martes, 28 de octubre de 2008

Solitario de Jade (III)

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Bardrin le había dicho que la mansión y las tierras de Praysh estaban situadas cerca del centro de una de las mayores ciudades de Torpris. Él olvidó mencionar, sin embargo, que esa sección en concreto de la ciudad estaba por otra parte completamente compuesta de barrios bajos.
O por lo menos así le parecía a Mara mientras maniobraba su deslizador terrestre por las tortuosas calles hacia las altas paredes del complejo, haciendo una mueca de dolor ante la basura y las ruinas amontonadas en los callejones entre los ruinosos edificios e intentando no golpear a ninguno de los astrosos mendigos que vagaban a lo largo de la calle. Allí se encontraban individuos de una docena de especies diferentes, todos con el mismo aspecto de desesperación, y se encontró preguntándose cuánto de eso era consecuencia de la presencia de Praysh en la ciudad.
Pasando un último grupo de seres, alcanzó la puerta lateral a la que le habían dicho que fuera. Flanqueándola estaban un par de guardias drach'nam, que parecían aun más gigantescos que lo usual para su especie debido a su pesada armadura corporal. Cada uno de ellos sostenía un látigo neurónico, con un bláster enfundado y un largo cuchillo listo en la reserva.
-Eh, hola -les llamó alegremente, mirando los látigos con la clase de desprecio que reservaba para las armas innecesariamente bárbaras-. Tengo aquí un paquete para Su Primera Grandeza Chay Praysh, un regalo del Mrahash de Kvabja. ¿Puedo entrar?
Uno de los guardias casi soltó una risita, rápidamente ahogada.
-Seguro -dijo, moviéndose pesadamente hacia ella-. Tráelo aquí y le echaremos un vistazo.
Mara se deslizó fuera del vehículo y extrajo el cilindro de embalaje del compartimiento del almacenamiento trasero. Era grande -de un metro de alto y medio de diámetro- pero bastante ligero, consistiendo la mayor parte de su contenido en el material de los cojines para el delicado globo flotador que había pedido prestado a Bardrin.
-Es algún tipo de objeto de arte caro, creo -dijo, poniéndolo cuidadosamente en el suelo delante de él.
-Ah, eso es, bien -convino el guardia, mirando a Mara de arriba abajo-. Un momento.
Regresó a la puerta y comenzó a hablar por un panel comunicador incrustado en la pared. Hubo un ligero movimiento junto a Mara...
[Déjalo y vete], dijo en voz baja una voz alienígena detrás de ella.
Mara se volvió. Una hembra togoriana estaba de pie detrás del deslizador terrestre, con su pelaje enmarañado y sucio; claramente sólo era uno de los mendigos que vagaban por la calle. Pero sus ojos amarillos eran brillantes y vivos, y mostraba ligeramente los dientes a los guardias.
-¿Disculpe? -preguntó Mara.
[He dicho que lo dejes y te vayas], dijo la alienígena, vocalizando las palabras del idioma comercial Ghi con alguna dificultad. [Aquí estás en gran peligro.]
-Oh, no sea tonta -dijo Mara, agitando su cabeza con casual despreocupación mientras se asombraba ante el coraje de la togoriana al arriesgarse así. Claramente, ella sabía o sospechaba lo que les pasaba a las hembras humanas que vagasen cerca de la fortaleza de Praysh; pero intentar alejar de ese modo una potencial presa ante las narices del esclavista rayaba en suicidio-. Sólo voy a entregar un regalo a Su Primera Grandeza, eso es todo.
La togoriana siseó.
[Estúpida: tú eres el regalo], gruñó. [Huye, mientras aún puedas.]
-Bien, todo listo -dijo el guardia, apagando la unidad de comunicaciones y caminando hacia Mara. Ella retrocedió ante él, asegurándose mantener una expresión agradablemente neutra en su rostro. Si él tan sólo llegase a sospechar que la togoriana había intentado advertirla, podría haber repercusiones desagradables-. Puede entrar con su regalo.
-Gracias -dijo Mara, inclinándose para recoger el cilindro...
Una mano enguantada cayó con un golpe sobre la parte superior del paquete.
-Después de que nosotros lo desempaquetemos, claro.
Mara sintió tensarse sus músculos.
-¿Qué quiere decir? -preguntó cautelosamente, mientras se erguía de nuevo.
El guardia ya tenía su cuchillo fuera, una arma dentada de aspecto horrible con un mango consistente en una serie de gruesas púas, afiladas como agujas, colocadas hacia arriba y hacia abajo alternativamente desde la base de la hoja.
-Quiero decir que lo desempaquetaremos aquí fuera -dijo, mientras hundiendo la hoja bajo la tapa-. Nunca se sabe lo que alguien podría intentar introducir dentro de un paquete, ya me entiende.
Mara echó un vistazo por encima de su hombro al segundo guardia, con la sensación de que las cosas iban repentina y terriblemente mal ondulando a través de ella. Encajado en su escondite entre la capa interna y la externa del cilindro, hubiera apostado cualquier cosa a que su sable de luz podría atravesar sin problemas cualquier escáner de armas estándar que los guardias de Praysh hubieran usado con el paquete. Pero desempaquetarlo fuera de la fortaleza no era una posibilidad con la que hubiera contado.
-¿Y qué pasa si lo rompe? -preguntó ansiosamente.
-No se preocupe; estamos acostumbrados a hacer esto -le aseguró el guardia-. H'sishi, creo que ya os dije que se supone que los basureros debéis quedaros detrás de la línea.
[Perdóneme], dijo la togoriana, en tono casi humillado. [Vi el metal brillante...]
-¿Y esperabas ser la primera en conseguir algo, huh? -El guardia terminó de abrir la tapa y separó la primera placa de espuma de embalaje-. Aquí tenéis, basureros -llamó ruidosamente, lanzando la tapa y la espuma calle abajo.
Abruptamente, los merodeadores agrupados entraron en acción, arrojándose hacia los pedazos voladores como si fueran valiosas joyas en lugar de la basura no deseada. El guardia continuó excavando, arrojando más placas de espuma a la confusión, hasta que alcanzó el globo flotador del centro.
-Aquí está -dijo, introduciendo las manos en el embalaje y extrayendo cuidadosamente el globo-. Bien. De acuerdo -agregó, dando el globo a Mara-. Ahora puede entrar.
Mara tragó saliva, mirando al cilindro mientras el guardia continuaba deshaciendo el embalaje hasta el fondo y arrojando los pedazos. Alzó la vista...
Y se encontró los ojos amarillos de H'sishi fijos en ella. Mara se sintió como sus labios se tensaban; y entonces, para su sorpresa, la alienígena mostró ligeramente sus dientes, como si se imaginase qué es lo que estaba buscando. Entonces hubo un movimiento a su lado, y Mara miró hacia atrás a tiempo de ver como el guardia alzaba el propio cilindro sobre su cabeza y lo lanzaba hacia la hirviente muchedumbre pendenciera.
Una docena de mendigos abandonó su lucha por la espuma desecha y se lanzó hacia el punto dónde aterrizaría. Pero H'sishi fue más rápida. Con un solo salto llegó bajo el cilindro, cogiéndolo en sus brazos y siseando una advertencia a los dos o tres que intentaron arrebatárselo. Otro siseo, y la muchedumbre se retiró renuentemente.
-Supongo que realmente quería el metal brillante -dijo el guardia con una sonrisa de desprecio-. Bien, humana, vamos.

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