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martes, 23 de diciembre de 2008

Solitario de Jade (y XI)

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—¿Mara?
Soplándose una gota de sudor de la punta de la nariz, Mara desactivó el remoto de práctica de combate y apagó su sable de luz.
-Entra -exclamó.
—Pensé que te encontraría aquí -dijo Karrde, mirando alrededor del cuarto de ejercicios del Salvaje Karrde mientras entraba en él-. H'sishi dijo que habías estado pasándote mucho tiempo aquí sola. Haciendo sonidos enfadados, así lo dijo.
—He estado liberándome de algunas frustraciones -concedió Mara, tomando una toalla y limpiando la humedad de su cara-. ¿Cómo va ella?
—Casi curada -dijo Karrde, cruzando a uno de los bancos de resistencia y sentándose-. Es la primera vez que ha estado en un tanque de bacta, según nos dijo. Está bastante impresionada.
—Necesitamos hacer por ella algo más que simplemente curarla -dijo Mara-. Realmente puso su cuello en juego cuando trajo mi sable de luz al palacio de Praysh.
—Estoy de acuerdo -dijo Karrde-. Aunque, bastante extrañamente, ella no lo ve de esa forma en absoluto. Me contó que una vez que encontró tu sable de luz y comprendió que eras una Jedi, no tuvo ninguna duda en absoluto de que pudieras ocuparte con facilidad de las legiones de Praysh.
Mara hizo una mueca. Jedi...-¿Supongo que le quitaste esa idea?
—No realmente. En lo que a mí concierne, eres una Jedi en todo salvo en nombre.
No era tan simple, Mara lo sabía. No era tan simple ni por asomo. Pero tampoco era un asunto que quisiera tratar ahora mismo.
-¿Pudiste averiguar qué clase de recompensa podría interesarle? -preguntó en cambio-. Yo no pude hacer ningún avance en absoluto en ese asunto en nuestro camino de vuelta desde Torpris.
—Según ella, todo que siempre había querido era salir de esa degradante vida de basurera a la que le habían forzado -dijo Karrde-. No parece que tenga mucho futuro en habilidades comerciales, sin embargo, así que estaba pensando en ofrecerle un curso de estudio de operaciones de nave estelar en nuestro centro de entrenamiento de Quyste.
—Creo que eso le gustaría -asintió Mara-. Parecía fascinada con todo sobre la Apuesta Ganadora durante el vuelo.
—Bien -dijo Karrde-. Si demuestra ser lo suficientemente competente después de su entrenamiento, pensé que también vería si estaría interesada en unirse a la organización. -Sonrió-. Aunque si eso se calificaría como premio o como castigo es probablemente discutible en algunos círculos. -La sonrisa se desvaneció-. Realmente, me estaba preguntando si te encuentras en uno de esos círculos particulares en este momento.
Mara sintió como su labio se arqueaba.
-Encuentras caminos enrevesados para plantear estos asuntos, ¿no?
—Agrega variedad a la conversación -dijo-. Particularmente cuando el otro miembro de la discusión parece inclinado a eludir el problema.
Mara suspiró.
-No lo sé, Karrde. He estado sintiéndome... no sé. Presionada, supongo. Las responsabilidades últimamente han estado pesando cada vez más sobre mí, y esta cosa con Bardrin parece haber sacado todo a flote. En primer lugar, no me gusta el hecho de que nos capturara porque éramos contrabandistas y no podíamos ir a las autoridades a informar del secuestro de la tripulación del Salvaje Karrde. Y no me gusta realmente el hecho de que pudiera manipularme tan fácilmente amenazándolos de esa forma. -Ondeó el sable de luz-. Siento como si necesitara irme a alguna parte. A cualquier parte. Por lo menos durante algún tiempo.
—Lo entiendo -dijo Karrde en voz baja-. A veces es una responsabilidad aplastante. -Alzó una ceja-. Afortunadamente, como todos los buenos patrones, he previsto una posible solución. ¿Te gustaría montar un negocio por tu cuenta?
Mara frunció el ceño.
-¿Me estás echando?
—Oh, no -le aseguró Karrde-. Ciertamente no a menos que tú misma quieras irte. Estaba hablando de establecerte con tu propia pequeña compañía comercial durante algún tiempo. Una totalmente legítima, claro, lo que te ayudaría a mantener a los oportunistas como Ja Bardrin fuera de tu espalda. Tendrías una oportunidad para relajarte fuera de las perennes intrigas y quebraderos de cabeza de la franja, conseguir un poco de experiencia con la dirección del pequeño negocio, y posiblemente incluso ganar un poco más de respeto entre las altas narices de Coruscant.
—Eso último está bastante bajo en mi lista -dijo Mara, mirando ceñuda su sable de luz-. ¿Qué sacas tú de ello?
Karrde ondeó una mano casualmente.
-Oh, sólo la satisfacción de ayudar a una colega leal y de confianza. Y, claro, recuperar una lugarteniente más experimentada y relajada cuando vuelvas a la organización.
—¿Y si decido no regresar?
Un músculo en la mejilla de Karrde se tensó bruscamente.
-Odiaría perderte, Mara -dijo en voz baja-. Pero tampoco intentaría nunca aferrarme a ti si realmente no quieres quedarte. Así no es como hago las cosas.
Mara tocó su sable de luz. La libertad. La libertad real, genuina...
—Supongo que podría probarlo durante algún tiempo -dijo por fin-. ¿De dónde sacaríamos el dinero y los recursos para empezar?
—De Sansia Bardrin, claro -dijo Karrde-. Ella todavía está en deuda conmigo, después de todo. Y ahora que tiene un veto efectivo sobre las decisiones de negocio de la familia, su padre apenas puede hacer algo para bloquearlo.
Mara agitó incrédulamente su cabeza.
-Realmente habría esperado de ella que le hiciera mucho más que simplemente apoderarse de algunas de sus acciones -dijo-. Ciertamente, dado el modo como le miraba mientras salíamos.
—Son gente de negocios -señaló Karrde-. Ese es el aspecto de la guerra en esos círculos. Y claro, ya tienes una nave. La Apuesta Ganadora.
Mara parpadeó.
-Creí que era de la organización.
—Sansia te la dio a ti, no la organización -le recordó Karrde-. Y desde luego no irás a decir que no te la ganaste.
—No -murmuró Mara, con un sentimiento raro goteando a través de ella. Nunca había poseído una nave propia antes. Nunca. Incluso cuando era la Mano del Emperador, todas las naves y equipo que usó era suministros y propiedad Imperial. Su propia nave...
—De todos modos, empieza a pensar sobre qué quieres exactamente y podremos concretar los detalles más tarde -dijo Karrde, poniéndose de pie-. Ahora te dejaré volver a tus ejercicios. -Se dirigió hacia la puerta...
—¿Karrde? -La voz de Dankin se apoderó del intercomunicador de cuarto de ejercicio-. ¿Está usted allí?
—Sí -exclamó Karrde hacia el altavoz-. ¿Qué pasa?
—Tenemos una transmisión entrante de Luke Skywalker -dijo Dankin-. Informa que el ataque de la Nueva República a la fortaleza de Praysh ha terminado y todas las esclavas han sido rescatadas ilesas. Quiere agradecerle que le haya enviado los datos de la matriz de defensa, y discutir el pago por ello.
—Gracias -dijo Karrde-. Felicítelo, y dígale que ahora mismo voy.
El intercomunicador se apagó con un chasquido.
-¿Le enviaste los datos a Luke? -preguntó Mara. No parecía la clase de cosa en la que un maestro Jedi se involucraría personalmente.
—Pensé que él podría mover el tema más rápido que si yo tratase de hacerlo a través de la estructura de mando de la Nueva República -dijo Karrde—. Aparentemente, tenía razón.
—Debe ser terrible tener razón tan a menudo -murmuró Mara.
—Es una pesada carga -convino Karrde con una sonrisa-. Uno sólo tiene que aprender a vivir con ello. Te veré más tarde.
Él salió. Limpiando su cara de nuevo, Mara echó la toalla a un lado y encendió su sable de luz. Un nuevo trabajo -aunque sólo fuera temporal- y su propia nave. Su propia nave.
Aunque tendría que cambiarle el nombre, por supuesto. La Apuesta Ganadora sonaba más como algo que usarían Solo o Calrissian. No, ella necesitaba algo más personal, algo que le recordase lo que le había costado ganar la nave. El Látigo de Jade, quizás, o la Picadura de Jade.
No. Sonrió. El Fuego de Jade.
Activando el remoto de prácticas, sintiéndose más relajada de lo que había estado en semanas, se estableció en posición de combate y alzó su sable de luz. Sí, esto iba a ser interesante. Muy interesante, de hecho...

martes, 16 de diciembre de 2008

Solitario de Jade (X)

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Los guardias que pudieron verse en el exterior de la mansión de Bardrin durante la primera visita de Mara no se veían por ninguna parte cuando ella y Sansia estacionaron su deslizador terrestre y se dirigieron al interior.
Y, como pudo comprobar, era por un buen motivo.
—Bienvenida, Mara -dijo Karrde, levantándose de su silla junto al gigantesco escritorio de Bardrin cuando Mara y Sansia entraron. Estaba sonriendo, pero Mara podía darse cuenta de la ira helada que estaba a punto de estallar bajo la expresión placentera-. Justo a tiempo, como siempre. Acabamos de asegurar la mansión, y estaba a punto de empezar a reunir una fuerza de ataque para ir en tu busca. -Hizo una media reverencia a Sansia-. Usted debe ser Sansia Bardrin. Bienvenida a casa, usted también.
—Gracias -dijo Sansia, devolviendo el gesto-. Estoy impresionada; la gente que diseñó esta pequeña fortaleza para mi padre aseguraba que sería imposible para cualquiera tomarla. No intacta, al menos.
—Tuve cierta ayuda profesional. -Karrde miraba a Bardrin, sentado en malhumorado silencio detrás de su escritorio-. Así como considerable motivación. Puede que más tarde quiera explicar a su padre que jugar con mi gente de esta manera no es forma de mantener una vida larga y saludable.
—No se preocupe -prometió oscuramente Sansia-. Él y yo tenemos mucho de lo que hablar. Empezando con su buena disposición para dejar que me pudriera en los pozos de limo de Praysh con tal de que se le devolviera su preciosa Apuesta Ganadora.
—No habrías estado allí más de seis horas más -retumbó Bardrin-. Ya tenía un equipo congregado para ir en tu busca.
—¿A través de las defensas exteriores de Praysh? -resopló Sansia-. Los habrían cortado en tiras incluso antes de que tocasen la atmósfera.
Mara aclaró su garganta.
-Realmente, creo que se dará cuenta de que es aún más retorcido de lo que pensaba -dijo, alcanzando con la Fuerza la mente de Bardrin. Ahora tenía la mayoría de las piezas, pero sus reacciones emocionales le ayudarían a confirmar si las estaba uniendo en el orden correcto-. Creo que él lo preparó todo deliberadamente para que fuera capturada por esos piratas, sabiendo que ellos la enviarían a usted y a la Apuesta Ganadora directamente a Praysh.
Sansia le frunció el ceño.
-No puede hablar en serio. ¿Qué ganaría con eso?
Mara sonrió estrechamente a Bardrin.
-Algunos prototipos de alta tecnología completamente nuevos que Praysh robó de la Corporación Uoti.
La expresión de Bardrin permanecía sólidamente bajo control, pero su culpable crispación mental era toda la confirmación que Mara necesitaba.
-No sé de qué está hablando -gruñó.
—Pero continúa de todos modos -invitó Karrde, con una sonrisa furtiva asomando en sus labios. Mara sabía que había estado con él el tiempo suficiente para que él pudiera reconocer que nunca usaba ese tono de voz cuando simplemente estaba elucubrando-. Esto es muy interesante.
Mara miraba a Sansia.
-Usted recordará que Praysh mencionó que había pasado sólo una semana desde el robo de Uoti. Su padre oyó hablar de ello y decidió robárselo antes de que Uoti pudiera organizarse para recuperarlo ellos mismos. Sabía que cuando los piratas la entregaran a usted a Praysh, también le darían la Apuesta Ganadora; y por eso aparejó ese fantástico sistema de puntería del que me habló para hacer una grabación de sensores completa de la matriz de defensa de Praysh en el vuelo de ida.
La cara de Sansia se había vuelto de piedra vidriada.
-¿Por qué, especie de nerf hinchado, manipulador y sin corazón? -exclamó, con los ojos fijos en la cara de su padre como turboláseres gemelos-. Me enviaste deliberadamente a esa...
-Creí que alguien con las habilidades de Jade tendría más oportunidades de conseguirlo sola -le cortó bruscamente Bardrin-. Y ella tendría una ocasión más fácil de alcanzar la Apuesta Ganadora desde la cámara de audiencias de Praysh en lugar del cuarto de las esclavas, por eso envié ese mensaje anónimo sugiriéndole que avisase al Mrahash de Kvabja sobre el globo flotador. Una vez que tuviéramos la Apuesta Ganadora podríamos analizar la formación de defensa exterior de Praysh, nuestras tropas privadas podrían entrar con facilidad, rescatarte, y destruir la operación de Praysh de un solo golpe.
—¿Y los prototipos de Uoti?
Bardrin se encogió de hombros.
-Una pequeña paga extraordinaria. Una recompensa, si prefieres, por nuestra conciencia cívica eliminando un esclavista particularmente nocivo. Somos gente de negocios, Sansia. -Miró a Karrde significativamente-. Y te enseñé mejor que para dar salida a las disputas comerciales delante de extraños.
—Sí, ciertamente lo hiciste. -Sansia tomó una respiración profunda; entonces se volvió para mirar a Mara-. Sea lo que sea que él prometió pagarle, usted merece más. Diga su precio.
Mara miró a Bardrin fríamente.
-No puede permitirse pagar todo lo que me ha hecho pasar -dijo-. Pero me conformaría con una copia del registro de rastreo de la Apuesta Ganadora. Hay un poco de seria justicia que pienso hacer llover sobre la cabeza de Praysh, y no creo que quiero confiar en su padre para que lo haga por mí. Con conciencia cívica o sin ella.
Sansia arrojó una sonrisa maliciosa a Bardrin.
-Haré algo mejor que eso. Llévese la nave entera.
—¿Qué? -Bardrin se puso en pie de un salto, ajeno al bláster que había aparecido de repente en la mano de Karrde-. Sansia, no vas a dar mi nave a estos... estos...
Echó saliva al parar de hablar. Sansia permaneció en silencio un par de instantes, y luego volvió a mirar a Mara.
-Ya sabe los códigos de acceso y operación -continuó como si su padre no hubiera hablado-. Es una buena nave. Disfrútela.
—Gracias -dijo Mara-. Lo haré.
—También está la cuestión de mi cuota -dijo Karrde.
—¿De qué está hablando? -preguntó Bardrin-. Ella ya ha dado a Jade más de lo que...
—Yo no estoy hablando del pago por el rescate de su hija -le cortó fríamente Karrde-. Estoy refiriéndome a mi cuota por no matarlo ahora mismo por secuestrar a mi tripulación. -Miró a Sansia-. A menos que usted prefiera no hacer semejante trato, claro. Ciertamente puedo cobrar mi cuota en sangre si usted lo prefiere.
—Es tentador -admitió Sansia-. Pero no, me ocuparé de mi querido papá a mi propio modo. -Puso una fina sonrisa-. Fuera de la vista de extraños. ¿Qué clase de pago quiere?
—Pensaremos en algo más tarde -le dijo Karrde, guardando su bláster-. Me mantendré en contacto. Venga, Mara. Es hora de volver al aire libre de nuevo.
Dejaron la sala y avanzaron a través de la mansión extrañamente abandonada; y fue sólo mientras descendían la escalera final hacia el vestíbulo cuando el anterior comentario de Karrde sobre haber tenido ayuda profesional finalmente se aclaró. Acechando en la sombra de un pilar de apoyo tallado dónde podía cubrir tanto la escalera como la puerta había una silueta que recordaba demasiado bien.
—Reclamé unos cuantos favores a la Consejera Organa Solo -murmuró Karrde como explicación a su lado-. Era un negocio muy ventajoso.
—Sí -dijo Mara, estremeciéndose involuntariamente cuando rebasaron al guerrero noghri y se dirigieron abajo por la escalera-. Apostaría a que lo fue.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Solitario de Jade (IX)

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Con Sansia todavía padeciendo la parálisis muscular parcial producida por el látigo neurónico, su progreso por la escalera y a lo largo de los corredores pedregosos fue decididamente lento. Mara dejó que la otra mujer se apoyara en ella mientras caminaban, con los guardias a su alrededor vigilándolas con el ceño fruncido durante todo el camino. Varias veces Mara pidió su ayuda para llevar a la mujer herida, peticiones que fueron ignoradas.
Que era, claro, precisamente la respuesta -o la ausencia de ella- que se esperaba. Con la tarea de sostener a Sansia recayendo totalmente en ella, pudo ajustar los tiempos y retrasar su llegada a la cámara de audiencias de Praysh hasta que Sansia se recuperase lo más posible de su dura prueba. Después de todo, cualquier intento de escapar que pudieran llevar a cabo se simplificaría considerablemente si cada una era capaz de correr por sí misma.
Quedó rápidamente claro, sin embargo, que Praysh no tenía ninguna intención de facilitarles ningún intento de ese tipo. Por el número de drach'nam alineados contra las paredes o que permanecían de pie en un anillo protector alrededor del trono de Praysh, parecía que Su Primera Grandeza tenía la mitad su guarnición allí.
-Parece que esté celebrando una fiesta -comentó Mara cuando ella y Sansia fueron conducidas a menos de un par de metros del anillo interno de guardias-. ¿Tanto miedo tiene de nosotras?
—Oh, los guardias están aquí meramente en espera de que les des una excusa para vengar lo que les hiciste a Brok y Czic fuera del cuarto de las esclavas -dijo Praysh desenvueltamente-. Me pica la curiosidad: ¿dónde obtuviste el ácido con el que les rociaste en las caras?
—Tomé prestados los ingredientes de su dispensario farmacéutico -le dijo Mara. No tenía sentido esquivar la pregunta; si no habían notado los robos todavía, lo habrían hecho bastante pronto-. Es simplemente una cuestión de saber qué productos hay que mezclar.
—Interesante -dijo Praysh, recostándose en su trono y observando a Mara con una mezcla de curiosidad y suspicacia-. Difícilmente la clase de conocimientos que tendría una esclava enviada por el Mrahash de Kvabja. -Se encogió teatralmente de hombros-. Pero, por supuesto, este comentario es irrelevante, ¿no? Dado que no te ha enviado el Mrahash de Kvabja.
Mara sintió un nudo en la garganta. Bardrin le había asegurado que el Mrahash estaba actualmente fuera del sector, y que había ningún modo de que Praysh pudiera comprobar su tapadera.
-Por supuesto que me envió él -dijo, desplegándose hacia la mente del alienígena, intentando deducir si esto era un farol de algún tipo.
—Ahórrame tus mentiras -dijo Praysh, con voz repentinamente áspera. Y no, no había ningún engaño en sus pensamientos-. Tengo una comunicación del propio Mrahash, diciendo que nunca ha oído hablar de ti. De hecho, estaba a punto de enviar a alguien a por ti cuando llevaste a cabo tu lamentable intento de fuga.
—Ya le dije que papá intentaría obligarle a escapar sin mí -murmuró Sansia.
Un látigo crujió desde un costado, y Sansia se agitó espasmódicamente, respirando bruscamente por el dolor. Mara la miró, vio el brillante reguero de sangre que cruzaba su mejilla.
-Si tienes algo que decir, me lo dirás a mí -dijo Praysh fríamente-. Y tú empezarás contándome quién eres y por qué exactamente estás aquí.
—¿Y si no lo hago? -preguntó Mara.
La mirada de Praysh pasó a Sansia.
-Empezaremos la persuasión con tu amiga aquí presente. No creo que quieras oír los detalles.
Mara echó una mirada alrededor del cuarto, buscando una grieta -cualquier grieta- en las defensas de Praysh. Pero no había ninguna. Lo único que podía hacer ahora era negarse a hablar y esperar que hubiera menos guardias con los que enfrentarse en la cámara de tortura a la que les llevasen a Sansia y a ella.
A menos que no planeasen dejarle mirar. O, aún peor, que le dejasen mirar, pero desde un monitor en una ubicación completamente diferente. Eso significaría dejar a Sansia a merced de sus cuchillos...
A un cuarto de la longitud de la sala de distancia, uno de los guardias junto a la puerta de entrada principal de la cámara caminó abruptamente hacia adelante, con un comunicador en su mano.
-Su Primera Grandeza, si me permite unas palabras -exclamó hacia el trono-, acabo de recibir un aviso de que hay una nueva evidencia sobre quién es esta espía.
—Excelente -dijo Praysh, girando su trono para colocarse mirando a esa dirección-. Tráigamela.
El guardia habló por el comunicador, y la puerta se abrió para revelar a dos drach'nam más y a H'sishi, la basurera togoriana que Mara se había encontrado brevemente fuera de los muros del palacio. H'sishi sujetaba en sus manos una sección del cilindro del embalaje en el que había estado el globo flotador de Bardrin.
La sección en la que había estado oculto el sable de luz de Mara.
Mara apretó fuertemente los puños mientras el trío avanzaba hacia el trono a través de los guardias congregados. Cualquier oportunidad que ella y Sansia pudieran tener de escapar iba a depender claramente del hecho de que Praysh desconocía sus habilidades de la Fuerza. Si H'sishi le mostraba el sable de luz, esa ventaja se desvanecería en ese mismo instante. Tenía que hacer su movimiento antes de que eso ocurriera.
Pero todavía no había ninguna oportunidad. Un drach'nam a cada lado, más de ellos llenando la sala, la sección de cilindro de embalaje demasiado lejos para poder romper el forro interno y extraer el sable de luz...
—¿Quién es esta? -preguntó Praysh.
—Una basurera de la calle -dijo uno de los guardias-. Ésta es una sección del cilindro del embalaje en el que la humana trajo su regalo.
Extendió la mano para tomar la sección del cilindro de H'sishi...
La togoriana lo puso fuera de su alcance.
[Soy yo quien debe mostrarlo], siseó. [Mi descubrimiento. Mi recompensa.]
—Déjele que lo traiga -dijo Praysh, gesticulando con impaciencia-. Muéstrame esta supuesta evidencia.
Deliberadamente, pensó Mara, H'sishi examinaba a las dos mujeres. Entonces, caminando a través del anillo interno de guardias, sostuvo la sección del cilindro delante de Praysh.
[Aquí puede verlo], dijo, señalando con una garra al fondo. [Es el sello de marca de la Corporación Uoti.]
—¿Qué? -murmuró Sansia mientras Praysh se inclinaba para mirar más de cerca, y Mara pudo darse cuenta de su súbita confusión y sospecha. Si su supuesta rescatadora realmente fuera de sus competidores Uoti en lugar de su padre...
—Silencio -respondió Mara con otro murmullo, frunciendo el ceño en un poco de confusión propia. No había habido ningún sello de marca en el cilindro; se había asegurado de eso. ¿La togoriana había mezclado su cilindro con algún otro pedazo de basura?
—Ése es realmente el símbolo de Uoti -convino Praysh, tomando la sección de H'sishi y volviendo su mirada de nuevo hacia Mara-. Así que de eso se trata todo, ¿no? Uoti quiere recuperar sus nuevos juguetes.
Mara no contestó, con los ojos fijos en H'sishi mientras intentaba deducir qué estaba pasando. Pero la expresión de la togoriana era totalmente ilegible.
—Sí, eso debe ser -decidió Praysh-. Y supongo que debía de haber esperado esto. Debo felicitarla por su velocidad y su eficacia localizándome. Ha pasado... ¿cuánto? ¿Sólo una semana desde esa adquisición en particular?
—Aún puede que la eficacia sea sólo una ilusión, Su Primera Grandeza -dijo uno de los drach'nam, mirando suspicazmente a H'sishi-. Recuerde que todos los embalajes de la adquisición a Uoti se arrojaron de igual modo a los basureros. Esta alienígena podría haber obtenido uno de los sellos de marca y haberlo transferido a este cilindro.
—No -le dijo Praysh-. El sello tiene el borde adecuadamente tallado en el metal a su alrededor. Es genuino.
Envío a Mara una sonrisa que hizo que un escalofrío bajara involuntariamente por su espalda.
-¿Además, por qué otro motivo habría venido deliberadamente una guerrera de tal habilidad a caer en mis manos como lo ha hecho ella?
Mara volvió a mirar a H'sishi. La togoriana estaba ahora mirándola fijamente, y cuando sus ojos se encontraron, alzó una mano para frotar casualmente su cuello, sacando las uñas un poco más allá de los extremos de sus dedos al hacerlo. ¿Estaba intentando mostrar a Mara cómo había falsificado el grabado del borde? ¿O había algún otro mensaje allí?
Y de repente, Mara lo comprendió.
—No sé qué tipo de truco se supone que es este, Su Primera Grandeza -exclamó, poniendo un tono de desdén en su voz-. Pero es uno bastante débil. Puedo decir desde aquí que eso no es parte del cilindro que traje.
La cara de Praysh se oscureció.
¿Realmente puede? -retumbó-. Qué ojos tan notablemente buenos. O qué memoria tan notablemente lamentable. Quizás esa memoria necesite un poco de estímulo.
[Quizás un vistazo desde más cerca le ayudaría, Su Primera Grandeza], sugirió H'sishi.
—No lo creo -escupió Praysh-. Los juegos preliminares han terminado. Ella se niega a jugar. -Miró a Mara-. Es su última oportunidad, guerrera, de hacerlo de la manera fácil.
H'sishi miró a Mara, y su expresión parecía súbitamente herida. Mara alzó sus cejas, asintiendo ligeramente hacia el cilindro...
[¿Puedo recuperar la sección del cilindro, Su Primera Grandeza?], preguntó la togoriana.
—Cuando acabe con él -dijo brevemente Praysh, con su atención todavía en Mara-. ¿No? Muy bien, entonces. Guardias...
Y abruptamente, H'sishi brincó al trono frente a él. Acuchillando con sus garras las caras de los dos guardaespaldas que flanqueaban Praysh, le arrebató la sección del cilindro de sus manos, le golpeó con ella en la cabeza lo suficientemente fuerte para aturdirlo, e introdujo su mano en el forro interno. Sobre el rugido de bramidos de múltiples drach'nam pudo oírse el chirrido de metal al rasgarse; y justo cuando el anillo interno de guardias localizó a H'sishi y se arrojó sobre ella, ella agitó su muñeca sobre sus cabezas...
Y el sable de luz de Mara fue girando por el cuarto hacia ella.
Alguien lanzó un grito de advertencia; pero ya era demasiado tarde. Mara sostuvo el arma con un férreo agarre de Fuerza, tirando de ella a través de las manos de los drach'nam que intentaban atraparla en el aire.
-¡Abajo! -ladró a Sansia cuando atrapó y encendió el arma, reduciendo a los dos guardias que la flanqueaban en el mismo movimiento.
Y la cámara de audiencias entera se derrumbó en el pandemónium.
Los drach'nam más cercanos, demasiado cerca para usar sus látigos contra ella, intentaron en su lugar tomar sus cuchillos. Murieron sosteniéndolos. Los más lejanos vivieron un poco más, pero no mucho. Sin tiempo de organizarse, demasiado juntos para el uso eficaz de sus látigos, y enfrentándose a un arma que podía cortar con facilidad las trallas, no tenían ninguna oportunidad en absoluto. Mara acuchilló a través de sus líneas como una segadora, sembrando el suelo rocoso tras ella con sus cuerpos, una niebla de furia virtuosa nublando su visión. Justo castigo por Sansia y las otras mujeres degradadas en los hoyos de esclavas; justo castigo por piratería y robo y asesinato a sangre fría; justo castigo por el peligro en el que ponían a la tripulación del Salvaje Karrde...
Y de repente, o eso parecía, todo terminó.
Estaba de pie en el medio de la sala, sosteniendo en alto el sable de luz, respirando duramente por el esfuerzo. A su alrededor había montones de cuerpos de drach'nam...
[Jamás lo habría creído.]
Mara se giró. H'sishi se apretaba contra la pared detrás del trono, mirando fijamente a Mara con una expresión de aturdida incredulidad, con una media docena de heridas rezumantes esparcidas por el pelaje enmarañado de su cara y torso.
-¿Está herida de gravedad? -exclamó Mara, cruzando el cuarto hacia ella. Ninguna de las lesiones parecía seria, pero no estaba lo suficientemente familiarizada con la fisiología togoriana para saberlo con seguridad.
[No realmente], le aseguró H'sishi. [Perdieron muy rápidamente el interés en mí.]
—Suerte para mí que lo hicieron -dijo Mara gravemente, concentrándose en la pared falsa detrás de H'sishi, la pared que contenía los dos puertos bláster ocultos que había descubierto en su primera estancia en la cámara.
Sólo que ahora había un segundo agujero, del tamaño de una hoja de cuchillo, justo debajo de cada uno de los puertos. Y sujeto en la mano de H'sishi estaba el cuchillo drach'nam que encajaba en esos agujeros, con la hoja manchada del rosa pálido de la sangre drach'nam.
—Gracias -dijo Mara, gesticulando hacia la pared-. Me preguntaba por qué nunca llegaron a dispararme.
[Nunca tuvieron tiempo], dijo simplemente H'sishi.
—Ya lo veo. Gracias. ¿Qué pasa con Praysh?
[Creo que escapó], dijo H'sishi. [Junto con muchos de sus guardias. Pero debemos darnos prisa; su compañera ya se ha ido.]
—¿Qué? -preguntó Mara, echando de nuevo una mirada alrededor. Sansia se había ido, de acuerdo. ¿La atrapó Praysh?
[No, salió sola, por esa puerta], señaló H'sishi.
Dirigiéndose hacia su nave, sin duda, todo preparado para irse y dejar a Mara y H'sishi abandonadas allí.
-Maldición -gruñó Mara-. Vamos.
Los corredores, no era ninguna sorpresa, estaban desiertos. Mara lideró el camino, sable de luz en mano, riñéndose silenciosamente por no esperar desde el principio una puñalada por la espalda en el último minuto como esta. De tal palo, tal astilla...
Y entonces, casi antes de que estuviera lista para ello, empujaron la una última puerta y tropezaron con un patio abierto lleno de yates, cargueros pequeños, y filas de letales cazas estelares de alas radiadas. A mitad del camino por el patio, una única nave acababa de elevarse por el aire.
Un yate de lujo SoroSuub 3000.
[¿Es ella?], preguntó H'sishi.
—Sí -dijo Mara agriamente. De tal palo, tal astilla, desde luego.
Pero ahora no había tiempo para permitirse el lujo de enojarse.
-Será mejor que encontremos un medio de escapar de aquí antes de que Praysh consiga organizar lo que quede de sus matones -le dijo a H'sishi-. Veamos si alguna de estas otras naves está abierta...
Hizo una pausa, frunciendo el ceño. El yate, contrariamente a sus expectativas, no estaba dirigiéndose hacia el cielo tan rápido como Sansia podía haberlo hecho. En cambio, había maniobrado con los repulsores hasta colocarse en una posición flotando unos metros por encima del centro del patio.
Y mientras Mara se preguntaba qué demonios estaba haciendo Sansia, un par de disparos de turboláser surgieron de la parte inferior de la embarcación hacia uno de los cazas estelares estacionados, volándolo en una violenta bola de fuego amarillo.
H'sishi gruñó algo que Mara no pudo entender por encima del rugido de las llamas. Todavía disparando, el yate giró lentamente en un círculo, convirtiendo metódicamente el resto de las potenciales naves de persecución de Praysh en trozos de metal. Entonces, maniobrando hacia dónde Mara y H'sishi permanecían de pie, se posó de nuevo en el suelo y la compuerta se abrió.
-Creí que nunca llegarían, ustedes dos -exclamó con impaciencia la voz de Sansia desde el puente-. Vamos, salgamos de aquí.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Solitario de Jade (VIII)

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El dormitorio-comedor-baño comunal del que Sansia había hablado estaba justo al otro lado del corredor de los hoyos del limo. Y era realmente tan desagradable como su tono le había hecho esperar a Mara. Alrededor de la mitad de las mujeres había terminado su limpieza cuando Mara llegó, dejando el líquido de los abrevaderos asemejándose más a una versión más fluida del limo que a cualquier cosa que se pareciera al agua. Mara se unió a la muchedumbre de mujeres que esperaban su turno, y bajo la cobertura de los cuerpos que se apretaban a su alrededor, extrajo las redomas de su traje de salto y comprobó que realmente contenían los productos químicos que quería. Una vez más, el entrenamiento exhaustivo en sabotajes que el Emperador le había dado hace tanto tiempo iba a resultar útil.
—Creí que estaba bromeando sobre eso de ir a recoger algunas cosas. -La voz de Sansia vino suavemente de detrás de su hombro, demasiado baja para que la oyera cualquiera de las otras mujeres a su alrededor-. ¿Dónde ha conseguido esto?
—El armario de suministros del médico -le dijo Mara, concentrándose en la tarea de verter la primera redoma en uno de los botellines, sosteniendo ambos a la altura de su cintura dónde la actividad estaría oculta a ojos entrometidos.
Sansia carraspeó.
-Supongo que es demasiado tarde para mencionar esto, pero el establecimiento médico probablemente también tenga cámaras de vigilancia.
—Lo sé -dijo Mara-. No se preocupe, me he encargado de eso. Tenga, sostenga esto.
Le pasó la redoma vacía y el botellín lleno, echando un rápido vistazo a Sansia al hacerlo. A pesar de los esfuerzos de la otra mujer por limpiarse, su cabello y su ropa todavía estaban terriblemente rayados y manchados con el limo en el que se había pasado el día. Fueran cuales fuesen las razones de Praysh para odiar a las hembras humanas, decidió oscuramente Mara, había llevado su campaña de degradación al extremo.
—Creí que no iba a regresar -dijo Sansia, con un tono de voz algo raro mientras Mara comenzó a llenar el segundo botellín con una de sus otras redomas-. Me alegro de haberme equivocado.
—Estoy acostumbrada a que me subestimen -le aseguró Mara-. ¿Cree que podrá encontrar el camino a donde guardan su nave?
—Como si fuera el camino de vuelta a casa desde un campo de ejecución -dijo Sansia con sentimiento.
—Bueno. Descríbame la ruta.
Incluso sin mirar podía darse cuenta de la súbita tensión en la mente y el cuerpo de Sansia.
-¿Por qué necesita saberla? -preguntó cautelosamente la otra mujer-. Vamos a estar juntas, ¿no?
—Podríamos separarnos -señaló Mara pacientemente-. O usted podría herirse o incapacitarse de algún otro modo. No quiero tener que cargar con usted y encontrar el camino al mismo tiempo.
Hubo una corta pausa.
-Supongo que eso tiene sentido -concedió al fin Sansia, renuentemente-. Bien. Sale por esa puerta de ahí y gira a la derecha...
Repasó la ruta entera, describiendo cada giro e intersección con gran precisión. Claramente, la mujer tenía ojo para los detalles. Cuando terminó, el segundo botellín estaba lleno.
Y ellas estaban preparadas.
-Bien -dijo Mara, dándole a Sansia la segunda redoma vacía y recuperando de ella el botellín lleno-. Deshágase de las vacías en alguna parte fuera de la vista y luego acérquese a la puerta. ¿Alguna vez han tenido simulacros de incendio aquí?
Sansia parpadeó.
-No desde que yo llegué, no.
—Bueno, pues van a tener uno ahora -dijo Mara-. Cuando los drach'nam vengan corriendo, asegúrese de que no le arrollen. En todo caso, simplemente espere junto a la puerta hasta que yo venga por usted.
—Entendido. -Sansia tomó una respiración profunda-. Buena suerte.
Se alejó de Mara, deslizándose cautelosamente a través de la multitud de mujeres todavía cubiertas de limo. Mara se quedó con la muchedumbre, avanzando lentamente, cuando se abrían espacios, hacia el abrevadero, mientras realizaba mentalmente una lenta cuenta atrás y preguntándose si podía arriesgarse a limpiarse un poco antes de que llevaran a cabo su fuga. Probablemente le daría tiempo, decidió renuentemente. El bith notaría las redomas desaparecidas en cuanto mirase en el armario de suministros, y probablemente sería tan rápido en informar de la pérdida como lo había sido en retirar el limo de la cámara de vigilancia.
La última mujer delante de ella se marchó, y Mara estaba finalmente en posición. Dando una palmada a su última redoma llena, avanzó al abrevadero, y, con un suave movimiento de su brazo, vertió su contenido en el repugnante agua.
Y con un siseo enfadado, el abrevadero hizo erupción abruptamente con una llama chirriante y una nube de humo amarillo.
Hubo una media docena de gritos penetrantes cuando mujeres cuyas mentes habían sistemáticamente reducidas a un estado casi catatónico se despertaron lo suficiente para huir de este súbito e inexplicable peligro. El humo continuó ondulando, y al cabo de unos segundos era imposible ver a través de la sala. Había más gritos y chillos, el ruido sordo de pies y cuerpos colisionando, cuando un súbito pánico invadió a mujeres que casi habían perdido la habilidad de sentir emociones de cualquier clase. No había adonde ir, dónde esconderse, y todas ellas lo sabían.
Los guardias de Praysh reaccionaron más rápido de lo que Mara había esperado. Apenas estaba a mitad de camino a la puerta, abriéndose camino a través del caos, cuando el pesado panel se abrió de golpe y una docena de drach'nam irrumpieron en la sala. Mara alcanzó a vislumbrar pesados extintores cuando la sobrepasaron en su camino al humeante abrevadero...
Y entonces ella llegó a la puerta, y Sansia estaba a su lado.
—¿Qué ha hecho? -siseó la otra mujer.
—Sólo un poco de diversión química -dijo Mara, asomándose a través del humo por la puerta. No todos los guardias habían acudido al rescate de las preciosas obreras esclavas de Praysh: dos de ellos estaban bloqueando el corredor justo fuera de la sala, sosteniendo los látigos neurónicos listos para cualquier intento de las esclavas de aprovecharse de la confusión.
—Quédese detrás de mí -agregó, tomando un botellín en cada mano y saliendo por la puerta.
Uno de los guardias resopló ante esa delgada hembra humana que aparentemente los desafiaba.
-¿Dónde crees que...?
Nunca consiguió terminar su pregunta. Levantando sus manos, Mara apretó uno de los botellines, lanzando un chorro de líquido a las caras de ambos guardias. Ellos escupieron, inclinándose mientras intentaban ponerse fuera del alcance del fluido que les estaba salpicando. Cruzando sus muñecas, Mara cambió el objetivo y dio a la cara de cada guardia una dosis de la otra botella...
Y con aullidos que agitaron el corredor, ambos drach'nam dejaron caer sus látigos y se tambalearon, cayendo ante las mujeres, cubriéndose la cara con las manos.
—Vamos -exclamó Mara a Sansia. Agachándose entre los drach'nam, tomó uno de los látigos caídos y se lanzó en una loca carrera por el corredor.
Alcanzó una intersección de pasillos justo cuando apareció por ella otro par de drach'nam. Boquiabiertos, intentaron agarrar sus látigos, pero antes de que pudieran colocarlos en posición, la tralla de Mara serpenteó, envolviendo sus dos cuellos. Bramaron casi tan ruidosamente como el anterior par mientras caían al suelo de piedra en un revoltijo de brazos y piernas. Mara tomó un látigo de reemplazo de una de sus manos, y continuó avanzando.
—Por aquí -llamó Sansia, que ahora abría el camino-. En el próximo corredor giramos a la derecha subiendo las escaleras...
—¡Deténganlas! -bramó una voz a su espalda. Mara miró por encima de su hombro, sus sentidos hormigueando con el súbito peligro...
Y delante de ella, Sansia gritó.
Mara se giró, su látigo ya en movimiento. Dos drach'nam, emboscados en puertas en los lados opuestos del corredor, habían aparecido, envolviendo con sus látigos a una Sansia que ahora se agitaba violentamente.
Mara chasqueó su látigo al atacante de la izquierda, dándole un fuerte golpe en el hombro y en la espalda mientras se agachaba. Gruñó brevemente alguna palabrota mientras la corriente pasaba a través de él, pero él consiguió mantener el agarre de su propio látigo. Mara volvió a pasar la tralla por encima de su hombro y la envió hacia el otro drach'nam...
Y entonces, sin previo aviso, el arma pareció atrapar abruptamente algo en mitad del aire, y la súbita pérdida de impulso casi la arranca de su mano. Un movimiento en lo alto llamó su atención, y alzó la vista.
Para ver que el techo rocoso sobre ella se había desvanecido, reemplazado por un bosque de gruesas espinas llenas de púas que apuntaban hacia ella. Su látigo colgaba de ellas, desesperadamente enredado entre las púas.
—Humana estúpida -ronroneó la voz de Praysh desde algún altavoz oculto en medio del bosquecillo-. ¿No habrías pensado realmente que yo confiaría únicamente en látigos neurónicos y músculos drach'nam para mantener a raya a mis esclavas, no?
Mara lo ignoró, dirigiéndose hacia los dos guardias que todavía sujetaban a Sansia entre ellos. Con sus látigos bloqueados a su alrededor, sólo les quedaban sus cuchillos...
—Alto -ordenó Praysh, abandonando toda suavidad en su voz-. No tengo ningún interés particular en matarte, humana, pero lo haré si me obligas.
Mara siguió avanzando. Ambos guardias tenían ahora fuera sus cuchillos, y los habían girado para apuntarlos a la humana suicida que corría hacia su muerte. Mara alcanzó las hojas con la Fuerza, preparándose para apartarlas a un lado justo en el momento correcto...
Y entonces, detrás de sus dos oponentes, el corredor estaba de repente llenándose de drach'nam.
Mara se detuvo reticentemente, con el agrio sabor de la derrota en su boca. Con habilidades de la Fuerza o sin ellas. Con entrenamiento de combate imperial o sin él, no había modo de que pudiera encargarse de la guarnición entera ella sola. No ahí, no entonces.
-Me gustaría llegar a un acuerdo -exclamó hacia el techo.
—Estoy seguro de ello -dijo Praysh, ronroneando de nuevo-. Guardias: suelten a la segunda mujer y tráiganlas a ambas a mi cámara de audiencias. Tengo algunas preguntas que hacerle a nuestra pequeña luchadora harapienta.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Solitario de Jade (VII)

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Después de la oscuridad de los demás lugares de la fortaleza, el establecimiento médico era bastante sorprendente: brillante, limpio, y razonablemente bien equipado, con un suelo azulejado e incluso algunas secciones de paneles de madera. Y la razón para el cambio en la decoración fue inmediatamente obvia: el médico no era un drach'nam.
—Siéntese -dijo un bith de aspecto cansado con una bata médica ligeramente desaliñada, acercándose alrededor de un escritorio y señalándoles a la única mesa de tratamiento del cuarto. Su tono era rápido, pero su cara y sus manos traicionaban el estado de nerviosismo que Mara sospechaba que probablemente era una condición común entre los no drach'nam bajo las órdenes de Praysh-. ¿Dónde está la crisálida?
El guardia de la izquierda alzó el brazo de Mara.
-Está justo... oh, pustina. ¡Ha desaparecido!
—Se debe de haber caído -dijo el bith, mostrando de repente una gran tensión en su voz. Sus ojos echaron un vistazo culpable hacia la pared a la izquierda-. Vosotros dos, será mejor que vayáis a ver si podéis encontrarla.
Los dos guardias no discutieron, sino que volvieron inmediatamente al corredor.
-¿Notó cómo se caía? -preguntó el bith, girando el brazo de Mara y empezando a limpiar el limo residual.
—No, no lo noté -dijo Mara, poniendo algunos gemidos de miedo en su voz mientras miraba más allá de la gran cabeza del médico. A través de una puerta abierta al fondo del cuarto del tratamiento podía ver un gran armario de suministros. Estirándose con la Fuerza, permitió que el transpariacero las puertas del armario se abrieran unos milímetros. Las etiquetas de las redomas estaban demasiado lejos para leerlas, pero si los colores y las formas de las botellas seguían los estándares farmacéuticos convencionales de la Nueva República, las tres que estaba buscando estaban allí. Alzando una de las redomas fuera de su estante, la dejó resbalar rápidamente por la pared hasta el suelo. No había modo de saber dónde estaba colocada la cámara de vigilancia, pero ella tampoco podía hacer nada al respecto desde donde estaba. Sólo podía esperar que el súbito movimiento de la botella no fuera advertido por quienquiera que Su Primera Grandeza tuviera supervisando las pantallas de vigilancia. Consiguiendo un asimiento en la segunda botella, la bajó al suelo junto a la primera...
—Qué raro -dijo el bith. Ya había limpiado esa sección de su brazo y estaba observando las dos marcas de perforación que ella había hecho con el cuchillo del guardia-. Esto no parecen mordeduras de palpos krizar en absoluto. ¿Está segura de que eso fue lo que le agarró?
—No lo sé -gimió Mara, moviendo la última de las tres redomas al suelo y enganchando entonces un par de botellines pequeños y agregándolos a su colección-. Todo lo que sé es que dolió. Dolió mucho.
Pudo darse cuenta de la simpatía y la frustración del bith.
-Sí, lo sé -murmuró-. No es una vida fácil para ustedes aquí abajo.
—No -dijo, medio sollozando mientras movía sus trofeos por el suelo hacia la puerta del cuarto de examen. Se suponía que quienquiera que estuviera a cargo de la vigilancia podría razonablemente ignorar un cuarto de suministros vacío, pero un cuarto ocupado por una esclava humana y un médico bith era completamente otra cuestión. Tenía que encontrar la cámara de vigilancia de allí antes de que pudiera atraer las botellas el resto del camino.
—¡Auh! -gimió de repente, intentando retirar su brazo izquierdo del agarre del bith mientras estudiaba la pared a la que él había mirado rápidamente antes. La cámara, claramente diseñada para estar oculta, era bastante obvia para alguien con el entrenamiento y la experiencia de Mara: una lente pequeña que se hacía pasar por un nudo en el panelado de madera.
—Lo siento -dijo el bith, y ella pudo percibir su mezcla de preocupación y perplejidad mientras soltaba inmediatamente su brazo-. No debía haber nada que doliese donde estaba tocando.
—Bueno, pues duele -dijo petulantemente Mara. Con los dedos de su mano derecha, extrajo clandestinamente una porción de limo de la masa que se estaba endureciendo cubriendo sus piernas-. Antes, en ese sitio tan grande, me han dado latigazos... ¡auh!
Retiró de nuevo su brazo izquierdo, agitándose esta vez también con el derecho. El movimiento envió una media docena de pequeñas porciones de limo girando por la sala...
Y con una pequeña ayuda de sus habilidades de la Fuerza, las masas más grandes golpearon contra la pared justo sobre la cámara de vigilancia oculta.
—De nuevo, lo siento -dijo el bith, mirando a la pared. Echó una segunda mirada, irguiendo de repente todo su cuerpo cuando comprendió lo que había pasado-. Discúlpeme -dijo, agarrando a una toalla y apresurándose hacia la pared.
Y con la cámara todavía cubierta, y la atención del médico en otra parte, Mara trajo sus redomas y botellines volando desde la puerta y los dejó caer suavemente sobre la parte delantera de su traje de salto. Cuando el bith terminó su trabajo de limpieza, estaban seguramente anidados en los pliegues de la tela de su cintura.
—Mis disculpas -dijo mientras dejaba la toalla en el dispensador y volvía hacia ella-. El nutriente puede dañar el material de la pared que Su Primera Grandeza es tan amable de permitirme, ¿sabe?
¿Y estaría en serios problemas si permitiera que la cámara se quedase cubierta por demasiado tiempo? Probablemente.
-Está bien -murmuró Mara.
Una vez más, había tenido el tiempo justo. El bith acababa de tomar su brazo de nuevo cuando los dos guardias drach'nam irrumpieron de nuevo en el cuarto.
-Nada -gruñó uno de ellos, mirando suspicazmente a Mara-. ¿Qué hiciste con ella? ¿Y bien?
Mara se encogió alejándose de él.
-Nada -dijo, con voz asustada y suplicante-. Por favor... yo no hice nada.
—¿Entonces dónde está? -preguntó el drach'nam, dando un amenazador paso hacia ella, con el látigo neurónico en la mano.
—Quizás era un krizar que todavía era inmaduro -dijo el bith, alzando una mano protectoramente entre Mara y el guardia-. Su agarre era débil y no completamente firme.
—¿Entonces dónde está ahora? -continuó el segundo guardia-. Se unió a ella... yo lo vi.
—Si no está en el corredor, todavía debe estar en la sala de crecimiento -dijo razonablemente el bith-. Quizás se cayó de nuevo en los pozos de nutriente.
Los guardias continuaron mirándola, y Mara contuvo su respiración. Si cualquiera de ellos hubiera visto realmente la crisálida después de que abandonaran la sala...
Pero aparentemente ninguno de ellos lo había hecho.
-Sí -dijo el guardia de mala gana-. Quizá.
El bith miró a un crono de la pared.
-De todos modos, el turno de trabajo ha terminado -dijo-. ¿Por qué no la escoltan de vuelta a la sala común? Luego podrán investigar las pasarelas de la sala de crecimiento.
—No nos diga cómo hacer nuestro trabajo, bith -gruñó el otro guardia, mostrando sus dientes mientras sujetaba el brazo de Mara en un agarre no demasiado educado-. Vamos, humana. La hora del rancho.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Solitario de Jade (VI)

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Pasaron tres horas de nauseabundo y deslomador trabajo hasta que su patrón de búsqueda finalmente dio resultado.
-¿Su nombre es Sansia? -preguntó en voz baja mientras se acercaba a la mujer cuyo holo le había mostrado antes Bardrin.
La otra mujer la miró, entornando suspicazmente los ojos.
—Sí -reconoció cautelosamente-. ¿Qué pasa con eso?
Mara miró casualmente alrededor. Ningún drach'nam estaba al alcance del oído en ese momento.
-Un pariente cercano suyo me pidió que la sacara de aquí.
Habría esperado júbilo, o alegría apenas contenida, o por lo menos una cierta sorpresa. Pero la reacción de Sansia no fue ninguna de aquellas.
-¿Realmente lo hizo? -dijo, con voz oscura y llena de desprecio-. Qué típico de él.
Mara frunció el ceño.
-No parece muy contenta.
—Oh, no quepo en mí de gozo -dijo Sansia sarcásticamente-. La alegría está templada meramente por una incredulidad algo cínica. ¿Usted qué es, una especie de mercenaria?
—No exactamente -dijo Mara-. ¿Incredulidad sobre qué?
—En las motivaciones de mi querido papá -dijo Sansia, excavando en el limo-. Déjeme adivinar. Él le contó sobre mi terrible condición, y lo importante que soy para él y para el negocio, y que él haría cualquier cosa y daría cualquier cosa para tenerme de vuelta. Una vez que usted tuviera los ojos convenientemente llenos de lágrimas, él entró en calor y entonces o bien la convenció, la manipuló, o la sobornó para mandarla aquí a rescatarme. ¿Voy bien?
—Bastante -dijo Mara cautelosamente.
La mano de Sansia salió del limo sosteniendo una de las crisálidas de krizar. Miró a sus dos largos extremos, y luego la volvió a dejar detrás de ella.
—Pero aunque él quería recuperar desesperadamente a su querida hija, también dejó claro, sutilmente, por supuesto, que aún quería más recuperar la nave. De hecho, probablemente le haya dado todos los códigos de acceso y de mando que necesitaría para hacerla volar tanto si yo estaba con usted como si no. ¿Todavía tengo razón?
Mara sentía su garganta apretarse.
-Él dijo que yo necesitaría poder volar la nave si usted quedara incapacitada durante la fuga.
Sansia resopló.
-Eso suena a lo que él diría. Perfectamente creíble por encima, pero engañoso como la confianza imperial. El hecho es, realmente, que él no se preocupa de mí ni una pizca. Si lo hiciera, para empezar no me habría enviado a Makksre en esa medio tonta carrera. Él quiere recuperar la Apuesta Ganadora, pura y llanamente.
Mara miró de nuevo alrededor. Uno de los guardias por el camino estaba mirándola, y ella introdujo sus brazos de nuevo en el limo.
-¿Qué tiene de tan especial esa nave?
—Oh, tan sólo es realmente innovadora en tres aspectos, eso es todo —dijo Sansia amargamente—. Tiene un sistema de vuelo increíble, una asombrosa matriz de puntería de armas, y un loco y único en su género sistema defensivo de devolución de fuego que pienso que papá debe de haber robado en alguna parte.
Mara estudió su cara, estirándose con la Fuerza para intentar conseguir una percepción de su mente. La misma amargura que podía oír en la voz de Sansia estaba de hecho irritando por sus emociones.
-¿Entonces qué me está diciendo? -preguntó-. ¿Que no quiere que intente sacarla de aquí?
Los ojos de Sansia se alejaron de la mirada de Mara.
-Simplemente estoy contándole cómo son las cosas -murmuró-. Advirtiéndole quizá de que en algún momento él probablemente intentará forzar su mano. Intente conseguir escapar sin mí. Supongo que pensé que usted estaría preparada para eso.
¿Y esperaba contra toda esperanza que, al contrario que su padre, su rescatadora tuviera conciencia?
-Gracias por la advertencia -dijo Mara. Sus dedos tocaron algo duro en el limo: una de las huidizas crisálidas de krizar-. Eso sólo significa que tendremos que adelantar un poco la agenda -agregó, sacando la crisálida sobre la superficie lo justo para poder examinarla. La cáscara estaba sólidamente entera; claramente, ésta aún tardaría en abrirse paso al exterior con sus mandíbulas. Perfecto-. ¿A dónde nos llevarán cuando terminemos aquí?
—Por el vestíbulo a un barracón de dormitorios realmente repugnante -dijo Sansia. Por primera vez desde que su conversación empezó Mara pudo darse cuenta de los débiles suspiros de cauta esperanza en la voz y las emociones de la otra mujer-. Nos dejarán lavarnos, y luego alimentarnos.
—¿Ducha o baño?
—Es más como un abrevadero de animales que como una bañera de verdad -dijo Sansia desdeñosamente-. Una vez que te traen aquí abajo, nunca vuelves a estar limpio.
—Sí, ya he oído eso -dijo Mara-. Razón de más para no esperar más de lo necesario. ¿Hay cámaras de vigilancia en la sala?
—Hay un par evidente cerca de la puerta. Probablemente también un manojo entero, no tan evidente, oculto alrededor.
—Bien -dijo Mara-. Una pregunta más: ¿cuánto falta para el cambio de turno?
Sansia miró a un juego de emblemas resplandecientes empotrado en la pared al otro lado de la sala.
-No mucho tiempo. Quizá diez minutos.
—Bueno -dijo Mara-. Tengo que recoger un par de cosas primero, así que la alcanzaré en el dormitorio. Lávese pronto, y esté lista para partir en cuanto yo vuelva.
Sansia la miró suspicazmente, pero asintió.
-Estaré lista -dijo-. Buena suerte.
Mara asintió y se fue, sosteniendo la cáscara krizar que había encontrado por debajo de la superficie mientras avanzaba por el limo, queriendo poner un poco de distancia entre ella y Sansia antes de hacer su movimiento. Por el rabillo del ojo vio uno de los drach'nam caminando determinadamente por la pasarela hacia ella, balanceando su látigo en el aire mientras llegaba, sin duda preparando un comentario y una lección práctica sobre la charla ociosa durante el servicio. Mara le dejó que se acercase hasta estar casi al alcance del látigo...
Y con el grito más escalofriante que pudo lanzar, alzó su brazo izquierdo, asiendo el antebrazo con su mano derecha.
-¡Me tiene! -gimió, agitándose hacia los lados y lanzando porciones de limo volando por el aire a su alrededor-. ¡Sacádmelo, sacádmelo!
El drach'nam alcanzó el borde de su trinchera de un solo salto.
-Quita la mano de ahí -chasqueó, inclinándose precariamente sobre ella mientras agarraba su muñeca izquierda y la alzaba en vilo completamente fuera del hoyo. El movimiento la empujó contra el cuchillo de su cinturón, e hizo una mueca de dolor cuando las púas afiladas como agujas del mango se clavaban brevemente en sus costillas-. He dicho que la muevas -repitió, dejándola caer sobre sus pies en la pasarela y forzándole a abrir su mano derecha.
Para revelar la cáscara krizar colgando de la parte inferior de su brazo izquierdo.
O por lo menos, eso era lo que Mara esperaba que pareciera. Sus habilidades de manipular la Fuerza podrían no ser tan buenas como las de Luke Skywalker, pero no era un gran reto usar la Fuerza para sostener la cáscara apretada firmemente contra su brazo como si la criatura de dentro estuviera agarrándolo. El único peligro era que el guardia podría limpiar la masa de limo estratégicamente colocada en el punto de la intersección y notar que no había ningún palpo de krizar uniendo la cáscara al brazo.
Pero después de todas las veces que indudablemente esto había pasado, el guardia claramente no se interesaba en absoluto por los detalles.
-Tienes uno, de acuerdo -gruñó, mientras pasaba a sujetarla con su mano derecha y tiraba de ella a lo largo de la pasarela hacia la puerta-. ¡Eh! ¿Su Séptima Grandeza?
—Sí, prosiga -le dijo el capataz, gesticulando a los guardias que flanqueaban la puerta para que la abrieran-. Dígale a Blath que tenga cuidado esta vez; a Su Primera Grandeza no le va a gustar si pierde a otro.
La puerta se abrió. Un segundo drach'nam caminó al lado izquierdo de Mara cuando salieron, tomando su brazo izquierdo y sosteniéndolo en un férreo agarre a la altura de su cintura; probablemente, decidió Mara, asegurándose de que no golpease el krizar contra su lado. La puerta se cerró de golpe, y los tres avanzaron con paso rápido por el corredor.
Mara no sabía dónde estaba el establecimiento médico, pero las probabilidades eran que no estaría muy lejos, lo que significaba que tenía que moverse rápidamente. Continuó gimiendo y llorando como un esclavo desvalido y roto mientras los drach'nam casi la arrastraban por el suelo, esforzándose ineficazmente en su supuesto dolor contra el prácticamente irrompible agarre de sus dos escoltas. Bajo la cobertura de su agitación fingida, miró abajo a su izquierda. El cuchillo del segundo guardia estaba rebotando a sólo unos centímetros de distancia de dónde él estaba sosteniendo su brazo izquierdo.
Y aquí llegaba la parte más arriesgada de su plan. Con sus dos brazos bajo su control, los dos drach'nam no esperarían de ella ningún problema y por consiguiente estarían menos prevenidos de lo que estarían de otro modo. Pero si esa asunción demostraba ser falsa, iba a tener serios e inmediatos problemas.
Pero no podía hacer otra cosa salvo intentarlo. Estirándose con la Fuerza, deslizó el cuchillo parcialmente fuera de su vaina, supervisando atentamente la mente del alienígena para ver si notaba el súbito cambio en el peso de su cinturón. Cuidadosamente, intentando que el arma no rechinase, condujo la empuñadura con púas contra su antebrazo izquierdo, cerca del punto dónde todavía estaba sosteniendo la crisálida krizar en su lugar. Dos rápidos pinchazos -dos puñaladas rápidas de dolor genuino contra el telón de su agonía fingida- y deslizó el cuchillo de nuevo en su vaina.
Justo a tiempo. El cuchillo acababa de regresar a su lugar cuando el guardia a su derecha le hizo parar ante una puerta corredera, y la abrió empujando el panel con su mano libre. Cambiando su atención a la crisálida krizar que colgaba de su brazo, Mara la envió lejos girando por el corredor oscuro delante de ellos.

martes, 11 de noviembre de 2008

Solitario de Jade (V)

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A mitad del descenso de un largo tramo de escalones, los guardias que la escoltaban aparentemente decidieron que ya habían cargado con ella lo suficiente y la soltaron para que caminase por su propio pie. Aparte de un zumbido prolongado en sus músculos. Mara se había recuperado completamente, pero tuvo el cuidado de mantener para su beneficio un débil tambaleo durante el resto del descenso. Los látigos neurónicos eran la glorificación definitiva del salvajismo y la degradación, justo la clase de cosa que los esbirros de Praysh usarían como su persuasor primario, y no tenía ninguna intención de dejarles que supieran cómo de rápido podía recuperarse de sus efectos.
Los pozos de limo estaban en el nivel más bajo de la fortaleza, compuesto de una serie de trincheras interconectadas de unos dos metros de ancho y cien de largo excavadas en el suelo. En las pasarelas entre ellas se paseaban los guardias drach'nam, palmeando ociosamente sus látigos o jugando con las empuñaduras de sus cuchillos. Quizás doscientas mujeres, la mayoría de ellas de aspecto juvenil, avanzaban lentamente introducidas hasta la cintura en el húmedo estiércol gris de los pozos, dobladas sobre su espalda y excavando en el limo con sus brazos, con la cara a escasos centímetros de la superficie. Todas las que Mara pudo ver tenían tal idéntica expresión de pura desesperación que un escalofrío la atravesó.
-Lo explicaré sólo una vez -dijo el capataz, gesticulando casi amistosamente hacia los pozos-. El limo nutriente de ahí es el hogar de las crisálidas de las criaturas krizar que Su Primera Grandeza usa para patrullar sus tierras. Las crisálidas poseen un duro caparazón y son elipsoidales, aproximadamente del tamaño de uno de tus patéticos y pequeños pulgares. Tu trabajo es encontrar aquellas que estén empezando a salir de sus cáscaras y depositarlas en la pasarela, dónde serán recuperadas recuperarán y trasladadas al criadero principal.
-¿Cómo sabré cuándo están listas...?
-Sabrás cuando están listas cuando empiecen a menearse y a abrirse paso al exterior masticando el caparazón -la cortó bruscamente el capataz. Un par de cabezas se volvieron ante el súbito tono áspero; la mayoría de las mujeres se molestó en alzar la vista-. Y no intentes recoger simplemente todas las que encuentres. Si las crisálidas están fuera demasiado tiempo antes de que estén listas, morirán.
Ondeó su látigo delante de su nariz.
-Y las crisálidas muertas nos hacen muy infelices. ¿Entendido?
Mara tragó saliva, forzándose a retroceder asustada.
-Sí, señor -murmuró.
-Bueno -dijo el capataz, volviendo de nuevo a su tono amistoso, mostrando claramente que era un ser que disfrutaba con su trabajo-. El pelaje de tu cabeza es de un color interesante. No te servirá de nada en los pozos; quizá te interesaría vendérmelo.
-¿A cambio de qué? -preguntó Mara cautelosamente.
-Favores. Más comida, quizás, u otras atenciones.
Mara reprimió una mueca. Pensar en su cabello colgando de la pared de trofeos de un capataz de esclavos era absolutamente detestable. Pero por otro lado, él probablemente podría tomarlo sin pagar a cambio nada en absoluto si así lo decidía. Con suerte, ella no estaría allí el tiempo suficiente para que él lo consiguiera.
-¿Puedo pensármelo? -preguntó tímidamente.
Él se encogió de hombros. Claramente, esto era simplemente un entretenimiento para ayudarle a pasar el tiempo.
-Si quieres. Oh, una cosa más. Si no consigues sacar las crisálidas lo suficientemente rápido, empezarán a excavar a través de las cáscaras por su cuenta. No hay problema con eso; sólo que los palpos de sus bocas siempre son lo primero que salen. Si consiguen entrar en tu piel, necesitarás un viaje al establecimiento médico para extraerlos.
—Oh -dijo Mara con un hilo de voz. Ahora, eso era información muy útil-. ¿Duele?
Él le ofreció una de esas sonrisas malvadas que los drach'nam hacían tan bien.
-No más que el látigo. Ahora entra allí.
Mara bajó la vista hacia su traje de salto.
-Pero...
Ni siquiera tuvo una oportunidad de terminar su protesta. Poniendo un brazo gigantesco por detrás de su cintura, el capataz la empujó fuera de la pasarela hacia la trinchera más cercana.
Al aterrizar, consiguió guardar el equilibrio, manteniendo la cabeza y la mayor parte del tronco fuera del limo. Pero el impacto envió una ola de espeso estiércol húmedo salpicando a las trabajadoras más cercanas.
-Lo siento -se disculpó.
Una de las mujeres la miró, con un grumo de limo resbalando lentamente por su mejilla.
-No se preocupe por ello -dijo con una voz que sonaba más muerta que viva-. No se preocupe por ensuciarse, tampoco. Nunca volverá a estar limpia.
Un látigo neurónico crujió amenazadoramente sobre su cabeza. Mara se alejó, pero la otra mujer no pareció notarlo o darle importancia, sino que siguió excavando en el limo. Con el estómago retorciéndose de asco, Mara introdujo sus brazos en el estiércol húmedo y comenzó a trabajar.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Solitario de Jade (IV)

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A pesar del exterior liso y moderno de la fortaleza, el interior era oscuro y decididamente húmedo, con sus corredores retorcidos y de suelo áspero claramente inspirados en los túneles ocultos tan apreciados por los drach'nam en su planeta natal. Mara no se molestó en memorizar la ruta mientras los cinco guardias que la escoltaban la internaban cada vez más en las profundidades de la fortaleza, y en cambio se concentró en evaluar la estructura global de defensa de Praysh y en incrementar gradualmente el nivel de nerviosismo que estaba mostrando en su lenguaje corporal y en los poco frecuentes intentos de entablar conversación. Iba a echar terriblemente de menos su sable de luz, pero incluso si hubiera podido introducir el arma, ya había llegado a la conclusión de que la mayor esperanza de conseguir escapar radicaba en la nave encerrada de Sansia. Abrirse luchando un camino de vuelta a lo largo de los túneles y salir al nivel del suelo no era una opción que estuviera interesada en intentar.
Sin embargo, ese sable de luz había sido anteriormente de Luke, y él la mataría si lo perdiese. Con suerte, cuando esto hubiera terminado, podría buscar a H'sishi y comprárselo para recuperarlo.
Llegaron por fin a la sala de audiencias de Praysh, una sala enorme, de altos techos, que por su oscuridad, olores y repugnancia general le devolvieron los desagradables recuerdos del salón del trono de Jabba el Hutt en Tatooine. Aunque obviamente a su Primera Grandeza le faltaba la sensibilidad igualitaria de Jabba; los únicos seres en la sala eran más compañeros drach'nam de Praysh.
-Bien, bien -exclamó Praysh, girando su trono para encarar al grupo entrante-. ¿Qué tenemos aquí? ¿Un presente del Mrahash de Kvabja, no es así?
-Sí, Su Primera Grandeza -dijo Mara, añadiendo un temblor nervioso a su tono mientras miraba clandestinamente alrededor. Había un par de puertos bláster camuflados en la pared falsa detrás del trono de Praysh, pero aparte de eso las únicas defensas eran el manojo de guardias que están de pie entre ella y el jefe esclavista. Al contrario que los vigilantes de la puerta, este grupo no llevaba ningún bláster, sino que sólo estaba armado con el mismo tipo de cuchillos largos y látigos neurónicos. Probablemente el propósito era mantener las armas más peligrosas alejadas de prisioneros o esclavos sublevados; sin embargo, era un exceso de confianza del que bien podría ser capaz de aprovecharse-. Él le envía saludos y...
-Que alguien recoja esa baratija -la cortó Praysh, ondeando un cetro con gemas incrustadas hacia ella-. Tú, humana... acércate.
Uno de los guardias tomó el globo flotador y la empujó hacia adelante. Completamente alerta con todos sus sentidos, Mara caminó hacia el trono. En algún momento habría indudablemente una prueba para asegurarse de que ella no era nada más que la inútil esclava que aparentaba ser...
No había avanzado más de tres pasos cuando ocurrió. Abruptamente, uno de los guardias frente a ella sacó el látigo de su costado y con un golpecito casual de su muñeca envió la tralla serpenteando hacia ella.
Mara abrió la boca y arrojó sus manos inútilmente delante de su cara, forzándose a rechazar el impulso reflejo de esquivarla o agacharse o hacer algo -cualquier cosa- que fuera más efectiva.
Para su alivio, la tralla crujió a escasos centímetros de su cara.
-Su Primera Grandeza -balbuceó, dando un paso rápido e inseguro hacia atrás-. Por favor, señor... ¿qué he hecho?
La única respuesta fue el sonido de otro látigo tras ella. Comenzó a girarse...
Y de repente la tralla se enrolló alrededor de sus rodillas y una ola de dolor surgió a través de su cuerpo.
Mara gritó, con un sonido explosivo que solamente fingía en parte, mientras caía contra el suelo, la corriente del látigo cruzando agónicamente su cuerpo. Clavó los dedos en el látigo, gritando de nuevo cuando la corriente quemó las yemas de sus dedos.
-Por favor... no... por favor... yo...
-Ten... defiéndete -exclamó una voz, y ella alzó la vista para ver como un pequeño bláster aterrizaba en el suelo junto a sus piernas.
Tomó el arma, forzando a sus dedos a tantearla estúpidamente como si estuviera tratando con un objeto totalmente desconocido para ella, apretando los dientes contra las olas de dolor mientras cada parte de su ser le gritaba instándola a hacer algo. El bláster era indudablemente inútil, sólo otra parte de la sádica prueba de Praysh, pero si girara apoyándose en una cadera, agitando fuertemente las piernas alrededor, podría al menos ser capaz de arrancar el látigo de la mano de su atacante.
Pero si hiciera eso -si mostrase la mínima señal de habilidad en combate-, probablemente moriría.
Y entonces la tripulación del Salvaje Karrde moriría también.
Consiguió por fin sujetar el bláster, girándolo torpemente para intentar apuntar con el arma a su atacante. El cañón oscilaba ingobernablemente, e intentó apoyar su codo en el suelo para mantenerlo, mientras sollozaba como un niño. El bláster se soltó y cayó de sus paralizados dedos...
Y abruptamente, por fin, la corriente cesó.
Mara yacía allí, inmóvil, sollozando todavía a través de sus dientes apretados mientras se recuperaba de los súbitos calambres en los músculos de sus piernas. Si hubiera juzgado mal las intenciones de Praysh... si él hubiera decidido matarla por deporte en lugar de soltarla en los pozos de limo...
-Esto ha sido una lección práctica -dijo Praysh en un tono neutro de conversación. Hubo un movimiento junto a ella, y dedos ásperos empezaron a desenrollar el látigo de alrededor de sus piernas-. Ahora que has visto como se siente un látigo neurónico, estoy seguro de que no querrás provocar su uso de nuevo.
-No... por favor... no -consiguió decir Mara, las palabras amortiguadas entre sus sollozos. Un par de manos la agarraron de los antebrazos y la pusieron en pie. Tardó un instante en confirmar que sus piernas se habían recuperado lo suficiente como para sostener su peso, y luego dejó que sus rodillas tambaleasen y se derrumbasen de nuevo bajo ella. Los dos drach'nam la alzaron de nuevo y la giraron enfrentándola a Praysh-. Por favor... -susurró.
-Ahora me perteneces -dijo Praysh en voz baja, mirándola fijamente con sus ojos descoloridos-. Tu seguridad, tu bienestar... tu vida; todo está en mi mano. Si me sirves bien, sobrevivirás. Si no, habrá látigos neurónicos a tu alrededor durante el resto de una corta e insoportablemente dolorosa vida. ¿Ha quedado claro?
Mara asintió rápidamente, dejando caer su mirada e agachando sus hombros, con el terror desvalido de un animal vencido.
-Bueno -dijo Praysh, mientras haciendo un gesto despreocupado hacia una puerta diferente que conducía fuera de la cámara. El espectáculo había terminado, y ya se había aburrido de esa artista-. Llévensela al capataz de esclavos -ordenó-. Disfruta de tu nueva vida aquí, humana.

martes, 28 de octubre de 2008

Solitario de Jade (III)

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Bardrin le había dicho que la mansión y las tierras de Praysh estaban situadas cerca del centro de una de las mayores ciudades de Torpris. Él olvidó mencionar, sin embargo, que esa sección en concreto de la ciudad estaba por otra parte completamente compuesta de barrios bajos.
O por lo menos así le parecía a Mara mientras maniobraba su deslizador terrestre por las tortuosas calles hacia las altas paredes del complejo, haciendo una mueca de dolor ante la basura y las ruinas amontonadas en los callejones entre los ruinosos edificios e intentando no golpear a ninguno de los astrosos mendigos que vagaban a lo largo de la calle. Allí se encontraban individuos de una docena de especies diferentes, todos con el mismo aspecto de desesperación, y se encontró preguntándose cuánto de eso era consecuencia de la presencia de Praysh en la ciudad.
Pasando un último grupo de seres, alcanzó la puerta lateral a la que le habían dicho que fuera. Flanqueándola estaban un par de guardias drach'nam, que parecían aun más gigantescos que lo usual para su especie debido a su pesada armadura corporal. Cada uno de ellos sostenía un látigo neurónico, con un bláster enfundado y un largo cuchillo listo en la reserva.
-Eh, hola -les llamó alegremente, mirando los látigos con la clase de desprecio que reservaba para las armas innecesariamente bárbaras-. Tengo aquí un paquete para Su Primera Grandeza Chay Praysh, un regalo del Mrahash de Kvabja. ¿Puedo entrar?
Uno de los guardias casi soltó una risita, rápidamente ahogada.
-Seguro -dijo, moviéndose pesadamente hacia ella-. Tráelo aquí y le echaremos un vistazo.
Mara se deslizó fuera del vehículo y extrajo el cilindro de embalaje del compartimiento del almacenamiento trasero. Era grande -de un metro de alto y medio de diámetro- pero bastante ligero, consistiendo la mayor parte de su contenido en el material de los cojines para el delicado globo flotador que había pedido prestado a Bardrin.
-Es algún tipo de objeto de arte caro, creo -dijo, poniéndolo cuidadosamente en el suelo delante de él.
-Ah, eso es, bien -convino el guardia, mirando a Mara de arriba abajo-. Un momento.
Regresó a la puerta y comenzó a hablar por un panel comunicador incrustado en la pared. Hubo un ligero movimiento junto a Mara...
[Déjalo y vete], dijo en voz baja una voz alienígena detrás de ella.
Mara se volvió. Una hembra togoriana estaba de pie detrás del deslizador terrestre, con su pelaje enmarañado y sucio; claramente sólo era uno de los mendigos que vagaban por la calle. Pero sus ojos amarillos eran brillantes y vivos, y mostraba ligeramente los dientes a los guardias.
-¿Disculpe? -preguntó Mara.
[He dicho que lo dejes y te vayas], dijo la alienígena, vocalizando las palabras del idioma comercial Ghi con alguna dificultad. [Aquí estás en gran peligro.]
-Oh, no sea tonta -dijo Mara, agitando su cabeza con casual despreocupación mientras se asombraba ante el coraje de la togoriana al arriesgarse así. Claramente, ella sabía o sospechaba lo que les pasaba a las hembras humanas que vagasen cerca de la fortaleza de Praysh; pero intentar alejar de ese modo una potencial presa ante las narices del esclavista rayaba en suicidio-. Sólo voy a entregar un regalo a Su Primera Grandeza, eso es todo.
La togoriana siseó.
[Estúpida: tú eres el regalo], gruñó. [Huye, mientras aún puedas.]
-Bien, todo listo -dijo el guardia, apagando la unidad de comunicaciones y caminando hacia Mara. Ella retrocedió ante él, asegurándose mantener una expresión agradablemente neutra en su rostro. Si él tan sólo llegase a sospechar que la togoriana había intentado advertirla, podría haber repercusiones desagradables-. Puede entrar con su regalo.
-Gracias -dijo Mara, inclinándose para recoger el cilindro...
Una mano enguantada cayó con un golpe sobre la parte superior del paquete.
-Después de que nosotros lo desempaquetemos, claro.
Mara sintió tensarse sus músculos.
-¿Qué quiere decir? -preguntó cautelosamente, mientras se erguía de nuevo.
El guardia ya tenía su cuchillo fuera, una arma dentada de aspecto horrible con un mango consistente en una serie de gruesas púas, afiladas como agujas, colocadas hacia arriba y hacia abajo alternativamente desde la base de la hoja.
-Quiero decir que lo desempaquetaremos aquí fuera -dijo, mientras hundiendo la hoja bajo la tapa-. Nunca se sabe lo que alguien podría intentar introducir dentro de un paquete, ya me entiende.
Mara echó un vistazo por encima de su hombro al segundo guardia, con la sensación de que las cosas iban repentina y terriblemente mal ondulando a través de ella. Encajado en su escondite entre la capa interna y la externa del cilindro, hubiera apostado cualquier cosa a que su sable de luz podría atravesar sin problemas cualquier escáner de armas estándar que los guardias de Praysh hubieran usado con el paquete. Pero desempaquetarlo fuera de la fortaleza no era una posibilidad con la que hubiera contado.
-¿Y qué pasa si lo rompe? -preguntó ansiosamente.
-No se preocupe; estamos acostumbrados a hacer esto -le aseguró el guardia-. H'sishi, creo que ya os dije que se supone que los basureros debéis quedaros detrás de la línea.
[Perdóneme], dijo la togoriana, en tono casi humillado. [Vi el metal brillante...]
-¿Y esperabas ser la primera en conseguir algo, huh? -El guardia terminó de abrir la tapa y separó la primera placa de espuma de embalaje-. Aquí tenéis, basureros -llamó ruidosamente, lanzando la tapa y la espuma calle abajo.
Abruptamente, los merodeadores agrupados entraron en acción, arrojándose hacia los pedazos voladores como si fueran valiosas joyas en lugar de la basura no deseada. El guardia continuó excavando, arrojando más placas de espuma a la confusión, hasta que alcanzó el globo flotador del centro.
-Aquí está -dijo, introduciendo las manos en el embalaje y extrayendo cuidadosamente el globo-. Bien. De acuerdo -agregó, dando el globo a Mara-. Ahora puede entrar.
Mara tragó saliva, mirando al cilindro mientras el guardia continuaba deshaciendo el embalaje hasta el fondo y arrojando los pedazos. Alzó la vista...
Y se encontró los ojos amarillos de H'sishi fijos en ella. Mara se sintió como sus labios se tensaban; y entonces, para su sorpresa, la alienígena mostró ligeramente sus dientes, como si se imaginase qué es lo que estaba buscando. Entonces hubo un movimiento a su lado, y Mara miró hacia atrás a tiempo de ver como el guardia alzaba el propio cilindro sobre su cabeza y lo lanzaba hacia la hirviente muchedumbre pendenciera.
Una docena de mendigos abandonó su lucha por la espuma desecha y se lanzó hacia el punto dónde aterrizaría. Pero H'sishi fue más rápida. Con un solo salto llegó bajo el cilindro, cogiéndolo en sus brazos y siseando una advertencia a los dos o tres que intentaron arrebatárselo. Otro siseo, y la muchedumbre se retiró renuentemente.
-Supongo que realmente quería el metal brillante -dijo el guardia con una sonrisa de desprecio-. Bien, humana, vamos.

jueves, 23 de octubre de 2008

Solitario de Jade (II)

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Afortunadamente para él, no lo había hecho.
-Lo siento, Mara -se disculpó Dankin con aire más bien tímido, mientras él y el resto de la tripulación se agrupaban en el exterior de los deslizadores de superficie con lunas tintadas en los que sus aprehensores les habían llevado-. Cayeron sobre nosotros en la escotilla.
-No se preocupe por ello -dijo Mara, mirando alrededor mientras eran conducidos hacia la puerta lateral de una mansión ornamentada y bien defendida. No había ninguna indicación de quién era el dueño, ni siquiera de dónde estaban exactamente, aunque por los sonidos de naves espaciales en la distancia probablemente no estarían a más de unos kilómetros del espaciopuerto-. Veamos de qué va todo esto. Siempre podemos preocuparnos de eso más tarde.
Entraron por la puerta delantera, subieron una escalera, y cruzaron un corredor hasta una enorme oficina cuyo nivel de lujo dejaba al resto de la mansión a la altura del polvo. Un grupo de sillas había sido colocado enfrente de un gigantesco escritorio que parecía ser casi de la mitad del tamaño del puente entero del Salvaje Karrde.
Y sentado detrás del escritorio, observándoles como un comprador de carne evaluando la marcha de una manada de brualikis, había un hombre grande, de constitución pesada.
-Gracias por haber venido -dijo, con una voz que penetraba la distancia sin dar ninguna impresión de que estuviera forzando los límites de su volumen-. Por favor, siéntense.
-Su invitación era difícil de ignorar -le dijo Mara, escogiendo la silla directamente delante de él y sentándose-. Debería considerar probar un acercamiento más cortés.
-Si hubiera tenido tiempo, lo habría hecho -dijo el hombre rechoncho, mirando de nuevo por encima de ellos-. ¿Dónde está Karrde?
-No está aquí -dijo Mara. Y no que creo que se una a la reunión pronto, además, agregó silenciosamente para sí misma. Estaba en el sistema de Gekto gestionando algunos cargamentos, y no se esperaba que volviera hasta mañana. Sólo podía esperar que él no fuera prendido tan fácilmente como lo habían sido el resto de ellos-. Yo soy Mara Jade, actualmente a cargo del Salvaje Karrde. ¿Qué quiere?
Los ojos del hombre se estrecharon. Mara se enfrentó de igual modo a su mirada; después de unos segundos, su cara se aclaró e incluso sonrió ligeramente.
-Mara Jade: He oído hablar muy bien de usted, joven dama. Sí, usted lo hará muy bien.
Al lado de Mara, Dankin se revolvió como si estuviera a punto de hablar. Mara le lanzó una rápida mirada, y él se detuvo.
-Muy bien, sí señor -murmuró el hombre grande-. Perfectos para la misión, tanto usted como su gente. Sí, ustedes lo harán. -Tomó una respiración profunda-. Primero, algunas presentaciones. Me llamo Ja Bardrin. Quizás usted haya oído hablar de mí.
Mara mantuvo estático su rostro, haciendo interiormente una mueca de dolor ante la onda de sorpresa que atravesó al resto de la tripulación. Claro que habían oído hablar del industrialista -medio el sector lo había hecho-, pero ésa no era ninguna razón para caer en su juego de falsa modestia y egolatría.
-Creo que he visto su nombre de pasada una o dos veces en alguna nota a pie de página -dijo ella serenamente-. Bajo armas y sistemas de nave, si recuerdo correctamente. Trabajando usualmente en las áreas del mercado a las que Uoti no ha conseguido todavía acceder.
Sintió pequeña satisfacción al vislumbrar en él una llamarada de molestia por eso. El Grupo Bardrin y la Corporación Uoti habían estado compitiendo por una posición en el mercado y por prestigio durante hacía ya más de dos décadas, una rivalidad que era profunda y amarga y que no mostraba ninguna señal de poder estar resuelta pronto.
Desafortunadamente, el breve parpadeo de enojo de Bardrin menguó demasiado rápidamente para que ella pudiera usar el descenso en su guardia mental para extraer alguna visión de su mente.
-Pero basta de charla -continuó-. Lo preguntaré de nuevo: ¿qué quiere?
Bardrin enfrentó sus los ojos con los de ella.
-Mi hija Sansia ha sido capturada. Quiero que usted la rescate.
Mara frunció el ceño.
-Creo que sus proveedores de información necesitan un curso de repaso de cómo hacer su trabajo. Nosotros no nos ocupamos de operaciones militares.
-La misión requiere a una mujer -dijo Bardrin-. Una hembra humana lista, competente, entrenada en combate.
-Entonces contrate a una Mistryl.
Bardrin agitó su cabeza.
-No hay tiempo para avisarlas, incluso si supiera cómo hacerlo. Tengo que recuperar a Sansia ahora, antes de que sus captores se den cuenta de a quién se han llevado.
-¿De qué está hablando? -dijo Odonnl-. Usted dijo que la secuestraron.
-Yo dije que la capturaron -contrapuso Bardrin, fijando a Odonnl en su silla con una sola mirada despectiva-. Haga el favor de prestar atención. -Volvió a mirar a Mara-. Ella y el yate de lujo SoroSuub tres mil en el que volaba fueron apresados por un grupo de piratas mientras se encontraban en el puerto de Makksre, y entregados a un consorcio esclavista con base en Torpris y dirigido por un drach'nam llamado Praysh. -Alzó sus cejas ligeramente-. Supongo que usted también se habrá encontrado con ese nombre en sus lecturas de notas a pie de página.
-Una o dos veces -concedió Mara, conteniendo una mueca. En los círculos por los que se movía el Salvaje Karrde, el nombre de Chay Praysh era aún más conocido que el de Bardrin-. Creo que hace que hasta el difunto y poco llorado Jabba el Hutt parezca un ciudadano educado y honrado.
-Entonces usted entiende por qué yo quiero a Sansia y su nave fuera de sus manos -dijo Bardrin, con voz repentinamente baja y con una subyacente pizca de desesperación-. Sé que Karrde habría estado deseoso de ayudarme, pero Karrde no está aquí. Usted, Jade, debe tomar la decisión.
-¿Y qué hay de las autoridades? -dijo Dankin-. ¿Las Patrullas de Sector, o incluso la Nueva República?
-¿Y pedirles que hagan qué? -respondió Bardrin-. ¿Solicitar una audiencia con Praysh? ¿Lanzar un ataque a su fortaleza que la deje en ruinas y a todos en su interior muertos? Además, su seguridad hace aguas como un barco. Si Praysh descubre quién es Sansia, me sangrará todo lo que poseo. Y luego la matará de todas formas. -Miraba a Mara, con una mirada casi suplicante en sus ojos-. Sansia habrá sido enviada trabajar en los pozos de limo en su fortaleza -dijo-. Él envía a todas las cautivas humanas allí; algún profundo deseo de humillarlas, supongo. Usted tendrá que dejarse atrapar como otra prisionera.
-Espere un momento -le cortó Mara-. Ya le he dicho que no hacemos esta clase de trabajo.
-Entonces será mejor que aprenda rápidamente cómo hacerlo -retumbó Bardrin, con su anterior desesperación convirtiéndose abruptamente en ominosa amenaza-. No tengo tiempo para conseguir a nadie más. Usted es mi elección.
Mara cruzó sus brazos, acercando su mano al diminuto bláster oculto dentro de su manga izquierda.
-¿Y si me niego?
-Hay veinticuatro blásters ocultos en las paredes de este cuarto -dijo Bardrin-. Tres apuntando a cada uno de ustedes. Incluso antes de que pudiera sacar ese arma, vería morir a sus compañeros a su alrededor.
Mara recorrió rápidamente el cuarto con la mirada, estirándose con la Fuerza al hacerlo. Él tenía razón; podía darse cuenta de las presencias alertas escondidas detrás de las paredes ornadamente talladas alrededor de ellos.
Y si antes no había querido arriesgar la vida de Chin, ciertamente no iba a jugar ahora con la tripulación completa del Salvaje Karrde.
-No respondió a mi pregunta -dijo, desplegando sus brazos.
-Usted no se negará -declaró Bardrin, recostándose en su silla-. Ya ve, acaba de darme toda la influencia que necesito. Irá a Torpris y me traerá de vuelta a Sansia y a su nave... o ejecutaré a toda su tripulación.
Alguien a su izquierda, fuera de su vista, tomó aire con fuerza.
-Usted no puede ser tan estúpido -dijo Mara, intentando poner en su tono una confianza que no sentía. A través de la Fuerza podía leer las intenciones de Bardrin, y supo que iba mortalmente en serio-. Mate a la gente de Karrde, y Karrde irá tras usted. Y le garantizo que no es un enemigo con el que se deba bromear.
-Yo tampoco, querida mía -dijo oscuramente Bardrin-. Un concurso entre nosotros podría resultar bastante interesante. -Alzó un grueso dedo hacia ella-. Pero independientemente del resultado, usted todavía tendría que continuar su vida con el conocimiento que fue su obstinada cabezonería lo que les envió a la muerte. No creo que ésa sea realmente una carga que desee llevar.
-No había necesidad de ponerse tan melodramático -dijo Mara, empujando su frustración y su enfado a las profundidades de su mente, dónde no pudieran mostrarse. Encontrarse siendo manipulada tan fácilmente era enfurecedor.
Pero no tenía elección. Ella era la segunda de a bordo de Karrde, y había visto la preocupación y el respeto que él mostraba continuamente hacia su gente. No iba a rebajar esas normas, y ciertamente no iba a arriesgar las vidas de su gente rechazando a Bardrin. Y todo el mundo en la sala lo sabía.
-Veré qué puedo hacer. ¿Qué equipamiento puedo tener?
-Todo lo que quiera -dijo Bardrin, poniéndose en pie y ondeando una mano. Detrás de ellos, Mara oyó abrirse las puertas-. Mis hombres escoltarán a sus compañeros a los cuartos dónde permanecerán hasta que usted y Sansia regresen. Usted y yo iremos a hacer los arreglos que necesite.
-Bien -dijo Mara, caminando a su lado mientras pasaban entre las líneas de guardias que entraban.
Pero eso no significaba que el asunto acabaría con el rescate de Sansia, se prometió silenciosamente. Ni mucho menos.


viernes, 17 de octubre de 2008

Solitario de Jade (I)

Solitario de Jade
de Timothy Zahn


-Discúlpenme, amigos... Estoy buscando a Talon Karrde.
Mara Jade alzó la vista del monitor del motor, y pudo ver por el rabillo del ojo que, al otro lado del panel, Chin estaba haciendo lo mismo. La voz que venía de la dirección de la puerta del puente del Salvaje Karrde era completamente desconocida para ella.
Al igual, como pudo comprobar, que la cara que acompañaba esa voz.
-El capitán Karrde no está aquí en este momento -le dijo Mara al extraño, mientras lo examinaba cuidadosamente. El mero hecho de que estuvieran en una bahía de atraque familiar, en un puerto familiar, no era ninguna razón por la que los extraños pudieran vagar libremente por la nave-. ¿Cómo ha entrado aquí?
El hombre señaló vagamente tras él.
-Oh, Dankin estaba en la escotilla, y me dejó entrar. Karrde y yo somos viejos amigos... él y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo. ¿Tiene idea de cuándo estará accesible?
-Realmente, no podría decirle -dijo Mara, echando un vistazo a Chin. Alguien que conociera de hace tiempo a Karrde, por lógica debería ser también un viejo conocido de Chin, dado el tiempo que el anciano llevaba en la organización. Pero tampoco había ningún indicio de reconocimiento en el rostro de Chin-. Si quiere, puede dejarle un mensaje.
El hombre suspiró profundamente.
-No, me temo que eso no serviría.
Hizo un gesto hacia el ventanal detrás de ellos y la imagen del bullicioso espaciopuerto al otro lado.
Repentinamente, Mara sintió en la nuca un sutil pinchazo de advertencia. Su mano derecha se dejó caer al bláster enfundado en su costado...
Y se congeló allí. La mano ondeante del intruso se había abierto abruptamente por la mitad, revelando el bláster que había estado oculto dentro la cáscara protésica.
-Y yo tampoco tengo tiempo para esperarle -dijo, con la voz tan indiferente como siempre-. A mi patrón le gustaría tener unas palabras con todos ustedes. Preferiría que lleguen ilesos, pero lo entendería si eso no fuera posible.
Mara siseó suavemente entre sus dientes. Sabía que si estuviera sola podría vencerle fácilmente, con el truco del arma o sin él. Pero no estaba sola, y Chin ya no podía moverse tan rápidamente como antes. Y, ya fuera por casualidad o a propósito, el arma del intruso apuntaba directamente al anciano. No, sería mejor averiguar qué quería este patrón misterioso y esperar una mejor ocasión.
-Odiaría defraudarlo -dijo, alejando su mano de su pistolera-. Especialmente después de una invitación tan cortés. Por favor, enséñenos el camino.
Pero como hubiera dañado a alguien de la tripulación del Salvaje Karrde al entrar, se prometió oscuramente, su cooperación llegaría a su fin rápidamente. Un fin dolorosamente rápido.