Mostrando entradas con la etiqueta Kella Rand informando. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Kella Rand informando. Mostrar todas las entradas

martes, 23 de abril de 2013

Kella Rand, informando... (y III)


La satisfacción todavía corría por sus venas un poco más tarde, cuando Kella dejó la oficina, con la aerocámara siguiéndole detrás zumbando como un vartlett domesticado. Tras un breve debate, ella y Nostler habían acordado que no podían entregar sin más el clip de vídeo a las Autoridades del Consejo. Si uno de los guardias estaba implicado en el asesinato, podrían estarlo también otros, y no querían arriesgarse a que terminase en las manos equivocadas.
Eso dejaba sólo una persona que Kella creyera que podría ser capaz de ayudar: L'varren. Con la Nueva República siendo culpada de la muerte de Barayel, el embajador podría tener cierto interés en ayudarla a asegurarse de que su tarjeta de datos -y la prueba de la inocencia de la Nueva República- llegase a las personas adecuadas.
Su informe, que esperaba en el banco de noticias de la oficina a que llegase el droide mensajero dentro de una hora más o menos, incluía el video incriminatorio, y una segunda copia se encontraba  mezclada entre las tarjetas que cubrían el fondo de su bolso de datos. Si se daba prisa, podría tener tiempo para agregar una actualización.
L’varren y su comitiva diplomática se alojaba en el mismo hotel que ella, a sólo unas manzanas de la oficina de RGN, y prestando sólo una atención superficial al ligero tráfico nocturno que pasaba junto a ella, Kella recorrió mentalmente su lista de reportera mientras caminaba. El quién, el qué, el cuándo, el dónde y el cómo de la explosión parecían claros, pero no el por qué.
Todavía estaba dándole vueltas a los posibles motivos cuando un disparo bláster chisporroteó a escasos metros sobre su cabeza, chocando contra una fachada de mármol y haciendo saltar esquirlas de piedra calientes sobre sus hombros.
Kella estaba en el suelo antes siquiera de darse cuenta... por suerte, ya que un segundo disparo, más bajo, siguió al primero, haciendo brotar un surtidor de chispas brillantes de la pared en el lugar donde había estado su cabeza. Un fuerte crujido a su izquierda llamó su atención y, con un escalofrío, se dio cuenta de que un macetero de piedra lleno de alegres flores acababa de salvarle la vida.
Susurrando a la aerocámara para que descendiera, se acomodó mejor detrás de la limitada cobertura y trató de evaluar la situación. Pensaba que los disparos provenían de algún lugar al otro lado de la ancha calle, pero no estaba segura de la dirección exacta, y no se atrevía a asomar la cabeza para echar un vistazo. Inmovilizada así, era terriblemente vulnerable. Los pocos transeúntes que podía ver cerca no iban a ser de mucha ayuda: como ella, se habían arrojado a la acera, o cobijado en los portales cercanos. Nadie parecía estar dando la alarma.
El vello de sus brazos se erizó. Mientras ella estaba ahí dudando, su atacante podría estar moviéndose hacia una posición mejor para acabar el trabajo. A regañadientes, había decidido sacar su propio bláster y tratar de abrir fuego de cobertura mientras hacía una carrera desesperada hacia un lugar seguro cuando, apenas a un par de metros de distancia, una puerta se abrió y un hombre con un increíble traje púrpura salió, exigiendo saber qué demonios estaba ocurriendo allí.
Kella vio su oportunidad. Como un cangrejo, se escabulló junto a él, cruzando la puerta ornamentada e irrumpiendo, no en una tienda como había esperado, sino en un restaurante de lujo. Un droide dorado con una pajarita negra se quedó atónito al verla agachada en el vestíbulo decorado con buen gusto y los comensales bien vestidos se quedaron boquiabiertos de asombro cuando ella se puso de pie y corrió zigzagueando por entre las mesas hacia la parte posterior del edificio. Captó rápidos vistazos de lujosos manteles rojos y brillantes cubiertos mientras buscaba otra puerta. Tenía que haber una entrada trasera a través del área de la cocina, y desde allí, podría escapar... ¿a dónde?
Irrumpiendo por una puerta en la parte trasera, esquivó por poco a un androide camarero cargado con una bandeja de platos humeantes. Pegándose contra un mostrador para poder pasar junto a él, vio otra puerta, ésta con el letrero "salida" escrito en básico con grandes letras, y salió a un callejón mal iluminado, sorprendiendo a algunos roedores de piel curtida husmeando en un rebosante cubo de basura. Arrugando la nariz ante el poco apetitoso olor que emanaba del pavimento pegajoso, corrió por el estrecho callejón con la aerocámara zumbando a su espalda.
Todavía no había señales de persecución cuando el callejón desembocó en una calle unos cientos de metros más adelante, así que Kella se quedó oculta en las sombras mientras recuperaba aliento y meditaba su próximo movimiento.
Con la tarjeta de datos y su vídeo incriminatorio en el fondo de su bolso de datos, no era difícil entender por qué alguien estaba detrás de ella. Lo que seguía siendo un misterio era quién, y cómo se había enterado de lo que tenía.
Sus pensamientos se posaron en Nostler y los otros dos reporteros de la oficina. Odiaba pensar que uno de los suyos pudiera estar involucrado en esto, pero no había muchas alternativas. Analizando sombríamente sus opciones, decidió seguir con el plan original de ponerse en contacto con L’varren. Al menos él tenía un grupo de agentes de seguridad que podría ofrecer cierta protección mientras ella y el embajador decidían qué hacer con el clip de vídeo.
Asomándose con cautela fuera del callejón, identificó con inquietud al menos una docena de potenciales escondites para un francotirador. Pero no había otra manera. Extremadamente alerta ante cada pequeño destello de movimiento, comenzó a avanzar por la calle. Diez tensos minutos después, llegó al hotel.
Alzándose majestuosamente hacia el cielo nocturno, el edificio era un injerto completamente moderno que destacaba entre sus compañeros de piedra circundantes. Aunque era una vista impresionante, lo que llamó la atención de Kella fue la alterada multitud que se agolpaba en su base. Deteniéndose al pie del largo tramo de escaleras que conducía a la entrada, contempló la escena que tenía delante.
Manifestantes con pancartas proporcionaban carnaza para las aerocámaras que flotaban escaleras arriba y abajo, mientras que sus reporteros entrevistaban a algunos de los manifestantes... o descansaban sobre las jardineras de piedra de los alrededores, al parecer dispuestos a esperar toda la noche, si fuera necesario, para atrapar a L'varren y conseguir una declaración suya con respecto a estos nuevos acontecimientos. Unos cuantos carteles escogidos destacaban del resto, y Kella pensó irónicamente que los "imperialistas Indu", como llamaba en privado al consorcio empresarial con el que había hablado anteriormente, estaban aprovechando los eventos del día al máximo para registrar sus sentimientos anti Nueva República. Las redes de noticias parecían muy dispuestas a ayudar a avivar las llamas.
Eso ya lo veremos, se dijo con aire de suficiencia, empezando a subir las escaleras. Con la atención centrada en su destino, apresurándose a cruzar el vestíbulo y dirigiéndose a los turboascensores que se encontraban al fondo, al principio no se dio cuenta.
Pero entonces se sobresaltó, boquiabierta, al reconocer al hombre que estaba junto a una holoescultura decorativa frente al vestíbulo. Juloff, uno de los periodistas de la agencia. Y junto a él... Darme.
La habían visto. Su corazón se hundió con la revelación tardía. Por supuesto, probablemente la habían estado esperando. Juloff asintió con la cabeza en respuesta a algo que dijo Darme, y mientras empezaron a cruzar decididamente el vestíbulo hacia ella, Kella estudió sus expresiones implacables y supo que estaba en problemas.
Bueno, se acabó, pensó, y corrió hacia los turboascensores. Cuando llegó, uno de ellos estaba descargando pasajeros, y se introdujo entre las personas que salían, golpeando el botón de cierre tan pronto como estuvo dentro. Una pareja que no había tenido tiempo de bajar del elevador la miró alarmada cuando sacó su bláster y presionó el número del piso de L’varren en el panel de llamada.
Mientras las puertas se cerraban, alcanzó a ver las caras enojadas de sus perseguidores, y cuando el ascensor comenzó a acelerar hacia arriba, Kella sacó su comunicador e hizo lo que se había jurado que nunca volvería a hacer después de ese incidente del año anterior... tecleó la frecuencia personal de L'varren.
Contestó al segundo tono. Su voz sonaba precavida.
-L'varren.
-Embajador, soy Kella Rand -se identificó-. Perdone que le moleste, señor, pero tengo que verle de inmediato.
-¿Kella? -preguntó vacilante-. Ahora mismo estoy un poco liado. Tal vez mañan...
Reconociendo las evasivas, se apresuró a interrumpirle.
-Señor, le pido disculpas, pero necesito verle ahora. –Por un momento, se preguntó cómo explicarle la situación, pero luego simplemente siguió adelante sin rodeos-. Tengo una prueba bastante buena de que su ayudante no mató a Barayel, y de quién lo hizo, y por qué. Sin duda eso vale un momento de su tiempo.
-¿Prueba? –preguntó bruscamente el diplomático-. ¿Qué clase de pruebas?
-Un clip de vídeo –dijo ella-, que muestra cómo es colocada la bomba. Y no fue Aden quien lo hizo, precisamente. Ese tipo está muy vivo, y en estos momentos me está persiguiendo. Por desgracia, no está demasiado lejos. -Al otro lado del ascensor, la pareja abrió los ojos como platos y se encogió contra la pared-. Señor, ahora mismo estoy subiendo. Puedo mostrárselo.
-Me gustaría verlo -le aseguró secamente-. ¿Han sido notificadas las Autoridades?
-Hay un pequeño problema con eso -le dijo Kella-. Al menos un agente de la Autoridad estuvo involucrado.
Por un instante, se preguntó si su conversación estaba siendo monitorizada, pero decidió que a esas alturas ya apenas importaba.
-Ya veo .dijo-. De acuerdo, te veré en un momento, Kella. Estoy deseando que llegues.
-Igualmente -murmuró en voz baja. Apagando el comunicador, lo dejó caer en la bolsa de datos, donde tintineó suavemente al chocar contra la tarjeta de datos incriminatoria. Una rápida mirada indicador del turboascensor mostró que ya casi estaban, y se preguntó con inquietud a qué distancia la seguirían sus perseguidores. Esperaba no tener que hacer una carrera contra ellos -o contra un disparo de bláster- por el largo pasillo hasta la esquina de la habitación de L'varren.
Una idea repentina acudió a su mente, y golpeó el botón de parada en el panel de control. Sus involuntarios pasajeros entraron en tensión para escapar, pero quedaron visiblemente decepcionados cuando el ascensor se detuvo entre dos pisos y la puerta permaneció cerrada.
-Aerocámara, abajo -exclamó ella, sacando la valiosa tarjeta de datos. Cuando el dispositivo descendió zumbando cerca del suelo, abrió la tapa de su panel de acceso y sacó la tarjeta de datos nueva, sin usar que llevaba, deslizando en su lugar la otra tarjeta de datos. Una luz en el borde de la aerocámara comenzó a parpadear en rojo, indicando que la tarjeta de datos estaba llena y no podía registrar más información. Rutinariamente, fijaba el contenido de todas sus cartas después de usarlas, por lo que nunca había peligro de grabar accidentalmente sobre ellas.
En este caso, si no conseguía llegar a la suite de L'varren, la luz intermitente de la aerocámara les alertaría de que ahí había algo para ser visto.
Poniendo el turboascensor otra vez en marcha y cerrando de nuevo el panel de la aerocámara, le ordenó:
-Vete directamente a la Suite 44-1.
Casi como una idea de último momento, cambió la configuración de su pistola para aturdir. Si había algún tiroteo, ella no quería matar a nadie. Los asesinos muertos no podían confesar.
Cuando las puertas se abrieron, asomó la cabeza con cautela y miró a ambos lados del pasillo. El camino parecía despejado. Agarrando con más firmeza el bláster, salió, pero antes de que llegara más allá de las puertas del otro turboascensor, se abrieron, y con asombrosa rapidez, Darme se abalanzó sobre ella y la agarró.
Sujetó la mano de su arma con facilidad profesional, y le rodeó la garganta con su fuerte brazo, presionando dolorosamente, arrastrándola hacia su turboascensor. Jadeando, Kella vio la aerocámara que avanzaba zumbando por el pasillo hacia la suite de L'varren. Las puertas se cerraron y jadeó de nuevo cuando él tiró de su muñeca, enviando una llamarada incandescente de dolor por su brazo, seguida de adormecimiento. Kella sólo supo que había dejado caer la pistola cuando él la pateó hacia el otro lado del ascensor y se deslizó hasta detenerse contra la pared. Tomando conciencia de la situación con una brusca oleada, se dio cuenta de que tenía un vibro-cuchillo cerca de su cara.
-¿Qué tal si eres lista y entregas el clip de vídeo, eh? –le dijo al oído en voz baja, y ella se estremeció al oír un tono tan calmado y casual procedente de un hombre que sostenía un cuchillo en su garganta.
Forzando a su voz a mostrar una calma que ella no sentía, asintió cuidadosamente.
-Si insiste...
-Insisto –dijo él. Pasándose el arma a la otra mano, la rodeó y deslizó sus dedos en la bolsa de datos que colgaba en su costado. Plenamente consciente de la cuchilla vibratoria, tan cerca que casi podía sentirla cortándole mechones de cabello, Kella se puso rígida, pero se mantuvo en silencio mientras él realizaba su búsqueda. Extrajo para su inspección su tarjeta de crédito identificativa, su cuaderno de datos, la llave de su habitación, y algo de calderilla en moneda local, antes de arrojarlos bruscamente al suelo.
Se guardó el puñado de tarjetas de datos, empujando a Kella y metiéndose las tarjetas en su chaqueta en el mismo movimiento rápido. Kella chocó contra la pared del ascensor, se dio la vuelta, y encontró a Darme recogiendo su propio bláster y apuntándole con él. Se quedó helada.
-En realidad no le servirá de nada, ¿sabe? -le dijo ella, incapaz de reprimir un repentino último acto de desafío-. Aunque se deshagas de mi copia del clip de vídeo, no se librará de la que ya está cargada en el banco de noticias. Una vez que el mensajero recoja el paquete de mensajes, no podrá encubrir esto, no importa lo que me haga.
Él sonrió, una mera exhibición de dientes.
-El informe que archivaste ya no existe -corrigió cortésmente-. Cuando llegue el droide mensajero, no habrá ningún informe en absoluto de la infame Kella Rand sobre este incidente.
Ella frunció el ceño.
-Unas pulsaciones de teclado por aquí, una eliminación de archivo por allá... -Él se encogió de hombros-. No es tan difícil hacer desaparecer un informe. Sobre todo con la ayuda de alguien con los códigos de acceso necesarios.
Juloff, por supuesto. Así que el reportero de la oficina realmente la había traicionado. De alguna manera, hacer que su informe de noticias desapareciera parecía aún peor que haberla usado como blanco para los disparos de la calle.
-¿Por qué? -le preguntó-. ¿Por qué haría eso?
-Porque es un leal ciudadano del Imperio -dijo Darme rotundamente-. Igual que yo. Y ningún gobierno rebelde advenedizo va a establecerse en Indu San, o poner sus dedos viscosos sobre nuestra gente. No mientras tengamos algo que decir al respecto.
Ella lo miró sin comprender, entonces el por qué encajó de repente en su lugar y todo cobró sentido para ella.
-¿De eso trata todo esto? -le preguntó.
-Por supuesto –dijo-. Y además está funcionando estupendamente.
Y así era.
Nostler había dicho que antes de haber sido expulsado, el gobierno imperial no había sido tan impopular; y Kella había visto por sí misma que el Imperio aún gozaba de cierto apoyo, como el del consorcio empresarial que tan acertadamente había apodado como "imperialistas indu". Al apoyar activamente al Imperio, los imperialistas ganaban más créditos, tanto a través de beneficios extraordinarios obtenidos de sus propios ciudadanos, como de contratos y contactos obtenidos por intercesión Imperial.
Se trataba de un grupo que claramente adoraría ver desacreditada a la Nueva República. ¿Qué mejor manera de lograrlo que endosarles un asesinato?
Kella recordó brevemente la espantosa escena de la sala del Consejo.
-Pero, ¿por qué matar a Barayel? -le preguntó-. Todo indicaba que iba a votar no a la alianza.
Darme resopló.
-Podría haberlo hecho... o tal vez no. Siempre fue un worrt resbaladizo. Así era mejor.
Ella intentó otra táctica.
-Pero, ¿qué pasa con lo que quiere el pueblo? Muchos de ellos parecían estar contentos de que el Imperio se hubiera ido.
-¡El pueblo! -dijo con desdén-. La gente no sabe lo que es mejor para ellos. Baja los precios, y seguirán a cualquiera, a cualquier parte. Ellos no entienden cómo funciona esto.
Pero ahora, ella sí lo entendía. Al igual que el Imperio que admiraba, Darme claramente pensaba en términos de pérdidas y ganancias... esa era su regla de medida, y no lo correcto y lo incorrecto. Abrió la boca para hablar de nuevo cuando el turboascensor se detuvo bruscamente con una sacudida, como si le hubieran cortado súbitamente la energía. Darme entrecerró los ojos con rabia, y maldijo mientras golpeaba el panel de mandos, tratando después de abrir la puerta. No consiguió nada.
Kella miró el indicador, que mostraba que estaban detenidos entre dos plantas. Con el bláster de Kella apuntándola y gruñendo "No te muevas", Darme extrajo de nuevo el vibro-cuchillo de nuevo, y lo introdujo con cuidado en la ranura donde las puertas se unían en el centro. Cuando consiguió separarlas un poco haciendo palanca, introdujo sus manos para terminar de abrir las puertas, dejando al descubierto la pared lisa del hueco del turboascensor. Asomando la cabeza por el pequeño espacio, estudió la pared oscura y gruñó de satisfacción al ver una escalera de servicio a su alcance.
Luego se volvió hacia ella, con un brillo frío en los ojos.
Alerta, Kella se agachó a un lado, pero no había ningún lugar donde ir. Mientras el rayo del bláster la golpeaba en la cara y caía al suelo, su último pensamiento fue de agradecimiento por haber cambiado la configuración del bláster de "matar" a "aturdir".

***

Se despertó con una sensación creciente. Cuando su cerebro se aclaró lo suficiente como para darse cuenta de que el turboascensor estaba otra vez en marcha, éste se detuvo, y su estómago dio una sacudida. Legañosa, levantó la cabeza cuando la puerta forzada se abrió y un bosque de piernas entró corriendo y se arrodilló a su alrededor.
-¡Kella! ¿Estás bien? -preguntó L’varren, ayudándola a sentarse. Todavía atontada, ella asintió con la cabeza y miró a su alrededor. Además de dos de los propios agentes de L’varren, reconoció las costuras rojas de las perneras de la seguridad del hotel de pie justo al lado del ascensor.
-¿Vieron el clip de vídeo? -preguntó ella, mirándole.
-Lo vimos, y también capturamos al sospechoso –respondió-. Seguridad lo atrapó saliendo a la fuerza del hueco del turboascensor unos pisos más abajo. Ha sido detenido y, espero, será acusado del asesinato de Barayel. Gracias a tus agudos ojos, mi ayudante y la Nueva República han sido limpiados de toda sospecha -agregó.
Kella sonrió débilmente.
-Sólo hago mi trabajo, embajador.
Las palabras parecieron resonar en su cabeza, y sintió una sacudida repentina de alarma.
-¿Qué hora es? -preguntó, liberando un brazo del agarre de L'varren y comprobando su cronómetro. Horrorizada, vio que eran las 23:54.
¿Sería demasiado tarde para alcanzar el droide mensajero?
-¿Dónde está el clip? -preguntó, luchando por ponerse de pie y saliendo del ascensor sobre unas piernas sorprendentemente dormidas. L'varren y los agentes la siguieron. El diplomático la miraba con preocupación.
-En mi habitación –dijo-. Junto con tu aerocámara.
-¡Tengo que hacer un informe completamente nuevo! -le dijo con urgencia-. El que grabé antes ha sido eliminado y no hay nada sobre el asesinato para que lo recoja el droide mensajero. Si es que aún no ha estado aquí.
Frunció el ceño ferozmente ante la idea.
Sin esperar que se le diera permiso, atravesó la puerta de la suite como un cañonazo. Encontrando la unidad de comunicaciones, introdujo apresuradamente la frecuencia de Nostler, rompiendo a hablar sin preámbulos en cuanto respondió.
-¿El mensajero se ha marchado ya?
-Kella, ¿dónde estás? –exclamó Nostler a su vez-. Algo gordo está pasando en el hotel de L’varren. Lo están precintando, no permiten que entre ningún periodista, pero tal vez...
-Ya estoy dentro -le interrumpió con impaciencia-. Robbe. El droide mensajero. ¿Se ha marchado ya?
-¡No! Todavía estás a tiempo para una actualización -le aseguró-. Un poco por los pelos, pero descargaré sus paquetes de mensajes antes de subir nuestros informes. Todavía puedes obtener la primicia, si te das prisa.
Kella cortó la transmisión y llamó a su aerocámara, repasando en su mente lo que tenía que hacer a continuación. Obtener una declaración rápida de la policía local, conseguir algunas citas de algunos consejeros indu, tal vez un pronóstico optimista de L'varren sobre la votación de mañana, hacer una rápida re-edición... todo a la velocidad de la luz.
Con una fina sonrisa, tecleó su código de acceso al banco de noticias y se puso a trabajar.

viernes, 19 de abril de 2013

Kella Rand, informando... (II)


El sol poniente arrojaba un espectacular resplandor rojo dorado sobre las calles de la ciudad cuando Kella finalmente subió los escalones que conducían a la oficina de la RGN de Indu. Rebuscando en su bolso de datos, sacó su tarjeta de crédito identificativa y la introdujo en la ranura de la puerta.
La escena que la recibió estaba en marcado contraste con el circo mediático que acababa de dejar. Había dos reporteros sentados en escritorios, Juloff leyendo un cuaderno de datos y Crislyn mecanografiando en su terminal, mientras que más en la esquina Nostler tenía ambos pies sobre su mesa y se rascaba la barbilla mientras observaba un holo que surgía de la tableta en su escritorio. Los únicos sonidos eran el escáner de comunicaciones que escupía fragmentos ocasionales de charla de la Autoridad de la Ciudad, y la suave música que acompañaba al informe que tenía absorto a Nostler. Levantó la vista cuando ella entró
-Hey, Kella. Pensé que tal vez te habías perdido -le saludó.
-No, sólo pillé un atasco -dijo, buscando una silla vacía a su alrededor. Nostler señaló un escritorio frente al suyo, y ella se deslizó agradecida en su asiento-. No te creerías la multitud que había en la rueda de prensa... todas las emisoras de medio pelo del sistema deben de haber enviado a alguien. Tampoco es que fuera tan emocionante –agregó-. Las Autoridades ofrecieron una declaración, respondieron a cuatro preguntas, y se fueron. -Se encogió de hombros (la misma historia de siempre) y luego preguntó-: Entonces, ¿de cuánto tiempo dispongo?
-El plazo acaba a las 22:00, el droide llegará en algún momento después de eso -dijo Nostler-. Consigue que tu artículo esté listo para entonces, y te daré el código de acceso al banco de noticias para que puedas transmitir las actualizaciones directamente.
-Está bien. -Se quedó en silencio un momento, pensando. Alrededor de tres horas para desenterrar algo más, y entonces su historia tendría que esperar hasta que pudiera enviarla en el siguiente droide de mensajería programado, dentro de cuatro días. Aunque, con el aparente escándalo político que se estaba gestando, RGN podría considerar la historia lo suficientemente caliente como para enviar un correo especial para recoger una actualización antes... Nostler interrumpió su línea de pensamiento.
-Tengo entendido que el asesinato se está achacando a la Nueva República -dijo.
Ella alzó la mirada.
-Sí, eso parece. En realidad, los indus aún no han llegado a acusarles, pero más o menos todo el mundo lo piensa.
-¿En base a qué?
-No hay nada concluyente, pero es probable que sea suficiente –dijo-. Casi seguro que es suficiente para olvidarse de cualquier posibilidad de una alianza. Pasarán unos días hasta que los investigadores averigüen exactamente cómo se produjo la explosión, pero el Consejo ya ha anunciado su intención de elegir a un nuevo presidente y se han apresurado a convocar otra votación mañana. Para mí, suena como que ya tienen una idea clara.
-¿Qué tiene que decir la Nueva República sobre todo esto? -preguntó Nostler-. Seguro que pudiste conseguir la historia desde dentro, ya que conoces tan bien a L'varren.
-No tan bien -dijo, por lo que parecía ser la centésima vez desde aquel incidente en Corellia el pasado año. ¿Alguna vez se olvidarían de eso?- Está sorprendido, aturdido, horrorizado... más o menos lo que se espera cuando tu ayudante es sospechoso de hacer estallar al líder del sistema.
-Ajá -dijo Nostler-. ¿Alguna posibilidad de que no lo hiciera?
-Las Autoridades no parecen creerlo. Esa especie de detonador hace que la cosa pinte muy mal para Aden, y L'varren no ayudó al alegar inmunidad diplomática para evitar que el resto de su gente fuera arrastrado hasta la Sala e interrogado.
-¿Tú qué piensas? -preguntó.
Kella vaciló.
-No estoy segura –admitió-. La evidencia circunstancial apunta ciertamente a Aden, y si tienen otros sospechosos, no nos lo están diciendo. Pero por otro lado, ¿qué sentido tendría? ¿Por qué querría la Nueva República deshacerse de Barayel?
-Tal vez iba a votar no -sugirió Nostler.
-Sí, pero deshacerse de él sólo significa que tienen que empezar desde el principio con alguien nuevo que también podría votar no –dijo-. Y, en cualquier caso, no es descabellado suponer que los indus ya no ven con buenos ojos la idea de una alianza después de todo este desastre. A menos que la Nueva República planee atacar y conquistar, todo lo que se ha conseguido en realidad es asegurar prácticamente que Indu San acabará permaneciendo neutral hasta que la guerra haya terminado. Y –agregó-, puede que encuentre esto interesante. Algunos indus incluso están yendo en la dirección opuesta. Hablé con un grupo de presión para un consorcio empresarial que básicamente quiere patear la Nueva República fuera del sistema e invitar a volver al Imperio.
Nostler asintió, sin mostrar sorpresa.
-El imperio no era tan impopular aquí, no al menos entre algunas de las personas en el poder –explicó-. Claro, los grupos de la resistencia estuvieron contentos de verlos partir, pero también hay un montón de gente que hizo un montón de créditos con los imperiales, y no quieren renunciar a eso. A menos –añadió-, que la Nueva República quiera recurrir al mismo tipo de comisiones ilegales que el gobernador imperial les ofrecía para mantenerlos gordos, contentos y leales... -Negó con la cabeza-. No. Probablemente no.
-Bueno, eso no viene al caso ahora -dijo Kella-. Parece que no van a querer mojarse, como todos los demás.
-¿Puedes culparlos?
-En realidad, no –reconoció-. Con todas las escaramuzas que sigue habiendo, ¿por qué irritar a los imperiales con una gran muestra de apoyo a la Nueva República cuando siempre hay una posibilidad de que el Imperio vuelva a estar algún día al mando? -Hurgó en su bolso de datos, y extrajo un puñado de tarjetas de datos-. Bueno, supongo que será mejor que me ponga a trabajar. ¿Hay alguna cabina que pueda usar?
-Siéntete como en tu casa.
-Siempre lo hago. -Sonrió abiertamente mostrando su agradecimiento.
Instalándose en la pequeña cabina de edición, Kella pasó la siguiente hora y media repasando los clips de vídeo que había recogido durante las dos últimas semanas. En vista de la nueva dirección que había tomado la historia, con el enfoque pasando de la alianza al asesinato, la mayoría de ellos eran inutilizables, pero un perverso sentido de la curiosidad le hizo estudiar de nuevo todos los concernientes a Barayel.
Tal vez mostrasen algún indicio que revelase en qué sentido había planeado votar, o alguna pista de que supiera que las cosas estaban a punto de estallar. Sólo por si había dejado escapar algo importante... Hacia la mitad, descubrió que así era.
El clip procedía de la tarjeta de datos que había utilizado ayer cuando, como de costumbre, después de un lacónico "sin comentarios" de Barayel, se había dirigido a arrinconar a su ayudante. La aerocámara mostraba que lo había encontrado cerca de la silla de su jefe en la Sala del Consejo, y que habían pasado varios minutos charlando.
Pero mientras miraba, poco a poco cayó en la cuenta de que el verdadero tema de interés en la entrevista no era la conversación en sí. Más bien, era lo que podía vislumbrar de vez en cuando ocurriendo al fondo.
Alguien estaba trasteando con algo en el lugar de Barayel en la mesa. El lugar que, apenas 26 horas después, había estallado tan desagradablemente en la cara del consejero jefe.
Golpeando el botón de pausa, congeló la imagen y estudió la pantalla. Visible más allá del hombro del ayudante, alguien vestido con el uniforme azul de la Autoridad del Consejo estaba agachado delante del sitio de Barayel en la cabecera de la larga mesa en forma de U del consejo. Se había retirado la parte de atrás del panel de comunicaciones y votación del jefe, y aunque no podía distinguir lo que ese hombre estaba haciendo, sí que reconoció quién era.
De rodillas, de nuevo, estaba Darme, el mismo agente de la Autoridad que había disparado a Aden.
Kella se recostó en su asiento y frunció el ceño pensativamente ante la pantalla. En las últimas semanas, había visto tantos de los guardias vestidos de azul en el Salón del Consejo que había dejado de fijarse en ellos. A cargo de la seguridad, estaban por todas partes, todo el tiempo, haciendo todo tipo de cosas. Sin llamar en absoluto la atención, y por encima de toda sospecha.
Pero dadas las circunstancias actuales...
Haciendo retroceder el clip de video al punto donde la aerocámara había comenzado la grabación de la entrevista, rodeó un lugar en la pantalla de visión con una pluma de edición y esa sección quedó ampliada inmediatamente. A pesar de la mala calidad, la imagen era lo suficientemente clara para ver lo que Darme tenía en la mano y, con el corazón acelerado de repente, hizo avanzar el clip clic a clic.
Y mientras miraba, sonrió.
Algunos seres pensaban que la mejor manera de ocultar algo era simplemente ponerlo a la vista. Parecía que el asesino de Barayel estaba de acuerdo. Por accidente, había descubierto a Darme colocando una pequeña pero poderosa bomba dentro del panel de comunicaciones de Barayel. Y que ella supiera, era el único reportero que lo sabía y, más aún, que tuviera una grabación visual del hecho.
¡Chúpate esa, TriNeb!
Golpeando la mesa con emocionado deleite, se levantó de un salto y abrió la puerta de la cabina de edición, estrellándola contra la pared y haciendo que todo el mundo levantara la vista, sorprendido.
-¡Echad un vistazo a esto! -gritó, y desapareció de nuevo en el interior. Juloff y Crislyn se miraron confusos, pero Nostler pulsó el botón de pausa de su holovídeo y la siguió, dejando sobre su escritorio a un artista ithoriano suspendido en mitad de su gorjeo. Ambos reporteros se esforzaron por seguir la conversación que se filtraba por la puerta abierta.
-¿Sabe ese viejo dicho acerca de ocultarse a plena vista? –le preguntó Kella a Nostler-. Bueno, ¡pues mire esto!
Un breve silencio y luego...
-¿Qué demonios? ¿Eso es lo que parece?
-Es una bomba –confirmó-. Y ese tipo es el mismo agente de la Autoridad que disparó y mató al ayudante de L'varren. Sobre el que encontraron el detonador -añadió de forma significativa.
Afuera, en la sala de prensa, los periodistas se miraron.
-Esto tengo que verlo -dijo Crislyn y se levantó para estar de pie en la puerta de la cabina de edición, mirando por encima de los hombros de la pareja. Juloff esperó unos minutos para asegurarse de que estaban todos absortos. Luego, sacando su comunicador, se dirigió a la puerta de la oficina.
Entusiasmados por el descubrimiento de Kella, nadie en la cabina de edición se percató de que se había marchado.

jueves, 18 de abril de 2013

Kella Rand, informando... (I)

Kella Rand, informando...
Laurie Burns

Justo cuando Kella estaba segura de que el líder del sistema Indu San iba a votar "no" a una alianza con la Nueva República, fue y, en lugar de eso, estalló.
Literalmente.
La pura sorpresa la congeló momentáneamente en su lugar mientras las sirenas de seguridad comenzaron a aullar y una nube de aerocámaras zumbó sobre su cabeza, asemejándose a una bandada de pájaros electrónicos conforme se iban reuniendo en la ruina humeante. Entonces su sentido de la noticia regresó cuando la galería de medios entró en erupción y los periodistas se apresuraron a bajar a la sala del Consejo, donde lo que quedaba de Shek Barayel estaba tendido sobre su silla. El caos prevalecía mientras las aerocámaras sobrevolaban la zona, registrando cada espeluznante detalle.
Inspeccionando la caótica escena, Kella trató de reprimir un impropio escalofrío de satisfacción. Llevaba en la Red Galáctica de Noticias el tiempo suficiente para saber que el crimen era casi siempre más interesante que la política, y aunque un asesinato no era la historia que le habían enviado a cubrir, sin duda lo haría.
Aunque por el bien de la sensibilidad de su audiencia, iba a tratar de que no pareciera que disfrutaba demasiado de ello.
Llevaba dos semanas en Indu San, bostezando a través de los interminables discursos y disputas diplomáticas que condujeron a la gran votación de hoy. Todas las miradas se habían posado sobre Barayel, pues aunque todo el Consejo Indu había votado, el suyo era un mero papel consultivo. El consejero jefe, como el gobernador imperial al que había reemplazado, era aquel cuya palabra era ley en última instancia.
El problema era que nadie sabía dónde estaba posicionado sobre esta cuestión de la alianza. Aunque la mayoría del consejo parecía que apoyarla, él había sido exasperantemente reticente durante las negociaciones diplomáticas, no había tomado la palabra en absoluto durante los debates del consejo, y había declarado secamente "sin comentarios" al ser preguntado por los reporteros. El embajador de la Nueva República, Dictio L'varren, parecía tomárselo con calma como el negociador experimentado que era, pero para los medios de comunicación, la historia hasta ese momento era de un aburrimiento mortal.
Las acciones de Barayel tenían todas las características de otro sistema del Borde Exterior a punto de declinar una invitación para unirse a la Nueva República. No es que tuviera gran interés periodístico; la neutralidad y un saludable respeto por los imperiales que seguían activos en el sector eran demasiado comunes para que los reporteros mostraran entusiasmo.
Pero añade un poco de asesinato y caos, y las redes de noticias de toda la galaxia hervirían con la historia.
Extrayendo su comunicador, Kella introdujo la frecuencia de la oficina local de la RNG y apenas dejó hablar al Jefe de Oficina Robbe Nostler cuando este respondió.
-¡Detenga el droide mensajero! -le dijo, gritando para hacerse oír por encima del estruendo que resonaba en la cámara de piedra del consejo-. ¡Tenemos una noticia caliente! ¡Barayel acaba de ser asesinado!
-¿Qué? -preguntó Nostler-. ¿Cuándo?
-Asesinado. En el Salón del Consejo. ¡Ahora mismo! –dijo-. Encienda el holovídeo y eche un vistazo; las emisoras locales deben estar emitiéndolo. -Sosteniendo el comunicador junto al oído, escuchó el ruido magnificado en el otro extremo cuando Nostler encendió el holovídeo de la oficina y captó un reportaje transmitido por una de las emisoras del sistema.
La historia habría alcanzado al instante todos los noticieros planetarios, pero los periodistas galácticos como ella tenían que esperar a que el droide mensajero de sus respectivas redes de noticias llegase al sistema, cargase los informes de la oficina local, y luego regresara al hiperespacio para llevarlos a su destino y que se difundieran por toda la galaxia. Fugazmente, envidió la facilidad y la inmediatez con la que, en el pasado, los periodistas presentaban sus historias en la HoloRed, pero hacía tiempo que había desaparecido y ahora sólo quedaban los correos con su maldito retardo.
-Realmente parece caliente -dijo Nostler después de mirar un momento el holovídeo-. ¿Puedes confirmar si Barayel está realmente muerto?
-Oh, sí, está muerto -le aseguró Kella, haciendo una mueca ante el espectáculo que tenía bajo ella-. Una forma bastante sucia de morir, además. – Al ver a un consejero aturdido arrinconado por un reportero que blandía una vara de grabación, se acordó de la empresa en cuestión-. Así que, eh –preguntó-. ¿Cuándo va a llegar el mensajero? No me gustaría que se me birlasen la exclusiva.
-Va a estar apretado -advirtió Nostler-. Se espera que el droide mensajero llegue luego, esta noche, pero también el de Noticias TriNebulon. El primero que llegue al sistema, el primero que se queda con la historia, Kell.
Ella frunció el ceño. De ningún modo iba a permitir que TriNeb –esa porquería de red de noticias- le pisase la noticia sólo porque su mensajero se presentara en primer lugar. Con su inclinación hacia el sensacionalismo, los reporteros de TriNeb podrían hacer que incluso el debate más aburrido sonase interesante, aunque no del todo exacto. Odiaba pensar cómo magnificarían todo este asunto. Ella se lo dijo, y agregó-: Mantenga un ojo en los informes locales, y yo seguiré cómo se desarrollan las cosas aquí abajo. Llámeme si se entera de algo bueno.
-De acuerdo -dijo Nostler, y cortó la conexión, pero Kella ya no estaba escuchando. Abajo, había llegado un escuadrón de agentes de la Autoridad del Consejo y estaban tratando de restablecer algún tipo de orden en el caos. Con los blásteres desenfundados y gritando órdenes, abrieron paso al difunto consejero jefe, apartando a sus horrorizados colegas a los lados de la cámara y haciendo retroceder también a la manada de reporteros demasiado ansiosos.
Pero lo que más llamó su atención fue la visión de un hombre saliendo disimuladamente por una pequeña puerta en el lado opuesto de la cámara, seguido por uno de los oficiales de uniforme azul. Reconociendo a Tev Aden, alzó una ceja, preguntándose qué querían las autoridades del ayudante del embajador L'varren.
Examinando la abarrotada cámara de abajo, descubrió al diplomático de la Nueva República envuelto en una conversación con varios consejeros de Indu, claramente demasiado absorto para darse cuenta de la marcha de Aden, o para advertir que al parecer había sido detenido. De hecho, entre los gritos de las autoridades, el balbuceo ansioso de los consejeros, y el espectáculo macabro en la mesa principal que los mantenía a todos clavados en su sitio, nadie en absoluto pareció haber reparado en los dos hombres que se habían marchado. Desde su lugar en la galería de los medios de comunicación, Kella tenía la mejor vista de la sala, y su olfato para las noticias susurró que podría valer la pena investigar.
Bajando las escaleras de la galería de dos en dos, activó la señal de llamada de su aerocámara. Un transpondedor en el comunicador le diría a la aerocámara dónde encontrarla, y esperaba que lo hiciera rápido. En la planta baja, la noticia del asesinato se estaba abriendo camino por el edificio de gobierno, y los asesores del consejo, funcionarios y burócratas obstruían el pasillo tratando de entrar en la cámara poder ver a su líder asesinado.
Más autoridades llegaron, agregándose a la confusión. Kella se abrió paso a través de la multitud, tratando de llegar al pasillo lateral por donde Aden había desaparecido. El tráfico disminuyó considerablemente cuando llegó a la esquina, e hizo una pausa para mirar atrás buscando su aerocámara. Quedó aliviada al ver que aparecía cruzando la puerta de la cámara principal y flotaba hacia ella por encima del oscilante mar de cabezas.
Avanzó rápidamente por la sala con la aerocámara zumbando sobre su hombro, pero mientras se acercaba a la puerta por la que había salido Aden, ésta se abrió y un corpulento oficial de la Autoridad, con el pelo corto y una disposición aún más cortante, salió y le cerró el paso.
-Esta sección está siendo precintada -dijo, haciendo caso omiso de la brillante insignia amarilla de periodista claramente visible en la parte frontal de su chaleco-. Tengo orden de despejar la sala.
-Kella Rand, Red Galáctica de Noticias -dijo, golpeando la insignia de todos modos y mirando con impaciencia hacia el pasillo detrás de él. A unos 15 metros de distancia, se cruzaba con otra sala, en la que había una salida que conducía al pórtico sur del edificio y a las calles de la ciudad más allá-. Tengo autorización de prensa, y necesito pasar.
-Bueno, considere revocada su flamante autorización –replicó- Como he dicho, esta sección está siendo precintada. Así se apártese, o tendré que apartarla por la fuerza.
Kella entrecerró los ojos. Este tipo de problemas era lo que no necesitaba. Pero seguir a Aden era sólo una corazonada. Tal vez sería mejor que retrocediera nuevamente a la Sala del Consejo para ver cómo limpiaban lo que quedaba de Barayel; obtener algún tipo de reacción en el lugar de la escena, tal vez hablar con L'varren. Por otra parte... Indecisa, ella y el guardia seguían mirándose mutuamente cuando el reconocible estallido de un disparo bláster resonó al otro lado de la esquina. Miraron hacia allí, y luego otra vez el uno al otro.
-Quédese aquí -ordenó el agente de la Autoridad, sacando su pistola y dirigiéndose a la esquina. Echó un vistazo al otro lado del borde de piedra, y luego apretó el paso.
Kella le siguió, con la aerocámara zumbando detrás.
El pasillo al que giraron estaba vacío salvo por varias puertas cerradas, pero había otra intersección a unos 25 metros. Ella trotó después del guardia, le siguió en la siguiente esquina... y se detuvo abruptamente. Había encontrado a Aden, pero no parecía que el ayudante de L'varren pudiera concederle una entrevista en breve.
Al menos, su muerte había sido más limpia que la de Barayel. Yacía tendido en el suelo, con el agujero chamuscado en su pecho como testimonio del disparo bláster que lo había matado. El oficial que había visto siguiéndolo fuera de la Sala del Consejo estaba arrodillado a su lado mientras el corpulento dirigía una dura mirada a Kella y bajaba lentamente la pistola.
-Le dije que se detuviera, pero él siguió adelante -dijo el agente de la Autoridad arrodillado junto a Aden, frunciendo el ceño con la mirada fija en el cuerpo-. Él simplemente me ignoró, actuó como si no me oyera. Luego dio media vuelta de repente, se llevó la mano al bolsillo... -Negó con la cabeza, con un hilo ahogado de voz-. Pensé que no tenía elección, ¿sabes?
-Siéntate ahí, Darme, y no te muevas, vamos a aclarar todo esto -dijo el otro agente, sacando su comunicador y pidiendo refuerzos.
Kella se aprovechó de la momentánea distracción.
-¿No le había registrado ya en busca de armas? -le preguntó.
Darme la miró como si reparase en ella por primera vez, afilando la mirada al advertir su insignia de prensa y la aerocámara grabando la escena.
-No –dijo-. ¿Cómo podría haberlo hecho? No llegué a acercarme lo suficiente.
-Me dio la impresión de que estaba bajo arresto cuando abandonaron la Sala del Consejo –insistió-. ¿No fue así?
Él la miró fijamente, con un punto de cautela brillando en sus ojos.
-No. Le vi salir, y le seguí. Teníamos órdenes de precintar esta sección, y eso significaba desalojar a cualquier persona deambulando por aquí. Todo lo que quería era alcanzarle y decirle que se fuera.
Kella abrió la boca pero, finalizando su llamada, el otro agente de la Autoridad dio un paso al frente y la cortó bruscamente.
-Tú, cállate. No más preguntas. -Enfundando su bláster, se puso en cuclillas al otro lado del ayudante muerto-. Echemos un vistazo a lo que tiene aquí.
Evitando el punto carbonizado, pasó cuidadosamente las manos por el pecho de Aden y palpó los bolsillos de la túnica, metiendo después la mano en uno y sacando un dispositivo pequeño y plano. Manteniéndolo en alto, le dio vueltas en la mano, pensativo.
Kella estiró el cuello para ver qué era, pero entonces recordó la aerocámara que zumbaba por encima de su hombro.
-Primer plano -dijo, y una luz verde en el panel frontal brilló, indicando el reconocimiento de la orden. Al escuchar su voz, ambos hombres la miraron de nuevo.
-Apaga esa maldita cosa -ordenó el corpulento con una nueva mirada asesina, pero rápidamente se olvidó de ella cuando el sonido de un escuadrón de botas resonó en la esquina y se levantó para consultar con su comandante.
Haciéndose a un lado, Kella se aplastó contra la pared de piedra con la esperanza de pasar inadvertida. Con el descubrimiento de lo que parecía ser un detonador en el bolsillo de Aden, ella ya había encontrado un punto de vista que ninguna de los otras redes de noticias tenía. Y como la única periodista en la escena, si se quedaba tranquila y discreta, podría obtener todavía más clips de vídeo de la acción mientras ocurría.
Pero no hubo suerte. Mientras varios de los recién llegados rodeaban a Aden y unos cuantos más se apostaban en cada extremo del corredor, su comandante se apartó del agente corpulento y se abalanzó sobre ella. Sus fríos ojos se posaron en la aerocámara que seguía zumbando a su lado y le ordenó:
-Deja de grabar y abandona el área de inmediato. Esta sección está siendo precintada.
Kella probó suerte, aunque sabía que probablemente era inútil.
-Kella Rand, Red Galáctica de Noticias. Tengo autorización de prensa para el todo el edificio del Consejo.
-Como si eres el mismísimo difunto Emperador -le espetó el hombre-. El acceso a los medios de comunicación ha sido revocado. Tú y el resto de parásitos de la prensa podéis obtener vuestra carnaza luego, en la rueda de prensa. Así que muévete, o haré que te arresten. Entonces ni siquiera podrás ir a la rueda de prensa, ¿verdad?
Kella abrió la boca para protestar, y la cerró de nuevo cuando él hizo señas al guardia más cercano.
-Está bien, está bien, me voy -dijo ella, apartándose rápidamente de la pared y alejándose del grupo reunido en torno al cuerpo de Aden. Odiaba dar marcha atrás, pero no podía presentar su informe desde los calabozos locales. Y podrían pasar horas antes de que RGN autorizase los fondos para pagar su fianza... si el que el sistema legal de Indu permitía la libertad bajo fianza de sus reclusos. Había descubierto por la vía difícil que otros sistemas no lo hacían.
Casi esperando que la tomaran por la fuerza y la escoltasen fuera del edificio, retrocedió por el pasillo hacia la Sala del Consejo. Se marcharía, pero aún no había terminado. Todavía tenía fuentes con las que contactar, hilos que seguir, hechos que confirmar, y una rueda de prensa a la que enfrentarse.
Kella alargó su zancada, dispuesta a chocar contra la guardia a la entrada de la cámara. Tendría que darse prisa para hacerlo todo antes de la hora límite.