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jueves, 20 de noviembre de 2008

La sopa está lista: El relato del fumador de pipa (y VI)

Alardeo vano. Es el producto principal de estos lugares, el alarde ritual de un ser ante otro para mantener una reputación, o para crear una reputación; para solicitar un lugar en el mundo, o para crear un lugar; un intento de crear de uno mismo algo más de lo que uno es.
Existen aquellos que realmente son más –como anzat yo soy mucho más de lo que cualquiera podría sospechar (o imaginar cómodamente)– pero ellos raramente recurren al alarde vano, porque todos los demás saben quienes son y qué han hecho. Decir cualquier cosa más es redundante, lo que diluye los hechos.
Pero incluso aquellos más hábiles, incluso aquellos más notorios pueden verse presionados a recurrir al vano alardeo ante el implacable rostro de un Maestro Jedi que dude de esos hechos. Seres como el anciano pueden reducir al más fuerte a la indefensión de un párvulo, y sin decir ni hacer gran cosa.
La banda se ha recuperado, o están bajo pena de ver reducida su paga si los músicos no continúan tocando inmediatamente. La música, menos estridente ahora, atenúa todas las conversaciones salvo las más cercanas a mí, pero yo no necesito depender de las palabras o el tono para obtener información. En el alardeo vano se sustenta a menudo la esencia de la sopa.
Exhalo, siento estremecerse las probóscides, me giro lentamente para tomar mis medidas de la cantina. Obtengo la dirección fácilmente, y cuando fijo mi objetivo no puedo otra cosa sino sonreír; el anciano y su pupilo han ido a uno de los cubículos. No es su aroma el que siento ahora, sino aquellos con los que hablan: un gigantesco wookiee y un macho humanoide.
...sopa...
Hierve rápidamente, poderosamente, tan rápida y poderosamente que no puedo evitar hacer otra cosa más que fijarme en ello. Me deja sin aliento.
No el anciano Jedi, que es disciplinado, y blindado. No el muchacho, que es joven e inmaduro. No el wookiee, que es pasivo en todo menos en lealtad. El humanoide. El corelliano.
Los anzati viven mucho tiempo. La memoria lo tolera.
Un rizo de humo flota por el aire desde mi pipa. A través de su corona, sonrío. Le buscan, y al wookiee, pero a todos los seres de la cantina de Chalmun les buscan en algún sitio. Incluso a me buscan, o debería estarlo; nadie sabe quién o qué soy, ni por qué me buscan, y por eso hay un aplazamiento.
Soy cuidadoso en la caza, siempre meticuloso en aquellos detalles que otros ignoran, y demasiado a menudo mueren por ello; Requiero confirmación. No emprendo nada hasta que estoy seguro.
En este caso la confirmación y la certeza requieren poco tiempo y menos paciencia. El Jedi y su pupilo se marchan, pero son inmediatamente reemplazados por un rodiano. Está nervioso. Su sopa es tan insustancial que casi es como si no existiera; es sirviente, no servido.
Es cobarde. Es estúpido. Es incompetente. Es lento para comprometerse. Y por eso está muerto por el estallido de un bláster de contrabando en la mano de un completamente comprometido y consumado pirata.
...sopa...
Me emociono al mismo tiempo que las probóscides tiemblan, expectantes. Es aquí, aquí... y ahora, justo ahora, este momento... el matiz, el tono, el suspiro, el grito, la evanescencia de la sopa personificada, encarnada y descubierta, y rica, tan rica...
Sólo necesito ir y tomarla, beberla, abrazarle como abrazan los anzati, danzar la danza con el corelliano cuya sopa es espesa, y caliente, y dulce, mucho más dulce que cualquiera que haya probado desde hace demasiado tiempo...
Ahora.
Ahora.
Pero las prisas diluyen la realización. Démosle tiempo, y paciencia.
...esa sopa...
La banda sigue gimiendo. Está el áspero aroma del humo; el fuerte y acre sabor del sudor; la mugrosa y polvorienta fetidez de la arena de las dunas; la estridencia de la muerte por bláster encontrada nuevamente, rezumante de la cobardía y la estupidez del rodiano. Fue una pobre muerte que no merecía comentarios; no sería lamentado ni siquiera por la persona que le había contratado.
Es –era– el hutt, por supuesto. ¿Hace falta preguntarlo? No hay ningún otro que se atrevería a contratar asesinos en Tatooine, en Mos Eisley.
Ninguno salvo Lord Vader, y el Emperador.
Pero ellos no están aquí. Sólo Jabba.
El hutt está en todas las cosas; es en sí mismo todas las cosas, y todas partes, en Tatooine, en Mos Eisley, en la cantina de Chalmun.
...esa sopa...
Una última inhalación de t'bac, aspirada profundamente y saboreada, como también el momento, el conocimiento, la propia necesidad se saborean. Una breve visión de la deslumbrante luz del sol ilumina el interior cuando el corelliano y su compañero wookiee parten con las apresuradas premisas de Chalmun, temeroso de las repercusiones imperiales. Es el espaciopuerto de Jabba en todo salvo el nombre, y ese nombre es el Emperador, quien no necesita conocer de los asuntos del hutt; o que los conoce, pero no le importan.
Dentro es penumbra de nuevo. Apartarán el cuerpo: y alguien informará a Jabba de que su mercenario está muerto.
Ha informado; ya lo sabe, y a manos de quién ha sido.
...esa sopa...
¿Pero qué sentido tiene que pague por ello de mi propio bolsillo? El de Jabba es más profundo.
Desde luego, el hutt pagará bien. Pero seré yo quien se beba la sopa.
...esa sopa...
Las probóscides se estremecen mientras exhalo continua y lentamente dos chorros gemelos de humo, con la callada satisfacción y el estremecimiento de mi propia sopa cuando salta por las expectativas.
...la sopa de Han Solo...
Ah, pero será una caza que merecerá la pena cazar... y una sopa como yo –ni siquiera Dannik Jerriko, anzat de los anzati, Devorador de Suerte, de Oportunidad– no he conocido nunca jamás.

martes, 11 de noviembre de 2008

La sopa está lista: El relato del fumador de pipa (V)

Estalla bastante rápido –una tormenta de arena en el corazón del mar de dunas– como suelen hacerlo las confrontaciones de taberna. No presto atención más allá del olfateo del aire en busca de la promesa; está ahí, pero atenuado. Me tomo mi tiempo preparando la pipa –hay consuelo en el ritual, satisfacción en los preliminares–, coloco la boquilla entre mis dientes, luego aspiro el humo del t'bac profundamente. Es un hábito despreciable, pero es uno que ni siquiera yo soy capaz de abandonar.
Detrás de mí, gime la música. Chalmun ha contratado una banda desde mi última visita. Es música apropiada para una cantina oscura como el atardecer del desierto. A través del maloliente aire viciado por el humo y el sudor, la melancólica melodía crece y mengua, insidiosa como el polvo de las dunas.
...sopa...
Me giro, exhalando suavemente; en los bolsillos de las mejillas, las probóscides tiemblan.
...sopa...
Un destello, abrupto y descubierto, completamente crudo y sin refinar. No me cuesta más que un instante localizarlo, localizar la entidad: humano, y joven. Temor, desafío, aprensión; un rastro de quebradizo coraje... ah, pero es demasiado joven, demasiado inexperto. A pesar del obstinado gesto de sus mandíbulas, del brillo de desafío en sus ojos azules, no ha vivido lo suficiente para saber lo que arriesgaba. Aún no está maduro.
Los jóvenes no saben nada de la vida, nada de sus peligros, sus pequeñas y grandes hostilidades. Sólo conocen el momento, ciegos a las posibilidades; no hay coraje en los jóvenes, sólo la locura de la juventud. En los machos es peor: una intransigencia cabezota como un bantha, mezclada con desequilibrio hormonal. Su sopa es inmadura y completamente insatisfactoria. Es mejor dejar que maduren.
Aspiro humo, lo mantengo, lo exhalo. En el preciso instante en que hago eso la confrontación empeora. Dos seres se enfrentan ahora al chico: humano y aqualish. Es beligerancia de taberna, nacida de la bebida y la inseguridad; un estúpido alocado de establecer dominio sobre un muchacho novato cuya inexperiencia promete entretenimiento superficial para aquellos que se divierten con tales cosas. Le sigue una refriega, como siempre; el chico es empujado y choca contra una mesa.
Tras ello la música se detiene, cortada a mitad de un gemido. Me dice mucho acerca de los miembros de la banda: Claramente no están acostumbrados a lugares como la cantina de Chalmun, o sabrían que nunca deben parar. Los músicos experimentados tocarían un contrapunto a los gritos, los alaridos, los berridos, usando la cacofonía, sin importar lo atonal que fuese, para construir una nueva melodía.
Entonces nació un sonido completamente inesperado, un sonido como no había escuchado en cien años: el grave y vibrante zumbido de un sable de luz al desenfundarse y encenderse.
...sopa...
Me giro instantáneamente, buscando... las probóscides tiemblan, se estremecen, se retiran reluctantes ante mi insistencia. Pero lo saben tan bien como yo lo sé: En algún lugar de la cantina de Chalmun está el vaso que necesito.
Es una lucha rápida y decisiva, una escaramuza que termina pronto. Con sólo un único golpe de sable de luz, el aqualish queda... bueno, desarmado. Desbrazado*, si se me permite la expresión.
El chico se quedó atrás. Sentí su aroma de nuevo, salvaje y descontrolado. Pero ahora había algo más, mucho más de lo que esperaba, planeando en los bordes, estimulándome con su presencia, con la represión de su poder... y entonces veo al anciano que silenciosamente retira su sable de luz, y me doy cuenta de lo que es.
Un Maestro a pesar de su reticencia, que no busca guerras de palabra ni de obra; Maestro de lo que, en estos tiempos, se mantiene innombrable, no sea que el Emperador sospeche. Pero sé lo que es: Jedi. No podría otra cosa sino saberlo. Es demasiado disciplinado, demasiado bien blindado contra las intrusiones como el sondeo anzati, y es ese mismo blindaje lo que hace que la verdad, para mí, sea obvia.
Lo dejo como debe estar: innombrado. No veo necesidad de decirlo. Le dejo ser lo que es; nadie más sospechará. Está a salvo un rato más.
El chico se ha ganado mi atención. Si tienen verdaderos negocios juntos es información que merece la pena saber. Si el anciano ha tomado un discípulo hay de hecho razones para temer... si eres parte del Imperio, y recuerdas las viejas formas.
Si no lo eres, como yo –a no ser que recuerdes los viejos días, los días incluso más antiguos– no importa en absoluto. A menos que te preocupes en contar las monedas que Jabba podría pagar, u otros, incluyendo Darth Vader.
Incluyendo el Emperador.


* En el original, one-armed (con un solo brazo). El autor hace un juego de palabras con el doble significado arma-brazo de la palabra arm, usándola en unarmed (desarmado) y one-armed (N. del T.)

lunes, 3 de noviembre de 2008

La sopa está lista: El relato del fumador de pipa (IV)

Al principio es incrédulo. Un hombre de carácter huraño, avinagrado y de rostro acartonado y completamente pálido a pesar de los soles gemelos, algo bulboso y deforme como si estuviera sin terminar, o quizá deshecho más tarde en las pequeñas hostilidades de su vida. De su hinchada nariz caía una larga gota, curvándose sobre su boca de fláccidos labios. Sus vestimentas están ajadas, su cabello descuidado y grasiento. No me recuerda.
La cortesía no existe; en Mos Eisley, en la cantina de Chalmun del camarero de Chalmun, no puede esperarse ninguna.
–¿Que quiere qué?
–Agua –repito.
Los ojos oscuros se estrechan un instante.
–¿Sabe dónde está?
–Oh –dijo, sonriendo–, por supuesto.
Señala con un pulgar aplastado sobre su hombro.
–Ahí atrás tengo un ordenador que mezcla mil seiscientas variedades de licor.
–Oh, por supuesto, ya me lo imagino. Pero quiero lo que no puedo mezclar.
Frunció el ceño.
–No es barato, ¿sabe? Esto es Tatooine. ¿Tiene los créditos para eso?
Su sopa es lenta, e insípida, su aroma difícilmente discernible. Es sirviente, no el servido, no alguien que reconoce bordes o asume riesgos más allá de colocar un vaso ante un cliente; ofrecería poco placer, y menos satisfacción.
Pero están aquellos que lo harían. Y todos ellos están aquí.
Extraigo de un bolsillo una única moneda lisa. Brilla bajo la pálida luz: simple y puro oro. No es precisamente un chip de crédito, pero igualmente comprará mi agua. En Tatooine, lo saben. En Mos Eisley saben temerlo.
El camarero humedece sus labios. Los ojos se deslizan hacia los lados, ocupándose de echar un vistazo a un pequeño chadra-fan que se acerca a la barra en busca de libación.
–El marcador de Jabba no sirve de nada aquí –murmura, y busca bajo la barra en su reserva oculta para extraer un frasco de cristal escarchado de costosa agua helada.
Dejo la moneda sobre la barra. Le dice muchas cosas, y se las dirá a otros también; Jabba paga bien, y aquellos que trabajan para él –o que trabajan para otros que trabajan para él– reconocen la evidencia tangible del favor del hutt.
Ha pasado mucho tiempo. Han habido otros incontables empleadores en todos los sectores de la galaxia, pero Jabba es... memorable. Quizá sea el momento de que busque una segunda asignación; siempre hay asesinos fracasados que el hutt quiere muertos. No soporta la incompetencia.
Considero por un momento cómo sería beber su sopa... pero Jabba está bien guardado, e incluso un anzat podría encontrar difícil encontrar en la carnosa corpulencia los orificios apropiados en los que insertar las probóscides.
Cierro mi mano sobre la copa y siento el mordisco del hielo. En Tatooine, eso es un lujo. No es sopa, de ninguna manera, pero merece la pena la espera. Incluso cuando el camarero se gira para increpar rudamente a dos humanos acompañados por droides detenidos por el detector, sorbo lentamente, saboreando el agua.
Los licores enturbian la mente, ralentizan el cuerpo, no alimentan nada salvo la debilidad. Los anzati evitamos esas cosas, al igual que evitamos las drogas estimulantes o los sintéticos. Lo que es natural es mejor, igual que en la sopa. Hay fuerza en lo que es puro.
Hay debilidad en el vicio... y yo, después de todo, debería saberlo. En la libertad de mi estilo de vida hay también cautividad. No hay barrotes, ni rejas, ni campos de energía, ni capsulas de contención. Hay en su lugar un aprisionamiento más insidioso que esas cosas, y tan desagradable para un anzat como beber la sopa de un cobarde.
Bebí sopa contaminada de un hombre contaminado, y asimilé su vicio: la necesidad diaria de una sustancia proscrita pero contrabandeada frecuentemente entre mundos conocida como nic-o-tin, también llamada t'bac.
Soy Dannik Jerriko. Anzat, de los anzati, y Devorador de Suerte.
Pero nunca dije que fuera perfecto.

martes, 28 de octubre de 2008

La sopa está lista: El relato del fumador de pipa (III)

Siempre son los espaciopuertos, siempre los bares. Supongo que uno podría igualmente sugerir que los burdeles sirven también para el mismo propósito, pero en esos lugares se realiza un tipo enteramente distinto de negocios, transitorio en su naturaleza y sin tomar muchos riesgos, salvo en la elección de pareja o, quizá, de herramientas. En los bares se bebe, se juega, se apuesta. Vienen aquí primero cuando terminan un negocio, buscando tanto vicio, especias y entretenimiento como pueda ser adquirido en la cantina; y vienen aquí buscando trabajo. Piratas espaciales, burladores de bloqueos, asesinos a sueldo, cazarrecompensas, incluso un puñado de esos involucrados en la Alianza Rebelde. El Imperio ha expulsado a estos últimos de los lugares que ellos preferirían, transformando a personas anteriormente inocentes y de buen corazón en almas tan desesperadas como otras, pero con una visión pura y plateada como los soles gemelos de Tatooine, completamente inalterados por la dura realidad de los tiempos.
Cuando uno cree con suficiente firmeza, cuando la convicción es absoluta, uno no se acobarda ante las adversidades. Su sopa es muy dulce.
La arena asfixia. Es un ser en sí misma, a un tiempo tímida y dominante. Desluce las botas, ensucia los tejidos, se incrusta en las arrugas de la piel. Hace que hasta los anzati busquen alivio, y por tanto busco un interior, lejos del calor de los soles gemelos; y me detengo allí –recordando un día hace muchos años, y a un corpulento e inmisericorde hutt–, con los ojos cerrados para ajustarlos más rápidamente a la pálida y escasa luz, espesa y rancia como mantequilla de bantha.
Sería demasiado esperar que el propietario de la cantina instalase más luces, o mejorase su etapa de potencia Queblux, identificable por su lamentable falta de eficiencia y un grave, casi inaudible, gemido. Semejantes reparaciones chocarían con la naturaleza de Chalmun, que se basa en la desconfianza; los tratos se hacen al anochecer, no bajo el fijo e inmitigable resplandor de Tatoo I y Tatoo II, grandes incendios como ojos en el semblante de una galaxia que, como el rostro del Emperador, se envuelve con una holgada capucha.
Ah, pero hay más aquí, dentro, que alivio para la arena, para el calor. Hay el aroma, la promesa de saciedad.
...sopa...
Es densa, tan densa... al principio estoy desbordado; es mejor que lo que recordaba: tantos niveles y sabores, los matices, los tonos, los suspiros... aquí podría beber por durante días sin fin, repleto con satisfacción.
Ahh.
Tantas personas, tantos sabores, tanta Suerte para comer. La Oportunidad es aquí corpórea, la variedad infinita. Es una sinfonía de sopa corriendo cálida, rápida, húmeda, como sangre casi hirviendo bajo el frágil tejido de la carne.
No soy un droide, dice el detector; soy bienvenido en la cantina de Chalmun. Y me río en la privacidad de mi mente, porque Chalmun, cegado por su parcialidad, no sabe que hay cosas en el mundo más detestables que los androides, que son generalmente inofensivos, sencillos e incluso bastante convenientes. Pero dejadle al hombre con su intolerancia; si todos fuesen como la Alianza Rebelde, tan intransigentes en el honor, la sopa sería tan floja como unas gachas.
...sopa...
En los bolsillos de las mejillas, las probóscides se estremecen. Por un instante, sólo un instante, se asoman un milímetro, abrumadas por el embriagador aroma detectable sólo por los anzati; los demás, no importa raza ni género, son completamente inconscientes de ello. Pero nada se gana sin espera; es un fillip completamente vigorizador, y hace que la negación de uno mismo merezca la pena.
Las probóscides se retiran adecuadamente, aunque reticentes, enrollándose de nuevo en los bolsillos junto a mis fosas nasales. Cepillo una fina capa de arena de mis mangas, me coloco bien la chaqueta, y bajo los cuatro escalones que conducen a la tripa del bar.
Aquí la sopa es abundante.
La paciencia será recompensada.

jueves, 23 de octubre de 2008

La sopa está lista: El relato del fumador de pipa (II)

No es que yo quiera matar seres.
Si, lo sé... habéis escuchado las historias. Pero esto es una verdad del corazón, si podéis creer que tenga alguna: Los seres embellecen.
No estoy demente; no merodeo; no bebo sangre. Me enorgullezco de las apariencias, de mi herencia, de mi trabajo. Me lo tomo en serio, ese trabajo; no hay en absoluto margen de error, no hay latitud para una mala actitud.
Si me dieran un medio legítimo y efectivo para salir, dejaría de matar... pero he probado drogas estimulantes, y no son efectivas; el subidón es temporal y contraproducente. Los derivados sintéticos e imitaciones también son inútiles; de hecho, esas mediocridades me hacen enfermar. Lo que me deja una única solución, la solución para todos los anzati: la sopa en su estado más puro, exudado por la carne y extraído de la carne. Se pudre fuera del cuerpo.
Lo que significa que debe ser un cuerpo.
Es una veta madre, Mos Eisley, una poderosa concentración de entidades de todo género, reuniéndose en negocios privados que ahora también son míos. Entre trabajos, hay asueto, vacaciones, mi oportunidad de cazar. De buscar y encontrar la vena más capaz de satisfacer mi paladar. Llamadme gourmet, si queréis; no veo razón para no satisfacerme entre dos misiones que, con su finalización, con el método para su finalización, sirven para satisfacer a mis empleadores.
Tengo tiempo. Tengo salud. Soy de hecho bastante rico, aunque no diga nada sobre ello; los créditos son un tema completamente vulgar. Si no puedes permitirte contratarme, ni siquiera sabes que existo.
Sólo un empleador, el primero que tuve, se quejó de mis precios. Era un hombre vacío con poca imaginación... Me bebí su sopa por ello, pero me dejó insatisfecho; las personas que me contratan son generalmente cobardes, incapaces de nada más allá del deseo de poder y recompensa financiera, y su sopa está diluida. Pero sirvió, esa muerte; nadie volvió a quejarse nunca.
La lealtad, como la Suerte, no puede ser adquirida, sólo prestada durante un predefinido espacio de tiempo en el cual me sirvo a mí mismo incluso mientras sirvo a otros favoreciendo las ambiciones –o apaciguando las insignificantes disputas– de miríadas de seres. En general es un arreglo totalmente satisfactorio: Mis empleadores tienen el placer de saber que cierta “molestia” ya no molestará más, yo bebo la sopa del adversario caído, y mis empleadores me pagan por ello.
Pero de lo que la gente no se da cuenta es de lo efímero que es mi vínculo: Sólo es la sopa a lo que soy leal, y a los propósitos de la extracción.
Otros anzati se amarran a vidas pequeñas, vidas completamente enfocadas en la caza. Pero hay más, mucho más; una necesidad sólo tiene la imaginación de ver qué yace ahí fuera, y de encontrar la forma de tomarlo.
Dejadles que se amarren. Dejadles que vivan sus pequeñas vidas, bebiendo de venas que no merecen la pena. Dejad que yo tome las mejores en su lugar. Un trago que se sube a la cabeza, esa sopa, mucho más embriagadora –y por tanto más duradera– que las medidas temporales en las que se apoyan otros anzati.
Y mientras tanto me pagan por hacer lo que debo hacer.
Sí. Oh, sí. El mejor de todos los mundos.

viernes, 17 de octubre de 2008

La sopa está lista: El relato del fumador de pipa (I)

La sopa está lista: El relato del fumador de pipa
de Jennifer Roberson


Dolor-placer... placer-dolor. Inseparables. Indescriptibles. Ineludibles.
...más cerca, un poco más cerca...
Tatooine. Mos Eisley. Una cloaca de planeta, una cloaca de espaciopuerto, que ofrecen poco para el no iniciado, salvo quizá la pérdida de dinero, de extremidades, de la vida, pero más abundantes que otros lugares en riesgo, en Oportunidades, en Suerte, en el infinito milagro de la esperanza... ilícita, ilegal, completamente embriagadora.
...más cerca, si no te importa...
Para mí, al igual que para mis compañeros de camada, hermanos de sangre, Tatooine y Mos Eisley son aún más abundantes en potencial: de carne, de sangre, de vísceras, de la abrumadora promesa de riesgos ya tomados y riesgos a ser tomados; en lo inefable e indefinible que los de mi raza llamamos sopa.
Placer-dolor... dolor-placer. En lo profundo de los bolsillos de carne junto a mis fosas nasales, ocultas por sutiles solapas entre los rasgos por lo demás humanoides, las probóscides se estremecen.
...aún más cerca... aún más...
Eso es por lo que vivo, por lo que pesco, lo que cazo. El aroma de la sopa, y luego la sopa misma, corriendo cálida, y rápida, y dulce en los rincones de las venas, las arterias, el cerebro. En los rincones de la carne.
Eso nos presta a la leyenda. Nos convierte en un mito. Nos hace parecer demonios de sueños: No te portes mal o un anzat te atrapará y te sorberá toda la sangre.
Pero no es sangre en absoluto.
...casi al alcance...
En el brillo orgulloso del implacable mediodía de Tatooine no existen las sombras. Sólo la osadía del día, la magnificada munificencia de los soles gemelos, y el resplandor aún más brillante de la gloria de mi necesidad.
...ha pasado mucho tiempo, demasiado...
Mos Eisley nunca deja de estar abarrotado, pero aquellos que comprenden el carácter temerario de Tatooine comprenden también su malignidad, su malvado propósito: asar, cocer, freír. Y por eso huyen, aquellos que lo saben, hacia el huraño cobijo de los refugios barridos por la arena y desollados por el sol.
¿Para qué necesito sombras cuando la propia luz del día, y la temeridad, harán que los hombres se precipiten de cabeza huyendo de ella?
...tres pasos más...
Humanoide. Puedo olerle... saborearle, ahí, justo ahí; medido en todas las medidas posibles: un matiz, un tono, un suspiro, un beso... un soupçon*, si se me permite la expresión, de una pequeña excrecencia, el vapor de la sopa hervida dentro del cuerpo, indetectable para todas las razas humanoides salvo la mía.
...dos más...
No es un loco, no por completo; los locos mueren mucho antes de encontrarse con gente como yo, lo que nos evita algunos pequeños problemas. Es mucho mejor dejar que la vida se encargue de hacer la selección. Para cuando la gente llega a Tatooine, los locos de verdad ya están muertos. Aquellos que han sobrevivido a la llegada tienen alguna pequeña medida de inteligencia, talento, habilidad, de significativa destreza física... y una gran dosis de Suerte.
Un intangible, es la Suerte; un atributo que uno no puede comprar, ni robar, ni fabricar. Pero es finita, y completamente inconstante. Sólo que vosotros nunca lo sabéis.
Sólo yo lo sé. Yo soy Dannik Jerriko, y soy el Devorador de Suerte.
...un paso más...
...SÍ...

Él es bueno. Es rápido. Pero yo soy mejor, y más veloz.
Sólo una imagen; estoy demasiado perdido, demasiado hambriento: el velo negro cegador de la sorpresa en sus ojos, desnudos y obscenos para aquellos que entienden; pero él no entiende, no comprende nada. No sabe ni quién ni qué soy, sólo que soy... y soy alguien que ha colocado las manos sobre sus orejas y ha agarrado su cráneo para mantenerlo cara a cara en un ávido abrazo.
...cálida, dulce sopa...
Él podría luchar, si le dejase, extender la invitación. Y yo le dejo, extiendo la invitación –completo terror ondula la sopa– brevemente, oh, muy brevemente, para hacerle pensar que es mejor que yo; que la Oportunidad es su confidente y que la Suerte sigue siendo su amante. Pero no es miedo lo que deseo, ni cobardía, ni valor. El descarado deseo de caminar en el filo poniendo en riesgo una vida, vuestra vida, confiando en que la habilidad y la Oportunidad y la Suerte extiendan la red de seguridad.
Él es bueno, es rápido, desea caminar en el filo; y de hecho lo hace: saltando, inclinándose, tambaleándose... pero nadie es mejor o más rápido que yo, y yo he retirado la red. La Oportunidad y la Suerte, antes convocadas, se han retirado ante mi presencia: soy un anzati después de todo.
Se hizo simple y rápidamente con la manifiesta eficiencia de mi especie: probóscides prensiles se desenrollan desde las bolsas de la mejilla, primero se insertan y luego de abren camino por las fosas nasales hasta el cerebro. Paraliza instantáneamente.
Devoré su Suerte. Bebí su sopa. Dejé caer su cuerpo.
No sabrán dónde encontrarle; nunca lo hacen al principio. Eso llega más tarde, después, y sólo si alguien se preocupa lo suficiente como para hacer un escaneo en su busca. Yo tejo mi propia pesadilla, creo mi propia mitología. Una muerte rápida, limpia; sin alboroto, sin desorden.
Pero los asesinos a sueldo no tienen amigos, ni nadie que se preocupe lo suficiente por ellos. Por eso mato a los asesinos.
Exterminador. Aniquilador. Asesino de asesinos.
La sopa siempre es sopa, pero la más dulce es la del envase más alejado en el estante.
...oh... es dulce...
Pero la dulzura –como la Suerte, como la Oportunidad– es finita. Siempre. Y así el ciclo comienza, termina, comienza de nuevo, y termina; pero siempre hay otro comienzo.
Soy un anzat, de los anzati. Ahora me conocéis como Dannik Jerriko, pero tengo muchos nombres.
Los conocisteis todos de niños, los olvidasteis de adultos. La leyenda es ficción, el mito irreal; es más fácil dejar a un lado las cosas infantiles en la falsa iluminación de la madurez, porque los miedos de la niñez siempre se componen de verdades. Algunas verdades son más duras que otras. Algunos cuentos populares mucho más aterradores.
No dejéis que haya miedo. Miedo no es lo que ansío, ni lo que deseo. Es corrosivo al paladar, como vinagre en lugar de vino.
Dejad que haya valor, no cobardía; dejad que abunde la arrogancia. Confianza, no duda en uno mismo; seguridad en las capacidades de uno. Y la buena disposición, incansable, la ilimitada fisicalidad de la única constante: la prueba de las limitaciones de uno. Asunción de riesgos, no reticencia. El desafío a la Oportunidad.
No me hagáis predicciones. No me escribáis profecías. Permitidme tomar lo mejor de vosotros, lo mejor en vosotros.
Dejadme liberarlo. En mí viviréis para siempre.


* Sospecha. En francés en el original. Probablemente, el autor realiza un juego de palabras entre esta palabra y la inglesa soup, sopa, que aparece constantemente en el texto. En inglés se utiliza la palabra francesa con el significado de "pizca", una pizca de algo (N. del T.)