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martes, 19 de noviembre de 2013

Servidor del Imperio (y III)


Los soldados de asalto sacaron a Panatic de la oficina.
-¡Soltadme! ¡Os ordeno que me soltéis! Quil es sólo un civil; no tiene autoridad. ¡Soy un oficial de la Armada Imperial! ¡Lo que estáis haciendo es un delito merecedor de consejo de guerra! ¿Me estáis oyendo? ¡Consejo de guerra!
Los soldados siguieron avanzando en silencio.
El centro de operaciones de Yab ocupaba lo que había sido construido como un hotel de lujo. Su oficina estaba en la parte superior, y las habitaciones se usaban para alojar a los matones y gorilas del esclavista. Los niveles inferiores eran cocinas, cámaras frigoríficas y zonas de servicio. Para la eliminación de basuras, el hotel había sido equipado con un gran horno de plasma. Los soldados de asalto empujaron a Panatic al horno y cerraron con un golpe la pesada puerta.
El horno era un refulgente cilindro de acero, débilmente iluminado por el brillo de las luces de seguridad detrás de un grueso cristal. La compuerta de carga estaba en un extremo, y el otro extremo eran las fauces abiertas del quemador de fusión. El interior estaba lleno de pedazos de chatarra, montones de desechos de comida y trastos varios que carecían de valor para guardarlos. Todo ello, Panatic incluido, quedaría reducido a una nube de plasma ionizado cuando el quemador de fusión se encendiera.
Panatic no malgastó tiempo gritando o golpeando la puerta. Tenía escasos segundos mientras los soldados desbloqueaban los controles y comenzaban el ciclo de calentamiento. ¿Qué hacer? El horno era demasiado sólido para escapar, y no había nada que pudiera protegerle del calor del quemador de fusión.
Pero la chatarra metálica y la basura no contraatacaban. Agarró una barra de metal torcida y avanzó sobre los desperdicios hacia la boca del quemador. En su interior podía escuchar el gemido de las bombas de combustible y el zumbido de las bobinas de contención activándose. Panatic clavó profundamente su herramienta improvisada en el calentador, y fue recompensado con una potente sacudida que le lanzó contra un montón de chatarra y le dejó los dedos insensibles. La barra de metal brillaba con luz azul al cortocircuitar las bobinas de contención. El sonido de las bombas se desvaneció cuando el quemador de fusión se apagó.
Entorpecido por su brazo inutilizado, Panatic trepó sobre la basura hacia la puerta, y agarró lo más pesado que pudo encontrar; un gran pedazo de tubería gruesa. No era gran cosa como arma, pero tendría que bastar.
La puerta se abrió, y la tenue luz del exterior le cegó. Panatic blandió torpemente su tubería ante sus atacantes, dándole a uno un fuerte golpe en un lado de la cabeza. Pero el segundo se echó a un lado para esquivarlo y agarró a Panatic por los brazos.
-¡Señor! ¡Somos nosotros! –Era el sargento Ivlik. El que había recibido el golpe era Mace.
-Auh. ¡Recuérdeme que nunca me enfrente a ningún imperial armado con chatarra metálica! ¿Está usted bien, capitán?
-Sí. Sólo un poco dolorido. ¿Dónde están los soldados de asalto?
-Aturdidos, por el momento –dijo Ivlik.
-Bien. Podemos meterlos en este horno; estarán seguros dentro. ¿Cómo me encontraron?
-Me hice amiguito de uno de los secuaces de Yab y le preguntó dónde pone el jefe a la gente que no le gusta. Para ser honestos, temíamos no encontrar otra cosa que un grasiento montón de cenizas.
-He tenido suerte.
-Bueno, esperemos que su suerte dure lo suficiente para poder sacarnos de esta miserable roca antes de que se den cuenta de que no le han asado.
-¿Marcharnos? No vamos a ir a ninguna parte. ¿Qué hora es? ¿Ha comenzado la subasta?
Mace miró su crono.
-Empezó hace cosa de media hora. No lo estará diciendo en serio, ¿verdad? Este lugar es un hervidero de gentuza armada, matones, esclavistas y piratas.
Panatic terminó de alisarse el uniforme, flexionó los dedos de su mano derecha y se ajustó la gorra.
-En la flota tenemos un dicho, Mace: “La derrota no existe en el manual”. Worruga Yab cree que puede desafiar a la Armada Imperial. Voy a darle una lección.
-Ahora entiendo por qué la Academia me rechazó. No estaba lo bastante loco.
-Se olvida de su amiga Nadria. Probablemente esta sea la última oportunidad de rescatarla.
Mace se puso súbitamente serio.
-De acuerdo, cuente conmigo. Sigo pensando que esto es una locura, pero cuente conmigo.
-Bien. Ahora, dado que el enemigo nos supera actualmente en número, debemos apoyarnos en la estrategia y en hacer el mejor uso posible de los recursos que tengamos.

***

Los esclavos estaban encerrados en seis amplias cámaras de almacenamiento talladas en la roca virgen de Zahir. Para permitir a los compradores inspeccionar la mercancía, había pasarelas alzadas a cuatro metros sobre el suelo, desde las cuales guardias y clientes podían mirar a los indefensos cautivos de debajo. Uno de los matones de Yab patrullaba en cada cámara, armado con un bláster y un electrolátigo.
Mace avanzaba por la pasarela, tratando de aparentar ser un posible comprador. Los esclavos alzaban la vista para mirarle con ojos tristes a su paso. Pudo reconocer una docena de especies, y había otra docena más que jamás había visto.
En la quinta cámara vio un rostro familiar. Nadria estaba de pie junto a un grupo de shkali, mirando furiosa al guardia. Parecía sucia y cansada, pero ilesa. Él tosió. Ella alzó la vista hacia él, comenzó a sonreír, y luego controló su reacción. Mace se arriesgó a guiñarle un ojo.
Manteniendo una expresión neutral, se acercó tranquilamente al guardia, un tipo alto y corpulento con una impresionante colección de cicatrices. Mace esperó hasta que no hubo más clientes en la cámara, y entonces habló.
-¿Están sanos esos esclavos?
-Sip. El jefe no se queda con los enfermos.
-Sensata precaución. La razón por la que lo pregunto es que uno de esos no parece tener demasiado buen aspecto.
-¿Cuál? –El guardia desenrolló su electrolátigo.
-El de la túnica verde, allí.
-¿Túnica verde?
-Allí al fondo, ¿ves? Como agachado junto al muro –dijo Mace señalando un punto al azar-. Justo al lado del mon calamari.
-No veo ninguna túnica... –Mace agarró al guardia por la parte trasera de los pantalones y le empujó por encima de la barandilla al pozo de esclavos bajo ellos.
En cuestión de segundos Nadria y algunos de los demás apagaron los gritos del guardia y tomaron sus armas.
-¡Mace! –exclamó con alegría-. ¡Sabía que vendrías por mí! ¿Conseguiste ayuda de la Alianza?
-No exactamente. Luego te lo explico. Vamos a sacarte a ti y a esta gente de este pozo. No hay mucho tiempo.

***

La subasta estaba teniendo lugar bajo la cúpula principal. Una multitud de tal vez un centenar de compradores se encontraba alrededor de una plataforma, donde Yab en persona subastaba a los esclavos.
Una mujer twi’lek estaba de pie en el estrado, con la mirada gacha, mientras Yab daba su discurso a los compradores.
-Chica hermosa. Joven y saludable. Perfecta como sirvienta de servicio doméstico. Muy dócil. –Soltó una sonora risa, secundado por algunos de la multitud-. ¿He escuchado quinientos? Sí. ¿Quinientos cincuenta? ¿Seiscientos? ¿Seiscientos cincuenta? ¿No? ¿Seiscientos veinticinco? Ja. ¿Seiscientos treinta? ¿He oído seiscientos treinta? ¿Seiscientos treinta y cinco? El caballero ofrece seiscientos treinta y cinco. ¿Seiscientos cuarenta? ¿Alguien ofrece seiscientos cuarenta?
De pronto, un disparo bláster explotó sobre su cabeza. La gente quedó en silencio mientras Panatic avanzaba, acompañado por Ivlik vestido en armadura de soldado de asalto.
-Soy el comandante Ulan Panatic de la Armada Imperial. ¡Todos los presentes quedan arrestados!
Esa era la señal para que Mace apareciera corriendo por una de las entradas laterales, gritando salvajemente.
-¡Imperiales! ¡Soldados imperiales por todas partes! ¡Sálvese quien pueda!
La mayor parte de la gente en la sala eran criminales de uno u otro tipo. Reaccionaron instintivamente huyendo. En un momento la subasta se disolvió en una pelea salvaje de compradores luchando por escapar.
-¡Tú! –gritó Yab a Panatic-. ¿Por qué no estás muerto?
-Queda arrestado, Worruga Yab. ¡Ríndase o dispararemos!
La respuesta de Yab fue sacar su propio bláster y abrir fuego. Panatic efectuó un disparo, luego se echó al suelo y rodó para evitar los disparos de Yab. Ivlik esquivaba torpemente con su armadura, lanzando ráfagas con su rifle.
-No os quedéis ahí sin más... ¡tras él! –gritó Yab a sus guardias. Cuatro de ellos avanzaron hacia el escondite de Panatic, desplegándose para rodearle. Los otros dos trataron de inmovilizar a Ivlik con una cortina de fuego bláster.
-¡Esta es su última oportunidad, Yab!
-¡Matadle! Quiero su cabeza en... ¡Aaaah! –gritó cuando un electrolátigo le golpeó en la espalda. Nadria le dio un nuevo latigazo en el brazo, y apartó lejos de él de una patada el bláster que había caído al suelo.
Los esclavos liberados estaban entrando en la sala desde las entradas, convergiendo sobre Yab con miradas asesinas. Los matones se volvieron y comenzaron a disparar sobre el gentío.
-¡Ríndanse y no saldrán heridos! –les gritó Panatic. Como para apoyar sus palabras, el Centinela pasó a toda velocidad sobre la cúpula, disparando a las naves que rodeaban Zahir. Había naves huyendo en todas direcciones.
Los guardias, aturdidos, alzaron las manos.

***

-¿Ha terminado ya de procesar a los prisioneros, alférez Av? –preguntó Panatic, entrando en el puente del Centinela. Cuatro horas de sueño y una comida caliente le habían recuperado por completo, y se había puesto un uniforme limpio y recién planchado.
-Sí, señor. Los cabecillas ya están a bordo, encerrados en el calabozo. Encontramos a Worruga Yab... muerto. Aparentemente, un grupo de esclavos quería venganza.
-Lástima que no sea sometido a juicio.
-Sí, señor. Eso aún deja dos problemas. Primero, ¿qué vamos a hacer con todos estos esclavos? Debe de haber un centenar de ellos. No podemos albergar a todos a bordo del Centinela.
-¿Cuántas naves capturamos en la redada?
-Ocho. Tres de ellas aún pueden volar.
-Muy bien, entonces. Usted, Monidda y Sukal usarán esas naves para transportar a los esclavos de vuelta al lugar donde fueron capturados. Y contacte con el capitán Innis del Protector, a ver si puede echarnos una mano.
-Sí, señor. El segundo asunto es el prisionero Varden Quil. Sigue solicitando verle.
Panatic suspiró.
-Supongo que no puedo posponer esto por más tiempo. Que el sargento Ivlik le traiga aquí.
Pocos minutos después, el sargento Ivlik y el soldado Lanzer llegaron al puente, flanqueando a un furioso Varden Quil.
-¡Capitán, esto es un ultraje! ¡Exijo que me liberen de inmediato!
-No hasta que sea juzgado. Tengo una larga lista de cargos contra usted, Quil: conspiración, asalto a oficial imperial, resistencia al arresto, intento de asesinato, tráfico ilegal de esclavos, y estoy seguro de que una investigación descubrirá más. Terminará pudriéndose en Kessel, o algo peor.
-¿Puedo recordarle que soy el ayudante personal del moff Tricus Phenge? Tiene amigos poderosos. Si ofende al moff, puede olvidarse de su carrera en la Armada.
-Parece que nos encontramos en un callejón sin salida. Si presento cargos, el moff destruirá mi carrera. Pero si le dejo marchar, usted es bastante capaz de crearme problemas por su cuenta.
Quil sonrió con desdén.
-Si se disculpa, puede que le perdone, capitán.
Panatic le devolvió la sonrisa.
-Como oficial imperial, tengo la opción de presentar cargos contra usted en una corte imperial, o entregarle a las autoridades planetarias. He decidido elegir la segunda opción.
-¿Autoridades planetarias? ¿Qué autoridades planetarias?
-Voy a entregarle al Consejo Tribal de Shkali para que le juzguen. Allí tienen severas penas contra la captura de esclavos. Buena suerte.
-¡Espere! ¡Seguro que podemos llegar a un acuerdo! ¡Tengo amigos!
-Lleve al prisionero de vuelta al calabozo, sargento.
Mientras Ivlik y Lanzer se llevaban a Quil, sus gritos se hicieron más fuertes y más frenéticos.
-¡Tengo dinero! ¡Cincuenta mil créditos! ¡Cien mil! ¡En metálico!
Panatic no se permitió sonreír. Se volvió al alférez Av.
-¿Algo más que deba atender?
-Está el asunto del prisionero Rav Mace. Aún está desaparecido.
El rostro de Panatic permaneció neutro, e hizo una ligera pausa antes de responder.
-No se molesten en buscarle. Trató de escapar y tuve que dispararle. Alguien ha debido de robar su nave en la confusión. Los detalles estarán en mi informe.
Av miró con curiosidad a su oficial al mando por un instante, y luego asintió.
-Así todo queda en orden, señor.
-Bien. Puede comenzar a transportar a los esclavos cuando esté listo, alférez. Tengo que mandar algunos mensajes.

***

Tres meses después, Mace y Nadria estaban cargando el Comerciante Ordinario en Moldar cuando un explorador ithoriano dejó un chip con un mensaje dirigido a él.
Cuando lo puso en el lector, el rostro de Panatic apareció en la pantalla.
-No tuve la oportunidad de agradecérselo adecuadamente, Mace. Me salvó la vida al menos una vez y estoy agradecido. Pero ahora las cuentas están saldadas. Será mejor que no vuelva a atraparle en  mi sector.
Mace sonrió y meneó la cabeza.
-Que la Fuerza le acompañe, capitán.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Servidor del Imperio (II)


El comandante Panatic lideró en persona el grupo de abordaje. El sargento Ivlik y el soldado Kamlok mantuvieron al prisionero encañonado mientras el alférez Av y los otros dos soldados registraban la nave. Panatic se sentó en el asiento del piloto, haciendo preguntas.
-¿Nombre? ¿Ocupación?
-Me llamo Rav Mace. Soy un comerciante autónomo registrado en Dovull. –Eso era cierto. Por supuesto, también tenía documentos de registro para media docena de sistemas más.
-Entonces se encuentra muy lejos de casa. ¿Cargamento y destino?
-Transporto suministros médicos para el sistema Moldar.
-Su sistema está programado para el sistema Shkali.
Mace trató de mantener un gesto neutro en el rostro.
-Debo de haberme equivocado al programarlo. Me estaban disparando.
-Sí. ¿Por qué trató de escapar, por cierto?
-Pensé que eran piratas. Mi sistema de comunicaciones ha estado haciendo cosas raras, como ya les dije. –Mace miró con nerviosismo a los dos soldados vestidos de negro que le flanqueaban.
Panatic hizo girar su asiento hacia el panel de comunicaciones, y pulsó un interruptor.
-Al habla Panatic. ¿Me reciben, Centinela?
-Aquí el Centinela. Alto y claro, señor –dijo la voz del teniente Sukal por el altavoz.
Panatic alzó una ceja. Mace no dijo nada.
-Su nave tiene unos motores bastante buenos para una simple nave comercial.
-Me gusta hacerle mejoras. Además, la velocidad es dinero.
El alférez Av regresó.
-He comprobado la bodega de carga. Cuatro cajas de suministros médicos; nada de contrabando.
Mace mostró una amplia sonrisa.
-¿Ve? Se lo dije. Todo esto es un terrible malentendido. Ahora, si me deja seguir mi camino...
Panatic se puso en pie.
-Tráiganlo.
Empujado por el bláster del sargento Ivlik, Mace siguió al capitán a popa, hacia la sección de carga. Panatic miró impasible a las cajas.
-¡Alférez! ¿Ha mirado en el interior de las cajas?
-Sí, señor. Hasta el fondo.
-Mmm. –Panatic se giró y miró fijamente a Mace-. Mmm –repitió.
Lentamente, como un sabueso siguiendo un rastro, volvió de nuevo hacia proa, deteniéndose a mirar en cada compartimento. Alojamientos de tripulación, comedor, sala de estar de pasajeros...
-¿Sus cápsulas salvavidas están en orden?
-¡Desde luego! Tengo las últimas inspecciones archivadas en el ordenador. Las buscaré para usted y luego...
-Compruebe las cápsulas salvavidas –ordenó Panatic al sargento Ivlik.
El Comerciante Ordinario tenía dos cápsulas salvavidas. Ivlik abrió la escotilla de la cápsula de estribor y miró en el interior.
-Todo parece estar en orden, señor.
-¿Lo ve? Todo está perfectamente en orden. Estoy seguro de que tienen una agenda muy apretada, así que no tiene sentido que malgasten más tiempo aquí. –Mace quedó en silencio cuando Ivlik abrió la segunda cápsula.
-¡Capitán! Aquí debe de haber escondidos un centenar de blásters. –Ivlik miró con más detalle los números de serie de los embalajes-. Parecen suministros del Ejército Imperial.
-Oigan, no tengo ni idea... –comenzó a decir Mace, pero Panatic le hizo callar.
-Enciérrenlo en el calabozo. –Mientras Ivlik y Kamlok se llevaban a Mace, Panatic tomó su comunicador y llamó al puente-. Teniente Sukal, le dejo al mando de la nave del prisionero. Diga a Monidda que establezca un curso al sistema Shkali. Vamos a averiguar lo que planeaba este contrabandista.

***

El Centinela se posó en el centro de la zona quemada justo después del amanecer. Panatic y los soldados de la nave se desplegaron en búsqueda del origen de la señal.
El fuego había calcinado una sección de bosque de medio kilómetro de diámetro. La maleza baja aún mostraba rescoldos en algunas zonas, y el aire estaba turbio por el humo y las cenizas. Hollín y barro gris cegaban un pequeño arroyo. Pronto, las habitualmente inmaculadas botas de Panatic estuvieron completamente sucias.
A un centenar de metros de la nave encontraron los restos chamuscados de una docena de toscas chozas. Las paredes y techos de madera habían ardido por completo, pero los cimientos de piedra y algunas vasijas de barro habían sobrevivido a las llamas. Un par de cadáveres shkali yacían boca abajo en las cenizas.
-¡Capitán! ¡He encontrado algo! –exclamó el sargento Ivlik.
Panatic llegó corriendo al límite de la zona quemada, donde Ivlik estaba arrodillado junto a una formación rocosa.
-Aquí abajo.
En un hueco formado por dos grandes pedruscos estaba acurrucado un niño shkali, mirando a los dos humanos con ojos aterrorizados. Sujetaba un comunicador con ambas manos.
-Sal de ahí, pequeño. El fuego ya se ha apagado. Todo está bien. Vamos. ¿Ves? Yo te ayudo. ¿Qué es eso que tienes en la mano? ¿Puedo verlo? –Ivlik era un hombre familiar, y no tuvo ningún problema para animar al pequeño alienígena asustado a salir de la grieta. Suavemente le quitó de las manos el comunicador y se lo entregó a Panatic. El capitán lo examinó mientras el sargento estaba de pie a su lado, acunando despreocupadamente al niño shkali y haciéndole carantoñas.
La unidad era un caro modelo comercial, con un grabador incorporado. Panatic pulsó el botón de reproducción.
La voz de una mujer, tensa y sin aliento, casi era ahogada por el sonido de los gritos y los disparos bláster que se oían de fondo.
-Mace, espero que encuentres esto pronto. Los esclavistas han vuelto; dos naves esta vez. Están usando motos deslizadoras y redes. Advierte al resto de pueblos. –Hubo una pausa, luego algunos ruidos murmullos, luego el grito de un hombre, y finalmente un susurro-: ¡Huye!
Después el mensaje se cortó.
El pequeño shkali sollozó.
-Esclavistas.
-Hoy en día se ve mucho, capitán. Incluso es legal en algunos lugares.
-Eso no hace que sea correcto.
-¿Qué hay de este pequeño tunante? –El niño shkali temblaba en los brazos de Ivlik.
Panatic suspiró.
-Parece que hay otro pueblo a un par de kilómetros al norte de aquí. Dejen allí al niño. Llévese a Kamlok y Lancer con usted. Probablemente ahora los nativos se pongan nerviosos por la presencia de extranjeros. Pongan sus blásters en aturdir; no queremos un incidente.

***

El calabozo del Centinela no estaba diseñado para ser alegre. Los muros y el suelo eran de metal gris, y un par de cámaras observaban desde las esquinas. Mace estaba tumbado en uno de los duros catres y miraba el parpadeante panel de luz del techo. Estaba contando los parpadeos. Cuando se abrió la puerta llevaba más de ocho mil.
El capitán imperial entró al interior, seguido de un guardia. Tomó un comunicador de su cinturón y pulsó un botón.
-Mace, espero que encuentres esto pronto...
La sorpresa de Mace se convirtió en horror conforme el mensaje fue reproduciéndose.
-¿La han encontrado? -preguntó, conociendo de antemano la respuesta.
-Creo que es mejor que me lo cuente todo –dijo Panatic.
-No creo que eso haga que las cosas empeoren. Ese es el comunicador de Nadria; es mi socia comercial. Sabe mucho de culturas primitivas, arte, cosas así. Hemos comerciado bastante con los shkali en el pasado, pero en nuestra última visita estaban todos asustados. Tardamos bastante en conseguir toda la historia. Parece que hace un mes aparecieron unos extraños con una nave. Apresaron a punta de bláster a un par de docenas de shkali y se los llevaron.
-¿Por qué no lo comunicaron a las autoridades?
Mace soltó una risa de desdén.
-Como si eso fuera a servir de algo. La mitad de los esclavistas de este sector están en la nómina de algún moff.
-Ha escuchado demasiada propaganda Rebelde.
Mace miró fijamente al capitán por un instante.
-Qué bromistas son ustedes los imperiales; por un segundo creí que estaba hablando en serio. En cualquier caso, decidimos hacer algo al respecto. Nadria se quedó allí para tratar de organizar a las tribus, para que pudieran ayudarse entre sí ante futuros ataques. Yo partí a conseguir algunos blásters para que los shkali fueran capaces de responder a los ataques.
-¿Obtuvo los blásters de la Alianza Rebelde?
-Yo... sí. En cualquier caso, los estaba trayendo aquí cuando me detuvieron.
-¿Sabe algo acerca de esos esclavistas? ¿Dónde podrían tener su base?
Mace pareció estar genuinamente sorprendido por un instante.
-¿Quiere decir que de verdad van a perseguirles?
-Han quebrantado la ley. Lo he comprobado; los shkali aún no han sido declarados como especie esclavizable.
-Que me aspen. ¡Claro que sé dónde encontrarles! El jefe es Worruga Yab, un rodiano. Opera desde un lugar llamado Zahir. ¿Saben dónde está?
-Demasiado bien. –Panatic se volvió para marcharse, y luego se detuvo-. Gracias, Mace. Me aseguraré de mencionar en mi informe lo colaborador que se ha mostrado. Puede que le ayude a reducir su condena.
La puerta blindada se abrió con un silbido y el oficial imperial salió con paso firme.
Mace siguió contando.

***

El camarote de Panatic era tan austero y ordenado como su uniforme. El único toque personal era un holo del acorazado que su abuelo había capitaneado en las Guerras Clon. Todo lo demás era estrictamente material de la armada.
Se sentó en su escritorio y solicitó el archivo de Zahir. Sabía de memoria la mayoría de la información, pero recordar los hechos no iba a hacerle daño. El lugar era lo que quedaba de un proyecto de desarrollo fallido. Un pequeño asteroide que orbitaba un planeta exterior había sido cubierto por cúpulas y rodeado por un anillo de atraque, para servir como nodo comercial para un nuevo sector. Pero los sistemas cercanos resultaron ser carentes de valor, los colonos y mineros nunca aparecieron, y eventualmente los promotores cayeron en la bancarrota.
Años después, el contrabandista Worruga Yab había comprado Zahir y lo convirtió en un puerto libre y abierto, un refugio para contrabandistas, piratas, y toda clase de personajes indeseables. Panatic y otros capitanes de patrullas habían rogado al Mando del Sector que les enviase un Destructor Estelar o dos para cerrar Zahir para siempre, pero por algún motivo sus peticiones jamás fueron escuchadas.
Panatic se encontró deseando que el Centinela fuera más que una simple nave aduanera. Haría falta al menos un crucero de ataque para capturar el lugar en una lucha justa.
O... Sus ojos se iluminaron cuando se le ocurrió la idea. Tal vez sí tuviera la nave adecuada para la tarea.

***

-¿Está usted seguro de que es una buena idea, señor? Va a correr un terrible riesgo.
Panatic miró fijamente a Sukal.
-Tomo nota de su opinión, teniente. Estará usted al mando mientras yo esté fuera. Avance en silencio hasta que reciba mi señal. Entonces quiero que llegue rápidamente y ataque el lugar con todo lo que tenga. Apunte a las naves atracadas en el anillo, y al sistema de comunicaciones. No se enfrente a ninguna otra nave en el espacio; hay demasiadas, y fácilmente podrían acorralar al Centinela y destruirlo.
Se volvió para mirar a sus compañeros de viaje. El sargento Ivlik parecía considerablemente incómodo en un traje civil barato. Mace llevaba las mismas ropas de aspecto desaliñado con las que había sido capturado. Panatic tuvo que cubrirse con un gran poncho de minero para ocultar su uniforme. Vestidos así, los tres subieron a bordeo del Comerciante Ordinario y se separaron del Centinela en la tenue luz de los límites del sistema.
Panatic se sentó en el asiento del copiloto y permaneció sentado mirando las estrellas un instante antes de hablar.
-Quiero hacer un trato con usted, Mace.
-Eso es música para mis oídos, capitán.
-En Zahir estaremos en su elemento, no en el mío. Conoce a los contrabandistas y mineros que hacen negocios allí. Estoy seguro de que será tentador para usted revelar mi identidad y escapar.
-Mentiría si dijera que eso no me había pasado por la cabeza.
-Pero yo puedo liberar a esos esclavos. Usted no. Y supongo que querrá recuperar a su socia. De modo que esta es mi oferta: si usted coopera conmigo, me aseguraré de que ella queda libre. Su arresto ya está notificado, así que a usted no puedo dejarle marchar, pero no presentaré cargos contra ella.
-Tremendamente generoso por su parte.
-Debería añadir que no he contactado con el Mando del Sistema para ver si se busca a alguno de ustedes por actividades sediciosas. Por lo que a mí concierne, usted es un contrabandista ordinario. Ahora, ¿me dará su palabra de que va a ayudarme?
Mace miró en silencio a Panatic por un instante.
-Trato hecho.
-Bien. Sargento, creo que ya puede apartar su arma.

***

La roca anillada de Zahir creció en la ventana de la cabina mientras Mace se acercaba con la nave. Había una docena de naves atracadas en el anillo o flotando cerca. La mayoría eran naves exploradoras o pequeños cargueros como el Comerciante Ordinario, pero había unas cuantas que destacaban. Panatic miró nervioso a una voluminosa corbeta corelliana. En una lucha uno contra uno, la nave mayor golpearía al Centinela hasta hacerlo añicos.
Un lujoso yate con chapado en aleación dorada estaba asegurado en el anillo de atraque. Le resultaba familiar, pero Panatic no lograba ubicarlo, y el ordenador de Mace no era de ayuda en absoluto. Probablemente robado, decidió.
La voz del controlador de tráfico sonaba como si hiciera tiempo que necesitase una limpieza de pulmones.
-Bienvenidos a Zahir, encrucijada del sector. Todas las tarifas de atraque deben pagarse por anticipado. Pueden atracar en el muelle 23.
Al otro lado de la esclusa, Zahir era un lugar sucio. El ancho pasillo del anillo de atraque estaba lleno de polvo y basura, y la mitad de los paneles luminosos no funcionaban. Las paredes mostraban marcas de grafitis y quemaduras de bláster. Dos veces tuvieron que caminar esquivando gente tendida por el suelo, sin saber bien si estaban borrachos o muertos.
A la entrada de uno de los tres tubos que unían el anillo de atraque al asteroide central, se encontraron con lo que pasaba por ser las aduanas de Zahir. Un twi’lek viejo y arrugado al que le faltaba un tentáculo los detuvo en la puerta mientras un par de matones gamorreanos permanecían a un lado con blásters.
-Tarifa de atraque. Veinte créditos.
Mace le pagó. Panatic trató de parecer aburrido y duro bajo la mirada de los gamorreanos. Uno de ellos soltó un bufido y apartó la mirada.
Descendieron en el pasillo rodante que bajaba por uno de los tubos que unía el anillo de atraque al cuerpo principal de Zahir. El centro del complejo era un gigantesco jardín cubierto por una cúpula transparente, al que el tiempo y el abandono habían convertido en una enmarañada jungla. Una zona abierta albergaba un bazar al aire libre, donde vendedores en una docena de toscos puestos vendían de todo, desde brillovino hasta droides de protocolo.
-Espere aquí y trate de pasar desapercibido –dijo Mace-. Veo una cara familiar.
Pasó unos minutos hablando con un sullustano pequeño y gordo que vendía bombonas de gas tibanna. Panatic e Ivlik permanecieron tensos en medio del gentío, mirándolos con aspecto suspicaz. Mace se despidió con la mano de su amigo sullustano y se abrió camino entre la multitud hacia ellos.
-Yab está aquí, en efecto. Tiene todo un cargamento de nuevos esclavos abajo, en las mazmorras. Va a haber una subasta esta tarde.
-Perfecto. Podremos descubrir quiénes son sus clientes.
-Hasta entonces, será mejor que no llamemos la atención. Ustedes dos destacan como un par de rancors en una fiesta de jardín. Hay un bar aquí cerca con una banda bastante buena.
Panatic dejó a Mace que condujera a los tres a la cantina. Era un poco más basta que los clubes de oficiales que frecuentaba normalmente. Pero la música era buena, y el sargento Ivlik era lo bastante grande para que el resto de parroquianos les dejase espacio a su alrededor. Los tres se sentaron en un reservado en una esquina desde el que se veía la puerta, y esperaron.
-Y he reemplazado la bobina de flujo del hipermotor con un par de unidades B-105 sincronizadas, lo que mejora el tiempo de respuesta al salto en... –explicaba Mace acerca de su nave, y Panatic solo prestaba atención a medias. De pronto, Mace se detuvo, mirando fijamente la puerta. Panatic siguió su mirada.
Un hombre pequeño y delgado con el atuendo de un administrador imperial acababa de entrar al bar, seguido por un par de soldados de asalto.
-Oh, oh –susurró Mace-. Tal vez no nos vean si nos escabullimos uno a uno.
-No se preocupe, Mace –dijo Panatic, sonriendo-. Ya se encuentra en manos del Imperio, ¿recuerda?
En su interior, Panatic no estaba tan seguir de sí mismo. La presencia de un oficial imperial allí en Zahir era un misterio. ¿Cómo había llegado allí? ¿Y por qué? ¿Y por qué a nadie parecía importarle? Para ser un puñado de ladrones y contrabandistas, los ciudadanos de Zahir parecían considerablemente tranquilos ante la presencia de dos soldados de asalto imperiales entre ellos.
-Esto sigue sin gustarme, capitán –siseó Mace-. Nos está mirando.
-Cálmese. Es sólo su imaginación.
El oficial imperial llamó al camarero a su mesa y pidió en silencio su consumición. Sus dos guardias permanecieron de pie a ambos lados de él, examinando el bar en busca de posibles problemas.
-Estaré en la unidad sanitaria –dijo Mace, poniéndose en pie.
-Vaya con él –ordenó Panatic a Ivlik. El sargento se apresuró a seguir a Mace.
Panatic suspiró con fastidio. No era momento para que Mace comenzase a ponerse nervioso. ¿Pero qué podía esperar uno de un criminal? Dio un sorbo a su bebida y volvió a mirar su crono. Aún faltaba una hora para la subasta.
Un pesado dedo le dio unos golpecitos en el hombro. Panatic se volvió para ver a tres gamorreanos de pie ante él, blásters en mano. Antes de poder moverse, le dispararon.

***

Se despertó con una agonía de alfileres y agujas clavándose conforme se pasaba el efecto del disparo aturdidor de los blásters. Una bota en las costillas le ayudó a recuperar la consciencia. Panatic se encontró tumbado en el suelo de una oficina; un despejado techo en forma de cúpula le daba un una espléndida vista del cielo estrellado.
Dos hombres estaban de pie junto a él. Uno era el oficial imperial que había visto en la cantina. El otro era un rodiano vestido con un traje de colores brillantes que echaba hacia atrás una bota cromada para dar otra patada.
-Eso no será necesario, Yab –dijo el oficial-. Creo que ya se está despertando. –Sonrió a Panatic desde arriba-. Me disculpo por mi colega aquí presente. Es bastante poco sutil. Mi nombre es Varden Quil. Y usted, según creo, es el comandante Ulan Panatic de la Armada Imperial.
Panatic se puso trabajosamente en pie y se alisó el uniforme. El apestoso poncho había desaparecido, así como su bláster y su comunicador.
-Correcto. Este hombre es un esclavista y un asesino, y estoy aquí para arrestarle.
El oficial suspiró.
-Oh, cielos. Evidentemente, usted no ha sido informado... Yab es un amigo del moff Tricus Phenge.
-¿El gobernador del sector Deratus?
-El mismo. Mi jefe, de hecho. El moff y Yab, aquí presente, tienen un acuerdo. A cambio de protección ante gente molesta como usted, Yab proporciona mano de obra para trabajar en los campos de bayas doradas de las fincas del moff, y algún objeto especial de vez en cuando. Una asociación perfecta.
-Asaltar asentamientos nativos en busca de esclavos es ilegal.
Quil se rio.
-Oh, cielos. En serio, comandante, usted debería estar en un museo en alguna parte. Estoy seguro de que la Armada Imperial tiene cosas mejores que hacer que preocuparse por el bienestar de unos pocos primitivos. Además, un oficial inteligente como usted debería saber que los deseos de un moff son más importantes que seguir la ley al pie de la letra.
-Demasiada cháchara –siseó Yab-. ¿Qué vamos a hacer con él?
-Buena pregunta. Comandante, me gustaría su opinión al respecto. ¿Deberíamos matarle o dejarle marchar?
-¿Qué?
-Usted puede causar a mi jefe gran cantidad de problemas si insiste en arrestar a Yab. No podemos permitirlo. Así que a menos que usted acceda a olvidar todo este asunto y volver a perseguir rebeldes, me temo que vamos a tener que matarle. ¿Qué ha de ser, comandante?
Panatic tragó saliva, y luego se obligó a sonreír.
-Estoy dispuesto a olvidar todo este asunto si ustedes también lo están.
Quil le miró fijamente por un instante y luego estalló en una carcajada.
-Cielo santo, comandante. ¡Creo que nunca he visto una actuación peor! Me alegro de que su muerte no arrebate un gran talento a la galaxia.
Panatic saltó hacia delante para forcejear con Yab, tratando de apoderarse del bláster del rodiano. Tenía la ventaja de la sorpresa, pero el esclavista era un luchador experimentado. Los dos hombres impactaron contra el escritorio, rebotaron, y chocaron contra un sintetizador de bebidas. Quil salió disparado hacia la puerta.
Panatic tomó un taburete y lo estrelló sobre la cabeza de Yab. El rodiano se tambaleó por un instante, lo bastante para que Panatic pudiera agarrarle el bláster.
-¡Muy bien, manos arriba, los dos! –dijo, apartándose de Quil y Yab para cubrirlos a ambos con el bláster. Los dos alzaron las manos lentamente.
-No haga nada precipitado, comandante –dijo Quil-. Aún podemos solucionar esta situación. Obviamente usted es un tipo ambicioso... estoy seguro de que puedo arreglar un ascenso para usted. ¿Tal vez un Destructor Estelar en lugar de un crucero de patrulla?
-Cállese. –Panatic se acercó al escritorio-. ¿Dónde está mi comunicador?
-En el cajón –dijo Yab-. El de arriba.
Cuando Panatic bajó la mirada para abrir el cajón, Quil salió disparado hacia la puerta. Se abrió con un silbido, revelando a los dos soldados de asalto que montaban guardia en el exterior.
-¡Atrapadle! –gritó el pequeño oficial.
Panatic efectuó un disparo suelto, que rozó la armadura de uno de los soldados. Entonces ellos llegaron hasta él, usando las culatas de sus rifles para someterle a base de golpes.
-¿Qué haremos con él ahora? –dijo Quil pensativamente.
-Ahora morirá –dijo Yab, dando a Panatic otra patada en las costillas-. Arrojadle al horno.
-Qué pulcro –dijo Quil con gesto aprobador.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Servidor del Imperio (I)

Servidor del Imperio
James L. Cambias

Mace supo que estaba en problemas cuando comenzaron los disparos.
Cuando el crucero de las Aduanas Imperiales había llamado a su nave, Mace trató desesperadamente de ganar tiempo. Usó el viejo truco del “fallo de comunicaciones”, seguido de la estrategia de “¿cómo sé que no sois piratas?”. Estaba a punto de comenzar el número de la “fuga en el reactor” cuando el crucero abrió fuego.
O bien la primera andanada era sólo una advertencia, o bien los artilleros imperiales tenían pésima puntería. Mace puso al máximo los motores y desactivó los bloqueos de seguridad. El Comerciante Ordinario saltó alejándose del crucero como un tauntaun asustado.
¡Bum! La cabina se estremeció cuando un disparo láser golpeó los débiles escudos de la nave. Le siguieron dos disparos más. El panel de estado brillaba en rojo.
Muy bien, así que no son malos tiradores, pensó Mace. ¿Pero qué tal es su pilotaje?
Comenzó a realizar giros y quiebros con el Comerciante Ordinario. Les dio un minuto para que se acostumbrasen al patrón, y entonces... el casco gimió cuando Mace lanzó la nave en un cerrado giro en espiral, haciéndola descender hacia el mayor de los gigantes gaseosos del sistema.

***

En el puente del crucero de patrulla Centinela, el comandante Panatic estaba engañosamente relajado. Habitualmente un oficial serio de aspecto impecable, en combate se desplomaba inmóvil en su asiento. Sólo sus ojos permanecían alerta, pegados a la pantalla de seguimiento.
Cuando el fugitivo cambió su curso, Panatic apenas parpadeó.
-Alférez Monidda, cambie a vector diez por dos-noventa. Mantenga la velocidad.
-¡Va al sistema de anillos del planeta! –exclamó el alférez Av, el astrogador.
-Síganle.
Cuando la vista de los anillos ante ellos cambió de un tembloroso arco plateado a una barrera de icebergs a la deriva, el alférez Monidda comenzó a ganarse la paga. El carguero fugitivo los esquivaba con giros y rizos, y el Centinela se pegó trabajosamente a su cola.
-¡Parada total!
El timonel apagó los motores con un suspiro de alivio.
-¿Va a dejar que escape, señor? –Av parecía confundido.
-Sáquenos de aquí. Vector cero por noventa. –Panatic echó una mirada al astrogador-. No voy a jugar a este juego. Una vez que salgamos de los anillos, pase a modo silencioso. Motores apagados, sensores en modo pasivo. Dejaremos que sea él quien nos encuentre.

***

-¡Ja! –Mace se permitió una risita cuando su escáner dejó de mostrar el crucero imperial-. Lo tienen bien merecido por tratar de seguir a un piloto experto por un anillo de hielo.
Aminoró el Comerciante Ordinario a una velocidad segura, e hizo un barrido de escáner. Ni rastro de la nave imperial en ninguna parte. ¿Habrían chocado contra un pedazo de hielo? Sintió una momentánea punzada de simpatía mientras maniobraba con cuidado fuera del anillo y establecía un curso hacia el espacio abierto. Estaba justo preparando el hipermotor cuando todo salió mal.
El crucero estaba justo enfrente, disparando sus cuatro lásers. Antes de que Mace pudiera reaccionar o ajustar los escudos, el Comerciante Ordinario recibió tres impactos. El panel de control de Mace se iluminó de rojo, mostrando los impulsores de maniobra apagados, el escudo caído y el cañón láser deshabilitado.
-¡Ríndase o será destruido! –aulló el altavoz del comunicador.
-Vale, vale. Me habéis pillado.