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jueves, 11 de abril de 2013

Tiro al anillo (y V)


El gran estadio abovedado que albergaba la pista de barredoras de Stassia por fin estuvo a la vista. Examinando el océano de peatones que obstruía la calle ante ellos, Tambell intentó dominar su impaciencia y en lugar de eso terminó dando un puñetazo al techo del taxi robotizado.
-No es necesario recurrir a la violencia, señor -advirtió en tono ofendido el cerebro droide que controlaba el taxi robotizado.
-Cálmate, estamos avanzando -agregó Rizz.
-No lo bastante rápido -gruñó Tambell. Dado que Sedeya perdió la apuesta del otro día cuando se lo llevaron del torneo de lanzamiento de anillo, suponía que el chico tenía que estar presente para que esa cosa Jedi funcionase. Tenía que alejarlo de la pista de barredoras antes de que el muchacho pudiera empezar a “imaginarse” perdedores.
Los labios de Tambell se tensaron. Había estado pensando acerca de cómo mantener todo ese ridículo asunto de la Fuerza fuera del informe posterior. Si el teniente pensaba que se había creído realmente algo esa basura que se suponía que sólo era una leyenda Jedi, su siguiente destino sería en las minas de especia de Kessel.
Luchando contra la frustración, sacó su comunicador.
-Hey, Refir -dijo cuando el droide respondió-. Conéctate a las casetas de apuestas en la pista de barredoras, ¿quieres? Quiero saber si Reye Sedeya o Aalia Duu-lang han realizado alguna apuesta. Cuánto y por quién. Lo quiero tan pronto como sea posible -agregó.
Se habían acercado sólo unas pocas manzanas más al estadio cuando Refir llamó e informó que Sedeya había apostado 10 créditos por la Moto Seis como ganadora.
Tambell frunció el ceño ante la noticia. ¿Sólo 10 créditos?
Sin embargo, su ceño se convirtió en una sonrisa cuando se enteró de que Aalia lo había compensado con creces.
Se había decidido por una exacta, apostando 50.000 créditos a que Seis ganaría, y Nueve quedaría segundo. Las exactas eran más difíciles de predecir, pero pagaban mayores premios, y se preguntó si Sedeya no sólo podía hacer que Seis ganase, sino también asegurarse de que Nueve quedase en segundo lugar. Para que Aalia recogiera sus ganancias, los pilotos tenían que terminar en ese orden.
Y entonces se le ocurrió: tal vez, sólo tal vez, había cubierto sus apuestas.
Todos los pilotos de barredoras querían ganar el gran premio, por supuesto, pero los premios para la tercera, cuarta, quinta y sexta plaza tampoco eran calderilla. Sobre todo si venían con una pequeña prima por no terminar en cabeza.
Hizo que Refir comprobase las cuentas correctas, y luego volvió a mirar al tráfico peatonal que fluía a su alrededor. La ciudad entera parecía haber salido a dar un paseo. Lanzando algunas monedas sueltas en la bandeja de créditos del taxi robotizado, abrió la puerta y se abrió paso hacia la acera atestada, con Rizz pisándole los talones. Al ritmo que habían estado avanzando, llegarían más rápido a pie.
Uniéndose al enjambre en dirección a la entrada del estadio, mostraron sus placas de identificación al droide de taquilla y fueron invitados a entrar. Se apretujaron en la primera plataforma elevadora disponible para llevar a los espectadores a la tribuna y, una vez en la cima, Rizz sacó un localizador y lo activó, tecleando un código. Un punto verde parpadeó en el centro de la cuadrícula, y después de que el dispositivo enviase sus sondas invisibles, un punto rojo parpadeante apareció en el borde de la parrilla.
Tambell lo miró, luego miró a los varios miles de asientos abarrotados alrededor de la pista oval.
-Vaya -dijo con amargura. La cámara de vigilancia que seguía a Sedeya no estaba tan lejos... pero estaba justo al otro lado de la pista, lo que significaba que el muchacho y Aalia estaban sentados enfrente, en algún lugar. Él y Rizz tendrían que dar toda la vuelta.
Y no tenían tiempo.
La tradicional llamada para que los pilotos ocupasen sus puestos resonó por los altavoces de comunicaciones de la tribuna y fue rápidamente ahogada por el rugido de excitación de la multitud. Tambell alcanzó a ver a los pilotos saliendo de los boxes a la pista, con las aletas de dirección de aspecto letal de sus barredoras brillando como bayonetas bajo las luces brillantes de la cúpula. Parecían bien protegidos con sus coloridos cascos y armaduras corporales, pero él sabía lo inútil que eran realmente esas cosas en caso de accidente.
Hileras de asientos se extendían hasta donde un muro de duracemento de seis metros de altura marcaba el descenso hacia la pista de abajo. Si un piloto perdía el control de su barredora, la pared teóricamente le impediría empotrarse en la tribuna. En realidad, dado que las barredoras se estrellaban tanto hacia abajo como hacia arriba, la pared no era de mucho consuelo para los espectadores de las gradas inferiores.
No es que importara. Los asientos eran los más caros, y siempre se agotaban.
Los pilotos terminaron el desfile a sus puestos y corrían a toda velocidad por la pista, haciendo gemir sus motores al acelerar sobre el obstáculo de calentamiento, una puerta de metal que ocupaba fácilmente toda la anchura de la pista mientras corrían a la par. Más tarde, pasadas varias vueltas en la carrera, los obstáculos se volverían más estrechos, y los deportistas competirían para pasar por encima, por debajo o a través del espacio cada vez menor. Tambell siempre había pensado que, para ser seres supuestamente inteligentes, los pilotos de barredoras poseían muy poco sentido común. O bien muchas ganas de morir.
Él y Rizz comenzaron a bajar los escalones. Había un largo camino para bajar a la pista, y para cuando llegaron a la mitad las barredoras ya se habían alineado en la salida. El rumor de la multitud desapareció bajo un coro ensordecedor de gritos mecánicos cuando los pilotos revolucionaron sus propulsores; pero incluso a pleno rendimiento, las barredoras quedaban retenidas por la red repulsora que las mantenía en su puesto.
La cuenta atrás parpadeó en las pantallas que cubrían la pared de duracemento, y la multitud la coreó, golpeando el suelo con los pies con cada número. Cuando llegó a cero, las pantallas se volvieron verde, las barredoras salieron disparadas hacia adelante, los espectadores se volvieron locos, y Tambell gimió.
-Nunca llegaremos a tiempo -gritó por encima del hombro a Rizz, quien asintió con la cabeza, mostrando su acuerdo. Llegaron a la grada inferior justo cuando la pista se preparaba para la novena vuelta, con las barredoras flotando como barcos en un mar agitado por la tormenta, cayendo en picado para evitar uno de los obstáculos que se cernían sobre la pista.
Rizz levantó el localizador.
-Están prácticamente en línea recta -gritó, señalando por encima de la zona interior del estadio donde mecánicos y droides de mantenimiento ocupaban los boxes. Tambell miró alrededor buscando una manera de llegar al otro lado, antes de concluir de mala gana que la larga caída hasta la pista era la única manera.
-Entonces, crucemos –exclamó como respuesta.
Rizz lo miró -¿Estás loco?- pero no protestó cuando Tambell se introdujo entre la pared y la primera fila de asientos. Una valla de seguridad de eslabones láser brillaba delante de ellos: delgadas líneas rojas entrecruzadas que quitaba a los espectadores demasiado entusiastas las ganas de saltar a la pista. Caminaron de puntillas, molestando de todos modos a los espectadores antes de que Tambell finalmente encontrase lo que estaba buscando. Deslizó su identificador de seguridad en una ranura, y una sección de 10 metros de la valla láser se apagó.
Miró la caída hacia abajo y suspiró, pero de todos modos pasó una pierna por encima del borde de la pared de duracemento. Su bota golpeó la pantalla del marcador, que ahora parpadeaba con los números de las barredoras que iban en cabeza, pasó la otra pierna por encima, respiró hondo y se dejó caer.
Aproximadamente a un tercio de su caída, se dio cuenta de que la altura de seis metros estaba mucho más allá de su capacidad para aterrizar cómodamente, y trató como un loco de agarrarse al tablero marcador conforme pasaba junto a él. Asirse a un borde ayudó a frenar su descenso, pero dio un tirón tremendo a sus brazos, y todo su cuerpo sintió el impacto cuando sus pies finalmente golpearon el suelo.
Apretando los dientes, inclinó la cabeza hacia arriba para mirar a Rizz. El joven no parecía entusiasmado, pero se guardó el localizador, pasó con cuidado por encima del borde, y luego sorprendió a Tambell saltando de pronto hacia el obstáculo más próximo, que flotaba sobre la pista a poco menos de dos metros de la pared. Se hundió por el peso extra cuando Rizz se agarró al borde más cercano, y antes de que sus repulsores pudieran compensarlo, Rizz se había dejado caer con suavidad al suelo.
-¿Estás bien? -preguntó con preocupación, al ver el rostro contraído de Tambell. Asintiendo ligeramente con la cabeza, Tambell trató de dar un paso, y descubrió que sus pies aún seguían insensibles. El gemido de las barredoras se dirigía hacia ellos una vez más y, aplastándose contra la pared, trató de no estremecerse mientras pasaban rugiendo, con sus aletas de dirección cortando el aire con suave sonido de cuchilladas.
Una vez que hubieron pasado, él y Rizz se dirigieron a la zona interior del estadio, pasando por encima de las líneas hidráulicas y recipientes de lubricante, y evitando a los grasientos mecánicos, mientras se abrían paso por los boxes. Habían llegado al otro lado, mirando más allá de la pista y preguntándoese cómo iban a volver a subir ese maldito muro cuando otro tipo de zumbido cerca de ellos atrajo la atención de Tambell.
Su pequeña incursión no había pasado desapercibida a la seguridad de la pista. Una pequeña plataforma flotante se detuvo a unos metros de distancia, y una oficial de aspecto severo les ordenó que la acompañaran. Se miraron el uno al otro, se encogieron de hombros y subieron obedientemente a la plataforma. La expresión de la mujer cambió cuando Tambell le mostró su placa.
-Oh –dijo-. ¿Cómo puedo ayudarle, sargento?
Ella los dejó cerca de la parte superior de la tribuna, y apenas habían salido de la plataforma cuando se elevó un grito de la multitud, salpicado de chillidos y alaridos dispersos. La oficial miró hacia el otro lado de la pista, luego extrajo sus macrobinoculares y estudió el desastre.
-No pasa nada -informó después de un momento-. No hay espectadores heridos, al menos. Qué suerte. El año pasado tuvimos que estar limpiando durante semanas.
Tambell hizo una mueca.
-Vamos -le dijo a Rizz-. Atrapemos a ese chico.
Aalia y su séquito no fueron difíciles de encontrar, no con el localizador que mostraba a Sedeya prácticamente enfrente. No es que lo necesitase, de todos modos; el brillante cabello rubio de Aalia reflejaba las luces del techo, como un espejo, y sus ojos eran insondables mientras les miraba por encima de su hombro desde donde ella tenía su corte, en un confortable palco en uno de los niveles medios. Sedeya, con su delgado cuerpo irradiando inquietud, estaba sentado a su lado.
Dos de los gorilas se apostaron a ambos lados del palco cuando Tambell se acercó a la entrada, pero no se sorprendió cuando Aalia les recibió a él y a Rizz con toda la fuerza de su encanto.
-Cabo Tambell –le saludó cordialmente-. No sabía que era un entusiasta de las barredoras.
-Es Sargento, y no lo soy -dijo Tambell secamente. Señaló con la cabeza hacia Sedeya-. Estamos aquí por su amigo.
El chico lo miró fijamente, con aspecto aturdido, pero al menos su atención estaba apartada de la carrera que tenía lugar más abajo.
La sonrisa perfecta de Aalia no vaciló ni un instante.
-¿Tiene usted una orden de detención?
-¿Voy a necesitar una? –respondió él, mirando esos ojos increíbles y reconociendo el frío desprecio que acechaba en sus profundidades. En su cinturón, sonó su comunicador. Lo sacó y se lo entregó a Rizz sin romper la mirada. Rizz se hizo a un lado y respondió a la llamada.
-Sí, creo que la necesitará -dijo Aalia-. Después de esas inconveniencias en el torneo, el otro día, Reye ya ha cooperado bastante con usted. ¿Verdad, Reye?
El chico se retorció en su silla y empezó a decir algo, pero ella le puso una mano en el brazo a modo de advertencia. Tragó saliva y se calló.
-Vuelva cuando tenga una orden de detención, sargento -aconsejó, sin dejar de sonreír agradablemente-. De lo contrario, apártese, por favor. Me está bloqueando la vista.
Tambell sintió cómo la ira comenzaba a arder. Hace cuatro años, ella al menos habría tenido el debido respeto a la autoridad imperial. Ahora era simplemente arrogante. Antes de que pudiera responder, Sedeya se libró de la cuidada mano de Aalia y se levantó.
-De acuerdo, señor -murmuró, sin mirar a la señora del crimen-. Iré con usted.
La sonrisa de Aalia permaneció en su lugar, pero sus ojos quedaron abruptamente helados.
-¿Estás seguro de que es lo que quieres hacer? -le preguntó-. No tiene por qué ir con él, Reye. No si no tiene una orden.
-Está bien -murmuró Sedeya, dirigiéndose hacia la entrada. De repente, Tambell tuvo la impresión de que la perspectiva de quedarse con Aalia lo asustaba aún más que lo que podría suceder si se iba con ellos.
-Pero, ¿no quieres esperar y ver si ganas tu apuesta? –preguntó Aalia.
El chico pasó apresuradamente junto a Tambell, saliendo del palco, y se detuvo junto a Rizz, cerca de las escaleras.
-Uh, en realidad no –dijo-. No me sentía muy afortunado cuando la hice.
Tambell se detuvo a considerar esas palabras. ¿Significaba que Reye ya había decidido no desempeñar su papel en el esquema de Aalia? Si fuera así, se le podría persuadir para que les contara lo que sabía. Se volvió hacia Aalia.
-Volveré luego a por usted -prometió en voz baja-. Después de que haya ganado su apuesta.
Los ojos de Aalia se estrecharon, y la sonrisa se torció en algo sospechosamente parecido a una mueca de desprecio.
-Hágalo.
-En realidad, no creo que tengamos que volver -interrumpió Rizz, devolviendo el comunicador a Tambell mientras se acercaba a su lado-. Creo que podemos llevárnosla en este momento.
Tambell le miró, arqueando una ceja.
-Era Refir -dijo Rizz-. Parece que ha habido cierto número de depósitos contabilizados en las cuentas de varios pilotos de la carrera de hoy... salvo unos pocos notables.
-¿Cómo los de la exacta de la apuesta de Aalia? –sugirió Tambell.
-Una coincidencia, estoy seguro -convino Rizz-. Algunos de los fondos provienen de un restaurante en el sur, otros de una cantina en Ciudad Stassia, y otros de un par de negocios más sin relación aparente. Pero todos ellos tienen una cosa en común. -Echó un vistazo a la señora del crimen-. Es un poco complicado, pero la cuestión es que Aalia Duu-lang tiene intereses financieros en todos ellos.
Aalia ya no estaba sonriendo.
-Eso no quiere decir nada -dijo ella desdeñosamente, apartándose el pelo rubio hacia atrás sobre un hombro-. Tengo varios intereses de negocios. No puedo seguir la pista de cada crédito que pagan, o a quién se lo pagan. Están agarrándose al humo de los propulsores si creen que pueden demostrar una conexión.
El rugido creciente de la multitud casi ahogaba su voz. Atrapados en el asunto en cuestión, Tambell no se había dado cuenta de que la carrera estaba en sus últimas vueltas, pero de repente la tribuna entera parecía bullir con los fans animando a sus favoritos en los últimos instantes. Una pequeña estampida bajó las escaleras hacia la valla de eslabones láser, y Tambell miró para ver a Sedeya deslizándose sigilosamente por las escaleras.
El rostro del muchacho estaba preocupado, pero decidido, y Tambell había dado un paso tras él cuando el susurro de un movimiento a su izquierda le hizo cambiar de idea y desenfundar su bláster. Apuntó a uno de los gorilas de Aalia, quien le apuntaba a su vez con otro.
El hombre se congeló cuando vio que la deserción Sedeya no había resultado ser una distracción suficiente. Rizz mantuvo vigilado al otro gorila mientras se anunciaban los resultados de la prueba. La boca de Aalia se tensó cuando una sonrisa se dibujó en el rostro de Tambell.
-Felicidades –dijo él-. Acaba de ganar un billete de ida a Kessel.
Los ojos de la mujer eran glaciares.
-Nunca conseguirán que los cargos se mantengan -dijo ella con frialdad mientras desarmaban a sus dos socios-. Su verdadero sospechoso ha escapado, y no creo que sean capaces de endosarme esto a mí.
-Él irá lejos -dijo Tambell-. No puede desprenderse de la cámara de vigilancia.
-¿Ah, sí? Acaba de hacerlo -dijo, mirando significativamente por encima del hombro.
Tambell dio media vuelta y vio el dispositivo flotando varios niveles más abajo, moviéndose de un lado a otro, como si estuviera confuso, buscando algo en la multitud. Frunció el ceño y se volvió hacia Aalia encogiéndose de hombros con indiferencia.
-No hay problema. Lo atraparemos más tarde.
Tal vez para entonces ya habría pensado alguna excusa para explicar la participación del muchacho en todo esto. Algo que no mencionase a los Jedi, ni ninguna Fuerza extraña. No es que él creyera en tales supersticiones, por supuesto. Pero no tenía sentido siquiera mencionarlo a sus superiores. Sólo serviría para meterlo en problemas.
Y mientras tanto, tenían a Aalia.
Después de cuatro largos años, finalmente la tenían. Sonrió con satisfacción, sacó un par de esposas de su cinturón y se las entregó a Rizz.
-¿Es realmente necesario? -preguntó Aalia con altivez.
-No -le dijo Rizz, ajustándoselas alrededor de las muñecas de todos modos. Los espectadores les miraron con curiosidad a medida que desfilaban por las escaleras, y Tambell volvió a echar un vistazo a la tribuna por si localizaba a Reye.
Bueno, pensó. El chico era demasiado tonto para eludirles durante mucho tiempo. Por otra parte, le había parecido demasiado tonto para eludirles sin más...
Tambell se encogió de hombros. Se preocuparía de eso más tarde. Ignorando la feroz mirada verde de Aalia, pulsó su comunicador, llamó al despacho y solicitó una recogida de prisioneros.

martes, 9 de abril de 2013

Tiro al anillo (IV)


A la mañana siguiente, comprobó los resultados deportivos y descubrió que la racha de victorias de Sedeya también había llegado a su fin.
Después de su prometedor comienzo, la lanzadora número cinco no pudo mantener su ventaja y terminó acabando cuarta. Los 10.000 créditos que el chico –o, más probablemente, Aalia- había apostado, se perdieron. Tambell se preguntaba si ella estaría molesta.
También se preguntaba si ella habría arreglado la derrota simplemente para hacerles perder el rastro. Tratándose de ella, él no lo descartaría, y hasta los hutts sabían que podía permitírselo.
Le había traído a Rizz uno de esos pequeños y delgados lirios que tanto le gustaban para compensarle por el que había aplastado ayer, y después de que Rizz lo añadiera al jardín de agua y cubriera cuidadosamente el cuenco con una lámina de plástico, regresaron a sus impresiones sobre la entrevista.
-El chico sabe menos de electrónica que una babosa espacial -dijo Rizz-. No tiene ni idea de cómo construir nada para inclinar el torneo. Tienes razón; debemos concentrarnos en su conexión con Aalia.
-Refir ya está en ello -dijo Tambell-. Mientras tanto, echemos un vistazo a lo que ha estado haciendo últimamente. Este no es su estilo habitual, pero probablemente esté en busca de maneras de expandir sus negocios.
-Sí, y volvamos también al estadio -dijo Rizz-. Echemos otra mirada a los equipos O bien está sobornando a los lanzadores, o amañando los anillos. Quiero examinar más detenidamente...
El escáner de comunicaciones de la esquina lo interrumpió, y escucharon como se informaba de otro accidente en el circuito de barredoras. Tambell hizo una mueca. Otro prestigioso piloto de barredoras que no tomaría parte en la gran carrera de mañana. Agh.
Devolvió su atención a Rizz.
-También quiero que una cámara de vigilancia siga a Sedeya –dijo-. El muchacho parece demasiado verde como para notar que le están siguiendo, y si se reúne con Aalia, quiero saberlo.
-Buena idea -coincidió Rizz. Discutieron el plan de ataque un poco más, luego se pusieron a trabajar. Entonces el teniente entró y le echó la bronca a Tambell por el informe del caso que había presentado, y tuvo que perder bastante tiempo rebuscando debajo de su escritorio una de las tarjetas de datos que siempre parecían amontonarse allí abajo, y luego perdió más tiempo buscando información sobre el niño que alguno de los destripa-bits del piso de arriba ya debía tener. Entonces Refir les dio una lista de las transacciones financieras más recientes de Aalia, y él y Rizz seguían con ella cuando la cámara de vigilancia informó que Sedeya había sido visto esa tarde con la señora del crimen.
El resultado final fue que, al final del día, todavía no habían ido al estadio a echar un vistazo más de cerca a los equipos de tiro al anillo.
Pero habían descubierto que Aalia efectivamente parecía estar moviéndose al campo de las apuestas fraudulentas, y que el principal tema de conversación durante su reunión con Sedeya había sido quién pensaba el muchacho que ganaría en la Lotería de Barredoras de mañana.

***

-Debo hacerte saber que estoy rechazando una paga triple por esto -se quejó Rizz al día siguiente, mientras él y Tambell inspeccionaban los anillos en el Pabellón C. Los 12 lanzadores de anillo, claramente perturbados por las citaciones de los investigadores imperiales, estaban agrupados al borde de la zona de juego, mirando inquietos cómo la pareja buscaba pruebas de manipulación en los anillos.
-¿No merece la pena para derrotar a Aalia Duu-lang? –replicó Tambell.
-Sí, si logramos hacerlo -dijo Rizz con amargura-. Ya hemos repasado estos anillos dos veces. No hay nada aquí. Propongo que pasemos al plan B.
El plan B era interrogar a los lanzadores. Si iban a atrapar a Aalia, necesitaban saber si debían centrar su atención en los pilotos de barredoras, o en su equipo, después de que ella y Sedeya hicieran saltar la banca en las apuestas de la gran carrera de hoy.
-No hay forma de que ninguno de nosotros pudiéramos hacer trampa -declaró la lanzadora número cinco, cruzando los brazos y mirando a través del pabellón donde Rizz estaba interrogando al lanzador tres-. Es difícil acertar en el blanco. Practicamos en ello todos los días. ¿Cree que después de todo ese trabajo, saldríamos ahí y trataríamos de fallar deliberadamente?
-Puede, si les ofrecieran los suficientes créditos -dijo Tambell suavemente.
Ella lo miró.
-No, sargento. Yo no lo haría -dijo con firmeza.
-Está bien, entonces tal vez tú no lo hicieras –aceptó él-. ¿Lo haría algún otro?
-¡No! -repitió ella con el ceño fruncido.
Él observó su expresión indignada, y decidió que probablemente estaba diciendo la verdad. Suspiró.
-Muy bien, entonces ayúdame un poco –dijo-. Si los lanzadores no aceptan sobornos, y el equipo no está amañado, ¿hay alguna otra manera de que alguien pueda hacer trampa?
-No -dijo ella de nuevo, y luego añadió-, Bueno, no realmente. No es como si hubiera todavía algún Jedi por aquí.
Tambell la miró bruscamente.
-¿Qué?
-Jedi -repitió ella, empezando a parecer un poco nerviosa-. He oído historias sobre que podían mover cosas con su mente. Algo llamado la Fuerza. Eso sería práctico en el tiro al anillo.
-La Fuerza no es más que una leyenda -le dijo Tambell con aire represor-. Y de todos modos, los Jedi son cosa del pasado. Extintos.
-Sí, claro, como yo decía -se apresuró a aceptar-. Y menos mal, además. Apuesto que a cualquiera nos gustaría simplemente imaginar que un competidor fallaba un disparo, y hacer que sucediera. Pero eso es imposible.
Ella continuó, pero Tambell ya no la estaba escuchando. Su mente repetía sus palabras, escuchando la voz de Sedeya en su lugar. ¿Qué era lo que había dicho el chico? Simplemente me imagino cómo los ganadores hacen diana, y cómo fallan los perdedores. ¿Y sucede?
Recordó su propio lanzamiento fallado la noche del interrogatorio, y a Sedeya mirándolo fijamente desde el otro lado de la mesa. Él y Rizz tampoco habían sido capaces de descubrir evidencia de sobornos o equipos amañados. ¿Era posible que el chico pudiera hacer algo de lo que no era consciente?
¿Algo como causar que el rendimiento de un competidor descienda? ¿Sólo lo suficiente para asegurar una derrota?
De pronto recordó qué día era, y un escalofrío recorrió su espalda.
Si tal cosa improbable fuera cierta, ¿cómo podría manifestarse semejante Fuerza misteriosa para asegurarse de que ganaba el piloto adecuado en una carrera a gran velocidad, en la que los pilotos corrían a escasa distancia unos de otros, y en la que el menor descenso del rendimiento podría resultar fatal?

martes, 26 de marzo de 2013

Tiro al anillo (III)


Lo primero que Tambell descubrió fue que Sedeya estaba limpio. Ni el escaneo ni el registro físico descubrieron ningún tipo de dispositivo como el Rizz suponía que estaba utilizando para desequilibrar los resultados del torneo.
Lo segundo que descubrió fue que el chico era increíblemente inepto cuando se trataba de un comportamiento criminal adecuado.
Era educado y de buenos modales, aunque un poco asustadizo. No se preocupó por tener presente un abogado, llamaba "señor" a Tambell, y hasta le dio las gracias cuando le ofreció un asiento en la Sala Uno de Interrogatorios.
Acostumbrado a tratar con sospechosos seguros de sí mismos que se negabana cooperar, Tambell simplemente se sentó y le miró fijamente. Sedeya le devolvió la mirada con aprensión, pareciendo más joven que sus 19 años, y mucho más vulnerable de lo que cualquier timador que se precie se dejaría ver nunca.
-Um, ¿estoy bajo arresto, señor? -preguntó tímidamente-. Antes usted no lo dijo.
-Si depende de mí, lo estarás -dijo Tambell, deliberadamente cruel mientras el enjuto rostro de Sedeya palidecía, y se encogía más en su asiento-. Pero no, no estás bajo arresto. Estás siendo retenido. Por el momento -agregó.
Dejó que el niño pensase en ello mientras Rizz traía tres tazas de caffa, y luego acercó una silla y se sentó de modo que los dos quedaron frente a él al otro lado de la mesa. La disposición de los asientos era más por cálculo que por azar; era su turno de jugar al poli malo mientras que Rizz era el bueno. Esperó hasta que Sedeya estuvo agitándose inquieto en su asiento antes de comenzar.
-Eres consciente de que el fraude es un crimen contra el Imperio, que se castiga con la deportación a un mundo prisión, ¿verdad?
Sedeya asintió con vacilación.
-Bueno, entonces explícame cómo eres lo suficientemente inteligente como para encontrar una manera de llevarlo a cabo, pero demasiado estúpido para impedir que te descubran.
Vio como la expresión del chico recorrió una serie de emociones: shock y sorpresa, antes de asentarse finalmente en lo que parecía ser confusión.
-Yo... no entiendo -dijo, mirando con incertidumbre a los ojos acusadores Tambell y a los menos severos de Rizz-. ¿De qué están hablando?
Era una buena actuación, pero Tambell no se tragaba lo de la perplejidad.
-¿Seis apuestas? ¿Seis victorias? -Ladeó la cabeza con escepticismo-. ¿No es eso un poco demasiada coincidencia?
El chico bajó la mirada.
-He tenido suerte -murmuró para la mesa.
Tambell resopló.
-Algunos podrían decir que hay algo más que eso.
-Es cierto -dijo con seriedad-. Siempre he tenido suerte. Eso no quiere decir que haya hecho nada malo. No lo he hecho.
-Escucha -dijo Tambell-. Nadie tiene tanta suerte. Ni sin un poco de ayuda.
-No hay ninguna ley en contra de ganar. No he hecho nada malo. -Un rastro de resentimiento se deslizó en el tono de Sedeya.
Tambell lo captó. Sardónicamente, ofreció:
-Acepta un consejo, muchacho. La mayoría de timadores se nos adelanta y pierde de vez en cuando, sólo para despistarnos.
Sedeya frunció el ceño, pero no dijo nada. Tambell esperó, suponiendo que habría una reacción mayor. Sacar de quicio a los sospechosos a menudo ofrecía resultados cuando estos cometían deslices a apresurarse a defenderse.
-Muy bien, entonces contéstame a esto -dijo, cambiando de táctica, cuando quedó claro que Sedeya no iba a morder el anzuelo-: ¿Cuál es tu relación con Aalia Duu-lang?
El niño miró sorprendido... y vagamente alarmado.
-No tengo ninguna relación con ella. ¡Acabo de conocerla hoy!
-¿Cómo?
-Antes del torneo. Un tipo que conocí la semana pasada me la presentó.
-Sabes quién es, ¿verdad? –presionó Tambell. Sedeya dudó, claramente incómodo.
-En realidad no.
-Bueno, empecemos de nuevo -advirtió Tambell-. Seis victorias, ninguna derrota, y has sido visto con una de las más notorias señoras del crimen de Stassia. ¿A ti qué te parece eso?
Sedeya encogió de hombros.
-Entonces, si no la conoces, ¿qué quería Aalia de ti?
El chico sonrió sin humor.
-Lo mismo que ustedes –dijo-. Quería saber por qué mi suerte era tan buena. Cómo elijo a los ganadores. Ese tipo de cosas.
-¿Se lo dijiste?
-Claro –dijo-. No es ningún secreto. Me ofreció un trabajo.
Tambell levantó una ceja, y se inclinó para ofrecerle al muchacho su mejor mirada de “voy a atraparte”.
-No te conviene mezclarte con ella, si no lo estás ya –le aconsejó enfáticamente-. Uno de estos días la atraparemos, y te atraparemos a ti con ella.
Sedeya desvió la mirada sin responder, y, después de un momento, Rizz se hizo cargo del interrogatorio.
-Entonces, ¿cómo los eliges? -le preguntó amablemente.
El chico lo miró, confundido.
-¿Eh?
-¿Qué lanzador va a ganar? ¿Cómo los eliges?
-Oh. -Sedeya lo pensó por un momento-. Bueno, les veo calentar antes del torneo. Veo cómo están lanzando, y esas cosas. Por lo general, simplemente hay algo que me gusta de ellos.
Rizz hizo otra pregunta, y al escuchar su voz suave en medio de cuidadosas sondas verbales, Tambell se acordó de la vez que había tenido a Aalia Duu-lang en esa silla. En esa ocasión, él había jugado a ser el tipo amable mientras Rizz le apretaba las tuercas.
Tal vez por eso la actuación de inocencia de Sedeya le dolía tanto. Sintió un ardor apagado en la memoria. Había sido muy amable... demasiado amable.
Hace cuatro años, cuando Aalia todavía era una asociada deslizándose a las órdenes de su señor del crimen, ellos la habían detenido por conexiones con una trama de falsificación de créditos. Él la había mirado a esos ojos increíbles y se había sumergido en su papel con entusiasmo, sin darse cuenta nunca de la serpiente que nadaba justo debajo de la superficie aparentemente dulce. No habían sido capaces de afianzar los cargos, y ella consiguió forjar su propio rinconcito en el mercado del crimen de Stassia. Y no habían sido capaces de tocarla desde entonces.
Pero lo que realmente le atormentaba era el secreto conocimiento que él casi había creído sus alegatos de inocencia. Ella había jugado con él... le había tomado por tonto.
Eso no iba a ocurrir esta vez.
Se centró de nuevo en Rizz y Sedeya. El chico estaba diciéndole a Rizz cómo él siempre había sido bueno al elegir los ganadores. El color había regresado a su rostro delgado, y su voz estaba animada.
-Llegó un momento que empezaron a apostar sobre quién iba a quedar en segundo lugar, porque si yo decía que uno iba a ganar, ganaba -dijo.
-¿Y eso es lo que pasa con el tiro al anillo? –preguntó Rizz.
Sedeya asintió.
-Más o menos. Simplemente me imagino cómo el ganador anota dianas, y cómo los perdedores fallan. Y sucede. Suerte. -Él se encogió de hombros. Tambell puso los ojos en blanco.
-Oh, sí. Claro, chico -interrumpió con sorna-. Tú lo llamas suerte, yo lo llamo apuesta amañada. ¿No esperarás realmente que nos creamos este montón de munk?
Sedeya se limitó a mirarlo.
-Es cierto -dijo tercamente.
Tambell sacudió la cabeza con disgusto, se recostó en su silla y tomó un sorbo de caffa, escuchando como Rizz interrogaba a Sedeya en una ronda de preguntas sobre sus conocimientos de electrónica. Cuanto más ignorante sonaba el chico, más molesto se sentía Tambell.
Entonces se le ocurrió: tal vez Sedeya realmente pensaba que era suerte. Tal vez estaba tan limpio detrás de las orejas como aseguraba, y los asociados de Aalia fueran quienes manejasen los mecanismos del fraude, manipulando los equipos o sobornando a los lanzadores, mientras que él era sólo una pantalla que servía para desviar la atención de sí mismos. Tal vez el chico no sabía que ya estaba trabajando para Aalia.
Tambell se sentó para considerar todos los ángulos que acompañaban a esa teoría. Como mínimo, era otra vía que explorar. Una que podría terminar ofreciéndoles en bandeja a esa bruja de ojos aguamarina. Sonrió.
Rematando la Caffa, arrugó distraídamente el vaso y buscó a su alrededor un lugar para deshacerse de él. A apenas tres metros de distancia, un cubo de basura con un borde ancho y tentador descansaba contra la pared. Un tiro fácil.
Falló.
Tambell miró como la pelota arrugada se deslizó hasta detenerse en el suelo un poco más allá. No lo podía creer. La papelera era fácilmente tres veces más grande que el jardín de agua de Rizz, y estaba más cerca. ¿Cómo podía haber fallado?
Sintiendo unos ojos sobre él, miró al otro lado de la mesa. Sedeya lo miraba obstinadamente, mientras Rizz parecía divertido.
-Parece que tu racha de victorias ha llegado a su fin -dijo.
Esa seca observación molestó a Tambell durante el resto de la entrevista.

lunes, 25 de marzo de 2013

Tiro al anillo (II)


Además del torneo de tiro al anillo que estaba teniendo lugar en el Pabellón C, en el campo principal del estadio se estaba celebrando un evento que Tambell reconoció vagamente por los holovídeos.
Vio como algo parecido a un drometardo jorobado corría por el sintocésped con el resto de las bestias en su persecución, pero el pico de la acción quedó bloqueado de su vista cuando los espectadores delante de ellos se pusieron de pie, gritando expresiones de ánimo. Tambell siguió caminando, y tras rodear una cuarta parte del estadio, tocó el hombro de Rizz para detenerlo delante de un puesto de refrescos.
-¿Qué es esto? -preguntó Rizz con recelo, mirando con temor a los grasientos droides detrás del mostrador.
-El almuerzo -dijo Tambell-. Y date prisa. Quiero llegar allí antes de que comience el torneo.
Ocultó una sonrisa mientras Rizz pedía con cautela, lanzando una mirada alrededor mientras preparaban el pedido. Para tratarse de esa hora del día, había una considerable multitud arremolinándose en las casetas de apuestas y los chiringuitos. En su mayoría stassianos, pero Tambell vio a una atractiva mujer twi'lek estudiando el juego de las bestia en los holomonitores, y un grupo de bimms discutiendo mientras hacían una apuesta en una de las casetas más alejadas.
Y detrás de ellos estaba Sedeya, preparado con su chip de crédito firmemente sujeto: Tambell se puso rígido, volviendo rápidamente la mirada al cartel de la cabina que indicaba el requisito de una apuesta mínima de 5.000 créditos. El muchacho delgado no sólo les estaba engañando de alguna manera, sino que además estaba haciendo una maldita fortuna con ello.
Le dio un codazo a Rizz, señaló con la cabeza hacia Sedeya, y se dirigieron con aire casual hacia él, deteniéndose a unas pocas casetas de distancia. Tambell fingía estudiar el programa de torneos que había comprado la planta baja mientras que Rizz masticaba sus crujientes chipitas y miraba disimuladamente a la atractiva twi'lek. Después de que Sedeya hiciera su apuesta y se alejase rápidamente, Tambell se acercó a la cabina.
Pero no para hacer una apuesta.
Introduciendo su identificador de seguridad en la máquina de apuestas, tecleó un código de acceso especial. La máquina zumbó para sí misma por unos momentos, y luego por la ranura escupió una pastilla de datos a la mano expectante de Tambell. El trozo de plástico contenía información sobre la última docena de apuestas efectuadas en esa caseta, y sólo le tomó un momento conectarlo a su cuaderno de datos y descubrir que Sedeya acababa de apostar 10.000 créditos a la Lanzadora Cinco como ganadora del torneo de hoy.
Alzó la vista, recorriendo con la mirada las diversas tablas de estadísticas hasta encontrar la adecuada. Con la Lanzadora Cinco anunciada 12 a uno en las apuestas, el chico parecía a punto de obtener su mayor ganancia hasta el momento.
Tambell apretó los dientes.
-Vayamos allá -gruñó, mostrando a Rizz la cantidad antes de guardarse el cuaderno de datos y dirigirse rápidamente hacia el Pabellón C. Estaban a 15 metros de la entrada cuando reconoció a los hombres que estaban alertas cerca de la puerta.
Perros guardianes. Músculo contratado de la perrera de la notoria señora del crimen stassiana Aalia Duu-lang.
La parte posterior del cuello Tambell se tensó. Donde se encontraba Aalia, el latrocinio no se hallaba lejos. Y, tal y como él había descubierto muy a su pesar personal y profesional, la señora y sus acciones ilícitas eran condenadamente difíciles de atrapar. La bruja de ojos aguamarina tenía un buen cerebro, y sabía utilizarlo. Por lo general, usaba a alguna otra persona que hiciera su trabajo sucio para que sus delicadas manos permanecieran limpias.
A su lado, Rizz aminoró el paso con una ligera vacilación.
-Sí, los veo -dijo Tambell. Llegaron a la puerta y se quedó mirando al primer hombre, luego al segundo; una mirada intencionada que ambos resueltamente fingieron no ver. Ellos también le habían reconocido a él, y atraer la atención de un investigador imperial no estaba en la descripción de su trabajo.
Dejó Rizz le precediera en el pabellón; una sala grande y bien iluminada por el sol que brillaba a través de las claraboyas de transpariacero sobre sus cabezas. Una escalera bajaba pasando junto a varias filas de asientos al terreno del torneo, donde varios aros de diversas formas colgaban suspendidos del techo. Cada anillo de forma extraña valía un determinado número de puntos, y ganaba el lanzador con más puntos al final de cuatro rondas.
-¿Cómo hacen que empiecen a balancearse? -preguntó Rizz, estudiando la maraña de metal.
-Veámoslo -dijo Tambell, y se dirigió escaleras abajo.
De cerca, los anillos parecían engañosamente inocuos. Se había sorprendido la primera vez que había visto un holo de ello: los anillos balanceándose hacia atrás y adelante en arcos desiguales o deslizándose alrededor en una órbita espiral, mientras que los lanzadores colocaban la punta de sus pies en la línea de competición y cuidadosamente calibraban el mejor momento, y la cantidad de fuerza justa, para lanzar sus pequeños discos metálicos para conseguir que atravesasen parte de los aros. Aunque él mismo tenía una puntería bastante buena, Tambell agradecía que los objetivos de su propia sala de la brigada permanecieran inmóviles.
Rizz miró especulativamente los anillos.
-Hay un par de maneras en que esto podría funcionar –dijo-. Podría polarizar los anillos y los discos, o equipar unos u otros con una especie de campo repulsor. Entonces, por muy bien dirigido que fuera el disparo, no sería capaz de atravesar los aros.
-Salvo que todos los lanzadores utilizan el mismo equipo -señaló Tambell-. Un dispositivo preestablecido como ese impediría al ganador atravesar los aros tanto como a los perdedores.
-Hmmm -dijo Rizz-. ¿Y si se tratara de algo que pudiese controlar? ¿Con un mando a distancia, o algo así? -Se giró un poco para estudiar las gradas-. Podría sentarse cerca, y... -Su voz se apagó.
Tambell se volvió para ver lo que había atrapado su atención. El dolor de cabeza que le había amenazado antes cuando vio a los perros guardianes a sueldo de Aalia Duu-Lang anunció su llegada con una punzante puñalada.
Allí estaba la propia señora, en un palco cerca del borde del terreno de juego. Su frondoso cabello rubio brillaba a la luz del sol, y sus ojos verde mar brillaban mientras sonreía cálidamente al adolescente que se sentaba a su lado. Tambell no se dejó engañar por su actitud acogedora, aunque pensó en lo perplejo que parecía Sedeya. Aalia Duu-lang no había arañado su camino hasta la cima jerárquica de la delincuencia de Stassia sólo por sus encantos femeninos. La señora tenía una vena perspicaz de un kilómetro de ancho, y codicia era su segundo nombre.
Suspiró, frotándose la frente con aire ausente en un vano intento de evitar el dolor de cabeza. Si Sedeya y Aalia estaban juntos en esto, su trabajo había terminado definitivamente. Aalia tenía una efectiva forma de cubrir sus huellas y proteger sus... digamos, recursos.
Como si sintiera sus ojos fijos en ella, miró hacia arriba, entrecerrando ligeramente los ojos al reconocerlos a Rizz y a él antes de regresar despreocupadamente su atención al muchacho que se encontraba a su lado.
-¿Y ahora qué? –preguntó Rizz.
-¿Qué va a ser? -Tambell se encogió de hombros-. Los observamos. Veamos qué sucede.
Encontraron asientos cerca del palco de Aalia, donde Tambell tenía una buena vista de las manos de Sedeya, así como de su rostro. Mirando a Aalia con una expresión de tímida admiración mezclada con aprensión, el chico parecía no advertir en absoluto que estaba siendo observado.
El torneo comenzó, y Tambell hizo una mueca cuando Sedeya se inclinó hacia adelante para concentrarse en la acción, con un movimiento brusco que dejó a Aalia charlando con la nada después del primer lanzamiento. Pero aparte de eso, no había mucho que ver. Con los codos apoyados en sus rodillas huesudas y las manos vacías entrelazadas delante de él a plena vista, todo lo que el muchacho hizo fue mirar intensamente a los lanzadores, sin pestañear.
Después de los primeros lanzamientos, Rizz bajó hasta el borde del terreno. Estudiando a los lanzadores, sus discos y los anillos en busca de cualquier signo revelador de engaño, envió una mirada por encima del hombro a Tambell, que le devolvió la misma mirada. Los lanzadores no estaban anotando mucho, pero él sabía por los holos que no era inusual.
Entonces la elección de Sedeya se colocó en la línea. Toquiteando ligeramente su disco con los dedos, balanceó el brazo un par de veces como para sincronizar sus movimientos con los anillos que se balanceaban, y luego lo dejó volar. Los aplausos saludaron su esfuerzo, ya que el lanzamiento atravesó un anillo... y además el difícil anillo del As, poniéndola en cabeza.
A pesar de todo, Sedeya... no hizo nada. Ni una contracción de la mano, apenas un parpadeo. Cuando el nombre de la Lanzadora Cinco ascendió brillando a la parte superior de la tabla de puntuaciones, Aalia dirigió una mirada de curiosidad a su silencioso compañero de asiento. Tambell se preguntó si ella también había realizado alguna apuesta en el torneo.
Los siguientes siete lanzadores tuvieron éxito dispar. Uno más logró un As, creando un empate al entrar en la segunda vuelta, y durante la breve pausa que siguió, Tambell se unió a Rizz a borde del terreno de juego. Vio cómo el chico se erguía lentamente y parpadeaba como si se hubiera quedado dormido, y Aalia se acercó a susurrarle al oído.
-No sé -dijo Rizz en respuesta a la pregunta tácita de Tambell-. Es difícil de decir sin examinar a fondo al chico o al equipo. Pero yo no veo nada obvio.
Alzaron la mirada al palco de Aalia para encontrar a Sedeya devolviéndoles la mirada con expresión de sorpresa. Todavía apretando su hombro al del muchacho, los ojos Aalia estaban alegres, pero pareció sorprenderse cuando de repente el chico se puso de pie. Ella dijo algo en voz baja y él vaciló, luego se deslizó de todos modos hacia los escalones. Los ojos de Aalia se enfriaron al mirar su espalda en retirada, y los dos gorilas sentados detrás se pusieron de pie, claramente decididos a seguirle.
Si era para proteger al niño, o para deshacerse de la evidencia, los investigadores no lo sabían. Se miraron el uno al otro.
-Creo que será mejor que lo atrapemos -dijo Tambell-. Ya va siendo hora de que tenga una charla con él, de todas formas.
En la puerta, lo vieron dirigirse hacia el conjunto de turboascensores que daban servicio al Pabellón C. Los asociados de Aalia habían alargado el paso para alcanzarle, y él y Rizz hicieron lo mismo. Sedeya estaba esperando un ascensor con los asociados deambulando cerca con aire casual cuando llegaron. El chico los miró nerviosamente, luego apartó la mirada, mordiéndose el labio inferior.
Las puertas de uno de los turboascensores se abrieron, y Sedeya se lanzó al interior. Los gorilas trataron de seguirle, pero Tambell se puso delante de ellos, abriéndose el chaleco con aire casual para mostrar la insignia imperial y el bláster sujeto a su cinturón. Ellos dudaron, miraron por encima de su hombro a Rizz y Sedeya, de pie en el ascensor, y luego dieron un paso atrás a regañadientes.
Él hizo un gesto de aprobación con la cabeza, mirando sus rostros desconfiados hasta que la puerta se cerró y luego se volvió para inspeccionar a un Sedeya de aspecto infeliz. A medida que el ascensor descendía, el chico claramente deseó estar en otro lugar... en cualquier otro lugar.
-Sargento Tambell, Investigador Especial para el gobernador imperial -se identificó, viendo cómo palidecía el rostro del otro-. Has tenido una racha bastante buena de victorias en los torneos de tiro al anillo... ¿no es así, ciudadano Sedeya?
Sedeya se estremeció al oír el sonido de su nombre, tragó saliva y reunió coraje para mirarle brevemente a los ojos.
-He tenido suerte -logró decir.
Tambell asintió, complacido. Si el niño estaba así de intimidado ahora, tal vez con un poco de ánimo lo largaría todo en la estación.
-Bueno –dijo-, lamento informarte de que tu suerte acaba de agotarse.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Tiro al anillo (I)

Tiro al anillo
Laurie Burns

El chico tenía una suerte condenadamente excesiva. Haciendo caso omiso del bullicio de la ajetreada sala de escuadras de Stassia a su alrededor, el sargento Zeck Tambell observó el holograma de nuevo con una extraña mezcla de envidia personal y disgusto profesional. En medio del desorden de su escritorio, un Reye Sedeya en miniatura se regodeaba sobre su chip de créditos mientras un droide de seguridad permanecía cerca, custodiando impasible al muchacho delgado y sus ganancias.
Grandes ganancias, además. La caseta sólo aceptaba apuestas de 1000 créditos como mínimo.
Tambell torció el gesto y golpeó la holotableta con el pulgar, empujándola al fondo del comedor. Haciendo una mueca ante el sabor, apuró las últimas gotas tibias de caffa de su vaso, lo arrugó en una pequeña bola compacta, se echó hacia atrás en su silla y apuntó cuidadosamente.
Aterrizó en el jardín acuático con un chapoteo satisfactorio, y, al otro lado de la sala, el cabo Valon Rizz se incorporó crispado cuando algunas gotas salpicaron la lista de órdenes de detención imperiales que estaba revisando.
-¡Maldita sea, Tambell, ya basta! -gruñó, lanzando una mirada asesina a través de las cuatro mesas que los separaban-. ¡Estás matando a mis plantas!
Tambell sonrió.
-Estoy perfeccionando mi puntería -corrigió al investigador más joven-. Nunca sabes cuándo voy a tener que quitarte un rebelde de la espalda.
-Me arriesgaré -dijo Rizz, pescando la bola mojada del cuenco sobre su escritorio. Frunció el ceño cuando vio que el último disparo de Tambell había dañado a uno de los delicados lirios blancos que flotaban en el agua-. Mira esto –acusó-. Cada día tienen peor aspecto.
-Oh, relájate. Están bien. -Tambell colocó las botas sobre su mesa, haciendo caso omiso de la pila de tarjetas de datos que se deslizó por el borde y cayó al suelo. Se cruzó de brazos, con aspecto pensativo-. Oye, Rizz, ¿qué sabes del tiro al anillo?
Rizz resopló.
-Si yo fuera tú, me limitaría a la sala de deportes de la brigada.
-Me acaban de asignar este caso -dijo Tambell, como si no le hubiera oído-. Un chico que ha  estado apostando en los torneos de tiro al anillo con una suerte demasiado buena para ser verdad. Seis apuestas, seis victorias... tiene que estar amañándolo de alguna manera.
-¿Sobornando a algunos de los lanzadores para que pierdan, tal vez? -sugirió Rizz.
-Eso es lo que pensé -coincidió Tambell-. Pero los créditos parecen limpios, según Refir. -El droide de Recuperación Financiera e Investigación de Redes era una maravilla para descubrir el rastro del dinero-. Las ganancias del muchacho igualan sus depósitos bancarios, y Refir no puede encontrar más que un par de cientos de créditos faltantes del montante total. Haría falta mucho más que eso para convencerme a mí para que renuncie a un torneo.
-Así que tal vez estén obteniendo algo de él que no sea dinero -dijo Rizz. Tambell parecía escéptico, y el joven se encogió de hombros-. Está bien, entonces tal vez tenga algo amañado. Algún tipo de campo repulsor o algo así, para que no puedan conseguir acertar al anillo. O tal vez realmente tenga suerte.
-Nadie tiene tanta suerte -dijo Tambell-. Además, el teniente dice que éste viene de más arriba... alguien en la plantilla de nuestro glorioso líder quiere que se investigue a este niño.
Rizz frunció el ceño en señal de advertencia ante la referencia a Tren Pergallis, el gobernador imperial de Stassia, bajo cuyos auspicios su equipo de Investigaciones Especiales investigaba asuntos locales de interés para el Imperio. Tambell ignoró la mirada.
-No es nuestro tipo de caso habitual, pero si alguien allá arriba lo quiere, entonces lo conseguiremos. Esos torneos de tiro al anillo son como mirar una pared de duracemento, pero...
El escáner de comunicaciones de la sala de la brigada lo interrumpió a media frase, haciendo sonar a todo volumen los penetrantes tonos utilizados para convocar unidades de rescate y reparación, seguidos por la voz impasible del operador.
-Unidades de apoyo a un accidente en la pista de barredoras –dijo-. Una barredora ha caído en un hoyo; hay bajas confirmadas. Por favor, confirmen.
Tambell y Rizz cruzaron una mirada, y ambos hicieron una mueca. Las carreras de barredoras eran un deporte popular, pero sus accidentes eran notoriamente complicados.
-Esto me recuerda... ¿trabajas en la Lotería de este año? -preguntó Rizz. Pilotos de barredoras habían estado llegando desde todo el sector para competir en el día de la carrera anual de pasado mañana, y las fuerzas de seguridad locales pagaban el triple del salario normal a los oficiales imperiales que ayudaban en el control de multitudes.
-No -dijo rápidamente Tambell. Ni siquiera la tentación de cobrar el triple era suficiente para hacerle olvidar la visión del accidente espantoso del pasado año.
Rizz lo miró con curiosidad, pero lo dejó estar.
-Entonces, deberías echar un vistazo a los equipos de tiro al anillo –aconsejó-. A ver si este chico se ha montado algún tipo de dispositivo del que no hemos oído hablar.
-Tú eres el aficionado a la tecnología. Ven conmigo y míralo por ti mismo -le invitó Tambell-. Incluso te invitaré al almuerzo.
Rizz le lanzó una mirada.
-Vaya, gracias -dijo secamente-. El último almuerzo al que invitaste resultó contener especia de contrabando. Tener que purgarme el estómago para que el inspector pudiera obtener una muestra no es mi idea de pasarlo bien.
-Nos consiguió la prueba que necesitábamos, ¿no? -recordó al joven-. Vamos. Será divertido.
-Creí que habías dicho que ver el tiro al anillo era casi tan divertido como ponerse los calcetines -se quejó Rizz, apagando sin embargo su cuaderno de datos y poniéndose en pie.
Tambell sonrió.
-Incluso menos -prometió.