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jueves, 20 de junio de 2013

Sólo los droides sirven al Creador (y VI)


Los habitantes de la estación abarrotaban el pasillo del salón del Punto Tekra, algunos sucios y descuidados y otros de uniforme, todos tratando de entrar al salón. Toalar suspiró.
-No hay manera –dijo con su voz monótona-. Tendremos que regresar.
-No, no lo haremos -murmuró Woyiq-. Aunque tenga que subir a pie al nivel superior y hacer un agujero en la cubierta, veremos a Agapos.
-Seguidme. -Hoil se sumergió en la multitud.
Daye se aferró a los hombros de Woyiq. Sus piernas colgaban sobre los brazos de Woyiq. Los gruñones habitantes de la estación se apartaban al ver que Hoil era sunesiano. Daye se tragó su orgullo y se dejó llevar.
Llegaron a un área abierta diseñada para dar cabida a 20 ó 30 personas. Daye calculó que esa multitud eran 50 o más. En una de los diversos sofás cercanos a un mamparo había sentado otro sunesi. A través de la Fuerza, Daye sintió su presencia como un horno de energía amortiguado.
Agapos vio a Hoil.
-Amigo -trinó, y luego dijo-: Dejad pasar a estas personas.
Hoil se abrió paso a través de un mar de habitantes de la estación sentados con las piernas cruzadas. Detrás de Woyiq, probablemente Toalar también iba avanzando.
Daye sólo veía a Agapos. La presencia del sacerdote-príncipe le hizo cosquillas como el bacta. La larga túnica con capucha de Agapos caía en largos pliegues de color gris plateado sobre el sofá marrón descolorido. Las crestas de su frente se destacaban con fuerza, más parecidas a las de Hoil que a las de Nee.
-¿Quiénes son estas personas? -preguntó.
Hoil se arrodilló sobre la cubierta.
-Rebeldes y amigos –respondió-. Sin ellos, usted habría sido destruido por las naves de Beká.
-Error comprensible. -Agapos extendió sus palmas-. Los tekranos suministraron piezas de repuesto a mis... secuestradores. Permanecieron atracados durante menos de un minuto.
-Lo sé -murmuró Daye. Eso le había hecho sentirse aliviado y dolorido, una pareja emociones capaz de volverle a uno loco.
-¿Fuisteis vosotros los que nos siguieron? –preguntó Agapos.
-Sí. Éste... -Hoil señaló hacia arriba, a Daye-... se dio cuenta de que usted estaba a bordo Parecía conocer a los cazadores que le secuestraron.
Agapos miró a Daye.
-¿Tu nombre, hermano-hijo? No, espera. Estás incómodo. –Recogió los pliegues de su túnica y le hizo señas a Woyiq-. Siéntalo a mi lado.
Woyiq dejó que Daye se deslizara desde sus brazos. Daye apenas podía creer lo que estaba sucediendo. Había conocido a Agapos. Estaba sentado al lado de Agapos.
-Ahora -dijo el sacerdote-príncipe-. ¿Tu nombre?
-Daye Azur-Jamin.
Agapos le miró fijamente. Sin duda, Tinian le había dicho al sacerdote-príncipe que estaba muerto. ¿Qué más le había dicho?
Agapos se puso en pie de un salto y levantó los brazos.
-Amigos y hermanos –gritó-, gracias por vuestra acogida. Tengo que hablar con estas personas. ¿Podemos continuar nuestra comunión más tarde?
La multitud se dispersó en silencio, como si Agapos inspirase cortesía. El sórdido salón quedó vacío excepto por Agapos, Hoil -sentado a la izquierda del sacerdote-príncipe-, Woyiq, con las piernas cruzadas a sus pies, y Toalar... que estaba a varios pasos de distancia, presionando una mano contra la cabeza, como si le doliera miserablemente.
Agapos puso una mano en el hombro de Daye.
-Ella está enferma de pena –murmuró-. ¿Por qué le has engañado?
La culpa golpeó a Daye.
-Para poder entregarme a la Rebelión Era mejor, señor... hacerle pensar que había muerto... que dejar que me viera así. -Extendió ambas manos sobre sus piernas.
-Tú también estás llorando, por la pérdida de su antigua vida. Ella te querría tal como eres.
-Sí -comenzó a decir Daye-, pero...
-Has hecho un gran sacrificio, hermano-hijo. Pero estás demasiado orgulloso de ello.
Daye parpadeó. ¿Orgulloso?
-Los imperiales mataron a sus abuelos.
-Sí. Pobre niña. ¿Y qué hay de sus padres?
-Ella nunca los conoció. –Por un compañero de trabajo, Daye únicamente había averiguado que la madre de Tinian la abandonó antes de desaparecer-. ¿Dice usted que está enferma?
-Está tratando de matar su capacidad de amar. Puede que tenga éxito. -Daye se miró las manos. Habría sido mejor haber muerto que oír esto-. No es todo por tu culpa -dijo Agapos-. Es su elección. Chenlambec intenta disuadirla.
Daye había intentado imaginarse ese cazarrecompensas poco convencional.
-¿Cómo es él?
-Valiente. Inteligente. Ella no se da cuenta de lo mucho que se preocupa por ella.
Daye se cubrió los ojos. Le dolía todo el cuerpo, especialmente el corazón.
-¿Cómo recibiste tus heridas? -preguntó Agapos en voz baja.
Contar su historia no proporcionó a Daye ningún placer.
-Te aseguraste de no hacer daño a nadie más -observó Agapos.
Daye asintió, confortado en contra de su voluntad por la presencia de Agapos.
-Lo intenté. No traté de salvarme a mí mismo.
-¿Todavía te duele?
-Siempre -admitió. Los nervios de sus piernas estaban bloqueados, pero el hombro palpitaba casi constantemente.
-El dolor es fácil de controlar con la Fuerza. Ya lo estás haciendo... en cierta medida.
Daye puso su mano sobre Agapos.
-Yo creo que usted me puede ayudar. Su discípula, Nee, me mostró cómo curarme la vista.
Agapos se volvió hacia los demás.
-Discúlpennos por un instante. Usted, sobre todo -dijo dirigiéndose a Toalar-. No hemos hablado, pero sé que usted ayudó a que avanzasen los acontecimientos. Gracias.
-El placer es mío -gruñó Toalar.
-No me ofenderé si se marcha -le aseguró Agapos-. Hablaremos por el comunicador. Le tengo en la más alta estima, pero mi presencia causa dolor a los gotals.
Los ojos rojos de Toalar se iluminaron.
-Gracias -exclamó. Salió galopando hacia fuera.
-Ahora. -Agapos se volvió hacia Daye-. Puedes hacer mucho tú mismo, usando la Fuerza. Inténtalo...
Diez minutos más tarde, Daye se enderezó. Como Agapos afirmaba, el control del dolor no fue difícil. Sólo necesitaba que se lo enseñaran.
-Únete al camino sunesi -dijo Agapos suavemente-. Con el tiempo, podrías llegar a curarte.
-¿Con el tiempo? -El espíritu de Daye se hundió de nuevo.
-Tus ojos fueron sanados por el Creador -insistió Agapos-. Para mostrarte que podía hacerse. Sifu mungu -cantó, sonriendo.
Tenía que ser cierto. No le había costado ningún esfuerzo.
-Sí -dijo Daye.
-Tu espíritu necesita sanación, también. Hay mucho bueno en ti, pero tu orgullo y tu dolor te hacen un hombre inferior. Ofrece tu vida al servicio, y lo salvarás.
Daye vaciló. ¿Era esto el destino, o una agradable tentación?
-Yo estaría encantado de enseñarte. El mayor regalo consiste en servir a cada individuo, no... -Abrió las manos mostrando la habitación vacía-... en transmitir a toda la galaxia.
-Tinian y Chenlambec salvan una vida cada vez -convino Daye-. Agapos, por favor, permanezca oculto. Por su propia seguridad... y por la de ellos. Chenlambec y Tinian arriesgan sus vidas para salvar a otros. -¡Debería haber sabido que ella no cometería un error de juicio!
-Mi pueblo se lamentará -objetó Agapos.
-Envía a Hoil de vuelta. -Daye miró más allá de Agapos, al otro Sunesi-. Él puede transmitir el secreto.
-El engaño nunca es sabio -respondió Agapos-. Yo mismo podría haber matado a tus queridos amigos.
Hoil levantó una mano.
-Maestro, los habitantes de la estación han mantenido este lugar en secreto.
-Es cierto.
-Cuando debemos proteger información ante la inteligencia imperial, puede hacerse.
El sacerdote-príncipe cruzó las manos.
-Muy bien. Permaneceré oculto. Tomaré otro nombre. Pero duplicaré la velocidad de mis escritos.
-Estupendo -murmuró Hoil.
-No tendré nada que me distraiga. No tendré ningún seguidor al que nutrir. Salvo que este hermano-hijo quiera ayudarme... -Levantó la cresta de una ceja ante Daye.
Agapos necesitaría una nueva identidad y un ayudante con conocimientos tecnológicos para ayudarle a transmitir sus ensayos. Daye quería aceptar; se sentía profundamente honrado; pero, ¿cuánto de ese anhelo era un deseo egoísta de estar completo, un día... y de revelarse a sí mismo, curado, a Tinian?
-Bien -dijo Agapos suavemente-. Esa sensación es humildad. Los tekranos me dicen que mantienen un mundo seguro. Allí podremos difundir mis escritos. Y he oído que construyen armas para la Rebelión. -Agapos arrugó sus labios plateados-. Me han dicho que eras un investigador experimentado.
Tinian había sacado de contrabando de Druckenwell dos de sus circuitos electrónicos, con la esperanza de que alguien pudiera volver a desarrollar el campo anti-energía de Armamento I'att. Algún día. Los había dejado con Una Poot... y Toalar le había informado de ello poco después. De repente vio su futuro.
-Lléveme como su ayudante, entonces –dijo-, o como su acólito.
Agapos inclinó la cabeza.
-Con el tiempo, tal vez, mi discípulo. Pero ten en cuenta el precio. Algún día, te pediré una difícil penitencia.
Daye levantó una ceja.
-Debemos buscar a tu Tinian, hermano-hijo.

***

Chen trepó por la escotilla de cubierta.
-¿Todo parcheado? -Tinian todavía temblaba, pero los gritos de Agapos no la habían lesionado de forma permanente. El Wroshyr (el Wroxidado, debería llamarse) ya olía mejor. Chen sacudió la cabeza y aulló.
-Como nuevo -repitió Coqueta. Tinian la había pulido hasta hacerla brillar... y había logrado una nueva amiga-. Incluso mejor, en algunos lugares. ¿Has visto ese segundo mecánico? ¡Qué tiarrón...!
Tinian no tenía paciencia con los tíos cachas.
-Bien –interrumpió-. Próxima parada, Ookbat. Día de paga. ¿Esta es la mejor recompensa hayas cobrado nunca? -Chen clavó su oscura barbilla en su pecho plateado y se echó a reír-. Bien -suspiró ella. Era exasperante generoso-. La mayor parte de ella va destinada a Una Poot. Pero, ¿puedo hacer una petición?
Chen ladró y le puso la mano en el brazo.
-No, Ng'rhr. -Cariñosamente, acarició su suave pelo-. No es eso. No necesito cosas bonitas. Pero al Wroshyr le vendría bien una mejor protección. –Una aullante risa sacudió los maltrechos mamparos.
-¿Eso es gracioso? -chirrió Coqueta-. ¡Jefe, como mínimo le debe un bláster I'att! Ella ha vuelto a salvarle la vida. Recuerde la habitación del transmisor de Agapos.
Tinian la miró fijamente.
-¡Coqueta! ¡Nunca le digas eso a un wookiee!
Chen cantó un suave reproche.
-Bueno. -Tinian se encogió de hombros-. Está bien. ¡Si eso sirve para que hagas mejoras!

Nota del autor: La mayoría de los "dichos" de Agapos se basan en las palabras de John Adams, Thomas Jefferson y Thomas Paine, quienes avivaron una revolución hace no tanto tiempo en esta galaxia. Como escribió Jefferson: "Yo sostengo que una pequeña rebelión de vez en cuando es una cosa buena, y tan necesaria en el mundo político como las tormentas en el físico."

miércoles, 19 de junio de 2013

Sólo los droides sirven al Creador (V)


Casi una hora más tarde, Tinian estaba de pie junto al hombro de Agapos, y Chen estaba junto a la estación del piloto. Todos se habían puesto máscaras de oxígeno y botellas auxiliares. El indicador de la botella de Chen ya brillaba en rojo.
Les había faltado muy poco –escalofriantemente poco- cuando salieron del hiperespacio y se encontraron con una nave imperial justo a su cola. Chen había realizado apresuradamente su segundo salto. Podrían aparecer a años luz de distancia del Punto Tekra.
Coqueta había aislado los tanques de oxiagua. Chen había tensado el tejido en un frasco de muestras, y luego entregó los tanques a Agapos.
-Protegeos los oídos. -Agapos colocó boca abajo una botella de recogida e introdujo los conectores.
Tinian retrocedió hasta el mamparo opuesto y apretó ambas manos a los lados de la cabeza.
Entonces Agapos gritó. Las vibraciones ultrasónicas resonaron por los mamparos elípticos. Tinian notó cómo su cuerpo vibraba y sus mejillas enrojecían. Se sentía mareada. Chen gemía de dolor.
Agapos respiró hondo.
-¿Estáis bien?
De modo que era así como los habría matado. Chen aulló.
-Estoy bien -replicó ella-. ¿Y tú?
-¿Funciona? -trinó Coqueta.
Agapos agitó la botella de recogida.
-De esta cantidad de oxiagua, esto es todo lo que puedo conseguir. Sí. Otro regalo. Éste, de agradecimiento.
-Si estamos en camino -murmuró Tinian con amargura-. Adelante.
Agapos abrió la boca como para dirigirse a ella de nuevo, y luego sacudió la cabeza y se alejó.
Tinian se sujetó a su asiento.

***

Chen estaba dirigiendo la Wroshyr a una base de atraque cuando otra nave apareció en sus sensores.
-¡Él otra vez! -gritó Tinian a través de su máscara de oxígeno.
Chen soltó una mezcla de gruñido y ladrido.
-Prepárate para salir corriendo -advirtió a Agapos. Él había estado hablando con ella mientras las botellas de recogida se vaciaban de nuevo, protegiéndola del aburrimiento y el miedo. Él comprendía el dolor; su compañera de unión también había muerto. Simpatizaba con su sueño recurrente de correr frenéticamente, esquivando los disparos láser, sin atreverse a mirar atrás. Y le había dejado algo en lo que pensar: "Tanto el amor como la lealtad deben sostenerse mediante el sacrificio Hasta que podamos aprender a devolver bien por mal, no habrá tranquilidad."
Poco práctico, pero ennoblecía su memoria de Daye. A ella le habría gustado abrazar a Agapos, pero sus manos estaban ocupadas por los controles de maniobra. Todavía estaba aprendiendo a pilotar este cubo oxidado.
-¿Van a reequiparos? –preguntó Agapos.
-Están a la espera. -Chen explicó su necesidad y las prisas.
La escotilla lateral sonó. Tinian desbloqueó el cierre.
-Adiós -dijo por encima del hombro-. Buena suerte.
-Os doy las gracias...
La escotilla se abrió de golpe. Agapos saltó fuera de la nave. Tres personas entraron de un salto. Chen ladró.
-Bajo la cubierta -tradujo Tinian-. Deprisa.

martes, 18 de junio de 2013

Sólo los droides sirven al Creador (IV)


La lanzadera se había detenido. Las perneras sangrientas de Daye habían formado costra con sus articulaciones. Nee se paró frente a él, rodeada por el aura de las luces de cabina en la cirriniebla. Una sensación de shock terrible le despertó como una bofetada.
-¿Qué pasa? -preguntó.
Ella agitó un largo brazo.
-Ven. Aiteff te llevará.
El droide de pecho plano rodó para colocarse en posición. Nee corrió hacia la escotilla y desapareció a través de ella, dejando a Daye solo con Aiteff. Él se subió a los brazos de metal del droide.
-¿Qué ha pasado? –preguntó-. ¿Qué ocurre?
-Llamada de socorro -respondió Aiteff-. Agapos debía haber transmitido hoy. Alguien encontró su base de transmisión.
A Daye se le erizaron los pelos de la base del cuello.
-¿Los imperiales?
-Esperamos que no. -Aiteff se puso en marcha-. Sus escoltas estaban prácticamente desarmados.
-¿Por qué?
-Para evitar la detección. Él dice que su defensa es el Creador.
Agapos... desaparecido. Con un precio puesto por su cabeza.
Aiteff rodó por un pasillo largo y curvado, con el techo oculto por la bruma brillante. Inmediatamente, dando una curva cerrada, entró en una habitación atestada de droides, humanos y desgarbados sunesis. Las luces de las consolas parpadeaban, creando semiesferas de aire brillante y coloreado.
Aiteff se acercó rodando a un gran pozo de observación. Un droide de protocolo humanoide se puso a su lado, cerca de Toalar y Woyiq.
-Aiteff -saludó el droide-. Daye, soy Be-Ka-Cuatro, el segundo al mando de Agapos. Os damos las gracias a todos vosotros por las armas que habéis traído, pero no podemos recuperarlas todavía. Nuestro equipo de búsqueda acaba de llegar al bunker de Agapos. Sus ayudantes se están despertando del aturdimiento. La sangre de Agapos está por todas partes. -Indignado, Daye apretó los puños-. No rastreamos ninguna nave entrante -continuó Be-Ka-Cuatro-. Sin Agapos para bendecir nuestras batallas, no podemos sobrevivir.
En otras circunstancias, Daye podría haber desconfiado de un androide sin restricciones. Éste parecía haberse puesto al mando sin que nadie objetase.
-Hay una que se está marchando -señaló Toalar con vehemencia en el pozo de observación.
Un bulto sospechoso redondo y rojo avanzaba a toda velocidad para salir del sistema. Cuatro dardos dorados le seguían. Desde el otro lado de Monor II, ocho naves más salieron en su persecución.
-Deben de ser los asesinos caza-recompensas -convino Be-Ka-Cuatro-. Les hemos llamado. No responden.
Daye señaló los dardos.
-¿Esos son los tuyos?
-Y los otros son de Brago. -Nee se tocó la manga chamuscada. La intensidad de su dolor hizo que Daye desease que Una no lo hubiera entrenado.
El droide plateado se giró.
-Ampliad la zona de objetivo.
El bulto y los dardos llenaron el pozo. Daye ya no necesitaba entrecerrar los ojos. Los dardos se estaban acercando.
Be-Ka-Cuatro tamborileó con sus dedos en su costado.
-Si no los abatimos, Brago debería hacerlo.
-La venganza corresponde al Creador -objetó Nee.
El droide respondió:
-No debemos dejar que los asesinos escapen.
-Acabad con ellos -murmuró Woyiq.
Daye miró al bulto. De pronto vio su distintiva forma de platillo. Se le hizo un nudo en la garganta.
-¿Qué lectura obtenéis de los escudos de esa nave?
Otro androide tocó un punto de la interfaz del pozo, y luego respondió:
-Marginal. El blindaje de partículas es sólo el 37 por ciento del estándar, y los escudos de energía tienen lagunas de frecuencia. Esto no será difícil.
¡Tinian! Pero, ¿por qué aquí?
¡Por la recompensa por la cabeza de Agapos! Chenlambec no era un cazarrecompensas ordinario. Una se había negado a dar más explicaciones. El pequeño platillo ni siquiera estaba tratando de devolver los disparos.
-¡Alto el fuego! -exclamó-. ¡Es un agente rebelde! ¿Cuántas formas de vida hay a bordo?
-¿Perdón? -La cabeza de Be-Ka-Cuatro se volvió hacia él.
-Formas de vida -espetó Daye-. ¿Cuántas? ¡Puede que ese cazarrecompensas haya fingido la muerte de Agapos para salvarlo del Imperio! -Cuñas azules aparecieron a distancia disparo frente a los dardos sunesianos.
Be-Ka-Cuatro tocó la interfaz.
-Tres formas de vida. ¿Qué te hace tener esta extraña idea?
Chenlambec... Tinian... y otro. ¡El amigo de Una no había asesinado a Agapos!
-Vuestro líder está en esa nave -insistió Daye.
Cada sunesi, cada droide, cada humano en la sala se quedó inmóvil y le miró fijamente. Su asombro le golpeó con fuerza.
-Pero el Imperio puso una recompensa por su muerte. -Be-Ka-Cuatro agitó sus brazos plateados.
-De modo que fingieron su muerte. -¿Estaba advirtiendo Toalar sus pensamientos de pánico? ¡Escudos inadecuados!-. ¿Podéis correr el riesgo de matar a Agapos si está a bordo?
-¡No! –trinó Nee-. ¡Beká, cambia las órdenes!
Be-Ka-Cuatro ladeó su cabeza metálica, exasperantemente calmado.
-Si esos son agentes rebeldes, ¿por qué no lo dijiste...?
-¡Acabo de reconocer sus especificaciones!
Una de las cuñas azules a distancia de disparo casi barrió el platillo sin blindaje.
-Alto el fuego -suplicó Daye-. Nosotros les perseguiremos. Dadnos una nave.
-Esa es toda nuestra fuerza de defensa -trinó Nee.
-Entonces pedid a una que vuelva -dijo Daye-, pero dejadnos perseguirles. Si esos imperiales ponen sus manos sobre Agapos, será asesinado de verdad.
Be-Ka-Cuatro tocó la interfaz.
-Cambio de órdenes –entonó-. Desactivar pero no destruir. Luego esperen para escoltar una recuperación de armas.
Una cuña azul brilló en rojo. Daye tragó saliva presa del pánico. ¿Be-Ka-Cuatro había cambiado sus órdenes demasiado tarde?
Las cuñas azules se apagaron. El platillo de color rojo continuó huyendo. Be-Ka-Cuatro contempló la interfaz.
-Daños menores –observó-. Ralentizados pero no paralizados. Aiteff, lleva a estas personas a mi lanzadera personal. -Su cabeza giró hacia Toalar-. Llegué a Monor como botín, robado a un amo cruel. Servir a Agapos es suficiente libertad. Debéis traerlo de vuelta.
Daye estaba preocupado: ¿Cómo de graves serían los daños en la nave de Chenlambec? ¿Necesitarían rescate?
-Lo intentaremos -prometió. ¡Vamos, vamos!
-Pero si estás equivocado -continuó el droide-, si Agapos está muerto, entonces los cazadores de recompensas no deben vivir para recoger su recompensa. Agentes rebeldes o no.
-Lo juramos -declaró Toalar-, pero ten esto en cuenta: puede que Agapos desee permanecer oculto.
-¡Hoil! –Beká se volvió hacia un lado-. Ayúdales. Luego regresa para informar.
Un sunesi cerca de una escotilla se cuadró. Su piel era más verde que la de los demás, y las crestas de su frente más amplias.
-Seguidme -exclamó.
¡Por fin! Woyiq avanzó hacia Daye, pero Aiteff ya estaba girando sobre su eje. Haciendo rechinar sus cadenas, persiguió a Hoil y Toalar por la pasarela exterior de la cúpula, para a continuación subir una rampa en espiral. Woyiq corría a su lado. La lanzadera de tres aletas que había en la pista tenía líneas claramente imperiales.
-Bonita -gruñó Woyiq-. Pero, ¿es rápida?
-La más rápida que tenemos. -Aiteff depositó a Daye en un asiento de la segunda fila, y luego se retiró-. ¡Id con el Creador!
Daye se pasó una mano por los ojos. No había habido ningún dolor, ninguna mejora gradual. Sólo curación instantánea.
-Lo haremos –respondió-. Gracias. –Fuera lo que fuese en lo que creían los sunesis (la curación, o la vida después de la muerte), quería saber más de ello. Si no interceptaban a Agapos, volvería.
La escotilla se cerró. Woyiq se dejó caer al lado de Daye. Tomando los controles con sus manos provistas de garras, Toalar despegó.
¿Y si no era Tinian? Daye miró por encima del hombro de Hoil. El sensor principal brillaba en verde.
-¿Radar? -preguntó, recordando su suposición.
-Beká modificó esta nave. -Hoil acarició la consola-. El nuestro tiene menor alcance que la mayoría de los escáneres, pero podemos calibrar la aceleración de salto.
-¿Qué quieres decir? -palpitó la voz monótona de Toalar.
Los huesudos dedos de Hoil bailaron en el panel.
-Leeremos su impulso cuando salten. Eso nos dará una buena conjetura en cuanto a su distancia. -¿Era Tinian? Daye intentó relajarse en la Fuerza. En un impulso, rogó: Por favor... quien quiera que seas... muéstrame si...
La presencia de Tinian atravesó su mente como un dardo. A continuación, el platillo desapareció con un parpadeo.
Los daños no eran tan graves, entonces. Habían saltado. ¡Pero allá arriba estaba Tinian! ...y Agapos. Quizás Agapos pudiera curar sus piernas. Pero, ¿cómo reaccionaría Tinian si lo viera de esta manera?
Daye echó un vistazo a la pantalla de popa. La nave de Beká estaba dejando atrás con facilidad a la escuadra imperial. Esta debía ser una lanzadera de los Mundos del Núcleo. ¿A quién había pertenecido Beká?
-Hemos abandonado el pozo de gravedad -anunció Toalar-. ¿Estamos programados?
Hoil pulsó una tecla.
-Ahora.
-¡Agarraos! -ordenó Toalar.
Las estrellas se transformaron en líneas brillantes.

***

-Decidme, asesinos a sueldo: ¿Habéis hecho las paces?
Tinian giró su silla de vuelo. Agapos estaba enmarcado por la escotilla retráctil del mamparo de popa. Chen le había dejado tirado en una litera, todavía aturdido, y encerrado en la cabina de popa; el Wroshyr tenía dos pequeñas celdas de las que los cazadores llamaban "armarios de carne", pero Chen se negó a confinar a Agapos allí.
-¿Qué quieres decir? -exclamó. No podía aturdirlo; había guardado su bláster-. Coqueta, ¿le has dejado salir?
-¡No! -hipó Coqueta, instalada en la consola principal-. ¡Ha usado ultrasonidos!
La cabeza de Chen apareció por la escotilla de la cubierta. Había reparado una letal brecha del tamaño de la cabeza de un alfiler, pero ahora tenía que reiniciar el soporte vital. El oxígeno de a bordo les duraría sólo hasta mitad de camino al Punto Tekra. El aire ya empezaba a saber a oxido.
-Haced las paces con el que os creó. -Agapos cruzó los dedos por encima de su túnica plateada-. En breve moriremos.
Chen rugió.
-Tienes razón -tradujo Tinian a toda prisa-. Agapos, si no arregla los depuradores estamos todos muertos.
-Estoy en contra de matar -le aseguró Agapos-. Pero he jurado hostilidad eterna contra toda forma de tiranía. No se me utilizará para viles fines imperiales. Yo...
-¡Cállate! -exclamó-. ¡No somos imperiales! Estamos tratando de salvar tu miserable vida.
Agapos miró hacia Chen, y luego de vuelta a ella.
-Dices verdad –declaró-. Lo siento en la Fuerza. Pero, ¿cómo puede ser? En mi bunker, actuasteis salvajemente.
-Teníamos miedo -espetó Tinian. ¿Agapos sentía la Fuerza, como Daye? Oh, Daye...
Chen le corrigió, luego volvió a desaparecer bajo la cubierta.
-Yo tenía miedo –admitió-. Él estaba herido. Chen tiene una licencia de cazador de recompensas imperial, pero si el Imperio se entera de lo que hace con ella, su cabeza valdrá el doble que la tuya.
Agapos inclinó la cabeza bulbosa.
-¿Y eso por qué?
Tinian explicó rápidamente.
-Ya veo -dijo el sunesi cuando hubo terminado-. Entonces estoy en deuda con vosotros. Pero mis seguidores se lamentarán profundamente.
-Vengarán tu muerte contra el Imperio -señaló Tinian.
-Espero que no -dijo Agapos-. La venganza pertenece al Creador. Sólo la libertad merece el derramamiento de sangre. Yo no soy la libertad.
Tinian frunció el ceño. Una vez, ella había creído en una causa más grande. Había estado preparada a dirigir Armamento I'att por el bien del Imperio. Era a la venganza a quién servía ahora, no a la Rebelión.
-Pero estarán terriblemente enojados –argumentó-. Lucharán sin ti.
Chen rugió una sugerencia.
-Correcto –dijo-. Estarán más seguros sin ti. Mira, estamos en problemas... si no te importa.
El alto alienígena se dejó caer sobre la cubierta y se asomó por la escotilla.
-¿Cuál es vuestra necesidad?
Chen soltó un chorro de jerga técnica. Tinian se agachó y trató de traducir.
-Os vais a ahogar -intervino Coqueta-. Eso lo resume todo. Y después, ¿qué pasará conmigo?
-Nos queda menos de una hora de aire. -Tinian olfateó. Tal vez menos-. Hemos perdido mucho.
Agapos se levantó sobre sus largos brazos. Parecía un tritón color turquesa, sin cola y con largas patas.
-Tenéis tanques de oxiagua.
A Tinian se le puso la carne de gallina. ¿Cómo había sabido eso? Dentro del compartimiento más grande, el pequeño cilindro de clonación de Chen no era un auténtico Spaarti, pero el aparato casero daba resultados rápidos, aceptables y baratos. Chen había vertido las últimas gotas de sangre de Agapos de su medyector en su cámara de producción. Crearía suficiente tejido diferenciado para convencer a los pagadores de que Chenlambec, conocido en los círculos de caza como "el wookiee rabioso", una vez más había traído todo lo que quedaba del cadáver.
Quizás Agapos pudiera oler el oxiagua del mismo modo que ella olía los explosivos.
-Sí -dijo ella-, pero necesitamos que ese tejido.
Agapos se alzó sobre sus largas piernas y se irguió.
-Primero necesitamos oxígeno. Puedo cavitar el oxígeno disuelto en el oxiagua.
Tinian había supervisado la cavitación en Armamento I'att: un ultrasonido de alta energía podía dinamizar los gases disueltos de un líquido.
-¡Chen! -Se agachó-. ¿Has oído eso?
Él gruñó y siguió trabajando.
Una bocina de alarma sonó.
-¡Veinte segundos! -exclamó.
Chen saltó a través de la escotilla, con su pelaje con puntas plateadas flotando en el aire. Saltó sobre el asiento del piloto con la misma facilidad que si estuviera trepando un árbol.
-Asegúrate -ordenó Tinian a Agapos-. Estamos a punto de abandonar el hiperespacio. Sólo por un instante. Esto es un salto intermedio.
-¿Para evitar ser perseguidos? -Agapos se apresuró a sentarse detrás. Se movía bien para ser un místico.
Tinian dejó la escotilla abierta.
-Exactamente. Pero no podemos saltar tres veces. No si queremos seguir respirando cuando lleguemos al Punto Tekra. –El Punto Tekra era una vetusta nave colonizadora, robada al Imperio y remodelada con las riquezas de la familia de un rebelde. Chen a menudo dejaba allí sus "adquisiciones", cerca de un mundo poblado. O eso decía. Ella no le había visto hacerlo todavía.
Su asiento se tambaleó. Las estelas se redujeron a puntos. Chen se inclinó sobre el ordenador de navegación.

***

Toalar estaba tenso, escuchando a través de sus conos perceptores cualquier tenue zumbido de la Fuerza. Los relés a bordo del elegante del transbordador Imperial casi le dejaban sordo. Hoil sujetaba los mandos, preparándose para saltar de nuevo al espacio real. En la sala de control sunesiana flotaba la presencia de Agapos. Aquí, Toalar esperaba poder sentir...
¡Dolor!
-¡Están aquí! –exclamó-. ¡Rastreadlos de nuevo!

lunes, 17 de junio de 2013

Sólo los droides sirven al Creador (III)


Daye miró una mancha gris moteada en el suelo. Ese duracemento estaba tan mal endurecido que incluso sin su monolente no tenía problemas para verlo... pero no había sido capaz de excavar en él. Un débil lumipanel iluminaba el filtro de aire. No podía llegar a ninguno de ellos. El administrador Brago no había anunciado la incautación de las armas de Una Poot. Tal vez los sunesis todavía tenían una oportunidad de luchar. Tal vez Brago simplemente estaba ocupado comiendo.
“Hay algo odioso en los gobiernos de fuera del planeta fuera”, recordó Daye de los ensayos de Agapos. “Exigimos líderes de nuestra propia especie, cuyas crías hayan pupado junto a las nuestras. Sólo ellos tendrán en cuenta nuestro futuro.” Con algunas modificaciones de menor importancia, podría haber retransmitido eso mismo en Druckenwell.
Ojalá hubiera conocido a alguno de los sunesis. Había oído que la metamorfosis los predisponía a creer en la vida después de la muerte. Deseó creer ahora en ello. Estaría feliz de poder descansar, pero, en este caso, se había dado cuenta de que temía la extinción.
Unos pasos se detuvieron frente a su puerta. Se apoyó contra la pared.
Dos personas larguiruchas de piel color turquesa claro irrumpieron, llevando borrones que parecían blásters. Una forma plateada les siguió, más o menos humanoide, obviamente mecánica. Finalmente apareció el soldado joven de pelo rojo. La aprensión de Daye se transformó en esperanza. En la Fuerza, sentía que ese joven era valiente... determinado... y servicial.
-¿Conor? -No podía ser...
-Mi nombre es Urek. Tenemos que sacarte de aquí."
Reconoció el nombre: ¡El contacto rebelde Una Poot, que se había infiltrado durante el mandato de Fuguée! También había sido quien "descubrió" la cápsula de mensajes.
-Vamos -instó el joven-. Los hombres a los que he aturdido no permanecerán inconscientes para siempre.
-No puedo usar mis piernas -le advirtió Daye-. En absoluto.
Urek miró a través de la puerta de la celda abierta.
-Carga con él, Aiteff. -El droide se acercó rodando sobre sus estrechas cadenas. Urek y un sunesi levantaron a Daye. El droide dobló sus brazos en un ángulo similar a una silla.
-Trate de ponerse cómodo -entonó Aiteff-, pero seguro. Debemos darnos prisa.
Daye se sentó de lado y rodeó los hombros de Aiteff con sus brazos.
-Ya estoy –dijo-. Vamos.
Los sunesis de largos miembros salieron rápidamente. Aiteff les siguió. En el pasillo esperaba otro grupo: varios borrones turquesa más, dos formas de droide metálicas, tres humanos -uno con una complexión fornida de luchador- y un gotal.
-Daos prisa. –Un sunesi hizo señas con un brazo vestido de gris. Daye entrecerró los ojos con tanta fuerza que le causó dolor de cabeza. Este tenía delicadas crestas en las cejas y probablemente era de sexo femenino-. ¡En el valor está la fuerza! -dijo entre dientes.
-Alabado sea el Creador -respondió el droide de Daye... y sus compañeros biológicos. Aiteff rodó hacia delante. Los demás corrieron.
Pero sólo los droides sirven al Creador... o así lo había creído Daye. Había oído que la gente de Agapos permitía a los droides y a los humanos vivir entre ellos como iguales. ¿Habrían adoptado también la cuasi-deidad de los droides?
-Normalmente llevo yo a Daye -ofreció Woyiq.
-No hay tiempo -resopló Urek-. Sigue corriendo. Tengo que volver a mi puesto. Siento haberte aturdido. En el abordaje. ¡Defensa propia!
-No hay problema -gruñó Woyiq.
El grupo giró a la derecha, lejos de la oficina de Brago. Daye miró atrás. Giraron otra vez a la derecha. Aparecieron borrones negros desde un pasillo lateral.
-¡Soldados! -exclamó.
-¡Vamos! -exclamó la pequeña Sunesi. La mayoría del grupo siguió corriendo. Ella y dos droides se quedaron atrás, sacando sus armas. Woyiq se quedó con ellos. Daye se aferró a su androide. Su impotencia lo humillaba.
Aiteff entró en un hueco de ascensor. Subieron varios niveles, y luego avanzaron rápidamente a lo largo de otro pasillo.
-¿Dónde está todo el mundo? -preguntó Daye.
-Estaban comiendo. -El droide sonaba petulante, al no tener esa necesidad-. El administrador Brago prometió un festín. Urek sabía que era nuestra oportunidad.
Los que iban corriendo a la cabeza llegaron a una puerta. Soldados aturdidos yacían esparcidos alrededor.
-La entrada de servicio. -Aiteff maniobró entre los cuerpos uniformados-. ¡Aguanta la respiración!
Atravesaron la entrada. Daye quedó totalmente cegado por una densa niebla gris. Cristales ligeros le acariciaban las mejillas y las manos mientras el droide seguía avanzando. Escuchó -¿o se lo estaba imaginando?- agudos chillidos en todas las direcciones. Los ultrasonidos serían de gran ayuda en el aire turbio.
Aiteff pasó con un sonido metálico a través de una escotilla que Daye no había visto venir y le dejó caer en un asiento, y luego extendió un sólido brazo y sacó de un mamparo un par de filtros nasales. Daye se los colocó, luego entrecerró los ojos al ver otra forma oscura. Toalar estaba junto a una escotilla, blandiendo un bláster de diseño extraño. Esa pequeña lanzadera tenía cuatro filas de asientos. Esperaba que tuviera escudos.
Un sunesi vigilaba la esclusa de aire junto a Toalar.
-Viene Nee -chilló el alienígena.
-¿La pequeña? -preguntó Daye.
El sunesi asintió. Se secó el sudor de su frente abombada.
-¿Ella es vuestro líder?
El sunesi asintió de nuevo.
-Una de los más cercanos discípulos de Agapos. Una luz en nuestra oscuridad. No la abandonaremos al enemigo.
Otro sunesi apretó los controles del transporte.
-Él no te abandonará, sino que te guiará y te fortalecerá.
-A través de la más oscura de las noches -susurraron otros tres.
Daye se alegró de que los sunesis hablasen básico. Era evidente que no iba a morir, después de todo... aún no.
-Toalar, ¿estás bien? -Brago había ordenado que Toalar fuera interrogado.
El gotal se encogió de hombros.
-Nada por lo que no haya pasado antes. Él no...
Dos droides entraron corriendo a bordo, luego Woyiq, llevando a la pequeña y delgada Nee.
-Medipac -dijo con voz ronca-. Le han dado.
El brazo izquierdo de Nee colgaba inerte. Líquido rosa goteaba de sus cuatro dedos largos. Golpeó un panel de la esclusa con su mano sana, trinando en voz alta.
El transporte se tambaleó. Los enormes ojos de Nee se cerraron y sus finos labios plateados se movieron. Otro sunesi se acercó a ella luchando contra la aceleración.
Ella sangraba por la parte superior del brazo, cerca del hombro. ¿Qué tipo de armas estaban usando los imperiales sobre esta gente? Daye se sonrojó, deseando poder aliviar su dolor. Sabía lo que significaba ser herido.
-¿Tenéis un medipac? -gruñó Woyiq.
-Silencio. -Un sunesi le pasó dos filtros nasales.
Nee estaba cantando.
-Viumbay, viotay. Sifu. -Hubo una larga pausa, y luego cantó de nuevo.
Una técnica de distracción, supuso Daye. Podría ser un largo vuelo hasta llegar junto a su médico. Su compañero le puso una mano en el brazo.
-Sifu –cantó-. Sifu.
-Toalar -exclamó Woyiq-. ¿Tenéis un medipac?
-¡Espera! -Daye entrecerró los ojos mirando con más atención. Debajo de la manga chamuscada de Nee, la piel turquesa se estaba tejiendo ante sus ojos. La sangre dejó de gotear. ¿Qué estaban haciendo?
-Alabada sea esta creación -entonó en básico el compatriota de Nee.
Nee levantó la cabeza.
-Gloria mayor que las estrellas –cantó-. Nunca seréis abandonados.
Woyiq quedó boquiabierto. Daye tanteó a través de la Fuerza. La presencia de Nee latía poderosamente. Ella acababa de sanarse a sí misma... y se había despertado con fuerzas renovadas, no debilitada.
-Déjame en el suelo -indicó.
-Lo que usted diga, señora -obedeció Woyiq.
Nee se tambaleó hacia la consola del piloto. La lanzadera dio una sacudida. Daye supuso que estaban esquivando disparos. Si los sunesis utilizaban ultrasonidos para la comunicación diaria, su radar debía de ser excepcional.
Y se curaban a sí mismos. Se quedó mirando la cabeza bulbosa de Nee. Esta discípula lo había hecho, al menos. Daye apretó sus piernas. ¿Podría él hacer lo mismo... usando la Fuerza?
Los Jedi lo habían hecho, lo sabía las historias que se contaban. Obviamente, Nee era poderosa en la Fuerza.
¿Lo era él?
Ni siquiera podía imaginar restaurar sus piernas atrofiadas. Pero un médico había dicho que su ojo bueno podría volver a enfocarse con el tiempo, incluso si no tenía acceso a un droide quirúrgico. El peor daño había afectado a los nervios en las profundidades de su cráneo.
Cerró ambos ojos. Trató de captar la Fuerza y dirigirla para tratar el dolor punzante detrás de sus sienes.
No ocurrió nada.
La canción de Nee flotaba en su mente. Tal vez la deidad o espíritu local, o el campo de curación de los sunesis podía tener piedad de un hombre herido.
-Viumbay -cantó en silencio-, viotay. Sifu. -El transporte se sacudió. Se agarró a los estrechos reposabrazos y abrió los ojos.
Entre su asiento y el del piloto, cristales diminutos se arremolinaban y brillaban.
Parpadeó. Entrecerró los ojos. No notó ninguna diferencia en ninguno de los casos. Sus dos ojos se habían enfocado... ¡estaba viendo en tres dimensiones!
Toalar gimió y se frotó los conos perceptores.
-¿Qué re pasa? -preguntó Daye, creyéndoselo sólo a medias.
-Dolor de cabeza -respondió Toalar-. Pero se está yendo.
Los gotals sentían la Fuerza a través de esos conos. Daye se recostó. ¿Qué había hecho? ¿O no había sido él? ¿Había algún poder ahí fuera, como su agradecido instinto sugería? ¿Acaso él podría... eso podría... curar sus piernas?
Cerró los ojos y repitió la canción, acariciándoselas. Nada. ¿Por qué ser codicioso? ¡Podía ver! Si sólo estuviera sentado más cerca de una ventana... La pequeña nave parecía estar nivelándose. Probablemente se dirigían a otro continente.
Iba a conocer a Agapos. El líder espiritual de Nee. Posiblemente un sanador mayor.
Algo le tocó el hombro por detrás. Giró la cabeza y se encontró mirando el delicado rostro turquesa de Nee. Las crestas plateadas de sus cejas y sus orejas pequeñas y redondas brillaban.
-Él te ha tocado -murmuró, con un trino de soprano en su voz-. Sifu mungu.
-¿Quién? -susurró Daye-. ¿Quién es?
Ella se rió en voz baja, un trino de alegría compartida, no de burla. Levantó la mano de su hombro y le tocó la frente. De pronto, exhausto, cayó en un sueño profundo y sin sueños.

viernes, 14 de junio de 2013

Sólo los droides sirven al Creador (II)


Karr condujo al grupo de Daye por un pasillo largo y gris a una habitación larga y gris. Detrás de la mesa del mismo color gris de los mamparos estaba sentado un hombre con el pelo negro y el cuello corto.
El teniente Karr se cuadró.
-Aquí están, administrador. -A través de la monolente, aún ajustada para largas distancias, el parche de rango del administrador era una larga mancha de color rojo y azul.
-Gracias, teniente –ronroneó-. Descanse-. Miró a sus prisioneros-. ¿Cuál era vuestra carga?
Daye le miró fijamente. Este no era el guión que habían ensayado.
-Tampoco obtuvimos demasiada cooperación con el abordaje. -Karr había vuelto a sacar su palillo de dientes.
-¿La cápsula fue destruida?
-Afirmativo, señor.
Brago entrelazó los dedos y se recostó.
-¿Cuál de vosotros es el jefe? -Apartó a Woyiq, que aún se tambaleaba por la descarga aturdidora, con una mirada desdeñosa-. ¿El gotal, imagino? Vosotros los rebeldes siempre ponéis bichos raros al mando. ¿Estáis espiando para los cabezas hinchadas?
Los sunesis usaban su prominente cráneo en forma de melón para los ultrasonidos. Cabezas hinchadas.
-No somos espías. -Daye escuchó atentamente. La hostilidad de Brago se mantuvo firme.
-Interrogue al Gotal, teniente. Podemos eliminarlos a todos después de la fiesta. Que sea algo festivo.
El teniente Karr se cuadró de nuevo, luego tiró del brazo de Daye.
-Muévete, droide.
-¿Droide? -repitió el administrador.
-Es mayormente humano por encima de la cintura, señor -explicó Karr-, pero mire esas piernas.
Brago miró por encima de su escritorio, y luego alzó la mirada. Daye le miró a los ojos antinaturalmente verdes.
-¿Qué te pasó? -preguntó Brago.
Daye se encogió de hombros.
-Una explosión.
-¿Un saboteador? -Brago arqueó una ceja.
Daye sonrió para sus adentros. En palabras de Agapos, “la llama de la Libertad debe ser alimentada con nuestra sangre, mezclada con la de los tiranos”.
Brago hizo un gesto con la mano.
-Encerradlos.
Al atravesar una puerta doble vigilada hacia un pasillo ciego, Daye preguntó a Karr en voz baja:
-El administrador Brago, ¿es apreciado?
-Eso no es asunto tuyo.
-No le aprecian demasiado.
-Puede que tengas razón. -Karr se echó a reír-. Alto.
El joven soldado pelirrojo pulsó un panel negro en la pared. Una puerta se abrió. Karr empujó a Daye al otro lado, y la puerta se cerró con un golpe seco. Aún impedido por las esposas, retrocedió hasta una pared. Se deslizó hacia abajo hasta el suelo de la celda desnuda y sin ventanas.
¿Y ahora qué? Desde que huyó de Druckenwell, había perdido la cuenta de los días. Debía de estar empezando la Fiesta de Año Nuevo. Una de las diversas festividades imperiales, era ampliamente celebrada comiendo, bebiendo y consumiendo especia en exceso.
Él, Toalar y Woyiq serían el entretenimiento de la sobremesa si no pensaba en algo. Buscó intensamente en su interior, con la esperanza de encontrar firmeza. No quería divertir a Brago mendigando clemencia.
En cuestión de minutos, otros dos soldados llegaron. Uno tenía el pelo marrón y un bigote lacio.
-Brago quiere que partes droides. -Apuntó con un bláster los refuerzos de Daye-. Como recuerdo.
Zumbaron cuando Daye se puso en pie. Sin ellos, estaría tan indefenso como un talz recién nacido.
-Déjalos por ahora -pidió. Se acabó la firmeza-. Déjame mi dignidad.
El soldado rubio y barrigón se abalanzó. La adrenalina anuló el sentido común de Daye. A mitad de movimiento para lanzar una patada, se dio cuenta de que se había extendido demasiado. Sus ultra-potentes piernas droides lo lanzaron con fuerza. Cayó desplomado sobre un costado.
El rubio saltó desde atrás y le dio la vuelta en el suelo sobre su estómago.
-Supuse que intentarías eso -gruñó. Apoyó su corpachón sobre los hombros de Daye, con las manos en los huesos de la cadera de Daye. Daye arañó el duro suelo. Los grilletes le hacían doblemente indefenso, retorciéndole las muñecas.
El soldado con bigote extrajo una herramienta de aspecto siniestro de su cinturón de herramientas. Se arrodilló junto al tobillo izquierdo de Daye y comenzó a hacer palanca.
Daye apretó los dientes, convocando esa firmeza. Nuestra sangre alimenta la llama de la libertad, se recordó. A través de su bloqueo neural, lo único que sentía mientras el soldado arrancaba barras de sus huesos era la presión.
El rubio barrigón se inclinó se apoyó con fuerza en sus caderas, y luego se apartó de un salto. Daye trató de incorporarse sobre ambos codos. El sudor se deslizaba por su frente. El guardia rubio se alejó.
-¿Vas a darnos el ojo de vidrio? ¿O lo cogemos a nuestra manera?
Algo zumbó en la distancia cercana. Las muñecas de Daye se relajaron. Poco entusiasta, se sentó y dejó que las esposas se deslizasen fuera de sus muñecas. Las manos no serían de gran ayuda, si estaba ciego y cojo. Apretó la mejilla izquierda, soltando el clip. El suelo y las paredes de duracemento se convirtieron en borrones grises.
El soldado le arrebató la lente y las esposas, y luego arrojó algo a un lado. Su compañero se retiró con un crujido repugnante.
-Karr ha decidido enviarte de vuelta con el Creador –anunció-. Espera a ver lo que hacemos con los droides viejos.
Se fueron.
Poco a poco, Daye estiró los brazos. Se frotó las muñecas. Luego miró a sus delgadas y flácidas piernas. Ya atrofiadas, sangraban por las articulaciones.
No tenía intención de morir sin luchar, aunque su esfuerzo podría ser risible. Morían rebeldes todos los días, en focos de resistencia por todo el Imperio. Daye sólo deseaba haber podido lograr algo más. Se preguntó qué tenía planeado Karr.
Armamento I'att vendía los droides antiguos por piezas, pero Daye había oído hablar de enormes cubas de ácido y tanques de sedimentación imperiales, en los que se recuperaban materiales compuestos y metales. Si pretendían arrojarle a una de esas cosas, se disolvería antes de poder ahogarse.
¿Dónde estaba Una Poot? No es que esperase ser rescatado, pero le gustaría poder decirle lo que había pasado. Sus amigos musicales, Cheeve y Yccakic, habían viajado con los médicos rebeldes. Con suerte, Twilit, la esposa de Cheeve, se uniría a ellos en la cómoda estación de retiro de los médicos. El concierto final.
Daye se alegraba de que todavía pudiera sonreír. Se levantó una pernera de su buzo. Su tobillo había dejado de sangrar. Rodó sobre sí mismo y comenzó a dar la vuelta a la celda, arrastrándose con sus antebrazos. No debía darse por vencido. Algún extraño pasó corriendo junto a su puerta lanzando exclamaciones de júbilo. La fiesta debía de estar en marcha. Daye apoyó la mejilla en el frío duracemento desnudo. ¿Cuándo había sido la última vez que había visto a Tinian feliz? Con aspecto juvenil y su cabello dorado rojizo que le llegaba hasta los hombros, había llevado la protección pectoral y las hombreras blancas de la armadura de soldado de asalto imperial. Daye y el abuelo de Tinian habían inventado una nueva forma de disipar los disparos de bláster. Ingenuos en su confianza, Tinian y sus abuelos habían creído que el Imperio les ofrecería un lucrativo contrato.
En cambio, el Moff Eisen Kerioth ejecutó a los abuelos de Tinian y se apoderó de la planta. Daye y Tinian se habrían convertido en sus esclavos si no hubieran escapado. Él había querido que ella construyera una nueva vida, lejos de las leprosas garras del Imperio.
La había visto una vez más, desde una gran distancia. La Estación Plata estaba flotando a la deriva bajo el ataque imperial. Woyiq acababa de llevarle a bordo de la nave de escape de Una Poot, el Pato de Feria. Una pequeña nave exploradora con forma de platillo apareció en la pantalla visora del Pato, y a pesar de un escudo de partículas débil -y de escudos de energía con peculiares vacíos de frecuencia- ese platillo destruyó un caza TIE antes de desaparecer en el hiperespacio. Una había afirmado que Tinian estaba a bordo. Había encontrado otro protector wookiee: Chenlambec, dijo Una, no es un cazarrecompensas ordinario.
Rodó sobre su espalda. Había tratado de olvidarlo. Su adorada prometida se había unido a un cazador de recompensas en lugar de encontrar un lugar donde pasar inadvertida.
“No tenemos miedo de seguir a la verdad dondequiera que nos conduzca”, había escrito Agapos. “Incluso toleraremos el error, siempre y cuando nuestras mentes queden libres para luchar contra él.”
Pero temía que Tinian hubiera cometido un grave error de juicio.

***

Chenlambec apartó de su máscara de respiración ligera un mechón del pelo de su rostro, marrón con puntas plateadas. Miles de millones de microcristales flotaban en cada metro cúbico de aire. Una respiración profunda sin filtrar le habría destrozado los pulmones. Con la luz del día, Monor II deslumbraba los ojos. Esa noche, no penetraba el menor brillo de las estrellas.
Tinian ajustó su propia máscara. Con la complexión de un cachorro a medio crecer, su nueva aprendiz era feroz para ser un ser humano. Chen también había perdido la mayoría de su familia bajo los ataques imperiales, pero Tinian era inestable, aturdida por el dolor del asesinato de sus abuelos y su compañero de vida. Había comenzado a recuperarse, y luego sufría una recaída... en varias ocasiones, sin motivo aparente. Sospechaba que tenía pesadillas.
-sigue sin gustarme que no detectemos ninguna forma de vida -se quejó ella-. ¿Estás seguro de que tu contacto encontró el lugar correcto?
Él gruñó en voz baja: este era el lugar. Un centinela debe de haberlos visto.
-Ni siquiera detectamos nada bajo tierra.
En los escáneres, una cámara metálica no se distinguiría demasiado de una importante vena de mineral. ¿Quería esperar a bordo?
-Yo no. -Sobre su mono negro liso, enderezó su cinta en bandolera. Dos bolsillos de carga sobresalían al otro lado del bláster que le había dado: no I'att, por desgracia, sino un Merr-Sonn barato.
Caminando en silencio, Chen rodeó el casco lleno de marcas del Wroshyr. Tinian constantemente le instaba a actualizar su nave exploradora. Puede que fuera una experta en explosivos, pero seguía sin entender el flujo de crédito de la caza comercial.
Avanzaron a tientas a través de la niebla templada hasta la base del acantilado.
-Bueno -murmuró Tinian-, aquí hay una puerta. Pero está sellada magnéticamente.
Encontrar este lugar había requerido trabajo rápido. Las fuerzas imperiales intervenían todas las transmisiones desde el bien defendido cuartel general de Agapos, tratando de silenciar las soflamas sacerdotales. Pero los manifiestos seguían apareciendo. Los contactos rebeldes de Chen habían deducido que había un transmisor secreto. Habían encontrado una veta de mineral muy recta, de justo dos veces la longitud de onda de la frecuencia de transmisión fuera del sistema, a 70 kilómetros de distancia. Debía estar funcionando como una gigantesca antena dipolo.
-Prennerin -olfateó Tinian. Incluso a través de su filtro, debía de haber sentido el olor del explosivo de los sunesis-. No es que ofrezca un control lineal demasiado bueno.
Él sugirió que puede que fuera todo lo que podían permitirse.
Ella puso los ojos en blanco. Mechones de pelo rubio rojizo colgaban sobre la correa de su filtro de aire.
La fuente de Chen había insistido en que Agapos transmitiría esa noche, y Chen no había visto huellas de vehículos. El entorno de Agapos debía de estar evitando cualquier mecanización visible en los escaneos.
Él rugió una orden.
-¿Qué, Chen?
Gruñendo, él la corrigió.
-Está bien –suspiró-. ¿Qué, Ng'rhr?
Copió bien su pronunciación, para tratarse de un ser humano.
Tío. Él tenía que ser su familia. Ella nunca había tenido un clan, ni siquiera padres.
Él repitió su orden, y entonces sacó un pequeño cubo plateado de entre los pliegues de su bandolera de piel de lagarto. Tinian deslizó una mano por la pared.
-Estoy buscando –murmuró-, pero no veo ninguna toma de corriente.
-Sigue buscando -trinó el cubo.
Chen dio unas palmaditas a Coqueta con buen humor. Más pequeña que un cerrojo de seguridad, Coqueta era un droide completamente funcional. El anterior socio de cacería de Chen había programado a Coqueta para seducir a un ordenador inteligente, subvertir su seguridad, o cambiar comandos. Sólo necesitaba tener una toma de corriente cerca. Chen la volvió a colocar en el bolsillo de su bandolera.
-Supongo que me quieres, entonces. -Tinian rebuscó en un bolsillo de carga.
-Eso depende –dijo la voz de Coqueta. Chen la hizo callar.
Segundos más tarde, Tinian se apartó corriendo de los acantilados.
-Atrás –instó-. A la cuenta de 10.
Chen se agachó detrás de una gruesa y frondosa vegetación que desprendía un aroma floral. Notó otro perfume extraño, con un ligero regusto a mar, que debía ser el de los sunesis, más cerca de los anfibios que de los mamíferos.
Le dijo a Tinian que volviera a comprobar su bláster.
Ella miró hacia abajo.
-Aturdir -confirmó. Chen cazaba siguiendo reglas estrictas. Haría falta habilidad, suerte y coordinación para arrebatar a Agapos de sus guardaespaldas sin herir a nadie.
El trueno sacudió la noche tropical. Chen corrió a la puerta. Colgaba suelta de un lado. Dejó salir sus garras de escalada y la arrancó. Descendieron corriendo por un empinado túnel neblinoso. Esperaba no tener que perder a Tinian. Si duraba cinco minutos bajo fuego, puede que sobreviviera a su aprendizaje. Le habría gustado lanzar sencillamente una granada de gas, pero desconfiaba de la biología sunesiana. No podía arriesgarse a matar a Agapos.
“Debo estudiar la guerra”, había escrito Agapos, “para que mi descendencia pueda estudiar economía y astrografía. Deben estudiar economía y astrografía, filosofía y agricultura, para dar a sus descendientes el derecho a estudiar pintura, poesía y porcelana”. Con muy pocos cambios, Chen podía haber citado eso en Kashyyyk.
Tinian agitó la pequeña luma ante la piedra blanca con manchas grises.
-Sus marcas de disparos no están mal -admitió en un susurro. El túnel terminaba en otra gigantesca puerta-. Aquí, Coqueta -dijo, señalando un círculo de metal cerca del nivel del suelo.
-Ya era hora -trinó Coqueta.
Gruñendo de satisfacción, Chen introdujo la clavija del droide en la toma de corriente. Dentro de su caparazón de titanio, cada centímetro no positrónico estaba repleto de sensores y antenas bobinados. Su única desventaja -además de ser celosa- era la inconsistencia. En ocasiones, el pequeño droide tardaba horas en completar tareas en apariencia sencillas.
-Ya está, jefe –chilló-. Todos los sistemas de seguridad están desactivados. -Él hizo un par de preguntas más.
-No -respondió ella con recato-. No hay otra salida. Y tenéis a seis personas dentro.
-¿Disposición? -preguntó Tinian.
-Una habitación. Transmisor en la pared izquierda. Ocho sillas. No tropieces.
Chen tomó a Coqueta y se la entregó a Tinian. Coqueta zumbó a modo de protesta, pero si la necesitaban en el interior, Tinian –que tenía menos estatura- podía conectarla más rápido. El wookiee blandió su arma y ladró una orden.
La puerta se abrió. El brillo de la cirriniebla cobró vida en el pasillo. Alguien gritó.
Tinian se echó al suelo y se arrastró hacia adelante.
-¡Cuidado! -chilló Coqueta-. ¡Vas a hacerme un arañazo!
Chen contó hasta cinco. Luego saltó al centro de la puerta y se dio la vuelta, disparando ráfagas aturdidoras a cualquier cosa de color turquesa.
Los sunesis blandían armas primitivas. Para evitar los escáneres, observó con calma. Las flechas silbaron. Esquivó, giró, y siguió disparando.
Un disparo atravesó su bandolera hasta el pecho.
-¡Jefe! -chilló Coqueta.

***

Tinian chilló, también. Había perdido su casa, el amor y la familia. Si nunca volvía a apreciar nada ni a nadie -ni siquiera la supervivencia- el Imperio no podría hacerle daño.
Pero sin Chen, no tendría ninguna razón para seguir luchando. Dejó caer a Coqueta, se alzó y agarró su mísero bláster Merr-Sonn. La sangre brotaba del pecho canoso de Chen. Un palo de color verde oscuro sobresalía de la herida.
Sintiéndose más wookiee que humana, disparó ráfagas aturdidoras. La cámara era tan pequeña que apenas percibía la niebla.
-¡Cuidado! -gorjeó una voz a un lado-. ¡Hay dos!
Miró al alienígena de túnica plateada. Desarmado. Dos figuras turquesa tendidos en el suelo. Aturdidas. Pero otra estaba subida sobre una silla de metal, blandiendo un cuchillo tan largo como un antebrazo. Preparó sus piernas desgarbadas para saltar. Chen había avanzado a tientas por el suelo tratando de tomar el bláster que se le había caído.
Ella disparó. El extranjero se desplomó en el acto. Su cuchillo cayó sobre el suelo de piedra.
Un disparo de bláster pasó zumbando sobre su cabeza, no un disparo aturdidor difuso, sino uno enfocado para matar. ¿Y ahora quién...?
-¡Alto! -gorjeó la voz de nuevo-. ¡Dejadnos en paz!
Ella hizo girar su bláster, buscando ese objetivo final. La consola del transmisor, una pared de botones y diales primitivos, sobresalía un metro de la pared de roca.
Chenlambec se arrancó la rama ensangrentada. Su punta llena de púas brillaba con color rojo. Para alivio de Tinian, el wookiee rugió desafiante. La sangre manchaba su pelaje con puntas plateadas.
-Detrás del transmisor -gritó Tinian.
Chen volvió a rugir. Agarró el bloque del transmisor y lo arrancó. Tinian sorprendió a los sunesis restantes mientras su protección se estrellaba lejos.
-Ahora -jadeó, volviéndose-, nos ocuparemos de usted.
Agapos estaba inquebrantable. Ella tuvo que admirar su serenidad. Sobre sus ojos negros y redondos, crestas y bultos plateados destacaban en su piel color turquesa como si fueran joyas.
-Han puesto precio a tu cabeza -dijo, jadeando. El filtro de aire la estaba ahogando.
-Lo habéis ganado.
Chen gruñó.
-Vamos -tradujo Tinian-. Date prisa.
-Tu compañero está herido -trinó el sacerdote-príncipe.
-Cierto -espetó Tinian-. Cuanto antes volvamos a bordo de nuestra nave, mejor. -¿Y dónde estaban los medipacs en ese cubo oxidado?-. Muévete.
Chen rugió su acuerdo.
-Estoy dispuesto a morir -dijo Agapos con calma-, pero no me tomaréis prisionero.
Ella se apartó el pelo de la cara.
-No somos de esa clase de gente –insistió-, pero no tenemos tiempo para charlar.
El sunesi se dirigió hacia Chen. Casi babeante, Chen respiraba de forma profunda y agitada. El sunesi extendió una mano de color turquesa con cuatro dedos y cerró los ojos. Chen mostró los dientes.
Agapos tocó el pecho sangrante. Chen lo frotó. Luego susurró algo.
-Estás de broma –exclamó Tinian. Miró al sunesi-. ¿Qué has hecho?
-Mi último regalo para mi verdugo -dijo firmemente-, además del perdón. No tendrá ninguna cicatriz, salvo el recuerdo de su crimen. Si tuviera un arma, os dispararía a ambos. Al no tener ninguna, sólo puedo negarme a cooperar. -Levantó ambas largas manos por encima de su cabeza bulbosa-. Ganad vuestro dinero manchado en sangre, y matadme. Pero mis palabras pervivirán.
Era evidente que prefería que le pegasen un tiro a ir con un wookiee furioso y una chica humana medio loca.
Tinian apretó el dedo del gatillo.
-Como tú quieras. -Agapos se desplomó en el suelo. Chen agitó su cabeza peluda como si acabara de salir de un éxtasis. Ronroneó una pregunta.
-Estoy bien –espetó ella-. Vamos.
Recuperándose, él sacó un gran medyector de su bolsa bandolera. Extrajo 20 mililitros de la sangre color rosa brillante de Agapos y roció las sillas, las paredes y los restos del transmisor. Después de cerrar el colector, lo devolvió a su bolsa. Se cargó el alienígena aturdido sobre el hombro y corrió hacia el túnel.
Tinian recogió a Coqueta y lo siguió.
-¡La tierra! -chilló Coqueta-. ¡No os olvidéis de la tierra!
Tinian se detuvo en la entrada del túnel para recoger un puñado de tierra mezclada con sedimentos de cirriniebla. Si alguien los desafiaba, podrían demostrar que habían estado en la Colonia Kline.
Las luces de aterrizaje del Wroshyr se encendieron. La cirriniebla bailaba en sus rayos.
Daye habría dicho que era exquisito. Él tenía buen ojo para apreciar la belleza. Le había encantado cuando dijo que ella era adorable. Sus manos largas y fuertes la habían abrazado con tanta suavidad...
Ella nunca dejaría de llorarle. Nunca. Nunca. El rugido de Chen se escuchó por la escotilla.
-¡Ya voy! -Cegada por las lágrimas, avanzó a tientas hacia la luz-. ¡Ya voy, Ng'rhr!