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lunes, 25 de enero de 2016

El arma perfecta (y XI)


Capítulo 11

Bazine no sabía gran cosa sobre narglatches, pero sabía cómo matar a uno con el bláster de Kloda a diez metros de distancia. Como su amo, el gato era un depredador de voluntad decidida, y Bazine no confiaba en él más de lo que confiaba en Kloda. Cuando el pecho de la bestia dejó de moverse, se deslizó por la pendiente del cráter y abrió las alforjas. Pronto recuperó su hoja, sus cuchillos arrojadizos, su bláster... y el estuche.
Después de trepar fuera del cráter, se dirigió a su deslizador. Gracias a las enseñanzas de Orri y al tesoro de un muerto, fue bastante fácil arreglar los cables que Kloda había cortado y dejarlo otra vez en funcionamiento. Casi resultaba divertido; él le había enseñado a no confiar en nadie salvo en él, y pese a ello había sido el conocimiento obtenido de otros profesores lo que le había permitido vencerle.
Cuando terminó de arreglar las entrañas del vehículo, cerró el panel de acceso y activó el arranque del deslizador. La satisfacción la inundó al escuchar como cobraba vida con un zumbido y por fin pudo dejar atrás la colmena de los apidáctilos.
Pulsó el botón detrás de su oreja.
-Al habla...
-¿Bazine? ¿Eres tú?
Pulsó de nuevo el botón para apagarlo. No era la voz modulada de su empleador en el comunicador de largo alcance de su oreja. Era Orri en su comunicador de muñeca, y su voz parecía aturdida. Ella sonrió, sólo un poco. Así que había una persona –alguien a quien ella tal vez apreciara un poquito- a quien Kloda no había llegado a matar.
-Sí, Orri. Soy yo.
-¿Qué ha pasado? No logro recordar. ¿Me... me besaste?
Ella le obsequió con una risita.
-No. No te besé.
-Pero hiciste algo. Tengo una zona dolorida en... –Se aclaró la garganta-. No importa. ¿Dónde estás?
-Estoy yendo de vuelta a la nave. Debería estar allí en pocas horas. No trates de marcharte. Limítate a tomar una taza de caf y algo de comer, y no hagas ninguna tontería.
Hubo una larga pausa.
-Así que fuiste a hacer el trabajo sin mí.
Parecía abatido, como un niño al que se le habían caído los dulces en la arena.
-No te has perdido nada. Ya te contaré luego.
-¿Encontraste a nuestro hombre?
Bazine no pudo evitar menear la cabeza. Nuestro hombre. Como si fuera algo que estuvieran haciendo juntos. Como si fueran iguales. Como si él no fuera un estúpido y una molestia.
-Sí, encontré a nuestro hombre.
-¿Qué tal funcionó el tejido deflector? ¿Indetectable, verdad?
-Adiós, Orri.
Bloqueó el canal. Tenía trabajo de verdad que hacer.
Mientras conducía de vuelta hacia Ciudad Vashka y el Gavilán –ahora su nave- activó el piloto automático y colocó el estuche metálico en su regazo. Parecía haber sido arrastrado por una guerra, salpimentado con abolladuras y arañazos y algunas marcas negras que debían de ser rebotes de fuego bláster. En los bordes se había acumulado suciedad oscura, como si no hubiera sido abierto en décadas. No vio ningún tipo de cerrojo ni cerradura. Pensó en intentar abrirlo, y llegó al punto de recorrer el borde con los dedos. Después de todo, ¿qué era tan especial para que Kloda saliera de su escondite y la traicionara para robarlo? ¿Para que pasara años entrenándola, criándola, sólo con este fin? ¿Cuál podría ser “la mayor recompensa”?
En el fondo, no quería saberlo. Sólo quería el dinero.
Dejó con cuidado el estuche a su lado y activó el comunicador de detrás de su oreja para establecer una conexión de largo alcance.
-Al habla Bazine Netal –dijo-. Lo tengo.

El arma perfecta (X)



Capítulo 10

Cuando ya no pudo escuchar a Kloda, se puso las gafas y comenzó a buscar el cuchillo, escarbando con los dedos en el montón de objetos y tela en descomposición. También tomó la soga y el cinturón del muerto. El cuchillo era un objeto tosco, fabricado probablemente afilando una cuchara, pero serviría para abrirse paso por la cera... si su pie no lo lograba antes. Se arrastró hasta el muro de cera recién reconstruido y pasó la mano por su superficie, tanteando donde debía ser más débil, justo en la unión.
Entonces fue cuando escuchó el fiu-fiu-fiu de los disparos de bláster, que fue respondido por un furioso zumbido que aumentó en un crescendo enloquecedor.
De modo que Kloda había despertado a los apidáctilos aturdidos, dificultando aún más su persecución.
Por supuesto que era tan listo como para pensar en eso. Pero aunque el viejo pirata no le hubiera enseñado todos sus trucos, le había enseñado suficiente. Cuando no puedes cruzar la puerta principal, buscas una ventana. Si no hay ninguna ventana, te la fabricas. Ya se había colocado sus guantes de cuero y había clavado el cuchillo en el techo de la celda cuando los primeros dacs llegaron volando a la sala. A juzgar por el sonido satisfecho de sus zumbidos, el olor cobrizo y el sonidos de los golpes húmedos, estaban cobrándose su venganza en lo que quedaba de Aric Nightdrifter. El gancho de derecha de Kloda había resultado más letal que nunca.
Las sombras oscilaron en la pared de cera, y las patas afiladas como cuchillas la tanteaban como si sintieran que algo estaba profundamente mal. No sabía hasta qué punto resultaban inteligentes esos insectos, y no quería quedarse por ahí demasiado tiempo para averiguarlo. Tan pronto como su cuchillo atravesó la quebradiza cera sobre su cabeza, comenzó a arrancar grandes pedazos con las manos.
Había comenzado a abrir su vía de escape en el centro de la celda, a mitad de camino entre los insectos del exterior y el cadáver del interior, esperando que todas las celdas funerarias estuvieran dispuestas igual que esa. Eso significaba que cuando subiera trepando a la celda más cercana al techo, no se encontraría directamente bajo otro cadáver en descomposición. Sin embargo, podía olerlo, y eso ya era suficiente. Esa celda era más oscura, y recalibró sus gafas para rebuscar entre el montón de pertenencias, encontrando un rollo de cable aislado, un par de alicates para cable, y otra patética imitación de cuchillo. Lástima que la armadura de los soldados de asalto estuviera fuera, con los monstruos, en lugar de dentro, con los hombres que la habían llevado. Ahora mismo, esa armadura le sería de gran utilidad.
El zumbido del exterior creció en intensidad y se volvió más frenético, y ella sólo podía suponer que las criaturas se estaban amontonando entre ellas para desmontar su propia colmena y encontrar la carne fresca de la intrusa en el interior. Golpeó la gruesa cera del techo, pero era más pesada y más dura y difícil de romper. Se le habían desgarrado los guantes y tenía los nudillos doloridos y sangrando. Cuando consiguió arrancar un buen pedazo, encontró tras él las baldosas blancas del techo estándar, lo que resultaba prometedor. Puede que los insectos construyeran su hogar para resultar duradero, pero las baldosas del techo estaban pensadas para remplazarlas lo bastante a menudo para mantener en funcionamiento el negocio de las grandes corporaciones galácticas. Se regodeó en apuñalar la plancha blanca hasta que se desplomó en pedazos quebradizos.
Pronto Bazine logró un agujero adecuado en el techo, del tamaño justo para permitirle pasar a ella y, con suerte, su forma y tamaño no resultarían adecuados para los dacs hambrientos que pudieran intentar seguirla. Se puso en pie, recogió sus herramientas, y se aupó con cuidado al denso aire cálido del ático del edificio. Odiaba el polvo y la suciedad, pero jamás el polvo y la suciedad habían olido tan bien. No había suficiente espacio para ponerse en pie del todo, pero sus gafas revelaron un entramado de vigas metálicas que sostenían las baldosas del techo. Los conductos de ventilación en todos los extremos del edificio dejaban entrar haces de luz del sol, y eso era lo que ella estaba buscando.
El entrenamiento de Kloda resultó de utilidad mientras caminaba con rapidez recorriendo la estrecha viga metálica, sabedora de que cualquier paso en una de las baldosas podría hacerla caer en el nido de apidáctilos que se encontraba debajo. La rabia le empujaba y le hacía avanzar, y siguió apoyando su peso en la punta de los dedos de sus pies hasta que llegó al conducto de ventilación más cercano y se quitó las gafas, dejándolas colgando en su cuello. Distribuyó su peso en dos vigas distintas y usó el cuchillo para desatornillar los pernos de la rejilla. Cuando quedó suelta, la dejó caer hacia un lado con delicadeza, colgando todavía de un tornillo.
La escena en el exterior era hermosa... pero aterradora. Suaves muros verdes rodeaban el valle y la megaflora asomaba entre la hierba en oasis dispersos. El cielo iba tomando una tonalidad púrpura, y el amarillo dorado de las torres y paredes de cera reflejaba los rayos rojos del sol poniente. Se encontraba bajo un saliente, directamente debajo del tejado del edificio, a tres pisos de altura. Eso normalmente no presentaría ningún problema para su ánimo o sus talentos. Pero esa vez, cientos de insectos furiosos de casi su mismo tamaño se arremolinaban en tornados de furia destructora, entrando y saliendo entre zumbidos por las puertas, cazando y buscando, decididos a castigar a cualquier cosa que hubiera osado atacar la colmena.
Examinó el árbol caído donde había dejado el deslizador y no pudo contener una mueca de fastidio. Kloda estaba arrodillado junto al motor, sin duda desactivándolo. A su lado se agazapaba un narglatch adulto, con alforjas y silla de montar, que acuchillaba el aire con su cola en forma de aleta y excavaba la tierra con sus garras.
Ahora el nombre en clave cobraba sentido.
Salir del edificio no supondría un problema, gracias a la soga que había encontrado en el cuerpo de Tribulus. Lo que le preocupaba era que le vieran los insectos. No tenía tiempo de procurarse su propia armadura, como había hecho Nightdrifter, pero sí le quedaba un disfraz en la manga. O, para ser exactos, en el bolsillo. En seguida Bazine estaba frotando con su tinta de anguila rishi la pálida piel de sus brazos y su pecho que no estaba cubierta por su camiseta interior negra. Embadurnó su cara con los últimos restos de tinta del tubo. Si no podía parecerse a un dac, parecería una sombra.
Todo lo que había tomado de las celdas estaba oculto en su persona, junto con algunas armas que Kloda no conocía. El rollo de cable y los alicates estaban enganchados en el cinturón de Tribulus, y desenrolló la soga y la ató firmemente a la viga del techo más cercana. No llegaría del todo hasta el suelo, pero le dejaría cerca.
Las manos de Bazine estaban ahora cubiertas con la tinta de anguila rishi, lo que no sólo impedía que sus dedos o sus manos dejaran huellas, sino que además le proporcionaban cierta protección para la fricción de la soga... y enmascaraba su olor. Asomándose por el agujero que había hecho en el techo, arrancó algunos pedazos de cera y se los frotó en las manos, esperando que la cera proporcionara alivio adicional a la quemadura de la soga.
Al asomarse por la rejilla abierta, realizando un nudo en el bucle de soga alrededor de su cintura, un zumbido inquisitivo en el agujero que acababa de abandonar le dijo que había llegado el momento de saltar. Se descolgó por la estrecha abertura con los pies por delante y descendió en rappel por el costado de la Instalación 48, clavando en cada salto las botas en la cera templada. Las palmas de las manos le ardían, pero no tanto como la rabia de su pecho al mirar por encima de su hombro y ver a Kloda deslizando el estuche metálico en una de sus alforjas. Se dejó caer más rápido hasta que se quedó sin soga, justo antes de llegar al primer piso. Soltando el nudo, se dio una distancia de un metro antes de soltarse y aterrizar en una suave pendiente de cera. Afortunadamente, fue el aterrizaje más fácil de su carrera, y se deslizó por la resbaladiza inclinación hasta que fue capaz de rodar u ponerse en pie donde los restos de hierba se encontraban con el borde de la colmena. Ya fuera por su furiosa concentración para encontrar el intruso, o por su traje completamente negro, los apidáctilos no la habían visto. Aún.
Y Kloda tampoco.
Él se encontraba en ese momento hablando por su comunicador, uno muy parecido al de ella, y riendo. Bazine sabía cómo derribarle, pero no iba a ser nada fácil. Tenía que estar cerca, pero no demasiado cerca. Y él tenía que estar lejos de su deslizador y de la colmena. Bazine tenía que sincronizar perfectamente sus acciones.
Salió disparada tras el montón de basura, corriendo sin parar hasta el borde más alejado. Esperó mientras Kloda montaba en su narglatch y comprobaba su equipo. Ella también comprobó su equipo, levantando la bota para dejar caer sobre la palma de su mano su último detonador térmico. Cuando él comenzó a galopar, ella corrió tras él, pulsó el interruptor, y lanzó la esfera metálica justo delante de él.
Con una sonora explosión, la tierra desapareció en un cráter de diez metros de diámetro. El gigantesco felino aulló y cayó, arrastrando a Kloda con él. Para cuando Bazine llegó al borde del cráter, su mentor y antiguo amigo estaba trepando por el borde, magullado y lleno de arañazos, pero principalmente ileso.
Que era exactamente como Bazine lo quería. La venganza no era tan dulce cuando tu enemigo ya estaba muerto.
Él llegó a la superficie justo cuando ella llegaba a distancia de ataque, pero no pudo sacar su bláster a tiempo. Ella le golpeó primero con una patada en la cara, y luego le propinó otro puntapié en el costado. Una vez le había soltado una reprimenda por sus gustos en calzado; ¿Quién espiaba con tacones de doce centímetros? Que se ría ahora, con las costillas rotas. Todo lo que hacía, lo hacía por un motivo. No puedes esconder bombas en zapatos de suela plana.
El narglatch saltó al borde del cráter, lanzándole un zarpazo con sus pesadas garras, antes de volver a caer al fondo. Ella retrocedió justo cuando Kloda le agarró de un tobillo, haciéndole caer de rodillas. Él luchaba sucio, la clase de hombre que llevaba veneno bajo sus uñas dentadas, y una vez había golpeado a un hombre con su pierna metálica hasta matarlo. Pero conocer sus métodos le había enseñado a prepararse para una pelea semejante, y ella sabía que sus uñas no podrían atravesarle sus gruesos pantalones. Le dio una patada, haciendo que soltara la mano, pero él tenía suficiente fuerza para volver a agarrarle la pierna y tirar de ella.
-Oh, no, tú no –gruñó él.
¿Quería una lucha cuerpo a cuerpo? De acuerdo. Ella le proporcionaría una. Después de todo, una traición tan personal como la suya merecía una muerte igual de íntima.
Bazine cambió de táctica. En lugar de tratar de ganar distancia y recuperarse, cargó contra él, se sentó a horcajadas sobre su pecho, y le rodeó el grueso cuello con su brazo.
-¿Vas a besarme, Conejito? –preguntó él con una risita, y por el movimiento de su brazo Bazine supo que trataba de sacar un cuchillo.
Ella apretó con más fuerza, rápida e inmisericordemente, cortándole el aliento y el riego sanguíneo. El rostro del hombre enrojeció mientras ella sentía cómo un cuchillo chocaba y resbalaba repetidamente contra la placa y la malla de fibra de su camiseta interior. Su sonrisa fue tan oscura como sus labios.
-Si te besara, sería demasiado fácil.
-De todas formas... no eres... mi tipo.
-Ríndete, viejo. Has perdido.
-Te enseñé... todo lo que sabes –balbuceó él-. No te enseñé... esto.
-Quería una segunda opinión –respondió ella-. Así que me entrené en otras escuelas. Y voy a quedarme tu nave.
Él se sacudió y se debatió, pero ni siquiera un hombre tan fuerte y duro como Delphi Kloda podía vivir sin oxígeno. Había algo satisfactorio en el modo que su sabio y sentencioso ojo mostraba sorpresa y miedo, y ella jugueteó con la idea de dejarle vivir sólo para provocarle. Pero no podía evitar recordar las historias que le contaba al acostarse, de niña, cómo había dado caza a los hombres que le habían traicionado. Deja con vida a un enemigo, y jamás dejarás de mirar por encima de tu hombro, le había dicho. Así es como perdí mi ojo. No lo intentaré de nuevo. Se dio un golpecito en el parche de cuero negro y le guiñó el ojo bueno, y ella rió y juró que nunca lo haría.
Pero él acababa de hacerlo, ¿no?
Y ahora... ella quería hacerlo. Pero no lo haría. Porque sabía mejor que nadie lo que Kloda podía llegar a hacer cuando quería algo. Ese hombre había matado a todos los que se habían acercado a ella, gente cuyos nombres se había esforzado en olvidar. Puede que incluso ya hubiera matado a Orri; ella no lo sabría hasta que regresara al Gavilán, en el espaciopuerto. Tenía que acabar con Kloda antes de que encontrara un modo de escapar. Cerrando los ojos, hizo girar sus brazos con fuerza, aplastándole la tráquea y rompiéndole el cuello.
Él le había traicionado. Pero antes de eso le había salvado.
Bazine cerró los ojos del cadáver de Kloda y se puso en pie, alta y orgullosa. Tal vez él había tenido la intención de convertirla en el arma perfecta, pero había sido ella misma quien había afilado esa arma.
Era hora de acabar el trabajo.

viernes, 22 de enero de 2016

El arma perfecta (IX)



Capítulo 9

-Hola, Conejita –dijo Kloda.
Ella dejó lentamente el estuche en el suelo de la celda y mostró una falsa sonrisa. Tras esa fachada, su cuerpo la estaba traicionando. Las lágrimas se asomaron a sus ojos mientras su corazón se aceleraba y sus nervios hervían de adrenalina. Todo lo que quería hacer era correr, porque no había ninguna buena razón, segura y coherente, para que Kloda estuviera en Vashka. Ni siquiera le había dicho que ese fuera su destino. No podía moverse. No podía salir de la celda. No con él ahí fuera, bloqueando la salida.
-Yo también me alegro de verte, viejo.
Él no se movió, pero su sonrisa se ensanchó.
-Deja que te ayude con ese estuche, niña.
Y entonces fue cuando Bazine lo supo con seguridad.
-¿Por qué te llaman Narglatch? –preguntó, con voz inexpresiva.
Él no titubeó.
-Porque soy un cazador solitario. Ahora dame el estuche. –Mostró su bláster favorito, y le guiñó su único ojo sano-. Por favor-. Cuando ella no hizo nada por recogerlo, añadió-: No cuentes con nuestra historia pasada, niña. Podría limitarme a dispararte y tomarlo igualmente.
Ella sintió un nudo en la garganta al agacharse para recoger la caja metálica.
-Pásamelo de una patada. También tus armas, incluyendo los cuchillos arrojadizos. Sé que tienes al menos cinco ocultos en alguna parte. Si veo que mueves un dedo, perderás un brazo. No está puesto en aturdir.
Ella rió amargamente.
-Nunca lo está.
Con el bláster de Kloda apuntándole a la cara, extrajo siete cuchillos arrojadizos y, con la bota, alejó de sí su bláster, su hoja, y el estuche.
Kloda apartó las armas del suelo, sacó el estuche a la luz, y lo inspeccionó, igual que había hecho ella. Su misión, su estuche, el que había arrebatado de la mano esquelética de un cadáver. Casi se había olvidado del cuerpo de Tribulus, atrapado, como ella, en la celda del apidáctilo. Incluso mientras su corazón se destrozaba al descubrir que su salvador, mentor y amigo la había traicionado, su mente seguía catalogando el contenido de la cámara, recordando el brillo de un cuchillo en el montón de objetos y un trozo de cuerda cuidadosamente atado en la cintura del cadáver. La mayoría de las pertenencias del muerto, había dicho Nightdrifter. Allí tenía que haber muchas cosas que pudiera usar como arma, si tan sólo tuviera la oportunidad.
-Buen trabajo- dijo Kloda, y ella alzó la cabeza-. Agradezco que hayas hecho todo el trabajo por mí. Y también que me quitaras a Orri de las manos. Ese capullo hace demasiadas preguntas, ¿verdad?
Estaba ocupado con algo en el exterior de la celda, moviéndose y agachándose.
-Siento lo de tu amigo de aquí fuera –dijo-. Toda esa armadura, y sólo hizo falta un puñetazo al cráneo para derribarle. Supongo que aún tengo un buen gancho de derecha, ¿eh? Viejo, pero aún tengo mi toque.
-¿Puedo salir ya? –preguntó ella, tratando de poner preocupación y vulnerabilidad en su voz. Eso había funcionado con él, un poco, cuando ella era una niña.
Él le ofreció una sonrisa torcida.
-Buen intento, niña. Pero conozco todos tus trucos. Yo fui quien te los enseñó. Así que siéntate ahí cómodamente, y asegurémonos de que no me seguirás.
Bazine sabía que él quería que le preguntase qué quería decir con eso, y por tanto permaneció en obstinado silencio. El viejo silbaba su melodía favorita mientras usaba el encendedor de Nightdrifter para encender uno de sus gruesos cigarros y fumó con regodeo, lanzando gruesas volutas de humo. Con un gruñido, levantó una de las losas de cera hasta el agujero, sosteniéndola en su lugar con una mano mientras con la otra usaba el encendedor para fundir los bordes. El cálido y empalagoso olor de la cera se mezcló con la podredumbre de la muerte para agrandar el nudo que el miedo había creado en el estómago de Bazine.
-Mira, niña, no te culpes. No tienes ni idea de lo que hay en este estuche, ¿verdad? Todo esto formaba parte de un juego muy largo para ganar la mayor recompensa de todas. Necesitaba un chivo expiatorio, y es muy fácil encontrar uno en un orfanato de Ciudad Chaako. Tuviste una vida decente, ¿no? Te enseñé mucho. Te dejé correr libremente, hasta que finalmente llegara este trabajo y te necesitara. Ni siquiera sabías que llevabas un rastreador, ¿verdad? Si estabas en Chaaktil, siempre podía encontrarte. Y siempre puedo encontrar al Gavilán.
Se agachó para recoger el segundo fragmento de losa, y Bazine mostró los dientes. Él quería herirla; podía sentir cada palabra como un puñal en la espalda. Sabía que era un poco sádico, pero nunca antes había mostrado esa faceta ante ella. No le daría la satisfacción de verla llorar, gimotear o suplicar.
¿Pensaba que lo sabía todo acerca de ella?
Le enseñaría algo nuevo.
De momento, cerró con rabia los ojos mientras él sellaba la tumba con la última losa de cera y fundía los bordes dentados por donde se había roto. La luz se filtraba a través, de un naranja dorado, y no estaba tan oscuro como para necesitar sus gafas.
-Eras el arma perfecta –dijo él, con voz ligeramente amortiguada-. Hermosa. Furiosa. Fría. Dañada. Conforme iba matando a todos a los que tratabas de acercarte, te fuiste endureciendo cada vez más. Te mantenías alerta. Ese niño del que te hiciste amiga en el mercado. Ese peso pluma al que metiste en tu cama. Te ralentizaban. –Pegó un puñetazo a la cera, y esta no se movió-. Por eso comprenderás por qué no quiero matarte yo mismo. De este modo al menos puedo fingir que sigues luchando. –Bazine escuchó como crujían las articulaciones de Kloda cuando este se agachó para recoger el bláster y la hoja-. No volverás a verme, pero nunca fuimos dados a despedidas sensibleras. Tengo entendido que asfixiarte no es la peor forma de morir.
Y entonces su cojera metálica comenzó a resonar por el pasillo, llevando consigo el estuche de TK-1472.

El arma perfecta (VIII)


Capítulo 8

O, para ser precisos, armaduras de soldados de asalto. Armaduras de soldado de asalto vacías, de pie en posición de firmes frente a un largo muro de celdas hexagonales doradas que llegaba desde el suelo hasta el techo.
-¿Qué es esto?
El anciano se detuvo frente a una de las brillantes armaduras blancas y se cuadró.
-Ah. Aquí está. Jor Tribulus. Mi viejo capitán al mando. Buen hombre. Más callado que la mayoría.
-Eso ya lo dijiste.
-¿Ah, sí?
Empujó a Nightdrifter a un lado y agarró el brazo del soldado de asalto más cercano para asegurarse de que el traje estaba vacío. Resonó como un sonajero. La furia hirvió en sus venas. Todo en ese trabajo estaba saliendo mal. Nunca más aceptaría una misión de un droide que se auto-destruyera. De un violento tirón, todo el traje cayó con estrépito del soporte metálico para goteros intravenosos que lo sostenía.
-¡No! –gritó Nightdrifter, agachándose para recogerlo-. ¡Muestra un poco de respeto!
-Armadura vacía. Completamente inútil. ¿Dónde está Tribulus, realmente?
Con una mano temblorosa, el anciano señaló la celda hexagonal justo delante de ella. Había tres filas: una en el suelo, otra a la altura del pecho, y otra siguiendo el techo. Mirando detenidamente la del medio, vio TK-1472: JOR TRIBULUS tallado cuidadosamente en la cera, y el horror le causó un escalofrío, que fue seguido rápidamente por un atisbo de esperanza.
-¿Está ahí dentro?
Nightdrifter asintió con la cabeza.
-¿Su cuerpo?
Volvió a asentir.
-¿Con sus pertenencias?
Nightdrifter desvió ligeramente la mirada.
-Algunas. La mayoría.
Antes de que él pudiera levantarse y detenerla, clavó su hoja trazando un limpio círculo y sacó del agujero que había creado la capa de cera de un dedo de grosor. Cayó al suelo y se partió en dos con un ruido sordo. El aroma de la muerte y la podredumbre salió del interior, e inmediatamente se puso las gafas y metió la cabeza en la oscuridad.
La celda medía de largo la estatura de dos hombres, y lo que quedaba de TK-1472 yacía al fondo, con los brazos cruzados sobre el pecho. Un prometedor montón de pertenencias descansaba a sus pies.
-Trae mala suerte molestar a los muertos –dijo Nightdrifter, pero ella le ignoró.
Acercándose lentamente, vio un estuche metálico que asomaba bajo la mano en descomposición. Mientras apartaba los retorcidos dedos huesudos para inspeccionarlo, el anciano del exterior comenzó a hablar.
-Al principio trataron de luchar contra los dacs, pero cuando matas uno, hace algo a la colmena. Esas cosas asesinas pueden comunicar rabia, decirse unos a otros a quién atacar. Una vez que han centrado su atención, nada más puede distraerles. Los doctores y los trabajadores se marcharon... Ellos podían, ¿verdad? Sin mecano-sillas, sin prótesis, son camisas de fuerza, sin habitaciones cerradas. Nos abandonaron aquí. Incluso a las mujeres. Nos trasladamos al sótano y mantuvimos las puertas cerradas, pero allí abajo no hay comida, ni agua. No puedes vivir si no puedes salir del edificio, ¿verdad? Así que nos turnábamos para buscar suministros, sin saber nunca si lograríamos regresar como héroes, nos clavarían aguijones hasta morir y nos emparedarían en una celda junto a una larva, o seríamos capturados en el exterior por la maldita Nueva República. Si esto es libertad, la libertad no vale gran cosa.
Bazine alzó la mirada cuando él entró en la celda, con rostro frenético.
-Sabían que éramos peligrosos, ¿sabes? Sabían que habíamos visto cosas. Por eso nos mandaron a todos aquí fuera, lejos, al borde de la nada. Muy lejos. Encerrados. No por nuestro bien. Por el suyo.
-No les culpo.
Mientras recorría el metal plateado con sus dedos, los labios negros de Bazine mostraron una verdadera sonrisa, auténtica y amplia. Esto era. El estuche. Después de todo lo que había ido mal, tenía su botín. Tocó el dispositivo detrás de su oreja y se aclaró la garganta para hablar.
-Al habla Bazine Netal. He...
Se escuchó un fuerte golpe seco. El anciano soltó un grito, y alguien nuevo y más grande bloqueó la luz. Bazine desactivó el comunicador, abandonó su sonrisa, desenfundó su bláster, y alzó la mirada. Se encontró con el rostro de la última de la persona que se habría esperado ver.

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