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jueves, 12 de septiembre de 2013

Tonos de gris (y III)


Alex resopló a través de su rostro cubierto de sudor y afianzó firmemente sus pies en posición de ataque. Sus dedos envolvieron la empuñadura de la espada de luz, y se sorprendió de que el arma pareciera sentirse como una extensión de su mano enguantada.
Ladeó el arma hacia su oponente. Su figura alta y ágil arrojaba una sombra sobre el suelo, entre ellos, con la melena de color marrón que le llegaba a los hombros agitándose al mismo ritmo que su ondulante capa. Él la miró con cautela, haciendo descender lentamente su propio sable de luz para encontrarse con el de ella. Un chisporroteo cortó el húmedo aire de la tarde cuando el fuego bailó en las espadas de los Jedi.
El caballero hizo una finta a la derecha, y luego se lanzó hacia Alex. Ella rechazó el ataque y respondió, dando un paso hacia él tan deliberadamente y con tanta fuerza que momentáneamente le cogió con la guardia baja. Su espada de luz se estrelló hacia abajo, cortando a través del de él con un golpe seco, y luego otro.
Alex se detuvo, tomando aliento. Una pequeña sonrisa asomó a los bordes de su boca, con sus almendrados ojos azules chispeando como el sable de luz en sus manos.
-Me tienes que enseñar ese truco –dijo él, respirando con dificultad.
Alex se lanzó de nuevo hacia adelante, empujando al Jedi hacia el borde del claro. El luchador más experimentado luchó para responder, pero Alex hábilmente retorció las muñecas y le agarró el sable, obligándole a soltarlo. Él lanzó una sonrisa a Alex.
-¡Tu entrenamiento ha dado resultado! –exclamó-. El Maestro Skywalker estará complacido.
Alex despertó del sueño, con el corazón acelerado. Cada respiración era difícil. Miró su mano y la flexionó, recordando la sensación del sable de luz. Había algo correcto, algo familiar en la visión.
Un dolor punzante atravesó sus hombros, soltando por su brazo una serpiente de fuego que rompió violentamente la visión de esperanza. Alex gritó de agonía. El corte de la espada láser del Jedi oscuro la torturaba, negándose a permanecer enterrado en el pasado. No eres lo bastante fuerte.
Ella se agarró el brazo.
-¡Déjame en paz! -le gritó a la sombría aparición cuando las luces en su celda parpadearon y se apagaron. Ese ritual nocturno había comenzado poco después de su llegada a Janara III. Se había acostumbrado al patrón: Las luces brillaban más fuerte, y luego se apagaban repentinamente. Un minuto más tarde, el parpadeo comenzaba de nuevo.
Otro preso en el bloque de celdas gritó. Quería desesperadamente decirle que todo iría bien. Se concentró, extendiéndose a través de la Fuerza y proyectando sentimientos de serenidad.
Pasos en el pasillo rompieron su concentración. Redujeron la velocidad y se detuvieron en la puerta de su celda. Se sentó mientras se abría la puerta. Un solitario soldado de asalto entró con la mano extendida, como si quisiera hacerla callar.
Agudizando sus sentidos, Alex sintió la familiar presencia.
-¿Dair?
El recién llegado tiró de su casco de soldado de asalto y se lo quitó.
-¡No llegué a decirlo antes, pero te he echado de menos!
Alex sonrió, pero sus ojos recorrieron cautelosamente la habitación antes de reunirse con él.
-¿Estamos solos?
Dair asintió.
-Aún no han tenido tiempo de adaptar las celdas de este edificio con algún tipo de seguridad de alta tecnología -dijo mientras se acercaba al catre-. Me habías preocupado hoy, antes, cuando he pasado junto a ti en el pasillo y no me has reconocido. Pensé que habías perdido tu toque.
-¿Cómo sabes que no me di cuenta de que eras tú?
-Oh, te conozco desde hace demasiado. Tienes esa mirada en tus ojos.
-¿Estás bien? –preguntó ella, cambiando de tema-. Retkin me mostró algunos videos horribles...
Dair hizo un gesto para hacerla callar.
-Hubo un intercambio de prisioneros unas pocas semanas después de la Batalla de Garos. Se llevó a cabo en poco tiempo, y yo estaba sucio porque había sido asignado para ayudar con los esfuerzos de rescate en el centro de Ariana.
-¿Después de que te disparasen? Dair, lo siento, yo no podía...
-Calla. Teníamos que jugar a ese juego y lo sabes. Era la única manera de que pudiera mantener mi tapadera.
-Pero esos vídeos...
-Eran de los interrogatorios después de que nos llevaran al Justiciero. No fue tan malo como parecía. Tu padre tenía mucha influencia con los imperiales. Consiguió me asignaran como su ayudante.
-¿Dónde está mi padre? Si tú estás aquí, entonces...
El rostro de Dair se ensombreció.
-Te han estado mintiendo, Alex -dijo en voz baja, tomándole las manos entre las suyas-. Después de que abandonásemos Garos, Brandei fue un defensor acérrimo del gobernador. Sabía que tu padre se mantuvo leal al Imperio. Nunca lo arrestaron. Él respondió a sus preguntas, pero nunca lo interrogaron. Brandei no se lo habría permitido. Y ahora ya no pueden.
Alex palideció.
-No. -Las lágrimas brotaron de sus ojos-. No. Por favor, no...
-Murió hace tres meses -respondió Dair suavemente, envolviéndola con sus brazos-. Lo siento.
Alex hundió la cara en el pecho de Dair y lloró. Había perdido todos los miembros de su familia. Era una niña cuando su madre murió. A continuación, sus abuelos fueron asesinados aquí en Janara III. Su padre, Matt Turhaya, un comandante de las Fuerzas Especiales, había muerto durante la invasión de Garos IV. Ahora, el hombre que la había adoptado, a quien quería profundamente a pesar de sus ideas políticas, se había ido.
Dair abrazó con fuerza a Alex y le acarició suavemente el pelo. Luchó contra el nudo que tenía en la garganta.
-Su corazón estaba débil, Alex. Nunca volvió a ser el mismo después de ese intento de asesinato en Garos. –Dair le levantó la barbilla y le limpió delicadamente las lágrimas de la cara.
-Cuando le dices “adiós” a alguien, realmente quieres decir “hasta luego”. -Los labios de Alex temblaron-. Esto no tenía que suceder. Iba a hablar con él de nuevo. Quería hacerle entender por qué...
-Shh -dijo Dair en voz baja-. No habría supuesto ninguna diferencia.
-¿Cómo puedes decir eso? -preguntó alejándose de su abrazo.
-Él te quería, escoria rebelde o no. Después de que nos fuéramos de Garos no pasaba un día en el que no tuviera una historia de Alex que contar. -Una leve sonrisa iluminó el rostro de Dair mientras tomaba la mano de Alex para apretarla entre las suyas-. Sonreía radiante cuando hablaba de los rituales a la hora de la cena en la mansión del gobernador, y de tu expediente... aquella vez que tuviste medio sistema de defensa aérea de Ariana listo para derribar vuestra lanzadera. Recordaba cómo impresionabas siempre a los dignatarios y jefes militares que os visitaban.
-Por favor, para. No lo viste la noche que le dije que trabajaba para los rebeldes en Garos. Yo no era la leal hija imperial que siempre pensó que había criado. Yo no quería pilotar cazas TIE. ¡Quería derribarlos! Le hice mucho daño, Dair.
-El tiempo borró parte de ese dolor.
Alex estudió la cara de su viejo amigo.
-Espero que estés bien.
-¿Estás lista para ponerte manos a la obra?
-¿Has podido contactar con mi red?
Dair asintió.
-Parece que pueden preparar un gran espectáculo. Grandes cañones. Mucha potencia de fuego.
-Más que una pequeña y sencilla misión de rescate, ¿eh? -dijo ella-. Inteligencia de la Nueva República estaba en lo cierto acerca de las actividades imperiales en este sector. Debes de habérselo confirmado. ¿Qué planean los impes?
-Están poniendo en marcha fábricas para construir cazas aquí. Están siendo enviadas toneladas de equipo. Se están almacenando armas.
-¿Proporcionaste algunos buenos datos de objetivo?
-Desde luego –confirmó-. El ataque nos servirá de distracción. Después de las misiones que has realizado, salir de aquí será como un juego de niños. Janara III va a iluminarse como un...
Alex hizo una mueca cuando otra ráfaga de dolor se disparó por su brazo.
-¿Qué pasa?
-Janara III. -Lo dijo lentamente, con la mirada fija en las austeras paredes grises de la celda de la prisión-. Yo solía vivir aquí. Mis abuelos murieron aquí. –Sujetándose el brazo, Alex se puso de pie y se volvió para mirar a su viejo amigo-. Brandl me dijo por qué el Imperio atacó a este mundo.
-¿Jaalib Brandl? ¿Cómo iba él a saber...? -Dair frunció el ceño-. Alex, ¿no creerías realmente nada de lo que dijo? ¡Trató de asesinar a tu padre!
-El padre de Jaalib dirigió la misión. ¿Has oído hablar de los cazadores de Jedi del Emperador?
El vacío del espacio no podría haber sido más silencioso. Dair frunció el ceño y Alex pudo ver cómo iba juntando las piezas del puzle.
-¿Tú? -Muchas cosas acerca de la joven que estaba ante él parecieron repentinamente claras. Cosas que había atribuido a la intuición o a un extraño sentido del peligro eran mucho más que eso-. Te estaban buscando a ti -dijo Dair pensativo-. Realmente tienes un poder especial...
-Eso no siempre es algo bueno.
-¿Qué quieres decir?
Alex se quitó la chaqueta y mostró la dentada cicatriz de sable de luz en su brazo.
Dair reprimió el impulso de maldecir.
-¿Fue Brandl quien te hizo eso?
Alex puso sus manos sobre los hombros de Dair para calmarlo, y para calmar sus propias manos temblorosas.
-No importa -dijo sin convicción. Miró más allá de Dair. El hedor de la carne sangrante, los huesos rotos y el humo asfixiante que quedaba en las postrimerías de la bomba de un asesino estaban tan claros para ella en ese momento como lo habían estado en Garos. Rocas afiladas y vidrio rasgaron sus manos, que le dolían mientras se esforzaba por alcanzar a su padre-. Brandl dijo que yo no era lo bastante fuerte. Sabía que la ira me haría más poderosa. -Una lágrima cayó por su mejilla mientras miraba hacia Dair-. No podía dejar morir a mi padre.
La expresión de Dair se suavizó.
-Por supuesto que no. -Con cuidado, le apartó un mechón de pelo suelto de los ojos y le limpió la lágrima-. ¿De modo que eres una Jedi?
Alex negó con la cabeza.
-Brandl me mostró el lado oscuro de la Fuerza. Me hizo ver algo en mí de lo que no estoy orgullosa. Vaya donde vaya me persigue el recuerdo de lo que hice.
-Salvaste la vida del gobernador, Alex. Este poder...
-...es demasiado seductor –intervino ella-, demasiado peligroso. Me asusta.
-¿Puedes controlarlo?
Durante los últimos meses, cada vez sentía más la tensión de las emociones tirando de ella siempre que sus amigos estaban en peligro.
-Lo intento.
-¿Y qué pasa si no puedes? ¿Qué pasará la próxima vez que te enojes?
-No creo que...
-Yo no estaría tan seguro. No de la manera que estás hablando. ¿Es así como quieres vivir el resto de tu vida?
-Por supuesto que no.
-¿Entonces por qué estás aquí volando en misiones para la Nueva República cuando deberías estar explorando tu poder?
-¿No me has oído? No creo que sea lo bastante fuerte para resistir la tentación del lado oscuro.
-Bueno, no entrenarte no te hará más fuerte... sólo te deja más vulnerable.
Ella negó con la cabeza.
-No estoy lista. Ya lo he demostrado. Dolorosamente.
-Bueno, no tienes por qué hacer esto por tu cuenta, ¿verdad?
Alex se dio la vuelta y miró a la vacía pared gris de la celda. Volveremos a encontrarnos, Alex.
-He oído que Luke Skywalker está restableciendo la Orden Jedi. Está entrenando estudiantes en Yavin.
-¿No deberías estar con ellos?
Ella lo miró de nuevo, sacudiendo la cabeza.
-Él no me querría ahí. No después de lo que he hecho.
Dair la obligó a mirarle a los ojos oscuros.
-La Alex Winger que yo conocí no se daba por vencida tan fácilmente.
-¡Déjame en paz! -exclamó, tratando de soltarse las manos-. Lo estoy intentando, ¿no lo ves?
-Tienes miedo. Lo entiendo. Pero eso nunca te ha detenido antes. -Dair se levantó bruscamente y agarró su casco-. Será mejor que me vaya. Descansa un poco. Nos vemos en unos días.
Alex se pasó la palma de su mano por la vieja cicatriz de sable de luz, recorriendo con el dedo su borde dentado. Había algo de verdad en lo que Dair había dicho, lo sabía. El agarre del lado oscuro no era absoluto. Luke Skywalker había estado en el lado oscuro y regresó. Incluso el legendario Ulic Qel-Droma finalmente había vuelto a la luz. Luego estaba Kyp Durron, cuyo futuro estaba segura de haber visto, incluso con más claridad que el suyo propio. Sería un gran Maestro Jedi. Pero su propio futuro estaba gris, oculto bajo las sombras proyectadas por el Jedi oscuro. La influencia de Brandl necesitaba desaparecer. Ya.

***

-Me preguntaba si volverías después de la forma en que terminó nuestra visita el otro día -dijo Alex cuando Dair se deslizó en su celda.
-Pensé que estabas con falta de sueño. Nada personal –respondió-. Traté de entrar ayer, sin suerte. Quería darte una pequeña advertencia antes de comenzar esta operación, pero ya sabes lo que dicen de los planes mejor trazados.
-Entonces, ¿cuál es el plan?
-Hay unas docenas de guardias entre esta sala y el puerto espacial. -Dair sacó una tarjeta de datos de los pantalones y la frotó con el dedo índice-. Esto nos sacará del edificio si nos detienen. Hay un OP- 5 esperándonos en la puerta, y una lanzadera completamente preparada en el puerto espacial.
-Suena demasiado fácil. ¡Y ya sabes lo que dicen de eso!
El crono de Dair sonó.
-Es hora de irse. ¿Lista? -preguntó, advirtiendo esa mirada lejana en los ojos de Alex-. ¿Qué ocurre?
Ella se extendió con la Fuerza.
-Un guardia. Está acercándose a la puerta.
-Eso ha sido rápido. -Dair se plantó contra la pared cerca de la puerta cuando una explosión sonó en la distancia-. Pensé que no nos toparíamos con nadie hasta que saliéramos del módulo de celdas.
La puerta se abrió. Alex se quedó mirando al soldado de asalto que entró en la habitación. El soldado vio a Dair.
-¿Quién eres tú? -le preguntó, alzando su rifle desintegrador.
Alex agarró el cañón del arma y tiró del soldado hacia la habitación. Dair le golpeó en la cabeza, y el hombre cayó al suelo con un ruido sordo. Alex pasó el A280 a Dair.
-Las damas primero –dijo él, señalándole el pasillo desierto.
Avanzaron como boetays por el pasillo, subieron una escalera desierta, y giraron hacia la rotonda principal. Dos guardias de seguridad levantaron la vista de la mesa. Uno asintió casualmente a Dair, quien empujó Alex hacia la salida de la prisión. Él la empujó con el rifle bláster mientras otra gran explosión sacudía la plaza más allá de la entrada. Las alarmas sonaron.
-Espere, teniente –llamó uno de los guardias.
Dair se volvió.
-No lo creo. –Disparó a ambos guardias mientras Alex salía corriendo por la puerta, bajaba a saltos las escaleras y se dirigía hacia el deslizador terrestre OP-5 estacionado cerca de la entrada. Se metió en el vehículo con Dair a sólo unos pasos atrás. 
Alex miró hacia el cielo mientras cuatro alas-X pasaban disparados sobre sus cabezas y derribaban un edificio justo al norte. Dos cazas más cruzaron el cielo tintado de rosa de Janara desde el oeste. Dair puso en marcha el deslizador y aceleró por la amplia avenida, haciendo caso omiso de los frenéticos avisos procedentes de los guardias en la puerta.
Alex le lanzó una gran sonrisa.
-Bonita distracción.
-Ya te dije que di a tus amigos una buena información de objetivos.
Alex estudió el camino detrás de ellos.
-Aún no hay señales de persecución. Supongo que están un poco ocupados.
-Tendremos suerte si conseguimos una ventaja de cinco minutos. -Dair le lanzó una mirada de soslayo-. ¿Estás bien?
-Sólo me preguntaba si ya te has cansado de tu vida imperial.
-¿Crees que podría encontrar un buen trabajo tranquilo de despacho?
-Eres muy valioso para la Nueva República, Dair.
-Sólo tendrían tu palabra. No estoy seguro de si voy a saber cómo actuar si no estoy sirviendo detrás de las líneas enemigas.
-Te daremos una o dos semanas para que te acostumbres.
Él se echó a reír.
-De todas formas, tengo una petición.
-¿Cuál?
-Lo más probable es que no haya ayuda interna la próxima vez, por lo que ¿me prometes que te mantendrás fuera de las prisiones imperiales a partir de ahora?
Alex le apretó el brazo con suavidad.
-Te lo prometo si regresas a Garos.
Dair sonrió.
-¡Volveré cuando tú lo hagas!
Alex sintió que él sabía que no iba a volver a Garos. Sonriendo para sí misma, estudió el perfil de Dair, aliviada de que abandonase su servicio imperial. Sin embargo, sus pensamientos se desviaron de nuevo a su padre, y el corazón volvió a dolerle. Se preguntó si habría entendido que en esta lucha no había respuestas sencillas. No había blancos y negros; no para ella, no para Dair. Sólo grises.
Dair señaló el compartimiento de almacenamiento del deslizador.
-Mira esto. Un par de extras en caso de que los necesitemos.
Alex buscó en el compartimiento y encontró los objetos de que le estaba indicando.
-Uno para mí, uno para ti -dijo Alex. Comprobó los paquetes de carga de los desintegradores, y a continuación dejó los dos DL-18 entre ellos y tomó el A280 que habían obtenido del guardia de la prisión-. Bueno, amigo mío, estoy lista si tú lo estás.
-Mantén los ojos abiertos -dijo Dair.
Media docena de naves imperiales aparecieron a la vista, alzándose sobre los almacenes en las afueras del puerto espacial para alcanzar los atacantes de la Nueva República. Dair guió el OP-5 pasando la primera serie de edificios y entró en un flujo de vehículos que se apresuraba a conducir pilotos a otras naves.
Alex examinó rápidamente la pista de aterrizaje.
-Bueno, ¿dónde está esa lanzadera que mencionaste? -le preguntó al pasar junto a una fila de edificios en ruinas.
-Justo al otro lado de esa torre -dijo Dair, señalando con la cabeza una elevada estructura gris en la distancia-. Todo el mundo parece estar ocupado con tus amigos. No han sido advertidos de nuestra llegada.
-Puedes que estés equivocado acerca de eso -dijo Alex-. Dos soldados exploradores se acercan a tu izquierda.
Alex agarró con fuerza el rifle desintegrador mientras el deslizador se dirigía a una zona despejada. Apoyó el cañón en el costado del vehículo, con la mirada puesta en las motos deslizadoras que se acercaban rápidamente.
-¡Están acercándose muy deprisa! -gritó Alex-. ¡Acelera!
Dair aceleró a fondo y respondió gritando:
-¡Nunca podremos correr más rápido que ellos!
-¡Sólo dirígete hacia esa lanzadera! -exclamó Alex, preparando el bláster para apuntar a los soldados, pero reteniendo el fuego. Unos segundos más antes de que estuvieran al alcance...
Alex disparó, pero el primer disparo salió desviado cuando Dair giró esquivando un lento esquife. Su segundo disparo dio en el blanco.
-¡Le di! -gritó cuando un vehículo estalló en llamas, dio una vuelta de campana, y se estrelló contra el asfalto. La segunda moto dio un amplio giro, esquivando por los pelos los restos en llamas.
Un disparo desde la dirección opuesta sacudió el deslizador.
-Más compañía -dijo Dair mientras soltaba algunos tiros con el DL-18 y zigzagueaba entre los edificios.
-¡Uno todavía sigue detrás de nosotros, también! -Alex apuntó y disparó. Saltaron chispas del motor de la moto deslizadora cuando otro soldado explorador llegó a través de un callejón y se colocó de pronto codo con codo junto al deslizador. Disparó a Dair, fallando por sólo uno o dos centímetros. Alex le arrebató los controles a Dair e hizo girar el deslizador bruscamente a la izquierda.
-¡Hey! -gritó Dair-. ¿Qué estás haciendo? -Por el rabillo del ojo, vio cómo la moto deslizadora golpeaba el costado del deslizador antes de salir fuera de control. Lanzó una rápida sonrisa en dirección a Alex.
Sus problemas no habían terminado. Alex vio a dos borrones que avanzaban velozmente detrás del OP-5. Un instante después, un soldado estaba mirando a Dair a la cara. Dair también se fijó en él, y sacudió el vehículo bruscamente a la izquierda de nuevo. El soldado no fue sorprendido con la guardia baja al igual que su compañero. Inclinándose, agarró el costado del deslizador terrestre, y lanzó sus piernas al asiento trasero.
El soldado explorador agarró a Alex mientras ella trataba de dispararle. Él la atrajo al asiento trasero, sujetándole los brazos.
-¡Para! -gritó ella. Usando las rodillas para separar sus cuerpos, Alex trató de alejarlo-. ¡Dair! ¡Para! -exclamó-. ¡Frena!
-¿Qué? -Dair frunció el ceño.
-¡Que frenes!
Dair detuvo el OP-5 en seco, y el soldado explorador cayó al asiento delantero. Su cabeza golpeó ruidosamente el parabrisas de transpariacero. El soldado detrás de ellos se estrelló contra la parte trasera del vehículo, salió disparado sobre el extremo delantero del deslizador terrestre y cayó al asfalto.
-¡Acelera, ya, ya! -gritó Alex.
Dair apretó el acelerador de nuevo mientras Alex agarraba al soldado del asiento delantero, lanzándolo por encima de su cabeza por parte trasera del deslizador. Su cuerpo rebotó en el asfalto como una muñeca de goma mientras el deslizador terrestre pasaba justo frente a la torre de control con forma de obelisco y se acercaba más a la lanzadera.
-¿Estás bien? -preguntó Dair.
-Sí -respondió Alex, frotándose el cuello.
Disparos de bláster golpearon la parte trasera del deslizador. Alex tomó su rifle desintegrador de la plancha del suelo y se volvió para inspeccionar la nueva amenaza.
-¡Aún siguen llegando!
Dair lanzó una rápida mirada hacia atrás y vio la media docena de motos deslizadoras que habían asumido la persecución y ahora estaban acercándose. Unos segundos más tarde, Dair detuvo el OP-5 a pocos metros de la escotilla de la lanzadera de escape.
-¿Una lanzadera clase Lambda contra cazas imperiales? –gimió Alex mientras varios disparos impactaban en el deslizador.
-Menos mal que tus amigos se presentaron, ¿eh?
-Desde luego -gritó mientras salía de un salto del deslizador.
Dair saltó por encima de la parte lateral del vehículo y apuntó al soldado explorador más próximo para cubrir a Alex. Disparó, y otra moto deslizadora estalló en llamas.
Alex echó a correr por la pista. Se detuvo en la parte inferior de la rampa de la nave, volviéndose a dar cobertura a Dair.
Otra moto deslizadora les había rodeado y apareció por la derecha. Un disparo de su cañón láser golpeó la mano de Alex, haciéndole soltar el rifle desintegrador. Alex ignoró el dolor punzante y sacó su DL-18, sujetándolo dolorosamente con sus manos ensangrentadas. Golpeó la moto que se acercaba con un flujo constante de fuego, mientras Dair ascendía por la rampa de la lanzadera. La moto explotó, con una lluvia de restos que cayó sobre el asfalto y en el camino de sus compañeros. Otras dos motos chocaron entre sí, y una tercera se encontró con la letal puntería de Alex.
Motores de la nave se encendieron y Alex subió corriendo por la rampa, pulsando de un puñetazo el mecanismo de cierre de la puerta mientras la lanzadera se elevaba sobre el asfalto. Se arrancó la chaqueta y la usó para envolver su mano herida. Disparos de bláster rebotaron inocuamente sobre el casco mientras se unía a Dair en la cabina, tomaba los controles y guiaba la lanzadera hacia la atmósfera.
-Señal confirmada -informó Dair-. Si nos derriban, no será por tus amigos.
-¿Qué quieres decir, si nos derriban? ¡Estás con uno de los mejores pilotos del Escuadrón Azul!
-¿Azul? -Se echó a reír-. ¿Qué clase de nombre es ese para un escuadrón de élite?
Alex puso los ojos en blanco.
-Uno sin pretensiones. Sutil.
-Ah. Sí, está bien. Entiendo -respondió.
-¿Puedes ponerme al comandante de ala en el comunicador? -preguntó mientras pulsaba media docena de botones en el panel de la cabina para asegurarse de que los escudos estaban activos y las armas listas. Huellas dactilares sangrientas cubrieron la consola.
-¡Alex, estás sangrando! -Dair la agarró del brazo y desenvolvió el vendaje que se había puesto-. ¡Has perdido media mano! -Dair se abrió la chaqueta y rasgó la tela de su propia camisa. Le tomó la mano y envolvió con cuidado la tela alrededor de la herida.
-Deja de exagerar –exclamó ella-. Son sólo un par de dedos. De verdad, estoy bien. Deja que nos saque de aquí.
-Está llegando otra señal. Coordenadas.
-Tecléalas en el ordenador de navegación.
Los dedos de Dair volaron a través de la consola.
-Hecho.
Segundos después, la nave dio el salto al hiperespacio.
Mirando por la ventana, Alex observó el borrón de las estrellas más allá de la nave. Relajándose, se extendió con la Fuerza, sabiendo que encontraría la fortaleza para enfrentarse a sus miedos. No iba a descender por el camino oscuro. Volveremos a encontrarnos, Alex. Las palabras de Skywalker.
Sin pensarlo, las manos de Alex juguetearon ligeramente con los controles de la nave, y tecleó un nuevo conjunto de coordenadas en el ordenador de navegación.
-¿Estás cambiando el curso? -preguntó Dair.
-Es hora de ir a Yavin -dijo ella, con una mirada lejana en sus ojos-. Alguien me está esperando allí. Puedo sentirlo.
La Fuerza estará contigo... siempre.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Tonos de gris (II)


Un dolor insoportable invadió el brazo de Alex. Se quedó mirando su chaqueta, el tejido quemado, atravesado hasta su piel. Con el sudor brotando de su rostro, miró a la imponente y oscura figura encapuchada de pie en la cima de la duna. Permanecía en silencio, como si juera un juicio, y el silbido de su sable de luz era el único sonido que atravesaba el denso aire de la noche.
-¿Por qué haces esto? -le gritó.
Sacudida por el sueño inquieto, Alex se despertó y trató de recuperar el aliento. Se frotó con la palma de la mano la cicatriz que se extendía por la parte superior de su brazo. Los recuerdos de aquel fatídico día en Garos IV estaban todavía vivos, el dolor muy real. La cicatriz no sólo le había cortado en la carne. Era un recordatorio de lo que había hecho... de su roce con el lado oscuro.
Miedo... ira... ¿Por qué el recuerdo de aquel día se negaba a morir? Las emociones se cernían sobre ella como una palidez mortal. El Jedi oscuro no la había matado. ¿Por qué? ¿Por qué? Él se burlaba de ella en sus sueños, y en los momentos de tranquila vigilia. Le había hecho dudar de que tuviera la fortaleza para aprender a controlar la Fuerza. Una lágrima rodó por la mejilla de Alex. El miedo y la ira la habían llevado al lado oscuro una vez, y necesitaba de toda su fuerza para mantenerlos a raya ahora. Siempre estaban ahí, proyectando una sombra sobre todo lo que hacía.
Alex apartó la lágrima y se frotó los ojos, haciendo una mueca cuando ella se tocó la sien magullada y dolorida. Agitó ligeramente la cabeza. Gimiendo suavemente, se obligó a ver lo que la rodeaba en la habitación débilmente iluminada. Equipos de diagnóstico médico parpadeaban con luces amarillas y verdes, y el aséptico olor de la enfermería flotaba en el aire. En la gran sala podían verse una docena de camas vacías.
Alex se estremeció, recordando los momentos finales en su ala-X antes de que se desmayara. Destructor Estelar Imperial. Había estado a punto de chocar con un Destructor Estelar Imperial.

***

Alex perdió la cuenta de unos días que parecían interminables, días que se convertían en noches de insomnio. El silencio de su celda quedaba roto sólo por el zumbido sordo de los motores de la nave. Las pesadillas penetraban en el poco sueño que podía conciliar. Estaba exhausta y era incapaz de alejar las sombras de su encuentro con el lado oscuro. Tenía demasiado tiempo para pensar.
No había distracciones, ni visitas. No había preguntas. Nada. No vio a nadie, ni siquiera a los droides que le entregaban dos comidas al día a través de una ranura en la puerta.
Fue un alivio cuando la nave finalmente se puso en órbita alrededor de un mundo distante y los soldados de asalto la condujeron a una lanzadera con destino a la superficie del planeta. Estudió el paisaje que se mostraba en el exterior de la ventanilla. Picos nevados y lagos de un azul cristalino parecían contrastar de forma extraña con valles marcados por la guerra. Una ciudad se extendía a lo largo de un lago, con muchos de sus edificios en ruinas. Vehículos imperiales de todas las formas y tamaños retumbaban por las calles. No podía verse ni un solo vehículo civil. El puerto espacial estaba en mal estado, pero repleto de transportes imperiales. Era como un centenar de otros mundos que había visto devastados por la Guerra Civil Galáctica.
Sus escoltas la condujeron a un viejo e imponente edificio cerca del centro de la ciudad. Las instalaciones penitenciarias se encontraban en un sub-sótano tres pisos por debajo del nivel del suelo. Su celda era una de tantas en un pasillo débilmente iluminado que olía a moho, habitantes sin lavar, y animales muertos. Había una sensación palpable de desesperanza y miedo que emanaba del bloque de celdas. Lo último que escuchó antes de que la puerta de su nuevo hogar casa se cerrara fue el llanto incontrolable de otro preso al ser arrastrado por el pasillo.
Pasaron tres días antes de que tuviera contacto humano. Soldados de asalto la escoltaron a los pisos superiores y la fueron empujando por el pasillo del cuarto piso. Altas ventanas en forma de arco con volutas y detallados grabados se alineaban en los amplios pasillos. Alex estudió los terrenos más allá del edificio mientras sus ojos se acostumbraban a la luz que entraba en el interior. Una valla bordeaba el perímetro del recinto unos cien metros de distancia, oculta en lugares por la densa vegetación, desarrollada en exceso. Torres de vigilancia salpicaban la zona, pero era obvio que estaban apresurándose a construir más. Una docena o más de motos deslizadoras estaban estacionadas en la base de una torre, cerca de la entrada principal, y una avenida arbolada se alejaba del edificio. Las estructuras de rascacielos hechos de duracemento y transpariacero se recortaban en la distancia contra un cielo de color rosa sin nubes.
Media docena de puertas se alineaban en el pasillo. Una, al fondo, estaba claramente marcada como una escalera, y mentalmente la señaló como una posible vía de escape. El piso estaba desierto a excepción de sus guardias, un par de presencias humanas que sentía detrás de puertas cerradas, y un soldado de asalto adicional que entró por la puerta de la escalera. Tuvo una extraña sensación cuando pasó junto a ella, pero le restó importancia, echándole la culpa a la falta de sueño.
Un guardia le indicó que entrase en una habitación grande, escasamente amueblada con un viejo escritorio y una mesa rodeada de cuatro sillas de madera kirecha de aspecto antiguo. Un sofá de color marrón oscuro, con el tapizado desgastado en algunos puntos, estaba colocado descuidadamente contra una pared, con tres sillas más pequeñas alineadas cerca de la ventana.
Alex se acercó a la gran ventana panorámica en el lado opuesto de la habitación y miró afuera. La parte trasera del edificio contaba con un patio a la sombra, pero sus caminos estaban cubiertos de maleza que se enrollaba alrededor de arbustos que no habían sido podados en años. Bancos negros cubiertos de óxido rodeaban una fuente llena de agua de color verde grisáceo oscuro. Se preguntó si el lugar había sido bien cuidado en tiempos mejores.
-Apártese de la ventana, teniente -ordenó el soldado de asalto.
Alex frunció el ceño, pero se acercó a la mesa en el centro de la habitación.
-¿Qué pasa, capitán? Parece que el día ya está demasiado avanzado para comenzar un interrogatorio.
Sonaron pasos en el pasillo antes de que el soldado pudiera responder. Irguiéndose, sostuvo su arma en posición de revista.
Alex se volvió hacia los recién llegados. Dos soldados de asalto más entraron en la sala y se colocaron a ambos lados de la puerta para permitir pasar a otra figura.
-Esperen afuera –dijo el capitán Brandei a los soldados, entrando en la habitación con las manos unidas firmemente a la espalda, como si estuviera inspeccionando su flota.
Alex aún se sentía débil varios días después de su captura, pero hizo todo lo posible para mantenerse de pie en posición de firmes. Estudió al capitán. Había más hebras de plata corriendo por su cabello que la última vez que le había visto.
Brandei se acercó a la ventana, y finalmente habló sin mirar hacia Alex.
-Veo que ha decidido reincorporarse al mundo de los vivos.
-Era su nave. El Justiciero.
Él asintió con la cabeza.
-Un extraño giro de los acontecimientos, ¿no es cierto?
-Bueno, me sorprende que le haya costado tanto tiempo venir a verme.
Brandei hizo una mueca burlona.
-Yo no tenía intenciones de verle en absoluto, Alexandra. Me da asco.
-¿Es así como da la bienvenida a la hija de su viejo amigo, el gobernador imperial? -preguntó Alex, con voz fuerte, segura y con un aire de arrogancia que parecía ajeno a sus propios oídos.
Brandei se volvió lentamente, mirándola implacablemente antes de responder con un tono tan helado como las planicies de Hoth.
-Por favor, Alexandra. No sea condescendiente. Usted es una rebelde, pura y llanamente. Sólo puedo imaginar cómo debió sentirse el hombre que la aceptó como a su propia hija cuando se dio cuenta de que había criado a una traidora al Imperio.
Alex mantuvo la cabeza alta, fijando sus ojos en el capitán. Sus palabras podían ser crueles, veraces incluso, pero nada de lo que dijera podría borrar su conocimiento de las atrocidades del Imperio.
-¿Por qué estoy aquí, capitán? -preguntó mientras él se sentaba en el escritorio.
-No estoy muy seguro, querida. No acostumbramos a capturar pilotos de ala-X. El personal de rayo tractor está siendo interrogado, y su nave registrada a fondo. Por qué le trajeron a bordo va más allá de mi comprensión. Un error, supongo. Algunos de los nuevos operadores en la trinchera de la tripulación, tal vez. -Frunció el ceño, arrugando la frente-. Imagine mi sorpresa cuando descubrí su identidad.
Los ojos de Alex se mantuvieron fijos en Brandei, pero no dijo nada.
-No es de extrañar que los rebeldes en Garos tuvieran tanto éxito. Tenían una línea interna a las actividades imperiales procedente directamente de la mansión del gobernador.
-Eso ayudó. -Alex sonrió sin humor, haciendo caso omiso de los dolorosos recuerdos del trabajo a espaldas de su padre adoptivo. No era algo que Brandei pudiera entender-. Debo felicitarle, capitán.
-¿Ah, sí? ¿Qué he hecho?
-Ha sido capaz de mantener el Justiciero lejos de las manos de la almirante Daala, lo que significa que usted no es uno de sus perritos falderos. Por suerte para usted, ya que ella se las arregló para destruir casi todas las naves de su propia flota.
Brandei la miró por un momento, y Alex se preguntó si estaba al tanto de los últimos acontecimientos en el Cúmulo de Las Fauces. Su cara de sabacc era muy buena.
-Viaja usted bastante, ¿no? No creo que necesite preocuparse por las actividades de la almirante -se burló-. Sin embargo, puede que esté interesada en saber qué ha motivado mi visita.
-Déjeme adivinar. Estoy a punto de ser interrogada por medios crueles e inhumanos, y usted quiere que coopere para que me traten con menos dureza.
-¡Qué descaro! Su padre no la reconocería. Tal vez no sea tan arrogante cuando le diga por qué estoy aquí.
-Deje a mi padre fuera de esto.
-No puedo hacer eso, Alexandra. Está bajo arresto, ¿sabe?
-¿Qué?
-Hay personas que quieren que sea procesado por colaboración con el enemigo.
-¿Conmigo? ¡Eso es ridículo! Usted sabe tan bien como yo...
-No importa lo que yo sepa o crea. El mando tiene relatos de testigos...
-¿Informes de que he acudido a actos oficiales con mi padre? ¿Qué he visitado la Sede Imperial? ¿Qué demuestra eso? Menudo amigo ha resultado ser usted.
-Tú misma has colocado esa carga sobre él, querida. No había nada que yo pudiera hacer para detenerlo.
-Dudo que lo haya intentado siquiera –dijo Alex con desdén-. Usted, mejor que nadie, sabe que mi padre es inocente. Seguramente no querrá que los ojos de sus superiores se centren en usted, ¿verdad? Fue su nave, después de todo, la que me llevó a Garos después de esa incursión imperial. Usted es el responsable de salvar mi vida, capitán -añadió con total naturalidad-. Supongo que eso le hace responsable de la caída de Garos IV.
Brandei rió.
-Se tiene usted en demasiada estima, Alexandra –escupió-. Tiene que reconocer en lo que se ha convertido. Quebró el espíritu de su padre... y ahora el Imperio está quebrando su mente.
-No le creo.
-Por favor, detenga esta farsa, Alexandra. Su padre es uno de mis amigos más antiguos y queridos. Le ahorraría ese dolor, acabando con usted aquí y ahora. Eso sería lo más civilizado...
-¿Civilizado? -Alex golpeó el escritorio-. ¿Usted diría que lo que el Justiciero hizo en Janara III fue civilizado?
Brandei se echó hacia atrás, sorprendido por su arrebato. Vaciló, y luego se aclaró la garganta antes de responder a la acusación.
-Las órdenes del Alto Inquisidor vinieron del propio Emperador. El bastión rebelde de allí...
-¡No había ningún bastión rebelde allí, y usted lo sabe! Usted mismo vio la destrucción. -Alex trató de mantener su ira bajo control mientras un intenso y agudo dolor recorría su brazo y subía por los hombros. Apretó el puño con fuerza y miró a Brandei-. ¡Niños inocentes y sus familiares fueron asesinados por sus armas!
-No trate de esconderse detrás de esa antigua historia -dijo Brandei fríamente, sin reconocer lo que Alex sabía de primera mano. Miró por la ventana-. De haber sabido el dolor que le ocasionaría a su padre, le habría dejado enterrada en los escombros de Janara III.
Alex tragó saliva.
-¿Dónde está mi padre?
-Como he dicho, está bajo arresto.
-¿Está aquí? Quisiera verlo antes de que yo...
-Lo que usted quiera no tiene ninguna importancia. Usted no tiene ningún derecho aquí. Incluso si supiera dónde está siendo recluido, denegaría su solicitud. Usted ya le ha hecho suficiente daño.
-Entonces, ¿qué va a pasar ahora, capitán?
-Usted va a ser entregada a las autoridades...
-¿Para ser ejecutada? -interrumpió ella.
Si la franqueza de Alex había tomado por sorpresa a Brandei, no mostró ninguna reacción salvo aclararse la garganta.
-Para ser interrogada –dijo él mirándola a los ojos-. Pero está en lo cierto, por supuesto. La ejecución es la única respuesta a sus actividades sediciosas. Piense en lo humillante que será para su padre verla desfilar ante un tribunal. Humillante y doloroso. ¿Alguna vez tuvo en cuenta sus sentimientos?
Alex se dio la vuelta. Más de lo que nunca te imaginarías.
-Todo el mundo conocerá su vergüenza. -Brandei sacudió la cabeza con tristeza.
Una lágrima luchaba por escapar de la esquina de los ojos de Alex.
-Será mejor que coopere, Alexandra -dijo el imperial-. Le digo esto por el bien de su padre, no por el suyo. Las cosas se pondrán peor para él si no lo hace.
El calor subió por las mejillas de Alex.
-Sus amenazas no significan nada, Capitán.
-No amenazo. Salve la vida de su padre. Que viva el resto de sus días como le corresponde a un ex gobernador leal. Dígales todo lo que sabe acerca de sus amigos rebeldes, y no caerán más desgracias sobre él. -Se acercó a ella-. ¿Cuáles eran sus órdenes?
Alex se encogió de hombros.
-No sé nada que pueda ser de interés para sus interrogadores, capitán. Sólo soy un piloto de ala-X. –Él no necesitaba conocer los informes de misión que describían la actividad inusual que habían sido enviados a investigar en este sector.
Brandei alcanzó el intercomunicador sobre su escritorio y pulsó el botón de llamada.
-Bueno, entonces esperemos que encuentre algo que les interese. Pronto. La vida de su padre puede depender de ello -añadió mientras la puerta de la oficina se abría y un comandante llamado Retkin entraba en la habitación-. Si son tan amables... -dijo, señalando las sillas de la mesa.
Alex se sentó. Retkin se sentó frente a ella y pulsó su cuaderno de datos. Dos holos cobraron vida en la cabecera de la mesa. Alex sintió como si le hubieran aspirado el aire de los pulmones.
-Entonces -dijo Retkin-, ¿empezamos?
Alex se quedó mirando los holos de su padre y Dair Haslip, un miembro de la resistencia garosiana que servía como teniente en el Ejército Imperial. Ambos hombres parecían haber sido golpeados. Su ropa estaba desaliñada y sucia, su cabello despeinado. El rostro de Tork Winger parecía demacrado y pálido.
-¿Qué les han hecho? -preguntó traicionando con voz su temblorosa su fallida fachada de calma y tratando de encubrir una rabia que estaba aumentando a cada minuto que pasaba.
-¿Esto realmente requiere de una explicación?
-Han golpeado a dos hombres inocentes. Debería haber adivinado que el Imperio usaría tácticas como esta. Pero no han obtenido nada útil de mi padre o de Dair. ¿Cómo podrían haberlo hecho? No tenían ni idea, ni el más leve conocimiento, de mis actividades.
-Eso ya es historia. Ahora la tenemos a usted. Y nos dirá...
-No les diré nada.
-Eso sería lamentable -dijo Brandei, mirando a los holos-. No puedo decir con certeza que su padre vaya a sobrevivir otra sesión de interrogatorio.
-Mi padre tiene amigos en altas instancias.
Retkin resopló.
-Esos amigos le abandonaron en el momento en que se enteraron que usted había estado trabajando de forma encubierta para la Rebelión. Ahora no tiene amigos... sólo tiene una hija que le traicionó.
Alex estudió los holos, preguntándose cuánto hacía que habían sido grabados. Quería desesperadamente creer que habían sido falsificados... pero no podía estar segura. Pasó su mirada a Brandei y se esforzó por leer su expresión.
Retkin rió.
-Haslip se rió a través de su dolor cuando le dijimos que le habíamos capturado pilotando un ala-X. Dijo que habíamos capturado al mejor piloto de Garos IV.
Alex quiso sonreír, pero mantuvo firme el rostro.
-Eso parece algo que Dair diría -respondió ella.
-Usted debería saberlo, supongo. Era su novio, después de todo. -Retkin levantó una mano, y una leve sonrisa asomó en sus labios-. Discúlpeme. El pobre tipo pensaba que era su novio. -El interrogador estudió el rostro de Alex con atención, luego volvió a las notas en su cuaderno de datos y avanzó páginas en silencio, ignorándola a propósito. Finalmente volvió a mirarle, ladeó la cabeza y entrecerró los ojos-. Encontraron el transpondedor de su nave, teniente. Nadie sabe dónde se encuentra. Nadie va a venir en su busca. Su situación es desesperada.
Alex inhaló profundamente, endureciendo su voz.
-Realmente no sabe mucho acerca de mí, ¿verdad, comandante? "Desesperada" no forma parte de mi vocabulario.
-¿Así que no cooperará con nosotros, entonces?
Alex miró hacia el holo mientras la familiar sensación de ardor empezaba a crecer de nuevo.
-Quiero hablar con ellos -dijo en tono desafiante.
-Me temo que eso no será posible. No están aquí. Además, no creo que ninguno de los dos quiera verla después de todo lo que ha pasado. Haslip se siente como un tonto porque nunca vio a través de sus mentiras y engaños. Y su padre desearía que nunca te hubieran llevado a Garos.
-¿Por qué me miente? -preguntó Alex, apretando fuertemente el puño.
-No es tan arrogante ahora, ¿verdad, Alexandra? -Brandei se puso de pie y caminó hacia la ventana.
-Vi el video de una de las sesiones de interrogatorio -dijo Retkin secamente-. Su amante era muy valiente al principio. Muy hablador, también. Afirmó que cualquier cosa que le hiciéramos no podría compararse con lo que usted le había hecho.
Alex sabía la verdad de su relación con Dair, pero tenía que jugar a ese juego... por el bien de él, tanto como por el suyo propio.
-Él habría hecho lo mismo si hubiera estado en mi lugar.
-Todos esos años... le espió a él y a las operaciones del Imperio en Garos. ¡Incluso espió a su propio padre!
Alex cerró los ojos por un momento y una sonrisa irónica asomó a su rostro.
-Él no lo hizo fácil. Colocó guardias alrededor de nuestra casa. ¿Cómo se supone que una chica puede salir a hurtadillas por la noche? –El dolor cruzó sus hombros de repente y descendió por su brazo. No eres lo bastante fuerte.
-¿Qué pasa? -preguntó Brandei, mirándole las manos cuando ella agarró el borde de la mesa para aliviar el dolor.
-Nada. Estoy bien -respondió ella con los dientes apretados-. Sólo quiero ver a mi padre.
-Usted debe cooperar con nosotros.
-¿Dónde está mi padre?
Retkin miró a Brandei, quien hizo una rápida inclinación de cabeza.
-Si habla, veré lo que puedo hacer.
-Usted ha dicho que no está aquí.
-Eso dije.
-¿Dónde estamos exactamente?
-¿Nadie se lo dijo? -Retkin sonrió y miró a Brandei-. Tal vez tengamos aquí una moneda de cambio, capitán.
-Creo que está en lo correcto, Sr. Retkin -respondió Brandei con aire de suficiencia-. Alexandra, bienvenida a Sreina. Está en Janara III.
Alex saltó de su silla y corrió hacia la ventana. Quería sentir algo -cualquier cosa- familiar. Cerró los ojos y se extendió con la Fuerza para tocar ese mundo en el que había perdido tanto. Explosiones, los gritos de una mujer, y un hombre gimiendo bombardearon sus sentidos... luego un silencio sepulcral. "Por aquí", decían unas voces a través de la bruma. "Por aquí, señor. Está viva."
Una lágrima resbaló por la mejilla de Alex. Este lugar había sido su hogar, hace mucho tiempo. Un millar o más de vidas para encontrar a una niña pequeña y un puñado de aspirantes a Jedi.
-Debe ser un shock descubrir que usted está prisionera aquí -dijo Brandei.
Alex no podía saber -ni siquiera tratar de saber- si el capitán estaba siendo sincero. Olvidó por un momento su entrenamiento de operaciones especiales al ser abrumada por las emociones, y no le importó que estuviera compartiendo pensamientos íntimos con su enemigo.
-Solía soñar con volver aquí. Tengo tan pocos recuerdos de mi infancia en este lugar... -Sus limitadas habilidades de la Fuerza no le proporcionaron ninguna respuesta-. Este era mi hogar, pero ahora hay tal vacío... y desolación...
-Por lo menos aquí hay algo -respondió Retkin.
Alex le miró enojada.
-Los antiguos habitantes de Sreina podrían estar en desacuerdo, ya que su ciudad fue prácticamente borrada del mapa.
Retkin se puso rígido.
-Más de los que les queda a los que llamaban hogar a Carida. ¿Ha oído hablar de Carida?
Este debía ser el interrogatorio más extraño de la historia, decidió Alex, mientras le seguía la corriente al comandante.
-Mi padre asistió allí a la academia.
Él asintió con la cabeza.
-Ya no existe, ¿sabe? No sólo una ciudad: un planeta entero. Millones de personas. Pese a toda su cháchara acerca de las atrocidades imperiales, la Nueva República también mata inocentes.
-¡La destrucción de Carida no fue a manos de la Nueva República!
-Los Jedi sirven a la Nueva República.
-Un descarriado...
-¿No es eso lo que dice su gente sobre el Emperador Palpatine?
-¡Basta! -gritó Brandei.
Retkin miró fijamente a Alex, y luego a Brandei. Se aclaró la garganta, pulsó una tecla en su cuaderno de datos, activando otro holo.
-Éramos más que amigos -decía Dair-. Ella mintió. ¿Cómo pudo hacer esto? ¿Cómo creen que me hizo sentir después de que... después de todo lo que significábamos el uno para el otro? No sé lo que quieren de mí. Ella me usó.
Alex se alejó de Retkin nuevo, examinando el terreno del exterior. No había rejas en la ventana del cuarto piso, ni pestillos, ni ningún sistema de seguridad que pudiera detectar. Hizo caso omiso de la voz de Dair en el holo pero fingió estar molesta por la dureza de las palabras de su viejo amigo. Por un breve momento, podría haber jurado estar sintiendo la presencia de Dair. Cerró los ojos y trató de concentrarse en sus alrededores.
-Será mejor que no le hagan daño -dijo Alex en voz baja, con el rostro rojo de ira. Esa sensación de hormigueo se deslizó por su brazo de nuevo, y el dolor le obligó a hacer una mueca.
Retkin tocó el teclado y la imagen de Dair cobró vida una vez más.
-Ella prefería salvar a sus amigos que ayudar a su padre... que estar conmigo. -El rostro de Dair se arrugó con desprecio-. Ella nunca me amó. -El holograma se desvaneció.
-¿Quiere hablar?
Alex permaneció inexpresiva.
-Tengo muchas más horas que podría enseñarle -agregó Retkin-. Los golpes son especialmente crueles y difíciles de ver. Sin duda me gustaría ver lo insensible que llega a ser, teniente. Puede ver cómo golpeamos a su novio; fuimos bastante concienzudos en nuestro... cuestionario. ¿O nos dirá lo que queremos saber? -Una vez más, el interrogador levantó una mano-. Disculpe. Haslip no era su novio, lo sé. Sólo un teniente Imperial cautivado por su encanto y lo suficientemente tonto como para enamorarse de usted. Por otra parte, está su padre. -Retkin la miró, sin esperar una respuesta-. Él dijo que no querría ver cómo la matamos.
Las palabras de Retkin la golpearon como la letal estocada de un sable de luz. El dolor derribó el delgado escudo que había mantenido controladas las emociones de Alex. Destellos de su encuentro con Brandl y la energía oscura que convocó para salvar a su padre envolvieron su mente mientras su ira, alimentada por el dolor, se convertía en una furia ardiente.
Alex embistió a Brandei, tirándolo al suelo, y trató de alcanzar el único elemento de la habitación que podía utilizar se como arma: una silla. Se movió un poco a pesar de que nunca llegó a tocarla. Reconoció lo que estaba sucediendo -no podía creer lo que estaba sucediendo- y canalizó esa energía, agitó el brazo y lanzó la silla con la Fuerza al otro lado de la sala. Voló contra Retkin y le golpeó en la cabeza, aunque la peor parte la recibieron sus brazos al tratar de defenderse del ataque. Cogió una segunda silla y se la lanzó, dirigiéndola a la cabeza mientras él trataba de ponerse de pie, y el golpe lo dejó inconsciente.
Alex corrió hacia la puerta y se dirigió por el pasillo hacia las escaleras, con pasos resonando en el pasillo detrás de ella. Se volvió para echar un vistazo rápido. Un solitario soldado de asalto la seguía mientras se abría camino a la escasamente iluminada escalera. Saltó varios escalones a la vez, y luego saltó por encima de una barandilla al rellano de abajo. El soldado de asalto entró en tromba por la puerta encima de ella.
-Alto –gritó-. ¡Alex! ¡Alto!
Alex se detuvo en seco, mirando hacia las escaleras conforme el soldado de asalto llegaba al rellano.
-Levanta las manos –gritó. A continuación, en voz baja, añadió-. Soy yo, Alex.
-¿Dair? ¿Cuándo te has unido al cuerpo de soldado de asalto?
-No hay mucho tiempo -respondió mientras descendía por las escaleras para alcanzarla-. Te alcanzarán...
-Bueno, vamos entonces. ¡Salgamos de aquí! –dijo Alex con urgencia, dando otro paso hacia abajo.
Dair la agarró del brazo.
-No, todavía no. Nunca conseguiríamos salir del recinto. -Miró en ambas direcciones, y luego se apresuró a preguntar-: ¿Cómo puedo ponerme en contacto con tu gente?
Alex recitó una serie de números, que él repitió. Dair le pasó la mano suavemente por la mejilla, alisándole con el pulgar los oscuros círculos bajo sus ojos.
-¡Pareces un bantha arrastrado a través del desierto!
-No me dejaron dormir mucho. Me tocaba a mí hacer frente a su inquisición. -Se encogió de hombros-. ¿Cómo sabías que estaba aquí?
-Algunas personas hablan demasiado.
-¿No te estarán observando? -preguntó Alex.
Dair negó con la cabeza.
-Honestamente, con toda la burocracia, ¡creo que se han olvidado de que estoy aquí!
-Espera -dijo Alex-, si no estás bajo arresto, entonces ¿dónde está mi padre? Brandei y ese comandante amenazaron con haceros daño a ambos si yo no hablaba.
-Han pasado muchas cosas, Alex... demasiado para contártelo en pocos segundos. Vamos a sacarte de aquí -añadió, consciente de repente de un alboroto en el pasillo-. Ponte delante de mí. ¡Date prisa! ¡Rápido! -gritó, apuntándole amenazadoramente a la espalda con su BlasTech A280.
-Más vale que esto funcione -respondió ella mientras se abría la puerta del rellano del cuarto piso. Dair le dio un empujón para mantener la farsa.
-La tenemos, capitán -informó otro soldado en la parte superior de las escaleras cuando media docena más de pasos resonaron en el pasillo.
Dair empujó a Alex subiendo las escaleras y volviendo al pasillo. Brandei estaba a pocos metros de distancia, con aspecto ligeramente despeinado y un oscuro moretón formándose en su sien.
-¿En qué estaba pensando, teniente? -preguntó.
-Sólo cumplía con mi deber, capitán. -Alex sintió que otro rifle láser se le clavaba entre los hombros. Avanzó por el pasillo con varios soldados de asalto y un amigo a su espalda.
Brandei la fulminó con la mirada.
-Lleven a la teniente de nuevo a su celda.
Alex pasó por delante de él.
-Es una pena -dijo Brandei.
Alex se detuvo, volviéndose hacia el Imperial por última vez.
-¿El qué, capitán?
-Que su vida haya sido malgastada persiguiendo los ideales sin valor de una banda de descontentos.
-¿Sin valor? -replicó ella-. Mientras hablamos, esos ideales están avanzando como una tormenta de fuego en toda la galaxia; una tormenta de fuego que nunca serán capaces de extinguir, no importa cuántos planetas arrasen, o cuántas personas torturen.
-Por favor, nada de consignas políticas.
-¿Por qué, se ha cansado de escuchar al Emperador escupiéndolas sin cesar? -le reprendió.
Brandei sonrió burlonamente.
-Siempre pensé que llegaría lejos, Alexandra. Por eso le di esa recomendación para la Academia Raithal. Ahora encuentro mi fe en usted traicionada. Puedo vivir con eso. Pero usted también ha traicionado todo en lo que su padre creía y por lo que había trabajado. Por lo menos ahora no tendrá que vivir mucho más tiempo con ese conocimiento.
Alex no se estremeció, con los ojos ardiendo intensamente.
-Cada uno de nosotros tiene que elegir una causa en la que creer, capitán. Hice mi elección el día que mi familia murió en Janara III. Creo que mi padre lo entiende. -Estudió a Brandei por un momento, y luego continuó-. ¿Sabe, capitán? Es gracioso. Fue su acto de bondad, rescatarme después de ese ataque, lo que nos ha traído hasta aquí hoy. ¿Puede usted vivir con ese conocimiento? -Se volvió bruscamente y avanzó por el pasillo antes de que Brandei pudiera decir otra palabra.