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martes, 6 de noviembre de 2012

Misión a Zila (y III)


-¡Alex! –exclamó Shana Turi, saludando a su amiga-. Puntual... ¡como de costumbre! -exclamó.
-¡Siempre puedes contar conmigo! Hola, Shana. -Alex la saludó con un abrazo-. ¿Tuviste algún problema para conseguir la tarde libre? -le preguntó.
-No. Sólo les dije que iba a almorzar con mi buena amiga Alex y su padre, nuestro Gobernador Imperial.
-¡Cómo te gusta presumir de amistades! -se rió Alex-. ¡Venga, vamos! -dijo mientras en el deslizador terrestre de Shana.
-No te esperaba hasta dentro de otros 10 días. Dime, ¿es sólo una coincidencia que hayas venido con tu padre?
-No del todo.
-Yo no lo creo. A decir verdad, Alex, me sorprendió cuando me enteré de que iba a venir a Zila.
-Asuntos imperiales. Por eso pensé en acompañarle -explicó Alex-. Padre espera poder apaciguar a los lugareños. Realmente no entró en detalles, pero, ¿que ha estado sucediendo aquí desde mi última visita?
-¿Notas algo? -preguntó Shana mientras el deslizador avanzaba rápidamente por el centro urbano de Zila.
-Parece que tenéis muchos más imperiales en la ciudad. ¿Están simplemente de visita, o crees que van a quedarse por un tiempo?
-Espera un momento y creo que podré responder a esa pregunta. Comprueba el paquete que hay en mi maletín.
Alex estudió los holos que habían proporcionado los miembros de la célula de la resistencia de Shana.
-¿Estas imágenes fueron tomadas en el puerto espacial?
Shana asintió.
-A última hora de la tarde de ayer.
-¿Alguna idea de qué son estas unidades modulares? -preguntó, aunque a partir de su propio conocimiento del equipo Imperial pudo hacer una suposición bastante fundada. Y no le gustó ni un pelo.
-No. Pero han sido trasladadas a las montañas.
¿A quién, o a qué, tiene previsto el Imperio proteger en Zila con un defensor planetario?, se preguntó Alex.
Veinte minutos más tarde, Shana detuvo el deslizador terrestre a la cima del Monte Berin en las afueras de Zila. Desde su cima, las jóvenes pudieron ver la antigua ciudad extendiéndose ante ellas. Más allá de las viejas torres de piedra que se alineaban en la costa de Zila, el Mar Cabalia era una alfombra infinita de azul hasta el horizonte.
Shana entregó a Alex los macrobinoculares.
-Comprueba el panorama en 0-1-0 -dijo.
-¡Vaya!
En lo alto de una montaña al este, droides de construcción estaban ocupados creando una guarnición imperial. Grúas montadas sobre los droides izaban secciones de las unidades prefabricadas que se veían comúnmente en las bases de todo el Imperio. Técnicos y personal de apoyo correteaba por el recinto, comprobando el trabajo en curso.
-Cuartel General Imperial, Sector Sur -dijo Shana.
Alex meneó la cabeza.
-No es de extrañar que el consejero Baro quiera garantías acerca de los objetivos del Imperio aquí -comentó Alex.
-Mira hacia el extremo occidental...
-¿Qué es eso?
-Instalaciones de almacenamiento. Ahí es donde se trasladaron esas unidades.
Alex frunció el ceño. ¿APK V-150 almacenados? Qué extraño, pensó, mientras estudiaba el resto del complejo.
-Y veo que también están construyendo una plataforma de aterrizaje de lanzaderas. Bastante ocupados, ¿verdad? -dijo sarcásticamente.
-Los equipos han estado trabajando allí desde anoche -le dijo Shana.
-¿Qué hay de la seguridad?
-Dos pelotones de soldados exploradores, además de una compañía de soldados de asalto.
Alex hizo una mueca para sus adentros y se preguntó qué estaban planeando los imperiales.
-De acuerdo. Continúa documentando todo el tráfico hacia y desde la montaña, todos los horarios, los cambios de turno... ya conoces la rutina. También necesitaré holos de la base. Nuestra gente querrá echarle un vistazo a esto.
-Los tendrás hoy antes de que te vayas -le dijo Shana haciendo arrancar el deslizador terrestre de nuevo.
Alex echó un último vistazo a las estructuras en construcción antes de que tomasen una curva. Un sentimiento de temor se apoderó de ella, y el aire de repente parecía frío...
La visión de la ladera de una montaña nevada llenó su conciencia. Era una visión que había tenido muchas veces, pero nunca con tanto detalle... dos figuras, vestidas de blanco, eran apenas visibles contra el telón de fondo blanco. El viento aullaba. La nieve se arremolinaba a su alrededor. Descendían haciendo rappel por el costado de la montaña, deteniéndose en una repisa que no sobresalía más de medio metro.
De repente, una fuerte ráfaga de viento sopló. Alex sintió cómo caía de espaldas, deslizándose por la cara de la montaña. Trato de agarrar la lisa superficie de hielo. Pero no había nada a lo que agarrarse.
Entonces, unas palabras que nadie había pronunciado penetraron en su ser... calma, ten calma.
Pasaron unos segundos. La cuerda se tensó. Tenía miedo de mirar hacia arriba, miedo de que cualquier movimiento pudiera hacer que la cuerda se soltara de cualquiera que fuese el débil agarre que la tenía sujeta.
En algún lugar, por encima del aullante viento, escuchó una voz que la llamaba por su nombre.
-Alex –dijo-, toma mi mano.
-¡No... no puedo! -sollozó.
-Puedes hacerlo –dijo él.
Levantó la vista hacia la figura que la llamaba. Encaramado más o menos a metro y medio por encima de su cabeza estaba un hombre al que había visto en muchos sueños... un hombre con cabello castaño claro como la arena y ojos azules. Estaba inclinado hacia abajo, estirando su mano hacia la de ella.
-Toma mi mano -dijo de nuevo, con voz casi hipnótica.
Alex movió lentamente un brazo por encima de su cabeza. Con todas sus fuerzas, estiró la mano por la pendiente helada hasta que sus dedos se tocaron.
Sintió que una energía la rodeaba... parecía atraerla más hacia él. Él la agarró con fuerza de la mano y la subió a su lado.
Ambos se presionaron contra la ladera de la montaña, tratando de recuperar el aliento. Le dolía cada músculo de su cuerpo, pero ella cobró fuerzas a partir de la energía que fluía de la presencia del hombre. No se parecía a nada de lo que jamás había sentido antes.
-¿Estás bien? -le preguntó él.
Ella asintió con la cabeza.
-Estoy bien...
El bramido de un trueno lejano devolvió a Alex al presente. Shana la estaba mirando, con una mirada de preocupación en su rostro.
-¡Alex, estás temblando! ¿Estás bien?
Se las arregló para asentir con la cabeza mientras se limpiaba el sudor de la frente. Sentía tanto frío, como si realmente acabara de estar en esa ladera nevada. Respiró hondo varias veces y cerró los ojos.
¿Dónde estaba esa montaña? ¿Por qué dominaba sus sueños? ¿Y quién era ese hombre? ¿Por qué le parecía tan familiar?
¿Quién eres?

***

-Alex -dijo Magir Paca-, parece que has traído algunos artículos interesantes de Zila. -Examinó los rostros de los líderes de la resistencia que se habían reunido en el centro de operaciones-. Si no hay objeciones, comencemos con tu informe.
-Sí, Alex. ¿Alguna idea de qué son esas unidades modulares que el Imperio ha trasladado a Zila? -preguntó el Dr. Carl Barzon, señalando a los holos que habían pasado de mano en mano por la mesa de conferencias.
-Sí -añadió Desto Mayda-. ¿Por qué este aumento de la actividad en torno a Zila?
-Justo al norte de la ciudad, el Imperio está construyendo una gran base nueva. Han guardado las unidades en una instalación de almacenamiento... aquí -dijo, señalando al segundo grupo de holos que estaba circulando por la mesa-. Y me duele decir esto, señores -les dijo Alex-, pero esas unidades modulares parecen piezas de un defensor planetario V-150.
-¿Qué? -gritó Mayda, con el rubor rojo brillante de la ira subiendo a sus mejillas.
Barzon cerró los ojos y se pasó una mano por la frente, sin querer creer lo que acababa de oír.
-Dair, ¿puedes confirmar eso? -preguntó Paca.
-Alex tiene razón sobre los holos. Las unidades que los imperiales están almacenando en Zila son piezas para un APK V-150... un cañón iónico pesado. Pero esas armas no son para defender Zila. -Hizo una pausa, mirando uno a uno todos los rostros-. Lo instalarán en el centro minero.
Hubo un jadeo audible en la habitación.
-¿Un cañón iónico pesado? ¿Aquí mismo, en Ariana? -exclamó finalmente Mayda.
Dair asintió mientras sus amigos trataban de digerir esta información.
-Tengo una buena noticia -les dijo.
-¡Bueno, ciertamente nos vendría bien alguna! -dijo Paca, con la esperanza de aligerar el ánimo de esas personas que habían trabajado tan duro para poner fin a la dominación imperial de su mundo.
Ojos esperanzados se centraron en Dair.
-Se han topado con un pequeño problema –explicó-. Tienen que esperar hasta que les llegue un taladro de plasma para poder excavar el pozo que alberga el reactor.
Bueno, eso era una buena noticia, más o menos.
-¿Por qué están almacenando las unidades en Zila? -preguntó el Dr. Barzon.
-Decidieron que Zila estaba más aislado. Lejos de la actividad de la resistencia que ha plagado Ariana -dijo Dair al grupo.
Mayda asentía lentamente con la cabeza, mientras una sonrisa agrietó su rostro arrugado menos por la edad que por el estrés.
-Y Zila no ha visto a ese tipo de actividad -dijo con calma.
Aún no, pensó Alex. Podía sentir las mentes trabajando. La resistencia no tardaría en hacer notar su presencia en Zila.
-Nueva base en Zila, más defensas en las minas... suena como si el Imperio se estuviera afianzando aquí en Garos -observó Barzon.
-No, no lo creo, doctor. Con la inminente caída de Coruscant, estamos escuchando muchas habladurías en el cuartel -dijo Dair-. Pero el sentimiento general parece ser que el Imperio está reforzando la seguridad aquí el tiempo suficiente para conseguir que se transporte el mineral desde las minas hasta su centro de investigación secreta.
-Entonces, ¿crees que van a evacuar Garos? -preguntó Paca.
-Si hay algún indicio de que la Nueva República se dirige hacia aquí, creo que veremos una retirada masiva de personal.
-¿Cuando está prevista la entrega de ese taladro de plasma? -preguntó Mayda.
-No hay nada definido, pero la charla en el comunicador parece indicar que no se puede esperar nada durante al menos dos semanas. Hay otro asunto inminente... una cita en la Zona Fronteriza -explicó Dair.
-¿Una cita? –repitió Paca.
Dair asintió solemnemente. Como si no hubieran oído suficientes malas noticias.
-Se rumorea que un gran almirante ha regresado de las Regiones Desconocidas. Está reorganizando la flota.
-¿Un gran almirante? ¡Que la Fuerza nos acompañe! -exclamó Mayda.
Alex sintió las ondas de choque provocadas por todas las mentes de la sala reaccionando a ese terrible anuncio. Al igual que los demás, se quedó atónita. Los rumores del avance de la Nueva República hacia Coruscant habían dado a los luchadores por la libertad de Garos IV esperanza de que la ayuda estuviera en camino. Ahora, otra amenaza oscurecía su visión de un Garos libre. ¿Cuánto tiempo permanecería su mundo en manos imperiales?
Paca habló finalmente.
-Está bien, amigos míos. Me temo que tendremos que dejar que la Nueva República se preocupe por ese gran almirante.
-Debemos concentrar nuestros esfuerzos en los imperiales de aquí -coincidió el Dr. Barzon.
-Supongamos que tenemos esas dos semanas antes de que se entregue el taladro de plasma -dijo Paca-. Nunca sospecharán un ataque a esa base de Zila.
-¿Pueden nuestros operativos de allí destruir las unidades de la instalación de almacenamiento? -preguntó Mayda.
-No están equipados para una misión como ésa -dijo Paca.
-¿Qué podemos hacer para ayudar? -preguntó Dair.
-Desto, organice a nuestra gente para que comience a trasladarse a Zila inmediatamente.
Mayda asintió con la cabeza, haciendo una nota en su cuaderno de datos.
-Alex, ¿cuándo volverás a visitar a nuestra amiga? -preguntó Paca.
-Dentro de ocho días.
-Puedes entregar algunas armas para nuestra gente en Zila. Me pondré en contacto con nuestro hombre en el espaciopuerto y haré que tu aerodeslizador esté preparado con algunos extras.
-Está bien.
Paca recogió los holos de la mesa, mirándolos pensativamente.
-No creo que el Imperio tenga que preocuparse por la entrega de ese taladro plasma. -Negó con la cabeza lentamente-. No tendrán ningún cañón iónico que instalar en el centro minero de todos modos.

***

Alex estaba sentada en el centro de operaciones de la resistencia en Ariana. Habría querido ayudar a sus compañeros en Zila, pero Paca estaba convencido de que su presencia allí por tercera vez en dos semanas podría despertar sospechas. Por lo tanto, allí estaba ella, esperando noticias de Zila como todos los demás.
Había sido una larga tarde. Echó un vistazo al crono sobre las estaciones de intercepción de comunicaciones... todavía faltaba otra media hora hasta la hora programada para que el equipo penetrase en la base.
Cerró los ojos para descansar durante unos minutos. Y de repente, en el ojo de su mente, pudo ver un esquife de suministros avanzando hacia el complejo imperial en Zila...
-Mire, teniente, mis órdenes dicen que entregue estos suministros en la instalación de almacenamiento. ¿Puedo simplemente descargarlos? -dijo Chance al oficial en la puerta.
-No tengo constancia de este envío.
-Con todo lo que ha estado yendo y viniendo de la montaña, no me sorprende -dijo Chance, sabiendo que el oficial probablemente había experimentado antes errores burocráticos.
-Sí, eso es cierto. -Vaciló por un momento-. Está bien, adelante.
-Gracias, teniente -exclamó Chance mientras conducía el esquife más allá de la verja perimetral. Respiró hondo y miró su cronómetro. Sólo unos minutos más.
Estudió la distribución del complejo a medida que avanzaba. La unidad de la resistencia en Zila había proporcionado un mapa detallado... hasta donde podía ver, no se habían perdido ni un detalle. Las torres de observación estaban todavía en obras, pero los barracones propiamente dichos parecían listos para albergar a parte de los miles de militares que la resistencia estimaba que serían destinados cualquier día de esos. Una plataforma de lanzaderas se cernía sobre la zona. Bien, pensó, los muelles de los caminantes están desiertos. No había habido informes de ningún AT-AT en la zona.
A medida que el esquife pasaba por detrás de los barracones hacia la instalación de almacenamiento en el extremo occidental del complejo, Chance dio unos golpecitos en uno de los cajones. Dos hombres salieron en silencio de su escondite y saltaron sin ser vistos fuera del esquife. No miraron hacia atrás en ningún momento.
Chance se detuvo ante el muelle de carga en la instalación de almacenamiento. Se acercó al oficial de guardia.
-Buenas tardes, señor –dijo, entregando al hombre una tableta de datos con órdenes falsas, aunque bien documentadas, de las autoridades imperiales de Zila.
-¿Qué es esto? –preguntó el teniente, señalando al esquife.
-No lo sé, señor. Las cajas las cargaron unos hombres de la oficina del comandante Rena, en Zila. Yo sólo las he transportado hasta aquí.
El oficial estudió la información de la tableta de datos. Nada inusual. En su mayor parte suministros que el Comandante quería que hubiera allí cuando su oficina estuviera terminada.
-Bien, descarguemos todo esto y para que podamos terminar por hoy.
-Me parece una buena idea, señor –convino Chance, mientras el oficial hacía señas a dos técnicos para que fueran a ayudar a descargar el esquife.
De pronto, una violenta explosión sacudió los barracones.
-¿Qué dem...? –exclamó el oficial.
Una fracción de segundo después, la resistencia abrió fuego con rifles bláster y artillería pesada desde las colinas del exterior del complejo.
Chance extrajo su bláster, y con sólo un segundo de vacilación disparó a los dos técnicos y al atónito oficial de servicio antes de que tuvieran la oportunidad de darse cuenta de que no estaba de su lado.
Las tropas de asalto que patrullaban los terrenos reaccionaron rápidamente. Apuntaron a las colinas con sus rifles bláster pesados. Otros peinaron el complejo tratando de identificar a un enemigo que permanecía oculto. Soldados exploradores salieron rápidamente fuera del complejo... y algunos fueron alcanzados por el salvaje fuego cruzado.
Dos explosiones de distracción más sacudieron los barracones. Luego, el inconfundible zumbido de un misil Plex sonó sobre sus cabezas. La plataforma de lanzaderas tembló al ser alcanzada. Un segundo misil, y luego un tercero, explotaron contra uno de sus soportes, amputando limpiamente la pata de la plataforma. El ruido de la plataforma al chocar contra el suelo fue ensordecedor.
Chance hizo caso omiso de toda la acción que le rodeaba y se puso manos a la obra. Lanzó una granada al interior de las instalaciones de almacenamiento. Sonaron disparos desde el interior del edificio. Arrojó una segunda granada por la puerta abierta. Al otro lado del complejo, un imperial le vio y disparó. Un disparo pasó sobre su cabeza mientras lo esquivaba entrando en el edificio. Rodó tras unos contenedores pulcramente apilados que habían quedado intactos tras su ataque. Su bláster estaba listo, pero las granadas habían acallado toda resistencia.
Avanzando rápidamente por la sala, Chance colocó cargas a media docena de las unidades modulares. Dos soldados de asalto entraron a la carga por la puerta principal del edificio justo cuando completó su tarea. No había que malgastar ni un precioso segundo: esas cargas iban a estallar y no tenía planeado estar en la sala cuando lo hicieran.
Conforme los soldados se movían para rodearle, Chance lanzó una granada a uno de ellos, y salió de su cobertura disparando con su bláster al otro. Su osada maniobra les sorprendió. Ambos cayeron víctimas de su puntería letal.
Chance saltó sobre el cuerpo caído de uno de los soldados de asalto y miró precavido al exterior. Dos motos deslizadoras apuntaban directamente hacia él. Miró con más atención para estar seguro, y entonces sonrió para sí mismo. No eran soldados exploradores quienes pilotaban las motos. ¡Eran sus camaradas!
Una moto aminoró. Chance saltó desde la plataforma de carga y aterrizó en el esquife de suministros. Luego saltó a la moto detrás de su camarada. Una explosión estalló tras ellos. La primera carga había estallado en el interior de las instalaciones de almacenamiento.
-¡Salgamos de aquí! –gritó.
Las motos rugieron cruzando el complejo. Una lluvia constante de fuego bláster caía a su alrededor. Los cañones láser de ambas motos intercambiaron disparos con los guardias de la puerta. Uno de los soldados de asalto consiguió un disparo afortunado. Chance vio la moto de su amigo estallar en una bola de fuego. Apuntó a la figura de armadura blanca que había abatido a su camarada, y disparó. Ese hombre no volvería a matar de nuevo.
La moto deslizadora cruzó el puerto de montaña que se alejaba de la base imperial. Varias explosiones brillantes iluminaron el cielo que comenzaba a oscurecer tras ellos...
Un zumbido devolvió a Alex al centro de operaciones. Miró a su alrededor por la sala, y se dio cuenta de que Dair Haslip había llegado. Estaba de pie tras uno de los operadores de interceptación de comunicaciones, sonriendo mientras leía las noticias de los eventos que tenían lugar en Zila. Alex tomó su propio auricular y escuchó las comunicaciones imperiales que estaban monitorizando.
A través de la estática, pudo escuchar el informe.
-¡... bajo ataque! –Una explosión hizo crepitar el canal de comunicaciones-... explosiones en el complejo. Estamos... –Más estática-... en las colinas que rodean el com...
El comunicador quedó muerto.
Los luchadores de la libertad del centro de operaciones celebraron en silencio su victoria. Alex dejó que una leve sonrisa se formase en sus labios. Desde el otro lado de la sala, donde estaba sentado monitorizando las comunicaciones, Paca le hizo un gesto con la cabeza.
Alex devolvió la mirada a una de las pantallas de visualización. Por unos breves instantes sintió una presencia que la rodeaba, algo que ya era familiar para ella, pero que no entendía por completo. Era una energía tan poderosa que llenaba la sala. Entonces una voz le habló, esa misma voz que había escuchado en sus sueños.
La Fuerza estará contigo... siempre.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Misión a Zila (II)


Nilo puso los ojos en blanco mientras cerraba el enlace de comunicador con el comandante general Carner, que se encontraba en el centro minero. Había escuchando, más que hablado, mientras Carner se quejaba por los habituales problemas burocráticos que parecían plagar cada cargamento que pedía. Nilo se preguntó si alguna vez llegaría a acostumbrarse a lidiar con los delicados egos de sus oficiales superiores.
Dair notó la mirada de exasperación en la cara de Nilo cuando regresó a su oficina.
-¿Qué problema hay? -preguntó.
-Carner quiere saber cuándo debe esperar los suministros entregados por la Tempestad.
Sin duda, era útil tener un compañero de oficina tan hablador.
-¿La Tempestad? Eso es un Destructor Estelar clase Victoria, ¿no es así?
-Así es. De Dulathia -le dijo Nilo-. Nuestros muchachos salieron justo antes de que los rebeldes alcanzaran el lugar. Nos entregó algunos equipos que lograron salvar para nosotros.
Dair se encogió de hombros con la mirada perdida en el espacio.
Nilo meneó la cabeza con desaprobación.
-¿Dónde has estado, Haslip? -Entonces se dio cuenta de la mirada de enamorado en los ojos de Dair. Cada vez que Alexandra Winger pasaba por ahí, el cerebro de Haslip parecía tomarse el resto del día libre-. ¡No importa!
-¿Qué? Bueno, ¿qué era lo que estabas diciendo?
-La Tempestad tuvo que almacenar la mayor parte de los suministros de Carner en Zila.
-¿Por qué? –preguntó Dair.
-Supongo que no quieren que la resistencia se haga con ellos -dijo Nilo.
-Entonces, ¿qué está almacenado en Zila? -preguntó.
-Sistemas de armamento.
-¿Qué quieres decir? ¿AP.9’s, por ejemplo?
-Piensa en grande, Haslip. No estamos hablando sólo de anti-infantería. -Nilo meneó la cabeza con autosuficiencia, su ego inflado por el conocimiento de los pequeños detalles de ese importante cargamento-. Sólo hay un pequeño problema.
Se rió en voz baja.
-¿Qué es tan gracioso? -preguntó Dair.
-Parece que cuando nuestros muchachos abandonaron Dulathia olvidaron una pieza vital del equipo. -Se echó a reír de nuevo-. ¡Es muy difícil cavar un agujero de 40 metros en una montaña sin un taladro de plasma!
Dair abrió sus ojos como platos cuando se dio cuenta de lo Nilo estaba hablando. Un agujero de 40 metros. ¡¿Un pozo para un reactor?! ¡Santo cielo! ¡El Imperio está poniendo cañones de iones anti-orbitales en las minas! Se sintió enfermo sólo de pensarlo.
-¡Hey, Haslip! ¿Estás bien?
Dair negó con la cabeza.
-Sabes lo que eso significa, ¿no? -le preguntó en voz baja.
-Sí -dijo, dejando que la chulería dejase paso al ceño fruncido. Lo único que podía significar era más protección para las minas en previsión de un asalto de la Alianza Rebelde-. ¿Realmente crees que van a venir hacia aquí, Haslip?
Dair tragó saliva, con una mirada de preocupación en su rostro.
-Sí –dijo. Cuento con ello. Mil pensamientos se agolpaban en su mente mientras miraba por la ventana-. Me pregunto si nos evacuarán.
Nilo le miró.
-Tal vez no tengamos que preocuparnos por ello -dijo esperanzado-. ¡Tal vez ese gran almirante entierre a los rebeldes de una vez por todas!
-¿Qué gran almirante? -preguntó Dair, mientras un sentimiento de temor le invadía.
-Has estado bastante desconectado, ¿no? -bromeó Nilo.
-¿Qué gran almirante? -insistió en un tono que pilló a Nilo con la guardia baja.
-¡Cálmate, Haslip! Algún Gran Almirante ha tomado el mando de la flota. El capitán Emba de la Tempestad le dijo al general que su nave ha sido convocada a una cita en las tierras fronterizas con nuestros viejos amigos del Justiciero.
-¿Qué más has oído sobre ese gran almirante? -preguntó Dair.
-No mucho -dijo negando con la cabeza-. Se supone que ha estado trabajando en las Regiones Desconocidas todos estos años desde que el Emperador murió.
-¿Y está reorganizando la flota?
-Si. Emba dijo que este tipo es un genio táctico.
-Un genio, ¿eh?
-Esas fueron sus palabras exactas Supongo que está planeando algo grande... por eso el Justiciero lleva un tiempo sin pasar por aquí.
Por un momento, Dair se perdió en sus propios pensamientos. De vez en cuando circulaban rumores acerca de algo grande, como había dicho Nilo. Pero hablar de un Gran Almirante... eso era nuevo. ¿Podría ese gran almirante volver a poner el Imperio a la ofensiva? ¿Qué significaría esto para Garos IV?
-¿Haslip?
-¿Qué? -preguntó Dair, vagamente consciente de un zumbido proveniente de algún lugar de la habitación.
-¿Vas a responder a eso, o lo dejarás zumbar el resto del día? -preguntó Nilo con una sonrisa divertida en su rostro.
-Oh, sí, claro. -Se aclaró la garganta y activó el comunicador-. Oficina del general Zakar. -Hizo una pausa, escuchando la voz en el otro extremo. No pudo evitar sonreír. Algún capitán quería que el general supiera que los Sistemas de Defensa Aérea habían estado a punto de disparar contra el aerodeslizador del Gobernador Winger. ¡Alex y sus locas acrobacias!
-Sí, capitán. Estoy seguro de que el general transmitirá sus disculpas al gobernador Winger. -Hizo una pausa, moviendo la cabeza-. Sí, señor, se lo diré. Gracias por su llamada, señor.
Dair apagó el comunicador y vio que Nilo había estado escuchando la conversación. Los dos estuvieron un buen rato riéndose mientras Dair agradecía silenciosamente a la Fuerza que Alex estuviera bien. No podía esperar a escuchar su versión de la historia.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Misión a Zila (I)

Misión a Zila
Charlene Newcomb

La habitación estaba a oscuras, iluminada sólo por el suave resplandor de los equipos médicos. Su zumbido era el único sonido que rompía el silencio.
Alex se sentía agotada. Sus movimientos corporales parecían lentos. Le dolía la cabeza. ¿Cómo he llegado hasta aquí?, se preguntó. ¿Dónde estoy?
Hubo un movimiento fuera de la puerta. Sintió una presencia familiar, como si alguien hubiera pensado en entrar en la habitación, pero se acobardase y se alejase. Luego, otro par de pasos resonó en el pasillo. La puerta de la habitación se abrió. Un flujo repentino de luz le obligó a mirar con ojos entrecerrados a la figura que se acercó a la cama. Sólo pudo ver las insignias de capitán de la Armada Imperial.
-¿Alexandra? -saludó, con una voz que sonaba muy lejana.
-¿Dónde estoy? -preguntó ella, apenas capaz de formar las palabras.
-Estás en el Justiciero.
-¿Qué? -Alex miró a la cara de la persona que estaba de pie junto a su cama. Reconoció al capitán Brandei.
-¿No recuerdas lo que pasó? -le preguntó.
Ella negó lentamente con la cabeza.
-Tu caza fue alcanzado, y luego atrapado por nuestro rayo tractor.
¿Mi caza?
-Tu padre no sabe que ha criado a una traidora al Imperio.
¡¿Padre?!
-¡No!
Alex se sentó en la cama. El corazón le latía con fuerza mientras jadeaba en busca de aire. Sus ojos recorrieron la habitación. No había equipo médico, ni estaba el capitán Brandei. Estaba en su dormitorio, en la Universidad.
Se dejó caer sobre la almohada y se quedó mirando el techo. ¿Era sólo un sueño? ¿Yo? ¿Volando en un caza estelar? ¡Capturada por un Destructor Estelar Imperial!
¿Podría ser esto una visión de su futuro? ¿Llegaría la Nueva República a Garos IV? ¿Y trabajaría con ellos para liberar este mundo al que llamaba hogar? Eso era para lo que ella siempre había vivido...
Era por lo que estaría dispuesta a morir...
Una alarma sonó. Mientras la luz del sol entraba por la ventana, Alex miró el cronómetro. 7:15. Se suponía que debía encontrarse con su padre en el Cuartel General Imperial dentro de 45 minutos.

***

-Buenos días, caballeros -saludó Alex a los dos oficiales en la sala de recepción del general Zakar.
-Buenos días, señorita Winger -dijo el teniente Nilo, asintiendo con la cabeza.
Dair Haslip se puso de pie y se acercó a Alex. Le apretó la mano con suavidad.
-Hola, Alex. No pensé que te vería hoy.
-Padre tuvo una reunión temprano con el general y necesitaba recoger algunos informes antes de irnos a Zila. Sólo tengo un minuto. ¿Puedes acompañarme a su oficina? -le preguntó.
Dair lanzó una mirada hacia Nilo.
-Sí, creo que puedo confiar en él para que mantenga un ojo en las cosas.
-¡Gracias por su voto de confianza, oh sabio Teniente! –bromeó Nilo.
Alex condujo a Dair al pasillo donde delicadamente apartó su mano de la de ella. Protocolo militar adecuado. Él estaba realmente enamorado de Alex. Esa "relación" que habían establecido como parte de su tapadera para la resistencia de Garos IV era mucho más fuerte para él de lo que jamás llegaría a admitir. Pero él sabía lo que Alex sentía. Ella siempre había sido honesta con él. Amigos, le había dicho... sólo amigos.
-¿Cuándo volverás?
-Esta noche. Hay una reunión del grupo de estudio a las 21:00 a la que pretendo asistir -le dijo.
Él asintió con la cabeza; él también planeaba acudir a esa reunión de la resistencia.
-Bueno, entonces, supongo que no te veré hasta mañana -dijo, continuando la conversación que representaban para aquellos que se cruzasen por el pasillo.
-Tal vez podríamos almorzar -sugirió, saludando con la cabeza a un grupo de oficiales que la saludaron.
-¿Puedo tomarte la palabra?
-Por supuesto.  –Le sonrió, reprimiendo un bostezo.
-¿Estás bien? -le preguntó.
-Sólo un poco cansada. He tenido un sueño de lo más extraño.
-Tal vez me puedas hablar sobre él durante el almuerzo. -Se detuvo justo frente a la oficina del padre de Alex-. Oye, ten cuidado hoy ahí fuera... nada de alocadas acrobacias.
-¡Hey! ¡Siempre tengo cuidado, teniente Haslip! –dijo riendo.
Él sonrió, sacudiendo la cabeza. La puerta se abrió a la sala de recepción del Gobernador Imperial. El caballero de aspecto distinguido de pie junto a la mesa se volvió y sonrió a la joven pareja.
-¡Vaya, no me sorprende en absoluto! –exclamó-. Sabía exactamente dónde enviar el equipo de búsqueda.
-¡Oh, Padre!
-¿Cómo está usted, gobernador? -preguntó Dair, tendiéndole la mano. Para ser un hombre de 70 años de edad, Tork Winger tenía un apretón tan fuerte como cualquier treintañero.
-Estoy bien, teniente. Me alegro de verle de nuevo. ¿Por qué Alexandra no le ha traído a cenar en la mansión en los últimos días? -le reprendió.
Dair se encogió de hombros.
-Eso tendría que preguntárselo a su hija, gobernador.
-Está bien. ¡Si vosotros dos vais a empezar a conspirar contra mí, me voy! –gruñó Alex.
Winger colocó un brazo alrededor de la cintura de su hija, pero le guiñó un ojo a Dair.
-Intercederé por usted, teniente.
-Gracias, señor.
-¿Vamos, querida?
-Sí, padre. -Alex sonrió, tomando el brazo de su padre, y le condujo hacia la puerta.
-Que tenga buen viaje, señor.
-Gracias, Haslip.
-Nos vemos mañana –le dijo Alex mientras la puerta se cerraba tras ellos.

***

El puerto espacial de Ariana estaba lleno de recién llegados, pero los asiduos no podían dejar de reconocer una cara conocida. Las cabezas se volvieron, los rostros se iluminaron, y las manos se agitaron mientras Alexandra Winger caminaba con paso firme a través de los pasillos. La hija de 20 años de edad del Imperial Gobernador Tork Winger era muy conocida allí. Había estado volando desde que tenía 11 años... probablemente uno de los mejores pilotos en Garos IV. Y si ella no estaba en clase en la Universidad, sin duda se la podía encontrar en profundas discusiones con los técnicos del espaciopuerto. ¡Alex sabía tanto de aerodeslizadores como la mayoría de ellos!
-Buenos días, señorita Winger –la saludó el coordinador de los sistemas de vuelo la saludó mientras se registraba en la oficina del controlador.
-Buenos días, teniente Vilsics.
-Su aerodeslizador está preparado y listo para partir. El técnico Haras ha estado trabajando en el problema que nos reportó. Dijo que tenía usted razón sobre el estabilizador. Ahora ya está como nuevo.
-Bien. No me gustaría que el gobernador tuviera un viaje movidito esta mañana –bromeó Alex.
-No podría estar en mejores manos -respondió Vilsics con una sonrisa.
-Gracias por encargaros del aerodeslizador –exclamó, saliendo por la puerta hacia el pasillo.
Alex escondió sus emociones detrás de una sonrisa al contar al menos una docena de naves descargando suministros... suministros destinados al aumento del número de personal imperial en Garos IV. Su presencia en este mundo había crecido significativamente en los últimos años.
La resistencia, en la que Alex llevaba trabajando durante casi cuatro años, conseguía interferir en las operaciones imperiales siempre que era posible, alterando las líneas de abastecimiento, robando equipos... cualquier cosa que sirviera para hacer miserable la vida imperial. Sin embargo, eso cada día conllevaba peligros cada vez mayores conforme el Imperio trataba de proteger sus intereses en las minas al sur de la ciudad de Ariana.
-¿Todo listo? -preguntó el Gobernador Winger mientras entraba en la bahía de atraque.
-Sí, señor. El teniente Vilsics dijo que el problema de la tasa de flujo en el estabilizador de sistemas ha sido corregido. Hoy no debería darnos ningún problema -le dijo Alex.
-Excelente -respondió su padre mientra se asentaban en el aerodeslizador y se ataban los cinturones de seguridad.
Alex guió la nave fuera del puerto espacial. Salió hacia el oeste, volando más allá de los acantilados Tahika y sobre el océano Locura. Esa debía ser una de las vistas más impresionantes en todo Garos IV. Los acantilados se extendían traicioneramente a lo largo de la costa, presentando un obstáculo ominoso para aquellas pocas almas aventureras que se atrevían a escalarlo.
El aerodeslizador bordeó los acantilados hacia el sur durante aproximadamente un kilómetro antes de que Alex se alejase más sobre el océano para distanciarse de la zona de vuelo restringido que los imperiales habían impuesto en todo el complejo del centro minero. Podría pilotar la ruta a Zila con los ojos vendados, si tuviera que hacerlo. Era un viaje que hacía a menudo para visitar a una vieja amiga, Shana, que también trabajaba para la resistencia.
-Qué bien que hayamos sido capaces de coordinar nuestras agendas para variar, Padre. Tu reunión, mi visita a Shana.
-Sí, Alexandra. Esto nos da la oportunidad de hablar. Apenas te veo lo suficiente desde que te mudaste al campus -dijo. Había sido idea suya que Alex saliera de la mansión del gobernador. Se preocupaba por su seguridad después de que la resistencia hubiera atacado convoyes de suministros que pasaban cerca de su casa.
-Lo sé, padre –reconoció ella-. Yo también echo de menos nuestras charlas de sobremesa. -Había sido un ritual en el hogar Winger en el que Alex había participado desde que fuera adoptada a la edad de seis años. Un sinnúmero de comidas efectuadas en silencio, seguidas de conversación. Había obtenido una cantidad inconmensurable de conocimiento, no sólo sobre su padre adoptivo, sino también sobre la política y las actividades imperiales en Garos IV. Bastante útil para un operativo de la resistencia-. Así que, dime, Padre: ¿qué hay tan importante en Zila últimamente?
Tork Winger estudió a su hija. Nunca dejaba de sorprenderle que hubiera criado a esta niña que podía hablar con conocimiento sobre cualquier tema, desde política hasta astrofísica, y podía manejar los controles de un aerodeslizador como si hubiera nacido para ello.
-El consejero Baro quiere garantías acerca de las intenciones del Imperio hacia su encantadora ciudad -le dijo Winger.
Alex puso su mejor mirada de incredulidad.
-¿Desde cuándo el Imperio necesita explicar sus acciones?
No puedo creer que acabe de decir esto, pensó. La buena hija imperial... ¡Agh!
-Bueno, bueno, Alexandra. Diplomacia: esa es la palabra. Una demostración de buena voluntad del Imperio, querida -respondió bastante serio.
Alex asintió con la cabeza, pero tenía ganas de llorar por dentro. Buena voluntad, seguro, pensó. ¡No caerá esa breva!
-Padre, en la Universidad se especula que el general Zakar pedirá cazas TIE de refuerzo para ayudar a proteger el centro minero.
-Hemos estado discutiendo esa posibilidad. Pero muchas de las naves de nuestra Armada Imperial no tienen completo sus complementos de TIEs. -Hizo una pausa, preguntándose cuánto sabría ella-. Estoy seguro que has oído hablar acerca de Coruscant.
-Es difícil no darse cuenta de los efectivos militares adicionales que han llegado -dijo.
-Sí, muchos de ellos fueron evacuados de Coruscant y otros mundos en el camino de la ofensiva rebelde -dijo Winger.
Ella hizo una mueca para sus adentros.
-De modo que los rumores son ciertos. ¿Los rebeldes están a distancia de ataque de la capital?
-Puede que sólo sea cuestión de días que Coruscant esté en manos rebeldes. -Sacudió la cabeza con evidente consternación. Había visitado la Ciudad Imperial años atrás, y no podía soportar imaginarse la destrucción.
Alex se acercó y le tocó la mano para reconfortarle. Ella sabía lo que él pensaba. Pero en su corazón, Alex acogía con satisfacción la noticia de que la Nueva República estuviera a punto de tomar Coruscant... incluso aunque ello significase más imperiales en Garos. Con suerte esa situación sería temporal.
Sin duda, la Nueva República se dirigía hacia allí. Primero Coruscant, luego Garos IV. Uno sistema más escapando del cada vez más débil agarre del Imperio.
-Entonces, ¿no crees que vaya a conseguir esos TIEs? -le preguntó.
-No ahora mismo. No se puede prescindir de ellos en otros lugares. -Se dio cuenta de su decepción-. ¿Por qué lo preguntas?
Alex sonrió con picardía.
-Bueno –dijo- -¡Estaba pensando que me encantaría probar a pilotar uno!
-¡Lo sabía! ¡Alexandra, ¿qué voy a hacer contigo?! –preguntó, riendo.
-¡Mira esto! -dijo alegremente. Alex hizo girar el aerodeslizador, acelerando hacia el este. Segundo a segundo su velocidad aumentaba. Los acantilados Tahika aparecieron a la vista, y la nave se lanzó rápidamente hacia el océano. Con apenas unos metros de margen, Alex tiró de los controles y el aerodeslizador se deslizó por encima de la superficie del agua.
El comunicador sonó.
-Nave no identificada, ha entrado en una zona de vuelo restringido. Aléjese inmediatamente o será destruida –exclamó una voz sobre la estática mientras una nave patrulla imperial aparecía de la nada y se colocaba en un rumbo paralelo al de su aerodeslizador.
-¡Alexandra! -exclamó Winger.
-¡Vaya! Lo siento, padre. Supongo que me acerqué demasiado a las minas -dijo mientras giraba la nave hacia el suroeste para rodear la parte más meridional del continente.
-Abre un canal, Alexandra.
Ella se sorprendió cuando habló por el intercomunicador.
-Aquí el Gobernador Imperial Winger -su voz retumbó, reclamando atención-. ¿Con quién estoy hablando?
La voz en el otro extremo del comunicador pareció dudar un momento.
-Al habla el Teniente Norban, gobernador. -Hizo una pausa para aclararse la garganta-. Acabamos de recibir la confirmación de la identificación de su aerodeslizador, señor.
-Eso es un poco lento, ¿no le parece, teniente?
Otra pausa.
-Sí, señor.
-Trabajen en ese tiempo de respuesta, Teniente -dijo Winger, guiñando furtivamente un ojo a Alex. Ella sacudió la cabeza con incredulidad.
-Sí, señor.
-Continúen con su trabajo.
-Gracias, gobernador -exclamó la voz mientras el aerodeslizador imperial se alejaba del suyo.
El rostro de Tork Winger se iluminó con la mayor sonrisa que Alex hubiera visto en su vida mientras apagaba el comunicador con un clic. Ella se echó a reír tanto que las lágrimas asomaron a sus ojos.
-¡Padre, no sabía que pudieras ser tan retorcido!
-¿Yo? ¿Retorcido? Alexandra, ¡seamos serios! -Suspiró y rebuscó en una caja llena de tarjetas de datos, sacando finalmente una de ellas-. Ah, sí, aquí está. Tengo que revisar este informe antes de llegar a Zila, querida.
-Está bien, Padre. Dejaré que hagas tu trabajo.
Alex miró fuera de la cabina. Los acantilados Tahika habían dado paso a colinas redondeadas conforme el aerodeslizador rodeaba la punta sur del continente y se volvía hacia el este. Hermosas playas cubiertas de arena eran bañadas por un tranquilo mar azul.
Pero todo en lo que Alex podía pensar era en el encuentro que habían tenido en la zona de vuelo restringido. El tiempo de respuesta defensiva no había sido tan malo... no habrían sido más de 30 segundos, pensó, más los pocos segundos que les llevó realizar la identificación del aerodeslizador. Por supuesto, 30 segundos era suficiente tiempo para que un caza estelar llegase al centro minero. Tal vez, sólo tal vez, la Nueva República estaría ahí para ponerlos a prueba. , pensó. Ellos vendrán.
Una visión de un crucero mon calamari llenó su mente. Había tenido este sueño muchas veces... –Alas-X en una bahía de aterrizaje preparándose para la batalla. Y ella estaba allí, sentada en la cabina de uno de esos cazas, mirando a las estrellas que formaban un deslumbrante telón de diamantes sobre el terciopelo negro del espacio. Pero, de repente, Alex se encontró volando en una intensa batalla...
-Azul 4, dos marcas en dirección 0-3-0.
-Los veo, Líder Azul. Tengo al tipo de la izquierda.
-¡Cuidado, Azul 4, tienes uno en la cola!
Un disparo pasó más allá de la carlinga del ala-X mientras Alex hacía virar al caza bruscamente a babor. Girando una media docena de vueltas, maniobró la nave hasta que el TIE apareció delante de su ala-X. Alex fijó el blanco e hizo volar el TIE en mil partículas de polvo.
Su victoria fue de corta duración. Dos disparos desde estribor sacudieron violentamente el ala-X. Luego se hizo la oscuridad...
Ese sueño que había tenido la noche anterior... ¡su ala-X abatido, y capturado! ¿Era realmente una parte de su futuro?