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jueves, 19 de noviembre de 2015

Los mecanismos del poder

Los mecanismos del poder
Jason Fry

-¡Almirante! ¡Las naves rebeldes están acelerando a velocidad de ataque por todo el frente!
Al escuchar el informe gritado por el teniente Habbel, los rostros en los pozos de tripulación del Vigilancia se apartaron de sus estaciones de trabajo y equipos sensores para alzar la mirada hacia la almirante Rae Sloane, que se encontraba de pie, observando a través de los ventanales de su Destructor Estelar el caos sobre la luna boscosa de Endor.
Sloane sabía que su rostro no demostraba ninguna expresión... del mismo modo que sabía que sus manos enfundadas en guantes negros estaban inmóviles a su espalda, cerca de la funda de su pistola cromada, y sus lustrosas botas negras estaban separadas medio metro.
Años atrás, a bordo del crucero Desafío, en numerosas ocasiones el comandante Baylo había levantado la barbilla de Sloane y le había pegado patadas en los pies para colocarlos en la posición correcta, ladrando acerca de la postura adecuada de un oficial a bordo de una nave capital.
Entonces, como teniente novata convertida en cadete de escuela de vuelo, le divertía la idea de que tal cosa pudiera importar; ahora, comprendía lo mucho que importaba. El miedo era contagioso, y se extendía de los rangos más altos a los inferiores. Una tripulación de puente que viera a su capitán nervioso o intranquilo era más propensa a cometer errores, y los errores hacían que muriera gente. Baylo le había enseñado a no moverse apresuradamente ni alzar la voz a menos que fuera absolutamente necesario. Deja que tu rango haga el trabajo pesado, le había dicho.
Sloane giró la cabeza y miró a través del pozo de tripulación a Habbel, que desplazaba ansiosamente su peso de un pie a otro. ¿Qué habría pensado Baylo de él?
El anciano comandante llevaba mucho tiempo muerto, un cadáver momificado vagando entre los sedimentos de residuos eyectados desde la nave en la que había muerto. Había sido el producto de otra época y de otra guerra. Pero las lecciones que le había enseñado se aplicaban a esta época y a esta guerra.
Habbel tenía ojos azul pálido en un rostro rojo pastoso rodeado por cabello gris. Era de la vieja guardia de la Armada, un oficial que conocía de memoria las regulaciones y los manuales tácticos pero al que le faltaba tanto el toque con la gente como el sentido innato de una nave que necesitaba un comandante. Eso era lo más alto que llegaría a ascender. Sloane se preguntó cuándo él se daría cuenta de ello. O si ya lo había hecho.
-Ordene al Líder Zafiro que reposicione nuestros TIEs en un perímetro defensivo –dijo Sloane a Habbel-. Y envíe soluciones de objetivo a las tripulaciones de turboláser.
-A la orden, almirante –dijo el teniente, alejándose. Lo rostros de los hombres y mujeres de abajo regresaron a sus pantallas. Sloane examinó los pozos de tripulación buscando señales de intranquilidad o ansiedad. Son vio ninguna; la tripulación del puente tenía sus órdenes y sus rutinas. Eso era bueno; era la base que les permitiría enfrentarse a lo inesperado.
Pero a sus espaldas escuchó nuevas pisadas, el arrogante tamborileo de los talones de unas pesadas botas. Reprimiendo una mueca de fastidio, Sloane se volvió suavemente, fijando sus ojos oscuros en Emarr Ottkreg antes de que él pudiera llegar hasta ella. Además de sus muchos otros defectos, el agente de la Oficina de Seguridad Imperial tenía un problema con el concepto de espacio personal.
Tras él iba Nymos Lyle, el oficial ejecutivo de Sloane... y lo más cercano que tenía a un confidente. Sloane sintió fastidio cuando Ottkreg llegó a bordo del Vigilancia; no sabía si era debido a la visita del Emperador a la Estrella de la Muerte, o si era algún nuevo espasmo de paranoia de la OSI. Y, a decir verdad, no le importaba demasiado. Había ordenado a Lyle que asistiera al oficial de lealtad, confiando que Nymos leyera entre líneas y comprendiera la orden que le estaba dando realmente: Mantenlo alejado de mí.
Cosa que Lyle había hecho lo mejor que había podido. Pero esta vez no podía rechazar al oficial de lealtad.
-¿Qué ocurre, coronel? –preguntó Sloane, mirando fríamente a Ottkreg.
El agente de la OSI parecía confuso.
-Estamos bajo ataque –dijo, dirigiendo la mirada a los destellos de luz en el exterior de los ventanales detrás de Sloane.
-Es un riesgo habitual durante las batallas espaciales –dijo Sloane.
Detrás de Ottkreg, la comisura de los labios de Lyle se levantó ligeramente. Sloane se volvió para evitar que su propia expresión la traicionara. No podía provocar al agente de la OSI, pero era difícil resistirse.
Sloane caminó hacia proa, con pasos deliberados, sin prisa, y se detuvo a un metro de distancia de los ventanales del puente. La parte delantera del puente era territorio reservado para el oficial al mando de una nave, y los oficiales menores se acercaban allí sólo por invitación o en caso de emergencia. Sabía que Ottkreg no respetaría esa tradición, pero al menos allí era menos probable que la tripulación escuchara lo que tuviera que decirle.
Conforme el sonido de los talones de las botas de Ottkreg sonaba más fuerte, Sloane se fijó en la situación al otro lado de esos ventanales. Bajo el puente, se extendían las cubiertas grises de su Destructor Estelar, que terminaban en forma de punta de daga casi mil seiscientos metros más allá. La esfera a medio terminar de la Estrella de la Muerte colgaba en la negrura del espacio, con su superláser como el ojo de algún dios maligno. Y bajo la estación de batalla se encontraba la luna verde de Endor, una joya encastrada en la negrura.
Sloane podía ver las puntas de flecha de otros Destructores Estelares a ambos lados, y más lejos se encontraba la brillante mole del Ejecutor, el inmenso acorazado que servía como nave insignia de la fuerza de ataque.
Abalanzándose hacia la línea de naves capitales había un abigarrado conjunto de naves enemigas. A esa distancia eran apenas más que manchas de luz, pero Sloane podía identificar a la mayoría de ellas por sus siluetas y el modo en que se movían: bulbosos cruceros estelares mon calamari, fragatas Nebulon-B con proas dentadas, incluso voluminosos transportes GR-75 puestos en servicio a duras penas.
La flota rebelde parecía una horda de piratas, pero sabía que no debía subestimar a esas naves ni a sus capitanes; eran luchadores capaces, y habían demostrado que su fe en su causa era absoluta.
Entre las líneas rivales, chispas danzaban y se retorcían. Recordaron a Sloane las nubes de escarabajos nocturnos en la campiña de Ganthal, su planeta natal. Pero eso eran cazas estelares rebeldes e imperiales, girando en un letal y siempre cambiante ballet.
-Almirante, ¿por qué está asumiendo una postura defensiva? –preguntó Ottkreg, con las mejillas encendidas-. Nuestros cazas han estado masticando a los traidores... ahora es el momento de avanzar y destruirlos.
-No, no lo es –dijo Sloane-. No hay necesidad de sacrificar pilotos imperiales innecesariamente. Deje que los rebeldes se inmolen a sí mismos en un inútil ataque a nuestra línea... mientras la Estrella de la Muerte acaba con ellos uno a uno.
Como si eso fuera una señal, un rayo láser verde salió disparado de la estación de batalla, convirtiendo un crucero alado mon calamari en una bola de fuego.
-Qué potencia –dijo Ottkreg en un murmullo, y había una terrible codicia en sus ojos. Luego se volvió hacia Sloane-. Pero seguro que sería mejor si...
-Mis órdenes vienen del almirante Piett –dijo Sloane, con voz gélida-. Debemos mantenerlos aquí e impedir que escapen.
Lyle hizo una mueca, examinando la batalla que les rodeaba. Sloane sabía que él se sentía igual que Ottkreg; ansiaba ver destruidos a los enemigos del Emperador, y le fastidiaba que les hubieran dicho que se mantuvieran lejos del fragor del combate.
Sloane tomó nota mentalmente de recordar a Lyle que no dejara que sus expresiones le traicionaran. Pero al menos el hombre más joven era lo bastante listo para no cuestionar las órdenes de un superior. Ottkreg, por otro lado, no formaba parte de la jerarquía naval. Lo que significaba que no tenía tales escrúpulos.
-Pero por qué Piett haría... –comenzó.
-Él no –dijo Sloane rápidamente, pensando que hacía tiempo que Piett había hecho las paces con las órdenes irracionales-. Esto es algún plan del Emperador.
Observó cómo Ottkreg analizaba esas palabras en busca de algún tipo de deslealtad. Se preguntó si el hombre no encontraba agotadora esa incesante búsqueda de enemigos. Probablemente no; sin duda los oficiales de lealtad encontraban la caza embriagadora. Si no fuera así, para empezar no se habrían convertido en oficiales de lealtad.
-Tenemos nuestras órdenes –dijo Sloane-. Es nuestro trabajo aceptar que el Emperador tiene visión más amplia, de la cual nosotros no somos sino una pequeña parte.
Ottkreg asintió, aparentemente satisfecho por esa muestra de vasallaje. Espirales y remolinos de energía azul danzaban en el espacio ante ellos, señalando el impacto de los proyectiles y disparos de turboláser rebeldes contra los escudos del Vigilancia. Sloane catalogó con mirada casual los puntos de impacto, trazando con su mente las trayectorias hasta las posiciones rebeldes, calculando alcance y potencia de fuego efectiva.
-Tres corbetas corellianas –dijo a Habbel-. Aconseje al Líder Zafiro que prepare un plan de interceptación si mantienen su curso actual. Pero que aguarde mi orden antes de iniciar el enfrentamiento.
Sabía que Maus Monare –Líder Zafiro- haría una mueca de disgusto bajo su casco negro cuando recibiera las órdenes. A Maus le gustaba la acción.
-¿Cómo sabe que eso son corbetas? –preguntó Ottkreg, pasando la mirada de Sloane a los tres distantes puntos de luz.
-Springbuck, activa el holotanque –ordenó Sloane a un controlador.
El aire entre Sloane y Ottkreg tembló al activarse un holoproyector en la cubierta. Aparecieron dos bolas azules; imágenes del planeta Endor y su luna. Entonces se mostró una esfera más pequeña, incompleta; la Estrella de la Muerte. Cobraron vida con un parpadeo varias puntas de flecha; primero la daga que representaba al Ejecutor, luego el resto de Destructores Estelares. A continuación aparecieron las naves rebeldes, y finalmente los acrobáticos cazas estelares; una representación tridimensional completa del campo de batalla.
Sloane raramente solicitaba la visualización; la etiqueta “comandante de holotanque” había sido un insulto naval durante generaciones. Pero si daba a Ottkreg algo a lo que mirar, tal vez ocuparía menos de su tiempo con molestas preguntas.
-Aquí está el Vigilancia –dijo Sloane, y entonces barrió con la mano los Destructores Estelares-. Y esta es nuestra línea defensiva. Aquí arriba están los cruceros interdictores que bloquean la retirada de los rebeldes. Y aquí están esas corbetas corellianas. Puede tocar en ellas para ver sus etiquetas de transpondedor, rumbo actual, velocidad estimada, y todo eso.
Ottkreg miró las naves en miniatura. Lyle se puso junto a Sloane, mordiéndose el labio inferior mientras observaba las naves rebeldes que se lanzaban hacia ellos.
-Ningún escudo deflector de la galaxia puede detener un disparo de esa estación de combate –dijo Lyle-. ¿Por qué los rebeldes no se retiran?
-Porque son fanáticos –dijo Ottkreg con desdén-. Una última muestra de desafío, ahora que saben que su extinción se acerca.
Sloane ignoró al presuntuoso agente de la OSI.
-¿Eso es lo que usted haría? –preguntó a Lyle-. ¿Retirarse?
-Es el único curso de acción cuerdo –respondió Lyle, acercándose al holotanque-. Si yo fuera su comandante, me reagruparía y golpearía para abrirme paso a través de nuestros interdictores, aquí. O me dispersaría; para dar a nuestros operadores de campos tractores más objetivos de los que pueden abarcar.
Sloane asintió.
-De acuerdo; eso es lo que cualquier comandante racional haría. De modo que tenemos que preguntarnos por qué están haciendo otra cosa.
Verlo todo. Ese había sido el lema del conde Denetrius Vidian, el experto en eficiencia al que había servido brevemente pero en un punto crítico de su desarrollo como oficial. Sloane le había odiado, pero también había aprendido de él; su mente había estado incesantemente trabajando, evaluando las situaciones desde todos los ángulos. ¿Cuántas veces había visto a Vidian obsesionarse con algún detalle aparentemente menor que había resultado ser el punto de inflexión sobre el que todo se movía y cambiaba?
-Están tratando de ganar tiempo –dijo Sloane.
-¿Con qué propósito, almirante? –preguntó Lyle-. Han perdido.
-Ellos no parecen pensar lo mismo.
Verlo todo. Encontrar el punto de inflexión.
-¿Springbuck? ¿Cuál es el estado de ese escuadrón de alas-B de allí? Localícelos y prepare una valoración de todos los objetivos potenciales para los cuales el intervalo de confianza exceda el cincuenta por ciento.
-A la orden, almirante.
-Comunicaciones, ¿tenemos confirmación de si Monare tiene una solución de interceptación para esas corbetas?
-El Grupo Zafiro se está enfrentando a bandidos en el sector ocho –respondió inmediatamente la oficial de comunicaciones Ives. Sloane advirtió con satisfacción que no había necesitado mirar su pantalla-. Pero están monitorizando a las corbetas y están preparados para interceptarlas.
Había cazas estelares rebeldes por todas partes; esquivando y colándose entre las naves de guerra más grandes, persiguiendo TIEs y siendo perseguidos a su vez por ellos. Estaban atacando las naves de la línea imperial, pero no la Estrella de la Muerte. La estación de combate aún estaba segura tras la cobertura del escudo proyectado desde la luna verde de Endor.
-Deflectores del puente al máximo –ordenó Sloane-. Teniente, ¿qué es lo último que sabemos de la guarnición en la luna boscosa? Esa incursión rebelde de la que informaron antes... ¿ha sido reprimida?
Habbel parecía sorprendido; como la mayoría de oficiales navales, consideraba que cualquier cosa que ocurriera en la superficie de un planeta no era digna de su atención. Ella mantuvo la mirada fija en él mientras él se apresuraba a buscar un oficial de comunicaciones.
-¡Otra nave rebelde destruida! –cacareó Ottkreg, mirando a la Estrella de la Muerte-. Esto es más fácil que capturar salta-lagos en mi casa de Pondakree. Y pensar que esto es sólo una prueba de campo; pronto los mundos refugio de los rebeldes serán nuestros objetivos. ¿Puede imaginar tener semejante potencia de fuego bajo su mando, almirante?
Habbel alzó la mirada, con expresión pétrea. Sloane sabía en qué estaba pensando; estaba molesto por el proyecto Estrella de la Muerte, considerando que eran billones de créditos que deberían haber sido destinados a la flota estelar imperial.
El comandante Baylo habría ostentado la misma expresión.
-Un Destructor Estelar Imperial es bastante para mí, coronel –replicó Sloane, alzando la voz porque sabía que complacería a su tripulación. Pero, a decir verdad, esa discusión no tenía interés para ella. El poder era lo que importaba; poder que podía concentrarse donde fuera más necesario. La forma que tomara ese poder era irrelevante.
Había estado una vez a bordo de la primera Estrella de la Muerte, invitada por el gran moff Tarkin. El despiadado gran moff la había ayudado a obtener su primer mando, como capitana interina a las órdenes de Vidian a bordo del Ultimátum. Había odiado estar en el interior de la estación de combate porque no podía ver las estrellas; se había sentido como si estuviera en el interior de una tumba de metal.
Que es lo que la Estrella de la Muerte había resultado ser para Tarkin. El gran moff había visto la estación de combate como un símbolo. Y dado que creía que el Imperio era invulnerable, había supuesto que el símbolo del Imperio era invulnerable también. El poder definitivo del universo, la había llamado, mientras sus subordinados asentían orgullosamente.
Se había equivocado al respecto, y eso le había matado.
Baylo, Vidian, y Tarkin. Todos ellos habían forjado a Sloane como joven oficial, y ella todavía pensaba a menudo en ellos... su propio séquito de fantasmas, siempre presentes.
-¿Almirante? Los alas-B se están enfrentando con el Devastador –dijo Springbuck-. Si nos atacan, tenemos soluciones de objetivo preparadas para las tripulaciones de turboláser y el Grupo Zafiro.
-Contaremos este día a nuestros hijos, almirante –murmuró Ottkreg, contemplando el holotanque-. El día en que murió la Rebelión.
Sloane asintió con la cabeza a Springbuck, y luego se volvió expectante hacia Habbel.
-La guarnición de Endor no responde a las llamadas, señora –dijo-. Pero la última comunicación decía que los insurgentes habían sido capturados.
La luna boscosa. Ese es el punto de inflexión.
-¿La última comunicación? –preguntó a Habbel-. Siga llamando a esa guarnición. Canales prioritarios. Quiero una actualización inmediatamente.

***

Las tres corbetas rebeldes sobrevivieron al paso entre las líneas rebeldes e imperiales, con sus cañones láser disparando continuas andanadas al mismo punto de los escudos protectores del Vigilancia. Sloane miró el temblor azul de los escudos sobrecargados. Los artilleros rebeldes eran buenos; no era nada fácil coordinar el fuego bajo el ataque constante de los cazas estelares.
Pero esa concentración y disciplina no les había ayudado a conseguir nada. Los escudos deflectores del Vigilancia estaban aguantando.
Sloane esperó hasta que las corbetas se comprometieran al ataque, y entonces dio al Escuadrón Zafiro la orden que sabía que Monare estaba ansiando escuchar: Enfrentarse a los objetivos y fuego a discreción.
-Indiquen a los equipos de turboláser que cubran el sector siete –dijo, volviendo la cabeza hacia los pozos de tripulación-. Las naves rebeldes se alejaran por allí cuando Maus comience a atacarles.
Los cazas TIE cruzaron el espacio en tríos cuando los Zafiros salieron de sus posiciones de patrulla. Sloane contó una escuadrilla, luego otra, luego una tercera, y luego había demasiadas como para seguirles la pista; los Zafiros eran un enjambre que disparaba fuego láser por sus cañones. Un escudo destelló en la corbeta en cabeza, un último espasmo de energía defensiva antes de sobrecargarse por completo y apagarse. Junto a Sloane, Lyle murmuró algo, apretando los puños.
Sloane permanecía inmóvil, segura de que Monare también había visto caer el escudo. Dos escuadrillas de Zafiros viraron bruscamente a estribor, dando la vuelta para apuntar al agujero en las defensas de la corbeta. La nave vulnerable aminoró para que la corbeta a babor pudiera llegar en su ayuda, pero era demasiado tarde: Los precisos láseres de los TIEs horadaron el casco, lanzando lenguas de fuego al espacio. La proa de la corbeta se hundió y entonces se desvaneció en una nube de fuego y gas.
Habbel estaba de pie a unos metros de distancia, esperando expectante. Sloane le miró. ¿Acaso pensaba que un almirante no podía manejar dos cosas a la vez?
-¿Algo que informar, teniente?
-Los controladores a bordo de la Estrella de la Muerte informan de un nuevo estallido de lucha en la luna boscosa, liderado por indígenas. Se ha perdido el contacto con varias unidades de tropas de asalto. Pero un informe de la guarnición de Endor indica que el ataque rebelde ha fracasado, y que están huyendo a los bosques.
Sloane frunció el ceño. Incluso las operaciones de combate que seguían el manual al pie de la letra estaban plagadas de informes contradictorios y datos de inteligencia incorrectos; particularmente durante la lucha en la superficie. Pero algo sonaba mal en lo que Habbel le estaba diciendo.
-¿Qué informe es el más reciente?
-El de la guarnición, almirante.
La corbeta de estribor rompió la formación, tratando de huir de los TIEs. Sloane asintió mientras los turboláseres del Vigilancia abrían fuego, cosiendo el espacio con fuego carmesí. La corbeta se estremeció, con el costado destrozado, y se partió por la mitad mientras el fuego consumía los fragmentos. La tercera corbeta estaba tratando de virar a babor, pero Sloane inmediatamente pudo ver que la nave rebelde estaba condenada.
-Contacte personalmente con la guarnición de Endor, teniente –dijo Sloane, apartando la mirada de los TIEs que perseguían a la última corbeta-. Quiero un informe de situación completo tan rápido como pueda.
Habbel la miró fijamente, incrédulo. Ottkreg habían dejado de contemplar el holotanque para mirarle también a ella. La expresión de Lyle era de confusión; la de Ottkreg de desdén.
-¿Señora? –preguntó Habbel.
Sloane apuntó con su índice a la Estrella de la Muerte.
-Nuestro único propósito es proteger esa estación de combate... y al hombre en su salón del trono –dijo-. Ahora, tráigame ese informe de situación, teniente.
En los años venideros, la mente de Sloane regresaría a ese momento, debatiéndose entre la rabia y la desesperación. La fuerza de ataque rebelde había quedado atrapada entre una flota imperial a la que no podían superar en potencia de fuego y una estación de combate que era invulnerable a los ataques; un instrumento de la indomable voluntad del Emperador y su sed de venganza.
Con el tiempo descubriría que ese momento fue el apogeo del poder imperial.

***

Sloane permaneció en silencio mientras recibía el informe de daños. Tres generadores deflectores de proa y una unidad dorsal se habían quemado bajo el asalto rebelde, pero las unidades auxiliares se habían activado, y los escudos habían aguantado. Los Zafiros, mientras tanto, habían perdido seis pilotos.
El daño a los generadores deflectores carecía de importancia. La pérdida de pilotos no, y sintió una rabia ardiente por sus muertes. La apartó de su mente, molesta consigo misma. Ese era el precio de la guerra.
Otros Destructores Estelares de la línea imperial habían sufrido daños mucho peores: el Vehemente y el Heraldo, de clase Tector, habían sido destruidos, mientras que el crucero de batalla Orgullo de Tarlandia y el Devastador estaban gravemente dañados y no respondían a las llamadas. Y el asalto rebelde aún no había dado señales de agotarse;  los cruceros Mon Cal y las fragatas Nebulon-B aún seguían luchando decididamente contra los Destructores Estelares... intercambiando en algunos casos andanadas de una banda a otra, casi a bocajarro, como armadas marítimas en algún conflicto de la historia antigua.
Pero la línea imperial estaba aguantando.
Sólo quedaba el inquietante asunto de la incursión en la luna boscosa. Habbel había descendido al pozo de tripulación y estaba de pie detrás de Ives, irradiando impaciencia mientras la oficial de comunicaciones hablaba por sus auriculares. Sloane apartó la mirada. Estaban siguiendo sus órdenes; ella no podía hacer otra cosa que esperar.
-El asalto rebelde estaba condenado desde el principio –dijo Ottkreg, exultante. Estaba de pie en el holotanque, girando la cabeza a izquierda y derecha para estudiar la representación holográfica de la batalla que le rodeaba-. Un último e insignificante coletazo de su movimiento terrorista.
Será mejor que se aparte antes de que esa escuadrilla de alas-A le vuele la nariz, pensó Sloane.
Sloane consideró decirle a Ottkreg que aún no había terminado; no hasta que supieran que la amenaza al generador de escudo de la Estrella de la Muerte había sido contenida. Decidió no hacerlo. Lo más probable era que la confusión acerca de lo que estaba pasando en la luna boscosa fuera la habitual niebla de la guerra. Después de la batalla, el oficial de lealtad haría sus informes, y no sería bueno para Sloane que la etiquetaran como demasiado cauta o insegura de las capacidades imperiales.
La política es una lente borrosa que entorpece la visión.
¿Fue Vidian quien dijo eso, hace tiempo? Tal vez fuera una conclusión de la propia Sloane, y simplemente sonaba como uno de los aforismos del difunto conde.
Tal vez sea así, conde, pero sigo teniendo que lidiar con ella, pensó.
-Preparen soluciones navegacionales y de objetivos para dos escenarios distintos –dijo Sloane a su tripulación-. Primero, una operación de barrido para incapacitar o destruir las naves rebeldes restantes. Segundo, persecución de la concentración más cercana de naves enemigas en caso de que cesen en su ataque y traten de huir.
-A la orden, almirante –dijo Habbel.
No sabía qué orden daría Piett, pero ambas eran probables. De ese modo, el Vigilancia tendría terreno ganado para obedecer a cualquiera de ellas.
-Almirante, ha pasado algo.
La voz provino del pozo de tripulación de estribor, y no fueron las palabras lo que llamó la atención de Sloane, sino el tono. El controlador –se llamaba Feldstrom, recordó- sonaba como si no estuviera seguro de si debía haber hablado o no.
Esta vez Sloane se movió con presteza, con el sonido de los tacones de sus botas resonando con fuerza en la cubierta.
-He perdido mi lectura del escudo de la Estrella de la Muerte –dijo Feldstrom-. Puede ser un fallo, pero...
-Enfoquen los visores orbitales en el emplazamiento del generador de escudo –dijo Sloane, recorriendo con la mirada los pozos de tripulación en busca del tripulante encargado de la imagen.
La controladora Heurys asintió, y luego alzó la cabeza, atónita.
-No tengo lecturas del emplazamiento –dijo-. La visual es anómala...
-Muéstrelo en el tanque.
La representación de la batalla desapareció, reemplazada por una vista ampliada de los visores del Vigilancia. Ottkreg dio un paso atrás, tratando de centrarse en lo que estaba viendo, pero Sloane captó su importancia inmediatamente. Una inmensa columna de humo se alzaba sobre el bosque donde había estado el generador de escudo.
-Vuelva a la vista principal del tanque, Heurys –dijo Sloane-. Destaque todos los cazas estelares y naves de ataque del enemigo.
Los cazas estelares rebeldes se estaban abalanzando sobre la Estrella de la Muerte. Ottkreg balbuceó indignado mientras se desvanecían en la superestructura de la estación de combate, perseguidos por grupos de TIEs.
Ottkreg estaba gritando algo. Lyle parecía aturdido por la conmoción. Sloane les ignoró, pasando la mirada del holotanque a los ventanales.
Manos a la espalda, pies separados. El poder definitivo del universo. Verlo todo.
-¿Almirante? –exclamó Ives-. Líder Zafiro solicita permiso para perseguir a los cazas rebeldes por la superestructura.
Desde luego que eso es lo que Maus quiere hacer.
-No –dijo-. Están demasiado lejos para servir de ninguna ayuda.
Ives transmitió la orden, y luego volvió a alzar la cabeza.
-Almirante, el líder de vuelo Monare pregunta...
-Tiene sus órdenes. Hay más cazas rebeldes ahí fuera.
-Almirante, debemos... –comenzó a decir Ottkreg.
-Silencio en cubierta –exclamó Sloane, con la mirada fija al otro lado de los ventanales, donde la Estrella de la Muerte colgaba sobre la frondosa luna verde.
Se dio cuenta de que eran las naves imperiales las que estaban clavadas en su sitio. El corazón de la Estrella de la Muerte –del propio Imperio- estaba siendo atacado. Y ninguno de ellos podía afectar al resultado de esa batalla.
Sloane sintió que su corazón aceleraba sus latidos, pero sabía que su expresión no había cambiado. Y no dejaría que lo hiciera. El miedo era contagioso, después de todo.
Su cerebro ya estaba pensando por adelantado, clasificando inconscientemente eventualidades y probabilidades. Dejó que hiciera su trabajo, desconectándose de las airadas objeciones de Ottkreg y de la cháchara de los pozos de tripulación.
Pero la conclusión que alcanzó la sorprendió incluso a ella.
Sloane giró sobre sus talones, con las manos aún a la espalda, y observó a su tripulación.
-Hagan volver a los TIEs –dijo.

***

Sloane escuchó cómo su propia voz se alzaba cuando tuvo que repetir sus instrucciones. Eso no habría complacido al comandante Baylo.
-¡Esa orden queda revocada! –dijo Ottkreg con un grito estridente-. Envíen todos los TIE...
-No olvide de quién es el puente en el que se encuentra, coronel –dijo Sloane, con voz regular pero venenosa-. Puede decir a la OSI lo que quiera acerca de mis acciones, pero no tiene autoridad para hacer más que eso.
-El Grupo Zafiro está regresando al hangar –dijo Ives, rompiendo el silencio, y Sloane asintió.
Ottkreg se apartó furioso de Sloane. Lyle se deslizó a su lado, con la cara pálida.
-No pretendo cuestionar su orden, almirante –dijo en voz baja-. Pero...
-Parece como si estuviera haciendo precisamente eso, Nymos –dijo Sloane-. Hay una posibilidad de que podamos perder esta batalla. Una posibilidad muy real, de hecho.
Lyle parecía estar espantado.
-Pero está poniendo su carrera en peligro –dijo.
-¿Mi carrera? –replicó Sloane, y su voz sonó nuevamente más alto de lo que hubiera pretendido-. El Imperio está en peligro.
Sabía sin necesidad de mirar que los rostros de su tripulación estaban fijos en ella.
Posiciónate siempre del lado de lo que vaya a pasar de todas formas. Ese había sido otro de los dichos de Vidian. El experto en eficiencia lo decía en serio, cínicamente, pero Sloane no pensaba en ello de ese modo. Era acerca de la importancia de la anticipación y de aprovechar la máxima ventaja estando por delante de los acontecimientos. De ese modo podías guiarlos en lugar de permanecer indefenso mientras ellos te guiaban a ti.
-Pongan la nave en posición de flanqueo junto al Ejecutor –ordenó, mirando a través de los ventanales a la gigantesca nave insignia-. Abran un canal a su puente y pásenlo a mi comunicador. Equipos de turboláser, protejan nuestro flanco de babor. Y quiero todos los sensores monitorizando la estación de combate; comunicaciones, niveles de energía, todo.
Si se equivocaba, el informe de Ottkreg se aseguraría de que se pasara las tres décadas siguientes comandando una gabarra de combustible en algún rincón apestoso de un sector agrícola. Pero si tenía razón, el Ejecutor estaba a punto de convertirse en el punto de inflexión, no sólo de la batalla, sino del equilibrio de poder en todo el Borde Exterior. Eso significaba que la nave insignia debía ser defendida con todos los recursos imperiales disponibles.
Sloane no quería tener razón. Pero sabía que la tenía.
El débil zumbido de la cubierta bajo los pies de Sloane cambió de frecuencia y el Vigilancia viró a estribor, disparando sus turboláseres a los cazas rebeldes más cercanos. El Ejecutor crecía cada vez más en los ventanales hasta que fue una brillante cuña... una cuña rodeada por destellos de fuego.
Sloane volvió la mirada de los ventanales al holotanque. Todos los cruceros rebeldes estaban acercándose al Ejecutor, golpeándole con fuego desde todas las direcciones.
-Timonel, aceleración máxima –ordenó-. ¿Dónde está ese canal con el almirante Piett?
Un instante después, Sloane supo que nunca recibiría una respuesta. La proa del inmenso Súper Destructor Estelar descendió y comenzó a ganar velocidad, apuntando como una lanza a la superficie de la Estrella de la Muerte.
-Ha perdido el timón –dijo Lyle, llevándose una mano a la boca.
La distancia entre la proa del Ejecutor y la superficie de la estación de combate se redujo a nada. Desde el espacio, inicialmente la colisión pareció engañosamente suave; una intersección de geometrías que se cruzaban. Sloane sabía que la realidad no era así en absoluto: cubiertas de acero rasgándose y retorciéndose, hombres y mujeres consumidos por el fuego o lanzados a su muerte en el vacío del espacio. Los motores del Ejecutor lo clavaron más profundamente en el costado de la Estrella de la Muerte, hasta que se detuvo y pareció estremecerse. Y entonces desapareció en un manantial de llamas.
Sloane contempló la muerte de la más poderosa nave de guerra de la flota imperial, con las manos a la espalda. Lyle tenía ambas manos en el alfeizar del ventanal principal, con la cabeza baja. Ottkreg se limitó a mirar fijamente al lugar donde había estado el Ejecutor.
Sloane se apartó de ese vacío. El pasado es a un tiempo omnipresente e irrecuperable. ¿Vidian, o Tarkin? No lo recordaba.
-¿Hay alguna comunicación desde la Estrella de la Muerte? –preguntó con calma.
-La cadena de mando parece estar fragmentada –dijo Ives con calma-. Todas las órdenes estaban procediendo del propio Emperador, pero el sobrepuente dice que no hay respuesta del salón del trono.
-Eso no es posible –dijo Ottkreg-. Debe de haber algún error.
-No lo hay –dijo Sloane-. Ives, ordene a los capitanes supervivientes que hagan regresar sus TIEs y formen alrededor del Vigilancia. Si alguien cuestiona la orden, recuérdeles que ahora soy el almirante de más rango.
Lyle se apartó del ventanal, con los ojos como platos.
-Esto es una locura –dijo Ottkreg. Sloane no pudo sino estar de acuerdo.
-Almirante –dijo Feldstrom-. Estoy recibiendo fluctuaciones de energía de la estación de combate.
-Mire –dijo Lyle, señalando con el índice al holotanque.
Sloane miró. Las naves rebeldes habían cesado en su asalto a la línea imperial y aceleraban para alejarse de la Estrella de la Muerte.
-Los cobardes están huyendo –dijo Ottkreg.
Sloane desenfundó su pistola y mató de un disparo al oficial de lealtad. Cayó a través del holotanque y chocó contra la cubierta, rodando sobre sí mismo hasta que sus ojos sin vida quedaron mirando fijamente la batalla.
Sloane enfundó su pistola.
-¿Se ha programado mi segundo escenario? –preguntó-. ¿En el que perseguimos a las naves rebeldes?
-Sí, almirante –dijo Habbel con voz temblorosa-. El resultado más probable es una retirada rebelde al sistema Annaj. Hemos preparado datos navegacionales para saltar allí.
-Bien –dijo Sloane-. Envíe las coordenadas a todas las naves imperiales. Dígales que salten de inmediato.
Aturdido, Lyle bajó la mirada hacia el cadáver del oficial de lealtad. Sloane le ignoró. Ya habría tiempo más tarde para explicar cómo un hombre tan desconectado de la realidad habría reaccionado a su orden de retirarse. El escenario que había previsto aún se mantenía... sólo que los roles jugados por los imperiales y los rebeldes habían cambiado. Cada segundo que pudiera adelantarse a las acciones de los enemigos del Imperio era ahora crítico, y Ottkreg habría obstaculizado su capacidad de hacer lo que debía hacerse.
Cuando la Estrella de la Muerte estalló, Sloane apenas reaccionó. Ya no importaba. El zumbido bajo sus pies volvió a alzarse y, un instante después, las estrellas se alargaron formando rayos y quedaron sustituidas por el caótico remolino del hiperespacio.
-Hemos perdido –dijo Lyle, en el estupefacto silencio del puente.
Sloane le miró. Había estado repasando en su cabeza listas de flotas y astilleros, recopilando listados de almirantes, moffs, y consejeros.
-¿La batalla, o la guerra? –preguntó.
-La batalla –dijo Lyle, y luego sacudió la cabeza-. Y la guerra. Sin la Estrella de la Muerte, sin el Emperador...
Sloane asintió.
-Hemos perdido la batalla –dijo-. En cuanto a la guerra, la perderemos también si lo que queda del Imperio lucha como si nada de esto hubiera ocurrido. Si imaginamos que el Emperador puede simplemente remplazarse, o que únicamente la amenaza de una acción de la flota puede hacer rendirse a los planetas rebeldes. De modo que nuestra responsabilidad es evitar que eso ocurra.
-¿Y cómo vamos a hacer eso? –preguntó Lyle.
Sloane apartó la mirada del caos del hiperespacio y miró el cadáver de Ottkreg.
-Para empezar, admitiendo que la siguiente batalla acaba de comenzar.

martes, 25 de agosto de 2015

Última ronda en el Ángulo Cero


Última ronda en el Ángulo Cero
Jason Fry

Glosario: Algunos términos de jerga de piloto
Ángulo cero: la posición detrás de la popa de un enemigo
Calavera: una caza Z-95 Cazador de Cabezas
Cosido: golpeado por fuego enemigo
Bola de pelo: un combate caza contra caza especialmente frenético
En azul: operar en una atmósfera planetaria
En negro: operar en el espacio
Fango: la atmósfera de un planeta
Incauto: un bombardero TIE
Insit: Informe de situación
Impstar: un Destructor Estelar Imperial
Sacar los colmillos: esperar con ansia un combate caza contra caza
Salpicar: derribar una nave
Salto: una misión
Trineo suicida: un caza con escudos débiles o sin ellos

Cuando Huck Trompo comenzó a cantar, Tana Chellaine sabía que se avecinaban problemas para los pilotos de TIE del Escuadrón Nashtah.
El problema no era que lo que Trompo estaba cantando fuera un himno de marmotas; en el Ángulo Cero era habitual que los pilotos aullaran sus himnos preferidos al ritmo de su gramola. El problema era que Trompo estaba cantando ese himno mientras miraba fija y desafiantemente a una mesa un metro más allá, una mesa ocupada por un cuarteto de cráneos vacíos con aspecto airado.
-Trompo, será mejor que termines la transmisión –advirtió Chellaine-. Florn te está mirando mal.
Sax Hastur, el líder del escuadrón Nashtah, se volvió en su mesa para mirar a Florn, el viejo y curtido camarero ciborg que regentaba el Ángulo con literal puño de hierro. Florn estaba lavando un vaso con su habitual precisión mecánica, pero los puntos rojos de sus ojos cibernéticos estaban fijos en Trompo.
-Será mejor que hagas algo, Sax –murmuró Artur Essada-. Antes de que Sully también se ponga a cantar.
La predicción de Essada se cumplió, como solía ocurrir con molesta frecuencia. Sully Olvar apartó hacia atrás su silla y se puso en pie ligeramente tambaleante para unirse en la canción a su compañero de ala y cómplice. Trompo sonrió y alzó su vaso, pero se encontró con la mano de Hastur sobre su antebrazo.
-Echa el freno, Huck –advirtió Hastur-. Es demasiado pronto para comenzar una bola de pelo entre marmotas y cráneos vacíos.
-Venga, jefe –se quejó Trompo-. Ha sido un día largo.
-Lo sé –dijo Hastur-. Pero no voy a volver a sacarte del calabozo. Eh, Florny. ¿Me pones un par de Eblas más?
Chellaine meneó la cabeza mientras Trompo y Olvar plantaban a regañadientes sus traseros de nuevo en sus asientos.
Los Nashtahs eran marmotas: pilotos de caza TIE que volaban en atmósferas planetarias en misiones para el Ejército Imperial. Maniobrar un TIE por el fango era más difícil que volar por el vacío del espacio; ese era el terreno de los cráneos vacíos que volaban para la Armada Imperial. Y pese a todo eran los cráneos vacíos quienes aparecían en los anuncios de reclutamiento, y cuyas victorias sobre los rebeldes, piratas y esclavistas dominaban la HoloRed.
Ningún marmota creía que eso fuera justo. Pero sentirse resentido era una cosa... y tratar de incitar a los cráneos vacíos a una pelea a puñetazos estando fuera de servicio otra muy distinta.
Con la amenaza de una trifulca momentáneamente evitada, Chellaine dejó que su mirada vagase por el bar. Como de costumbre, el Ángulo estaba repleto de pilotos imperiales; entrechocando sus vasos, discutiendo a grandes voces sobre tácticas, o simplemente sentados en silencio. Casi todos los pilotos eran humanos, y Chellaine podía distinguir cuánto tiempo llevaban en el bar por el estado de sus uniformes color verde oliva. Algunos estaban impecablemente planchados, sugiriendo que sus propietarios acababan de llegar. Otros estaban arrugados y/o llenos de manchas, indicando los pilotos que hace tiempo que deberían haberse marchado. Y unos cuantos habían sido retirados y dejados sobre los respaldos de las sillas, una clara señal de una debacle inminente. La túnica de la propia Chellaine estaba inmaculada, si bien era cierto que ella nunca bebía nada más fuerte que agua... agua destilada, además.
El Ángulo era famoso por varias cosas: su implacable camarero, su política de servir por igual a marmotas y cráneos vacíos, y su larga tradición de que cualquiera por encima del rango de líder de escuadrón se quedaba fuera. Eso lo convertía en un santuario para los pilotos de la Base de Vuelo del Supersector Joya Brillante, que dominaba la monótona superficie de la luna Axxila III. En los confines del Ángulo, un piloto era libre de mostrarse torpe, furioso o llorica sin arriesgarse a un punto negro en su hoja de servicio.
Trompo apuró su Ebla y miró al techo durante un largo instante. Chellaine esperaba que cerrara los ojos y su cabeza cayera hacia atrás sobre la silla. Si eso ocurría, ¿debía sujetarle la silla, o dejar que se estampara contra el suelo? No estaba segura.
Pero entonces Trompo se inclinó hacia delante, con ojos brillantes sobre sus mejillas sonrosadas.
-A esos cráneos vacíos les estaba encantando mi canción –insistió, dejando caer su puño sobre la mesa con suficiente fuerza para hacer que los vasos saltaran sobre ella.
-Desde luego que sí –dijo Olvar, apoyando como siempre a su colega.
Chellaine meneó la cabeza, decidiendo que si llegaba el caso, esa vez dejaría que Trompo se arriesgara a que le partieran el cráneo. Tal vez eso le haría ganar algo de sentido común. Trompo era un brillante piloto con una comprensión instintiva de las tácticas, pero tenía la misma capacidad de controlar sus impulsos que una pantera de arena en celo.
-Deberíamos hablar acerca de lo que pasó en Portocari –dijo Essada en voz baja.
Los ojos de los demás Nashtahs se volvieron a Essada, quien tenía la mirada baja, fija en la gastada superficie de la mesa de madera.
-No hay nada de lo que hablar –dijo Hastur, buscando refugio en su vaso de vosh-. Cumplimos la misión. Lo volveremos a hacer. Perdimos gente. Eso también volverá a ocurrir.
-Pero los informes... –comenzó a decir Essada.
-La misión terminó –dijo Trompo airadamente, acuchillando el aire para mayor énfasis. El gesto volcó el vaso de lum de Essada, haciendo que el resto de los Nashtahs retrocediera para evitar el lago que comenzó a formarse rápidamente-. La misión terminó y me apetece cantar. Una canción que espero que todos esos cráneos vacíos con cerebro de láser sepan apreciar.
Alzando su Ebla al aire, Trompo rugió la línea inicial del himno de los marmotas:
-¡Oh! ¿Quién vuela tan alto en los cielos más azules?
Lo que hizo que Olvar gritara la respuesta tradicional:
-¡NOSOTROS! ¡NOSOTROS!
-Agárrate para el impacto –murmuró Chellaine a Hastur cuando otras mesas de marmotas se unieron a la canción.
-Ha sido un mal día, Tana –dijo Hastur en voz baja-. Dejar escapar unos cuantos iones nocivos les mantiene cuerdos.
Chellaine frunció el ceño tras la copa que había rescatado de la mesa inundada. Los cráneos vacíos de la mesa contigua intercambiaron miradas y se pusieron en pie, con un gesto de conformidad. Cuando Trompo se detuvo a respirar, estaban preparados con el comienzo de su propia canción:
-¿Quién se lanza al ataque en lo más negro del espacio?
Lo que fue seguido a gritos por al menos cuatro mesas de cráneos vacíos:
-¡NOSOTROS! ¡NOSOTROS!
Essada dejó escapar un suspiro y sorbió lo que había podido salvar de su lum.
-No me importaría todo el jaleo si al menos uno de esos idiotas afinara correctamente.
Durante uno o dos minutos, el desastre permaneció hipotético. Trompo y Olvar recorrieron el Ángulo tratando de animar a sus colegas marmotas para ahogar con sus voces la canción de los cráneos vacíos, estos redoblaron sus esfuerzos, y Florn se limitó a menear lentamente la cabeza con fastidio. Pero entonces se vertió una bebida, o tal vez se arrojó a propósito, y se intercambiaron unas palabras, y pronto el vidrio comenzó a romperse y los puños a volar.
-Avisadme cuando llegue Rayo –dijo Hastur con cansancio.
Hastur dio un paso atrás mientras Olvar y un enjuto cráneo vacío se enzarzaron en una pelea. Un momento después, Essada esquivó a un corpulento piloto que Trompo había arrojado sobre su mesa. El piloto caído se puso en pie de un salto y embistió contra el Nashtah, y ambos chocaron con un sonoro impacto puntuado por gemidos y maldiciones.
Un cráneo vacío que se encontró en el extremo equivocado de un puñetazo cayó trastabillando sobre Chellaine, haciendo que parte del agua de su copa saliera despedida por el aire. Ella se inclinó suavemente hacia un lado para recoger el agua en su caída y empujó con su bota el trasero del cráneo vacío, lanzándolo de vuelta a la pelea. Trompo trató de colocarse tras el cráneo vacío contra el que luchaba, pero fue demasiado lento y recibió un fuerte izquierdazo en la punta de la barbilla. Se tambaleó y chocó contra la esquina de la mesa, que dejó escapar un gemido de madera sobrecargada y se volcó, depositando a Trompo en el suelo rodeado de vasos y charcos de líquido. Luego la mesa cayó sobre él.
-Aquí viene –advirtió Chellaine a Hastur cuando un astromecánico de color negro brillante adornado con franjas amarillas dentadas salió rodando desde detrás de la barra. De una compuerta de su cúpula surgió una esfera unida a un tallo metálico. Florn avanzaba un paso por detrás del droide, guardándose el trapo en el delantal.
Los Nashtahs se cubrieron los oídos con las manos, al igual que todos los pilotos que no estaban demasiado ocupados peleando para advertir la llegada del droide.
-Debería bastar con cinco segundos, Rayo –dijo Florn.
Un alarido del emisor sónico de Rayo llenó el Ángulo. Los pilotos enfrascados en la pelea se desplomaron al suelo, agitando las manos para protegerse los oídos.
-Ése fue quien lo empezó –dijo Florn, señalando a Trompo, que estaba tratando de escapar gateando. Rayo trinó alegremente, y en su parte frontal se abrió un panel. Extendió un bastón eléctrico y lo hundió en el costado de Trompo, envolviendo al piloto en chispas brillantes. Trompo soltó un aullido y rodó en posición fetal, lanzando una débil patada a su torturador.
-¿En serio, Florny? –se quejó-. ¿No es bastante con el alarido para que además tengas que intentar aturdirme?
-Estabas haciendo un estupendo trabajo aturdiéndote tú mismo –dijo Florn-. Ahora, todos en pie. Levantaos y daos la mano.
Los marmotas y los cráneos vacíos murmuraron con rebeldía, pero Rayo avanzó con una risita electrónica, sacando chispas de energía por el bastón eléctrico. Los pilotos se dieron la mano con reticencia, y luego comenzaron a enderezar sillas caídas y a recoger vasos del suelo.
-La mayoría de bases de vuelo tienen un bar para los marmotas y otro para los cráneos vacíos –dijo Florn-. ¿Sabéis por qué el Ángulo es distinto? Porque todas vuestras pequeñas rencillas son un montón de poodoo. No importa si voláis en azul o en negro, en fango o en vacío. Todos pilotamos trineos suicidas, sin escudos ni defensas. Salvo por la pericia de la mano a los mandos.
Florn indicó a Rayo que volviera detrás de la barra, y luego recorrió la sala con su mirada cibernética.
-Acumulad la mitad de horas de vuelo que tuve antes de que me estrellara y podréis decir toda la mierda que queráis –dijo con fría desaprobación-. O convertíos en una bola de fuego; eso significará que se os pondrá en el muro y hablaremos bien de vosotros. Pero hasta que no hagáis una cosa u otra, cuidaréis vuestros modales.
Los servos de las piernas artificiales de Florn gimieron mientras se marchaba. Chellaine no fue la única de los pilotos que se encontró mirando al muro encima de la barra, a los temblorosos holos de rostros y designaciones de unidad. Esos rostros pertenecían tanto a marmotas como cráneos vacíos, todos ellos hombres y mujeres que despegaron desde Axxila a misiones de las que nunca regresaron.
-Están Suthers y Plix –dijo Chellaine, señalando dos holos.
-Y Ashanto –añadió lúgubremente Hastur.
-¿Te refieres a Poul Ashanto? –preguntó uno de los cráneos vacíos, con tono de sorpresa.
-Sí –dijo Hastur-. Éramos amigos.
Chellaine se preguntó si alguien aparte de ella sabía hasta qué punto eso era un eufemismo.
-Poul estuvo en Prefsbelt con mi hermano Alois –dijo el cráneo vacío.
-¿Alois Akrone? –preguntó Hastur-. Los tres fuimos compañeros de clase. ¿Era tu hermano? Entonces tú debes de ser Heiwei.
-El mismo –dijo Heiwei Akrone, señalando con la cabeza a los tres cráneos vacíos que le acompañaban. Somos el Escuadrón Banshee, destacado en el Impstar Tormenta Solar. Acabamos de llegar de Phindar.
-Sax Hastur. Somos los Nashtahs. Acabamos de terminar de presentar los informes después de Portocari.
Hastur y Akrone se estrecharon la mano mientras los demás Nashtahs y Banshees se miraban mutuamente con incertidumbre.
-Ya que ahora sois todos buenos amigos, podéis compartir una mesa –dijo Florn desde la barra.
-Eso jamás –dijo Trompo.
-Ni hablar –dijo el corpulento Banshee que estaba de pie a su lado.
Los rostros de ambos hombres estaban hinchados y llenos de cortes.
Florn se encogió de hombros.
-Habéis roto la mesa, así que o la compartís o estáis de pie.
Los Nashtahs y los Banshees arrastraron la única mesa restante, reunieron las sillas dispersas, y se sentaron juntos entre miradas de mutua suspicacia. Hastur y Akrone pidieron una ronda de bebidas.
El musculoso Banshee junto a Trompo se tocó dolorido la mejilla hinchada.
-Me llaman Magullador –dijo-. Antes soltaste unos buenos puñetazos.
Trompo parecía sorprendido.
-¿En serio? Ni siquiera te hice parpadear. Y si no te hubieras resbalado antes, me habrías aplastado la nariz.
Trompo y Magullador se enfrascaron en una animada conversación acerca de las lindezas de la pelea, mientras Olvar esperaba una oportunidad para unirse y el resto de los pilotos observaba el muro, perdidos en sus propios pensamientos.
-Mi hermano también está en el muro –dijo Akrone, señalando.
Hastur localizó el holo de su antiguo compañero de clase y alzó su vaso. Uno a uno, los demás hicieron lo mismo.
-Ahora tenemos tres Nashtahs más para añadir –murmuró Essada.
Akrone asintió.
-Nosotros perdimos dos pilotos en Phindar. He visto Portocari en el insit. ¿Fue duro, entonces?
-Lo fue –dijo Hastur antes de que Essada pudiera hablar-. Estábamos atacando a la artillería rebelde en las colinas cuando recibimos el aviso de reagruparnos para un ataque a un piso franco urbano. Los jefazos decían que atacarlo evitaría la lucha casa por casa y las bajas civiles.
Akrone asintió, prestando atención.
-Los rebes derribaron a Muller con un misil anti aire; está en bacta. Barsay fue cosido por un Z-95 al llegar al piso franco; está muerto. Salpicamos a la calavera que le mató, junto a sus compañeros de ala. Entonces uno de nuestros bombarderos golpearon el piso franco. Resultó que estaba lleno de municiones; la explosión vaporizó tanto a nuestro incauto como a su escolta.
-Riggs y Chan –dijo Essada-. También tenían nombres, ¿sabes?
-¿Crees que no lo recuerdo? –exclamó bruscamente Hastur, y Essada bajó la mirada.
Hastur meneó la cabeza, recorriendo con los dedos los anillos dejados en la mesa por generaciones de bebidas previas.
-Riggs y Chan. De haberlo sabido, habríamos optado por una pasada a gran altitud con misiles de penetración.
-No llegaron a saber qué les golpeó –dijo Trompo-. Eso al menos es algo.
-¿De qué estás hablando? –preguntó Essada-. No es nada. Tres pilotos muertos, y puede que Muller nunca vuelva a volar. ¿Y para qué?
-¿Entonces los datos de inteligencia eran erróneos? –preguntó Akrone, consciente de la penetrante mirada que se estaban intercambiando los dos Nashtahs.
Hastur meneó la cabeza, pero su mano buscó su bebida.
-Eso está por encima de mi graduación.
-¿Quieres culpar a alguien, Artur? –dijo Trompo a Essada con un gruñido-. Por una vez, comienza por los rebeldes. Dicen que luchan por la gente corriente, y ahora en esa ciudad hay miles de muertos por lo que hicieron.
-Eso es verdad; si los jefazos hubieran sabido que era un arsenal, habrían cancelado el ataque- dijo Olvar.
Los Nashtahs y los Banshees asintieron... excepto Essada.
-Ya no sé si seguir creyéndolo –dijo.
-Eso suena a cháchara rebelde –dijo Trompo-. ¿Cuántas veces tengo que decirte que no me gustar oír eso?
-¿Y hasta cuando vas a volar a ciegas? –preguntó acaloradamente Essada, y luego apuntó a Hastur con un  dedo acusador-. ¿Y hasta cuando vas a fingir que esto no está ocurriendo?
Chellaine había tenido suficiente.
-Essada, si tienes algo que decir, dilo –dijo-. ¿Qué es lo que crees que está ocurriendo?
-Hemos estado volando a colmillo descubierto durante una semana, y en la mitad de los saltos nos han dado información sin verificar, anticuada, o ambas cosas –dijo Essada-. Y no sólo a nosotros; he escuchado que ha sido así para escuadrones desde aquí hasta el borde galáctico. Ha pasado algo, y el Imperio está respondiendo acribillando cualquier objetivo que puede encontrar.
El rostro de Trompo se puso de un púrpura ominoso. Comenzó a protestar, pero se detuvo cuando vio la mirada en el rostro de Magullador.
-A nosotros nos pasa igual –dijo Akrone-. Escuchad esto: hace cuatro días, toda un ala de Celanon fue desviada a labores de barrido, buscando un objetivo de gran importancia en el Alcance Gordiano. Y he escuchado que el Imperio está enviando una fuerza de trabajo al sistema Jovan.
-¿Jovan? –preguntó Hastur-. Allí no hay más que barcazas de cereal.
Akrone se encogió de hombros.
-Lo sé. La cuestión es que algo gordo ha caído, y los jefazos están asustados. Tengo entendido que el mismísimo Weller acaba de regresar de Ord Mantell.
-Mira, puede que esté ocurriendo algo gordo –dijo Chellaine-. ¿Pero qué importa? Nunca averiguaremos de qué se trata.
-Importa porque se trata de nuestras vidas –dijo Essada-. O al menos a mí me importa.
Chellaine escuchó que las puertas del Ángulo se abrían tras ella, como hacían decenas de veces cada hora. Pero entonces los ojos de los pilotos que miraban en esa dirección se abrieron como platos, y las sillas comenzaron a raspar el suelo. Se volvió y comenzó a ponerse en pie incluso antes de que su cerebro hubiera procesado el asombroso hecho de que el mismísimo comandante Weller se encontraba de pie en el Ángulo.
-Descansen –dijo Weller-. No había estado aquí desde que ascendí a comandante de vuelo. Lo he echado de menos.
Caminó hasta la barra, donde Florn permanecía esperando.
-Brandy corelliano –dijo Weller-. Del bueno.
Florn puso un vaso en la barra, y luego colocó otro a su lado. Los llenó con un licor fragante de color marrón dorado. Él y Weller alzaron sus vasos y los bebieron de un trago, devolviéndolos vacíos a la superficie de la barra en el mismo instante. Weller posó su mano en el hombro de carne y hueso de Florn, y el camarero hizo lo mismo.
Entonces Weller se volvió hacia los pilotos allí reunidos.
-Me disculpo por invadir territorio sagrado, pero estos no son tiempos normales –dijo-. Hay algo que todos vosotros necesitáis saber... porque dentro de muy poco toda la galaxia habrá escuchado las noticias.
Chellaine miró a sus compañeros Nashtahs. Hastur aguardaba con gesto serio, mientras Trompo se mordía el labio en ansioso silencio, junto a un Olvar con los ojos abiertos como platos. Essada se inclinaba expectante hacia delante, con los ojos fijos en Weller.
-La plataforma DS-1 –dijo Weller-. Ha sido destruida.
Chellaine y Akrone intercambiaron una mirada de confusión. ¿La DS-1? ¿La denominada Estrella de la Muerte? Chellaine había supuesto que eso era un nombre en clave para algún tipo de tecnología de control de fuego coordinado entre unidades de la flota, mientras que Essada lo había descartado como un elemento de presupuesto desconocido creado para propósitos de propaganda. Pero allí estaba su comandante de vuelo, diciéndoles que era real. O que había sido real.
-¿Destruida, señor? –preguntó alguien desde el fondo del bar-. ¿Cómo?
-Por la Rebelión –dijo Weller-. Junto con toda su dotación.
Hubo un instante de silencio atónito y entonces todo el mundo comenzó a hablar a la vez. Un grito de Weller aplacó el tumulto.
-Vuestras respectivas afiliaciones al Ejército o a la Armada quedan rescindidas con efecto inmediato –dijo.
Los Nashtahs y los Banshees se miraron mutuamente, boquiabiertos.
-Ya me habéis oído –dijo Weller-. Todos los elementos de la flota estelar imperial han sido puestos en alerta total. Volved a vuestros barracones para que se os reasigne en nuevos escuadrones. Damas y caballeros, los enemigos del Imperio están en marcha, y debemos enfrentarnos a ellos en el campo de batalla... sin importar que ese campo de batalla sea el cielo o el espacio.
Weller saludó con la cabeza a los pilotos, luego a Florn, y luego dio media vuelta y cruzó las puertas con grandes zancadas. Mientras los pilotos recogían apresuradamente sus cosas, Chellaine se encontró junto a la barra, mirando fijamente el muro de los holos.
-Habrá muchos rostros más ahí arriba antes de que esto termine –dijo a Florn.
-Sí, los habrá –respondió el camarero, comenzando a lavar los vasos-. Algunos de ellos serán de gente que conozcas.
Chellaine asintió.
-Sólo puedes hacer una cosa al respecto –dijo Florn.
-¿Qué?
-Los rebes tienen sus propios abrevaderos y sus propios muros –dijo-. Todos los pilotos los tienen. Asegúrate de que, por cada uno de los nuestros, tú pones dos de los suyos. Entonces puedes volver aquí con dignidad y la cabeza alta, y alzar un vaso a la salud de los que no podrán hacerlo.