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lunes, 12 de septiembre de 2016

El Hogar de la Sabiduría

El Hogar de la Sabiduría
August Hahn y Cynthia Hahn

Entre los árboles del irstat Hiironi hay una morada tejida con las ramas más robustas que los bosques de Cularin pueden ofrecer. Esta choza está limpia y seca, totalmente al abrigo de las lluvias torrenciales y los vientos más fuertes. Los tarasin honran esta morada y únicamente hablan de ella con la mayor de las reverencias, denominándola el “Hogar de la Sabiduría”. Consideran sagrada cualquier conversación mantenida en esa chiza, y cualquier decisión que allí se tome se tiene como un mandato del propio Cularin.
Pocos ajenos a las tribus tarasin saben esto, pero muchas de las decisiones que han dado forma a su pueblo proceden de esta pequeña cabaña de ramas y paja. Fue allí donde, por primera vez, los tarasin decidieron acercarse a Reidi Artom, planearon su rebelión contra las fuerzas esclavizadoras que les llegaron desde las estrellas, y decidieron conjuntamente aceptar la presencia de extranjeros en su mundo en lugar de ir a la guerra.
Esta pequeña choza ha sido el punto focalizador de muchos eventos importantes de Cularin, mucho más de lo que los alienígenas que habitan en ese planeta puedan reconocer. La decisión tomada hoy allí también afectará el destino de muchos, tanto tarasin como alienígenas. La Fuerza crea cruces en el espacio y el tiempo, lugares donde se decide el destino de millones o miles de millones de seres mediante un encuentro casual, un conflicto épico, o –como es el caso este día en el Hogar de la Sabiduría- un sueño y las personas lo bastante iluminadas para comprender lo que pueda significar.
Llegaron en silencio, arrastrando silenciosamente las almohadillas de los pies sobre la suave superficie del suelo gastado. Las cortinas de hojas en la entrada se cerraron tras ellas con un siseo, dejando entrar solamente unos pocos rayos de luz lunar. Estaban tan altas que el denso dosel de la selva estaba en su mayoría bajo ellas. Por encima se encontraban las estrellas despejadas y el infinito cielo nocturno. La luz plateada del exterior rápidamente fue vencida por el rico resplandor dorado de la hoguera central de la choza y los arcos amarillos y blancos que saltaban de ella.
-Mi agradecimiento por acudir. Ha sido una larga carrera para la mayoría de vosotras, así que seré breve.
La voz de la Madre Dariana temblaba con el peso de la edad, pero su aspecto era ahora más vibrante que lo que había sido en bastante tiempo. Lo que tuviera que decir debía ser importante para sacarla del abrigo de su dormitorio. La Madre no las llamaba a menudo; cuando lo hacía, siempre acudían tan rápido como podían.
Ese día no fue ninguna excepción. Algunas de ellas aún estaban siseando ligeramente, con los kampos desplegados para ayudar a eliminar el exceso de calor de su carrera nocturna. Las Guardianas de Dariana las observaban a todas fijamente. Las líderes de los irstats no siempre se llevaban bien entre ellas, y reunirlas con tanta premura sólo podía conducir a calentar los ánimos. La presencia tranquilizadora de la Madre Dariana parecía mantener las cosas bajo control, pero cada una de ellas sabía lo rápido que eso podía cambiar.
-He tenido un se’neth.
Sus palabras hicieron callar de inmediato los murmullos de la sala. Un se’neth no era un simple sueño; sólo si creyera que se trataba de una auténtica visión la Madre habría usado esa palabra para referirse a él. El poder de la tierra era tan fuerte en ella como lo había sido en cualquier tarasin que cualquiera pudiera recordar, pero los se’neth eran inusuales, incluso para ella. Siempre anunciaban grandes eventos. Acercándose a ella, las líderes de las tribus reunidas esperaron ansiosamente que Dariana compartiera su visión.
-Ya os he hablado antes de la tormenta. La he vuelto a ver, pero esta vez he observado el viento con más detenimiento. La gran tormenta caerá sobre nosotros, pero ahora veo que su furia no sólo cubre el cielo, sino también las estrellas. Las oscuras nubes de tormenta alcanzarán nuestro mundo, pero no proceden de aquí.
Esto hizo que comenzaran de nuevo los murmullos. Una joven tarasin se ruborizó con manchas azules y rosas antes de preguntar en voz baja:
-¿Podemos detener la tormenta, Madre?
Con gesto de tristeza, la anciana sabia negó con la cabeza.
-No, mi niña. Sólo podemos esperar sobrevivir a ella. Pero no es por eso por lo que os he llamado hoy aquí. Debemos mirar al futuro, y mi se’neth me ha mostrado una cosa importante que debe hacerse.
Eso atrajo la atención de todas las tarasin, y el silencio reinó en el Hogar de la Sabiduría. Todas las presentes, incluso las más jóvenes, con menos tiempo en sus posiciones como líderes de su comunidad, sabían que si eso sólo hubiera involucrado a su especie, Dariana habría enviado mensajeros por la mañana. No, este encuentro era acerca de algo más. Algo más grande.
-Estos árboles, y el gran poder que los une a ellos y a nosotros con la tierra, nos protegerán de lo peor de la tormenta. Su terrible ojo caerá pronto sobre nosotros, y tras su estela reinará el caos, no la calma. Antes de que esto ocurra, debemos preparar el camino.
Volvió a quedarse en silencio, y conforme fueron pasando los segundos, sus Guardianas temieron que se hubiera quedado dormida. Su avanzada edad y los eventos de los últimos años suponían una carga tan pesada para ella que su carne se había más débil con cada estación que pasaba. Justo cuando la Guardiana jefa se inclinaba hacia ella, una de las demás líderes de irstats tomó la palabra.
-¿El camino para qué?
Ella respondió antes de que la Guardiana la tocara.
-El camino para todos. Son el futuro, y deben ser protegidos del ojo de la tormenta.

miércoles, 29 de junio de 2016

Conflicto y Maestría

Conflicto y Maestría
August Hahn y Cynthia Hahn

En el corazón de la Academia Jedi de Almas hay un edificio con senderos delimitados por piedras en todas direcciones. Muchos Padawans y Caballeros han caminado por esos caminos durante los años de su entrenamiento, pero pocos se han aventurado jamás al interior del edificio propiamente dicho. El Maestro Lanius Qel-Bertuk mantiene ese edificio separado del resto de su Academia; aunque se encuentra en su centro, a efectos prácticos está aislado tanto para estudiantes como para maestros.
Este edificio es donde Lanius realiza reuniones con miembros del Consejo de Coruscant, importantes oficiales del Senado, y aquellos que no se sentirían cómodos hablando con él en público. Aunque Almas no es exactamente el centro de la actividad del sistema Cularin, y los jóvenes Padawans raramente cotillean fuera de sus propios círculos, en esta parte de la galaxia las noticias se las arreglan para viajar rápido. Entre el ocasional exceso de celo de algunos reporteros y los perpetuos ojos escrutadores de aquellos que deberían tener cosas mejores que hacer, puede resultar difícil mantener un secreto... incluso para un Maestro Jedi.
Este edificio solitario también es donde Lanius acude a meditar en privado y contemplar el destino de su academia y sus estudiantes ante el cambiante rostro de la República. Desde hace un tiempo llevaba sintiendo los problemas que se avecinaban, y ahora que sus estudiantes –su mundo- han sido lanzados diez años antes de lo previsto en medio de eventos de tanta envergadura que escapan a su control, el Maestro Qel-Bertuk últimamente ha ido pasando cada vez más tiempo allí.
Hoy se encuentra allí no por motivos personales, sino administrativos. Una vez cada estación (aunque en Almas en realidad no existan las estaciones como tales), el claustro principal de la academia se reúne para hablar del entrenamiento, de los estudiantes que se muestran más prometedores, y otros asuntos Jedi. Lanius habitualmente disfruta de esas reuniones, pero en esta ocasión el tema principal del día no es agradable.
-Y volveré a decirlo. Si los cambios que se comentan en los rumores que he escuchado son ciertos, sólo traerán sufrimiento a nuestros Padawans. –Los ojos de la Maestro Devan brillaron en la cámara a la luz de las antorchas-. Esta escuela ya es lo bastante distinta a cualquier otra Academia Jedi de la galaxia. Arriesgamos demasiado haciendo cualquier cambio más.
En su silla de piedra en la cabecera de la cámara de conferencias, Lanius asintió con aire distante. Comenzó a hablar, pero Jurahi, el Maestro de Visiones de la escuela, interrumpió. Para un alma tan contemplativa, el visionario profesor podía ser enfático hasta llegar casi a la beligerancia cuando creía firmemente en algo.
-Raramente me encuentro de acuerdo en nada de lo que la Maestra de Batalla tenga que decir, Lanius, pero esta vez tengo que ponerme de su parte. ¿Por qué estamos siquiera discutiendo esto?
La atención de Lanius pasó a Devan. Le divertía más de lo que pensaba que podría ser apropiado ver cómo se ofendía instintivamente al ser llamada “Maestra de Batalla”. Sabía por su larga experiencia que Jurahi desdeñaba el mero concepto de la lucha, y creía que los Jedi que pensaban con sus sables de luz eran la mayor amenaza que la galaxia hubiera conocido jamás. Era un milagro que el Maestro de Visiones hubiera sido capaz de soportar siquiera a Kirlocca, pero el anterior instructor de sables de luz de la Academia había sido bien apreciado por todo el mundo en Almas... incluso por un pacifista como Jurahi.
La Maestro Devan suspiró.
-Maestro Lanius, ¿esta decisión ya ha sido tomada, o vamos a poder ser capaces de hacerle cambiar de opinión?
Sus sentimientos fueron repetidos por los demás sentados a la mesa. Seis pares de ojos se centraron en él, haciendo que Lanius se sintiera más incómodo de lo que se había sentido en mucho tiempo. De pronto, se encontró echando de menos a Kirlocca más que nunca. El gran wookiee habría entendido por qué estaba haciendo eso. A Kirlocca no le habría gustado, pero lo habría entendido.
Sin embargo, era la cabeza de la academia por un motivo, y una situación como esa requería que tomara una posición de líder. Se preparó para las reacciones que sabía que estaba a punto de recibir y miró al extremo de la mesa, hacia el punto normalmente reservado para dignatarios de visita y emisarios de Coruscant.
-Maestro Jeht, diga por favor a los demás lo que ha compartido conmigo esta mañana.
El hombre sentado al extremo de la larga mesa de piedra asintió sombríamente. Sus ojos negros examinaron los rostros de los Maestros reunidos durante un largo instante antes de hablar, y cuando lo hizo fue con un tono tranquilo y respetuoso.
-El Consejo Jedi de Coruscant ha ordenado que todos Jedi disponibles acudan a nuevas zonas de preparación de sector para recibir información y asignaciones tácticas. Aunque esto no incluye a los Padawans, por supuesto, y se están haciendo excepciones para los Caballeros Jedi con menos de tres años de experiencia en el cargo, todos los demás han sido llamados para misiones de guerra.
Las expresiones en los rostros de los integrantes del claustro fueron exactamente los que pensaba que serían. La peor fue la mirada de amarga aceptación en los ojos de Jurahi, como si finalmente hubiera escuchado algo que llevaba toda una vida temiendo. La expresión de Devan fue mucho menos resignada.
-¿Esto incluye a todos los Maestros de Almas?
El Maestro de cabello negro al extremo de la mesa negó con la cabeza. El gesto hizo que su túnica gris oscura se moviera ligeramente, revelando la armadura de combate ligera que había debajo. Por el aspecto de las ceñidas placas de la armadura, ligeramente dañadas, había visto uso muy reciente.
-No, todos no. Las personas de esta sala permanecerán en su lugar para entrenar Padawans y Caballeros, como es su misión. Sólo el personal adicional será trasladado de la Academia para complementar el Ejército de la República.
La expresión de Jurahi cambió, así como la de Devan, pero el viejo Maestro habló antes de que pudiera hacerlo ella.
-¿Personal adicional? ¿Complementar al Ejército? ¿Quién se cree el Consejo que somos? ¡Somos una escuela, no una guarnición!
Por la expresión de los ojos incoloros de Jeht, esta respuesta no le llegó de sorpresa.
-Lamento que se sienta así, señor. Pero se ha dado el mando de las Fuerzas Armadas de la República a los Jedi, y el Consejo ha decidido desplazar Jedi experimentados para una mayor presencia de liderazgo en ese sentido. Creen...
Devan abrió la boca, y por un instante, Lanius pensó que lo imposible ocurriría dos veces en un día: que volvería a estar de acuerdo con Jurahi.
-Lo entiendo, Maestro Jeht. Obviamente, el Consejo cree que si dejamos esta guerra sólo a los clones y los droides, durará eternamente. Quieren dar un paso adelante y acabar con ella de forma decisiva sin más pérdida de vidas, y antes de que más sistemas caigan en manos de los separatistas.
El Maestro visitante asintió, obviamente aliviado de que alguien de la mesa lo entendiera. Por la expresión incrédula del rostro de los demás instructores presentes, él, ella y Lanius estaban en minoría en lo que a ese tema concernía.
-¿Cómo afectará exactamente esto a Almas? –continuó preguntando Devan.
En respuesta, Lanius hizo un gesto hacia el arco en sombras que conducía fuera de la sala y E1-6RA, su droide ayudante personal, entró en la cámara. En sus múltiples brazos, llevaba varias pequeñas tabletas de datos. Se desplazó diestramente alrededor de la mesa, tendiendo una a cada uno de los Jedi presentes.
-Aquí están listados los actuales residentes de Almas y aquellos que se encuentran de servicio en el sistema de Cularin que han sido llamados por la orden del Consejo –dijo con su voz suavemente modulada.
Hubo una larga pausa mientras los miembros del claustro navegaban por sus pantallas. Lanius observó detenidamente sus rostros, sabedor de lo mal que algunos de ellos recibirían los nombres que estaban leyendo. El Maestro Ti-Amun Tiro se puso en pie, dejó caer la tableta de datos sobre la mesa, y se marchó airadamente de la sala, indignado. Por las reacciones de los demás presentes, más de uno de sus colegas quería unirse al instructor de filosofía en silenciosa protesta.
Nadie habló durante varios tensos segundos. No fue una gran sorpresa cuando la voz de Jurahi rompió el silencio.
-Esto deja nuestra plantilla docente en prácticamente nada. Acabamos de aceptar un número sin precedentes de nuevos Padawans. ¿Cómo puede esperarse que encontremos mentores para todos ellos? –Su tono había perdido su irritación. Había vuelto la silenciosa resignación.
Lanius negó con la cabeza.
-Ya no podremos ofrecer mentores a nuestros estudiantes en proporción de uno a uno. Los tamaños de las clases tendrán que aumentar, y nosotros tendremos que arreglárnoslas con los instructores que quedan. Algunos Caballeros con sólo uno o dos años de servicio pueden ayudar a completar nuestras filas.
A nadie de la mesa pareció gustarle la idea, y Lanius apenas podía culparles. La historia de los Jedi estaba llena de ejemplos de miembros de la Orden que enseñaban antes de estar plenamente capacitados para ello. Los ejemplos nunca terminaban bien; tanto el maestro como el estudiante a menudo caían al Lado Oscuro. Obviamente, tales preocupaciones cruzaron la mente de los demás. Lanius no tenía que tocar sus pensamientos para saberlo. Lo podía leer en sus caras.
El Maestro Jeht habló de nuevo, sin alterar en ningún momento el tono tranquilo de su voz.
-Para completar lo que el Maestro Qel-Bertuk no ha llegado a decir antes, esta decisión ya ha sido tomada. Se me ha encargado que supervise la transferencia de personal y luego me quede atrás para ayudar con entrenamiento adiciona para sus estudiantes. El Consejo no desea dejarles completamente faltos de personal. Haré todo lo que pueda para compensar la diferencia.
Lanius decidió hablar antes de que más preguntas pudieran incendiar la situación.
-Estamos agradecidos al Consejo por enviarle. Al menos es uno de nosotros, Darrus, y siempre será bienvenido aquí. El cambio es difícil, pero agradecemos escucharlo de boca de alguien conocido.
El Maestro Jeht hizo una ligera reverencia. Devan secundó los agradecimientos de Lanius, pero el resto de la mesa sólo murmuró o inclinó la cabeza expresando su consentimiento. Lanius rápidamente hizo marchar a los instructores. Tal vez regresar a la tarea habitual de clases y lecciones les ayudaría a calmar sus comprensiblemente turbulentas emociones. Se fueron sin hacer comentarios, marchándose cada uno para llevar las duras noticias a su personal y sus estudiantes.
Devan fue la última en marcharse, pasando la mirada alternativamente de Darrus a Lanius en busca de algún rastro de emoción. Al no ver nada, finalmente se marchó y regresó al salón de prácticas. Lo sentía por los Padawans, tanto por los cambios que estaban a punto de afectarles como por el estado de ánimo con el que iba a enseñarles...

martes, 19 de abril de 2016

Circuitos cerrados

Circuitos cerrados
August y Cynthia Hahn

El universo es un lugar peligroso. Algunas amenazas son muy obvias y fáciles de evitar... si permaneces alerta y estás preparado para dar los pasos que requiera cualquier nueva situación. Cuando llegan los riesgos para la vida o la integridad física, la gente de acción puede actuar rápidamente y mantenerse a salvo, a ellos y a sus seres queridos, para seguir con vida otro día. Tanto los héroes como la gente común son llamados a alzarse contra la llegada de los tiempos oscuros.
Por desgracia, otras amenazas son silenciosas como un susurro e invisibles como una brisa de verano. Para cuando el viento arrecia con suficiente ferocidad para sentirlo, su daño puede haber sido causado hace tiempo. Cularin no está desprovista de defensores y ciertamente sus habilidades no son puestas en duda, ¿pero de qué sirven las heroicidades cuando la guerra ya se ha perdido?
El Escuadrón Gamma avanzaba por el complejo, buscando cualquier indicio de movimiento. Cada vez que un destello aparecía en los monitores de sus cascos, una rápida ráfaga de fuego de bláster acababa con él. El metal saltaba disparado en todas direcciones y los circuitos crepitaban; los droides yacían en pedazos desde la plataforma de aterrizaje hasta el centro de operaciones de las instalaciones.
Éste último era el objetivo de Gamma, y llegar a él fue una dura lucha. Gamma Tres estaba tumbado en su transporte; su condición era cuestionable en el mejor de los casos. Clon o no, seguía siendo un ser vivo, y esa vida pendía de un hilo muy fino. Cada minuto que pasaba podía ser el último para él. Comprensiblemente, el escuadrón quería acabar con esta operación lo más rápido posible.
Bloqueando su camino se encontraba una puerta blindada de acero templado y un bunker interno reforzado. Gamma ya se había encargado de las defensas automatizadas del centro de mando y de los guardias droide. El punto ya no era una amenaza, pero para que esta misión concluyera, el Escuadrón Gamma tenía que irrumpir en el núcleo de operaciones y hacer lo que habían venido a hacer.
-Escuchad, Gamma –dijo la seca voz de Uno, el comandante del escuadrón-. Las cargas de ruptura estándar han fallado, y no llevamos nada más potente. Se ha cortado la corriente de las puertas, así que es imposible piratearlas para abrirlas. –Hubo una larga pausa antes de que continuara-. En este punto, estoy abierto a sugerencias.
Como siempre, Gamma Cuatro fue el primero en responder.
-¿Arrasamos el lugar con fuego orbital y nos abrimos paso entre los restos?
Y como siempre, la respuesta de Gamma Cuatro fue violenta y directa.
Gamma Dos respondió en nombre de su oficial al mando.
-Necesitamos el núcleo intacto, Cuatro, y tenemos órdenes de que esta sea una operación encubierta. ¿Cómo de encubierta sería una batería turboláser?
Cuatro se encogió de hombros, y su pesada armadura motorizada amplificó exageradamente el movimiento.
-Depende de si dejamos a alguien con vida para verlo.
Uno hizo un brusco gesto con su mano enguantada.
-Ya basta. Esta línea de discusión no nos ayuda, y en cualquier caso Tres no tiempo para eso. Quiero respuestas, no debates.
Después de considerar el problema (y, como de costumbre, descartar por completo la idea de Cuatro), Gamma Cinco alzó la mano.
-Señor, si localizamos el cableado que conduce a las puertas, puedo parchear el sistema de mi traje y piratearlas manualmente. Cortar la corriente significa que ahora mismo el enemigo no tiene más control que nosotros sobre esas puertas blindadas.
Gamma Uno asintió lentamente, y luego con más fuerza.
-Bien. Hagámoslo. –Hizo un gesto a Dos para que permaneciera con Cinco-. Vosotros dos encontrad esos cables y haced el trabajo. Cuatro, mantente detrás de mí.
El escuadrón fuertemente acorazado de Comandos de la República avanzó con decisión, retrocediendo desde el centro de mando al siguiente nexo de energía más cercano. Uno y Cuatro cubrieron todos los ángulos de aproximación con sus rifles pesados modificados, asegurándose de que sus camaradas pudieran trabajar con relativa seguridad.
Durante cinco minutos, cortaron el metal del pasillo y buscaron entre revoltijos de cables agrupados de forma idéntica. La instalación era dirigida totalmente por droides, por lo que muchas de las comodidades de una instalación humana, como cables etiquetados, estaban ausentes. Eso hacía que avanzasen lentamente, pero el entrenamiento en electrónica avanzada de Gamma Cinco hacía que la caza fuera más fácil.
-Necesito esas puertas abiertas en 30, Cinco.
-¡A la orden, señor!
Como si fuera una respuesta a los diálogos, la vida se complicó. En los pasillos a izquierda y derecha se abrieron deslizándose unos paneles de los muros, derramando droides de aspecto desconocido con armamento bastante obvio. Lo que les faltaba en sutileza, trataban de compensarlo con potencia de fuego. Haciendo rugir sus armas bláster, caminaban, rodaban y se arrastraban hacia el escuadrón de comandos sin un segundo de pausa.
-¡Ahí vienen! –exclamó innecesariamente Cuatro.
-¡Menos cháchara y más acción!
Uno abrió fuego con el cañón inferior de su rifle. Los pulsos de iones salieron disparados, causando estragos en los droides que avanzaban. Crepitantes arcos eléctricos saltaban entre los oponentes robóticos, haciendo caer a varios con cada disparo. Gamma Cuatro le imitó, pasando su rifle a modo iónico y disparando tanto como podía.
Conforme el enjambre de hordas metálicas se acercaba, quedó claro que su potencia de fuego y su entrenamiento no eran suficientes. Por cada diez droides que caían, veinte más aparecían en los pasillos del complejo. La voz de Cuatro señaló lo que era cegadoramente obvio.
-¡Van a superar nuestra posición, señor!
-Me alegro mucho de que estés aquí para darte cuenta de eso, soldado –murmuró Uno. Luego pulsó un interruptor en su rifle y lanzó dos disparos en rápida sucesión. Los rayos de luz que surgieron de su pesada arma impulsaron un par de cilindros de metal hacia la masa de droides que tenía delante-. ¡Estallido magnético!
Los cuatro comandos apagaron sus trajes, dejándolos completamente sin energía incluso mientras los disparos de bláster se abrían paso a través de su denso blindaje. Entonces, con una brillante cascada de luz blanca, el universo entero se volvió dolorosamente silencioso. Tras rugir un “todo despejado” sin la ayuda del amplificador de audio, Uno volvió a encender su traje. Incluso después de haber estado apagados, los sistemas electrónicos de su armadura respondieron torpemente. Tan pronto como estuvo de pie y en funcionamiento, indicó a los demás que hicieran lo mismo.
Se encontraban en el centro de un mar de robots rotos, una masa sin vida de metal inmóvil. Ocasionalmente, una chispa destellaba en un chasis o una extremidad de acero se agitaba, pero todos los droides estaban completamente apagados... víctimas de una granada de pulso magnético, cortesía de los maestros armeros de Coruscant.
-¡No tenemos tiempo para quedarnos embobados, caballeros! ¡Cinco, consígueme ese cable!
El resto fue más sencillo. Restauraron la energía de las puertas, las obligaron a abrirse, y usaron tácticas de asalto cuerpo a cuerpo para ocuparse de los droides del interior. Las consolas de mando debían capturarse intactas, lo que significaba nada de disparos desde lejos. Fue una batalla frenética, pero aparte de algo de daño de vibrohoja en la placa pectoral de Cuatro y una feroz cuchillada que agujereó el casco de Dos, el escuadrón Gamma no recibió daños. (Más tarde´, Cuatro comentaría que la cicatriz hacía que Dos pareciera “más duro y masculino”. Ese incidente desembocaría en algunas heridas, pero aún estaban por llegar.)
Una vez dentro, Uno hizo que Cinco terminara su misión. Cambiaron una tarjeta de mando en los controles principales y puentearon el sistema de comunicaciones de la instalación. Pulsando un interruptor, el complejo comenzó a transmitir una anulación de núcleo codificada a todos y cada uno de los droides construidos en esas instalaciones. Aunque los droides no actuarían de modo distinto, ahora estaban bajo el control encubierto de la República.
Gamma Uno envió a todo el mundo de vuelta a la nave y él mismo plantó una carga temporizada en el generador de energía de la instalación. Volvió a paso ligero a su nave, activó el temporizador y ordenó a voz en grito la evacuación inmediata.
-¡Un accidente a punto de estallar! ¡Salgamos de aquí!
-¡Sí! –exclamó Cuatro-. Salgamos disparados, porque huele a chamusquina.
Este comentario también terminó causando alguna herida...

jueves, 17 de marzo de 2016

Los días de las banderas

Los días de las banderas
August y Cynthia Hahn

Está en la naturaleza de los pueblos atormentados que, cuando finalmente son liberados de sus opresores, reciben con los brazos abiertos a sus salvadores y toleran cualquier nuevo régimen que resulte emerger de las cenizas del antiguo. Cuando el destino es amable, este nuevo liderazgo es benevolente, nacido de los ideales de libertad e igualdad de los que se alzó dicha resistencia. Cuando la fortuna no es tan gentil, lo que emerge de las llamas de la rebelión puede volverse aún más tiránico y despótico que el gobierno al que había derrocado.
Les costó algo de esfuerzo, pero Dyrla y Taan lograron abrirse camino hasta la parte delantera de la multitud. La barrera al borde de la calle les impedía avanzar más, pero no pasaba nada; al menos ahora podían ver el desfile. Algo así nunca había ocurrido antes en sus jóvenes vidas y, si lo que había dicho su padre era correcto, con suerte nunca más debería volver a ocurrir.
Dyrla señaló a la parte trasera de un deslizador que desaparecía de su vista lentamente.
-¿Crees que ese era Osten? ¿Eh? ¿Crees que era él? –Su voz era aún más aguda de lo normal, haciéndola tan penetrante que incluso su hermano tuvo problemas para soportarla.
-Cálmate, ¿quieres? ¿Y qué si lo era? Papá dijo que él no participó en la lucha real. Yo he venido para ver al Escuadrón Bufón.
Eso le hizo ganarse un puñetazo en el brazo.
-¿Qué? Osten es como el Gran Señor General del Ejército o algo así. Eso le convierte en alguien super importante. –Dyrla le sacó la lengua a Taan-. Mucho más especial que esos Bufones tuyos.
Taan sabía que no podía devolverle el golpe. La última vez que lo había hecho, había estado castigado una semana y se perdió el concierto de Sien’Soro al que tantas ganas tenía de acudir. Ningún puñetazo valía eso, ni siquiera uno que la pequeña granuja se tuviera merecido.
-¡Bah! Papá dice que la gente como Dal’Ney se limita a sentarse sobre su trasero y obtener la gloria mientras son los auténticos héroes los que luchan y mueren.
-¡No digas esa palabra! –Las pequeñas manos de Dyrla comenzaron a temblar y, por un instante, Taan pensó que iba a golpearle de nuevo. Luego se dio cuenta de lo que había dicho y comprendió qué estaba a punto de hacer su hermana: llorar.
-Oh, hermanita; lo siento. No quería decir eso. Quería decir que luchan y... duermen. Eso, duermen ahí fuera, en el espacio, en sus naves, mientras los generales y similares tienen camas cómodas y agradables y no tienen que hacer ningún trabajo en absoluto.
Era un débil intento, y lo sabía, pero pareció funcionar. Dyrla era muy sensible acerca de la muerte. Incluso la mera sugestión de la misma era habitualmente suficiente para hacerle perder el control, y eso era lo último que Taan quería. Era una mocosa, desde luego, pero seguía siendo su hermana. Desde que el transporte de su madre había sido derribado por un disparo de los thaereianos, ella y papá eran todo lo que le quedaba.
Apareció otro deslizador, este con varias personas que Taan no reconocía.
-Eh, Dyr, ¿quién crees que son esos? –le preguntó, con la esperanza de distraerla.
-Umm... Deja que mire. –Dyrla había insistido en comprar uno de los chips de programa del desfile a un vendedor ambulante antes de zambullirse en la muchedumbre para llegar hasta allí. En ese momento había pensado que era un gasto inútil, pero ahora Taan se alegraba realmente de que fuera imposible discutir con la mocosa rubia. Después de pulsar unos cuantos botones, Dyrla le mostró la pantalla de su ordenador de mano-. ¿Ves?
Las imágenes concordaban con los rostros de las personas del deslizador, aunque la pantalla los mostraba con uniformes militares.
-Oh, esa es la Compañía Beta. Tengo entendido que llegaron a descender en el propio Thaere y lucharon por la liberación. Guau.
Dyrla asintió con admiración mientras observaba cómo el deslizador avanzaba lentamente, pero entonces un gesto de confusión cruzó su joven rostro.
-No lo entiendo.
Su hermano se inclinó sobre ella y le robó un sorbo de su paquete de refresco.
-¿Qué es lo que no entiendes?
Ella volvió a golpearle, pero soltó una risita al hacerlo.
-¡Eh, es mío! Y no entiendo una cosa. El chip dice que había doce personas en la Beta, ¿verdad? ¿Entonces por qué sólo hay cinco personas en el deslizador?
Taan trató de pensar rápido, pero tenía la mente en blanco. Sabía que su hermana se derrumbaría si le decía la verdad. Si pensaba en que de verdad había muerto gente, como tantos de los que lucharon por Cularin contra los thaereianos, su hermana se desmoronaría. Ya casi podía oírla gimotear. Tenía que pensar algo rápido.
El hombre que estaba tras ellos se agachó y sonrió.
-Ya han pasado, pequeña. Los deslizadores son demasiado pequeños para llevarlos a todos a la vez.
Taan suspiró aliviado cuando Dyrla asintió aceptando la mentira piadosa. Sin embargo, miró al humano de cabello castaño arrugando la nariz en un mohín.
-Gracias, pero no soy pequeña. ¡Mi papá dice que soy muy alta para mi edad, y que cuando crezca seré tan alta como un wookiee!
En realidad, Dyrla era muy menuda, y se ponía muy a la defensiva cuando salía el tema.
El hombre alzó ambas manos en gesto de rendición.
-Me doy por corregido, señorita gigante.
Su sonrisa y su disculpa parecieron tranquilizar a Dyrla y, en su infinita benevolencia, le perdonó con otra risita.
Justo entonces, las nubes sobre sus cabezas se abrieron y aparecieron rugiendo ante su vista varios cazas estelares. Cada uno de ellos dejaba una estela de humo de color, y volaban cruzándose entre sí para crear un arco iris en espiral sobre la concurrencia. Descendieron lo suficiente para que el público del desfile pudiera ver los colores pintados en el fuselaje. Cada uno de ellos tenía las habituales marcas de su escuadrón y mostraba en la parte inferior el sello oficial de Cularin.
-¿Qué significa esa mancha grande? –Dyrla no se mostraba en absoluto impresionada por los cazas, aunque su hermano los contemplaba fascinado. Algún día, él quería ser piloto en la milicia y casarse con la comandante Starbolt, una mujer que había visto una vez en un póster y de la que se había enamorado al instante... como sólo los chicos de doce años pueden enamorarse.
-Eso –dijo el hombre agachado- es el símbolo de Cularin, y significa que a cada supervi... quiero decir, a cada miembro útil de la milicia se le ha dado un puesto en el nuevo ejército de Cularin. –Se dio cuenta de que, obviamente, sus palabras no significaban nada para la pequeña-. Es un símbolo de honor y significa que ahora todos son auténticos oficiales militares.
Aún no hubo reacción. Entonces se le iluminó la cara.
-Oh, ¿significa que son especiales?
El hombre asintió.
-¡Exactamente! Como son los que realmente salieron a luchar, se les ha recompensado con medallas que dicen que son especiales.
Taan también sonrió.
-Eso es justo. Espero que la gente como Dal’Ney no reciba ninguna medalla ni nada. Mi padre dice que no hicieron nada. –Era muy firme al respecto, aunque no sabía realmente de lo que estaba hablando. Su padre estaba amargado y furioso desde que su madre murió burlando el bloqueo de la armada, pero seguía siendo su padre. Cualquier cosa que dijera seguía siendo ley.
El hombre asintió mostrando su total acuerdo.
-¿Quieres saber la verdad? Yo también espero que no reciban nada. -Se irguió, hizo una señal a un carro de refrescos, y les compró a cada uno un paquete de refresco y un perrito kilo para comer-. Os invito.
Mientras la comida llegaba, caliente y jugosa, hubo un alboroto en la multitud, lejos de ellos. Encaramadas en las barreras del otro extremo de la carretera, tres personas vestidas con uniformes de la milicia sostenían carteles en los que podía leerse “¡Dal’Ney al Senado!”, “¡Muerte a Thaere!” y “¡Ley Marcial Ya!”. Los hombres fueron rápidamente retirados a la multitud por los equipos de seguridad, aunque tardaron algo más de tiempo cuando le llegó el turno al trandoshano.
Detrás de Taan y Dyrla, el hombre se limitó menear la cabeza con un leve gruñido. Dyrla alzó la mirada hacia él y le preguntó:
-¿Qué es Ley Marcial?
-Una cosa muy mala –fue su única respuesta. Entonces, con una sonrisa que Taan pudo ver que era ligeramente forzada, se disculpó ante ellos y desapareció entre el gentío-. Ahora tengo que irme, lo siento. ¡Disfrutad del resto del desfile!
Taan masticó durante un rato su perrito kilo, observando cómo pasaban los deslizadores y pidiendo a su hermana que identificara las personas que iban en ellos. En cada ocasión, sus dedos mágicos mostraban las imágenes mucho antes de que los deslizadores llegaran hasta ellos. Sólo tenía siete años, pero ya era realmente buena con su ordenador de mano. Aunque Taan jamás lo admitiría ni en tropecientos mil años, realmente estaba orgulloso de ella.
Cuando pasó el último deslizador y la fanfarrea alcanzó su punto álgido, no necesitó que su hermana le dijera quien era su ocupante. Su hermana le tiró de la manga, pero ya sabía lo que le iba a decir. Ambos miraron fijamente cómo pasaba ante ellos el hombre de cabello castaño, vistiendo con aire incómodo un uniforme de general completamente nuevo, mientras saludaba a la muchedumbre.