mantener el equilibrio, y luego entró a la cabina mientras el barco parecía chocar contra una fuerza inamovible. Se oyó estrépito de cajas y un grito resonó desde la bodega, mientras que, frente a ella, el cielo moteado del hiperespacio se convertía inesperadamente en líneas estelares, y luego, con una enfermiza sacudida final, tomó la forma del campo estelar del espacio real.
Habían sido arrancados por la fuerza de la velocidad de la luz, y Taryn ni siquiera tuvo que comprobar los sensores para saber por qué. Justo delante, llenando el campo de visión tras el parabrisas de transpariacero, había un crucero Interdictor imperial.
Tampoco eran su primera captura. Un transporte con marcas de la Nueva República flotaba cerca, con una lanzadera imperial adosada. Taryn se preguntó si era uno de los muchos que habían huido tan recientemente de Coruscant.
-¿Qué ha pasado? –preguntó Bremen, corriendo ruidosamente por el pasillo. Ella se puso en pie. Pisándole los talones, Del lucía un corte fresco en la frente.
No fue necesaria una respuesta. El comunicador cobró vida con un chasquido y una voz enérgica desde el crucero Retribución les ordenó que se preparasen para ser abordados.
Taryn se dejó caer en el asiento del piloto, tratando de pensar con rapidez. La tarjeta de datos estaba bien escondida, y a menos que los imperiales estuvieran decididos a leer todas y cada una de las misivas de la bodega, no creía que la encontrasen. La minuciosidad de su búsqueda probablemente dependería de lo sospechosos que se mostrasen. Su identificación y la de Del estaban en orden; Bremen podría ser más difícil de explicar, pero ya se le ocurriría algo. ¿Debería admitir que acababan de salir de Coruscant, o...?
-Yo hablaré -anunció Bremen, interrumpiendo sus pensamientos-. Ustedes permanezcan en silencio y dejen que yo me ocupe de esto.
Tendió una mano, al parecer esperando que Taryn le entregase los galones de capitán sujetos en la parte delantera de su uniforme. Ella se puso rígida.
-No, hablaré yo -le corrigió con cierta aspereza-. ¿Se ha mirado últimamente en un espejo? -Vestido con ese uniforme demasiado pequeño, los imperiales nunca creerían que fuera el capitán del MensajeroHaciendo caso omiso del estallido de indignación de Bremen, le dijo a Del-: Ve a la esclusa de aire, y espera allí para ayudar al grupo de abordaje.
-Sí, señora -dijo secamente, retirándose de la cabina.
-Coopera con ellos, por completo -le gritó en tono de advertencia. En el exterior, una lanzadera del Retribución se estaba acercando, pero aún tenían unos minutos. Mirando a Bremen, levantó una ceja-. Y bien, ¿decía usted algo...?
-¿Tiene usted alguna idea de lo serio que es esto? -le espetó-. ¿Qué cree que van a hacer una vez que estén a bordo? ¿Echar un vistazo a los permisos, decirle que tenga un buen día, y marcharse sin más?
-Eso espero -dijo Taryn-. Eso parecía ser la idea del general Bel Iblis al usarnos como correo. Mire, aquí yo soy el capitán, y yo tengo la identificación apropiada para respaldarlo. ¿Tiene alguna idea mejor?
Él seguía reticente, pero ella tenía razón.
-De acuerdo, entonces -dijo Taryn-. No hable a menos que le hablen, haga todo lo que pidan los imperiales, rápido y con amabilidad, y si lleva algún arma, deshágase de ella ahora, antes de que suban a bordo. ¿Entendido?
El rostro de Bremen parecía tan rígido como el de un droide y le brillaban los ojos, pero consiguió hacer una breve inclinación de cabeza.
-Bien -dijo Taryn, liberando la respiración que había estado conteniendo sin darse cuenta-. Vayamos y recibamos a nuestros huéspedes.
Mientras que la lanzadera imperial se detenía a su lado, sacó el cuaderno de datos con los permisos del Mensajero. Tuvo el tiempo justo de llegar a la esclusa de aire y erguirse con dignidad antes de que se abriera e irrumpieran cinco imperiales.
El líder, un hombre de mediana edad que comenzaba a quedarse calvo bajo su gorra de oficial de la armada, se detuvo justo en el interior, mientras que los otros cuatro soldados, todos armados, se desplegaron en el pasillo.
-Comandante Voldt  -se identificó bruscamente-. ¿Quién está al mando aquí?
-Yo. -Taryn dio un paso adelante-. Capitana Taryn Clancy, del Servicio de Mensajería del Núcleo. Esta es mi tripulación.
Voldt la miró, demorando la mirada en las curvas de su uniforme, luego echó un vistazo por encima a Del y Bremen. Advirtió los tobillos expuestos de Bremen, luego volvió a posar sus pálidos ojos en ella.
-¿Servicio de mensajería? ¿Esta es una nave correo?
-Sí, señor -dijo Taryn-. En ruta hacia Coriallis.
-¿Desde dónde?
Ya había decidido que no tenía sentido mentir. El vector en el que habían sido arrancados del hiperespacio lo decía bien claro.
-Nuestra última parada programada era Coruscant -le dijo-. Pero llegamos al sistema, vimos lo que parecía ser la flota Imperial al completo rodeando el planeta, y decidimos saltarnos ese lugar. No queríamos vernos mezclados en algo, ¿sabe?
Él asintió lentamente con la cabeza, sin parecer convencido del todo.
-¿No entregaron su cargamento? –preguntó-. ¿Sus jefes no prometen entrega rápida?
Taryn se permitió parecer un poco abatida.
-Bueno, sí –dijo-. Pero desaprueban aún más meterse en una zona de guerra.
Voldt la miró, luego resopló. Si era por diversión, o por incredulidad, no podía decirlo. Con un gesto casual de su mano, dos de los soldados desaparecidos para registrar la nave.
-Veamos alguna identificación -sugirió.
-Por supuesto. -Taryn le pasó el cuaderno de datos de permisos. Transmitió la licencia de la nave y la información de registro al Retribución para comprobarla, y luego inspeccionó sus identificaciones, levantando una ceja cuando Bremen no pudo mostrar la suya. Bremen consiguió parecer tanto avergonzado como honesto mientras murmuraba:
-Lo siento, señor. Me lo robaron en el puerto.
Voldt volvió a echar una mirada inquisitiva sobre su uniforme.
-Parece que eso no fue lo único que se llevaron –comentó-. Qué inconveniente para usted.
Bremen asintió. Voldt se le quedó mirando un momento, luego miró a los dos soldados que regresaban de registrar el buque.
-No hay nadie más a bordo, señor -informó uno, mientras que el otro dio un paso adelante sosteniendo dos blásters.
-¿De quién son? -preguntó Voldt.
-Ese es mío -dijo Taryn, señalando al bláster que guardaba escondido debajo del colchón de su camarote. Miró a Bremen y Del-. ¿De quién es este?
-Mío, capitana. -Del dio un paso adelante-. Sé que no le gusta que las llevemos a bordo, por lo que lo tenía guardado en mi litera. Lo siento -añadió, mostrándose avergonzado.
-Hablaremos de ello más tarde -dijo con aire enfadado, preguntándose dónde había "perdido" Bremen su arma para que no se pudiera encontrar.
Voldt le dirigió una mirada insondable, y luego hizo un gesto con la cabeza al soldado, que dio un paso atrás, sosteniendo todavía los dos blásters. Devolvió el cuaderno de datos a Taryn.
-Capitana, me gustaría ver el contenido de su bodega, si me lo permite.
A pesar de la elección de palabras, no era una petición.
Taryn abrió la marcha, tratando de sopesar cuánto sospechaban los imperiales, y lo completa que podrían insistir en hacer esta búsqueda. Hasta ahora, la actitud de Voldt no había reflejado nada. Con aire casual, miró por encima de su hombro.
-Si no le importa que pregunte, señor, ¿por qué nos han parado? ¿Es esto una especie de puesto de control?
Esta vez, no hubo la menor duda acerca del bufido de genuina diversión.
-Puede llamarlo así -dijo Voldt secamente. Sus ojos estaban fijos en oscuro pelo de Taryn mientras este se balanceaba a su espalda-. Podría considerarse un punto de control para traidores.
-¿Traidores? -repitió ella, con cuidado.
-Traidores al Imperio –dijo, alzando finalmente la mirada al llegar a la bodega-. Rebeldes que huyen de Coruscant. Los hemos expulsado y rescatado a la población de sus métodos terroristas, pero ahora, como los cobardes que son, están huyendo a cualquier lugar en el que piensen que se encontrarán a salvo. -Sus finos labios se convirtieron en una desagradable sonrisa-. No tenemos intención de dejarles ir demasiado lejos.
Taryn se preguntó si habría cruceros Interdictor asentados a lo largo de todas las rutas hiperespaciales más transitadas que salían de Coruscant. Si era así, sin duda un buen número de fugitivas habían caído justo en la trampa de los imperiales, incluido el transporte que había visto antes. Tal vez incluso ellos mismos.
Apartó ese pensamiento. No, hasta ahora lo estamos haciendo bien. Lo único de lo que había que preocuparse era la tarjeta de datos, y estaba bien escondida en algún lugar del interior de las cajas que llenaban la bodega. Tranquilizada, pulsó el botón para abrir la puerta y le indicó a Voldt que entrase.
Él lo hizo, mirando alrededor de la habitación y luego paseándose por ella para mirar las pilas de cajas selladas.
-Estas están dirigidas a Coriallis -señaló, estudiando las etiquetas de las cajas exteriores.
-Sí, señor, esa es nuestra próxima parada -confirmó Taryn.
-¿Pero dónde está el cargamento que no dejaron en Coruscant?
Se volvió hacia ella, con una inquisitiva ceja levantada.
¿Dónde estaba, en efecto? Taryn sintió un nudo en el estómago mientras consideraba la pregunta. No sólo habían entregado el correo con destino al Palacio Imperial, sino que también habían descargado el correo ordinario para Coruscant. Ahí no había nada para respaldar su afirmación de que no habían aterrizado en el planeta.
Las excusas lucharon por abrirse paso en la punta de su lengua, pero antes de que pudiera soltar ninguna de ellas, Del dio un paso adelante.
-Yo las aparté a un lado, capitana -dijo, y señaló tres cajas amontonadas sin orden ni concierto en la esquina más alejada.
Cada una estaba marcada con destino a Coruscant, y contuvo el aliento cuando Voldt insistió en abrir las tres. Pero al escoger al azar tarjetas de datos para inspeccionarlas, encontró que todas estaban debidamente etiquetadas con destinos en Coruscant. Aliviada, Taryn dirigió una mirada a su primer oficial, preguntándose de quién era ese correo que había sido tomado prestado para llevar a cabo esta mascarada.
Claramente, Del y Bremen no habían pasado discutiendo todo su tiempo ahí atrás.
-Hmmf -gruñó Voldt mientras volvía a colocar la tapa de la última caja, y miró a su alrededor en la bodega, como si esperase encontrar a Mon Mothma escondiéndose entre los elevadores de carga.
Señalando a dos de los soldados, ordenó que examinasen todas las cajas. Pero la búsqueda fue superficial, con los soldados simplemente abriéndolas y confirmando que dentro había correo.
Ordenando secamente que volvieran a cerrar los cajones, Voldt indicó a Taryn y su tripulación que lo siguieran, y se dirigió por el pasillo hacia la esclusa de aire. Llamando al Retribución, confirmó que los permisos del Mensajero estaban en orden y luego, con  un aire un poco decepcionado, dijo a Taryn que eran libres de marchar.
Tratando de no dejar que su alivio la traicionase, tuvo que hacer un esfuerzo aún mayor para no lanzar una mirada de “se lo dije” a Bremen. Los cuatro soldados se unieron a ellos, y después de un inesperado apretón de manos por parte de Voldt, durante el cual mantuvo el contacto por un tiempo ligeramente excesivo para el gusto de Taryn, los imperiales se dirigieron de vuelta a su nave.
Puso al ordenador de navegación a recalcular su curso y luego dio la vuelta al carguero y dirigiéndose hacia las estrellas, tratando de tomar distancia suficiente para saltar a la velocidad de la luz. Mirando de nuevo al transporte de la Nueva República capturado, Taryn se preguntó qué destino aguardaba a sus ocupantes.
Cuando la consola finalmente dio el tono de aviso, colocó la mano alrededor de las palancas de hipervelocidad, tiró suavemente de ellas hacia atrás, y con gratitud dejó que ese problema concreto quedase atrás.

miércoles, 24 de abril de 2013

Retirada de Coruscant (I)

Retirada de Coruscant
Laurie Burns

Taryn Clancy miraba distraídamente cómo una funcionaria de comunicaciones rellenaba el registro de entrada de las tarjetas de datos apiladas en el carro repulsor junto a ella. De repente, el murmullo de fondo del centro de mensajes del viejo palacio imperial desapareció bajo el aullido de las alarmas.
La funcionaria levantó la vista, perdiendo el color del rostro al identificar los tonos de aviso.
-Oh, cielos -dijo, con voz aturdida-. Coruscant está bajo ataque.
Los ojos de Taryn también se abrieron como platos, pero ella actuó rápido.
-Si me firmas eso, me iré -dijo, girando para empujar el carro más cerca de mostrador de la funcionaria-. Ahí está tu correo –añadió, tendiéndole enfáticamente la mano.
La funcionaria parpadeó, miró su cuaderno de datos, pulsó unas cuantas teclas, y sin decir nada se lo entregó. Taryn inspeccionó rápidamente su autorización, introdujo su propio código, y luego sacó la copia de la funcionaria y la arrojó sobre el mostrador.
-Gracias -dijo por encima del hombro, habiendo dado ya tres pasos hacia la puerta.
Fuera, en el pasillo, las alarmas seguían sonando con tono urgente, pero mientras se apretaba para subir a un abarrotado turboascensor, Taryn sintió alivio al ver que nadie parecía presa del pánico. Aunque la Nueva República había hecho pasado de ser una fuerza militar a ser un gobierno galáctico, era obvio que los antiguos rebeldes no habían olvidado cómo reaccionar ante un ataque imperial. Se mordió el labio, sabiendo que sus esperanzas de salir del planeta eran optimistas en el mejor de los casos. Si Coruscant realmente estaba bajo ataque, probablemente se habría activado el escudo planetario, y ella y Del quedarían atrapados mientras durase el ataque.
Pero tenía que intentarlo. Después de todo, ¿quién querría quedar inmóvil en las plataformas de aterrizaje del palacio como un mynock adosado mientras el Imperio trataba de recuperar su antigua capital?
Yo no, pensó, saliendo a la brillante plataforma azotada por el viento y parpadeando ante el brillo del sol de mediodía. A su alrededor, vibraban las reverberaciones de los motores de media docena de naves, y justo delante, el Mensajero añadía su rugido gutural al coro mecánico. Del tenía la rampa bajada y esperando, y cuando ella se dejó caer en el asiento del piloto, un análisis rápido de las pantallas mostró que estaban casi a punto para despegar.
-Escuché las alarmas -dijo Del, con los arneses de seguridad del puesto de copiloto ya abrochados-. ¿Qué ocurre?
-Que nos vamos, espero -dijo secamente Taryn. Otra mirada a las pantallas, y activó el comunicador para llamar al control de vuelo del palacio. Su corazón se hundió cuando su solicitud de despegue fue rotundamente denegada.
Demasiado tarde... el escudo planetario ya había sido alzado. El Imperio estaba allí arriba, la Nueva República estaba aquí abajo, y ella y el Mensajero estaban atrapados en medio.
Taryn se dejó caer en su asiento. No era sólo que tuviera un horario que cumplir. El Servicio de Mensajería del Núcleo prometía un servicio rápido entre los mundos del núcleo, y con las cajas llenas de comunicaciones que aún llenaban la mitad de su bodega, no quería retrasarse demasiado. Sin embargo, los retrasos en las entregas no eran nada comparados con lo Taryn temía que iba a suceder: una guerra sin cuartel por la posesión de Coruscant. Los rumores del puerto habían predicho que el Imperio, a pesar de la reciente pérdida del Gran Almirante Thrawn, se estaba preparando para atacar el corazón de la Nueva República.
Parecía que habían estado en lo cierto.
-Bueno, caramba -dijo Del, mirando hacia la plataforma donde estaba despegando un transporte, aparentemente desafiando las órdenes del controlador-. ¿Qué vamos a hacer ahora?
Taryn observó cómo el transporte se desvanecía hasta no ser más que un pequeño punto en el cielo. Si el Mensajero le perteneciera a ella, estaría tentada a hacer lo mismo. Pero un capitán inteligente no corría riesgos con la propiedad de la empresa.
-Esperaremos -dijo, apagando de mala gana los motores-. Por lo menos hasta que llegue la ayuda.
Si es que llega en algún momento, añadió en silencio. Lo primero que habrían hecho los imperiales era inutilizar los relés de comunicaciones, cortando la capacidad de la Nueva República para pedir ayuda a sus flotas dispersas a través de la galaxia. Tenían defensas orbitales, por supuesto, pero... Un pequeño destello llamó su atención, y ella se inclinó para mirar por el ventanal de transpariacero de la cabina.
-Maldición -susurró.
Del siguió su mirada y vio los destellos casi imperceptibles de fuego turboláser arriba en el cielo.
-Ahora estamos atrapados -dijo.
Observaron en silencio sombrío por un tiempo antes de que Taryn preguntase bruscamente:
-¿Cuánto tiempo puede aguantar el escudo planetario?
-No lo sé -dijo Del-. Depende de con qué lo golpeen, probablemente. Un par de días, tal vez... o un par de horas.
Ella lo miró. Bajo su bigote gris, la boca de su primer compañero tenía razón. Y no era de extrañar: después de tres décadas con el servicio de mensajería, estaba a solo unos días de jubilarse. Estudiando las líneas de su rostro, Taryn contrastó mentalmente sus años de experiencia con los que llevaba ella, y de repente se sintió abrumada por su condición de novata como capitana. Era sólo su cuarto viaje al timón del Mensajero.
Y le tocaba a ella sacarles de esta.
Por un instante sintió una punzada del viejo temor; el que decía, con la voz de su padre, que volaba para el servicio de mensajería porque no tenía agallas para hacer ninguna otra cosa. A lo largo de su infancia, Kal Clancy se jactó de su propia valentía al frente de su carguero, y luego pasó los años de su adolescencia tratando de moldearla a su imagen. No se había molestado en ocultar su decepción cuando ella no estuvo a la altura de sus expectativas.
Ella miró a Delde nuevo . Había estado repartiendo correo durante más tiempo de lo que ella llevaba viviendo, y nunca había llegado a capitán. Eso decía algo de ella, ¿verdad? ¿O no?
Basta, se ordenó Taryn a sí misma. De acuerdo, ser capitán de un servicio de mensajería no es muy difícil. Eso no quiere decir que no sea competente.
Sacudiéndose la imagen de su padre, trató de pensar qué hacer a continuación.
¿O sí?

***

Después de que pasaran algunas horas sin indicios de naves imperiales descendiendo en el cielo, los nervios de Taryn comenzaron a ceder. Siete horas después de que comenzasen a sonar las alarmas, ya era noche cerrada y estaba empezando a enfadarse.
-Bueno, se acabó -declaró después de que otra solicitud de información al control de vuelo fuera cortésmente esquivada-. No podemos partir, no van a dejar que nos movamos, y no nos van a decir nada. Voy a ir allí para averiguar qué está pasando.
-¿A quién vas a preguntar? -preguntó Del.
-A la mismísima Mon Mothma, si tengo que hacerlo -dijo Taryn.
Del resopló, pero entrar en el palacio resultó inesperadamente fácil. Después de una ligera discusión inicial con dos agentes de seguridad de la Nueva República, una vez que descubrieron que era la capitana del carguero de la plataforma, Taryn fue conducida a un turboascensor. Uno de los guardias se asomó detrás de ella y apretó un botón en el panel de llamada.
-Buena suerte -dijo, dándole un saludo burlón cuando las puertas se cerraron.
Ha sido fácil... demasiado fácil, pensó, preguntándose qué significaba ese saludo. Seguía dándole vueltas cuando las puertas se abrieron en un pasillo bastante alejado de la sección de servicio del palacio, donde había hecho su anterior reparto. La decoración básica era la misma, pero esta sección tenía un ligero aire inequívocamente militar.
Al igual que los dos soldados armados que montaban guardia en la pared frente al turboascensor. Ellos la miraron con expresión alerta cuando salió, y luego vio a los otros dos, de pie a cada lado del ascensor. Tratando de ignorar los cuatro pares de ojos fijos en ella, echó un vistazo al pasillo. En un extremo, una puerta blindada se abrió y un oficial con el ceño fruncido se dirigió hacia ella. Deteniéndose a un metro de distancia, le echó un rápido vistazo por encima.
-Soy el coronel Bremen -se identificó-. ¿Y usted es...?
-Taryn Clancy, capitana del Mensajero.
Él asintió con la cabeza bruscamente.
-Si está armada, tendrá que dejar sus armas fuera -dijo, la extrayendo un escáner de armas de mano.
-No llevo armas -dijo Taryn, pero Bremen recorrió su cuerpo con el dispositivo de todos modos.
-Está bien -dijo, aparentemente satisfecho-. Sígame.
Un guardia se colocó detrás de ella mientras Taryn seguía a Bremen a otro pasillo a través de las puertas blindadas. Al pasar, miró con curiosidad las salas abiertas, y sus pies vacilaron cuando apareció fugazmente ante su vista un rostro que creía reconocer de los holovídeos. ¿Era realmente Mon Mothma? Y si era la Jefa de Estado de la Nueva República, ¿a dónde le estaba llevando Bremen?
No hubo tiempo para especular, ya que él se detuvo junto a una puerta y le indicó que entrara. Taryn entró en el pequeño despacho y miró al hombre que estaba sentado detrás del escritorio. Bien parecido y de la misma edad que Del, le resultaba vagamente familiar, pero no terminaba de ubicarlo.
Es decir, hasta que Bremen cerró la puerta y pasó junto a ella.
-Aquí le traigo otro, general Bel Iblis. Capitana Clancy del Mensajero", dijo, y Taryn trató de no mirar fijamente. ¡Había esperado que le atendiera algún lacayo del palacio, no que la llevasen ante el hombre a cargo de la defensa de Coruscant!
-Capitana Clancy. -Bel Iblis saludó cortésmente con la cabeza mientras Bremen se cruzaba de brazos y tomaba posición contra la pared de la oficina-. Entiendo que desea información sobre la situación.
-Sí, señor, me gustaría -dijo ella, haciendo un esfuerzo consciente para relajarse y no estar de pie en posición de firmes-. ¿Qué está pasando? ¿Y cuándo voy a poder marcharme?
Bel Iblis la estudió en silencio. Justo cuando Taryn comenzó a temer que había sido demasiado insolente, él respondió con gravedad.
-Coruscant está rodeado. Nuestras defensas se han visto obligadas a retirarse, y estimamos que el escudo planetario caerá por la mañana.
Taryn se olvidó de no mirar fijamente.
-¿Qué pasará entonces?
-No esperaremos a averiguarlo –dijo-. Vamos a evacuar esta noche.
-¿Se van?
-No tenemos otra opción -dijo Bel Iblis pesadamente-. No hay manera de avisar a nuestras flotas en otros sectores, e incluso si lo hiciéramos, no podrían llegar antes de que falle el escudo.
-Pero, ¿qué pasa con la Nueva República? -insistió ella. ¿Realmente iba a desmoronarse tan fácilmente el incipiente gobierno?
-La Nueva República sobrevivirá –dijo él-. Sólo su sede va a moverse. -Algo parecido a un antiguo dolor ensombreció brevemente sus ojos-. No queremos que Coruscant también sea destruida, cuando todo lo que el Imperio quiere es destruirnos a nosotros. Una vez que estemos fuera del planeta, la población debería estar lo suficientemente a salvo.
Bremen se apartó abruptamente de la pared y abrió la boca, pero se detuvo con una mirada de Bel Iblis. Taryn pasó la vista de uno a otro, consciente de pronto de la tensión entre ellos, y luego miró a Bel Iblis.
-¿Dónde irán?
-Buena pregunta –dijo-. Ahí es donde entra usted.
-¿Yo? -dijo, con cautela.
-Necesitamos toda la capacidad de carga podamos rogar, pedir prestada o robar para la evacuación -dijo, mirándola fijamente.
Taryn lo entendió, de inmediato.
-El Mensajero no es muy grande –protestó-. Ni muy rápido, tampoco. Además, trabajo para el Servicio de Mensajería del Núcleo, no para ustedes. ¡La Nueva República no puede apropiarse sin más de mi nave!
-En realidad, sí que podemos -dijo Bel Iblis-. Y lo haremos. Pero no por lo que usted piensa. -Se inclinó hacia delante, con aspecto serio-. Tenemos que avisar a las flotas del sector que la Nueva República ha evacuado Coruscant y se reagrupará en una nueva base. El secretismo es absolutamente vital; no podemos correr el riesgo de que el Imperio intercepte alguna transmisión y escuche la ubicación de nuestro punto de encuentro. Por lo tanto -extendió sus manos de manera insinuante-, enviamos mensajeros.
Taryn permaneció en silencio. Sospechaba que no había dicho "mensajero" por casualidad.
-Normalmente, enviaríamos un mensajero en una nave de Inteligencia sin marcar -dijo Bel Iblis. Bremen abrió la boca y, de nuevo, el general le lanzó una mirada de advertencia-. Pero necesitamos todo lo que tenemos para la evacuación.
-¿Y si me niego?
-Es libre de permanecer aquí en Coruscant -dijo Bel Iblis-. O de partir en uno de nuestros transportes. Compensaremos al servicio de mensajería por el uso de la nave, por supuesto.
Menudas opciones, pensó Taryn con amargura. Quedarse aquí atrapada esperando a los soldados de asalto, o huir con la Nueva República.
Suspiró.
-Entonces, ¿cuándo nos vamos?