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miércoles, 6 de febrero de 2019

Desquite: El Relato de Dengar (y IV)


Cuatro: Los Dientes de Tatooine

Dengar se despertó bajo los soles abrasadores de Tatooine justo después del amanecer. El suelo se estaba calentando. Dengar podía sentir que una pequeña criatura del desierto con un duro caparazón se había arrastrado debajo de su cuerpo, buscando refugio del día que se avecinaba entre las sombras y las rocas.
Dengar abrió los ojos y miró a su alrededor, todavía aturdido. Estaba en un cañón ancho, tendido en la planicie del desierto, una llanura estéril de roca de color blanco verdoso, erosionada, tal vez incluso pulida, por el viento. Sus manos y pies estaban atados mediante tres cuerdas, todas ellas tirantes y sujetas firmemente a la roca, para que no pudiera moverse. Las correosas cuerdas estaban ligeramente húmedas, diseñadas para encogerse con el calor del sol, tirando de él con más fuerza.
No había señales de una nave cercana, ni guardias, ni siquiera un droide para registrar la muerte de Dengar. No había canto de insectos ni llamada de animales salvajes, solo el constante soplo del viento sobre la roca.
Dengar se lamió los labios. Parecía que Jabba tenía la intención de dejarlo morir de deshidratación, una muerte que no era particularmente atractiva ni particularmente desagradable... comparada con otras muertes. Dolorosa, pero nada extraordinaria.
Dengar reflexionó al respecto. Recordó el anuncio de Boba Fett: Los Dientes de Tatooine. Pero, ¿qué eran los dientes de un planeta? ¿Sus picos montañosos? Eso parecería lógico, pero Dengar estaba lejos de las montañas.
Así que tenía que ser un animal. Había relatos de dragones en el desierto, criaturas grandes y malvadas. Dengar observó el horizonte, tanto por tierra como por aire, en busca de signos de tales bestias, y lentamente puso a prueba sus ataduras. Dengar era más fuerte de lo que la mayoría de la gente suponía al verlo. Pero las correas que lo sujetaban eran más que adecuadas. Inhaló profundamente, saboreando sales minerales en el aire y comenzó a trabajar vigorosamente para liberarse.
Dengar cerró los ojos después de probar a fondo cada atadura, y reflexionó. Ya había amanecido, y si Jabba había cumplido su promesa, entonces Han Solo y sus compañeros ya eran historia, sufriendo una interminable muerte al ser ingeridos por el poderoso sarlacc en el Pozo de Carkoon. Dengar se sintió vacío ante el pensamiento. El Imperio había eliminado la mayor parte de los sentimientos de Dengar. Le habían dejado con pocos compañeros: su furia, su esperanza, su soledad.
Al pensar en la muerte de Han, Dengar se sintió como a la deriva, más solo que nunca en el inmenso vacío. Durante incontables años, atrapar a Han había sido su único objetivo, su única razón de ser. Sin Han, no parecía quedar ningún motivo para existir. Excepto Manaroo. Y él ya no estaba seguro de que ella estuviera viva. Recordó su terror, en ese último momento antes de que perdiera el conocimiento. Estaba segura de que Jabba pretendía matarla.
Dengar la lloró. En los momentos en que había tocado la mente de Manaroo, Dengar casi supo lo que era ser humano otra vez. Casi había sabido lo que era estar completo. Algún día, imaginaba, con su ayuda, podría haber aprendido de nuevo a amar y a reír.
Pero si ella ya no estaba muerta, estaría languideciendo en una de las celdas de Jabba, condenada a una muerte temprana.
Dengar comenzó a esforzarse aún más.
En cuestión de instantes estuvo sudando profusamente, y logró frotar la piel de su muñeca izquierda hasta que la sangre empezó a fluir de ella. Aun así, las cuerdas no habían comenzado a debilitarse.
Dengar dejó de molestarse con la muñeca y comenzó a trabajar en su pie izquierdo. Allí, las sogas estaban atadas sobre sus botas blindadas, proporcionando cierta protección a sus piernas. Los cirujanos imperiales habían potenciado los reflejos de Dengar, le habían dado una fuerza superior. Pero no podía mover demasiado su pierna para dar una patada con fuerza, e incluso después de una hora no había logrado romper ninguna cuerda ni soltar una sola de las sogas del tornillo que las sujetaba a la roca.
De hecho, todo su trabajo sólo logró provocar más rozaduras en sus muñecas, de modo que la sangre manó más profusamente.
Un fuerte viento matutino comenzó a soplar, levantando arena por toda la amplia llanura. Nubes de polvo se formaron en la distancia bajo los pies de Dengar; sucias franjas grises que llenaban el cielo como niebla o nubes de tormenta. Estaban a kilómetros de distancia, pero él podía verlas rodando hacia él, amenazantes.
Cerró los ojos un instante, tratando de evitar que les entrara arena, y recordó que uno de los secuaces de Jabba mencionó un lugar no lejos del palacio, un lugar llamado Valle del Viento.
No tenía ninguna duda de que estaba allí ahora. Un pensamiento reconfortante, porque al menos sabía que estaba cerca del Palacio de Jabba; tal vez podría encontrar reservas de agua avanzando a pie, si tan solo pudiera liberarse.
Al otro lado de la depresión, Dengar oyó un rugido lastimero. Se giró hacia un lado y vio un bantha peludo que corría ferozmente y ​​se dirigía hacia él. Tres moradores de las arenas cabalgaban sobre su espalda, detrás de sus retorcidos cuernos, y en cuestión de instantes los moradores de las arenas se encontraron a su lado.
Dos de ellos descendieron y caminaron hacia él, con las armas listas, mientras que el otro se quedó en el bantha, atento a cualquier señal de emboscada.
Dengar había escuchado historias sobre los moradores de las arenas, cómo caían sobre los viajeros y los mataban, solo para recolectar el agua de sus cadáveres. De hecho, los dos que se cernían sobre Dengar emitían extraños sonidos de succión, silbando en su propia lengua, y Dengar recordó cuentos más tétricos, que insinuaban que los moradores de las arenas, para mostrar su desprecio por los cautivos, ataban a sus prisioneros e insertaban largos tubos metálicos en sus cuerpos, para luego beber de sus prisioneros mientras estos aún vivían.
Pero Dengar no había hecho nada para ganarse semejante falta de respeto de estos moradores de las arenas, por lo que no se sorprendió cuando simplemente se sentaron a su lado, junto a su cabeza, viéndolo morir.
Durante una larga hora permanecieron sentados mientras los vientos soplaban cada vez más fuerte. Dengar los observó y al cabo de un rato reanudó sus esfuerzos. Los moradores de las arenas meramente lo observaron con mórbida curiosidad, como si esta fuera su forma de entretenimiento.
Pero él sabía que estaban esperando a que muriera para poder cosecharlo.
Dengar miró sus caras envueltas, las púas cosidas en sus ropas, y pensó que parecían dientes. Se preguntó si los moradores de las arenas lo matarían, si esto era lo que Boba Fett había querido decir con "los Dientes de Tatooine".
Pero la mañana se hizo más calurosa, los vientos se secaron y soplaron con más fuerza, y las arenas pesadas comenzaron a volar por el aire. Y de repente Dengar recordó algo más sobre el Valle de los Vientos. Algo sobre "mareas de arena". Era inusual que Dengar olvidara algo. Las drogas mnemióticas que el Imperio le había suministrado se aseguraban de eso. Dengar sólo había tenido dificultades para recordar lo que se había dicho porque era parte de una conversación entre otras dos personas, y su atención se había dirigido a otra parte en ese momento, pero ahora lo recordaba. El Valle de los Vientos estaba ubicado entre dos desiertos, uno alto y fresco, el otro más bajo y más caliente. Cada día, los vientos soplaban ascendiendo por las laderas mientras el aire caliente se elevaba de un desierto, y por la noche el aire fresco regresaba con gran fuerza.
En cada desierto había dunas de depósitos de arena, que se levantaban con el aire, recorriendo la piedra, para volver a depositarse cada mañana y cada noche.
El viento se levantó y sopló más ferozmente. Dengar estaba sudando, y su boca estaba reseca. Podía sentir una fiebre ardiente en camino. La arena soplaba a través del valle con tal fuerza que ya no podía mantener los ojos abiertos. Hacerlo, aunque fuera por un instante, los dejaba ardientes y arenosos.
Después de una ráfaga de viento devastadora, donde pequeñas rocas golpearon a los moradores de las arenas, el bantha rugió de dolor y se puso en pie trabajosamente, luego se dio la vuelta como para marcharse del lugar, y los moradores de las arenas comenzaron a seguirlo, vacilantes, como si fuera su líder dando una orden indeseable.
Uno de los moradores de las arenas se detuvo junto a Dengar, sacó un largo cuchillo y comenzó a serrar una de las cuerdas que sujetaba a Dengar al suelo. Los otros dos ya habían montado, y uno de ellos gruñó a su compañero, interrogándolo.
La criatura que estaba serrando las cuerdas se puso de pie y comenzó a sisear una respuesta, haciendo movimientos de apuñalamiento hacia Dengar, como diciendo: "¿Por qué debemos esperar a que muera? Matémoslo ya y acabemos con esto."
Pero el que ya estaba montado clavó un dedo en el aire, señalando a lo lejos, más allá de los pies de Dengar, mientras decía algo entre siseos. Dengar sólo entendió una palabra de su respuesta: Jabba. Si lo matas ahora, Jabba se enfurecerá.
El morador de las arenas que con el cuchillo se estremeció ante esas palabras y quedó inmóvil junto a Dengar durante un instante. El bantha rugió de nuevo, y el morador de las arenas envainó el largo cuchillo y saltó sobre su lomo. En cuestión de instantes ya se habían marchado.
El viento continuaba ganando intensidad. La arena que volaba con él cubría el mundo como una mortaja sucia y gris. Emitía un silbido lastimero, como si hablara con voz propia.
Dengar observó la cuerda que había sido cortada. Era una de las ataduras que sujetaban su mano derecha. Dengar la rodeó con sus dedos y comenzó a tirar de la atadura, con la esperanza de que se soltara, pero poco después se echó hacia atrás, exhausto.
Entonces el viento sopló con fuerza, agitándose sobre la tierra con un grito, y la arena lo cortó salvajemente. Una pequeña y afilada esquirla de roca silbó en el aire, cortando el puente de la nariz de Dengar como un trozo de vidrio. Otra esquirla se clavó en su bota. Una tercera esquirla golpeó una de las cuerdas en su muñeca derecha haciendo que vibrara, y entonces Dengar comprendió lo que estaba pasando.
Los Dientes de Tatooine. Esquirlas de piedra y trozos de arena comenzaron a aullar en el aire. Dengar se esforzó por volver la cabeza, apartándola del aullante viento. El cielo sobre él se estaba oscureciendo bajo el peso de la tormenta de arena. Los soles colgaban del cielo como dos brillantes orbes de penetrante luz.

***

Y Dengar recordó algo, un recuerdo que parecía muy antiguo, profundamente enterrado.
Recordó la sala de operaciones donde los cirujanos imperiales trabajaron en él. Tenía los ojos cubiertos por gasa, pero había dos resplandecientes luces brillando sobre su cara, y recordó a los doctores insertando sondas en su cerebro.
Recordó sentir lástima, una profunda sensación de lástima, y alguien que decía:
-¿Lástima? ¿Quieres eso?
-Por supuesto que no –respondió otro doctor-. No queremos eso. Quémalo.
Hubo un instante de silencio, un sonido siseante, y el olor de la carne quemada cuando los doctores quemaron esa parte de su hipotálamo.
Entonces llegó el amor, una sensación que le llenó el corazón y le hizo querer alzarse flotando en el aire.
-¿Amor?
-No lo necesitará.
El siseo, el aroma de la carne quemada.
La ira lo inundó.
-¿Furia?
-Déjala.
Casi de inmediato, sintió una profunda sensación de alivio.
-¿Alivio?
-Oh, no sé. ¿A ti qué te parece?
Dengar quiso decir algo, quiso decirles que le dejaran en paz, pero su boca no funcionaba. Sólo era capaz de ver los orbes gemelos a través de la gasa.
-Quémalo –dijeron ambos doctores al unísono, y entonces rieron, como si se tratara de un juego.
El recuerdo se desvaneció, y Dengar quedó yaciendo solo en la arena. Recordó las promesas que le hicieron sus oficiales imperiales. Cuando probase su valía para el Imperio, dijeron que lo restaurarían y le devolverían su capacidad de sentir. Era una promesa que nunca había tenido sentido y, sin embargo, Dengar siempre había esperado que pudieran hacerlo, siempre había vivido encarcelado por su esperanza.
Pero ahora se daba cuenta de que lo habían dejado con la capacidad de sentir esperanza sólo para poder controlarlo, para mantenerlo en su lugar.
Dengar luchó contra las ataduras que lo mantenían sujeto. Algunas de las esquirlas de rocas golpeaban las cuerdas, haciéndolas vibrar, rajándolas, y Dengar sólo esperaba que pudieran cortar una cuerda o dos antes de que lo cortaran en tiras.
Un fastidioso guijarro lo golpeó sobre el ojo izquierdo, y Dengar gritó de dolor. Pero estaba solo en el desierto y el rugido del viento se tragó su voz.
Entonces el rugido resonó con más fuerza. Sobre su cabeza se escuchaba el trueno de unos motores subespaciales, y Dengar alzó la mirada a tiempo para ver dos naves que despegaban a través de la neblina del polvo y el viento, alejándose a baja altura sobre el valle.
Una de ellas era el Halcón Milenario.
El corazón de Dengar comenzó a latir con más fuerza. Así que lo has logrado, Han, pensó Dengar. Has vuelto a escapar. Ahora debo seguirte.
Y Dengar sólo tenía tres cosas con las que trabajar. Su furia, su esperanza, y su soledad.
Giró sobre sí mismo, mirando a ambos lados del desierto en busca de señales de ayuda, pero no había ninguna, y la dolorosa soledad lo desoló. Se preguntó cómo podría llegar a desahogar su rabia y frustración, cuando el objeto de su ira volaba lejos. Han, como el Imperio, era intocable, imbatible, y Dengar gritó con furia contra ellos.
Y al hacerlo, imaginó a Manaroo, imaginó que ella lo sostenía entre sus brazos mientras la tecno-empática compartía sus emociones, haciéndolo humano de nuevo.
Con un grito como el de un condenado a muerte, Dengar tiró de su mano derecha con todas sus fuerzas, sin importarle si se la arrancaba por la muñeca. El Imperio lo había destruido, pero en el proceso le había dado fuerza. Casi inmediatamente, uno de los cables se quebró con un tañido, seguido rápidamente por el chasquido de otro, mientras que el tornillo que sujetaba el tercer cable se soltó de la roca.
Dengar volvió a gritar y comenzó a patear con la pierna izquierda, hasta que también soltó los tornillos del suelo, y entonces soltó las cuerdas que sujetaban su pierna derecha y se liberó la mano izquierda.
Ahora se encontraba a merced de los Dientes de Tatooine mientras la tormenta seguía cobrando fuerza en un crescendo constante. Los cielos se oscurecían bajo arremolinadas nubes de arena y Dengar sabía que no había refugio. No había visto nada que pudiera ocultarlo en muchas millas de distancia. Aun así, los hombres de Jabba habían atado a Dengar al suelo mientras Dengar llevaba su armadura de combate. Las piernas y el pecho de Dengar tenían una amplia protección, pero en ese momento eran su cabeza y sus manos las que estaban siendo masticadas.
Dengar le dio la espalda al viento y comenzó a caminar torpemente en la dirección general del palacio de Jabba. Boba Fett lo había traicionado dos veces. Pero había dejado a Dengar con su armadura, y Dengar juró en silencio que Boba Fett pagaría ese error con su vida.
Durante mucho tiempo caminó, con la cabeza encorvada, las manos acurrucadas contra su pecho para protegerlas. Caminaba con dificultad, a ciegas, incapaz de ver, sufriendo ensoñaciones febriles. El viento seco estaba haciendo estragos en él, y aún después de dos horas no había empezado a encontrar la salida de la depresión del terreno, ni tampoco había encontrado en ese desierto asolado por la arena una sola roca tras la que pudiera esconderse.
Al fin, cuando ya no pudo caminar más y su furia y su esperanza languidecieron bajo el peso de la fatiga, Dengar se acurrucó formando una bola y se tumbó para morir.
Le pareció estar esperando una eternidad, y yacía exhausto, vacío, sabiendo que no podría salir del desierto por sí mismo. Incluso si hubiera roto sus ataduras inmediatamente después de despertarse, no podría no haber salido de este desierto por sí mismo.
Y entonces vino a él, distante al principio. Sus ojos estaban cerrados, pero veía luz. Sentía como si estuviera volando, casi como si estuviera rebotando sobre el suelo en un deslizador, y algo lo impulsaba hacia adelante, trayendo a su memoria vagos recuerdos. Sentía un abrumador sentimiento de amor y esperanza, teñido de un sentido de urgencia.
Estoy muriendo, pensó. Mi fuerza vital está volando. ¿Pero a dónde voy? Observó por un momento, y las luces y los sentimientos se hicieron más claros. Se sentía más joven, más fuerte y más apasionado de lo que había estado en años, y se detuvo y gritó con esperanza:
-¿Desquite?
Entonces Dengar comprendió la verdad. Eso no era la visión de un moribundo, era Manaroo. Dengar todavía llevaba puesto su attanni, y Manaroo estaba en un deslizador en algún lugar cercano, buscándolo.
Dengar gritó, irguiéndose entre las nubes de polvo. Miró a su alrededor y no podía verla, y ella no podía escucharlo. Él sintió la frustración de Manaroo cuando ella aceleró el deslizador, preparada para seguir adelante.
Dengar gritó una y otra vez, y permaneció de pie con los ojos cerrados y las manos levantadas hacia el cielo, y de repente ella se volvió.
A través de los ojos de Manaroo, podía verse vagamente a sí mismo a través de la bruma: una masa tenue en las oscuras arenas arremolinadas, algo que podría ser humano, o podría ser sólo una ilusión, o podría ser sólo una piedra.
Manaroo hizo girar el deslizador, y la imagen se perdió por un momento en una ráfaga de arena, pero aceleró hacia adelante, hasta que vio a Dengar de pie con los puños levantados hacia el cielo, la cara lacerada en cientos de cortes, los ojos entrecerrados.
Manaroo saltó del deslizador. Dengar abrió los ojos. Ella llevaba un casco y gruesos ropajes protectores, y Dengar nunca la habría reconocido en las calles, pero permanecieron un buen rato abrazándose mientras Manaroo lloraba, y él sintió el ardiente amor que ella sentía por él, y su sensación de alivio, dos personas compartiendo un solo corazón.
-¿Cómo? ¿Cómo escapaste? -logró preguntar Dengar-. Creía que te iban a matar anoche.
-Bailé para ti -susurró ella-. Bailé lo mejor que pude, y me dejaron vivir otro día.
”Jabba y sus hombres están muertos -añadió Manaroo-. El palacio está en caos: Saqueos, celebraciones. Un guardia nos liberó.
-Oh -dijo Dengar tontamente.
-¿Te casarás conmigo? -preguntó Manaroo.
-Sí. Por supuesto -murmuró Dengar, y él quiso preguntar si ella lo salvaría, pero en lugar de eso se desplomó por el cansancio.

***

Dengar pasó las siguientes semanas recuperándose en una cámara médica de Mos Eisley, y el día en que salió de ella se dispuso a prepararse para su matrimonio con Manaroo. Entre su gente, realizar las alianzas formales del matrimonio se consideraba algo pequeño, algo que dos personas podrían hacer en privado. Pero la parte más importante de la ceremonia, la "fusión", que se producía cuando dos personas intercambiaban attannis y comenzaban oficialmente a compartir la misma mente, debería ser presenciada y celebrada por sus amigos y familiares. Lo que significaba que Dengar y Manaroo tendrían que ir a buscarlos al mundo donde la Alianza Rebelde los hubiera ocultado.
Durante esas semanas de recuperación, Dengar usó el attanni que Manaroo le había dado, y por primera vez en décadas se sintió libre de la criatura en que se había convertido, libre de la criatura que el Imperio había hecho de él, hasta que descubrió que ya no quería volver a ser esa criatura. La jaula de furia, esperanza y soledad que habían construido para él quedó destrozada.
Los dos estaban arruinados económicamente, pero no físicamente, y con las facturas médicas que se avecinaban, Dengar tenía que encontrar alguna manera de ganar dinero. Dengar consideró volver a saquear el Palacio de Jabba, pero circulaban oscuros rumores en Mos Eisley. Varias personas ya habían ido a saquear el palacio, y encontraron que las puertas del palacio estaban cerradas por dentro. Extrañas criaturas parecidas a arañas podían verse en los muros. Solo dos o tres residentes del palacio habían escapado con vida después de la muerte de Jabba, y la mayoría de ellos abandonaron Tatooine rápidamente.

Así que no fue hasta unos pocos días después de que Dengar saliera de la cámara cuando descubrió que, al parecer, nadie sabía que Jabba había muerto en el Gran Pozo de Carkoon. Dengar decidió que podría obtener algunos créditos en el desierto, rescatando las armas perdidas durante la batalla final de Jabba, registrando los cuerpos de los secuaces de Jabba.
Así fue que tomó a Manaroo y voló con el Castigador Uno sobre el desierto, hasta que encontró los restos de las barcas de Jabba, intactos.
Los cuerpos de los secuaces de Jabba cubrían el suelo, sus cadáveres desecados, casi momificados por el calor, entre escombros dispersos: unas cuantas armas rotas, de vez en cuando una ficha de crédito, partes de droides...
Cuando Dengar llegó al Gran Pozo de Carkoon propiamente dicho, advirtió un terrible hedor a carne quemada y podrida. Parecía que el "Todopoderoso Sarlacc" debería cambiar su nombre por el "Sarlacc Muerto del Todo". Alguien había dejado caer una bomba por su garganta.
En el borde del pozo había un hombre muerto, desnudo, con la carne quemada y magullada, como si lo hubieran metido vivo en ácido. Dengar dio la vuelta al cadáver con un pie para echar un vistazo a su cara.
El hombre estaba quemado, cubierto de ampollas. Dengar nunca antes había visto al pobre tipo.
-Ayuda -susurró el hombre. Dengar se sorprendió al encontrarlo vivo.
-¿Qué ha pasado? -preguntó Dengar.
-El sarlacc... me tragó. Lo maté. Lo hice estallar -respondió el hombre. Dengar quedó asombrado. Se decía que el poderoso sarlacc tardaba mil años en digerir a alguien. Dengar había supuesto que era sólo una exageración, pero obviamente este hombre no podía llevar tendido allí más de uno o dos días. Lo que significaba que había estado en el vientre del sarlacc durante varias semanas.
Manaroo se encontraba alejada tan sólo una docena de metros, y se apresuró a llegar hasta ellos.
-Venga, vamos –dijo-. ¡Ayúdame a meterlo dentro!
Juntos llevaron al hombre herido a bordo del Castigador Uno, lo tendieron en una cama y Dengar le proporcionó un poco de agua mientras Manaroo comenzaba a rociar sus heridas con antibióticos.
Cuando el hombre pudo hablar de nuevo, agarró la muñeca de Dengar.
-Gracias. Gracias, amigo –susurró una y otra vez.
-No fue nada -respondió Dengar.
-¿Nada? ¿Aún... aún quieres que seamos socios, Dengar? –preguntó el hombre. Extendió la mano como para estrechársela.
Dengar miró boquiabierto el rostro torturado y quemado del hombre, y se dio cuenta de que se trataba de Boba Fett. Boba Fett sin su armadura y sus armas. Boba Fett indefenso en la cama de Dengar. Boba Fett, que le había robado a Han Solo, que había bombardeado la nave de Dengar, que había drogado a Dengar y lo había dejado en el desierto para que muriera. ¡El hombre que lo había traicionado dos veces!
Sonó un torbellino en los oídos de Dengar, y el mundo parecía girar de un lado a otro. Había una mancha fangosa en la cabeza del hombre, y Dengar se imaginó qué aspecto tendría Boba Fett si no tuviera el pelo quemado. Si tuviera el pelo castaño, como el de Han Solo...
-Llámame Desquite -murmuró Dengar.
El terror llenó los ojos de Boba Fett cuando de repente vio el peligro.
-Yo... sólo estaba siguiendo órdenes -dijo Boba Fett, pero en la mente de Dengar, era Han Solo a quien Dengar escuchaba-. Lo siento.
-Oye, amigo, ha sido una carrera justa -decía Han, con esa sonrisa arrogante en su rostro-. Podría haber sido perfectamente al revés. Podría haber sido yo quien se quemase... Lo siento.
-¡Pero yo soy el que se quemó! -gritó Dengar, agarrando a Han por la garganta.

Hubo una breve lucha, y Dengar sintió una oleada de mareo. Estaba ahogando a Boba Fett, y el hombre lo estaba mirando, suplicándole.
-¡Lo siento! ¡Lo siento! -gemía, y Manaroo apareció repentinamente detrás de Dengar, tirando de él.
Ella estaba manipulando algo, retorciendo algo metálico contra su conexión craneal. Su attanni atravesó a Dengar, inundándolo con sus oleadas de inquietud, su preocupación no sólo por Dengar, sino también por Boba Fett.
-¿Qué está pasando aquí? –gritó Manaroo, separándolos.
-¡Él intentó matarme! –exclamó Dengar, y de repente vio que, durante la lucha, Boba Fett había logrado sacar la pistola de Dengar de su funda. Había estado apoyando el cañón contra las costillas de Dengar y podría haber esparcido el almuerzo de Dengar contra la pared del fondo, pero no había apretado el gatillo.
Dengar comenzó a calmarse. Las propias emociones de Manaroo lo cubrieron. Su preocupación, su amor. Miraba a Boba Fett y no veía un monstruo. En lugar de eso, ella veía a un hombre desollado y torturado, tal como Dengar había estado unos días atrás.
En el momento de silencio que siguió, Boba Fett sostuvo la pistola contra el pecho de Dengar. Dengar casi habló. Casi dijo: "Adelante. No tengo nada que perder". Había dicho esa frase en circunstancias similares una docena de veces, pero esta vez las palabras se le atascaron en la garganta. Esta vez, comprendió, finalmente tenía algo que perder. Tenía a Manaroo, y tenía a un hombre que quería ser su socio.
Boba Fett hizo girar el bláster y se lo tendió a Dengar.
-Te lo debo –dijo-. Haz lo que tengas que hacer.
Dengar enfundó el bláster y permaneció de pie mirando a Boba Fett.
-Voy a casarme en un par de semanas, y necesitaré un padrino. ¿Estás disponible?
Boba Fett asintió, y lo sellaron con un apretón de manos.

viernes, 11 de enero de 2019

Desquite: El Relato de Dengar (III)


Tres: La Soledad

Durante los días siguientes, Dengar pasó mucho tiempo con Manaroo, simplemente hablando. Le habló de su vida en Aruza, criada en una granja por una madre que fabricaba vajilla de loza y un padre que trabajaba como insignificante burócrata. En su granja, Manaroo pronto aprendió cómo hacer brotar flores de los casi sentientes árboles dola, y con el denso jugo que exudaban esas flores se hacía un potente jarabe antibiótico, recetado a menudo por los médicos de Aruza.
A la edad de tres años, Manaroo había comenzado a bailar, y a los nueve ya ganaba competiciones interestelares. Dengar había imaginado que sería una chica de pueblo, poco viajada, sin experiencia en la vida real. Pero le contó historias sobre cómo atravesó navegando las oscuras tormentas del planeta acuático de Bengat, o cómo sobrevivió al abordaje pirata en un crucero estelar.
Y a veces hablaba sobre las experiencias de sus amigos, aquellos con los que compartía el attanni, como si tales experiencias fueran suyas propias. La lista de gente a la que consideraba amigos o familia era enorme, y el dolor que sufría al compartir esas vidas era igualmente enorme, ya que cada uno de sus amigos también había compartido sus recuerdos con otras personas a través del attanni, de modo que todos ellos no eran sino motas de polvo en una inmensa red.
Dengar había pensado que sólo sería una joven, pero descubrió que era mucho más madura de lo que había imaginado, mucho más fuerte de lo que hubiera podido suponer.
Por su parte, Dengar le habló de su vida en Corellia, donde empezó de niño reparando motos barredoras con su padre, y comenzó a correr al inicio de su adolescencia. No le dijo cómo había vivido a la sombra de Han durante esos años, ni le explicó que fue durante una carrera con Han Solo cuando resultó herido. En lugar de eso, sólo le contó las operaciones que le había realizado el Imperio; cómo, entre amenazas de muerte y promesas de que algún día le devolverían su capacidad de sentir, habían avasallado su personalidad convirtiéndolo en un asesino.
Y sin embargo Dengar siempre había elegido sus víctimas, segando sólo las vidas de aquellos que él sentía que merecían morir.
Inevitablemente, Manaroo planteó la pregunta.
-¿Y por qué Han Solo merece morir?
-No estoy seguro de que lo merezca –se vio obligado a admitir Dengar-. Pero casi me mató una vez. Quiero atraparle, obligarle a decirme por qué lo hizo. Entonces decidiré si le dejo vivir.
La tarde siguiente ya casi estaban en Tatooine, y Dengar fue a la consola del piloto a comprobar sus sistemas.
Manaroo se le acercó por detrás.
-Hmmm... –dijo, mientras comenzaba a masajearle los músculos del cuello-. Estás muy tenso. –Él se recostó, disfrutando de la sensación-. Con esta ya van dos veces que me salvas la vida, ¿sabes? Tengo que compensártelo de algún modo. Cierra los ojos.
La mano de la chica se deslizó bajo los retorcidos vendajes que cubrían el cuello de Dengar y tocó su clavija de interfaz cibernética. Dengar sintió que ella conectaba algo en su clavija, y se irguió en su asiento.
-¿Qué es eso? –preguntó, volviéndose.
Ella sostuvo en alto un pequeño anillo dorado, con una rosca para poder encajar en una toma de interfaz.
-Es parte de un attanni –dijo ella-, para que puedas recibirme, sentir lo que siento. Yo no podré leer tus pensamientos ni emociones, ni acceder a tus recuerdos.
Él permitió que ella colocara el anillo en su clavija, girándolo hasta que quedó firmemente encajado. De pronto pudo escuchar a través de los oídos de ella, ver a través de sus ojos. Sintió la intensidad de sus emociones.
Manaroo tenía miedo, y su miedo le provocaba un nudo en el estómago. Lo observó con aprensión.
-Cierra los ojos, para que no veas imágenes superpuestas –dijo ella, pero Dengar no respondió de inmediato.
El miedo de ella lo atravesó, como un fuego frío, y para él parecía la emoción más intensa que jamás hubiera sentido. Al principio se imaginó que volver a sentir aquello era como agua para un hombre que llevaba días sediento, pero algo dentro de él sabía que la gente raras veces sentía de forma tan intensa. Se preguntó por qué tendría miedo ella.
Manaroo lo observaba, y le puso una mano sobre cada hombro; lo besó, y él pudo sentir que ella tenía la boca seca, pudo saborear su esperanza y su deseo, y parte de él se sorprendió por la intensidad de su deseo. Entonces comprendió por qué ella le temía. Tenía miedo de que la rechazara, de que la abandonara. También podía sentir su soledad, un doloroso vacío en su interior. Cada sensación procedente de ella llegaba como si fuera nueva, como si nadie la hubiera descubierto antes.
Ella se sentía consolada por su presencia, protegida, lo que ayudaba a explicar algunos de sus fuertes sentimientos hacia él. Dengar trató de buscar en su mente, ver lo profundos que eran lo que ella sentía por él, pero el attanni que ella había colocado en su implante sólo podía recibir las emociones que ella enviaba. No permitía que él sondease sus pensamientos o recuerdos.
Ella lo besó tiernamente en la frente y lo sostuvo entre sus manos durante un largo instante, y brevemente recordó a su madre, en Aruza, besándola de niña, y entonces hubo un estallido de culpa y remordimiento por haber dejado a sus padres abandonados a su suerte en Aruza, un estallido tan violento que Dengar jadeó, y entonces Manaroo dejó escapar un grito, arrepentida de haberle causado semejante dolor, y se apresuró a retirarle el attanni de la clavija craneal.
Dengar quedó sentado jadeante, respirando pesadamente, con el sudor cayendo abundante de su frente. No había sentido culpa, pura y simple culpa, desde hacía muchos años. Había asesinado a gente decente por el Imperio con tanta facilidad como había abandonado sin pensarlo a los padres y amigos de Manaroo.
Ahora estaba recostado en su asiento, jadeante y sonriente por haber sentido remordimientos por primera vez en décadas.
-Lo siento –dijo Manaroo en un susurro, apresurándose a guardar el attanni en un bolsillo.
-Lo sé.
Dengar le mostró una leve sonrisa, y las palabras se atravesaron en su garganta. Comenzó a ponerse en pie, pero descubrió que esas emociones tan fuertes le habían dejado con las piernas débiles y lágrimas en los ojos. Hubo un tiempo en su vida en el que se habría sentido avergonzado de mostrar tales emociones. Ahora, se limitó a volver a sentarse un buen rato, disfrutando de ellas.
-Tendremos que volver a Aruza –dijo, cuando pudo volver a hablar-, sacar a tus padres del planeta... junto con tanta de tu gente como podamos.
-¿Por qué dices eso? –preguntó abruptamente Manaroo, ya que ella no había revelado su deseo.
-Tu... conciencia... me lo dijo –susurró Dengar, y se sentó, dándose cuenta quizá por vez primera de lo que el Imperio le había arrebatado. Sabía que le habían quitado la capacidad de sentir gozo, de sentir amor, de sentir preocupación y culpa.
Durante los últimos años, nunca había experimentado en deseo de ayudar a otro ser.
En esto consiste ser humano, pensó. Sentarse y saber que en el otro extremo de la galaxia alguien sufre, alguien siente dolor, y por eso es mi deber ir a su encuentro, sin importar el coste o los riesgos, para liberar a esa gente del dolor.
Era una vía del conocimiento que durante mucho tiempo Dengar había tenido... inaccesible; hasta el punto que había olvidado su existencia.
En los últimos meses, mientras perseguía a Han Solo, Dengar a menudo se había sorprendido por el rastro. A veces su némesis se desviaba de una ruta obvia, que le permitiría escapar fácilmente del Imperio, para lanzarse de cabeza a la batalla. Tales acciones desconcertantes hacían casi imposible que Dengar calculara el siguiente movimiento de Solo, porque uno nunca sabría si Solo atacaría a un batallón o embestiría a un destructor estelar. ¡Se rumoreaba que, en una ocasión, Han Solo tuvo la audacia de llamar a Emperador, acusándolo de graves crímenes y desafiándolo a un combate de boxeo! En su momento, Dengar había puesto en duda ese rumor, ya que parecía tan ilógico, pero ahora lo estaba reconsiderando.
Finalmente, Dengar vio por qué su carrera para capturar a Solo había sido tan infructuosa: Han Solo tenía una conciencia, y lo guiaba cual navicomputadora por un determinado rumbo, un rumbo que Dengar no podría haber esperado comprender... hasta ahora.
-Tú y tu attanni podéis resultar muy útiles –dijo Dengar, y le explicó lo que acababa de descubrir-. Contigo, tal vez tenga una oportunidad de atrapar a Han Solo.
-¿Y qué harías con él, entonces? –susurró Manaroo.
Dengar lo consideró. Con una conciencia, tal vez su trabajo también se vería obstaculizado. A decir verdad, en sus primeros años había perdonado la vida a varios de los objetivos que el Imperio le había ordenado destruir.
-No puedo estar seguro –dijo Dengar.
-Para cuando vuelvas a encontrarte con él –dijo Manaroo, deslizándole el attanni en la palma de la mano-. Vayamos a averiguarlo.
Dengar comenzó a teclear nuevas instrucciones en su ordenador de navegación.
-Antes, debemos ir a Aruza y encontrar a tus padres.

***

Dengar finalmente regresó a Tatooine. Entretanto, con la ayuda de Manaroo se hizo pasar por un oficial de inteligencia imperial que se estaba ocupando de trasladar a gran número de diplomáticos aruzanos a una “instalación más segura”.
Con la ayuda de la Alianza Rebelde, consiguió robar una gigantesca barcaza prisión imperial, lo bastante grande para extraer a cien mil personas del planeta, y tripuló la nave con la plantilla adecuada de oficiales de correccional, torturadores y demás personal.
Supuso muy poco esfuerzo para la Alianza Rebelde enviar órdenes falsas al nuevo comandante de la base de la COMPNOR para comenzar a extraer prisioneros y transportarlos a la barcaza.
Los oficiales imperiales estaban bien entrenados, y llevaban a los prisioneros tan pronto se les solicitaban.
Sólo una vez alguien cuestionó a Dengar, quien se había mantenido apartado del trabajo sucio y había permanecido durante toda la misión a bordo de su barcaza, ocupándose personalmente de “controlar la encarcelación”.
Cuando el nuevo comandante de la base de la COMPNOR llamó por holovídeo justo antes de la partida de Dengar, preguntando a Dengar a dónde iban a llevarse a los prisioneros, Dengar se limitó a fijar una mirada helada sobre el hombre.
-Realmente no quiere saberlo, ¿verdad? –dijo.
Había rumores crecientes de políticos blandos, genios tecnológicos e industriales pacifistas que habían desaparecido por toda la galaxia. Se decía que los hombres prudentes no hurgaban en esos temas. El comandante de la base de la COMPNOR farfulló una disculpa rápida.
Dengar cortó la conexión de holovídeo con fingido desdén.

***

Cuando la nave de Dengar llegó a Tatooine, aterrizó en un puerto polvoriento llamado Mos Eisley, una ciudad al borde de un desierto donde los soles gemelos ardían con vehemencia.
Llegaron al mediodía, cuando la ciudad estaba quizá en su momento más tranquilo, y Dengar condujo a Manaroo a una pequeña cantina donde agricultores de la humedad y criminales parecían haberse reunido en igual número.
Dengar fue a hablar en privado con algunos viejos conocidos, y en cuestión de minutos confirmó que Han Solo todavía estaba vivo y que estaba preso en el palacio de Jabba.
-Volveré cuando vuelva –dijo a Manaroo, dejándole unos cuantos chips de crédito, y luego se dirigió en una moto swoop alquilada hacia el palacio de Jabba.
Esa noche, Manaroo regresó a la cantina en un momento de mayor actividad y consiguió algunos créditos bailando. Dengar había agotado su riqueza en las últimas semanas, y Manaroo esperaba por lo menos poder afrontar sus propios gastos. Después de su primer baile, fue a una cabina privada para recuperar el aliento.
Un alienígena se acercó a la cabina y permaneció de pie, mirándola. La criatura tenía pelaje marrón oscuro, una boca enormemente ancha, incluso más que sus hombros, piernas cortas y brazos largos con garras que arañaban el suelo. Los cuernos cortos de su cabeza casi raspaban el techo. Se quedó mirándola por un momento con profundos ojos rojos.
-Tu baile... ¡bueno! –gruñó-. ¡Potente! ¡Gustará a Jabba! Si le gusta baile, tú vives. ¡Ven!
La criatura miró furtivamente a ambos lados, luego tiró de una solapa de piel debajo de su garganta y se lanzó hacia ella. Por un momento, Manaroo gritó cuando la bestia la agarró. Luego se encontró deslizándose al interior de la bolsa ventral de la criatura.
Era difícil respirar allí dentro, y el aire olía a pelo y carne podrida. Ella forcejeó y pateó, pero la piel de la criatura era muy gruesa; si alguien advirtió el bulto de forma extraña dando patadas en el estómago de la criatura, debió de suponer lo peor y no quiso involucrarse.
Manaroo contuvo el aliento durante un buen rato, mientras la criatura se alejaba de la cantina con aire casual. Pronto comenzó a sentirse calor en la bolsa, y le faltó el aire. Con los pulmones ardiendo, propinó patadas y puñetazos a la bestia, pero no logró liberarse.

***

Dengar entró en el palacio del hutt por la noche, cuando los habitantes estaban más activos, y se arrodilló sobre una rodilla. Jabba estaba rodeado de sus lacayos; casi todos ellos eran obligados a dormir en su habitación, ya que el hutt temía ser asesinado y sabía que la mejor manera de evitarlo era mantener al alcance de la vista a todos los aspirantes a asesino. Dengar levantó la mirada, vio a Boba Fett en las sombras a la derecha de Jabba y saludó al hombre con una inclinación de cabeza.
-¿Por qué te presentas ante mí? –bramó Jabba en huttés-. No me has traído a Han Solo. ¡No puedes esperar ninguna recompensa!
-Escuché que tenías a Han Solo cautivo –dijo Dengar-. He venido a ver si era cierto.
-Jo, jo, jo –rio Jabba-. ¡Contémplalo tú mismo!
Se encendió una luz detrás de Dengar, y se dio la vuelta. En el muro, en lo que Dengar había creído que se trataba de un friso decorativo, pudo ver el rostro y la figura de Han Solo, congelado en carbonita gris.
Dengar rio, caminó hasta Solo, y con una mano a cada lado sostuvo el marco que contenía el cuerpo congelado.
-Te tengo –dijo Dengar-. Por fin.
-Jo, jo –rio Jabba desde las profundidades de su panza, y su corte de asesinos rio con él-. Querrás decir que yo lo tengo.
Dengar se volvió para mirar por encima del hombro.
-No –dijo Dengar, mirando fijamente a los ojos del hutt-. Sólo crees que lo tienes. –El hutt frunció el ceño al oír eso-. No puedes contenerlo en... ¡esto! –dijo Dengar, señalando el dispositivo de contención de carbonita-. Sin duda, escapará.
-¡Jo, jo, jo, jooo! –rugió Jabba-. ¡Crees que puede escapar de aquí! Me diviertes, asesino.
Dengar se volvió hacia Jabba y unió las manos ante él, como si rezara.
-Escúchame, oh gran Jabba –advirtió Dengar-. Realmente creo que escapará de ti. Y cuando lo haga, serás el hazmerreír del inframundo. Pero puedo librarte de este destino. Porque te propongo permanecer aquí, para volver a atraparlo. Y cuando lo haga, ¡espero que me pagues el doble de lo que has pagado a Boba Fett!
-¿Pretendes liberarlo tú mismo? –rugió Jabba, de tal modo que parte de su séquito retrocedió, temiendo su ira.
-Nunca será liberado por mi mano –susurró Dengar.
-¿Sospechas de algún complot? –preguntó Jabba, observando los asesinos y matones que tenía en nómina.
-Sus amigos de la Rebelión vendrán a liberarlo –respondió honestamente Dengar.
-¿La Rebelión? –Jabba soltó una risotada-. No les tengo miedo. Entonces queda convenido. Puedes quedarte y unirte a mis secuaces. Y si la Rebelión lo libera y consigues traerlo de nuevo, ¡te pagaré el doble de lo que pagué a Boba Fett!
Boba Fett avanzó un paso, sosteniendo su rifle bláster con gesto amenazante, y Jabba lo silenció con una mirada.
-Pero si la Rebelión fracasa en su intento de liberar a Han Solo –añadió Jabba a media voz-, entonces trabajarás para mí durante un año... ¡fregando las letrinas reales en compañía de los droides de limpieza!
El hutt estalló en carcajadas.

***

Dengar regresó a Mos Eisley al amanecer, planeando trasladar su nave al palacio de Jabba, donde resultaría útil en caso de ataque rebelde.
Pero quedó confundido al entrar en la nave y descubrir que Manaroo no estaba. Realizó una búsqueda superficial y descubrió que nunca había regresado de la cantina. En la cantina, el camarero dijo que ella se dedicó a bailar por unos cuantos créditos, y luego “desapareció”.
Dengar sopesó las noticias, y luego recordó el attanni que Manaroo le había dado. Regresó a la nave, insertó el dispositivo en su enchufe craneal, y luego cerró los ojos, tratando de ver lo que ella veía, escuchar lo que ella escuchaba. Pero el attanni sólo le proporcionó un suspiro de estática.
Dengar dejó el dispositivo conectado y voló a escasa altura sobre la ciudad siguiendo un rápido patrón de búsqueda, pero en ningún momento recibió su señal, así que se dirigió de vuelta al palacio de Jabba y posó el Castigador Uno en los hangares seguros de Jabba.
Durante todo el viaje de vuelta al palacio, estuvo pensando en Manaroo y se preguntó qué habría sido de ella. Descubrió que había llegado a acostumbrarse a su presencia, incluso pensó que se sentía confortado por ella. Una vez, hacía tan sólo unas pocas noches, ella había pedido saber cuál era la otra emoción que el Imperio le había dejado, aparte de su furia y su esperanza, y él se había negado a decírselo. Soledad.
Su soledad no servía a ningún propósito en los designios del Imperio, o al menos no lograba imaginar cómo podría llegar a servir. Dengar ni siquiera estaba seguro de que le hubieran dejado con esa capacidad a propósito. Tal vez cuando extirparon el resto del hipotálamo ni siquiera eran conscientes de lo que dejaban todavía en él.
Pero a lo largo de los años, Dengar sintió que no era la furia ni la esperanza lo que había llegado a definirle, sino su soledad, su certeza de que en ningún lugar de la galaxia encontraría alguien que lo amara, o que lo aceptara.
No fue hasta que estaba de camino de regreso al salón del trono de Jabba que Dengar sintió súbitamente una estremecedora oleada de temor. Cerró los ojos y escuchó con otros oídos.
-Tienes que bailar lo mejor que puedas para Jabba –estaba diciendo una mujer obesa-. Conseguirá su entretenimiento de un modo u otro. Si no le gusta cómo bailas, obtendrá gran placer viéndote morir.
Dengar observó a la mujer gorda a través de los ojos de Manaroo, vio a otras tres bailarinas de diversos mundos, todas ellas descansando en bancos oscuros. Estaban en una celda que olía a humedad, con gruesos barrotes de acero. El aire se sentía fétido, y uno de los guardias de Jabba hacía la ronda fuera de la ventana de la puerta, asomando ocasionalmente su hocico entre los barrotes para mirar lascivamente a las bailarinas.
-¿Y si le gusta cómo bailo? –preguntó Manaroo.
-Entonces te mantendrá por más tiempo. Tal vez incluso te libere.
-Ah, no trates de darle esperanza –dijo otra mujer desde un banco alejado-. Eso sólo ocurrió una vez.
La bailarina gorda se volvió hacia ella.
-¡Pero ocurrió!
-Mira, chica... –dijo la otra bailarina desde el extremo opuesto de la habitación-. O bailas bien, o mueres.
-Pero ya bailé para Jabba –dijo Manaroo-, cuando me trajo el esclavista.
-Entonces has pasado la audición –dijo la mujer gorda-. Ya es algo.
Dengar se quitó el attanni y lo colocó en el fondo de su pistolera, bajo su bláster.
Jabba era una criatura exigente. Una vez que había pagado dinero por algo –ya fuera un esclavo o un cargamento de droga- se tomaba realmente mal perder ese algo. Y el hutt obtenía un gran placer atormentando a los demás. Así como Dengar no sentía la diferencia entre el bien y el mal, el hutt obtenía placer del mal.
Dengar sabía que no podría recuperar a Manaroo sin luchar.
Entrecerró los ojos y pensó en el hutt, tratando de imaginarse a Jabba con cabello castaño oscuro y complexión larguirucha. Pero incluso con el mayor esfuerzo de la imaginación, no podía encontrar gran cosa que sirviera como semejanza entre Jabba el hutt y Han Solo.
-Oh, bueno –gruñó Dengar-. Simplemente tendré que matarlo de todas formas.

***

Afortunadamente, Dengar pronto descubrió que muchos de los secuaces de Jabba tenían motivos para conspirar contra su amo. En tres días, Dengar pudo proporcionar a uno de los secuaces de Jabba, el quarren Tessek, una bomba. Dengar la fabricó a partir de armas almacenadas en su nave, y la hizo lo suficientemente grande como para poner en órbita el cadáver hinchado de Jabba. La entrega de la bomba fue sencilla, ya que solo tenía que dársela a uno de los servidores más dignos de confianza de Jabba, el jefe de garaje, Barada.
Desafortunadamente para Dengar, Jabba se enteró del complot antes de que la bomba estuviera siquiera terminada. Siguiendo el consejo casi clarividente de Bib Fortuna, quien aseguró a Jabba que Dengar estaba haciendo una bomba, Jabba encargó a Boba Fett que vigilara a Dengar.
Boba Fett estuvo a la altura de la tarea. Un microtransmisor colocado en una de las fundas de Dengar fue suficiente. Cuando Dengar entregó la bomba a Barada, sus palabras dieron prueba de la conspiración.
-¿Quiere que retire la bomba? -preguntó Boba Fett cuando informó al hutt de que había descubierto el complot.
El hutt soltó una carcajada, una risa profunda y gutural que sacudió su gran panza.
-¿Me privarías de mi diversión? No, haré que desactiven la bomba, y me aseguraré de que Tessek esté conmigo cuando se suponga que deba explotar. Disfrutaré viendo cómo se estremece. En cuanto a Barada... Haré que espere su castigo durante algunas semanas.
-¿Qué hay de Dengar? –preguntó Boba Fett-. No puede jugar con él. Es demasiado peligroso.
Jabba entornó sus inmensos ojos oscuros y miró fijamente a Boba Fett.
-Dejaré que seas tú quien le castigue, pero no le proporciones una muerte fácil. –La expresión de Jabba se iluminó, y abrió los ojos de golpe-. ¡Hace ya mucho tiempo que no dejo que alguno de mis enemigos sienta el mordisco de los Dientes de Tatooine!
Boba Fett asintió brevemente con la cabeza.
-Como desee, mi señor.

***

Aquel fue un día ajetreado para Dengar. Los cirujanos que lo habían operado hacía tanto tiempo habían extirpado su capacidad de sentir miedo, pero en ciertos momentos extraños descubría que se movía con un poco más de energía y que su corazón latía de manera irregular. Sabía que era sólo un fantasma de lo que los demás sentían cuando temían, pero lo encontraba estimulante. La bomba en el esquife de Jabba iba a explotar temprano al día siguiente, por lo que Dengar se preocupó esa noche cuando los planes cambiaron repentinamente.
Dengar había estado descansando en su habitación cuando Luke Skywalker apareció de repente en el palacio de Jabba e intentó rescatar a Han Solo. Jabba frustró el intento del joven Jedi y lanzó a Skywalker a un pozo con el monstruo mascota de Jabba, el rancor. Skywalker sorprendió a todos al matar a la bestia.
El sonido del grito de muerte del rancor sacudió el palacio, despertando a Dengar, quien se apresuró a acudir al salón del trono de Jabba y alcanzó la parte superior de una pequeña escalera a tiempo para escuchar la sentencia pronunciada sobre Han Solo y sus amigos. Morirían en el Gran Pozo de Carkoon.
El palacio se convirtió en un manicomio. Los secuaces de Jabba corrían de un lado a otro recogiendo armamento y preparando vehículos. Dos guardias gamorreanos subieron apresuradamente las escaleras junto a Dengar
-¿Por qué nosotros necesitar prisa? –gruñó uno.
El otro guardia le dio un cachetazo y lo lanzó tambaleándose contra una pared.
-¡Idiota! Nosotros no querer rebeldes venir. ¡Si ellos descubrir Jabba quiere matar Skywalker y Leia, nosotros tener gran pelea!
Dengar buscó a Tessek en la multitud de abajo, tratando de detectar los tentáculos de la boca del quarren de piel gris, preguntándose si esto cambiaría sus planes.
Pero algunos de los hombres de Jabba ya parecían tener al Quarren bajo arresto. Estaban de pie detrás de él, muy cerca, y Dengar sólo podía escuchar fragmentos de conversación. Tessek le suplicaba a Jabba por su vida.
Poco después, Jabba ordenó al Quarren que hiciera sus maletas para marcharse, y Tessek se escabulló por una salida en la pared del fondo.
Dengar retrocedió agachado hasta el pasillo, ocultándose en la seguridad de las sombras. ¿Había encontrado Jabba la bomba? Obviamente, Jabba sospechaba algo...
Pero el hutt no había matado a Tessek, y tampoco había enviado guardias tras Dengar. Así que Jabba no podía haber tenido pruebas de la traición. Lo que sugería que el hutt simplemente había oído rumores sobre sus planes. O tal vez Jabba tenía alguna otra razón para amenazar a Tessek.
Sin embargo, Dengar no quería estar por allí en ese momento. Si Jabba encontraba esa bomba, rodarían cabezas. Dengar no quería que su cabeza fuera una de ellas.
Todavía había tiempo para escapar. Bien podría ser que Jabba no descubriera la bomba en absoluto, y si ese fuera el caso, podría estar en el esquife o cerca de él cuando éste explotase. El complot todavía podría tener éxito. En cualquier caso, tanto si tenía éxito como si fracasaba, lo haría sin esfuerzos adicionales de Dengar.
Pero si Jabba encontraba la bomba demasiado pronto...
Dengar decidió que ese podría ser un buen momento para ir a Mos Eisley a pasar el día. Si su plan funcionaba, Jabba moriría. Si no... Dengar aún podría escapar.
Dengar regresó a su diminuta habitación y comenzó a arrojar su ropa y sus armas en una bolsa. Entre sus efectos encontró el attanni. No podía contactar con Manaroo con eso... pero Dengar podía recibir imágenes, sonidos, emociones.
Y mientras miraba el dispositivo, recordó el hambre que Manaroo había sentido por su presencia, sus temores por su propia vida. A veces se preguntaba cómo ella podía sentir algo por él. Tal y como él se veía a sí mismo, estaba quebrantado, no merecía la atención de la muchacha. Sin embargo, ella se había quedado a su lado incluso después de haber rescatado a sus padres. Sentía que no le quedaba nada más que ofrecerle, excepto quizás una falsa sensación de seguridad.
Y al salir corriendo ahora, le estaría negando incluso eso.
Se desenvolvió el cuello y atornilló el attanni en su enchufe.
Y lo que vio lo sorprendió. Manaroo se estaba vistiendo para una actuación, poniéndose unas mallas de un material fino de color violeta suave, y una blusa que revelaba sus amplios pechos. Rebuscó en un cubo de instrumentos musicales -tambores, campanas, platillos- tratando de encontrar algo exótico, y decidió tomar una flauta dorada. Tocarla mientras bailaba resultaría difícil, y tocarla mal sería tentar al destino. Pero Manaroo iba a bailar con su vida en juego, y necesitaba impresionar al hutt.
Le habían ordenado que bailara ante Jabba, y todo el mundo de la sala sabía que estaba de mal humor porque el rancor había muerto. Las demás bailarinas estaban sentadas, acurrucadas en la esquina opuesta, y lanzaron a Manaroo miradas compasivas.
Lo que sorprendió a Dengar fue el estado de ánimo de la mujer. Estaba casi paralizada por el miedo y no le quedaba otro remedio que poner su confianza en sus habilidades. Esos sentimientos se posaban firmemente en el fondo de su mente.
Y, en primer término, Manaroo se estaba concentrando, efectuando juegos mentales para tratar de reafirmar su resolución. Al igual que Dengar se mentalizaba a sí mismo antes de un asesinato imaginándose que estaba matando a Han Solo, Manaroo estaba realizando juegos similares en su propia mente.
Visualizaba el salón del trono de Jabba, pero en lugar de estar Jabba en el trono, imaginaba que era Dengar quien estaba allí. Él la miraba fijamente, exclamando “¡Baila, baila por tu vida!” como si se tratara de una inmensa broma.
Y en su ensoñación, Manaroo bailaba amorosamente, con el corazón. Imaginó que todos sus movimientos, practicados durante años, todos sus giros y florituras estaban dedicados a Dengar. Cada uno de ellos había sido concebido y preparado para el hombre que amaba, el hombre con cuya mente esperaba unir algún día la suya, para que se convirtieran en una sola. Y en su imaginación, mientras bailaba grácilmente ante Dengar, ella susurraba: “Si tanto te complazco, mi señor, mi amor, ¿por qué no me complaces a cambio? ¿Por qué no te casas conmigo?”
Dengar se arrancó el attanni, asombrado, y supo que no podía marcharse en ese momento. Las potentes sensaciones que le habían invadido cuando estaba conectado actuaron como una brújula moral, diciéndole qué hacer. Y como Han Solo, que a menudo parecía padecer deseos de morir, Dengar supo que tendría que enfrentarse a la tormenta.
Tenía que salvarla, ¿pero cómo?
Dengar estaba sorprendido de que ella se estuviera preparando para una actuación en ese momento, mientras el palacio estaba presa de tal confusión, e inmediatamente se dio cuenta de que tendría que planear una distracción. Ir a ciegas al salón del trono y tratar de matar al hutt sería una locura, pero en los últimos días habían tenido lugar dos asesinatos en el palacio.
Ambos incidentes se habían investigado a conciencia y causaron una gran conmoción durante varias horas. Unas pocas horas era todo el tiempo que Manaroo necesitaba. Un asesinato aleatorio parecía oportuno. Entre los matones que Jabba tenía en nómina no faltaban víctimas que se lo merecieran.
El problema se resolvió con bastante facilidad. Dengar simplemente subió a una sala de guardia y arrojó una granada. En la cacofonía general del palacio, pocas personas advirtieron siquiera el incidente, pero la posterior investigación tomo gran parte de la tarde, y el ánimo del hutt se iluminó considerablemente después de ver la carnicería que la granada de Dengar había causado en un pobre guardia gamorreano.
Así que fue un gran shock cuando Jabba finalmente alzó la mirada de los restos del guardia y un brillo frío iluminó sus ojos.
-Estoy hambriento –bramó-. ¡Traedme comida, y convocad a mi bailarina! ¡Que todo el mundo se reúna en la gran sala! ¡Esta noche tendremos fiesta, y no aceptaré más interrupciones!

***

Las noches eran cortas en Tatooine, y pocos las pasaban durmiendo, porque era un tiempo para refugiarse del calor abrasador del día.
De modo que bien avanzada la velada Dengar estaba sentado en el salón del trono, aguardando el baile de Manaroo. Llevaba puesto el attanni, y escuchaba los pensamientos de Manaroo. Su mente estaba como anestesiada ante el pensamiento del baile que la esperaba, y se estaba preparando apresuradamente, tratando de tranquilizar su respiración, de calmarse.
En el gran salón los músicos habían comenzado a reunirse, y sirvientes traían rebosantes bandejas de comida. El hutt atrapó algunas cosas escurridizas de una caja y se las arrojó en la boca, y luego bramó reclamando a su bailarina.
Fue entonces cuando Dengar se dio cuenta de su error. Esa noche el hutt se sentía sediento de sangre, y la visión del guardia gamorreano muerto, lejos de distraerlo, lo había alterado aún más. Han Solo y los demás morirían, pero Jabba no era una criatura paciente. No esperaría para obtener sangre. Por eso llamaba a Manaroo.
Dengar aflojó su bláster pesado en su funda y se preguntó qué hacer. Matar a Jabba sería difícil. Los hutts tenían pieles muy gruesas, y podría necesitar varios disparos de su blaster. Dengar no estaba seguro de poder tener la ocasión de efectuar esos disparos. La sala estaba llena de cientos de secuaces y sirvientes de Jabba, todos reunidos para una última fiesta salvaje, ya que muchos temían que al amanecer estarían luchando contra la Alianza Rebelde. Así que los músicos interpretaron su melodía con aire frenético, y los secuaces se dieron un festín como si esta breve comida fuera la última de sus vidas.
Mientras Dengar esperaba que Manaroo hiciera su aparición, Boba Fett se acercó a su mesa, pavoneándose, llevando una larga jarra verde de licor twi’lek.
-¿Tomas un trago conmigo? –preguntó Boba Fett. Normalmente, Boba Fett era un individuo muy reservado. Nunca buscaba la compañía de otras personas, y al principio Dengar quedó confuso por la petición. Pero casi todas las demás mesas estaban llenas, por lo que la petición no parecía fuera de lugar.
-Claro, siéntate –dijo Dengar, acercándole de una patada una de las sillas.
Boba Fett se sentó, dejó la jarra sobre la mesa, e indicó a un joven criado que le trajera unos vasos.
-Te he estado observando –dijo Boba Fett, y los micrófonos de su casco hicieron que su voz sonara antinaturalmente fuerte y grave mientras hablaba para hacerse oír por encima del ruido de las celebraciones-. No eres como los demás de por aquí –señaló a los secuaces que se atiborraban en las otras mesas-, dado a los excesos. Me gusta eso en un hombre. Pareces frío, competente, profesional.
-Gracias –dijo Dengar, inseguro de a dónde querría ir a parar.
-Mañana por la mañana, Han Solo muere –afirmó Boba Fett.
-Sé que está programado, pero no estoy seguro de que Jabba pueda llevarlo a cabo –repuso Dengar, poco dispuesto a admitir que, muy probablemente, su némesis Han Solo sufriría una muerte innoble al alba. Parecía una forma demasiado fácil de marcharse. En una mesa cercana, dos de los secuaces de Jabba comenzaron a cantar una estridente canción de borrachos.
-Me iré después de la ejecución –dijo Boba Fett, más alto-. Tengo un trabajo... un trabajo importante. Más de lo que un solo hombre puede abarcar. Pero las recompensas son desmesuradas. ¿Te interesa?
-¿Por qué debería confiar en ti? –preguntó Dengar con aire ausente. A través de su attanni, podía ver que Manaroo estaba siendo sacada de su celda. Un guardia gamorreano la estaba empujando a través de un pasadizo estrecho que la conduciría al trono de Jabba-. Pusiste una bomba en mi nave. Ya me has traicionado una vez.
Boba Fett se irguió ligeramente en su silla, como si estuviera sorprendido por la acusación.
-Eso fue cuando estábamos en el negocio como competidores. Esta vez, estaríamos en el negocio como socios. Además, permití que siguieras con vida.
-Ciertamente fue muy amable por tu parte. Es por eso que, a cambio, no he tratado de matarte –dijo Dengar.
Boba Fett soltó una risita, un sonido muy perturbador simplemente por el hecho de que era algo que Dengar nunca había escuchado antes. Boba Fett inclinó la cabeza hacia atrás, y las luces del palacio brillaron en su visor como estrellas.
-Tú y yo somos muy parecidos. ¿Qué me dices? ¿Socios?
Dengar estudió a Boba Fett. Era un hombre cuidadoso, un hombre peligroso merecedor de su reputación. Y Dengar estaba escaso de fondos. Asintió ligeramente.
-Socios, supongo. Háblame más de ese trabajo.
Dengar se inclinó hacia delante como si estuviera interesado en hablar con Boba Fett, pero en realidad estaba mirando hacia la zona iluminada ante el trono de Jabba.
Manaroo acababa de salir desde detrás de una cortina, y ahora estaba inmóvil, parpadeando, tratando de dejar que sus ojos se ajustaran a las brillantes luces del escenario tras haber pasado días en las mazmorras. Su corazón martilleó con miedo cuando los músicos comenzaron a atacar otra melodía, y se volvió hacia su líder, rogándole que aguardara un instante.
-Convenido –dijo Boba Fett-. Humedezcamos las lenguas mientras discutimos nuestros planes. He traído un reserva que creo que te sorprenderá. Ya debería haber alcanzado la temperatura adecuada.
Abrió el contenedor verde y sirvió el licor en dos vasos. Durante un instante, Dengar se atrevió a imaginarse que finalmente lograría ver lo que se ocultaba detrás del visor de Boba Fett, pero el guerrero simplemente extrajo una larga pajita desde detrás del visor y la introdujo en el vaso. Luego comenzó a sorber.
Al verlo, Dengar comenzó a preguntarse si acaso todos los rumores acerca de la paranoia de Boba Fett podrían ser verdad. Si tal era el caso, entonces en el pasado su enfermedad le había hecho un buen servicio. La gente pagaba a Boba Fett para ser paranoico. Trabajar con él sería interesante.
Hasta que Dengar no vio que Boba Fett había bebido el licor con seguridad, no tomó un trago también él. Era una bebida seca, picante en boca y de aroma ligeramente dulce. Dengar la encontró bastante agradable.
Más abajo, junto al trono, los músicos comenzaron a tocar la melodía de una danza. Dengar descubrió que sus manos temblaban al compartir el miedo de Manaroo, y supo que necesitaría templar sus nervios en caso de que tuviera que abrir fuego sobre Jabba. Bebió medio vaso de un trago.
-Eh, cuidado –dijo Boba Fett-, no tan rápido. Esto es más potente de lo que te imaginas.
Dengar asintió, ausente. Abajo, en la pista de baile, Manaroo giraba por la habitación, tocando una flauta dorada mientras saltaba, y Jabba se inclinaba hacia delante y la estudiaba con avidez, como si fuera uno de los insectos que se retorcían en su bandeja de comida. El hutt abrió la boca, ligeramente apenas, y se lamió los labios con su horrible lengua.
Dengar se inclinó más, con el corazón latiendo con fuerza. En la pista de baile, Manaroo daba vueltas sin parar, tocando su flauta con deliberado frenesí, y Dengar sintió que la habitación comenzaba a girar a su alrededor. Puso ambas manos sobre la mesa para evitar caer hacia delante, y descubrió que sus párpados parecían tremendamente pesados. Se esforzó por mantener los ojos abiertos, y cada vez que los cerraba veía la habitación tal como la veía Manaroo, dando vueltas, con rostros atentos estudiándola.
-¿Te encuentras bien? –preguntó Boba Fett, con voz que sonaba distante y amortiguada.
-Tengo... que liberar a Manaroo –murmuró Dengar, y trató de ponerse en pie. Sintió como si tuviera las piernas atadas a la silla, y se preguntó cómo podía sentirse tan débil-. Licor... ¿veneno…?
Llevó la mano hacia su bláster. Sus parpados se cerraron por sí solos, y vio cómo la sala daba vueltas, mientras sonaba el antinatural sonido estridente de la flauta que Manaroo estaba tocando.
Cuando abrió los ojos, Boba Fett estaba allí, a su lado, sosteniendo en pie a Dengar, ayudándolo a sacar el bláster de su funda. Dengar sentía sus manos demasiado pesadas, demasiado grandes y carentes de coordinación para una tarea tan delicada, y agradeció la ayuda de Boba Fett para liberar el bláster de su funda.
-Veneno no –dijo Boba Fett, y Dengar tuvo que concentrarse para escucharle sobre el ruido del gran salón y el estridente sonido de la flauta-. Sólo drogado... en el borde de tu vaso. Jabba tiene en mente algo especial para ti. Vas a sentir los Dientes de Tatooine.
Dengar dio un paso en falso, derribando su propia mesa. Por todo el salón del trono, la música se detuvo y todos se giraron para observarlo. El propio Jabba se rio alegremente, con ojos brillantes al ver cómo Dengar se esforzaba por avanzar, con la esperanza de disparar al monstruo.
Alguien colocó un pie para hacer tropezar a Dengar, y éste aterrizó en el suelo, donde rodó sobre su espalda. Se escuchó un grito y un aplauso, y uno de los matones de Jabba alzó su copa brindando por Dengar, y la gente aplaudió. El pequeño y molesto Salacious Crumb, con su aspecto de roedor, había trepado hasta el borde de la mesa volcada y se reía escandalosamente de Dengar.
-¡Desquite! –exclamó Manaroo desde la pista de baile. Dengar estaba seguro de haber escuchado su grito con tanta claridad sólo porque llevaba puesto el attanni.
Vio a través de sus ojos cómo trataba de correr hacia él entre la multitud, pero uno de los guardias gamorreanos de Jabba la agarró de los brazos y la arrojó de nuevo a la pista de baile con un gruñido. El corazón de Manaroo martilleaba presa del pánico.
Entonces los ojos de Dengar se cerraron por decisión propia, y todo se volvió negro.