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miércoles, 25 de septiembre de 2013

La ocupación de Rhamalai (y IV)


Nadra suspiró de alivio cuando cruzaron la puerta. Estaban en marcha. Se volvió para sonreír a su madre, pero la sonrisa murió abruptamente.
-¡Denel! –gritó-. ¡Hay soldados de asalto corriendo hacia las puertas!
Justo entonces los dos guardias de la puerta abrieron fuego.
-¡Agachaos! –exclamó Denel mientras los disparos láser rojos pasaban de largo.
Varios disparos golpearon el compartimento del motor de su vehículo, y su velocidad disminuyó abruptamente.
Denel condujo el deslizador tras un grupo de grandes árboles a unos treinta metros de distancia de la puerta.
-Toma. Conduce tú. –Saltó fuera mientras empujaba a Nadra al asiento del conductor.
-¡Pero no sé cómo se hace!
-No discutas. Pisa el acelerador con el pie, controla la dirección con esto. –Le colocó las manos sobre el volante-. Llévate a tu madre y sal de aquí. Os cubriré. –Sacó dos rifles bláster de debajo del asiento del pasajero.
-¿Cómo ha llegado eso...?
-No hay tiempo para explicaciones. –Denel le puso un pequeño cilindro en la mano-. Esto es un comunicador. Llama al Refugiado, os recogerán. –Le mostró cómo encenderlo y la besó con fuerza-. ¡Ahora, vete!
-¡Pero, Denel!
-¡Vete! –gritó por encima del hombro mientras comenzaba a devolver el fuego, manteniendo a los soldados de asalto sin salir de la puerta.
Nadra se volvió, pisó el acelerador, y salió a toda velocidad.

***

-¡Están activando los cañones grandes! ¡No tenemos mucho tiempo! –gritó Artis Moonrunner a su marido desde el atiento del copiloto del Refugiado al escuchar la frecuencia de mando del general Yrros.
-Será mejor que contactes con Denel ahora, antes de que entremos en rango visual. –Lorn estaba concentrado en pilotar el yate modificado. El Refugiado nunca había sido puesto a prueba en batalla, y habían pasado años desde la última vez que él luchó.
Artis cambió de frecuencia.
-¿Denel? Hijo, ¿puedes oírme?

***

El deslizador terrestre avanzaba con dificultad a media velocidad cuando Nadra entró en la ciudad. Zigzagueó por un laberinto de calles y callejones, tratando de despistar a cualquier perseguidor. Aceleró hacia los límites de la ciudad antes de introducirse en un establo abandonado. Saltó fuera del vehículo y cerró la gran puerta tras ellas.
En ese momento, el pequeño dispositivo en su mano trinó. Nadra hizo girar sus dos mitades hasta que el sonido se detuvo.
-¿Hola? –dijo a uno de sus extremos-. ¿Hola? ¿Alguien puede oírme?
-¡Nadra! ¿Eres tú? ¿Dónde está Denel?
Nadra se sorprendió al escuchar a Artis Moonrunner.
-Denel está atrapado en un grupo de árboles, justo fuera de la puerta de la guarnición –exclamó al pequeño cilindro-. ¡Tenéis que rescatarle!
-¿Pero dónde estás tú, querida? Describe tu ubicación.
La preocupación de Artis la conmovió, pero en ese momento Nadra estaba más preocupada por salvar a Denel.
-Id primero a por Denel. Madre y yo estamos a salvo por ahora. –Apagó el comunicador para evitar más protestas.

***

-¡Nos ha cortado la comunicación! –jadeó Artis, incrédula-. ¡No puedo localizarla sin una señal!
Supongo que tendremos que recoger primero a Denel –respondió Lorn-. ¿Cuánto falta para que los turboláseres de la base estén listos para disparar? –El Refugiado voló a ras de los últimos árboles y se acercó a baja altura a la ciudad. Podía ver disparos bláster volando entre la puerta de la guarnición y un grupo de árboles cercano. Denel debía de seguir con vida.
Artis se presionó el auricular sobre la oreja, escuchando cómo el general Yrros gritaba sus órdenes.
-Otros dos minutos hasta que estén a plena potencia. –Escuchó un poco más-. ¡Nos han visto! ¡Van a lanzar los cazas!
-Espero que Cuatrobé pueda completar su misión –murmuró Lorn-. No aguantaremos mucho contra un escuadrón de cazas TIE.
Lanzó al Refugiado en picado sobre las puertas, haciendo que los soldados de asalto se arrojaran al suelo cuan largos eran.
-Voy a posarnos justo entre Denel y esa puerta –exclamó Lorn-. Prepárate para abrir la escotilla mientras los mantengo ocupados con el cañón láser. –Mientras el Refugiado giraba para aterrizar, Lorn abrió fuego con todo lo que tenía la nave. Ni siquiera trató de apuntar. Mantener en el suelo a esos soldados era todo lo que importaba. Si tan sólo pudiera contener su creciente número...

***

Cuando el general Yrros entró en la cubierta del hangar, advirtió que tres cazas TIE ya estaban siendo elevados a la cubierta de vuelo en la parte superior de la guarnición.
-Que esos ascensores se muevan más rápido –gritó al oficial de cubierta-. ¡Necesitamos esos cazas en el aire ya!
Los tres ascensores desaparecieron en el techo de la cubierta del hangar, donde los cazas se prepararían para el despegue. El general caminó con grandes zancadas al centro de control de vuelo.
-¿Están preparados los rayos tractores para la secuencia de lanzamiento? –gruñó al capitán que estaba allí sentado.
-Sí, señor –respondió el oficial-. Los pilotos están encendiendo las máquinas ahora. Listos para el despegue.
-Lancen cazas. –El general Yrros observó tres puntos aparecer en la pantalla cuando los cazas TIE despegaron. Los ascensores comenzaron a descender para otra carga. Caminó a la entrada de la estación de control-. ¡Dense prisa! –gritó a las tropas que manejaban los pequeños rayos tractores para conducir los cazas por los reíles del techo a los ascensores.
Justo entonces, algo chocó contra su pierna izquierda. Yrros miró hacia abajo.
-¿Qué está haciendo aquí esta unidad R2? –Se volvió a un soldado sentado cerca-. Cabo. Baje este droide a mantenimiento. Obviamente tiene un problema de funcionamiento.
-Sí, señor. –El cabo examinó al droide-. R2-4B, sígueme. –El pequeño droide no respondió. Chocó de nuevo contra el general.
-Tiene un perno de contención. Ve a buscar un controlador –le dijo el general Yrros. Observó cómo tres cazas más eran elevados a la cubierta de vuelo.
El cabo regresó rápidamente con el controlador en la mano. Apuntó con él al perno de restricción del droide y pulsó el interruptor de encendido. Pero, en lugar de desactivar el droide, una pequeña luz indicadora roja en el perno de restricción comenzó a parpadear rápidamente.
-¿Qué es esto? –El general se inclinó para examinarlo más de cerca-. Esto no es un perno de restricción estándar. Es... ¡es un detonador!

***

Denel vio cómo el Refugiado barría las puertas con fuego láser. Su escotilla se abrió antes de que la nave aterrizase del todo. Corrió al pie de la rampa y la subió corriendo, dejando atrás los rifles bláster.
En cuestión de segundos estaban en el aire y Denel se dirigió a la cabina.
-Justo a tiempo, papá –dijo, jadeando-. Un par de aeroexploradores estaban saliendo del hangar de vehículos.
-Los he visto –dijo su padre mientras volaban volviendo a la ciudad.
-Tenemos que localizar a Nadra –añadió Denel-. ¿Puedes comunicarte con ella?
-Lo intentaré. –Su madre volvió a ponerse los auriculares de comunicaciones.
En ese momento, tres cazas TIE aparecieron en su camino, sacudiendo la nave de lado a lado.
-¡Escudos arriba! –gritó Lorn-. ¡Denel, ocúpate del cañón láser!
Denel corrió a la torreta artillera trasera. Se ajustó sobre los oídos los auriculares del intercomunicador de la nave, y comenzó a seguir a uno de los cazas con la mira del arma.
-¡Allá va! –gritó. Cegadores disparos láser impactaron de lleno en el caza. La andanada hizo estallar el TIE en pedazos, pero al desvanecerse la explosión aparecieron más cazas.
-¡Tres más, papá! –gritó Denel.
En la cabina, una luz indicadora cobró vida en el panel de control.
-¡Cuatrobé ha sido activado! –gritó Lorn. Inclinó la nave hacia un lado e hizo un viraje cerrado de vuelta a la base-. Esta vez el tiempo va a ser muy justo. -Voló bajo sobre la parte superior de la guarnición, con los cazas TIE siguiéndole muy de cerca a su estela. Los turboláseres de la base estaban siguiendo la trayectoria del Refugiado, pero con los cazas tan cerca no podían arriesgarse a disparar. La nave pasó sobre la base ilesa.
De pronto, un géiser de llamas y humo negro estalló por los aires, desintegrando los niveles superiores de la base de la guarnición. Un caza TIE quedó atrapado en la explosión y desapareció.
Lorn luchó por mantener el control de la nave cuando lo alcanzó la onda de choque.
-¡Cuatrobé lo ha conseguido! –aulló Denel por el intercomunicador.
Lorn trató de quitarse de encima los cazas TIE restantes, pero podían maniobrar más rápido que el Refugiado. Se preguntó cuánto aguantarían las modificaciones de sus escudos.
Artis hacía lo que podía con el enlace de comunicaciones.
-¡Nadra! Adelante, Nadra. ¡Si puedes oírme, por favor, responde!

***

Desde la puerta del establo, Nadra apuntó el deslizador terrestre en dirección a la base imperial.
-Aparta, madre. Voy a dejarlo marchar. –Configuró los controles en lo que esperaba que fuera el piloto automático, pulsó el arranque y saltó. Las dos observaron cómo volaba en línea recta por varios segundos y luego chocaba contra un almacén abandonado, explotando en una gran bola de fuego-. Espero que eso convenza a los imperiales para no buscarnos –murmuró Nadra.
Al volver a encender el comunicador, Nadra escuchó los sonidos de una batalla por el pequeño altavoz. De pronto, una gran explosión sacudió el viejo establo de lado a lado, arrojando polvo sobre sus cabezas.
-¡Oh, no! –gimió Nadra.
La voz desesperada de Artis se escuchó cuando se apagaron los ecos de la explosión.
-Nadra, ¿puedes oírme?
La esperanza corrió por las venas de Nadra.
-Os oímos, Refugiado. De momento estamos a salvo.
De pronto, la voz de Denel irrumpió.
-Nadra, danos vuestra ubicación. ¡Trataremos de recogeros!
-Denel, tienes que olvidarte de nosotras –dijo ella con firmeza-. Es a ti y a tu familia a quien quiere el Imperio. –Los ojos de Nadra se llenaron de lágrimas-. Sólo vete. ¡Marchaos de aquí!
No hubo respuesta por unos segundos, pero Nadra pudo escuchar los cañones de la nave disparando a los cazas imperiales. El establo tembló y se sacudió cuando el Refugiado pasó volando justo por encima, con los cazas TIE pisándole los talones.
-Nadra, no voy a abandonaros. Danos un minuto para localizar tu señal. –Podía oír la desesperación en la voz de Denel.
-Estaremos bien. Sé de un lugar para escondernos –respondió ella-. Dejadnos y marchaos a un lugar seguro.
-¡Nadra, por favor!
-No discutas conmigo, Denel –insistió ella, apretando con fuerza el comunicador-. No hay tiempo. No voy a decirte dónde estamos. ¡Simplemente marchaos!
-Nadra. –La voz de Denel tembló de emoción-. Quédate con Cazador y cualquier otra cosa que necesites. Es todo tuyo.
-Cuida de ti y de tu familia. –Nadra se limpió las lágrimas que corrían por sus mejillas.
-Volveré, Nadra. Volveré cuando pueda...
Nadra apagó el comunicador y lo arrojó al sucio suelo. Con un rápido pisotón, lo aplastó con el talón.
Las dos mujeres se quedaron mirándose mutuamente unos instantes.
-Vamos, madre.

***

Denel se recostó contra el asiento del artillero en la torreta trasera. Todas sus frustraciones salieron hirviendo a la superficie. Soltó un feroz grito de batalla al atrapar otro caza TIE en su visor y dispararle. Consiguió arrancarle su panel solar de babor, haciendo que saliera girando sin control.
El Refugiado recibió un impacto directo.
-¡No podemos saltar a la velocidad luz a tiempo! –gritó Artis-. ¡Nos habrán derribado los escudos antes de que podamos marcharnos!
-Tengo un truco más en la manga –respondió a voces Lorn-. Toma el control de la nave. Necesito el sistema de comunicaciones para esto. –Artis tomó los controles mientras Lorn pulsaba interruptores frenéticamente-. Si tan sólo pudiera...
Otro impacto sacudió la nave.
-¡Los escudos están cayendo! –aulló Artis.
Lorn consiguió emitir otra señal. De pronto el sonido de los llameantes cañones láser cesó. Sólo podía escucharse el aullido de los motores.
-¡Papá! ¡Los cañones no disparan! –gritó Denel por el intercomunicador.
-No pasa nada, hijo –respondió Lorn-. Ellos tampoco pueden dispararnos a nosotros. –Volvió a tomar el control de la nave-. El ordenador de navegación tiene las coordenadas. Salgamos de aquí. ¿Listos para el hiperespacio? –Lorn empujó las palancas del hipermotor, y el Refugiado desapareció en un destello de luz.

***

Mientras se alejaban lentamente de Argona, Nadra vio cuatro oscuras manchas alzándose rápidamente en el cielo. Cuando eran casi demasiado pequeñas para poder verse, la mancha que iba en cabeza brilló y desapareció. Los cazas TIE derrotados regresaron hacia la base.
-Han escapado, madre –dijo con respiración agitada-. Puedo sentirlo. Han escapado.

***

-¿Cómo has hecho eso? –preguntó Denel al entrar en la cabina.
Su padre rió y se dio golpecitos en la frente.
-Un pequeño programa que estaba desarrollando hace unos años, usando señales de comunicaciones como sistema de guía remoto para cazas TIE.
Lorn hizo girar los hombros y se estiró para liberar la tensión.
-Me llevé el programa conmigo cuando abandoné el Imperio. Alguien fue lo bastante listo para borrar la subrutina de reconocimiento del núcleo de memoria a los controles de los cazas, pero nadie sabía que había programado una secuencia para desactivar los sistemas de armas. Bastante efectivo. –Lorn miró sonriendo a su familia.
-Lástima que no podamos usarlo de nuevo –dijo Denel-. No tardarán nada en descubrir lo que ha pasado.
-Cierto –convino Lorn-. Me sorprende que aún sigan usando los mismos códigos de control de disparo.
-Y como las armas del Refugiado son de estándares imperiales, también se desactivaron.
-Correcto otra vez, hijo. –Quedaron unos instantes en silencio.
-¿Papá?
-Sí, Denel.
-Volveremos, cuando podamos. ¿Verdad?
Lorn se volvió para mirarle.
-Haremos todo lo que podamos, hijo. Te lo prometo.

***

Charis Enasteri miró al exterior por la ventana de la cabaña, al cercado más allá del patio. Sonrió al ver a Nadra alimentando al gorset negro con puñados de hierba fresca. Tras su breve experiencia con los imperiales, Nadra había mostrado signos de fortaleza y sabiduría. Va a ser igual que su padre, después de todo, pensó Charis.
Pensó en ese hecho mientras observaba a su hija. De algún modo, Nadra sabía que esta cabaña abandonada, a sólo dos días de camino desde Argona, era un lugar en el que los imperiales nunca las buscarían.
Las últimas semanas habían sido muy tranquilas. Charis sentía que finalmente podía relajarse. Sus terroríficos sueños se habían detenido. Su salud había mejorado, aunque sabía que sólo era algo temporal. Eran felices allí y Charis sintió que regresaba la esperanza. Tal vez Nadra encontraría a su padre algún día.
-Neth –susurró al aire-, tu hija te necesita.

martes, 24 de septiembre de 2013

La ocupación de Rhamalai (III)


Su cronómetro de fabricación imperial mostraba las 7:45 cuando Nadra se aproximó a la puerta principal con Cuatrobé tras ella.
-Eh, tú –le gritó uno de los dos guardias-. ¿Qué estás haciendo con ese droide?
Unas gotas de sudor se formaron en su frente.
-Deben de estar atrasados en su calendario de mantenimiento de droides –dijo con confianza forzada-. Obviamente este ha desarrollado un fallo en su programación. Lo encontré vagando por la ciudad cuando venía hacia aquí. ¿Quiere que lo lleve a mantenimiento?
Nadra contuvo el aliento mientras el guardia examinaba el droide. Esperó que las marcas imperiales fueran auténticas.
-Hmm. Tiene un perno de contención estándar. No tengo ningún informe de un droide perdido, pero desde luego es uno de los nuestros. –Sonrió a Nadra-. A menos que hayas estado escondiendo aquí durante años un droide imperial –dijo riéndose. Escaneó perezosamente a Nadra con un detector de armas portátil.
Nadra sonrió con seriedad.
-Sólo indíquenme cómo llegar a mantenimiento –dijo cuando el guardia le indicó que cruzara la puerta.
-Pasillo A, nivel tres. –La despidió con un gesto de la mano. Conforme avanzaba, Nadra pudo escuchar cómo se quejaba a su compañero-. Si los sensores de seguridad estuvieran activados, no perderíamos droides descarriados de esta manera.
Conforme Nadra entraba en la base indico a Cuatrobé que la siguiera a su lado. Examinó el pasillo. Hasta ahora, todo despejado.
-Muy bien, hagámoslo –susurró. Desde la parte superior de la cabeza en forma de cúpula del droide surgió una pequeña tarjeta de datos. Nadra la ocultó en su manga-. Dame cinco minutos y luego ven a mi estación de trabajo. ¿Recuerdas las coordenadas?
El silbido de respuesta de Cuatrobé sonó molesto.
-De acuerdo, lo siento –se disculpó Nadra-. No estoy acostumbrada a trabajar con droides. Simplemente aparenta estar ocupado, no tardaré mucho. –Lo dejó en el pasillo.
Su supervisora estaba ocupada con otra aprendiz cuando llegó. Asegurándose de que nadie la estaba mirando, Nadra deslizó la tarjeta de datos en un puerto de su terminal. Tecleó un comando, luego retiró la tarjeta y volvió a ocultarla.
De pronto su pantalla mostró únicamente un galimatías sin sentido. El terminal pitaba y graznaba cada vez que pulsaba una tecla.
-¿Tienes un problema? –dijo la supervisora de cabello gris y rostro severo mientras se acercaba.
-Eh, sí, señora –respondió rápidamente Nadra-. Acabo de empezar. ¿Debo llamar a un droide de reparaciones?
La mujer pulsó unas cuantas teclas sin resultado.
-Sí. Y hazlo rápido. Tenemos muchos datos que procesar. El general Yrros quiere tener hoy en el sistema el último de estos registros del censo.
Nadra fingió llamar a mantenimiento, y luego se sentó a esperar. Dos minutos después, apareció Cuatrobé. Rodó hasta su terminal y extendió su acoplamiento de enlace al conector de la interfaz. Mientras Cuatrobé emitía chasquidos y zumbidos, Nadra se inclinó sobre la pantalla, ocultándola de la vista. Vio aparecer la ficha personal de Denel. En un parpadeo, Denel se convirtió en un técnico médico asignado a la enfermería.
Nadra volvió a introducir la tarjeta de datos en Cuatrobé mientras trabajaba. Echó un vistazo a su cronómetro.
-Es hora de que visite a mi madre –recordó a la supervisora.
-No tardes toda la mañana. Se te espera de vuelta a las 8:30. No se te ha dado ese cronómetro que llevas en la muñeca sólo para lucirlo, ¿sabes?
-Sí, señora.
-Lo juro, entrenaros a los rhamalianos para seguir un horario es imposible... –Su voz estridente se amortiguaba conforme se iba alejando.
Cuatrobé continuó trabajando. Nadra le dio una rápida palmadita al pasar.

***

Denel llegó a la unidad médica sólo minutos antes de las 8:00. La técnico médico de guardia estaba completando sus entradas de registro en la consola central antes del cambio de turno. Alzó la vista, con un gesto adusto en su rostro redondo, cuando Denel se acercó. Denel esperó que estuviera llevando correctamente el uniforme robado.
-Ah, técnico FR-231. Llegas con unos minutos de adelanto. La puntualidad ayuda a avanzar.
-Sí, señora –respondió Denel.
Tecleó para obtener la hoja de asignaciones en la pantalla.
-Tu primera tarea es llevar a la paciente 89B11 a la sala de terminación. ¿Sabes dónde es?
-Sí, señora. Paciente 89B11 a la sala de terminación. ¿La sala está preparada para su uso? –Denel esperó sonar convincente.
-Todo está listo. La paciente ha sido sedada. ¿Sabes el procedimiento?
-Sí, señora. Ya lo he hecho antes. –El corazón de Denel latía con fuerza. Si le hacía alguna pregunta más detallada...
-Muy bien –respondió-. Se le va a permitir a la hija de la paciente hacer una breve visita antes de la terminación. No le dejes prolongar la despedida. Eso sólo será más doloroso para ambas. –Volvió a sus entradas de registro mientras Denel respiró aliviado.
Al entrar en la habitación de Charis, vio que Nadra ya estaba allí. Hablaba en voz baja a su madre, explicándole lo que estaban a punto de hacer.
-¿Creéis que funcionará? –preguntó preocupada Charis-. No veo cómo podemos salir de aquí. Hay demasiados soldados de asalto.
-No podemos vencerles luchando, pero podemos ser más listos que ellos –respondió Denel-. Los imperiales no nos consideran una amenaza. Ahora mismo la seguridad está muy relajada. Limitémonos a seguir el plan y todo irá bien.
Miró a Nadra.
-Es la hora. Vamos. –Levantó a Charis y la colocó en una camilla repulsoelevadora-. Vamos, Nadra. Tú de un lado y yo del otro. –Sacaron lentamente la camilla por la puerta y la guiaron por el pasillo hasta el mostrador de guardia.
Cuando doblaron la esquina, Denel tragó saliva nerviosamente.
-Oh, no –susurró-. La técnica de guardia del turno de noche aún está ahí. Está informando al técnico del relevo. Espero que aún no haya mencionado la terminación de Charis. –Aminoraron la marcha al acercarse.
La técnico del turno de noche se fijó en ellos.
-Ah, sí –comenzó a decirle al joven del turno de día-. Esta es la paciente 89B11. Está programada su...
Un zumbido intermitente la interrumpió cuando una luz indicadora comenzó a parpadear en la consola de estado de la estación.
-Emergencia médica en la bahía de hangar cuatro –explicó la técnico del turno de noche-. Simplemente lee en los registros el resto del informe –dijo mientras se alejaba a toda prisa.
Nadra y Denel se miraron entre sí.
-¿Cuatrobé? –preguntó Nadra, vocalizando la palabra sin emitir sonidos. Denel se encogió de hombros.
El técnico del turno de día examinó cuidadosamente al pequeño grupo.
-¿Dónde os lleváis a esta mujer? –preguntó.
-Está programado que la paciente 89B11 reciba el alta hoy –respondió Denel con cautela-. Mis órdenes son llevar a estas dos personas al hangar de vehículos de superficie y escoltarlas a su casa en un deslizador terrestre.
El joven miró el rostro de Charis.
-No parece estar muy sana para irse a casa. Deja que lo confirme. –Pulsó unas cuantas teclas mientras Denel aguantaba el aliento-. Su ficha no aparece –murmuró, intentando otra vez el procedimiento.
-Vamos, Cuatrobé –susurró Nadra.
El técnico del mostrador gruñó.
-Ah, aquí está. –Examinó rápidamente la ficha de Charis-. Tiene permiso para recibir el alta, señora. Espero que se recupere rápidamente en su casa.
-Gracias –respondió Charis mientras Denel y Nadra comenzaron a avanzar por el pasillo de nuevo.
Cuando llegaron al hangar de vehículos, Denel se detuvo justo en la entrada.
-Casi perdemos la partida ahí atrás. Tenemos que convencerles de que estás casi bien. ¿Puedes levantarte y andar? –preguntó.
-Creo que sí –respondió Charis.
-Trata de parecer más fuerte –instó Denel-. ¿Puedes cruzar el hangar hasta los deslizadores?
-Está muy débil, Denel... –dijo Nadra.
-No, está bien, Nadra –respondió Charis-. Puedo hacerlo. Agárrame del brazo. –Nadra ayudó a su madre a ponerse en pie, mientras Denel guardaba la camilla en un armario de suministros.
Habían cruzado la mitad del amplio hangar de vehículos cuando los detuvieron.
-¿Dónde vais? –gruñó el sargento al mando al acercarse a ellos.
-Tengo órdenes para llevar a estas dos mujeres a su casa en un deslizador terrestre, señor –respondió Denel.
-Confirmado –dijo el hombre, tecleando la información en su tableta de datos-. El deslizador A23 está disponible. –El sargento señaló el extremo más lejano del hangar.
-Ah, pensé que podíamos tomar ese mismo –dijo Denel, señalando con la cabeza un deslizador a no más de cuatro metros delante de ellos-. Está mucho más cerca.
-Pueden usar el A23 –insistió el hombre.
-Pero este está disponible y está más cerca. –Denel comenzó a sentir pánico. Si sus planes cuidadosamente pensados fallaban ahora...
El supervisor se irguió sobre Denel.
-He dicho...
-Ohhh –gimió Charis al desmayarse en el suelo.
-¡Madre! ¡Madre! –Nadra se arrodilló junto a ella.
-¿Qué le pasa? –El sargento se alejó de Charis.
-¡Nada! –exclamó Denel-. Apenas acaba de recuperarse de una enfermedad y necesita ir a su casa a descansar. –Miró fijamente al hombre.
-De acuerdo. Tomad el deslizador más cercano –concedió el hombre, lanzándole a Denel una tarjeta llave-. Pero iros cuanto antes de mi zona. –Miró a Charis, apartándose de nuevo con una mueca.
Denel se dobló sobre Charis. Para su sorpresa, abrió los ojos y susurró alegremente:
-¿Qué tal mi actuación?
Todo lo que Denel pudo hacer fue contener una risa.
-Venga, vamos. –Cargó con Charis el resto del camino al deslizador terrestre y la colocó con cuidado en el asiento trasero. Se sentó en los controles con Nadra a su lado.

***

El general Yrros examinó su pantalla de datos en profundidad. Esperaba que comprobar los antecedentes de los ciudadanos rhamalianos revelaría algunos criminales buscados por el Imperio. Hasta ahora, su corazonada no había tenido éxito. Decidió intentar con la siguiente persona de la lista antes de rendirse. Pulsó unas cuantas teclas.
En su pantalla apareció un retrato de Lorn Moonrunner. Yrros leyó la historia del hombre. Nada fuera de lo ordinario. Pero algo le llamó la atención. El nombre le resultaba familiar. Ah, sí, eso. Ese nuevo recluta que había usado como ejemplo el otro día. Se apellidaba Moonrunner. Leyó la pantalla de nuevo. Sí, Denel Moonrunner es el hijo.
Yrros tecleó para obtener la ficha del recluta. La imagen de Denel apareció junto a la de su padre. Una vez más, el general fue golpeado por una sensación de familiaridad al mirar el rostro de Denel. Qué extraño, el hijo no se parece en nada al padre, pero se parece a alguien que he visto antes.
De pronto lo supo. Tecleó otro comando. El retrato de Denel desapareció y el de Lorn se amplió. Yrros pulsó algunas teclas más. En la pantalla, la barba de Lorn Moonrunner desapareció, su cabello se volvió varios tonos más oscuro y su rostro se estrechó considerablemente. Apareció un mensaje en la parte inferior de la pantalla.
-Coincidencia de identidad confirmada –leyó Yrros en voz alta-. Comandante Corvus Langlier –dijo con una risita de desdén-, te he estado buscando durante mucho tiempo.
Se quedó pensando un instante, y luego pulsó un interruptor de su intercomunicador.
-Comandante Vedder.
-Sí, señor –dijo la voz por el altavoz.
-Localice al recluta FR-231. Quiero que lo traigan a mi oficina de inmediato.
-Sí, señor –fue la respuesta-. Estoy obteniendo la ubicación ahora mismo, señor. –El comandante quedó en silencio por un instante-. Eh... ¿General Yrros?
-¿Algún problema, comandante?
-El recluta FR-231 está en su puesto asignado, señor.
-¿En su puesto asignado? –preguntó Yrros-. Comandante, a los nuevos reclutas no se les asignan puestos de servicio.
-Sí, señor, pero el listado muestra que está de servicio como técnico médico. Transportando a una paciente recién dada de alta...
-¡Qué! –El general se puso en pie de un salto, haciendo que su silla cayera al suelo tras él-. ¡Comandante, localice a ese hombre inmediatamente! No le deje salir de la base. ¡Repito, no le deje escapar!

lunes, 23 de septiembre de 2013

La ocupación de Rhamalai (II)


Lorn Moonrunner estaba sentado con su mujer en la cocina. Eran altas horas de la noche y la luz de una única vela brillaba sobre la mesa ante ellos. La ciudad estaba extrañamente silenciosa desde que se había proclamado el toque de queda imperial. Lorn tamborileaba con sus dedos sobre la mesa mientras se oía de fondo el tictac de un reloj rhamaliano.
-El director Pellias me ha dicho que no hay nada que podamos hacer –dijo finalmente-. Seguramente no tratarán demasiado mal a Denel, ya que es humano. Son las especies no humanas las que son convertidas en esclavos cuando el Imperio toma el control.
-¿Pero cuándo podremos verle? –dijo Artis-. ¿Por qué no le dejaron marcharse de forma normal?
Lorn tomó las manos de su esposa.
-Ya conoces la respuesta. Intimidación. El miedo mantiene a la gente bajo control. Ya has visto bastantes veces el procedimiento. Si Rhamalai hubiera sido un mundo tecnológicamente avanzado, los imperiales habrían tratado de atraernos al Imperio con promesas de poder y favores. Pero ya que estamos indefensos, no ocultan su auténtica naturaleza. Simplemente, conquistan.
-Creí que habíamos dejado esto atrás hace mucho tiempo. –Artis meneó la cabeza, y luego jadeó cuando la asaltó un nuevo pensamiento-. ¿Y si interrogan a Denel? ¿Y si descubren quiénes somos?
-Denel no lo sabe –le aseguró Lorn-. ¿Cómo podría decirles nada? Ambos nos alteramos el aspecto antes de que naciera. Y nuestros archivos de identidad deberían ser infalibles por el precio que pagué.
Lorn se levantó para mirar por la ventana. Varios soldados de asalto patrullaban por la ciudad, vigilando el toque de queda.
-Al menos las cosas parecen haberse calmado por el momento –dijo-. Pellias fue inteligente al prohibir cualquier resistencia activa. Los imperiales creen que estamos completamente indefensos.
-Pero no podemos limitarnos a sentarnos aquí y no hacer nada.
Moonrunner regresó a la mesa.
-Estoy de acuerdo. Es hora de poner en marcha nuestro plan de acción de emergencia.
-¿Estás seguro? –preguntó Artis-. ¿Podemos sacar a Denel de la guarnición?
-Tendremos que conseguir que le llegue el aviso de alguna forma. –Pensó por un instante-. Nadra Enasteri trabaja allí como apoyo civil. Se le permite entrar y salir de la base cada día. Necesitamos su ayuda. Y algo más.
Se puso en pie y se dirigió a su dormitorio con Artis siguiéndole. Lorn cerró la puerta y cubrió las ventanas con las persianas. Apartaron a un lado la cama y se arrodilló en el desnudo suelo de madera.
-Pásame un destornillador. –Artis encontró uno en un cajón.
Lorn pasó cuidadosamente la mano por el suelo hasta que encontró una pequeña muesca cortada en el borde de una de las tablas del suelo. Insertando la herramienta en la muesca, hizo palanca para levantar la tabla. Metió la mano en el hueco y sacó un pequeño paquete. Le limpió la suciedad, desenvolvió el objeto, y sopló cualquier resto de polvo que le quedaba.
En su mano se encontraba una caja rectangular de unos quince centímetros de largo. En un extremo había una lente oscura, de menos de un centímetro de diámetro. En un lateral había varias teclas y luces indicadoras. Con un pequeño chasquido, Lorn activó el mecanismo. Zumbó débilmente mientras varias de las luces se encendían.
-Aún funciona –dijo.

***

-General, esto es altamente irregular –dijo el sargento Droman mientras corría detrás del comandante de la base-. No es el procedimiento estándar que un general se dirija a un grupo de nuevos reclutas.
-Soy consciente de ello, sargento –replicó secamente el general Yrros.- Pronto descubrirá que yo fabrico mis propios procedimientos estándar.
Entraron en una gran sala de reuniones cerca de las instalaciones de entrenamiento de la base. Diez filas de nuevos reclutas aguardaban en posición de firmes con sus uniformes marrones nuevos y perfectamente planchados. Yrros caminó con aire casual por la parte frontal de la sala.
El general se dirigió a ellos sin preámbulos.
-El caos de la República moribunda era una plaga que recorría la Galaxia Conocida. El avance de esa enfermedad se detuvo cuando el Emperador Palpatine llegó al poder, aunque persisten algunos focos de infección.
”Os convertiréis en la herramienta afilada que extirpará los furúnculos de la decadencia y la corrupción. Seréis el antídoto para la febril infección que aún persiste.
”Para hacerlo, debéis convertiros en la fuerza más disciplinada imaginable. Al Imperio no le sirven para nada los hombres torpes y débiles. Os haréis fuertes –les gritó la palabra- y disciplinados. –Apretó un puño enguantado ante la cara de uno de los reclutas. El joven se estremeció.
Algo en ese recluta le resultó familiar a Yrros.
-¿Cómo te llamas, hijo? –Puso la mano sobre el hombro del muchacho, dispuesto a hacer un ejemplo de él.
El joven recluta se relajó y sonrió a medias al levantar la mirada hacia el rostro del general.
-Denel Moonrunner, señor.
-¡Error! –gritó Yrros-. ¡Permanece firme! ¡Borra esa sonrisa de tu cara! Y no me mires jamás a los ojos, muchacho. –El general quedó satisfecho al ver que el rostro del recluta palidecía al enderezar su posición y mirar de nuevo al frente.
Yrros golpeó el pecho del muchacho con su índice rígido.
-¿Ves este número de aquí? –Golpeó el número de servicio impreso sobre el bolsillo izquierdo del recluta.
-¡Sí, señor! –gritó el muchacho sin mirar abajo.
-¿Cuál es ese número, soldado? –Volvió a golpearlo.
-PR-231, señor.
-¿Sabes qué significa?
-¡No, señor!
El general Yrros volvió la mirada al sargento Droman.
-¡Sargento! Dígale a este muchacho qué significa el número.
-¡Sí, señor! La P significa primera, la R Rhamalai –ladró el sargento Droman-. Doscientos treinta y uno es tu número personal. Eres el recluta número 231 de la primera promoción de reclutas de Rhamalai.
-Repite el número, soldado –ordenó Yrros.
-¡FR-231, señor! –gritó el muchacho.
-¡Más alto!
-¡FR-231, señor!
-¡Quiero que tu querida y dulce madre oiga lo que dices desde la ciudad, muchacho!
-¡FR-231, señor! –gritó el chico con todas sus fuerzas.
-Ese es ahora tu nombre, soldado. –Yrros golpeó el número del chico una última vez-. Y que no se te olvide.
-¡No, señor; eh... sí, señor! –El rostro del muchacho estaba rojo pero aparte de eso no mostraba ninguna emoción. Yrros asintió con la cabeza.
El general continuó dirigiéndose al grupo.
-Esta designación os identifica como miembros del Nuevo Orden, un selecto grupo de hombres elegidos para dirigir la desorientada confusión dejada por el anterior gobierno. ¡Es vuestro pasaporte para una nueva existencia, la llave para obtener respeto, poder y gloria! Honradlo bien.
Yrros supervisó en silencio al grupo por un instante. Nadie se movió. Satisfecho, se volvió al instructor.
-Puede continuar, sargento –dijo.

***

Nadra avanzaba rápidamente por un largo pasillo de la base imperial. Tal vez pudiera sacar algo de tiempo para sí misma si corría de camino a su estación de trabajo. Miró tras ellas mientras aceleraba. Si alguien descubriera lo que estaba haciendo...
¡Bum! Chocó de cabeza contra algo, perdió el equilibrio y cayó sentada en el suelo.
Sobre ella, una voz cansada dijo:
-Oh, lo siento, no le había visto... ¿Nadra?
Apartándose el cabello de los ojos, ella alzó la vista.
-¡Denel!
-¡Nadra! ¿Estás bien? ¿Qué haces aquí? –Denel le ofreció una mano para ayudarle a ponerse en pie-. Venías volando por el pasillo tan rápido...
-¡Shh, Denel! No deberían vernos juntos. –Nadra le agarró de la manga y tiró de él rápidamente hacia el pasillo lateral por el que había llegado.
-¡Nadra, yo iba en la otra dirección! No podemos...
Nadra le puso la mano en la boca y empujó a Denel hacia un armario de acceso de mantenimiento. Mirando en ambas direcciones, abrió la puerta y lo metió dentro. Había el espacio justo para los dos entre los cables y tuberías. Las parpadeantes luces de un panel de lectura de estado daban al armario un resplandor fantasmal.
Antes de que Denel pudiera decir nada más, Nadra le rodeó con sus brazos.
-¡Me alegro tanto de verte! –susurró con pasión.
-Yo también –dijo él, bostezando.
Ella le miró a la cara.
-No suenas demasiado entusiasmado. ¿Qué ocurre?
-Oh, lo siento. –Denel reprimió otro bostezo-. Estoy exhausto. He dormido menos de cinco horas cada noche desde que estoy aquí. –Se frotó los ojos, y luego bajó la mirada, advirtiendo el uniforme azul de la chica-. Apoyo civil, ¿eh? Me pregunto cuánta gente han dejado para ocuparse de la ciudad.
-Denel, escucha –dijo ella-. Necesito tu ayuda.
-Claro. ¿Qué pasa?
-Acabo de enterarme hoy. He tratado de pensar qué hacer. –De pronto, sus ojos se cubrieron de lágrimas y la voz se le rompió-. Han programado que mi madre sea ejecutada, mañana.
-¡Qué! –La noticia despertó por completo a Denel-. ¿Por qué?
-La trajeron para ser tratada. Dijeron que su enfermedad es incurable, un defecto genético. –Apenas podía evitar ahogarse con las palabras-. Sólo empeorará y sufrirá mucho dolor. Podría alargarse años. –Las lágrimas corrieron libremente por su rostro-. Dijeron que es mejor evitarle la miseria y la humillación.
-Oh, Nadra –susurró Denel.
-Parecía que estaba mejorando, pero dijeron que no servía de nada. Me dejarán visitarla brevemente mañana, a las 8:00. Luego será “piadosamente eliminada”. –Nadra se derrumbó entre silenciosos sollozos.
Denel la acunó en sus brazos.
-Shh, Nadra. Debe haber algo que podamos hacer. –Quedó un minuto en silencio.
-Eh, escucha. Tengo una idea. –La sacudió suavemente y le alzó la mejilla-. Creo que hay una oportunidad, pero no tenemos mucho tiempo. ¿Puedes conseguir acceso a un terminal de datos?
-Sí. –Ella se calmó, limpiándose las lágrimas con la manga-. Me están enseñando a usarlos en mi trabajo. ¿Por qué?
-Perfecto. Podemos sacarnos a tu madre y a mí de aquí al mismo tiempo.
-Pero yo creía que tú querías entrar al servicio...
Denel suspiró y apartó la mirada.
-Creí la propaganda acerca de la benevolencia del Imperio. Mi padre trataba de decirme lo contrario, pero nunca quiso explicar por qué desconfiaba de los imperiales. Una vez me dijo que graban sus propios actos de guerra y luego alteran las pruebas para culpar a los rebeldes. Pensé que papá estaba loco pero, bueno, ¿cómo si no podrían conseguir esos horripilantes vídeos de adoctrinamiento que nos obligan a ver? –Se estremeció-. Y ahora esto de tu madre... Voy a irme. Necesitaremos la ayuda de mi padre.
-¿Tu padre? –Nadra negó con la cabeza-. Él no puede enfrentarse a toda una guarnición.
-Sólo escucha –replicó Denel-. Acude esta noche a mi padre. Tendré las cosas dispuestas para cuando regreses por la mañana. Mira, esto es lo que vamos a hacer.

***

El capitán Tosh se encontraba en posición de firmes ante el escritorio del general Yrros, esperando a que el general decidiera darse por enterado de su presencia.
-¿Deseaba verme, capitán? –dijo Yrros finalmente, levantando la mirada de su pantalla de datos.
-Sí, señor –respondió Tosh-. Estoy preocupado por la situación de seguridad. La red sensorial para monitorizar los movimientos civiles aún no ha sido terminada, y los códigos de seguridad actuales no han sido introducidos en el sistema informático principal. Incluso los programas de puntería de la artillería pesada aún no han sido instalados.
-Lee usted sus memorandos, ¿verdad, capitán? –dijo Yrros, arrastrando las palabras.
-Sí, señor, todos.
-Entonces es usted consciente –continuó el general- de que nuestra principal prioridad es obtener alimento para nuestras tropas lo antes posible. Todas las demás tareas son secundarias.
El capitán Tosh no podía creer lo que estaba escuchando.
-¿Secundarias? ¿Incluso la seguridad? Estaríamos casi indefensos si los rhamalianos decidieran atacar.
El general Yrros tecleó algunos comandos más, y luego esperó una respuesta del ordenador. Se volvió a su oficial de seguridad.
-Piense por un minuto, capitán. Este planeta fue colonizado por un grupo de fanáticos tecnófobos. Esta gente sólo tiene las armas más primitivas, no tienen transportes ni comunicaciones que monitorizar, no tienen un conocimiento técnico del que hablar. Esos tecno-idiotas se acurrucan como conejos asustados ante nosotros. Un solo soldado de asalto con un rifle bláster sería suficiente para sembrar el terror en los corazones de toda la población.
-Sí, señor –dijo el capitán, desplazando el peso alternativamente de un pie a otro.
-Puedo ver que está usted incómodo sin todos sus juguetitos desplegados –se burló el general-. Déjeme asegurarle que ya no tardará mucho. En uno o dos días más, habrá más técnicos disponibles para completar la red de seguridad. Entonces podrá usted activar los terrores tecnológicos que necesita para protegerse. Hasta ese momento, limítese a permanecer alerta.
-Sí, señor –respondió Tosh.
-Puede retirarse, capitán. –El general regresó a su pantalla de datos mientras el jefe de seguridad se marchaba en silencio.
-Bueno, ¿por dónde iba? –murmuró Yrros para sí mismo-. Ah, sí. –Una lista de los ciudadanos del planeta apareció en la pantalla. Comenzó a teclear la petición para una segunda lista: los criminales más buscados del Imperio-. Ahora, veamos si este planeta guarda algún secreto.

***

-En realidad, nuestro apellido no es Moonrunner –dijo esa noche Lorn a Nadra mientras discutían el plan de Denel en la sala de estar.
-Tuvimos que cambiar nuestras identidades antes de venir a Rhamalai hace dieciséis años –explicó Artis-. Pensamos que este planeta era tan remoto, tan poco desarrollado, que el Imperio nunca se molestaría en venir aquí.
Nadra pasó la mirada del uno a la otra.
-Bueno, ¿entonces quiénes sois?
Lorn se aclaró la garganta.
-Tal vez sea mejor que aún no lo sepas todo. Digamos simplemente que sé mucho acerca del Ejército Imperial. Si supiera quién soy, el general Yrros estaría muy interesado en ponerme las manos encima.
Nadra se quedó sin habla.
Lorn cambió de tema.
-Sabes que nuestra familia llegó a Rhamalai cuando Denel era muy joven.
-Sí –convino Nadra.
-Y conoces las leyes rhamalianas que velan por que no se extienda ninguna clase de tecnología externa que los viajantes puedan traer consigo. Si un recién llegado desea quedarse en Rhamalai, debe destruir su nave, sus armas, y cualquier otro dispositivo que pueda tener.
Nadra asintió.
-Cuando nuestra familia llegó aquí y decidimos quedarnos –continuó Lorn-, se nos dijo que desmantelásemos nuestra nave. Pero no lo hicimos.
Nadra pensó que se le detenía el corazón.
-¿Tenéis una nave? –dijo boquiabierta-. ¿Dónde?
-El Refugiado está oculto en el Valle del Gran Bosque.
-Eso es a veinte kilómetros de aquí.
-Desde que Denel tenía nueve años, hemos estado haciendo excursiones a la nave, y pilotándola ocasionalmente. Denel es un piloto y un artillero bastante bueno.
-¡Por eso yo nunca podía acompañaros a vuestras excursiones familiares al Valle!
Lorn asintió.
-También tenemos una unidad Erredós a bordo. –Sostuvo una pequeña caja negra, acariciándola suavemente con el pulgar-. Este remoto activa y envía órdenes al droide.
-¿Al qué?
-El droide –dijo Lorn con una risita-. Los droides son máquinas inteligentes conscientes de sí mismas. Erredós-Cuatrobé es la designación de nuestro droide. Se encarga de la navegación y las reparaciones, y puede almacenar toda clase de datos, proyectar mensajes holográficos...
-¿Holo-qué? –interrumpió Nadra.
Lorn suspiró y se recostó en los cojines.
-Realmente no tenemos tiempo para explicar todo esto. –Pensó por un minuto.
-Esto es lo que vamos a hacer. Ya he activado a Cuatrobé. Viene de camino hacia aquí con un par de... dispositivos de seguridad. Tan pronto oscurezca, Artis y yo montaremos sobre Cazador hasta el Refugiado. Interceptaremos a Cuatrobé y lo enviaremos a que se encuentre contigo en los límites del pueblo. A su velocidad máxima, debería llegar justo antes del amanecer. Nosotros continuaremos hasta la nave y la prepararemos para el despegue.
-Pero, ¿qué hago yo con el... droide? –Nadra no estaba segura de que le gustara esa idea.
-Paciencia. –Lorn le dio unas palmaditas en el hombro-. Te lo explicaré todo, pero hay poco tiempo.

viernes, 20 de septiembre de 2013

La ocupación de Rhamalai (I)

La ocupación de Rhamalai
M. H. Watkins

La ominosa sombra negra la envolvía por completo. Quería rebelarse contra ella, pero no podía moverse, no podía siquiera respirar. Algo la agarraba por los hombros con firmeza implacable...
-¡Madre, despierta!
La voz trajo a Charis Enasteri de vuelta a la realidad y se esforzó en abrir sus ojos cansados. Un rostro borroso, enmarcado en cabello castaño dorado, Observaba su figura tendida en la cama. Manos amables la agarraban de los hombros, agitándola para que despertara.
-¡Madre, tengo buenas noticias, despierta!
-Oh, Nadra. –Charis parpadeó mientras el sueño terminaba de desvanecerse. Lentamente el rostro de su hija comenzó a enfocarse-. ¿Qué pasa?
-Acabo de escuchar... He venido corriendo a casa a decírtelo...
-Nadra. –Charis tomó la mano de su hija-. Cálmate.
Nadra respiró profundamente.
-Hoy he escuchado buenas noticias. ¡Existe una posibilidad de que puedas curarte!
Charis suspiró. Su hija nunca aceptaría lo inevitable.
-No voy a mejorar, y lo sabes. Estos síntomas van y vienen, pero con el tiempo sólo empeorarán. Nada puede cambiarlo.
-¡Pero, madre, han aterrizado naves imperiales en Rhamalai! ¡Justo aquí, en Argona!
Charis soltó un grito ahogado y examinó el rostro de su hija.
-¿Cuándo?
-Hace tan solo una hora.
-Oh, no –gimió Charis.
-Pero eso son buenas noticias, madre. ¿No te das cuenta? El Imperio tiene toda la tecnología que Rhamalai rehúye. Debe tener también tratamientos médicos avanzados. ¡He descubierto que puedes curarte!
-¡Desde luego que no! No seré atendida por imperiales –insistió Charis. El aire perplejo y herido de su hija la conmovió-. Nadra, escúchame. Hay muchas cosas que no entiendes. No se puede confiar en la gente del Emperador...
El repentino sonido de pies desfilando la interrumpió. Nadra corrió a la ventana.
-Hay soldados con armadura blanca acercándose por la calle.
-¡Soldados de asalto! –Charis no podía disimular su miedo.
-Están entrando en las casas. ¿Qué hacen? –Nadra parecía tener más curiosidad que temor.
El pánico amenazaba con apoderarse de ella, pero Charis trató de calmarse.
-Ven aquí, Nadra. Ayúdame a incorporarme antes de que lleguen aquí –dijo.
Nadra regresó para ayudarla.
-¿Can a venir aquí? ¿Por qué?
-Registrarán todas las casas. Siempre lo hacen –respondió Charis-. Debemos parecer... despreocupadas. ¿Por qué no te sientas y me lees algo?
Nadra se encaramó en la estrecha silla cercana a la cama. Tomó el texto que habían comenzado la noche anterior, pero no lo abrió. Los segundos se alargaron, convirtiéndose en minutos. Pies enfundados en pesadas botas sonaron en el pavimento. Una voz aterrada gritó en la distancia. Un niño lloró.
Sin previo aviso, sonaron fuertes golpes en la puerta de su pequeña casa. Ambas mujeres se sobresaltaron.
-Este planeta se encuentra ahora bajo la jurisdicción de Su Majestad Imperial, el Emperador Palpatine –gritó una áspera voz atronadora-. Todos los habitantes de esta casa, salgan de inmediato.
Nadra avanzó hacia la sala exterior y Charis le susurró:
-Ten cuidado. No les hagas enfadar.
Nadra asintió.
Charis escuchó que su hija llegaba a la puerta y la abría.
-Estamos aquí. Mi madre está enferma, así que por favor no la molesten.
Pesadas pisadas resonaron por el suelo.
-¿Dónde está tu madre? –preguntó la misma voz filtrada.
-En la cama. Está muy enferma... –La respuesta de Nadra fue cortada cuando un soldado de gran estatura que llevaba una gran hombrera entró a grandes zancadas al dormitorio para colocarse junto a Charis. Nadra entró tras él a trompicones, con otro soldado de asalto agarrándola con fuerza del brazo.
Su presencia era abrumadora. Charis sintió nauseas.
-¿Cómo podemos ayudarles, teniente? –preguntó, esforzándose por mantener el control de su voz.
-Se ordena a todos los varones de entre dieciséis y treinta y cinco años que se presenten en la base imperial para su inmediato reconocimiento y alistamiento al servicio del Imperio.
-Aquí sólo vivimos mi hija y yo –consiguió responder Charis. El corazón le latía con fuerza y sintió que le faltaba el aliento-. Mi marido murió hace años. No tengo más hijos –añadió.
Las tétricas facciones de su casco hicieron que Charis se encogiera en las sábanas.
-Ni se le ocurra pensar en ocultarnos sus hombres –le amenazó, inclinándose sobre ella-. Si nos ha mentido, lo lamentará.
Se volvió y miró detenidamente a Nadra.
-Necesitamos civiles en puestos de apoyo. Preséntate mañana por la mañana en la oficina de personal del Servicio Civil de la guarnición. Te serán asignadas tareas.
-Pero mi madre está enferma –protestó Nadra-. Tengo que cuidar de ella.
El soldado de asalto volvió a mirar a Charis.
-El Emperador es benevolente –dijo con tono mecánico-. Será tratada en nuestras instalaciones médicas. Un transporte la recogerá por la mañana.
Se volvió a su compañero.
-Pasemos a la casa siguiente. –Se marcharon tan abruptamente como habían llegado.
Charis sintió como su le hubiera golpeado un rayo, con su energía fugaz y letal dejándola como una masa temblorosa.
Nadra regresó junto a su cama, agachándose para abrazar con fuerza a Charis.
-He conseguido mi deseo, pero creo que ya no lo quiero –dijo, con voz temblorosa.
Charis acarició el cabello de su hija.
-Ahora lo entiendes. El Emperador es un dictador opresivo y sus soldados de asalto son despiadados. Simplemente haz lo que te pidan. Tu padre lo dio todo por asegurar tu seguridad. No podemos tirar eso descuidadamente por la borda.
-¿Qué quieres decir? –Nadra se irguió para mirar a los ojos de su madre-. Creía que padre estaba muerto.
Charis lanzó un profundo suspiro.
-Tu padre estaba siendo perseguido por los agentes del Emperador. Abandonó Rhamalai cuando sólo tenías un año de edad, para protegernos. –Sus ojos se llenaron de lágrimas-. Nunca he vuelto a saber de él desde entonces.
-¿Entonces aún está vivo en alguna parte? ¡Podríamos buscarle, su pudiéramos salir del planeta de algún modo! –Los ojos de Nadra se iluminaron con esperanza.
-Han pasado dieciséis años. No ha dado señales de vida en todo ese tiempo. Debe de estar muerto.
-Tal vez el director Pellias pueda ayudar.
Charis suspiró.
-Nadra, he luchado con esto durante años. No hay forma...
-¡Pero tenemos que intentarlo!
Un dolor sordo se apoderó de la cabeza de Charis. Se puso la mano sobre los ojos.
-Nadra, por favor.
-Lo siento –murmuró Nadra. Besó suavemente a Charis en la frente-. Te traeré algo de té.
Cuando Nadra se fue, Charis dejó que las lágrimas cayeran. La esperanza en los ojos de Nadra le destrozaba el corazón-. Oh, por favor –susurró al aire-. Si hay alguien ahí fuera que pueda oírme, por favor, por favor, protege a mi hija.

***

Denel Moonrunner estaba sentado sobre el muro de piedra detrás de la casa de sus padres. El sol brillaba calentándole los hombros, pero algo no iba bien. Sentía una extraña perturbación, como si alguien estuviera pidiendo ayuda. Quería plantarse de un salto y ayudar, ¿pero a quién? Trató de localizar la fuente de esas sensaciones, pero se disiparon rápidamente. Últimamente tenía muchas de estas extrañas ansias... sólo deseaba poder saber qué significaban.
-Sólo son cosas de la edad, anhelos adolescentes –había dicho su padre. Pero Denel se preguntaba si Lorn Moonrunner sabía más de lo que querría admitir.
De pronto, otro fuerte sentimiento le invadió, esta vez una sensación de peligro. Estaba aturdido cuando algo le golpeó con fuerza en la espalda, casi derribándolo de su sitio en el muro del jardín.
-Cazador, viejo bribón –dijo Denel con una risita. Se volvió para rascar al gorset entre sus cuernos romos-. Nunca tienes suficiente atención, ¿eh, chico? –El animal de cuatro patas golpeó el suelo con una pezuña y meneó su cabeza rizada-. No, no puedo salir a correr contigo ahora. Tengo que terminar de estudiar.
El animal alto y negro soltó un rebuzno.
-¿Denel? –llamó su madre desde la casa-. Denel, ven aquí, por favor. –Su voz sonaba extraña, de algún modo. Saltó del muro y se dirigió a la casa.
Al entrar en la sala de estar, se sorprendió al ver a cuatro soldados de asalto imperiales rodeando a su madre. El rostro de Artis estaba tenso y asustado.
-¿Qué ocurre, madre? –preguntó con cautela.
-Debes ir con esos hombres –respondió ella con un hilo de voz.
-¿Por qué?
-¡Nada de preguntas! –ladró su comandante-. Has sido alistado al Ejército Imperial. Acompáñanos de inmediato. –Rodearon a Denel y comenzaron a empujarlo hacia la puerta.
-Espere un momento –protestó Denel-. He estado planeando acudir a la Academia durante años. Acabo de cumplir dieciocho años, de modo que ya puedo solicitar mi acceso. Denme una hora para que recoja algunas cosas y yo...
-¡Silencio! –ladró el oficial-. Obedecerás las órdenes. El Imperio te proporcionará todas tus necesidades, y mostrarás gratitud.
-Pero, ¿dónde me llevan? –continuó Denel mientras un soldado le empujaba a la puerta con la culata de su rifle bláster-. ¿Cuándo podré regresar? ¿Puedo al menos decir adiós a mis padres? –Se tropezó en los escalones.
-Calla y muévete. –Otro soldado agarró el brazo de Denel y lo levantó arrastrándolo hasta la puerta principal.
Denel pudo escuchar llorar a su madre. Se zafó del agarre del soldado de asalto y se volvió a mirar.
-Madre... –comenzó, pero cayó de rodillas por el dolor cuando le clavaron el cañón de un arma en la espalda.
-Obedecerás mis órdenes –gruñó el comandante al oído de Denel. Tiraron de él para ponerle en pie y lo condujeron fuera de la puerta.
Mientras lo conducían por la calle, Denel advirtió que muchos otros hombres estaban siendo sacados de sus casas. Vio a su vecino Dorn Lister, a su amigo Amos Granley. Un sudor frío cubrió la espalda de Denel. Nadie hablaba. Aparentemente todos habían aprendido su primera lección de obediencia, igual que él.

***

-Ordenará a su pueblo que coopere, o tendremos que demostrar nuestras intenciones de un modo más... dramático. –El general Yrros caminaba pomposamente por la oficina del director de comercio planetario-. Estoy seguro de que sus conciudadanos preferirían vivir en paz y tranquilidad que sacrificarse sin motivo. –Se detuvo para leer un diploma enmarcado que colgaba de la pared panelada.
Markren Pellias alzó la vista de su escritorio y miró el rostro cuadrado y arrogante del general imperial. Las uñas se le clavaban en las palmas de sus puños cerrados.
-Su paz ya ha sido desgarrada por sus soldados de asalto. Han invadido sus hogares, llevándose a sus maridos, hermanos e hijos. No era consciente de que el Emperador aprobase tales métodos.
El general Yrros se giró para mirarle a la cara.
-No es lo preferible, pero es necesario en este momento. Sus familias serán adecuadamente compensadas.
-¿Adecuadamente compensadas? –Pellias se puso en pie y avanzó hacia Yrros-. ¿Cree que unos cuántos créditos aquí y allá pueden compensar la pérdida de un ser querido? –Hizo todo cuanto pudo para evitar plantar un puñetazo justo en medio de la aristocrática nariz del general.
Yrros no se dejó intimidar. Con pasos precisos, cruzó la alfombra, deteniéndose con su rostro a no más de veinte centímetros de la cara del director. La elevada altura del general obligó a Pellias a inclinar la cabeza hacia atrás para mirar a sus ojos oscuros y furiosos.
-Es necesario en este momento –pronunció lentamente el general, mirando fijamente a Pellias.
El director bajó la mirada y retrocedió.
-Las tropas imperiales son generosamente remuneradas –continuó Yrros-. Sus familias no sufrirán en exceso. Todo el mundo estará agradecido por tener la oportunidad de contribuir al Nuevo Orden. Se asegurará de eso, ¿verdad?
-Sí, general. –Pellias se volvió para ocultar su amargura-. Cooperaremos.
-Bien. Ahora, por favor, siéntese y discutiremos los términos de nuestra presencia aquí. –Yrros se sentó en el brazo de una silla de madera con intrincados tallados que estaba frente a la mesa. No se detuvo a observar la belleza de la artesanía.
Pellias se sentó pesadamente tras su escritorio, preguntándose por cuánto tiempo seguiría siendo suyo.
Como si pudiera leer los pensamientos de Pellias, el general Yrros continuó.
-Ahora estoy al mando de este sistema. Usted será mi enlace principal entre la presencia militar y el pueblo.
”Si mantiene su cooperación, se le permitirá dirigir su gobierno prácticamente igual que antes, con una excepción. –El general se golpeó una mano con sus oscuros guantes mientras hablaba-. Cada decisión que tome, ya sea celebrar elecciones, promulgar nuevas leyes, acuerdos comerciales, o incluso celebraciones festivas, deberá ser aprobada previamente antes de ser llevada a la práctica. ¿Lo entiende?
Pellias entendía perfectamente. Él y todos los líderes del gremio so serían nada más que marionetas imperiales.
-Entiendo.
-Se le permitirá mantener estas oficinas. –El general miró a su alrededor, sin molestarse en esconder su sonrisa-. Las oficinas centrales imperiales estarán en la base.
-Por supuesto –respondió el director con un toque de sarcasmo.
-Sin embargo, habrá algunos cambios significantes, especialmente en cuanto a mejoras tecnológicas en este planeta perdido.
-¿Cómo cuáles?
-La razón por la que estamos aquí. Agricultura. El rico suelo de Rhamalai es ideal para el cultivo de cosechas de alimentos. Tan pronto como esté completa la construcción de la base de la guarnición, comenzaremos a trabajar en una cadena de plantas de procesado de alimentos y en un complejo de exportación central. Rhamalai tendrá la gloriosa tarea de alimentar a nuestras tropas.
Pellias no emitió ninguna respuesta.
-Informe a sus gremios de granjeros –continuó el general-. Que envíen representantes a Argona de inmediato. La próxima semana comenzaremos la reeducación, usando métodos modernos de producción de alimentos. –El general meneó ligeramente la cabeza-. No me entra en la cabeza cómo este planeta se mantuvo en una condición tan primitiva.
-No queremos sus mejoras –dijo Pellias-. Rhamalai ha existido durante cuatrocientos años sin trucos tecnológicos.
-Esa es una extraña actitud, considerando todos los beneficios de la tecnología. –Yrros miraba al director como un entomólogo examinando una nueva especie de insecto.
-Este planeta fue colonizado por los cherisitas –explicó Pellias-. Eligieron vivir con sencillez, en armonía con el planeta. Esas creencias se han mantenido hasta hoy y tenemos leyes para protegerlas.
-Soy bien consciente de la historia de su planeta, director –dijo el general Yrros-. Los cherisitas y todos los que siguen su senda son estúpidos. Ustedes no son más que una extraña colección de ciegos idealistas jugando a juegos infantiles. Es sorprendente cómo nadie ha conquistado este planeta hasta ahora.
-Durante tres siglos, un maestro Jedi que se asentó con los colonos originales protegió este mundo –respondió Pellias-. Defendió el planeta contra su explotación, y también actuó como sanador.
-¿Un Jedi? ¿Viviendo durante trescientos años? –dijo Yrros con tono burlón-. Ya no queda ninguno en toda la galaxia.
-Murió más o menos cuando el Emperador llegó al poder. Desde entonces hemos estado desprotegidos.
-Bueno, entonces alégrense de tener algo que el Emperador valora. Rhamalai ahora tiene la mayor protección del Imperio.
Pellias se puso en pie detrás de su escritorio.
-Sí, ¿pero quién nos va a defender de ustedes?
En dos zancadas, Yrros cruzó la sala, alzó su mano derecha y usó el dorso de la mano para soltar una bofetada en la cara de Pellias.
-Vigile sus palabras, director, o pronto se convertirá en la peor clase de ejemplo para su pueblo.
El general avanzó hacia la puerta. Se volvió de nuevo hacia Pellias.
-Hable esta noche con sus líderes e infórmeme por la mañana. Un día me agradecerán que trajera al siglo presente este pozo de barro al que llaman planeta. –Cerró la puerta tras él con un portazo.
-Sinceramente lo dudo, general –respondió Pellias.