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jueves, 8 de mayo de 2014

La redención del syrox (y IV)

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Todo esto ocurrió hace mucho tiempo, varios años al menos, aunque el tiempo tiene un curioso modo de transcurrir de forma distinta aquí dentro. A veces, cuando estoy tumbado en mi celda esperando a dormirme, me pregunto por qué Nagma me mandó llamar aquella noche. Puede que fuera porque yo era la única persona a la que había hablado acerca del Gusano, o tal vez yo era lo más parecido a un amigo que tenía en este lugar... o simplemente quería asegurarse de que hubiera alguien cerca para acabar con esa cosa. Alguien que no dudase en ese momento, cuando realmente importaba.
Dos semanas después de esos horribles escasos minutos en el Lado Nocturno, su número fue emparejado por el algoritmo, y tuvo que enfrentarse a otro recluso. La lucha no fue gran cosa. El oponente de Nagma lo mató en cuestión de minutos. Nunca tuve otra oportunidad de descubrir qué había pasado con el Gusano, si había quedado algo dentro.
Pero a veces, por la noche, cuando las horas se alargan y no puedo conciliar el sueño, pienso en ello.
Pienso en el holovídeo de la pelea de Nagma –lo he visto varias veces- y en lo que pasaba justo al final, cuando su rostro fláccido golpea el suelo. Pienso en la cosa que asomaba por la comisura de sus labios inertes, que bien podría no ser su lengua. El detalle y la resolución del holovídeo no son muy buenos, y no importa cuántas veces vuelva a verlo, no puedo estar seguro del todo.
Pero me hace pensar en esa cosa, el Gusano que llegó desde Monsolar dentro de su tripa, y cómo llegó aquí y descubrió algo en lo que el resto de nosotros sólo pensamos en abstracto, algo que dadas las circunstancias podría no ser bueno en absoluto para el resto de nosotros.
Y a veces pienso en el último comentario que me hizo, antes de regresar a su celda esa noche. No una afirmación, sino una pregunta, una que yo no podía contestar... aunque él tampoco pareciera esperar respuesta.
Me pregunto... ¿Y si no me lo he sacado todo? ¿Y si parte de él se ha quedado en mi interior?
Y entonces es cuando pienso en el Gusano dentro de los oscuros recovecos de la Colmena, los muros y las tuberías, moviéndose en silencio y engordando con la sangre de los convictos que mueren en las peleas.
En lo que podría encontrar aquí, en la oscuridad.
Y pienso de nuevo en esa palabra. Esa terrible palabra.
Libertad.

miércoles, 7 de mayo de 2014

La redención del syrox (III)



Waleed Nagma no fue emparejado para luchar ese día, ni al día siguiente, ni en las semanas que siguieron. De vez en cuando, le veía deambulando por el comedor o en el pabellón central donde los pasillos de la Colmena convergían como los radios de una gran rueda, donde los convictos daban paseaban apáticamente a lo largo del día, cumpliendo sus condenas y esperando ser emparejados. Nunca se acercó a mí ni trató de iniciar contacto, pero al verle podía darme cuenta de que la cosa de la que me había hablado –el syrox, la cosa a la que había llamado Gusano-Lobo- seguía incubándose en su interior. Su panza tenía un aspecto enorme, como si estuviera a punto de estallar.
Hasta que un día estaba volviendo a mi celda a pasar la noche cuando un guardia llamado Voystock apareció detrás de mí y me dio unos golpecitos en el hombro.
-¿Zero?
Me detuve y me di la vuelta, y él me hizo avanzar, de vuelta por donde había venido.
-Tengo un mensaje para ti. Por aquí.
-¿Adónde vamos?
No respondió, y en realidad no esperaba que lo hiciera. No nos dirigíamos a ninguno de los bloques de celdas, sino más abajo, siguiendo una estrecha escalera a la zona de talleres abandonada que los convictos llamaban el Lado Nocturno. Girando una esquina, Voystock abrió la escotilla rota y me indicó que entrase al espacio llano y oscuro al otro lado. Tras permanecer allí un instante, dejando que mis ojos se ajustasen, advertí algo enroscado en la esquina, a quince metros de distancia, moviéndose en las sombras.
-Zero –graznó una voz.
La voz me dejó helado. Era un susurro rasposo, casi incoherente, tan lleno de dolor que casi no pude reconocerlo.
-¿Nagma?
-No te acerques más –dijo la voz, y sus palabras parecían salir con dificultad, como si hubieran tenido que atravesar una gruesa obstrucción-. Está llegando. Ya casi...
Las palabras se quebraron. Traté de dar un paso atrás, pero mis pies estaban clavados al suelo. Cuando la cosa de la esquina se desplazó ligeramente hacia un rectángulo de luz procedente de la escotilla, vi lo que no había sido capaz de distinguir antes... o, al menos, todo lo que fui capaz de soportar. Suficiente para recordarlo durante el resto de mi vida.
Waleed Nagma estaba tumbado sobre un costado, desesperadamente enroscado en posición fetal, con la mejilla apoyada contra el suelo de duracero. Sufría salvajes convulsiones. Cerraba los ojos con fuerza, pero su boca estaba tan abierta que pensé que se le había desencajado la mandíbula.
Algo estaba saliendo de su boca.
Al principio pensé que era su lengua. Salvo que era de color blanco. Y enorme. Viscoso. Y entonces lo vi claramente, escurriéndose a la vista por el suelo, lento y pálido y grueso, y supe lo que era.
El Gusano.
Su viscosa y pálida longitud estaba emergiendo de entre los labios de Nagma con espantosa lentitud, reptando hacia delante mientras su ancha cabeza plana buscaba el marchito bulbo de ajo mocoso que había colocado ante él.
Yo no podía respirar. Sólo podía seguir observando en un estado que no sólo era repugnancia, sino que iba más allá.
Mientras el Gusano salí. Y salía. Y seguía saliendo.
Ante semejante visión –la mera longitud de la cosa, al menos varios metros de largo, ya era repulsiva-, me escuché maldecir en voz alta. Sentí que mi propio estómago daba un incómodo vuelco, y escuché gritar a Nagma.
Para entonces el gusano ya había salido por completo, agitando libremente su cola, y entonces retrocedió, meneando su cabeza ciega en mi dirección, como si sólo entonces se diera cuenta de mi presencia. Por un instante, el tiempo pareció congelarse. Mientras el syrox me miraba, toda la parte frontal de su cabeza se abrió hacia atrás para revelar una boca perfectamente redonda, de tal vez un metro de diámetro, cubierta de filas de dientes que apuntaban hacia dentro. Se lanzó al ataque.
-¡Mátalo! –gritó Nagma-. ¡Mátalo, Zero!
Dijo algo más, pero no pude escucharlo. Saltando hacia delante, levanté el pie, calzado en la pesada bota de trabajo de la prisión, y dejé caer el talón tan fuerte como pude sobre la cabeza del gusano. Hubo un horrible crujido húmedo cuando lo que hubiera en su interior se quebró y se derramó al exterior. Y observé cómo sus estrechos dientes ganchudos se dispersaron por el suelo, hacia los lados, en todas direcciones.
El cuerpo de la cosa quedó inmóvil, deshinchado.
Durante lo que pareció una eternidad, ninguno de nosotros se movió. Entonces Nagma se llevó la mano a la boca, se limpió los labios y escupió, y con gran esfuerzo comenzó a ponerse en pie. Me acerqué y le ayudé a levantarse por completo. Inclinó la cabeza en agradecimiento.
-¿Supongo... que esto significa... –respiró entrecortadamente y miró hacia donde todavía estaba el bulbo de ajo mocoso-... que vuelvo a deberte una...?
-Olvídalo. –Me limpié la suela de la bota, frotándola contra un montón de piezas de droide desechadas que habían sido abandonadas en una esquina-. Con tal de que no tenga que volver a ver jamás esa cosa.
Nagma permaneció ahí, en la esquina, durante un buen rato sin pronunciar palabra. Por el modo en que estaba de pie en ese momento, con la espalda y los hombros rectos, creí comprender entonces algo acerca de él, la conexión que no había sido capaz de establecer antes. Y vi por qué había pedido el ajo mocoso, y por qué era tan importante para él. Por qué, en medio de este infierno, eso realmente importaba.
Es cierto, nosotros los reclusos de la Sub Colmena Siete caminábamos con bombas implantadas en el pecho, y no podíamos saber cuándo el algoritmo nos enviaría a un combate... pero todavía había algunas cosas sobre las que teníamos el control. Una parte de nosotros que los guardias y la alcaide y las luchas no podían tocar. Y creí saber cuál era la palabra para ello. Una palabra extraña para usarla en un lugar como ese, pero adecuada.
Libertad.
-¿Zero?
Le miré.
-¿Sí?
-No puedo evitar preguntarme... –Se me quedó mirando, como poseído, con ojos vacíos-. ¿Y si no me lo he sacado todo? ¿Y si parte de él se ha quedado en mi interior? ¿Y si...?
No terminó la frase y, finalmente, se limitó a volver a su celda, solo.

La redención del syrox (II)



El ajo mocoso de Nagma llegó una semana después, de contrabando junto a un cargamento de piezas de repuesto para droides y suministros médicos. Para cuando vino a recogerlo, me di cuenta de que aquello que le aquejaba había empeorado significantemente.
Desde la última vez que habíamos hablado, sus ojos se habían hundido en su rostro, dando a su cara una fantasmal expresión cadavérica, como una calavera que mantuviera pegada sólo una finísima capa de piel. De algún modo, parecía haberse vuelto aún más esquelético, salvo por su vientre, que abultaba grotescamente en su uniforme. Se lo sostuvo con las manos al sentarse, sujetándolo y haciendo muecas de dolor como si sufriera los dolores de un terrible e inconcebible embarazo.
-¿Estás bien? –pregunté.
Meneó la cabeza, rechazando la pregunta. Hablaba con un débil y dolorido hilo de voz.
-¿Lo has conseguido?
-Sí, y me alegro de librarme de él –dije, buscando en el bolsillo oculto que había cosido en el interior de mi pernera, y pasándole el bulbo de ajo mocoso por debajo de la mesa-. Esta cosa apesta peor que un tauntaun mojado.
-Toma.
Agarrando el ajo, me dejó en la palma de la mano un fajo de notas de crédito, y ya se levantaba para marcharse. No llegó muy lejos. A tres metros de distancia, hubo un agudo grito de dolor, y ambos alzamos la mirada para ver cómo uno de los otros reclusos –un sociópata rodiano llamado Skagway- pasaba volando por encima de la mesa contigua, con la sangre manando por el agujero de su garganta y salpicando la parte delantera de su uniforme hasta empaparlo completamente. En el momento en que impactó contra el suelo, tres miembros de los Reyes de los Huesos saltaron sobre él, y vi que Nagma ponía expresión de asco.
-¿Qué están haciendo? –preguntó.
-Deshuesarlo –dijo, y le tomé del brazo-. Mejor no mirar.
El que estaba al mando era un asesino de masas llamado Vas Nailhead, conocido especialmente por fabricarse armas afilando los fémures y las costillas de sus víctimas.
Por un instante Nagma quedó paralizado, incapaz de apartar la mirada. Tras un segundo, Vas se enderezó, con las manos cubiertas de sangre fresca.
-¿Qué es lo que miras, gusano?
Antes de que Nagma pudiera responder, la mano de Nailhead salió disparada y le agarró, tirando de él tan rápidamente que sus largas piernas delgaduchas colgaron en el aire. Vi que Nagma abría la boca, indefenso, con los ojos abiertos como platos por el pánico.
-Tranquilo, Vas –dije, levantando una mano-. No pretendía ofenderte.
Nailhead me miró fijamente y frunció los labios.
-¿Zero? ¿Defiendes a este pedazo de vómito?
-Es un cliente –dije, encogiéndome de hombros-. Tengo que proteger mi fuente de ingresos, ¿no?
Nos mantuvimos la mirada un instante, y levanté del suelo mi pie derecho. Mis botas carcelarias estaban revestidas con plexiacero, y Nailhead sabía lo que le haría si decidía plantársela en la cara.
Dejó escapar un bufido y soltó su agarre, dejando caer a Nagma de nuevo en su sitio en la mesa. Por un instante, ninguno de los dos dijo nada. Después de lo que pareció una eternidad, Nagma me miró.
-Me has defendido.
-No es nada –dijo-. Olvídalo.
Él meneó la cabeza.
-No lo haré.
Suspiré.
-Escucha. Aquí todo es una prueba. Es simplemente cuestión de elegir tu momento, y de no dudar cuando ha llegado.
Nagma dejó escapar lentamente un suave suspiro, y sus hombros huesudos temblaron. El olor empalagosamente dulce que inicialmente había atribuido al miedo se había vuelto innegablemente más fuerte, y me di cuenta entonces de lo que era; algún tipo de fiebre, una enfermedad que no hacía sino empeorar. En su enfermizo estado, el ataque parecía haber drenado cualquier fuerza que le quedara, dejándole visiblemente agotado.
-Preguntaste por mi historia. –Algo atravesó su rostro, una sombría tirantez en los bordes de sus labios que podría haber sido una sonrisa... sólo que había sido despojada del componente emocional, dejando una especie de desesperación desapegada-. Soy de Monsolar. Una pequeña bola de barro sin importancia escondida en el sistema Alzoc.
-Nunca he oído hablar de ese planeta.
-No te pierdes gran cosa. –Meneó la cabeza-. Es un agujero. Bosques frondosos, tribus primitivas, la mayoría de ellas en guerra con las demás... no muchos salen de ahí.
-Tú lo hiciste.
Me lanzó una mirada llena de ironía.
-Sólo para acabar aquí –dijo-. Y es todo culpa mía. Me pillaron con una carga robada de detonadores termales en un espaciopuerto de Urdur. Eso es una cadena perpetua automática en cualquier sistema.
-Mala suerte –dije.
Nagma se encogió de hombros.
-El gánster que me contrató dijo que podía ayudarme. Estaba desesperado. Supongo que aún lo estoy.
Volví a mirarle, vi el sudor que caía por su rostro demacrado, el estómago protuberante.
-Estás enfermo –dije.
-Es peor que eso –dijo-. Es el Gusano.
-¿El qué?
Se miró las manos temblorosas por un instante, como si el resto de su historia fuera a materializarse por arte de magia delante de él, evitándole tener que contarla en voz alta. Al no ocurrir nada, tomó una profunda bocanada de aire y continuó.
-¿Has oído hablar alguna vez del syrox? ¿El Gusano-Lobo de Monsolar?
-Mentiría si dijera que sí.
-Es una especie dominante, nativa de mi planeta natal. –Dejó escapar el aire lentamente-. Una forma de vida ectomorfa, evolucionada en algunos aspectos, pero no en otros; un depredador sin cerebro pero sumamente eficiente. Se alimenta de sangre. Imagina un parásito fluvial ciego de la mitad de tamaño de este comedor, con una boca llena de filas de dientes formando anillos, y comenzarás a hacerte una idea.
No dije nada, simplemente esperé a que continuara.
-En mi planeta –dijo Nagma-, la mayoría de las tribus locales lo veneran, o lo temen, o ambas cosas. Durante generaciones, construimos nuestra cultura a su alrededor, nuestras historias y mitos y rituales de madurez. –Me sonrió con gesto enfermizo, y bajó la mirada al bulto hinchado de su vientre-. Cada temporada, el syrox deposita sus huevos en la corriente del río. Comienzan siendo pequeños... microscópicos. Por eso en Monsolar nunca bebemos agua sin filtrar. Pero supón que un niño se pierde en la jungla... y comienza a tener demasiada sed...
Le miré fijamente, haciéndome una idea de cómo podía haber llegado a ocurrir. Nagma volvió a asentir y me ofreció esa terrible sonrisa carente de emociones.
-El tiempo de incubación es lento. –Bajó la mirada a su estómago hinchado, y una terrible desesperanza asomó en su rostro-. Pero con el tiempo siempre acaba saliendo.
-Y el gánster que te contrató para transportar esos detonadores...
Nagma volvió a asentir.
-Dijo que podía conseguir que me lo quitaran, que podía ofrecerme una complicada cirugía en una clínica de los Mundos del Núcleo. Pero las autoridades me capturaron antes. Tampoco es que eso importe ahora. –Se dio unos suaves golpecitos en el estómago-. Va creciendo día a día. Puedo sentirlo crecer, empujando mis órganos. A veces, por las noches... –tragó saliva-, puedo sentirlo moviéndose dentro de mí. Y tengo que sacármelo.
Sacó el bulbo de ajo de su bolsillo y lo colocó sobre la mesa, y por un instante ambos lo observamos.
-¿Y qué tiene que ver todo esto con el ajo?
-Allá en Monsolar, tenemos un viejo remedio popular para aquellos que han sido infectados. Acostarse con un bulbo de ajo mocoso en la almohada. Dicen que el syrox es atraído por el olor. Sale reptando por sí mismo.
-Sin ánimo de ofender... –Me levanté, me incliné sobre la mesa y le di unos golpecitos en el pecho con mis dedos-. Tienes una bomba implantada en el corazón. Y en cualquier momento pueden emparejarte con otro recluso, que con toda probabilidad te matará. –Agité la mano, señalando a los reclusos alineados en las mesas del comedor-. Cualquiera de nosotros podría estar muerto mañana. ¿Por qué te preocupas tanto por sacar este parásito de tu organismo?
Nagma me devolvió la mirada, y por un instante creí ver un destello del joven miembro de tribu que una vez fue, resuelto e impávido, con todo su futuro por delante. Antes de que el Gusano entrara en él. Antes de que le trajeran aquí. Cuando volvió a hablar, su voz era suave y calmada, pero tenía una cualidad de duro acero.
-Mi tribu se enorgullece de mantener tradiciones de justicia y honor –dijo-. Puedo aceptar mi sentencia, porque elegí transportar esos detonadores de contrabando. Fue mi error, y pagaré por ello; con mi vida, si he de hacerlo-. Estrechó los ojos, haciéndolos fríos como el hielo-. Pero quiero irme a mi manera, Zero. Limpio. –Hizo una mueca-. Sin esta maldita cosa reptando en mi interior.
Abrió la boca para decir algo más, y entonces sonó la campana. En la Colmena, eso sólo significaba una cosa. El emparejamiento estaba a punto de comenzar. Cuando sonaba la alarma, tenías cinco minutos hasta el cierre, y sabía en qué estaba pensando Nagma: en lo que pasaría si el algoritmo, en su infinita sabiduría, le seleccionara a él, y cuando las incontables partes móviles de la Sub Colmena Siete terminasen su reconfiguración, el muro de su celda se abriera para revelar el recluso que con toda certeza causaría su muerte.
Cuando volví a levantar la mirada, ya se había ido.

lunes, 14 de abril de 2014

La redención del syrox (I)

La redención del syrox

Joe Schreiber


Supongo que hay un recluso como yo en cada prisión de la galaxia; yo soy ese que puede conseguirte lo que quieras. Brillestim, zumo de juri, o tal vez simplemente una hoja de plastifino de los mundos del núcleo, si eso es lo que te apetece. Desde mi llegada aquí he pasado de todo, desde pantuflas de brilloseda hasta alitas de mynock especiadas para un asesino cyblociano del sector meridiano, que quería celebrar su cumpleaños con estilo. Excepto armas y drogas duras, puedo echar mano de prácticamente cualquier clase de contrabando que puedas querer. Así que cuando un nuevo convicto llamado Waleed Nagma se acercó a mí en el comedor y me preguntó si podría conseguirle un bulbo de ajo mocoso anzati, le dije que no habría problemas. Y no los había.

-Eres Zero, ¿verdad?

Levanté la mirada de mi bandeja, tomándome mi tiempo, y le ofrecí una sonrisa tranquila.

-Depende –dije-. ¿Quién lo pregunta?

Examinó por un instante la mano que le tendí antes de tomarla para darle un rápido e intranquilo apretón. Su mano de ocho dedos estaba fría y húmeda. Como la mayor parte de los recién llegados a la Colmena, trataba con todas sus fuerzas de aparentar ser un tipo duro, frío e imponente, y no estaba teniendo éxito. Ya se le podían verse gotas de sudor formándose en el nacimiento del cabello y en el labio superior, y sus ojos parpadeaban muy rápido, mostrando demasiado blanco en los bordes.

-He escuchado que puedes conseguir ciertas cosas –dijo.

-Bueno –le miré y parpadeé, sin dejar de sonreír, la serena imagen de la inocencia-. No estoy seguro de dónde puedes haber escuchado tal rumor. Sólo soy otro feliz habitante de la Colmena.

-Uno de los guardias me habló de ti –dijo Nagma-. Necesito hacer un pedido. –Estaba tan alterado que apenas podía mantenerse en pie, y supuse que a esas alturas debía de haber reconocido las señales de peligro, pero algo acerca de él ya me había intrigado-. Puedo pagar lo que me pidas.

-Tranquilo –dije, indicándole el lugar vacío al otro lado de la mesa-. Primero toma asiento. Si hay algo que tenemos de sobra, es tiempo.

Tras dudar otro instante, Nagma se agachó y dobló su torso desgarbado en el banco frente al mío. Tenía mucho que doblar. Larguirucho y de hombros estrechos, medía casi dos metros de alto, y estaba tan delgado que el uniforme naranja de prisionero le colgaba como la bandera de algún principado derrotado. La pálida cúpula de su alargada cabeza calva estaba surcada por finas venas azules, y cuando se inclinó para susurrarme al oído, pude oler el miedo que emanaba en oleadas de su piel... al menos pensé que era miedo. En aquel momento, no tenía ni idea de lo enfermo que estaba.

-¿Cómo funciona normalmente todo esto? –preguntó, rebuscando en el interior de su uniforme-. ¿Te pago primero, o...?

-Tranquilo, amigo. –Fijé mis ojos en los suyos-. Apenas nos conocemos. Cuéntame tu historia. De dónde eres. Ese tipo de cosas.

Me miró entornando los ojos.

-¿Qué tiene eso que ver con nada?

-Me gusta que me presenten adecuadamente a cualquiera con el que haga negocios –dije-. Así me aseguro de tratar sólo con clientes de la catadura moral más elevada.

-¿La catadura...? –Me miró por un instante, perplejo, y luego dejó escapar una risa nasal. La broma era que todos los convictos presentes en la Sub Colmena Nueve, los quinientos veintidós de nosotros, representábamos la escoria de la galaxia; asesinos, mercenarios y psicópatas de todas las especies y pelajes, desastres genéticos andantes que no dudarían en cortarte el pescuezo por medio crédito, o sin ninguna razón en absoluto. Nuestro único rasgo común era que nadie nos echaría de menos. Motivo por el que nuestra estimada alcaide, Sadiki Blirr, podía dirigir la Colmena tal y como lo hacía, enfrentándonos unos contra otros en combates de gladiadores diarios que ya se habían convertido en una de las operaciones de apuestas más lucrativas de la galaxia.

No ayudaba el hecho de que, a su llegada, a cada recluso se le injertara una carga electrostática microscópica injertada directamente en el corazón. Un pequeño explosivo que podía ser activado por cualquiera de los guardias en cualquier momento, por cualquier razón. Caminar por ahí con una bomba a punto de estallar en el pecho creaba un efecto peculiar en tu perspectiva general... podría decirse que daba a la vida en este lugar cierta cualidad transitoria.

A Nagma no parecía importarle eso en ese momento, y no parecía que tuviera muchas ganas de hablar de trivialidades. Así que renuncié a intentar entablar conversación y suspiré.

-¿Qué estás buscando? –pregunté.

-¿Sabes lo que es el ajo mocoso anzati? –preguntó.

-¿Qué, te refieres al ingrediente de cocina? –Fruncí el ceño-. Creo que lo probé una vez en el puchero de shaak asado. ¿Por qué?

-Necesito un bulbo entero. Tan pronto como sea posible. –Entrelazó los dedos y chasqueó los nudillos, una costumbre nerviosa-. ¿Cuánto tardarás en conseguirlo?

-Si no te importa que lo pregunte –dije-, ¿a qué viene tanta urgencia? ¿Los Reyes de los Huesos planean algún banquete del que no me he enterado?

-Es este lugar –dijo Nagma-. Lo sabes tan bien como yo, Zero. Todo es urgente.

No respondí, pero entendía lo que quería decir. Todos éramos perfectamente conscientes de que el algoritmo de la Colmena podría seleccionarnos a cualquiera de nosotros en cualquier momento. Cuando los muros de la prisión comenzaban a moverse y girar y recolocarse a nuestro alrededor, una celda quedaría emparejada con otra, y sus ocupantes se verían obligados a una lucha en la que sólo podía haber un superviviente. En resumen, nunca sabías cuándo iba a salir tu número.

-¿Para qué lo necesitas? –pregunté.

-Eso es personal –dijo Nagma, pero cuando volvió a levantar la vista y me miró, pude ver que todo su cuerpo estaba temblando y las manchas de sudor ya habían empapado su uniforme, creando dos medias lunas oscuras bajo sus brazos.

Son nervios, pensé.

Estaba equivocado.