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martes, 2 de octubre de 2012

Primer contacto (y VI)


-Buen trabajo -comentó Karrde cuando el Comprador Uwana atravesó la atmósfera superior de Varonat y salió al espacio profundo-. Realmente muy buen trabajo. Aunque debo confesar cierta decepción de que en realidad no fueran los morodins tomándose finalmente su venganza.
A su lado, Celina resopló por lo bajo.
-Teniendo en cuenta que probablemente no puedan distinguir a un humano de un krish, y mucho menos a un humano de otro, debe considerarse afortunado que no fueran ellos. Le habrían aplastado en la tierra junto con Gamgalon y su equipo.
-Muy probablemente -admitió Karrde-. ¿De dónde sacaste las grabaciones de gruñidos de morodin?
-Gamgalon me llevó una vez en uno de sus safaris -dijo Celina-. Antes, cuando él todavía pensaba que podría tener una oportunidad de reclutarme en su organización.
-Así que no estabas trabajando para él. Nos habíamos preguntado acerca de eso.
-No me gustan los krish -dijo rotundamente-. Incluso en los honestos, no se puede confiar demasiado, y Gamgalon difícilmente podía calificarse de honesto. Además, para lo único que me quería era para hacer de espía para él en el espacio-puerto. No hay mucho futuro en eso.
-Ya no -coincidió Karrde-. ¿Así que, mientras estabas en la selva de todos modos, avanzaste y grabaste algunos gruñidos de morodin?
Ella se encogió de hombros.
-Pensé que podría ser útil tener registrado algo así. Resulta que tenía razón. -Ella le echó un vistazo-. Me debe esas tres grabadoras, por cierto. Esas cosas no son baratas.
-Te debo mucho más que eso -le recordó Karrde sobriamente-. ¿Por qué nos seguiste ahí fuera, de todos modos?
-Oh, vamos -se burló ella-. ¿Hart y Seoul? Por no hablar de una nave llamada Comprador Uwana. Todo era un poco demasiado curioso. Y recordaba haber oído hablar sobre un jefe contrabandista que tenía una cierta afición por los juegos de palabras curiosos1. Así que me la jugué.
-Y ha valido la pena -dijo Karrde-. Te has ganado una recompensa considerable. Di qué quieres.
Ella se volvió a mirarlo con aquellos ojos verdes suyos.
-Quiero un trabajo -dijo.
Karrde frunció el ceño. No era la respuesta que esperaba.
-¿Qué clase de trabajo?
-Cualquiera –dijo-. Sé pilotar, luchar, hacer de seleccionador de recién llegados...
-¿Mecánico de hipermotor?
-Eso, también -dijo Celina-. Lo que necesites, puedo aprenderlo. -Tomó una respiración profunda, y dejó escapar el aire-. Sólo quiero volver otra vez a la vida social.
Karrde enarcó una ceja.
-Tienes una visión extraña del contrabando si lo consideras vida social.
-Confíe en mí -dijo con gravedad-. En comparación con algunas de las cosas que he hecho, lo es.
-No lo dudo -dijo Karrde, estudiando su rostro. Un rostro muy llamativo, con un cuerpo impresionante acompañándolo. Decorativa y competente a un tiempo; su combinación favorita-. Está bien –dijo-. Has conseguido un trato. Bienvenida a bordo.
-Gracias –dijo-. No se arrepentirá de haberme contratado.
-Estoy seguro de que no lo haré. -Él sonrió ligeramente-. Y ya que ahora estamos trabajando oficialmente juntos... -le tendió la mano-. Puedes llamarme Talon Karrde.
Ella sonrió con fuerza mientras le tomaba la mano.
-Encantada de conocerte, Talon Karrde -dijo ella-. Me puedes llamar Mara Jade.

1 Es habitual que tanto los alias como los nombres de las naves que usa Talon Karrde sean juegos de palabras, en su mayoría intraducibles. En este caso, los alias usados por Karrde y Tapper, Hart-Seoul, en inglés suenan muy similar a Hard soul, es decir, “Alma dura”. Por otra parte, la nave Comprador Uwana es en inglés Uwana Buyer, que suena muy similar a You wanna buy her, es decir, “¿Quieres comprarla?” (N. del T.)

Primer contacto (V)


Los pilotos llegaron una hora después, y durante casi las dos horas siguientes el campamento bulló de actividad mientras embarcaban trozos de carne del morodin muerto y sostenían conversaciones interminables con Tamish y Col-caree acerca de quién se quedaría qué parte de la cabeza y sus preferencias sobre la forma y los materiales para el marco del trofeo. Karrde se quedó fuera de la actividad, retirándose de nuevo a su asiento junto al árbol con un melodium portátil y dejando que Tapper se encargara de su parte del trabajo. Escuchó uno o dos comentarios bastante finamente hilados sobre conducta poco deportiva dirigidos hacia él, pero no les hizo caso. Recostándose contra el árbol, con los ojos medio cerrados, dejó que la música del melodium le envolviera.
Y, subrepticiamente, jugueteó con la configuración del repetidor de comunicaciones integrado en el dispositivo.
El sol se sumergía entre los árboles cuando los pilotos terminaron su trabajo y los aerodeslizadores despegaron hacia el campamento base.
-Confío en que te hayas estado divirtiendo -comentó Tapper, sentándose al lado de Karrde y limpiándose la cara con la manga de su traje de cazador, que ya había dejado de ser elegante-. Algunos de los otros piensan que estás de mal humor.
-No puedo evitar lo que piensen -dijo Karrde-. No te pongas cómodo, vamos a dar un paseo.
-Genial -se quejó Tapper, poniéndose trabajosamente de nuevo en pie-. ¿De qué se trata?
-He estado jugando un poco con el repetidor de comunicaciones -dijo Karrde, levantándose y echándose la correa del melodium por encima del hombro-. Si Falmal y compañía han estado plantando marcadores de transpondedor en los alrededores, deberíamos ser capaces de detectarlos con esto. Despacio y tranquilo; no hay que llamar la atención.
Salieron del campamento y se dirigieron hacia la selva.
La corazonada de Karrde resultó ser cierta: casi de inmediato el repetidor de comunicaciones amañado encontró una señal, procedente de la dirección de donde habían matado al morodin.
Siguiendo el rastro de baba de nuevo, pronto llegaron a lo que quedaba del cadáver, ya pasto de los carroñeros.
-Ahí está -dijo Tapper, señalando a un grupo de arbustos a unos metros de distancia-. Es un marcador de transpondedor, de acuerdo. Y justo junto a uno de los rastros de baba, de nuevo.
-Sí -dijo Karrde, arrodillándose para mirar más de cerca.
Vio que la tierra en el borde de la baba había sido recién removida.
Casi como si hubieran plantado algo allí...
Levantó la vista bruscamente, encontrando los ojos de Tapper. El otro asintió con la cabeza: también había oído el débil ruido de crujidos.
-Viene del campamento -murmuró.
El sonido se repitió.
-Tomemos el camino largo –respondió Karrde también en un susurro, señalando a la sección del rastro de baba por la que Tamish y Cob-caree habían aparecido antes. Explicar a Falmal o a sus secuaces por qué llevaba un melodium en una caminata por la selva podría resultar incómodo.
Sobre todo si encontraban el enlace de comunicaciones trucado de su interior.
Oyeron el crujido de nuevo al abandonar el lugar, pero después de eso pareció desvanecerse detrás de ellos.
Tanto mejor. No más de quince metros más allá en la selva, el rastro de baba desapareció, y cuando reapareció tres metros más lejos, le habían brotado de repente tres ramas más.
-Oh, oh -murmuró Tapper-. ¿Por dónde?
-No estoy seguro -dijo Karrde, mirando detrás de ellos. Toda una manada de Morodins merodeando no era un pensamiento especialmente agradable-. Probemos con este -dijo, señalando el rastro más a la derecha de todos-. Marquemos antes uno de estos árboles para que podamos rehacer nuestro camino si es necesario.
Tapper tenía la mirada perdida en la selva.
-Probemos antes a avanzar un poco más -sugirió lentamente-. Siempre podemos volver.
Karrde le miró frunciendo el ceño.
-¿Has visto algo?
-Una corazonada -dijo Tapper-. Es sólo una corazonada.
Karrde frunció los labios.
-¿Cuánto quieres avanzar?
-Alrededor de trescientos metros -dijo Tapper-. Recuerdo una cresta en esa dirección en el mapa que da una especie de amplia depresión en el terreno.
Karrde hizo una mueca. Trescientos metros en una selva desconocida no era cosa para tomarse a la ligera. Pero por otro lado, casi siempre valía la pena seguir las infrecuentes corazonadas de Tapper.
-Está bien –dijo-. Pero no más allá de la cresta. Y retrocederemos antes si nuestro rastro termina.
-De acuerdo. Vamos.
El rastro de baba se dividió de nuevo pocos metros más adelante, y otras dos veces hizo una de esas breves desapariciones de tres metros con nuevas ramas surgiendo en direcciones diferentes cuando se reanudaba. Durante un tiempo Karrde trató de mantener la cuenta del número de líneas, con la esperanza de averiguar con cuántos animales estaban tratando. Pero pronto abandonó el esfuerzo.
Si los morodins decidían ponerse desagradables, la diferencia entre seis y sesenta de ellos sería bastante retórica.
-Ahí está la cresta -dijo Tapper, señalando hacia delante, hacia la última línea de árboles que parecían abrirse en el cielo azul-. Vamos a echar un vistazo.
Avanzaron entre los árboles. Allí, tendida tal vez a 100 metros por debajo de ellos, se encontraba la amplia depresión con aspecto de valle que Tapper había descrito.
Y reunidos en un extremo de ella había más de cincuenta morodins.
-Hemos encontrado al grupo, de acuerdo -murmuró Karrde con inquietud. La cuesta abajo desde su cresta hasta el valle era bastante pronunciada, pero dudaba que supusiera un problema para algo con el tamaño y la musculatura de un morodin. De hecho, sabía que no lo era; el rastro de baba que estaban siguiendo rebasaba la cresta y continuaba hacia abajo sin descanso.
-No mires a los morodins -dijo Tapper-. Mira los rastros de baba.
-¿Qué pasa con ellos?
-Míralos -instó Tapper-. Dime que tú también lo ves.
Karrde frunció el ceño, preguntándose qué quería decir. La depresión estaba llena de esas líneas, eso estaba claro, claramente visibles entre los árboles y sobre los arbustos aplastados. Un montón de líneas, que mostraban los mismos giros y bifurcaciones que las que habían encontrado ahí arriba...
Y entonces, de repente, lo comprendió.
-No me lo creo –dijo en un jadeo.
-Yo tampoco lo creía -dijo Tapper-. Mira: uno de ellos lo está intentando.
Uno de los morodins se había separado del grupo y se había colocado en el canal de tres metros entre dos de los senderos. Anadeando rápidamente sobre sus cortas patas, avanzó hasta la primera curva y giró hacia la izquierda.
A la primera sección de un laberinto elaboradamente construido.
-Volvamos -dijo Karrde, sacudiendo la cabeza con incredulidad-. Tengo la sensación de que no nos interesa que la gente de Gamgalon nos encuentre aquí.
-Demasiado tarde -dijo una voz suave.
Con cuidado, Karrde miró por encima de su hombro. Dos metros detrás de él se encontraban Falmal y dos de los pilotos krish, los tres con rifles bláster en la mano. Detrás de ellos había un cuarto krish que le miraba pensativamente.
-Desde luego -dijo Karrde, bajando el cañón de su propio rifle y dándose la vuelta para mirarles-. Bueno. Al menos, no deberíamos tener ningún problema para encontrar el camino de regreso al campamento.
-Aún no se ha decidido si vamos a volver directamente al campamento –dijo el cuarto krish con esa misma voz suave-. Bajen las armas, por favor. Y díganme qué están haciendo aquí.
-Estábamos buscando morodins -dijo Karrde, mientras él y Tapper bajaban sus rifles bláster al suelo-. En el proceso nos topamos con el hecho de que son algo más que simples animales. -Arqueó una ceja-. Son seres completamente racionales, ¿no es así, Gamgalon?
El krish sonrió.
-Muy bien –dijo-. En ambas cuestiones. Usted sabe mi nombre; ¿cuál es el suyo?
En estas circunstancias, no parecía tener mucho sentido continuar la mascarada.
-Talon Karrde -se identificó Karrde-. Este es mi socio, Quelev Tapper.
Falmal siseó.
-¿No se lo había dicho, mi señor? –gruñó-. Contrabandistas. Y espías.
-Así parece -dijo Gamgalon-. ¿Por qué estás aquí, Talon Karrde?
-Curiosidad -dijo Karrde-. Había oído historias sobre estos safaris suyos. Quería averiguar qué estaba pasando.
-¿Y lo ha hecho?
-Está cazando seres racionales -dijo Karrde-. En violación de la ley imperial. Incluso en estos días, me imagino que lo que queda del Imperio se encargaría más bien duramente de usted si lo supiera.
Gamgalon volvió a sonreír.
-Imagina usted equivocadamente. Resulta que el gobernador imperial a cargo de Varonat es plenamente consciente de lo que está sucediendo aquí. Su porción de las ganancias es bastante adecuada para asegurarse de que no habrá preguntas indiscretas sobre la caza.
Karrde frunció el ceño.
-Seguramente no está sobornando a un gobernador imperial con los restos de las tasas de inscripción al safari.
-Desde luego que no -dijo Gamgalon-. Pero ya que los safaris proporcionan la cobertura ideal para nuestras operaciones de siembra y cosecha, lo mejor para sus intereses es permitir que continúen.
-Tampoco le está sobornando con bayas de aleudrupa -indicó Tapper- Se pueden comprar esas cosas en el mercado abierto por treinta o cuarenta el paquete.
-Ah... pero no estas bayas de aleudrupa -dijo Gamgalon con aire de suficiencia-. Este cultivo particular crece en suelos saturados de baba de morodin... y durante su crecimiento, estas bayas experimentan un cambio químico extremadamente interesante.
-¿Cómo por ejemplo?
Falmal siseó de nuevo.
-¿Mi señor...?
-No te preocupes -lo tranquilizó Gamgalon-. Piense usted, Talon Karrde, en un carguero que transporte tres cargamentos a un mundo políticamente tenso: rethano-K, triaxlio promhásico y bayas de aleudrupa. Todo inocuo, todo legal, nada que sea tan valioso como para llamar la atención ni de las aduanas imperiales ni de los oficiales de la Nueva República. La nave se deja pasar hacia la superficie, donde es recibida con entusiasmo por sus clientes.
“Quienes, una hora escasa después, estarán lanzando un ataque contra sus enemigos políticos o militares. Con las armas que utilizan una fórmula de bláster tan poderosa como el gas tibanna comprimido.
Karrde le miró fijamente, con un nudo formándose en su estómago.
-¿Las bayas son un catalizador?
-Excelente -dijo Gamgalon con aprobación-. Falmal tenía razón... usted es realmente lo bastante inteligente como para resultar peligroso. Para ser precisos, son las semillas de las bayas las que generan este gas nuevo a partir del rethano y el promhásico. La fruta en sí es perfectamente normal, y puede hacer frente a cualquier prueba química.
-Y los safaris camuflan tanto la siembra y como la cosecha -asintió Karrde-. Con los marcadores de transpondedor ahí para ayudarles a encontrar los cultivos de nuevo después de haberlos plantado. Todos los beneficios del contrabando de armas, sin ninguno de los riesgos.
-Lo ha entendido. -Gamgalon sonrió radiantemente-. Y por tanto también deberá entender por qué no podemos permitir que cualquier indicio de esto se escape.
Hizo un gesto, y uno de los pilotos krish dio un paso hacia adelante, inclinándose torpemente a recoger los fusiles bláster que Karrde y Tapper habían dejado caer.
-Por supuesto que lo entiendo -dijo Karrde-. ¿Tal vez podríamos negociar un acuerdo? Mi organización...
-No habrá ninguna negociación -dijo Gamgalon-. Y soy yo quien decide mis acuerdos. Por aquí, por favor. -El piloto se incorporó, señaló hacia un lado con el rifle de Karrde... Y de pronto las manos de Tapper salieron disparadas, arrancando el rifle de las manos del piloto y golpeando con fuerza la boca del cañón contra el torso del krish. Buscando cobertura en el árbol más cercano, volvió a apuntar con el rifle a Falmal y Gamgalon... y cayó al suelo girando cuando un par de disparos de bláster le atravesaron desde debajo de la cresta, a su derecha. Un único jadeo tembloroso, y él quedó inmóvil-. Confío, Talon Karrde -dijo Gamgalon en el frágil silencio-, que no será usted tan estúpido como para resistirse de manera similar.
Karrde levantó los ojos de la figura encorvada de Tapper, para ver al tercer piloto krish salir de su escondite en la cresta, con el rifle apuntando fijamente al pecho de Karrde.
-¿Por qué no habría de hacerlo? -preguntó, con voz que sonaba desagradable a sus oídos-. Me van a matar de todos modos, ¿no es así?
-¿Elige morir aquí? –replicó Gamgalon-. Por aquí, por favor.
Karrde respiró hondo. Tapper muerto; el propio Karrde desarmado y solo. Completamente solo; incluso los morodins de abajo habían desaparecido, al parecer dispersados por el sonido del disparo de bláster.
Pero no, él no quería morir ahí. No cuando había alguna posibilidad de que pudiera vivir lo suficiente para vengar la muerte de Tapper.
-Está bien -suspiró. Dos de los pilotos se adelantaron y tomaron sus armas, y todos juntos se pusieron en marcha.
Karrde no había esperado que le llevasen de vuelta al campamento, y no lo hicieron. Por la dirección en la que Falmal los llevaba, parecía que se dirigían hacia uno de los otros claros que habían pasado justo antes de montar el campamento. Donde, sin lugar a dudas, estaba esperando el aerodeslizador de Gamgalon.
-¿Qué tipo de red de distribución tienen? -preguntó.
-No necesito ninguna ayuda -dijo Gamgalon, mirando hacia atrás por encima del hombro-. Como ya he dicho.
-Mi organización podría serle útil -señaló Karrde-. Tenemos personas de contacto por toda la...
-Cállese -le interrumpió Gamgalon.
-Gamgalon, escuche...
Y de detrás de él llegó un gruñido profundo y retumbante.
Un gruñido que se repitió un instante después a ambos lados.
El grupo se detuvo repentinamente.
-¿Falmal? –exclamó Gamgalon-. ¿Qué es esto? ¿Por qué hay morodins aquí?
-No lo sé -dijo Falmal, con inquietud en su voz-. Esto no es para nada habitual en ellos.
Los gruñidos llegaron de nuevo, de lo que parecían ser las mismas posiciones.
-Tal vez finalmente se hayan cansado de ser la presa -dijo Karrde, mirando alrededor-. Tal vez hayan decidido celebrar su propio safari.
-Tonterías –escupió Falmal. Pero miró a su alrededor, también. Y estaba empezando a temblar-. Mi señor, sugiero que sigamos adelante. Rápido.
Los rugidos se repitieron.
-Falmal, llévate al prisionero -ordenó Gamgalon, con voz repentinamente sombría mientras sacaba un bláster de debajo de su túnica-. Vosotros, los demás: a los lados y a la retaguardia. Disparad a cualquier cosa que veáis.
Con cautela, los tres pilotos salieron hacia la selva, rifles bláster en alto. Falmal se puso al lado de Karrde, y cerró una mano tensa alrededor de su brazo.
-Rápido -dijo entre dientes.
Gamgalon se acercó al otro lado de Karrde, y los tres juntos se apresuraron a seguir. Más adelante, a través de los árboles, Karrde pudo ver la luz del sol reflejándose en un aerodeslizador. Otro coro de rugidos de morodin llegó hasta ellos, esta vez todos desde atrás. Llegaron a la última línea de árboles, saliendo al claro... Y con un suspiro jadeante Falmal soltó de pronto el brazo de Karrde y cayó cuan largo era en el suelo, con la empuñadura de una navaja sobresaliendo de su costado. Gamgalon gruñó y se dio la vuelta, buscando un objetivo para su desintegrador.
No llegó a encontrarlo. Justo cuando Karrde se agachó instintivamente hacia un lado, la túnica del krish estalló en una breve ráfaga de fuego cuando un silencioso disparo de bláster le golpeó limpiamente en el centro del torso. Cayó de espaldas al suelo y quedó inmóvil.
Karrde se volvió; pero no fue a ninguno de sus compañeros de caza a quien vio saliendo de detrás del árbol que acababan de pasar.
-No se quede ahí parado -gruñó Celina Marniss, bajando el pequeño bláster que llevaba en la mano mientras pasaba junto a él y se dirigía hacia el aerodeslizador-. Mi aerodeslizador está demasiado lejos; tomaremos el suyo. A menos que quiera estar aquí cuando aparezcan los otros krish.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Primer contacto (IV)


No detectaron ningún resto más de baba antes de llegar al lugar elegido por Falmal para acampar, al menos ninguno que Karrde pudiera identificar como tal.
Tampoco hubo más plantas de aleudrupa. Tal vez después de esa primera vez los visitantes descuidados habían sido advertidos.
-Bueno -dijo Tapper, trayendo dos tazas de líquido humeante hacia donde Karrde se había apoyado con aire cansado contra un árbol, al lado de sus tiendas de campaña-. ¿Qué piensas de nuestros compañeros de viaje?
Karrde miró a los demás, esforzándose todavía con la ayuda de los escoltas en montar sus propios refugios.
-Por la cantidad de quejas durante esta última hora, diría que son exactamente lo que parecen: seres aburridos y ricos en busca de emociones y un poco molestos por tener que trabajar para ello.
-En otras palabras, no son el típico contrabandista.
Karrde se encogió de hombros.
-Tal sean hombres de negocios semi-legítimos con los que Gamgalon quiere hacer tratos.
-Hay un millón de lugares en la galaxia donde podría establecer reuniones privadas sin tantos problemas -señaló Tapper, tomando un sorbo de su taza.
-Cierto. Por cierto, ¿te fijaste en ese pedazo de metal clavado en el suelo detrás de esas plantas de aleudrupa, en nuestra primera parada de descanso?
-Sí -asintió Tapper-. A mí me pareció un marcador de transpondedor. Probablemente esté allí para marcar el camino, o bien para realizar un seguimiento de las migraciones de los morodin.
-Quizás -dijo Karrde-. No puedo dejar de pensar, sin embargo, que Falmal reaccionó con bastante brusquedad cuando me dirigí hacia ello.
-¿Crees que es algo menos inofensivo?
-Podría ser -dijo Karrde-. Es posible que sea parte de una serie de sensores para... -Se interrumpió. A través de los árboles, desde algún lugar cercano, llegó un gruñido profundo y retumbante. Al otro lado del campamento, Falmal se enderezó mientras Buzzy y el rodiano descolgaban sus fusiles bláster-. Puede que esto sea lo que buscamos -murmuró Karrde, agarrando su propia arma y poniéndose en pie-. ¿Falmal?
-¡Shh! –siseó el krish-. Va a asustarlo. Nos dividiremos en los mismos grupos de tres que en los aerodeslizadores. Llegó apresuradamente junto a Karrde y Tapper mientras los demás se reunían en sus propios grupos y se dirigían a la selva-. Vamos. Rápidamente y en silencio.
Salieron del campamento, rifles bláster en mano.
-¿Cómo pueden pasar los morodins a través de estos árboles? –preguntó Tapper-. Creía que eran grandes.
-Los morodins son largos pero delgados -dijo Falmal, mirando cuidadosamente a través de los árboles-. Pueden moverse con facilidad por la selva. ¡Ah, miren! -Karrde hizo girar su rifle bláster a su alrededor; pero Falmal sólo estaba apuntando hacia el suelo-. Rastro de baba fresca -dijo el krish-. ¿Lo ven?
-Sí -dijo Karrde, mirando la amplia línea plateada que cortaba a través de la tierra del suelo y desaparecía entre los árboles. Una línea muy recta, además, que sólo se desviaba para rodear un árbol de vez en cuando.
-Uno grande, además -dijo Falmal-. Vengan. Vamos a seguirlo.
-No parece muy deportivo -gruñó Tapper mientras Falmal abría el camino a través de los árboles.
-El rastro no durará mucho -dijo Falmal por encima de su hombro-. Aparece y desaparece.
Karrde miró a su derecha y frunció el ceño. Era difícil distinguirlo a través de los arbustos, pero...
-¿Eso de allí es otro rastro de baba? -preguntó a Falmal-. ¿En paralelo al nuestro, a unos tres metros de distancia?
-Sí, por lo general se mueven en parejas -dijo el krish-. Ahora silencio. Miren, el rastro gira.
Más adelante, el rastro de baba giraba bruscamente a la izquierda.
Karrde estiró el cuello; efectivamente, el otro rastro giraba para permanecer paralelo.
-Es un ángulo bastante pronunciado -murmuró Tapper-. ¿Cree que algo haya podido asustarles?
-Silencio –volvió a decir Falmal.
Continuaron siguiendo el rastro en silencio. Cambió de dirección dos veces más en los siguientes minutos, giros tan pronunciados y precisos como lo había sido el primero. Y luego, para sorpresa de Karrde, se dividió en dos direcciones diferentes.
-¿Cómo ha hecho eso? -preguntó.
-Se ha unido un tercer Morodin -dijo Falmal-. Silencio. Podría estar justo delante.
-Tal vez un tercero, un cuarto, y un quinto -dijo Tapper, señalando con la cabeza hacia la derecha.
El rastro de baba en paralelo se había dividido en tres líneas, dos de ellas separándose a una distancia de tres metros por delante.
Tragando saliva, Karrde levantó su rifle desintegrador y dio otro paso... Y de repente, ahí estaba: quince metros de largo, alzando la parte delantera de su redondeado cuerpo a tres metros sobre el suelo, una criatura de color amarillo moteado, con hocico en forma de espátula, patas cortas y dientes anchos.
Un morodin.
-¡Dispare! –gritó Falmal-. ¡Rápido!
El rifle de Karrde ya estaba en su hombro, apuntando con su cañón a la criatura enorme frente a ellos. El morodin se levantó otro metro del suelo, emitiendo el mismo gruñido profundo que habían escuchado en el campamento.
Karrde miró por el cañón...
-Espere un momento -dijo Tapper-. Alto el fuego. Sólo está ahí parado.
-Es un morodin -gruñó Falmal-. Dispare antes de que sea demasiado tarde.
Pero ya era demasiado tarde. Desde su derecha vino una repentina ráfaga chisporroteante de fuego bláster, que golpeó al morodin de lleno en su flanco.
Tamish y Cob-caree, con el rodiano detrás de ellos, habían llegado siguiendo una de las líneas del otro rastro de baba. El morodin gruñó una vez más, y luego cayó al suelo con un estruendo ensordecedor.
-Buenos disparos. -Falmal casi les vitoreó-. Llamaremos a los aerodeslizadores, y los pilotos prepararán su trofeo. Volvamos al campamento ahora; el ruido habrá espantado al resto. -Miró especulativamente a Karrde-. Tal vez mañana, Síndico Hart, consiga usted su presa.
-Tal vez -dijo Karrde, mirando al morodin derribado. Así que eso era todo. El gran y peligroso safari de morodins... y que había resultado no ser más difícil que disparar a un bruallki en una red-. Apenas puedo esperar.

Primer contacto (III)


El resto del safari ya estaba preparado para cuando Karrde y Tapper salieron del Comprador Uwana justo antes de las cinco y media a la mañana siguiente.
-Un grupo ecléctico -comentó Tapper, mientras caminaban hacia el grupo y los tres aerodeslizadores Aratech Flecha-17 que esperaban en el campo a su lado.
-Estoy de acuerdo -dijo Karrde, observándolos. Un thennqora, un saffa, y dos duros, todos resplandecientes con trajes y equipo tan obviamente recién salido de la caja como el equipo que llevaban él y Tapper. Un poco hacia un lado, vestidos con trajes que, igual de obviamente, habían visto mucho más uso, estaban un krish, un rodiano y Buzzy, el lacónico humano-. El grupo hace juego con la escolta -añadió.
Tapper señaló con la cabeza al krish.
-Ese no es Gamgalon, ¿verdad?
Karrde meneó la cabeza.
-Uno de sus lugartenientes, creo. Dudo que Gamgalon vaya a venir con nosotros.
-Ah –exclamó el krish, casi tan alegremente radiante como era físicamente posible que un krish lo estuviera, mientras hacía señas hacia Karrde y Tapper-. Bienvenido. Usted debe ser el Síndico Hart. Soy Falmal; yo dirigiré su expedición.
-Encantado de conocerle -asintió Karrde-. Confío en que no hayamos llegado tarde.
-No, en absoluto -dijo Falmal-. Simplemente el resto llegó más temprano. Permítame presentarle a sus compañeros de caza: Tamish –señaló al thennqora-, Hav y Jivis -los duros-, y Cob-caree -el saffa-.Caballeros: el Síndico Hart y el capitán Seoul de Sif-Uwana.
-Mucho gusto -dijo Karrde, mirando a cada uno de los otros.
Ninguno de los nombres le eran familiares, pero por supuesto eso no significaba nada. Tampoco él y Tapper estaban usando sus nombres reales.
-Perdemos el tiempo -gruñó Tamish-. Empecemos con la caza, Falmal.
-Por supuesto -dijo Falmal-. Si son tan amables de tomar asiento a bordo...
Karrde y Tapper eligieron uno de los aerodeslizadores y se ataron los cinturones de seguridad. Unos minutos más tarde Falmal subió junto a su piloto krish, y se pusieron en marcha.
-¿Organizan estos safaris a menudo? –preguntó Karrde mientras volaban a baja altura sobre la ondulante selva amarilla.
-Sólo un par de veces por temporada. -Falmal le lanzó una mirada especulativa-. Ha tenido mucha suerte de haber llegado cuando lo hizo.
Karrde hizo un gesto hacia el estante de rifles BlasTech en la parte posterior del aerodeslizador.
-Me consideraré afortunado si capturamos algo –dijo-. Estoy gastando en esto demasiado dinero sólo para dar una vuelta a través de una jungla.
-Tendrá éxito -prometió Falmal-. Todos lo tienen. Puede estar seguro de eso.
Volaron durante una hora antes de aterrizar en un claro en la cima de una colina.
Allí se había construido un pequeño campamento de aspecto semi-permanente, cuatro edificios agrupados en torno a una zona de aterrizaje con marcas de quemaduras.
-Deben de usar mucho este lugar -comentó Karrde mientras se posaban en el suelo.
-Es el campamento base para todos los safaris -dijo Falmal-. Aquí esperarán los pilotos y los aerodeslizadores mientras nosotros seguimos a pie. Tomen sus mochilas y armas, por favor. Vamos a salir de inmediato.
Diez minutos más tarde todos estaban pisoteando a lo largo de un camino apenas visible entre árboles amarillos, arbustos verde amarillentos, y una tierra de color violeta pálido que tenía el inquietante aspecto de una masa de gordos gusanos.
Falmal iba en cabeza, con Tamish, Karrde, y Tapper detrás de él.
Buzzy era el siguiente, seguido por Hav y Jivis, y Cob caree, con el rodiano en la retaguardia.
Viajaron durante casi una hora antes de que Falmal indicase un descanso en un pequeño claro que se abría al lado del camino.
-Estoy un poco fuera de forma para este tipo de ejercicio -resopló Karrde, quitándose su mochila y dejándola caer al suelo-. ¿Cuánto más caminaremos hoy, Falmal?
-¿Cansado tan pronto? –preguntó Falmal, lanzándole una sonrisa de dientes afilados-. No hay que preocuparse, Síndico Hart. Tres horas más, tal vez cuatro, y estaremos en la zona de caza principal.
-Los morodins han estado aquí -gruñó Tamish detrás de él. Karrde se volvió para mirar. El thennqora estaba en cuclillas al borde del claro, pinchando con una navaja una zona de decoloración oscura que cruzaba la capa de tierra del suelo-. Aquí hubo baba de morodin –dijo-. Hace varias semanas.
-Buena observación -dijo Falmal con aprobación-. Hace dos meses uno de nuestros safaris cazó morodins por esta región. Desafortunadamente, su patrón de migración los ha llevado más lejos desde entonces.
-Entonces me pregunto por qué no hemos aterrizado más cerca, para empezar -murmuró Tapper.
-Quizás los aerodeslizadores asusten a nuestra supuesta presa -sugirió Karrde, frunciendo el ceño. Un metro detrás de Tamish, a lo largo de un borde de la marca de baba, una fila ordenada de cortos brotes rosados surgía de debajo de un grupo de arbustos verde amarillentos.
Y en las sombras detrás de ellos había un destello de metal.
Caminando por detrás de Tapper, comenzó a acercarse para echar un vistazo más de cerca...
-Hora de irse –exclamó Falmal, golpeándose las manos con fuerza-. Mochilas al hombro, todos. Hay que seguir si queremos llegar a nuestro destino con el tiempo suficiente para comenzar una cacería.
Karrde consideró examinar la cosa de metal de todos modos, decidió no hacerlo, y volvió a donde había dejado su mochila.
-¿Es usted botánico, Síndico Hart? –preguntó Falmal.
-No -dijo Karrde mientras Tapper le ayudaba a ponerse su mochila-. ¿Por qué?
-Le vi mirando las plantas de aleudrupa yagarana de allí –dijo- apuntando con un largo dedo a los brotes rosados-. Usted verá muchas plantas no nativas como esa en la selva, me temo... restos de anteriores visitantes a la selva de Varonat que fueron poco cuidadosos con sus provisiones.
-¿Provisiones? -le preguntó Tapper mientras se ponía su propia mochila.
-Las bayas de aleudrupa son consideradas un manjar en muchos mundos -dijo Falmal-. Algunos de los que se unen a nuestros safaris insisten en llevar sus propias provisiones. Algunas semillas que caen en un descuido... -Hizo un elaborado gesto-. Sólo podemos confiar en que la propia selva se ocupará de tales intrusiones. Vamos, tenemos que salir.

Primer contacto (II)


El sol de Varonat comenzaba a ocultarse por detrás de la selva para cuando Karrde y Tapper volvieron finalmente al Comprador Uwana con sus compras.
-Espero que les hayamos dado tiempo suficiente -comentó Tapper mientras subían por la rampa.
-Estoy seguro de que lo hemos hecho -dijo Karrde-. Un profesional no necesita mucho tiempo para buscar una nave de este tamaño. Y no espero que Gamgalon esté empleando aficionados.
De repente, Tapper tocó el brazo de Karrde.
-Tal vez sí -dijo, bajando la voz. Karrde frunció el ceño. Entonces lo oyó: un sordo ruido metálico que provenía de la sección de popa de la nave-. ¿Deberíamos echar un vistazo? –murmuró Tapper.
-Parecería sospechoso si no lo hiciéramos -dijo Karrde, haciendo una mueca. Si todo esto se venía abajo por la incompetencia de la propia gente de Gamgalon...- Tranquilo y despacio.
Avanzando en silencio, se dirigieron por el pasillo central hacia la sala de máquinas, escuchando otro ruido metálico al llegar a la puerta. Karrde atrajo la atención de Tapper e hizo un ligero movimiento de cabeza.
El otro devolvió el movimiento de cabeza, dejando sus paquetes en el suelo y agarrando su bláster. Karrde tocó el cierre, y la puerta se abrió... La mujer sentada en el suelo junto al panel de acceso abierto era joven y atractiva, con una cascada de cabello rojo-dorado recogida en una coleta detrás de la cabeza. Su rostro estaba tranquilo y controlado mientras observaba su abrupta entrada; debajo de su traje, su figura era delgada y atlética y bien formada.
Y en sus manos sostenía una hidrollave y uno de los conectores de flujo de potencia del hipermotor del Comprador Uwana.
-¿Puedo ayudarles? -preguntó ella con frialdad.
-Creo que ya lo estás haciendo -dijo Karrde, mientras el breve momento de sorpresa se convertía en alivio. Después de todo, los buscadores de Gamgalon no habían metido la pata-. Supongo que eres el mecánico de hipermotor.
-Brillante deducción –dijo-. Celina Marniss. ¿Algún problema?
-Sólo con el hiperimpulsor -dijo Karrde-. ¿Por qué, esperabas que lo tuviera?
Celina se encogió de hombros, devolviendo su atención al conector de flujo de potencia.
-A lo largo de mi vida he conocido a algunos hombres que no creían que una mujer pudiera ser decorativa y competente al mismo tiempo.
-Personalmente, es mi combinación favorita -le dijo Karrde.
Ella le dirigió una mirada que era en parte divertida, en parte de tensa paciencia.
-Así que usted es el Síndico Hart. Buzzy estaba muy impresionado con usted.
-Eso siempre me complace -dijo Karrde-. No preguntaré en qué sentido estaba impresionado. –Inclinó la cabeza hacia la abertura de acceso-. ¿Alguna idea de cuál es el problema?
-Bueno, para empezar, todos sus conectores de flujo están unos cuatro grados fuera de sincronía -dijo Celina, sopesando el que tenía en su mano-. Tienen que haber sido ignorados durante mucho tiempo para derivar tanto.
-Ya veo -dijo Karrde, elevando un escalón más su primera impresión favorable de esa mujer. Chin le había asegurado que el conector flujo sería un mecánico de hiperimpulsor medio tardaría al menos un día en encontrar la avería que habían fingido en los conectores de flujo-. Voy a tener que hablar con mi encargado de mantenimiento.
-Personalmente, yo lo despediría -dijo Celina-. Voy a reajustarlos, luego podremos ver qué más falla.
-Bien -dijo Karrde-. Como puede que Buzzy haya mencionado, tenemos algo de prisa.
-Curiosa forma de tener prisa -dijo, señalando los paquetes en el pasillo detrás de ellos-. Generalmente, los safaris de Gamgalon suelen durar más de cuatro días.
-Según mi experiencia, normalmente se tarda al menos seis o diez días en arreglar un hiperimpulsor estropeado -dijo Karrde.
-Posiblemente una razón más para despedir a su mecánico -gruñó Celina-. Creo que puedo hacerlo en dos o tres.
-¿Qué te hace pensar que vamos de safari? -preguntó Tapper con suspicacia.
-Los paquetes, para empezar –le dijo Celina-. Además, obviamente ustedes son gente de posibles, y hablaron con Fleck. Es el jefe de los seleccionadores de recién llegados de Gamgalon; hace su trabajo bastante bien. -Se encogió de hombros, volviendo su atención hacia el conector de flujo-. Además, ¿qué otra cosa se puede hacer por aquí?
-Brillante deducción -dijo Karrde-. Aunque te equivocas sobre mi patrimonio personal. Simplemente soy agente de compras en jefe del Consejo Sif-Uwana.
-Yo lo llamaría una distinción marginal -comentó Celina-. Ciertamente, dada la manera casual con la que los sif-uwanis enfocan la gestión y el dinero.
-Desde luego -dijo Karrde, subiendo su estimación todavía un poco más. Habría apostado fuertemente que no habría una sola persona en Varonat que hubiera oído hablar jamás de Sif-Uwana, y mucho menos que supiera nada sobre él-. ¿Has estado alguna vez ahí?
-Una vez -dijo Celina-. Fue hace algunos años.
-¿Negocios o placer?
-Negocios.
-¿De qué clase?
Ella levantó una ceja.
-No recuerdo haberle invitado a jugar a las tres preguntas conmigo, Síndico.
-No pretendía ofender -dijo Karrde-. Simplemente encontraba tu presencia aquí intrigante. Pareces demasiado hábil y experimentada estar atrapada aquí, en un mundo perdido del Corredor de Ison. Por no hablar de tus otras cualidades obvias.
Había esperado despertar alguna reacción, sacudir un poco esa tranquila fachada suya. Pero ella se negó a picar el anzuelo.
-Tal vez simplemente me guste la paz y la tranquilidad -respondió ella-. Tal vez esté tratando de ahorrar lo necesario para salir de aquí. –Le miró fijamente, clavando sus ojos en él. Ojos verdes, observó Karrde distraídamente. Un verde muy llamativo, por cierto-. O tal vez me esté escondiendo de algo.
Karrde se obligó a mantener esa mirada. Había un fuego ardiente, casi amargo, detrás de esos ojos, impulsado por un turbulento remolino de emociones. Estaba en lo cierto: ella no era una simple mecánico de hipervelocidad de un mundo perdido.
-Desde luego, me inspiras confianza -logró decir.
Ella curvó ligeramente su labio en una sonrisa sardónica, y de repente el fuego se desvaneció como si nunca hubiera estado allí. O como si sólo hubiera sido una actuación.
-Bueno -dijo bruscamente-. Tal vez la próxima vez se quede fuera del camino de su mecánico de hiperimpulsor y le deje trabajar tranquilo.
-Anoto tu sugerencia -dijo Karrde, inclinándose ligeramente-. Estaremos en las salas de estar delanteras si necesitas saber dónde está cualquier cosa. Buenas noches.
Hizo un gesto a Tapper, y juntos se retiraron de la sala de máquinas, recogiendo sus paquetes de nuevo cuando la puerta se cerró.
-¿Qué te parece? -preguntó Karrde mientras se dirigían hacia proa.
-Tienes razón, ella no encaja aquí -asintió el otro-. ¿Una de las personas de Gamgalon?
-Probablemente -dijo Karrde-. El respaldo para Fleck, tal vez, o bien sólo una fisgona general. Los mecánicos y otros trabajadores de servicios tienden a ser invisibles.
-Tal vez. -Tapper volvió la mirada al pasillo detrás de ellos-. Sin embargo, si me preguntas a mí, creo que alguien de su talento estaría desperdiciado en una simple vigilancia.
-Estoy de acuerdo -dijo Karrde, frunciendo los labios-. Podría ser una agente doble, como saboteadora.
-O como ladrona de naves -dijo Tapper con gravedad-. Gamgalon está encubriendo algo con estos safaris. –Ya habían llegado al salón del yate-. Bueno, no podrá robar ésta sin un esfuerzo considerable -le recordó Karrde mientras dejaba caer sus paquetes en el sofá del salón-. En cuanto al sabotaje; bueno, deberíamos ser capaces de arreglar los ajustes de la hipervelocidad en veinte minutos si tuviéramos que hacerlo, y el Karrde Salvaje puede estar aquí en cuatro horas si lo necesitamos.
-Supongo que eso significa que todavía estás pensando en llevar un enlace de comunicaciones.
-Definitivamente, sí -le aseguró Karrde-. Pero no espero que tengamos que usarlo. Mi conjetura es que descubriremos que los safaris de Gamgalon son sólo una manera de organizar reuniones clandestinas de contrabandistas, y que Fleck y compañía están aquí para deshacerse de cualquier funcionario imperial que pudiera interferir en el procedimiento. Vamos, organicemos este equipo. Las cinco y media llegarán muy temprano.

Primer contacto (I)

Primer Contacto
Timothy Zahn

Con un último chisporroteo de repulsoelevadores trepidantes, el yate espacial Comprador Uwana se posó en el campo de aterrizaje que había sido despejado en la selva de Varonat.
-¡Qué lugar tan agradable y de aspecto tan civilizado! -comentó Quelev Tapper, mirando por la carlinga-. ¿Estás seguro de que no nos hemos pasado y hemos aterrizado en el vertedero de malezas de alguien?
Talon Karrde miró hacia los árboles de color amarillo pálido que rodeaban el terreno y los cerca de treinta edificios en ruinas enclavados a sus pies.
-No, es aquí -aseguró a su teniente-. La Gran Jungla de Varonat. Hogar de un puñado de depósitos comerciales de tercera categoría y de unos pocos miles de colonos que no tienen el cerebro suficiente para hacer las maletas e irse a otra parte.
-Y de un feo krish llamado Gamgalon -dijo Tapper-. No sé, Karrde. Sigo pensando que deberíamos haber traído el Karrde Salvaje y el Hielo Estrellado y tener algo de potencia de fuego decente detrás de nosotros. Aquí parecemos mynocks de feria.
-Estamos aquí para observar, no para crear problemas -le recordó Karrde, soltándose los arneses de seguridad y poniéndose en pie-. Gamgalon no se molestaría con estos safaris privados de caza de morodins si no hubiera algún gran beneficio en juego. Sólo quiero saber qué se trae entre manos, y si podemos sacar alguna tajada para nosotros.
-Razón de más para tener apoyo con nosotros -se quejó Tapper, comprobando que su bláster salía sin problemas de su funda mientras seguía a Karrde a la escotilla de popa-. Pero tú eres el jefe.
-Eso es muy cierto. ¿Estás listo?
Tapper respiró hondo, exhaló ruidosamente.
-Hagámoslo.
Karrde pulsó el control y la escotilla se deslizó dentro del casco.
Olfateando los aromas exóticos, él y Tapper descendieron por la rampa y se dirigieron a través del campo hacia un edificio en el que colgaba un descolorido letrero de Instalaciones Portuarias.
Apenas estaban a mitad del camino cuando dos hombres que estaban apoyados junto a otro de los edificios se despegaron de su pared y avanzaron con naturalidad para interceptar a los recién llegados.
-Hola -dijo uno de ellos tan pronto estuvo al alcance de su oído-. Bienvenidos a Tropis-on-Varonat. ¿Han venido por las vistas?
-Eso ha tenido gracia –le felicitó Karrde-. No, estamos aquí por el mecánico de hiperimpulsor que esperamos sinceramente que tendrán.
-Ah -dijo el otro, volviendo la mirada hacia el Comprador Uwana-. Sí, no me sorprende. Cuanto más llamativo es el casco, más desastrosas son las entrañas.
-Guárdate el lenguaje colorido para los turistas -gruñó Tapper-. ¿Hay un mecánico de hiperimpulsor aquí o no?
El otro lo miró un momento y luego se volvió de nuevo a Karrde.
-Su amigo es un poco escaso de modales -dijo.
-Lo compensa con sus habilidades -dijo Karrde, sacando un puñado de monedas de alta denominación de su bolsillo y eligiendo ostentosamente entre ellas-. Y con su comprensión de los horarios. Tenemos algunos asuntos de gran importancia esperándonos en Svivren.
-Claro, lo entiendo -dijo el otro-. Sin ánimo de ofender, señor...
-Síndico Pandis Hart del Consejo Sif-Uwana –se identificó Karrde-. Este es mi piloto, el capitán Seoul. -Escogió una de las monedas, la sostuvo en alto-. Y tenemos bastante prisa.
-Hey, no hay problema. -El hombre sonrió, señalando con el pulgar hacia el edificio de las instalaciones portuarias mientras tomaba hábilmente la moneda de la mano de Karrde-. Buzzy, ve a decirles que tienen un cliente. Trabajo urgente.
Su compañero asintió en silencio y salió trotando hacia el edificio.
-Mi nombre es Fleck, Síndico -continuó el hombre-. A primera vista, yo diría que van a estar atrapados aquí por unos cuantos días. ¿Tienen algún plan?
Karrde miró intencionadamente a su alrededor.
-¿Es que hay algún plan que valga la pena tener?
-De hecho, lo hay -dijo Fleck-. Un tipo de aquí organiza un safari bastante interesante por la selva... de hecho, la próxima expedición tiene su salida programada para mañana a primera hora. ¿Han oído hablar de los morodins?
-No lo creo -dijo Karrde-. ¿Caza mayor?
-La mayor de todas -le aseguró Fleck-. Bichos con aspecto de babosa-lagarto gigante, de diez a veinte metros de largo. Son un buen trofeo para colgar de la pared o en un pasillo. -Su labio tembló sardónicamente-. Tampoco son demasiado rápidos o malvados. Es una buena manera de comenzar para un principiante.
-Es reconfortante escuchar eso. -Karrde miró a Tapper-. ¿Qué te parece, Seoul?
-No suena muy peligroso, señor -dijo Tapper con la nota justa de preocupación-. Confío en que no vaya a ir solo.
-No, hay otros cuatro cazadores inscritos -dijo Fleck-. Y el jefe siempre tiene un par de escoltas de guardia junto a él. Seguro y confortable como en una batamanta.
-Aún así, me gustaría recomendarle que me permita acompañarle, señor -insistió Tapper-. Solía ser muy bueno con una BlasTech a280.
-Primero averigüemos cuánto cuesta estar tan seguro como en una batamanta -dijo Karrde secamente.
-Casi nada. –Fleck sopló por la nariz-. No para un caballero de su posición. Sólo doce mil cada uno.
Karrde sonrió.
-Un hombre de posición no se mantiene allí malgastando el dinero. Quince mil por ambos.
Fleck sonrió.
-Negociador duro, ¿eh? Que sean veinte.
-Hombre de negocios con experiencia -corrigió Karrde-. Que sean diecisiete.
El otro arrugó la frente, y luego se relajó.
-Está bien. Diecisiete.
-Muy bien -dijo Karrde-. ¿Cuándo partimos?
-Cinco y media mañana por la mañana -dijo Fleck-. Simplemente aparezcan aquí. Yo le diré al jefe que van a venir. No se olvide de traer los diecisiete. -Señaló al otro lado del campo-. Puede preparar su equipo en ese edificio de allí, y conseguir una habitación para pasar la noche en el hotel de al lado. Es, eh, más agradable en el interior de lo que parece.
-Eso espero -convino Karrde-. Confío en que nadie se sienta ofendido si pasamos del alojamiento. ¿Los proveedores de equipo sabrán qué equipo vamos a necesitar?
-Por supuesto -asintió Fleck-. Como he dicho, el jefe organiza estos safaris a menudo.
-Muy bien -dijo Karrde-. Ven, Seoul, veamos qué tienen para ofrecernos.