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martes, 23 de febrero de 2010

Episodio II: El ataque de los clones - Capítulo 10 (y III)

Posiblemente, el sector industrial de Coruscant albergaba los muelles de cargueros más grandes de toda la galaxia, con una línea de gigantescos transportes llegando continuamente, inmensas grúas flotantes listas para reunirse con ellos y descargar los millones de toneladas de suministros necesarios para mantener con vida la ciudad-planeta, que ya hacía mucho tiempo que había llegado a estar tan poblada que no podía mantenerse con sus propios recursos. La eficiencia de esos muelles era poco menos que asombrosa, y aún así el lugar siempre estaba abarrotado, y a menudo se formaban atascos debido al gran número de naves atracadas y gruas flotantes.
También era un lugar para que pasajeros vivos, la plebe de Coruscant, tomasen pasajes baratos en los cargueros que salían del planeta, miles y miles de personas buscando escapar del total frenesí en el que se había convertido el planeta.
Mezclados en esa muchedumbre, Anakin y Padmé iban caminando, vestidos con simples túnicas y pantalones marrones, al estilo de los refugiados del Exterior. Caminaban hombro con hombro hacia la salida de la lanzadera cuando se aproximaron al muelle y la pasarela que les llevaría a uno de esos mastodónticos transportes. El capitán Typho, Dormé y Obi-Wan les esperaban en esa puerta de salida.
—Cuídese, milady —dijo el capitán Typho con genuina preocupación. Estaba claro que no le entusiasmaba la idea de permitir que Padmé saliera fuera de su vista y su control. Le pasó a Anakin un par de pequeñas bolsas de equipaje, haciéndole al joven Jedi un gesto de confianza con la cabeza.
—Gracias, capitán —respondió Padmé, mostrando la gratitud en su voz—. Cuide bien de Dormé. No estáis libres de peligro.
—¡Conmigo está a salvo! —dijo rápidamente Dormé.
Padmé sonrió, apreciando el pequeño intento de relajar el ambiente. Luego abrazó con fuerza a su doncella, apretando aún más fuerte al notar que Dormé comenzaba a sollozar.
—Todo irá bien —susurró Padmé al oído de la otra mujer.
—No es por mí, milady. Me preocupa usted. ¿Y si ven que ha abandonado la capital?
Padmé se apartó de ella y consiguió sonreír mientras miraba a Anakin.
—Pues mi protector deberá demostrar su calidad.
Dormé soltó una risita nerviosa y limpió una lágrima de su ojo mientras sonreía y asentía.
A un lado, Anakin mantenía su sonrisa en su interior, conscientemente decidido a mostrar una postura que rezumase confianza y control. Pero en su interior estaba emocionado por escuchar cumplidos hacia él por parte de Padmé.
Obi-Wan rompió esa cordialidad, apartando al joven Padawan a un lado.
—Quedaos en Naboo —dijo Obi-Wan—. No atraigáis la atención sobre vosotros. No hagas nada sin haberlo consultado antes conmigo o con el Consejo.
—Sí, Maestro —respondió obedientemente Anakin, pero en su interior estaba hirviendo, deseando golpear a Obi-Wan. ¿No hacer nada, absolutamente nada, sin consultarlo antes, sin pedir permiso? ¿Es que no había demostrado ser un poco más emprendedor, un Padawan digno de confianza?
—Milady, llegaré al fondo de este complot con presteza —escuchó que Obi-Wan decía a Padmé. Anakin estaba furioso por dentro. ¿No había sido ese exactamente el curso de acción que él había sugerido a su Maestro desde el primer momento que habían sido asignados a cuidar de la seguridad de la senadora?
—Muy pronto estará de vuelta —le aseguró Obi-Wan a Padmé.
—Agradeceré su rapidez, Maestro Jedi.
A Anakin no le gustó escuchar a Padmé hablar de ningún tipo de gratitud hacia Obi-Wan. Al menos, no le gustaba en absoluto que Padmé elevase la importancia de Obi-Wan por encima de la suya propia.
—Ya es la hora —dijo, avanzando con paso firme.
—Lo sé —le respondió Padmé, pero no parecía complacida.
Anakin se recordó que no debía tomárselo personalmente. Padmé sentía que su deber estaba allí. No le entusiasmaba la idea de tener que escapar del planeta... y no le entusiasmaba la idea de dejar a otra de sus queridas doncellas en su lugar en la línea de fuego, especialmente con las imágenes de Cordé muerta tan frescas en su mente.
Padmé y Dormé se abrazaron de nuevo. Anakin tomó las maletas y abrió la marcha al exterior del autobús deslizador, hacia un andén donde R2-D2 esperaba.
—Que la Fuerza te acompañe —dijo Obi-Wan.
—Que la Fuerza te acompañe, Maestro. —Anakin sentía cada palabra de esta frase. Quería que Obi-Wan descubriera quién estaba detrás de los intentos de asesinato, que volviera a hacer que la galaxia fuera segura para Padmé. Pero tenía que admitir que deseaba que no ocurriera demasiado rápido. Ahora mismo, su deber lo ponía justo junto a la mujer que amaba, y no estaría muy contento si su misión resultase ser corta, si el deber lo alejase de ella una vez más.
—De repente, siento miedo —le dijo Padmé mientras se alejaban, dirigiéndose al gigantesco carguero estelar que los llevaría a Naboo. Detrás de la pareja, rodaba R2-D2, silbando alegremente.
—Yo también. Es mi primera misión en solitario. —Anakin se giró hacia ella, cruzando su mirada con la de Padmé, y sonrió ampliamente—. No se preocupe. ¡Tenemos a R2!
Una vez más, el comentario frívolo ayudó a aligerar el ambiente.
En el autobús, esperando a que les llevase de vuelta a la ciudad principal, el trío que quedó atrás observaba cómo Anakin, Padmé y R2-D2 se mezclaban con la muchedumbre del vasto espaciopuerto.
—Espero que no se le ocurra hacer ninguna tontería —dijo Obi-Wan. El mero hecho de que hablase tan abiertamente acerca de su estudiante mostraba al capitán Typho lo mucho que el Caballero Jedi había llegado a confiar en él.
—A mí me preocuparía más que ella hiciera algo, no él —replicó Typho. Negó con la cabeza, con expresión seria—. No es de las que siguen órdenes.
—Compañeros de viaje afines —observó Dormé.
Obi-Wan y Typho se volvieron para mirarla, y Typho nuevamente agitó la cabeza con desesperación. Obi-Wan no estaba en desacuerdo con la observación de Dormé, por muy inocentemente que lo dijera. Padmé Amidala era realmente testaruda, con mentalidad fuerte e independiente, y siempre dispuesta en confiar en su propio juicio antes que en el de los demás, sin importar su posición o su experiencia.
Pero de la pareja que acababa de dejar el autobús deslizador, ella no era la más cabezota.
Y eso no era un pensamiento reconfortante.

lunes, 22 de febrero de 2010

Episodio II: El ataque de los clones - Capítulo 10 (II)

En un mundo cubierto por el agua y asolado por los vientos, más allá de las fronteras más remotas del Borde Exterior, un padre y su hijo estaban sentados en una cornisa de brillante metal negro, observando cuidadosamente uno de los pozos de relativa tranquilidad creados en el agua por las corrientes que rodeaban la gigante columna que surgía del turbulento océano. La lluvia había amainado ligeramente, algo excepcional en este lugar pasado por agua, permitiendo al menos una pequeña zona de calma en la superficie, y los dos miraban con atención buscando las siluetas oscuras de un metro de largo de los peces rodadores.
Estaban en la cornisa más baja de uno de los grandes pilares que soportaban Ciudad Tipoca, la mayor ciudad de todas en Kamino, un lugar de elegantes estructuras, todas redondeadas para que los continuos vientos las rodearan, en lugar de angulosas y de paredes planas que luchasen contra el viento. Kamino había sido diseñado, o mejorado al menos, por muchos de los mejores arquitectos que la galaxia podía ofrecer, que entendieron bien que el mejor modo de luchar contra los elementos planetarios era esquivarlos sutilmente. Inmensas ventanas de transpariacero miraban al exterior desde todos los ángulos; el padre, Jango, a menudo se preguntaba por qué los kaminoanos —altos y delgados, de un untuoso color blanco, grandes ojos con forma de almendra en cabezas oblongas sobre cuellos tan largos como su brazo— querían tantas ventanas. ¿Qué había que ver en este violento mundo aparte de aguas turbulentas y precipitaciones casi constantes?
Sin embargo, Kamino también tenía sus buenos momentos. Todo era relativo, suponía Jango. Por eso, cuando vio que no estaba lloviendo demasiado fuerte, salió con su hijo al exterior.
Jango dio un golpecito en el hombro a su hijo y señaló con la cabeza una de las zonas tranquilas de la superficie, y el joven, mostrando en el rostro todo el entusiasmo de un niño de diez años, levantó su golpeador, un átlatl alimentado por energía iónica, y apuntó con letal precisión. No usó la unidad de visor láser, que se ajustaba automáticamente a la refracción del agua. No, esta presa tenía que ser una prueba sólo para su pericia.
Respiró profundamente, como su padre le había enseñado, usando la técnica para quedarse totalmente quiero, y entonces, cuando la presa se puso de lado, lanzó su brazo hacia delante, lanzando el misil. Apenas a un metro de la mano extendida del niño, la parte trasera del misil brilló brevemente, un rápido y súbito estallido de energía que hizo que saliera disparado como un disparo bláster, acuchillando el agua y golpeando al pez en el costado, atravesándolo con su cabeza arponada.
Con un grito de gozo, el niño giró la empuñadura del átlatl, sujetando el sedal casi invisible pero tremendamente fuerte, y entonces, cuando el pez se alejó lo bastante para tensar el sedal, el niño hizo girar lenta y deliberadamente la empuñadura, recogiendo su presa.
—Bien hecho —le felicitó Jango—. Pero si le hubieras golpeado un centímetro más adelante, le habrías seccionado el músculo principal justo bajo la agalla y habría quedado completamente indefenso.
El niño asintió, sin molestarse por el hecho de que su padre, su mentor, siempre pudiera encontrar fallos incluso en el éxito. El niño sabía que su querido padre lo hacía sólo porque eso le obligaba a buscar siempre la perfección. Y en una galaxia peligrosa, la perfección permitía la supervivencia.
El niño quería a su padre aún más por preocuparse por él lo bastante como para criticarle.
Jango quedó tenso de pronto, al sentir un movimiento cercano, tal vez el sonido de una pisada, o simplemente un olor, algo que le dijo al perfectamente capacitado cazarrecompensas que él y su hijo no estaban solos. No podían encontrarse demasiados enemigos en Kamino, excepto en las lejanas desolaciones acuáticas, donde acechaban gigantescas criaturas tentaculadas. Allí había poca vida sobre el agua, aparte de los propios kaminoanos, y por eso Jango no se sorprendió al ver que la recién llegada no era otra que Taun We, su contacto habitual con los kaminoanos.
—Saludos, Jango —dijo la criatura alta y flexible, levantando su delgado brazo y su mano en señal de paz y amistad.
Jango asintió pero no sonrió. ¿Por qué Taun We había salido allí fuera —los kaminoanos casi nunca salían de las cúpulas de sus ciudades—, y por qué había interrumpido a Jango cuando estaba con su hijo?
—Apenas has estado dentro de tu sector últimamente —indicó Taun We.
—Tenía cosas mejores que hacer.
—¿Con tu hijo?
Como respuesta, Jango alzó la mirada hacia el niño, que estaba dándole sedal a otro pez rodador. O, al menos, parecía estar haciéndolo, reconoció Jango, y ese pensamiento trajo una cálida sensación de satisfacción al malhumorado cazarrecompensas. Había enseñado bien a su hijo el arte del engaño y la mentira, de aparentar estar haciendo una cosa cuando, en realidad, se está haciendo otra muy distinta. Como escuchar la conversación, sopesando cada palabra de Taun We.
—Se aproxima el décimo aniversario —explicó la kaminoana.
Jango volvió a mirarla con expresión dura.
—¿Crees que no me acuerdo del cumpleaños de Boba?
Si Taun We estaba perturbada de algún modo por la brusca réplica, los delicados rasgos de la kaminoana no lo demostraron.
—Estamos listos para empezar de nuevo.
Jango volvió a mirar a Boba, uno de sus miles de hijos, pero el único que era un clon perfecto, una réplica exacta sin manipulación genética para hacerlo más obediente. Y el único que no había sido envejecido artificialmente. El grupo que había sido creado junto con Boba ya había alcanzado la madurez, eran guerreros adultos, en perfecto estado de salud.
Jango había pensado que la política de acelerar el proceso de envejecimiento era un error —¿acaso la experiencia no era una parte tan importante en la adquisición de las capacidades de un guerrero como lo era la genética?—, pero no se había quejado abiertamente a los kaminoanos al respecto. Le habían contratado para hacer un trabajo, para servir como fuente, y cuestionar el proceso no estaba en la descripción del puesto.
Taun We inclinó la cabeza ligeramente a un lado, parpadeando lentamente.
Jango reconoció la expresión como curiosidad, y eso casi hizo que una risa asomara en sus labios. Los kaminoanos se parecían entre sí mucho más que los humanos, especialmente los humanos de distintos planetas. Tal vez su singular concepto, esa uniformidad dentro de su propia especie, era parte de su proceso reproductor típico, que ahora incluía gran cantidad de manipulación genética, si no directamente pura y simple clonación. Como sociedad, eran prácticamente una única mente y un único corazón. Taun We parecía genuinamente perpleja, y así lo estaba, de ver a un humano con tan poca consideración aparente hacia otros humanos, clones o no.
Pero, claro, ¿acaso los kaminoanos no estaban creando un ejército para la República? No podría haber guerras sin algunos desacuerdos previos, ¿verdad?
Pero eso, también, guardaba poco interés para Jango. Era un cazarrecompensas solitario, un recluso... o lo habría sido de no haber sido por Boba. A Jango no le importaba la política o la guerra o ese ejército de sus clones. Si todos y cada uno de ellos eran masacrados, que así fuera. No tenía apego a ninguno de ellos.
Miró hacia un lado mientras pensaba eso. A ninguno, excepto a Boba, por supuesto.
Pero aparte de eso, esto no era más que un trabajo, bien pagado y lo bastante fácil. Financieramente, no podía haber pedido más, pero, lo que era aún más importante, sólo los kaminoanos podían haberle dado a Boba; no sólo un hijo, sino una réplica exacta. Boba le daría a Jango el placer de ver todo lo que podía haber llegado a ser de haber tenido un padre cariñoso y protector, un mentor que se preocupara lo bastante como para criticarle, para forzarle a buscar la perfección. Él era tan bueno como el que más siendo un cazarrecompensas, siendo un guerrero, pero no tenía la menor duda de que Boba, criado y entrenado para la perfección, le sobrepasaría con diferencia para convertirse en uno de los mayores guerreros que la galaxia jamás hubiera conocido.
Esta, pues, era la mayor recompensa de Jango Fett, estar ahí mismo, sentado con su hijo, con su joven réplica, compartiendo momentos tranquilos.
Momentos tranquilos dentro del tumulto que había sido toda la vida de Jango Fett, sobreviviendo a las pruebas del Borde Exterior en solitario prácticamente desde el día en que aprendió a andar. Cada prueba le hizo más fuerte, le hizo más perfecto, pulió las habilidades que ahora le pasaría a Boba. No había nadie mejor en toda la galaxia para enseñar a su hijo. Cuando Jango Fett quería atraparte, te atrapaba. Cuando Jango Fett te quería muerto, estabas muerto.
No, no cuando Jango “quisiera” esas cosas. Nunca era personal. La caza, las muertes, todo era un trabajo, y una de las primeras lecciones más valiosas que Jango había aprendido era cómo ser desapasionado. Completamente desapasionado. Esa era su mayor arma.
Observó a Taun We, y luego se volvió para sonreír a su hijo. Jango podía ser desapasionado, excepto en esos momentos en los que podía pasar tiempo a solas con Boba. Con Boba, había orgullo y había amor, y Jango tenía que luchar constantemente para mantener esas debilidades potenciales al mínimo. Aunque quería a su hijo con todo su corazón —porque quería a su hijo con todo su corazón—, Jango le había estado enseñando esos mismos atributos de ser desapasionado, incluso insensible, desde sus primeros días.
—Comenzaremos el proceso de nuevo tan pronto como estés preparado —repitió Taun We, sacando a Jango de sus pensamientos.
—¿No tenéis suficiente material para hacerlo sin mí?
—Bueno, ya que de todas formas estás aquí, querríamos que participases —dijo Taun We—. El huésped original siempre es la mejor opción.
Jango puso los ojos en blanco al pensarlo —todas esas agujas y sondas—, pero asintió con la cabeza; realmente era un trabajo fácil, considerando las recompensas.
—Cuando estés listo.
Taun We hizo una leve reverencia y se alejó.
Si esperáis a eso, esperaréis eternamente, pensó Jango, pero no dijo nada, y se volvió de nuevo hacia Boba, indicando al niño que volviera a hacer funcionar su átlatl. Porque ahora tengo todo lo que quería, musitó Jango, observando los fluidos movimientos de Boba, con los ojos fijos en el agua, buscando al siguiente pez rodador.

Episodio II: El ataque de los clones - Capítulo 10 (I)

NOTA: Esta novela fue publicada en castellano originalmente por Alberto Santos Editor, y reeditada posteriormente por Timun Mas. Sin embargo, ambas ediciones tienen una grave omisión: al capítulo 10 le falta más de la mitad.
El texto en rojo corresponde a la traducción de Lorenzo F. Díaz del fragmento del capítulo que fue publicado.

Episodio II: El ataque de los clones
Capítulo 10

de R.A. Salvatore

Anakin Skywalker y Jar Jar Binks estaban parados ante la puerta que separaba el dormitorio de Padmé de la antesala, donde Obi-Wan y él habían estado de vigilancia la noche anterior. Miraron a la ventana rota que había más allá y contemplaron la línea del cielo de Coruscant, con sus interminables rutas de tráfico.
Padmé y su ayudante Dormé se afanaban en el dormitorio, preparando juntas el equipaje, y por sus rápidos movimientos, tanto Anakin como Jar Jar supieron que harían bien en mantenerse a distancia de la molesta y enfurecida senadora. Tal y como habían solicitado los Jedi, el Canciller Palpatine había intercedido para pedir a Padmé que regresara a Naboo. Ella había aceptado, pero eso no significaba que le gustase.
Padmé se enderezó lanzando un profundo suspiro, llevándose una mano a los riñones, que le dolían de tanto agacharse. Volvió a suspirar y se situó ante los dos observadores.
—Voy a tomarme una larga temporada de permiso —le dijo a Jar Jar, con voz grave y sombría, como si deseara imbuir algo de seriedad en el atolondrado gungan—. Tienes la responsabilidad de ocupar mi lugar en el Senado. Sé que puedo contar contigo, delegado Binks.
—Misa honrado —barbotó Jar Jar en respuesta, cuadrándose, pero su cabeza se tambaleaba y sus orejas se agitaban. Se podía vestir a un gungan como a un dignatario, pero no se cambiaba tan fácilmente la naturaleza de una criatura así.
—¿Cómo? —repuso Padmé, con voz dura que evidenciaba algo más que una ligera exasperación. Estaba confiando a Jar Jar algo importante, y no estaba muy contenta de verle actuar de manera tan atolondrada.
Claramente avergonzado, Jar Jar se aclaró la garganta y se estiró un poco más.
—Misa honrado de tomar esta pesada carga de vosa. Misa aceptarla con mucha... mucha humildad y da...
—Jar Jar, no deseo entretenerte más —le interrumpió Padmé—. Estoy segura de que tienes mucho que hacer.
—Sí, milady.
El gungan se volvió y se marchó tras hacer una gran reverencia, como si la usara para ocultar el hecho de que estaba rojo como un cangrejo de fuego darelliano, sonriendo a Anakin al pasar junto a él.
Los ojos de éste siguieron al gungan, pero la tranquilidad o el sentimiento de calma que pudiera sentir por ello desapareció un instante después, cuando Padmé se dirigió a él en un tono que le recordaba que la mujer no estaba del mejor de los humores.
—No me gusta la idea de esconderme —dijo enfáticamente.
—No se preocupe. Ahora que el Consejo ha ordenado una investigación, el Maestro Obi-Wan no tardará mucho en descubrir quién contrató a esa cazarrecompensas. Debimos hacer esto desde un principio. Es preferible tomar la ofensiva contra una amenaza así, y descubrir su origen, a limitarse a reaccionar ante la situación.
Quiso continuar hablando, reclamar el mérito por haber solicitado dicha investigación desde un principio, hacer saber a Padmé que él siempre había tenido razón y que el Consejo había necesitado todo ese tiempo para llegar a la misma conclusión que él. Pero podía darse cuenta de que los ojos de ella empezaban a ponerse vidriosos, así que se calló y la dejó hablar.
—Y mientras tu Maestro investiga, yo tengo que esconderme.
—Eso es lo más prudente, sí.
Padmé lanzó un suspiro de frustración.
—¡No he trabajado durante todo un año para acabar con el Acta de Creación Militar para luego no estar presente cuando se vote!
—A veces debemos olvidarnos de nuestro orgullo y hacer lo que se nos pide —replicó Anakin: era una afirmación poco convincente para venir de él y, apenas dijo esas palabras, se dio cuenta de que no debía haberlas dicho.
—¡Orgullo! Annie, tú eres joven y no tienes mucha idea de política. Sugiero que te guardes tus opiniones para otra ocasión.
—Lo siento, milady, yo sólo intentaba...
—¡Annie! ¡No!
—Por favor, no me llame así.
—¿Cómo?
—Annie. Por favor, no me llame "Annie".
—Siempre te he llamado así. Es tu nombre, ¿no?
—Mi nombre es Anakin —dijo el joven Jedi con calma, la mandíbula firme, la mirada segura—. Cuando me llama Annie es como si todavía fuera un niño. Y no lo soy.
Padmé hizo una pausa y lo miró de arriba abajo, asintiendo mientras lo examinaba por completo. El se dio cuenta de que había sinceridad en el rostro de ella al asentir, y su tono también se volvió más respetuoso.
—Perdona, Anakin. Es imposible negar que... que has crecido.
Anakin notó que había algo especial en la forma en que había dicho eso, una insinuación, un reconocimiento por parte de Padmé de que realmente era todo un hombre, y quizá un hombre atractivo. Eso, combinado con la pequeña sonrisa que le había dedicado, hizo que se sonrojara ligeramente, poniéndolo en tensión. Descubrió que había un adorno sobre un estante situado a su izquierda y lo cogió usando la Fuerza, haciendo que flotase sobre sus dedos, necesitado de la distracción.
Aun así, tuvo que aclararse la garganta para cubrir su azoramiento, pues temía que la voz le flaqueara al admitir que...
—El Maestro Obi-Wan no se da cuenta de ello. Critica hasta el último de mis gestos, como si todavía fuera un niño. No me escuchó cuando insistí en que buscáramos el origen de los atentados...
—Los mentores suelen fijarse en nuestras faltas más de lo que nos gustaría —admitió Padmé—. Es la única forma en que podemos crecer.
Anakin usó la Fuerza para levantar más aún en el aire el adorno redondo, manipulándolo constantemente.
—No me interprete mal. Obi-Wan es un gran mentor, tan sabio como el Maestro Yoda y tan fuerte como el Maestro Windu. Siento verdadero agradecimiento por ser su aprendiz. Pero... —Hizo una pausa y meneó la cabeza mientras buscaba las palabras adecuadas—. Pero, aunque soy un padawan y estoy aprendiendo, en algunos sentidos, en muchos sentidos, yo estoy por delante de él. Estoy preparado para las pruebas. ¡Sé que lo estoy! El también lo sabe. Cree que soy demasiado imprevisible. Pero hay otros Jedi de mi edad que ya han tenido las pruebas y las han superado. Ya sé que empecé tarde mi entrenamiento, pero él no me deja progresar.
La expresión de Padmé se tornó de curiosidad, y Anakin comprendió su desconcierto, pues también él se había sorprendido por lo abiertamente que había hablado de Obi-Wan criticándolo. Pensó que debía callarse cuanto antes, y se reprendió a sí mismo en silencio.
—Eso debe ser muy frustrante —repuso Padmé, con simpatía.
—¡Es peor! —gritó como respuesta Anakin, arrojándose voluntariamente a ese cálido lugar—. ¡Es demasiado crítico! ¡Nunca escucha! ¡No quiere entender! ¡Eso no es justo!
Habría continuado hablando, pero Padmé comenzó a reír, y eso detuvo a Anakin con la misma facilidad que un sopapo en la cara.
—Lo siento —dijo entre risas—. Suenas exactamente como aquel niño pequeño que conocí, cuando no conseguía lo que quería.
—¡No estoy lloriqueando! No lo hago.
Al otro lado de la habitación, a Dormé también se le escapó una risita.
—No lo decía para herirte —explicó Padmé.
Anakin respiró profundamente, luego soltó el aire, relajando visiblemente los hombros.
—Lo sé.
En ese momento tenía un aspecto tan digno de lástima, no patético, sino como una pequeña alma perdida. Padmé no pudo resistirse. Se acercó a él y alzó la mano para acariciarle suavemente la mejilla.
—Anakin.
Por primera vez desde que habían vuelto a encontrarse, Padmé miró realmente en los ojos azules del joven Padawan, manteniendo la mirada para que ambos pudieran ver bajo la superficie, para que ambos pudieran ver el corazón del otro. Fue un momento fugaz, porque el sentido común de Padmé se encargó de que así fuera. Rápidamente cambió el ánimo con una petición sincera pero desenfadada.
—No quieras madurar muy deprisa.
—Ya he madurado —replicó Anakin—. Usted misma lo ha dicho antes.
Terminó la frase tratando de que sonara sugerente, mientras volvía a mirar profundamente los bellos ojos marrones de Padmé, esta vez de forma más intensa, más apasionada.
—Te pido que no me mires de ese modo —dijo ella, alejándose.
—¿Por qué no?
—Porque puedo ver lo que estás pensando.
Anakin rompió la tensión, o trató de hacerlo, con una carcajada.
—Ah, ¿de modo que usted también tiene poderes Jedi?
Padmé miró un instante más allá del joven Padawan, viendo a Dormé, que estaba observando con obvia preocupación y ya había dejado incluso de ocultar su interés. Y Padmé comprendió esa preocupación, dado el extraño e inesperado camino que había tomado esa conversación. Miró fijamente a Anakin de nuevo y dijo, sin espacio para la réplica:
—Haces que me sienta incómoda.
Anakin cedió y apartó la mirada.
—Perdón, milady —dijo con profesionalidad, y se alejó unos pasos, dejándole que terminase de hacer sus maletas.
Volviendo a ser tan sólo el guardaespaldas.
Pero Padmé sabía que era algo más que eso, sin importar lo mucho que desease que no fuera así.