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domingo, 21 de febrero de 2010

La tribu perdida de los Sith #3: Parangón (y IV)

Capítulo Cuatro
Seelah ya se había decidido a abandonar a Ludo Kressh antes de que este ejecutase a su familia. Había sido una trivialidad; se había herido el tobillo en una batalla, y ella no había conseguido detener la infección. Mató al padre de Seelah la primera noche, y eso hizo que ella se afianzase más en su decisión. Seelah encontró su oportunidad de marcharse pocos días después, cuando uno de los equipos mineros de Sadow se detuvo en Rhelg para repostar. Para entonces, ya no tenía a nadie a quien dejar atrás.
Devore Korsin había sido su medio de escape. Ella vio su inmadurez y su temeridad, pero también vio algo con lo que poder trabajar. Él, también, luchaba contra las cadenas invisibles que limitaban su ambición. Podía ser su alidado. Y al servicio de Sadow, al menos, algo podría ocurrir... mientras Devore no lo estropease.
Y si lo hacía, bueno, siempre quedaba su hijo...

Los sables de luz relampagueaban en la noche de la montaña... pero no en la plaza principal. Seelah caminaba tranquilamente por la oscura columnata, ornadas ahora con decoraciones añadidas: las tentaculadas cabezas de los Cincuentaysiete, clavadas en estacas a intervalos regulares.
Estaba el joven centinela de la torre, atrapado y asesinado. Nunca abandonó su puesto. A la derecha estaba Hestus, el traductor; Seelah había estado involucrada personalmente en su captura. Korsin dijo que por la mañana volvería donde Hestus, para retirarle los implantes cibernéticos. Quién sabe, podría haber algo de utilidad en ellos.
Ahora podía sentir a Korsin y sus principales lugartenientes al otro lado del muro exterior, conduciendo al resto a un último enfrentamiento junto al precipicio donde el Presagio casi encuentra su fin. No se ofrecería cuartel; podía imaginarse a Korsin arrojando por el acantilado a cualquiera que se rindiese.
Bueno, tiene experiencia en ello.
El silo de piedra del jefe de los establos se alzaba ante ella. Los recintos de los uvak se extendían en todas direcciones desde ese núcleo central, donde los ayudantes keshiri ayudaban a lavar a las apestosas bestias. Los keshiri se habían ido esa noche, según pudo ver al entrar en la sala redonda. En el centro, vigilado sólo por un guardia en las sombras, colgaba inerte, pero aún vivo y respirando, el cuerpo de Ravilan. Fuertes cuerdas de fibra tejida por los keshiri enlazaban sus brazos abiertos a cornisas elevadas a ambos lados de la estructura. El dispositivo estaba diseñado para impedir que los uvak se escapasen durante el baño. Ahora estaba realizando la misma función para Ravilan, con sus pies colgando a escasos centímetros del suelo. Seelah retrocedió unos pasos cuando un chorro de agua surgió de ranuras en la parte superior de la torre, casi ahogando al prisionero.
El flujo se detuvo un minuto después, pero aún pasó más tiempo antes de que el agotado Ravilan notase la presencia de su visitante.
-Todos muertos -dijo con voz ahogada-. ¿No es así?
-Todos muertos -dijo ella, acercándose a él-. Eres el último.
Ravilan fue atrapado pronto, cuando su pierna mala le falló por última y definitiva vez.
Ravilan negó con la cabeza.
-Sólo lo hicimos una vez -dijo, con una voz que sonaba como si tuviera piedras en la garganta-. En Tetsubal. Esas otras ciudades... No lo sé. Nunca lo planeamos...
-...para -dijo Seelah.
Había sido sorprendentemente fácil, una vez que se dio cuenta de la treta de Ravilan en Tetsubal. El único elemento era el tiempo. Regresó al retiro de la montaña por la noche y convocó a sus ayudantes de más confianza en el hospital. Poco después de medianoche, sus lacayos estaban e el aire, dirigiendo a sus criaturas hacia las ciudades de los lagos del sur que se había encargado visitar el día anterior a la gente de Ravilan. Su hospital contenía la única otra fuente superviviente de silicato cianogénico; ahora estaba en los pozos y acueductos de las ciudades de los lagos... y en los cuerpos de los keshiri muertos. El tiempo era el elemento clave... pero había tenido ayuda coordinándolo todo.
-¿T-tú has hecho esto? -Ravilan tosió y consiguió emitir una débil risita-. Diría que es la primera vez que te gusta una de mis ideas.
-Cumplió su objetivo.
La retorcida sonrisa de Ravilan se desvaneció.
-¿Qué objetivo? ¿Genocidio?
-¿Ahora te preocupas por los keshiri?
-¡Sabes a qué me refiero! -Ravilan se revolvió en sus ataduras-. ¡Mi gente!
Seelah puso los ojos en blanco.
-Aquí no está pasando nada que no hubiera terminado pasando en el Imperio. Sabes cómo marchaban las cosas. ¿De parte de quién estabas, de todas formas?
-Naga Sadow no quería esto -dijo Ravilan con voz rasposa-. Sadow apreciaba el poder cuando lo veía. Apreciaba lo viejo y lo nuevo. Nos apreciaba...
Ella hizo un gesto al guardia... y otra aplastante columna de agua golpeó a Ravilan.
Esta vez le costó más tiempo recuperarse.
-Podría haber funcionado -dijo entre jadeos-. Podríamos haber funcionado... juntos, como los Sith y los Jedi caídos de la antigüedad. Si tan sólo nuestros hijos... mis hijos... hubieran vivido... -Ravilan alzó la vista, con el agua chorreando de su rostro hundido-. Tú. -Seelah fijó su silenciosa mirada en los surtidores, aún goteantes, cerca del techo, en lo alto-. -repitió, más alto-. Tú dirigías la maternidad. Tú y tu gente. -Su rostro se retorció en un grito agónico. El futuro de su gente ya había sido suprimido, mucho antes-. ¿Qué hiciste? ¿Qué nos hiciste?
-Nada que con el tiempo tú no nos hubieras hecho a nosotros. -Caminó hacia las sombras, cerca del guardia-. Nosotros no somos tus Sith. Somos algo nuevo, una oportunidad de hacer las cosas bien. Una nueva tribu.
-Niños... ¡bebés! -Abatido, Ravilan gemía-. ¿Qué... qué clase de madre eres?
-La madre de un pueblo -dijo, mirando hacia al guardia en las sombras-. Ahora, hijo mío.
El guardia avanzó unos pasos... y Ravilan vio la forma animal de Jariad Korsin acercándose a él, con la hoja alzada, y el rostro de ojos salvajes de su padre bajo el cabello negro azabache. El adolescente saltó hacia el prisionero, clavándole una vibrohoja dentada sin remordimiento. Al final, sacó su sable de luz y cortó a Ravilan en canal en un violento relámpago carmesí.
-Hoy has cambiado el mundo -dijo Seelah, acercándose a su hijo y asociado. Él había sido clave para coordinar la jugada de la noche anterior, llevando a sus cómplices donde a ella le convenía. Era justo que hubiera tomado parte de este momento.
El chico jadeó, mirando su víctima en el suelo.
-Él no es a quién quería matar.
-Sé paciente -dijo Seelah, revolviéndole el cabello-. Yo lo he sido.


Tilden Kaah caminaba en silencio por los caminos oscuros de Tahv, que hasta hacía poco aún no estaban pavimentados con piedra. Los Sith habían echo marchar a los demás ayudantes keshiri a primera hora de la mañana, cuando comenzó la agitación; había sido uno de los últimos en marcharse. Las calles, habitualmente pobladas por juerguistas incluso a esa hora, estaban alarmantemente tranquilas. Sólo vio a un miembro de mediana edad de los Neshtovar, montando guardia en un cruce; despojado de su uvak hacía años, parecía estar aburrido.
Tilden saludó al vigilante con un gesto de la cabeza y pasó a una plaza cerca de uno de los muchos acueductos del pueblo. Láminas de fresca agua de las montañas caían en largas medias lunas desde manantiales, una refrescante presencia en lo que estaba siendo una noche cáliente. Llegando junto a un muro de agua, Tilden se puso la túnica que llevaba, se subió la capucha, y caminó a la cascada.
O, mejor dicho, a través de ella.
Tilden caminó, goteando, por el oscuro pasaje que conducía a las profundidades de la estructura de piedra. Siguió el sonido apagado de unas voces hasta el final del pasaje. No había luz... pero había vida. Mientras se aproximaba, Tilden escuchó parloteos agónicos: las horribles noticias del sur habían comenzado a llegar. Probablemente, se esperará que los supersticiosos keshiri asuman el horror en silencio, dijo una voz desde las sombras. Probablemente se culpará a los Destructores.
-Ya está hecho -dijo Tilden a la oscuridad-. Seelah ha librado a los Celestiales de los Cincuentaysiete. De la gente que no son como ellos, sólo queda el hombre inmenso, Gloyd.
-¿Seelah no sospecha de ti? -respondió una ronca voz femenina desde la negrura-. ¿No ha leído tu mente?
-No cree que merezca la pena. Y yo no hablo más que de las viejas leyendas. Me toma por tonto.
-No puede distinguir a nuestros grandes eruditos de nuestros tontos -dijo una voz masculina.
-Ninguno de ellos puede -dijo otra voz-. Bien. Dejemos que siga así. Seelah nos ha hecho un favor, reduciendo sus números. Puede hacernos más.
Un destello cegador apareció cuando un anciano keshiri encendió una linterna. Allí había varios keshiri, apiñados en el reducido espacio... pero su atención no iba dirigida a Tilden, sino a la figura que salía de las sombras tras él. Tilden se giró para reconocer a la mujer que le había hablado en primer lugar.
-Mantente fuerte, Tilden Kaah. Con tu ayuda, y con la ayuda de todos los aquí reunidos, los keshiri terminaremos el trabajo. -La rabia brilló en los ojos de Adari Vaal-. Yo traje esta plaga sobre nosotros. Y yo acabaré con ella.

jueves, 18 de febrero de 2010

La tribu perdida de los Sith #3: Parangón (III)

Capítulo Tres
Los Sith se basaban en la glorificación del individuo y la subyugación de los demás. Esto tenía sentido, tal como la joven Seelah veía la vida en el palacio de Ludo Kressh.
Lo que no tenía sentido era por qué tantas personas de su pueblo -¡de su propia familia!- abrazaban las enseñanzas Sith sin tener la menor esperanza de poder avanzar. ¿Por qué un Sith viviría como esclavo?
No era así para todos. En el esquema general de las cosas, el Imperio Sith llevaba descansando en paz desde hacía años, pero un imperio de Sith es un imperio de esquemas más pequeños. A las órdenes de Kressh, la recién llegada a la edad adulta Seelah había visto a su maestro enfurecerse por las acciones de Naga Sadow. Ella había visto a Sadow en compañía de Kressh en varias reuniones, y casi todas ellas habían acabado en un estallido de furia. Los dos líderes diferían en todo, mucho antes de que el descubrimiento de una ruta espacial que conducía al corazón de la República los pusiera a discutir por la futura dirección del Imperio Sith.
Sadow era un visionario. Sabía que el aislamiento permanente era prácticamente imposible en un Imperio que comprendía tantos sistemas y tantas rutas hiperespaciales potenciales; la Caldera Estigia era un velo, no un muro, y podía ver las oportunidades a través de ella. Y en el entorno de Sadow, Seelah había visto muchos humanos y miembros de otras especies con estatus aparente. Incluso se encontró una vez con el padre del capitán Korsin.
Para Sadow, el contacto con lo nuevo era una cosa deseable... y los extranjeros podían ser tan Sith como cualquiera nacido en el Imperio. Para Kressh, que pasaba sus días en la batalla y sus noches trabajando duro en un aparato mágico para proteger a su joven hijo de todo mal, no podía haber un destino peor que escapar de la cuna cósmica de los Sith.
-¿Sabéis por qué hago esto? -habría preguntado Kressh una vez. En su borrachera de ira, había conmocionado a toda la casa, incluída Seelah-. He visto los holocrones... sé qué espera más allá. Mi hijo se parece a mí... al igual que el futuro de los Sith.
”Pero sólo mientras permanezcamos aquí. Allí fuera -escupió las palabras entre gotas de saliva y sangre-, allí fuera, el futuro se parece a vosotros.


En una ocasión, Adari Vaal le había dicho a Korsin que los keshiri no tenían un número lo bastante grande para describir su propia población. La tripulación del Presagio había tratado de hacer estimaciones en sus primeros años en Kesh, sólo para encontrarse con más pueblos más allá del horizonte. Tetsubal, con dieciocho mil residentes, había sido una de las últimas ciudades censadas antes de que los Sith finalmente se rindieran.
Ahora se habían vuelto a rendir. Los muros de Tetsubal estaban llenos de cadáveres, haciendo imposible un recuento de los cuerpos. Cuando llegaron aquella noche a lomos de uvak, Seelah, Korsin y sus acompañantes pudieron verlos a todos desde el cielo, cubriendo los caminos de tierra como ramas después de una tormenta. Algunos se habían derrumbado junto a las puertas de sus chozas de brotes de hejarbo. Pronto pudieron ver que el espectáculo era el mismo en el interior.
Lo que no vieron fue supervivientes. Si existía alguno, se estaba escondiendo muy bien.
Dieciocho mil cuerpos era una buena estimación.
Lo que fuera que había sucedido, ocurrió rápidamente. Una niñera había caído, sujetando aún al niño en un abrazo letal. Surcos de agua corrían por las calles, provenientes del acueducto; varios keshiri habían caído dentro y se habían ahogado justo junto a sus flotantes baldes de madera.
Vivo y solitario estaba Ravilan, nervioso e inquieto sobre a la puerta de la ciudad que permanecía cerrada. Había mantenido su posición en Tetsubal durante toda la tarde, y por eso aún lucía peor aspecto. Korsin se acercó a él en cuanto desmontó.
-Comenzó después de que me reuniese con mis contactos de aquí -dijo Ravilan-. La gente comenzó a desplomarse en los restaurantes, en los mercados. Luego comenzó el pánico.
-¿Y dónde estabas durante todo esto?
Ravilan señaló al círculo de la ciudad, una plaza con un inmenso reloj de sol muy parecido al de Tahv. Era la estructura más elevada de la ciudad, aparte del sistema de poleas accionado por uvak que alimentaba al acueducto.
-No podía encontrar a la ayudante que venía conmigo. Subí aquí de un salto para llamarla... y para supervisar lo que estaba pasando.
-upervisar -bufó Seelah-. ¿No me digas?
Ravilan suspiró con rabia.
-¡Sí, estaba tratando de mantenerme a salvo! ¿Quién sabe qué plaga podría tener esta gente? Estuve aquí arriba durante horas, viendo cómo caía la gente. Llamé a mi uvak, pero él también estaba muerto.
-Amarrad a los nuestros fuera de los muros -ordenó Korsin. Parecía nervioso a la luz de las antorchas. Extrajo un trapo de su túnica y se lo colocó sobre la boca, aparentemente sin darse cuenta de que era el último del grupo en hacerlo. Miró a Seelah-. ¿Agente biológico?
-Yo... no sabría decirlo -dijo. Su trabajo había sido con los Sith, nunca con los keshiri. ¿Quién sabría qué podría afectarles?
Korsin tiró de Gloyd hacia sí.
-Mi hija está en Tahv. Asegúrate de que regresa a la montaña -dijo-. ¡Ve!
El houk, inusualmente agitado, salió corriendo hacia su montura.
-Podría ser un agente aéreo -dijo Seelah, caminando aturdida entre los cadáveres. Eso explicaría cómo había afectad a tantos, tan rápido-. Pero a nosotros no nos ha afectado...
Un grito les llegó desde arriba. Allí, Seelah vio lo que su explorador había encontrado bajo otro cuerpo: la ayudante perdida de Ravilan. La mujer tendría unos cuarenta años, como Seelah. Humana... y muerta.
Seelah apretó con fuerza la gasa contra su rostro. Estúpida, estúpida... ¡Soy una estúpida! ¿Ya es demasiado tarde?
-Es lo bastante tarde -dijo Ravilan, atrapando su desprotegido pensamiento. Se dirigió a Korsin-. Ya sabes lo que hay que hacer.
Korsin habló con voz monótona.
-Quemaremos la ciudad. Desde luego, la quemaremos.
-Eso no basta, comandante. ¡Tenemos que acabar con ellos!
-¿Acabar con quién? -dijo Seelah bruscamente.
-¡Con los keshiri! -Ravilan señaló a los cuerpos que los rodeaban-. ¡Hay algo que los está matando y que puede matarnos a nosotros! ¡Tenemos que eliminarlos de nuestras vidas de una vez por todas!
Korsin parecía completamente abatido.
Seelah le tomó del hombro.
-No le escuches. ¿Cómo viviremos sin ellos?
-¡Como Sith! -exclamó Ravilan-. Este no es nuestro modo de vida, Seelah. Os habéis... nos hemos vuelto demasiado dependientes de estas criaturas. No son Sith.
-Tampoco lo somos nosotros, a la luz de tu gente.
-No me vengas con política -dijo Ravilan-. ¡Mira a tu alrededor, Seelah! Sea lo que sea esto, ya debería habernos matado. Si no lo ha hecho, deberíamos tomarlo por lo que es. Esto es una advertencia del lado oscuro.
Bajo la tela, Seelah se quedó boquiabierta. Korsin volvió de pronto a la realidad.
-Espera -dijo, tomando el brazo de Ravilan-. Hablemos de esto...
Korsin y Ravilan comenzaron a caminar hacia la puerta, que en ese momento estaba siendo abierta por sus ayudantes. El propio pueblo pareció exhalar, con el aire maldito pasando por la abertura. Seelah no se movió, hechizada por los cuerpos que la rodeaban. Todos los keshiri muertos le parecían iguales, rostros púrpuras y lenguas azules, caras retorcidas en una mueca de agonía.
Su equilibrio falló, y vio a la ayudante de Ravilan. ¿Cómo se llamaba? ¿Yilanna? ¿Illyana? Seelah había comprobado el árbol genealógico completo de esa mujer el día anterior. ¿Por qué no podía recordar su nombre ahora, cuando la mujer estaba en el suelo, ahogada con su lengua, hinchada y azul...?
Seelah se detuvo.
Se arrodilló junto al cadáver, cuidando de no tocarlo. Extrajo su shikkar -la hoja de cristal que los keshiri habían fabricado para ella- y cuidadosamente abrió la boca de la mujer. Allí estaba, la lengua de un azul enfermizo, los vasos sanguíneos hinchados y reventados. Lo había visto anteriormente en humanos, en los límites de su memoria...
-Tengo que volver -dijo Seelah, saliendo rápidamente por las puertas del pueblo-. Necesito regresar a casa... al hospital.
Korsin, que estaba dirigiendo a sus hombres para montar una hoguera, parecía confuso.
-Seelah, olvídate de que haya supervivientes. Nosotros somos los supervivientes. O eso esperamos.
Ravilan, intentando infructuosamente calmar a los uvak reunidos que Korsin había amarrado fuera de los muros del pueblo, alzó la mirada alarmado.
-Si estás pensando en llevar esta enfermedad a nuestro santuario...
-No -dijo ella-, me voy sola. Si los que estamos aquí estamos infectados, ya nada importa de todas formas. -Le arrebató a Ravilan las riendas de un uvak y le ofreció una sonrisa sin mucho entusiasmo-. Pero si no estamos infectados, es lo que tu dices. Es una advertencia.
Korsin la vio irse y regresó a la tarea de quemar el pueblo. Seelah no miró atrás, elevándose en la noche. No quedaba mucho tiempo. Necesitaba reunirse con toda su plantilla del hospital, con sus ayudantes más leales.
Y necesitaba ver a su hijo.


Cuando el alba asomó sobre las Montañas Takara, Tilden Kaah no se encontró a Seelah en la ducha... por mucho que ella ahora sintiera que necesitaba una. Seelah no había dormido en toda la noche. Cuando Korsin y Ravilan volviern al caer la noche, el refugio se había convertido en un centro de crisis.
Las comunicaciones eran el auténtico problema. Las muertes de keshiri anónimos cuasaron poca perturbación en la Fuerza para aquellos que en realidad no se preocupaban por ellos. Pero las repercusiones habían creado tal confusión en las mentes de los Sith que hasta los heraldos más experimentados estaban teniendo problemas para distinguir los mensajes. Korsin había sido cauto al llamar a su gente para que volviera de los pueblos y ciudades keshiri; hasta ahora, Tahv y el resto de las ciudades importantes no se habían enterado del desastre de Tetsubal, y no quería que una retirada en masa pusiera a los nativos en guardia. Los Sith dispersos tenían instrucciones de apartarse sin llamar la atención del contacto publico y comenzar el camino de vuelta.
Lo que había caído sobre Tetsubal aún no había golpeado las principales ciudades... pero los vuelos de reconocimiento aún estaban fuera, comprobando las zonas circundantes. Para cuando la voz se corriera hacia el interior, todos los Sith estarían a salvo en su reducto.
Seelah vio a Korsin varias veces a lo largo de la mañana mientras iba de un lado a otro. Él quería que su plantilla estableciese cuarentenas para la entrada al complejo. Ninguno de los Sith que habían quemado Tetsubal estaba mostrando síntoma alguno de enfermedad, pero había mucho en juego. Seelah tenía sus propias tareas en el hospital, y de hecho pocos de los miembros de su plantilla médica aparecían en público.
-Estamos trabajando en el problema -les había dicho.
Al llegar a casa a mediodía, Seelah vio a Ravilan de pie junto a Korsin, revisando informes. Korsin estaba demacrado por la falta de sueño... ¡su pequeño peluche púrpura no vendría hoy a comer! Pero Ravilan, a pesar de las desgarradoras experiencias del día anterior, parecía rejuvenecido; su cabeza calva mostraba un robusto color magenta.
-La cosa va mejor de lo que nos temíamos, Korsin -dijo Ravilan. Nada de Gran Señor ahora, advirtió Seelah. Ni siquiera comandante.
Korsin gruñó.
-¿Toda tu gente ha vuelto?
-Me han informado de que acaban de llegar todos a los establos. No es que sean unas vacaciones -dijo Ravilan, con sus tentáculos faciales agitándose ligeramente-, pero hay mucho trabajo que hacer. En nuestras nuevas prioridades.
Seelah alzó la mirada. Ese parecía el momento adecuado.
-¡Se acerca un jinete!
El heraldo sintió la aproximación del uvak mucho antes de que apareciera por el horizonte del sur. Se dirigió directamente hacia la columnata, el jinete posó su bestia y saltó a la superficie de piedra. Todos los ojos estaban dirigidos al recién llegado. Todos excepto los de Seelah.
-Gran Señor -dijo, falto de aliento-. Ha... ha vuelto a pasar... ¡en Rabolow!
Seelah escuchó el jadeo de Korsin.... pero vio como los ojos amarillos de Ravilan casi se salían de sus órbitas. Al intendente le costó unos instantes recuperar su compostura.
-¿Rabolow?
-Eso está en los Lagos Ragnos, ¿no es cierto? -Seelah miró hacia Ravilan y sonrió con falsa cortesía-. Allí es donde se asignó a tu gente ayer, ¿no es así, Ravilan? Los pueblos junto a los Lagos Ragnos.
Él asintió. Todos habían estado allí cuando se habló de ello. Ravilan se aclaró la garganta, seca de repente.
-Yo... debería hablar con mi socio que acaba de regresar de allí. -Pasó a toda prisa junto a Seelah, se giró e hizo una reverencia-. Yo.. realmente debería reunirme con ellos. Comandante.
-Hazlo -dijo Seelah. Korsin no dijo nada, aún estupefacto por la noticia reciente y la coincidencia. Vio cómo Ravilan desaparecía de la vista, dirigiéndose a los establos.
-¡Se acerca un jinete!
Korsin alzó la vista. Seelah pensó que casi parecía asustado, temeroso de las noticias que el jinete pudiera traer.
Las noticias eran otra ciudad de muerte, en otro de los Lagos Ragnos. Un tercer jinete habló de una tercera. Y un cuarto. Cien mil keshiri, muertos.
Korsin tenía los ojos abiertos como platos.
-¿Algo que ver con los lagos? ¿Con esas... qué eran... algas de Ravilan?
Seelah cruzó los brazos y miró directamente a Korsin, encogido y casi a la misma altura que ella. Estaba tentada de dejar que ese momento durase...
...pero había trabajo que hacer. Llamó a Tilden Kaah.
Su preocupado ayudante apareció desde la dirección del hospital sujetando un pequeño contenedor. Ella lo tomó y le indicó que se marchase.
-¿Sabes qué es esto, Korsin?
Korsin dio vueltas al vial vacío en su mano.
-¿Silicato cyanogénico?
Era de sus suministros médicos del Presagio... y también de loas provisiones que Ravilan guardaba para las criaturas a su cargo. En su forma sólida, explicó, era usado como agente cauterizador por sanadores que trabajaban con los massassi. Ella había visto como lo usaban una y otra vez estando al servicio de Ludo Kressh. Nada más débil podía hacer nada en las pieles de esos salvajes.
-Ya es bastante malo por sí mismo -dijo-. Pero si lo alcanza la humedad, se disuelve... y se intensifica un millar de veces. Una partícula por mil millones podría hacer cualquier cosa.
Las espesas cejas de Korsin se alzaron.
-¿Qué... qué podría hacer en una masa de agua? ¿O en un acueducto?
Seelah le tomó las manos con firmeza y miró directamente a sus ojos.
-Tetsubal.
Ella explicó la historia detrás de la muerte del porteador del hospital. El robusto Gorem habñia sido asignado al equipo de Ravilan para ayudar a recuperar lo que quedaba en las destrozadas secciones del Presagio. Aparentemente había tocado una cubierta sucia del botiquín de los massassi y murió en el exterior, no poco después de lavarse las manos. La muerte no fue instantánea, pero la víctima no llegó lejos.
Ravilan debió de haber visto la muerte de Gorem, dijo ella, y se dio cuenta de que tenía una herramienta contra los keshiri. Un arma que podría obligar a Korsin y al resto de los humanos a olvidarse de construir en este mundo... y a volver a comprometerse a abandonarlo.
Y ahora cada ciudad que los miembros de los Cincuentaysiete habían visitado el día anterior habían seguido el mismo destino que Tetsubal.
Korsin se giró y estrelló su silla del puente contra una columna de mármol, haciéndola añicos. No usó la Fuerza. No le hizo falta.
-¿Por qué harían eso? -Agarró con fuerza a Seelah-. ¿Por qué lo harían, cuando resulta tan obvio que seguiría el rastro hasta ellos? ¿Tan estúpidos... tan desesperados pueden llegar a estar?
-Sí -dijo Seelah, rodeándolo con sus brazos-. Tan desesperados pueden llegar a estar.
Korsin miró al sol, descendiendo ahora hacia la montaña. Soltándola, miró a los rostros del resto de sus consejeros, todos expectantes y asombrados.
-Que vengan todos los demás -dijo-. Diles que ha llegado el momento.

domingo, 14 de febrero de 2010

La tribu perdida de los Sith #3: Parangón (II)

Capítulo 2
El Imperio Sith de la juventud de Seelah era un nido de sistemas estelares ligados por una herencia, ambición y avaricia común. También era, en cierto sentido, un agujero negro del que pocas cosas lograban escapar.
Los efectos limitadores de la Caldera Estigia en el viaje hiperespacial eran desproporcionados, haciendo mucho más fácil que los desafortunados extranjeros vagasen por el espacio Sith, que para los Señores Sith aventurarse fuera de él. Aquellos que encontraban el camino de llegada, raramente volvían, convirtiéndose en esclavos de uno u otro principucho. Los llegados frecuentemente cambiaban de manos a lo largo de las generaciones, olvidando completamente sus hogares. Ellos, también, eran ahora los Sith.
Algunos Señores Sith, como Naga Sadow, veían un valor en el trabajo de los descendientes de los refugiados tapani originales. Mientras que sus amos con tentáculos en el rostro y linajes ligados a la especie Sith estaban más interesados en la brujería, el pueblo de Seelah era experto en ciencias. Cuando se les permitía practicar, lo hacían, creando las infraestructuras industriales y médicas para varios Señores. Algunos incluso resolvían problemas de fabricación de cristales para sables de luz y generación de energía que seguían sin solución para los Jedi de la República. Esos logros nunca eran anunciados; ningún Señor Sith compartiría un arma nueva. Si el fracaso era un huérfano, el éxito, para los Sith, era un preciado hijo secreto.
La hija Seelah había tenido sus propios éxitos, sirviendo en Rhelg con el resto de su familia en las fuerzas de Ludo Kressh, el gran rival de Sadow. Con trece años, Seelah ya era una talentosa curandera, basándose tanto en la Fuerza como en el conocimiento médico de sus ancestros. La devoción ya había dado sus frutos.
-Estamos avanzando con este movimiento -le había dicho su padre-. Lo has hecho bien, y eso ha sido recompensado. La gloria en el honor, Seelah... es lo más grande que nos puede suceder.
Le habían encargado del cuidado de los pies de Lord Kressh.

Estuvieron fuera toda la noche una vez más, los dos. Tilden se lo había dicho, y Seelah tenía otros confidentes que le proporcionaban informes regularmente. Korsin y la mujer keshiri habrían estado paseando por los caminos laboriosamente tallados en la anteriormente traicionera montaña, hablando de... ¿qué? No de demasiado, maldita sea, por lo que ella sabía.
Sus caminatas se remontaban al comienzo de la relación de la propia Seelah con Korsin. Por aquel entonces, estaban en apuros. La mujer Vaal había descubierto a los Sith en la montaña, y actuó como intermediaria con los keshiri. Pero conforme pasaban los años y la necesidad de un único embajador desapareció, las caminatas continuaron, alejándose cada vez más. Después del nacimiento de la hija de Seelah y Korsin, Nida, los paseos habían pasado a ser diarios... incluyendo algún ocasional vuelo en uvak.
Seelah sabía lo suficiente por sus fuentes como para no sospechar de infidelidad -como si eso le importase-, pero la mujer nativa había tomado medidas para mejorar su simple apariencia. Había comenzado recientemente a ponerse marcas faciales vor'shandi, una decoración inaudita para la viuda de un jinete de uvak keshiri. Pero los cotilleos confirmaban que la sustancia generalmente estúpida de sis conversaciones no había cambiado. ¿A dónde va el sol por las noches, Korsin? ¿El aire es parte de la Fuerza, Korsin? ¿Por qué las rocas no son comida, Korsin? Si ella era un espía, era bastante inútil como tal... pero si que disponía de una gran parte del tiempo del Gran Señor. Y más.
-Ella... tiene algo especial, ¿verdad? -había preguntado él de improviso una noche, después de que Adari volviera volando a Tahv.
-Creo que tus estándares sobre tus juguetes han caído por los suelos -había respondido Seelah.
-Junto con mi nave.
Y mi auténtico marido, fue lo que ella no dijo. Seelah volvió ahora a pensar en ese momento mientras se encontraba fuera de la sala. Quince años con el odiado hermano de su amado esposo. Quince años con el hombre que probablemente había convertido a su hijo en huérfano. Deja que el viejo espectro púrpura lo tenga, pensó. Cuando menos viera a Yaru Korsin, mejor.
La conquista de Seelah por parte de Korsin no duró mucho tiempo, una vez que ella lo convenció de que no se iba a encontrar con una daga en las costillas. Era un arreglo aceptable para ambas partes. Consiguiendo su aprobación, el comandante hizo más sólidos sus lazos con los impacientes mineros que transportaba su nave... y arrancaba algo que había pertenecido a su odiado hermano. Ella incluso le dejó pensar que había sido idea de él, aunque ese primer año se mordió los labios hasta hacerse sangre para no hablar.
Por su parte, Seelah ganó poder e influencia en el nuevo orden... beneficios que iban mucho más allá de unas abluciones matutinas adecuadas. El pequeño Jariad crecería en los mejores alojamientos, estuvieran donde estuvieran; primero en la ciudad amurallada nativa de Tahv, más tarde en el complejo de la montaña.
Y tenía un trabajo. La administración del hospital de los Sith parecía una sinecura sin importancia dada la fuerte salud de la gente mimada por los keshiri. Desde luego, nadie más quería el puesto, no con un mundo que conquistar y una fuga interestelar que fraguar. La mayoría de los Sith heridos en sus disputas nunca acudían a un curandero de todas formas.
Pero Seelah llegó a saber más que nadie acerca de los Sith que quedaron atrapados en Kesh, incluyendo al oficial del Presagio encargado originalmente de llevar el listado de la tripulación. Ella sabía quién había nacido, y cuando, y de quién era hijo... y eso era el equilibrio de poder. Los demás ni siquiera se molestaban en prestar atención. Sus ojos estaban aún en el cielo, en escapar. Sólo Korsin parecía entender que podrían estar asentándose en una situación permanente... aunque claramente trabajaba para evitar que nadie excepto Seelah lo sintiera. Ella no entendía por qué había sido tan abierto con ella acerca de eso.
Tal vez la esposa de Yaru Korsin no mereciera esperanza. No importaba. No la necesitaba, en cualquier caso. Ella veía el futuro... ahí, en el patio de reuniones detrás del hospital, cuando lo cruzaba en sus revisiones periódicas. Ahí, la juventud de los Sith se presentaba para verla. O, más bien, para que ella los viera.
-Esta es Ebya T'dell, hija del minero Nafjan y la cadete de puente Kanika. -Orlenda, la esbelta ayudante de Seelah, estaba junto a una niña rosa de rostro severo y leía de un pergamino-. El próximo mes cumplirá ocho años, según nuestras cuentas. Sin enfermedades.
Las manos de Seelah se cerraron formando una V alrededor de la barbilla de la joven niña. Seelah miró a izquierda y derecha, inspeccionando a la niña como si fuera ganado.
-Maxilares altos -dijo, apretando con su dedo índice el rostro de la pequeña. La niña no se quejó-. Conozco a tus padres, niña. ¿Les causas muchos problemas?
-No, Lady Seelah.
-Eso está bien. ¿Y cuál es tu deber?
-Ser como usted, milady.
-No es la respuesta que tenía en mente, pero no puedo quejarme -dijo Seelah, soltando a la niña y volviéndose a Orlenda, su ayudante-. No veo ningún defecto en el cráneo, pero me preocupa su pigmentación -dijo-. Demasiado rubicunda. Comprueba de nuevo la genealogía. Aún podría tener una familia, si elegimos adecuadamente.
Orlenda le propinó una palmadita en el trasero a Ebya T'dell, quien volvió a jugar en el patio exterior, momentáneamente a salvo en la convicción de que su vida no sería un callejón sin salida genético.
Era un asunto importante, pensó Seelah mientras observaba a los niños luchar entre ellos con bastones de madera. Todos los niños que se encontraban allí habían nacido después del aterrizaje forzoso. Aparte de la infusión de juventud a la población Sith, parecía que muy pocas cosas habían cambiado. Todos los colores del espectro de la humanidad estaban representados en la tripulación original del Presagio, y eso continuaba siendo así. Sin embargo, ninguno de los ocasionales emparejamientos con keshiri habían producido descendencia -Seelah daba gracias al lado oscuro por ello- y, por supuesto, estaba el problema de la gente de Ravilan. El número de los humanos de sangre relativamente pura había ido creciendo establemente. Al igual que la pureza de esa sangre.
Ella había velado por ello... con la total aprobación de Korsin. Era sensato. Kesh había matado a los massassi. Si aún no había matado a los humanos, entonces los Sith necesitaban más humanos. Adaptarse o morir, había dicho Korsin.
-Esta semana hay varios niños más en la lista -dijo Orlenda-. ¿Quieres verlos hoy, Seelah?
-No estoy de humor. ¿Hay algo más?
Orlenda enrolló su pergamino e indico a los niños restantes que salieran al patio de ejercicio.
-Bueno -dijo-, necesitamos un nuevo porteador keshiri para el hospital.
-¿Qué pasó con el último, Orlenda? -dijo Seelah con una sonrisita-. ¿Finalmente lo mataste con tus amabilidades?
-No. Está muerto.
-¿El grande? ¿Gosem?
-Gorem -dijo Orlenda con un suspiro-. Sí, murió la semana pasada. Lo enviamos con el equipo de Ravilan a desmontar una de las cubiertas del Presagio, en busca de cualquier cosa de utilidad que pudieran encontrar. Gorem era, bueno, ya recuerdas, tan fuerte...
-Ve al grano.
-Supongo que estuvo moviendo placas pesadas, y allí arriba, debajo de ese techo, hace calor. Se desplomó justo al salir de la nave.
Orlenda chasqueó la lengua con disgusto.
-Hmmm. -Seelah pensaba que los keshiri estaban hechos de una pasta más fuerte. Sin embargo, era una buena oportunidad para burlarse de su lozana amiga-. Supongo que lo inmolaste en una pira funeraria.
-No, lo arrojaron por el precipicio -dijo Orlenda, alisándose el rubio cabello-. Fue aquel día de los fuertes vientos.


Justo antes de que se hiciera de noche, Seelah volvió a encontrarse a Korsin en la plaza. La mujer keshiri se había ido, y Korsin se estaba mirando a sí mismo... o, más bien, a una réplica bastante mala. Los escultores de Tahv acababan de entregar una estatua de cuatro metros de alto, no muy a imagen y semejanza de su salvador, esculpida en un enorme bloque de cristal.
-Es... un primer paso -dijo Korsin, sintiendo su llegada.
-Desde luego.
Seelah pensaba que esa cosa desluciría incluso en los campos de muerte de Ashas Ree. Pero su ayudante keshiri pensaba que era maravillosa. Como mínimo.
-Es completamente estupenda, milady -dijo Tilden-. Algo verdaderamente digno de los Celestiales... quiero decir, los Protectores.
Se corrigió rápidamente en presencia del Gran Señor, pero aún parecía atragantarse con la nueva palabra, tan recientemente añadida a la religión que profesaba desde su nacimiento.
El primo de Ravilan, el cyborg Hestus, había trabajado durante años con otros linguistas del Presagio para sondear las historias orales de los keshiri. Buscaban cualquier pista con la que alguien hubiera dado... alguien que pudiera regresar a Kesh de nuevo, para proporcionarles el modo de escapar. No habían encontrado mucho. Los Neshtovar, los jinetes de uvak que hasta hacía poco habían gobernado el planeta, habían basado su religión de los Celestiales y el antagonista Otrolado sobre relatos anteriores de Protectores y Destructores. Los Destructores volvían periódicamente para asolar Kesh con desastres; los Protectores estaban destinados a acabar con ellos, de una vez por todas. Korsin, ahora en el centro de la fe keshiri, había fingido tener un momento de revelación y había decretado volver a los viejos nombres.
Eso, como muchas otras cosas a lo largo de los años, había sido idea de Seelah. Los Neshtovar se habían considerado a sí mismos como Hijos de los Celestiales. Pero ningún keshiri vivo reclamaba tener parentesco con los lejanos Protectores. Cualquier estatus que los nativos pudieran tener anteriormente había desaparecido. Y ahora, pudo ver Seelah, los keshiri estaban mostrando su respeto con bloques de cristal de ojos saltones.
Será mejor que aprendan a representar mejor nuestras caras antes de que me “respeten” a mí, pensó Seelah.
-No es que tenga mal aspecto -dijo, una vez que Tilden se hubo marchado-. Es que aquí no parece su sirio adecuado.
-¿Pensando otra vez en mudarnos fuera de las montañas? -Korsin sonrió, con las arrugas curtidas por el viento oscureciéndose en las sombras-. Creo que ya abusamos bastante de la paciencia de los keshiri cuando permanecimos en Tahv la primera vez.
-¿Y qué diferencia supone eso?
-Ninguna. -El le tomó la mano, sorprendiéndola-. Escucha, quiero decirte lo mucho que aprecio el trabajo que has estado haciendo en el hospital. Es todo lo que me esperaba... todo lo que sabía que eras capaz de hacer.
-Oh, no creo que sepas todo lo que soy capaz de hacer.
Korsin apartó la mirada y rió.
-Bueno, no sigamos con esto. ¿Estarías más interesada en cenar?
Sus ojos brillaban. Seelah reconoció esa mirada. El hombre era capaz, como siempre, de tener varias cosas en cuenta al mismo tiempo.
Antes de que pudiera responder, un grito sonó sobre ellos. Korsin y Seelah miraron a la torre de vigía. Ningún atacante les amenazaba; los Sith habían purgado el entorno de depredadores años atrás. En cambio, los centinelas simplemente estaban sentados meditando, escuchando en la Fuerza en busca de mensajes de los Sith que viajaban por las lejanas extensiones de tierra.
-Es Ravilan -exclamó un joven centinela de rostro rojo, sólo un niño cuando el Presagio se estrelló-. Algo ha ocurrido en Tetsubal. Algo malo.
Korsin lo miró con rostro grave. Él también podía sentir algo en la Fuerza -algo caótico-, pero no tenía ni idea de qué se trataba. Ese era precisamente el motivo por el que no deberían haber pirateado sus comunicadores personales en un intento de fuga temprano.
Seelah alzó la mirada a la torre.
-¿Acaso... -balbuceó- ...acaso Ravilan se está muriendo?
-No -dijo el heraldo, escuchando a duras penas las palabras de la mujer-. Se están muriendo todos los demás.

jueves, 11 de febrero de 2010

La tribu perdida de los Sith #3: Parangón (I)

La tribu perdida de los Sith #3: Parangón
de John Jackson Miller

Capítulo Uno
4.985 años ABY

El agua estaba tan templada como cualquier otro día, cayendo sobre el cuerpo de Seelah desde de la grieta en el mármol del muro. No había habido unidades sanitarias, ni ninguna otra comodidad moderna para los Sith que llevaban atrapados en Kesh desde hacía quince años estándar. Pero habían aprendido a vivir con lo que tenían.
Las brillantes gotitas de agua derretida que pendían de su piel marrón provenían de un glaciar a medio continente de distancia. Los voladores de uvak keshiri, cargando a sus bestias con inmensas barricas, habían cargado el agua desde ese lugar lejano hasta el retiro de montaña de los Sith. En el tejado, sirvientes calentaban el agua según sus especificaciones exactas, canalizándola por un sistema meticulosamente limpiado a diario de hongos y otros contaminantes.
Abajo, Seelah frotaba meticulosamente su muñeca con piedra pómez traída desde el pie de la Aguja Sessal, a kilómetros de distancia. Los artistas keshiri habían tallado las piedras con formas que a ella le gustasen. Los nativos estaban más interesados en la apariencia que en la funcionalidad... pero, en ese aspecto, tenían un aliado en ella. Seelah miró con su habitual desdén a la cabina de ducha, construida para su uso personal por sus hermanos Sith inmediatamente después de que se mudase a las cámaras del comandante Korsin. Ese lugar parecía más un tempo que un hogar.
Bueno, no podía tenerlo todo. Allí no.
Quince años. Eso era también según el calendario keshiri... ¿aunque quién podía confiar en eso? Salió goteando de la ducha, preguntándose a dónde había ido el tiempo. No a su cuerpo, según pudo ver en el colosal espejo; trabajar el vidrio era otra cosa en los que los keshiri eran buenos. Madre por dos veces, subsistiendo con comida apenas digna para animales de granja allá en su hogar, y aún así Seelah tenía tan buen aspecto como siempre. Le había costado trabajo. Pero tiempo era algo que tenía de sobra.
-Sé que estás ahí, Tilden -dijo Seelah. Tilden Kaah, su ayudante keshiri, siempre se encontraba fuera de la mirada del espejo, sin recordar nunca que ella podía sentirle mediante la Fuerza. Ahora se encontraba en la puerta, apartando sus grandes ojos opalinos y presentándole una bata con sus manos temblorosas.
Quince años no le han cambiado a él tampoco, pensó Seelah con una silenciosa risita burlona mientras agarraba la bata. ¿Pero por qué no podría mirar? Toda esa monótona piel púrpura; llamarla lavanda sería un halago. Y el pelo blanco; el color de la edad y la inutilidad. Si los keshiri encontraban antes bellos a otros keshiri, sólo era porque aún no habían visto a los Sith.
Y, además, el trabajo de Tilden consistía en adorarla. Siendo uno de los sumos sacerdotes más joven de la fe keshiri -que reconocía a Seelah y a sus compatriotas Sith como antiguos dioses de los cielos-, Tilden vivía para seguirla a todas partes. Ella disfrutaba bastante torturándolo de esa forma por las mañanas. Ella era el sacrilegio con el que él empezaba el día.
-Vuestro hijo estará cazando con los jinetes hasta la noche -dijo él-. Vuestra hija está en Tahv con los educadores que envió vuestra gente.
-Bien, bien -dijo, descartando la túnica que él le ofrecía en favor de otra más brillante-. Pasa a algo importante.
-Milady, se os espera en la sala principal esta tarde para la revisión -dijo, alzando la mirada de su pergamino-. Por lo demás, tenéis el día libre.
-¿Y el Gran Señor?
-Su Eminencia, nuestro salvador de las alturas, ha comenzado sus reuniones con sus consejeros. Las personas habituales, nacidas en lo alto como Milady. Su amigo gigante también está allí. -Bajó la mirada a sus notas-. Oh, y el hombre carmesí ha solicitado una audiencia.
-¿El hombre carmesí? -La mirada de Seelah permanecía sobre el espumoso océano bajo ellos-. ¿Ravilan?
-Sí, milady.
-Entonces debería ir.
Seelah se estiró poderosamente antes de girarse bruscamente para buscar sus zapatos. Tilden los tenía. Eran las únicas prendas de vestir rescatadas del accidente del Presagio que ella continuaba usando. Los keshiri seguían sin conseguir fabricar calzado decente.
-Yo... yo no quería obligaros a comenzar la jornada de trabajo tan pronto -tartamudeó Tilden, abrochándole los zapatos-. Perdonadme. ¿Habéis acabado vuestro baño? Podría hacer que los guardaespaldas reciclen el agua.
-Relájate, Tilden; quiero salir -dijo ella, recogiendo su cabello oscuro con un pasador de hueso tallado, un regalo de algún noble local al que no podía recordar. Se detuvo en el pulido umbral-. Pero haz que el equipo aumente las entregas de agua... y que la traigan del lado opuesto de la cadena de montañas. La de allí es mejor para la piel.


Seelah bostezó. El sol aún no había llegado siquiera a la mitad del cielo y la pantomima diaria ya estaba funcionando a toda marcha. El comandante Yaru Korsin, el salvador de las alturas de los keshiri, estaba sentado en su viejo asiento del puente, escuchando igual que solía hacerlo en la cubierta de mando del Presagio. Pero ahora los destrozados restos de la nave yacían tras él, refugiados en una parte de la sólida estructura que no se usaba como residencia, y su baqueteado asiento estaba incongruentemente plantado en mitad de una columnata de mármol que se extendía centenares de metros. Allí, al aire libre en las alturas de los Montes Takara -recientemente rebautizados en honor de su preciosa madre, donde rayos estuviese-, Korsin atendía a su corte.
La arquitectura y el lugar resultaban un buen espectáculo para los pueblerinos keshiri que ocasionalmente volaban hasta allá. De acuerdo con lo planeado. Pero también era lo bastante grande para acomodar a todos los atolondrados suplicantes a los que Korsin quería dedicar su día. Seelah vio a Gloyd el artillero, el “amigo gigante” de Korsin, en el primer lugar de la fila, como de costumbre.
Las papadas del houk de cabeza bulbosa temblaron cuando presentó su última idea alocada: usar uno de los láseres perforadores que aún tenían carga para lanzar señales al espacio. Seelah se sintió perforada por el aburrimiento... y Korsin tampoco parecía estar entusiasmado. ¿Cuánto tiempo llevaría cotorreando Gloyd antes de que ella llegase?
-Esta vez funcionará -dijo Gloyd, transpirando por su piel moteada-. Todo lo que debemos hacer es captar la atención de un carguero de paso. De un observatorio. De cualquier cosa.
Se limpió el sudor de la frente. Seelah siempre pensó que, para empezar, la lotería genética no había sido amable con los houks. Pero ahora parecía como si la edad y el sol estuvieran causando que a Gloyd se le derritiera la piel del cráneo.
-La intensidad se disipará a la inversa del cuadrado de la distancia de Kesh -dijo una voz humana detrás de Korsin. Parrah, el navegante de apoyo del Presagio y ahora su principal consejero científico, dio un paso al frente-. No será más que ruido de fondo cósmico. ¿No te enseñaron nada en el sitio de donde vienes?
Probablemente no, rumió Seelah. Gloyd había sido un náufrago incluso antes de unirse a la tripulación del Presagio. Mientras que otros extranjeros evitaban la Caldera Estigia, el equipo de bribones de Gloyd supuso que allí debería haber algo realmente asombroso. Lo había: el Imperio Sith. Pocos de los compañeros de Gloyd habían sobrevivido al descubrimiento. Pero como artillero y soldado de infantería, había entablado combate con los Jedi muchas veces en su vida anterior, haciéndolo útil para Naga Sadow y, después, para Yaru Korsin.
¿Pero últimamente? No demasiado.
-No creo que vaya a funcionar, viejo amigo -dijo Korsin, espiando a Seelah con el rabillo del ojo y haciéndole un guiño-. Y además no podemos correr el riesgo de agotar más equipo. Ya sabes cómo va esto.
Todos lo sabían. Incluso mientras construían su refugio de piedra para el Presagio en los meses siguientes al accidente, la tripulación había ido extrayendo equipo regularmente. Parte de ello esperaban hacerlo funcionar de nuevo con algunas piezas fabricadas; el resto estaba disponible para usar inmediatamente. Y lo usaron.
Eso había sido un error. Resultó que en Kesh no podía encontrarse ningún metal. Los Sith habían abierto y desgarrado la superficie, usando la mayor parte de sus municiones de supervivencia sin ningún resultado. Por arriba, Kesh era un lugar agradable a la vista... pero por debajo, parecía no ser más que una bola de barro. Gran parte del equipo que funcionaba con energía interna chisporroteó y murió. Aún peor, algo del campo electromagnético de Kesh estaba interfiriendo con todo, desde las ondas de radio hasta la generación de electricidad. Los sables de luz aún funcionaban -y eso gracias a los cristales Lignan-, pero los náufragos, intrépidos como eran canibalizando el material, no iban a ser capaces de reinventarlo todo. Simplemente, no tenían las herramientas necesarias.
-Lo comprendo -dijo Gloyd, aparentando menos altura que antes-. Ya me conoces. Estoy construido para la lucha. Este pacífico paraíso me está volviendo...
-Yo sé de algo contra lo que podemos luchar -dijo Seelah, con su caftán agitándose mientras se ponía en pie y rodeaba a Korsin con un brazo-. Creo que los he visto preparando la comida en el salón principal.
Korsin sonrió.
Gloyd miro fijamente a la pareja durante un instante antes de ponerse a reír a mandíbula batiente.
-¿Qué puedo decir? -dijo, dándose golpecitos en la tripa y girándose-. La dama me conoce bien.
Korsin miró más allá de la mole que se retiraba para ver otra figura.
-¡Ravilan! ¿Cuál es tu siguiente plan maestro para sacarnos de esta roca?
-Nada en ese sentido -dijo Ravilan. El hombre carmesí de la descripción de Tilden avanzó unos pasos y observó educadamente a su líder-. Hoy no.
-¿En serio? Vaya, nos estamos haciendo viejos. La mente olvida cosas.
-La mía no, comandante.
Ravilan se pasó el dedo por el tentáculo de su mejilla derecha; una expresión de estar meditando entre los Sith rojos. Hizo que a Seelah se le pusiera la carne de gallina. Agarró más fuerte a Korsin. Anteriormente intendente del cuerpo adicional de guerreros massassi del Presagio, Ravilan había quedado sin misión después de que su carga muriera durante sus primeros días en Kesh. Desde entonces, se había encargado de una serie de extraños trabajos. Aún más importante, se había convertido en portavoz de los Cincuentaysiete -los miembros supervivientes de la tripulación cuyo linaje con la especie de Sith de piel roja permanecía pura- y de aquellos que, como Gloyd, estaban menos interesados en vivir en Kesh que en abandonarlo.
Pero el grupo de Ravilan cada vez se debilitaba más. Su gente no había simado la cantidad de cincuenta y siete desde su llegada. Una docena había caído debido a un accidente o incompetencia profesional, y ninguno de los hijos de la gente de Ravilan había vivido más de un día. Kesh no había sido igual de amable con todos sus huéspedes. Mientras que en general los motivos para querer irse se desvanecían, los suyos eran cada vez más fuertes.
Pero, aparentemente, eso no le había llevado hoy ante Korsin.
-Hay otra cosa -dijo Ravilan, mirando a Seelah-. La gente al servicio de tu... tu esposa ha estado tratando de documentar los ancestros de toda nuestra tripulación. Se han vuelto bastante insistentes -añadió, arqueando el zarcillo de una ceja.
Sintiendo que el agarre de Seelah se apretaba aún más, Korsin se alzó.
-Tu gente no tiene que preocuparse de eso, Rav. Sólo la tripulación humana.
-Sí, pero muchos de nosotros tenemos parte de sangre humana -dijo Ravilan, caminando por la columnata con Korsin. La multitud se fue; Seelah caminaba amargamente tras ellos-. Y muchos de los tuyos tiene parte de la nuestra. La mezcla de la linea de los Jedi Oscuros con la de mis ancestros Sith es cuestión de orgullo para mi... para nuestra gente, Korsin. Dejar que alguien nos separe...
Korsin siguió caminando, disfrutando de la vista del océano, con hebras de plata en su cabello brillando al sol. Seelah aceleró su ritmo para acercarse.
-Sigue siendo un planeta extraño -dijo Korsin-. No sabemos qué mató a tus massassi cuando aterrizamos. No sabemos qué está pasando con... bueno, ya sabes.
-Desde luego que lo sé -dijo Ravilan, mirando al océano aparentemente sin verlo. Su color se había convertido en un tono granate sombrío en su estancia en Kesh, y sus pendientes y los demás adornos Sith sólo servían para hacer parecer más anodino al hombre-. Este es un mundo gobernado por la tragedia, Korsin. Para todos nosotros. Si aceptas a alguien de mi gente en la maternidad como partera, podríamos ser capaces de entender mejor...
-¡No! -dijo Seelah, interponiéndose entre los dos-. No son personal médico, Korsin. ¡En condiciones como esta, tenemos que tener ciertos controles!
Ravilan se encogió.
-Esto no es un desprecio, Seelah. Tu personal lo ha hecho muy bien desde que nuestra misión tomó... naturaleza generacional. Los Sith prosperan. -Su rostro, arrugado por la edad y la preocupación, se suavizó-. Debería ser así para todos los Sith.
Seelah miró con aire de urgencia a Korsin, quien agitó la mano como si estuviera despachando a alguien. ¿Nos despachas a los dos?, se preguntó ella.
-Hablaremos más tarde sobre ello -dijo Korsin-. ¿Había algo más?
Ravilan hizo una pausa.
-Sí... Voy a ir al sur, como pediste, a visitar los pueblos de los Lagos Ragnos. -Seelah conocía el proyecto: Los keshiri habían estando recolectando algún tipo de algas fluorescentes, y Korsin había asignado a Ravilan para que las analizase, para su uso potencial iluminando las estructuras Sith-. Hay ocho pueblos en varias superficies de agua, todas con diferentes especímenes para examinar.
-Eso es mucho territorio -dijo Korsin-. ¿Tú solo?
-Como solicitaste -dijo Ravilan-. Comienzo en Tetsubal, el más alejado.
Seelah sonrió. Era justo la clase de trabajo intrascendente que volvería loco al intendente.
-Llevate a todo tu séquito -dijo Korsin, dándole una firme palmada en el hombro a Ravilan. Korsin no se había vuelto más físicamente imponente durante su exilio, pero seguía caminando como un hombre del tamaño de Gloyd-. Es importante... e iréis más rápido si os dividís. Y todos vosotros podéis permitiros salir de estas montañas unos días. -Se acercó más a Ravilan y le habló a su oído hundido-. Y, mira... la próxima vez Seelah preferiría que te dirigieras a mí como Gran Señor.
-Eso sólo es un nombre para los keshiri.
-Y había keshiri allí. Es una orden, Rav. Que tengas un vuelo seguro.
Seelah observó como Ravilan se alejaba renqueando. Había perdido una discusión con un uvak en su segundo año allí. Era una de una serie de pérdidas... y ella no estaba por la labor de dejarle ganar una discusión ahora. Se llevó a Korsin aparte.
-¡No te atrevas a aceptar a nadie de su gente en mis salas!
-Qué guapa te pones cuando defiendes tu territorio.
-¡Korsin!
Él la miró con ojos penetrantes.
-Ya no estás viviendo en Rhelg. ¿Cuánto vas a tardar en dejar marchar el pasado?
Seelah dejó que una ardiente mirada hablase por ella... pero Korsin la ignoró. Al ver algo tras ella, sonrió y se giró para dirigirse a la muchedumbre que aguardaba.
-Siento tener que dar esto por terminado, y os agradezco a todos que hayáis venido... pero veo que ya ha llegado mi compañía para el almuerzo.
Seelah se giró.
Adari Vaal esperaba en el borde de la plaza.